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Mié, Sep 20

Google, género y ciencia

Lo políticamente correcto nos puede llevar por un sendero de ignorancia y a que la sociedad se resguarde en una caverna.

Durante el mes de agosto, en Google se vivió una polémica con bastante repercusión en los medios de comunicación de medio mundo sobre las diferencias entre hombres y mujeres que provocan desigualdades en el mercado laboral. Un ingeniero, con un máster en biología por Harvard, se atrevió a desafiar el mensaje políticamente correcto de que tanto hombres como mujeres somos iguales biológicamente hablando —tanto en lo físico como en los procesos mentales que nos llevan a tomar nuestras decisiones y nos caracterizan como personas— a través de un documento interno, al que Danielle Brown, vicepresidenta de Diversidad, Integridad y Gobernabilidad de Google, respondió que la compañía de Mountain View busca la diversidad y la inclusión, y que fomentar un entorno abierto pasa por hacer que aquellos que tengan puntos de vista alternativos se sientan seguros al compartir sus opiniones, sin embargo, “ese discurso necesita trabajar dentro de los principios de igualdad laboral” que recogen en su Código de Conducta. El trabajador fue finalmente despedido.

Desde luego, Google, como cualquier empresa privada, debe tener el derecho a discriminar a sus trabajadores, esto es, tiene el derecho a contratar a quien considere más oportuno, valorando las habilidades que estime pertinentes de los candidatos a ser empleados de la compañía. Despedir a un empleado por sus opiniones no parece lo más adecuado, sobre todo cuando éstas se realizan desde el respeto y desde el deseo de iniciar un debate en el que solo intervenga el conocimiento y la serenidad sobre un problema —la desigualdad de género en el mercado laboral— que preocupa a mucha gente; como el mismo ingeniero sostiene, “si no podemos tener una discusión honesta sobre esto, nunca podremos resolver de verdad el problema”.

Google tiene el derecho a equivocarse, y los resultados, sean positivos o negativos, serán internalizados, así que el objeto de este artículo no es criticar la política de diversidad de Alphabet; nos puede gustar más o menos, pero es su problema. Lo que sí se puede externalizar de esta situación y, por lo tanto, es nuestro deber combatir en la batalla de las ideas, es el triunfo paulatino de la posverdad y la negación de la ciencia y del debate riguroso de ciertos aspectos como son todos aquellos temas que tengan que ver con la igualdad de género. Lo políticamente correcto nos puede llevar por un sendero de ignorancia, en el que la sociedad se resguarde en una caverna en la que solo sea capaz de mirar las sombras, en vez de salir al mundo, enfrentarlo como realmente es y buscar soluciones una vez identificadas las causas de los males de nuestro mundo actual.

Por eso es tan importante el conocimiento científico y la búsqueda de la verdad, esto es, generar teorías y leyes generales, comprobarlas empíricamente —tratando de evitar los sesgos de confirmación—, y con los resultados en la mano, reformular o confirmar nuestras hipótesis iniciales. A partir de ahí, le toca el turno a la política y a los diversos agentes de la sociedad, el tomar las decisiones más adecuadas. El problema es que la política de lo que debería ser está influyendo en el estudio de lo que es, cuando debería ser al revés.

Pero vayamos al asunto del género, y es que el ingeniero despedido de Google afirma que “las opciones y las capacidades de hombres y mujeres divergen, en gran parte debido a causas biológicas, y estas diferencias pueden explicar por qué no hay una representación igual de mujeres en posiciones de liderazgo”. Por tanto, la primera pregunta que nos debemos hacer es la siguiente:

¿Existen diferencias biológicas entre hombres y mujeres?

Sí. El catedrático del MIT y especialista en psicología experimental y científico cognitivo, Steven Pinker, asegura en La tabla rasa que los dos sexos difieren al menos en un sentido: tienen órganos reproductores distintos, por lo que “por razones evolutivas cabría esperar que hombres y mujeres difieran de algún modo en los sistemas neuronales que controlan su forma de usar esos órganos —en su sexualidad, sus instintos parentales y las tácticas de emparejamiento—. Por la misma lógica, cabría esperar que no difieran tanto en los sistemas neuronales que se ocupan de los desafíos a que ambos sexos se enfrentan, como los referentes a la inteligencia general”. Por tanto, los andrógenos —las hormonas sexuales masculinas— y los estrógenos —las hormonas sexuales de las mujeres—, tienen efectos duraderos en el cerebro durante el desarrollo fetal, en los meses posteriores al nacimiento y durante la pubertad, y unos efectos pasajeros en otros momentos, afectando al cerebro a lo largo de toda la vida.

Por cierto, y antes de explicar las diferencias biológicas de género, me gustaría indicar que muchos de los estudios en este campo han sido dirigidos por mujeres, como las neurocientíficas Raquel Gur, Melissa Hines, Doreen Kimura, Jerre Levy, Martha McClintock, Sally Shaywitz y Sandra Witelson, y las psicólogas Camilla Benbow, Linda Gottfredson, Diane Halpern, Judith Kleinfeld y Diane McGuinness. Así como en la sociobiología y psicología evolutiva, en el que encontramos un papel importante del género femenino: Laura Betizg, Elizabeth Cashdan, Leda Cosmides, Helena Cronin, Mildred Dickeman, Helen Fisher, Patricia Gowaty, Kristen Hawkes, Sarah Blafer Hrdy, Magdalena Hurtado, Bobbie Low, Linda Mealey, Felicia Pratto, Marnie Rice, Catherine Salmon, Joan Silk, Meredith Small, Barbara Smuts, Nancy Wlmsen Thornhill y Margo Wilson.

¿Qué diferencias de género hay?

Los hombres suelen ser más violentos, son más competitivos y tienden a ser más polígamos, al igual que sucede en los machos de otras especies de mamíferos, como así demuestran algunos estudios (Daly y Wilson (2001); Geary (1998)). Al mismo tiempo, su pubertad es más tardía, tienen una mayor fuerza y una vida más corta. Las hembras, en el reino animal, tienden a invertir más en la cría del hijo después del nacimiento —durante el embarazo también lo hacen—, debido a que sustituir a un hijo es mucho más caro para una hembra que para un macho, sin embargo, este último debe competir por aparearse, “ya que con un apareamiento con muchas hembras es más probable que se multiplique el número de vástagos”.

En el cerebro y pensamiento también podemos encontrar diferencias  (Gur et al (1999); Kimura (1999)), por ejemplo, el de los hombres es más grande —teniendo en cuenta el mayor tamaño del cuerpo—, pero en el de las mujeres existe un mayor porcentaje de materia gris, aunque si bien, en general, ambos son igualmente de inteligentes.

Por otro lado, los hombres, como promedio, son mejores en la tarea de girar mentalmente objetos y mapas, pero las mujeres son mejores para recordar referencias espaciales y la posición de los objetos. Los hombres son mejores en la resolución de problemas matemáticos formulados con palabras; las mujeres lo son en el cálculo matemático. Las mujeres son más sensibles a los sonidos y los olores, tienen una mejor percepción de la profundidad, ven la relación ente las formas rápidamente, y saben interpretar mucho mejor las expresiones faciales y el lenguaje corporal. Las mujeres deletrean mejor, recuerdan las palabras con mucha mayor fluidez y tienen mejor memoria para el material verbal; asimismo, tienden a sentir una mayor empatía hacia sus amigos, aunque no hacia personas extrañas. Las mujeres mantienen el contacto visual, y sonríen y ríen con mucha más frecuencia (Provine (1993); Halpern (2000)).

¿Las diferencias de género son una conducta social?

Muchas feministas han rebatido todas estas diferencias entre hombres y mujeres argumentando que estas se deben no a razones biológicas sino al comportamiento cultural y la conducta social. La respuesta es negativa, aunque no del todo, puesto que es cierto que ciertos aspectos, como la forma de vestir, por ejemplo, si se deben al comportamiento social y a las tradiciones —simplemente basta con mirar el cambio en nuestras formas de vestir y echar un vistazo a revistas de moda para ver cómo hemos transformado nuestra vestimenta—.

Pero, en general, podemos hacer la comprobación con un experimento que se ha llevado a cabo de manera casual debido a enfermedades y accidentes, a saber, si tomamos a un varón recién nacido y le sometemos a una operación de cambio de sexo al mismo tiempo que sus padres le educan como a una niña y la sociedad le trata como tal, ¿cómo se sentirá el niño? Pues en un estudio realizado por William Reiner, citado por Steven Pinker, en el que se analizó a veinticinco niños que habían nacido sin pene —un defecto de nacimiento conocido como extrofia cloacal— y a los que se castró y educó como niñas, en todos se encontraron patrones masculinos, se dedicaban a juegos bruscos y tenían unas actitudes y unos intereses típicamente masculinos. Más de la mitad de ellos declararon espontáneamente que eran niños, uno cuando sólo tenía cinco años. William Reiner conjuntamente a John Gearhart realizó otro experimento similar años más tarde con resultados parecidos.

Un ejemplo de esto es el caso de un niño de ocho meses que perdió el pene en una circuncisión mal hecha. El investigador John Money les dijo a los padres que lo criaran como una niña y que le implantaran una vagina artificial, “la naturaleza es una estrategia política de quienes están obligados a mantener el statu quo de las diferencias de sexo”. Sin embargo, desde muy pequeña, Brenda —que es como la llamaron sus padres— se sentía un niño atrapado en un cuerpo de niño y un rol de género. Rasgaba los vestidos con volantes, rechazaba las muñecas y prefería las armas, le gustaba jugar con chicos y hasta insistía en orinar de pie. A los 14 años se sentía tan desgraciada que decidió que o bien vivía su vida como chico o bien acababa con ella, y al final su padre le contó la verdad. Se sometió a una nueva serie de operaciones, asumió una identidad masculina y hoy está felizmente casado con una mujer.

Las diferencias de género en el mercado laboral

Por tanto, dadas las diferencias explicadas con anterioridad, las investigaciones muestran que en el mercado laboral también existen diferencias en las elecciones de hombres y mujeres, y es que en términos generales, a las mujeres les interesa más ocuparse de las personas, y a los hombres, de las cosas. Asimismo, los test profesionales demuestran que los niños tienen más interés por profesiones “realistas”, “teóricas” y de “investigación”, y las niñas, por profesiones “artísticas” y “sociales”.

De esta manera, el problema en el resultado no se puede aducir como prueba de una desigualdad de oportunidades, es más, en muchas ocasiones, las políticas de género que buscan la igualdad de resultados acaban por destruir la igualdad de oportunidades de los individuos, al tratar a las personas como grupos —hombre o mujer— en vez de considerarlas como personas. Muchos de los trabajos que desvelan los fallos de la teoría del techo de cristal son obra de mujeres: Estrich (2000); Kleinfeld (1999); Lubinski y Benbow (1992) Roback (1994).

Como explica Steven Pinker:

No tiene sentido la pregunta de si las mujeres están cualificadas para ser científicas, directores ejecutivas, dirigentes de los países o profesionales de élite de cualquier tipo. Se respondió definitivamente hace años: unas sí y otras no, igual que unos hombres están cualificados y otros no. La única pregunta es si las proporciones de hombres y mujeres cualificadas han de ser idénticas.

¿La desigualdad de género está legitimada dadas las diferencias biológicas?

De ninguna manera, o al menos si entendemos a la igualdad de género como la lucha contra la discriminación sexual y cualquier otro tipo de injustica hacia las mujeres. Y es que aunque existan diferencias de sexo con fundamentos en la biología, eso no hace a un sexo ni superior ni inferior; además, no quiere decir que estas diferencias se produzcan en todas las personas y bajo todas las circunstancias, al fin y al cabo hablamos de promedios, por lo que hay personas que se alejan de la media y debemos ser capaces de valorar a las personas por lo que son, no por lo que intuimos que serán.

Es un comportamiento moral el hecho de juzgar a una persona por su género, así como hacerlo por su etnia, raza o religión, es decir, una cosa es reconocer que existen diferencias en el comportamiento medio entre hombres y mujeres y otra bien distinta es legitimar la discriminación en base a estos hechos.

En definitiva, es importante reconocer las diferencias de género para evitar que se ignore una parte fundamental de la condición humana, de no hacerlo, en palabras de Steven Pinker, sería hacer una “auténtica chapuza en nuestra interpretación del lugar que ocupamos en el cosmos”. Cualquier descubrimiento de diferencias innatas entre individuos “no es un conocimiento prohibido que haya que eliminar, sino una información que nos puede ayudar a decidir sobre esos equilibrios de forma inteligente y humana”.

Se trata de conocer nuestra realidad y enfrentarnos a ella conociendo la verdad, no maquillar a esta según lo que nos gustaría que fuese, de lo contrario corremos el riesgo de deslizarnos por una pendiente que nos conduce al abismo como especie; todo ello al mismo tiempo que se señala y se lleva ante la Santa Inquisición de la posverdad a todo aquel que se atreva a llevar la contraria a las buenas intenciones, a pesar de que se apoye en la evidencia y en la ciencia.

Decía Galileo en su juicio por defender el heliocentrismo que “y sin embargo, se mueve”, supongo que el día que despidieron al ingeniero de Google él diría que “y sin embargo, existen diferencias”, y los biólogos repetirían al unísono “y sin embargo, la ciencia se muere”. Está claro, el hombre es el único animal capaz de tropezar en la misma piedra dos veces.

Santiago Calvo López

Autor de la investigación

Documento de la investigación

Google, género y ciencia

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