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Mié, Jun 26

Por qué peleamos

El 12 de octubre de 2005, miércoles, un grupo de personas con más moral que el Alcoyano se reunió en un bajo destartalado y falto de muebles de La Latina con intención de escuchar la primera conferencia del naciente Instituto Juan de Mariana. Su fundador, Gabriel Calzada, invitó a su director de tesis, un excéntrico profesor universitario que hablaba sobre privatizar carreteras y que el individuo debía ser el único motor, y responsable, de su existencia.

El profesor Huerta de Soto, con algo más de pelo que hoy, se dirigió a los asistentes durante casi una hora para hablar sobre el futuro del liberalismo; no sólo en España, sino en todo el mundo. Con su habitual mensaje esperanzador, el profesor quiso poner la primera piedra en un cambio ideológico que habría de desembocar en un cambio social. Ninguno de los presentes se imaginaba lo que vendría dos décadas después.

A punto de conmemorar las dos décadas de la productiva vida del Instituto, por primera vez en la historia un país ha elegido un presidente abiertamente libertario. No sólo eso. Javier Milei se define como dijo intelectual de Jesús Huerta de Soto y Alberto Benegas Llynch (h), entre otros muchos. Aquel grupo de personas que se reunió con intención de cambiar la política ha visto cómo, tras dos décadas de mucho sufrimiento, un país como Argentina ha comenzado a transitar por la senda correcta. No nos han dado Suiza para probar las ideas que hemos concluido como correctas. Pero, si de verdad queremos que se nos recuerde por estar en el lado correcto de la historia, tenemos que ganar en el terreno más difícil

La situación de Argentina en diciembre

¿Y cuál es ese terreno? El de un país simple y llanamente devastado. No tenemos que añadir nada a lo que Javier Milei se ha encontrado. Lo que debemos poner en liza es que Milei parte de la posición más difícil y desventajosa posible. Nunca en la historia un gobierno heredó una situación peor. Ni en los cambios de régimen, ni cuando una dictadura comunista emergió tras un golpe de Estado, ni cuando Allende llegó al Palacio de la Moneda. Jamás, nunca, en ninguna situación, un gobierno tuvo que hacer frente a una situación de emergencia nacional de semejante calibre. O puede que se diera una situación parecida.

Cuando los aliados invadieron Alemania en 1945 y crearon una suerte de directorio militar para gobernar al país derrotado, la política económica fue encargada a un corpulento fumador de puros, Ludwig Erhard. Sin consultar con los aliados, Erhard firmó el 18 de junio de 1948 un decreto por el que anulaba todos los controles de precios en la zona de los aliados occidentales. De forma sorpresiva y nada gradualista, se acabaron los controles de precios un 20 de junio.

Cuando los aliados llamaron a Erhard al día siguiente para pedirle explicaciones, éste respondió que sus inspiradores en la teoría económica, entre los que se encontraba Mises, habían concluido que los controles de precios fomentaban la escasez y que la única forma de volver a ver productos en los mercados era eliminar cualquier tipo de control de precios. Dicho y hecho. En 1952, la República Federal de Alemania consigue su primer superávit comercial. En cuatro años habían pasado de ser una nación devastada a iniciar el milagro económico alemán. Bueno, toda la nación no, ya que la parte oriental soportó el comunismo casi cuatro décadas más.

¿Por qué luchamos?

Javier Milei nos ha recordado aquello por lo que hacemos lo que hacemos. Por qué nos reunimos semanalmente, ya haga un frío que pela o un calor espantoso. Por qué organizamos cenas de la libertad, congresos de verano, seminarios de formación permanente, escribimos comentarios mensuales, presentamos comunicaciones al Congreso de Economía Austriaca o nos enfrascamos durante días y días en la lectura de pensadores del siglo pasado o de hace cinco.

La respuesta es porque nos importa el bienestar del ser humano. Porque somos empáticos. Porque queremos la riqueza para todos que trae la economía de mercado, los derechos de propiedad y la igualdad ante la ley. Y porque sabemos, como el padre Mariana nos previno, que el poder descontrolado ejerce una losa sobre el individuo que le lleva a vivir peor; a expensas del arbitrio político, a convertirse en una nulidad en la planificación de su propia vida, a ser un número controlado por una burocracia lesiva y acaparadora de todo el bienestar del país.

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Cristóbal Matarán

Autor de la investigación

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