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Mié, Ene 24

La deshumanización de las masas

En 1729, Jonathan Swift, el padrastro del viajero Gulliver de nuestra infancia, escribió un ensayo satírico en el que proponía, para resolver el problema social y económico de los campesinos irlandeses, que estos, incapaces de alimentar a sus hijos, los vendiesen a los terratenientes como parte de su dieta, solucionando, así, un problema social. Si bien muchos reprobaron el ensayo por su mal gusto, otros vieron en él una crítica, entre otras, a la deshumanización con que unas clases sociales trataban a otras. También a la forma en la que muchos elaboraban sus teorías a partir de desapasionados y fríos cálculos estadísticos. En ellos, los individuos, en este caso los pobres, se reducían a números.

Era una broma

No deja de llamar la atención la de hijos putativos que le están saliendo a Swift casi trescientos años después. Desde el “Eat Your Young” de Hozier, hasta el “The British Miracle Meat” presentado por Gregg Wallace, pasando por el “plato de embrión” de Aduriz, o la propuesta, para la noche de Reyes, de Maria Nicolao, “¿Por qué no nos comemos a los niños?”, en un artículo aparecido en El País el 5 de enero. El artículo se inspira, a lo que parece, en “¿Y si nos replanteamos el canibalismo?” de Pijuan, así como en un artículo de 2017 en el que se describe el valor calorífico de la carne humana del paleolítico (un artículo que puede verse en Nature y que es de libre acceso). Y dice: “La medida acabaría de raíz con la ingesta de azúcar”.

Lo llamativo no es ya sólo que, en una sociedad como la actual, en la que superabunda la información, la gente trate de utilizar imágenes cada vez más desconcertantes para captar la atención del público (eso ya, por desgracia, ni nos extraña). Lo llamativo es la nimiedad, la futilidad de los motivos que aparentemente justifican la utilización de reclamos tan llamativos, de tan mal gusto y que atentan directamente contra la propia dignidad del ser humano. Ante ellos, sin embargo, permanecemos, a lo que parece, insensibles. (“Comámonos a los niños para reducir la ingesta de azúcar en Navidad”).

Banalidades

En su libro Eichmann en Jerusalén, Hannah Arendt acuñó la frase “banalidad del mal” para referirse al mal producido por individuos que ni siquiera buscan ese mal, sino que se limitan a actuar dentro de las reglas del sistema al que pertenecen, sin preocuparse realmente por las consecuencias de sus actos, limitándose, tan sólo, a cumplir las órdenes que reciben (si son legales, se pueden hacer sin mayor problema, sin plantearse nada más, que diría un positivista jurídico).

En esta sociedad postmoderna en la que vivimos, le estamos dando una vuelta de tuerca a ese tipo de “banalidad” a la que se refería Arendt. Ya no es que la existencia de una orden de la autoridad blanquee cualquier tipo de actuación. Es que el bombardeo constante de imágenes aberrantes (canciones, chistes, películas, noticias, videoclips) están insensibilizándonos. Hay una deshumanización a unos niveles realmente llamativos. No ya respecto de acciones contra los enemigos, sino contra cualquiera.

Swift utilizó la idea, de pésimo gusto, del infanticidio para denunciar un grave problema social de su tiempo. Trescientos años después utilizamos la misma idea para denunciar la gran cantidad de azúcar que ingerimos la noche de reyes. En la época de Swift muchos se manifestaron en contra del mal gusto del autor del panfleto mencionado, que apareció como anónimo (algunos, quizás, porque se sintieron atacados con la crítica), hoy parece que a nadie le ha llamado la atención un artículo como el de El País de la noche de reyes.

Libertad, pero responsabilidad

A partir de los planteamientos de Joseph Overton, hay autores, como Joshua Treviño, que postulan una serie de pasos para que una política pública alcance legitimidad (pasando de impensable, a radical, aceptable, sensata, popular y, finalmente, política). Me llamarán loco, pero vamos hacia donde vamos. Que seamos libres no significa que no seamos moralmente responsables al permitirnos a nosotros mismos ver, leer u oír lo que vemos, leemos u oímos… o al decir lo que sea que digamos, aunque sea legal.

Deshumanizarnos o deshumanizar a quienes nos rodean es un mal moral que nos aleja del ideal humano y nos acerca al bruto, esté o no recogido en el Código penal. Y por muy endiosados que nos sintamos, creer que la recepción machacona de todos esos planteamientos aberrantes no nos insensibiliza es ser no ya ingenuos, sino estúpidos.

Se me dirá que yo estoy contribuyendo a todo ello al recordarlo con este artículo. Puede ser. No crean que no me lo he planteado.

Ver también

El efecto humanizador de los mercados. (Santiago Calvo).

Los pobres y Loach. (Carlos Rodríguez Braun).

Hombre-masa y hemiplejia moral. (Álvaro Martín).

Jaime Juárez Rodríguez

Autor de la investigación

Documento de la investigación

La deshumanización de las masas

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