Por otro, conviene remarcar que la caída del número de ocupados durante los últimos tres meses de 2017 no se debe en absoluto a una destrucción de empleo indefinido. Al revés, la cifra de ciudadanos con un empleo fijo aumentó en casi 120.000: fueron las ocupaciones temporales las que se hundieron en 103.000 (y, a su vez, los no asalariados se redujeron en 67.000). Por tanto, no es que haya más empleo pero de menos calidad, sino nuevamente al revés. Tan es así que, a lo largo de 2017, se han creado 358.000 empleos indefinidos: el 73% de toda la ocupación generada y el mayor aumento interanual en todo el periodo de recuperación.
Por consiguiente, atendiendo a los dos parámetros que más frecuentemente suelen emplear muchos políticos, sindicalistas y analistas para echar por tierra el notable aumento de la ocupación durante los últimos ejercicios, uno debería concluir que los datos de este cuarto trimestre han sido maravillosos: sí, hay menos ocupados que en el tercer trimestre, pero con más horas trabajadas y con mayor estabilidad en el empleo.
Las reflexiones anteriores no deben interpretarse como un espaldarazo personal a la buena salud de nuestro mercado laboral. Es imposible sentirse orgulloso de un vergonzoso mercado de trabajo que cronifica el paro y la temporalidad entre casi un 40% de la población activa. De hecho, y como ya he expresado en numerosas ocasiones, la distorsionadora hiperregulación de nuestro sistema de relaciones laborales constituye uno de los principales culpables de la exclusión social que sufre una parte importante de la población española.
Ahora bien, estas graves deficiencias del mercado laboral no son recientes, sino que constituyen un mal endémico de nuestra economía desde hace 40 años (nuestra tasa de paro media desde 1980 ronda el 17% y la tasa de temporalidad se ha ubicado regularmente alrededor del 30%, incluso por encima de los niveles actuales). Por consiguiente, si bien resulta del todo legítimo y necesario criticar los enormes defectos estructurales de nuestro mercado de trabajo, es absolutamente tramposo hacer pasar esos defectos estructurales como problemas específicos de la presente coyuntura.
O dicho de otro modo: si tomamos como dada la legislación laboral que sufren los españoles desde hace décadas, la evolución del empleo en los últimos años —incluyendo 2007— está siendo muy notable… Por mucho que esa legislación laboral haya sido, sea y vaya a seguir siendo horrible debido a la oposición de todas las formaciones políticas a liberalizar el mercado de trabajo. Reconozcamos la realidad de la coyuntura que vivimos y trabajemos activamente para modificar la deplorable estructura que sufrimos.