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Etiqueta: Adam Smith. La teoría de los sentimientos morales

Antonio Escohotado, el dilema del tranvía y Adam Smith

El otro día vi un fragmento de la entrevista entre Antonio Escohotado y Pablo Iglesias en el que este último le reprochaba que el único país que ha utilizado bombas nucleares contra otro país ha sido Estados Unidos. Escohotado responde que esa decisión se tomó para salvar más vidas, pues de no haberlo hecho, no hubiera habido doscientos mil muertos, sino dos millones de japoneses, más unos dos cientos mil americanas, pues los japoneses no se hubieran rendido y la guerra hubiese continuado. La visión que le da Escohotado al problema es similar a una versión del dilema del tranvía.

El dilema del tranvía

El dilema del tranvía es un experimento mental filosófico, planteado en su versión moderna por Philippa Foot. Este experimento mental dice lo siguiente: “Un tranvía sin posibilidad de frenarse se dirige por una vía en la que hay cinco personas atadas que no se pueden liberar y morirán si el tranvía les pasa por encima, tú puedes apretar un botón que lo hará cambiar a carril donde hay una persona atada que morirá. ¿Pulsarías el botón o dejarías que el tranvía siguiese su recorrido original?”

Pues bien, esta disyuntiva que le plantea Escohotado a Iglesias puede verse como una versión del dilema del tranvía: o demás morir a millones de personas o pulsas el botón, lanzas las bombas nucleares y mueren doscientas mil personas. Puede parecer que en este caso la decisión está clara, pero si hay algún motivo por el que este sea de los problemas más populares de la filosofía y por los que se ha planteado a lo largo de la historia de diversas formas es porque no hay una respuesta clara.

Acción y responsabilidad

En el planteamiento original yo siempre me niego a pulsar el botón, prefiero dejar morir cinco personas que matar a una. Yo no las puse allí, no las até a las vías, encendí el tranvía, olvidé asegurarme de que los frenos del tranvía iban y los cientos de otros factores que se tienen que dar para que el problema sea realista; yo solo me encontraba allí.

Y aunque con mi acción pueda salvar cuatro vidas—realizando un cálculo utilitarista pensando que cada vida cuenta lo mismo y restando la vida que muere por mi acción a las cinco que salvo—esa persona que muriese sí que lo haría como consecuencia de mis acciones. De todos modos, yo no la puse allí y no es mi culpa que se encontrase en esa situación. Sin embargo, sí que sería parte responsable de su muerte de apretar el botón. En el caso de no hacer nada, no se me puede responsabilizar de causar ninguna muerte.

Esta no parece ser la opción mayoritaria. Según una encuesta, el 90% de las personas pulsarían el botón en el problema original dejando morir a uno. La decisión de pulsar el botón parece ser la mayoritaria entre los filósofos también.

Adam Smith y la disonancia cognitiva

No obstante, no creo que tanta gente “pulsaría el botón” si modificáramos un poco el enunciado del problema y lo planteásemos de la siguiente manera: “En un hospital hay cinco personas que morirán mañana si no se les trasplanta a cada una uno de los siguientes órganos: un corazón, un hígado, un riñón, otro riñón y varios litros sangre. En el hospital hay un familiar de un paciente en una sala de espera que es compatible para donar sangre y órganos a los cinco anteriores y tiene un corazón, un hígado y dos riñones sanos.

Si fueras un médico del hospital, ¿administrarías una inyección letal indolora para matarle y poder extraerle los órganos y la sangre que salvarán a las cinco personas? Si has dicho que sí en el planteamiento anterior, aquí también deberías decir que sí. Y no creo que el 90% de las personas dijeran que sí a esto.

¿Cómo puede ser esto? ¿Qué es lo que nos mueve a decidir en algunos casos de una forma y en otros de otra? ¿A qué se debe esta disonancia cognitiva por nuestra parte? Adam Smith dio una respuesta a esto. Adam Smith es conocido como el padre de la ciencia económica. No obstante, Smith era un filósofo moral. Su obra La teoría de los sentimientos morales (1759) es su único otro libro escrito junto a La riqueza de las naciones (1776). Constituye un tour de force de filosofía moral. En este libro presenta una versión del dilema del tranvía—aunque de manera no intencionada—y una posible explicación a por qué elegimos en estos casos como lo hacemos. La cuestión se plantea en la parte III, capítulo 3 De la influencia y autoridad de la conciencia.

Mi dedo meñique y otros males

Adam Smith (1996[1759], 259-260) plantea lo siguiente:

Supongamos que el enorme imperio de la China, con sus miríadas de habitantes, súbitamente es devorado por un terremoto, y analicemos cómo sería afectado por la noticia de esta terrible catástrofe un hombre humanitario de Europa, sin vínculo alguno con esa parte del mundo. Creo que ante todo expresaría una honda pena por la tragedia de ese pueblo infeliz, haría numerosas reflexiones melancólicas sobre la precariedad de la vida humana y la vanidad de todas las labores del hombre, cuando puede ser así́ aniquilado en un instante.

Si fuera una persona analítica, quizá también entraría en muchas disquisiciones acerca de los efectos que el desastre podría provocar en el comercio europeo y en la actividad económica del mundo en general. Una vez concluida esta hermosa filosofía, una vez manifestados honestamente esos filantrópicos sentimientos, continuaría con su trabajo o su recreo, su reposo o su diversión, con el mismo sosiego y tranquilidad como si ningún accidente hubiese ocurrido. El contratiempo filas frívolo que pudiese sobrevenirle daría lugar a una perturbación mucho más auténtica.

Si fuese a perder su dedo meñique mañana, no podría dormir esta noche; pero siempre que no los haya visto nunca, roncará con la más profunda seguridad ante la ruina de cien millones de semejantes y la destrucción de tan inmensa multitud claramente le parecerá algo menos interesante que la mezquina desgracia propia.

Adam Smith. La teoría de los sentimientos morales. Madrid, España: Alianza Editorial. pp 259-260.

La decisión de un hombre benévolo

Es decir, parece que Adam Smith afirma que si en la vía por la que circula el tranvía hubiese doscientos millones de personas y en la otra vía alternativa estuviese tu dedo meñique, no pulsaríamos el botón dejando morir a toda esa gente antes que perder el meñique. Pero no, no dice esto. Inmediatamente después de este extracto, como si previese esta crítica, Smith clarifica que, aunque me disgustase más la idea de perder mi dedo meñique que la de la muerte de doscientos millones de personas, si estuviese en la posición de pulsar un botón para salvarles a costa de mi dedo meñique, lo haría. Smith (1996[1759], 260) dice:

Entonces, para prevenir esa mísera desdicha, ¿sería capaz un hombre benévolo de sacrificar las vidas de cien millones de sus hermanos, siempre que no los hubiese visto nunca? La naturaleza humana siente un escalofrío de terror ante la idea y el mundo, en su mayor depravación y corrupción, jamás albergó a un villano tal que fuera capaz de sostenerla.

Adam Smith. La teoría de los sentimientos morales. Madrid, España: Alianza Editorial. p 260.

El hombre interior

Aquí es donde Smith da la explicación de por qué, independientemente de que un resultado nos preocupe más que otro, elegimos ante problemas morales como lo hacemos:

Pero, ¿cuál es la diferencia? Cuando nuestros sentimientos pasivos son casi siempre tan sórdidos y egoístas, ¿cómo pueden ser nuestros principios activos frecuentemente tan nobles y desinteresados? Cuando estamos invariablemente mucho más íntimamente afectados por lo que nos pasa que por lo que le pasa a los demás, ¿qué es lo que impele a los generosos siempre y a los mezquinos muchas veces a sacrificar sus propios intereses a los intereses más importantes de otros?

No es el apagado poder del humanitarismo, no es el tenue destello de la benevolencia que la naturaleza ha encendido en el corazón humano, lo que es así capaz de contrarrestar los impulsos más poderosos del amor propio. Lo que se ejercita en tales ocasiones es un poder más fuerte, una motivación más enérgica. Es la razón, el principio, la conciencia, el habitante del pecho, el hombre interior, el ilustre juez y arbitro de nuestra conducta.

Y termina el párrafo diciendo que:

Lo que nos incita a la práctica de esas virtudes divinas no es el amor al prójimo, no es el amor a la humanidad. Lo que aparece en tales ocasiones es un amor más fuerte, un afecto más poderoso: el amor a lo honorable y noble, a la grandeza, la dignidad y eminencia de nuestras personalidades.

La autoimagen

Es decir, la manera en que actuamos se debe, no a que estemos preocupados por lo que pensarán los demás de nosotros, sino por lo que pensará ese espectador imparcial. Este concepto se desarrolla a lo largo de su libro La teoría de los sentimientos morales. Ese observador no es un espectador real, sino fruto de mi imaginación y que, de hecho, es uno mismo. Nos preocupa, en última instancia, lo que pensaremos nosotros de nosotros mismos. Actuamos pensando en la persona que queremos ser y en la idea de persona que tenemos de nosotros mismos.

Desde luego no mataría a la persona sana para utilizar sus órganos y salvar a cinco personas. Creo que no pulsaría la palanca en el caso original para matar a uno y dejar morir a cinco. Dudo de qué haría en el planteamiento de Escohotado, si mataría a doscientas mil personas para no dejar morir a más de dos millones. Y, sin duda, me cortaría el meñique antes de dejar que muriesen doscientas mil personas. Todo depende de la imagen que tengo de mí mismo. Estos problemas nos recuerdas que no hay una moral objetiva. No todos tenemos la misma imagen de nosotros mismos o pensamos que son las mismas cosas las que nos hacen virtuoso. De este modo, al actuar pensando en ese espectador imparcial que nos estará juzgando, tomaremos decisiones diferentes.

Bibliografía

Smith, Adam. 1996[1759]. La teoría de los sentimientos morales. Madrid, España: Alianza Editorial.

Ver también

De los sentimientos morales a la riqueza de las naciones. (Fernando Herrera).

‘La vida humana está sobrevalorada’. (Fernando Herrera).

Normas éticas universales, simétricas y funcionales. (Paco Capella).

Las normas emergentes de justicia de Adam Smith

Por Vernon Smith. Este artículo fue publicado originalmente en Law & Liberty.

Las contribuciones académicas de Adam Smith se refieren a los orígenes, consecuencias y comprensión de la acción humana. Así, en su segundo libro publicado, Una investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones (1776; WN), Smith sitúa los orígenes de la economía nacional en la propensión universal de los individuos a comerciar, permutar e intercambiar una cosa por otra.

La consecuencia no intencionada de esta propensión es la formación de precios públicos a partir del regateo y la negociación de compradores y vendedores en los mercados. Los compradores acuden al mercado con una disposición máxima de pagar en dinero por bienes particulares y están motivados a comprar barato; los vendedores llevan bienes al mercado, por los cuales tienen una disposición máxima de aceptar dinero, basada en los costos de llevar bienes particulares al mercado, y están motivados a vender caro.

La resolución de este conflicto colectivo genera precios contractuales en las transacciones entre compradores y vendedores, lo que hace públicas estas valoraciones privadas previamente ocultas de disposición a pagar y disposición a aceptar. De hecho, esto llevó al segundo teorema fundamental de Smith, según el cual la especialización está limitada por la extensión del mercado.

La teoría de los sentimientos morales

Las personas, sin darse cuenta ni pretenderlo, encuentran natural utilizar estos precios para “buscar su propio interés a su manera”, al especializarse en sus actividades elegidas, habilidades y desarrollo de su experiencia. De esta manera, se crea riqueza a través de una mayor cooperación de recursos en una vasta red de conexiones que de otra manera no ocurriría. De esta manera, Smith explica el aumento milagroso de la producción nacional y la acumulación de riqueza en el norte de Europa a partir del siglo anterior a él.

No parece ser ampliamente conocido o apreciado, fuera de las especialidades académicas, que en su primer libro publicado, La teoría de los sentimientos morales (1759, TMS), Smith desarrolla una teoría fundamental coherente de la justicia como propiedad relevante para todas las sociedades, hasta el presente, y como una condición previa para este desarrollo económico. Este tema está además respaldado por apuntes de clase tomados por dos de sus estudiantes y publicados más de dos siglos después en Lecciones sobre jurisprudencia (1978; LJ).

La justicia es negativa

La teoría de la propiedad de Smith es una interpretación directa de su concepto de justicia negativa: “Las acciones de tendencia perjudicial que proceden de motivos impropios parecen ser las únicas que merecen castigo; porque solo esas son los objetos aprobados de resentimiento o provocan el resentimiento simpatético del espectador” (TMS, p. 112).

Es negativa porque la forma en que obtenemos más justicia es reduciendo la injusticia, es decir, las acciones perjudiciales.

La justicia se alimenta de la emoción del resentimiento

Nuestra proclividad a vengarnos de quienes nos hieren deliberadamente es tan inmediata y poderosa, y nuestra respuesta tan automática, que podemos golpear sin querer a un objeto inanimado que nos hace daño:

Las causas del dolor y del placer, cualesquiera que sean, o comoquiera que operen, parecen ser los objetos que, en todos los animales, excitan inmediatamente esas dos pasiones de gratitud y resentimiento. [El resentimiento es excitado tanto por objetos inanimados como animados. Nos enfadamos, por un momento, incluso con la piedra que nos hiere. Un niño la golpea, un perro le ladra, un hombre colérico suele maldecirla. La menor reflexión, en efecto, corrige este sentimiento, y pronto nos damos cuenta de que lo que no tiene sentimientos es un objeto de venganza muy impropio. Sin embargo, cuando el daño es muy grande, el objeto que lo causó nos resulta desagradable para siempre, y nos complace quemarlo o destruirlo. Deberíamos tratar de esta manera al instrumento que accidentalmente ha sido la causa de la muerte de un amigo, y a menudo nos creeríamos culpables de una especie de inhumanidad, si omitiéramos descargar sobre él esta absurda forma de venganza.

Adam Smith. The theory of moral sentiments, p 136

Justicia como castigo proporcionado al resentimiento

La violación de la justicia es la violación de las reglas de juego limpio. El resentimiento sentido se proporciona al mal infligido, y la respuesta de castigo justificado se proporciona al resentimiento sentido. En consecuencia, el mayor mal es que una persona cause la muerte de otra. Por lo tanto, la humanidad y los familiares y amigos de la persona asesinada albergan el mayor resentimiento por el asesinato y buscan su castigo máximo.

Ser privado involuntariamente de cosas que nos pertenecen legítimamente

es un mal mayor que decepcionarnos de lo que solo esperamos. La violación de la propiedad, por lo tanto, el robo y el saqueo, que nos quitan lo que poseemos, son delitos mayores que la violación de un contrato, que solo nos decepciona de lo que esperábamos.

Adam Smith. The theory of moral sentiments, p 121

La seguridad como objeto de la prudencia

Con gran perspicacia, Smith invoca aquí su principio (aunque no ofrece referencias cruzadas) de la asimetría experimentada subjetivamente entre las ganancias y las pérdidas, que deriva de una asimetría más fundamental entre la alegría y la tristeza humanas: Para cualquier persona en salud, prosperidad y buena conciencia, poco se puede agregar a su bienestar,

pero mucho se puede quitar. Aunque entre esta condición y el máximo de prosperidad humana, el intervalo es insignificante; entre esta condición y la más profunda miseria, la distancia es inmensa y prodigiosa. La adversidad, por esta razón, deprime necesariamente la mente del sufridor mucho más por debajo de su estado natural que la prosperidad puede elevarlo por encima de él.

Adam Smith. The theory of moral sentiments, p 64

Y mucho más tarde:

Ya se ha observado que sufrimos más cuando pasamos de una situación mejor a una peor que cuando disfrutamos al pasar de una situación peor a una mejor. La seguridad, por lo tanto, es el primer y principal objeto de la prudencia. Es reacio a exponer nuestra salud, fortuna, rango o reputación a cualquier tipo de riesgo. Es más cauteloso que emprendedor y más ansioso por preservar las ventajas que ya poseemos que por impulsarnos a la adquisición de ventajas aún mayores.

Adam Smith. The theory of moral sentiments, p 311

En esta reafirmación, se observa que el sufrimiento está influenciado por las actitudes sociales con respecto al rango y la reputación, y no solo a la salud, la prosperidad y la conciencia. El principio también indica por qué la psicología social humana está sesgada a favor de preservar las ventajas adquiridas y en contra de nuevas ideas e innovaciones con ventajas mayores pero inciertas.

La consecuencia inmediata de la justicia como protección contra el daño es la propiedad:

La protección contra el asesinato implica que el individuo tiene propiedad sobre su cuerpo;
La protección contra el robo implica que uno tiene propiedad sobre los productos de su cuerpo y mente;
La protección contra la violación del contrato implica que los individuos tienen propiedad en las promesas de los demás.

La justicia como compensación a la víctima en gobiernos descentralizados y débiles

Dado que el mayor delito que se puede cometer contra una persona es ser asesinado, en los países civilizados el “castigo natural es la muerte, no como una compensación, sino como una represalia razonable” (LJ, p. 476).

Pero este no era el caso en sociedades antiguas con gobiernos centrales débiles: Así:

Entre las naciones bárbaras, el castigo generalmente ha sido mucho más leve, como una multa pecuniaria. La razón… era la debilidad del gobierno en esos primeros períodos de la sociedad, lo que lo hacía muy delicado para interferir en los asuntos de los individuos. El gobierno, por lo tanto, inicialmente intervenía solo como mediador, para evitar las malas consecuencias… que podrían surgir de esos delitos en el resentimiento de los amigos del asesinado. …Los delitos mismos ya se habían cometido, no había ayuda para eso; lo principal… que la sociedad tendría en cuenta sería evitar las malas consecuencias de ello.

En particular, Smith se refiere al estallido de violencia entre la familia y amigos del fallecido y los del agresor, y en la gestión de estas situaciones era imperativo que las autoridades no intentaran una resolución que fuera inaceptable para las partes involucradas (LJ, p. 106).

Encontramos, en consecuencia, que intervinieron… de manera que en las leyes de todas esas naciones hay una tarifa particular fijada para la expiación que se debe hacer por la muerte de personas de todos los rangos en el estado, desde el rey hasta el esclavo, y esto se llama el “wingild”. Este wingild varía según los diferentes rangos de las personas; para aquellos… de rango superior, sus amigos serían más poderosos y, por lo tanto, más difícilmente apaciguados, ya que tendrían mayores esperanzas de obtener satisfacción (p. 107).

Adam Smith. Lectures in jurisprudence, p 107.

La compensación a la víctima evolucionó hacia un impuesto a medida que el gobierno se fortalecía.

Continuando desde LJ, Smith afirma que: “A medida que los gobiernos de Europa ganaban cada vez más fuerza, se consideraron con derecho a alguna gratificación por su trabajo al intervenir”.

Dado que su intervención era favorable al delincuente, al protegerlo de “aquellos que le quitarían la vida y procurarle” una mejor forma de satisfacerlos, consideraron que tenían derecho a alguna gratificación por esta protección. Esto se llamaba la “libertad-o-gremio-franco”… [que] era mayor o menor según la dignidad de la persona dentro de cuya paz (es decir, jurisdicción) se cometía el delito…

Poco a poco, los soberanos comenzaron a considerarse, al menos en la práctica, como las personas más perjudicadas. Por lo tanto, la adición que se hizo al castigo de los delincuentes no fue a la composición o wingild que correspondía a los amigos del fallecido, sino al gremio franco que correspondía al rey… Sin embargo, los soberanos encontraron que les convenía más, para mantener la paz y la armonía entre sus súbditos, sustituir un castigo capital en lugar de ese gremio franco que les correspondía…

Aunque el rey podía perdonar el castigo capital que le correspondía, como cualquier otro hombre puede perdonar deudas que le corresponden, no podía perdonar esa satisfacción debida a los amigos del fallecido, al igual que no podía excusarlos de cualquier otra deuda que les correspondiera. Porque realmente y verdaderamente es una deuda como cualquier otra debida a contrato. En Inglaterra, donde se sembraron las semillas de la democracia más temprano, {Aquí la pena capital ocupó el lugar no solo del gremio franco debido al rey, sino también del wingild o compensación debido a los amigos del asesinado.} los parientes tenían el poder de procesar independientemente de la corona, y la pena capital seguía a este proceso tanto como la derivada de la autoridad del rey.

Por lo tanto, cuando el rey asumió el derecho de indulto, los parientes del fallecido todavía tenían el derecho de procesar después de este indulto, bajo el nombre de una apelación por sangre, y el castigo capital que seguía a esto el rey no podía perdonar. Este proceso todavía existe, pero rara vez se intenta, porque la legislatura es muy desfavorable a ello y la menor informalidad lo invalida (pp. 109-10).

Adam Smith. Lectures in jurisprudence, p 107.

A esto le sigue en LJ un largo discurso sobre la interrupción de esta evolución natural del gobierno inglés en la implementación de las reglas emergentes de justicia. Esto fue causado por la invasión del rey danés Canuto, quien reinó como rey de Inglaterra de 1016 a 1035. El odio inglés hacia los daneses se manifestó en “esperas” y asesinatos. Entonces, el rey Canuto introdujo una ley que requería la pena de muerte, sustituyendo así la pena capital por la autoridad habitual de la familia y amigos de la víctima. Después de la conquista normanda, esta regla evolucionó hacia “una compensación” en la que “el asesinato premeditado y voluntario de un hombre de cualquier manera… se llama asesinato y siempre se castiga con la muerte” (LJ, p. 110).

Conclusión

Adam Smith representa la pena capital por el delito de asesinato y por delitos menores como el robo y el hurto como una evolución natural en el orden pre-civilizado y explica las formas generales adoptadas por el Estado de derecho en los estados liberales modernos. Lo mismo ocurre con el castigo por violación de contrato, que no es delito, pero puede llevar a la compensación por daños, mediante una transferencia privada del demandado al demandante.

Este último principio es literalmente el de “compensación a la víctima”, que también se consideraba natural para las infracciones penales en las primeras sociedades, donde los gobiernos eran débiles y descentralizados. Las autoridades en estos estados incipientes eran impulsadas principalmente por motivos de mantenimiento de la paz para evitar un estallido de violencia entre la familia y amigos de las víctimas y los de los perpetradores. Por lo tanto, cuando las autoridades aprehendían a un delincuente, se presentaban a la familia y amigos de la víctima para determinar qué hacer.

El propósito principal era evitar la violencia que podría derivarse de este encuentro, y las autoridades estaban dispuestas a llegar a un compromiso que no ofendiera a ninguna de las partes. La consecuencia lógica de este proceso fue una compensación a la víctima, que se convirtió en una multa pecuniaria y, finalmente, en un impuesto que el gobierno cobraba por su intervención. Con el fortalecimiento de los gobiernos, esta compensación evolucionó hacia la pena capital y otros castigos más severos.