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Etiqueta: Afganistán

Algunas cuestiones disputadas sobre el anarcocapitalismo LXI: Afganistán

Al viejo Murray Rothbard le gustaba mucho analizar las descomposiciones de estados. Esto es el proceso en que rápidamente se disuelven y quedan en nada. Es un proceso que normalmente acontece cuando está próxima la derrota frente a algún enemigo, interno o externo, y acostumbra a durar muy poco tiempo; el que tarda el rival en hacerse cargo del poder. Pero este proceso de descomposición se da antes de que exista un nuevo poder, por eso eso le era de tanto interés. Su análisis de la descomposición del gobierno de Vietnam del Sur antes de su control por los comunistas y la retirada de las últimas tropas norteamericanas sigue siendo de gran interés para entender el fenómeno del poder estatal. Por desgracia ya no está Rothbard entre nosotros para intentar explicar el fenómeno de la toma del poder por los Taliban, que sin duda le hubiese interesado mucho.

En efecto es un tema muy interesante. Pensemos en propio origen del grupo, que muestra muchas analogías con las teorías sociológicas del origen del Estado. Según relatan los historiadores de los Taliban, como Ahmed Rashid,  este movimiento nació de un profesor de religión islámica de la escuela Deobandi que, alterado por la falta de orden derivada de las guerras civiles que siguieron al abandono de los soviéticos, convenció a un grupo de sus alumnos para formar un grupo armado que protegiese a sus convencinos. De ahí el nombre de Taliban o estudiantes. Obviamente, y dado el tipo de educación que recibían, podíamos decir que seguían un Islam bastante ortodoxo, pero que no difería mucho en sus costumbres del practicado por sus vecinos pashtunes, tribu esta con merecida fama de ultraconservadora en la moral y en el tratamiento de las mujeres.

Pero como vemos nacen en anarquía bajo el liderazgo de un carismático líder y profesor. Estos estudiantes, animados por la cultura guerrera pashtun y movidos de celo religioso pelearon bien y pronto se hicieron un nombre entre los distintos grupos combatientes del Afganistan de finales del siglo XX. Este prestigio les hizo en primer lugar atractivos para muchos otros combatientes desencantados de sus propios ejércitos tribales y muy popular en muchos sectores rurales del Afganistán profundo, descontentos del gobierno central, de orientación soviética pero ya no apoyado militarmente por la extinta URSS.

Esta capacidad de organización y combate llamó la atención de Benazir Bhutto, a la a sazón primera ministra de Pakistán, quien ordenó a sus servicios de inteligencia que financiasen y armasen a este grupo. Aquí me gustaría hacer un inciso. Sé que se podría argumentar que los Taliban son fruto de las operaciones de inteligencia de otras potencias, y que son estas las que organizan al grupo, que surgiría así fruto de una decisión estatal.

No lo entiendo correcto porque el grupo ya existía antes del apoyo estatal, y porque si esto fuese tan fácil no se porqué las potencias que operaron históricamente en el Afganistán no optaron por la solución de armar sus propios insurgentes en vez de combatir directamente. Será probablemente porque no baste con armar un grupo para que este sea operativo, como muy bien se vió en el caso del ejército regular que se desbandó sin luchar a pesar de estar bien armado y entrenado. Cualquier grupo armado necesita algún tipo de cohesión, sea esta ideológica o religiosa, sea una muy elevada disciplina o organización, conseguida a través de algún sentimiento de honor o reputación profesional. Esta cohesión interna del grupo es especialmente relevante que se dé en el seno de sus dirigentes, pues son ellos los que constituyen el grupo que después se constituirá en Estado. En la tropa también es importante, pues da buena moral de combate, pero por lo menos en la teoría podría ser sustituida por disciplina o interés económico.

Una vez constituido como grupo militar bien organizado, buscó establecer alianzas. No sólo las estableció con otros Estados, sino también con particulares ricos o resultado del tributo cobrado en las tierras que fueron ocupando. Pronto fueron capaces de imponerse a buena parte de los grupos que combatían con fines semejantes en el territorio afgano, hasta que lograron conquistar Kabul.

Es curioso porque en nuestro imaginario estatal un país cae o se instaura un nuevo estado cuando su capital es dominada. En el caso de los primitivos Talibán, estos la conquistaron pero no pudieron hacerlo con amplias porciones del territorio, que estaban bajo la férula del más prooccidental Frente del Norte. Estos habían mostrado gran capacidad de resistencia primero durante la invasión soviética y segundo frente a los Taliban y otras bandas semejantes.  De hecho el ejército norteamericano, al invadir el país, delegó en ellos buena parte de las operaciones de combate y fueron ellos los que consiguieron expulsar a los Taliban de buena parte de los lugares que estos controlaban.

El error consistió en hacerlos formar parte del nuevo gobierno establecido tras la toma del control de país. Al estar estos asociados al invasor y a las prácticas corruptas y extorsiones del nuevo gobierno “democrático” y proocidental, perdieron la legitimidad de la que disfrutaban entre numerosos sectores de la sociedad afgana. Ante muchos afganos aparecían como una suerte de lacayos del imperialismo norteamericano, y quedaron en una situación muy delicada. De ahí que no hayan sido capaces de oponer esta vez na resistencia seria al ejercito Talibán y que esta vez la conquista no sólo les haya resultado más fácil sino que esta ha sido de la práctica totalidad del territorio afgano. Por no hablar del comportamiento del gobierno prooccidental, que se comportó al parecer, como lo hacen muchos gobiernos de la zona, malgastando el dinero en proyectos absurdos que en muchos casos sólo servían a los intereses corruptos de sus dirigentes. La imagen del último presidente escapando en helicóptero con maletas llenas de billetes de dólar no parece ser muy edificante para la sociedad ni parece ser un modelo de lo que significa la democracia para sus sufridos habitantes.

 La segunda lección que se podría extraer es la de la caída del régimen respaldado por las fuerzas occidentales. Este estaba bien armado con un ejército profesionalizado y entrenado por ejércitos de gran nivel. Contaba con aparente legitimidad interna y sobre todo externa, al ser reconocido por la gran mayoría de los países del mundo. El régimen títere que habían dejado los soviéticos, al retirarse, aún aguantó cinco o seis años antes de colapsar frente a los Taliban, y aún así estos sólo consiguieron dominar parcialmente el territorio. Sólo puede explicarse por la descompocición de su clase dirigente, que bien escapó o bien pacto con los que presumían iban a ser los nuevos gobernantes.

Como ya apuntamos muchas veces los Estados funcionan en anarquía y no existen relaciones de poder estricto en su propio seno. Están unidos y cohesionados por intereses económicos, por ideologías fuertes o, lo más frecuente, por ambas cosas a la vez. Los gobernantes no pueden ejercer el dominio por la fuerza sobre sus propios miembros. Esto es existe un núcleo irreductible que tiene que estar unido al gobernante por lazos distintos de los de la fuerza. Los autócratas deben poder dormir tranquilos sin que nadie pretenda asesinarlos mientras duermen o estén solos o en situación de inferioridad física. Si esta lealtad mutua entre los dirigentes se rompe, el Estado literalmente se disuelve antes de que otro grupo organizado ocupe su lugar.

Como esto ocurre al poco tiempo de la disolución, lo más frecuente es que no reparemos en este hecho. El viejo Estado ya está disuelto y en desbandada antes de que otro ocupe el poder. Esto fue lo que aconteció en Afganistan. Cuando los Taliban ocupan las grandes ciudades, y sobre todo la simbólica capital, ya no existe Estado digno de tal nombre. Cuando llegan a Kabul, los principales jerarcas ya la habían abandonado unas horas antes. La falta de fé en la victoria y la carencia de una ideología que los mueva a resistir ya habían hecho su trabajo antes de la llegada de los nuevos ocupantes. La cohesión de los Estados que, como no nos cansamos de recordar, son anárquicos internamente, es más psicológica que basada en medios de fuerza. Y cualquier Estado precisa de un mínimo de lealtad y solidaridad no basada en la fuerza para poder ejercer su función de dominio sobre la sociedad. Que un Estado es un grupo de personas superestratificado sobre el conjunto de la población creo que aquí y en el caso de los talibán, nuevo grupo, puede verse perfectamente.

La tercera lección tiene que ver con el intervencionismo y con cómo las pretensiones de ordenar la “anarquía” social con medios violentos tiene pocos visos de prosperar. Muchos liberales, y por eso lo son, entienden perfectamente las consecuencias que tiene el intervencionismo estatal sobre el discurrir de la vida económica y social, y cómo en muchas ocasiones no sólo no consiguen sus objetivos sino que traen consigo consecuencias no previstas sobre esos mismos ámbitos o  sobre terceros que no tienen nada que ver sobre el aspecto objeto de la intervención.

Es el caso de las regulaciones laborales o los controles de precios, por ejemplo. Cualquiera que haya leído la Critica del Intervencionismo de Von Mises o La economía en una lección de Henry Hazlitt  o el mítico Poder y ley económica de Eugen von Bohm-Bawerk es consciente de que el uso del poder no puede derrotar a la ley económica. Y que la práctica totalidad de las intervenciones, si no son fútiles, son dañinas o agravan lo que pretendían remediar. Esto es regular el precio de la patata provocará escasez, mercados negros o un deterioro de la calidad de las patatas ofrecidas a la venta.

Que las intervenciones en política exterior son caso análogo, y probablemente ampliado para mal, de las intervenciones exteriores es algo que muchos liberales se niegan a ver. Y no entiendo los motivos. Dejando aparte el caso de las guerras convencionales, de defensa del propio territorio, las intervenciones en el exterior sin agresión previa directa de otra entidad estatal no suelen traer buenos resultados y más si la intervención se amplia hasta el extremo de constituir un proceso de nation building que implica remodelar no sólo las instituciones sino las propias costumbres y tradiciones de la población.

Si bien no se puede negar el papel que el uso de la fuerza puede influir en el cambio social y político lo es de manera limitada y siempre y cuando exista cierta similitud de costumbres o una experiencia previa extendida a ciertos grupos de población. El caso de la desnazificación alemana es un buen ejemplo. La población alemana contaba con una larga experiencia en elecciones y en hábitos parlamentarios previa al nazismo. Buena parte de su población estaba educada en valores democráticos y existía un elevado nivel de educación en los valores culturales y políticos propios de los países occidentales. Además, la experiencia del nazismo duró sólo doce años y los resultados fueron catastróficos. Y aún teniendo éxito el esfuerzo fue muy grande y se tardó cierto tiempo en conseguir los objetivos.

Un país como Afganistán no tenía experiencia consolidada de participación demócratica y sus costumbres y valores sociales son muy distintas de las de las potencias ocupantes. Buena parte de la población de allá con certeza no entiende los principios que se le quieren imponer pues estos requieren de cierta experiencia histórica y por tanto lo más probable es que no sólo no los acepte sino que los rechaze con fuerza, al percibirlos como una imposición extranjera. Antes de querer cambiar sus costumbres deben entender las razones por las que deben hacerlo, algo que nosotros podemos tener muy claro pero ellos no.

Por otra parte la democratización o occidentalización de un país implicaría no sólo un número enorme de intervenciones, sino saber cuales de entre ellas son las más relevantes. La democracia requiere de derechos de propiedad, cierto nivel de renta, educación política, costumbres de resolver pacíficamente los conflictos y cierto grado de individualismo que una sociedad aún tribal no posee. Si el voto no es individual sino que todos los miembros de un clan votan al del suyo la democracia no es una forma pacífica de optar entre opciones o programas sino una imposición de los clanes mayoritarios sobre los minoritarios. 

En mi ciudad aún se celebra el día en que expulsamos a tiros a los franceses que quisieron democratizarnos y modernizarnos siguiendo a Napoleón. No dudo que e Código civil y la Constitución republicana fuesen elementos de “progreso” en aquella época pero a a mis convecinos no les convencieron las formas y los echaron fuera, y eso que se parecía más a nosostros que los afganos. A veces hay que aplicar las ideas de Hayek sobre “La fatal arrogancia” al ámbito de la política exterior y ser un poco más humildes en nuestro fatal y arrogante constructivismo.

Ausentes y sin posición: El fracaso de las élites occidentales

Resultan sorprendentes las imágenes y videos que circulan en las redes sociales y medios de comunicación sobre la invasión de los Talibán en Afganistán durante el fin de semana. No es extraña, sin embargo, la noticia en sí misma sobre una región y, concretamente Afganistán, que ha sufrido décadas de invasiones, guerras civiles y conflictos étnicos que no se han resuelto hasta hoy y sobre los que pesa el papel que las potencias mundiales y occidentales han tenido en los sucesivos conflictos.

El lector se preguntará ¿Por qué debemos preocuparnos por la estabilidad de un país alejado de las fronteras europeas? ¿No es más conveniente que los propios afganos definan sus soluciones y no inmiscuirnos en su política interna y en los conflictos de una región ajena a nuestra idiosincrasia? 

Pero es fundamental prestar atención a este nuevo cambio del orden geopolítico en la región, aunque los ciudadanos y gobiernos que subyacen en aquellos países no compartan la cultura, el idioma ni la visión de las cosas y del mundo —por ejemplo, la democracia como sistema de gobierno y la libertad como valor indisoluble del ser humano— que los países europeos y occidentales tienen salvo contadas excepciones, más bien, reducidas a la corrupción de grupos u oligarquías que ostentan el poder en algunos casos.

Lo ocurrido este fin de semana no es más que la caprichosa repetición de la historia en una región tradicionalmente inestable política y socialmente que tiene un punto de quiebre en 1919, tras la finalización de la Primera Guerra Mundial y en 1973 cuando se establece el sistema de gobierno republicano, en un intento más por modernizar el país. Pero, aunque los hechos vertiginosos de los que somos testigos se remiten a consecuencias de orden histórico, me referiré al rol que ha tenido el presidente afgano y el análisis de la situación de la potencia norteamericana que son también importantes en un contexto voraz de información. 

A más de uno ha extrañado la salida abrupta del presidente Ashraf Ghani, que apenas pudo proveer de certidumbre a los ciudadanos y frenar el avance de los talibanes a la capital afgana cuando los especialistas americanos —entre ellos la CIA y el Pentágono—, daban un margen de entre seis y dieciocho meses para que esto ocurra, lo que finalmente se produjo en apenas unas semanas. 

Ashraf Ghani que fue profesor universitario en la Universidad de California en Berkeley y en la Universidad Johns Hopkins de Baltimore, asume el poder en 2014 envuelto en un mantra nostálgico de las aulas que precedió y la experiencia académica no menos relevante que le antecede: es fundador de un think tank en Washington, cuya principal tarea era estudiar la brecha existente entre la participación de los ciudadanos y la confianza entre estos y los Gobiernos para la creación de políticas públicas.

El presidente huido de Afganistán pasó la mayor parte de su vida fuera de su país, entre centros universitarios, círculos académicos y consultoras políticas. Y en buena medida, conocía mejor Estados Unidos que Afganistán (para ser presidente de su país tuvo que renunciar a su nacionalidad americana).

Una vez en el poder, al que accedió gracias a su capacidad para convencer y codearse con los americanos —quienes verdaderamente decidían sobre el futuro de la nación ‘ocupada’—, abrazó el nacionalismo de su comunidad étnica, los pastunes, lo que produjo una división aún más profunda con las otras comunidades que habitan el país árabe, y nunca pudo establecer una cooperación notable y duradera con otras potencias que lo rodean, como China, Irán o Pakistán: su incapacidad política se vio dimensionada en los dos ámbitos, interno y externo, y su liderazgo se redujo a la figura ornamental de un gigante con los pies de barro.

Ashraf Ghani es el más claro ejemplo del fracaso de las élites occidentales en Medio Oriente, territorio históricamente hostil a los encantos de la democracia y los sistemas liberales de gobernanza y economía. A ello hay que sumar la desidia que los gobiernos americanos han tenido en este caso en concreto y la ausencia de una política exterior seria para la resolución de un conflicto que amenaza a la estabilidad de Europa: violencia, migración y terrorismo.

Ghani no solo ha sido derrotado estrepitosamente por los talibanes, ha sido abandonado por los americanos y ninguneado por sus aliados internos e incluso por el propio ejercito afgano corrupto y sin motivación alguna por defender una patria que, en cierta medida, no les reporta ningún valor moral ni económico.

Estados Unidos ha abandonado Afganistán a su suerte y Joe Biden ha ratificado la sospecha generalizada que se tiene respecto de la incapacidad o la falta de voluntad de que el país americano despliegue una política exterior con ‘altura de miras’ en un contexto donde no se pueden reducir los hechos a la pretensión filosófica de lesse fair lesse passer, porque la amenaza será aprovechada por otros protagonistas, tal como ocurrió en los años setenta con la invasión rusa, denominada guerra afgano-soviética que se extendió hasta los años noventa. Por su parte, China buscará evitar verse afectada por las hostilidades en Afganistán, país con el que comparte unos 60 kilómetros de frontera en la región noroccidental de Xinjiang. 

Estados Unidos, el país liberal y capitalista por excelencia y una de las mejores democracias del mundo se ha quedado ausente y sin posición, mientras el pueblo afgano se debate entre la huida y la resignación a un régimen absolutista islámico que no reconoce los Derechos Humanos ni ninguna categoría de libertad y dignidad humanas, solo la barbarie.