Ir al contenido principal

Etiqueta: Anticapitalismo

Fabricar mitos y demonizar la disidencia

Mark Pulliam. Este artículo fue originalmente publicado por Law & Liberty.

Los pantanos febriles de la ideología extremista a menudo producen, además de una retórica extremista, absurdas teorías de la conspiración. Este fenómeno sempiterno existe en todo el espectro político: Supuestas conspiraciones sobre QAnon, los Illuminati, los masones, las máquinas de votación Dominion, la fluoración, el Área 51 y la colusión Trump-Rusia; supuestos engaños sobre el alunizaje, el 11-S, el tiroteo de la escuela primaria Sandy Hook y Los protocolos de los sabios de Sion; y afirmaciones de que el presidente Dwight D. Eisenhower era un “agente dedicado y consciente” de la Unión Soviética, que el Holocausto no ocurrió, y muchas más.

¿Quién puede olvidar la afirmación de Hillary Clinton en 1998 en el programa Today de la NBC de que los ataques políticos contra su marido (el entonces presidente Bill Clinton), relacionados con la investigación Whitewater y su negación perjura de mala conducta sexual con la becaria de la Casa Blanca Monica Lewinsky, eran el resultado de una “vasta conspiración de la derecha”?

De la conspiranoia al éxito en ventas

Naomi Oreskes y Erik Conway, autores del éxito de ventas Merchants of Doubt (subtitulado “Cómo un puñado de científicos ocultó la verdad sobre cuestiones como el humo del tabaco o el cambio climático”), han escrito un nuevo libro, The Big Myth (El gran mito), que inventa una teoría de la conspiración que empequeñece la audaz acusación de Clinton.

Con el subtítulo “How American Business Taught Us to Loathe Government and Love the Free Market”, The Big Myth sostiene -o más bien arenga, a lo largo de más de 500 páginas- que la economía de libre mercado no funciona y que el afecto de los estadounidenses por el capitalismo se debe únicamente a una campaña de propaganda masiva, “fabricada” y “prostituida”. Esta audaz tesis es a la vez descabellada y poco convincente; incluso ridícula.

¿Conspiración? No, proyecto compartido

Para ser justos, los autores rechazan astutamente el término preciso “conspiración”, prefiriendo en su lugar la formulación sinónima de “un grupo de industriales”, que actúan bajo un “paraguas” común, comprometidos en un “proyecto” coordinado para promover el mito del capitalismo entre el público estadounidense.

Oreskes y Conway afirman que una “red interconectada… de personas… utilizó este apoyo mutuo para promover un mito singular”. Se trata de una teoría de la conspiración, aunque los autores no se atrevan a llamarla por ese nombre. La supuesta conspiración para “fabricar” la “falsa idea” del capitalismo (o el epíteto preferido de los autores, “fundamentalismo de mercado”, utilizando un término popularizado por George Soros) como un acuerdo superior al mando y control gubernamental es realmente enorme. ¿Quién estaba en el ajo? Resulta que casi todo el mundo.

Uno no, ¡todos!

Entre los conspiradores de amplio espectro se encuentran la Asociación Nacional de Fabricantes, General Electric, los hermanos Koch, la Fundación para la Educación Económica, la Sociedad Mont Pelerin, la Fundación Heritage, el Instituto Cato, el American Enterprise Institute, el Wall Street Journal, Ronald Reagan (como presidente y, anteriormente, como presentador del popular programa de televisión GE Theater), Ayn Rand, el departamento de economía de la Universidad de Chicago, Leonard Read, William F. Buckley Jr. y, sorprendentemente, Ludwig von Mises (“un absolutista que simpatizaba con el fascismo”), Henry Hazlitt y los premios Nobel George Stiglitz, Milton Friedrich y Friedrich Hayek.

El Gran Mito implica incluso a Laura Ingalls Wilder (autora de la entrañable serie La pequeña casa de la pradera) y a su hija, la “periodista libertaria” Rose Wilder Lane. De hecho, prácticamente todas las figuras libertarias y de centro-derecha que han defendido puntos de vista económicos en el último siglo son supuestamente cómplices de esta conspiración masiva para engañar al público estadounidense sobre los méritos míticos del capitalismo frente a la regulación gubernamental de la economía. La premisa implícita de El gran mito ofrece una visión esclarecedora de la mentalidad izquierdista que prevalece en el mundo académico: Los santurrones autores suponen que todo el mundo compartiría su visión democrático-socialista del mundo (que ellos declaran “la verdad”) en ausencia de codicia o engaño. El desacuerdo de buena fe no es posible. Lo llaman demonizar la disidencia.

Todos sospechosos

Como defensor de la economía de libre mercado, sigo sin estar seguro de si soy víctima de la conspiración (habiendo sido influido por Capitalismo y Libertad y Libre de Elegir de Friedman en mi juventud), un cómplice involuntario (habiendo escrito para la publicación The Freeman de FEE) o un co-conspirador no anunciado (sin ni siquiera ser consciente de su existencia).

No importa, el atractivo de las teorías de la conspiración -tanto para los ideólogos como para los fiscales demasiado entusiastas- es que la red es lo suficientemente grande como para atrapar a una amplia franja de presuntos autores. En la enloquecida culpabilidad por asociación de El Gran Mito, todas las relaciones entre los partidarios del capitalismo son sospechosas. Así, los autores señalan sin aliento que el presidente de Sun Oil, J. Howard Pew – “una figura destacada” en una de sus (muchas) bête noires, NAM- “también apoyó a Billy Graham y Norman Vincent Peale”. (Entre los feligreses de Peale estaban Fred y Mary Trump)”. Voilà, ¡los puntos se unen!

El último apocalispis en la sección de no ficción

El Gran Mito cuenta con elogiosos comentarios de varios académicos, escritores y políticos de izquierdas, como la profesora de la Universidad de Duke Nancy MacLean, cuyo trabajo de 2017 sobre el Premio Nobel de Economía James Buchanan, Democracia encadenada, fue amplia y rotundamente condenado; Jane Mayer, coautora de Strange Justice (1994), un relato tendencioso de las audiencias de confirmación de Clarence Thomas; y el senador ultrapartidista estadounidense Sheldon Whitehouse (D-RI).

¿Detectan un patrón? El Gran Mito es un sermón apocalíptico dirigido al coro de los woke: “Nuestro futuro depende de rechazar [el gran mito]”, que “ha bloqueado los esfuerzos que debemos hacer para invertir el calentamiento de nuestro planeta y proteger la existencia misma del mundo tal como lo conocemos”. ¡Arrepentíos! ¡El fin está cerca!

Un hombre de paja

¿Cuáles son los elementos de la supuesta conspiración para promover los méritos del capitalismo? Aunque admiten que los argumentos a favor del libre mercado contienen un “núcleo de verdad” -la asignación eficiente de recursos y la señalización de las preferencias de los consumidores, por ejemplo-, Oreskes y Conway señalan que el capitalismo no es perfecto, citando el uso del trabajo infantil, las lesiones en el lugar de trabajo y otros “costes sociales” que eran una característica de la América de finales del siglo XIX.

Se trata del clásico argumento del hombre de paja. Los defensores del capitalismo no sostienen que los mercados libres sean perfectos, sino que son superiores al feudalismo preindustrial, al que sustituyeron o a modelos alternativos gestionados por el Estado. La mayoría de la lista de “defectos” que recitan los autores se resolvieron hace mucho tiempo.

Todos culpables

Los autores tampoco argumentan de forma persuasiva que las relaciones públicas rutinarias, los grupos de presión y las actividades de marketing de las empresas, los grupos industriales (como las empresas privadas de servicios públicos) y las asociaciones comerciales constituyan “conspiraciones” nefastas o “propaganda”. De ser así, K Street en Washington DC sería la escena de un crimen y la flotilla de intereses especiales liberales (activistas del cambio climático, partidarios de los ESG, sindicatos de profesores, abogados litigantes, sindicatos de trabajadores, defensores de las energías renovables, el movimiento LGBTQ, etc.) y sus portavoces mediáticos en CNN, MSNBC, WaPo, el NYT et al. serían igualmente “culpables”.

Las caricaturas, los panfletos, las columnas en los periódicos y los programas de radio -las herramientas de relaciones públicas de antaño- han sido suplantados por la televisión por cable, los blogs y las redes sociales, pero el principio sigue siendo el mismo: en una sociedad libre, el derecho a abogar en nombre propio en el tribunal de la opinión pública está consagrado en la Primera Enmienda.

Antes lo llamábamos libertad de expresión

Influir en la opinión pública mediante la propagación de ideas -en contraposición a los mandatos gubernamentales- se llama “discurso”, no “conspiración”. Si tratar de influir en la dirección de la educación superior a través de la filantropía corporativa es de alguna manera corrupto, entonces las campañas universitarias bien financiadas en nombre de la teoría crítica de la raza, la política de identidad, la diversidad/equidad/inclusión, la “justicia social”, el reconocimiento de las tierras indígenas y otras causas queridas por la izquierda son igualmente culpables. Lo mismo puede decirse de los esfuerzos contemporáneos por promover la política liberal (en contraposición al individualismo) a través de las iglesias tradicionales.

El movimiento del siglo XX que Oreskes y Conway condenan se ha invertido -sin su objeción- en las últimas décadas. ¿Acaso el capitalismo despierto, el Foro Económico Mundial y las fundaciones creadas por magnates progresistas de las grandes tecnologías no son más que la contrapartida moderna (y el reverso) de los esfuerzos de relaciones públicas de las empresas estadounidenses de hace un siglo? Si Hollywood tenía una agenda en las décadas de 1940 y 1950, ¿no ha cambiado ahora la marea poderosamente en la dirección opuesta? ¿Es lícito quejarse de la influencia “conservadora” del pasado en diversos ámbitos sin reconocer al menos las tendencias contrarias (y aún vigentes) que siguieron? El Gran Mito simplemente ignora la influencia compensatoria de la izquierda – “la larga marcha”- sobre las instituciones estadounidenses.

Una tesis que convencerá a los ignorantes

A los que se mueven en círculos de centro-derecha les hará gracia la idea de que facciones tan dispares -y a menudo enemistadas- trabajarían (y supuestamente lo hacen) de común acuerdo: libertarios y conservadores; ateos y sectarios; católicos y protestantes; la vieja derecha y los think tanks del establishment de Beltway; las grandes empresas y los puristas del libre mercado, etcétera. Cualquiera que esté familiarizado con las disputas internas entre estos grupos encontrará risible la perspectiva de una conspiración.

Aunque muchas personas participaron supuestamente en la “campaña de propaganda” para promover el libre mercado frente a la regulación gubernamental, los autores señalan a Ronald Reagan como principal culpable.

Ronald Reagan

Para Oreskes y Conway, el eslogan de Reagan (de su discurso inaugural de 1981), que “el gobierno no es la solución a nuestro problema; el gobierno es el problema”, ejemplifica la falsa narrativa del “fundamentalismo de mercado”, que nos impide hacer realidad los beneficios utópicos -la salvación, incluso- del Gran Gobierno al estilo nórdico. Para que el lector no piense que exagero, he aquí los párrafos finales de El Gran Mito:

La deificación de los mercados y la demonización del gobierno [sic] nos han privado de las herramientas y las ideas que necesitamos para abordar los retos que tenemos ante nosotros: vivir vidas largas y saludables, generar prosperidad y coexistir en concordia entre nosotros y con los habitantes no humanos de nuestro planeta. Es hora de que rechacemos el mito del fundamentalismo de mercado y volvamos a abrazar las herramientas de probada eficacia que tenemos a nuestra disposición. Hace falta gobernanza para abordar los problemas que las personas, persiguiendo nuestro propio interés, creamos. No hace falta ser socialista para llegar a esta conclusión. Sólo un observador.

Ronald Reagan estaba equivocado. Nuestros problemas más graves no han surgido por exceso de gobierno, sino por defecto. El gobierno no es la solución a todos nuestros problemas, pero sí a muchos de los más graves. (Énfasis añadido.)

Oreskes y Conway

El Gobierno está aquí para ayudarte

Anteriormente en el libro, los autores opinan de forma irrisoria que “en algunos países, el poder central concentrado puede ser una amenaza para la libertad, pero Estados Unidos no es uno de ellos”. En otras palabras: “No te preocupes, el gobierno está aquí para ayudarte”. Sorprendentemente, Oreskes y Conway citan la pandemia de COVID -posiblemente desatada en el mundo debido a la investigación de “ganancia de función” financiada por el gobierno federal en Wuhan- como ejemplo de “por qué algunos problemas exigen soluciones gubernamentales sustanciales”.

(Otras “soluciones” favorecidas por los autores incluyen leyes estrictas de control de armas, un tipo impositivo marginal superior sobre la renta del 91%, la eliminación de la desigualdad de ingresos, generosas prestaciones sociales, reducción del gasto en defensa y, por supuesto, una acción gubernamental masiva para hacer frente a la “amenaza existencial” del cambio climático).

El Gran Mito es el QAnon de la izquierda: una fantástica teoría de la conspiración que sólo los seguidores más ilusos y crédulos podrían tomarse en serio. El Gran Mito promueve, en lugar de disipar, un gran mito: el mito de que el socialismo y el control gubernamental funcionan, y que el capitalismo y la libertad no.

Sobre el sesgo de la BBC y el zeitgeist anticapitalista

Kristian Niemietz. Este artículo fue publicado originalmente en el IEA.

Cuando tenía unos 18 años, ocasionalmente escribía artículos para la revista del colegio. Recuerdo una reunión editorial en la que dije que estaba trabajando en un artículo, pero que necesitaba una información que no podía encontrar. Uno de los miembros del equipo, que era un friki de la informática, me sugirió que buscara en Internet. Recuerdo que le contesté: “¿Internet… qué?”.

A finales de los 90, todavía era posible desconocer la existencia de internet. En el Reino Unido (yo vivía entonces en Alemania, pero las cifras son más o menos las mismas), sólo uno de cada ocho hogares tenía acceso a Internet en 1998. A partir de entonces, sin embargo, el número de usuarios se disparó. Aumentaron a uno de cada cinco en 1999, uno de cada cuatro en 2000, uno de cada tres en 2001, uno de cada dos en 2002 y dos de cada tres en 2003. En 2016, sin embargo, parecen haber tocado techo, acercándose a la marca del 95%, pero sin llegar a superarla.

Exclusión digital

En este contexto, la BBC publicó recientemente un artículo sobre lo que denomina “exclusión digital”, que describe la difícil situación de las familias sin acceso regular a Internet. Aunque casi con toda seguridad no fue su intención, el artículo, y las respuestas al mismo, son una buena ilustración de cómo funciona el sesgo de la BBC, y de cómo nuestro zeitgeist anticapitalista se perpetúa a sí mismo.

No es que no esté de acuerdo con el artículo. No quiero restar importancia al problema de la exclusión digital, ni dar a entender que es un problema inventado, sólo porque sea un fenómeno relativamente reciente. Hay un mundo de diferencia entre no tener acceso a Internet en 1998 y no tenerlo en 2023. Mi yo de 18 años no estaba limitado de ninguna manera significativa por el hecho de no tener acceso a Internet, porque vivía en una sociedad en la que el acceso a Internet era un extra opcional agradable de tener, no un requisito.

¿Pobreza?

Casi todo lo que se podía hacer online en 1998 también se podía hacer offline, aunque de forma más lenta e incómoda. Pero desde entonces, muchas actividades sociales y económicas han pasado a realizarse totalmente en línea, o surgieron en línea en primer lugar. Esas actividades no tienen un equivalente directo fuera de línea. Si no se pueden realizar en línea, no se pueden realizar en absoluto.

Es un ejemplo de cómo los bienes de lujo pueden convertirse con el tiempo en bienes esenciales, un fenómeno que describí en mi libro de 2011 A new understanding of poverty:

La pobreza es específica del contexto […] porque la definición de necesidades es específica del contexto. No hay nada inherente a un teléfono o un frigorífico que haga de estos bienes ‘necesidades’ o ‘lujos’. Son necesidades en algunos lugares, pero no en otros, dependiendo de […] las convenciones sociales imperantes en una época y un lugar determinados. Estos bienes no eran necesarios en los años veinte, pero lo son hoy. A medida que las sociedades se vuelven más ricas, las normas y expectativas sociales se vuelven más exigentes y la participación social se vuelve más costosa.

A new understanding of poverty

Así que estoy de acuerdo en que en 2023 el acceso a Internet constituye una necesidad, y su carencia involuntaria una forma de pobreza, aunque hubiera sido ridículo sugerir lo mismo en 1998.

Exclusión o privilegio, una cuestión de perspectiva

Y sin embargo, en lugar de centrarse exclusivamente en los aspectos negativos, ¿le habría hecho daño a la BBC incluir también un párrafo en el que se reconocieran los fenomenales y rápidos avances que se han producido en el campo de las tecnologías de la información y la comunicación? ¿No es increíble que ahora consideremos “básico” algo que yo ni siquiera sabía que existía cuando tenía 18 años? Que a lo largo de mi vida adulta hayamos pasado de “¿El inter-qué?” a “¿Cómo podemos aumentar la cobertura de Internet del 95% al 100%?”.

No se trata simplemente de una cuestión de equilibrio. Es una parte esencial del fenómeno que la BBC intenta describir. Si hoy pensamos que el acceso a Internet es una necesidad, sólo lo hacemos porque el acceso se ha extendido muy rápidamente. Si hubiéramos seguido en la senda de crecimiento anterior a 1998, nadie hablaría hoy de “exclusión digital”. Es mucho más probable que describiéramos a los internautas como beneficiarios de un “privilegio digital”.

“Banda ancha popular”

¿Pretendía el autor del reportaje de la BBC fomentar el resentimiento anticapitalista? En absoluto. La palabra “capitalismo” ni siquiera aparece ahí. Se limita a describir un problema y a citar a varias personas entendidas en la materia. Pero, por supuesto, casi todos los que compartieron la historia en Twitter la interpretaron como una tardía reivindicación del corbynismo, haciendo referencia a las propuestas de Corbyn sobre la “banda ancha popular” de las últimas elecciones generales.

Eso no es culpa de la BBC. El usuario medio de Twitter lo ve todo como una reivindicación del corbynismo, y no hay nada que la BBC, ni nadie, pueda hacer para impedirlo. Pero, como mínimo, es mucho más fácil darle un giro “corbynista” a la historia que interpretarla como yo lo he hecho. La historia no es, en sí misma, anticapitalista o corbynista.

¿Es el anticapitalismo una creación del capitalismo?

Pero, en consonancia con el espíritu de la época, da por sentados los logros del capitalismo, tratándolos como algo obvio y no como algo que necesita explicación. Luego se centra implacablemente en los defectos. Es el equivalente de la crítica gruñona de TripAdvisor, que da por sentada una comida excelente, una gran selección de vinos y unos precios razonables, para luego quejarse de los inconvenientes difíciles de evitar, como la lentitud del servicio en horas punta.

Los anticapitalistas afirman que el zeitgeist anticapitalista no es más que una respuesta lógica a los fallos objetivos del capitalismo. Si el capitalismo funcionara, afirman, nadie estaría en su contra.

Sentencia de muerte en el bolsillo

Nada más lejos de la realidad. El capitalismo no puede ganar si nos negamos a reconocer ninguno de sus logros, pretendiendo que el progreso simplemente cae del cielo, pero luego nos obsesionamos implacablemente con sus defectos. Fue Joseph Schumpeter quien dijo hace 80 años que “el capitalismo se somete a juicio ante jueces que tienen la sentencia de muerte en el bolsillo.

Van a dictarla, sea cual sea la defensa que escuchen”. Schumpeter no habría entendido la palabra “digital” (salvo quizá en el sentido de “algo relacionado con los dígitos”), y mucho menos “exclusión digital”. Pero ni el anticapitalismo blando e implícito de la BBC ni el anticapitalismo duro y explícito de Twitter le habrían sorprendido lo más mínimo.