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Etiqueta: Ayn Rand

¿Es moralmente correcto permitir el sufrimiento ajeno?

La mente del hombre es su herramienta básica de supervivencia. La vida se le da, la supervivencia no. Su cuerpo se le da, el sustento de éste no. Para permanecer vivo ha de actuar, y antes de poder actuar tiene que conocer la naturaleza y el propósito de su acción. No puede obtener su alimento sin un conocimiento de lo que es alimento y de la manera de obtenerlo. Para permanecer vivo, tiene que pensar.

Todo lo que es apropiado para la vida de un ser racional es lo bueno; todo lo que la destruye es lo malo.

Fragmento del Discurso de Galt en La Rebelión de Atlas

La moralidad objetivista

Para el objetivismo, la moralidad comienza con la vida como el estándar último de valor. El propósito moral del hombre es actual racionalmente para preservar su propia vida y lograr la felicidad, ya que cada hombre es un fin en sí mismo y existe para sí mismo.

Ayn Rand escribió:

El hombre debe vivir para su propio beneficio, sin sacrificarse a sí mismo por otros, ni sacrificar a otros para sí mismo

Ayn Rand. La virtud del egoísmo

Esto no significa ignorar a los demás ni causar sufrimiento, pero sí implica que nadie tiene el derecho de exigir sacrificios por parte de otros. 

La moralidad objetivista es un código de valores basado en la razón, cuyo propósito es permitir que el individuo viva y prospere. No implica subordinar la vida de uno al bienestar de los demás, sino actuar en interés propio de manera racional, respetando los derechos y libertades de los demás.

Rand critica duramente el altruismo, entendido como la idea de que el sacrificio por los demás es la esencia de la moralidad. El altruismo niega el valor intrínseco del individuo, convirtiendo a las personas en medios para los fines de otros y como dijo Rand, no puede haber nada más inmoral que eso: “No puede haber algo más inmoral que pedir a un hombre que se sacrifique por otro” (La Virtud del Egoísmo).

La moral altruista

Los sistemas colectivistas (de moral altruista) utilizan el sufrimiento como justificación para intervenir coercitivamente en la vida de los individuos. El altruismo obligatorio lleva al uso de la fuerza y a la violación de los derechos, lo que destruye tanto la libertad como la prosperidad. Esto puede verse en países con sistemas de bienestar coercitivo.

Por ejemplo, en algunos estados europeos, los altos impuestos redistributivos han desincentivado la productividad, ya que los más talentosos o trabajadores se ven obligados a sostener a quienes no contribuyen, reduciendo así la motivación para innovar y trabajar más y haciendo que muchos emprendedores y empresas innovadoras decidan instalarse en países que no les penalicen tanto, lo que ha generado una masiva fuga de talentos y de capital de países europeos a países con más libertad como Estados Unidos.

Esto conecta directamente con los gobiernos socialdemócratas, que son mayoría hoy en el mundo, los cuales justifican las políticas de redistribución de riqueza como un medio para reducir el sufrimiento. Sin embargo, al obligar a unos a sacrificar los frutos de su trabajo para beneficio de otros, se viola el principio de intercambio voluntario y el derecho a la propiedad privada.

Robarle el fruto de su trabajo a quien se lo ha ganado para dárselo a quien no se lo ha ganado, en lugar de aliviar el sufrimiento generan nuevos problemas como resentimiento y falta de seguridad jurídica de una parte y falta de incentivos y dependencia de la otra parte. Esto desemboca en una disminución del bienestar general. Esto puede observarse en países como Argentina, donde los subsidios sociales han generado generaciones dependientes del Estado en lugar de fomentar la autosuficiencia. Lo que demuestra que intentar aliviar el sufrimiento mediante coerción no solo es inmoral, sino que a menudo empeora la situación para todos.

Cuando se fuerza al hombre a actuar sin recompensa, se lo convierte en un esclavo; y cuando se recompensa a alguien sin esfuerzo, se lo convierte en un parásito.

Ayn Rand. La virtud del egoísmo

¿Debemos permitir el sufrimiento?

Como han concluido muchos filósofos en la historia, la vida es sufrimiento. El sufrimiento, en mayor o menor medida, es intrínseco a la vida humana y, por tanto, sólo podemos esperar no volver a sufrir nunca más cuando estemos muertos. 

Aceptar que las personas a nuestro alrededor van a sufrir es reconocer una realidad objetiva. Teniendo esto en cuenta, es irracional pensar que vamos a poder eliminar el sufrimiento humano del mundo. Como dice Ayn Rand en La Rebelión de Atlas: “El hombre no puede escapar de la realidad; puede ignorarla, pero no puede ignorar las consecuencias de ignorarla.” Esta cita subraya que es irracional esperar que el sufrimiento desaparezca por completo, ya que forma parte de la existencia humana.

Los intentos de eliminar el sufrimiento de la sociedad sólo nos pueden conducir a sistemas colectivistas de “altruismo coercitivo” donde los derechos individuales son sacrificados en nombre del “bien común”. 

En estas sociedades la libertad es sustituida por la fuerza con el objetivo de eliminar el sufrimiento; pero como este es un objetivo irracional e imposible el resultado termina siendo una sociedad sin derechos individuales, sin libertad y en la que paradójicamente habrá más sufrimiento que antes; ya que al sufrimiento intrínseco a la vida humana habrá que sumar ahora el causado por la pérdida de libertades y derechos. 

Paternalismo

Un ejemplo reciente de este fenómeno es la expansión de políticas paternalistas por algunos gobiernos que prohíben actividades supuestamente “dañinas” como consumir alimentos azucarados, fumar en lugares privados o se limita fuertemente la libertad de expresión en redes sociales. Aunque justificadas como medidas para proteger a la población, estas restricciones eliminan la autonomía personal y crean resentimiento, demostrando que la “protección” puede convertirse en una forma de opresión.

Cuando esto sucede, los gobernantes (apoyados por la masa irracional) lejos de darse cuenta de su error y recapacitar, redoblan sus esfuerzos. Argumentando que se necesita más de la misma medicina para poder ayudar a los necesitados. Eliminan más derechos individuales y libertades para supuestamente ayudar a los que están sufriendo. Esto genera una espiral descendente en la que cada vez hay más cosas prohibidas y se pierden más derechos, mientras que el sufrimiento de “los necesitados” nunca se reduce.

Y es que no es posible que deje de haber necesitados; en cualquier sociedad que imaginemos siempre habrá gente que sean considerados “los necesitados” porque estas valoraciones se dan por comparación con el resto de la sociedad.  De este modo hay necesitados en países pobres como Sudán o Burundi, pero también los hay en los países más ricos de la tierra como Noruega o Suiza. Obviamente, los pobres de Suiza viven no ya mucho mejor que los pobres de Sudán, sino mucho mejor que las clases altas de Sudán. Del mismo modo que una persona de clase baja hoy en España tiene un nivel de vida muy superior al de los reyes de hace 200 años.

Conclusión

El objetivismo no niega la posibilidad de ayudar a otros, pero insiste en que la ayuda debe ser un acto voluntario. Permitir el sufrimiento ajeno no es inmoral si se respeta el derecho de cada individuo a ser responsable de su propia vida. Intentar eliminar el sufrimiento de manera coercitiva, en cambio, sí que es inmoral, ya que implica el uso de la fuerza y convierte a unas personas en medios para los fines de otros.

La virtud no consiste en sacrificarse por los demás, sino en vivir de manera racional y productiva para el beneficio propio.

Ayn Rand. La virtud del egoísmo
Ver también

El sufrimiento como coartada. (José Antonio Baonza Díaz).

Casuística ética y liberalismo. (Francisco Capella).

La rebelión de Atlas: más actual que nunca

Atlas, en la mitología griega, era el titán condenado por Zeus a sostener la bóveda celeste sobre sus hombros. En La rebelión de Atlas, monumental novela de Ayn Rand, este titán se utiliza como metáfora que representa a los individuos productivos de la sociedad: empresarios visionarios y trabajadores competentes que, mediante su dedicación, sacrificio y buen hacer, sostienen el mundo. ¿Qué pasaría si Atlas, cansado de cargar con el peso de los cielos, harto de ser maltratado y humillado, decidiera rebelarse y sacudirse los hombros?

Ayn Rand nació en San Petersburgo en 1905, donde pronto recibiría la vacuna contra el socialismo. Huyó de Rusia y se afincó en Estados Unidos, donde presumiría de ser más estadounidense que nadie, pues no lo era por la lotería del nacimiento, sino por convicción personal. Allí desarrolló una fructífera carrera como escritora y filósofa, de marcada tendencia libertaria. En 1957 publicó su obra maestra: La rebelión de Atlas. Este llegó a considerarse el libro más influyente en Estados Unidos después de la Biblia.

Recientemente, Deusto ha republicado las obras de Rand en una cuidada colección con una traducción mejorada; una reedición que me ha animado a emprender, por fin, esta vieja lectura pendiente, durante tanto tiempo aplazada. Y esta reedición llega en el momento preciso, pues la crítica de Rand a la destrucción de la sociedad mediante el intervencionismo y el expolio estatal es hoy más necesaria que nunca.

¿Quién es John Galt?

En La rebelión de Atlas se entretejen muchos libros en uno solo. Por un lado, es una novela apocalíptica en la que el mundo se encamina a la destrucción, pero no debido a la típica catástrofe natural, ni a una pandemia, ni a una invasión zombi o a una guerra nuclear, sino debido a la deriva política hacia un creciente estatismo.

La rebelión de Atlas también es una novela épica, una batalla de titánicas proporciones entre el bien y el mal: los individuos que reclaman libertad se rebelan contra esa maquinaria estatal que va acumulando poder y control sobre la población, que cercena sin piedad la libertad, que premia la irresponsabilidad y que castiga la excelencia.

También tiene parte de obra de misterio, en la que los más productivos van desapareciendo, abandonando sus empresas y sus trabajos, siguiendo a un misterioso líder llamado John Galt, dispuesto a «parar el motor del mundo». Mientras, una pregunta se propaga incesante de boca en boca: «¿Quién es John Galt?»

Pero, por encima de todo, La rebelión de Atlas es un tratado filosófico: Rand entreteje todas las tramas sobre el tapiz de la filosofía «objetivista» que ella misma alumbró. A través de los personajes, la autora expone su visión de la realidad, de la naturaleza humana, de la ética, de la política, de la economía y de las relaciones personales.  

Contra el intervencionismo económico

En la novela, el principal impulsor de la trama es el creciente intervencionismo del Estado. La clase gobernante, compinchada con empresarios privilegiados, líderes sindicales, científicos subsidiados y periodistas comprados, van aprobando regulaciones y expropiaciones cada vez más dañinas. Las demoledoras consecuencias del estatismo, a su vez, generan adicionales dosis de interferencia estatal, provocando un imparable bucle de destrucción económica.

Así, se imponen medidas de redistribución coactiva de los recursos; se regula y asfixia a los empresarios exitosos; se impide la expansión y la adecuada financiación de las empresas; se coacciona a los emprendedores más capaces desde medios de comunicación comprados; y se imponen impuestos prohibitivos a los más productivos para subsidiar a los improductivos, a aquellos que se arriman al calor del poder político.

Ante el destrozo económico generado, los gobernantes deciden imponer controles generalizados de precios, de salarios y de empleos; incluso, se establece un racionamiento político de la producción y el intercambio. El gobierno abusa de la emisión de papel moneda, provocando inflación y el expolio de los ahorros. Y se nacionaliza la innovación, la inversión y la ciencia, cosechando un acelerado retroceso tecnológico y la miseria generalizada.

El capitalismo como ideal ético

La rebelión de Atlas deja claro que el estatismo genera destrucción económica y que, si no se le pone freno, desemboca en un empobrecimiento generalizado. No en vano, Rand fue una avezada estudiosa de algunos de los más lúcidos economistas de su época, como Ludwig von Mises. Pero una idea permea toda la obra: que el capitalismo, el libre mercado, la libertad individual y el derecho a la propiedad privada no son solo recomendables por sus benéficas consecuencias económicas, sino que, ante todo, conforman un ideal ético.

Expoliar por sistema a quien satisface las necesidades ajenas en el mercado libre, para entregar lo expoliado al improductivo, no es que sea económicamente ineficiente, sino que para Rand es éticamente reprobable. De igual manera, el intervencionismo del Estado, buscando incrementar el poder y control sobre la población, tampoco es un mero problema económico sino, ante todo, ético: es una vulneración a gran escala de los derechos individuales más básicos, consustanciales a la naturaleza humana.

Una sociedad condenada

Ayn Rand nos legó en La rebelión de Atlas, en boca del personaje Francisco d’Anconia, un visionario recordatorio para sus lectores del futuro: «Cuando veáis que el comercio se realiza, no por consentimiento, sino por coacción; cuando veáis que para poder producir necesitáis obtener autorización de quienes no producen; cuando observéis que el dinero fluye hacia quienes trafican, no en bienes, sino en favores; cuando veáis que los hombres se enriquecen por soborno y por influencia en vez de por trabajo, y que tus leyes no te protegen contra ellos, sino que les protegen a ellos contra ti; cuando veáis la corrupción siendo recompensada y la honradez convirtiéndose en autosacrificio, podéis estar seguros de que vuestra sociedad está condenada».

Resulta difícil leer La rebelión de Atlas en nuestros días y no ver reflejada, nítida como la imagen de un espejo, la deriva intervencionista y autodestructiva a la que nos llevan nuestras clases gobernantes.

Ver también

¿Es Ayn Rand la intelectual del momento? (José Carlos Rodríguez).

Ayn Rand, la gran conversora. (Bernardo Sagastume).

Ayn Rand y los síntomas de las sociedades condenadas. (George Youkhadar).

La biblia ultraliberal. (José Carlos Rodríguez).

Ayn Rand, y los síntomas de las sociedades condenadas

El estatismo sobrevive saqueando; un país libre sobrevive produciendo (Ayn Rand)

Ante todo haremos un breve reseña bibliográfica de quien fue Alisa Zinóvievna Rosenbaum, la cual fue conocida bajo el seudónimo de Ayn Rand, esta nació en Rusia en la ciudad de San Petersburgo, el 2 de febrero de 1905 y murió en Nueva York, el 6 de marzo de 1982, Rand fue una filósofa y escritora rusa, nacionalizada estadounidense.  Destacando entre sus principales obras novelas, como El manantial y La rebelión de Atlas, de igual manera desarrolló un sistema filosófico conocido como objetivismo.

Ayn Rand fue una filósofa controvertida y objeto de grandes críticas como de elogios procedentes de diferentes corrientes ideológicas, inclusive del propio liberalismo, línea de pensamiento que adoptó como su referente ideológico tanto económico como político.  Aunque no pretendemos hacer un análisis profundo de las líneas de pensamiento y obras de Rand, ni de los aspectos más controvertidos de sus posturas filosóficas y políticas, pues escapa del objetivo de este breve artículo, es importante mencionar ciertos postulados básicos por los cuales abogo esta filósofa.

Postulados básicos del Pensamiento de Ayn Rand

Ayn Rand defendió el capitalismo laissez faire, el egoísmo racional, y el individualismo, argumentando que es el único sistema económico que le permite al ser humano vivir como tal, es decir, haciendo uso de su facultad de razonar. Por lo tanto, esta rechazaba absolutamente el socialismo, el altruismo​ y la religión. Entre sus principios sostenía que el hombre debe elegir sus valores y sus acciones solo mediante la razón; que cada individuo tiene derecho a existir por sí mismo, sin inmolarse por los demás ni sacrificando a otros para sí.

De igual forma, ella consideraba que nadie tiene derecho a obtener valores procedentes de otros recurriendo a la fuerza física. Cabría destacar que esta última reflexión a nuestro juicio es de suma importancia a la luz de muchos procesos de transformación sociopolíticos que se han estado asentando en esta época de reconfiguraciones geoeconómicas y políticas a nivel global.

Objetivismo

La base filosófica del objetivismo defendido por Ayn Rand, el cual ha sido objeto de diversas críticas y observaciones, se sustenta en la concepción de que la realidad existe objetivamente, independientemente de los deseos, temores o esperanzas de los hombres. Siendo esta una cosmovisión basada en la realidad objetiva desde una óptica filosófica, por un lado, y sustentada en la razón desde la óptica de la teoría de los fundamentos y métodos del conocimiento científico, por el otro.

En lo relativo al tema del bienestar individual, Rand lo aborda desde la perspectiva de la ética, y lo concerniente a la libertad, desde la visión del liberalismo económico. Cabe destacar que la filosofía política de Ayn Rand se nutre de igual forma de las ideas de John Locke, Ludwig von Mises y Frédéric Bastiat. En especial de este último pues, toma su visión respecto al Estado y el derecho, derivando de allí una concepción liberal como un sistema de derechos individuales, donde los aparentes derechos de un hombre que estén basados en la violación de los derechos de otros terminarán conduciéndonos al totalitarismo.

Prácticas y políticas que condenan a las sociedades.

Ayn Rand dejó como uno de sus tantos legados una serie de reflexiones que a la luz de los procesos de transformación estructural que están determinando el nacimiento de un nuevo orden mundial. Esos procesos siguen teniendo una vigencia y pertinencia proféticamente sorprendente. Nos sirven para entender y explicar la relación causa-efecto de muchos de los procesos políticos que actualmente están determinando el futuro de una gran cantidad de países en el mundo. Entre algunas de estas reflexiones valdría la pena destacar citar las siguientes

Cuando te das cuenta de que, para producir, necesitas obtener autorización de quien no produce nada.  Cuando compruebas que el dinero es para quien negocia, no con bienes sino con favores. Cuando te das cuenta de que muchos son ricos por sobornos e influencias, más que por el trabajo, y que las leyes no nos protegen de ellos, más, por el contrario, son ellos los que están protegidos. Cuando te das cuenta de que la corrupción es recompensada y la honestidad se convierte en autosacrificio. Entonces podría afirmar, sin temor a equivocarme, que tu sociedad está condenada.

Ayn Rand.

La vigencia de estas reflexiones, objetivamente irrefutables desde el punto de vista científico, son el ejemplo de lo que a lo largo de su historia han padecido y siguen padeciendo muchos países en el mundo. Vicios estos que han estado presentes en un espectro político que ha ido desde los regímenes inspirados en los fundamentos del comunismo marxista-leninista totalitario, pasando por los sistemas de gobierno populista sean de derecha o de izquierda, con sistemas económicos proteccionistas mercantilistas, e intervencionistas principalmente, hasta los autoritarismos etiquetados de derecha, maliciosa e incorrectamente relacionados e identificados con la corriente de pensamiento liberal.

Muchos son los ejemplos y casos emblemáticos que en mayor o menor medida representan síntomas como los arriba descritos en la cita de Rand, y que se pueden encontrar principalmente en la América Latina.  Como ha sido el caso de la “revolución bolivariana” o el de grupos políticos que han llegado al ejercicio del poder bajo la consigna de nuevas etiquetas como la lucha de los pueblos entre otros lemas pseudo ideológicos, así como los patrocinados por foros, como el de Foro de São Paulo principalmente, entre otros.

Verdaderas motivaciones

¿Cuál ha sido las verdaderas motivaciones que ha estado detrás de todas estas prácticas ya mencionadas? Tal vez las siguientes reflexiones de Ayn Rand nos las pueden explicar claramente, y las cuales citaremos “La ambición de poder es una mala hierba que sólo crece en el solar abandonado de una mente vacía”. Ayn Rand. En esta reflexión, Rand pone en evidencia la condición de aquellos que tal vez por razones educativas y socioeconómicas se dejan cautivar por este tipo de propuestas. Posteriormente, caerán en el engaño y la esclavitud bajo esquemas autoritarios y totalitarios. 

“El comunismo propone esclavizar a los hombres por la fuerza; y el socialismo por el voto.”  Ayn Rand. Más premonitoria y acertada no pudo ser esta consideración por parte de Rand, pues la misma nos explica como el llamado socialismo del siglo XX y otras propuestas políticas ya mencionadas anteriormente han logrado llegar al poder y mantenerse en él a toda costa. Y como meditación final valdría la pena citar la siguiente reflexión “Una sociedad que roba a un individuo el producto de su esfuerzo… No es estrictamente hablando una sociedad, sino una revuelta mantenida por violencia institucionalizada” Ayn Rand.

Reflexiones y conclusiones finales.

La irrefutabilidad, objetiva y científicamente hablando, del conjunto de reflexiones antes citadas de Ayn Rand han puesto en evidencia que tales síntomas han sido la causa principal de una serie de distorsiones de índole económica, política y social. Esas prácticas se han institucionalizado tanto formal como informalmente, a través de prácticas sociales ampliamente aceptadas como conducta normal y cotidiana.

Ello ha terminado por crear unas condiciones estructurales de miseria y desigualdad social en las sociedades que se han sometido a prácticas de esta naturaleza. Las ha condenado a vivir en un espectro socioeconómico y político, que ha ido desde una profunda miseria de desigualdad económica, por un lado, una degradación moral indescriptible por el otro, hasta el ejercicio del poder por parte de los grupos que lo ejercen de una manera atroz sin respetar los principios de derechos humanos más elementales establecidos en la Carta Universal de Derechos Humanos. Condenándolas a vivir en un círculo vicioso de injusticias de toda índole. 

Ver también

Los arquitectos de Ayn Rand. (Antonio Nogueira).

El ajedrez y la libertad. (Alejandro de León).

Ayn Rand, la gran conversora. (Bernardo Sagastume).

¿Es Ayn Rand la intelectual del momento? (José Carlos Rodríguez).

Contra el altruismo

Escribo contra el altruismo y desarrollo esta idea en torno al pensamiento de Rand. Más específicamente, alrededor de La Rebelión de Atlas, cuya lectura mantengo fresca y me ha impactado de manera muy positiva. Me ha facilitado la estructuración de mi modelo de pensamiento de base.

Ayn Rand, la influyente filósofa y novelista del siglo XX, construyó su crítica al altruismo en la obra colosal La Rebelión de Atlas. A través de esta novela, Rand presenta una visión radicalmente individualista y egoísta, desafiando las convenciones éticas y morales tradicionales. En este ensayo exploraremos cómo la crítica de Rand al altruismo se desenvuelve en la narrativa de La Rebelión de Atlas, y desentraña las complejidades éticas y filosóficas que subyacen a esta perspectiva objetivista.

La distopía del altruismo

En el universo distópico de La Rebelión de Atlas, Ayn Rand esculpe una sociedad donde el altruismo y el sacrificio personal son los pilares morales imperantes. La figura central, John Galt, emerge como un símbolo de resistencia a la demanda constante de sacrificio en nombre de los demás. La narrativa revela cómo el altruismo ha llevado al agotamiento de los individuos más productivos. Les obliga a soportar una carga desproporcionada en nombre de un bien común mal definido.

A través de los personajes y sus experiencias, Rand pinta un retrato de los estragos del sacrificio constante en la vitalidad y motivación individuales. Galt, como representante del individuo creativo y productivo, se convierte en un crítico feroz del altruismo. La novela enfatiza cómo el sacrificio perpetuo erosiona el potencial humano. Ese sacrificio le lleva a la renuncia de valores y metas personales en beneficio de un colectivo difuso.

La trama de La Rebelión de Atlas también destaca la falacia de la obligación moral hacia los demás. Los personajes enfrentan la imposición de deberes altruistas que limitan su capacidad para buscar la autoafirmación y perseguir sus propios intereses. La novela ilustra cómo esta obligación moral colectivista conduce a una ética basada en la coacción y la pérdida de autonomía individual.

Dagny Taggart, una ejecutiva ferroviaria, personifica este conflicto moral. Se ve atrapada entre sus ambiciones personales y las demandas de un sistema altruista que busca sacrificar sus logros en beneficio de los demás. Su lucha refleja el dilema ético entre las aspiraciones individuales y la moralidad altruista que busca restringir esas aspiraciones en aras de un bien colectivo.

La huelga

La novela resalta la importancia de la autonomía y la autoafirmación, presentando personajes que buscan liberarse de las ataduras del altruismo. La “huelga de los cerebros”, liderada por John Galt, simboliza la necesidad de los individuos de afirmarse y buscar su propia felicidad, en lugar de someterse a las demandas altruistas de la sociedad.

La protagonista, Dagny Taggart, encarna la búsqueda de la autoafirmación en un contexto donde el altruismo colectivista es la norma. La narrativa subraya cómo la autonomía y la autoafirmación son esenciales para una vida plena y significativa. Rand utiliza esta parte de la historia para enfatizar cómo el rechazo del altruismo es fundamental para liberar el potencial humano y permitir la consecución de metas personales.

Ética objetivista

La ética objetivista de Rand, basada en el egoísmo racional, se convierte en una fuerza motriz en La Rebelión de Atlas. A través de los personajes y sus elecciones, la novela explora cómo la búsqueda de la felicidad personal y la autoafirmación son fundamentales para una existencia plena. Rand defiende que el individuo tiene el derecho moral de perseguir su propia felicidad sin restricciones altruistas.

La filosofía objetivista, como se expone en la obra, sostiene que la cooperación y el intercambio voluntario son la esencia de las relaciones humanas saludables. La novela presenta comunidades voluntarias, fuera del alcance de la intervención gubernamental y del altruismo forzado. En ellas, los individuos pueden contribuir y colaborar sin renunciar a su autonomía.

Otro aspecto crucial de la crítica de Rand al altruismo es su desmantelamiento de la noción del “bien común” impuesto desde arriba. La Rebelión de Atlas muestra cómo la búsqueda del bienestar colectivo, cuando se logra a expensas de la libertad individual, lleva a la decadencia y al colapso. Rand argumenta que la verdadera prosperidad surge de la libertad individual y la autoafirmación, no de sacrificar el bienestar de unos para el beneficio aparente de otros.

Conclusión

En conclusión, Ayn Rand teje su crítica al altruismo a través de la intrincada narrativa de La Rebelión de Atlas. Desde el sacrificio personal hasta la obligación moral hacia los demás y la necesidad de autonomía, la novela destila las complejidades de la ética objetivista. El rechazo del altruismo, según Rand, se presenta como un camino hacia la liberación del potencial humano. Ese camino permite la autoafirmación y la búsqueda de la felicidad personal.

Al cerrar las páginas de La Rebelión de Atlas, el lector se enfrenta no solo a una crítica aguda al altruismo, sino también a una llamada a la acción para cuestionar las normas éticas convencionales y explorar nuevas perspectivas sobre la moralidad individual. La obra invita a considerar si el altruismo obligatorio es realmente el camino hacia una sociedad justa y próspera. O si la verdadera justicia y prosperidad emanan de la autonomía y la autoafirmación.

En última instancia, La Rebelión de Atlas se postula como un testamento a la capacidad humana de superar las limitaciones impuestas por las expectativas colectivistas. Rand nos desafía a repensar nuestras creencias éticas, a cuestionar la supuesta virtud del sacrificio constante y a explorar la posibilidad de una ética egoísta basada en la razón y la libertad individual.

Ver también

Por qué se debe rechazar el altruismo. (Antonio Ceballos).

El egoísmo es un derecho, no una virtud. (Alejandro Salas).

El altruismo (I). (Francisco Capella).

El altruismo (y II). (Francisco Capella).

Por qué es importante defender el individualismo

La minoría más pequeña del mundo es el individuo. Aquellos que niegan los derechos individuales no pueden pretender además ser defensores de las minorías.

Ayn Rand

Esta cita de la filósofa Ayn Rand define a la perfección la doctrina individualista y se convierte en toda una referencia a la sociedad actual en la que nos encontramos, donde parece que hemos sustituido la democracia liberal (obviando que los derechos actúan de forma particular) por una oclocracia (gobierno de la muchedumbre, tiranía de la mayoría).

El individualismo se basa en la autoridad sobre las propias acciones, asumiendo que sólo uno mismo debe hacerse responsable de sus actos. El individualismo considera a cada persona como una entidad independiente y soberana que posee un derecho inalienable a su propia vida, un derecho derivado de su naturaleza como ser racional. Sostiene que una sociedad civilizada, o cualquier otra forma de asociación, cooperación o coexistencia pacífica entre los individuos, solo puede lograrse sobre la base del reconocimiento de los derechos individuales, y que un grupo, como tal, no tiene ningún derecho, sino los derechos individuales de cada uno de sus miembros.

Colectivismo

Lo contrario a una mente individual es un cerebro colectivo. El colectivismo en sus diferentes formas abunda a lo largo y ancho del mundo, ya sea en forma de populismo, socialismo o nacionalismo, cualquier estatismo o combinaciones de ellas, el individualismo se ha visto relegado a un segundo plano.

El colectivismo domina y reduce a un grupo de personas (da igual si es a una raza, clase o Estado) sosteniendo que el hombre debe de estar encadenado a la acción grupal y al pensamiento único con la excusa de que existe un bien común para toda la sociedad. Como consecuencia, el colectivismo es una herramienta para eximir de responsabilidades. Es un mecanismo para externalizar la culpa y halagar al presunto oprimido. Lo libera de cualquier deber personal, de cualquier compromiso personal ajeno al colectivo: toda responsabilidad se reduce a ponerse a las órdenes de quien manda.

El colectivismo sostiene que, en los asuntos personales (la sociedad, la comunidad, la nación, el proletariado, la raza, etc.) es la unidad de realidad y el estándar de valor. Desde esta perspectiva, el individuo sólo forma parte del grupo, y tiene valor en la medida que le sirve al grupo. Sostiene, así mismo, que el individuo no tiene derechos, que su vida y su trabajo le pertenecen a la tribu y la tribu puede sacrificarlo a su antojo para sus propios intereses.

En la práctica

Las consecuencias del colectivismo han sido devastadoras, especialmente durante el siglo XX donde podemos encontrar sucesos desagradables como: genocidios, hambrunas, represiones y delitos de lesa humanidad. Fascismo, nazismo y comunismo, no fueron cosas opuestas. Fueron bandas rivales luchando por el mismo territorio. Dichas variantes colectivistas se basaban en el principio de que el hombre es un esclavo del Estado, sin derechos algunos. La filosofía de estas tres variantes dio una visión del hombre como un incompetente congénito, una criatura impotente, sin mente, sin motivaciones. Hombres que debían dejarse engañar y ser gobernados por una élite especial que alega algún tipo de sabiduría superior.

El colectivismo no predica el sacrificio como un medio temporal para alcanzar algún tipo de objetivo deseable. Es la independencia del hombre, el éxito, la prosperidad y la felicidad lo que los colectivistas quieren destruir. Los partidarios de esta doctrina están motivados, no por un deseo de felicidad para los hombres, sino por el odio contra el hombre, el odio contra lo bueno por ser bueno y el foco de ese odio, el blanco de su furia apasionada, es el hombre de habilidad.

La principal consecuencia del colectivismo es que quienes lo aceptan plena y consistentemente son incapaces de tener un yo. En la medida en que una persona abandona su mente a los demás, abandona sus medios de decidir qué valor y qué hacer. Por esto mismo, este ensayo es un alegato claro al individualismo, a los derechos individuales, al libre mercado y a la propiedad privada, es decir, una defensa a la libertad.

El trabajo de personas independientes

La libertad se basa en el hecho de que el hombre es un ser productivo. El hombre no puede sobrevivir si no es a través de su mente. Por ello, es un atributo del individuo que no puede estar subordinada a las necesidades, opiniones o deseos de los demás. Otro hombre no puede arrebatársela.

El protagonista de la novela El manantial argumentó así ante el tribunal de defensa sus derechos inalienables:

Fíjense en la historia. Todo lo que tenemos, todos los grandes logros, han surgido del trabajo independiente de mentes independientes y todos los horrores y destrucciones, de los intentos de obligar a la humanidad a convertirse en robots sin cerebros y sin almas, sin derechos personales, sin ambición personal, sin voluntad, esperanza o dignidad. Es un conflicto antiguo, tiene otro nombre: lo individual contra lo colectivo.

En definitiva, el colectivismo es incompatible con una comunidad democrática. Nacemos libres e iguales, a pesar del empeño de sanguinarios y sibilinos, nuevos y viejos, por impedirlo. Es importante enseñar los valores occidentales de la Ilustración y el peligro de las políticas identitarias, para no caer en las trampas colectivistas, presentes en todos los ámbitos de nuestra sociedad.

Hay que afirmar y pelear por la libertad: un liberalismo que ha de ser beligerante o no será.

Ver también

Individualismo, payeses y Josep Pla. (Antonio Nogueira).

Las contradicciones de Ayn Rand respecto del aborto

Ayn Rand, en su filosofía objetivista, expone su clara oposición al aborto como una cuestión de derechos y no-derechos.

  • El derecho moral de la mujer, criterio exclusivo del deseo de la mujer afectada, con las funciones de su cuerpo y las decisiones sobre el mismo.  
  • El derecho de la madre a no sacrificarse. Ayn Rand expone que el sacrificio de la madre, ser real, por el feto, ser potencial, es abominable, pues Ayn Rand, considera que un embarazo no deseado es un desastre, y un sacrificio, llevarlo a cabo.
  • Los no-derechos del embrión, pues el embrión no es un ser real, es un ser potencial, negando sus derechos naturales, hasta el momento que se produzca el nacimiento. El protoplasma no tiene derechos.

Intentaré exponer mis argumentos, contrarios a los planteamientos de Ayn Rand, desde tres perspectivas:

  • La esencia del feto.
  • La no racionalidad del aborto.
  • La responsabilidad moral de las acciones.

La esencia del feto

Entender si el feto es un ser real o un ser potencial, es una cuestión íntimamente ligada al conocimiento sobre el mismo basado en los avances científicos, lo cual contextualiza nuestro conocimiento y nuestra capacidad de razonar sobre su naturaleza. Se han publicado en la última década artículos, donde se relacionan los movimientos fetales con estímulos sensoriales, físicos, gustativos del líquido amniótico, y se interpretan como el deseo del feto de la autoexploración de su cuerpo como del entorno (1).

Estos movimientos se interpretan como comportamientos destinados a satisfacer la curiosidad, detección de contingencias, o acciones llevadas a cabo para recompensar una acción; estás, serán parte de la base de aprendizaje cuando el feto sea considerado un neonato. Como se mencionan en los escritos de Ayn Rand, “Nada le es dado al hombre en la Tierra excepto un potencial, y el material con el que hacerlo realidad”. ¿Es el feto en sí un ser potencial? ¿Es el feto al menos el material potencial? Si así fuera, el feto es el primer material del hombre para llevar a cabo su potencial y, por lo tanto, Es.

Desde la ética objetivista

Por otro lado, y hasta la fecha, existen estudios que demuestran, que la percepción sensorial del feto y, en consecuencia, su capacidad y potencialidad de comenzar un proceso básico de aprendizaje, empiezan en la semana catorce de embarazo. Aunque es correcto mencionar que muchos de estos, posponen la capacidad sensorial hasta la semana veintiocho de gestación (2)

Si aceptamos que un ser humano, pleno de moral basa sus acciones en conexión con un código moral originado de la razón, podemos afirmar, que el acto sexual es primariamente y objetivamente una acción destinada a generar una nueva vida, y, por tanto, continuar la existencia de la especie humana.

¿Por qué el hombre estaría interesado en generar nueva vida y así perpetuar la especie? Es una decisión puramente egoísta, el hombre necesita relacionarse y comerciar libremente con otro hombre, y, además, necesita de otros hombres para garantizar su supervivencia. Más íntimamente, y egoístamente, el hombre necesita en su vejez la asistencia de otros hombres para mantener su vida.

Si el hombre conoce que el fin primordial del acto sexual es generar vida, debe ser consecuente con los resultados de sus acciones, un embarazo. Si los hombres y mujeres quieren libremente realizar el acto sexual como un acto de puro disfrute, deben así mismo ser consecuentes con los resultados y poner los medios para que no se genere una nueva vida, medios que existen, y muy diversos y efectivos. Los hombres deben ser conscientes de sus decisiones y responsables por las mismas.

La responsabilidad moral

Si criar un hijo es una enorme responsabilidad, para toda la vida, realizar un acto que pueda generar una vida debe ser un acto plenamente racional, con el pleno conocimiento de la responsabilidad que conlleva y con plena voluntad sobre las consecuencias. Un embarazo indeseado no puede ser un desastre si este se ha producido conociendo los posibles resultados del acto sexual. Un embarazo indeseado entre dos seres racionales no es un desastre, es fundamentalmente una incoherencia.

Si el embarazo cambia el destino de los jóvenes, su vida, su trabajo, su ocio, como seres morales y racionales, tienen que asumir sus consecuencias, como hombres racionales, morales y libres. Por otro lado, si, como el objetivismo defiende, “La mente del hombre es su herramienta básica de supervivencia”, el hombre tiene que hacer siempre uso de la misma, y naturalmente también cuando hablamos de reproducción.  

Si la alternativa moral del universo es la existencia o la no-existencia, proteger la vida, o la vida potencial, da sentido al concepto de valor, y las cosas deben ser buenas o malas. Un embarazo no puede ser bueno o malo según las circunstancias, y en tanto que es vida, es bueno.

La jerarquía de los valores

Si como mencionó Ayn Rand en la revista Playboy en su número de marzo de 1964, que el sexo debe ser una respuesta a los valores, estos creo que deben ser jerarquizados, y el valor de la vida o vida potencial, moralmente tiene que ser siempre superior al disfrute sexual. En esta misma entrevista, Ayn Rand, menciona que el sexo es demasiado bueno y demasiado importante, entonces, seamos cautos con sus consecuencias sobre las potenciales vidas que conllevan, y actuemos racionalmente para evitarlas si no las deseamos. 

Una entidad viva que considerase malvados sus medios de supervivencia, no sobreviviría. Una planta que se esforzase por mutilar sus raíces o un pájaro que luchase por quebrar sus alas no permanecerían mucho tiempo en la existencia que estarían afrontando. Pero la historia del hombre ha sido una lucha por negar y destruir su mente.

John Galt
Referencias
  • Fetal Origin of Sensorimotor Behavior, published in “Frontiers in Neurorobotics”, 2018 May 23, Jaqueline Fagard, Rana Esseily, Lisa Jacquey,Kevin O’Regan, and Eszter Somogyi.
  • Diversos links relacionados con la percepción sensorial del feto: I, II, III, IV.
Ver también

El aborto es un asesinato, ¿lo sabía? (Pablo Molina).

Watson, ADN, racismo, aborto. (José Carlos Rodríguez).

Aborto y Estado. (Joaquín Santiago).

La incoherencia liberticida del feminismo radical. (Juan Morillo).

¿Por qué se debe rechazar el altruismo?

El objetivismo es un sistema de pensamiento integral que se articula sobre las ramas tradicionalmente fundamentales de la filosofía: metafísica, epistemología, ética, política y estética. En el terreno de la ética, el objetivismo destaca el egoísmo como la virtud moral más elevada. El altruismo es su contrario, el vicio ético por antonomasia.

La construcción racional del valor ético del egoísmo y el altruismo encuentra su fundamento en la consideración del ser humano individual como fin en sí mismo, nunca como medio subordinado a los fines de otros hombres o a fines abstractos. De acuerdo con este principio, cada individuo es libre de utilizar las facultades propias como mejor le parezca, sin más límite que el reconocimiento del mismo derecho en los demás individuos.

Ética y felicidad

La ética objetivista considera la felicidad como el objetivo moral del ser humano. El requisito básico de este objetivo es la conservación de la vida propia. El esfuerzo por conservar la vida es un atributo natural de los seres vivos y requiere una acción continua para sustentarla. Los animales disponen del instinto. Los demás seres vivos, de mecanismos biológicos aun más automáticos. En cambio, el hombre requiere del uso de la razón. A un nivel elemental, el egoísmo racional es el programa de acción para conservar la propia vida. Superado ese objetivo básico, se dirige a objetivos superiores hasta llegar al más alto de perseguir la felicidad. Así, pues, el egoísmo consiste en hacer de uno mismo el centro de su vida, racionalmente, para mantenerla, y conformar un proyecto de vida determinado por el beneficio propio con el fin último de alcanzar la felicidad.

El altruismo consiste en sacrificar el bien de algún individuo en aras de procurárselo a algún otro individuo. Por lo tanto, implica despojar al individuo sacrificado de su condición de fin y convertirlo en medio para la consecución de los fines de otros individuos. En un caso extremo, el sacrificio puede traer consigo la muerte. La acción que desemboca en la pérdida de la vida se encuentra en las antípodas de la racionalidad. Por este motivo, por revertir la condición de fin al individuo, es por lo que debe rechazarse el altruismo.

El manantial e Himno

La contraposición entre egoísmo y altruismo es una constante en las novelas de Ayn Rand, ensalzando el primero y vituperando el segundo. Así, por ejemplo, Howard Roark, el héroe de El manantial, repetidas veces califica su comportamiento de egoísta y desmiente que su conducta responda a otra cosa que su propio interés, a pesar de lo que pueda parecer, al contrario de lo que sucede con el villano Ellsworth Toohey.

En Himno, el hallazgo del protagonista es el número singular del lenguaje y el pronombre personal «yo», núcleo del término egoísmo, que habían sido perdidos en aquel futuro distópico; el peor pecado de la sociedad es el «nosotros», siempre vinculado al sacrificio personal presuntamente en aras del bien de los demás. El protagonista cobra conciencia de que su invento no lo había hecho por el bien de la humanidad, sino por su propia satisfacción personal; solo en segundo término desde la perspectiva moral, podría llegar a ser un bien para la sociedad.

Hank Rearden

En La rebelión de Atlas, Hank Rearden es juzgado por un delito contra una ley severamente intervencionista promulgada para el pretendido bien común. Esto es un extracto de lo que proclama ante el tribunal:

Trabajo para mi propio beneficio, el cual obtengo vendiendo un producto que necesitan hombres que quieren y pueden pagarlo. Yo no lo produzco para su beneficio a expensas del mío, y ellos no lo compran para mi beneficio a expensas del suyo; yo no sacrifico mis intereses a ellos, ni ellos sacrifican sus intereses a mí; tratamos de igual a igual por consentimiento mutuo para beneficio mutuo, y estoy orgulloso de cada centavo que he ganado de esa manera.

Hank Rearden

Y poco más adelante:

[…] que no se puede conseguir el bienestar de nadie a costa de sacrificios humanos, que, cuando ustedes violan los derechos de un hombre, han violado los derechos de todos, y que un público de criaturas sin derechos está abocado a la destrucción.

Hank Rearden

Egoísmo y altruismo

La ética objetivista contrasta e incluso desafía la ética tradicional occidental, aunque a veces se resalta en exceso este contraste. En el uso ordinario del lenguaje, el egoísmo es considerado un vicio y el altruismo una virtud. La RAE define el egoísmo como «inmoderado y excesivo amor a sí mismo, que hace atender desmedidamente al propio interés, sin cuidarse del de los demás». En cuanto al altruismo, la RAE lo define como «diligencia en procurar el bien ajeno aun a costa del propio». Podemos considerar esta definición académica de altruismo como neutral. En cambio, los términos «inmoderado», «excesivo» y «desmedidamente» no dejan lugar a duda sobre la consideración censurable del egoísmo, por definición.

A fin de salvar a la vez la definición académica de egoísmo y la definición objetivista podríamos recurrir a Erich Fromm, aunque este autor suele ser presentado como opuesto al objetivismo. Si hacemos buena su distinción entre «egoísmo» (selfishness) y «amor a sí mismo» (self-love), podríamos asimilar el primer término a la definición académica de egoísmo y el segundo podríamos considerarlo muy cercano a la definición objetivista. En términos de Fromm, el amor a uno mismo es la base de cualquier otro tipo de amor a los demás.

Sacrificio

La declaración de Hank Rearden mostrada arriba ensalza la actitud egoísta y orgullosa del protagonista y rechaza la conducta que beneficia a otros a expensas de uno mismo. Una de las claves de esa declaración está en los términos «a expensas de» y «sacrificio», los cuales hacen referencia tácita a la no voluntariedad que acompañaría a la búsqueda del beneficio ajeno en los términos expresados por el personaje. Aquí yace una posible objeción al antagonismo entre egoísmo y altruismo tal y como lo presenta la ética objetivista: ¿qué sucede si una persona elige libremente beneficiar a otros a costa de su propio bien? ¿Es esto incompatible con la consecución de la felicidad personal? ¿Es un comportamiento irracional?

A modo de ejemplo, imaginemos a una persona que tiene a su cargo a otra persona que no puede valerse por sí misma ni siquiera para las funciones vitales básicas, motivo por el cual decide dedicar una parte sustancial de su tiempo a procurarle ese cuidado a la persona desvalida. Pensemos en personas desvalidas de manera objetiva, como un anciano demente, un bebé o un enfermo terminal. Cabe imaginar que distintas personas interpretarían dicha situación de forma diferente, desde el verdadero fastidio a la plena satisfacción, pasando por diversos grados de resignación y otros tipos de afecciones.

Podemos pensar en personas movidas por la obediencia a una religión o a un código ético no necesariamente religioso y podríamos censurar esas éticas que lo obligan a actuar de cierto modo, so pena de recibir el castigo del infierno o del ostracismo. No obstante, ¿importa la motivación de esas interpretaciones vitales? ¿No cabe imaginar una elección voluntaria para un caso así?

Virtudes que son vicios, y viceversa

Si aceptamos que una persona puede ser feliz decidiendo dedicar una parte de su vida o, ¿por qué no?, la totalidad de su vida a procurar cuidado y atención a personas desvalidas, tal vez sacrificando su proyecto de vida anterior, ¿denominaríamos esa conducta egoísta o altruista? Según el uso corriente del lenguaje, es más probable que esa persona fuese denominada altruista antes que egoísta.

En cambio, si profundizamos en el sentido de la virtud del egoísmo y el vicio del altruismo desde la perspectiva objetivista, para considerar a tal persona un ser racional podríamos decir correctamente que su comportamiento es cabalmente egoísta, pues al dedicar su vida al cuidado de personas desvalidas está actuando en su propio beneficio, haciendo de esa entrega la más genuina fuente de satisfacción.

El aparente altruismo de esta persona no sería tal, no porque no procure el beneficio de los demás, sino porque no lo haría a expensas de su propio beneficio. Estaría sacrificando, en efecto, otras opciones vitales, pero estas solo cabría considerarlas ya como un proyecto vital abandonado, no el proyecto vital actual. Por lo tanto, no hay un «a expensas de», sino una afirmación del proyecto elegido, es decir, egoísmo.

La ética cristiana

La ética cristiana suele presentarse como incompatible con el objetivismo porque invita al sacrificio por los demás: «el que quiera salvar su vida la perderá; el que la pierda por mí, la salvará». Esa salvación cabe verla no solo desde una perspectiva escatológica, sino también, ¿por qué no?, terrenal. Y esa «salvación terrenal» es compatible con la línea de la inversión de proyecto vital esbozada en el ejemplo anterior: perder la vida dedicándola a cuidar personas desvalidas y encontrar en ello un programa de vida para salvar la felicidad.

La felicidad como fenómeno psicológico es compatible con una componente de recursividad: mi felicidad como ayuda a la felicidad de otro, ejemplificado en la promesa del matrimonio. En todo caso, el talante del Evangelio cristiano es una llamada rigurosamente individual. La invitación al individuo A para que sacrifique al individuo B en beneficio del individuo C es completamente ajena a la ética cristiana.

En definitiva, el objetivismo lleva al límite el uso ordinario del lenguaje en su tematización de los términos egoísmo y altruismo, pues nos fuerza a rechazar la acepción común de que el egoísmo es malo por definición, pero lo más importante es la crítica de las corrientes éticas que no defienden al ser humano individual como fin supremo para sí mismo. Como conclusión, hay que rechazar el altruismo entendido como sacrificio coercitivo de unos seres humanos en favor de otros. No hay forma de vislumbrar dónde está el límite de una sociedad que consiente o incluso promueve el sacrificio de algún ser humano en beneficio de otros. Con la razón en la mano, nos unimos a la voz de Hank Rearden para denunciar que una sociedad así solo puede dirigirse a su autodestrucción.

Ver también

El egoísmo es un derecho, no una virtud. (Alejandro Salas).

El altruismo (I). (Francisco Capella).

El altruismo (y II). (Francisco Capella).

Ayn Rand, la gran conversora

Vivimos tiempos peculiares, en los que un gobernante puede permitirse anunciar recortes drásticos de gasto público y no solo no ser abucheado, sino que además puede ser vitoreado. Es el caso de Javier Milei en Argentina. Podemos correr el riesgo de pensar que estas multitudes han perdido la cabeza, pero también podríamos ser más optimistas y verlo como la prueba de que se puede incursionar en la política con determinadas ideas y que, aunque estas estén muy alejadas de la discusión habitual, tienen la capacidad de imponerse y resultar exitosas en la contienda electoral.

Javier Milei y Ayn Rand

Lo que ha logrado Javier Milei en este tiempo es casi un milagro y buena parte de su éxito no podemos desvincularlo no solo de sus lecturas de Ayn Rand, sino de la aplicación de la doctrina randiana, tanto de manera explícita como implícita. En enero de 2018, cuando ni siquiera soñaba con iniciar la carrera política, Milei se mostraba ya partidario[i] de iniciar La rebelión de Atlas, afirmando que de un lado deberían estar “los defensores de la justicia social y los parásitos” y del otro “los que queremos vivir del fruto de nuestro trabajo”. Concluía, convencido, diciendo que “no importa qué parte del país nos den, la convertiríamos en un verdadero paraíso”.

Ya metido en la arena política, pese a que muchas de sus intervenciones estaban centradas en asuntos de raíz económica —Milei es economista de profesión—, no perdía oportunidad en sus apariciones públicas para reclamar la suya como una propuesta política de raíz moral, porque se apoya en valores. Aprovechaba así, muy a la manera randiana, para señalar a sus adversarios como basados en “valores inmundos”[ii], como la envidia, el odio, el resentimiento, el trato desigual frente a la ley, el robo y el asesinato. De ese conjunto de valores morales “nada bueno puede salir”, concluía.

Empresarios y empresaurios

En sus habituales clases al aire libre con las que fue sumando adeptos, Milei no buscaba conquistar a los asistentes tanto con cifras y porcentajes, sino con esta persuasiva manera de presentar sus ideas como mejores en términos morales. No se limitaba a decir que el capitalismo es un buen instrumento para generar riqueza o hacer crecer el PIB per cápita, sino que subrayaba que su mejor cualidad era que se trata de un sistema justo.

Por eso diferencia a los empresarios prebendarios, los “empresaurios” que solo viven de negocios que se sustentan en su capacidad de influencia sobre los políticos que regulan su sector, de los verdaderos emprendedores, los grandes productores, los creadores, los industriales, los científicos que hacen avanzar el mundo, porque estos son los grandes benefactores de la humanidad. En el sistema actual, a estos últimos se los castiga a través de impuestos siempre crecientes, mientras que a los primeros se los premia a través de concesiones administrativas y legislaciones que limitan la competencia.

La rebelión de Atlas

Cuando Ayn Rand publica La rebelión de Atlas en la década de 1950, presenta un escenario de un país al borde del colapso económico después de años de mal gobierno colectivista, donde los ciudadanos productivos e innovadores son explotados para sostener a aquellos que no trabajan ni producen. Como sabemos, la narración plantea la pregunta de qué sucedería si un día estos individuos decidieran dejar de cargar con el peso del estado sobre sus hombros, similar a la figura de Atlas cansado de llevar el mundo en sus espaldas.

¿No es esta la poderosa metáfora de que se ha servido Javier Milei para llegar tan amplio público? A diferencia de países como Estados Unidos, donde la de Ayn Rand es una obra imaginaria y ficticia, en Argentina, esta historia parece reflejar una realidad palpable, describiendo al país como una rueda atascada con un obstáculo: sin movimiento, o más bien mejor, retrocediendo cada año que pasa.

Corderos y leones

La conversión que Milei ha logrado en parte del pueblo argentino (la parte que produce, con independencia de su nivel de ingresos) podemos asemejarla a la conversión que Ayn Rand ha logrado de miles o millones de personas en todo el mundo a través de su obra literaria. Su constante apelación a los espíritus dormidos de la sociedad se sintetiza en su muy randiana frase “Yo no vengo a guiar corderos, vengo a despertar leones”. El rechazo frontal a la llamada justicia social que ha mostrado en su carrera política no es otra cosa que el mismo rechazo de Ayn Rand al altruismo y a la vez una vindicación del egoísmo virtuoso. “No con la mía”, afirma, en referencia a que con el dinero ajeno todos podemos ser muy generosos y que ese tipo de caridad carece por completo de mérito.

Frente a un lenguaje común que ve como algo malo el individualismo, Milei ha alzado la voz para decir alto y fuerte que lo malo no es el individualismo, sino el colectivismo. Del mismo modo, en un mundo donde las corrientes de pensamiento a menudo se centran en lo colectivo, Ayn Rand destacó en la defensa de la autonomía y la singularidad del individuo. Su enfoque claro y directo en la realidad y la razón resonó en el hombre común que buscaba no solo entender el mundo, sino también forjar su propio camino en él. Si vemos a Ayn Rand como un ejemplo de filósofa popular, al mantenerse como una figura influyente cuyas ideas continúan inspirando y desafiando las percepciones convencionales sobre la vida, la moralidad y la libertad individual, no podemos evitar reconocer a Javier Milei como uno de sus más notables epígonos.


[i] 5 de enero de 2018

[ii] 26 de marzo de 2021

El retorno a la simetría política

Mi cita favorita de Ayn Rand es aquella en la que afirma que no puede existir una cosa, legal o moral, que esté prohibida al individuo y permitida a la muchedumbre. La desigualdad ante la ley entre los grupos numerosos y los individuos es una asimetría política que nace del desequilibrio de fuerzas entre ambos agentes. El liberalismo intenta corregir esta asimetría por medio de una filosofía moral que aumente el poder del individuo frente al grupo. Se ha tenido un éxito razonable, teniendo en cuenta que se trata de equilibrar un poder físico real con uno moral abstracto, lo que exige instituciones complejas y frágiles, pero queda mucho camino por andar.

Por otro lado, en Occidente llevamos algunos lustros sufriendo una asimetría menos común: la supremacía de la moralidad de izquierda en el debate público. Esto ha llevado a la inestabilidad social en la que estamos inmersos, la aparición de nuevos grupos políticos heterogéneos cuyo fin es oponerse al statu quo, y la reacción de las élites, que, en su afán de no renunciar a su situación de privilegio, están acelerando su deriva autoritaria.

En este escenario, con las particularidades sociales españolas, se encuadra la reciente polémica política que se dio en el Congreso de los Diputados. En ella se puede ver diferentes posturas políticas:

  1. El convencimiento de que, si algo le es permitido a un lado del espectro político, por muy soez que sea, su utilización es legítima por parte de todos (VOX)
  2. La crítica a comportamientos inmorales analizándolos de forma aislada al contexto, por simple señalización de virtud (PP o Ciudadanos).
  3. Sobreactuación ante un comportamiento que empleas contra tus contrarios cuando eres la víctima del mismo, con el fin de cohesionar a tu grupo y mantener la ficción de que la ofensa solo es tal si la emplea el contrario (PSOE y Podemos).

A todos nos puede disgustar el tono grueso en el debate político, pero nuestros gustos no moldean la realidad. A los hechos no les importan tus sentimientos, y eso también incluye nuestra sensibilidad al conflicto.

Se puede argumentar, no obstante, que no criticar la postura 1 llevaría a una escalada que nos podría perjudicar a todos. Creo que es un razonamiento erróneo, ya que pone el foco en la reacción a un hecho, en vez de a la acción que lo provoca.

La asimetría política es inestable por naturaleza. Históricamente, sólo se ha podido sostener por medio de la violencia. Y por mucho que haya degenerado nuestras élites, estamos lejos de que estén en posición de hacer uso de la misma para mantener a raya a una reacción que lleva años fraguando y que no se va a detener fácilmente.

La simetría va a volver, ya sea de la mano de un multimillonario al que le gustan los memes, o de un partido político que quiere devolver los insultos. No va a ser agradable, pero eso no puede ser excusa para ponerse del lado del que desequilibró el tablero en primer lugar. Bastante trabajo vamos a tener con vigilar que en el nuevo equilibrio de poder no seamos todos menos libres.

El ajedrez y la libertad

¿Querría jugar si las reglas del juego permanecieran inmutables, pero la distribución de las recompensas fuera alterada de acuerdo con los principios igualitarios: si los premios, los honores, la fama no fueran dados al ganador, sino al perdedor, si el hecho de ganar se considerara como un síntoma de egoísmo y el ganador fuera castigado por el crimen de poseer una inteligencia superior, y la pena consistiera en la suspensión por un año, para darles una oportunidad a otros? ¿Intentarían, usted y su adversario, jugar no para ganar, sino para perder? ¿Qué le causaría esto a su mente?

Ayn Rand

La serie “Gambito de Dama” ha puesto de moda el ajedrez, algo que celebro. El ajedrez guarda valores que nos acercan a aceptar la realidad tal y como es: altamente compleja y que empezamos a masticar desde los cuatro años, como indica el escritor Arturo Pérez Reverte en un maravilloso artículo. que indico abajo. 

Hace tiempo leí una carta de Ayn Rand a Boris Spasski con la que disfruté de la admiración que le supuso ver dos mentes al límite de su ingenio y disciplina. La rusa explora cómo el ajedrez se parece a la vida. No podría estar más de acuerdo en su apreciación. La escritora ve cómo el mundo es un tablero y las piezas tienen diferentes cualidades. Tienen sus fortalezas y debilidades y para sobrevivir no queda más que, dentro de los límites que nos ponen las leyes de la naturaleza y las leyes del poder, encontrar un hueco y ser felices.

¿Por qué me gustó tanto?

Porque la primera derivada, lo fácil, hubiera sido pensar “algunos nacen reyes y otros peones, pero seamos todos peones”, ¡puño al aire! ¿Qué resultado vemos con esta negación de la realidad? Hambre y guerra, lo llevamos viendo varios miles de años. 

El problema es el de siempre, ya que los peones no podrían ganar en ningún universo conocido a un regimiento de reyes, reinas, torres, alfiles, caballos y, sobre todo, peones. Bien diversificados, preparados para la dureza a la que se enfrentan y dispuestos a comportarse como un equipo. Siendo honesto, al final somos casi todos peones aunque de vez en cuando salga un Einstein, un Freud, un Kant o un Spaski, que son sustancialmente superiores al resto y no encuentro otra opción más que admirarlos. La alternativa a la admiración es la indiferencia, respetable, o la envidia, execrable.

¿Por qué mundo debemos luchar?

Por un mundo que protege al peón indefenso ante la crudeza de las piezas negras, por ejemplo, en caso de que consideremos ser las piezas blancas, que sería la realidad que nos rodea. Hay dos maneras de ayudar a una pieza indefensa en ajedrez: cooperando o compitiendo, casi sinónimos, por cierto. Cooperar sería si nos acercamos a la parte del tablero donde está el peón indefenso para auxiliarlo consiguiendo igualar fuerzas. Competir sería amenazar a las negras en el otro lado del tablero haciendo que el peón, gracias a la innovación y la creatividad de la jugada de las blancas, mejore su maltrecha situación de debilidad.

Por un mundo en el que de una vez aceptamos que ni somos iguales, ni partimos desde el mismo sitio del tablero. ¿Duro? Quizá realista. Y solo aceptando esa dureza podremos asumir que debemos dudar de quien nos ofrece libertades positivas, porque será el lobo de Caperucita. Debemos intentar conquistar, con la cabeza alta, las libertades, seamos quien seamos, nacer peón o nacer torre jamás nos puede quitar las ganas de ser mejores. 

Me retiro con Borges, cuando dice:

Dios mueve al jugador, y éste, a la pieza. 

¿Qué dios detrás de Dios la trampa empieza

de polvo y tiempo y sueño y agonías?

No se me ocurre mejor manera de acabar.