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Etiqueta: Comercio globalización y desarrollo

Entrevista a David D. Friedman

El presente de Europa y los Estados Unidos, el fenómeno Trump, el “wokismo”, el problema de China y los riesgos de las Inteligencias Artificiales (IAs)

Transcripción de la entrevista realizada a David D. Friedman, originalmente en inglés, por nuestro subdirector, Pablo Gianella, en Lisboa, el 23 de abril de 2023. 

PREGUNTA – Cada vez que vuelve a Europa, ¿qué siente por el continente? ¿percibe cambios a mejor o cierto declive?

RESPUESTA – No conozco lo suficiente el caso europeo para responder a esa pregunta. Usted vive aquí y está en mejores condiciones que yo para responder. He pasado aquí dos semanas recorriendo algunos lugares de Europa pero eso no me da una idea clara sobre si está mejorando o empeorando.

P.- En la misma línea ¿Qué me puede decir de los Estados Unidos, su país?

R:- Estados Unidos está mejorando y empeorando. Está empeorando en el hecho de que… bueno, en un par de sentidos; por un lado está empeorando en cuanto a que la gente está más claramente dividida en líneas ideológicas. Los dos lados del espectro político no confían el uno en el otro y no pueden llegar a grandes acuerdos.

David D. Friedman

P.- ¿Quizás a causa de la famosa “polarización” en el ámbito cultural?

R:- Ese es el verdadero problema. Otra cosa a tener en cuenta es que tenemos una nueva religión llamada “wokismo” o nuevo “progresismo”, algo por el estilo, a la que no le preocupan los hechos, sino los sentimientos. Además percibo el regreso de los reaccionarios religiosos… La gente cree en todo esto muy firmemente, pero con razones muy débiles. Cualquiera que niegue los dogmas de estas nuevas religiones es señalado como un hereje malvado y así sucesivamente. Es interesante para mí porque nunca viví en un país que tuviera una religión realmente ortodoxa en ese sentido, por lo que ahora puedo identificarme más claramente con los que me precedieron al enfrentar este problema, aunque no es una situación atractiva.

El Partido Libertario llevaba años tratando de suavizar todos aquellos puntos de vista que pudieran ofender al Centro y a la Izquierda. Pero ahora, ¡han pasado a suavizar los puntos de vista que puedan ofender a la gente de la Derecha! También es un error.

P.- Por otro lado, ¿cómo vive un libertario estadounidense en un contexto de auge de todo lo que representa la “nueva derecha” de Trump y compañía?

R:- Trump no es libertario.

P.- No lo es, en efecto, pero ha dividido a muchos libertarios.

R:- Lo que es relevante para el libertarismo en los EE.UU. es la gente que se hizo cargo del Partido Libertario, que son sin duda más simpatizantes de Trump que yo, sin que probablemente signifique que sean en su mayoría partidarios de Trump; y que, básicamente, identificaron, acertadamente, que el Partido Libertario llevaba años tratando de suavizar todos aquellos puntos de vista que pudieran ofender al Centro y a la Izquierda. Es un análisis correcto. Pero al tomar las riendas del PL, ¡han pasado a suavizar los puntos de vista que pudieran ofender a la gente de la Derecha! Creo que es lo que están haciendo en la actualidad y también es un error. He intentado discutir con algunas de esas personas y no sé hasta qué punto he tenido o tendré éxito.

P.- ¿Le asusta, hasta cierto punto, el auge del nacionalismo en Estados Unidos y en otros países? Por ejemplo: la Nueva Derecha en Estados Unidos, el America First, lo que sucede en Italia, Hungría y Polonia, el regreso del concepto “soberanía” como elemento clave en el análisis de la esfera pública y política, el retorno de la defensa de los estados-nación frente a las instituciones supranacionales, la crítica al globalismo, etc.?

R:- No conozco muy bien lo que sucede en otros países. Y tampoco estoy seguro de que los Estados Unidos se estén volviendo más nacionalistas de lo que eran en el pasado. Supongo que se ha convertido en una cuestión más política que en el pasado. Sobre lo que ocurre en esos otros países, de nuevo, no los conozco lo suficiente. Hay artículos que sugieren que Hungría se ha vuelto nacionalista y que es demasiado amiga de Putin.

P.- De hecho, al hacer la pregunta estaba pensando también en la Rusia de Vladimir Putin.

R:- Rusia ha sido nacionalista durante bastante tiempo y siempre ha tenido inclinaciones históricas a ello, por lo que no es nada nuevo en su caso. Puede que sí, puede que las cosas estén empeorando en ese sentido, pero no es un campo en el que tenga conocimientos que me permitan hacer afirmaciones precisas.

“El sistema menos atractivo es ese en el que dependes de que el dictador que tienes sea benevolente, y Xi parece no ser ese tipo de dictador”

P.- Pasemos a China, al “problema chino” ¿lo ve realmente como una amenaza o como una oportunidad?

R:- Ambas cosas. Por supuesto. Por un lado, que China abandonara la economía marxista es lo más significativo que le ha ocurrido al mundo en los últimos 50 años. El resultado es que una enorme cantidad de ciudadanos chinos están ahora mucho mejor de lo que estaban al principio del proceso. Al mismo tiempo, han mantenido un sistema no democrático que parece haber caído en un… no… bueno… bajo Mao, China era un sistema no democrático con un dictador. Después de Mao fue más bien un sistema no democrático con una élite dirigente con todas las intenciones benévolas para el país, algo así como tener partidos políticos dentro de la propia élite dirigente. Ahora parece que están volviendo al punto de partida. El sistema menos atractivo es ese en el que dependes de que el dictador que tienes sea benevolente, y Xi parece no ser ese tipo de dictador. Al mismo tiempo, el hecho de que la gente sea ahora más libre que bajo Mao parece una mejora.

P.- Es un análisis preciso en cuanto al bienestar de los ciudadanos chinos, aunque mi pregunta se centraba más en lo que significa el ascenso de esta nueva China para el resto del mundo. A veces oímos a Xi Jinping abogar por el libre comercio global, más capitalismo e innovación, etc… que son mensajes que los liberales clásicos y libertarios también compartimos. Pero todo esto sucedió a la vez que muchos libertarios se escandalizaron con los movimientos de Donald Trump en el ámbito del comercio internacional, regresando de alguna forma al proteccionismo.

R:- Pero es que, como dije, Trump no es un libertario, ¡ni siquiera es un conservador!

Trump es un político hábil. Un demagogo competente.

P.- ¿Qué es Trump entonces? Su respuesta empuja a hacer esta pregunta.

R:- Es un hombre inteligente que se dio cuenta de que una parte considerable de la población se sentía excluida del mundo político. El término que me parece más útil para describir a esta población es “Flyover country“. Se trata de un término para describir todo lo que hay entre Nueva York y San Francisco, desde el punto de vista de la gente que dice: “Las élites costeras piensan que somos ignorantes, idiotas y probablemente también racistas y no nos prestan atención”. Y tienen razón. Es una exageración de un patrón real y Trump, creo, reconoció ese patrón, vio que hay una gran cantidad de votos allí y que si usted logra antagonizar al The New York Times y similares, podría obtener una respuesta positiva de muchas de estas personas en forma de apoyo electoral.. Por lo tanto, lo definiría como un demagogo bastante hábil, por desgracia. No creo que tenga una política propia. A veces ha simpatizado con ideas demócratas, a veces con ideas republicanas… Básicamente lo que quiere es poder y atención. E hizo un trabajo bastante eficaz para conseguirlo.

P.- ¿Sugiere entonces que, de alguna manera, es un “attention seeker”? (risas por ambas partes).

R:- Sí, es un “attention seeker”, pero también es un político hábil. Un demagogo competente.

P.- Las dos últimas preguntas: Usted escribió un libro bastante exitoso sobre tecnología, llamado Future Imperfect. Con los últimos avances en la tecnología de la IA, ¿cree que ésta será positiva para la humanidad, trayendo más prosperidad o la ve como una amenaza? Los libertarios suelen ver con buenos ojos los avances tecnológicos, pero los últimos acontecimientos les han dividido en cuanto a las respuestas a los peligros de que una IA general tome el control, sea capaz de influir en la esfera de opinión de forma autónoma, o incluso la posibilidad de que sea una herramienta para los rogue states (estados canalla), delincuentes y terroristas. Qué opina de todo esto, ¿dónde se sitúa David Friedman?

David D. Friedman

R:- Sin duda, la IA producirá beneficios y podría producir graves costes. En particular, existe la posibilidad de desarrollar programas informáticos con IA a nivel humano. Si siguen haciéndose más inteligentes y nosotros no, al cabo de un tiempo serán IAs de nivel sobrehumano y más nos vale que les caigamos bien. Ese es uno de los posibles riesgos. Hablé de ello en mi libro, hace diez años.

P.- Pensemos en los motores de ajedrez. Hoy en día hay algunos que son mucho mejores que los humanos…

R:- No creo que sean mucho mejores. Creo que son un poco mejores.

P.- Bueno, incluso la versión simple que tengo en mi teléfono podría derrotar a Magnus Carlsen 99 de cada 100 veces. Lo que quiero decir es que, aunque estos motores han superado con creces a los humanos, estamos viendo cómo los jugadores profesionales también están mejorando, tras estudiar las jugadas de los motores que parecen no humanas, contraintuitivas, y a partir de ahí desarrollando nuevas ideas o conceptos para utilizarlos en sus partidas entre humanos.

R:- Pero aún así, no es una persona con sus propios propósitos. Una IA avanzada podría ser una persona con sus propios propósitos y éstos podrían no estar alineados con los nuestros.

El problema es que este tren no tiene frenos. Dado que el desarrollo tecnológico puede llevarse a cabo en cualquier país, por cualquier persona o por muchas personas diferentes, es muy difícil bloquearlo, por lo que creo que es poco probable que se logre regular globalmente

P.- Desde su punto de vista, ¿cree que habrá que establecer alguna regulación para evitar estas situaciones? Ya sabe que cuando un libertario oye la palabra “regulaciones” se activan todas sus alarmas.

R:- El comentario que hice sobre ese tema, en mi libro, es que un montón de tecnologías probablemente podrían desarrollarse, todas o la mayoría, de maneras que causen muy malos resultados. Leer sobre estos potenciales resultados podría hacernos querer parar el tren y bajarnos. El problema es que este tren no tiene frenos. Dado que el desarrollo tecnológico puede llevarse a cabo en cualquier país, por cualquier persona o por muchas personas diferentes, es muy difícil bloquearlo, por lo que creo que es poco probable que se logre regular globalmente.

P.- Entonces, mejor que nos preparemos para…

R:- ¡Mejor que os preparéis para el peor escenario posible! Lo que tal vez quieras hacer es desarrollar una IA a la que le gusten los humanos, y tal vez averigües cómo ajustar los propósitos de las otras IAs de forma que se alineen con los nuestros. Pero de todos modos, no sabemos lo que va a pasar. Ésta es sólo una de las posibilidades. La gente confía demasiado en saber lo que va a suceder en el futuro.

P.- Fascinante, de verdad. Terminaremos aquí con la última pregunta: ¿Qué le diría a cualquier liberal clásico o libertario, jóvenes, pero no sólo, que ha perdido la esperanza y está preocupado al no percibir mejoras evidentes en su entorno respecto a la victoria de las ideas de la libertad sobre los colectivismos, etc.?.

R:- Le contaría una historia: después de que los revolucionarios norteamericanos ganaran una batalla clave en la Guerra de la Revolución Americana, la noticia llegó a Escocia. Uno de los estudiantes de Adam Smith le dijo: ¡Sr. Smith, esto será la ruina de Inglaterra! A lo que Smith respondió: ¡Joven! ¡Hay mucha ruina en una nación! (se repiten las risas por los dos lados)

P.- Muchas gracias, señor, es un placer hablar con usted.

R:- El placer es mío

China, John Stuart Mill y las tierras raras

Si me preguntaran qué ejemplo actual representa mejor la teoría de la demanda recíproca del comercio internacional enunciada por el inglés John Stuart Mill, el del comercio de los elementos químico que componen las llamadas ‘tierras raras’ sería mi elección.

Saltan las alarmas, de nuevo. Llevan haciéndolo cada cierto tiempo desde hace décadas: China es el mayor productor de estos metales que son imprescindibles para el desarrollo de las nuevas tecnologías.

Es cierto que es ahora cuando estamos viviendo, también de nuevo, un duelo arancelario, en esta ocasión entre China y el mundo occidental. Así que, es normal que las alarmas que suenan sean atronadoras. Porque, detrás de ese nombre tan extraño, nos encontramos con los elementos químicos gracias a los cuales se trata el cáncer de pulmón, se aterriza en Marte, o millones de personas se comunican a través de un smartphoneSon la materia prima de los bienes más demandados del mundo, el soporte de las industrias que generan más valor añadido, la madre del cordero de la economía mundial del siglo XXI.

En la Grecia clásica fue el trigo, el el siglo XVI fue el oro, en el siglo XX el petróleo, y después el uranio, y ahora son las tierras raras. Si miramos a nuestra historia económica, la tensión por la obtención de recursos ha generado guerras como las del Peloponeso y crisis como las de 1973 y 1978. Lo que tenemos encima son solamente gestos que muestran el poderío por parte de China y de Estados Unidos, pero lo que puede venir es muy serio.

Por suerte, la historia es generosa y siempre hay una lección que aprender de los pensadores que nos precedieron.  En el siglo XIX se desarrolló la explicación de las ventajas del libre comercio internacional más famosa: la teoría de la ventaja comparativa.

Esta teoría la enunció David Ricardo, a partir de las ideas de Adam Smith, y fue refinada por otro grande, John Stuart Mill. Ricardo había centrado su intento de determinar la tasa de intercambio entre dos países en la oferta.

Mill dio un giro a la perspectiva y se dio cuenta de que mi oferta de bienes, no es otra cosa que la demanda que un país tiene de esos bienes que yo produzco. Y esta lógica le llevó a considerar la importancia de la elasticidad de esa demanda recíproca en mi balanza comercial.

De esta forma, lo ideal es que yo exporte bienes imprescindibles para el resto de los países e importe bienes con muchos sustitutivos. En una época de crisis, mis exportaciones apenas se verían afectadas y mis importaciones podrían ser financiadas.

Esa es la razón por la que España tiene cierta dificultad en mantener un saldo comercial favorable. Por desgracia, estamos viviendo hasta qué punto es prescindible el turismo, y lo dependientes que somos de muchos bienes innecesarios para mantener nuestra producción.

El caso del poder comercial chino encaja en el análisis propuesto por Mill. Supongamos que somos Chen Deming, ministro de Comercio de la República Popular China desde hace 14 años. ¿Cuál sería la estrategia cuando asumió su cargo en el año 2007? Teniendo la mayor reserva del mundo de tierras raras en el yacimiento de Bayan Obo en Mongolia interior, y dada la proyección a futuro de estos elementos, sin duda, una de las prioridades sería el control del comercio internacional. Dicho y hecho.

En el año 2019, el 80% de las importaciones de tierras raras de Estados Unidos, principal potencia mundial, procedía de China. Cuando en mayo de ese año, el Gobierno chino emitía un comunicado amenazando con subir los aranceles a las tierras raras y afirmaba “no digáis que no os lo advertimos”, iban en serio. Dos años después y ya sin Trump, la situación no ha mejorado. ¿Qué podemos hacer?

La “rareza” de estos elementos consiste en que no se encuentran en estado puro y, una vez extraídos, hay que procesarlos. Es un proceso ineficiente en el que se pierde más de la mitad de lo extraído. Es sucio, porque una de las impurezas que genera es un elemento radiactivo como el torio. Su proceso de obtención es agresivo con el medioambiente, y, por supuesto, es caro. 

No podemos multiplicar como por arte de magia las reservas de tierras raras en función de los intereses geopolíticos. Pero podemos investigar cómo extraer y purificar estos elementos de manera más eficiente y barata, para ser menos dependientes de China. Esto significaría que nuestra demanda sería menos rígida.

Ya hay científicos dedicados a esto. Y ahora viene la puñalada en la espalda. El geólogo que lidera uno de los grupos de investigación más exitoso es español. Asturiano, para más señas. Juan Diego Rodríguez Blanco, doctor en Geoquímica por la Universidad de Oviedo, lleva años investigando en el Trinity College de Dublín, cómo extraer y procesar estas tierras raras.

Por desgracia, el método de extracción depende de cómo se formaron los depósitos, así que sus logros son una gran noticia, pero necesitamos más investigadores que se dediquen a ello. En España, además de sol y playa, tenemos talento científico que emigra para poder desarrollarlo. Tal vez a alguien le parecerá falta de patriotismo.

Cómo es posible que no esté “devolviendo” a su lugar de nacimiento la educación, el uso de las carreteras, y de todos los servicios y bienes públicos empleados. Ese punto de vista es uno de los muros que nos separan del progreso económico y social. Mi perspectiva es la opuesta, es la de Mill: ¿qué tendríamos que haberle ofrecido al doctor Rodríguez Blanco para que eligiera investigar en España? Para él habría sido un logro enorme en su carrera, como el que está teniendo, por sus méritos. Para el país implicaría dejar de depender del turismo y ofrecer un servicio cuya demanda recíproca es muy alta.

Mientras tanto, nuestros gobernantes jalean la violencia y aplauden la desestabilización. La miopía política de elegidos y electores nos va a dejar en el vagón de cola por muchos años.

Cuba, el modelo de nuestro ministro de consumo

El próximo ministro de Consumo del Gobierno de España, el comunista Alberto Garzón, considera que “el único país cuyo modelo de consumo es sostenible y tiene un desarrollo humano alto es… Cuba”. Lo escribió en un tuit de 2012 recientemente borrado (supongo que en aras de la transparencia y la fiscalización política) donde a su vez se nos remitía a un texto del marxólogo Carlos Fernández Liria en el que se loaban las virtudes de la sostenibilidad económica de la castro-cárcel cubana y en el que se contenían aseveraciones tan deplorables e insultantes como que los balseros que han huido de la miseria y de la represión de la isla hacia Estados Unidos son “irresponsables, criminales y suicidas” por intentar mejorar sus estándares de vida personales y familiares.

El quid de la cuestión, más allá del incienso con el que Garzón suele rociar a toda la recua de criminales filomarxistas que el mundo haya conocido, como Castro, Lenin o el Che Guevara, es que el próximo ministro de Consumo de España estaba poniendo como paradigma de consumo sostenible a Cuba. ¿Y cuál es ese nivel de ejemplar consumo sostenible en opinión de Garzón?

De acuerdo con las estadísticas oficiales de la isla, el salario medio en Cuba en el año 2016 era de 740 pesos cubanos; al cambio, unos 28 pesos convertibles (26,5 pesos cubanos = 1 peso convertible) o 28 dólares antes de retenciones fiscales (un peso convertible = un dólar). En 2012, cuando Garzón publicó su tuit, ese salario medio (que no mínimo) era todavía menor: de 466 pesos convertibles o 17,5 dólares mensuales. Sí, han leído bien: el trabajador cubano medio malvive hoy con un salario de 28 dólares mensuales: una cifra que muchos (incluido el propio Garzón cuando no se rompe las manos aplaudiendo a la dictadura cubana) reputarían inaceptablemente baja en términos diarios (no digamos ya mensuales) para España.

Por supuesto, uno podría pensar que un salario medio de 28 dólares en Cuba cundirá mucho más que uno de 25 euros en España. Pero no. Dado que Cuba no produce prácticamente nada salvo turismo, todas las mercancías esenciales deben ser importadas y, en consecuencia, se importan a los altos precios de los países que las fabrican. De hecho, y para despejar cualquier duda, las autoridades cubanas también publican una larga lista de precios regulados para productos de primera necesidad: por ejemplo, cinco huevos tienen un precio de 0,6 pesos convertibles (0,6 dólares), un kilo de pechuga de pollo deshuesada asciende a 4,35 pesos convertibles, un kilo de leche en polvo cuesta 5,5 pesos convertibles, un tercio de cerveza supone un peso convertible y 100 gramos de pasta de dientes tienen un precio de 1,2 pesos convertibles. O expresado con otras palabras, el sueldo mensual del cubano medio se extingue en una cesta compuesta por tres kilos de pechuga de pollo, dos kilos de leche en polvo, dos docenas de huevos y un tubo de pasta de dientes. Su sueldo no da para más en todo un mes. Y ya si ese cubano medio quisiera optar por un bien de mucho más lujo como un televisor de tubo de rayos catódicos de 21 pulgadas (nótese el sarcasmo), necesitaría el sueldo íntegro de 10 meses (dado que el salario medio en España es de 1.950 euros al mes, sería equivalente a que un televisor de segunda nos costara casi 20.000 euros).

Probablemente, muchos lectores se estén preguntando cómo es posible sobrevivir en tan paupérrimas condiciones. Y, desde luego, la clave está en que aquellos cubanos que no han podido exiliarse de ese infierno sobreviven malviviendo. Existen, empero, dos complementos a ese exiguo salario medio que palían en cierto grado la extrema carestía en las condiciones de vida de los cubanos. Uno son las remesas de los exiliados (esos “irresponsables, criminales y suicidas”, que no solo se jugaron la vida escapando de la cárcel comunista sino que además evitan el colapso socioeconómico del país con sus transferencias exteriores) y el otro es la llamada ‘libreta de racionamiento’, a saber, una canasta de productos básicos que el régimen ofrece a sus ciudadanos a precios subsidiados. ¿Qué bienes están incluidos en esa libreta de racionamiento? En el año 2014, alrededor de la fecha en que Garzón publicó su tuit, con 20 pesos convertibles podían adquirirse, merced al subsidio de la tarjeta, los siguientes alimentos: tres kilogramos de arroz, 230 gramos de frijoles, dos kilos de azúcar, 230 gramos de café, medio litro de aceite, cinco huevos, 454 gramos de pollo, 340 gramos de pescado, 226 gramos de embutido, 230 gramos de carne de soja molida, una caja de cerillas, un kilo de sal (cada seis meses) y 80 gramos de pan diarios. Es decir, miseria racionada y administrada políticamente: ese es el modelo de consumo sostenible que tanto gustaba a nuestro futuro ministro de Consumo.

Acaso se nos intente justificar la extrema miseria del socialismo cubano responsabilizando al embargo (que no bloqueo) estadounidense: pero este sería un debate aparte. Repito: lo relevante (y preocupante) es que Garzón estaba aplaudiendo los misérrimos niveles de consumo de Cuba (sea cual sea su origen) en aras de una (mal entendida) sostenibilidad medioambiental. El próximo ministro de Sánchez ve en la pobreza —forzada, administrada y racionada políticamente desde el Estado— un modelo de consumo que exportar al resto de la humanidad. No se trata, claro, de que el líder comunista vaya a poder trasponer en España el sistema cubano —ni el Gobierno en su conjunto, ni mucho menos un capitidisminuido Ministerio de Consumo tendrían competencias para ello—, sino de que semejantes anteojeras ideológicas —“necesitamos empobrecernos colectivamente y que el Estado sea el encargado de distribuir igualitariamente entre la población la escasez resultante”— serán las que presidirán las medidas que pueda adoptar desde esa rama de la Administración pública.

No más productividad como camino a la sostenibilidad medioambiental (minimizar ‘inputs’ incrementando los ‘outputs’), sino más pauperismo gestionado por políticos bajo el pretexto de la sostenibilidad. El progreso.

Las ‘cicatrices’ económicas del coronavirus

Scar” – “Cicatriz”: éste es uno de los términos de moda en esta crisis. Al menos en la prensa económica anglosajona. Aquí, Jonathan Portes, del King’s College londinense, cuenta 32 menciones, sólo en el Financial Times, desde que comenzó la crisis.

Como metáfora, es buena. Se refiere a esos efectos duraderos, que son visibles incluso cuando la enfermedad original ya se ha superado y que te acompañan toda la vida, como un recordatorio del daño recibido.

En economía, las cicatrices también se ven durante años, incluso cuando la crisis es sólo un recuerdo lejano. Portes, en un artículo muy conciso, pero interesantísimo (el que pueda leerlo en inglés, lo agradecerá), describe cuáles son los principales retos a los que nos enfrentamos en estos meses. Hay consecuencias de corto plazo (muy llamativos y que nos empujan a la acción) pero casi son más peligrosas las que permanecen durante años, quizás bajo la superficie, sin hacer mucho ruido, pero causando un daño persistente y profundo.

No es el único que nos ha advertido al respecto: aquí, por ejemplo, Tim Harford en el Financial Times, apuesta porque habrá sectores que nunca se recuperarán tras estos meses y nos recuerda que los jóvenes que terminan sus estudios durante una crisis acumulan salarios peores y más períodos de desempleo que los que se incorporaron al mercado laboral unos años antes o después.

En el caso español, además, llueve sobre mojado. Apenas estábamos saliendo de la anterior crisis… cuando nos arrasa la marea del Covid-19. Y, como explicábamos este sábado, tiene toda la pinta de que seremos uno de los países ricos en el que el desplome de la actividad sea más importante, la recuperación menos pronunciada y la vuelta al nivel pre-crisis se alargue más (posiblemente nos veamos, otra vez, peleando con Italia y Grecia por no ser el farolillo rojo europeo en cada clasificación).

Las cicatrices

– Desempleo y coste a largo plazo: cuando nos enfrentamos al paro, la obsesión se dirige a la pérdida de rentas y a la propia pérdida del puesto de trabajo.

Ambos efectos son importantes, pero a veces hacen que nos olvidemos de las derivadas a medio-largo plazo. Imaginemos una máquina de una fábrica que no se usa: poco a poco, se oxida, acumula porquería, no actualiza su software con las nuevas versiones… Pues en el caso del capital humano, pasa algo parecido. Un trabajador sin empleo se descapitaliza también: pierde habilidades técnicas (uso de conocimientos específicos de su puesto de trabajo) y no técnicas (trabajo en equipo, hábitos de trabajo, contactos en el sector, conocimiento de clientes y proveedores…)

En alguna ocasión lo hemos comentado, sobre todo en relación a la anterior crisis (aquí un artículo de 2013 sobre lo que se estaba viviendo en el mercado laboral español y aquí otro de 2019 sobre los efectos una década después de comenzar aquella): a las personas que no tienen un empleo les cuesta encontrar un nuevo trabajo… porque no tienen un empleo. Y no es un juego de palabras: si cogemos a dos personas con características profesionales similares (edad, estudios, preparación, experiencia…) y que sólo se diferencien en que uno está en paro y el otro ocupado, éste último tiene muchísimas más posibilidades de encontrar otro trabajo, seguir en el mercado laboral un año después, cobrar más, tener una carrera laboral normal, etc.

Además, debemos tener en cuenta que en los primeros meses después de perder un empleo, reincorporarse al mercado laboral es relativamente sencillo. Pero una vez que superamos los 6-12 meses como parados, esa misma situación de desempleo se vuelve un muro muy complicado de superar: en parte, por esa descapitalización de la que hablábamos.

– Experiencia-conocimientos desperdiciados: imaginemos ahora un trabajador que lleva 15 años en una empresa turística. Este hombre ha dedicado mucho tiempo a formarse en (1) los procesos internos de la compañía (desde sus aplicaciones informáticas específicas, hasta la cultura de la empresa) y (2) las características de su sector (idiomas, conoce a clientes y proveedores, dinámicas del mercado, etc.). Podríamos decir que es un experto en lo suyo.

Si en una crisis la empresa cierra, buena parte del punto 1 ya no le servirá de nada: es productividad, formación, habilidades, etc. que se pierden. Y si la crisis es muy profunda y se ve obligado a buscar un empleo en otro ámbito, también la segunda parte puede no servirle de mucho. Lo lógico es que busque un empleo en el que poder poner en práctica parte de esta experiencia. Pero no siempre es tan fácil lograrlo Por eso, las crisis muchas veces son tan duras, porque destruyen parte de ese capital-habilidades-formación que tanto nos había costado acumular. Son un auténtico desperdicio de conocimientos que deberían seguir siendo útiles.

– El valor de las empresas que ya funcionan: poner una empresa en marcha no es fácil. No siempre valoramos los procesos, automatismos, sinergias, experiencia acumulada entre los diferentes actores que conforman una empresa… Al final, ésa es la idea en cualquier empresa: que sus integrantes produzcan más como organización que como suma de individuos.

Por no hablar de su posición dentro de un proceso productivo más amplio: las empresas forman parte de una red de complejísimas relaciones con proveedores, clientes, competidores… de todas las partes del mundo.

Es verdad que por una parte los recién llegados tienen más flexibilidad, pero por otra hay numerosos ajustes que hacer para maximizar su eficiencia. Una crisis puede llevarse por delante negocios viables que sean bastante eficientes en esos procesos. Y todo ese valor ya creado y que se pierde será muy complicado de recuperar.

– Educación e inversión empresarial: pasaremos casi de puntillas por aquí, porque cada uno de estos puntos nos daría para un artículo. Pero está claro que el cierre de colegios y universidades afectará a los que lo sufran, perjudicando sus posibilidades futuras (éste efecto a largo plazo es también el más preocupante).

Y también que la caída en la inversión empresarial (todos los gastos no esenciales se pospondrán) dañará la capacidad de crecimiento futuro.

Flexibilidad y adaptación

El escenario es complejo. Por una parte, estamos diciendo que hay sectores-empresas que serán inviables tras la crisis. Porque los gustos y los patrones sociales han cambiado y ya no volverán. No tendría sentido que siguiéramos haciendo carromatos como en 1890, porque los consumidores ya no los quieren. No nos debería dar miedo, porque esa destrucción creativa es la que nos ha permitido crecer en los últimos 300 años. Por otro lado, no queremos descapitalizarnos, cerrando empresas o expulsando del mercado a trabajadores que sean productivos y viables una vez la situación sanitaria se resuelva (cerrar esas empresas equivale a ese desperdicio del que hemos hablado a lo largo de todo el artículo).

Sobre esta cuestión todos estamos más o menos de acuerdo en la teoría: a todos nos preocupa los efectos más palpables de la crisis (desempleo, desplome de la actividad…) pero nadie dice “hay que olvidarse de las consecuencias a largo plazo”. El problema es que, a la hora de diseñar políticas, normalmente predomina la tendencia a centrarse en el próximo dato del paro, del PIB o del déficit; y a olvidarse de poner las bases para un crecimiento más sostenible a medio plazo. En realidad, los dos objetivos deberían ser compatibles: (1) Contener la hemorragia ahora, facilitando liquidez a las empresas para que no cierren negocios viables por no poder hacer frente a los vencimientos a corto plazo. (2) No olvidar que el mundo ha cambiado en algunos aspectos para siempre y que aferrarse a la estructura productiva de diciembre de 2019 es un error: hay sectores que ya nunca se recuperarán y otros que ganarán importancia (la clave es permitir y no entorpecer que cierren los menos solventes de aquellos e incentivar que las inversiones se dirijan hacia estos).

Incluso, podemos pensar que las crisis son también una oportunidad y no deberíamos tener miedo a que desaparezcan los negocios menos eficientes o que ya no encajen con las preferencias de los consumidores. Lo estamos viendo en los últimos meses: desarrollo de nuevas tecnologías, consumidores más conscientes de sus gastos, nuevos nichos de mercado…

Las malas noticias es que España parece estar especialmente mal preparada para esta coyuntura. Por un lado, por un fenómeno del que no somos culpables, pero que nos penaliza: en el proceso de especialización que vive el mundo, nosotros hemos ido volcándonos cada vez más en el sector turístico. Éramos (somos) los mejores en eso y tiene sentido que haya acaparado muchos recursos (por ejemplo, en este artículo en Nada es Gratis, Libertad González y Tanya Surovtseva nos muestran cómo el porcentaje de empleo en este sector se ha disparado en toda España en las últimas dos décadas).

Pero, además, porque carecemos de esa flexibilidad que se necesita para enfrentarnos a ese nuevo mundo que se intuye tras la crisis y que está lleno de posibilidades: ni flexibilidad legal (tenemos mercados, sobre todo el laboral, pero no sólo, muy regulados y rígidos); ni flexibilidad formativa (sistemas educativos poco adaptados a las necesidades de la nueva economía, lejanía entre la universidad y la empresa, escasísima formación continua de los trabajadores en activo…); ni flexibilidad social (somos reacios a los cambios, movilidad geográfica reducida, alto peso de la vivienda en propiedad…).

Dice Portes que a largo plazo lo más importante para determinar el crecimiento futuro será el capital humano de cada trabajador, para que sea capaz de ir adaptándose a las necesidades que surjan por el camino. Pues bien, tampoco aquí, en España, tenemos demasiadas buenas noticias que ofrecer.

Los tres desafíos económicos del 2020

Ya ha transcurrido medio año de este accidentado 2020. Hoy se cumplen seis meses desde que se emitió la primera alerta científica sobre el virus de Wuhan. Desde entonces, 10 millones de personas han dado positivo y 500.000 personas han muerto a causa del coronavirus, sin entrar en la complicación de los datos oficiales.

La pandemia se ha instalado en nuestras vidas, junto con el miedo, el teletrabajo (quienes puedan) y una invitada a medio desvelar, que sólo ha mostrado una parte de su rostro: la crisis. Las consecuencias económicas del prolongado cierre decidido por el gobierno están, negro sobre blanco, en informes y artículos. Pero el limbo de los ERTE y la comprensible excitación ante las vacaciones de verano nos ciegan. No queremos saber nada. Ahora, no, por favor.

Con lo mal que lo hemos pasado, podrían darnos un poco de ‘vidilla’, al menos en el mes de agosto, y ya a la vuelta cargamos sobre nuestros hombros el madero de la cruz que, de nuevo, el gobierno considere que merecemos soportar, a costa de lo que sea. No estoy sola en esto: así estamos muchos.

Sin embargo, no está de más recordar algunas de las sombras que se ciernen sobre nosotros, y que irán materializándose, de aquí a finales de año.

La salida del Reino Unido de la Unión Europea está lejos de haber finalizado. Las negociaciones, durante los pasados cuatro años, desde el referéndum del año 2016, se han centrado en los términos de la salida. Pero no se concretaban los siguientes pasos ¿Cómo va a ser el día de después? Eso es lo que deberá decidirse de aquí a diciembre, ya que Boris Johnson ha expresado claramente su intención de no alargar más esta situación.

Hay varios temas delicados como, por ejemplo, el de la pesca. Los barcos europeos no podrán faenar en aguas británicas como siempre. Otro es la investigación: ¿se va a producir una fuga de cerebros en el Reino Unido si las condiciones de los investigadores comunitarios se endurecen?

En los meses de julio y agosto, ambas partes tendrán que concretar estos y otros desagradables flecos en una de las peores situaciones para ambas partes. La pandemia no está bajo control. Los científicos siguen sin poder responder a las preguntas que nos devolverían la confianza.

No está probado que el virus haya perdido fuerza, ni que los rebrotes lo sean o, por el contrario, se trate de reactivaciones de virus que no se han acabado de eliminar, y que han dado falsos negativos. No sabemos nada seguro acerca del tiempo que dura la inmunidad en quienes lo han pasado.

Desde el punto de vista económico, no sabemos cuándo vamos a poder lanzar la economía a pleno gas o si vamos a tener nuevos frenazos. Y, mientras, ahí está el coste del Brexit, mirando desde la puerta, mientras nos acercamos, sin remisión posible. Hay un centenar de personas en cada equipo de negociación y once sub grupos de trabajo que se encargan de limar diferencias para llegar a acuerdos. Eso no es gratis.

Ignacio García Bercero, negociador de la UE para el TTIP (Trasatlantic Trade and Investment Partnership) con Estados Unidos, tuiteaba el pasado 12 de junio que, una de las peculiaridades del Brexit es que la solución por defecto, si no se llega a un acuerdo, no se corresponde con el status quo actual, y por eso, ha de estar todo bien cerrado. Los medios británicos se hacían eco de las declaraciones de García Bercero con cierto brillo de esperanza en sus ojos.

La segunda sombra en nuestro horizonte es, precisamente, la situación económica de nuestro país y de nuestros socios de la Unión Europea, especialmente respecto a las ayudas. No es que los plazos europeos vayan lentos, es que lo que el gobierno español quiere es acogerse a las nuevas medidas, nuevos fondos, nuevos requisitos. Y eso sí tarda.

Hay ayudas previstas a través de mecanismos aceptados por todos (nosotros también) que no pensamos tocar, porque el gobierno no quiere tener que aplicar reformas con alto coste electoral, a pesar de que, económicamente, es lo más conveniente, ahora mismo. Las reformas estructurales son dolorosas pero limpiar una herida infectada también. La clave de ambos procesos es que son imprescindibles para solucionar las cosas de raíz, con visión a largo plazo.

Si alguien tenía en mente que el recurso a la EU va a ser similar al de la pasada crisis del 2008, que se lo quite de la cabeza. Italia y España son los países más afectados, pero no los únicos. Por ejemplo, debido a las expectativas frente al Brexit, las exportaciones alemanas al Reino Unido se han desplomado. Un 30% de las empresas alemanas está asumiendo ya que no va a haber acuerdo: se preparan para el terremoto.

Los países de Europa del Este, conscientes de que el dinero no cae del cielo, no quieren que haya recortes de fondos estructurales que compensen las aportaciones extraordinarias previstas para los afectados por el Covid-19, principalmente, para Italia y España. Es un tema sin resolver.

Finalmente, no hay que olvidar la complicación añadida que suponen China y Estados Unidos. Ninguno de los dos colosos va a poder recuperarse sin el concurso de los países que estamos en medio de su guerra comercial. Es cierto que, desde el punto de vista sanitario, la situación de ambas naciones es muy diferente.

No me atrevo a decir que China lo tiene controlado. Estados Unidos está en plena eclosión. Y, aunque es cierto que el mercado laboral estadounidense, previsiblemente, se recuperará mucho más rápido que el nuestro, no sabemos cuál va a ser el calado del perjuicio económico debido a la pandemia allí, porque se encuentran en plena batalla.

Esta incertidumbre, tanto acerca de los rebrotes en algunos lugares de China como del futuro estadounidense, ensombrecen la guerra comercial abierta que arrastraban antes del Covid-19. Y nos pilla en medio.

¿Cómo vamos a afrontar estas tres tormentas que, sin duda, nos van a afectar de una u otra forma? No soy muy optimista. Me gustaría que, al menos, por una vez, lo hiciéramos con luz y con los ojos abiertos. Como personas adultas.