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Etiqueta: Comercio globalización y desarrollo

Desde Rusia, pero sin amor

El 31 de diciembre de 1991, después de 70 años de existencia, la URSS dejaba de existir y su puesto en el mundo era ocupado por una combinación de repúblicas que habían formado parte de esa unión y que no tenían ninguna experiencia previa de gobierno bajo criterios de respeto a la libertad y los derechos, incluido el de propiedad, de sus ciudadanos, ni a una elección pública abierta y libre para sus cargos. Al menos, ninguna tan larga como para que estos principios hubieran arraigado con fuerza en la tradición política y social de cada una de ellas.

De entre todas, la Federación Rusa, la más grande y poderosa, es la que terminó heredando todos los compromisos internacionales de la URSS, así como el control de casi todo el ejército, incluyendo en algunos casos el de otras Repúblicas que si bien tenían asignado su porcentaje de potencia militar, las necesidades logísticas y estratégicas de Rusia hacían imposible que ésta no controlara o intentara controlar de alguna manera este poder.

La caída de la URSS fue tan espectacular, por inesperada para muchos, que algunos vaticinaron el fin del enfrentamiento entre bloques y una nueva era de colaboración, más o menos sana, entre antiguos enemigos, además de una senda hacia la democracia, entendiendo como tal la que impera en Occidente, sentando las bases de un nuevo panorama global.

En los años 90, el entendimiento entre Boris Yeltsin y Bill Clinton pareció trabajar en ese sentido, pero en el ámbito interno el presidente ruso no supo dar estabilidad a su país[1] y un sinfín de personas del antiguo régimen soviético buscaron, desde el poder, acomodo bien en el sector público, en distintos partidos y facciones, o en el privado, o mejor dicho, en el semiprivado, el que surgió de los monopolios ligados a los grandes recursos y servicios de la antigua URSS.

La Federación Rusa en ningún momento supo ni quiso adoptar una estructura económica ligada a la libertad. La liberalización de la economía, que lógicamente y en términos relativos ha existido, nunca se acercó demasiado al mercado libre, ni siquiera con los criterios de los países más intervencionistas de Occidente. No es sólo que los monopolios públicos se convirtieran en oligopolios semiprivados, sino que estos se enfrentaron entre sí usando técnicas más propias de mafias que de empresas. Este enfrentamiento también existió con facciones del gobierno, lo que provocó el proceso y encarcelamiento de alguno de estos nuevos ricos, y la huida al extranjero de otros.

En la libertad política tampoco se puede decir que los avances hayan sido aceptables. La crisis financiera de 1998 terminó por aupar al poder presidencial a Vladimir Putin, un oscuro funcionario soviético del KGB que había terminado siendo primer ministro de Yeltsin, y al que dejó su cargo en el año 2000, tras su dimisión. Putin fue elegido presidente ese mismo año, de nuevo en 2004 y, tras un mandato en el que por imperativo legal no podía ser reelegido para un tercero consecutivo y lo fue su “marioneta” Dmitri Medvédev (mientras Putin ocupaba el cargo de primer ministro), en el 2012.

Durante este periodo, Putin ha ido orquestando un régimen autoritario, donde la oposición y, sobre todo, la prensa libre han sido perseguidas y acosadas cuando se han opuesto a las grandes líneas de su gobierno o se han acercado demasiado a delicados asuntos. Se ha asesinado a periodistas sin rubor, se ha hecho desaparecer opositores y, todo hay que decirlo, estos asuntos no han parecido desagradar demasiado a los rusos ya que, pese a todo, sigue ganando las elecciones sin que, como en Venezuela, el fraude electoral sea tan evidente y descarado, ni que las intromisiones en la moralidad pública hayan escandalizado demasiado. De todos es sabido, por ejemplo, que los homosexuales no son bien vistos por el régimen y que han sufrido más de una persecución y agresión.

Desde mi punto de vista, Vladimir Putin es más heredero del zarismo que del régimen soviético[2], de hecho las plataformas electorales desde las que ha conseguido el poder no están ligadas a los partidos de izquierda o extrema izquierda, como el chavismo, sino a fuerzas más conservadoras, teniendo una especial conexión con el Frente Nacional francés de Marine Le Pen, pero manteniendo a la vez una relación aceptable con China, su vecino y aliado frente a Occidente, haciendo bueno esos dos refranes que dicen que el enemigo de tu enemigo (Occidente) es tu amigo (China), pero también, mantén cerca a tus amigos y más cerca aún a tus enemigos (China). Y es que los intereses de uno y otro no siempre son compatibles. Además, ha sabido mantener muy buenas relaciones con instituciones directamente heredadas del régimen soviético como el ejército o los servicios de seguridad, de los que procede, que poco o nada han cambiado desde la desaparición de la URSS.

Tras la crisis de finales del siglo XX, la economía que ha propiciado el régimen se ha centrado en negocios ligados al petróleo y la venta de armas “baratas” o de los restos del antiguo Ejército Rojo. Mientras que uno se ha mantenido en precios relativamente altos y la segunda no ha tenido rivales, la situación se ha mantenido estable, pero en cuanto que los precios del petróleo se han desplomado y los chinos han empezado a vender sus armas baratas[3], los defectos de una economía muy intervenida y poco diversificada se han hecho evidentes y han obligado a Putin a desempolvar viejos fantasmas de enfrentamiento propios de la Guerra Fría. Resulta llamativo que la industria del fracking y la decisión de la OPEP de mantener la producción de petróleo, que ayuda a mantener los precios bajos, haya sido vista por algunos sectores rusos, y no pocos analistas occidentales, como una “conspiración” contra Rusia.

La situación que gobierna Vladimir Putin es complicada y para entenderla habría que analizarla desde tres puntos de vista. El primero de ellos bebe de la tradición rusa de cierto victimismo ligado al honor. Rusia, en su versión zarista, soviética o la más actual republicana, ha alentado el victimismo para justificarse. Siempre ha estado buscando un lugar bajo el sol que aparentemente otros le han negado, el comunismo como ideología le sirvió, en el contexto de la Guerra Fría, para implicarse en muchos lugares del mundo, pero su época de potencia global ha terminado y vuelve a usar ese victimismo para denunciar y anunciar que se le debe “respeto”, a la vez que recuerda un pasado glorioso, real o ficticio. El honor es uno de las razones más importantes que esgrime un estado para justificarse, incluso para ir a la guerra.

El segundo punto sería el imperialismo que Rusia tiene en su ADN histórico. Desde la época de Pedro el Grande, los rusos han buscado expandirse para proteger su centro histórico-administrativo y lo han hecho extendiendo sus fronteras hasta conseguir el país más grande del mundo y cuando no han conseguido administrar un territorio, han buscado crear un estado vasallo, un régimen títere de Moscú que baile según le dicte el Kremlin. Algunas veces lo ha conseguido y otras veces no y en esos intentos han entrado en conflicto con otras potencias o con algunas sociedades que viven dentro de sus imperiales fronteras.

Las guerras en Chechenia, territorio administrativamente ruso, la intervención casi por sorpresa en las guerras yugoslavas en los años 90, cuando se desmembró el país, la más recientes intervenciones en Georgia y Ucrania, incluso su influencia en Moldavia, y su presencia, menos conocida pero de gran magnitud, en repúblicas de Asia Central como Tayikistán donde mantiene una amplia presencia militar con la excusa de controlar las fronteras con Afganistán, vienen a confirmar que Vladimir Putin y los dirigentes rusos aún piensan en términos imperiales, de esfera de influencia, de espacio vital, de recuperación de lo que alguna vez fue controlado desde Moscú. Todo ello choca con grandes potencias como Estados Unidos o China, pero también con la Unión Europea y la OTAN, que no dejan de quitar influencia a Rusia en lugares como las Repúblicas Bálticas, Moldavia, que aspiraría a reunificarse con Rumanía, o Ucrania, donde la mitad del país en guerra mira hacia Europa, en concreto hacia Alemania.

El tercer punto es el del miedo. Que Estados Unidos y Rusia son las dos únicas superpotencias nucleares es un hecho sabido. China tiene también bastantes misiles de este tipo, pero su número es mucho más limitado, es una potencia nuclear, como lo son Francia o Gran Bretaña, pero las capacidades de estos países, por sí solos es mucho más limitada. Rusia y EEUU aún pueden resucitar la amenaza de la destrucción mutua asegurada[4].

A mediados de julio de 2014, en pleno conflicto en Ucrania, una encuesta de la Fundación para la Opinión Pública recogía que la mayoría de los encuestados, un 64%, temía una guerra nuclear, siendo Estados Unidos la mayor amenaza para el 52% de los encuestados, seguido de Corea del Norte, con el 12% y Pakistán con el 9%. Grigori Dobromelov, director del Instituto de Estudios Políticos, explicaba que este miedo a la guerra nuclear se debía a las interpretaciones que los medios de comunicación hacían de la situación política del momento. Por otra parte, Piotr Topichkanov, experto en temas de no proliferación nuclear en el Centro Carnegie de Moscú, consideraba “típicos” estos miedos ciudadanos: “Las relaciones entre Rusia y EE UU son conflictivas y ahora los ciudadanos se dan cuenta de que el mundo, tal y como se lo pintaban a principios de los 90, nunca ha existido; ahora, las armas nucleares ya no son algo que no se vaya a usar nunca”.

En definitiva, el miedo a la guerra es algo que existe en la sociedad rusa y, en parte, explica que se vote y se consienta un dirigente autoritario, casi paternal, como Vladimir Putin, alguien que aparentemente sepa hacer frente a la situación, con fuerza, incluso con violencia si la situación lo requiere. El problema que se ha añadido actualmente es que hasta la caída del precio del petróleo había para pagar sus intervenciones y excesos, aunque la población no estuviera especialmente contenta con su situación, pero como en el caso de Venezuela, se acabó lo que se daba. La Rusia actual es otro ejemplo de lo dañino que puede ser un Estado inflado, lleno de poder, donde los miedos de los dirigentes se convierten en los miedos del país. Desde Rusia, pero sin amor.



[1] En octubre de 1993, Boris Yeltsin ordenó una acción bélica contra el Parlamento ruso para poner fin al conflicto que tenía con el poder legislativo. Después, hizo que se votara en referéndum una constitución donde los poderes presidenciales-ejecutivos estaban sobredimensionados, y que por otra parte, es la legitimación del actual poder de Vladimir Putin.

[2] El régimen ruso recuerda mucho a la Alemania de Guillermo II donde el parlamento era una institución con muy poco poder comparado con el que ejercía el Emperador y su Canciller. En este caso, el emperador sería el Presidente, el Canciller, su primer ministro y el Reichstag, la Duma.

[3] China está incrementando su peso en la venta de armas pero aún está lejos de las cifras de Rusia que suele utilizar esta venta para justificar los gastos en defensa y cubrir su exagerado porcentaje en este apartado. Sigue siendo una de sus principales exportaciones y últimamente Latinoamérica es uno de sus mercados favoritos porque demandan más cantidad que calidad, por ejemplo, les permite dotarse de aviones modernos a bajo precio aunque la calidad sea cuestionable.

[4] China, Francia y Gran Bretaña, junto a Israel, tienen una política de disuasión nuclear basada en que una parte de su arsenal siempre esté oculta, generalmente en submarinos, y que en caso de ataque la respuesta podría ser tan grave que provocaría daños no asumibles por la potencia atacante.

Los ocho gráficos que emplea Moncloa para vender la recuperación

La Moncloa lo tiene claro: España ha recuperado el crecimiento y afronta 2015 con las mejores perspectivas económicas en años. Así lo explica el Ejecutivo con un nuevo documento estratégico que reúne diferentes indicadores con ánimo de reforzar la tesis de la mejoría económica.

El primer dato al que apunta el Gobierno de Mariano Rajoy es el crecimiento. Son ya cinco trimestres consecutivos en positivo tras veinte en negativo, y nuestro país ya se ha colocado a la cabeza de la Eurozona en lo tocante al aumento del PIB. Ese rebote viene reflejado en la gráfica siguiente.

Crecimiento del PIB

El segundo factor tiene que ver con la financiación de la deuda pública. Tras años en los que la evolución de la prima de riesgo era un tema recurrente en cualquier conversación, los ejercicios 2013 y 2014 han venido marcados por un abaratamiento de los bonos del Tesoro.

En las emisiones de deuda a diez años, el pico se alcanzó en julio de 2012, cuando los intereses que pagaba el Estado llegaban al 7,63%; hoy, esos mismos bonos se están financiando a tipos que tienden al 1,5%.

Coste de la deuda pública

Por otro lado, Moncloa también maneja datos del Banco de España que apuntan a un fuerte repunte del nuevo crédito concedido a las empresas.

Fijándonos únicamente en operaciones por menos de un millón de euros, vemos que las Pymes experimentan una subida del 14% entre 2013 y 2014. Este dato vendría desmintiendo el mantra de que "el crédito no fluye", algo que también ocurre en el crédito nuevo para la adquisición de vivienda, que subió un 19,4% entre enero y octubre de 2014 tras siete años en negativo.

Concesión de nuevo crédito

Otro factor que anima al optimismo es la evolución del IPC. España suma catorce meses consecutivos de diferencial negativo frente a los datos de inflación de la Eurozona.

Entre 2004 y 2013, el IPC registrado en nuestro país estaba por encima de los países del euro en 0,7 puntos porcentuales; a lo largo del último año, este mismo indicador se coloca 0,6 puntos por debajo del promedio de la Eurozona.

Evolución de precios

Otro brote verde que convence a los economistas de la Administración Rajoy es el de las exportaciones. A lo largo de la legislatura, el número de empresas que vende al extranjero ha experimentado un aumento del 19,6%, después de un trienio de caídas entre 2009 y 2011. Hoy, ateniéndonos a los datos de los nueve primeros meses de 2014, el total de compañías españolas que exporta al extranjero ha subido a 44.564.

Empresas exportadoras

Este boom exportador ha llevado las ventas al extranjero al 34% del PIB.En comparación, Reino Unido e Italia se mueven en cotas del 31% y del 30%, respectivamente, con Francia ligeramente por detrás, en el 27% del PIB. Entre 2011 y 2013, la subida de las exportaciones rozó el 9%, mientras que entre 2013 y 2014 el aumento ha sido más moderado, pero ha seguido arrojando un crecimiento del 2,1%.

Aumento de las exportaciones

Esta reactivación del tejido empresarial se aprecia también en el índice PMI, que mide la evolución de la industria y de los servicios. Este indicador sintético de actividad se movió en 2014 en niveles superiores a los 50 puntos, mientras que a comienzos de la legislatura se situaba en la barrera de los 40 puntos.

Índice PMI

La Oficina Económica de La Moncloa también se ha fijado en otros indicadores para reforzar la tesis de la recuperación:

  • La inversión extranjera directa ha subido un 32,3% entre 2012 y 2013, llevando al país al noveno país del ranking internacional. Para 2014 se esperan datos que consoliden esta subida.
  • El número de empresas constituidas ha subido en 2012, 2013 y 2014, reflejando un crecimiento del 9,9% hasta ubicarse en 71.500. En términos netos, la subida es del 10% respecto a 2011.
  • Según los datos de la EPA, en el segundo y tercer trimestre de 2014 se crearon 550.000 empleos. La afiliación a la Seguridad Social subió en casi 420.000 personas en 2014.
  • El paro registrado bajó en cerca de 254.000 personas el pasado año, frente a los fuertes aumentos que se dieron a comienzos de la legislatura o los picos superiores al 80% que se observaron entre 2008 y 2009.

Por último, la evolución del consumo de las familias españolas ha experimentado una subida interanual del 2,7%, un dato que no se veía desde hace seis años.

 

Obama, los Castro y el fracaso del embargo

“El socialismo, para establecerse y prevalecer, necesita violencia en grandísimas dosis”.

J.I. Castillo.

Este pasado miércoles veíamos con asombro un anuncio histórico: Estados Unidos y Cuba anunciaban un acercamiento en sus relaciones diplomáticas. Obama, en un discurso televisado que probablemente quede grabado en la retina de muchos, afirmaba:

Hoy, Estados Unidos está tomando medidas históricas para trazar un nuevo rumbo en nuestras relaciones con Cuba y para confraternizar y empoderar al pueblo cubano. Estamos separados por 90 millas de mar, pero unidos gracias a las relaciones entre los dos millones de cubanos y cubano-americanos que viven en Estados Unidos con los 11 millones de cubanos que comparten una esperanza similar de llevar a Cuba a un futuro más prometedor. 

No podemos seguir haciendo lo mismo y esperar obtener un resultado diferente. Intentar empujar a Cuba al abismo no beneficia a Estados Unidos ni al pueblo cubano. Hemos aprendido por propia experiencia que es mejor fomentar y respaldar las reformas que imponer políticas que convierten a los países en estados fallidos. Hoy, al tomar estas medidas, hacemos un llamamiento a Cuba para que desencadene el potencial de 11 millones de cubanos poniendo punto final a las innecesarias restricciones impuestas en sus actividades políticas, sociales y económicas. Con ese mismo espíritu, no debemos permitir que las sanciones de EEUU impongan una carga aún mayor a los ciudadanos cubanos a los que estamos intentando ayudar.

Tras 54 años de embargo, era hora de probar algo distinto. Comentaba el director del Instituto, Juan Ramón Rallo, que “la libertad de movimientos de personas, mercancías y capitales enriquece a los pueblos. Por eso el embargo sobre Cuba es un error”. Lo que está potencialmente encima de la mesa es poner fin al embargo, que no bloqueo, de Estados Unidos contra Cuba. Eso son muy buenas noticias para los cubanos.

Una lectura distinta del anuncio de esta semana, que coincide con unas semanas negras para dos países enemigos de EEUU (Rusia y Venezuela), es que el régimen socialista cubano está claudicando poco a poco ante las virtudes del capitalismo. La debilidad de Venezuela, país del que estaba recibiendo más de $5.000 millones anuales, unido a más de medio siglo de socialismo han obligado a Raúl Castro a adoptar tímidas medidas que han otorgado cierta libertad económica a los cubanos en los últimos años. Aún queda muchísimo camino por recorrer en lo que a libertades económicas se refiere. Los cubanos tienen, como cualquier otro pueblo, todo el derecho del mundo a emprender y comerciar en libertad, sin injerencias estatales.

En donde tristemente no ha habido ningún avance es en lo que se refiere a libertades civiles o individuales. Los cubanos no gozan de una de las libertades más importantes y básicas en cualquier país que se denomine democrático: la libertad de expresión para decir en libertad lo que uno piensa sin temer represalias por expresar ideas propias. Como la Historia nos ha enseñado, libertad económica e individual siempre acaban yendo de la mano. Ojalá la previsible mejora en la libertad económica que el pueblo cubano experimentará tras el anuncio de esta semana haga que la libertad individual mejore significativamente. Con sesenta años de demora (más vale tarde que nunca) habría llegado la única revolución que merece la pena perseguir: la revolución de la libertad. 


Actualización: Agradezco a J.I. Castillo que me haya hecho una importante puntualización. Los que podrán comerciar y negociar de ahora en adelante con los EEUU es el gobierno cubano, no los ciudadanos cubanos. Por tanto, el comercio sólo beneficiará en principio a aquellos cubanos que el gobierno decida (la casta más cercana al régimen en principio). Ojalá el gobierno cubano permita a todos los cubanos comerciar con EEUU y no sólo a una élite minoritaria.

Castro gana… otra vez

A principios de los años noventa un Fidel Castro aun a pleno rendimiento criminal envió a Estados Unidos a un grupo de agentes de inteligencia para que se infiltrasen en varias organizaciones de exiliados y saboteasen sus operaciones. Entre ellas se encontraba “Hermanos al rescate”, una asociación con unas avionetas que patrullaba el canal de la Florida en busca de balseros. Eran otros tiempos. Castro, privado del subsidio soviético y temeroso de correr la misma suerte que el infame Erich Honecker, endureció su política hasta un extremo desconocido incluso en la isla. A aquellos años de hambre y espanto el régimen los bautizó como “periodo especial”.  El Gobierno quería frenar estos vuelos que, además de proporcionarle una pésima imagen internacional, en ocasiones penetraban en el espacio aéreo cubano y arrojaban propaganda anticastrista.

La red de espías desplegada en Florida atendía al nombre de “red avispa” y estaba compuesta por doce agentes jóvenes y bien entrenados. Haciéndose pasar por exiliados consiguieron infiltrarse en “Hermanos al rescate”, la Fundación cubano-americana y otras de menor tamaño. Aunque el exilio cubano en Miami es numeroso, sus miembros están desde hace décadas bien conectados entre ellos. Esa ventaja supieron aprovecharla los espías de Castro y pronto comenzaron a remitir valiosas informaciones a La Habana. Gracias a ellas la fuerza aérea cubana consiguió abatir en 1996 con un MiG dos avionetas desarmadas cuando volaban sobre aguas internacionales. En el ataque murieron cuatro ciudadanos estadounidenses.

Dos años más tarde el FBI desmanteló la red y detuvo al operativo completo. Curiosamente, la detención se produjo gracias a la indecible torpeza de la Seguridad del Estado cubana, esa versión castrista de la Stasi a la que los cubanos de dentro temen más que al mismísimo diablo. La Seguridad del Estado había cursado a Washington un minucioso dossier para que los norteamericanos deportasen a Luis Posada Carriles, un cubano-americano acusado de atentar contra un vuelo de Cubana de Aviación en 1976. Posada Carriles no fue deportado, pero los agentes de la CIA obtuvieron de aquella documentación las pistas necesarias para desarticular la célula cubana en la Florida

De los doce acusados cinco confesaron, dos se dieron a la fuga y los cinco restantes se mantuvieron en sus trece y fueron juzgados. Tres de ellos –los que Obama acaba de liberar– fueron condenados a cadena perpetua ya que se les acusaba de haber participado en la operación de derribo de las dos avionetas de “Hermanos al rescate”. Los otros dos recibieron condenas menores que redimieron totalmente en Estados Unidos para posteriormente ser deportados a Cuba. 

De la propaganda al chantaje

Castro vio muy pronto que aquella operación de espionaje semifallida podía convertirse en una gran campaña de propaganda victimista de alcance internacional. Durante años los procastristas de todo el mundo han machacado mañana, tarde y noche al personal con la letanía de los “cinco de Miami”. En España se llegó incluso a organizar una campaña de ámbito nacional que recorrió todo el país con conferencias, mítines, conciertos y el verbeneo caribeño que es habitual entre los castrófilos de la madre patria. La disparatada versión del régimen cubano era que se trataba de antiterroristas, una categoría de la que Castro lleva echando mano de manera intensiva desde el atentado contra las Torres Gemelas que, casualmente, coincidió en el tiempo con el juicio y condena a sus espías.

El Gobierno estadounidense se mantuvo impertérrito con este asunto durante años. En el otro lado Castro insistía una y otra vez en la liberación sabedor de que la mejor estrategia de defensa siempre es atacar. Porque, y esto es importante tenerlo en cuenta, Fidel Castro no transige. Jamás lo hizo y jamás lo hará. Todo en su confuso y enfermizo universo íntimo va de dominación y de imponerse a los demás. No entiende otra manera de relacionarse con el mundo y con quienes lo pueblan

Como mediante la acometida propagandística no conseguía nada –ya era difícil que lo consiguiese teniendo en cuenta que los espías eran asesinos de canonización improbable más allá de los ya muy convencidos–, pasó a emplear otra de las especialidades de la casa: el chantaje. En diciembre de 2009 la policía cubana arrestó en La Habana a Alan Gross, un contratista norteamericano de 60 años de edad, que había introducido en el país un equipo de comunicación por satélite para que una comunidad de judíos cubanos pudiese conectarse a Internet. Acceder a la red en Cuba es ilegal siempre que no se disponga de un permiso especial que el Gobierno solo concede a los más cercanos. De ahí que los disidentes se las ingenien para burlar una ley tan dictatorial que a cualquier español le parecería intolerable. El célebre tuitero Yusnaby, por ejemplo, se conecta desde un teléfono móvil con la SIM de una operadora española en itinerancia. ¿O pensaba que lo hacía desde un móvil cubano? 

Alan Gross ha pasado cinco años en prisión acusado de “actos contra la independencia o la integridad territorial del Estado” (sic). Entretanto, el régimen se las ha apañado para emplearle como herramienta de presión contra el Gobierno de Estados Unidos para que éste procediese a liberar a los espías de Miami. Las intentonas de canje han sido múltiples y en todas las ocasiones la respuesta de Washington ha sido la misma… hasta esta semana, en la que Barack Obama decidió bajarse los pantalones sin necesidad alguna de hacerlo porque a los Castro y su odioso régimen les queda entre poco y menos. Los causantes del derribo de aquellas dos avionetas solidarias están hoy de vuelta en Cuba, donde han sido recibidos como héroes. Gross, por su parte, inocente absoluto desde el día de su detención en el aeropuerto de La Habana, también ha regresado a casa, aunque con la salud muy deteriorada y una experiencia que no olvidará en lo que le queda de vida.

La pregunta que cabría hacerse es por qué Castro –esta vez Raúl– no ha conseguido salirse con la suya antes. Simple. Pensaba que iba a recuperar a los espías de la red avispa sin necesidad de nada más. Con entregar a Gross a cambio bastaría. Pero la salud del cautivo empeoraba por meses y hasta había amenazado con suicidarse. Muerto no valía de nada, así que Castro ha rebajado ligeramente sus pretensiones aceptando, por ejemplo, que los Estados Unidos reabran su embajada en La Habana. No sabemos si delante de la legación organizarán lamentables carnavales revolucionarios como los que el régimen patrocina enfrente de la Oficina de Intereses norteamericanos. Lo que sí sabemos es que un castrismo acabado, que se enfrenta a los últimos momentos de un poder omnímodo, se ha hecho con una nueva e inesperada victoria.

Cuba, el país en el que los cirujanos sueñan con ser camareros

Como en muchas otras dictaduras, el humor acaba siendo el último refugio para explicar la realidad cubana. Así, Jordi Pérez Colomer cuenta en su blog, a raíz de su visita a Cuba, como por las calles de La Habana circula el siguiente chiste: "José Luis es un gran cirujano y una tremenda persona, bueno, honesto, dedicado a su trabajo. Pero cuando bebe se vuelve insoportable y arrogante con sus sueños de grandeza: presume de ser maletero, taxista, camarero…"

Tras 56 años de comunismo, hay pocas cosas que funcionen en la economía cubana. Y casi todas tienen que ver con el exterior. Así, los pocos bienes de lujo que pueden verse en la isla caribeña proceden de remesas del exterior (enviadas por familiares que emigraron) de los extranjeros que viven en la isla (ejecutivos de multinacionales o diplomáticos, fundamentalmente) del gasto de los turistas. Por eso, los médicos como José Luis quieren ser taxistas. Y por eso también, la apertura anunciada este miércoles por Barack Obama y Raúl Castro puede tener unas consecuencias que no es fácil prever a estas horas.

A pesar de lo que pueda parecer, las relaciones económicas entre Cuba y EEUU nunca han desaparecido del todo. Ni siquiera en los años más duros del bloqueo. Además, en los últimos años se han incrementado. También es cierto que siguen a una enorme distancia de lo que sería normal entre dos países vecinos. Ahora la pregunta es, ¿cómo evolucionarán en la próxima década? No es fácil responderla. Fidel llegó al poder a finales de los años 50 acusando a Fulgencio Batista de haber convertido la isla en el burdel de los EEUU. Medio siglo después, son muchos los que creen que Cuba es el burdel del resto del mundo.

Todo indica que la apertura de relaciones comerciales impulsará fundamentalmente al turismo. Tras cincuenta años de comunismo, Cuba no tiene ni la infraestructura, ni los medios ni el capital humano necesario para desarrollar a corto plazo una industria moderna. Pero sí podría sacar partido de sus activos naturales, su clima, el coste de su mano de obra o su cercanía a la costa este del enemigo yankee.

Así, lo que se intuye en el futuro cercano es un país con un gobierno dictatorial, que controla con mano de hierro los sectores estratégicos de la economía pero abre la mano a la iniciativa privada y al capital extranjero en determinados sectores, especialmente en los servicios relacionados con el turismo.

Un Gobierno que se aprovecha de los millones de visitantes que le llegan cada año para acumular las divisas que necesita para sobrevivir, mientras las diferencias entre los que pueden involucrarse en esta nueva economía y los que están obligados a mantenerse en los canales oficiales se disparan. ¿Les suena? Habrá más de un cubano que piense que para este viaje no eran necesarias estas alforjas: esto ya lo tenían con Batista hace 50 años.

El futuro

Lo primero que hay que decir es que lo anunciado este miércoles no es el fin del embargo. Eso no le corresponde al Presidente, sino al Congreso de los EEUU. Hablamos de una apertura y de ampliar las relaciones económicas y comerciales. Según el documento de la Casa Blanca, el objetivo de Barack Obama es impulsar "el potencial de los 11 millones de cubanos".

Para lograrlo, entre otras medidas, apuesta por "establecer relaciones diplomáticas, cambiar las normas de los departamentos del Tesoro y del Comercio, ampliar las categorías de viajes autorizados, facilitar los envíos de remesas desde los EEUU y autorizar la expansión de las exportaciones de ciertos bienes y servicios".

No es fácil saber si se quedará aquí o irá más allá. De hecho, la traducción práctica de estas medidas está lejos de ser clara. Por ejemplo, la Casa Blanca ya ha anunciado que las restricciones turísticas no se levantan por completo, aunque sí será más sencillo viajar a la isla para un ciudadano norteamericano.

En este sentido, da la sensación de que el mejor escenario para la economía cubana a corto plazo sería parecerse a otra isla de pasado hispano. República Dominicana tiene una población y un clima similares a los cubanos. También en términos culturales se parecen y ambos tienen un alto número de nacionales viviendo en EEUU. Incluso en renta per cápita los dos países andan a la par. En lo que se diferencia, y mucho, es en sus relaciones con su vecino del norte.

Así, EEUU es el principal socio comercial, a mucha distancia del segundo, de la República Dominicana. A este país vende el 46% de los bienes que exporta (unos 3.000 millones de dólares) y del mismo recibe el 42% de sus importaciones (unos 6.000 millones de dólares). En el caso de Cuba las relaciones económicas son mucho menores. De hecho, apenas hay exportaciones de Cuba a EEUU, aunque sí hay cierto flujo en sentido contrario.

Según el Gobierno americano, "en 2011 el pueblo cubano recibió alrededor de 2.000 millones de dólares en remesas y empresas de EEUU exportaron productos agrícolas, artefactos médicos, medicamentos y artículos humanitarios a Cuba por valor de 352 millones de dólares. En este sentido, EEUU es uno de los principales socios comerciales de Cuba. Además, este país autorizó 1.200 millones de dólares en ayuda humanitaria privada".

En términos turísticos, las diferencias también son apreciables. Los dominicanos son los líderes caribeños en datos totales, con 4,3 millones de visitantes por los 2,8 millones que visitan Cuba. Y la diferencia se puede atribuir casi exclusivamente a los norteamericanos. Mientras que 2,2 millones de ciudadanos del Tío Sam visitaron República Dominicana en 2012, apenas 98.000 lo hicieron con Cuba(más 350.000 cubano-americanos).

Por eso, como apuntamos anteriormente, sólo con que Cuba se acercara a tener las relaciones comerciales con EEUU que disfruta la República Dominicana, el impulso que recibiría su economía sería enorme. Eso sí, hay que apuntar a que la razón de la situación de los cubanos no es el embargo, sino la incapacidad de creación de riqueza de su modelo económico. Así, para negociar con EEUU habrá que cambiar mucho más que una frontera.

Oportunidades y amenazas

Evidentemente, la apertura en las relaciones económicas entre Cuba y EEUU beneficiará especialmente a la isla. Y lo normal es que las ganancias sean cuantiosas. Hablamos de un país de once millones de habitantes y apenas 4.300 dólares per cápita. Abrirse a la primera economía del mundo debería impulsar la actividad de un día para otro.

Eso sí, no todo en el horizonte es de color de rosa. Cuba tiene una serie de activos muy importantes que explotar, pero también carencias fundamentales. En la parte positiva, el país de los hermanos Castro ofrece unos costes atractivos y una mano de obra relativamente formada, aunque con carencias en nuevas tecnologías y en el sector de las telecomunicaciones, fundamental para la economía de comienzos del siglo XXI.

Además, la posición geográfica le favorece, puesto que se encuentra a apenas 100 kilómetros de Florida, que se ha convertido en el punto de enlace entre EEUU, Europa y Sudamérica. Si a esto le sumamos una población culturalmente muy cercana a los EEUU y a los millones de cubanos que viven en este país y que están deseando invertir en su tierra de origen, las posibilidades se multiplican.

En el lado negativo, el Gobierno comunista es la antítesis de la seguridad jurídica que tanto anhelan las inversiones internacionales. Ya no es sólo la profunda intervención en la economía del país, es que hay numerosas dudas que pueden asaltar a cualquiera que esté pensando en llevarse su dinero a la isla: ¿qué pasará cuándo mueran los Castro? ¿reclamarán los expropiados en 1959? ¿puede cambiar el sentido de las reformas? ¿Cuba será la nueva China o desandará el camino en cuanto pueda?

En segundo lugar, habrá quien recuerde que la apertura de fronteras puede actuar en las dos direcciones. Y eso tendrá implicaciones para la mano de obra mejor preparada de Cuba. El factor insular no ayudará a una emigración masiva, pero en cualquier caso, no es imposible pensar en que la fuga de cerebros que sufre el régimen desde hace años pueda acelerarse.

Uber beneficia a todos

Competencia deslealintrusismo o legalidad son excusas que utilizan políticos y empresarios para defender los intereses de algunos en detrimento del resto. Cuando un determinado sector ve amenazado su modelo de negocio suele reclamar la protección del Estado para tratar de garantizar su posición de primacía mediante la aprobación de trabas, barreras o prohibiciones a la competencia. El taxi es tan solo un ejemplo más. Su actividad está estrictamente regulada mediante un sistema de licencias y tarifas administrativas ideado para restringir la oferta de forma artificial con el único fin de elevar los precios. No por casualidad el número de licencias de taxi lleva décadas estancado: en Madrid han pasado de 15.500 en 1994 a 15.700 en 2012, mientras que en el conjunto de España permanecen en el entorno de las 70.000. El objetivo de esta parálisis no es otro que el de encarecer las licencias -en algunas ciudades el precio supera ampliamente los 100.000 euros- e incrementar el uso lucrativo de las mismas a costa del consumidor y otros potenciales taxistas.

Sin embargo, este sistema ha quedado completamente obsoleto tras la llegada al mercado de aplicaciones que ponen en contacto directo a conductor y usuario a través del móvil. Plataformas como Blablacar, Cabify o Uber están revolucionando el sector del transporte privado y, por mucho que pataleen los taxistas, han venido para quedarse. Esta particular guerra la tienen perdida de antemano, como la perdieron en su día las todopoderosos discográficas tras el nacimiento de Napster y las posteriores redes P2P, los grandes medios impresos frente al periodismo digital y tantas otras compañías o negocios que han sido superados por sus rivales a lo largo de la historia a base de satisfacer mejor las necesidades del cliente.

Y la cuestión aquí es que, se mire por donde se mire, el servicio que ofrece Uber supera en mucho al del taxi por numerosas razones: precio -cuesta casi la mitad-, comodidad -vía móvil- y prestaciones -pago automático con tarjeta, conocimiento de ruta y tarifa por anticipado e incentivos para ofrecer un servicio de calidad-. Además, sus ventajas son extendibles, igualmente, a los conductores, ya que trabajan para sí mismos, gozando de una gran flexibilidad, sin necesidad de pagar una licencia desorbitada y con costes muy reducidos, lo cual se traduce en un salario mucho más alto y una mayor satisfacción laboral. Un conductor de Uber en Madrid puede ganar, actualmente, una media de 3.000 euros al mes trabajando unas 10 horas al día, en la capital de Colombia multiplican por cuatro el sueldo de un taxista, mientras que en ciudades como Nueva York o San Francisco las ganancias suelen alcanzar los 6.000 y 4.600 euros al mes, respectivamente.

El éxito que están cosechando este tipo de aplicaciones colaborativas, y no sólo en el sector de transporte, es, simplemente, arrollador. En concreto, Uber opera ya en 50 países y más de 250 ciudades, y en el último año ha multiplicado por seis su actividad, empleando a decenas de miles de conductores y atendiendo a millones de pasajeros alrededor del globo. La rapidez y rotundidad con la que ha conquistado el mercado es la mayor prueba de que Uber beneficia a todos, consumidores y conductores, salvo, eso sí, a los propietarios de las licencias de taxi, que, como es lógico, ahora ven peligrar su inversión y su particular modelo de negocio. Prohibir o dificultar este servicio para mantener intacto el tradicional blindaje del taxi resultaría tan absurdo como, en su día, tratar de impedir los CD para salvaguardar la industria del cassette, los mp3 para proteger los CD, el ordenador personal para mantener viva la antigua máquina de escribir y así sucesivamente… No tiene sentido y, además, resultaría muy perjudicial, salvo para unos pocos. Las sociedades que avanzan son aquellas que aceptan, impulsan y promueven los cambios para mejorar, no las que se quedan enquistadas en modelos obsoletos para mantener a toda costa el statu quo.

En el fondo, la polémica en torno a Uber y los taxis no es más que un nuevo capítulo de los sofismas económicos que tan magistralmente describió Frédéric Bastiat en la primera mitad del siglo XIX. Recuerden su "Petición de los fabricantes de velas", donde la industria solicitaba al Gobierno francés la adopción urgente de medidas proteccionistas para combatir a un poderoso competidor:

Sufrimos la intolerable competencia de un rival extranjero colocado, por lo que parece, en unas condiciones tan superiores a las nuestras en la producción de la luz que inunda nuestro mercado nacional a un precio fabulosamente reducido; porque, inmediatamente después de que él sale, nuestras ventas cesan, todos los consumidores se vuelven a él y una rama de la industria francesa, cuyas ramificaciones son innumerables, es colocada de golpe en el estancamiento más completo. Este rival, que no es otro que el Sol, nos hace una guerra tan encarnizada que sospechamos que nos ha sido suscitado por la pérfida Albión (…)

Demandamos que tengan el agrado de hacer una ley que ordene el cierre de todas las ventanas, tragaluces, pantallas, contraventanas, postigos, cortinas, cuarterones, claraboyas, persianas, en una palabra, de todas las aberturas, huecos, hendiduras y fisuras por las que la luz del Sol tiene la costumbre de penetrar en las casas, en perjuicio de las bellas industrias con las que nos jactamos de haber dotado al país, pues sería ingratitud abandonarnos hoy en una lucha así de desigual.

La nueva libertad económica de Xi

Hablar de la nueva China es hablar de Xi Jinping. Mientras Occidente sigue de cerca los pasos del gigante amarillo, sus avances económicos, la evolución de sus datos no sin cierto temor, y su sorprendente modernización, el presidente de China se reúne con la cúpula del Politburó, el Comité Central del Partido Comunista chino. Qué enorme contraste. La modernización económica de un lado y la institución política más rancia de otro. ¿Y para qué? Para hablar de futuro y de libertad. Abróchense los cinturones.

La paz del Pacífico

En la última reunión de la alianza de cooperación económica de Asia-Pacífico (APEC) ya se habló de libre comercio y de reforzar tratados, uniones, intercambios. Hay que recordar que Estados Unidos es, desde el año 2005, el principal impulsor del TPP (Trans Pacific Partnership), una alianza de países muy relevantes de la orilla del Pacífico, y que excluye notablemente a China, mientras que incluye a Australia, Brunei Darussalam, Canada, Chile, Japón, Malasia, Méjico, Nueva Zelanda, Perú, Singapur, Vietnam y Estados Unidos, por supuesto. Mientras tanto, China apoya un tratado comercial Asia-Pacífico más omnicomprensivo, el Free Trade Area of the Asia Pacific (FTAAP), en el que China, obviamente, tendría un papel muy relevante y Rusia también.

Los intentos no siempre velados de Estados Unidos de seguir ostentando el papel de “pacificador del Pacífico” que se ganó a pulso tras los dos conflictos armados mundiales del siglo pasado chocan en esta suerte de “guerra de titanes” con la emergencia del liderazgo chino, acelerado e impulsado en parte por la crisis del 2007 y las recesiones nacionales posteriores a la misma, aún en vía de ser superadas.

Para países como Méjico, Chile o el mismo Estados Unidos, con Europa de capa caída, digan lo que digan nuestros líderes locales en plena campaña electoral, el libre comercio en la zona del pacífico supone una manera de aliviar la tendencia negativa de los mercados, y dar salida a su potencial. De esta manera, se podría compensar la incertidumbre que aún invade el panorama en el Viejo Continente.

Pero ¿cuál es el caballo ganador? ¿Es mejor una alianza con China o sin China pero con Japón? Como siempre, el foco principal apunta a la protagonista de todas las batallas económicos: la confianza.

La libertad “con características chinas”

Igual que se preguntaba el grupo estadounidense Supertramp en su álbum de 1975, Crisis, what crisis? Me pregunto de qué libertad habla Xi Jinping ante la cúpula del único partido político admitido en China, el comunista, con el historial de atentados a la libertad individual, social, económica, política, civil y de todos los tipos imaginables con que cuenta.

No hay que olvidar que para las autoridades chinas los derechos humanos y la libertad están por debajo de los “Cuatro Puntos Cardinales” que incluyen el camino socialista, la dictadura democrática del pueblo (¿suena a PODEMOS?), el liderazgo del Partido Comunista de China, y el pensamiento de Mao y el marxismo-leninismo. Y todo lo que respete esos principios es libremente admitido. ¡Menuda libertad!

Así que cuando leo las declaraciones de Xi Jinping ante la cúpula de su partido hablar de reforzar el libre comercio, de impulsar el liderazgo de China en la economía mundial y de la necesidad de tener más presencia internacional “para inyectar más elementos chinos en las normas internacionales” se me hiela la sangre. Las políticas intervencionistas japonesas son juegos de niños comparado con lo que Xi puede hacer, tanto para abrir como para cerrar la economía china. Y esa es la diferencia: la arbitrariedad.

La interdependencia con China

Mientras que en Chile, México, Estados Unidos o Japón, podemos esperar que un mal presidente arruine la economía, todos asumimos que hay unos frenos, funcionen estos mejor o peor, a la locura política. Por el contrario, China vive en un sistema político en el que la arbitrariedad es la norma, es decir, la regla es que se pueden cambiar las reglas lo radicalmente que se quiera en mitad del juego. Y no pasa nada.

El dilema es ¿qué es mejor para el equilibrio político-económico mundial? ¿Los tratados internacionales pueden servir como freno al todopoderoso Partido Comunista Chino? ¿O, por el contrario, estos tratados suponen un peligro para los países occidentales porque implica hacer depender sus economías de un socio no muy fiable?

Porque, más allá del beneficio económico inmediato, por más que la libertad económica china sea un remedio a la estrechez presente, hay que tener presente el famoso dicho “quien con niños se acuesta, mojado se levanta”.

Desigualdad lacerante

Oxfam es un buen ejemplo de pensamiento único, porque combina un análisis superficial con una fuerte carga moralizante. Véase este párrafo de un reciente informe:

La fortuna de las 85 personas más ricas del mundo es equivalente a la de la mitad más pobre del planeta. La brecha entre ricos y pobres se ha disparado estos últimos años. Es una amenaza para reducir la pobreza pero también para construir sociedades más cohesionadas, democráticas y justas. Es hora de cambiar unas reglas del juego que ahora están diseñadas a favor de unos pocos. Es hora de que hablemos de desigualdad.

La principal deficiencia analítica es la sugerencia de que desigualdad y pobreza están relacionadas. No se trata sólo de que hay personas muy ricas sino que su riqueza es comparada con la de quienes no son acaudalados, como si ambos fenómenos estuviesen relacionados, cuando no tienen por qué guardar entre sí vinculación alguna, salvo que se demuestre realmente lo que este párrafo sugiere, es decir: que los ricos son tan ricos porque los pobres son tantos y tan pobres.

Dirá usted: qué disparate de planteamiento. Pero es lo que dice Oxfam para cualquiera que lea: se trata de una "brecha", que "amenaza" la reducción de la pobreza, y nada menos que la democracia y la justicia. Se trata de unas “reglas” pensadas para “unos pocos”. Nada de esto se sostiene, pero se repite sin cesar, igual que sin cesar las jeremiadas contra la desigualdad excluyen la enorme desigualdad que en el último siglo se ha abierto entre la riqueza del Estado y la de sus súbditos. 

No abundaré hoy en el informe de Oxfam, ya criticado por Juan Ramón Rallo en Voz Pópuli (puede verse también su análisis sobre el informe de Cáritas en Libertad Digital). Pero me interesa subrayar una de las fuerzas más importantes del pensamiento único: su impacto en el periodismo. La combinación de análisis insuficiente y ostentación moralizante puede tener efectos devastadores si los periodistas que lo recogen carecen de espíritu crítico y, como suele suceder con Oxfam, están dispuestos a aceptar como verdad revelada todas sus argumentaciones.

El modo en el que El Periódico se hizo eco de dicho informe es ilustrativo de esa actitud acrítica y ditirámbica. Con una llamada en portada que denuncia "España, fábrica de desigualdad", que ya nos invita a pensar en una siniestra conspiración de algunos que se dedican realmente a fabricar esa cosa tan mala, Agustí Sala llena dos páginas del diario con gran entusiasmo y ni un solo matiz ni cuestionamiento. Los ricos, así, no sólo tienen riqueza sino que la acaparan. El lector sólo puede concluir que es imprescindible una intervención pública mayor para redistribuir y luchar contra la desigualdad. Y todo para bien, sólo para bien en todos los sentidos:

El informe destaca que la desigualdad no es un mal necesario para el progreso, como se sostiene desde algunos ámbitos, sino una traba.

Ni un matiz sobre la lógica aparentemente impecable que fuerza la conclusión de que es imprescindible subir los impuestos. No puede haber objeción alguna, y menos cuando dicha conclusión viene avalada por el peso de la moral. Después de todo, queda claro, como señala un recuadro, que los datos de Oxfam no sólo son indiscutiblemente ciertos sino además "lacerantes".

Choque de Estados

Para los que vivimos el final de la Guerra Fría, la alianza entre Estados comunistas nos resultaba algo casi natural. Sin embargo, bajo ese sistema aparentemente monolítico, controlado en buena medida por el PCUS y las instituciones soviéticas, se dejaban entrever desacuerdos que en algunos casos llegaron a enfrentamientos bélicos y que quizá no tuvieron toda la repercusión que debieron.

De pocos es sabido el enfrentamiento entre chinos y vietnamitas, pese a las coincidencias ideológicas de sus gobiernos. En 1979 hubo una guerra abierta entre ambos países, cuando Vietnam invadió la Camboya de los Jemeres Rojos para poner fin al régimen de Pol Pot. Mientras éste contaba con el apoyo chino, aquéllos lo tuvieron de la URSS.

Los desencuentros entre los gobiernos de Tito y Stalin afectaron a la Guerra Fría desde el principio hasta el punto de que, por ejemplo, Stalin no apoyó demasiado activamente al bando comunista durante la guerra civil griega, quizá porque había prometido no hacerlo, quizá porque tenía otros problemas más urgentes y no tenía recursos para estar en todas partes. Proyectos como la Gran Yugoslavia de Tito, que incluía a la actual Bulgaria, quedaron parados, pero a la larga Occidente ganó un enemigo algo más colaborador que el soviético.

De todos los enfrentamientos entre aliados, quizá fue el que encaró a la URSS y a China el que mayor riesgo conllevó. Durante los años 60 se produjeron varios incidentes fronterizos entre el Ejército Rojo y el Ejército de la China Popular. La creación de la República Popular de Mongolia, apadrinada por los soviéticos, no satisfizo las esperanzas territoriales chinas, que no aceptaban las imposiciones que se habían realizado en tiempo de los zares. El resultado fue una serie de incidentes fronterizos que culminaron a finales de los 60 en varios enfrentamientos militares en la isla de Zhenbao: el primero, el 2 de marzo de 1969, con decenas de muertos y heridos en ambos bandos, y 13 días después, el bombardeo de la concentración de tropas chinas, que se vieron obligadas a replegarse. Durante el verano, los enfrentamientos se ampliaron a la frontera en la provincia china de Xinjiang y varias incursiones chinas en Kazajistán. El problema radicaba en la naturaleza nuclear de ambas potencias y, si bien a los americanos les interesaban las desavenencias, al mundo no le interesaba un conflicto nuclear entre ambos aliados.

Años después, sus herederos, la Federación Rusa y una República Popular China algo menos comunista y, aparentemente, menos paranoica que la gobernada por Mao Tse Tung, viven una situación confusa. Por una parte, ambos tienen en Occidente un enemigo que puede hacer que tomen decisiones similares para problemas parecidos. Sin embargo, las situaciones heredadas en cuanto a fronteras e intereses económicos y, sobre todo, geoestratégicos, no se han resuelto; es más, con la desintegración de la Unión Soviética y la creación de un puñado de Estados en Eurasia, éstos se han vuelto mucho más complejos y difíciles de resolver si cabe.

La inmensidad de Eurasia, las grandes estepas y la baja densidad de población en buena parte de esos vastos territorios, unido a una cultura tradicional ligada al nomadismo y la trashumancia, ha hecho difícil, incluso para imperios tan poderosos como el chino y el “ruso-luego soviético-de nuevo ruso”, mantener controladas a las poblaciones que viven en los territorios que supuestamente administran.

Un hecho alarmante que han experimentado recientemente los rusos radica en la chinificación de ciertas zonas colindantes. La chinificación, así como la rusificación o cualquier otra colonización, ya sea natural (por voluntaria) o artificial (por forzada), ha sido una poderosa herramienta política que ha ayudado a delimitar mapas y producir éxodos, cuando no matanzas. Detrás de estos procesos, con el tiempo, pueden ir unidas reclamaciones territoriales, pero sobre todo hay influencias sociales, culturales y económicas.

En el Extremo Oriente ruso, la región comprendida entre el Lago Baikal y Vladivostok, con un tamaño que casi duplica el de Europa, tiene unas expectativas poco halagüeñas: la población asciende a 6,6 millones de habitantes, y la baja natalidad rusa y la emigración hacen que las previsiones para mediados de siglo sean de en torno a los 4,5 millones. A ello hay que unir las escasas y malas comunicaciones con los territorios más poblados de Rusia. Sin embargo, en los territorios fronterizos chinos, en Manchuria, la población asciende a más de 100 millones de habitantes, con una densidad de población 62 veces superior a la de la Siberia rusa. Las poco controladas fronteras entre ambos territorios han generado un goteo de chinos en dirección hacia zonas menos pobladas, pero cercanas a sus hogares originales y en ciudades como Chitá, esta población no ha hecho otra cosa que crecer.

El resultado de todo esto preocupa de manera notable a las autoridades rusas. No se trata de una anexión u ocupación militar, sino simplemente de un control demográfico y empresarial. Lo que no venga de la lejana Moscú vendrá de la zona china, no sólo más poblada, sino más rica y, a cambio, los chinos consiguen espacio que es una de sus principales aspiraciones. En todo caso, sólo el tiempo y la pugna por las materias primas de las estepas siberianas podrá decir cómo acabará todo.

Más preocupante para Rusia son algunas de las soluciones que ha encontrado China en su eterna búsqueda de materias primas para una economía y una demografía en expansión. Han puesto sus ojos en las antaño regiones del Asia Central Soviética, principalmente Kazajistán. El comercio entre China y estos países ha pasado de mover apenas 527 millones de dólares en 1992 a superar los 25.900 millones en 2009. Y el panorama, más que frenarse, parece crecer, con numerosos proyectos de infraestructuras entre los que destacan gasoductos y oleoductos que no paran en la gigantesca república de Kazajistán, sino que llegan hasta el mar Caspio y las reservas de hidrocarburos de países como Turkmenistán. China no se limita sólo a la búsqueda de hidrocarburos, sino que también está desarrollando infraestructuras viarias, como la carretera de más de 3.000 kilómetros que atraviesa Kazajistán y conecta con la propia China, en la que se han invertido 25.000 millones de dólares y que permite al gigante asiático abarrotar los mercados de Asia central con sus productos.

El choque entre los imperios ruso y chino tiene cierta lógica por tener ambos el mismo concepto geoestratégico de espacio vital. Ambos han vivido a lo largo de la historia la invasión de sucesivos pueblos y necesitan poner espacio entre sus centros administrativos y sus enemigos, bien controlado directamente, bien con la creación de Estados tapón. Ésta es, por ejemplo, la razón por la que Putin considera que los Estados surgidos de la descomposición de la Unión Soviética son “sus territorios” y por eso no deja que ni en Ucrania ni en Moldavia los proeuropeos tengan algo que decir distinto a lo que se dice desde Moscú. También influye en ello el hecho de que el presidente ruso sea una criatura de la Guerra Fría y que su filosofía política entronque muy bien, por otra parte, en la tradición histórica de Rusia.

Esta tradición, que a su manera, también está presente en los gobiernos chinos, independientemente de si han sido comunistas, nacionalistas o imperiales, es la que genera problemas entre ambos países. De hecho, China tiene problemas no sólo con Rusia o Vietnam, pues también los tiene con Japón, con las Filipinas, con Taiwán, con Corea del Sur, con Mongolia, con la India[1] y, en mayor o menor medida, con los países con los que delimita o interacciona.

De todo este juego de ajedrez se pueden sacar algunas conclusiones. El keynesianismo es la estructura básica de los Estados. Todo lo anterior se ha hecho con la riqueza generada por los ciudadanos y tomada por el Estado para satisfacer sus propios intereses, que no se corresponden con los de sus súbditos. Las carreteras, los canales, las líneas férreas o los oleoductos pueden beneficiar a pocos o muchos, pero no se han construido con la mirada puesta en ese beneficio, sino en los intereses de Estado. Si la estructura es keynesiana y la filosofía es básicamente socialista, que iría de la socialdemocracia europea al comunismo norcoreano, nada de eso puede prosperar si no dejan que haya algo de libre mercado, que genere esa riqueza y que se vayan satisfaciendo las necesidades reales de los ciudadanos. Cierta libertad económica en China, Vietnam o Rusia es lo que ha permitido que estos Estados estén ahora en esta situación, pero si les aprietan demasiado las tuercas, es posible que la sociedad se vuelva inestable y puedan estallar revueltas o que la coacción llegue a niveles cubanos o incluso norcoreanos. Veremos qué nos depara este choque de Estados.



[1] Otro Estado que está cayendo en la esfera de influencia china es Myanmar, la antigua Birmania. Estado débil y con abundantes riquezas que ya empieza a ver su frontera con China surcada de oleoductos. También ha invertido en un canal en Thailandia para evitar el bloqueo de los estrechos entre el Pacífico y el Índico, lo que permitiría a la flota china (la comercial y la de guerra) un acceso directo al Mar de Andamán y, de ahí, al de Bengala y el subcontinente indio, al tiempo que facilitaría el paso de grandes buques desde los países árabes.

¿El Estado acabó con el trabajo infantil?

La férrea creencia de que fue el Estado quien, gracias a sus regulaciones y leyes, acabó con el trabajo infantil sería una prueba irrefutable de que éste es necesario para regular el mercado, pues en su ausencia se producirían situaciones inaceptables. Pero mirada objetivamente la cuestión, no parece ser éste el caso.

Primero, ¿por qué en un lugar y época dadas los niños trabajan y en otras no? Siempre debemos tener en cuenta el abanico de oportunidades que un lugar y época dadas puede ofrecer, así pues carece de cualquier sentido plantear alternativas inexistentes: en épocas y lugares donde abunda el trabajo infantil la alternativa no suele pasar por ir a la escuela ni dar clases de idiomas al igual que Felipe V no tuvo la diatriba entre un carruaje de caballos y un Ford Mondeo por mucho que lo hubiera querido. Las mejores alternativas y opciones no surgen por un deseo del Gobierno sino gracias a los mayores niveles de capitalización y desarrollo. Y no, el Ford Mondeo ni el coche en general fue un invento del Estado, sino del mercado.

La imparcial Asociación de Historia Económica de EEUU afirma que "la mayoría de historiadores económicos concluye que la legislación del trabajo infantil no fue la causa principal de la reducción y virtual eliminación del trabajo infantil entre 1880 y 1940. En su lugar, apunta a que fue la industrialización y el crecimiento económico el que hizo aumentar los salarios permitiendo a los padres mantener a sus hijos fuera del trabajo".

Exactamente, no olvidemos que el trabajo infantil en Occidente existía desde tiempos inmemorables, y fue el Capitalismo –no las regulaciones estatales- quien acabó con él.

Pensemos por un momento, ¿qué pasaría si el Estado introdujera leyes contra el trabajo infantil en épocas y lugares donde los niveles de capitalización y desarrollo aún no fueran lo suficientemente altos para que existan buenas y mejores alternativas para los niños? Pues que se verían abocados a situaciones aún peores, como la prostitución. Y no es elucubración: véase el estudio "Consecuencias perversas de la Regulación Bienintencionada: Evidencia de la Prohibición del Trabajo Infantil en India", que concluye el empeoramiento de las condiciones de los niños tras la prohibición del trabajo infantil en este país.

Opinar desde nuestras oficinas con aire acondicionado y calefacción a veces resulta peligroso: las mejores condiciones y oportunidades no nacen por la fuerza de un decreto sino como consecuencia del Capitalismo. Es por lo que un trabajador gana más en California que en India. No porque los empresarios californianos sean más generosos, sino porque la fuerza de las mayores tasas de capitalización y libre competencia en California en comparación con India les ‘obliga’ a ello. Por cierto, tampoco tenemos aire acondicionado o calefacción en la oficina gracias al Estado, sino al mercado.

El gran economista Ludwig Von Mises escribía en su Acción Humana de 1949 a propósito de los trabajadores de fábricas al comienzo de la industrialización: "sin embargo sus ganancias eran muy superiores a lo que muchas de esas personas podían obtener en otros campos. Es una distorsión de los hechos decir que las factorías sacaron a las amas de casa de sus casas y cocinas y a los niños de sus juegos. Esas mujeres no tenían nada que cocinar para alimentar a sus niños. Esos niños eran indigentes que se morían de hambre. Su único refugio era la fábrica. Eso les salvó, en el sentido más estricto del término, de la muerte por inanición".

Hoy en día, existen muchos lugares donde aún se produce trabajo infantil. Y no hay que olvidar que el Gobierno puede hacer cosas muy valiosas y necesarias para poder más pronto que tarde erradicarlo: reducir los impuestos y las regulaciones –y los Gobiernos extranjeros abrir sus mercados permitiendo globalizarse a los países más pobres- para hacer posible que las sociedades se capitalicen y surjan cada vez más y mejores oportunidades para todos, y para los niños también.

En realidad, pues, los Gobiernos más que hacer deben dejar de hacer. Los enemigos de la libertad siempre buscan sus objetivos a través de la política y la acción política. Sin embargo, debemos ver toda intervención política como lo que verdaderamente es: un freno al progreso real.

@AdolfoDLozano