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Etiqueta: Comercio globalización y desarrollo

Los cuatro grandes problemas de la industria española

De la misma forma que, hace unos años, se empezó a movilizar entre los grandes entre grandes, ya fueran empresas, bancos o gobiernos, la fórmula “too big to fail” (demasiado grande para caer), empieza a asomar por encima de la tapia de la política las orejas de otra actitud arquetípica. A saber: o conmigo o contra el cosmos.

El debate en Estados Unidos

El mejor ejemplo, por  todos conocido, es el de Obama. Resulta que quiere subir el techo de deuda y los republicanos han dicho que de eso nada. No se aprueban los presupuestos, no hay trato, empiezan a cerrar determinadas instituciones públicas porque no se les paga, empezando por los museos, la Estatua de la Libertad, etc.Una burrada de dinero dicen que ha perdido la economía estadounidense. El otro día tuve ocasión de ver el show del demócrata Bill MaherReal Time, en el que había invitado a Jim Glassman del George W. Bush Institute (republicano, por supuesto), Chris Matthews, el polémico periodista demócrata, y Carol Roth, periodista independiente, para hablar del shutdown de la Administración.

Se aprende mucho cuando se pone en perspectiva el modo de discutir en otros lugares. En este caso, los gritos de las tardes de Telecinco son naderías en comparación con la manera de interrumpirse; la prepotencia del conductor del programa, que quitaba sin miramientos la palabra a los contertulios para hablar él y dar su opinión, nada neutral; los insultos directos de Chris Matthews a Jim Glassman, aunque después riendo pidiera perdón mientras el director, asentía entre carcajadas y el público le aplaudía con fervor, como se aplaude a los vendedores de crecepelo.

Por otro lado, también es gratificante aprender cuáles son los argumentos de verdad, más allá de las interpretaciones sesgadas de algunos medios de comunicación españoles. Porque el tema nos afecta. Ya hemos aprendido que la globalización también tiene reverso: tu tos de hoy es mi catarro de mañana.

El error de los republicanos, según el propio tertuliano republicano, ha sido sacar el Obamacare como ariete. Porque el tema era el techo de deuda, y los estadounidenses sí entienden que no se puede manejar esas cifras de deuda. Hasta el propio Bill Maher afirmó varias veces “Ahí estamos de acuerdo, es inmanejable, pero ¿en que se deja de gastar?”. Bueno, es un paso. En este país tenemos a el 90% del periodismo español titulando las cabeceras de las portadas con el original término “el mantra de la austeridad”. No, hombre, la austeridad es otra cosa, es sobriedad, evitar alardes y excesos. Y cuando uno tiene el déficit más alto de Europa en el año 2012, no se puede decir que uno es exactamente austero.

La parálisis permanente americana 

Pero el argumento del debate era que, como Obama no estaba dispuesto bajo ningún concepto a mover un céntimo de gasto para mantener (no ya bajar, mantener) el techo presupuestario, porque para sacar adelante el Obamacare el gasto iba a aumentar, pues cualquier protesta republicana implicaba la parálisis permanente de la estructura estatal. Es decir, o te tragas este sapo o de lo contrario eres el enemigo del pueblo. Hombre, yo soy Obama y aprovecho para bajar el presupuesto militar que tanto le repele, que tantas críticas despierta y tantos votantes acerca. Sin embargo, Barack estuvo cada día y cada noche señalando a los republicanos como directos responsables de cada dólar perdido. Lo reconozco, es una estrategia perfecta y este hombre es un auténtico mago de la política. Un mago de los que detrás de la purpurina hay un truco como una catedral.

En diferentes entrevistas a los medios, los representantes republicanos conceden que han levantado el dedo de la llaga, pero solamente hasta enero. Después volverán a poner sobre el tapete el debate sobre el techo de deuda. Esperemos que, en esta ocasión, los republicanos no se dejen ganar el saque y aporten algún argumento sólido.

Pero si nos detenemos a mirar entre bambalinas las tripas del truco de Obama nos encontramos que realmente, no son los republicanos los responsables de las pérdidas. Los demócratas tampoco cedieron ni un centímetro y se apresuraron a señalar con el dedo (eso tan feo que me corregía mi madre de pequeña). Y eso, a pesar del desgaste para el sistema político estadounidense. Porque, como sabemos tan bien últimamente en España, un gobierno sin una oposición tiene los mismos efectos que soltar a Godzilla en una tienda de porcelanas chinas.

Por supuesto, los demócratas ya entonan la segunda estrofa, en la que el mago Obama aparece revestido de la túnica de víctima: el pobre mago no va a poder gobernar porque los republicanos le van a frenar cualquier iniciativa. De hecho, en el show de Bill Maher, ese era uno de los argumentos del director. Allí donde las cosas no funcionan hay un republicano en el poder boicoteando las políticas angelicales del presidente. El escapismo de Obama solamente es comparable al de Houdini.

Nueve claves para “curar la pobreza” en el mundo

La pobreza extrema está cayendo. Incluso, a lo largo de esta crisis que, al menos en Europa, parece interminable. Tanto el número de personas que están en esa situación -que viven con menos de 1,25 dólares al día- como su porcentaje sobre el total de la población mundial están disminuyendo.

Sigue siendo un problema de primera magnitud. Hablamos de 1.200 millones de personas que no tienen ni siquiera para pagarse las necesidades más básicas. Pero es que hace tres décadas eran 1.900 millones. Y en términos relativos la cosa es aún mejor. Hemos pasado del 42% de la población mundial en 1980 al 21% en la actualidad.

Este jueves el Centro Diego de Covarrubias presentaba en Madrid el programa Poverty Cure, una red internacional de organizaciones e individuos que buscan situar "la batalla contra la pobreza en una comprensión adecuada del ser humano y la sociedad". Para llegar al gran público, ahora lanzan una serie de seis vídeos de media hora de duración que contienen el eje de su mensaje.

La idea es analizar qué está funcionando y qué no. En opinión de sus promotores está claro: mientras la ayuda al exterior con la que los gobiernos tanto autobombo se dan no ofrece resultados tras más de cuarenta años, aquellas zonas del mundo que más se han abierto al libre mercado y la globalización salen de su postración a pasos agigantados. No es un mensaje muy habitual en los medios, pero cada día está más presente: más capitalismo y menos programas oficiales.

Nueve ideas

Poverty cure ofrece nueve "ideas básicas para crear riqueza". Es su catálogo de consejos para los países que todavía están atrapados en esa trampa de la que, hasta hace unos años, parecía imposible salir. En realidad, siguiendo su nombre es posible "curar la pobreza". Éstas son sus nueve claves:

1. "La economía no es un juego de suma cero": cuando dos partes intercambian bienes o servicios, los dos se benefician. Si no, tal y como explica el profesor Carlos Rodríguez Braun, no habría comercio. La magia del capitalismo es que es una relación en la que las dos partes pueden salir ganando. Por eso, los países y las regiones se especializan en aquello que mejor hacen y luego compran en el exterior lo que sus vecinos producen de forma más eficiente.

2. "Las predicciones malthusianas acerca de la sobrepoblación son falsas": un error clásico es pensar que hay una cantidad de riqueza predeterminada en el mundo. Si alguien cree eso, es lógico que también piense que si existen pobres en el mundo es porque hay ricos. Sin embargo, la historia de los últimos dos siglos es una demostración constante de que no es cierto. Hace 200 años, según el economista británico Angus Maddison, la riqueza mundial era de unos 700.000 millones de dólares (medidos en términos reales, con 1990 como año base). En estos momentos, el Producto Interior Bruto a nivel mundial, según el FMI, alcanza los 71 billones de dólares (cien veces más).

Y lo mismo puede decirse de la renta per cápita. Aunque la población ha crecido de menos de 1.000 millones de personas a los 7.000 millones actuales, la mayoría de la humanidad disfruta de niveles de bienestar sin precedentes. A comienzos del siglo XIX, la renta per cápita estaba en unos 650 dólares; ahora mismo ronda los 10.000 dólares.

Esta evolución ha ido echando por tierra todas las predicciones sobre el fin de los recursos. La humanidad siempre ha sido capaz, con su capacidad de inventiva, de ir por delante de su propio consumo. Por eso, para quienes creen en el libre mercado, la mejor manera de acabar con la pobreza no es obligar a estos países a consumir menos o introducirles en ese concepto del "desarrollo sostenible" que no se sabe muy bien en qué consiste, sino embarcarles en el proceso creativo del capitalismo global.

3. "La economía de los países más pobres crece cuando se les permite competir en la economía global": en los años 60 y 70, la pobreza era fundamentalmente un problema asiático y no africano. Según datos del Banco Mundial, en 1980, el 84% de los chinos estaba en situación de "extrema pobreza", al igual que el 61% del sureste asiático o el 60% de los indios. En esta situación sólo estaba el 51% de los africanos, que habían ido perdiendo posiciones desde la descolonización. En 2010, apenas un 12% de los chinos seguía dentro de esta categoría, el 13% de los aiáticos y el 33% de los indios. Los africanos, por su parte, estaban estancados en el 48%. ¿Por qué esta diferencia? Pues puede haber muchas explicaciones, pero parece evidente que mientras Asia se embarcaba en un proceso de liberalización económica sin precedentes e integración en los mercados mundiales, el continente negro se introducía en un círculo vicioso de intervencionismo estatal y proteccionismo.

4. "La competencia honesta respetando el imperio de la ley en un entorno moral apropiado crea oportunidades para que los pobres salgan de la pobreza": los índices de libertad económica que cada año se publican son muy claros. A más libertad económica, entendida en sentido amplio, más riqueza. El respeto a los derechos de propiedad y a los contratos libremente firmados; la no interferencia gubernamental en el intercambio voluntario entre las partes; la existencia de un entorno legal previsible y de un marco jurídico confiable. Todas estas características son apuestas ganadoras. Por ejemplo, los diez países de la última edición del Índice de Libertad Económica de la Fundación Heritage y The Wall Street Journal son todos ellos ejemplos de prosperidad y riqueza: Hong Kong, Singapur, Australia, Nueva Zelanda, Suiza, Canadá, Chile, Mauricio, Dinamarca, Estados Unidos.

5. "Las empresas y los empresarios son la clave para el crecimiento económico y la prosperidad": una frase de este tipo habría sido un anatema hasta hace unos pocos años. Ahora, está empezando a cambiar. De hecho, hace unos meses, Bono, el famosísimo cantante de U2, desató una enorme tormenta con sus declaraciones, diciendo, más o menos, lo mismo que Poverty Cure: "La ayuda es sólo un parche, el comercio y el emprendimiento capitalista sacan a mucha más gente de la pobreza, por supuesto".

6. "Una economía de mercado necesita instituciones para mantener un crecimiento sostenido: derechos de propiedad, imperio de la ley, respeto a los contratos,…": probablemente no ha habido un libro de economía y política más comentado en los últimos dos años que Por qué fracasan los países, el estudio sobre la riqueza y la pobreza de las naciones de Daron Acemoglu y James Robinson. Estos dos profesores analizan la razón por la que algunos estados han prosperado y otros no. Sus "elites extractivas e inclusivas" son ya un clásico del lenguaje económico/político. La idea es que la principal razón para explicar el éxito de un país está en la riqueza de sus instituciones. De nuevo, es ahí donde debería centrarse la ayuda a África, no en faraónicos programas que muchas veces sólo sirven para perpetuar en el poder al tirano de turno.

7. "Las personas tienen derecho a emigrar buscando nuevas oportunidades a través del trabajo duro": una de las principales restricciones a la libertad económica en el mundo la constituyen las fronteras. El factor trabajo es fundamental para la organización de los mercados y la formación de precios. Sin embargo, los países occidentales, olvidando su pasado, han cerrado la puerta a la competencia de emigrantes de otros continentes. La historia demuestra que aquellos países que más rápido han crecido han sido los que más talento han sido capaces de atraer.

8. "La connivencia entre Gobierno y grandes empresas, propia de regímenes populistas e intervencionistas, es una subversión perversa del libre mercado": para que exista capitalismo es necesario que haya empresas, pero no siempre que hay empresas hay capitalismo. Como el propio Adam Smith de encargó de hacer en su libro más famoso, La riqueza de las naciones, los empresarios y los grupos de presión buscan su propio beneficio, muchas veces a expensas de los consumidores. Los aranceles y otros obstáculos al libre comercio suelen nacer de peticiones de sectores que temen la competencia extranjera. Poverty Cure alerta sobre una tendencia, el proteccionismo, que en su opinión, ha hecho mucho daño a África.

9. "Como dice el refrán, ‘el camino del infierno está sembrado de buenos propósitos’. Las buenas intenciones sin analizar sus consecuencias no resuelven la pobreza": en esta cuestión quizás lo mejor sea que se expliquen los propios africanos. Dambisa Moyo, una economista zambiana, publicó un libro hace unos años con un significativo título: Dead Aid (en español, Cuando la ayuda es el problema). No es la única que ha denunciado un hecho sobre el que se ha escrito mucho en los últimos años: los países que más ayuda han recibido han acabado en un círculo vicioso de dependencia que les cierra las puertas a la salida de la pobreza por sus propios medios. Así, el dinero que Occidente les cede acaba siendo no un activo, sino un pasivo, puesto que perpetúa regímenes corruptos, manda incentivos erróneos sobre qué hacer para ganarse la vida y acaba con los emprendedores locales. Pocas cosas hay más políticamente incorrectas que criticar la ayuda al desarrollo; probablemente sólo una mujer africana podría haberlo hecho sin concentrar la ira de los biempensantes de todo el primer mundo.

Inmigración (II): la mejor ayuda al desarrollo

Los efectos de las restricciones a la libertad de migración son idénticos a los provocados por el proteccionismo.
Ludwig von Mises.

La migración y el desarrollo son funcionalmente y recíprocamente procesos conectados. 
Hein de Haas.

Los efectos multiplicadores de las remesas aún son desconocidos y van más allá del apoyo al hogar, de hecho pueden aliviar a una economía como la nicaragüense.
Manuel Orozco.

 La migración y las remesas ofrecen una tabla de salvación para millones de personas y pueden jugar un papel fundamental para el despegue de cualquier economía. Permiten a la gente tomar parte del mercado laboral mundial y crear recursos que pueden aprovecharse para el desarrollo y el crecimiento.
Kaushik Basu.
 

¿Cuál sería uno de los cambios políticos más importantes para reducir la pobreza en todas partes y disparar el PIB mundial? Muchos liberales dirían la decidida eliminación de las barreras comerciales sin dudarlo. Mucha más gente aún, por desgracia, propondría dar un gran empujón a la ayuda oficial al desarrollo. Desestimando la última propuesta por su probada ineficacia y sesgo interesado, la literatura académica estima que la liberación completa del comercio internacional incrementaría entre el 1% al 4% el PIB global de un año para otro. Nada comparable a las colosales consecuencias que acarrearía la eliminación general de las restricciones a los flujos migratorios: el artículo ya clásico de Hamilton y Whalley de 1984 mostraba que la liberalización del mercado laboral en el mundo doblaría, como mínimo, el PIB mundial. Sucesivos estudios, como el de Jonathon Moses y Björn Letnes (2004) han coincidido en ese pronóstico. Según el más reciente estudio del economista del desarrollo Michael Clemens, dicha liberalización podría suponer un aumento de entre el 67% al 147% del PIB mundial.

La productividad de una persona depende enormemente de las circunstancias que le rodean, no solo de su capacidad. Podemos imaginar a la persona mejor formada del planeta o con los mayores incentivos para trabajar, pero si se encontrara en un desierto o en un país caracterizado por ser un nido de corrupción, guerras, tiranía, usos contrarios a la innovación, instituciones débiles, baja tasa de capitalización, inseguridad jurídica o un combinado de todo lo anterior, tendría muy pocos medios para mostrar su valía. La manera más eficaz y expedita de hacer a una persona más rica es simplemente permitiéndole moverse de un lugar poco desarrollado a otro más productivo. Cuando trabajadores de países pobres se trasladan a países prósperos tienen a su alcance las oportunidades que les brinda una economía avanzada: estructura de capital más compleja, seguridad jurídica, abundancia de negocios, tecnologías punteras e instituciones más pro mercado beneficiándose ellos mismos de todo ello y haciendo, a su vez, más productiva dicha economía de acogida.

Desde el punto de vista de la colectividad humana en su conjunto, el no poner impedimentos a la movilidad laboral de las personas por el mundo se traduciría en un aumento de la productividad del trabajo humano y, por ende, de la riqueza material disponible. Billones de dólares se pierden actualmente por no maximizar dicho potencial humano. Es la mayor oportunidad de arbitraje desaprovechada en el mundo, según palabras del propio M. Clemens.

La inmigración incrementa el tamaño de la economía, mejora la productividad global y es un impulso económico para todos. De forma similar a lo que ocurre con el comercio internacional, tampoco los flujos migratorios son un juego de suma cero: benefician a todas las sociedades implicadas, tanto si son exportadoras como importadoras de capital humano. Incluso el célebre académico Dani Rodrik, escéptico de la globalización actual, argumenta en su Feasible Globalizations que los mayores beneficios en términos de desarrollo y reducción de la pobreza no provendrían de los muy trillados asuntos en torno al libre comercio, sino de un mayor movimiento internacional de trabajadores, y que incluso una pequeña liberalización en este terreno fomentaría significativamente el desarrollo en los países pobres.

Esto atañe tanto a los trabajadores no cualificados como a los más preparados. Contrariamente al manido argumento de que no es recomendable que los trabajadores más cualificados abandonen su país de origen porque privaría de materia gris a los países pobres, los economistas del desarrollo William Easterly y Yaw Nyarko han dado cuatro razones para fomentar en África la mal llamada “fuga de cerebros” (brain drain): i) beneficia en primer lugar a los emigrantes mismos, ii) beneficia a sus familiares en origen a través de las remesas monetarias que aquéllos les envían desde el exterior, iii) cuando algunos emigrantes vuelven a sus países de origen aportan habilidades y conocimientos nuevos y, por último, iv) aun sin regresar a su país, sus ejemplos y nuevas ideas sirven de estímulo y acicate a otras personas de su comunidad para abrazar el cambio e innovar.

Lo mismo sucede con los trabajadores con menores habilidades. Los agoreros pesimistas denuncian también el drenaje de la fuerza muscular (brawn drain) tanto del campo a la ciudad -en el interior del propio país en vías de desarrollo- como hacia otro país en el exterior por hacer escasa la mano de obra agrícola en los países de origen. Son incontables sus teóricos (Papademetriou, Gunnar Myrdal y su teoría de causación acumulativa, Rhoades, Almeida, Lipton y su crítica al consumo no productivo e importador de los inmigrantes receptores de remesas, Reichert y su teoría del círculo vicioso o síndrome migrante por el que la emigración profundizaría las desigualdades y el subdesarrollo); ven con desconfianza los procesos migratorios de los países pobres hacia los ricos al hacer más dependientes los primeros con respecto a los segundos y al exacerbar las diferencias de riqueza entre las diversas regiones de los países exportadores de capital humano. No tienen remedio todos estos neomarxistas que parecen ciegos ante los beneficios ciertos de las migraciones en los propios individuos, sus familiares y su entorno. Condenan severamente lo que no obedece a sus teorías de lo idílicamente equitativo pergeñadas por sus mentes.

Con permiso de estos pesimistas del desarrollo, las remesas monetarias de los emigrados son doblemente beneficiosas porque por un lado son menos volátiles que los programas internacionales de desarrollo y alcanzan partes de la sociedad que no alcanza ni de lejos la ayuda estatalizada para el desarrollo. Estas remesas –no lo olvidemos- no son gastadas en armamentos ni desviadas hacia cuentas bancarias en Suiza. Van directas a sus beneficiarios y duplican sus ingresos; son utilizadas, entre otras cosas, para alimento, agua potable, atención médica o educación de los menores a su cargo; es decir, para sacar a su gente de la pobreza. Pero es que además, las remesas son una fuente significativa de divisas internacionales para muchos países. Añadamos a esto otra ventaja más de tener abiertos canales de transmisión de remesas: está comprobado que cuando un país pobre se ve golpeado por algún desastre natural o suceso grave, el número y montante de remesas familiares se multiplica exponencialmente para paliar las necesidades más urgentes de su población.

Las cifras oficiales manejadas por el Banco Mundial en 2012 del envío total de remesas monetarias en el mundo (sin contar con las remesas informales de las que no hay registro) alcanzan los 529.000 millones de USD. De ellas, las enviadas por los trabajadores extranjeros residentes en países de economías avanzadas o de mayores rentas hacia sus países de origen menos desarrollados superan los 400.000 millones de USD (más de un tercio va dirigida a China, India y México, los tres países receptores más importantes). Estos 400.000 millones de USD suponen más del cuádruplo del montante de ayuda internacional llevada a cabo por la totalidad de los gobiernos de los países desarrollados. Esta cifra remesada, además, se ha multiplicado por tres desde el año 2000.

Los gobiernos de los países receptores, pese a ser plenamente conscientes de la importancia de dichas remesas, no la reconocen abiertamente dado que, al no depender dichos flujos monetarios de su intervención, supondría aceptar el fracaso de sus políticas económicas a largo plazo ya que no logran ofrecer oportunidades de mejora a sus propios nacionales que acaban abandonando el país. Los flujos migratorios originados desde sus países son consecuencia de sus políticas estériles pero también una denuncia silenciosa –y vergonzante- de las mismas. Sólo tenemos que observar que dichos gobiernos suelen tener ministerios para cada flujo internacional (Turismo, Comercio, Cooperación o Inversión Extranjera) pero no existe nada semejante con respecto a remesas monetarias (netamente privadas).

Otro efecto adosado a estas ayudas directas privadas es lo que algunos estudiosos del tema como Peggy Levitt o Ninna Nyberg han venido a llamar “remesas sociales”, esto es, los emigrantes, además de dinero, también exportan hacia sus comunidades de origen nuevas ideas, comportamientos sociales, papel actual de la mujer en la sociedad o contactos en el exterior, así como nociones de democracia, tolerancia o rendimiento de cuentas. Son no pocas veces un revulsivo para las sociedades cerradas pero fuente de nuevos memes desafiantes para el comportamiento grupal de las mismas.

La globalización de las economías es un fenómeno imparable. Tras la Segunda Guerra Mundial, se crearon instituciones para promover la movilidad de las mercancías y el movimiento de capitales. Los avances en los medios de transporte modernos y en las tecnologías de la comunicación la han favorecido enormemente. La movilidad de las personas trabajadoras, sin embargo, quedó casi “congelada”. Ha quedado desde entonces a duras penas contenida, esperando a ser liberada.

Las inversiones productivas y el desarrollo económico en el seno de los países más atrasados son muy deseables y reducirían in situ la pobreza, pero crear las infraestructuras necesarias y un entorno propicio para atraer y retener las inversiones a largo plazo requiere de bastante tiempo y de la existencia de instituciones adecuadas que las garanticen (nada fácil de conseguir, por cierto). Una mayor apertura, por el contrario, hacia la mano de obra inmigrante al establecerse unas fronteras más porosas y flexibles que las actuales en los países más desarrollados implicaría una rápida y contundente eliminación de la pobreza extrema en el mundo. Tal y como lo expresa el profesor Bryan Caplan, la razón por la que persiste aún tanta disparidad de renta entre fronteras es porque mucha gente está en el país equivocado; necesita, por tanto, moverse a otros países más productivos. Todo aquel que esté concernido por la ayuda al desarrollo debiera considerar seriamente esta alternativa.

Sin embargo, las legislaciones migratorias en los países industrializados son especialmente restrictivas para trabajadores no cualificados; eso significa que estamos poniendo coto arbitrariamente al mayor activo que poseen los países en vías de desarrollo: su fuerza laboral poco cualificada. A los pobres del mundo no se les permite muchas veces que accedan libremente sus bienes y productos a los mercados ricos; tampoco se les deja que acudan físicamente a ellos para vender sus servicios. Como veremos en un comentario posterior, los argumentos que se aducen por parte de los nativistas para frenar la movilidad laboral de extranjeros son falaces; responden todos ellos a temores infundados o imaginarios.

Por descontado, abogar por una inmigración más abierta no significa que cualquiera pueda acceder al país de acogida en la manera que él elija; no se trata de una inmigración descontrolada e irrestricta. Las autoridades competentes deben vigilar el proceso para evitar que se “cuelen” individuos con antecedentes criminales, terroristas confesos o enemigos declarados del país anfitrión.

Después de siglos de batallas por eliminar la discriminación del ser humano por su raza, sexo, religión o creencias resulta que el factor de mayor desigualdad hoy día en el mundo es el lugar de nacimiento. Las sociedades avanzadas aceptan desgraciadamente sin mayores dilemas morales el discriminar quién tiene derecho a vivir y trabajar dentro de sus fronteras en función meramente de su pasaporte. Los ciudadanos de los países desarrollados prefieren seguir contribuyendo al “desarrollo” de los países más atrasados colaborando con las ONGs o presionando a sus gobiernos respectivos para que dediquen más cantidad de sus impuestos para la ineficiente y muchas veces absurda ayuda al desarrollo. Ni siquiera presionan a sus gobiernos para derribar unilateralmente las barreras al comercio, algo importante para los habitantes de los países más pobres. Todo lo intentado hasta ahora es, por desgracia, insuficiente.

Tras más de medio siglo mandando ayuda a los países del Tercer Mundo sin haber conseguido resultados satisfactorios, parece que ha llegado el momento de probar otras medidas. Facilitar la movilidad laboral transfronteriza es un tema decisivo para el desarrollo mundial.
 


­Este comentario es parte de una serie acerca de los beneficios de la libertad de inmigración. Para una lectura completa de la serie, ver también I.

España se recupera

Tercer año triunfal con rajoyina. Tercer presupuesto del país de nunca jamás a costillas de contribuyente y a gloria del comprador de bonos. Tercer ejercicio de trapisondismo contable. Los presupuestos de 2014 nacen, como los de 2012 y 2013, mancos, cojos y tuertos. Ya han llegado a un nivel de desvergüenza tal que hasta reconocen los descuadres en las ruedas de prensa con las sonrisillas de rigor. Hasta hace dos días de estas golfadas estéticas le echábamos la culpa a Julito Sánchez, ahora habrá que cargárselas en la espalda de Ana Serrano, nueva jefa de prensa de Mordor. Compadezco a ambos. Llevar la comunicación a un tipo cuyo trabajo consiste en saquear a los que tienen poco para dárselo, sonrisa mediante, a los que tienen mucho se me antoja algo prácticamente imposible.

A Ana Serrano le será más sencillo. Viene del SEPLA, el sindicato de pilotos que tan buenos momentos nos ha dado en los últimos treinta años paralizando el tráfico aéreo para que esos señoritos de millón y pico limpio al mes siguiesen llevándoselo calentito a casa, aunque fuese a costa de tener a medio Barajas durmiendo sobre las maletas en las salas de facturación. Me cuentan que la tal Serrano es cercana a Equipo Económico, el lobby que tanto ascendente tiene sobre el ministro y sus ministreces. Tiene lógica. El poder en España es siempre asunto de unos pocos que lo asaltan y lo depredan en su beneficio durante todo el tiempo que pueden. Cuando Zapatero los que hacían y deshacían a placer en el Ejecutivo eran los “sebastianes”, que se terminaron haciendo famosos por sus enredos. Enredos muy lucrativos, por cierto. Cuando los sorayos pasen a mejor vida, que lo harán más pronto que tarde, vendrán otros.

Al parecer los visitadores de Equipo Económico andan detrás del cese de Julito, que tantos días de mote y cachondeo le ha dado a esta página. No les gustaba el modo en que este hombre llevaba la comunicación del señor oscuro. “Lo mantiene muy alejado de los medios”, decían. Una decisión del todo razonable porque cuando se acercaba a las cámaras era bastante peor. En fin, que descanse en paz. Supongo que no tardarán en encontrarle un comedero, que esta gente nunca deja que los suyos pasen hambre. Total, pagamos los demás.

Pasemos página, que no he venido aquí a hablarle de Ana Serrano, que ni nos va, ni nos viene, ni nos ha invitado nunca a desayunar. He venido a hablar del tercer desastre presupuestario. Empecemos por los principios. Ni en 2012 ni en 2013 el Gobierno ha conseguido poner coto al déficit. No sé en cuanto cerrará este año, pero seguro que es muy por encima de lo previsto. En julio ya se aproximada peligrosamente al descuadre fijado para todo el año, así que imagínese donde andará a 31 de diciembre. Hace dos meses el conjunto de las administraciones públicas registraba ya un déficit del 5,27% sobre el PIB. Dicho así no parece ni poco ni mucho porque uno de los secretos de esta banda es hablar en tantos por ciento para confundir al personal y que así no preste atención al tema.

Llevémonoslo a euros contantes y sonantes. Entre el 1 de enero y el 31 de julio las comunidades autónomas gastaron 89.813 millones de euros, pero solo ingresaron 81.877 millones. Quítele ceros y déjelo en miles. Imagine que gana 81.000 euros pero gasta 89.000. Estaría ante un déficit real del 9%. Sea sincero, ¿cuánto tiempo podría aguantar con semejante descalce entre ingresos y gastos? En el mejor de los casos el banco le habría dado un toque, en el peor tendría cerrado ya el crédito y no le quedaría otra que apretarse a fondo el cinturón y proceder a liquidar bienes. Pues eso que es tan de cajón para cualquiera –incluido el zampabollos de Alberto Garzón– no lo es para los políticos y su expresión máxima que no es otra que el Gobierno.

No parece que el Gobierno vaya a apretarse cinturón alguno y, mucho menos, que vaya a liquidar nada de lo mucho que, a expensas del contribuyente, malbarata con funcionarios vitalicios, cargos de confianza de esos que nacieron con el carné del partido entre los incisivos y políticos profesionales que no conocen otro modo de ganarse la vida que el de vivir enchufados al presupuesto a perpetuidad. En España no se va a privatizar nada, a lo más conceder la gestión de ciertos servicios a empresas especializadas como ya se está haciendo en Madrid… o en la propia Andalucía. Esta concesión, que tanto cabreo suscita entre los médicos, no persigue privatización alguna sino una simple racionalización de costes. Lo mismo podríamos decir de la enseñanza concertada. Un simple parche para no abordar lo esencial que es que el Estado no debe ser ni médico ni profesor. No es su función, y cuando la ejerce lo hace de un modo lamentable. Pero, ay, alimenta inmensas clientelas que luego defienden lo suyo –que no lo público– con uñas, dientes, pancartas, manifas y huelgazos.

Si todo sale como debiera, para finales de año el déficit (sobre el PIB, no el real) tendrá que ser del 6,5%. Tal vez lo consigan aunque lo dudo mucho. La única medida que han tomado es congelar el salario a los empleados públicos. Una simple tirita que no detendrá la hemorragia. El problema del sector público no es que los funcionarios ganen mucho, sino que son demasiados. Con un millón y medio menos el problema se resolvería en el acto y no habría que andarse con miserias como quitarles –de mentirijillas– la extra de Navidad o congelarles el sueldo. Pero para hacer eso, para acometer una reforma digna de tal nombre en la función pública hace falta algo más que voluntad política, hace falta convencimiento íntimo de que es necesaria. Para hacerlo sería de gran utilidad no ser funcionario… y Montoro es funcionario, y como él Rajoy, Soraya, los sorayos y el sursuncorda. De un Gobierno de opositores sólo no se puede esperar más de lo que ya tenemos: Estado hipertrofiado, impuestos confiscatorios, déficit crónico y seis millones de parados.

¿De verdad hay 20 millones de españoles en riesgo de “pobreza”?

Parece que termina la recesión española. Ya era hora. Ha durado cinco años y ha sido dura. La economía creció unas décimas este trimestre. Es una señal débil, pero buena. El desempleo sigue siendo altísimo (26,6% de la fuerza laboral potencial), pero la única manera racional de reducir ese flagelo es con crecimiento e inversiones que acaben produciendo beneficios para que se sostenga el ciclo.

El camino adoptado por España, comenzado en los últimos tiempos del socialista Zapatero, cuando congeló las pensiones, y luego seguido por Mariano Rajoy, ha sido el de la austeridad. Eso quiere decir recorte del gasto público y reducción del endeudamiento. No se podía continuar creando infraestructuras a veces innecesarias (aeropuertos sin clientes, trenes veloces nada rentables, carreteras extraordinarias para pocos vehículos).

De estas crisis se sale generando riquezas y éstas sólo se producen en las empresas. La cuenta es relativamente sencilla. España tiene algo más de 47 millones de personas en su territorio. De esa cifra, hay casi 23 millones que podrían trabajar, pero sólo lo hacen 16 millones y medio. Un poco más de 6 millones están desempleados.

Grosso modo, de los 16 millones y medio que trabajan, unos 13 y medio lo hacen en actividades privadas, mientras casi 3 devengan su salario del sector público. El porcentaje de trabajadores del Estado –estratos nacional, regional y local– está muy cerca del promedio de la Unión Europea, pero la relación entre quienes trabajan en empresas privadas y la totalidad de la población es muy baja.

Trece y medio millones de trabajadores deben mantener a 47 millones de españoles y pagar su salario a casi 3 millones de empleados públicos. Entre los españoles que deben ser mantenidos hay 15 millones y medio de lo que llaman personas inactivas: pensionados (más de 7 millones), estudiantes (2,5 millones), incapacitados permanentes (1’5 millones), labores del hogar (4 millones) y otros ciudadanos.

Es una tarea demasiado ardua que sólo se alivia creando las condiciones para que trabaje más gente. ¿Cuántos? Teóricamente, el universo de trabajadores posibles es de 23 millones. Casi diez más de los que lo hacen en el sector privado. Pero de nada sirve que lo hagan en actividades poco productivas, como creen algunos keynesianos de andar por casa. Las actividades que no son lucrativas destruyen capital y arruinan a las sociedades.

No obstante lo dicho, España dista mucho de ser un país pobre. El PIB per cápita es de más de 30.000 dólares y excede un poco la media de la Unión Europea. Algunas comunidades autónomas son francamente ricas y se acercan a los 40.000 dólares: Madrid, Vascongadas, Navarra, Cataluña. Las pobres, ni siquiera lo son tanto. Extremadura, la peor de todas, es más rica en este indicador que Chile, el país más próspero de América Latina. Murcia, otra comunidad pobre, tiene el PIB per cápita de Corea del Sur.

Pero hay otros indicadores que señalan a España entre los primeros 25 países del planeta: escolaridad, longevidad, acceso a agua potable, alimentación, servicios médicos, seguridad, protección policiaca, instituciones de Derecho, libertades, comunicaciones. El país, en medio de la crisis del empleo, es uno de los espacios con mejor calidad de vida del mundo. Sigue siendo un gran vividero.

La asignatura pendiente la conocen todos: hace falta desarrollar un tejido empresarial más extenso, competente y productivo. Mientras eso sucede, si es que alguna vez llega a ocurrir, los españoles vuelven a hacer las maletas y emigran. Por una parte, el país pierde a un buen grupo de trabajadores, pero, por la otra, son personas que adquieren conocimientos, experiencias y ahorros que podrán utilizar en el futuro en su propio país.

En ese sentido, es una bendición que quienes no tienen trabajo puedan encontrarlo en Alemania, Holanda o Suiza. Hay que ver a la Unión Europea como un gran espacio laboral y perder el miedo a los idiomas distintos o a los climas inhóspitos. La globalización también es eso.

elblogdemontaner.com

Sindicatos: generadores de pobreza

Con la muerte de una de las mejores empresarias de la historia, Rosalia Mera, los sindicatos no han dejado pasar la ocasión para mostrar su odio a los empresarios, su radical mentalidad anticapitalista y su absurda retórica marxista. Autodotados de superioridad moral sobre el resto de los mortales, tratan de hacernos creer que son los protectores de los trabajadores y que son ellos los que propician realmente el crecimiento económico y el bienestar de los países.

Nada más lejos de la realidad. Son los empresarios (y los capitalistas), y no los sindicatos, los creadores de riqueza.

Son los empresarios los que están continuamente alerta para descubrir oportunidades de negocio, es decir, descubrir nuevos productos y servicios con los que satisfacer mejor a los ciudadanos; son ellos los que diseñan planes de negocios rentables y sostenibles que añaden valor a la sociedad; son ellos los que apuestan por procesos productivos largos que acabarán haciendo (¡con el tiempo!) más productiva a la sociedad; son ellos los que anticipan los salarios de los trabajadores antes de que los productos sean producidos y vendidos; son ellos los que se enfrentan a una incertidumbre inerradicable; son ellos los que deben conseguir financiación para llevar a cabo sus proyectos; son ellos los que deben innovar y mejorar día a día para ser competitivos; son ellos los que compran a un precio conocido para vender a un precio desconocido; son ellos los que se juegan su dinero tratando de anticiparse a un futuro incierto; son ellos los que deben dejarse la piel ¡cada día! para seguir manteniendo la confianza de sus clientes; y son ellos los que quiebran si no satisfacen necesidades de la sociedad.

Los sindicatos no tienen todos estos arduos y engorrosos problemas. No tienen que preocuparse de ofrecer una propuesta de valor cada vez más eficiente, eficaz y rentable. Tampoco tienen que preocuparse de su financiación: reciben muchos millones de euros del Estado. Concretamente 15,7 millones de euros en subvenciones en 2011, 11,1 millones en 2012 y 8,8 millones en 2013.

Lo deseable y justo en una sociedad libre sería que se financiasen con las cuotas de sus afiliados. Esta sería la mejor prueba de que los trabajadores valoran a los sindicatos. Ciertamente, si los trabajadores creyesen positivamente que las organizaciones sindicales velan por sus intereses pagarían las cuotas sin dudarlo ni un instante.

Pero no es así: el número de afiliados es cada vez menor, situándose actualmente en torno al 10-12% de los trabajadores. Un apoyo verdaderamente minoritario. Para que se pudiese hablar de ‘representación de los trabajadores’ se necesitaría al menos un 85-90% de afiliación (y aun así no sería justo para el 15-20% restante).

Cualquier otra organización con ese número ínfimo de afiliados no existiría en absoluto o tendría un tamaño e influencia residual en la sociedad.

Pero la alianza entre sindicatos y políticos hace que esto no tenga demasiada relevancia. Es el Estado el que inyecta la financiación a los sindicatos. Y lo hace mediante la extracción de renta de los agentes productivos de la sociedad a través de los impuestos. Coactivamente, de forma obligatoria, parte de nuestra renta se destina a estas organizaciones aunque la inmensa mayoría creamos que no nos benefician en absolutamente nada o que incluso nos perjudican enormemente.

¿Y a cambio de qué perdemos una parte de nuestra renta para regalársela a los sindicatos? A cambio de tener una de las legislaciones laborales más rígidas y arcaicas del mundo desarrollado.

Aprovechándose del inmerecido y asombroso poder que otorga la Constitución a estos agentes “sociales”, los sindicatos mayoritarios cuentan con potestad para imponer por ley salarios y todo tipo de condiciones laborales a empresarios y trabajadores en España. No es de extrañar, por tanto, que la tasa de desempleo supere el 26%, la más elevada de la Unión Europea junto con Grecia.

Y es que cuando el rango salarial y las condiciones de trabajo son impuestas desde arriba y no son pactadas libremente entre empresario y trabajador, se desligan los salarios de la productividad, poniendo en serio peligro la supervivencia de toda la empresa y todos sus trabajadores debido a la pérdida de competitividad y márgenes del negocio.

Los sindicatos no crean riqueza, la destruyen. Y lo hacen provocando desempleo masivo, cierre de empresas y consumo de capital. Para aspirar a ser una sociedad próspera y libre es imperativo eliminar los privilegios legislativos que ostentan estos agentes “sociales” generadores de pobreza.

@jmorillobentue

Empresas ineficientes

Imagínese por un momento que usted es un arquitecto canario que se ha especializado en planeamiento y gestión urbana y ha creado varias empresas fuera de las Islas que se encargan de realizar planes urbanísticos con éxito, compitiendo en el libre mercado. Esto significa que usted entiende perfectamente que para poder satisfacer a la sociedad a través del mercado tendrá que ser capaz de suministrar un producto de calidad con el mejor precio y realizarlo con el menor coste posible, para así poder sobrevivir a la competencia.

Sin embargo, un día decide abrir una oficina en su tierra natal. Transcurridos unos pocos meses se da cuenta de que tiene que cerrarla y volverse a ir fuera, como han tenido que hacer un gran número de arquitectos canarios. La razón es que existen tres empresas públicas que realizan los mismos servicios que usted sin necesidad de competir en el mercado, porque no tienen que reducir costes para evitar la quiebra, al poder ser financiadas con cargo a los presupuestos autonómicos, que salen del dinero de los contribuyentes.

Estas tres empresas son Gestión y Planeamiento Territorial y Medioambiental (Gesplan), Gestión Urbanística de Las Palmas (Gestur Las Palmas) y Gestión Urbanística de Santa Cruz de Tenerife (Gestur Tenerife). En los ejercicios 2010, 2011 y 2012, Gesplan tuvo una cifra de negocio aproximada de 30 millones de euros por año, según los presupuestos del Gobierno de Canarias. Sin embargo, con estos importantes ingresos únicamente fue capaz de obtener unos beneficios de aproximadamente 24.000 euros por año. No obstante, esta mal llamada empresa no tuvo suficiente con ser incapaz de generar beneficios y riqueza acordes a sus ingresos, sino que además aumentó su deuda de dos a 4,2 millones de euros.

Por otro lado, Gestur Las Palmas, que ya está en vías de desaparición, en 2012 tuvo un volumen de negocio de 11,1 millones de euros y acumuló deudas por más de 16 millones. Pero esto no es nada si lo comparamos con Gestur Tenerife, que el Gobierno de Canarias se empeña en mantener junto con otras empresas públicas ineficientes, pues esta desastrosa sociedad anónima tuvo en 2012 unos ingresos de 12,6 millones de euros para generar el ridículo beneficio de 5.400 euros y acumular deudas de más de 23 millones.

Alguien podría pensar que sólo bastaría con volver eficientes a estas sociedades. Sin embargo, esto no es posible, dado que carecen de incentivos económicos y se mueven por decisiones políticas, pues entre otras cosas pertenecen a un sector totalmente intervenido, como es el urbanístico, donde el principal cliente es la Administración. Por todo ello, deberían ser cerradas por el Gobierno de Canarias de forma inmediata por ineficientes, como muestran sus números, ejercer una competencia desleal con los empresarios y profesionales del sector y ser dañinas para el conjunto de la sociedad canaria, pues empresas como estas sólo existen gracias a la permisividad de los políticos y al dinero que estos obtienen del bolsillo del contribuyente.

El capitalismo en las pequeñas cosas

Cuando uno piensa en el capitalismo le vienen a la cabeza grandes multinacionales, bancos o, en el mejor de los casos, empresas como Google o Apple. En el caso de ser izquierdas seguramente en lo primero que piense es en un grupo de ejecutivos trajeados, con un peinado bastante hortera, que están comiendo en un restaurante del barrio de Salamanca mientras debaten alegremente sobre cómo explotar aún más a la clase trabajadora.

Lo cierto es que el capitalismo solo tiene una relación superficial con todo lo anterior, bastante parecida a la que tiene la libertad de expresión con los locutores de radio, los grandes novelistas o los programas de corazón.

Y es que cada día en que un ser humano decide intentar intercambiar con alguien alguna pertenencia suya por otra que codicia, pero que pertenece a la otra persona, en vez de abrirle la cabeza con una piedra y quedarse con las dos, el capitalismo prevalece en la sociedad un poquito más.

Pero del mismo modo que la libertad de expresión necesita de una población madura que entienda que no todo lo que se diga tiene por qué gustar a la mayoría para ser considerado legal, el capitalismo necesita que la gente entienda que no todo intercambio tiene que resultar igual de satisfactorio para ambas partes para ser considerado justo.

Un buen ejemplo de sociedad concienciada con el capitalismo es la texana; soy aficionado a un programa de televisión donde unos tipos, que no tienen pinta precisamente de ejecutivos sin escrúpulos, se dedican al noble arte de especular con coches. Recorren el Estado buscando coches antiguos a buen precio y los revenden después de restaurarlos, o a veces simplemente dándoles un lavado de cara y contactando con el comprador adecuado.

Lo que más me gusta del programa no es la restauración de los coches, sino el proceso de compra y de venta de los mismos. Nadie se ofende al oír una oferta baja, nadie se enfada con el comprador cuando tiene que vender barato obligado por las circunstancias, y nadie pide al gobierno que le salve cuando le sale mal un negocio.

Unos de mis momentos favoritos es cuando el dueño del negocio necesita vender rápidamente uno de dos coches con los que está negociando para tener dinero con el que restaurar el otro a tiempo para una subasta. Llama a un amigo para ofrecerle el coche y éste, conociendo la su necesidad imperiosa de vender, le ofrece un precio con el que apenas puede cubrir los gastos ocasionados por el coche. No sólo acepta el trato sino que se alegra de que, ya que él no va a poder sacarle beneficios al coche, su amigo sí lo haga.

A veces vamos a buscar las causas de la riqueza de un pueblo en su política, en sus instituciones o en sus leyes, cuando en realidad tendríamos que mirar esas pequeñas cosas donde se muestra el respeto por los demás, por los negocios y el saber perder cuando apuestas por algo y te sale mal.

Esto es precisamente por lo que soy tan pesimista sobre la recuperación de la economía española. No es que Rajoy me parezca un presidente bastante lamentable, que me lo parece, o que Motoro no sea el ministro más dañino de los últimos lustros, que lo es. Sencillamente es que cuando uno se fija en las pequeñas cosas de la vida cotidiana de los españoles, cada vez es más difícil ver ese respeto por la libertad que todo pueblo que aspire a prosperar debería tener arraigado en la mayoría de sus ciudadanos.

La caridad como abuso moral: la zancadilla solidaria

Hablar de pobreza es tocar un tema que pellizca los corazones de la mayoría de las personas. La empatía de la que hablaba Adam Smith nos lleva a alinear nuestros sentimientos con los necesitados, los débiles y los afectados por la injusticia. El sentimiento de ayuda al necesitado es el resultado no esperado de la evolución de las relaciones humanas. Nuestra naturaleza, para los psicólogos evolucionistas, está preparada para el intercambio recíproco de manera que te doy sabiendo que antes o después me devuelves, y ese "o después" ha marcado la evolución de nuestra sociedad, ha permitido la aparición del dinero, del sistema financiero y nos ha enseñado a vivir con la mente puesta en el largo plazo. Un enorme avance que explica que yo no necesite conocer a las personas concretas que han fabricado mi café para comprarlo y beberlo sin desconfiar. La capacidad de dar incondicionalmente es un maravilloso subproducto de este entramado de intercambios, alianzas, aprendizaje que ha llevado al ser humano hasta donde estamos. Dar sin esperar nada a cambio muestra, en mi opinión, la medida del corazón de una persona.

Pero nuestra sociedad ha teñido de confusión los valores que todo el mundo entiende, convirtiendo cada acto humano en la consecuencia de una orden ministerial o un decreto ley. De esta forma tan enrevesada, la caridad, palabra que se ha convertido en anatema porque muchos la consideran peyorativa por razones que se me escapan, es patrimonio del Estado, no de los individuos. La solidaridad, antaño una virtud, no existiría si no se viera reforzada por la actuación coactiva del estado, dicen. Incluso si eso implica que desde el momento en que es forzada, la virtud deja de serlo para convertirse en obediencia.

Estamos en una mala época. Es ahora cuando más ayuda se necesita. Pero también es cuando hace falta formularse las preguntas más incómodas porque tenemos menos para todos. Por ejemplo: ¿hay que ayudar siempre a todos incondicionalmente? Mi impulso es responder que sí. Hasta que lees que hay gente sin recursos que estafa a gente sin recursos. Hasta que te das cuenta de que algunos encargados de repartir entre los menos favorecidos están trincando de mala manera. Entonces te planteas si a lo mejor dar todo a todos no es sino un unicornio más: ese animal mitológico, puro, inalcanzable que, simplemente, no existe.

Antes de que apareciera el Estado había ayuda: desde que existe el hombre. El ser humano es previo al Estado. También había Sol y Luna antes del Estado. ¿Es esta institución el mejor redistribuidor de los frutos de la virtud individual de la solidaridad? Pues no. El Estado, históricamente es una máquina expendedora de privilegios. Los Estados más comunistas y pretendidamente igualitarios han resultado ser, precisamente, los que han asegurado la pobreza de la mayoría y los atropellos más descarados. El que tenga algo que decir que hable un rato con Kim Jong Un y después me cuente.

Pero hay otra pregunta más incómoda aún. ¿Es un deber moral la caridad? Para Ayn Rand no lo era. Su explicación era clara: No hay nada malo en ayudar a otros, siempre que merezcan esa ayuda y te lo puedas permitir. Por más que su tajante afirmación suene tan cruel (es el momento de recordar que ella pasó hambre gracias al régimen soviético), bien vale una reflexión desnuda de prejuicios.

El primer escollo es el de considerar que hay personas que no merecen ser ayudadas. Un joven padre de familia pide ayuda para alimentar a sus hijos y se lo gasta en el bingo. Una señora anciana pide ayuda para curarse un mal y se lo gasta en vino. ¿Hay que ayudar a esas personas? Y añadamos un factor importante: no hay para todos. ¿A quién ayudamos? ¿A quien emplea la ayuda adecuada y responsablemente o a todos?

¿Por qué no es un deber moral para Ayn Rand? Porque es una actitud que uno puede tener o no, pero cuya práctica no te hace mejor persona. Lo que para Rand te hace peor persona, lo que sí es inmoral es vivir a costa de los demás y permitir que esa sea la norma en la sociedad. Por eso, para ella, incentivar que las personas se acostumbren a que otros trabajen para que tú salgas adelante es perverso, mina la moral del individuo (de todos, del rico y del pobre) y da lugar a sociedades guiadas por la molicie moral y la desidia. La virtud, lo moral, para Ayn Rand es vivir con tus propios medios, asegurar que no eres una carga para los demás, y enseñar a tus hijos a hacer lo propio, a no ser parásitos de la sociedad. Personalmente, yo sí creo que la generosidad y la caridad (bien entendida) son valores a transmitir, pero siempre unidos a la virtud randiana.

Y llegamos al meollo del asunto. ¿Son los impuestos la mejor forma de canalizar la solidaridad? No lo sabemos, no existe la posibilidad de elegir entre diversas instituciones. Estamos obligados a entregar nuestro dinero. Por eso nuestra sociedad no es generosa y solidaria, es aborregada y obediente. La crisis ha hecho bajar la marea y ha mostrado la desnudez del crowding out de la pobreza: gente necesitada que estafa a gente necesitada, redistribuidores que retienen la ayuda haciéndose pasar por samaritanos. ¿Hay algún sistema que históricamente haya demostrado que elimina los privilegios? Sí. El mercado libre. Pues eso.

Dibujos adoctrinadores sin papel higiénico ni biberones

Las noticias que desde Venezuela saltan al mundo retratan un panorama que desde fuera pudiera parecer cómico. La escasez de papel higiénico, un punto más en el que el país gobernado por Maduro se parece a la Cuba de los Castro, ya dio lugar a episodios auténticamente esperpénticos. El sucesor de Chávez no dudó en acusar a la oposición de acaparar dicho producto, como si Capriles pensara que ganaría el apoyo de más ciudadanos por forzarles a tener la retaguardia sucia o irritada. Después, un alto cargo del régimen bolivariano dijo sin pudor alguno que el motivo de que faltara el ansiado bien es que sus conciudadanos comen mucho. Traducido a román paladino, que si no había papel higiénico era porque los venezolanos defecan mucho. Curiosa excusa esa de llamar "cagón" a todo un pueblo.

El esperpento se completó desde Bolivia, cuando el Gobierno de Evo Morales anunció que enviaría grandes cantidades de ese producto a Venezuela. Si la ONU creó el programa Petróleo por alimentos –que produjo mucha corrupción– para el Irak de Sadam Hussein, tal vez estemos ante otro llamado Petróleo por papel higiénico.

Lástima que no tengan en Venezuela el Granma cubano. Dicho periódico es el sustituto del papel higiénico en la martirizada isla controlada por los Castro. Y lo es hasta tal punto que los cubanos pagan el mismo precio por uno del día que por uno de jornadas pasadas, puesto que "sirven para lo mismo".

Pero con papel higiénico o sin él, el absurdo no queda ahí. Una deposición que no se limpia con ese producto, puesto que es mental, se tradujo en la idea de crear y emitir por televisión una serie de dibujos animados llamada Chávez nuestro que estás en los cielos. El protagonista no es otro que ese que supuestamente se le presentaba a Maduro en forma de pajarito, que conversa en el cielo con diversos personajes. Que alguno de ellos pudiera entrar en el paraíso celestial es más que dudoso. Si se lo permitieran, el resultado sería nefasto. Néstor Kirchner seguramente robaría hasta las arpas con las que los ángeles tocan alrededor de Dios y Che Guevara fusilaría hasta al Arcángel San Gabriel. Claro que, bien pensado, Chávez expropiaría incluso las llaves de San Pedro.

Y para completar el esperpento bolivariano, el Ejecutivo de Caracas ha declarado la guerra al biberón –no se debe a que fuera costumbre venezolana limpiarlo con un papel higiénico que escasea–. No contento con prohibir la publicidad de dicho producto, el chavismo pretende imponer fuertes multas a las madres que no amamanten a sus bebés. Menos mal que contemplan excepciones. Una diputada oficialista dijo en televisión: "Hay excepciones, porque hay mujeres cuando están enfermas o en casos excepcionales que tienen que tener tetero". Al menos no han prohibido que las mujeres tengan problemas de salud. Aunque a este ritmo cualquier día las multan si sufren una gripe.

Al margen de las bromas o el tono jocoso con el que se pueda comentar todo lo anterior, en realidad se trata de algo muy serio. De hecho, es terriblemente grave. Si hay problemas de abastecimiento de papel higiénico es debido a que el socialismo impuesto por el chavismo conduce de forma inexorable a la escasez de los productos más básicos, como saben los millones de personas que vivieron en la Europa comunista o los cubanos para los que la cartilla de racionamiento ha sido durante décadas un recordatorio diario del régimen bajo el que viven.

Y, como siguiendo un manual soviético, se utiliza cualquier cosa para señalar a los supuestos enemigos del pueblo y destacar inexistentes logros del régimen. Y para eso sirve incluso un descarado fracaso como la incapacidad para que haya en los supermercados un producto tan básico como el papel higiénico: se culpa a Capriles al tiempo que se presume de que los venezolanos tienen alimentos en abundancia.

Los dibujos animados son un asunto de una gravedad aún mayor. Se trata, ni más ni menos de una burda estrategia de adoctrinamiento de los ciudadanos desde su infancia. Se ofrece un producto atractivo para los niños en el que se lanzan consignas ideológicas totalitarias para amoldar su mente a los deseos de los gobernantes desde las edades más tempranas. De paso, si se convence a algún adulto, mejor. Es de sobra sabido que para que la propaganda sea efectiva, los mensajes han de ser comprensibles hasta para el menos inteligente de los destinatarios.

En cuanto a la prohibición de los biberones, es un paso posiblemente sin precedentes en la estrategia de todo sistema totalitario consistente en pretender inmiscuir y dirigir hasta los tratos personales de los ciudadanos. Se inmiscuye en la relación más íntima que puede existir entre dos seres humanos, la que se da entre una madre y su hijo lactante.

Definitivamente, Maduro ha acelerado el proceso para la construcción de un Estado totalitario en Venezuela que comenzó Hugo Chávez.