Ir al contenido principal

Etiqueta: Comercio globalización y desarrollo

Los impuestos a los ricos perjudican a los pobres

“Defendemos el Capitalismo laissez faire porque es el único sistema compatible con la vida de un ser racional”.

Ayn Rand

¿Qué hay que hacer para resolver la pobreza? Preguntemos a cualquier político -de derecha, izquierda o casi cualquier lugar del espectro existente- y de manera irremisible encontraremos una constante respuesta en una única dirección: la “solidaridad”. Lo cual debe entenderse –no hay otra forma- no ya como genuina solidaridad entre individuos de manera voluntaria, sino como una forzada por el Gobierno: éste quita algo a Pedro para dárselo a Juan. Resulta innegable que aquí ni quien da (el Gobierno), da algo producido por él, ni el justo propietario de lo que se da (Pedro) lo ofrece o da de manera libre y voluntaria. ¿Quién es solidario? Nadie.

El mero hecho de gastar dinero de esta manera, por su intrínseca naturaleza, conlleva problemas. Como bien expuso en su día Milton Friedman, todas las formas de gastar dinero pueden reducirse a cuatro, a saber:

  • El dinero propio para beneficio propio: Maximiza el valor, maximiza economización. Ej.: Compro con mi dinero algo para mí y mi familia. (Se busca lo mejor al menor coste).
  • El dinero ajeno para beneficio propio: Maximiza valor, NO maximiza economización. Ej.: Recibo subvenciones para mi negocio. (Se busca el mejor uso/valor despreocupándome del coste, pues lo costea otro).
  • El dinero propio para beneficio ajeno: NO maximiza valor, maximiza economización. Ej.: Compro con mi dinero un regalo para un desconocido (No busco lo mejor, pero me preocupo por el coste, pues lo costeo yo).
  • El dinero ajeno en beneficio ajeno: NO maximiza valor, NO maximiza economización. Ej.: Con el dinero de otra persona compro algo para un tercero (No busco el mejor uso/valor ni me preocupo por el coste, pues lo costea otro).

El ejemplo inicial del dinero que el Gobierno quita a Juan para dárselo a Pedro es epítome perfecto del último tipo de gastar dinero; esto es, aquél en que no hay economización ni búsqueda de buen uso/valor. Dicho claramente, se despilfarra y para colmo no se persiguen fines altamente valorados.

En resumen, este esquema representa lo que se denomina redistribución de rentas, pilar angular de cualquier programa intervencionista que valga. Así, eso nos dicen, se combate la pobreza: volviendo a distribuir por la fuerza lo que el mercado distribuyó pacíficamente. Sin necesidad de profundizar en economía, un mero vistazo a la historia de la humanidad hace que la experiencia encaje mal, muy mal, con la visión de que tal manida “solidaridad” es una receta contra la pobreza. Grecia y Roma en la Edad Antigua, los Países Bajos en la Baja Edad Media, Inglaterra, Japón, Hong Kong o Estados Unidos en el siglo XX, Indonesia en el XXI… son quizás los mejores ejemplos históricos de cómo una sociedad y sus ciudadanos pueden desatar el progreso y desarrollo. ¿Cuál de ellos salió de la pobreza anterior gracias a redistribuir forzosamente rentas o proceder semejante? Ninguno. Y Hong Kong, Indonesia o EEUU tampoco fueron colonialistas.

En el fondo, la creencia en la redistribución de rentas no es fruto más que de la incomprensión de los procesos sociales. Y de la historia misma. Dicha fe parte de creer que la riqueza es algo dado de antemano o estática, por lo que sólo se precisa de un Gobierno bondadoso para que modifique esa distribución para quitar a los que tienen mucho y dar a los que tienen poco. Tal, en suma y poco más, es la idea. Sin embargo, semejante concepción es francamente insostenible. ¿Realmente podemos afirmar que hoy tenemos simplemente una distribución de bienes y riquezas distinta a la de la Edad Antigua o incluso a la de hace 150 años?

Los intervencionistas por doquier parecen obviar de dónde han surgido los teléfonos móviles, coches y aviones, electrodomésticos, ropa en abundancia de mil estilos y colores… Obvian, sencillamente, la naturaleza del Capitalismo cuyas cotas ningún programa gubernamental puede soñar en alcanzar.

Característica fundamental del Capitalismo es la acumulación de capital (guiada por el libre intercambio). No es lo mismo cavar hoyos con palas que con máquinas excavadoras, lavar cien cubiertos a mano que con un lavavajillas o trasladar un producto en mula que en trenes y aviones. Es la acumulación de capital la que, al aumentar la productividad, aumenta los salarios y el nivel de vida de una sociedad. Es por ello que el salario real de un trabajador en Los Ángeles es superior al de Tanzania; porque la primera es más capitalista. Cuanto mayores sean las tasas de capitalización que disfruta una sociedad, más ricos son y pueden llegar a ser sus individuos, comenzando por los obreros y clases modestas. Así que, bien observado, puede afirmarse que todos acabamos siendo beneficiarios (free riders) de dicha acumulación de capital, incluyendo los propios trabajadores. La dedicación a los bienes de capital de los capitalistas redunda -aparte de en mayores salarios- en mejores y mayores bienes de consumo para todos como consumidores.

Por desgracia, el populismo que todo lo inunda recomienda, una vez sí y otra también, subir impuestos a los ricos. Lo oímos todos los días: el problema, nos aseguran, es que los ricos pagan pocos impuestos. No seré yo quien diga que los impuestos deben soportarlos los pobres. Empero, afirmo que los impuestos elevados a los pobres les perjudican a éstos; pero que los impuestos a los ricos también. Por la simple pero poderosa razón de que: 1) se esquilma la estructura de capital, y 2) se castiga la acumulación de capital. Todo error, como digo, está en pensar que la cantidad de capital disponible es algo fijo o estático, por lo que quien acumule mucho será un ‘avaricioso’ que ‘le ha quitado algo a alguien’.

Gracias al Capitalismo hoy tenemos más bienes y riquezas disponibles. Porque el Capitalismo es, eminentemente, un sistema y proceso de creación ex novo de riqueza y bienestar. Y es que la riqueza no es como la energía que sólo se transforma. La riqueza y el bienestar se crean y se destruyen. La irrupción del sistema capitalista ha hecho alcanzar cotas de bienestar y progreso inimaginables antes, ha producido coches, casas, ordenadores, vestido… donde antes no los había y sigue logrando, allá donde se recogen sus frutos, reducir más y más la pobreza absoluta. Si las revoluciones de la Ilustración nos trajeron la separación de la Iglesia y el Estado y con ello avanzaron nuestras sociedades, se dejó inacabada la gran revolución pendiente: la auténtica separación de la economía y el Estado.

La otra cara de la moneda, el socialismo real con su redistribución pura y dura, ha demostrado con creces que-opuestamente al Capitalismo- es un sistema de destrucción de riqueza y bienestar. Si el socialismo es poco menos que las siete plagas de Egipto que dejan todo yermo y baldío, el Capitalismo representa la parábola de los panes y los peces que –como el capital- se reproducen y multiplican. El absurdo en el que vive el socialismo llega a puntos como el de denostar y atacar per se a los ricos y la riqueza; el socialismo ama a los pobres porque quiere que todos seamos pobres. Cuanto más, mejor.

Pretender abandonar el Capitalismo, y la consiguiente acumulación y reproducción del capital, supone ensalzar el consumismo puro: consumir todo el capital hasta extinguirlo. Por eso el socialismo maldice el ahorro, la previsión y la responsabilidad. No es en absoluto casualidad que el liberalismo siempre haya sido un adalid de la paz y el comercio, mientras al socialismo e intervencionismo en todas sus variantes (desde los neoconservadores americanos al comunismo, fascismo y keynesianismo) siempre le haya resultado seductora la guerra. Y es que la guerra y el militarismo es un edificio levantado sobre los cimientos ideológicos del socialismo: se dispara el gasto público, impuestos, controles de precios, proteccionismo, inflacionismo para financiar la guerra, sacrificio de la libertad individual en el altar de la seguridad absoluta…

Si el Capitalismo es un sistema de progreso y creación, el socialismo de todos los partidos no puede sino ser un camino de retroceso y destrucción. Pero no nos engañemos, el gran enemigo político del Capitalismo no es la Izquierda, sino la Derecha conservadora, que ora se avergüenza cuando no reniega del Capitalismo, ora lo defiende dialécticamente para, luego, atacarlo en la práctica.

El Capitalismo libertario, con su corolario la Libertad, es el sistema social de la humanidad. Si es que la humanidad tiene un futuro.

@adolfodlozano / david_europa@hotmail.com

Ensalada de grillos

La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, más conocida como FAO, se encuentra extremadamente preocupada por el hambre que pasan millones de personas y ha recomendado comer insectos para combatirla, ya que 100 gramos de orugas secas "poseen 53 gramos de proteínas, un 15 por ciento de grasas, alrededor de un 17 por ciento de carbohidratos y su valor energético ronda las 430 calorías", con una calidad proteica incluso superior a la proteína de la carne y el pescado, además de un montón de oligoelementos y vitaminas y sin subir el colesterol. Vamos, para chuparse los dedos.

Cuentan que los soldados americanos que eran capturados por los japoneses durante la Segunda Guerra Mundial en el frente del Pacífico no eran capaces de comer durante la primera semana el arroz con gorgojos que les daban sus captores. Después, cuando el hambre apretaba, eran capaces de apartarlos y comerse el cereal. Pasado el primer mes, ya no les importaba la accidental mezcla y se dice que los más veteranos que habían sobrevivido al maltrato nipón, no dudaban en comerse los gorgojos que los novatos despreciaban.

Como nos demuestra la FAO con datos, las orugas y la mayoría de los insectos comestibles son una estupenda fuente de alimento, como pronto descubrieron los soldados aliados. Y no ha sido el primero ni será el último animal de la lista de "asquerosos" que ha terminado saciando un estómago hambriento. Los barcos que se hacían a alta mar y estaban infectados de ratas, dejaban de estarlo cuando llevaban tiempo suficiente en altamar. "Molineras" les llamaban por su pelaje cubierto de restos de galleta.

Precisamente, el consejo de la FAO coincide con un programa de la República Popular de Laos para poner fin a los problemas nutricionales de los niños de la región. Aseguran que "las tasas de malnutrición de los niños menores de cinco años alcanzan, en la región de Asia Suroriental, el 40 por ciento, lo que se traduce en desnutrición crónica o en retraso del crecimiento", a lo que añade que la causa de desnutrición más común se debe "a la falta de proteínas y a las carencias de micronutrientes como la vitamina A, B1, hierro y yodo", por lo que se concluye, citando al experto forestal de la FAO, Paul Vantomme, que: "debido a su elevado valor nutricional, en algunas regiones se emplea la harina de orugas en la alimentación infantil para combatir la malnutrición".

En todo caso, que los insectos sean o no un manjar es una cuestión más cultural que una ventaja nutricional. Muchos países latinoamericanos, africanos y asiáticos tienen entre sus platos habituales a escarabajos, grillos, saltamontes y otros artrópodos que a la mayoría de los occidentales les produce más asco que apetito; y ello no ha evitado que algunos, la mayoría, estén en una peor situación nutricional que la de otros países con una alimentación menos exótica. En Occidente también tomamos artrópodos para comer, aquí los solemos llamar mariscos, e incluso así, productos del mar como los calamares o el pulpo, o de la huerta como los caracoles producen cierto asco a gente no muy lejana a nosotros.

Yerra la FAO cuando anima a comer insectos o, como más recientemente, ante una prevista plaga de medusas en el Mediterráneo provocada por el famoso calentamiento global, a comerse a estos venenosos animales marinos. Y digo que yerra, no porque los insectos o las medusas no puedan ser o sean una estupenda comida, sino porque esa medida no ataja las causas del hambre, sino que intenta aliviar los síntomas, hecho que, pudiendo ser necesario en el corto plazo, tiende a confundirse con la solución y se termina enquistando un problema solucionable.

De hecho, la FAO no debería hacer nada. Ni la FAO, ni la ONU, ni ningún gobierno u organismo estatal de la zona afectada o de más lejos. Sería más juicioso dejar la resolución de estas necesidades al orden espontáneo, a la empresarialidad de los que sufren esa hambre o de los que ven en ella una oportunidad de satisfacer necesidades de otros. Las razones del hambre no son por falta de alimentos, ya que en el mundo se producen suficientes alimentos para todos sus habitantes, sino coyunturales.

Hay hambre porque hay causas objetivas que evitan que los alimentos lleguen a los que los necesitan. Algunas de ellas son de carácter coactivo: algún gobierno, grupo guerrillero o mafia organizada impide por la fuerza, bien que los lugareños puedan cultivar y tener suficientes alimentos para su subsistencia, bien que los traigan/compren en otros lugares; otras veces tienen carácter administrativo: los gobiernos e instituciones estatales imponen políticas económicas y sociales que impiden su producción en cantidad suficiente para satisfacer las necesidades de los habitantes de la zona y, si es posible, la venta de los excedentes en otras zonas con carestía. El caso más reciente lo tenemos en la petrolera Venezuela, que presenta carencias en muchos bienes de primera necesidad y ya ha anunciado la cartilla de racionamiento.

La mayoría de las veces es una mezcla de ambas situaciones lo que condena al hambre a millones de personas, impidiendo no sólo la libre actividad empresarial, sino también limitando la inversión de los capitalistas, ligándola en muchos casos a los intereses del grupo que ostente en ese momento el poder, sea gobierno, guerrilla o mafia. Porque, seamos serios, qué puede evitar que, si una guerrilla ha confiscado el contenido de una explotación de aves para sus objetivos, no haga lo mismo con una de grillos, o de orugas, si ésta se ha convertido en la comida de la zona y amenaza con reducir el poder del grupo sobre la población.

Tampoco es casualidad que el régimen de Laos sea comunista, pese a que ha habido alguna apertura a cierta libertad económica en los últimos años, y que el comunista sea uno de los sistemas económicos que más apuestan por la regulación. Tampoco es casualidad que el régimen no haya construido suficientes carreteras ni caminos en todos los años que lleva gobernando el país, ni que buena parte de la región no tenga energía eléctrica, ni que, pese a ser un país agrícola, la mayoría de esta agricultura sea de subsistencia. A lo mejor el problema de la desnutrición radica en ello y no en si se van a servir más o menos ensaladas de grillos en los restaurantes laosianos.

Emprendimiento del siglo XXI

Emprendedor y emprendimiento son los nuevos términos aceptados y asimilados por el lenguaje políticamente correcto. Curiosamente, el uso de estas palabras no viene necesariamente seguido de “social” para que sea visto con buenos ojos por el pensamiento único. Con la crisis, el emprendedor se ha convertido en un prototipo casi antagónico del empresario común, que continúa siendo sospechoso de ser un agente egoísta, tramposo, explotador y, en definitiva, falto de conciencia social.

Este aparente consenso en torno a las bondades del “emprendimiento” no deja de ser tan falso como tramposo, cuando quienes apelan a las bondades del emprendedor son en realidad los que más obstáculos y dificultades ponen en su camino.

La mitología izquierdista ha creado un nuevo ídolo a partir del ideal randiano, pero muy apartado de sus virtudes y arrojo individualista. El perfil es tan variado como aquel, pero sus objetivos se amoldan perfectamente a los fetiches habituales. El emprendedor nace de la nada. Es universitario con una idea moderna, solidaria, urbanita o ruralizante. Es un currito de los de toda la vida, joven o mujer, ejecutivo cansado del horror financiero, un parado de multinacional reconvertido. Es un visionario con un negocio que vuelve a la esencia, a lo castizo, o lo de antes. Aplicaciones de móvil, comercio “justo”, bicicletas, energías renovables, comida orgánica… Los medios de comunicación nos bombardean con ejemplos curiosos, lucidos y exitosos, retro o vanguardistas.

La conclusión es bien sencilla. Con este emprendimiento hipster vamos a salir de la crisis. Nada de grandes inversiones y multinacionales. Nada de juego, macrocomplejos y cosas por el estilo. El pensamiento único lo tiene claro: investigación pública, emprendimiento de guardería y proteccionismo industrial. La cuadratura del círculo. Una baza electoral que PSOE y PP están dispuestos a exprimir hasta sus últimas consecuencias. Visto que el maltrato a pequeños empresarios y autónomos ha dado margen, y parece no movilizar lo suficiente, qué mejor que dictar una Ley de Emprendedores que llene titulares, motive reportajes de Informe Semanal y corrompa el término hasta despojarlo por completo de su esencia estrictamente libertaria. “Emprendedores” a la caza de ayudas, rezando porque el Estado les apoye.

La estrategia es clara: ocultar la única fórmula válida, la única vía con visos de traer resultados positivos para emprendedores, empresarios, currantes y españolitos todos. Menos impuestos y más libertad. Menos Estado y más mercado. Pero de eso nadie habla. Al emprendedor hay que mimarlo, subvencionándolo, protegiéndolo, aupándolo. Nada de simplemente dejarlo en paz.

¿Por qué no prueban a bajarnos los impuestos? A dejar que nos descolguemos del gran fraude que es la seguridad social. ¿Por qué no nos dejan emprender y trabajar sin trabas, sin burocracia, sin cotizaciones, salario mínimo, sin pasar por ventanilla para empezar, permanecer o abandonar?

Esa sería la auténtica novedad. El discurso político que deberían expresar los emprendedores, ahora adulados y reconocidos casi por cualquier cosa. Pero el pensamiento socialdemócrata tiene un don insuperable: tomar como propio aquello que lleva décadas cercenando, casi destruyendo, convirtiéndolo en bandera y alternativa al libre mercado.

Cuando a los socialistas (de todos los partidos) les da por rectificar, aviso a navegantes: van a por vosotros, emprendedores. Así ha sucedido antes, y volverá a suceder de nuevo.

@JCHerran

Venezuela post Hugo Chávez: misma precariedad, idéntico liberticidio

El fallecimiento de Hugo Chávez estuvo rodeado de un halo de secretismo interesado por parte del régimen. Lo mismo que sus frecuentes visitas a La Habana cuando se trató del cáncer. Una vez se consumó su muerte, además de las intrigas palaciegas dentro del PSUV, se convocaron elecciones, ganadas por el oficialismo.

Como resultado, Nicolás Maduro es la nueva figura del gobierno. Aún es pronto para determinar en qué sigue la senda del chavismo y en qué se aparta de la misma. No obstante, algunas y peligrosas constantes del pasado inmediato mantienen su protagonismo.

La primera de ellas, las continuas descalificaciones a la oposición, particularmente a la figura de Capriles Radonsky, al que acusa permanentemente de sabotear al gobierno, por ejemplo tras su reunión con el Presidente colombiano Juan Manuel Santos. La segunda, y en íntima relación con la anterior, afirmar que en Venezuela está creciendo la extrema derecha pero "él evitará que aparezca un nuevo Pinochet". Por tanto, Maduro no se ha apartado de la ortodoxia argumental de su predecesor, de quien ha heredado su carácter mesiánico.

Así, en los últimos días hemos asistido a denuncias de golpe de Estado y posibles intervenciones de sicarios para desestabilizar el sistema político. Frente a ello, la respuesta ha consistido en culpar a Estados Unidos de todos los problemas. Sin rubor, Maduro declaró a Le Monde que "Obama sonríe pero bombardea".

A nivel exterior, el nuevo caudillo tampoco se aparta de la senda marcada por Hugo Chávez. Se mantienen intactas las relaciones con Nicaragua, Cuba, Bolivia y Ecuador. De hecho, la primera visita oficial la ha efectuado a Bolivia, reuniéndose con Evo Morales. Este afrontará en breve elecciones, en un contexto de creciente desaprobación a su gestión política. Está por ver si la oposición es capaz de organizarse para plantear un programa y un candidato alternativo, algo que en los años previos no ha logrado.

En Cochabamba, hemos asistido a una diatriba incendiaria por parte de ambos. Términos como imperialismo (asociado principalmente a Estados Unidos), coparon los discursos. En cuanto a las líneas de cooperación que seguirán, apuesta clara por el intervencionismo en sectores como el de la alimentación, de tal modo que será el Estado quien controle la producción y exportación de los alimentos. Para ello se creará una empresa, cuyo nombre es tan rimbombante como ambiguo: "grannacional".

Lo paradójico del caso es que, mientras Morales y Maduro hablan de crear las bases para una nueva América Latina, los socios de su proyecto socialista no aumentan. Es más, naciones que hasta la fecha se han mantenido "neutrales", principalmente para evitar enfrentamientos con Caracas, apuestan por mirar comercialmente hacia el Pacífico y en concreto, hacia China. La Alianza del Pacífico se ha convertido en un rival claro para el ALBA.

Más allá de América Latina, Irán se atisba como su principal socio internacional. Desde el régimen de los Ayatolás se ha bendecido la nueva situación política venezolana. Al respecto, el intercambio de visitas ya ha empezado: si semanas atrás Ahmadineyad acudió a la investidura de Nicolás Maduro, ahora ha sido David Velásquez (Vicecanciller venezolano) quien se ha reunido en Teherán con el Ministro de Exteriores iraní Alí Akbar Saheli.

Desde otro prisma, Siria mantendrá en Venezuela su portavoz en la región. A comienzos de mayo, Maduro lanzó sus primeros ataques verbales contra Israel, lo que es muy del gusto de Al-Assad. En la Conferencia sobre Siria (29 de mayo), auspiciada por Irán, Venezuela será uno de los asistentes, aunque el protagonismo recaerá sobre Rusia (que se ha atrevido a denunciar doble moralidad de los países occidentales) y China (cuya política exterior no diferencia pragmatismo de relativismo).

En conclusión, los patrones de funcionamiento del Chavismo siguen vigentes en Venezuela, con un régimen que prefiere hablar de imaginarios enemigos externos, antes que solucionar los problemas de su población. A pesar de las campañas de maquillaje, muchas de ellas en Occidente, el descrédito del socialismo del siglo XXI sigue su curso.

Los empresarios no quieren crear empleo

Vamos a imaginar a un minero que consigue los derechos de explotación de una mina de oro. En el primer año de duro trabajo extrae 10 pepitas de oro y, como sólo necesita 4 para los gastos de la concesión, tiene unos beneficios de 6 pepitas. Animado por su éxito decide alquilar maquinaria para aumentar su extracción del preciado metal.

En principio sus planes son sólidos; la maquinaria le ayuda a extraer 24 pepitas al año siguiente, y el coste de su alquiler le cuesta solo 12 pepitas, que, junto a las 4 de gastos fijos que ya tenía, hace que sus beneficios anuales suban hasta las 8 pepitas anuales. El siguiente año repite resultados y se felicita a sí mismo por su inteligencia al alquilar la maquinaria.

Pero un año más tarde las cosas empiezan a torcerse y en vez de las 24 pepitas habituales, sólo extrae 22, por lo que sus beneficios vuelven a bajar hasta las 6 pepitas por año.

Esto no desanima a nuestro minero y decide seguir con la maquinaria, con la esperanza de que los éxitos pasados se repitan. Por desgracia ese año fue peor que el anterior y los beneficios se quedaron en unas exiguas 2 pepitas. Alarmado ante tal pobre resultado, y temiendo que la cosa se pudiera poner peor, intentó prescindir de la maquinaria. Pero al leer la letra pequeña del contrato de alquiler se percató de que existía una penalización por devolver la maquinaria en caso de que no se agotara la vida útil de la misma, que eran 10 años, de una pepita por cada año alquilado.

La lógica dictaba al minero devolver la maquinaria y asumir el fracaso de su idea, pero el ego venció y decidió probar suerte un año más. Ese año fue el peor de todos y solo consiguió extraer 14 pepitas, con lo que no cubría ni los gastos y, por primera vez, no sólo no ganó una sola pepita, sino que perdió 2.

Ante la evidencia clara de que la mina no le iba a dar una producción de pepitas que justificara seguir con la maquinaria, decidió devolverla y pagar la penalización de 5 pepitas, una por cada año de alquiler. Con lo que las pérdidas de ese año de explotación aumentaron hasta las 7 pepitas y el resultado global de los 5 años de maquinaría alquilada fue de 17 pepitas de beneficio, contra las 30 pepitas que podría haber ganado si hubiera seguido como el primer año, o al menos 23 si el ritmo de producción hubiera bajado de forma similar a como lo hizo usando la maquinaria.

¿Y a qué viene este ejemplo? Pues viene a que el otro día vi en twitter una referencia a este vídeo de Nick Hanauer declarando, como si fuera un secreto, que los empresarios no quieren contratar a la gente a no ser que no les quede más remedio.

Si sustituimos a la maquinaria de nuestro minero por un empleado, el ejemplo sigue siendo el mismo, y la pérdida de ganancias también. Pero por desgracia mucha gente dejaría de entender el disgusto del minero y empezaría a acusarlo de insolidario o explotador, ya que el sueldo del empleado (alquiler de la maquinaria) dejaría de salir del bolsillo del empresario (minero) y pasaría a ser fruto de los recursos naturales de la madre naturaleza.

Que es más o menos lo que dice Nick Hanauer cuando declara que el empleo lo crea el consumo de la clase media, y no el empresario que atiende ese consumo contratando gente. Y de ahí saca la peregrina idea de que hay que subir los impuestos a los ricos y bajarlo a la clase media.

La verdad es que el empleo no lo crea ni el empresario ni el consumidor. Lo crea el inversor al creer que un trabajo va a producir tanta riqueza como la que él invierte en que se haga, más un margen que compense la operación. Y el inversor puede ser un multimillonario o padre de familia con unos ahorros, por lo que lo lógico es que se le bajen los impuestos a ambos, y no solo a uno de ellos.

En todo caso, y volviendo a nuestro minero, para lo que sí puede servir el vídeo de señor Hanauer es para dejar claro a quienes no lo tengan aún que crear puestos de trabajo no es el objetivo de nadie que no sea un demagogo o un estafador. El objetivo es siempre ganar dinero, y éste sólo se gana de forma sostenible en el tiempo generando riqueza y reinvirtiendo la mayor parte de ésta antes de que se agote la mina actual. Por lo tanto, por mucho que se bajen las penalizaciones por devolver la maquinaria, o se pidan prestadas pepitas de oro para enterrarlas, el único método efectivo de que vuelva a crearse empleo es que se deje de consumir, vía impuestos y vía deuda, la riqueza generada y se empiece a dejar a la gente, ricos y no ricos, invertir su dinero donde ellos decidan.

O sea, justo lo contrario de lo que está haciendo Montoro y compañía.

África (y III). Hipopótamos contra guepardos

África es el continente menos libre de todos. Según clasificación gráfica y algo simplificada del economista George Ayittey, la sociedad africana se divide en dos clases: aquéllos que ostentan y participan de las prebendas del poder político y aquéllos que lo sufren. Los primeros forman lo que él denomina la generación de los hipopótamos (hippos, en inglés) y los segundos, la generación de los guepardos (cheetahs, en inglés).

La generación de los hipopótamos (hippos)

Los llamados hippos son los que han monopolizado el poder político desde la emancipación de los países africanos. Son predecibles; piden siempre más Estado y más ayuda extranjera. Forman parte también de los hippos los intelectuales y los burócratas. Son los que están a favor de mendigar ayudas a organismos internacionales como el Banco Mundial, el FMI y la ONU cuya capacidad de supervisar el dinero entregado es muy limitada y carecen de incentivos para divulgar después los desastres que financian. Quieren preservar el statu quo y no van hacer, ni apoyar de ninguna manera -aunque lo proclamen- las reformas estructurales locales que son necesarias en los países africanos para salir del atolladero.

Los hippos son los que ven que en cada necesidad social un pretexto para acusar al imperialismo actual y una excusa para pedir más ayuda oficial y más intervención pública. Son minoritarios pero poderosos. Desde la independencia de los países africanos ubican la necesidad de cambio siempre en otras personas en lugar de imponer la carga del cambio en uno mismo. Los hippos son también los empresarios amigos del poder y enemigos de la competencia que han succionado sistemáticamente la vitalidad económica de su propia gente. Son las élites que continúan vampirizado África desde su supuesta descolonización.

Como ha señalado muy certeramente el periodista ugandés Andrew Mwenda, el problema del continente africano es que se ha distorsionado la estructura entera de incentivos de los gobiernos al no depender sus ingresos tributarios de la actividad de las fuerzas productivas de su propia nación sino de las ayudas internacionales. Éstas se han apropiado de los esfuerzos empresariales de los africanos al hacer que lo más rentable sea convertirse en un buscador de rentas con el fin de obtener momios del Estado y sus donantes. Se torna difícil encontrar oportunidades para comerciar o trabajar en el sector privado ya que el entrono político e institucional actual es beligerante con los negocios autóctonos particulares.

Las políticas de gasto de los hippos no hacen sino alimentar sus cuentas bancarias en el exterior y acrecentar la estructura del sobredimensionado Estado. Los hippos son los destructores de sus monedas locales y también las fuerzas extractivas de los países africanos en el sentido dado por Acemoglu y Robinson en su célebre libro Why nations fail.

La generación de los guepardos (cheetahs)

En contraste con lo anterior están los denominados cheetahs. Son los que están a favor del emprendimiento, la competencia y la iniciativa privada. No esperan ya que el gobierno les vaya a resolver sus problemas. Desean una decidida integración con la globalización. Piden, por tanto, que las barreras comerciales internas e internacionales sean suprimidas, así como las perniciosas ayudas externas. Son los que ven en cada necesidad social una oportunidad de negocio. Son ágiles y austeros. Generan gran parte de la riqueza del país que no está en los libros contables oficiales. 

Rechazan por obsoleto que todo problema africano sea analizado bajo el paradigma del "colonialismo-imperialismo". Los cheetahs, libres de estorbos de dicha jerga populista, son capaces de analizarlos con mucha mayor claridad y precisión. Saben que sus problemas y fracasos no vienen del capitalismo ni del imperialismo, sino principalmente de sus propios y cleptócratas gobernantes que bloquean tanto la aparición de la inversión productiva como de la innovación y se enriquecen sin traer apenas desarrollo a su propio país. Los guepardos son los hombres y mujeres de África que huyen del Estado para encontrar en otros ámbitos sociales distintos una vida colectiva con sentido, la cual estiman en gran medida.

La salvación y desarrollo de África no vendrá jamás de los hipopótamos, sino de la generación de los guepardos. Los cheetahs, a falta de los imprescindibles derechos de propiedad legalmente reconocidos, son los que forman el sector informal y tradicional de la economía africana, es decir, la inmensa mayoría de la población del continente. Saben que la agricultura es el sector más importante del continente por lo que perciben las ayudas a la agricultura de los países desarrollados como el mayor obstáculo a su desarrollo interno.

Son también los africanos de la moderna diáspora alrededor de África y del resto del mundo que han tenido que abandonar sus países respectivos por falta de oportunidades. Representan lo mejor de la tradición africana de libertad y perseverancia. Condenan el nepotismo, los abusos de poder, la rapiña y la falta de transparencia de los hippos.

Los cheetahs son los constructores del futuro de África. Están desplegando una revolución silenciosa de esfuerzo, trabajos y pymes que está rellenando el deprimente foso dejado por los malos gobiernos. Aportan experiencia. Sus inversiones son modestas pero productivas, a diferencia de lo que sucede con las de los hippos y sus aliados (FMI y BM).

Los gobiernos de la mayoría de los 54 países africanos, con independencia de su régimen político, son meros negocios corruptos, más afines a la mafia que a los servicios públicos. En una ocasión, un jefe tribal de Lesotho confesó que los problemas que tenían en su país eran fundamentalmente dos: las ratas y el gobierno. Los cheetahs creen que el libre comercio, la libertad de desplazamiento, de reunión y de opinión forman parte de su propia herencia africana y de sus instituciones indígenas. Juzgan a los influyentes expertos en desarrollo como personas cándidas cuando proponen a los hippos la mera implantación de medidas e instituciones extrañas al cuerpo social africano. Nunca funcionarán.

Es necesaria una mayor consideración de las asambleas tribales locales, demás instituciones tradicionales y de las necesidades reales de las poblaciones para que no siga creciendo la distancia entre los gobiernos y la gente. Sin deseo de volver ciega y románticamente hacia el pasado, ni de legitimar muchas costumbres arcaicas que son ya inasumibles para la racionalidad crítica moderna, las estructuras políticas tradicionales tienen sin embargo aún mucho que decir para la futura cohesión del continente.

La formación de un Guepardo africano: el caso diamantino de Botswana

Botswana ofrece un caso único de alternativa de gobierno efectivo en África. Ha sido de los pocos en no despreciar la tradición de valores democráticos autóctonos tras la independencia, pudiendo, así, allanar la transición hacia su democracia moderna.

A esto se unieron sus acertadas políticas mantenidas en el tiempo, las más amigables de África con el mercado, la propiedad privada y la rule of law. También embridó su gobierno el gasto público y, en consecuencia, la presión fiscal. Fue empeño de sus dos gobernantes principales, Seretse Khama y Festus Mogae, el alejarse de todo radicalismo, así como sostener valores de la democracia liberal y el hacer de Botswana un país acogedor para los negocios, las inversiones y los turistas. Su antigua institución de la Kgotla (asamblea para deliberar asuntos locales, impartir justicia, celebrar casamientos, etc.) sigue aún jugando un rol esencial en la convivencia de la sociedad botswanesa. Desde su independencia en 1966, y a diferencia de otras naciones africanas, ha conseguido compaginar con éxito su tradición con un constante crecimiento en una senda de pacífica coexistencia, sin diseños megalómanos y con no pocas dosis de pragmatismo y buen sentido.

A pesar de contar con yacimientos diamantíferos, su verdadero tesoro es otro: el que su gobierno, desde que dejó de ser protectorado de Reino Unido, haya dado participación a su sociedad civil preservando, al mismo tiempo, un entorno de seguridad jurídica y económica.

La experiencia de Botswana nos enseña que hay que invertir sobre todo en las instituciones locales, no en sus líderes. El economista congoleño John Mukum Mbaku nos recuerda que la solución a los problemas de África vendrá, no de las instituciones importadas de Occidente, ni tampoco sólo de sus meras instituciones indígenas, sino de sus propias soluciones endógenas de abajo a arriba surgidas de reformas graduales serias y sensatas que liberen y den seguridad jurídica a la sociedad civil para desatar la acción humana y la función empresarial autóctona que atraiga inversiones y permita adaptarse a su manera a la modernidad, al capitalismo y a las posibilidades que ofrece la presente globalización.

Nada se conseguirá limitándose a culpar las potencias extranjeras por aprovecharse de las consecuencias de la calamidad interna africana como denunció en su momento Walter Rodney, proponiendo ideologías fallidas como el afrocomunismo y otros fundamentalismos supuestamente buenistas o sugiriendo la desconexión de la economía internacional por intercambio desigual tal y como recomienda insensatamente Samir Amin. Sus efectos serían bastante peores que los males que pretenden evitar. La cruda realidad es que el abrumador volumen de comercio e inversión de los países ricos se dirige a otros países ricos, no a los países pobres. Se trata de que estos últimos puedan integrarse cada vez más en aquellos flujos y, de paso, vaya creciendo poco a poco allí la deseable clase media para alcanzar la prosperidad hasta ahora vedada en buena parte del África subsahariana.

Tal y como argumenta Thomas Sowell, muchos de los problemas actuales de África son internos, por más desagradable políticamente que esto sea para los habitantes de esos países o para las personas del mundo occidental que prefieran otras explicaciones.


Este comentario es parte integrante de una serie publicada acerca de los factores internos causantes de los problemas actuales de África (cleptocracias despóticas, ideologías equivocadas, fragilidad institucional, libertad secuestrada, abuso de poder, guerras civiles) así como sus posibles soluciones endógenas (reconocimiento y adaptación de las instituciones autóctonas, paz y seguridad jurídica, limitación de los poderes ejecutivos, liberar y permitir a la sociedad civil actuar en todos los ámbitos). Contradice el diagnóstico que carga, sobre todo, las tintas en los factores exógenos como explicación del origen de los primeros (neocolonialismo exterior, imperialismo, comercio internacional) y como opción más recomendable de las segundas (ayudas externas, reformas patrocinadas por el FMI o el BM). Para una lectura completa de la serie, ver también I y II.

África (II). Neocolonialismo autóctono

Después de los procesos de descolonización, primero de Oriente Medio y luego de Asia, tocó el turno a África a finales de los años 50 del siglo pasado. Sus líderes políticos estaban obsesionados con la independencia, la integración nacional y la modernización de sus países respectivos. Una diminuta minoría, urbanita y occidentalizada, aspiraba fervientemente a gobernar la vasta mayoría de una sociedad básicamente rural que había padecido durante largos años el colonialismo. La reivindicación nacional según fronteras heredadas fue obra de élites políticas e intelectuales; en ningún caso tuvo un masivo respaldo popular. El líder africano típico de aquella época era socialista, no alineado y rabiosamente antiimperialista.

Fueron aquellas flamantes élites indígenas las que en 1963 acordaron en el seno de la Organización para la Unidad Africana dar por buenas las fronteras trazadas durante la expansión europea que, recordemos, se fijaron en Berlín en 1884 sin la presencia de un solo africano. Este acuerdo demostró ser uno de los más duraderos entre políticos africanos.

Kwame Nkrumah y su cohorte añoraban el "reino político" al que debían rendir todos adhesión y tributo. Declaró que su partido político (el CPP) era la fuerza más poderosa que había aparecido en Ghana; debía pilotar la nación y su supremacía no debía ponerse jamás en cuestión. Llegó a decir que "CPP es Ghana, y Ghana es el CPP". El guineano Sékou Touré, popularmente llamado el "Gran Elefante", condujo con mano de hierro arrogante la pretendida modernización de su país. Al llegar al poder el tanzano filósofo Julius Nyerere, colectivizó salvajemente la agricultura y concentró a los granjeros en comunas; se trataba de que no apareciesen clases en África, no de superarlas. Fue su delirante proyecto denominado Ujamaa que llevó a un serio retroceso en la productividad entera del país. Jomo Kenyatta reprimió a la oposición e implantó en Kenia un régimen de partido único; la corrupción y el favoritismo hacia su clan marcaron su larga presidencia. El ecuatoguineano Macías Nguema impuso una dictadura comunista, prohibió la medicina occidental y la pesca para evitar la huida de su población, a la que masacró. Tras una descolonización caótica, tomó el poder el congoleño Mobutu Sese Seko, que nacionalizó sin dudarlo las empresas extranjeras y echó del país a los inversores europeos. La corrupción alcanzó cotas incluso obscenas para aquellos pagos. La fortuna personal de Mobutu llegó a superar la deuda externa de su país. Además de quedar impunes sus múltiples crímenes, lo peor fue el haber arrasado con todas las instituciones del Congo. El ugandés Milton Obote llevó a cabo cruentas represiones étnicas, al tiempo que condenó el apartheid en Sudáfrica; su sucesor, Idi Amin Dada, multiplicó las matanzas de forma compulsiva, oprimió a destajo a sus rivales y echó a los indo-pakistaníes del país. El marfileño Félix Houphouët-Boigny, pese a ser más presentable, amasó una inmensa fortuna y costeó de su propio bolsillo la construcción de una de las mayores basílicas del mundo en las afueras de su ciudad natal. Suma y sigue…

La lista es en verdad interminable. Todos los dirigentes africanos empobrecieron casi sin excepción el país al que supuestamente vinieron a liberar. Fueron los impresentables reyes de Calibán, tal y como denominó en su Historias con vida propia Fernando Díaz Villanueva a toda aquella patulea gobernante, siguiendo la estela del historiador Paul Johnson.

El colonialismo fue identificado con el capitalismo, por lo que los líderes del África postcolonial rechazaron todo lo que tuviera que ver con él. La mayoría de sus "emancipadores" abrazaron, por tanto, el llamado socialismo africano que se asoció a la modernidad de la nación. Comenzó pronto a funcionar el rodillo centralizador. Se nacionalizaron empresas, se incrementaron los controles gubernamentales sobre sus economías y se crearon monopolios. Además de eliminar los incentivos a la producción, se convirtieron en muchos casos en mono-economías. Asimismo, ante el pretexto de conseguir una supuesta cohesión social y evitar una desintegración política a causa de la gran diversidad étnica existente, se impusieron también sistemas políticos de un solo partido.

Las lealtades debían ser hacia el partido y el Estado, ya no hacia las etnias y sus instituciones tradicionales. La justicia, antaño integradora, se convirtió en correa de transmisión del partido único y en instrumento de represión a los disidentes. La rotura de valores seculares acabó por descoyuntar la moderna sociedad africana. Se desataron sanguinarias rivalidades por ver qué líder y su clan se imponía para adueñarse y repartirse el botín estatal. Los golpes y contragolpes militares fueron, por tanto, frecuentes.

Los gobernantes postcoloniales, prevaliéndose de una estructura de Estado proveniente de la antigua colonización y ajena a la larga tradición local, se especializaron en el arte del pillaje, del asalto y del robo. La gran mayoría de los Estados africanos se convirtieron en verdaderos depredadores del país y de la gente a la que se suponía debían servir. El mayor daño infligido a África por la colonización fue el haber hecho tabla rasa de las instituciones autóctonas preexistentes. Tras la independencia se produjo desgraciadamente un cambio de los amos blancos (ingleses, franceses, portugueses, belgas, españoles, italianos y alemanes) por otros negros autóctonos que replicaron e incrementaron la implacable explotación sobre la población civil. Este tipo de dirigentes en nada se asemeja a los jefes o consejos de ancianos que el África indígena conoció durante siglos en su historia precolonial. El historiador y periodista británico Basil Davidson, pese a ser inicialmente un entusiasta de los modernos nacionalismos africanos, llegó a su pesar a esta conclusión tras escribir más de 30 libros sobre África; su afamado estudio de 1992 fue el definitivo.

Dicha casta neocolonial de bandidos ha reducido un continente rico en materias primas en tierra de saqueo, ofreciendo al mejor postor platino de Zimbabwe, petróleo de Sudán y Nigeria, coltan del Congo o bauxita de Guinea. Todo ello en detrimento y empobrecimiento de su propia población. La emancipación alcanzada por los países africanos fue sólo de nombre. Los límites y contrapesos que siempre habían existido en la tradición africana ya no sirvieron más de freno a los modernos gobernantes que actuaban desde el importado y foráneo modelo de nación Estado. Los líderes africanos de los últimos 50 años, salvo honrosas excepciones, han demostrado ser los peores enemigos del pueblo africano.

Aquellos supuestos liberadores empobrecieron miserablemente las recién creadas naciones africanas y las hicieron, a partir de entonces, dependientes de las ayudas externas.

Antes de los años 60, el África subsahariana era autosuficiente y podía incluso exportar alimentos. Actualmente importa más del 40% de todos los alimentos que consume. Antes de los años 70, los países africanos no recibían apenas ayuda extranjera; ahora casi un 50% del presupuesto anual de muchos de ellos depende de la misma y de las directrices del FMI y del Banco Mundial. La renta per cápita de la mayoría de ellos ha retrocedido con respecto a la alcanzada en la década de los años 50. Es el único continente en que el porcentaje de pobres ha aumentado, la tasa de analfabetismo es la mayor del mundo y los problemas de salud son endémicos. Sus instituciones son débiles, sus infraestructuras escasas y la rendición de cuentas públicas es nula. Algo esencialmente mal se ha hecho en África.

Los mismos políticos que hicieron quebrar económicamente a los países africanos en los años 60 siguen en el poder. No las mismas personas, pero sí la misma élite depredadora y ansiosa por alcanzar el poder central carente de límites. Persiste la miseria debida fundamentalmente a la misma estructura de Estado alienígena de la época colonial, tan solo que adaptada a las relaciones de patronazgo y a las redes clientelares que se estilan allí.

Para mayor desolación, según mostró el economista Paul Collier, la ayuda extranjera sirve para sufragar hasta el 40% de la compra de armas por parte de los Estados africanos. En un continente donde la inestabilidad política corre pareja a la fragilidad institucional, aquellas armas sirven generalmente para aplastar a los opositores y a la población civil sin conmiseración. Las matanzas, genocidios y guerras desatados en el África contemporánea han dejado un reguero de destrucción lasciva, caos gratuito y detritos humanos. Desde 1996 sólo las tres guerras del Congo –en las que participaron también los gobiernos de Ruanda y Uganda- han masacrado a seis millones de personas; la limpieza étnica de Sudán, ha eliminado unos dos millones. Son dos episodios horrendos, pero hay muchos más. Desde 1960, las matanzas y abusos acumulados de los diferentes gobiernos africanos surgidos tras la descolonización nada tienen que envidiar a los perpetrados durante la colonización.

A día de hoy, se cuentan por millones los refugiados que han cruzado fronteras y las personas desplazadas internamente. Es el continente con mayor número de ellos.

La corrección política internacional ha escudado reiteradamente a los déspotas dirigentes de África. Los gobiernos occidentales son reacios a condenarlos, cuando no, les brindan su apoyo decidido o imponen su influencia para proteger y engrasar sus propios intereses inconfesables. Esto es indecente. La inversión del gobierno chino en dicho continente parece seguir el mismo modus operandi. A resultas de ello, las causas profundas de los factores internos destructivos de África apenas se han podido corregir o atemperar.

Ya no basta sólo con terminar con los regímenes dictatoriales. Actualmente hay una veintena de "democracias" africanas. Bajo su paraguas, una buena parte de ellas sostiene un sistema meramente formal de elecciones para mantener la apariencia de legitimidad política. Los incontables fraudes y artimañas arruinan la mayor parte de los procesos electorales por ser poco fiables. Eso sin contar con que las papeletas de voto significan poca cosa si no existe la libertad de prensa o de opinión efectiva. Lo que mejor resume el fracaso de la moderna democracia en África es el hecho de que existan mandatarios -considerados grandes promesas con el inicio de la democratización en la década de los 80- que siguen aún hoy enquistados en el poder. Tal es el caso de Angola (Jose Eduardo dos Santos desde 1979), Zimbabwe (Robert Mugabe, desde 1980), Camerún (Paul Biya, desde 1982), Uganda (Yoweri Museveni, desde 1986) o Ruanda (Paul Kagame, desde 1994).

Algunos han manipulado o modificado autoritariamente la Constitución con el objetivo de renovar mandato a modo de sus pares chavistas al otro lado del Atlántico. Así sucedió, por ejemplo, en Guinea en el año 2001 o en Camerún, en 2008, donde se aprobó el final de la limitación del número de mandatos presidenciales. Han degenerado en falsas democracias.

Por otro lado, la supuesta libertad económica que existe actualmente en algunos países africanos apenas sirve a la población civil cuando el gobierno y sus monopolistas amigachos (cronies) copan y dominan la mayor parte de su economía. África, con sus más de treinta millones de kilómetros cuadrados, sigue sin ser liberada.


­Este comentario es parte integrante de una serie publicada acerca de los factores internos causantes de los problemas actuales de África (cleptocracias despóticas, ideologías equivocadas, fragilidad institucional, libertad secuestrada, abuso de poder, guerras civiles), así como sus posibles soluciones endógenas (reconocimiento y adaptación de las instituciones autóctonas, paz y seguridad jurídica, limitación de los poderes ejecutivos, liberar y permitir a la sociedad civil actuar en todos los ámbitos). Contradice el diagnóstico que carga, sobre todo, las tintas en los factores exógenos como explicación del origen de los primeros (neocolonialismo exterior, imperialismo, comercio internacional) y como opción más recomendable de las segundas (ayudas externas, reformas patrocinadas por el FMI o el BM). Para una lectura completa de la serie, ver también I.

Integración vertical y evolución de la industria

En el sistema productivo, no solamente son importantes las características de los recursos productivos empleados y las complementariedades que existen entre ellos, también resulta fundamental el modo en que se combinan entre sí, en cómo se organizan empresarialmente. Es decir, la propia estructura organizativa de una empresa es importante y es capaz de crear valor por sí misma, aun sin modificar estrictamente los inputs. De ahí que las organizaciones o las estructuras que adoptan las empresas evolutivamente, importen y moldeen la estructura de capital (productiva) de una economía.

El sistema económico se estructura en función de los deseos presentes y futuros de los consumidores. En una industria, dicha estructuración se realiza a través de la realización, a lo largo de las etapas productivas, de un conjunto de actividades que van creando y añadiendo valor al producto que desean los consumidores (esto es, la cadena de valor).

Integración y la tendencia a la desintegración

Una empresa puede desarrollar un producto integrando toda la cadena de valor internamente. La integración vertical en una industria se da sobre todo en situaciones en donde los cambios productivos o las innovaciones son sistémicas (implican modificaciones en todas las etapas de la cadena de valor) y requieren de reorganizaciones a gran escala de las capacidades existentes en la empresa y que no pueden encontrarse en ese momento fuera, en el mercado (por no existir o porque los costes de transacción son elevados).

Sin embargo, tal como resumí en mi último comentario, durante el proceso competitivo y la evolución de la industria, puede suceder que las empresas integradas, que continuamente van innovando y mejorando su producto mucho más de lo que los consumidores están dispuestos a pagar, se vean sorprendidas por nuevas empresas especializadas que irrumpen en el mercado ofreciendo productos más baratos con una funcionalidad mínima o aceptable por consumidores menos exigentes (empresas low cost). Se produce así un proceso de desintegración –o modularización- de la industria que lleva al nacimiento y proliferación de empresas especialistas con una tendencia hacia la estandarización de los productos. Un ejemplo clásico es el de Apple, Samsung y los smartphones, pero existen más áreas en las que puede verse esta evolución (o podría, si no hubiera intervención estatal), como el de la educación –Universidad de Harvard frente a la de UC Berkeley- o la sanidad –hospitales frente a clínicas especializadas, especialistas, atención a domicilio, etc.-).

¿Empresas líderes abocadas a la desintegración?

Surge así una interesante cuestión en torno a la evolución de la industria. ¿Qué ocurre con las empresas líderes que presentan una estructura organizativa integrada? ¿Seguirán la misma tendencia hacia la desintegración? ¿Debería Apple modificar su sistema de producción y diseño de productos (sofisticado) y, en su lugar, adoptar una estructura empresarial similar a la de sus competidores más modular o sencilla (p.ej., el proceso de fabricación del sistema Android)?

El caso es que hay determinadas fuerzas que pueden hacer que una empresa integrada persista en su estructura a pesar de verse rodeada de empresas especialistas o modulares (y no me refiero necesariamente al caso estricto de Apple, que requeriría de un análisis detallado), e incluso sea esta integración vertical una de sus ventajas competitivas (Zara).

Persistencia de las empresas integradas

Por ejemplo, la necesidad de mejorar el producto en el sentido de hacerlo más sencillo o fácil de usar por el consumidor (o la miniaturización en determinados productos) son razones para la integración vertical, o la propia necesidad de nuevamente diferenciar el producto en función de las cambiantes preferencias de los consumidores en un mercado en el que se tiende a la estandarización.

Mantener esta organización integrada aprovecha las interdependencias que se dan entre las partes de la arquitectura del producto de modo que la empresa consiga ese objetivo de diseñar un producto más sencillo y fácil de usar, diferenciarlo o miniaturizarlo, de la manera más eficiente. Es decir, los costes superiores por tener una organización integrada (estructurales, logísticos, de investigación, distribución…) son compensados por la ventaja competitiva propia de este tipo de organizaciones.

Nuevas complementariedades entre empresas integradas y especialistas

Acaso sea más interesante las nuevas relaciones que pueden darse entre la empresa integrada y las especialistas de distintas etapas productivas y cómo estas pueden crear valor para ambos tipos de organizaciones. En este caso asistimos a un nuevo incremento de la complejidad del tejido productivo y del conocimiento, que trae mayores y mejores productos (véase P. Lewin o L. Lachmann), en el que se combina estructuras integradas en las que la información fluye jerárquicamente de arriba abajo, con estructuras especializadas cuyo conocimiento puede fluir en múltiples direcciones.

Así, con los servicios que puede encontrar en las empresas especializadas, la empresa verticalmente integrada puede tener acceso a un conocimiento y unas capacidades productivas que hasta ese momento no encontraba internamente. La empresa integrada, que tiene una superioridad relativa a la hora de desarrollar innovaciones sistémicas, podrá encontrar nuevas complementariedades de su conocimiento y capacidades con las de las empresas especialistas y crear valor. En la medida en que estas nuevas relaciones comerciales que crean valor compensen los costes de permanecer verticalmente integradas, estas empresas coexistirán con empresas especialistas y no tendrán por qué verse irremediablemente obligadas a desintegrarse.

Además, estos nuevos patrones extenderán el conocimiento, la división del capital y promoverán la eficiencia y las innovaciones, creando no sólo nuevos productos finales sino otros bienes de capital (que al ser indivisibles pueden crear economías de escala y alcance, con rendimientos crecientes) que, a su vez, podrán ser utilizados por las empresas y consumidores del futuro para tratar de incrementar más el bienestar…

Por otra parte, pensemos también en que no sólo las especialistas son las que prestan sus servicios (o venden sus bienes) a las integradas, también estas podrán ofrecer sus productos finales o intermedios (de alguna de las etapas de la cadena de valor que integren) a las especialistas (se desacopla la cadena de valor, se bifurca o se crea una nueva, añadiendo complejidad a la estructura de capital). En este caso, las especialistas se aprovecharán de las innovaciones de las empresas integradas y las integradas rentabilizarán determinadas áreas de su negocio y mantendrán su nivel de I+D al capturar beneficios de estas inversiones (piénsese en IBM en los años 90).

El socialismo del siglo XXI: un fracaso en todos los órdenes

En 1998 Venezuela era el cuarto país más rico de América Latina por renta per cápita; en 2012, había descendido a la séptima posición pese al pelotazo petrolero que vivió el país y al muy favorable entorno regional. El legado de estos catorce años de aplicación del socialismo del s. XXI se ha saldado con un exiguo crecimiento de la renta media real del 0,8% anual, unas cuatro veces menos que países no bolivarianos como Chile, Colombia, Perú o Uruguay.

Los hay que, aun así, han intentado poner en valor la herencia económica chavista apelando a los grandes logros sociales cosechados por el régimen, como si las mejoras en la calidad de vida de los ciudadanos no fueran consecuencia directa del enriquecimiento de esos ciudadanos, es decir, del crecimiento económico. Si Venezuela prosperó bajo el gobierno de Chávez (y lo hizo, aunque mucho menos que sus vecinos), entonces inexorablemente  nos toparemos con diversos indicadores que mostrarán una cierta mejoría y que los palmeros de turno interpretarán de manera descontextualizada como una reivindicación de la poco razonable y muy liberticida política económica del régimen bolivariano.

Sería como tratar de defender la labor partitocrática y el pelotazo burbujístico de PP y PSOE por el hecho de que entre 1998 y 2012 muchos indicadores de nuestro bienestar hayan mejorado. De nuevo, como tantas otras veces en Economía, nos topamos con el célebre problema de “lo que se ve y lo que no se ve”: lo realmente significativo es la riqueza y la prosperidad que Venezuela habría sido capaz de crear en unas condiciones tan favorables como las que vivió. De ahí que convenga comparar sus presuntos “logros sociales” con los de otros países vecinos que no contaron con unos ingresos anuales derivados de la exportación de petróleo equivalentes al 40% del PIB pero que, al menos, se libraron de imponer muchos dislates socialistoides. Para ello, echaremos mano de la base de datos del Banco Mundial, comparando la evolución de los distintos parámetros analizados desde 1998 hasta el último disponible.

Pobreza, salubridad y esperanza de vida

Por ejemplo, mucho se ha escrito sobre que la tasa de pobrezavenezolana ha caído del 50,4% al 31,9%, pero no convendría olvidar que la de Chile cayó del 21,6% al 15,1%, la de Uruguay del 24,3% al 13,7%, la de Colombia del 49,7% al 34,1% y la de Perú del 58,7% al 27,8%. Ciertamente, la tasa de pobreza relativa es un (mal) medidor de la desigualdad económica, pero en este caso los indicadores de pobreza absoluta –porcentaje de la población que gana menos de dos dólares diarios– nos proporcionan unos resultados bastante similares (en este caso, los datos terminan en 2007): en Venezuela pasa del 20,4% al 12,9%, en Chile del 6,2% al 3,2%, en Colombia del 27,2% al 17,7%, en Perú del 26,3% al 18,2% y en Uruguay permanece en el entorno del 3%. La minoración de la pobreza, por tanto, es algo generalizado en la zona, fruto del crecimiento económico.

Al tiempo, las condiciones de salubridad también han experimentado una cierta mejora durante el chavismo. Los habitantes del campo con acceso a agua corriente pasaron del 74% al 94%; pero en Perú lo hicieron del 53% al 89%, en Chile del 62% al 99%, en Colombia del 70% al 98% y en Uruguay del 85% al 99%. Asimismo, el porcentaje de la población con acceso a instalaciones sanitarias apenas mejoró en Venezuela entre 1998 y 2007 (último dato disponible): subió del 88% al 91%, mientras que en Perú creció del 61% al 69%, en Colombia del 71 al 76%, en Chile del 91% al 96% y en Uruguay del 96% al 100%.

El crecimiento económico, la reducción dela pobreza y la mayo salubridad desembocaron en una menor mortalidad infantil, una menor mortandad de las madres al dar a luz y, en suma, en una mayor esperanza de vida. Los datos de Venezuela no son malos a este respecto (la tasa de mortalidad de los menores de 5 años pasa del 24 por mil al 15 por mil, la tasa de mortandad de las madres se mantiene en el 0,9 por mil y la esperanza de vida aumenta de 73 a 74 años), pero de nuevo son relativamente peores que los de los otros países: la mortalidad infantil se reduce del 45 al 18 por mil en Perú, del 12 al 3 por mil en Chile, del 27 al 18 por mil en Colombia y del 18 al 10 por mil en Uruguay; la mortandad materna cae del 1,3 por mil al 0,9 por mil en Colombia, del 1,2 por mil al 0,67 por mil en Perú, del 0,29 al 0,25 por mil en Chile y del 0,35 al 0,29 por mil en Uruguay; y la esperanza de vida sube de 70 a 74 años en Perú y Colombia, de 74 a 76 años en Uruguay y de 76 a 79 años en Chile.

Alfabetización, comunicaciones y medio ambiente

Aparte de los anteriores, existen otros indicadores que ilustran cómo ha evolucionado el bienestar de los venezolanos bajo la bota del chavismo en comparación con el de sus vecinos, por ejemplo latasa de alfabetización, que mejora no sólo en Venezuela (del 93% al 96%) sino en todos los restantes países fruto de su mayor riqueza (en Colombia pasa del 91% al 93%, en Perú del 87% al 90%, en Uruguay del 97% al 98% y en Chile del 96% al 99%).

La penetración y el uso de las telecomunicaciones es otro ilustrativo parámetro. Los usuarios de internet ascendían al 40,4% de la población venezolana, frente al 40% de Colombia, al 36,5% de Perú, al 53,9% de Chile o al 51,6% de Uruguay; pero las diferencias se vuelven mucho más acusadas cuando analizamos la calidad de la conexión a internet (en Venezuela sólo el 0,87% tienen acceso a la banda ancha, frente al 3,5% de Perú, al 6,9% de Colombia, al 11,6% de Chile o al 13,4% de Uruguay) o la presencia de servidores seguros (sólo ocho en Venezuela, frente a los 19 de Perú, los 21 de Colombia, los 67 de Chile o los 70 de Uruguay). Asimismo, Venezuela también se queda atrás en el número de teléfonos móviles por cada 100 personas: 98 para Venezuela o Colombia, frente a los 110 de Perú, los 130 de Chile o los 141 de Uruguay.

Otro posible indicador es el consumo de electricidad anual per cápita, que en Venezuela apenas ha crecido un 23%, desde los 2.656 kWH por persona a 3.287, frente a la mayor expansión de Perú (de 645 kWH a 1.106), Uruguay (de 1.817 kWH a 2.673) o Perú (de 645 a 1.106); sólo Colombia aumentaba menos este consumo, de 893 KWh a 1106. Y, por cierto, los izquierdo-ecologistas que esperen ver en Chávez un modelo de gestión política respetuosa con el medio ambiente deberían pensárselo dos veces: Venezuela producía el 0% de su electricidad de fuentes renovables, frente al 0,9% de Colombia, al 2% de Perú, al 5,7% de Chile o al 8,8% de Uruguay. También fue el país que más toneladas métricas per cápita de CO2 emitió en 2009 (último año disponible): 6,5 frente a las 3,9 de Chile, a las 2,4 de Uruguay o a las 1,6 de Colombia y Perú. Y, asimismo, también fue el territorio que más vio retroceder su masa forestal: de 2000 a 2010, cayó del 55,7% al 52,5%, mientras que en Perú pasó del 54,1% al 53,1%, en Colombia del 55,4% al 54,5%, en Chie del 21,3% al 21,8% y en Uruguay del 8,1% al 10%.

Seguridad, corrupción, impuestos y regulaciones

Otros indicadores de bienestar son, desde luego, la seguridad, la transparencia y no arbitrariedad de los poderes públicos, la agresividad fiscal o la flexibilidad para gestionar la propia empresa. En todas estas rúbricas, Venezuela aparece muy mal parada frente al resto de países: los homicidios intencionados se dispararon bajo el chavismo, pasando del 0,19 por mil al 0,49, a diferencia de lo que pasó en Chile, Perú o Uruguay (donde se mantuvieron en torno al 0,05 por mil) o de Colombia, donde se hundieron del 0,6 por mil al 0,33. Venezuela es el peor calificado en el Índice de Percepción de la Corrupción (1 indica máxima corrupción), al obtener 19 puntos, frente a los 36 de Colombia, los 38 de Perú o los 72 de Chile y Uruguay. Asimismo, la presión fiscal venezolana no sólo es bastante superior a la de sus vecinos (37%, frente al 31% de Uruguay, al 27% de Colombia, al 23% de Chile, o al 21% de Perú), sino que la variedad de impuestos y las molestias derivadas de su pago también son muy superiores: en Venezuela las empresas han de hacer frente al pago de 71 impuestos, y los individuos han de dedicar 792 horas anuales a gestionar su pago; frente a los 33 impuestos de Uruguay y las 310 horas, los 9 impuestos de Perú y las 293 horas, los 9 impuestos de Colombia y las 203 horas, o los 6 impuestos de Chile y las 291 horas. Todo lo cual, obviamente, también se refleja en la facilidad de gestionar la propia empresa: Venezuela obtiene una puntuación de 180 (siendo 1 la máxima facilidad), Uruguay de 89, Colombia de 45, Perú de 43 y Chile de 37.

Para terminar, han sido muchos quienes han alabado al régimen chavista por su reducción de las desigualdades sociales. Ciertamente, el índice Gini (donde el valor cero expresa la máxima igualdad) cayó de 47,2 a 43,5, pero Chile y Perú lo redujeron a una tasa parecida o superior: Chile pasó de 55,5 a 51,9 y Perú del 56,1 al 47,2. Por su parte, en Colombia se mantuvo estable (en el 56,5) y en Uruguay subió ligeramente hasta 45,3.

Por resumirlo: Chile y Uruguay, que arrancaron 1998 siendo igual de ricos que Venezuela, presentan en estos momentos indicadores social muy superiores en casi todas las rúbricas a Venezuela, mientras que Perú y Colombia, que arrancaron 1998 siendo mucho más pobres, han experimentado una evolución de las mismas mucho más sobresaliente en casi todos los otros indicadores sociales. A diferencia de estos otros países, sin embargo, Venezuela ha construido su ligera mejoría sobre los endebles pies de barro del pelotazo petrolero, de la estatalización de la economía, de la rapiña tributaria de su población y de la destrucción de las clases medias.

En este sentido, un último dato será suficientemente ilustrativo: el del valor bursátil de las compañías cotizadas (uno de los activos por excelencia donde la clase media puede comenzar a construir su patrimonio). Desde la llegada al poder de Chávez, el valor de la bolsa se ha derrumbado desde el 8,3% del PIB al 1,6%: en cambio, en Chile creció del 65,3% al 108,7%, en Colombia del 13,6% al 60,4% y en Perú del 20,5% al 44,8%. Chávez en ningún momento pretendió crear una sociedad de propietarios libres, autosuficientes y autónomos del Estado, sino un territorio repleto de siervos de la gleba dependientes de las dádivas del gobierno. Y eso es ahora mismo Venezuela. Ojalá cambie de rumbo en el futuro.

África (I). Una tradición de libertad

África subsahariana fue un continente aislado hasta el siglo XIX. Las severas barreras geográficas del interior separaron muchos de sus pueblos entre sí. Sus zonas escasamente pobladas y las limitaciones en el transporte hicieron de África un mundo aparte. Se produjo, por tanto, una fragmentación étnica y lingüística enorme: actualmente hay más de dos mil etnias y con sólo el 13% de la población mundial las lenguas africanas representan el 30% de todos los idiomas conocidos. Sus habitantes tuvieron siempre difícil acceso a los progresos económicos y culturales del resto del mundo debido a su aislamiento secular.

Cualquier libro sobre historia de África precolonial tratará esencialmente de aquellos casos en que surgió cierta estructura de Estado. Leeremos acerca de los imperios de Songhaï, Ghana, Mali o Kanem-Bornú, así como de otros pequeños reinos centralizados. Habrá también referencias a las numerosas e interesantes ciudades-estados que surgieron por doquier como las de Hausa, Yoruba o las costeras del Este africano de cultura swahili en las que restos arqueológicas muestran que hubo un destacado comercio con Persia, India y China. Serán escasas, sin embargo, las menciones a sociedades descentralizadas dispersas por todo el continente, compuestas por grupos de poblados sin conexión política alguna con formas de organización social superiores. Estas sociedades sin estado fueron mayoría.

Se basaban en organizaciones clánicas, no territoriales. Tenían un gobierno limitado; no solían tener jefe tribal y eran gobernadas por un consejo de ancianos de la comunidad. En caso de tener un jefe, éste no solía ser hereditario. Si abusaba de su poder, la comunidad sencillamente le abandonaba.

Aquellas sociedades descentralizadas no han sido convenientemente estudiadas. Las razones de ello han sido la ausencia de fuentes escritas -se desarrollaron en un entorno cultural esencialmente oral- y los prejuicios. Hasta épocas recientes, muchos historiadores han aceptado el punto de vista predominante según el cual sólo aquellas sociedades que estuvieran centralizadas merecían la pena ser estudiadas. Han estado durante mucho tiempo por debajo del radar de la mayoría de los escudriñadores del pasado.

La distancia entre el gobierno y los gobernados era escasa y la participación de estos últimos solía ser habitual en forma de consultas o deliberaciones comunitarias. La sociedad se organizaba en torno al consenso y a la toma de decisiones de abajo a arriba. Entre los ashanti había un dicho que rezaba así: No existe gobierno aparte de la gente. Independientemente del tipo de autoridad que se formara, había un sentimiento muy arraigado de que aquello que dañara a la comunidad también lo hacía al individuo. Por muy autócrata que fuera un gobernante, estaba limitado por la autoridad de los consejos locales, el respeto ancestral a los usos, a las costumbres, a los códigos de valores y, en última instancia, a las divinidades. La ideología tradicional y las instituciones autóctonas servían de freno al poderoso. Un proverbio que se repite con variantes entre las diferentes etnias africanas dice que La sabiduría no se encuentra en la cabeza de una sola persona, o bien que Una sola cabeza no hace el consejo.

Pero incluso en aquellos lugares donde sí se formaron imperios o reinos, la tradición africana establecía contrapesos por medio de los jefes tribales y los consejos de ancianos intermedios. En la zona que hoy es Nigeria, por ejemplo, hay constancia de monarcas depuestos por abuso de poder por lo menos desde el siglo XII. Asimismo, los escasos imperios que surgieron África se rigieron bajo el principio confederal. La descentralización del poder es parte intrínseca de la herencia de su sistema político indígena. Éste funcionó razonablemente bien durante siglos en el África subsahariana.

Jefes y reyes no promulgaban casi nunca leyes sin la concurrencia de los consejos de ancianos, la institución sociopolítica de más prestigio en el África tradicional. Normas y costumbres eran motivo de debate comunitario cuando era precisa su interpretación. La conducta de la gente estaba pautada y era previsible. La justicia, impartida por el jefe o el consejo de ancianos, era proclive a la conciliación y a la restitución y no a soluciones punitivas. Existían instituciones de mediación comunitaria importantes como la palaver. Sus diferentes modelos de resolución de conflictos se fueron conservando y se integraron con otros valores locales para facilitar la cohesión de la comunidad y de los diversos clanes.

África fue supuestamente “descubierta” por Occidente en el siglo XVI. En la cultura indígena africana, el concepto de individualidad occidental era desconocido, sin embargo, bienes y miembros de las diferentes etnias se movían libremente a través de todo el continente. Los medios de producción eran propiedad de los nativos, no de sus gobernantes o de sus jefes tribales. Los campesinos, ganaderos, artesanos, pescadores o mineros acudían con sus excedentes a los mercados abiertos. Si lograban beneficios eran guardados por ellos sin ser expropiados por el jefe o el consejo. En este sistema tradicional, las autoridades del clan no imponían control de precios, ni se apropiaban de ninguna herramienta, instrumento, embarcación o arma, pues eran todos privados. No así la tierra, que solía ser comunal.

En el África precolonial hubo una densa red de intercambios y rutas comerciales por todo el continente. Pese a sus limitaciones, existieron mercados libres y abiertos durante siglos, antes de que ningún hombre blanco pisara sus tierras. Destacó especialmente, por lo menos desde el siglo IX, el comercio tran-sahariano. Fueron ciudades de mercaderes destacadas las de Tombuctú, Salaga, Dia, Djenné, Mogadixo, Mombasa, Pemba, Zanzíbar, Kilua o Sofala.

Eran sociedades con muchas carencias pero, al menos, no estaban oprimidas ni tiranizadas. A sus gobernantes no se les pasaba por la cabeza imponer ideologías ajenas a la tradición de sus súbditos ni recluir o matar a los disidentes. Las ciudades-estado eran probablemente las formas de organización social superior más acordes con la tradición y no los extensos Estados que se crearon posteriormente.

Hasta entonces no existieron las absurdas fronteras actuales. Cuando el colonialismo trajo consigo las fronteras administrativas y sus gobiernos centrales -con todas sus regulaciones, controles y sanciones–, los comerciantes se volvieron contrabandistas, se disgregaron artificialmente comunidades lingüísticas y étnicas, se destruyeron las rutas comerciales tradicionales, se impusieron formas de vida sedentaria a muchas comunidades nómadas, se forzaron convivencias entre etnias muy diversas y se impuso desde la metrópoli el poder de una minoría blanca y privilegiada sobre mayorías desarraigadas cuyas instituciones autóctonas quedaron desprestigiadas y fueron excluidas. Todo esto fue letal para la tradición política nativa que existió en África desde tiempo inmemorial.

Como nos enseña el economista George Ayittey, las instituciones indígenas tradicionales del sistema político y económico de África demuestran nítidamente que sus pobladores odiaban las tiranías y eran reacios a la excesiva concentración de poder en una sola cabeza.

Con la llegada de la inicua colonización en el siglo XIX, esta tradición indígena se vio violentada. Por desgracia, no ha dejado de serlo hasta nuestros días.