Testigo directo: “Se me muere el alma, Venezuela
Vivir un acontecimiento histórico en el país donde ocurre es un privilegio. Yo tuve la suerte de seguir el anuncio oficial de la muerte de Hugo Chávez desde Caracas, donde se vivió con una combinación de incertidumbre, tristeza, miedo y esperanza.
La reacción de la población ante el anuncio oficial fue de estupor. Tristeza evidente en el chavismo ("se me muere el alma" decía una señora) y prudencia y esperanza en la oposición, que no tiene clara su victoria en las próximas elecciones. Caracas permanecía tranquila a pesar de los mensajes que alertaban sobre una posible "intervención imperialista" y llamadas a la concentración de duelo en todas las plazas de Bolívar del país.
En Venezuela han aprendido a "prepararse para el precipicio", y es un pueblo sabio que ha sobrevivido a muchos gobiernos que han tenido como denominador común hacer promesas sin cumplirlas. Los hoteles del centro, tras varios días casi desiertos, eran un hervidero de periodistas y curiosos usando la red Wi-Fi para transmitir y escuchar las noticias al minuto.
En Venezuela existe un evidente apoyo al chavismo. Negarlo es ridículo. Pero también, dentro de ese apoyo, se percibe que el modelo de aislamiento ha llevado a la economía a una situación poco sostenible. Por ello, hay cierta esperanza de que se lleve a cabo una tímida apertura, aunque nadie cree que vaya a producirse de manera inminente y no será, ni mucho menos, similar a la del país vecino, Colombia.
"Sólo quiero poder comprar lo que necesito para sobrevivir", dice un camarero que ha visto la inflación dispararse un 30% anual. El bolívar del mercado negro cotiza a 26 contra el dolar frente a 6 de tipo oficial, y la economía sumergida se dispara. Mientras, la televisión muestra un anuncio que implora "no caer en las compras impulsivas".
"Los planes siniestros del imperialismo deben ser combatidos desde la unidad revolucionaria", cuenta un telediario, temiendo que la ola expropiadora del régimen de Chávez llegue a su fin. Sin embargo, la mayoría de la gente con la que hablo cree que el Gobierno, antes de abrir la economía, volverá a recurrir a inundar de dinero a los sectores subvencionados para perpetuar un régimen que, a pesar de contar con riqueza petrolera y ver el precio del barril duplicarse en su mandato, se ha embarcado en una espiral peligrosa de devaluación, deuda e inflación. Es sorprendente que un país en el que el 50% de la economía viene de ingresos del petróleo haya disparado la deuda publica, con un déficit cercano al 9%, y la de su petrolera nacional. Y cuesta ver enormes resultados de la inversión social.
"Con lo que hoy te compras un café y un desayuno hace veinte años te comprabas un carro", me dice el conductor mientras visitamos instalaciones petroleras, en una nación que necesita de su riqueza y sin embargo, dona casi cien mil barriles al día a Cuba -que consume 40.000-. El resto "lo exportan" a cambio de ayuda sanitaria y guía ideológica.
De momento, las implicaciones de la muerte de Chávez pueden llevar a un repunte del precio del crudo a corto plazo, ante el riesgo de reducción de inversiones y producción, a lo que habría que añadir posibles tensiones geopolíticas. Pero la influencia de Venezuela en movimientos del mercado del petróleo ya demostró ser mínima la última vez que se lanzaron mensajes de parar las exportaciones a EEUU, que cada vez depende menos del crudo importado, mientras Venezuela por el contrario, depende más de sus exportaciones -para ello muy capitalistas- a China y otros países. También puede tener un impacto geopolítico sobre países como Bolivia y Ecuador que han seguido el modelo Chávez.
A las 12 de la noche, tranquilidad absoluta en Caracas
No me sorprendió la participación en las manifestaciones de apoyo a un Hugo Chávez que segun Telesur "despertó el sublime amor entre un pueblo que le adoró". La propaganda es incesante. Fundamentalmente porque es cierto que Chávez supo aglutinar el voto de esa mayoría de pobres que no contaban y no votaban. Pero esa revolución y su promesa se sustentan hoy en una combinación muy compleja de petroleo, subvenciones, endeudamiento y devaluación, que hace agua si la producción o el precio del crudo se estancan. Los dos millones y medio de barriles al día de producción no sostienen al resto de la economía sin capital internacional.
Efectivamente, a pesar de las promesas, la mayoría pobre ha recibido "mucho debate" pero "menos de bote", bromea un trabajador local.
Se comentaba que las políticas sociales de Chávez no van a poder pararse, dada la enorme desigualdad del país. Los regalos en petroleo a ‘países amigos’ tampoco pueden cortarse en un proceso electoral que llevará un par de meses, con la economía estancada y la administración sufriendo el vacío de poder de un personaje tan carismático. Pero además, el proceso de transición necesita mantener viva la imagen de Chávez a la vez que ofrece soluciones económicas efectivas.
Rafael Ramírez, ministro de minería y energía y uno de los más brillantes políticos del país, reiteró ayer la política de "plena soberanía petrolera". Sin embargo, con una PDVSA que subvenciona más de 10.000 millones de dólares en proyectos sociales, que ha aumentado su deuda casi un 50%, y que ve su producción declinar por falta de inversión, cuesta ver cómo va a seguir el país sosteniendo un modelo que necesita capital extranjero más que nunca.
Venezuela posee un potencial económico espectacular. En ese desarrollo, el capital internacional será esencial. Por lo tanto, es imperativo buscar un equilibrio que permita reducir las desigualdades y crecer sin hundir la moneda y subvencionar. La solución está muy cerca. Abrir el acceso a la inversión sin perder el aspecto público de los sectores estratégicos, como hacen tantos países productores, sin ir más lejos Colombia o Brasil. Y libre mercado, que le ha faltado a este maravilloso país desde hace muchas décadas.
¿Qué fue de Guinea Ecuatorial?
A pesar de haber sido colonia española durante más de 200 años, la historia de Guinea Ecuatorial como estado independiente permanece bastante desconocida.
Después de convertirla transitoriamente en Comunidad Autónoma en 1964, el gobierno de Franco culminó el proceso de descolonización al que se había comprometido en las Naciones Unidas tratando de establecer previamente los mimbres de una nueva república en una conferencia en la que participarían grupos diversos del país bajo la guía "técnica" de la potencia colonial. Los desacuerdos llegaban incluso al punto de considerar la propia partición de la colonia en dos estados; uno insular basado en Isla de Fernando Poo, defendido por líderes de la etnia bubi y colonos españoles, y otro en la provincia continental de Rio Muni, donde la población de origen fang o panwe es mayoritaria. Se impuso la idea de mantener un único estado en coherencia con la posición de la metropolí en las organizaciones internacionales y, finalmente, tras desechar otros proyectos, se aprobó en referéndum una constitución redactada por una comisión de tecnócratas reclutados por Fernando María Castiella, Ministro de Exteriores de la época. Uno de sus miembros, Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón, presume de haber participado en la comisión y al mismo tiempo se desentiende del resultado final.
En las elecciones celebradas en septiembre, Francisco Macías Nguema, fue elegido Presidente después de una segunda vuelta a pesar de los esfuerzos del gobierno español por promover candidatos proclives a mantener lazos amistosos. No obstante, el 12 de octubre 1968 se concedió oficialmente la independencia a Guinea Ecuatorial y se reconoció su autoridad al presidente electo. Éste no tardó en autoproclamarse presidente vitalicio, prohibió toda oposición política y rompió las relaciones con España. Además, implantó una dictadura comunista y dirigió uno de los regímenes más despóticos y sanguinarios de África, persiguiendo sistemáticamente a intelectuales y religiosos. Una de sus contribuciones más notables a la planificación económica fue la prohibición de la pesca a sus infelices súbditos y la orden de destruir todos los barcos pesqueros. Llegó a convertirse en un Pol Pot africano. Durante su régimen de once años, 100.000 exiliados huyeron del país (más de un tercio de la población en aquel tiempo), se condenó a más de 40.000 personas a trabajos forzosos y 50.000 fueron asesinadas. Forjó una alianza con la Unión Soviética y otros países de su órbita –a cambio de concesiones pesqueras en la zona económica exclusiva que, al parececer, encubrían objetivos militares– sin despreciar tampoco el asesoramiento chino.
La situación cambió cuando su sobrino, Teodoro Obiang Nguema (a la sazón jefe de las cárceles de Guinea) dio un golpe de estado y se alzó con el poder en agosto de 1979. A las pocas semanas, Macías fue juzgado en un consejo de guerra y ejecutado junto a otros altos jerarcas.
En el momento del golpe que depuso a Macías, ya se hablaba del enorme potencial petrolífero que albergaba el país. A partir de 1996, se vio confirmado por unos espectaculares resultados que le han convertido en el tercer mayor productor de crudo del África subsahariana. Sin embargo, el régimen de Obiang ha venido ocupando durante estos treinta y tres años los puestos más deleznables entre los violadores de derechos humanos del mundo. Según los informes de Amnistía Internacional y Human Rights Watch, se producen detenciones arbitrarias de forma rutinaria y los detenidos por la policía y el ejército son torturados sistemáticamente. A lo largo de los treinta y cuatro años ininterrumpidos, la represión política se ha cobrado la vida de más de 10.000 ecuatoguineanos. En el índice de corrupción de Transparencia Internacional, Guinea Ecuatorial ocupa el puesto 162 de una lista de 176 países.
Un ejemplo de la corrupción dominante que beneficia al clan de Obiang son los procesos de investigación que se siguen en Francia y Estados Unidos contra su hijo, "Teodorín", por delitos de lavado de dinero procedente de la extorsión, sobornos y malversación de fondos públicos, donde se han embargado bienes de lujo y cuentas corrientes localizados en esos países.
En 2004 se produjo un intento de golpe de estado no esclarecido para derrocar al dictador Obiang, en el que subyacían las luchas por hacerse con el control de los recursos petrolíferos. Según ha declarado el correoso Obiang, el gobierno chino se ha convertido en el principal financiador de Guinea Ecuatorial, a cuenta de esos futuros ingresos derivados del petróleo.
Dentro de ese contexto, no puede sorprender la celebración la semana pasada de la III Cumbre de los países del ASA (Africa y América del Sur) en Malabo, sustituyendo a Trípoli como sede tras la sangrienta guerra que derrocó al Coronel Gadafi en Libia. Con reminiscencias del antiguo grupo de no alineados, agrupa a los gobiernos suramericanos de la Alianza Bolivariana (incluidos Brasil y Argentina) y a un gran número de países de África. En sus resoluciones estos gobiernos no tienen empacho en recoger una amalgama ideológica de marxismo leninismo y crudo mercantilismo para justificar el sometimiento de sus pueblos al pillaje de una casta que envía directamente el importe de los sobornos, pagados principalmente por empresas extranjeras, a bancos del "Norte".
Los saqueadores que no respetan otra propiedad que no sea la suya y la de sus allegados se ungen en el papel de víctimas de sus pueblos por la colonización y los agravios de unas relaciones económicas dominadas por los países del "Norte". Esa retórica no va acompañada de una petición por eliminar totalmente las trabas al comercio internacional.
Al contrario, su raza o el pasado colonial de sus países les sirve para responder a periodistas occidentales lo que respondió Obiang recientemente a un corresponsal inglés cuando éste le inquirió sobre el número de palacios y mansiones que posee: "Usted lo que quiere es yo viva en un choza". Llegado el caso lo mismo responderían Evo Morales o Hugo Chávez, aprovechando su raza. Claro, Cristina Fernández tendría que apelar a las Malvinas y Raúl Castro al embargo norteámericano. Pero resume, como pocos gestos, la impostura y la doblez de estos granujas, y sirvió para que el habitualmente duro interrogador cambiara de tema.
Proteccionismo y devaluación, camino de depresión
“Protectionism teaches us to do to ourselves in time of peace what enemies seek to do to us in time of war”. Henry George
El G20 se presenta divertido. Guerra de divisas, proteccionismo, represión financiera y todos diciendo que la culpa es del otro. Esto en un entorno de economías en contracción, como mostraron los datos de Alemania, Francia o Italia, y agotamiento, como vimos con la producción industrial de Brasil o México.
¿Las primeras víctimas de la Guerra de divisas?… Las exportaciones –las que nos iban a sacar de la crisis- de la zona euro cayeron a los peores niveles de los últimos cinco meses en diciembre (-1,6%). Alemania -3,4% en un mes; Francia, -1,7%; Italia y España, en tablas.
"No escucho nada más que devaluación, desconfianza e intervencionismo". Estas palabras me las decía ayer un ex-colega de Citadel que vive en Moscú y está invitado a la reunión de los ministros de finanzas de los veinte países más poderosos del planeta. "Nadie se fía de nadie. Todos los países quieren que los demás dejen de intervenir, pero seguir haciéndolo ellos".
Y es que no me creo el espejismo del acuerdo de "libre comercio" con la UE que anunció Obama a bombo y platillo (léanse el post de McCoy). ¿Por qué?.
– Porque lo que esconde bajo el titular es proteccionismo bilateral, y los otros estados del mundo, de los que dependen nuestras exportaciones y la energía que consumimos, no lo van a consentir fácilmente.
– Porque empobrece a los países en vías de desarrollo, que son el futuro de dichas exportaciones. Arruinar a tus clientes nunca es una buena política.

– Porque la historia nos ha demostrado que los acuerdos bilaterales entre administraciones intervencionistas nunca fructifican porque las dos partes quieren lo mismo, pan para mí, promesas para ti. La administración Obama y la Unión Europea han multiplicado por cuatro sus medidas restrictivas al comercio durante los últimos siete años, y además las dos partes necesitan de la debilidad del otro para tapar el agujero de desindustrialización que comentamos aquí. Un agujero que se agranda precisamente por las medidas intervencionistas y restrictivas, aunque se nieguen a admitirlo.
La gente se asusta con la crisis, pone demasiada fe en unos estados obesos e incompetentes y espera soluciones milagrosas.
Queremos proteccionismo en casa, defender nuestros derechos adquiridos y salir de nuestra crisis exportando a los mismos países a los que les negamos acceso ("protect at home, stay open abroad", World Trade Organization). Primero entregamos el futuro de nuestras economías al crecimiento chino y brasileño, proteccionistas donde los haya, y ahora estamos en el callejón sin salida. Hemos caído en la trampa, y queremos ser China, pero con sueldos y privilegios americanos. Y no funcionará.
Según el instituto Nielsen, el 40% de la población europea pide medidas que restrinjan las importaciones del extranjero. Todos sabemos cómo termina esta carrera, pero la gente –asustada- pide repetir los mismos errores del pasado. Devaluaciones competitivas, proteccionismo, acusaciones mutuas… 1930.
Todo esto enmascara un problema de unos países que van perdiendo competitividad a medida que el peso del estado fagocita más del 50% de la economía y, consecuencia de ello, el endeudamiento se dispara. No es casualidad que los más endeudados y con más gasto público "exijan" que su modelo se financie gratis, pero "los que quieren vivir del estado olvidan que éste vive de todos los demás", como decía Bastiat.
En vez de entender que creamos estructuras que consumen más de lo que producen, y cuya productividad marginal empeora, buscamos proteger el bienestar del estado –que no el estado del bienestar- poniendo puertas al campo. Directos a 1930 con el aplauso del pueblo, sin el pueblo.
Verán ustedes como las conclusiones del G-20 son que no hay guerra de divisas y que no se deben poner barreras al comercio mundial. Y el lunes volverán todos a casa intentando devaluar y restringir.
Proteccionismo es negar la realidad
Una economía de alta productividad sobrevive en un mercado globalizado y genera sectores ganadores que venden incluso en países "proteccionistas". ¿Ven ustedes a las empresas de alta tecnología y fuerte valor añadido –no dependientes de subvenciones y favores estatales- preocuparse por restricciones en algunos países? No. Pero seguimos empeñados en sacar la última gota de sangre a un modelo industrial global obsoleto.
Si todos los estados quieren pelearse por defender las migajas de una tarta decreciente, por fabricar coches baratos, planchas de aluminio, ladrillos, molinillos o tubos de plástico, la carrera es hacia cero. Nunca se gana. Se enmascara la realidad. Pero lo pagan los ciudadanos empobreciéndose. El que no se empobrece es el monstruo estatal, que crea más y más comités para regular.
Intentar proteger industrias y sectores indefendibles no solo niega la realidad, sino que imposibilita que los países en vías de desarrollo crezcan. Somos tan arrogantes y avariciosos que endeudándonos y devaluando, o subvencionando a granjeros para que no produzcan, dejamos que la inflación y la pobreza hundan a nuestros vecinos. Fastidiar a tus clientes. Luego mandamos unas ONG a estudiar el problema. Pero eso sí, queremos "exportar para salir de la crisis".
El proteccionismo y la intervención son el problema. Gobiernos miopes que solo saben parar y entorpecer, cobrando, no facilitar.
Guerra de divisas global: cuando todos suspenden, solo pasa de curso el menos malo
Siempre lo digo, una economía de alta productividad sobrevive a una moneda fuerte. Sin embargo, una economía de baja productividad no sobrevive ni siquiera con una moneda débil. Los bancos centrales siempre niegan que haya guerra de divisas, igual que el chaval al que pillan haciendo una trastada. Siempre dice que no es culpable.
Si piensan que los otros países del G-20 se van a quedar tranquilos con el comunicado vacío de este fin de semana y no contraatacar haciendo lo mismo –devaluar y restringir-, piénsenlo de nuevo. ¿Unos países que han aumentado sus medidas restrictivas en periodos expansivos van a dejar de hacerlo en periodo de crisis? Sí, todos saben que saldrán perdiendo a medio plazo, pero a pesar de la evidencia empírica (lean "This time Is Different", de Ken Rogoff), prefieren llevar a cabo medidas de "shock" que den la apariencia de "acción" y "protección".
Devaluar es una excusa para sostener un gasto político excesivo y no soluciona un modelo productivo de bajos márgenes. Es una salvajada que crea inflación, empobrece a los ciudadanos y transfiere rentas de los trabajadores y ahorradores al gobierno y a sectores en decadencia. Se empobrece a los ciudadanos, enriqueciendo solo a unos pocos porque suben los activos de riesgo -inflación-… La ilusión de crecimiento económico falso. Nuestras devaluaciones "competitivas" de los 90.
Dónde invertir
Ojo. Cuando todos hacen lo mismo, el efecto "enriquecimiento falso" bursátil no funciona y cuando lo hace, dura poco… Pero cuando añadimos intervencionismo, los resultados empresariales se desploman –represión financiera-, bajan los márgenes y se contraen los múltiplos. Eviten los valores en sectores "estratégicos", que pasan a ser "cajeros para los estados". ¿Materias primas?. Solo aquellas donde se controle el suministro –petróleo, por la OPEP- porque proteccionismo con devaluación implica demanda decreciente. Y no olvidemos las palabras de Jim Rogers: "Tras las guerras de divisas vienen las guerras comerciales, y detrás de ellas las guerras convencionales". Ojala nos equivoquemos y paremos esta locura. Pero no olviden el riesgo geopolítico en esas empresas tan "diversificadas", porque las valoraciones sufren.
¿Más estado y devaluación? Desastre seguro
Ante esta situación, el modelo que nos proponen nuestras "plataformas ciudadanas de prime time TV" está en Latinoamérica. Gasto público, modelo social y devaluación. Chávez sin petróleo. Las devaluaciones como las de Venezuela o Argentina, no son consecuencia de la guerra de divisas ni de ataques especulativos. Chávez ha hecho cuatro devaluaciones desde que ha llegado al poder por el gasto excesivo; ha arrasado la caja de la petrolera nacional, PdVSA, en "proyectos sociales" (11.000 millones de dólares al año), convirtiéndola en la petrolera más endeudada del mundo; y vaciando de dólares sus arcas no ha mejorado la pobreza de un pueblo devastado por la inflación del 22% y entregado a la economía sumergida. En Argentina, un empleo subvencionado y la intervención masiva de la divisa han disparado la inflación al 27%. En 1997, los empleados del sector público eran 720.000. En 2011, 1,5 millones, más del doble (Idesa). Un 5% del PIB son subsidios, con un gasto de estado hipertrofiado. "Demanda interna" lo llaman. Un éxito social. Devaluación constante e inflación desbocada.
…Y esos países tienen petróleo.
En España, para poder exportar cualquier bien hay que importar energía y materias primas, y al devaluar, éstas se encarecen. Correr para quedarse en el mismo sitio, el cuestionable efecto positivo a corto plazo se disipa a medio ("Contractionary Effects of Devaluation", Journal of International Economics).
Si todos los países intervienen, la economía global se estanca. La velocidad del dinero, que ha caído estrepitosamente, se desploma, y la inversión también. Pocos invierten en proyectos a largo plazo cuando se manipula las monedas y se introducen medidas restrictivas. Si devaluar e intervenir fuera la solución, Venezuela, Argentina o Zimbabwe serían los reyes del mundo.
De donde no hay no se puede sacar. Tanto que critican algunos a Reino Unido, aprendamos de sus errores y de la inutilidad de imprimir moneda. No reduce los recortes, ni mejora la deuda -porque se sigue generando déficit – ni soluciona el modelo productivo.
Mientras tanto, la demanda mundial de oro alcanzó un récord de 236.000 millones de dólares en 2012. Los bancos centrales compraron a niveles no vistos desde 1964. Confianza incuestionable.
Espero ansioso ese comunicado del G-20 diciendo que no hay guerra de divisas ni proteccionismo y que todo es mentira.
El origen constructivista de un genocidio
En 1994 la opinión pública occidental asistió entre horrorizada y perpleja a uno de los genocidios más brutales y peculiares que se conocen. Entre abril y julio de ese año, en torno a un 70% de personas de la etnia tutsi y los pocos opositores hutus de Ruanda fueron asesinados en una operación dirigida por el gobierno, en manos de los hutu, y, aquí lo más característico, con la participación efectiva, masiva y directa de la población de este grupo. Quedó al margen de los titulares, como suele suceder, la responsabilidad del constructivismo social que los pioneros colonialistas alemanes y, en especial, los belgas que les sucedieron tuvieron en ello.
Hacia 1880 llegaron los primeros europeos y se encontraron con una sociedad estructurada en la que existía una jerarquía social, sin duda, pero con una red de vínculos que aportaban cohesión al conjunto. Se daba también una división grupal del trabajo que añadía elementos de coherencia y, por último, un sistema pautado de movilidad social ascendente y descendente que eliminaba tensiones basadas en el origen étnico.
En aquel periodo una mayoría hutu se dedicaba a la agricultura, un 20% aproximadamente eran tutsis pastores y una exigua minoría pertenecía a la etnia twa (llamada entonces pigmeos) que transitaba desde la recolección a la alfarería. El grupo dominante, tutsi, tenía establecido con los hutus un sistema de patronazgos y relaciones clientelares que regulaba las relaciones así como los intercambios y, además, existían dos instituciones que encauzaban la movilidad social y actuaban de colchón suprimiendo la discriminación conflictiva entre ambos grupos. Una era la kwihutura (“dejar de ser hutu”), consistente en el paso de la condición hutu a la de tutsi, posible mediante alianza matrimonial o por vinculación completa de un linaje hutu a otro tutsi. El proceso contrario, “dejar de ser tutsi” (kwitutsira,) también se producía de manera regulada.
Los alemanes, al identificar al grupo hegemónico e instalar su administración imperial, decidieron delegar el poder en la minoría tutsi, para lo cual introdujeron en el imaginario nativo una reinterpretación de las diferencias étnicas que reforzara el poder delegado de los tutsis y, sobre todo, justificara su decisión acudiendo a argumentos de supremacía racial, tan en boga en la Europa decimonónica y de primeros del S.XX. La nueva mitología que asentaba la ingeniería colonial alemana otorgaba a los tutsis una superioridad racial sobre los hutus fabulando para aquellos un supuesto origen camítico, como provenientes del valle del Nilo, y una ascendencia europea.
Tras la Primera Guerra Mundial, los belgas sustituyeron a los alemanes en el dominio colonial y continuaron con el mismo constructo social y sobre idénticos fundamentos ideológicos. Los agentes de penetración de esta ideología mítica al servicio del imperialismo eran misioneros de origen valón, a la sazón dominante en su Bélgica natal sobre los flamencos. Una vez acabada la Segunda Guerra Mundial y en pleno proceso mundial de descolonizaciones, los misioneros belgas en Centroáfrica pasaron a ser mayoritariamente flamencos. Quizá por constituir también el grupo marginado en su país de origen, los nuevos predicadores abordaron la cuestión étnica en Ruanda basándose en el mismo mito racial de sus antecesores pero enfatizando, al contrario que los valones, la injusticia cometida por los tutsis, advenedizos en África Central, sobre los hutus, nativos inmemoriales y legítimos propietarios de esas tierras. Sobre el mismo mito racial, se acentuaron los odios inversos, los del supuesto despojado hutu contra el invasor y depredador tutsi. De la versión supremacista se pasó así a la nativista, igualmente falsa, destructiva y foránea.
La descolonización ulterior trajo gobiernos hutus, al revés que en la vecina Burundi, donde los postcolonialistas tutsis mantuvieron el poder. No procede hacer un relato detallado de los acontecimientos desde la independencia en los años sesenta hasta el genocidio de 1994, pero sí señalar que ambos grupos étnicos dirimieron su historia imbuidos de unas ideas racistas e indigenistas llevadas desde Europa, que aspiraron, con una arrogancia fatal, a reinventar la sociedad centroafricana descoordinando una asentada estructura previa.
Cuando el dueño de la comida es el Estado
Quien vivió antes de 1959 en Cuba tuvo la fortuna de encontrarse entre los pueblos mejor alimentados de América. Existía una industria alimenticia con un desarrollo tecnológico acorde a la época. Durante la revolución castrista todos los recursos productivos privados pasaron a ser públicos. El Estado se erigió en proveedor exclusivo y garante subsidiador de todos los servicios esenciales de la población, entre ellos, el abastecimiento alimentario. Echó a andar el laboratorio caribeño para deleite de muchos colectivistas dentro y fuera de la isla.
Se implantó un férreo sistema estatal de producción y distribución de alimentos. Se eliminaron de golpe los mecanismos del libre mercado que habían existido hasta entonces en Cuba. La asignación de los derechos de propiedad y las vitales señales de los precios se esfumaron. En marzo de 1962, en consecuencia, se estableció una libreta de abastecimiento alimentario para cada persona. Mediante las Oficinas municipales de Control y Distribución de Alimentos (OFICODA) se pretendió poner orden desde arriba al reparto igualitario de alimentos entre toda la población, evitando que nadie quedara sin su alimento básico. Intuitivamente y a primera vista, parecía impecable.
Se puso en práctica la añorada idea progresista de una renta básica (en este caso, en especie) a todo ciudadano por el mero hecho de serlo. Para un cubano, el estar inscrito en el Registro de Consumidores de su correspondiente OFICODA y contar con su libreta era y es más importante que cualquier otra cosa. Sin ella, uno no dispone de su canasta alimenticia, no puede trasladarse de localidad, no puede obtener su documento de identidad, no tiene acceso al suministro energético; en suma, no existe para la autoridad. Con la excusa de que el Estado te da de comer, te somete a su dictado. Así de sencillo.
Las ansias de justicia social desde el poder cubano eran infinitas. En ese contexto, se instauraron también los comedores públicos gratuitos en los centros de trabajo, en los colegios y en los hospitales, de tal forma que todos los trabajadores, obreros, estudiantes y enfermos tuvieran asegurada una comida diaria proporcionada por el papá Estado. Ese paternalismo primario y supuestamente benevolente ejercido por un gobierno centralizado tuvo secuelas muy graves.
Con el paso de los años la tozuda realidad demostró que tan eximios ideales se basaban en premisas insostenibles que condujeron, además, a resultados indeseados. Lo más destacable fue que en Cuba la productividad retrocedió en los sectores agrícola, pecuario y pesquero (en un país rodeado de mar) llevándole a una dependencia casi total de las importaciones de bienes de consumo. Asimismo dicho sistema de distribución colectivizada se fue degradando progresivamente al eliminar de la libreta cada vez más productos, así como al mermar su calidad. Dicho mecanismo de asignación centralizada fomentó también casi desde su inicio el desvío de alimentos para uso y beneficio propio de la clase dirigente donde la corrupción en todos sus niveles era (es) la norma. Pero la consecuencia más letal para la sociedad fue que condicionó las mentes y los esfuerzos de, al menos, tres generaciones de cubanos indefensos que han crecido dentro del régimen de distribución normada, creando sin pretenderlo un verdadero ejército de gente desmotivada y adicta al subsidio masivo de alimentos.
A inicios de los años 90 la URSS se desmoronó como un soufflé (papá Fidel dixit) y con ella también las ayudas que recibía Cuba de su socio privilegiado. Casi un 35% de su PIB se contrajo abruptamente. Las autoridades cubanas, presas del pánico, decretaron el llamado periodo especial en tiempos de paz. Su sola mención produce incluso hoy día gran angustia al cubano medio que lo padeció en carne propia, pues el grado de desabastecimiento de energía, suministros y víveres fue realmente atroz. Empezaron entonces las huidas desesperadas de los precarios balseros hacia costas extranjeras en busca de una mejor esperanza de vida. También se multiplicaron dentro del país las jineteras.
A partir de 1993 el poder central cubano, para evitar la explosión social, hubo de hacer varias concesiones a su sufrida sociedad civil: introdujo la despenalización de la tenencia de divisas (básicamente dólar americano), para después, en 1994, sustituirlo por su equivalente peso convertible (CUC), el llamado chavito, con el que poder adquirir apreciadísimos productos básicos importados en la red de tiendas dolarizadas. Con ello se instauró un sistema bimonetario pero con un férreo control cambiario oficial para seguir beneficiándose la élite política de la existencia de una doble economía. Por último, se autorizaron también a regañadientes modestos empleos por cuenta propia y la vuelta de los llamados agromercados campesinos -regidos por la oferta y demanda- con el reconocimiento incluido de la denostada figura del intermediario para aliviar la pésima calidad de vida y mejorar un poco las carencias nutricionales entre la población. Colaboración público/privada al estilo cubano.
Años más tarde, al convertirse Hugo Chávez en presidente de Venezuela, ideó su caro proyecto de Socialismo del siglo XXI y, con él, volvieron de nuevo las ayudas económicas a la isla y su insostenible tinglado de economía planificada. Fue el salvavidas de un sistema casi asfixiado por carecer de incentivos adecuados para la acción humana y, por tanto, ser incapaz de sustentarse por sí mismo.
Hace tiempo que la libreta de abastecimiento cubana se transformó en una especie de cartilla de racionamiento empleada por otros países en tiempos de guerra o de emergencias nacionales de manera provisional. Tal fue el caso de España tras la guerra civil o los países occidentales después de la 2ª Guerra Mundial. También Israel la padeció en sus duros comienzos como nación. Incluso los propios países socialistas de la Europa del Este la eliminaron a mitad de la década de los años 50. Vietnam la abandonó a finales de la década de los 80. China, con sus más de 1.340 millones de habitantes, no padece racionamiento alguno. Ninguna nación del mundo, salvo Cuba, ha mantenido algo semejante de forma tan prolongada: casi 51 años. Es como si la sociedad cubana hubiera vivido en situación de guerra más de medio siglo. El manido embargo de EEUU no es pretexto válido para mantener por tanto tiempo dicho sistema de privación porque siempre se pudo comerciar con el resto de países del planeta (a diferencia de lo que ocurre en auténticos escenarios bélicos o posbélicos).
Además, lo ofrecido mensualmente por la libreta sólo alcanza actualmente para alimentar a su portador unos doce días como mucho, teniendo que acudir a los llamados agromercados o bien a los arreglos voluntarios del mercado negro para complementar su necesaria dieta para sobrevivir.
Sólo la clase gobernante o aquellos que tienen la fortuna de recibir dólares de sus familiares en el exterior o tienen contacto con el turismo pueden sustraerse holgadamente a la escasez generalizada de allá de hace décadas. Las desigualdades entre el poder adquisitivo de los que tienen o no chavitos son muy significativas. Justamente por ese tipo de desigualdades hirientes se produjo la revolución…
Hoy la comida ofrecida en los comedores públicos, al tiempo que ha ido perdiendo calidad y variedad -siendo su ingesta un verdadero suplicio para el paladar- supone una pesada carga para las arcas públicas. En un intento por introducir cierta racionalidad económica y por reducir los montos de la comida robada en las empresas gestionadas por el Estado, Raúl Castro propuso a través del lema “Ahorro o muerte” su eliminación y reemplazo por dinero. Hasta la fecha, dicha medida sólo ha sido aplicada en unos pocos ministerios. También informó el hermanísimo que en un futuro otorgarían la libreta sólo a los más necesitados. Era tarde: la estructura productiva del país estaba ya gravemente descoordinada. A resultas de ello, la comida se ha convertido en una verdadera obsesión nacional.
El sistema estatista de producción y distribución alimentaria en Cuba es un gran fiasco. Los ideales han hecho mucho daño al socializarse. Ahora toca desmontarlos. Hablan de alcanzar el contradictorio “socialismo de mercado”. Un editorial del Granma aconsejó incluso acabar con el llamado síndrome del pichón, ya que muchos cubanos esperaban que el Estado les diera de comer en la boca. Lamentable.
El problema es que al pichón no se le ha dado durante muchos años ni libertad, ni oportunidades para procurarse alimento por sí mismo. Mientras la casta política de la isla siga acaparando las principales actividades económicas del país, no permita que se liberen las fuerzas productivas de la nación mediante el emprendimiento creativo y la competencia, no levante la prohibición de pescar a los particulares, tipifique como delito el sacrificar una res sin autorización del Estado; en definitiva, mientras cualquier actividad empresarial privada siga sojuzgada e intensamente mediatizada, las palabras de dicho periódico oficial son un insulto al pueblo cubano. Revelan a las claras que estamos ante una maquinaria represiva al servicio exclusivo del partido único que intenta parchear lo insalvable a costa de desparramar penuria y privaciones a todo aquello que somete.
Cuando el Estado se dedica a funciones empresariales que no le son propias, surgen siempre y en todo lugar problemas de eficiencia, de control de costes y de incentivos. Los dirigentes cubanos no asumen ni en sus sueños más audaces que el Estado está –en todo caso- para controlar los excesos, no para controlar en exceso a la sociedad civil, motor y sustento de cualquier nación próspera y civilizada.
España no puede competir en un mundo globalizado
A buen seguro hemos oído en más de una ocasión que la crisis económica española no tiene remedio alguno, por cuanto no se trata de una crisis coyuntural sino estructural: España no desempeña papel alguno en un mundo globalizado, por lo que está incapacitada para competir, bien con países emergentes como China, Brasil o Turquía, bien con otros más acaudalados y productivos como Canadá, Suiza o Australia. Estamos, suele decirse, en el peor de los dos mundos posibles: ni somos competitivos en coste laboral ni lo somos en productividad de la mano de obra.
Como sucede con muchos razonamientos económicos, a partir de dos o tres observaciones parcialmente ciertas suele construirse unargumento falaz pero en apariencia indisputable. En este caso, las premisas más o menos ciertas desde 2007 han sido:
- España tiene que modificar en profundidad un modelo productivo basado excesivamente en el consumo interno, la construcción y el endeudamiento exterior.
- Ese nuevo modelo productivo lo hemos de encontrar en un mundo cada vez más especializado individual y territorialmente, sobre todo tras la aparición de nuevos y gigantescos centros de producción.
- España tiene una mano de relativamente obra cara en relación con su productividad.
- El marco institucional restante de España –electricidad cara, elevados impuestos, barreras institucionales, etc.– tampoco contribuye a que los empresarios encuentren claras oportunidades de negocio.
La conclusión errónea es que España estaba irremediablemente condenada e incapacitada para encontrar su lugar en el mundo y que, en consecuencia, debíamos aislarnos de ese mundo con devaluaciones (en caso de haber sido posibles) o barreras arancelarias.
Tan mercantilistas conclusiones fueron puestas en jaque en el s. XIX por el brillante economista francés Jean Baptiste Say, quien se encargó de demostrar que no es la demanda lo que crea la oferta, sino que es la oferta lo que posibilita la demanda; es decir, que los agentes económicos produzcan cada vez más no implica que irremediablemente alguno de ellos tenga que vender cada vez menos, pues cuanto más produzcan los demás, más ricos se volverán también para ser capaces de demandar más. O, como decía Say:
No es perjudicial para la industria y la producción nacional que importemos mercancías extranjeras, pues no podemos comprar nada a los extranjeros que no paguemos con productos nacionales que coloquemos en el exterior.
Por supuesto, la introducción del crédito bancario artificialmente barato dentro de la ecuación ralentiza enormemente el ajuste: hoy sí es posible comprar sin pagar de momento (endeudándonos). Pero a largo plazo la Ley de Say se impone inexorablemente: para comprar hemos de vender, y que los demás nos vendan mucho significa que podrán comprarnos mucho.
Así, y pese a todos los grilletes fiscales y regulatorios que atenazan a la economía española, ésta ha sido capaz de incrementar susexportaciones un 20% desde el año 2007 (y un 50% desde el año 2009). Ahora bien, lo llamativo no es tanto la variación agregada de nuestras exportaciones como la descomposición regional con respecto a 2007. Entre los países en desarrollo, vendemos un 150% más a Argelia, un 115% más a Brasil, un 75% más a China y Marruecos y un 65% más a Turquía. Entre los países más ricos y productivos, exportamos un 140% más a Australia, un 115% más a Singapur, un 91% más a Canadá y un 87% más a Suiza. Ciertamente, buena parte de esa mejora puede deberse a un incremento de nuestra competitividad –vía congelación salarial y lenta pero progresiva reestructuración productiva–, mas la mayor parte se debe a algo más simple: como esos países son más ricos que en 2007, también gastan más en el exterior. El error siempre estuvo en creer que China se terminaría convirtiendo en la fábrica de todas las mercancías mundiales: si producen y venden tanto al exterior, inevitablemente tendrán que comprar al exterior aquello que no consumen internamente.
La expansiva riqueza y la competitividad internacionales no suponen una amenaza para España, sino nuestra tabla de salvación. No hemos de desear un hundimiento de las economías emergentes, para ver si de ese modo somos capaces de competir con ellos: al contrario, hemos de desear que se desarrollen lo más rápido posible para que así pasen a comprarnos muchas más mercancías. Como también explicó Say:
Cualquier individuo está interesado en la prosperidad general, pues el éxito de una rama de la industria promociona el éxito de las restantes.
No nos centremos tanto en ver cómo metemos el dedo en el ojo a los extranjeros y prestemos más atención en no tirar piedras contra nuestro propio tejado: hemos de avanzar mucho más rápido en elreajuste productivo y financiero de nuestra economía, y para eso necesitamos mercados mucho más libres y administraciones (e impuestos) mucho más pequeños. Cuánto mayor sería el impulso a nuestras exportaciones si su mejora no procediera solamente de que los extranjeros, al ser más ricos, tienden a consumir un poco más de todo, sino a que estuvieran especialmente interesados en adquirirnos productos específicos de alto valor añadido. Pero para ello hay que fabricarlos, y para fabricarlos hay que completar una excesivamente lenta reorganización productiva. La recuperación podría haber sido muy rápida si nuestros políticos no se hubiesen empeñado en eternizarla y en conjuntarla con todo tipo de incertidumbres extremas (como la suspensión de pagos o la ruptura del euro), cuyo único propósito era evitar pinchar la burbuja del sector público. Esperemos que sus intromisiones no pesen más que la creciente prosperidad exterior, que está tirando de nuestro anquilosado carro.
¡Libertad de horarios comerciales ya!
El director general de Comercio de Canarias, Gustavo Matos, en una entrevista concedida a un diario local dice que «el debate de la liberalización de horarios es de otra época, cuando había renta disponible y no teníamos horas para comprar». Además, asegura que «es un cuento que no beneficia al consumidor, a medio o largo plazo, por el impacto que podría tener esta medida en la red del mediano y pequeño comercio».
Si el debate de la liberalización de los horarios comerciales es de otra época o no es algo en lo que el señor Matos no debería intervenir. Es a los empresarios y a los consumidores a quienes les toca decidir cuándo intercambiar sus bienes y servicios. Sin lugar a dudas, esta es la primera lección que debería aprender un director general de comercio que se precie antes de tomar posesión de su cargo.
Es erróneo pensar que la libertad sólo beneficia a unos pocos, pues cuando los intercambios se producen de forma voluntaria todas las partes salen ganando. Si un comerciante decide abrir su tienda un domingo a las tres de la madrugada es porque existen suficientes personas dispuestas a pagar —probablemente, más que a otras horas— por el servicio ofrecido.
Por esta razón, lo que sí es un cuento es decir que la liberalización de horarios no beneficia al consumidor, pues precisamente el no estar establecida no sólo perjudica a los empresarios que ven una oportunidad de negocio, sino también a los consumidores, que no pueden ver satisfechas sus necesidades.
Lo que no es de recibo y a la vez que asombroso, es afirmar que la libertad puede perjudicar a los empresarios del pequeño y mediano comercio. La libertad no es mala para ellos y buena para los grandes, es mala para los no competitivos, es decir para aquellos que no satisfacen las necesidades de los consumidores.
Precisamente, ha sido esta rigidez de horarios una de las principales causas de que haya cerrado una cantidad enorme de pequeños comercios en Canarias.
Sucede que estos no han podido competir con las grandes superficies en horarios en los que el consumidor prefiere ir a comprar en la pequeña tienda de su barrio a poca distancia de su domicilio que tener que desplazarse hasta una gran superficie.
Por el contrario, las poblaciones que han liberalizado los horarios comerciales, como Madrid, no sólo han beneficiado al pequeño comercio sino también al consumidor.
Por todo ello, las palabras del socialista Gustavo Matos parecen dichas por una persona que no entiende las virtudes de la libertad y que no está preocupado por los empresarios y consumidores canarios.
La Eurocracia no defiende a los consumidores
La construcción del "megaestado" europeo fue desde el comienzo un proyecto de ingeniería social dirigido a recortar libertades y apuntalar el poder de la casta política sobre la sociedad. En pocas palabras: la búsqueda de economías de escala en la tarea de rapiñar al ciudadano. Por si no tuviéramos suficiente con las delirantes discusiones en torno a un presupuesto comunitario hiperinflado y que debería someterse a recortes infinitamente mayores a los propuestos por el más valiente de los líderes nacionales (David Cameron), la semana pasada la Comisión Europea volvió a exhibir su lado más matonil y antiempresarial al imponer una sanción de casi 1.500 millones de euros a siete fabricantes de televisores por formar un cártel.
Según Joaquín Almunia, entre 1996 y 2006 Samsung, LC, Philips, Panasonic, Toshiba, Technicolor (Thompson) y Chunghwa pactaron precios y regularon las cantidades ofertadas de tubos de rayos catódicos –componente básico empleado en la fabricación de los antiguos modelos de televisiones y de pantallas de ordenadores–, lo que, a su entender, encareció notablemente el producto final y retrasó la adopción de nuevas tecnologías como el plasma o el cristal líquido. Tan nociva se ha reputado la estrategia colusoria de estas compañías que, como decíamos, la Comisión ha decidido sancionarlas con 1.500 millones de euros (omitimos todo el gasto litigioso en el que estas compañías habrán incurrido y que,atendiendo a los antecedentes, bien podría suponer otro tanto): una cantidad en absoluto despreciable que equivale, por ejemplo, a dos tercios del gasto anual de Apple en I+D o a la mitad del de Google.
¿Un cártel invencible?
Muchos considerarán que tamaña sanción administrativa está absolutamente justificada por el daño que han infligido a los consumidores, pero no deja de resultar paradójico que el principal beneficiario de ese daño no sean los propios consumidores a modo de resarcimiento sino las arcas de la Comisión. No menos paradójico, con todo, que el hecho de apelar a un insuperable cártel cuando mayoristas tan importantes como Sony, Sharp, Pioneer o Hitachi no formaban parte del mismo. ¿Acaso los consumidores, al verse acechados por los precios artificialmente elevados de Panasonic o Samsung, no tenían la opción de, digamos, escoger las marcas no cartelizadas y, por tanto, presuntamente más baratas del estante de al lado? Habiendo empresas fuera del cártel, nada tan sencillo como ejercer la soberanía del consumidor escogiéndolas y penalizando a aquellas otras que se empeñaban a vender a precios disparatadamente altos.
Imagino, empero, que semejantes circunstancias no entraron en el análisis de nuestros iluminados eurócratas, obsesionados en ajustar la dinámica realidad de los mercados a modelos tan caducos y poco explicativos como el de competencia perfecta. La sanción no es tanto por el daño infligido cuanto por la osadía de desafiar las estrechas entendederas de la legislación antitrust comunitaria formando, oh anatema, un cártel “de manual”, en palabras de Joaquín Almunia; un cártel tan devastador y difícilmente vencible que, como ya hemos dicho, el consumidor sólo tenía que escoger a Sony en lugar de Panasonic.
Con todo, el auténtico despropósito de la multa no reside en que, en última instancia, el consumidor pudiese burlar muy fácilmente el cártel, sino a que un cártel puede ser (insisto en el puede ser, no necesariamente tiene por qué serlo) una estrategia empresarial que, aunque aparentemente perjudique al consumidor a corto plazo, lo esté beneficiando en el largo plazo. Al cabo, un cártel no es más que una fusión reversible entre empresas, y es evidente que las fusiones pueden reportar grandes ganancias al consumidor (vía mayores economías de escala, unión de equipos investigadores, eliminación de duplicidades o racionalización de los excesos de capacidad).
Las razones de fondo del cártel
Pongámonos en el caso extremo de que todos los mayoristas de televisores hubiesen formado un cártel en un mercado que, como el de tubos de rayos catódicos, se encontraba en declive y donde, por tanto, no cabía esperar que se creara ninguna nueva empresa ajena al cártel para vender esa mercancía a un precio más asequible (nótese que si el sector no estuviera en declive, bastaría con que cualquier capitalista creara una nueva empresa en ese sector y vendiera a precios más bajos que los del cártel, quedándose así todo el mercado). En este restringido contexto, ¿podía un cártel ser beneficioso para los consumidores? Sí, podía serlo.
Precisamente porque la industria de tubos de rayos catódicos estaba en declive y presentaba excesos de capacidad, la manera lógica de minimizar las pérdidas y de facilitar la desinversión en el sector pasaba por una coordinación entre todos los proveedores para evitar que uno inundara el mercado en perjuicio de todos los demás. Repartirse un mercado saturado cuyas ventas van a decrecer año tras año es la manera más sensata de evitar una guerra civil donde todas las compañías salgan perdiendo; del mismo modo que un teatro en llamas hay que evacuarlo en orden y no apelotonadamente, de una industria moribunda hay que salir del modo menos caótico posible. Los mismos que desdeñosamente repiten una y otra vez que los mercados se rigen por la ley de la selva y por sus tendencias autodestructivas son quienes luego se escandalizan al descubrir que no, que en los mercados también existen herramientas cooperativas que limitan el ámbito de la “competencia salvaje”.
Claro que, en apariencia, la cooperación entre las empresas se produce en este caso con el objetivo de trasladarles sus pérdidas potenciales a los consumidores. Pero, ¿es ésa toda la historia? Póngase en la piel de un empresario: ¿su inversión resultará más o menos arriesgada si sabe que, cuando la demanda de sus productos languidezca, no dispondrá de una razonable estrategia de salida que le permita minimizar sus pérdidas? Obviamente, más arriesgada. ¿Y qué hará para cubrirse frente a esos mayores riesgos? O invertir menos en la empresa o vender sus productos a un precio más elevado (de modo que compense las mayores pérdidas futuras con más elevados beneficios presentes). En el primer caso (menor inversión) la oferta de su mercancía caerá, con lo que su precio subirá; y en el segundo, el precio por unidad directamente se incrementará (con lo cual, también venderá menos). Si, por el contrario, usted sabe que sí dispondrá de una estrategia de salida, sentirá cómo el riesgo de su inversión se reduce y se mostrará dispuesto o a invertir más (a producir más) o a vender más barato.
La normativa antitrust de la Comisión Europea, y más en concreto está sanción a los fabricantes de tubos de rayos catódicos, es una forma de cerrar la más razonable de las estrategias de salida: la cooperación entre todos los empresarios afectados por el declive de su sector para proceder a desinvertir de manera ordenada. Si la Comisión tiene éxito a la hora de proscribir estas prácticas, el futuro que nos espera es uno con menos innovación y precios más altos para los nuevos productos, por cuanto sus fabricantes tratarán de cubrirse del riesgo de su repentina obsolescencia (riesgo que, en sectores tecnológicos, es muy considerable) del modo ya analizado.
Al final, por tanto, se trata de escoger entre disfrutar de precios más bajos durante las fases de crecimiento-madurez del producto y de precios más altos durante las de declive, o de precios más altos durante las de crecimiento-madurez y de más bajos durante la de declive. ¿Qué es mejor? No existe una respuesta universalmente válida, aunque la preferencia temporal y el aprovechamiento de las economías de escala parecen sugerir la primera opción. Así, de hecho, lo han escogido (inconscientemente) los consumidores en la industria analizada (podrían haber comprado televisores caros durante las fases de crecimiento-madurez y baratos durante la de declive), pese a lo cual la Comisión castiga al sector con pauperizadoras sanciones milmillonarias para obligarle a ir en la otra indeseada dirección. Al final, pues, la legislación de defensa de la incompetencia se muestra fiel a sus orígenes: no es una normativa dirigida a proteger a los consumidores, sino a subvertir el éxito de las mejores compañías en privativo provecho de un mayor control político y del resto de ineficientes empresarios.
El conocimiento en la estructura productiva
El conocimiento es una dimensión importante y compleja de la estructura productiva o de capital de la economía. La relación fundamental del conocimiento y la producción –de bienes y servicios- es que el primero está plasmado en los bienes de capital. Por ejemplo, una máquina construida para inyectar plástico a un molde y conseguir una pieza de dicho material encierra el conocimiento combinado de aquellos que diseñaron y materializaron esa estructura física –la máquina- con la capacidad de acometer esa función y propósito -inyectar plástico aun molde-.
Puede decirse que los bienes de capital expresan un conocimiento sobre el proceso productivo y cómo este debe ser llevado a cabo; de tal modo que son capaces de multiplicar la productividad de quien use dicha máquina que no necesita poseer el conocimiento requerido para construirla, solamente su funcionamiento básico. Por ejemplo, un operario que haya decidido no dedicar su vida a la ingeniería industrial o al diseño de máquinas que inyectan plástico puede, con pasos relativamente sencillos, ser capaz de crear piezas de plástico a través de la adecuada máquina.
Además, el propio conocimiento encerrado en los bienes de capital vuelve a combinarse gracias al proceso productivo ordenado por el juicio discerniente del empresario, que organiza los recursos productivos conforme a sus planes de producción. En consecuencia, la economía está basada en el conocimiento porque se vale de los bienes de capital (incluyendo las técnicas y modos de usarlos y combinarlos).
Esa combinación de conocimiento y bienes de capital tiene un orden, un sentido, que se conoce como estructura productiva o de capital de una economía. Esta estructura es un aspecto esencial de lo que Hayek denominó el orden extenso de la cooperación humana, pues es el resultado de la tremenda y rica interacción social a través de la cual el conocimiento de muchas personas se combina. Un tipo de esta interacción social es el que se produce en el seno de la institución llamada empresa.
Dentro de esa interacción social del conocimiento encaminada a la producción, hay un tipo de actividad esencial para las economías, y es el esfuerzo creativo por aprender cómo hacer cosas y la plasmación de ese aprendizaje en el diseño de herramientas y productos que puedan ser usados por otros.
Dicho proceso de diseño de las herramientas y productos, que es la plasmación de la especialización del conocimiento, facilita un ahorro de tiempo y costes. Así, los componentes, o módulos, que han de combinarse en el diseño de los bienes de capital son cada vez más especializados y valiosos, de modo que se evitan costosas y prolongadas iteraciones hasta dar con las características apropiadas de los nuevos componentes de los bienes de capital que han de diseñarse –véase la teoría de la modularidad en el diseño de productos-. De hecho, en los procesos de producción modernos no es sencillo separar claramente lo que es producción y lo que es diseño. Los productos evolucionan rápidamente en distintas versiones (los smartphones) conforme los productores van introduciendo continuas mejoras.
Ese conocimiento especializado en el diseño de bienes de capital que serán usados por otras personas va extendiéndose a lo largo de la economía, de la estructura de capital, haciéndola más y más compleja. Una complejidad que ha de entenderse en su sentido intuitivo, es decir, un sistema (la estructura) en el que se incrementan el número de componentes y el número de interconexiones entre ellos. Esta complejidad hace cada vez más difícil aprehender o concebir –o imaginar- la economía, pero guarda un sentido, un patrón, un orden, una estructura.
La reciente literatura especializada en diseños de producto (Baldwin y Clark, 2000) ha desarrollado lo que la teoría austriaca del capital destaca, de un modo más abstracto, como las conexiones inseparables entre la acumulación del capital y el conocimiento tecnológico (Lachmann, 1956 y Lewin, 1999) o el incremento de la productividad de los métodos indirectos de producción (Böhm-Bawerk, 1888) o, como se ha dicho, el incremento de la complejidad de la estructura del capital (Lachmann, 1956).
En resumen, detrás de los medios físicos y humanos de la producción, encontramos toda una intrincada estructura de conocimiento plasmada en los bienes de capital y complementada por el conocimiento en cómo éstos deben usarse. Cuanta más especialización del conocimiento a través de la combinación de dichos bienes así como el desarrollo de nuevos productos –su diseño-, más complejidad alcanza una estructura productiva (o como dice Peter Lewin: “the complexification of production”). Y cuanto más compleja es una economía, mayor es su desarrollo y crecimiento, y más intensamente se plasmará el conocimiento en la estructura productiva o de capital.
Este comentario está basado en el excelente y muy recomendable trabajo de Peter Lewin “The capital-based view of the firm”.
Evo Morales: una visita muy rentable… para Bolivia
Evo Morales obtuvo de Mariano Rajoy un compromiso: Bolivia seguirá siendo eje prioritario de la cooperación española. Ahí no le importa al aymara ser subsidiado. Sin embargo, las frecuentes “nacionalizaciones” de empresas españolas en el país andino no fueron objeto de discusión, aunque el boliviano habló de ellas con su peculiar vocabulario, próximo a la demagogia, con el que satisface a un público tan concreto como acrítico con sus comportamientos: “respetamos a los socios extranjeros pero no queremos patronos“, espetó.
Al respecto, debemos puntualizar que muchas de las nacionalizaciones efectuadas durante su mandato han sido jaleadas desde España por la izquierda y la peculiar concepción que ésta tiene de la justicia (y de la historia).
En el discurso de Morales se apreciaron claras contradicciones. La principal es que se ha enorgullecido de que la balanza fiscal boliviana dará superávit, pero ha pedido que la cooperación española se mantenga, lo cual es paradójico, sobre todo si tenemos en cuenta que añadió que en su país el paro es sólo del 4%. De seguridad jurídica, evidentemente, tampoco habló, tema que por el contrario no eluden otros países de su entorno regional como Chile, Colombia o Perú, cuyos dirigentes gozan de menos simpatías extra-continentales, pero que practican políticas realistas, alejadas de toda algarabía mediática.
Mayor marketing tuvo la estancia de Morales en Barcelona. Es normal puesto que en la Ciudad Condal se ha creado en los últimos años un poderoso movimiento antisistema para el que el Estado de Derecho es papel mojado y que apuesta por un modus operandi basado en el ambiguo concepto de la “acción directa”, lo que generalmente se traduce en violencia pura y dura contra el mobiliario público o privado.
En este sentido, debemos recordar que en las recientes elecciones autonómicas catalanas, las CUP lograron representación en el Parlamento. Por cierto, curiosa contradicción la de las CUP: tanto aborrecer de la política y de los políticos… y se meten a parlamentarios. En el fondo, es un oficio como otro cualquiera, con su salario garantizado a fin de mes y el tiempo libre suficiente como para seguir jaleando conceptos vacuos como “autogestión”.
Entre el lenguaje de dicha formación política y el de Evo Morales, las diferencias, si las hay, son mínimas. Frases lapidarias que no van más allá del mero eslogan. En el fondo, para el político boliviano sus verdaderos interlocutores son estos movimientos sociales y no los gobiernos elegidos democráticamente en las urnas. De cara a agradar al grosso de la audiencia, no faltaron las referencias a la CIA y al FMI, para terminar afirmando que “ahora Bolivia es libre” (evidentemente, gracias a él, se sobreentiende).
Evo Morales forma parte de aquellos dirigentes que gozan de mayores adeptos fuera de su país que en el interior del mismo. Junto a Hugo Chávez y los hermanos Castro es uno de los iconos de la progresía europea, generalmente multimillonaria, y que ve en tales personajes los adalides de la “igualdad”. Para ello, no duda en justificar cuantos actos lleven a cabo, ya atenten contra las libertades más básicas, ya sean puras confiscaciones. No sólo en Europa gozan de predicamento este tipo de dirigentes mesiánicos. En Estados Unidos ocurre algo similar y son numerosos los actores y directores de cine que empatizan con el socialismo del siglo XXI.
Recientemente, Evo Morales nombró a Sean Penn “embajador de Bolivia de las causas nobles ante el mundo”. El ex marido de Madonna siempre ha estado muy pendiente de criticar a Estados Unidos y su sistema de libertades, contraponiéndolo con otras sociedades idílicas según su particular prisma, como la cubana o la venezolana, pero “casualmente” en las que no vive.
En este punto, la farándula norteamericana sí que es más valiente que la española, pues “los nuestros” no trascienden el dogma, son felices autoproclamándose mundo de la cultura y asomándose al balcón de algún teatro para arengar a las masas, mientras ellos sólo se arriesgan fotografiándose con la ceja levantada, paso previo para ir a recoger la subvención.




