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Etiqueta: Comercio globalización y desarrollo

Capindialismo (y III). Lacras presentes, futuro abierto

El saludable efecto detonador de las reformas de 1991 llevadas a cabo en la India parece estar llegando a su fin. Se ha alcanzado un punto de inflexión. Sin una tanda decidida de nuevas medidas liberalizadoras se corre el riesgo de que la economía india caiga en una nueva esclerosis.

Entiendo necesaria una nueva ronda de reformas que acabe con los excesivos y persistentes trámites burocráticos que sofocan el nacimiento de nuevos negocios (start ups), fomente el desarrollo rural mediante una eficiente reforma agraria con el fin de liberalizar los arriendos rurales y mejorar los imperfectos derechos de propiedad y su registro, elimine subsidios existentes, flexibilice el rígido y complejísimo mercado laboral indio, liberalice más el sector bancario y el de la energía (estatalizados en exceso), permita el libre acceso al mercado de nuevos agentes económicos en cada vez más sectores, invierta en sus atrasadas infraestructuras que suponen insufribles cuellos de botella, agilice la labor y la enorme pendencia de las cortes judiciales indias para reforzar la seguridad jurídica en aquel país, restaure el necesario equilibrio presupuestario e introduzca mayores dosis de transparencia en las licitaciones públicas y demás actuaciones de los poderes públicos.

Un país con un PIB que le coloca en la cuarta posición mundial, una población que supera ya los 1.200 millones de almas y una natalidad aproximada de quince millones de nuevas personas al año no puede permitirse el lujo de quedarse a medio camino. El desafío es de envergadura. Hoy, aparte de que el crecimiento de su PIB empiece a desacelerarse, hay dos señales aún más preocupantes: la merma del número de empresas que entran a competir cada año en el mercado local al persistir todavía grandes barreras de entrada y la endémica corrupción tanto de políticos como de empresarios oligarcas.

Rajiv Lall, ejecutivo financiero indio, comentó en cierta ocasión con amargura que en su país existían muchas leyes pero poco orden, a diferencia de lo que ocurría en China en la que había pocas leyes pero mucho orden. Esa es la razón por la que ha recibido la segunda mucha mayor cantidad de inversión extranjera directa que la primera. El milagro indio no es haber crecido a tasas impensables hace un par de décadas sino haber logrado triplicar su renta per cápita desde 1991 pese a sus insuficientes reformas liberalizadoras, pese a su casta política y a pesar de contar con un débil marco institucional aderezado con una agobiante inflación legislativa.

China comenzó trece años antes (1978) los procesos de reforma económica por lo que sus indicadores económicos son mejores que los de la India, pero impone aún severos controles y directrices a sus individuos y empresas. El capitalismo despótico y cuasi neocolonial chino cuenta con muchos admiradores debido a sus decisiones centralizadas y a sus grandes corporaciones patrocinadas por el Estado, pero carece prácticamente de sociedad civil. En la India todo se discute en el parlamento federal, en los estados, en sus agrupaciones locales y en los numerosos medios de comunicación. Sus profesionales de la política se mueven en el cortoplacismo, por clientelismos y lobbies diversos que tienden al proteccionismo. Es complicado tomar medidas efectivas como sucede en sociedades autoritarias por lo que sus cambios son lentos e incrementales. Pese a ello, tal vez a largo plazo el capindialismo se adapte mejor a un contexto de economías del conocimiento hacia el que tendemos.

En la India las instituciones democráticas surgieron antes de haber pasado por una revolución industrial; aquéllas crearon una intrincada maraña regulatoria antes de que la economía privada pudiera transformar una sociedad eminentemente rural en otra más desarrollada. Sin embargo, en su haber cuenta con logros indiscutibles como la libertad de expresión, pluralismo político, elecciones libres, acceso libre a Internet y a la opinión no censurada e irrestricta del exterior. Su economía ha quedado también parcialmente liberada desde mediados de 1991. Además, los numerosos medios de comunicación indios (hay más de 360 canales de televisión independientes y multitud de periódicos tanto en papel como online) garantizan la pluralidad de opiniones e ideologías. El gobierno indio puede tardar más en llevar a cabo acciones por su "estilo democrático" pero, al menos, sus errores no tendrán las consecuencias globales que puedan acarrear los cometidos por el único Partido comunista chino que actúa con notable opacidad y goza de escasa presión democrática desde abajo. Tampoco podemos olvidar que en China hay también su buena dosis de corrupción y se ejecuta a más gente en una sola semana que en toda la historia india desde su independencia.

La India tiene empero debilidades crónicas. A modo de ejemplo mencionemos que es complicado ser productivo en un país cuyas empresas rara vez tienen todos sus departamentos trabajando al unísono. Es habitual que cada uno de éstos contrate sólo a trabajadores de una misma religión para evitar enfrentamientos entre ellos. Debido al diverso panel de festividades religiosas con las que cuenta la India es normal que dejen de trabajar de forma intermitente departamentos enteros, atrasando y paralizando la coordinación dentro de las empresas.

Hay indicadores aún mucho más alarmantes. Casi un tercio de su población está alejada o al margen del mercado; vive, por tanto, en la extrema pobreza. Siguen existiendo elevadas tasas de desempleo y de analfabetismo. La pervivencia de la atosigante tradición de la dote hace, además, indeseables a las niñas por lo que son masivamente abortadas durante su gestación. El establishment político y sindical muestra indiferencia o, en el mejor de los casos, impotencia a la hora de mejorar la suerte de los más pobres de su país. Martin Wolf señaló con acierto que la India era una "superpotencia precoz" al combinar una economía inmensa con muy bajos estándares de vida.

Por otro lado, las finanzas del Estado indio empiezan a deslizarse de nuevo por terrenos delicados que pueden hacer descarrilar su economía: la deuda pública vuelve a rondar el 80% de su PIB; a esto se unen crecientes déficit fiscales y corrupción en todos los niveles de gobierno. En un mundo de inversiones globalizadas, la creencia de que la soberanía estatal puede acumular indefinidamente niveles de endeudamiento excesivos de manera impune ha demostrado ser falsa. Acechan, además, no pocos peligros tales como el fanatismo religioso, el ultra nacionalismo, el atávico sistema de castas sociales, los movimientos maoístas, la tentación militar frente a países vecinos con los que persisten aún conflictos territoriales y la sempiterna burocracia arrogante. Siguen siendo muchas las lacras.

Una de las principales tareas pendientes y no resuelta con las reformas liberalizadoras de 1991 es la facilitación efectiva de un entorno propicio a la empresarialidad con el fin de que emerjan allí nuevos y constantes negocios (nacionales o extranjeros). Hoy día esto sigue siendo difícil. El último reporte de Doing Business 2012 de la International Finance Corporation –miembro del grupo del Banco Mundial- sitúa a la India en el decepcionante puesto número 132 dentro del ranking de 183 países del mundo. Su vasto mercado interior está aún por conquistar. La India cuenta con un potencial tesoro consistente en un mercado cuatro veces la población estadounidense concentrada en una superficie apenas un tercio de la del país americano. Es un desafío tan prometedor como complejo.

Actualmente existen cerca de seiscientas zonas económicas especiales repartidas por la India. Cuando proliferan dichos enclaves en un país es porque dispone de una legislación general inadecuada para la iniciativa privada y los proyectos empresariales. Es un mal menor, una válvula de escape a modo de laboratorio económico acordado graciosamente por los gobernantes para paliar un problema de fondo que sigue sin resolverse. La India debiera convertirse toda ella en una zona económica especial y libre. Si se consiguiera esto habría beneficios y externalidades positivas inimaginables para todos.

Los indios de la diáspora han demostrado ser gente laboriosa y emprendedora en aquellos lugares donde existe una libre (y reglada) competencia y se dan las condiciones necesarias para desarrollar negocios con cierta seguridad y libertad. Nada indica que no sean capaces de hacerlo en su propio país. La prosperidad generalizada hará acto de presencia en la India si se dan esos incentivos adaptados a su entorno para que una economía de mercado dinámica arraigue realmente allí. Sus representantes estatales debieran permitir la libre entrada de la competencia dentro de sus fronteras y dejar manifestarse en toda su plenitud la iniciativa individual. Esa confianza en la acción creativa y emprendedora de sus ciudadanos traerá sin duda cuantiosos réditos.

En su reciente visita a España, el presidente del Consejo nacional de la innovación de la India, Sam Pitroda, a la pregunta de qué le diría a los recién licenciados europeos formulada por parte un periodista patrio del montón –es decir, de convicciones socialdemócratas- contestó que "un joven licenciado no debe buscar empleo, sino crearlo". Parece que en la India el paradigma está cambiando. Quedan por derribar, no obstante, no pocos obstáculos y llevar a cabo las reformas mencionadas.

Ojala que se vaya afincando cada vez más –y en la medida de lo posible- en el subcontinente indio ese mecanismo impersonal y éticamente neutral al que denominamos capitalismo que hace posible que personas desconocidas entre sí se apoyen en la satisfacción mutua de sus necesidades y propósitos. Sólo de esta forma terminará actuando no sólo a favor de millonarios sino al servicio de millones. Entonces sus habitantes podrán, al fin, disfrutar de mayor libertad para elegir y serán más autónomos. Esa independencia y esa soberanía es lo que realmente importa.


Este comentario es parte integrante de una serie publicada acerca de los daños y secuelas producidos en la India al abrazar el socialismo tras su independencia y la transformación que supuso la tardía introducción de un capitalismo sui generis en dicho país a partir de julio de 1991, pese a contar aún con numerosos lastres endémicos. Para una lectura completa de la serie, ver también I y II.

Capindialismo (II). 1991: liberación parcial de la economía india

Pese a las tímidas reformas liberalizadoras de Rajiv Gandhi de los años ochenta, la economía india llegó exhausta y excesivamente endeudada al inicio de la década siguiente. En 1991 vino la quiebra de facto del Estado indio y su colapso económico, que le llevó a pedir el rescate al FMI. Tuvieron que hacerse reformas estructurales, no cosméticas. Los retóricos del tercermundismo quedaron desacreditados. Por fin la economía india empezó a liberalizarse en serio y a abrirse al mundo.

Así, en julio de 1991, caído el muro de Berlín y estando ya la planificada economía soviética y la propia URSS ambas en coma, se desregularon en la India muchos sectores, se bajaron decididamente los impuestos, se devaluó la rupia junto a su progresiva convertibilidad, se controló la inflación, se redujo el déficit presupuestario, se cortaron subsidios y subvenciones, se privatizaron algunas industrias estatales, se desmanteló la infausta licencia Raj, disminuyó el control del gobierno sobre el comercio exterior y se fomentaron las inversiones del exterior, entre otras. Sólo a partir de aquellas medidas patrocinadas por Narasimha Rao y, más tarde, por Manmohan Singh, la economía india se puso verdaderamente en marcha al desembarazarse de muchas de las trabas sangrantes que impedían su desarrollo desde que obtuvo la independencia.

Los escépticos en ese momento abundaron. Pronosticaron que la India sufriría una "década perdida", tal y como sucedió con los países africanos en los años 80 al disponerse a adoptar supuestamente las mismas recetas impuestas por el Banco Mundial y el FMI. También alertaron de que la apertura de la economía india permitiría a las multinacionales hacerse fácilmente con las empresas indias y dominar el mercado. Nada de esto sucedió: el PIB indio creció desde entonces una media del 7% anual y muchas empresas locales no sólo se mantuvieron y evolucionaron, sino que algunas se convirtieron ellas mismas en multinacionales. Los antiliberales, siempre tan alarmistas y tan errados en sus predicciones.

El muy imperfecto capitalismo activado hace ya veinte años está dando sus frutos. Las exportaciones, las importaciones y las reservas han ido aumentando sostenidamente cada año. La famosa "tasa de crecimiento hindú" quedó más que duplicada desde entonces. Si observamos la propiedad de sus principales empresas por volumen de facturación, el 41% son estatales, otro 41% son propiedad de tradicionales sagas familiares (Birla, Tata, Ambani, Singhania, Mittal, Mahindra, Agarwal…) y el 18% restante son de titularidad institucional o tienen el accionariado más difuso. Sin embargo el grueso del entramado empresarial está formado por millones de pequeñas o medianas empresas dispersas por doquier que han resurgido al calor de las reformas de 1991. Sus anhelos y proyectos modestos contribuyen a su manera a la modernización y prosperidad de su país. Estas pymes son las que contratan la mayor parte de la fuerza laboral india; muchas de ellas operan en la economía sumergida.

Inesperadamente la nueva economía india se especializó en servicios de software y en la tercerización de otros servicios técnicos y de información. En concreto, la industria de la tecnología de la información fue el primer sector que tuvo éxito fuera de sus fronteras sin ser parte de ninguno de los planes del gobierno de la India. La Administración no supo cómo regular ni hacer tributar todo lo relativo a dicha tecnología. La dejó a su suerte –en contraste con las computadoras y demás equipos de hardware-, por lo que se convirtió por sí sola en una de las actividades más pujantes e innovadoras del país. India pudo así exportar libremente códigos y bits hacia el resto del mundo, a diferencia de lo sucedido con sus mercancías, más fáciles de gravar o regular. Infosys, TCS, Cognizant, Wipro o HCL Technologies están por sus propios méritos dentro de las cuarenta empresas top desarrolladoras de IT a nivel internacional. Por su parte, las compañías más grandes del mundo han establecido casi todas sus centros de software en Bangalore o en Haydarābād.

Otro sector en que apenas el gobierno interfirió y que experimentó un desarrollo espectacular fue la industria del cine. Hoy, Bollywood es una verdadera potencia industrial de la región, no necesitando protección o subvención cultural de ningún tipo. Por lo demás, otros sectores dinámicos del país son la biotecnología, el turismo, las telecomunicaciones, el sector financiero no bancario o el farmacéutico.

Más de la mitad de la población activa trabaja aún en la agricultura, pero es el sector servicios el que representa significativamente el 60% de su PIB. Porcentaje algo inferior a lo que sucede en países como Alemania, Corea del Sur o Japón, que está en torno al 70% (lejos aún del 81% de EE UU o Países Bajos).

La India –antes una economía aislada del mundo- se incorporó formalmente en enero de 1995 junto a Brasil como miembro de la Organización Mundial del Comercio (China lo haría en 2001 y Rusia en 2011). Desde 2010 se ha incorporado también la India a la zona regional de libre comercio de la Asociación de países del Sureste Asiático (ASEAN). Después del prolongado enfriamiento de las relaciones bilaterales con China desde los años 60 a los 80, Pekín es ahora el mayor socio comercial de la India. Por su parte, se están normalizando también las relaciones bilaterales con Pakistán; fruto de ello ha sido el reciente acuerdo firmado en septiembre de 2012 para liberalizar cuatro décadas de restrictivo régimen de visado mutuo.

Se prevé que para finales de 2012 se concluya un acuerdo preferencial con la Unión Europea. Por su parte, los políticos profesionales norteamericanos están también presionando para que se firme uno con su país. El comercio internacional en régimen preferencial es lo que se está imponiendo.

Gracias a las reformas llevadas a cabo a mediados del año 1991 se han ido desmontando en la India buena parte de los anteriores encorsetamientos de décadas enteras de políticas autárquicas y socialistas impuestas coactivamente por los gobernantes indios desde que obtuvieron su ansiada independencia. Después de dos décadas de liberalización parcial de su economía, más del 40% del PIB de la India está ahora ligado al comercio internacional. Su producción empieza ya a abandonar niveles muy inferiores a su verdadero potencial.

Afortunadamente pasaron también a la historia los nocivos programas de ayuda masiva de los años 50 y 60 por parte de los países desarrollados hacia la India. Quedó demostrado, una vez más, que lo que necesitan los países en vías de desarrollados es comercio, no ayuda (trade, not aid).

El índice de pobreza en la India, según estándares actualizados del Banco Mundial, estaba en torno al 55% de la población en 1980, pasó al 45,3% en 1994 para descender acusadamente en 2011 al 29,8%, al mismo tiempo que mantiene una población de altísimas tasas de crecimiento. Esto es un triunfo pocas veces resaltado. Igualmente capeó razonablemente bien la crisis asiática del 97, así como la actual crisis financiera global. Es innegable la mejora con respecto al pasado reciente. Con todo, es el país más pobre de los cuatro grandes emergentes de los BRIC, con una renta per cápita en cuanto a paridad de poder adquisitivo unas 2 veces menor que la de China y cuatro veces menor que la de Brasil o Rusia. La edad media de su población es, por el contrario, la menor de todos ellos (28 años) y es probable que para 2025 sea la nación más poblada de la Tierra.

Lo logrado hasta ahora en la India es encomiable pero queda mucho por hacer. Abundan actualmente las críticas –escasas antes de 1991– debido a la desigualdad y a las muchas carencias entre la población india, que no dudan en atribuirlas a ese capitalismo local o capindialismo. Aunque estos reproches son certeros en algunos casos (Amartya Sen, Jean Drèze, Angus Deaton, Abhijit Banerjee), no hemos de perder de vista que la mayoría de las penurias existentes aún hoy son fruto de décadas pasadas de socialismo fabiano, planificador y venalmente burocratizado que se resiste a desaparecer del subcontinente indio.

Una segunda transición hacia la prosperidad es, pues, necesaria en la mayor democracia del planeta.


Este comentario es parte integrante de una serie publicada acerca de los daños y secuelas producidos en la India al abrazar el socialismo tras su independencia y la transformación que supuso la tardía introducción de un capitalismo sui generis en dicho país a partir de julio de 1991, pese a contar aún con numerosos lastres endémicos. Para una lectura completa de la serie, ver también I y III.

Los ricos

En una sociedad libre donde los individuos persiguen fines particulares de manera competitiva en un entorno institucional basado en la propiedad privada, la mayoría de ellos termina acumulando cierta riqueza. Los ricos, denominados así por ser propietarios de suficientes bienes de capital como para que sólo con las rentas que éstos generen poder alcanzar un alto nivel de vida, son una consecuencia inevitable de la libertad individual.

El rico puede serlo por diferentes caminos: teniendo un notable éxito empresarial, produciendo bienes o servicios muy valorados; siendo un trabajador altamente especializado con un salario extraordinario; o lográndolo por herencia, juegos de azar, o por su pertenencia a una determinada familia, propietaria de una gran cantidad de bienes de capital y empresas. En cualquiera de los casos, el rico lo será dentro de un ámbito institucional, en relación y dependencia absoluta con el resto de agentes.

Los ricos, además de ahorrar, invertir en nuevos bienes de capital y reponer los ya existentes, son grandes y selectos consumidores. Con su gasto y elección, contribuyen a que los empresarios apuesten por nuevos bienes y servicios, investiguen, prueben, mejoren sus productos, y provean al mercado de calidades y aplicaciones mejores y alternativas. Los ricos gastan en tecnología, premian la innovación y lo hacen con la intensidad suficiente como para que todos esos nuevos bienes y sus aplicaciones sean menos costosos y, por tanto, accesibles a un público creciente.

Los ricos, más allá de su carácter productivo y como meros consumidores, patrocinan un tipo de solidaridad que tiende a no enquistar situaciones de dependencia y marginalidad. La competencia caritativa hace que se cubran las necesidades de un número mayor de causas de desamparo. La sensibilidad del individuo y la necesidad que tiene de corregir las tragedias que le rodean, y compensar, de algún modo, el infortunio más evidente, guía a quien dispone de suficiente riqueza como para vivir sin restricciones hasta convertirlo en un agente solidario perspicaz y creativo. La caridad que procede de la voluntaria aportación y movilización de los individuos no estabiliza la dependencia, sino que crea instrumentos que la reducen o transforman, cuando esto es posible. En los casos más críticos, los medios que se emplean tienden a ser mayores y mejor distribuidos entre las distintas causas benéficas.

La persecución fiscal se justifica en la idea falaz de que el individuo, libremente, nunca llegará a compensar las situaciones de desequilibrio e infortunio que resulten del propio proceso social. En este sentido, se defiende la centralización en la toma de decisiones sobre la redistribución de la riqueza, negando casi por completo esta facultad a todos y cada uno de los ciudadanos, quienes, por culpa de la política fiscal, terminan convirtiéndose en contribuyentes forzosos de un gran entramado estatal de pseudocompensación. La progresividad fiscal pretende penalizar a los ricos, exigiéndoles una contribución exponencialmente mayor que al resto.

La Política, con mayúsculas, representa la antítesis del panorama descrito al principio de este artículo, donde los ricos lo son o llegan a serlo porque son capaces de proporcionar al resto de individuos esos bienes y servicios más útiles para perseguir los fines más valorados por la mayoría. Muy al contrario, un orden social que reserva la riqueza a quienes, a través de la Política, expropiando, interviniendo o regulando en el mercado, alcanzan cotas de poder y prebendas equivalentes a las que en una sociedad libre sólo se lograría de la manera antes descrita, es un sistema basado en la violencia, el fraude y el expolio de la mayoría a favor de una casta privilegiada de dirigentes. Poco importa que éstos sean políticos con "cargo público", o políticos con "empresa privada".

La ideología que no llega a entender el papel de los ricos en la sociedad, porque tampoco entiende que su mera existencia es una consecuencia inevitable de la libertad individual, recurre al argumento moral para desprestigiar a quienes más riqueza acumulan. Existe cierta conexión con la persecución fiscal, dado que se utiliza el argumento de que los ricos nunca pagan suficientes impuestos, y que cuando pueden, los evitan o huyen a algún refugio fiscal.

De acuerdo con este principio, como los ricos "pagan pocos impuestos" (o "menos de los que deberían…"), ha de exigírseles una extraordinaria generosidad en proyectos de caridad. No es raro comprobar cómo muchos de esos ricos terminan cayendo en esta trampa, demostrando una absurda "mala conciencia" que no es sino el resultado de la injusta propaganda que promueven sus enemigos, que lo son también de la libertad individual.

Lo cierto es que sin necesidad de esta presión moral, en entornos de libertad, cuanto más tienen los individuos, más tienden a hacer donativos (voluntarios) a quienes consideran necesitados de atención. Sus enemigos, sin embargo, nunca lo entenderán de ese modo, sino que incidirán en el discurso de la mala conciencia, porque en realidad, "los ricos no aportan tanto como reciben de la sociedad". Los enemigos de los ricos defienden además que la riqueza de los que más tienen, procede precisamente de la explotación de trabajadores, de la destrucción del medio ambiente, de la creación de bienes y servicios que idiotizan o alienan a los consumidores con falsas necesidades…

Pero la realidad es tozuda, y la demagogia cae por su propio peso. El único mundo donde podría no haber ricos, en los términos descritos para una sociedad libre, sería muy parecido a la antigua URSS, donde el poder político se confundía con el económico, y sus detentadores lo obtenían sirviéndose de medios ilegítimos, la conspiración, la purga y el engaño, y sobre todo, gracias a la violencia atroz y generalizada ejercida precisamente sobre el resto de individuos, a quienes se les condenaba a ser más pobres y dependientes de lo que lo serían en un mercado libre.

Los enemigos de los ricos, con sus discursos hueros y cargados de inquina, no afrontan la gran contradicción unida a su defensa a ultranza del Estado frente al Mercado. Las grandes mansiones, los mejores coches y el lujo más obsceno seguirían estando al alcance de unos pocos. Pero a costa de que esta nueva élite de Partido, seguramente inferior en número y mucho más cerrada de lo que son los más ricos de una sociedad libre, disfrutase de los placeres que reporta el control ilegítimo de los medios de producción, el resto, un número mayor y mucho más homogéneo de ciudadanos, viviría terriblemente peor y sin libertad.

Las importantísimas funciones que cumplen los ricos en las sociedades libres no las puede suplir ninguna organización burocrática estatal. La conservación e incremento del capital, la innovación tecnológica y una caridad potente, descentralizada y perspicaz, sólo son posibles cuando los individuos pueden amasar fortunas sin otra restricción que el Derecho, la propiedad privada y la libertad del resto de individuos.

@JCHerran

Suiza, un país modélico

Imagínese un país donde el desempleo fuese del 2,9% (en España es del 25%), que tuviese un PIB per capita de 60.500 euros (en España es de 23.100 euros), donde el salario medio fuese más del doble que en nuestro país. Un lugar en el que la administración sólo gasta el 32% del PIB (en España ronda el 50%) pero que, sin embargo, dispusiese de servicios públicos de primera clase. Ese país existe, se llama Suiza y está a solo hora y media de Madrid en avión.

Suiza es la quinta economía del mundo en términos de riqueza generada por habitante y la octava en poder adquisitivo. Es, además, una máquina de exportar. Suiza, un país minúsculo, exporta más que la India o Brasil, y no en términos relativos, sino absolutos. Los suizos son un 49% más productivos que los británicos y un 40% más que los alemanes. Y no precisamente porque esta pequeña confederación alpina tenga muchas multinacionales, que algunas si que tiene a pesar de su diminuto tamaño y su falta de acceso al mar.

Un país de pequeñas empresas

Esa riqueza proverbial y envidiada por todos no se debe, a pesar de la creencia generalizada, a los bancos. Suiza es un país de pequeñas empresas, casi todas manufactureras y de servicios. El 88% de las empresas suizas tienen menos de diez empleados. Eso no quita para que un país que no llega a los ocho millones de habitantes cuente con auténticos gigantes como Nestlé, que emplea a casi 300.000 personas en todo el mundo. Son precisamente las PYMES suizas las que sirven de soporte a los colosos de la industria nacional.

Las grandes corporaciones helvéticas como Swatch, Novartis, ABB, Holcim, Adecco, Roche o Lindt & Sprüngli no se dedican al negocio de guardar dinero, sino a la producción de bienes y servicios, generalmente de alta calidad y muy demandados en los mercados internacionales. Ese y no otro es el secreto de una economía sana que ha construido un país modélico que atrae a población cualificada de todo el globo. Los suizos son los europeos más libres, tanto desde el punto de vista económico como desde el político. Cuenta con la mayor calificación de Europa en el Índice de Libertad Económica y, a nivel mundial, sólo es superado por Hong Kong, Singapur, Australia y Nueva Zelanda. Esto ha provocado, entre otras bendiciones, que sea el país más competitivo del mundo según el Índice de Competitividad Global que cada año elabora el World Economic Forum, y el más innovador de Europa desde hace varias décadas.

Su buen desempeño económico ha hecho de la Confederación Helvética una auténtica Meca para emigrantes de todas las latitudes. Aproximadamente el 25% de la población es de origen extranjero, pero apenas hay problemas de integración y no se han registrado jamás disturbios de tipo étnico como los que castigan periódicamente a otras economías exitosas.

Un pueblo diverso y tolerante

Los suizos son, por definición, un pueblo diverso que convive sin roces a pesar de que, dentro de sus fronteras, se hablan cuatro idiomas tan diferentes entre sí como el alemán, el francés, el italiano y el romanche. Es una confederación formada por 26 cantones que, por voluntad propia, se fueron agregando a lo largo de la Historia. Cada cantón cuenta con su propia constitución y su propio parlamento elegido democráticamente. Los cantones son países en miniatura. A ellos les compete la Justicia, la educación, la atención sanitaria y, lo más importante, la tributación. Esta independencia fiscal ha obrado el milagro de que Suiza sea el país europeo con los impuestos más bajos si exceptuamos a refugios fiscales como Liechtentein (que, a su modo, es también parte de Suiza) o Mónaco.

La democracia más auténtica

Dentro de los cantones impera la democracia más auténtica del continente. Los suizos votan continuamente en referéndums de lo más variado. Luego, si las circunstancias lo piden, esos plebiscitos se elevan a escala nacional, como sucedió hace tres años con el célebre referéndum de los minaretes. Los referéndums son, por lo general, iniciativas populares que, tras obtener un apoyo previo, se llevan a las urnas y son siempre vinculantes para el poder político. En lo que va de año los suizos han votado en once ocasiones en referéndums federales.

Lo habitual es que las consultas se concentren en una sola para no obligar a los ciudadanos a pasarse la vida votando. En marzo, por ejemplo, se celebró uno en el que se votaban cinco iniciativas. La primera para poner un precio fijo a los libros (salió que no), la segunda para limitar la construcción de segundas residencias a un máximo del 20% por comuna (salió que sí), la tercera para que los impuestos que la Confederación tributa por los juegos de azar se empleen en servicios públicos (salió que sí por mayoría abrumadora), la cuarta para que se aprobase un calendario de vacaciones de seis semanas (salió que no) y la quinta para que las constructoras pagasen menos impuestos (salio que no).

Eso a nivel federal. En 2012 los cantones de Zúrich y Ginebra fueron a las urnas para determinar, en el primero, si se habilitaban unas casetas para el ejercicio de la prostitución callejera (fue aprobado) y, en el segundo, para aumentar las multas y restringir las manifestaciones en la calle (fue aprobado también).

Tal vez a los progresistas europeos el modelo suizo les disguste pero es, de lejos, el más democrático de Europa. A ello no es ajeno que Suiza sea el país con menos políticos y empleados públicos del continente. Estos últimos fueron, de hecho, desposeídos de la condición vitalicia de su trabajo gracias a un referéndum que se celebró hace una década. Hacer eso en España es, simplemente, algo impensable aunque la elefantiásica nómina pública esté asfixiando la economía.

Libertades en los imperios del mundo atlántico

Casualmente, coincidiendo con la reciente fiesta de la Hispanidad, tuve oportunidad en participar en una sesión de coloquios sobre una obra del conocido hispanista John H. Elliott. La obra en cuestión se titula "Imperios del mundo atlántico: España y Gran Bretaña en América (1492-1830)". En la misma, el historiador, en su mejor tradición de empirista inglés, realiza una recopilación de hechos, comparando ambos imperios americanos en los distintos momentos de su evolución histórica, desde su descubrimiento y conquista hasta su secesión, pasando por la explotación de recursos, orden legal y político y evolución de la población.

El objetivo, no explicitado, de tal comparación podría ser tratar de comprender por qué en un caso, el de los Estados Unidos, derivado del imperio británico, se alcanzó una sociedad plena de libertad que le llevó a constituirse en la gran potencia de la época moderna, mientras que en las repúblicas procedentes del imperio español no se alcanzó una situación similar y, en algún caso, ha desembocado en una situación completamente opuesta (casos de Cuba o Venezuela en la actualidad).

Es obvio, no obstante, que en la comprensión de tal situación han de tener alguna influencia los hechos ocurridos con posterioridad a 1830, de los que el tratado no se ocupa. Pero tampoco es discutible que durante los casi 400 años analizados se pondrían bases importantes para lo que luego habría de acaecer.

Pues bien, por mucha metodología empirista que se presuma, lo cierto es que la obra no recoge absolutamente todos los hechos ocurridos durante la existencia de los imperios, algo que sería imposible. Luego existe un criterio para la selección de los hechos descritos, que necesariamente ha de reflejar la tesis implícitamente sostenida por Elliott para explicar la divergencia apuntada hace dos párrafos.

¿Cuál parece ser esa tesis? Simplificando mucho, las colonias británicas se vieron obligadas a aceptar en su seno a todo tipo de religiones y nacionalidades europeas. Ello, unido a la mayor libertad de expresión y comunicación, habría dado lugar a un caldo de cultivo que permitió cambiar completamente el mundo del que provenían sus colonos. Y así se alumbraron unos valores y aspiraciones "definitorios de la identidad nacional estadounidense", cual fueron "un espíritu innovador y emprendedor, la búsqueda del mejoramiento individual y colectivo, y la búsqueda sin descanso de oportunidades" (ver p. 583 de la obra).

Frente a ello, en el imperio español se impidió la aparición de otras religiones, predominando la extensión de un catolicismo dirigido por los propios monarcas como parte de su compromiso "divino". Además, se habría dado un férreo control ideológico, no tanto de forma expresa como a partir de los lazos mantenidos con la metrópoli. Estos lazos y sistemas burocráticos, junto con la escasa difusión de obras impresas, habrían hecho innecesario e impedido el debate ideológico, que tan fructífero resultó a las colonias británicas cuando llegó el momento de independizarse.

En resumen, habría sido la libertad de religión, ideológica y de expresión la que habría conducido a esa búsqueda sin descaso de oportunidades característica de los estadounidenses, esto es, a la libertad económica que ha hecho de tal país la potencia económica que conocemos en la actualidad.

Sin embargo, el análisis praxeológico, apunta una causalidad inversa. Es precisamente la libertad económica la que puede permitir las otras libertades citadas, al menos de forma efectiva. Se puede tener nominalmente libertad política, religiosa o de expresión, pero es difícil llevarlas a la práctica si no existe libertad económica, por la sencilla razón de que el Estado puede optar por privar de recursos aquellas manifestaciones de esos tipos de libertad que no le sean conformes. En cambio, la libertad económica conlleva la posibilidad efectiva de ejercer los otros tipos de libertad, aunque estén proscritos por el Estado, eso sí, a un coste superior que si no lo estuvieran.

Elliott acumula en su obra indicios de la libertad económica existente en la América española, y durante la mayor parte del imperio. Así, nos dice que "las consideraciones comerciales estaban presentes desde el principio de la iniciativa española" y que los proyectos de expansión, ingleses y castellanos, "para su realización dependían en gran medida de iniciativas privadas y colectivas" (p.56). Aunque también sabemos, porque lo explica en otro momento, que la iniciativa inglesa estaba bastante impulsada por el Estado británico quien, envidioso del homólogo español, trataba de promocionar estos proyectos mediante la concesión de monopolios legales de comercio. Y es que el descubrimiento de América es una gran empresa, que solo podía darse en el país más emprendedor de la época, el más libre, que no era otro que la España reconquistadora.

Tal capacidad de emprendimiento y libertad económica se trasladan a ultramar. Así, nos cuenta Elliott (p.52) que, dado que "las formas de riqueza más fáciles (la plata y los indios) estaban reservadas a una afortunada minoría", los mayoría de inmigrantes tuvieron, para sobrevivir, que "aplicar su habilidad como artesanos o explotar las posibilidades locales para desarrollar nuevas fuentes de riqueza". Vamos, que se vieron obligados a ser emprendedores, cosa a la que ya estaban acostumbrados pues lo hicieron "en las tierras recuperadas por los cristianos en la Andalucía medieval."

Esta situación de libertad parece mantenerse en el tiempo, pese al evidente interés de la corona y el Estado por los metales preciosos encontrados en las Indias. Diversos mecanismos jurídicos e institucionales contribuyen a mantener una gran libertad económica en el imperio español de ultramar, entre los que no hay que desestimar las enormes dificultades logísticas que supondrían al Estado conseguir que se le obedeciera en tan inmensa región con los medios tecnológicos disponibles en la época. En otras palabras, que la considerable intervención que pretendía el Estado español era, en muchos casos y por distintos motivos, ineficaz, permitiendo una libertad económica impensable en la actualidad.

Como prueba de lo anterior, Elliott nos cuenta (p.379) que "cualquiera que visitara a mediados del siglo XVIII los grandes virreinatos de Nueva España y Perú habría quedado impresionado (…) por las muestras de actividad empresarial, vitalidad comercial y movilidad social en extensas áreas del territorio". Los conocimientos de teoría económica de Elliott le hacen atribuir esto erróneamente "a la renovada pujanza de sus economías mineras", como si este fuera un hecho exógeno a la economía, en lugar de a la causa que un economista buscaría (y que apunta más adelante) cual podría ser "un nivel más bajo de impuestos por parte de la Corona".

En suma, puede que el imperio español de América careciera de libertad religiosa o ideológica, pero de lo que parecía disponer en abundancia era de libertad económica. Los españoles ya disponían pues de ese "espíritu innovador y emprendedor, la búsqueda del mejoramiento individual y colectivo, y la búsqueda sin descanso de oportunidades" que Elliott considera definitorios de la identidad nacional estadounidense, aunque no se hubiera gestado en un caldo de otro tipo de libertades.

Y es que el emprendimiento es innato al ser humano. Todo ser humano busca cómo mejorar su situación con los recursos a su disposición, e imagina constantemente nuevos usos y nuevos recursos. Este espíritu no es definitorio de ninguna identidad nacional. Solo depende de si tiene libertad para imaginar, para usar sus bienes y para retener los beneficios de sus iniciativas.

Que América se descubra desde España, no es casualidad: es producto de la libertad que existía en España en la época. Que Estados Unidos sea hoy la potencia que es tampoco es casualidad: es producto de la libertad que ha conocido este país desde sus mismos orígenes coloniales. La cuestión clave para entender la distinta evolución de los Estados Unidos respecto a los estados hispanoamericanos se reduce a preguntarse en qué momento y por qué perdieron estos últimos su libertad económica.

PS: Este texto es una reflexión personal, que hubiera sido imposible sin las escuchadas a los restantes participantes en el Coloquio 812, organizado por el Liberty Fund y la Universidad Francisco Marroquín. Es por tanto obligado agradecerles a todos ellos sus ideas, y a la UFM y al LF, especialmente a Lucy y sus dos Andreas, la impecable organización y los buenos momentos disfrutados.

Venezuela: cinco años más de subvención liberticida

El oficialismo triunfó en Venezuela. Más madera para que los adeptos a Chávez, sobre todo la progresía europea, insistan en que las urnas lo legitiman. En este sentido, de cara a la salud democrática, tiene mayor valor el fair play de Henrique Capriles acatando la derrota y prometiendo trabajar constructivamente desde la oposición. ¿Hubiera hecho lo mismo el caudillo bolivariano de haber perdido o hubiera desatado un tsunami de magnitudes incalculables?

La revolución bolivariana dispondrá, por tanto, de una nueva legislatura. Lo que no cambia es el vocabulario y las formas. En efecto, al estilo de los dirigentes de la antigua URSS, Chávez ha hablado del II Plan Socialista de la Nación, al igual que en su día Stalin estableció los Planes Quinquenales. Dicho plan seguirá las directrices habituales del Chavismo, esto es, politización de la ayuda a través de los programas sociales, permitiéndole obtener lealtades inquebrantables.

Más complejo se presenta el panorama para la libertad de expresión, no siendo descartable que tenga como modelo a Rafael Correa. Éste ha definido la victoria de Chávez como algo “maravilloso”, empleando un lenguaje de corte bélico: “próxima batalla: Ecuador”. Las extravagancias no han terminado ahí, de tal manera que Evo Morales ha dedicado el triunfo de Chávez al Che Guevara. Cualquier argumento es bueno para anestesiar a las masas.

Asimismo, conscientes de que en Venezuela puede producirse una incertidumbre a todos los niveles, especialmente en el económico, unido a las posibles represalias hacia quienes no comulgan con el Chavismo, la combinación de ambos factores ocasionará que muchos venezolanos opten por la emigración. En este sentido, no caigamos en el error de pensar, como le gustaría a Chávez, que se trata de una emigración por razones políticas, puesto que el panorama laboral en el interior invita a buscar destinos en otras naciones, especialmente en aquellas que en mayor medida son víctimas de las iras verbales del Presidente (Estados Unidos).

Igualmente, el ventajismo se ha apoderado de las primeras manifestaciones de Chávez. Avisos al Rey de España (recordando el incidente en la Cumbre Iberoamericana de 2007) y denuncias de una conspiración internacional (a la que, obviamente, ha derrotado) que trataba de hacerle perder las elecciones, han sido los primeros ejemplos, aunque no serán los últimos. La campaña electoral americana espera sus “análisis”, pese a que para Barack Obama y Mitt Romney lo que sucede en América Latina ocupa un lugar marginal.

Este cúmulo de circunstancias no puede ocultar un hecho: el empobrecimiento aumenta en Venezuela, mientras el resto de vecinos regionales implementan estrategias con las que fortalecen sus economías (por ejemplo, la Alianza del Pacífico), buscando generar sinergias despojadas de componentes ideológicos. Como se observa, todo lo contrario que el país caribeño, que insistirá en profundizar las relaciones con Rusia, Irán o Bielorrusia, mientras subvenciona a sus socios del ALBA.

En efecto, Daniel Ortega y los Castro son quienes con mayor alegría han recibido la victoria de Chávez, a pesar de que el nicaragüense no hace ascos en sumarse a las peticiones de dinero a Estados Unidos para afrontar los problemas de seguridad que atraviesa Centroamérica. En cuanto a la Isla-cárcel, la ayuda de Caracas le permitirá mantener en pie ciertos dogmas, como la calidad de su medicina, cuando en realidad son cada vez son más los hospitales que se cierran.

Por tanto, la política de símbolos prosigue. Apoyo incondicional tanto a Bashar Al Assad (presentándolo como en su día hizo con Gadaffi como un mártir de la voracidad del capitalismo) como a Ahmadineyad, incurriendo en el antisemitismo, como se mostró durante la campaña electoral, sin olvidar que Chávez tratará de aparecer como el valedor de “la paz” en Colombia. El resultado de todo ello es que Venezuela dará nuevos pasos hacia su decadencia como país, mientras que la inseguridad e incertidumbre regional aumentarán.

La migración de Atlas

Decía hace unos días Fernando Díaz Villanueva, que España, tal y como la conocemos, llegaba su fin. No puedo estar más de acuerdo, y suscribo de inicio a fin su artículo.

Es curioso cómo las personas con las que compartes ideas, y sobre todo lecturas, llegan a tener las mismas percepciones que tú cuando analizan la realidad.

Y no llega a su fin porque el gobierno haya subido los impuestos a niveles incompatibles con la prosperidad, o porque la extrema izquierda esté ganando apoyos cada día que pasa, o porque la deuda siga aumentando sin que se vislumbre un recorte real de gasto. No, llega a su fin porque las personas que hasta hoy hacían llevadero todo esto se están largando del país.

Así de simple, y así de crudo. La única esperanza para que una sociedad salga adelante es esa gente que innova, que trabaja sin mirar el horario ni las horas definidas en el convenio, que desafía las costumbres cuando no aportan nada y que insiste una y otra vez en una idea pese a estrellarse docenas de veces ante los prejuicios mayoritarios. Esa gente que Ayn Rand consideraba como los Atlas que sostenían el mundo y que está cruzando la frontera para sostener a otros países donde se les trate con más respeto.

Cada vez es más habitual enterarse de que un ex compañero o jefe por el que tienes gran respeto profesional ha desaparecido. No porque John Galt le haya soltado un discurso, sino porque ellos solos se han dado cuenta de que en esta sociedad no hay un futuro para ellos y se van a buscarlo a lugares más propicios.

Por supuesto la manada que exhibe sus cartelitos con las tijeras dentro de una señal de prohibido es ajena a todo esto. Como seres irracionales, son incapaces de comprender que quienes pagaban los impuestos que les mantenían, quienes creaban los negocios que les daban trabajo o desarrollaban las técnicas que les permitían ser productivos ya no van a seguir haciéndolo. Les han echado, y ni siquiera son conscientes de ello.

Es más, al tener una de las ideologías mejor preparadas para falsear la realidad, achacarán esa migración al poco dinero público que el Estado reparte entre los universitarios o los trabajadores. Se inventarán, como he oído ya alguna vez, que en los países de destino se da espuertas de dinero público a los recién llegados. Con pisos y guarderías subsidiados, simplemente por ser soltero o menor de 35 años.

Por supuesto, ellos, tan comprometidos, no irán aún a disfrutar de esos manjares estatales. Prefieren quedarse a acabar las sobras del hiperestado español. Es mejor esperar a que haya una masa crítica fuera, de la que poder volver a vivir, ya sea allí o esperando que sus ricas divisas lleguen al cortijo.

Por suerte, en un mundo cada vez más globalizado, escapar de los parásitos es cada día más sencillo. Antes tenías que aprender un idioma y una cultura distinta. Ahora coges un avión por 500€ y empiezas a hablar en tu segundo idioma (inglés) como algo normal en cualquier parte del mundo.

Así que, por ser optimista dentro del pesimismo, es posible que dentro de poco los países se tengan que pelear por los atlas de este mundo.

La rebelión del Atlas detenía el planeta, ojala su migración lo mejore.

Capindialismo (I). Dislates tras la independencia

Después de la independencia en 1947, buena parte de los recursos de la India se orientaron hacia la creación de un Estado democrático, pero centralizado y de exaltación nacionalista. Formalmente quedó dividido en diferentes estados federados (actualmente 28) y en uniones territoriales (hoy 7). Se importó de fuera un modelo de Estado ajeno a la propia historia y rica diversidad india.

Los procesos de centralización estatal en Europa a partir del siglo XVI se basaron en una intensa homogeneización cultural con el fin de lograr la construcción de identidades nacionales. Este manto uniformador practicado en occidente fue sencillamente imposible en la nueva India por su compleja realidad pluriétnica, plurirreligiosa y plurilingüística (unos dos mil idiomas y dialectos, de los cuales sólo son reconocidos de manera oficial veintiuno). Esto no fue óbice para que se llevara a cabo un proyecto estatista cuyo gobierno central quedaba fuertemente reforzado en detrimento de los estados y de otros gobiernos locales descentralizados, como los tradicionales panchayati (sólo recientemente se incorporó dicha institución local a la Constitución india).

La India se adhirió de forma entusiasta al modelo de desarrollo socialista desde su independencia. Se impuso una economía de planificación centralizada. El padre de su emancipación moderna, JawāharlālNehru, fue un rendido admirador de la economía soviética y de Stalin (la misma URSS ofreció apoyo a la descolonización india). Pese a que existieron desde sus inicios conglomerados privados de origen familiar y pese a que no todos los factores de producción pasaron a manos del Estado, éste fue el único agente económico relevante. Por ello, desde su separación del imperio británico, el mercado perdió allí prácticamente toda su razón de ser como mecanismo asignador de recursos.

Desde los años 50 hasta fines de los 80 fueron constantes, por tanto, las bajas tasas de crecimiento anual que experimentó el subcontinente indio en contraste con las altas tasas de los tigres asiáticos. El economista Raj Krishna llegó incluso a acuñar el término de "tasa de crecimiento hindú", dando a entender que existían límites al crecimiento en dicha nación dada su idiosincrasia. Otro economista, Arun Shourie, desmontó dicha falacia al señalar las políticas laicistas y muy socialistas como las responsables directas de aquel anquilosamiento, no teniendo nada que ver con ello el hinduismo.

Las reiteradas manipulaciones en los procesos de mercado fueron llevadas a cabo mediante sucesivos planes quinquenales aún hoy existentes (el año próximo estrenarán su duodécimo plan económico). Con frecuencia se olvida que la India era la séptima nación industrial antes de su independencia. Desde entonces, su economía estuvo volcada en devenir una potencia nacional y militar a expensas de sus masas depauperadas. Todo nacionalismo, sobre todo en grandes países, tiende a ser intervencionista en el interior y proteccionista frente al exterior. El nacionalismo indio no fue excepción.

La heredada burocracia del imperio británico no hizo sino crecer y perfeccionarse tras su independencia. Llegó a límites irracionales. Como botón de muestra mencionaremos la licencia Raj, vigente hasta 1991. Con la coartada de distribuir (¡ah, los distribuidores!) equitativamente el trabajo entre todos los indios y todas las regiones de la India, durante más de cuarenta años toda actividad económica de aquel país estuvo sometida a innumerables permisos por parte de laberínticas instancias burocráticas que regulaban con minuciosidad la cantidad, la forma, el lugar y el modo de producción o la manera de ofertar servicios. Se debía obtener no menos de cien certificados de "no objeción" para el desarrollo de cualquier actividad media. Cada instancia debía ir firmada y sellada por un ejército de funcionarios-brahmanes con arraigados sentimientos de desprecio por los negocios y por la actividad privada en general. Excuso decir que con ese sistema de administración opresiva la corrupción se convirtió en el deporte nacional. Además, con ello se impidió gravemente el desarrollo normal de su inmenso mercado interior y el aprovechamiento de sus economías de escala.

Por su parte, la rígida legislación laboral india que pronto instauraron sus poderosos sindicatos impidió que surgieran grandes fábricas intensivas en mano de obra y exportadoras de productos manufacturados tal y como ocurrió en otros países asiáticos. Escasearon, pues, sus terminales de contenedores de relevancia internacional que hicieron que el subcontinente indio se conectara tarde y mal al fenómeno de la globalización. El único puerto importante hoy es el ubicado en Mumbai.

A esto hubo de añadirse la desconfianza de su torpe clase política hacia el mercado mundial, la cual se empeñó en mantener una autarquía mediante una política de sustitución de importaciones. No querían ser dependientes de occidente. El nivel promedio de aranceles llegó a ser del 87%. Las teorías de Raúl F. Prebisch y de Gunnar Myrdal fueron las inspiradoras de tamaño desvarío al ignorar que el comercio es siempre una fructífera relación entre comprador y vendedor. Otros "hitos" de la emancipación nacional vinieron luego de la mano de Indira Gandhi al decretar la autonomía alimentaria, así como los programas de esterilización semiforzosa en un intento de diseño arrogante de desarrollo. En consonancia con estas ideas dominantes de entonces, muy pocas voces se alzaron contra dicho modelo aberrante de crecimiento. Sólo la honestidad intelectual del lúcido Peter Th. Bauer brilló con luz propia como excepción crítica frente aquella opinión mayoritaria.

La década de los 70 fue especialmente desafortunada. Los grandes negocios y los ingentes beneficios fueron vistos con desconfianza. Desde el punto de vista industrial, el gobierno se propuso evitar la concentración del poder económico en unas pocas empresas privadas. Fruto de ello, fue la aprobación de una severa ley contra los monopolios y las prácticas restrictivas en 1970 que no hizo más que obstaculizar la estructura productiva y dinámica que la India precisaba. Por el contrario, tal y como pregonaba el laborista y pensador Harold Laski, que tanta influencia tuvo entre los jerarcas indios de la época, el Estado era la coronación del moderno edificio social teniendo supremacía sobre todas las demás formas de agrupación social; el gobierno de la India vio deseable, por tanto, el concentrar el poder económico en manos públicas por lo que empezó a nacionalizar cada vez más sectores de la economía (industria, minas, seguros, bancos…).

Durante las cuatro décadas de post-independencia, los índices de pobreza del país indostaní se enquistaron sin experimentar apenas mejora y eso que contó con la bendita y criticada Revolución verde. Pocos han denunciado este decepcionante historial del Estado moderno indio planificador.

El populismo reinante de aquellos años se reflejó asimismo en una tributación confiscatoria y caprichosa. Mientras la actividad agrícola quedó exenta, los tipos del impuesto directo fueron aumentando gradualmente hasta llegar a alcanzar el 97,5% (!) en el tipo marginal superior. El impuesto de sociedades, por su parte, vio fluctuar su tipo impositivo entre el 55 y el 80%. Era probablemente el país con la mayor carga tributaria del mundo. La evasión se convirtió en una cuestión de supervivencia. El camino hacia el desastre de todo este aislamiento e intervencionismo excesivo llevado a cabo por la clase política estaba ya trazado; era cuestión de tiempo que estallara.

Así, a finales de junio de 1975 se decretó el estado de emergencia y su correlativa suspensión de derechos civiles; su paroxismo de abuso de poder y detenciones masivas a punto estuvo de llevarse por delante su democracia. Cuando el grado de acoso a las libertades económicas y empresariales ejercido por los gobernantes alcanza cierto límite, no tardan en caer las demás libertades y derechos de sus gobernados. La libertad es indivisible; es un mal negocio restringir cualquiera de sus facetas.

La India se convirtió, pues, en una atrasada autarquía de innumerables licencias kafkianas acompañadas de un rígido mercado laboral, una presión fiscal desbocada y una regulación rampante. La consecuencia inmediata fue el inmovilismo y la destrucción de cualquier incentivo por desarrollar proyectos empresariales. De ahí el fenómeno masivo de la diáspora india –considerable hacia Reino Unido, EEUU, Canadá, Sureste Asiático y Oriente Medio- constituido por cientos de miles de "refugiados económicos" que voluntariamente huyeron de aquella India estancada y corrupta hacia otros sitios más prometedores del planeta con el fin de desarrollar sus legítimas aspiraciones.

Hubo que esperar muchos años antes de que la cordura hiciera acto de presencia entre los dirigentes indios. Sólo cuando las ideas contrarias a la colonización empezaron a perder fuerza, pudieron tomar su relevo aquellas otras un poco más respetuosas con la economía de mercado y los intercambios internacionales.

Este proceso de descolonización mental supuso una verdadera liberación, tal y como argumentó el ejecutivo y columnista Gurcharan Das. También influyó para que cambiara la mentalidad de allí el regreso ocasional de los indios de la diáspora que exhibían su fortuna y conocimientos adquiridos en el extranjero. Fueron considerados héroes, y en verdad lo fueron. A su manera, y sin pretenderlo, desempeñaron un papel importante en la legitimación del capitalismo en su país de origen.


Este comentario es parte integrante de una serie publicada acerca de los daños y secuelas producidos en la India al abrazar el socialismo tras su independencia y la transformación que supuso la tardía introducción de un capitalismo sui generis en dicho país a partir de julio de 1991, pese a contar aún con numerosos lastres endémicos. Para una lectura completa de la serie, ver también II y III.

La absurda alianza

El 21 de septiembre de 1998 el ulema Mohamed Jatami, a la sazón presidente de la República Islámica de Irán, se presentó ante la Asamblea General de la ONU con una curiosa propuesta que dio en llamar "Diálogo de civilizaciones". Este diálogo consistiría en fijar cuáles eran las civilizaciones que habitaban el planeta y sobre qué pilares se fundamentaban. La comunidad internacional ignoró la iniciativa del líder iraní, básicamente porque lo que Jatami buscaba era blindar los excesos teocráticos y liberticidas de su revolución islámica tras la coraza de Naciones Unidas.

Seis años después, cuando nadie se acordaba de la ocurrencia del ulema, el recién elegido presidente del Gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, acudió a la Asamblea General con idéntica propuesta, solo que esta vez bautizada con el nombre, aún más pomposo, de "alianza de civilizaciones". ¿Qué diferencias había entre la idea del fundamentalista iraní y la del socialista español? Casi ninguna. Ambas partían de los mismos presupuestos, a saber: todas las civilizaciones, sin importar los hechos, son buenas por definición y para que reine la paz mundial solo es preciso que se entiendan pacíficamente y se respeten entre ellas.

La idea, muy en la línea del buenismo que tan en boga estuvo durante la década pasada, incidía en los errores de concepto habituales en la izquierda zapaterina. Así, situaba en un plano de igualdad civilizaciones basadas en la libertad individual y la dignidad humana, con regímenes colectivistas inflamados de ardor religioso como los que imperan en ciertos países musulmanes. Y no, la libertad no es igual a la esclavitud.

Pero lo que trajo la Alianza de Civilizaciones no fue el empeño en igualar a un Occidente libre frente a un mundo musulmán que malvive en la peor de las servidumbres. Lo que llevó a Zapatero a presentar esta iniciativa en la ONU fue, aparte de buscar renombre internacional, el convencimiento de que la causa del terrorismo islamista no es el odio a los valores occidentales, sino la pobreza de la que, por descontado, no son responsables. Una empanada, en definitiva, indigesta y absurda con la que Rajoy debería haber acabado ya.

El triunfo de la geopolítica

Los estados existen y se constituyeron en entes absolutamente determinantes de la vida humana. El espacio y la población de La Tierra están repartidas entre ellos, los cuales son, por naturaleza, expansivos y tienden, como los gases, a ocupar el total de su recinto y como cualquier otro colectivo biológico, a competir por los recursos.

La Unión Europea es el fruto innegable de un horrible siglo, el XX, de contiendas en y desde el Viejo Continente. No es el resultado de una mentalidad de paz expresamente labrada en lo más profundo de los hábitos y proclamas de sus habitantes. Europa se comporta como cualquier otro bloque geoestratégico o como cualquier estado de la historia.

No podría negársele un puesto entre los axiomas de la acción humana a la observación (comprensible también por simple introspección) de que a las diferencias de potencia militar les corresponden variaciones en la visión de los problemas. Un estado o un bloque hiperpotente prescinde de un enfoque pacifista hasta que pierde poder militar y uno que no es poderoso deja de ser pacifista en cuanto adquiere la suficiente capacidad ofensiva. La Unión Europea no es una construcción idealista basada en la prosperidad bien repartida y los valores del diálogo, sino un producto necesario para la estabilidad mundial y para sus miembros porque neutraliza, de momento eficazmente, el grave problema que fue Europa. 

El desarme de Alemania ha sido una bendición para el mundo, para los europeos y, especialmente, para Alemania por el simple y radical hecho de que existió un factor externo dispuesto a salvar a Europa de las réplicas de su tragedia: los europeos ya no tendrían que armarse para alejar la amenaza histórica de Rusia (pre-soviética, soviética y post-soviética). En un hobbesiano mundo de estados en permanente competición de poder Europa habría alcanzado una burbuja kantiana, al fin, de paz perpetua. Pero ¿por sí misma? No. No es posible financiarse una burbuja de falsa riqueza que vaya desde los estados europeos más ricos hasta los más históricamente quebrados sin subvenciones exteriores.

El pacto Atlántico suscrito tras la Segunda Gran Guerra estableció que la seguridad europea sería sostenida directamente por los Estados Unidos y que la reconstrucción militar de Alemania sería inaceptable. Una subvención en toda regla que liberó, por una parte, inmensos recursos de esa y de otras naciones ricas de Europa para financiar la burbuja de paz y, por la otra, cerraría el paso al recurrente problema de la belicosidad de los estados del Viejo Continente.

Hoy nos encontramos con una crisis que ha de ser resuelta aplicando medidas nacidas de la ciencia económica. El debate permanente está en qué políticas de ingresos, gastos, moneda e impuestos han de aplicarse. Las alternativas son solo tres. O se acierta rotundamente, o se yerra estrepitosamente o se sale, mal que bien, con una combinación de fallos y éxitos. Esto último es lo más probable pero, y esto es absolutamente decisivo, sean cuales sean los resultados, el nuevo ciclo estará marcado por la clara percepción de quién financia el invento de la Europa Unida, quién tendrá el mando en ella, legítimamente reclamado, y quién sostendrá desde el exterior el poder económico, poder blando, de Alemania en su continente.

La dinámica entre poderes geoestratégicos sostenidos por y con las armas dicta la marcha de los grandes asuntos, los enmarca y determina la forma de los subsistemas a los que engloba, como es el económico. Cualquier análisis de la crisis realizada con modelos endógenos siempre será un mero instrumento, intencionado o no, en manos del reparto de poder europeo y mundial entre estados.