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Etiqueta: Comercio globalización y desarrollo

Consecuencias de una reforma institucional radical: la Revolución Francesa

El debate acerca del papel de las instituciones sobre el desarrollo económico es uno de los debates más interesantes en la literatura económica reciente. Aunque se han hecho aportaciones desde la teoría económica, el estudio de la historia juega un papel fundamental en este debate, dado que las instituciones son por su naturaleza elementos que, salvo disrupciones importantes, suelen perdurar durante largos periodos de tiempo y evolucionar lentamente. Además, se da el fenómeno de la dependencia de la trayectoria (path-dependence): el presente depende de una manera crucial del pasado; son los acontecimientos históricos los que abren o cierran las puertas de lo que pueda suceder en el futuro. Esto no obstante, no implica la existencia de un determinismo histórico. Un país que comienza con unas condiciones iniciales malas no está condenado al fracaso, como lo demuestran casos históricos como el de los países del sudeste asiático.

La Historia económica es el campo de trabajo de donde los economistas pueden obtener gran cantidad de ideas para desarrollar teorías más o menos generales, además de una especie de laboratorio enormemente complejo donde las teorías pueden ser contrastadas o ilustradas (dependiendo de la concepción metodológica que se tenga).

En este sentido se sitúa un reciente artículo de Acemoglu, Cantoni, Johnson y Robinson, The consequences of radical reform, que utiliza precisamente este enfoque para el caso de la Revolución Francesa, donde a través del estudio de este episodio histórico tratan de extraer ideas importantes para el debate sobre la relación entre instituciones, cambio institucional y desarrollo económico.

Según contribuciones de distintos científicos sociales, desde Friedrich Hayek a Dani Rodrik, pasando por William Easterly, se ha pensado que las reformas institucionales más efectivas son las que se realizan paulatinamente, evolucionando más desde abajo (bottom-up, a partir de las interacciones de los agentes económicos) que siendo diseñadas desde arriba (top-down, a partir de decisiones rupturistas por parte de las autoridades); y son más efectivas las que se realizan teniendo en cuenta las condiciones locales, por lo que las reformas impuestas externamente tendrían poca probabilidad de éxito.

En el trabajo citado, se explotan las diferencias en las reformas institucionales en Europa generadas por la Revolución Francesa con el objetivo de analizar las consecuencias de aquellas radicales e impuestas desde el exterior sobre el crecimiento económico posterior. El episodio es ilustrativo, dado que la Revolución Francesa tuvo impactos institucionales fundamentales en algunos países europeos, pero no en otros. El caso de Alemania es especialmente destacable, como señalan los autores, debido a que determinadas regiones alemanas tuvieron influencia francesa mientras que otras no. ¿Fueron los países o regiones más afectadas por la revolución más exitosos económicamente en el largo plazo (en la segunda mitad de siglo XIX)?

Estas reformas institucionales que trajo consigo la revolución, indican Acemoglu et al., consistieron en poner fin de forma radical o mermar algunas de las instituciones del Antiguo Régimen. Se eliminaron importantes privilegios típicos del feudalismo de la aristocracia, el clero y la nobleza. Se abolieron poderes de los gremios en las ciudades, que eran fuentes notables de barreras de entrada e ineficiencias económicas. Y se introdujo la igualdad ante la ley de los ciudadanos. Básicamente, la Revolución Francesa atacó los privilegios de las oligarquías feudales, que eran muy reacias y resistentes a la industrialización, a la innovación y al cambio económico, tanto en el campo como en la ciudad.

La hipótesis de partida de los autores es que el papel principal de estas reformas fue el de generar un ambiente institucional favorable a la innovación y a la actividad empresarial, acabando así con un ambiente institucional perjudicial para estas actividades que conducen al desarrollo económico.

El ejercicio empírico econométrico que llevan a cabo avala esta hipótesis. Se construyen regresiones en las que la variable dependiente es un proxy de la prosperidad económica (tasas de urbanización) o, secundariamente, crudas estimaciones del PIB per cápita, y la variable independiente son proxies del impacto que tuvo la Revolución Francesa sobre los distintos países (como la duración de la ocupación francesa). A partir de este análisis estadístico-econométrico (que no olvidemos puede tener sus limitaciones), llegan a una serie de conclusiones interesantes:

  • Se refuerza la importancia del papel de las instituciones y las reformas institucionales como explicación del desarrollo económico.
  • La Revolución Francesa tuvo una influencia positiva, lo que es consistente con la opinión de que las instituciones del Antiguo Régimen eran una rémora para el crecimiento.
  • No se apoya la tesis de que las instituciones francesas, entre ellas la imposición de su código civil, fueran negativas en términos económicos.
  • Tampoco se apoya la tesis de que las reformas radicales, diseñadas o impuestas externamente (en este caso, a través de invasiones del ejército revolucionario francés) deban tener necesariamente efectos perjudiciales.

En contra de lo que se suele aducir acerca de la no deseabilidad de reformas radicales, Acemoglu et al. opinan justo lo contrario y afirman que posiblemente las reformas asociadas con la Revolución Francesa funcionaron porque "fueron mucho más radicales de lo que sucede normalmente". Es precisamente esta radicalidad, según los autores, la que modifica de un plumazo un equilibrio político, social y económico altamente ineficiente, haciendo casi imposible que las antiguas elites vuelvan al statu quo anterior, iniciándose así una senda positiva en cuanto al desarrollo económico se refiere.

Estas conclusiones dejan abiertas varias cuestiones para la discusión que dejo en manos del lector: ¿se pueden diseñar las instituciones desde arriba, en lugar de evolucionar orgánicamente en el sentido hayekiano?, ¿pueden ser las reformas institucionales radicales e impuestas de forma externa efectivas para promover el desarrollo?

No es un juego de suma cero

El fundador de la Escuela Austriaca de economía, Carl Menger, dejó establecido que para que una ‘cosa’ pudiera considerarse un bien económico debían conjugarse cuatro circunstancias: a) debía existir una necesidad humana, b) la cosa en cuestión debía ser capaz de satisfacer esa necesidad humana, c) el individuo debía conocer la idoneidad de la cosa para satisfacerla, d) el individuo debía gozar de poder de disposición sobre la cosa.

De estas cuatro características a las que el austriaco condiciona la existencia de bienes económicos podemos deducir por qué la economía no es un juego de suma cero en el que toda la riqueza posible ya se encuentre dada de antemano.

Primero, la inmensa mayoría de las cosas, tal como se encuentran en su estado natural, no nos permiten satisfacer nuestras necesidades. Puede que toda la materia esté dada, pero desde luego no nos ha venido dada en una forma que permita satisfacer nuestras necesidades. La madera de los árboles debe cortarse y procesarse para fabricar cabañas en las que guarecernos; las tierras tienen que ararse y cultivarse para cosechar alimentos con los que saciar nuestro apetito; el hierro o el aluminio deben extraerse de las minas para construir aviones con los que desplazarnos de un sitio a otro del globo. En definitiva, creamos riqueza cuando transformamos las cosas –que no satisfacen directamente nuestros fines– en bienes –que sí lo hacen–.

Segundo, parte de la inadecuación de las cosas en su estado natural para satisfacer directamente nuestras necesidades procede del hecho de que ni siquiera conocemos todas sus combinaciones y usos posibles. La tecnología, que es el arte de combinar y clasificar la materia para que arroje el resultado deseado, tampoco nos viene dada, sino que en sí misma debe ser descubierta a través de la investigación y la experimentación; dos actividades que a su vez requieren del uso de otros bienes económicos. En otras palabras, como no somos omniscientes, no sólo hemos de crear bienes económicos a partir de las cosas que nos rodean, sino que también hemos de descubrir la información acerca de cómo transformar esas cosas en bienes económicos; información que en sí misma constituye una nueva fuente de riqueza.

Y tercero y último, por muy idóneo que sea un bien para satisfacer nuestras necesidades, éste será del todo inútil si no lo tenemos a nuestro alcance. La naturaleza puede haber sido generosa al brindarnos caudalosos ríos por todo el planeta que, no obstante, no proporcionarán ningún servicio a aquel que se encuentre en medio del desierto. En otras palabras, no sólo hay que producir los bienes, sino distribuirlos a sus usuarios finales. En nuestros sistemas económicos, producción y distribución van de la mano: con tal de maximizar nuestra eficiencia en la fabricación bienes económicos, cada individuo nos hemos especializado en producir uno o dos bienes económicos a lo sumo, aun cuando necesitemos multitud de ellos para satisfacer nuestras muy diversas necesidades (es decir, somos productores especializados y, a la vez, consumidores generalistas). La forma de acceder a los amplios y variopintos bienes que demandamos a partir de nuestra muy limitada y específica oferta de los mismos es el intercambio.

El problema es que desde Aristóteles hemos pensado que los intercambios se producían entre igualdades de valor. Si A se trocaba por B es que necesariamente el valor de A debía ser igual al valor de B. Por consiguiente, ningún intercambio podía generar valor sino sólo redistribuirlo. La interpretación alternativa (que el valor de A fuera superior al de B o viceversa) sería todavía más desalentadora, pues implicaría que en los intercambios una parte saldría ganando a costa de la otra (se entregaría algo con un valor objetivo mayor a cambio de algo con un valor objetivo menor).

Sin embargo, gracias a que el propio Menger popularizó el hallazgo de que el valor de los bienes no es objetivo sino subjetivo, la realidad se vuelve bastante distinta: en todo intercambio cada parte valora más aquello que recibe que aquello de lo que se desprende (en caso contrario semejante intercambio no tendría lugar). Merced a esta vía, los individuos generan riqueza simplemente al intercambiar bienes económicos y, por tanto, al acercar esos medios a la satisfacción de aquellos fines que resultan más valiosos.

En definitiva, la economía no es un juego de suma cero en la medida en que durante todo el proceso de producción de bienes y servicios se está generando riqueza: ya sea cuando investigamos cómo convertir las cosas en bienes, cuando convertimos las cosas en bienes o cuando distribuimos los bienes mediante los intercambios. Al contrario de lo que presuponen los socialistas –que toda la riqueza ya está creada y que sólo es necesario redistribuirla–, el mercado libre es el marco en el que los individuos pueden organizarse para incrementar tanto como les sea posible nuestras disponibilidades de bienes y servicios con los que satisfacer de manera continuada sus muy variados fines.

La economía no es un juego de suma cero, sino de saldo positivo y expansivo, salvo si el Estado genera sustraendos aun mayores. La tarta no está dada, sino que crece arrojando unas porciones cada vez mayores para todos, salvo si el Estado se come de un bocado al horno y al panadero.

Las ambiciones de Moratinos y los hermanos Castro

Desde que Rodríguez Zapatero accediera al poder, se ha tratado de buscar todo tipo de explicaciones a la política que su Gobierno ha desarrollado hacia la dictadura de los hermanos Castro. La reciente visita de Miguel Ángel Moratinos a La Habana para pedir el apoyo (que no ha logrado) de los longevos dictadores caribeños a su candidatura para ocupar la Dirección General de la FAO puede explicar en parte por qué se esforzó tanto en servir a los intereses del régimen comunista cubano.

Puesto al frente de la diplomacia por un Rodríguez Zapatero que ha demostrado no conocer la política internacional y que, al mismo tiempo, se muestra raudo a mantener excelentes relaciones con todo lo que suene a izquierdas, a Moratinos no pudo costarle mucho convencerle de que la vía de acción adecuada era apoyar en la medida de lo posible a los Castro frente a quienes en España y fuera de ella apuestan por ayudar a la oposición democrática frente a los dictadores. De hecho, su éxito en este menester fue tal que a Trinidad Jiménez no le ha quedado más remedio que mantener la misma línea. Pero la cuestión clave es saber a qué responde esta estrategia.

Con su candidatura a dirigir la FAO, se ha visto claro que Moratinos no se iba a conformar, cuando llegara su momento de salir del Gobierno, con volver a ser un diplomático corriente o ser un simple diputado. Sus ambiciones son mucho más altas. Hay incluso quien apunta a que desde hace tiempo su aspiración es llegar un día a ocupar la Secretaría General de la ONU (para lo cual la FAO podría ser un buen trampolín, por cierto). Para lograr dicho objetivo necesita el apoyo de un gran número de gobiernos de todo el mundo, con independencia de que estos sean democráticos o no. Y, por desgracia, en una ONU donde abundan las dictaduras, los hermanos Castro pueden ejercer una gran influencia en una cantidad muy grande de gobernantes de muchos continentes.

Y es esa aritmética de cara a llegar a lo más alto de la ONU la que podría estar detrás de la política que implementó hacia el régimen castrista, sumamente positiva para los dictadores y muy dañina para sus opositores. Abandonar a los demócratas cubanos y convertirse en el principal "lobbista" del régimen comunista ante el resto de la Unión Europea ha podido ser el precio pagado por adelantado por Moratinos para obtener un hipotético apoyo posterior de los Castro a sus aspiraciones puramente personales.

Sin embargo, la jugada le ha salido mal. Al menos por el momento. Moratinos ha aprendido una dura lección que cualquier conocedor de las Relaciones Internacionales debería saber. Como cualquier dictador, los hermanos Castro no son amigos ni socios de los que el resto del mundo pueda fiarse. Al final no dudan en traicionar a quienes más les han ayudado, puesto que sólo piensan en sus propios intereses. Y el ex ministro de Exteriores español y Zapatero no pueden resultarles ya demasiado útiles.

Es posible que Moratinos vendiera la defensa de la libertad y los Derechos Humanos de los cubanos a cambio del apoyo a sus ambiciones personales. Y lo habría hecho desde el Gobierno de España y con los recursos públicos financiados por los españoles. Sólo por eso, no haber obtenido el apoyo de los Castro merecería ser considerado como justicia poética.

Capital social, acción colectiva e intervención estatal

La concesión del Premio Nobel de Economía 2009 a Elinor Ostrom (junto a Oliver Williamson) levantó gran entusiasmo entre algunos economistas, mientras que otros, acaso la mayoría del mainstream, recibieron la noticia con gran frialdad, en gran parte por la ignorancia acerca de su persona y obra. Una ignorancia que es sintomática, puesto que refleja el escaso interés que despierta entre buena parte de la ortodoxia académica el tipo de discurso que la caracteriza, cuya formación original está en las ciencias políticas.

Sin embargo, las contribuciones de Ostrom aportan realmente luz para comprender mejor los procesos sociales. Un ejemplo de ello es su trabajo donde sintetiza y sistematiza las aportaciones que en las últimas décadas se han realizado en torno al capital social y su relación con la acción colectiva. El capital social engloba diversos aspectos como el nivel de confianza entre los agentes, la existencia de redes entre éstos, o las normas sociales e instituciones informales. La acción colectiva se ocupa de estudiar los procesos de provisión de bienes colectivos.

El trabajo de Ostrom nos ofrece una alternativa a la perspectiva hobbesiana de Mancur Olson en su clásico libro La lógica de la acción colectiva. Olson, como exponente de las teorías de la acción colectiva que Ostrom llama de "primera generación", piensa que las potencialidades de la cooperación voluntaria son muy reducidas para resolver problemas de acción colectiva, por lo que considera necesario recurrir a la intervención de una autoridad externa (el gobierno mediante el uso de la fuerza). Por el contrario, Ostrom, como exponente de las teorías de la "segunda generación", confía en la capacidad de autoorganización de los propios individuos –lo que, no obstante, no quiere decir que consideren el papel del gobierno irrelevante–.

El contraste entre estas dos perspectivas no es nuevo, sino que ha estado presente en muchos puntos de la historia de las ideas. Por ejemplo, guarda cierta relación con la tradición hobbesiana por un lado, y la tradición de la Ilustración Escocesa por el otro.

El aspecto determinante que puede explicar esta divergencia en las perspectivas está en los supuestos o concepción del agente social, objeto de estudio. Como señala Ostrom en su trabajo, los teóricos tipo Olson suponen individuos atomizados, y totalmente egoístas –en coherencia con la tradición neoclásica básica–. En cambio, Ostrom apuesta por un enfoque notablemente más realista y rico, suponiendo el caso de Olson como un caso particular dentro de una gran variedad de situaciones, en que diferentes tipos de individuos (entre totalmente altruistas y totalmente egoístas) coexisten, relacionándose entre ellos, compartiendo experiencias y transmitiéndose información.

Esta segunda es la perspectiva que denomina del capital social, cuya definición no es clara ni fácil de acotar, pero cuyo potencial se hace manifiesto en la lectura del detallado survey que realiza Ostrom sobre la literatura más relevante. Destacan, por poner un caso, las referencias que utilizan esta perspectiva para estudiar los problemas de desarrollo económico en el continente africano.

Dentro del capital social aparecen conceptos importantes para la explicación de los fenómenos sociales. Resalta el importante papel del grado de confianza existente en una sociedad para determinar el desempeño económico. Como dijo Kenneth Arrow (otro Nobel), "prácticamente toda transacción económica posee un elemento de confianza, ciertamente cualquier transacción conducida en un periodo de tiempo. Se puede argumentar plausiblemente que gran parte del atraso económico en el mundo puede explicarse a partir de la falta de confianza mutua".

En efecto, en aquellas sociedades donde solamente existe confianza entre individuos con fuertes lazos familiares, el grado de división del trabajo y del conocimiento, de especialización productiva o de economías de escala se limita en gran manera. Así es normal encontrar en las sociedades más atrasadas, o de menor confianza mutua, estructuras empresariales más cercanas al modelo familiar y de pequeña empresa.

Interesante es también el énfasis que pone Ostrom, a modo muy hayekiano, en la importancia del conocimiento de las circunstancias locales y particulares a la hora de resolver problemas de acción colectiva –tema que ilustra con el caso de la construcción de infraestructuras–, lo que da luz sobre un enfoque de las instituciones más complejo, en el que la interpretación de éstas es tan importante como su contenido formal.

Por último, sus argumentos acerca del papel del gobierno y la intervención pública en la acción colectiva son de sumo interés. Así, sostiene Ostrom que "[l]as soluciones que se basan en la autoridad externa pueden fácilmente conducir a un intento de imponer reglas uniformes que no toman en cuenta las condiciones locales. Las reglas uniformes impuestas no sólo no logran movilizar al capital social en el nivel local para resolver problemas concretos, sino que pueden dar como resultado la destrucción total de los recursos de capital social ya existentes".

O que las instituciones gubernamentales "[f]acilitan la creación de capital social cuando se autoriza un espacio amplio para la autoorganización fuera del ámbito de la acción gubernamental requerida". Por el contrario, "cuando se hacen completamente responsables de grandes ámbitos de las actividades humanas, no permiten la entrada a otros esfuerzos en estos campos. Cuando los gobiernos nacionales se vuelven propietarios de todos los bosques u otros recursos naturales o cierran escuelas y hospitales manejados por grupos religiosos con la intención de proporcionar ellos mismos todos los servicios educativos y de salud, destruyen una inmensa provisión de capital social que es de por sí escasa. Rara vez puede remplazarse esto con rapidez. La creación de ciudadanos dependientes en vez de ciudadanos emprendedores reduce la capacidad de los individuos para generar capital".

Es de reseñar, además, que esta perspectiva de la intervención pública no nace de su particular ideología liberal, ni siquiera solamente de la reflexión teórica, sino que surgen de numerosos estudios de caso donde la misma Ostrom ha observado con detalle las instituciones y reglas prácticas locales, y la forma en la que se llegaban a acuerdos cooperativos sin necesidad de una autoridad externa.

Universitarios… ¿emprendedores?

Uno de los tópicos más al uso cuando se habla de desarrollar la economía y generar riqueza es el de destacar el papel que desempeñan la formación y, más en concreto, la universidad. Se tiende a pensar que son necesarias buenas universidades para que la economía se desarrolle, y, por tanto, la formación de alto nivel debe de ser una prioridad en la agenda económica de los gobiernos.

Y, sin embargo, cuando uno mira alrededor, se encuentra con que la mayor parte de los emprendedores no son universitarios; es más, la mayor parte de los principales emprendedores de nuestro tiempo no pasaron por la universidad o, si lo hicieron, no concluyeron sus estudios.

Sin hacer un estudio exhaustivo, ni Bill Gates (Microsoft), Steve Jobs (Apple) o Mark Zuckerberg (Facebook) tienen un título universitario. Más cerca de nosotros, Ramón Areces (El Corte Inglés) o Amancio Ortega (Inditex) no visitaron las universidades hasta que fueron a contar sus historias de éxito. El arquetipo de emprendedor lo constituye el empleado que empieza como ascensorista o botones, y termina dirigiendo la empresa.

No parece que la preparación universitaria sea un requerimiento para ser emprendedor. Es más, la breve evidencia empírica aportada parece apuntar en la dirección contraria. Y quizá esta aparente contradicción podría tener explicación en la teoría económica austriaca. En concreto, en el concepto de conocimiento empresarial (entrepreneurial knowledge).  

Es difícil definir con precisión este concepto, pero constituye el punto de partida del proceso de emprendimiento. Es la típica “idea feliz”, algo que de repente se le ocurre al individuo. Por ejemplo, la idea de Steve Jobs de comercializar el iPhone es conocimiento empresarial.

Huerta de Soto lo define en base a seis características básicas:

  1. Es subjetivo y práctico, no científico.
  2. Es exclusivo, solo se le ocurre al actor.
  3. Está disperso por las mentes de todos los individuos; cada individuo tiende a descubrir la información que le interesa, sobre lo que le preocupa.
  4. Es tácito, no estructurado. El actor sabe cómo hacer algunas acciones, pero normalmente no identifica sus elementos o si son ciertos.
  5. Se crea de la nada, precisamente a través del emprendimiento; no se puede buscar sistemáticamente.
  6. Se puede transmitir a través de procesos sociales complejos, normalmente de forma inconsciente y no sistemática.

Como se observa, son características prácticamente opuestas a las del que podríamos llamar “conocimiento universitario”, el que adquieren los estudiantes durante sus años de carrera. El conocimiento universitario tiende a ser científico y teórico; es común a todos los receptores (aunque el grado de comprensión y su interpretación varía de unos individuos a otros); es estructurado; se puede obtener sistemáticamente (mediante la investigación o la deducción) y se transmite de forma consciente, por ejemplo, en las clases.

Del puro conocimiento universitario, no salen ideas para los negocios. Aunque también es cierto que dicho conocimiento enriquecerá al individuo, permitiéndole la creación de conocimiento empresarial en ámbitos que previamente no le eran alcanzables.

Así pues, son compatibles el conocimiento universitario y el conocimiento empresarial. El problema es el coste de oportunidad que supone la adquisición del primero, y que dificulta a los universitarios la obtención del segundo. En efecto, la formación universitaria exige unos cuantos años de nuestras vidas, y un grado de ocupación importante en las mismas para obtener el codiciado título. Durante ese tiempo, la atención del individuo se dirige, normalmente, a sus estudios (bueno, y a otros aspectos de su vida social…).

Esto no significa que no esté generando “conocimiento empresarial”. Pero se está generando sobre aquello que preocupa al individuo en ese momento: cómo aprobar las asignaturas, cómo soslayar la vigilancia del profesor en ese examen tan difícil, qué hacer la noche del viernes o cómo conseguir la atención de la chica o chico de enfrente.

Mientras tanto, el recadero de los almacenes “El Encanto”, el sastre de batas para bebé, el programador de instituto y el ascensorista están aprendiendo de su negocio. Están generando el conocimiento empresarial que a ellos les preocupa y que será el fértil suelo del que surgirán ideas para cambiar la forma en que las empresas hacen negocios. Y para ello no se necesita ninguna preparación especial, más que atención e imaginación.

Son como los niños que montan en bicicleta. Ninguno de ellos es capaz de explicar por qué la bici no se cae cuando da pedales y sí cuando deja de darlos. Pero saben dar pedales y saben que si dan, llegarán a su destino. Un universitario será capaz de explicar (espero) el movimiento y estabilidad de la bicicleta aplicando las leyes físicas que tan duramente ha estudiado. Pero sería terrible que uno no pudiera montar en bici sin conocer dichas bases teóricas: ¿quién podría montar en bici antes de los 20 años?

Así pues, no nos engañemos. Los emprendedores no salen de la universidad; la creación de riqueza no tiene allí sus mimbres. De la universidad salen instrumentos de gran productividad, pero que siguen necesitando la orientación del emprendedor para ser útiles. Es más, el tiempo que los universitarios invierten en formarse lo pierden de conocer las necesidades de la gente y de emprender. En fin, la historia demuestra que son compatibles la pobreza de un país y la alta cualificación de sus universitarios.

En resumen, la enseñanza universitaria no es la solución para que un país salga de la crisis y comience a crear riqueza. Menos aún, cuando dicha enseñanza es pública y ni siquiera viene guiada por las necesidades del mercado. De la crisis no nos sacarán ni universitarios ni políticos. Habrá que buscar en otro sitio.

Artur Mas mantiene los privilegios de los botiguers

Políticos, sindicatos, lobbies, pequeños comerciantes y hasta clientes nos han dicho que es una necesidad nacional no dar libertad a los empresarios para que abran cuando quieran y hasta la hora que deseen.

Todos han esgrimido las razones más variopintas para justificar la actual legislación proteccionista. La más común ha sido la falacia del atractivo emocional (argumentum ad misericordiam): si dejamos libre el mercado, esto es, que el consumidor pueda elegir, los pequeños comercios desvalidos cerrarán. También han recurrido a la falacia de la tradición (argumentum ad antiquitatem): Cataluña tiene una larga historia de pequeño comercio y el mercado no ha de cambiarlo para mantener nuestra identidad. Incluso han mostrado el argumento más absurdo de todos, que no llega ni a falacia, sino a mentira: con más libertad, aumentará el desempleo. ¡Toma ya!

Con éstas, el 40% de los comercios catalanes han cerrado desde el inicio de la crisis. La regulación de horarios no parece haber amortiguado mucho la caída. El modelo jurásico que mantiene el Gobierno de Cataluña, y resto de España, no tiene justificación alguna. No defiende derechos como nos hacen ver con sus mentiras y falacias, sino privilegios.

Países como Alemania, Francia, Bélgica, Holanda, Suecia o Irlanda no tienen prácticamente regulación horaria. Alguno de los anteriores países europeos mencionados regula, como mucho, el cierre de los domingos. Si nos centramos en Suecia –paradigma de los socialdemócratas españoles–, desde que el Gobierno otorgó libertad a sus comerciantes, en el periodo comprendido entre 1995 a 2005, su productividad creció un 15%. Superó incluso a EEUU en esta materia. Con la paulatina desregularización, la superficie media de los locales dobló en diez años. Empresas como IKEA (que ya había empezado su expansión) y H&M se dispararon aumentando su tamaño, lo que les permitió aprovechar las economías de escala comprando más barato a proveedores. Los resultados fueron beneficios netos para todos: el cliente ganó libertad a precios más baratos; el Gobierno ingresó más dinero en concepto de impuestos; y las empresas aumentaron sus volúmenes. No crea que en Suecia todas las tiendas están abiertas 24 horas ni mucho menos. Hace demasiado frio y el comercio simplemente se ha amoldado al cliente. Imagínese el potencial que puede tener un país mediterráneo que vive en gran parte del turismo.

¿Cerraron muchos comercios pequeños en Suecia? Claro, los ineficientes. Los que vendían caro aprovechándose del cliente. Los privilegiados que vivían a costa de la prohibición. Cuando bajaron la persiana para siempre, sus dueños simplemente se dedicaron a hacer otras cosas que beneficiaban a la sociedad, sirviéndola en lugar de vivir de ella parasitariamente.

La regulación horaria no solo encarece los precios. Favorece al ocioso frente al trabajador (el que tiene voluntad de servir), perjudica al consumidor y genera enormes costes económicos y políticos para el ciudadano. Por ejemplo, el sector de Osona recibió en 2008 subvenciones valoradas en 600.000 euros. ¿Por qué buscar el beneficio en el cliente cuando lo paga la administración? Los comerciantes que defienden el control horario no tienen ninguna voluntad de servir al cliente, son funcionarios privados que viven a expensas del dinero y la libertad del ciudadano: son dinosaurios a extinguir.

A nivel político, los comerciantes se reúnen en lobbies para presionar al Gobierno de turno vendiendo su voto y silencio a cambio de represión comercial. Cuando la economía está al servicio de las empresas y del Gobierno, ésta pierde su finalidad. El único objetivo del mercado es servir al cliente. Es una vergüenza que en la Cataluña del s. XXI aún existan imposiciones medievales de este tipo. Afortunadamente para nosotros los consumidores, este tipo de comercio trasnochado, ñoño y casposo tiene las horas contadas. En internet hay libertad de horarios. ¡Viva CasadelLibro.com y Caprabo en Casa!

¿Neocolonialismo chino?

Su elevada demografía, su cultura milenaria, su aparente lejanía han generado una mitología que se ha mezclado con la realidad y aún en pleno siglo XXI, en la época de Internet y de las autopistas de la información, esta sensación es si cabe más intensa.

Cuando cayó el Imperio soviético, los chinos y buena parte de sus aliados comunistas pusieron sus barbas a remojar para que no les pasara lo que a sus camaradas e íntimos enemigos rusos.  Imitando a su manera la Perestroika de Gorbachov, los dirigentes del Partido Comunista Chino decidieron permitir cierta libertad económica a sus ciudadanos y surgieron así pequeñas y grandes empresas que empezaron a aventurarse en los mercados mundiales. La propaganda china se encargó desde ese momento de alentar esa imagen de gigante económico mundial y los occidentales se la compraron, y a puñados. Sin embargo, hay que dejar claro que la economía china es una economía planificada y si se deja cierta libertad de empresa, ésta se ejerce bajo los parámetros que marquen los planes y los objetivos del Partido, lo que paradójicamente imita el modelo nacionalsocialista alemán o el fascista italiano. Un chino puede iniciar una labor empresarial si esta se adecúa a los principios del Partido o al menos, si no los entorpece.

La libertad, aunque sea poca, tiene la costumbre de incrementar la riqueza del que la ejerce y China, después de varias décadas de férreo control comunista ortodoxo, ha experimentado un evidente crecimiento económico. Lo que es más dudoso es que el ritmo de crecimiento de la economía fuera y sea el anunciado por la dictadura  en términos de crecimiento de PIB. Es cierto que ha partido de niveles muy bajos y relativamente fáciles de elevar, pero no menos cierto es que las estadísticas económicas de las dictaduras son como poco, dudosas, porque no tienen mecanismos adecuados para hacer mediciones, si es que existen, y sí mucho miedo de que los fallos puedan suponer un peligro para el que ha errado en la planificación y una tacha para el dictador.

Este desarrollo chino ha provocado dos trascendentes efectos. Por una parte, un importante desequilibrio económico dentro de su territorio, una zona con crecimientos elevados y un desarrollo industrial y urbanístico desmesurado que coincide con la costa oriental y otra, el interior, donde no ha llegado esta “revolución” y que mantiene un nivel de vida muy parecido al que ya tenían en tiempos de Mao. Estos desequilibrados conllevan, sobre todo en las zonas más desarrolladas, que convivan los grandes rascacielos y las grandes fortunas con las infraviviendas y los sueldos míseros. Algunos trabajadores empiezan a reclamar mejoras salariales y seguridad en los empleos a la vez que recelan de tan evidentes diferencias.

China puede ser una de las principales economías mundiales en conjunto pero su PIB per cápita era en 2009 según el Banco Mundial de 6.675 dólares, lejos de los 29.800 de Taiwán (Fuente: CIA World Factbook), los 32.545 de España o los 46.436 de Estados Unidos. Esta desigualdad, que no es fruto del capitalismo y del libre mercado, sino de todo lo contrario, puede generarle problemas internos con el tiempo porque una vez que se abre la espita de la libertad, las consecuencias pueden ser sorprendentes. China se enfrenta también a problemas similares a los que han provocado la crisis económica actual. Subvencionar o favorecer ciertos sectores provoca burbujas y recientemente se ha tenido imponer el errado control de precios para evitar que se dispare la inflación, sin olvidar la guerra de divisas entre el yuan y el resto de monedas que pretende favorecer las exportaciones pero que podría tener consecuencias no previstas.

El segundo efecto del crecimiento chino es la necesidad imperiosa de materias primas que puedan permitir su mantenimiento. Esta necesidad ha provocado una apertura del régimen hacia el exterior como no había ocurrido antes. China está tan necesitada de materias primas como de países que se las puedan proporcionar y ello ha llevado a acusaciones de neocolonialismo sobre países del Tercer Mundo, en cuyos territorios se encuentran buena parte de las reservas de petróleo, minerales y otras materias necesarias. ¿Es esto cierto y China está ejerciendo en papel de nueva potencia colonial en buena parte de Asia, África y Latinoamérica? Semejante afirmación es poco verosímil pues no está en condiciones de administrar o controlar todos estos territorios de forma física como hacían las potencias colonizadoras europeas durante los siglos XIX y XX o cómo se permitía la Unión Soviética durante la Guerra Fría, pero sí es cierto que ha incrementado su influencia en estos continentes a través de acuerdos económicos y políticos que se centran en directrices geoestratégicas, lo que en el mundo sajón se denomina “soft power”.

China no ha dudado en aliarse con gobiernos corruptos cuando ha sido necesario o con la facción que en ese estado fracasado, como suelen ser los africanos, controlaba la materia que quería obtener, lo que es malo para los africanos, porque ayuda a mantenerlos en el poder, impidiendo la evolución social del país y que la riqueza que supone el uso de ese recurso llegue a sus ciudadanos. Un ejemplo sería el apoyo al Gobierno sudanés, bloqueando en la ONU las resoluciones contrarias a sus propios intereses en la región.

China no ha dudado en pagar por un recurso mucho más que sus competidores occidentales. Esto, que en un proceso de libre mercado no sería especialmente importante ya que el riesgo real es sólo del que aporta el capital, es en este caso mucho más complejo. Esta es la situación en Latinoamérica donde por ejemplo, Venezuela ya ha comprometido buena parte de su producción petrolífera de los próximos años, o donde el incremento de los ingresos en exportaciones ha sido por el de los precios de las materias primas y no por la venta de un mayor volumen. Esta estrategia responde a dos razones, la de hacerse, sí o sí, con el recurso y por otra, desplazar del mercado a sus principales competidores, las empresas o gobiernos occidentales que también necesitan recursos, pero que en algunos casos no están dispuestos a pagar tanto.

Otras veces los acuerdos con ciertos países responden a intereses geoestratégicos como su alianza con el régimen totalitario de Myanmar (antigua Birmania) o los acuerdos para construir puertos en ciertos países africanos y asiáticos, como el puerto pakistaní de Gwadar, futura cabecera de un gasoducto procedente de Asia Central, pero también utilizable por la flota de guerra china o una presencia en los puertos sudaneses cada vez mayor y que tienen por objetivo el tener infraestructuras “exclusivas” para sus barcos mercantes y militares, incrementando su control sobre el Índico y poniendo en aprietos a su viejo enemigo y uno sus principales rivales, La India.

China no es un adalid del libre mercado ni del capitalismo. Los chinos como individuos físicos o jurídicos tienen pocas opciones de ejercerlo en ciertos sectores de los denominados estratégicos. En ellos, la planificación y los intereses del Estado chino son el marco principal y ello no es bueno ni para los chinos ni para los habitantes de estos países. Desde otra perspectiva, se da la paradoja de que es posible que ciertos países que venden materias primas a China desincentiven la apenas desarrollada industria manufacturera propia a favor de la china que es la que necesita estas materias primas.

Descolonización, estados fallidos y el Sahara

… y las tensiones entre ellos marcaron las siguientes décadas. Todos los procesos internacionales relevantes, todos los conflictos entre países o entre organizaciones estaban polarizados o eras susceptibles de ello si las grandes superpotencias así lo deseaban. Cualquier régimen podía conseguir la legitimación universal si era apoyado por alguno de los dos bloques: el comunista como herramienta para llevar la revolución y el socialismo al resto del mundo, el occidental si consideraba que éste le hacía fuerte para luchar contra su rival. Ambos bandos legitimaron así dictaduras y democracias, aunque para la Unión Soviética y los comunistas en general, las segundas eran simplemente un paso previo para el Estado socialista.

Pero la Segunda Guerra Mundial no sólo trajo la Guerra Fría. El esfuerzo de guerra había dejado agotados a dos de los imperios que hasta 1945 habían dominado el mundo, el británico y en menor medida, el francés. Ambas potencias administraban, gestionaban y dominaban políticamente una parte muy importante de los continentes asiático y africano y otro tanto se podía decir de otros países europeos como Portugal, Bélgica u Holanda. Sin embargo, ese dominio había recibido el golpe definitivo, los esfuerzos económicos que supuso la guerra habían generado fuertes déficits que hacían imposible que siguiera mucho más.

No menos importante era el cansancio de casi todas estas sociedades que, después de seis años de guerra, no estaban muy dispuestos a aguantar más conflictos y muertos. A ello hubo que unir el auge del internacionalismo marxista y religioso, en especial el islámico, el resurgir de los nacionalismos y el carácter anticolonialista de las sucesivas administraciones estadounidenses con la de Roosevelt a la cabeza. Todo ello propició del declive del dominio de Europa sobre el mundo y la denuncia del colonialismo que hasta ese momento había sido un sistema asumido por dominantes y dominados sin demasiados problemas ni conflictos más allá de los locales y algunos entre potencias coloniales.

Y así, como después de las Guerras Napoleónicas se inició la emancipación de América del dominio español, Asia y África se deshicieron del dominio europeo en un entorno marcado por la polarización de la Guerra Fría, ideas políticas y filosóficas novedosas y otras que lo eran menos. La independencia de La India, la guerra de Corea, la de Vietnam, los procesos de descolonización de las naciones africanas, el nacimiento de Israel, los conflictos de las naciones musulmanas con éste, deben enmarcarse en este escenario.

El resultado de la descolonización, sin entrar ni en las causas y los efectos ni en la complejidad del mismo, fue diverso. De él nacieron estados que hoy son prósperas democracias como por ejemplo Canadá, Australia o Nueva Zelanda. Otros son estados más o menos estables, muchos de ellos con regímenes autoritarios como la mayoría de los que forman parte del mundo musulmán y alguno con un paulatino asentamiento de procesos democráticos como La India. Pero no pocas sociedades que nacen del post colonialismo se pueden considerar estados fallidos, es decir, estados que se encuentran en conflicto permanente entre facciones dentro del propio territorio o con los estados fronterizos, en los que no se han desarrollado instituciones sociales que hayan permitido la estabilización de la sociedad y donde la corrupción y la violencia forman parte de la misma, sin que los individuos luchen por erradicarlas, sino más bien ignorarlas o dirigirlas a favor de su propia facción o grupo.

El Sahara es uno de estos estados fallidos. Su proceso de descolonización fue tardío y en unas circunstancias muy diferentes de las que se dieron en los países subsaharianos o de las de su entorno atlántico-mediterráneo más cercano. España, como potencia colonial debería haberse hecho cargo de supervisar el proceso, pero la muerte de Francisco Franco y el inicio de la transición de la dictadura a la democracia la hacía un supervisor poco preparado y dispuesto. A pesar de ello, el Sahara fue uno de los temas que usó la entonces oposición política (socialista y comunista principalmente) contra los ejecutivos de centro que gobernaron España durante los primeros años de democracia, apoyando la creación de la República Árabe Saharaui Democrática. No es extraño que muchos piensen que el actual gobierno socialista de España haya traicionado a sus aliados.

Marruecos presionó al gobierno español a través de la Marcha Verde que lideró el propio Hassan II y observó en el Sáhara un territorio con gran cantidad de recursos naturales que podía poner bajo su soberanía. España terminaría cediendo el control administrativo, pero no la soberanía, de su colonia a este país y a Mauritania tras los Acuerdos de Madrid. El imperialismo no sólo es propio de los estados europeos. Los marroquíes tenían de su lado a dos grandes socios. Por una parte, a Francia: su ex potencia colonial era (y es) su gran aliada aunque sólo fuera porque Argelia, la otra ex colonia francesa, estuviese bajo la órbita soviética. El otro socio fue (y es) Estados Unidos que también veía al aliado marroquí como una manera de hacer frente a la creciente influencia de los rusos en el norte de África (Argelia y Libia).

La Guerra Fría polarizaba las partes del conflicto: Estados Unidos y Francia apoyaban a Marruecos, mientras que Argelia (enemiga local de Marruecos) y la Unión Soviética apoyaban al Frente Polisario. Este se enfrentó exitosamente a Mauritania que terminó por renunciar a la parte que le correspondía, pero no ha Marruecos que ocupa el territorio de facto. España, mientras tanto, rehuyó hacer frente a sus compromisos internacionales, actuación lógica dada la delicada situación de ese momento.

El resultado es un conflicto enquistado en el que se mezclan diferentes intereses. Occidente en general y Francia, España y Estados Unidos en particular, no están interesados en que estalle un conflicto armado en la zona pues crearía un foco de tensión demasiado cerca de Europa y que podría extenderse a otras partes del territorio africano con el integrismo islámico como modelo para algunas de las facciones implicadas. La ONU sigue con su política de mantener los conflictos en una situación de “baja” violencia a través de una aparente neutralidad, en vez de solucionarlos.

Marruecos se siente fuerte en la zona, bien por el apoyo de sus aliados, bien por la pasividad de España. Esto le hace incrementar el uso de la fuerza y el control de la información a través de la censura de los medios de comunicación propios y los de otros países. Además, durante estas tres décadas largas se ha encargado de “colonizar” el Sahara con marroquíes que puedan hacer de contrapeso en caso de que se vaya a una solución que pase por algún tipo de referéndum.

El Frente Polisario, ya sin el apoyo soviético, pero con las formas que había aprendido de este totalitarismo, y con Argelia aparentemente ajena al conflicto, ha anunciado una respuesta armada como única salida a la situación. Todo ello nos llevaría o a una guerra, para la que ya no dispone de los medios necesarios ni el apoyo internacional preciso, o a un incremento de la violencia terrorista que podría afectar a los intereses de las partes implicadas, pero que también podría restarle el escaso apoyo que posee en Occidente si se perjudicaran los intereses de éstos o se produjera un incremento de la presencia de Al Qaeda en la zona, algo que no sólo no es descartable sino bastante plausible.

La solución a corto o medio plazo no es fácil pues no hay una parte que tenga “el poder” y que pueda hoy por hoy, acabar con la otra de manera rápida y poco cruenta. La internacionalización de los conflictos y cierta moral “pacifista” que dominan actualmente simplemente lo impiden. No estoy haciendo un juicio moral ni estoy tomando partido por el bando más fuerte o el más débil, soy simplemente descriptivo.

¿Qué debemos hacer para acabar con la pobreza extrema?

Esta pregunta está en la mente de numerosos expertos de distintas disciplinas, políticos y personas de bien. La respuesta, sin embargo, dista mucho de ser sencilla, a pesar de ser muchos los que durante muchos años han reflexionado sobre ella. Quizás sea una pregunta sin una respuesta válida o, más bien, una pregunta incorrecta.

Diseccionémosla brevemente en sus distintas partes, y probablemente acabemos el análisis con más preguntas de las que empezamos.

En primer lugar, ¿qué es la pobreza extrema? Podríamos considerarla como el estado que sufren las personas que carecen de los medios más básicos de subsistencia, si bien es un fenómeno complejo que incorpora múltiples componentes (como una altísima tasa de mortalidad, enorme vulnerabilidad ante cambios pequeños, falta de acceso a los mercados, nivel de higiene muy escaso, analfabetismo, etc.).

No obstante, dentro de quienes podrían considerarse como extremadamente pobres, existe una elevada dispersión y heterogeneidad entre las características y necesidades de éstos. Cada comunidad de pobres puede presentar rasgos muy distintos, incluso dentro de un mismo país. Éste es un primer obstáculo a la pregunta que nos planteamos, dado que implica la necesidad de analizar, desde un "enfoque micro", las características de los pobres como un grupo muy heterogéneo.

En segundo lugar, ¿cómo se mide la pobreza? El enfoque estándar consiste en definir una línea de pobreza, a partir de la cual se contabilizan el número de pobres. A pesar de los matices y críticas que se le han hecho, la línea de pobreza más conocida es la que asigna el calificativo de "pobre" a aquellos que ganan menos de 1 dólar al día.

Este tipo de cuantificaciones son casi siempre problemáticas, y como resultará obvio, este caso no es una excepción. Uno de los hechos que se destacan acerca de las características de la vida económica de los más pobres, es la elevadísima irregularidad de sus ingresos a lo largo del tiempo. Éstos pueden vivir periodos en los que reciben ingresos relativamente altos –en comparación con la pobreza extrema-, alternados con otros periodos donde no ganan nada. Este hecho no puede ser captado por la línea de pobreza.

Además, como han señalado algunos especialistas en la materia, "los juicios sobre cuántos pobres hay en el mundo y cómo evoluciona esta cuantía en el tiempo tienen mucho más de lobby político que de validez científica".

En tercer lugar, el "debemos" de la pregunta implica una obligación moral a que las personas con un nivel de vida occidental ayuden a las personas más pobres del mundo. Esto es una cuestión delicada. Perfectamente, cualquier individuo puede sentirse, de forma libre, responsable a donar parte de su renta a aquellos que carecen de los medios básicos de subsistencia, con la buena intención de ayudar. Pero esto tiene un problema: se puede prestar a una actitud acrítica hacia lo que genéricamente se conoce como la ayuda externa al desarrollo, y caer presa del populismo demagógico que vende soluciones sencillas en un breve plazo.

Para el economista del crecimiento William Easterly, tras décadas de arduas investigaciones, millones de regresiones y numerosas mentes brillantes estrujándose los sesos, no sabemos realmente cuál es la receta universal que hay que aplicar para acabar con la pobreza. Este desconocimiento –la ignorancia ganada a base del estudio y la investigación empírica- es precisamente lo que ha surgido de tantos trabajos en los que se trataba de hallar la variable o variables clave –sujetas, supuestamente, al control del gobierno: capital físico, infraestructuras, capital humano…- que hicieran despegar económicamente a los países más pobres.

Entonces, dado que parece que estamos haciéndonos la pregunta equivocada, o que es una pregunta sin respuestas claras, démosle la vuelta: ¿qué debemos no hacer para acabar con la pobreza? A esto sí podemos dar algunas respuestas, gracias a años de experimentos fracasados llevados a cabo por aquellos que nunca debieran haber metido mano en estos asuntos. Señalemos simplemente dos cosas que no se debería hacer: 1) los envíos masivos y descuidados de ayuda al desarrollo, que acaban finalmente en manos de dictadores y elites causantes principales de la pobreza; y 2) las políticas agrícolas proteccionistas de los países ricos, que suponen importantes problemas sobre los agricultores de los países pobres.

Quizás bastaría con no tomarse demasiado en serio la pregunta del título de esta columna. Al fin y al cabo, no saber qué puede hacerse desde Occidente para acabar con la pobreza del Tercer Mundo puede ser una buena noticia, como sugiere Easterly. Ello evitaría planes megalómanos con eficacia discutible, y daría mayor autonomía a la gente pobre, que es la verdadera protagonista, y la que realmente sabe cómo progresar –si es que le dejan- dadas las circunstancias particulares que le afectan.

Con esto nos acercaríamos a la máxima médica: "Lo primero es no hacer daño". Ya sería un paso importante.

Occidente se queda atrás

China padecía el yugo destructivo de Mao, India estaba cerrada al mercado, y Brasil se encontraba sometido a una junta militar. No por más tiempo.

Hoy las naciones en desarrollo que suman 3.000 millones de personas tienen un crecimiento económico superior al 8% anual, mientras Occidente a duras penas registra tasas positivas. La Unión Europea y Japón están en relativo declive, con asfixiantes Estados de Bienestar y una población cada vez más envejecida. Estados Unidos no está en una situación tan precaria, pero a largo plazo su protagonismo es menguante. Mientras tanto, China sustituye a Japón como segunda potencia mundial, Brasil a España como octava potencia, e India está a las puertas del top 10.

En 2008 China producía más acero que Estados Unidos, la Unión Europea y Japón juntos. Quizás más sorprendente es que en 2009 China fue también, de lejos, el mayor fabricante de coches del mundo: 13,8 millones de unidades, más del doble que Japón. Brasil y Corea del Sur ocuparon la quinta y la sexta posición. De 2000 a 2009 la producción de automóviles se triplicó en India. En contraste, en Europa abundan fábricas con baja productividad que no operan a plena capacidad pero no pueden cerrarse por razones políticas.

Este dato ilustra que los países en desarrollo son cada vez más competitivos en sectores antes concentrados en los países ricos, y que la única forma que tiene Occidente de seguirles a la zaga es aligerando la losa del Estado y permitiendo que la economía se reestructure y se especialice en aquellos sectores donde tiene una ventaja comparativa: finanzas, investigación y desarrollo, alta tecnología, diseño, arte, entretenimiento, educación.

Pero a veces la preservación despierta más simpatía que la transformación, sobre todo por parte de los grupos de interés establecidos que tienen mucho que perder con el cambio, con el dinamismo y la competencia. Así las cosas, por ejemplo, una reciente directiva de la Unión Europea corre el riesgo de herir de muerte la capitalidad mundial de la City de Londres en el ámbito de las finanzas.

Las nuevas regulaciones que se aplicarán a los fondos de inversión incluyen normas contra la "liquidación de activos", que limitarán la venta de activos inmediatamente después de la compra, restricciones en las remuneraciones, y un costoso registro para los fondos que quieran operar en la Unión Europea. Esta directiva se suma a otras medidas contraproducentes del Gobierno inglés (límites sobre los bonuses, tasa sobre los beneficios de los bancos, aumento del tope marginal máximo del impuesto sobre la renta) que restan competitividad a Londres a favor de centros financieros de Asia, como Hong Kong o Singapur.

Los fondos de inversión no han contribuido a la generación de la crisis (la mayoría no estaban apalancados y ninguno ha tenido que ser rescatado), pero sí juegan un papel importante en la recuperación. ¿Qué hace el Gobierno de Bruselas? Ahuyentarlos. El éxodo es por ahora anecdótico: varias aseguradoras (Kiln, Hiscox, Beazley, Brit) y hedge funds (Blue Crest, Brevan Howard, Moore Capital). Pero el daño irreparable puede sentirse a largo plazo.

Quizás consuele que la relativa decadencia de Occidente no implique un deterioro de las condiciones de vida de su población en términos absolutos. Gracias a la globalización, las innovaciones locales devienen globales, de modo que los occidentales también nos beneficiaremos del progreso asiático aunque no estemos por delante de ellos. Al fin y al cabo, de lo que se trata es de promover la máxima prosperidad para todos, no de que unos queden más arriba en el ranking que otros. Al mismo tiempo, si Occidente se queda atrás es porque navega con demasiado peso, y también beneficiaría a todos que aligerara la bodega. Puede que la competencia nacionalista sea ventajosa después de todo: la constatación de que otros te avanzan quizás sea el único acicate de los Gobiernos occidentales para enderezar el rumbo.

Sea como fuere, ya lo dijo el célebre inversor americano Jim Rogers: "Alguien espabilado en 1807 iría a vivir a Londres, en 1907 se desplazaría a Nueva York, y en 2007 se trasladaría a Asia". Jim Rogers vive hoy con su familia en Singapur.

Albert Esplugas Boter es miembro del Instituto Juan de Mariana, autor del libro La comunicación en una sociedad libre y escribe regularmente en su blog.