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Etiqueta: Comercio globalización y desarrollo

Un aplauso para Carod

En un auténtico arrebato liberal, Rovira señaló que si se supone que estos fondos han de ayudar al desarrollo de las regiones menos prósperas de España, no pueden dedicarse a incrementar el tamaño del sector público o el número de burrócratas. En efecto, si Extremadura o Andalucía quieren prosperar, difícilmente lo lograrán gastando las ayudas en el lado improductivo de la sociedad. Así sólo logran aumentar el peso de la losa que aplasta el impulso empresarial de andaluces y extremeños. Ya sé que resulta paradójico escuchar estas cosas de la boca de un político de la izquierda más rancia. Pero aún hay más. De acuerdo con nuestro personaje, lo que necesitan estas regiones es invertir en empresas privadas que generen riqueza y empleos sostenibles. Como diría Peter Bauer, todo lo demás es quitar a los pobres de Cataluña para dar a los ricos de regiones más pobres. Provenga de donde provenga, la ayuda al desarrollo no puede usarse en la generación de gastos improductivos.

Pero aún hay más. Carod destacó lo que ningún político se atreve a decir: que “la solidaridad es lo que uno hace libremente”. En definitiva, que la ayuda pública al desarrollo no es un acto de solidaridad, sino un simple robo legalizado. Le faltó indicar, para rizar el rizo, que la verborrea de la redistribución coactiva acaba con la verdadera solidaridad y que posiblemente esto explique que, de entre todos los países desarrollados, España está situada en el segundo puesto por la cola en ayuda voluntaria, esa que sí es un acto de solidaridad. Pero, claro, eso sería pedirle peras al olmo porque, de haberlo hecho, ¿cómo iba luego a defender su proyecto socialista para Cataluña?

Desafortunadamente, mi comunión con Carod no ha duró mucho. Pasó lo que tenía que pasar. Durante el fin de semana Carod se refería a Cataluña como si hablara del coto privado de los nacional socialistas. La libertad volvió a desaparecer del centro de su discurso, y quien no comparte sus ideas no puede opinar. En fin, que por desgracia, este fin de semana las aguas volvieron a su cauce natural.

Yo también soy monopolista

A ver si no voy a poder ser yo como todos los operadores de telecomunicaciones, dominantes, por monopolistas, en el mercado de terminación de llamadas en su propia red. (Los servicios de terminación se los prestan mutuamente los operadores para permitir que sus respectivos clientes se llamen entre sí, por ejemplo, cuando un cliente de ONO llama a uno de Orange, o al revés. En el primer caso, será Orange quien dé la terminación a ONO; en el segundo, ONO se lo da a Orange).

Así lo constata la Comisión del Mercado de Telecomunicaciones en unos documentos recién publicados, en los que analiza distintos mercados de comunicaciones electrónicas. Este ejercicio no lo hace la CMT gratuitamente, sino con la intención de imponer obligaciones a los operadores a los que encuentre en esa envidiable posición en cada uno de los mercados. Si la CMT decide que un operador tiene Peso Significativo en un Mercado, le puede fijar los precios por los servicios que suministra.

Pues bien, la CMT, entre otros, analiza el conjunto de mercados de terminación. Y define un mercado de servicios de terminación para cada uno de los operadores que tienen red. Me explico: define un mercado que es, por ejemplo, el de terminación en la red de Telefónica; y otro, que es el de terminación en la red de Vodafone, y así sucesivamente. Si Perico-de-los-Palotes tiene red de telecomunicaciones, la CMT habrá definido un mercado de terminación en la red de Perico-de-los-Palotes.

Es fácil imaginar los resultados de los respectivos análisis de estos mercados, a los que no obstante el citado organismo dedica más de un párrafo en un loable esfuerzo por justificar lo obvio. Efectivamente, Perico-de-los-Palotes es dominante en el mercado de terminación en la red de Perico-de-los-Palotes. Y en consecuencia, existe un grave riesgo de que cobre precios excesivos, y es necesario regular los precios de este servicio, y demás.

Es justo decir que con estos mercados la CMT se limita a seguir los dictados de otro organismo regulador, mucho más sabio y de mayor perspectiva, la eminente Comisión Europea. Es esta quien realmente "recomienda" a los reguladores nacionales que analicen los mercados de terminación en cada red individual porque puede haber problemas de competencia en los mismos.

Pero esto no disminuye un ápice lo absurdo del ejercicio de definir un mercado de por sí monopolista; lo absurdo de analizar un mercado que es monopolista por definición; y lo absurdo de pretender resolver problemas de competencia en un mercado que no puede ser más que monopolista (porque, por supuesto, para estos reguladores la existencia de monopolio es un problema de competencia).

En esta dinámica reguladora se mueven las telecomunicaciones. Imagino que en otras similares se moverán todos los sectores económicos regulados. Yo, mientras tanto, iré a lo mío: voy a ver si convenzo a Libertad Digital de que, como dominante en el mercado de artículos de Fernando Herrera, les tengo que cobrar precios excesivos.

Privilegios bananeros

Aunque este acuerdo, que saldaba políticamente las disputas que mantienen ya desde hace 16 años los políticos de estas dos regiones, no formaba parte de la Ronda de Doha, bastó que se anunciara la ruptura de las negociaciones de la ronda para que los europeos promulgaran a los cuatro vientos que no firmarían el trato alcanzado unos días antes para reducir el arancel del plátano de manera progresiva.

La misión era casi imposible. A la burrocracia internacional, a la que no le duele en el bolsillo que no se llegue a un acuerdo comercial que alivie la pobreza, se le pedía llegar a un acuerdo que contentara al mismo tiempo a los productores agrícolas de los países pobres y a los privilegiados lobbistas europeos de la Política Agraria Común.

Doha reventó por la detonación de un cóctel intervencionista de teorías erróneas e intereses de los grupos privilegiados. Por un lado, nuestros políticos defienden total o parcialmente las medidas que los enemigos tratan de imponernos en tiempos de guerra, que no es otra que limitar nuestras importaciones, ya sea mediante sitios, bloqueos, cañones o aranceles. Por el otro, la casta de privilegiados que ha crecido a la sombra de la Política Agraria Común y otras políticas del Estado del malestar europeo, no está dispuesta a perder sus prerrogativas por banalidades como dirigirnos hacia un mundo más justo donde impere la libertad comercial y ayudar así a reducir la pobreza.

Los lobbies europeos, los que nos toman por rehenes y nos exprimen metódicamente para extraernos el jugo día sí, día también, están de enhorabuena. Celebran por todo lo alto que usted y yo no podamos intercambiar en libertad, directa o indirectamente, diversos productos con los necesitados productores de otros países. Un buen ejemplo de estas castas que usan la violencia para impedirnos intercambiar en libertad la encontramos en el sector del plátano. La Asociación de Organizaciones de Productores de Plátanos de Canarias se apresuró a celebrar la ruptura del acuerdo con anuncios a toda página en la prensa de las Islas Afortunadas pidiendo que nunca se dejen entrar libremente las bananas centroamericanas en la Unión Europea.

Aparte de la hipocresía que supone estar todo el tiempo hablando de solidaridad y ayuda al desarrollo para después impedir por la fuerza lo que realmente puede permitir el progreso de los países pobres, estas políticas agreden a casi todos para proteger a unos pocos privilegiados y dejan la imagen de Canarias y de toda España por los suelos. Si hay un sector estratégico para el desarrollo de las sociedades, ese es el comercio libre. No dejemos que sea secuestrado y mutilado por los intereses espurios de políticos, burrócratas y pseudo empresarios.

La vergüenza de Occidente

El sistema público de adoctrinamiento tiene su fundamento político en aquel padre desempleado que no tiene dinero para enviar a sus hijos a la escuela. El timo de las pensiones públicas obligatorias de reparto está apuntalado con el desahuciado que no puede ni plantearse para la previsión a largo plazo. Y así, suman y siguen.

La farsa no puede ser más evidente. La única posibilidad de verdadero progreso de nuestros pobres es una sociedad con impuestos bajos y un mercado laboral libre en el que se puedan cerrar todo tipo de acuerdos voluntarios entre trabajadores y empresarios. Sin embargo, los mismos que promueven múltiples restricciones a la libertad económica para presunto beneficio de los pobres, se niegan en rotundo admitir a esos mismos pobres en el club de los prósperos trabajadores. Barreras como el salario mínimo, la negociación colectiva, los impuestos a los autónomos, los gravámenes sobre el ahorro y la inversión (a menos que seas rico y puedas montarte una Sicav), y todo tipo de zancadillas son establecidas por nuestros demagogos políticos impidiendo el progreso de los más pobres.

Algo parecido ocurre en las relaciones internacionales entre gobiernos. Ministros, presidentes y burrócratas de toda índole se pavonean por los medios de comunicación hablando de la necesidad de incrementar hasta un 0,7% del PIB lo que ellos denominan ayuda al desarrollo. Con esta expresión se refieren a lo que le quitan a la fuerza al trabajador nacional para dárselo a los ricos y a los políticos corruptos de los países pobres (al menos tanto como los de aquí) así como a la industria de ONGs; esas Organizaciones necesitadas de gasto público para sobrevivir y que son legión en eso de la ayuda al desarrollo y a la pobreza.

Sin embargo, cuando se trata de dejar que los pobres se desarrollen por sus propios medios sale a la luz la hipocresía de los poetas de la solidaridad coactiva. “De eso ni hablar”. El objetivo de estos autoproclamados solidarios internacionales (que ejercen su siempre con dinero robado) no es contribuir a que los pobres del mundo puedan salir adelante, sino ganarse la sonrisa de los poderosos grupos de presión occidentales, lograr que los pobres les deban la vida y que sin sus dádivas se vuelva imposible ningún tipo de desarrollo. Se creen dioses y quieren experimentar la omnipotencia gubernamental. Y no me extraña en vista del tratamiento que reciben de una mayor parte de la población.

Así las cosas, el fracaso de la Ronda de Doha de la semana pasada no es sino la consecuencia casi inevitable de un mundo en el que ONGs, burócratas, grupos de presión y políticos occidentales justifican sus rentas con la existencia de los pobres, ya sean nacionales o internacionales. La triste realidad es que los pobres que podrían desarrollarse no lo hacen porque estas castas de privilegiados políticos les han cogido como muñequitos de trapo que usar como espantajos en su cotidiana charlatanería política. Protestan pero nadie les escucha. Los mismos sinvergüenzas han tomado a los ciudadanos de occidente como rehenes de su desmedida ambición de poder. Nosotros, por desgracia, no protestamos lo suficiente.

¿De verdad queremos ayudar a los países pobres?

Recientemente, en una reunión de amigos, surgió la pregunta de cuál era la mejor manera de ayudar a los países menos desarrollados. Inmediatamente hubo quien sugirió las clásicas recetas que suelen pregonar ciertas organizaciones no gubernamentales, que suelen gozar de más popularidad por parte de los medios de comunicación: donación del 0,7% del producto interior bruto de cada país, la creación de nuevos impuestos para destinar la recaudación a dichos países, la reducción de nuestros hábitos “consumistas”, el cese de la explotación por parte de las multinacionales, etc.

Debo confesar que no me causó mucho asombro que nadie hablase de bajar las barreras proteccionistas (arancelarias y no arancelarias) que rodean muchas veces a los países que habitualmente se encuadran en el llamado “primer mundo”. Anteriormente, ese mismo grupo de personas había mencionado cómo estaba afectando la competencia de los países asiáticos a determinados productores nacionales y hubo quien sugirió que no se dejase entrar dichos productos ya que empleaban mano de obra muy barata contra la cual no podían competir los productores nacionales.

Cuando en un mismo día con un mismo grupo de personas uno escucha opiniones tan contrapuestas cabe formularse la pregunta de que si realmente deseamos ayudar a los países pobres, o simplemente tranquilizar nuestras conciencias mediante recetas populistas, sin pararnos realmente en el significado de las mismas.

La mayor parte de los seres humanos nacemos con la capacidad de trabajar. Esta capacidad, puesta en práctica, nos permite obtener a cambio de ella distintos bienes y servicios. Las personas con menos recursos suelen ofrecer un trabajo poco especializado, que requiere de escasa formación, motivo por el cual la única ventaja competitiva que pueden ofrecer a un empleador es su baja remuneración. Con el paso del tiempo, la especialización y formación en el trabajo provocan que este trabajo que ofrecen tenga mayor valor, por lo que suele subir la remuneración, y consecuentemente el nivel de vida de estas personas.

Cuando tratamos de impedir el trabajo de estas personas pidiendo la prohibición de determinadas importaciones con la excusa de que emplean mano de obra muy poco remunerada, no estamos haciendo ningún favor a los trabajadores de dichas empresas situados en países pobres. Al impedir que puedan obtener remuneración mediante su trabajo la estamos abocando a la pobreza y mendicidad permanente. Por tanto, en la lucha con la pobreza, una herramienta muy importante es la libre circulación de bienes y servicios, de manera que tanto los habitantes de los países comúnmente denominados como ricos como los que lo hacen en el resto de países se vean beneficiados. Los primeros de una gama de productos y servicios más baratos, y los segundos de la remuneración que obtienen. Con el paso del tiempo, la experiencia y la formación les permitirán desarrollar trabajos más remunerados, que les permita progresar y ahorrar.

Aunque existan organizaciones y recetas muy bienintencionadas, e incluso algunas que realmente ayudan a los habitantes más pobres, no nos podemos olvidar que para acabar con la pobreza es necesario que puedan trabajar, y para ello no hemos de colocar trabas en nuestros propios países.

Doha como milagro

No cuenta con una posición privilegiada para el comercio, ni contaba con una historia económica ni de otro tipo que le enseñase qué camino seguir, ni tenía (ni tiene) unos recursos abundantes o ricos. ¿Qué le ha convertido en uno de los pueblos más ricos de España? El comercio internacional. Es la globalización lo que le ha permitido colocar sus productos, extraídos en un “mar de plástico”, como se dice de forma despectiva, en los mejores mercados. El Ejido es un punto de comunicación con todos los mercados gracias al comercio internacional y, por esa vía, con la prosperidad.

Es así de sencillo. El intercambio incrementa la riqueza porque el simple hecho de darte algo que valoras más de lo que tú me entregas te hace más rico, como me lo hace a mí, que valoro lo que me das más que lo que te doy a cambio. Pero los beneficios van más allá, porque el comercio amplía el mercado y por tanto las posibilidades de participar en una división del trabajo más profunda y compleja y por tanto con más capacidad de generar riqueza. El comercio acerca los productos propios a los consumidores que más los valoran y nos traen a los consumidores bienes que de otro modo no compraríamos o tendríamos que adquirirlo de peor calidad o a un precio más alto. El comercio, además, nos abre al mundo, a otras formas de vivir. Y disciplina las empresas locales, que tienen que competir con las que vienen de fuera para seguir ganándose nuestro favor.

Este lunes comienza el último intento por sacar adelante la Ronda Doha. O ahora o nunca, porque Obama es un enemigo declarado del comercio internacional, es decir, de los pobres del mundo. Será por eso que cuenta con tantos apoyos. Si no se convierte en el último éxito de George Bush (y sería el mejor), Doha quedará para los libros de historia. Cuando llegan las crisis arrecian los mensajes proteccionistas, como se está comprobando en esta ocasión. Pero abrir los mercados ahora sería una buena noticia; mucho mejor si consideramos la ristra de malas noticias que le preceden y que le seguirán.

Europa tendría que rebajar sus aranceles a los productos agrícolas de los países pobres, pero Sarkozy, ese histrión trotamundos, ese tahúr insoportable, ha dicho que prefiere mantener artificialmente el nivel de vida de 100.000 agricultores europeos al de los millones de pobres del mundo que apenas tienen algo más que lo que arrancan a la tierra, sin apenas capital, para salir adelante. Valiente Sarkozy. Y Estados Unidos tendría que diezmar sus sustanciosas ayudas a los ricos agricultores locales, pero no parece posible. Y los gobiernos de los países en desarrollo tendrían que permitir a sus ciudadanos comprar nuestros productos sin encarecerlos artificialmente. Pero ya han dicho que verdes las han segado.

No pintan bien las cosas para la Ronda Doha. Pero aferrémonos a la fe en los milagros.

La desvergüenza intelectual del socialismo

Es típico de los intervencionistas informar a la plebe de lo que "hay que" hacer: recurren a una forma impersonal cargada de imperativo moral para ocultar que en realidad se trata de que unos pocos tienen que mandar y muchos tendrán que obedecer, porque cuando alguien gobierna, otros son gobernados. Y casualmente quienes mandarán serán ellos, los socialistas de todos los partidos; simplemente porque por su esencia los liberales no aspiran a dirigir las vidas ajenas, sino que respetan su autonomía.

Los colectivistas disfrazan su ansia de poder sobre los demás de actos de responsabilidad. Señalan una ardua tarea presuntamente imprescindible y se ofrecen implícitamente para realizarla: "la sociedad de la globalización está sin Gobierno y, en consecuencia, todo desarreglo, disfunción, especulación, trapacería o violencia puede encontrar su asiento sin mayor impedimento". Ni se plantean la alternativa intelectual de que la globalización sea un orden espontáneo, resultado no diseñado de las interacciones voluntarias de enormes cantidades de individuos, que no sólo no necesita la manipulación política sino que sistemáticamente la sufre. Insisten en que los problemas son globales ("la selva en que se ha convertido el mundo económico internacional"), sin ver que son ellos mismos quienes los han causado o agravado.

En un ataque de realismo, Sartorius reconoce que "sería ingenuo pretender que pudiésemos contar con un ‘Gobierno mundial’ democrático". Pero si el mundo es quizás demasiado, "sí sería factible ir creando grandes áreas de gobernanza democrática, con libertad comercial y cohesión social". Bien por la libertad comercial; pero lo que entiende por cohesión social no es la tupida red de relaciones libres de todo tipo (afectivas, comerciales, solidarias) que mantienen unidas a grandes cantidades de personas interdependientes, sino la redistribución coactiva de la riqueza desde "contribuyentes netos", tales como "fondos de convergencia".

La sensatez no es su fuerte cuando tiene la enorme desvergüenza de culpar al mercado libre de las grandes guerras mundiales. Cuesta creerlo, pero aquí está: "hubo una época en que, a nivel del Estado nación, imperaba el ‘dejar hacer, dejar pasar, pues el mundo caminaba por sí mismo’, y ello condujo a conflictos sociales internos y guerras externas". Ante una acusación tan grave y tan falsa sólo parece posible en un descerebrado o un indeseable, no aparece ni un argumento explicativo de cómo la libertad lleva a la guerra. Nada más que insistencia en la estulticia: "Se comprendió que era necesaria una cierta dosis de intervención de los poderes públicos para corregir los graves desbarajustes que producía el mercado dejado a su libérrima inclinación".

La lección de Raúl Castro a la política occidental

¿Se imagina que habría pasado si algún político del PP hubiese pronunciado algo semejante? Los periodistas lo habrían tildado de retrógrado, el Gobierno socialista correría para aprobar alguna ley que prohibiese hacer apología del anti-igualitarismo, con su ministra de igualdad Bibiana Aído a la cabeza, y los actores habrían pedido directamente la ilegalización del PP.

Castro ha dado una importante lección a los políticos del mundo que intentan cambiar las cosas con pactos, acuerdos de decenas de países y grandes cantidades de dinero usurpadas al pagador de impuestos: las grandes reformas empiezan por uno mismo y sólo se producen si realmente existe voluntad real. Esta fue una lección que ya vimos en Europa en el siglo XIX con el empresario y político Richard Cobden. El político inglés hizo una proeza tan difícil de imaginar entonces como ahora. Cobden y sus aliados empezaron la abolición unilateral de los derechos arancelarios para expulsar el monopolio de ley que tenían las clases privilegiadas y aristócratas. Sin permiso de nadie y sin grandes pactos internacionales, la apertura del mercado de forma unilateral llevó al Reino Unido a la mayor época de gloria que jamás haya vivido.

Los políticos occidentales de nuestros días han optado por el camino contrario. A diferencia de Cobden y Castro, no quieren hacer las reformas en su casa, sino en la casa del vecino primero. Han creado grandes monstruos burocráticos para conseguir el objetivo contrario al que inicialmente pretendían. Los bancos centrales, cuya misión es la estabilidad de precios y la prudente emisión de moneda, han creado una crisis mundial que nadie puede parar. Organizaciones como el FMI y el BM pretenden socorrer a los países pobres y con problemas, pero no ayudan al bolsillo del ciudadano, sino al de sus Gobiernos, dejando a la gente desamparada. Tal vez el mayor fracaso conocido sea la ONU. Esta organización jamás ha impedido ningún conflicto. Al contrario, sus fuerzas de pacificación son una fuente continua de tráfico de armas, corrupción, violaciones y abusos sexuales. ¿No se creó para todo lo contrario? Un organismo paralelo, la FAO, ha presionado recientemente a los casi 200 países que la componen para que apliquen de una vez las medidas pactadas. ¿Si no lo han conseguido en 60 años, que nos hace pensar que ahora cambiarán? ¿Cómo se van a poner de acuerdo 200 países con intereses tan diferentes y que están dirigidos además por políticos que jamás han destacado por su honradez, prudencia ni mesura?

Raúl Castro podría haber mantenido una línea perfecta con la revolución socialista llamando al victimismo tal y como hacía su hermano quejándose de que todas las penas de Cuba se deben al imperialismo yanqui, o correr a países amigos, como por desgracia España, para pedirles dinero. La decisión del líder cubano está siendo valiente, va en la buena dirección para sus ciudadanos, ya que les da mayor libertad, y parece una reforma sincera, no como la Alianza de Civilizaciones o los macro pactos gubernamentales contra el hambre que se firman con la intención de salir en la prensa y no hacer nada después.

Si Cobden hubiese impulsado el liberalismo a través de alianzas librecambistas como las que pretenden el NAFTA, CAFTA y acuerdos políticos similares, muy probablemente habría disfrutado del mismo éxito que tienen ahora estas alianzas, ninguno. La intención de crear un mundo mejor no se consigue a través de la buena voluntad de los políticos ni con los supuestos consensos a los que llegan. Las reformas empiezan desde dentro, dando entrada de forma radical al capitalismo y a la libertad individual. Esperemos que Cuba no se detenga aquí y llegue a ser un símbolo del capitalismo, es decir, de riqueza, prosperidad y libertad.

Círculos viciosos de la pobreza

No es el caso del “círculo vicioso de la pobreza”, aquella idea, convertida en ortodoxia en las teorías del desarrollo del tercer cuarto de siglo, de que los pobres son pobres porque son pobres. Su renta sólo les da para malvivir y en esas condiciones no hay quien ahorre y acumule capital, resultado y causa a la vez del desarrollo económico.

Al parecer daba igual que la misma existencia de los países ricos, que como los demás fueron pobres en un principio, desmintiese esa idea tan peregrina. La ideología siempre fue más poderosa que la historia y esta no iba a ser una excepción. Si lo que sumía a los países no capitalistas en la pobreza era esa misma pobreza y no que no hubiese llegado ahí el capitalismo, lo que había que hacer es por un lado anegar aquellas economías de ayudas procedentes de los países ricos y por otro asegurarse de que nada cambiase, de que allá, en los países africanos descolonizados, nunca, jamás, llegase el capitalismo que a nosotros, los donantes, nos había hecho prosperar. Y hay muchas personas, por lo demás de lo más inteligente, que se tragó este cuento sin sentido.

Se puede acumular capital desde la pobreza. De ello son testigo las sociedades hoy prósperas y que antes no lo fueron y las familias que, en una sola generación, han hecho añicos ese “círculo vicioso”. Pero aunque no hubiese sido así, ¿qué hace pensar que la solución serían las ayudas? Si hay capital extranjero, basta con abrirle el paso. En principio, incluso para las mentes más obtusas, la transferencia directa de riqueza desde los países opulentos hacia los pobres no debería ser una mala idea. Pero siempre hay algún que otro resistente a aquello de la iniciativa individual.

No. Lo bueno son las ayudas. Las ayudas permiten a los políticos, como José Luis Rodríguez Zapatero, presumir ante sus ciudadanos de lo generosos que son ellos, aunque sea con el dinero ajeno. Esa es la esencia de la política. Pero las ayudas no son necesarias, como demuestran los ejemplos de Gran Bretaña o EEUU. Tampoco son suficientes, como bien saben los que vieron cómo se anegaba la Etiopía de los 80’ de ayudas de todo el mundo, mientras la miseria y el hambre arrasaban año tras año en aquel país.

No son necesarias, tampoco suficientes… al menos serán buenas. Pues tampoco. En primer lugar porque engordan las arcas de los gobiernos, que son los principales causantes de la miseria de sus sociedades. Si además la pobreza se premia con dinero occidental, ¿cómo renunciar a fomentarla, si es fuente segura de ingresos? No tienen ni que hacer publicidad de su gran obra, pues ONGs, medios de comunicación y políticos occidentales se encargarán de enternecer a los ricos bolsillos occidentales mostrándoles la miseria de la que todos, donantes, medios de comunicación, ONGs, políticos de aquí y políticos de allí, son responsables. ¡Qué edificante! Eso sí, un crimen multitudinario convertido en un eficaz limpiador de conciencias. ¿Quién podría haber ideado un entente más perverso? Eso sí que es un círculo vicioso de la pobreza.

El verdadero poder de mercado

Sin embargo, no voy a hablar de Microsoft. Porque voy a hablar de poder de mercado, y Microsoft, si lo tiene, es exclusivamente debido a la voluntad libre de cada una de las personas que adquiere su producto. A ninguna de ellas Microsoft le impone la compra de sus sistemas operativos. Este poder de mercado depende de la libre voluntad de la gente, que se lo puede retirar en el momento que quiera, por lo que no es poder.

De hecho, ninguna empresa puede tener poder en un mercado libre, en el que la gente puede comprar o no comprar, y vender o no vender. Un ejemplo muy claro es el de la televisión digital terrestre (TDT). Con esta tecnología, se pueden ver bastantes más canales de TV e incluso acceder a otro tipo de servicios e informaciones; el único obstáculo es que hay que comprar un pequeño aparatito, el descodificador, para poder verla en la pantalla de toda la vida.

Desde hace ya bastantes años llevan los distintos medios de comunicación intentando convencernos de las bondades de la TDT y de que nos hagamos con el cacharro. ¿Quién puede afirmar que, juntas, Antena 3, Tele 5, Sogecable, TVE… no tienen poder de mercado? Y, sin embargo, la penetración apenas supera el 30% de los hogares. Es claro que el consumidor es soberano, y si no le convence el producto, poco pueden hacer las fuerzas combinadas de estos agentes para imponerlo. Su única vía es mejorarlo, sea por el lado de poner más y mejores servicios y contenidos, o por el de subvencionar los descodificadores.

En cambio, sí hay un agente que tiene el poder suficiente para conseguir que la gente se vea obligada a migrar a la TDT. ¿Quién detenta tamaño poder de mercado que ni los grandes conglomerados audiovisuales pueden compararse con él? Por supuesto, el Gobierno. El Gobierno decidió hace un tiempo que la TDT era mejor que la TV tradicional (y probablemente lo sea desde un punto de vista técnico). Y el Gobierno decidió, unos años más tarde, que el 3 de marzo de 2010 se produciría el "apagón analógico" y los ciudadanos solo podrían ver la tele si se compraban el aparatito necesario para la TDT.

¿Para qué esforzarse en hacer un mejor producto, más atractivo para los televidentes que el actual, aprovechando el potencial de la nueva tecnología, si se tiene la seguridad de que el Gobierno va a forzar la decisión?

Lo mismo que en la TDT el Gobierno impondrá sus gustos a los de los individuos por la fuerza de la desconexión, puede hacer lo mismo y lo hace en otros muchos ámbitos. Porque, en realidad, es la única fuente del poder de mercado.

Tiene tanto, tanto poder de mercado, que incluso puede convencer al mundo de que empresas como Microsoft tienen posición dominante.