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Etiqueta: Comercio globalización y desarrollo

Los piratas de la UE contra Intel

Todo por “utilizar prácticas anticompetitivas para excluir su único competidor y reducir las opciones de los consumidores” y el efecto de “socavar la innovación”. ¿Qué es lo que hacía Intel? Ofrecer a sus clientes enormes rebajas en el precio, bien directamente rebajando el precio, bien ofreciendo esa rebaja en forma de dinero tras la venta.

Ofrecer productos a un mejor precio. ¿No es eso, precisamente, competir? ¿No sería dejar de hacerlo, estrictamente, un comportamiento contrario a la competencia? Como la lógica de los políticos es exactamente contraria a la de la realidad, resulta que para la Comisión Europea ofrecer mejores precios que su competidor no sólo no merece un precio (que ya otorga el mercado en forma de mayores beneficios), sino que le acarrea un castigo. Es obvio que aquí no es Intel quien ha actuado contra la competencia, sino la megalómana Kroes, que se crece robando a las grandes empresas competitivas. La prensa ya apunta a Google como siguiente víctima propiciatoria. Hagan sus apuestas. Yo digo que el botín rondará los 1.200 millones de euros.

Pónganse en situación. Hay varias empresas dedicadas al mismo producto. Tienen todas el mismo tamaño, el producto es bastante igual y el precio prácticamente el mismo. Estrictamente hablando, no están compitiendo entre sí. Excepto una, ACME, que ha logrado mejorar la calidad y producir con un menor coste. Reduce el precio y los consumidores, que son más listos de la Kroes, apuestan cada vez más por esa empresa. Alguno de los otros competidores no puede aguantar la pérdida de clientes y se ve obligado a cerrar. Otros, entre la zanahoria de los enormes beneficios que obtiene ACME y el palo de la desaparición por ruina, se ven obligados a atender a los consumidores de algún modo. Quizá apostando por invertir en una mayor calidad. Acaso con métodos productivos más baratos, que les permita competir en precio.

Pero la relación calidad precio de ACME es tan buena, que los consumidores que la escogen siguen creciendo. Pero su reinado depende de seguir siendo mejor que las demás empresas. Porque basta que, llamado por los enormes beneficios del mercado, entre en él un empresario con una fórmula revolucionaria para desbancar a la propia ACME. La veterana empresa, en nuestro ideal ejemplo, ella sola, ha logrado mejorar la atención a los consumidores. Ha expulsado del mercado a las que no lo hacen. Ha mejorado la tecnología y ha rebajado el precio. Ha sido ejemplo para todos de las ventajas de la dura y virtuosa competencia en el mercado. Bien, pues esa empresa, que ha sido una bendición para los consumidores, es la que se convierte en villano para los políticos. ¿No serán ellos los villanos?

La desglobalización y el proteccionismo comercial

Las crisis económicas, al igual que las guerras, suponen un caldo de cultivo ideal para el crecimiento de la intervención estatal sobre la libertad y propiedad de los individuos. Tras la victoria alcanzada sobre los paraísos fiscales, los grandes gobiernos amenazan ahora con extender la sombra del proteccionismo comercial sobre sus respectivas economías.

La instauración de nuevas barreras proteccionistas es, hoy por hoy, uno de los mayores riesgos y desafíos que afronta la economía mundial. Por desgracia, ya se han tomado las primeras decisiones en este ámbito. El presidente de EEUU, Barack Obama, disparó todas las alarmas con su polémica cláusula Buy American, con el fin de restringir la compra de acero procedente del exterior. Las duras críticas lanzadas por la UE y otros socios comerciales evitó su completa implementación. Obama accedió a rebajar las limitaciones impuestas en un primer momento, pero no las eliminó por completo, lo cual evidencia su visión retrógrada acerca de la economía de mercado.

De hecho, poco después anunció la puesta en marcha de una medida similar, sólo que esta vez aplicada a las grandes multinacionales estadounidenses. Su Gobierno pretende ahora ampliar su brazo fiscal a las operaciones que este tipo de empresas desarrollan en países extranjeros. ¿Objetivo? Desincentivar la implantación de fábricas en el exterior, cuando, en realidad, lo que provoca es restar competitividad internacional a las grandes compañías de la primera potencia mundial.

No es el único. Según el Banco Mundial al menos 17 de los 20 países más ricos del planeta han puesto en marcha nuevas barreras proteccionistas para proteger a sus industrias nacionales de la competencia exterior. Por el momento, nada indica que los respectivos gobiernos estén dispuestos a corregir este tipo de errores. Más bien al contrario, algunas empresas foráneas alertan de que el gigante chino no es ajeno a este proceso. El régimen de Beijing está aumentando el proteccionismo de su producción nacional vía subvenciones y ayudas públicas.

Por si ello fuera poco, el estallido de la nueva gripe en México amenaza con intensificar las restricciones al libre movimiento de bienes e, incluso personas. Independientemente de que la citada enfermedad sea o no tan peligrosa como pretenden hacernos ver algunos, los datos muestran que la alerta de pandemia ya se ha materializado en el cierre de fronteras a algunos productos, como el cerdo español, y nacionalidades. No obstante, Francia abogó por aislar por tierra, mar y aire a México, foco originario de la infección, según la Organización Mundial de la Salud.

La previsible caída de turistas y de transacciones comerciales con dicho país supondrá un duro golpe a la ya de por sí dura crisis que comienza a sufrir la economía mexicana. Por su puesto, ni un sólo atisbo de avance en la ronda de Doha desde el inicio de la recesión mundial, no vaya a ser que la temida competencia exterior acabe por levantar protestas entre los privilegiados sectores subvencionados de las economías desarrolladas. Todo un ejercicio de demagogia e hipocresía política que, por desgracia, amenaza con agravar la crisis económica mundial.

Algunos deberían repasar con atención las lecciones del pasado. La Ley Arancelaria impuesta por el Gobierno de EEUU en 1930 tras el crack del 29 provocó una caída del comercio mundial próxima al 65%, sembrando las semillas de la Gran Depresión. En la actualidad, y sin el proteccionismo comercial aplicado entonces, el comercio internacional se desploma a un ritmo de entre el 20% y el 40% interanual, según los casos. Así, por ejemplo, las exportaciones chinas bajaron un 22,6% en abril, por sexto mes consecutivo, mientras que las importaciones se desplomaron un 23% interanual

No es el único. La contracción de las exportaciones en Japón, Taiwan, Francia, Canadá, Alemania o Gran Bretaña superan el 30%. El momento es, pues, delicado. Una apuesta firme y decidida de algunas potencias relevantes por el proteccionismo comercial y la supuesta epidemia de la gripe porcina se quedará en un mero estornudo en comparación con los nefastos efectos económicos que podría causar la desglobalización mundial.

El simplismo de lo políticamente corrupto: los preservativos en África

El pensamiento políticamente correcto está lleno de recomendaciones políticas simplistas para resolver problemas complejos. Curiosamente, estas propuestas casi siempre acarrean una mayor coacción política y no una mayor libertad individual. Se confía en la mano santa y eficaz de unos pocos superhombres (burócratas), y no en la de cientos de miles de individuos (sociedad).

Dentro del gran conjunto de simplezas de lo políticamente corrupto, el campo del subdesarrollo y de la cura de la pobreza puede que se lleve la palma. Y lo peor es que este tipo de creencias e ideas ostentan el monopolio de la sensibilidad sobre los más pobres de la tierra, y en particular sobre África. Las ideas y mentalidad de intelectuales tipo Jeffrey Sachs todavía vencen holgadamente en popularidad a las de economistas tipo William Easterly.

¿Cuestión de marketing de las ideas, del atractivo popular de las propias ideas? El primero se codea con personajes mediáticos como Bono, y escribe libros con títulos como El fin de la pobreza, en el que afirma poder acabar con la pobreza antes de 2025 desde el mismo Occidente. Easterly posee una visión menos optimista de lo que se puede conseguir desde el mundo desarrollado, y sus títulos resultan menos atractivos: En busca del crecimiento o La carga del hombre blanco: Porqué los esfuerzos de ayuda de Occidente han hecho tanto daño y tan poco bien.

La tesis de Sachs apela directamente a los sentimientos y emociones, a la acción inmediata y masiva de gobiernos y organizaciones de ayuda. ¿No les suena esto a cierto plan de estímulo gubernamental del paraíso del laissez-faire? Son maestros de la retórica. Desgraciadamente, la idea de que el gobierno no haga nada más aterra a los ciudadanos, ya sea para salir antes de la crisis o para paliar problemas sociales de distinta índole. José Carlos Rodríguez lo llamaba sociedad subvencionada y domeñada.

Relacionado con las propuestas simplistas está la de distribuir preservativos en África para resolver el problema de la expansión del Sida. El debate se ha puesto de nuevo encima de la mesa por la absurda polémica que levantaron unas palabras de Benedicto XVI. Para algunos miembros de la progresía, decir cosas como que el flagelo del Sida no se puede resolver sólo con la distribución de preservativos, y que esto podría aumentar el problema, es una barbaridad que debe ser condenada desde el Congreso. Y lo que es todavía más retrógrado y cavernícola: ¡hizo un llamamiento a la “humanización de la sexualidad”! El diagnóstico de éstos parece claro: el líder católico vive enjaulado en sus prejuicios religiosos y puritanos, que no le permiten ver la tragedia de la realidad del Sida en África.

Pues bien, quienes más parecen dejarse llevar por sus prejuicios son ellos: los que opinan que los preservativos son imprescindibles para resolver el problema, y que sin ellos, la enfermedad se extenderá sin piedad. La evidencia empírica no les acompaña. Edward C. Green, director del Proyecto de Investigación para la Prevención del Sida del Centro de Estudios de Población y Desarrollo de la Escuela de Salud Pública de Harvard, publicaba un artículo en el que repasaba los estudios realizados sobre la relación entre distribución de preservativos y la difusión de la enfermedad. Su conclusión, a pesar de su postura “liberal” en temas sociales, era que “el Papa puede estar en lo cierto”, y que la “evidencia empírica actual le apoya”.

Las razones las expone Green, y en el artículo que dedicó The Lancet (prestigiosa revista médica) a desvelar los diez mitos sobre la epidemia del VIH las resumía en que: “a mucha gente no les gusta usarlos (especialmente en relaciones regulares), la protección es imperfecta, el uso es frecuentemente irregular, y los condones parecen fomentar la desinhibición, con lo que la gente tendrá relaciones sexuales arriesgadas, bien con condones o con la intención de usarlos”.

La solución al problema no pasa por inundar África de preservativos, ni reprimir la libertad de expresión de Benedicto XVI, sino por un cambio de conducta hacia prácticas sexuales más responsables y monogámicas.

Además de esto, el de Harvard se refiere implícitamente a lo que algunos han denominado ‘la dictadura de lo políticamente correcto’. Afirma que, quienes como él trabajan en este campo, “tomamos riesgos profesionales terribles si nos ponemos de lado del papa en un tema polémico como éste. El condón se ha convertido en un símbolo de libertad y de la emancipación femenina, así que quienes cuestionan la ortodoxia del condón son acusados de estar en contra de estas causas”. Y ofrece un ejemplo revelador de cómo se las gasta la ONU y sus derivados. Unos investigadores llevaron a cabo un estudio sobre la efectividad de los preservativos para el programa contra el Sida de la ONU (UNAIDS). Como no encontraron evidencia de que éstos estuvieran previniendo las infecciones, este organismo tranquilamente rechazó la publicación del estudio.

Y es que, como en el caso de la pobreza estructural, ésta no se cura enviando millones de dólares en ayuda externa (ya sea en efectivo o en otros conceptos), ni el problema de la educación se resuelve simplemente con programas presupuestarios elevados ni construyendo escuelas públicas. Ni tampoco el problema del ahogamiento de la deuda de los gobiernos africanos (contraída con países desarrollados) y sus negativos efectos, se solucionaba simplemente condonando la deuda, ni la elevada tasa de natalidad de estas sociedades se reduce significativamente distribuyendo preservativos (como dice Easterly, el propio desarrollo es el mejor anticonceptivo).

Prescribir propuestas simplistas como éstas es más fácil, y quizás más intuitivo a primera vista, que analizar los incentivos a los que se enfrentan estos individuos y sus patrones culturales de conducta. Será más sencillo, pero nunca más adecuado para ganar una comprensión de las causas reales de los problemas, y poder atisbar algunas soluciones, que no sean ni irrealistas ni poco eficaces.

Felipe González, Europa y la crisis

Los colectivistas aspiran a colectivizar y sus políticos tienden a hacerlo al máximo nivel posible. Suelen verlo todo como global, público y compartido. Parecen incapaces de realizar análisis locales, parciales, privados. Aspiran al control total desde arriba, desde muy lejos, ignorando que la acción humana se ejecuta aquí abajo en las cercanías de cada uno, donde las cosas importan a los más próximos, quienes son capaces de hacer algo al respecto en sus circunstancias particulares. Así que no les valen los Estados nación, aspiran a asociaciones multiestatales o incluso al gobierno mundial.

Cree González que no asumimos "la magnitud del desafío que tenemos por delante con todas sus implicaciones: económico-financieras, de sostenibilidad de nuestro modelo de cohesión social, energéticas y de cambio climático" y que "deberíamos encarar esta situación como si nuestra sociedad y nuestro aparato productivo estuvieran ante una emergencia global", "como una guerra incruenta que tenemos que ganar, movilizando nuestras energías contra el cambio climático, contra el paro, el hambre y la enfermedad".

Habla de cohesión social cuando lo que defiende es la redistribución coactiva e insostenible de riqueza que genera dependencias, resentimientos y fricciones sociales. Le preocupa la economía y las finanzas después de habérselas cargado a conciencia. Y no puede faltar el espantajo del cambio climático. Y es que los políticos se creen indispensables para resolver los problemas sociales cuando en realidad se niegan a reconocer que son sus principales causantes. Y nos proponen guerras incruentas porque el lenguaje de la movilización militar dirigida desde el alto mando es lo que mejor entienden (quizás lo único): la libertad y los órdenes espontáneos les son ajenos.

González, ya retirado, pretende una imparcial sabiduría y sensatez de la que carece por completo. Cree que "la principal tarea es explicar lo que pasa a la opinión pública". ¿Cómo va a hacerlo quien no sabe lo que pasa? Creer que se sabe no es saber, como demuestra al afirmar que "es inútil creer o confiar en que tenemos recetas locales autónomas para resolver desafíos que son globales". Los desafíos son globales en la medida en que los políticos de todas las naciones han cometido los mismos errores asesorados en su intervencionismo por los mismos presuntos expertos incrustados en los organismos internacionales. La solución no está en que todos vuelvan a cometer juntos errores distintos de los actuales. Las instituciones de gobernanza a nivel mundial son profundamente inadecuadas y causan un entrelazamiento del intervencionismo que impide la descentralización indispensable para el descubrimiento de soluciones a diversos problemas mediante la generación competitiva de ensayos alternativos y la retención e imitación de lo exitoso (lean a Hayek).

El compartir ámbitos públicos como tantos socialdemócratas proponen tiene graves problemas que no ven: se elimina o impide la libertad individual, se comparten los daños aunque no se sea culpable de los mismos y se reciben beneficios aunque no se haya contribuido a su generación. No es cierto que haya sido "la ausencia de una normativa aplicable global y localmente, lo que está en origen de esta gran burbuja financiera". Hay muchas normativas, como los criterios de Basilea, que son de aplicación universal. Y es extremadamente peligroso imponer las mismas normas a todo el mundo: ¿qué pasa si son equivocadas? ¿Acaso las normas vienen con garantía de adecuación por el hecho de haber sido producidas por tecnócratas sin competencia nombrados por políticos facciosos elegidos por votantes racionalmente ignorantes?

Como la desvergüenza es una hipótesis por defecto en los políticos, no sorprende que González afirme que "la convicción dominante durante años de que el mercado se autorregulaba a través de su ‘mano invisible’ apartó a la política de su función reguladora como un estorbo para el crecimiento". ¿Ha tenido él esa convicción? ¿O los socialistas de todos los partidos? Lo han ocultado muy bien. Porque es cierto que el mercado se autorregula, pero sólo si le dejan: sólo si es libre; y la producción de dinero y crédito no lo es ni de lejos.

Pretende analizar las finanzas sin tener ni idea del tema, acusa de creación de "productos sin bases reales, sin contabilidad, en un mercado mundial interconectado y permanente que no tiene reglas ni, por tanto, previsibilidad o control". ¿Sin bases reales? Las titulizaciones podían ser complejas y las valoraciones equivocadas, pero todo derivado deriva de algo. ¿Sin contabilidad? ¿Ha sido alguna empresa condenada por no tener ninguna contabilidad? ¿Sin reglas? ¿Cómo se puede tener la desvergüenza de ignorar las abundantes regulaciones intervencionistas sobre los sistemas financieros? ¿No hemos quedado que el Banco de España es un ejemplo de supervisión y regulación? ¿Lo consiguen sin reglas?

Y es que los megalómanos no están contentos hasta que todo queda regulado a su antojo hasta el más mínimo detalle: así todo está controlado y es previsible. Lástima que entonces apenas haya riqueza, vida y libertad.

El mal turco de Europa

Ese pedazo de tierra es una pequeña grieta por la que quiere colarse Turquía. Es la sublimación del continente, el argumento geográfico, tomando la parte por el todo. Y la renuncia del contenido, de los europeos con su historia y su cultura, secularmente enfrentada a Turquía. Si el argumento es la geografía, Turquía pertenece casi en su totalidad a Asia Menor.

¿Lo será la historia? ¿Puede un enfrentamiento secular ser argumento para una integración política? Uno de los hechos más desafortunados de la historia, acaso el que más, fue la caída de Constantinopla. ¿Qué habría sido de un Occidente con dos centros, con dos fuentes de cultura y poder, ambos con las mismas raíces?

¿La política, entonces? No será la internacional. La Unión Europea sobresale por esa combinación, casi imposible, entre la inacción y la doble moral, entre la presencia en todos los foros y la irrelevancia. Con Turquía, Europa haría frontera con Irán, Irak y Siria. Importaríamos de forma inmediata los problemas que causan esos Estados tan inestables.

Será, entonces, la política europea. Pero no hay más que imaginarse el efecto de la incorporación de esos 70 millones de turcos, con una población mayor que la de Alemania. Y no hay que dejar correr mucho la imaginación para hacerse a la idea de la reacción turca en cuanto comenzaran a imponerse directivas europeas impopulares, especialmente para los sectores más islamistas. ¿Necesita Europa más grupos terroristas?

La integración de Turquía no tiene ningún sentido. Si se quiere favorecer la democracia en aquel país, ábranse nuestras fronteras a sus productos y a sus gentes. Europa no la necesita. Si alguna vez se planteó el abrazo, fue porque a esta Europa le falta conciencia de sí misma, y sus políticos se avergüenzan de su historia y de su cultura.

¿Éstas son las recetas del PP contra la crisis?

Que los políticos se tienen un amor propio desmedido y que ansían más que nada acceder al poder para arreglarnos la vida, es algo que ya sabíamos. Lo que desconocíamos hasta la fecha eran las propuestas con las que los populares pretenden arreglarnos la vida. Pero no se preocupen, mientras algunos dirigentes socialistas aprovechaban la Semana Santa para tomar el Sol, el denodado equipo económico de Rajoy se quedó sin vacaciones para parir el programa económico que nos sacaría de inmediato de la crisis. 

¿Y cuáles son esas reformas tan útiles para España? Primero, un libertario compromiso de no incrementar el gasto público más de un 2% al año… pero sólo mientras dure la crisis, no vayamos a pasarnos. Sin duda, se trata de lo que España necesita: más gasto público en un contexto de caída de ingresos fiscales, es decir, más déficit público. Un tanto a favor de la austeridad de las Administración Públicas.

Segundo, incrementar la deducción fiscal por vivienda del 15% al 25% (buena manera de financiar el incremento del 2% en el gasto público), a ver si de este modo logramos reinflar la burbuja inmobiliaria y volver a empezar.

Tercero, mejorar la fiscalidad para los autónomos y pymes. Nunca para las grandes empresas, que son los instrumentos con los que los capitalistas explotan a los pobres trabajadores. Bueno, corrijo. Las grandes empresas automovilísticas sí recibirán ayudas fiscales que, por lo visto, son un lobby más eficiente.

Cuarto, una reforma del mercado laboral perfilada a través del diálogo social. Los malos tiempos del decretazo ya pasaron para el PP. Hay que exhibir buen talante, aun cuando ello implique seguir mandando a miles de personas al paro. Por cierto, si en el tema del paro el PP propone exactamente lo mismo que el PSOE, ¿debo pensar que los parados españoles no tienen que esperar nada nuevo del PP y que éste es tan culpable como el PSOE de su situación actual?

Quinto, incrementar el gasto público en infraestructuras. Les falta añadir una felicitación a Blanco por proponer lo mismo.

Y sexto, consolidar el Estado de bienestar. Algo que no tiene demasiado que ver con la salida de la crisis (salvo si fuera para adelgazarlo y bajar impuestos) pero que siempre queda bien en un documento económico y permite despejar dudas –si es que quedaba alguna después de leer todo lo anterior– de que el PP no es un partido ultraliberal comeniños. No hace falta que lo juren, siguen en la inopia.

Pero claro, debemos tener presente que este tipo de programas suelen representar los máximos de la acción política. Una cosa es prometer desde la oposición y otra, muy distinta, ejecutar desde las instituciones. Por eso, no está de más fijarse en las políticas populares realmente existentes allí donde gobiernan. Por ejemplo en Galicia.

Feijóo se presentó como un revulsivo frente a la crisis y ¡vaya si lo va a ser! Los promotores inmobiliarios ya deben estar frotándose las manos con el plan de rescate que este austero político les ha prometido (qué buenas son y cuánto empleo crean las grandes empresas en quiebra como las automovilísticas y las promotoras).

Sin embargo, tal vez los gallegos y el resto de españoles –a quienes se les quiere bajar los impuestos al tiempo que obligar a sufragar todos estos dispendios– deberían preocuparse un poquito más por este tipo de medidas contraproducentes y demagógicas.

Lo esencial: España ha sufrido una de las burbujas inmobiliarias más grandes del mundo y tiene que corregirse, lo que significa liquidación a muy bajos precios de todos los excedentes de pisos y quiebra de todas las promotoras que no puedan resistir esa liquidación de stocks. Si en 2006 España producía 800.000 viviendas anuales, es evidente que algunos promotores tienen que empezar a buscarse otra ocupación (a menos, claro, que la propuesta de Rajoy pase por edificar toda la península ibérica).

Si Feijóo compra a los promotores sus stocks de viviendas a los artificiales precios de la burbuja, no sólo les está regalando el dinero por haberse equivocado en el pasado, sino que está impidiendo que esas viviendas se vendan a precios suficientemente bajos como para que empresarios e inversores las destinen a proyectos que generen riqueza y encarrilen la recuperación.

Si en Estados Unidos algunos comienzan a hablar de un amago de mejora es porque allí del sector inmobiliario –donde comenzaron todos los problemas– ya ha terminado de ajustarse pese a los esfuerzos de Bernanke por volver a crear otra burbuja. En España ese ajuste ni está ni se le espera, básicamente porque todos los que han malinvertido en vivienda –promotores y bancos– saben que podrán chupar del bote del erario público gracias a la magnífica predisposición de todos nuestros políticos. ¿Para qué van a vender al sector privado los inmuebles a precios de ganga si saben que pueden colocárselos a los políticos a los infladísimos precios de la burbuja?

La típica picaresca española no cambia. La tradicional animadversión del PP a un mercado libre que no pueda dirigir y aprovechar para beneficio propio, tampoco.

La competencia real a Google

No es un dato que se conozca mucho, pero cerca del 30% de las búsquedas que se realizan actualmente se refieren a personas, tanto por motivos de ocio como profesionales. ¿Quién no está "googleando" a personas que conoce o no se "googlea" a sí mismo para saber qué dice el buscador de uno mismo? Es por ello que están floreciendo lo que se denominan como "buscadores de personas", entre ellos: 123people , Peek You , Pipl , Spock , Yasni , Whozat o Wink. Los buscadores de personas se sitúan dentro de lo que se ha venido a llamar "buscadores verticales". En el sector de viajes, por ejemplo, hemos visto el salto de Kayak y Mobissimo al mercado español, o algunos de tipo inmobiliario como Nestoria. No son sólo simples agregadores sino que la mayoría de ellos cuentan con su propio algoritmo, por lo que sus resultados son muy relevantes.

La búsqueda vertical que ofrecen buscadores como 123people, Kayak o Nestoria ofrece respuestas relevantes para los usuarios con consultas específicas. En muchos casos éstas son mejores (o más rápidas) que las universales de Google. Mobissimo, por ejemplo, ofrece, además de búsquedas segmentadas al contexto, una comunidad para que se conecten entre sí los amantes de los viajes y el turismo. Por su parte, 123people utiliza una función de búsqueda propia, encontrando detalles actuales de contactos, imágenes, vídeos, enlaces, biografías, noticias, blogs, documentos y perfiles de redes sociales: todo gracias a su propio algoritmo y sin almacenamiento de datos personales. El contenido se extrae de una lista de medios internacionales como Google, Yahoo, Facebook, LinkedIn, Xing, YouTube, Wikipedia y otras locales según el mercado.

Cierto es que muchos de estos buscadores verticales se financian por las visitas que hacen los usuarios a los resultados que muestran y eso puede hacer que pierdan credibilidad, pero si saben asentar sus modelos de negocio y consiguen separar de una manera correcta la información de la publicidad, seguro que su uso seguirá avanzando. Es muy relevante para el mercado de buscadores que la competencia venga por los de tipo vertical, ya que en los de tipo "general" parece díficil que Google pueda tener un auténtico rival. Ahora queda por ver si estos buscadores específicos son capaces de superar su principal problema: su anonimato. Si los usuarios no conocen su existencia, difícilmente podrán aprovechar sus funcionalidades.

Construyendo el parque jurásico

El empresario que no está atento a estas variaciones está llamado a desaparecer, siempre que el mercado sea más o menos libre y no haya ningún organismo dispuesto a basarse en la coacción para mantenerlo vivo a costa de sus conciudadanos. Que desaparezcan aquellos empresarios cuya actividad ya no satisface a los consumidores no es malo, como tampoco lo es que obtengan grandes beneficios aquellos que proporcionan servicios sobresalientes.

La crisis económica ha alterado significativamente las preferencias de la gente, como se manifiesta día a día en muchas industrias: no se compran tantos coches, no digamos viviendas; se viaja menos; se sustituyen las marcas conocidas por las marcas blancas… Son cosas que están sucediendo: el empresario que pretenda negar la realidad no podrá sobrevivir, más que, como queda dicho, a costa del erario público.

Las telecomunicaciones no son inmunes a esta realidad. Y también los empresarios de este sector han de atender a estos cambios. En este contexto se entienden un par de acontecimientos de relevancia ocurridos en los últimos días: el acuerdo para compartir infraestructuras a nivel europeo, alcanzado por Vodafone y Telefónica, y los nuevos productos y precios "sociales" anunciados la semana pasada por esta última.

Son ambos ejemplos de adaptación a unas nuevas circunstancias en que los clientes hacen otras demandas, que deben ser debidamente atendidas para mantenerse en el mercado. Ojalá este fuera el final de esta historia y el protagonismo correspondiera ahora a los clientes.

Pero hay muchas posibilidades de que no sea así: ya la Comisión Europea ha anunciado que estudiará el acuerdo Vodafone-Telefónica para ver si es anticompetitivo, y tampoco tardó demasiado la CMT en dejar claro que las nuevas ofertas de Telefónica precisan de su aprobación. Además, seguro que la CNC aguarda impaciente su turno para ambos temas.

La cuestión es: ¿a quién pretenden proteger con estos estudios y eventuales aprobaciones? No cabe duda de que los ciudadanos se van a beneficiar tanto de las ofertas de Telefónica como de los ahorros de costes que obtendrá ésta con Vodafone, aunque sólo sea porque no le subirá el precio de los servicios. El cliente se va a beneficiar porque encontrará ofertas más adecuadas a sus necesidades actuales, asumiendo que los operadores no se han equivocado en sus estimaciones (si es así, lo pagarán con pérdida de clientes).

Por tanto, no sería el cliente el objeto de su protección, sino más bien aquellos operadores que, por las razones que sean, no han sabido o no han podido adaptarse al nuevo entorno. Vamos, aquellos que precisamente están sirviendo peor al cliente.

¿Lo entienden ya? Su misión es biológica: preservar la diversidad de competidores en el mercado, aunque ya no sean útiles a la sociedad. Y aunque para ello haya que sacudir al cliente en la cabeza de la especies que sí se adaptan. Gracias a los reguladores y al derecho de competencia podremos conseguir lo que Michael Crichton sólo imaginó: un parque jurásico, aunque sea de empresas.

O libre comercio o depresión

Dado que pretendía dar el salto al otro lado del Atlántico, se vio obligado a adaptar su producto a los gustos de los americanos (ya sabe, coches grandes y con mucha cilindrada) y a organizar su empresa para poder participar en ese mercado (necesitaba, por ejemplo, gente que supiera inglés y que conociera cómo publicitarse de manera eficaz en ese país).

Durante los últimos cinco años su negocio obtuvo una enorme rentabilidad: gracias a que el Maestro Greenspan presionó a la baja los tipos de interés, a los estadounidenses les resultó tremendamente barato endeudarse para comprar automóviles. Así pues, sus ventas se dispararon junto con sus beneficios; motivo por el cual pensó que resultaría conveniente pedir otro préstamo para ampliar el negocio y vender aun más coches.

Pero hete aquí que a mediados de 2007 las cosas empezaron a torcerse. El crédito comenzó a escasear, por lo que sus clientes dejaron de adquirir tantos coches como antes. De hecho, desde mediados de 2008 casi han dejado de comprar por completo. ¿Qué le ocurre entonces a usted? Pues que tiene una gran "capacidad productiva" que está inutilizada (los keynesianos llaman a esto "recursos ociosos", aunque no entienden realmente a qué se deben); la demanda de sus automóviles depende del crédito y, por tanto, sin crédito usted no vende ni una rueda.

Si sus ventas caen, tendrá que readaptar esa "excesiva capacidad productiva" a la nueva demanda menguante del mercado, es decir, tendrá que despedir a trabajadores, enajenar parte de sus máquinas, reducir su consumo eléctrico… El problema es que toda la deuda que había solicitado a los bancos tiene que seguir pagándola y con unos ingresos disminuidos, se encuentra siempre con el agua por el cuello.

A pesar de todo, gracias el forzoso ajuste su empresa logra sobrevivir: vende menos coches y los intereses de la deuda le asfixian, pero como también ha eliminado buena parte de sus costes, todavía puede cumplir con sus obligaciones.

Pero imagine que en ese momento un tal Barack Obama, hombre con una gran conciencia social, declara que la industria nacional del automóvil está en una situación demasiado precaria y que es imprescindible protegerla de la "competencia salvaje" extranjera; en caso contrario, cientos de miles de trabajadores estadounidenses se quedaran en el paro. Por este motivo, Obama decide imponer un arancel a la importación de los automóviles que hace que, por ejemplo, el precio de los coches que usted estaba vendiendo a Estados Unidos se encarezca en un 50%.

Se acabó, por tanto, seguir vendiendo a este país. Punto final. ¿Tiene alguna alternativa antes de echar el cierre? Sí, en parte puede intentar enajenar esos cochazos a los europeos, pero aquí la gasolina es muy cara y no nos salen a cuenta. Además, ¿para qué quiere ahora tener en plantilla a técnicos en el mercado estadounidense si pretende vender en Europa? Y lo que es peor, tiene que seguir pagando su deuda en dólares, pero a partir de ahora cobrará en euros. ¿Se imagina qué le ocurrirá si el euro se deprecia con respecto al dólar? Sí, en efecto, vaya pensando en declarar la quiebra.

Pero vaya, si usted quiebra el banco estadounidense que le prestó dinero se quedará sin cobrar y tal vez esto suponga la puntilla que, a su vez, le aboque a él a la bancarrota. Y si este banco quiebra, algunos estadounidenses perderán sus ahorros, el crédito seguirá reduciéndose y las empresas del país verán reducir su demanda. Dicho de otra manera, el tal Obama gracias a su arancel pro-americano ha terminado perjudicando no sólo a la empresa española, sino especialmente a su propio país.

Pues bien, extienda esta historia a todos los productos y a todos los países del mundo y comprenderá cuáles son los auténticos riesgos del proteccionismo. Las contracciones crediticias como la que vivimos generan una reducción súbita del tamaño de muchos mercados, pero el proteccionismo los cierra directamente. Crisis sobre crisis y, lo que es peor, prolongación del estancamiento a través de la eliminación de innumerables oportunidades de negocio.

Los delirios proteccionistas fueron uno de los principales culpables de la Gran Depresión, esperemos que no se repitan ahora.

Lecciones de las telecos a la alimentación

Es paradigmático el caso de Mercadona, que recientemente ha anunciado la exclusión de sus supermercados de un gran número de estas referencias.

En un mercado libre, los afectados no perderían el tiempo discutiendo sobre derechos de usuarios y defensa de la libre competencia, y se dedicarían a innovar en cómo llegar al cliente o mejorar su producto para que se siguiera comprando. Pero, claro, en España no hay nada de eso y sí un Estado con poder para decidir de qué forma se utiliza la propiedad de otras personas.

Así que, bajo los auspicios de Promarca, algunas de estas empresas han optado por el discursito lastimero de reclamar la libre competencia y, sobre todo, "el derecho fundamental del consumidor a elegir libremente". Como si no lo tuviera. Malo cuando alguna empresa se dedica a proteger tanto al ciudadano. Más pistas: en opinión de Premarca "las marcas propias de los distribuidores y las de los fabricantes deberían vivir en los puntos de venta en condiciones de libre competencia".

Ya se están estableciendo los cimientos para pedir al Gobierno algún tipo de intervención, que obligue a los canales de distribución a reservar espacio para estos fabricantes. Y como no siempre uno quiere ser crítico, hoy les brindo gratuitamente mi consejo, basado en la valiosa experiencia que ofrece el sector de telecomunicaciones, y que seguro les podrá servir de guía para conseguir estos objetivos.

Lo primero es conseguir que se declare a todas las grandes superficies como dominantes o con poder de mercado. Poco importa que haya montones de agentes compitiendo en la venta minorista, incluyendo muchas pequeñas tiendas. Seguro que alguna autoridad de competencia, nacional o regional, está abierta a encontrar a todas conjuntamente con posición dominante. O, al menos, a la que le interese a Promarca.

Una vez hecho esto, lo siguiente es hacer valer el recién definido derecho fundamental de la libre elección. Para llevarlo a cabo, habrá que expropiar parte de la superficie y de las estanterías a sus dueños, de forma que se puedan dedicarlos a productos alternativos. Ya, a lo mejor no los quiere el consumidor, pero por lo menos los podrá elegir. Como expropiación suena un poco feo, mejor le llamaremos derecho de acceso a las infraestructuras del hipermercado.

Como el supermercado es dominante, fijaría precios abusivos –no cabe duda– por el arriendo de estas estanterías. Es mejor anticiparse y pedir a la autoridad que regule los precios de este alquiler con orientación a costes, para lo cual se le puede imponer la adecuada obligación contable, que también sale baratita.

Claro que, con esos precios tan ventajosos, puede haber muchos fabricantes que quieran meter sus productos en las estanterías. Así que es necesario que el supermercado no pueda discriminar entre fabricantes, ni siquiera con respecto a sus propios productos. De este modo se previene otra posible tentación, cual sería la de dejar los mejores sitios para la marca blanca. ¿Cómo va a poder alguien utilizar su propiedad para promocionar sus productos?

Y con la providencial asistencia de la autoridad, los fabricantes conseguirán tener su espacio en los supermercados; espacio para unos productos que los clientes no quieren (si los quisieran, ¿qué supermercado no los vendería?), y que, por tanto, resultarán ruinosos para el supermercado. Igual esto lleva a que nadie vuelva a poner supermercados y a que disminuya la calidad de los existentes. Todo será por el derecho fundamental de los consumidores a elegir.

Ánimo, señores de Premarca, la regulación de las telecos es su hoja de ruta.