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Etiqueta: Comercio globalización y desarrollo

Señores agricultores: no culpen a los intermediarios

El razonamiento es sencillo… y es una de las supercherías económicas más generalizadas: los intermediarios no sólo explotan a los agricultores, también a los consumidores. A los primeros les ofrecen unos precios que ni siquiera les llegan para cubrir los costes, y a los segundos les ofertan unos precios absolutamente inflados. Todo el mundo sabe que el margen de los intermediarios es brutal, y que a más intermediarios, precios más altos. Es la inapelable evidencia de la sabiduría popular, ¿verdad? Pues… no vayamos tan rápido.

Ocurre en demasiadas ocasiones que nuestras intuiciones económicas no se corresponden con la realidad. La folk economics suele distar mucho de la economic science, y es trabajo de los economistas explicar dónde fallan nuestros razonamientos más primarios.

En el caso de los intermediarios, da la impresión de que si una persona se interpone entre el productor y el consumidor, será para elevar los precios que pagan los segundos por encima de lo que habrían abonado de haber negociado directamente con los primeros. Frente a este razonamiento, los economistas suelen apuntar que una manzana en el campo no es el mismo producto que una manzana en el supermercado, y que, por consiguiente, es legítimo e incluso necesario que los precios de dos bienes distintos diverjan.

El argumento no está mal y apunta algunas verdades importantes, pero resulta bastante incompleto y, en general, poco convincente si no lo desarrollamos más. Y es que, en realidad, los intermediarios desarrollan una labor casi mágica muy pocas veces reconocida. Su función es tan esencial y provechosa para la economía, que logran a la vez dos objetivos en apariencia contradictorios: consiguen que los precios que reciben los agricultores suban y que los que pagan los consumidores bajen.

Sí, ya sé que parece que lo anterior es más complicado que la cuadratura del círculo, pero no lo es. Basta con que olvidemos por un momento casi todo el armazón teórico con el que los economistas neoclásicos han empantanado nuestra ciencia y volvamos a tocar con los pies en la tierra: los productos no cotizan en el mercado a un precio, sino a dos.

Todo bien o servicio tiene en cada momento dos precios, no un vulgar precio de equilibrio, como insisten demasiados economistas: el precio al que se puede comprar de manera inmediata (asked price o precio pedido) y el precio al que se puede vender de manera inmediata (bid price o precio ofrecido). Los consumidores adquieren sus mercancías abonando el precio pedido y los vendedores descargan su mercancía recibiendo el ofrecido. El primero siempre es superior al segundo.

Nuestra vida está llena de ejemplos de lo anterior. Desde pequeños aprendemos que si queremos revender un coche después de haberlo comprado, sólo podremos hacerlo a un precio bastante menor, aun cuando el producto sea idéntico. En los mercados más organizados y sofisticados, como el bursátil o el de divisas, encontramos claramente dos ventanillas: una para comprar acciones o moneda extranjera (donde pagamos el precio pedido) y una para venderlas (donde cobramos el precio ofrecido).

Es una ilusión de muchas modelizaciones académicas de los mercados suponer que todos los compradores y todos los vendedores están en contacto, se conocen y pueden intercambiar cantidades ilimitadas de mercancías sin coste ni dificultad alguna. En los mercados la información suele estar muy dispersa y fraccionada, por lo que es frecuente que los especialistas del parqué o los creadores de mercado (market maker), esto es, los intermediarios, pongan en contacto a todas las partes entre sí: centralizando compras y ventas, anticipando excesos o déficits de demandas y ofertas futuras, acumulando y desacumular inventarios…

Dicho de otra manera: si los agricultores fueran casa por casa tratando de vender su mercancía, obtendrían precios ofrecidos muy inferiores a los que les pagan los intermediarios. ¿A cuántas familias puede preguntar un agricultor cada día si necesita naranjas, tomates, pepinos o coliflores? No es demasiado práctico, y, de hecho, se arriesga a que muchas de esas familias ya tengan satisfechas sus necesidades. Y hasta que no logre vender, casa por casa, toda la cosecha trimestral o anual, tendrá que acumular unos enormes inventarios, que se van deteriorando y que ocupan espacio.

Lo mismo cabe decir de los consumidores: ¿a cuántos agricultores desperdigados por el campo puede visitar un consumidor para comparar y proveerse de todos los productos que necesita? A buen seguro, el precio pedido que tendría que pagar (especialmente si incluimos costes de desplazamiento, de pérdida de tiempo…) sería mucho más elevado que el que abona en el supermercado que tiene al lado de casa.

Es más, con el escaso volumen de transacciones que podrían realizarse en estos intercambios directos entre consumidores y agricultores, ¿cuántos productores sobrevivirían a medio plazo? Muchos menos de los que quedarían hoy incluso si quebraran todos aquellos que deberían quebrar. Y ya se sabe qué sucede cuando la oferta se reduce de manera muy considerable: los precios que tendrán que abonar los consumidores se dispararán.

Desde luego, es mucho más práctico y eficiente que todos los agricultores vendan toda su mercancía a un intermediario o a un conjunto de intermediarios (mayoristas y minoristas), y que los consumidores que diariamente desean hacer compras de pequeña cuantía acudan para ello a estos últimos, a los detallistas. Así, los agricultores pueden vender mucho más y a precios más altos, y los consumidores comprar mucho más y a precios más bajos. Son los intermediarios los que permiten la estabilización de la oferta y la demanda del sector, y a muchos agricultores sobrevivir.

En definitiva, gracias a los intermediarios, los agricultores obtienen precios ofrecidos mayores de los que conseguirían malvendiendo su mercancía a los poquísimos consumidores interesados en ella que encontrasen cada día; y la mayoría de los consumidores tendría que pagar precios pedidos muy superiores a los que les piden los intermediarios si compraran a la desesperada la escasa mercancía que les ofrecieran los cuatro agricultores desperdigados por el campo que pudiesen encontrar.

Entonces, si esto es así, ¿por qué escuchamos que los intermediarios incrementan los precios en un 500 ó 600%? La verdad es que no lo sé. Mi impresión es que los agricultores ni tienen en cuenta los costes de los intermediarios ni, sobre todo, se plantean qué precios efectivos pagarían los consumidores si no tuvieran a su disposición los supermercados. Aun así, es lícito preguntarse si los intermediarios no podrían pagar a los agricultores precios ofrecidos mayores e, igualmente, cobrar a los consumidores precios pedidos menores de los que están fijando ahora.

Una pregunta que sólo puede responderse yendo a los datos, en concreto a los beneficios que obtienen los dos intermediarios más importantes de la cadena alimenticia: los mayoristas (como Mercamadrid y Mercabarna) y los minoristas (supermercados e hipermercados). Los primeros intermedian entre los productores y los minoristas, y éstos, entre los mayoristas y los consumidores. Si es cierto que los precios que pagan los consumidores son cinco veces superiores a los que reciben los agricultores, en algún lugar encontraremos unos monstruosos beneficios, ¿no?

Tomemos como ejemplo de minoristas a Mercadona, Carrefour y Eroski. Su margen de ganancia de 2008 –qué porcentaje de las ventas les queda como beneficio después de deducir los costes– es del 2, el 1 y el -1%, respectivamente. Es cierto que estos porcentajes no comprenden sólo los productos agrarios, pero resultan suficientemente ilustrativos de los estrechos márgenes con los que, en general, operan estos sectores (Eroski incluso pierde dinero). Más adecuado que medir los márgenes, sin embargo, es comparar sus beneficios absolutos con la inversión que han tenido que hacer para obtenerlos (el ROA, la auténtica métrica de la rentabilidad de una inversión); en este caso las cifras no mejoran demasiado: 7, 2 y -1%, respectivamente; muy en línea con las rentabilidades del resto de la economía.

Si los brutales márgenes de beneficio que según los agricultores obtienen los intermediarios no aparecen entre los minoristas, deberán entonces reflejarse en las cuentas de los mayoristas, ¿no? Pues tampoco. Es cierto que sus márgenes son mayores que los de los minoristas: los beneficios de Mercamadrid alcanzan el 32% de sus ingresos y los de Mercabarna el 12%; si bien siguen muy lejos de las cifras que no dejamos de escuchar: 400, 500, 600%. Pero esos grandes números se matizan cuando los ponemos en relación con la inversión necesaria para lograrlos: su ROA es del 5,8% y 3,7%, respectivamente.

En otras palabras, el modelo de negocio de los mayoristas es tal, que necesitan inmovilizar mucho más dinero (lo mismo sucede en industrias como la aeronáutica), y para rentabilizar todo ese capital necesitan obtener beneficios muy grandes. Al final, pues, los beneficios extraordinarios de que tanto hablan los agricultores no aparecen por ningún lado. Los mayoristas obtienen unos rendimientos muy normalitos por su muy necesaria actividad.

De hecho, si los márgenes fueran tan cuantiosos como siempre se nos dice, ¿por qué no se dedican los agricultores a explotarlos vendiendo directamente al consumidor final? Ah, no, que no les sale a cuenta, que su negocio es la producción y no la distribución. Pues para eso, precisamente, existen los intermediarios, la división del trabajo y tal y tal y tal.

Qué bonito sería que, dedicándose sólo a producir, los agricultores se quedaran con los beneficios derivados de la intermediación: precios justos, lo llaman.

Sanciones y mercado frente a Microsoft

La Comisión Europea ha impuesto a Microsoft una nueva multa, pues entiende que la compañía de Redmond, si bien cumplió con su exigencia de compartir con sus competidores el código de sus productos para que puedan progresar copiándolo, lo hizo imponiéndoles un precio que considera “excesivo”. El objetivo de Bruselas es fomentar la competencia, forzando a que el competidor preferido del mercado comparta con los demás la  fórmula de su éxito. Está preocupada por el poder que su “dominio” en el mercado puede conferirle, y quiere reducirlo a base de regulaciones y multas.

Es innegable lo encomiable de su esfuerzo, pero cabe preguntarse si su actuación es necesariamente positiva o siquiera conveniente. Parte de identificar la competencia con un número importante de oferentes, algo que ya se da en ese mercado, y en la semejanza en el tamaño de éstos, condición que claramente no seda. Pero hay otra forma de entender la competencia, como explicó el profesor Hayek en su seminal Dos tipos de competencia. La identifica el economista con la rivalidad en un proceso abierto y sin límites, sin intervención de los poderes públicos. Mientras que según la primera concepción la competencia tiene que estar asegurada por la intervención de los reguladores, la segunda la define como la ausencia de éstos y la sola base de la libertad y del Estado de Derecho.

Es, de hecho, ese proceso de rivalidad y de búsqueda permanente de nuevos caminos con que llegar al consumidor lo que hizo que Microsoft sea hoy la primera empresa del mundo y no un interesante proyecto en un garaje. El mercado lo componen, al fin, millones de consumidores sin mayor interés que servirse lo más cumplidamente posible al menor coste. Y nada asegura el predominio de Microsoft si no sirve de forma constante esos deseos, con centenares de empresas deseando ocupar su lugar. Acaso, sin hacer menoscabo de las buenas intenciones de la Comisión Europea, debiera plantearse si erigirse en árbitro del mercado y en juez y parte de sus sanciones es la vía más adecuada. Quizás debería replantearse honestamente cuáles deben ser los límites de su actuación.

1.000 millones de hambrientos

Curioso. La única política económica posible pasa por subir los impuestos cuando están despilfarrando el dinero ajeno con ferocidad. Será porque para el PSOE –en realidad, para todos los partidos políticos– las reducciones de las exacciones tributarias son meras tácticas dentro de una estrategia mucho más ambiciosa destinada a incrementar el poder y el tamaño del Estado.

Sin embargo, siendo grave que Zapatero quiera arrebatarles 16.000 millones adicionales a los españoles cuando casi le golpean la cara los 20.000 millones que está dilapidando en variadas subvenciones que sólo distorsionan la economía española y la extranjera, querría echar la vista un poco más atrás.

Estos 30.000 prescindibles millones de euros equivalen a casi la mitad de la recaudación por IRPF en 2008, a casi dos tercios de los ingresos por IVA y a más de la totalidad de los impuestos especiales y del de sociedades. O dicho de una manera más sencilla, en 2008 Zapatero podría haber reducido en un 50% el IRPF o haber dejado el tipo máximo del IVA en el 6% o haber eliminado todos los impuestos especiales o el impuesto de sociedades.

A la luz (u oscuridad) de lo anterior se impone la pregunta. ¿Cuántos impuestos superfluos, redundantes, innecesarios y absurdos hemos estado pagando durante años los españoles para que nuestra casta política se montara su particular cortijo? Ni siquiera estoy hablando de la muy necesaria privatización del Estado de bienestar y su progresiva sustitución por una sociedad de propietarios. No. Me refiero a esas partidas que se han ido adhiriendo al presupuesto como garrapatas y cuya finalidad es comprar votos y crear mantenidos del régimen.

Repito, ¿cuánto dinero nos han estado quitando impunemente los burócratas apelando a nuestro bienestar cuando en realidad lo estaban machacando con fruición? ¿Cuánto han lastrado nuestro desarrollo y nuestra prosperidad esos agujeros negros anuales de 30.000 millones que cada familia y compañía española tenía que sufragar para que nos compliquen la vida financiando a fanáticos sindicatos, improductivos colectivos culturales, empresarios ineficientes, promotores necesitados y tiranos extranjeros?

Dicen que vivimos en la era del ultraliberalismo y del retroceso permanente del Estado. Que se lo digan a nuestros políticos y a sus clientes.

Un desatino cebrianés

Comienza mencionando el franquismo, y es que hay gente que lo conoció bien, medró con él, y no pueden dejar de recordarlo; o quizás quiere manchar con tintes franquistas a quienes va a criticar, pero eso sería un golpe bajo seguramente impropio de su nivel argumentativo.

Cebrián protesta contra la mala costumbre de gobernar a golpe de decreto ley, porque no suele haber la "extraordinaria y urgente necesidad" que requiere la Constitución. Pero la Constitución no menciona de quién o para qué sea esa extraordinaria y urgente necesidad, y el Gobierno de ZP y sus amigos de la Sexta (a quienes con muy mala educación nunca menciona por su nombre) son conscientes de que comienza la temporada de fútbol (urgencia) y no pueden seguir ofreciéndolo gratis con el pastón que les han costado los derechos de emisión (extraordinaria necesidad).

La Cuarta y la Sexta han negociado para formar una Quinta de Buitres y repartirse la tarta jurgolera, pero parece que no se han puesto de acuerdo y ahora en Prisa están muy enfadados. Tanto, que al de la ceja y a sus subalternos les tacha de "sedicente talante democrático", algo feísimo. Y dice que no tienen calidad democrática y que no respetan la división de poderes: quizás se refiera al reparto del poder entre los socialistas y su antigua maquinaria de propaganda periodística, ahora traicionada por otra más joven. Y es que son arbitrarios, inmorales, maniáticos y ensoñadores.

Para Cebrián ha sido un "abuso gubernamental perpetrado" por el Gabinete al aprobar "por decreto ley la implantación del sistema de pago en la Televisión Digital Terrestre". Suárez y González también hicieron lo del abuso del decreto ley, pero Cebrián se siente magnánimo y los perdona, porque era la Transición (qué tiempos aquellos) y "se trataba de construir la democracia y de hacerlo de manera efectiva y rápida". Que no disculpe lo de ZP ahora quizás se deba a que disfrutamos de una democracia sólida y consistente, o tal vez porque ahora se trata de destruirla de manera efectiva y rápida.

Cuando habla de "favorecer los intereses de una empresa cuyos propietarios están ligados por lazos de amistad al poder" conviene prestarle atención porque el tema se lo sabe al dedillo. Quizás los lazos ahora no son tan cordiales (del amor al odio, ya se sabe que hay un paso) y presa de los celos ahora parece que quiere lanzar un recadito al PSOE y recordarles a "los votantes que creen en la moralidad de las propuestas de los políticos". Esos votantes que quizás lean El País y sigan sus directrices electorales.

Cebrián alaba las virtudes de la competencia leal y transparente, de la que son fervientes partidarios él y su empresa, ahora que ya están más o menos establecidos (antes no se recuerda este entusiasmo); pero estima que "el panorama audiovisual español ha sido manoseado hasta la obscenidad por este Gobierno mediante medidas parciales y caprichosas". Otros gobiernos seguramente no han manoseado hasta la obscenidad el panorama audiovisual español mediante medidas parciales y caprichosas. No pensemos en Canal Plus, ni en la Cuatro, ni en la Ser, ni en Antena 3…

En su película hay otro malo muy malvado, quizás para que le sirva de advertencia a ZP a ver si se arrepiente de sus errores y se redime: Aznar, que echó la derecha al monte y desde entonces "sólo asistimos a políticas de división y enfrentamiento". Esta es la moraleja final de su mensaje: derecha mala, evitemos las peleas entre los izquierdistas de ambos emporios mediáticos.

Imperialismo liberal

Existe una acepción del término liberalismo en la que se contempla como un hecho comprobado que la extensión del comercio libre precisa de la imposición del mismo a quienes no quieren comerciar. Generalmente son los críticos del liberalismo los que aseguran que éste es consustancial al imperialismo. También les gusta esta visión a quienes defienden un supuesto liberalismo estatista de tipo neocon. Otros, desde la izquierda más o menos liberal, criticando el imperialismo de las armas, no dudan en presentarlo escondido tras la barrera de la extensión forzosa de ideas asociadas al modo de vida occidental. El denominador común es la imposición. Pero, ¿es eso coherente con lo que propugnan los liberales?

Lo cierto es que una visión superficial de la historia humana presenta mezclados hechos de naturaleza no sólo diferente, sino contraria. Es así que al laissez faire de la época del emperador Augusto se le superpuso la pax de las legiones. Igualmente, la Inglaterra y, en menor medida, los europeos continentales, del periodo 1870-1914 globalizaron el comercio libre mundial acompañándolo de las armas. De hecho, las relaciones interestatales de comienzos de la llamada revolución industrial conllevaban un mayor nivel de igualdad de trato que las que se llevaron más adelante. Isabel I de Inglaterra había considerado al Gran Mogol con gran respeto, lo mismo que años después hizo Napoleón Bonaparte con el sha de Persia. Todo cambió cuando los estados, además de telares mecánicos y transportes a vapor, construyeron mejores rifles y equiparon sólidos barcos con cañones. La superioridad que los estados extraían del capitalismo industrial arruinó todo respeto internacional. Con él, los valores democráticos, nacidos en Occidente, eran exportados minando así a las autoridades tradicionales y favoreciendo el imperialismo liberal.

No cabe duda, igualmente, que, presentados así los hechos, una parte del comercio logrado fue acelerado por las armas. Quienes valoran las aventuras imperiales suelen asociar los resultados económicos obtenidos con el uso de la fuerza. Al fin y al cabo la demora en la importación de los productos deseados pareció menor que la que habría de esperar si se hubiera dependido sólo de la buena voluntad comercial de los nativos asiáticos o africanos, por otra parte tan salvajes y/o tan poco democráticos.

No obstante, encontrar dos fenómenos superpuestos y combinados no es prueba alguna de relación causal. Cuanto más se indaga en la historia, y se analizan los hechos económicos con una teoría de relaciones causales no estadísticas, lo contrario se revela como cierto.

Fueron y son muchos los gobernantes que, advirtiendo que sus pueblos dependen de las importaciones de productos y de energía buscan asegurar el suministro mediante la fuerza o la presión ideológica acompañada de aquella. Pero hacer lo necesario para aplicar esa fuerza conlleva muchos más descalabros al comercio que beneficios. Para aplicar la coacción apoyada en ella hay que mantener un ejército pagado con impuestos o con empréstitos que succionan la riqueza creada con el libre comercio. Los costes de esto no son menos reales que los beneficios percibidos, por más que no se quieran ver. Por otra parte, probablemente la más importante, las posibilidades comerciales que hubiera sido posible obtener mediante acuerdos recíprocos son mucho mayores que las logradas con las armas. Con éstas en la mano se seleccionan objetivos restringidos a aquello que los expedicionarios tienen en mente con medios "seguros", destruyendo opciones alternativas de productos y de modos de obtener los mismos. Opciones disponibles para ser descubiertas por mentes meramente comerciales.

La percepción equivocada de la historia va de la mano del mismo error que se comete al contemplar los hechos actuales. De hecho, la percepción que tenemos de éstos determina la visión confusa del pasado aunque un medio idóneo de combatir los errores sobre el presente y el futuro es estudiar la historia derribando los mitos y las comadrejas intelectuales que la oscurecen. Cuando se contemplan las amenazas mundiales parece que clamamos por las soluciones imperiales, por realismo, se dice. ¿Cómo vamos así a combatir la niebla con que contemplamos lo ya sucedido?

Somos antipatriotas

Poco después me volvieron a llamar para presentar un testimonio en la comisión de Medio Ambiente del Senado sobre la posibilidad de crear empleos netos gracias a políticas de subvención a energías renovables y otros procesos productivos ineficientes.

Aunque mi escepticismo sobre el bien que pueda hacerse desde el mundo de la política es inmenso, decidí aceptar la invitación porque no tenía nada que perder. En septiembre de 2008 presenté un primer informe donde ya se apuntaba a que desde una perspectiva económica parecía bastante probable que se estuviesen destruyendo más empleos de los que se estaban creando mediante las subvenciones a las energías verdes. Aparte de una serie de casos que ilustraban la afirmación, aquel pequeño estudio se fundamentaba en la idea de que los recursos son escasos y de que si se le dan subvenciones a unas personas e industrias con dinero público, se estarán quitando esos fondos a otra parte de la economía. Al final, los medios económicos con los que se crean los nuevos empleos verdes en sectores ineficientes tienen la contraparte de los que se dejan de crear en sectores más eficientes. En realidad, no se trataba más que de una simple aplicación del principio de "lo que se ve y lo que no se ve" que presentara magistralmente Frederic Bastiat a mediados del siglo XIX.

Continué investigando sobre aquel asunto, cada vez con más indicios y pruebas de que las primeras conclusiones eran ciertas. En noviembre de 2008 volví a la Casa de Representantes de Estados Unidos para hablar de los, ya por entonces, tan cacareados green jobs y presentar los resultados de lo que ya era el germen del estudio que luego tendría la suerte de realizar con Raquel Merino, Juan Ramón Rallo y José Ignacio García Bielsa.

En diciembre comenzamos a redactar este estudio como proyecto de investigación de la Universidad Rey Juan Carlos con la colaboración del Instituto Juan de Mariana. Lo terminamos a finales del mes de marzo y sus conclusiones mostraban que las subvenciones habían creado una burbuja en el sector renovable que estaba estallando.

Calculamos de forma muy conservadora las subvenciones a la producción de energía renovable en unos 30.000 millones de euros, lo que tocaba a 570.000 euros por empleo verde creado (tomando los datos de empleos anualizados de la Comisión Europea). Claro que el problema de estos empleos no era sólo lo caros que resultaban sino, también, que la mayoría consistían puestos en empresas dedicadas a la instalación y construcción de plantas que sólo seguían en funcionamiento si continuaban recibiendo subvenciones.

Dicho de otra manera, cada vez que se incrementaba la potencia renovable instalada gracias al estimulo de las subvenciones, no sólo había que pagar la electricidad producida a precio de oro sino que había que fomentar más y más instalaciones porque los empleos de ese ramo sólo podían mantenerse con un número creciente de centrales renovables. Esas nuevas instalaciones suponían, a su vez, más desembolsos millonarios para el Estado (esto es, para los contribuyentes). Se trata, pues, de un esquema claramente piramidal que no podía durar mucho, entre otras cosas porque el déficit tarifario no hacía más que aumentar hasta volverse insoportable. Por eso el Gobierno del PSOE ya había empezado a cerrar tímidamente el grifo del maná estatal de la mano de Miguel Sebastián, con la consecuencia de que el "sólido" y "puntero" sector de la energía solar empezó a tambalearse.

El coste de oportunidad de las subvenciones comprometidas con las renovables hasta el 31 de diciembre de 2008 es enorme. La economía en su conjunto habría podido crear 2,2 empleos por cada uno que las subvenciones decían haber creado. En nuestro informe de marzo probamos que lo que Bastiat explicaba sigue siendo válido, especialmente en una industria verde que está tan verde.

Ofrecimos los resultados a los medios de comunicación españoles pero sólo Expansión y Libertad Digital se hicieron eco desde la prensa escrita en un primer momento. Sin embargo, fuera de nuestro país, nuestro estudio tuvo una muy buena recepción. Primero fue Bloomberg seguido de la BBC (tanto televisión como radio). A continuación The Economist y Wall Street Journal Europe pusieron a sus editorialistas y a algún economista especializado a analizar nuestro trabajo. Nos propusieron mantenernos en línea directa durante algunos días para hablar sobre aquellos puntos que consideraban más flojos. Después de una semana, The Economist publicaba un editorial en el que se destacaban las conclusiones de nuestro informe y unos días más tarde Wall Street Journal nos dedicaba otro editorial aún más laudatorio. Desde entonces, el estudio no ha parado de recibir cobertura mediática y hemos sido invitados a importantes programas de Fox News, CNN, Radio Caracol, CNBC, CBC, CSPAN y un sinfín de televisiones en Estados Unidos, Canadá, Nueva Zelanda y Australia. En total, más de 350 medios internacionales se han hecho eco (la inmensa mayoría de forma muy positiva). El último en alabar nuestro esfuerzo académico fue George Will desde el Washington Post, posiblemente una de las plumas más influyentes del mundo.

La prensa estadounidense ha usado el estudio para poner en tela de juicio el plan de subvención a las energías renovables propuesto por el presidente Obama. En una rueda de prensa sobre este proyecto, su portavoz se vio preguntado insistentemente por las conclusiones de nuestro estudio y lo mismo ha ocurrido cada vez que el secretario de Industria, el premio Nobel Chu, ha acudido al parlamento a hablar de su propuesta.

Sólo desde ese momento, nuestro estudio –dedicado, no lo olvidemos, a analizar las consecuencias de las subvenciones verdes en España– ha empezado a tener cierta repercusión en nuestro país. Parece como si lo que le importara a buena parte de nuestra prensa no fuera dilucidar este importante asunto público, sino silenciar nuestras conclusiones hasta que la presión internacional frustró este plan inicial.

De hecho, en España los críticos nos han acusado, no de habernos equivocado en nuestros cálculos, sino sobre todo de ser antipatriotas: parece que no tenían mucho más donde agarrarse. Sin embargo, en nuestra opinión, no puede haber mejor patriotismo que advertir que nuestros gobernantes están despilfarrando nuestro dinero en un juego político que empobrece y hace perder empleo a inversiones a nuestro país. Un patriotismo que silenciara los abusos de poder de nuestros mandatarios manirrotos no sería más que, como ya adivinara Samuel Jonson, el último refugio de los canallas.

El derecho a no ser pobre

La organización no resulta simpática ni a las dictaduras tercermundistas ni a las democracias occidentales que se creen por encima de cualquier reproche, lo cual es encomiable. Pero la inclusión de "derechos sociales" en su proyecto activista es una evolución lamentable que va en detrimento de su causa fundacional. Difuminar la frontera entre derechos individuales y "derechos sociales" conduce a más atropellos contra la libertad y de hecho nos aleja de la solución a los problemas sociales que motivan esa retórica.

William Easterly, uno de los principales expertos en economía del desarrollo y ayudas al Tercer Mundo, ha explicado por qué no caben más derechos que los negativos o individuales, que son los que proscriben interferencias violentas por parte de terceros: porque la única definición útil de derecho es aquella que permite identificar a una víctima y a un agresor o causante del daño.

En el caso de un asesinato, una violación o un robo se ve claramente: una persona, mediante su acción violenta, está causando daño a otra que se comportaba de forma pacífica. Por eso tiene sentido hablar de un derecho a la vida, un derecho a la integridad física o un derecho de propiedad. Son derechos individuales que definen la esfera de actuación de cada uno y que los demás deben respetar.

En el caso de los derechos sociales (como el "derecho a una vivienda", "el derecho a la alimentación" o "el derecho a la salud") uno puede identificar "víctimas" pero encontrar culpables es más difícil. ¿Quién es el culpable de la pobreza, la falta de acceso al agua potable o la precaria salud de buena parte de la población del África subsahariana?

La pobreza per se no es resultado de ninguna agresión, es la condición natural del hombre. La humanidad ha vivido miles de años en la miseria, y sólo trabajando, ahorrando, acumulando capital y aumentando la productividad han podido tantos millones de personas superar ese estadio. La riqueza no es una tarta preexistente que la humanidad se va repartiendo de modo que lo que le toca a unos es lo que se quita a otros. La riqueza es una tarta que se produce y que, en la medida en que se permite operar al mercado, se distribuye conforme se produce, no después de producirse. Confunde a algunos que pudiendo mejorar la situación de los pobres optemos por gastar nuestro dinero en otras cosas que nos satisfacen más. Pero no prestar ayuda siempre que podemos hacerlo no equivale a ser los causantes de esa situación. Si de súbito desapareciéramos o no hubiéramos existido nunca, los afectados seguirían siendo igual de pobres, lo que demuestra que no somos los causantes de su pobreza. Un médico también podría curar más enfermos si trabajara más horas, pero el hecho de que decida irse a casa a descansar no lo hace causante de la enfermedad que sufre el paciente en espera.

Easterly destaca otro problema con los derechos sociales como "el derecho a no ser pobre": la pobreza es un concepto esquivo que depende del contexto. Más allá del hambre y la necesidad extrema es difícil establecer una línea frontera entre la pobreza y la no-pobreza. Con los derechos individuales la dicotomía es clara: o se perpetra asesinato, robo o violación, o no.

La institucionalización de los "derechos sociales" implica violaciones de derechos individuales, porque un derecho a "no ser pobre" (o a la salud, a una vivienda, etc.) implica que otros tienen que ser obligados por el Estado a proveerle recursos, y esta redistribución forzosa invade la esfera privada de quienes trabajan y producen sin hacer mal a nadie. Pero tanta palabrería distrae de la cuestión fundamental: el pobre no se alimenta de un "derecho a la alimentación", sino de comida, y es el mercado el que mejor la produce. Por otro lado, la caridad privada es más eficiente que la pública, pues las ONGs, la Iglesia, etc. compiten en reputación para captar fondos, a diferencia del Estado.

En cualquier caso, una parte de la pobreza actual sí tiene culpables identificables: los Estados y los grupos de interés que actúan bajo su paraguas. El proteccionismo perjudica a los consumidores occidentales pero también a los productores del Tercer Mundo. Las barreras migratorias limitan las posibilidades de prosperar de los trabajadores de los países en desarrollo. La ayuda externa a los gobiernos foráneos promueve el intervencionismo en detrimento de la iniciativa privada local. El sistema de patentes restringe la competencia sobre las ideas protegidas. En el ámbito doméstico, las leyes de salario mínimo y las regulaciones laborales elevan los costes de contratación y condenan al paro a los trabajadores menos cualificados. Los permisos y licencias públicos restringen la competencia y encarecen servicios (la sanidad, por ejemplo). La interferencia del Estado eleva los precios de la vivienda, la energía y otros bienes esenciales. La expansión crediticia impulsada por los bancos centrales perjudica especialmente a los más pobres, que asumen precios más altos antes de que hayan subido sus salarios.

Si Amnistía Internacional quiere empezar a defender "el derecho a no ser pobre" lo mejor que puede hacer es dejarse de términos grandilocuentes y pedir reformas de mercado.

Unidad de mercado y nacionalismo

Uno de los puntos más susceptibles de controversia en la visión liberal del nacionalismo es el de si la proliferación de estados nacionales favorece o no a la extensión de la apertura comercial. Recientemente Juan Morillo trató el tema estableciendo un criterio mediante el cual enjuiciar cuándo un nacionalismo es aceptable y cuándo no para quien esté por la mayor libertad comercial. Pero surgen dos cuestiones adicionales que deben ser tratadas también.

Un nacionalismo partidario del mayor desarme arancelario sería económicamente aceptable. Si, además, se dice, reconoce el derecho a la diferencia e, incluso, a la secesión de partes integrantes de su nación, se debe aplaudir con fuerza. Si bien el primer principio es inatacable, la segunda proposición presenta problemas. La cuestión estriba, profundizando en esta formulación prescriptiva, en si se puede definir qué modelos de nación son más proclives a la liberalización de los mercados.

En un esbozo teórico, la propensión de un gobierno, surgido de una secesión o de una integración, a maximizar la ventaja comparativa de su nación tiene que ver con cuatro elementos: tamaño, tipo de ventaja, descubrimiento de esa ventaja y equilibrio interno de poder. Si un estado posee un recurso o sector económico en determinada abundancia o nivel tiende a ser proteccionista respecto del mismo. Un mayor tamaño aumenta las probabilidades de poseer ese recurso. La posibilidad de que el Gobierno descubra esa ventaja depende de la permeabilidad que tenga a los intereses vinculados a ese recurso o ramo industrial. Por último, abrirse o cerrase a los mercados internacionales depende de la existencia de intereses creados que sostengan al Gobierno.

De esa manera, los pequeños estados, en un entorno de estados grandes que sean proteccionistas en diversos grados, no poseen otra ventaja comparativa que la simple apertura comercial y financiera. Convertirse en paraísos fiscales y proteger el secreto de las finanzas privadas es su recurso. Pero, ¿sería así igualmente de darse un mundo de pequeñas entidades políticas, en un mundo que reedite las antiguas polis? En ese caso no existiría, pienso, una propensión necesaria hacia el libre mercado. Los microgobiernos que descubrieran, sin riesgo para la estabilidad de su poder, ventajas comparativas en la teoría de las ventajas comparativas sí abrirían sus mercados. Los que lo hicieran con algún recurso que ellos poseyeran en mayor grado, tenderían, por el contrario, a protegerlo. El triunfo de los primeros sobre éstos no es, tampoco, necesario y depende de factores políticos más que de éxito económico. La belicosidad inherente a todo estado proteccionista tendería a desarrollar naciones depredadoras y, progresivamente, más extensas.

Según lo dicho, no es posible definir qué tamaño de nación sea el adecuado. Ilustrativamente podemos añadir que, a lo largo del siglo XIX, el libre comercio fue la doctrina dominante en un entorno de formación de estados nacionales en Europa y América. El factor determinante fue Gran Bretaña que, siendo la primera en industrializarse fue también la primera en descubrir el laissez-faire merced a un vigoroso movimiento intelectual y popular favorable a él protagonizado, entre otros, por la Escuela de Manchester y la oposición popular contra las últimas barreras mercantilistas relevantes en 1846. Como reacción al proteccionismo propio de las monarquías absolutas, los regímenes que combinaron nacionalismo con industria aplicaron con más o menos fervor el librecambismo británico. Pero todo acabó en el periodo previo a 1914 cuando las naciones que desarrollaron sus industrias apostaron por la protección y por el imperio militar. Desde entonces, en la generalización de los estados-nación se han conocido muy breves periodos de apertura comercial.

Así pues, parece que los elementos o fuerzas que impiden la extensión de un estatus librecambista tienen mucho que ver con la escasa popularidad de las ideas que lo propugnan, las cuales tiene mucho que ver con la escasa popularidad de las ideas individualistas y de soberanía económica del individuo. No es posible aún, en rigor, mantener qué tipo de entidad estatal será más proclive a generalizar un mundo librecambista. Como mucho podemos decir que la existencia de crisis económicas cíclicas adereza nuevos impulsos proteccionistas. Es en la extensión de la ética individualista y en la política económica donde la batalla se presenta más decisiva.

Ultraderechistas de izquierda

La clasificación sugiere que grupos como el Partido Nacional Briánico (BNP), el Partido para la Libertad de Geert Wilders (PVV), el Partido de la Libertad de Austria de Haider (FPÖ), el Frente Nacional de Le Pen (FN), o la Falange Española están "a la derecha" de los partidos liberales y conservadores, o lo que es lo mismo, son una versión radical de estos o llevan sus principios más lejos.

Esta clasificación sobre el eje izquierda-derecha es muy conveniente para los partidos de izquierda. A diferencia de la ultraizquierda, la ultraderecha está muy mal vista y los partidos izquierdistas pueden explotar la supuesta cercanía de la derecha con sus extremos para obtener votos centristas. Si te asocian tangencialmente con el franquismo o la xenofobia tu imagen y tu apoyo se resienten, pero que te asocien con los comunistas no parece importarle a nadie.

El problema con el eje izquierda-derecha es que no captura fielmente, ni siquiera esencialmente, las similitudes y las diferencias de los distintos partidos y corrientes del espectro político. El denominador común de todos los grupos considerados de "ultraderecha" es su hostilidad a la inmigración, en particular la musulmana, y su ferviente nacionalismo y tradicionalismo cultural. ¿Pero son el sentimiento anti-inmigración y el nacionalismo los atributos que definen a la derecha en oposición a la izquierda? La izquierda es más favorable al multiculturalismo y la inmigración, pero en rigor apenas hay diferencias entre las políticas migratorias del PP y el PSOE. En cuanto al nacionalismo, claramente no es exclusivo de la derecha (BNG, ERC…).

Si buscamos otros denominadores comunes con partidos que no son tildados de "ultraderechistas" encontramos otras similitudes. En el programa económico del racista BNP inglés puede leerse: "La globalización, con su exportación de empleos al Tercer Mundo, está trayendo la ruina y el paro a las industrias británicas y a la comunidades que dependen de ellas". Un aserto que podría incluirse en cualquier panfleto anti-globalización izquierdista. El BNP está en materia económica a la izquierda del laborismo: a favor de aumentar las pensiones públicas y el presupuesto de la sanidad, mejorar la protección de los trabajadores, nacionalizar industrias clave…

En el manifiesto de Falange Española hay puntos casi marxistas: "Creemos que es necesario sindicalizar la economía nacional", o "los trabajadores, a través de los Sindicatos unitarios y verticales deben ser los propietarios de los bienes de producción", o "la propiedad debe fundamentarse en la propia naturaleza de los bienes (los de uso y consumo, privados; las viviendas, pequeños negocios, etc., familiares; los de producción, sindicales o comunales y los de interés social o nacional, estatales)."

Por tanto, no está claro que la "derecha moderada", donde suele incluirse a conservadores y a liberales, tenga más rasgos en común con la ultraderecha que la izquierda o (especialmente) la ultraizquierda. En ocasiones sí, en muchas otras es más bien lo contrario. Un eje riguroso debería situar en extremos opuestos a los partidos o corrientes ideológicamente más distantes entre sí. Pero como hemos visto, no son tantas las diferencias entre algunos partidos de ultraderecha y los partidos izquierdistas, sobre todo en materia económica. Por el contrario, el liberalismo y las corrientes ultraderechistas o ultraizquierdistas no se parecen virtualmente en nada.

El liberalismo está en contra de las invasiones a la libertad en todos los ámbitos. El comunismo y el fascismo están a favor de una totalitaria intervención estatal y de la sistemática represión de conductas pacíficas, aunque a veces pongan el énfasis en temas distintos. El liberalismo y el comunismo/fascismo son las corrientes que deberían ocupar los extremos del eje, como ya identificó Friedrich Hayek en Camino de Servidumbre. Libertad, voluntariedad, cooperación en un lado; coacción y estatismo en el otro. Pese a las diferencias entre el comunismo y el fascismo, un comunista se encontraría más a gusto en una sociedad fascista que en un libre mercado irrestricto, y lo mismo cabe decir del fascista.

Los partidos deberían ordenarse en función de su apego por la libertad: la libertad de hacer con nuestro cuerpo lo que queramos, la libertad de administrar nuestro dinero y nuestro negocio, la libertad de contratar e intercambiar, la libertad de expresarse y asociarse, la libertad de emigrar e inmigrar. En España, la Falange está en el extremo estatista del eje, en compañía de Izquierda Unida y demás grupúsculos comunistas. Los demás partidos del arco parlamentario se ubican también en el lado intervencionista, un poco más hacia el centro. Tanto ultraderechistas como ultraizquierdistas deberían regocijarse de que en el extremo opuesto, el de la libertad, no haya ningún partido.

Adidas y Puma: la rivalidad de los Dassler

Los hermanos Dassler (Rudolf y Adolf) eran dueños de una fábrica exitosa de calzado deportivo allá por los años 20 en la pequeña localidad de Herzogenaurach, cerca de Nürenberg. Pese a que su capacidad empresarial era portentosa, ninguno de ellos fue un santo. Ambos se afiliaron al partido nazi poco después de que éste se hiciera con el poder. No obstante, su fidelidad primera se decantó siempre por el negocio de las zapatillas.

Durante los Juegos olímpicos de Berlín de 1936 Hitler se sintió fuertemente contrariado al comprobar cómo sus deportistas arios eran sistemáticamente superados por los atletas afro-americanos. Lo que, tal vez, el Führer ignoraba era que Jesse Owens calzaba unas novedosas zapatillas de clavos confeccionadas por la Gebrüder Dassler Schuhfabrik.

La Segunda Guerra Mundial truncó brutalmente muchas vidas y proyectos empresariales. La fábrica de los hermanos Dassler se transformó en taller de tanques y en almacén de lanzallamas (este tipo de cosas era lo que demandaban más urgentemente los jerifaltes de la planificada economía alemana de entonces). Al concluir la contienda una fuerte discusión precipitó el cisma fratricida. Nunca más volverían a dirigirse la palabra. Cada uno montó separadamente su propia fábrica de zapatillas en sendos lados del río de su ciudad natal. Rudolf registró en 1948 la marca Ruda, que luego se transformaría en Puma y Adolf (el benjamín Adi) creó al poco tiempo la suya: Adidas, contracción de su nombre y apellido.

La competencia entre ambas compañías fue desde entonces feroz, al igual que el creciente antagonismo entre sus fundadores. Los trabajadores, sus familias y todos los residentes de la pequeña villa bávara tuvieron que tomar partido por una u otra marca. La elección del centro de trabajo y las preferencias en el vestuario deportivo era toda una declaración de principios que acarreaba la retirada del saludo de los miembros del bando opuesto. Por descontado cada uno tenía sus propias tiendas, escuelas y bares de adictos a los que acudir.

La rivalidad se extendió hasta hijos y nietos; demandas judiciales incluidas. Los diferentes Dassler y sus empleados trabajaron duro, mejoraron sus procesos productivos y, entre medias, popularizaron el uso de prendas deportivas por el mundo. Sin ningún diseño previo, tanto la enseña del trébol rayado como la del felino brincador acabarían por copar en los años 60 y 70 el mercado internacional. Se convirtieron en verdaderos iconos deportivos.

En su empeño por batir a su contrincante, debemos a la dividida saga Dassler la aparición del moderno marketing deportivo y el patrocinio millonario de los grandes deportistas (no exentos de corrupciones y alguna que otra felonía). Puma hizo fichajes memorables con Pelé, Cruyff, Boris Becker o Maradona. Adidas hizo lo propio con Bob Beamon, Cassius Clay o Beckenbauer y, recientemente, con Beckham o Messi. Incluso el jubilado Fidel Castro, profeta anticapitalista, apareció ataviado con su lustroso chándal de Adidas (confirmando ésta su eslogan de “impossible is nothing y contrariando, esta vez, a la progresía bermeja).

Ambas compañías recalaron pronto en el mercado de los EE UU. Su presencia propició sin duda la aparición en 1971 de una pequeña empresa de Oregón (inicialmente llamada Blue Ribbon Sports) que acabó dominando años después el mercado de la indumentaria deportiva: Nike es, actualmente y por el momento, la marca hegemónica mundial, seguida de Adidas-Reebok (Puma ha quedado bastante marginada, lejos de su indiscutido predominio de antaño junto a su adversario tribarrado).

En sus años dorados Puma introdujo, no obstante, innovaciones destacables como la moderna vulcanización, el cierre con velcro, la tecnología duoflex con fibra de carbono o las cámaras de aire interconectadas entre sí. Luego supo reinventarse a finales de los 90 al fusionar anticipadamente deporte y moda y conseguir conectar con un segmento más exclusivo de población urbanita que, sin practicar necesariamente deporte alguno, se preocupa por su salud e imagen. Ahora se la asocia a una marca cool.

Por su parte, el equipo de técnicos de Adidas aportó los tacos recambiables, el uso de materiales impermeables o la incorporación de tiras de goma modelo predator. A partir de los 90 hizo análisis escaneados del pie para diseños personalizados del calzado de los deportistas de élite, siendo hoy ya posible para el público en general el propio diseño o “tuneo” de las zapatillas. Sus modernas fábricas producen incluso calzado con microprocesadores (zapatilla inteligente tipo Adidas 1) o materiales nanotecnológicos.

Los herederos de Rudolf y de Adi perdieron hace años el control accionarial de sus respectivas empresas que han sufrido desde entonces diversas vicisitudes y cambios de dueños (incluido el ineficiente lustro de fines de los 80 en que Puma pasó a ser una empresa pública alemana). Sin embargo, toda aquella tenaz rivalidad cambió para siempre el mercado globalizado del equipamiento deportivo en beneficio de todos los consumidores.

Hace siglos que los escolásticos salmantinos, entre otras muchas observaciones certeras, supieron describir los fructíferos efectos de la competencia dinámica en el desarrollo de la sociedad pese a que los caminos que pueda aquélla tomar fueran siempre impredecibles.

Planificadores de todos los partidos, abstenerse de trazarlos. La imposición de una “competencia perfecta” no hubiera permitido la peripecia vital y empresarial de los Dassler.