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Etiqueta: Comercio globalización y desarrollo

El capitalismo es cosa de pobres

Todos los años por estas fechas, cuando comienza el curso académico, se repite la misma escena. Un profesor pregunta a sus alumnos: "¿Cuál es el problema básico que estudia la economía?". Alguno de ellos, en representación del resto responde: "La escasez". Claro, si todo fuera abundante no habría pobreza, penuria, hambre… los economistas no tendríamos trabajo. Y, así, tontamente, el mal está hecho.

En realidad, el problema económico básico, si se pueden simplificar tanto las cosas, no es la escasez, sino qué haces con ella. El matiz es revelador.

Cuando se dice que la economía es la ciencia del fracaso porque no ha sido capaz de acabar con la pobreza se distorsiona el enfoque. Si no estuviéramos tan acostumbrados a hablar en estos términos y le echáramos imaginación podríamos pensar que se trata de una pelea de superhéroes. La Economía con sus superpoderes no ha sido capaz de acabar con la Pobreza, malvada supervillana que azota a medio mundo. Lo cierto es que la pobreza es una ficción. Lo que existe en la realidad son pobres, es decir, personas que no tienen recursos para sobrevivir. Cuando los economistas nos preguntamos qué hacer para acabar con la pobreza obviamos que quienes tienen que hacer algo son los pobres y que se trata de que puedan efectivamente emprender acciones que les saquen de esa situación. Y para eso, si hay algo que los economistas podemos hacer, es dejar que se hagan responsables de su futuro, es decir, darles la libertad de elegir cómo quieren salir.

Los especialistas que estudian la pobreza desde sus despachos me dirán que hablar de libertad de elegir refiriéndome a los pobres es cuando menos obsceno. Pero, muy al contrario, ese es precisamente el problema. Generaciones de miseria condicionan la manera de afrontar la vida; el papel del ahorro cuando la muerte está a la que salta no tiene mucho sentido. No es que los pobres no sean capaces de ahorrar. Lo son, pero solamente cuando son capaces de vislumbrar el día de mañana. Y tal vez ese es el ámbito de la ayuda: las expectativas de beneficio se crean en el mercado sobre la base de la propiedad privada. Abrámosles las puertas.

Una vez que hay posibilidad de futuro, se trata de que decidan en qué emplean su tiempo-dinero-energía, libres de deberes para con un general corrupto, un monopolio que disfruta de la alianza con los políticos y destruye la competencia o para con determinadas instituciones de los países pudientes que, con el pretexto de la solidaridad, aumentan la carga de las familias a quienes se supone que van dirigidas sus acciones caritativas. La ayuda crea deuda. Eso no lo dicen los burócratas cuando presentan sus informes sobre los remedios para la pobreza. Ni qué parte del presupuesto se queda por el camino o si es un pago para que alguna empresa de nuestro país consiga una contrata o venda armas medio obsoletas y afiance al general corrupto en el poder. Eso es lo que impide que afloren empresarios oriundos y que el capitalismo, por fin, triunfe en los países pobres. Y cuando hablo de capitalismo, no hablo de un superhéroe, hablo de gente que quiere lucrarse, gente que quiere ganar dinero con su negocio y que para ello arriesga, compite y trabaja. Así de simple.

William Nassau Senior decía que el Estado, en la medida que evita que los menos previsores sufran las consecuencias y los más trabajadores y capaces disfruten de su recompensa, fomenta la holgazanería y agrava la pobreza.

Yo añadiría que, en nuestros días, la principal fuente de corrupción son aquellos gobiernos que, no contentos con robar a los pobres propios, roban también a los ajenos. El sistema político en el que vivimos fomenta que las personas que hay detrás de la institución del "Gobierno" tengan incentivos para obtener beneficios mintiendo y engañando. Como dice la canción: no es ningún trofeo noble. Y, sin embargo, el coste de oportunidad de persistir en este comportamiento disminuye a medida que aumenta el número de personas involucradas. Además, los ciudadanos no vamos a protestar cuando en la etiqueta del "pastel" pone "ayuda al desarrollo". El círculo se cierra.

Mientras unos no tengan posibilidad de ser capitalistas (es decir, personas libres con ánimo de lucro) y los otros sigan teniendo incentivos para frenarles el camino, seguirán muriendo personas de hambre. Sencillo, ¿no? Henry Hazlitt lo deja aún más claro en su libro The Conquest of Poverty. En él repasa los falsos remedios que se predican desde los despachos como pócimas milagrosas: las leyes de pobres, la promesa de un puesto de trabajo, la contraproducente lucha de los sindicatos, y así hasta llegar al Estado del bienestar. Hazlitt apunta dos falacias que aún hoy siguen vigentes en el estudio de la pobreza. La primera, que no se ayuda realmente si el remedio es a corto plazo o apunta a un grupo seleccionado de personas. Las consecuencias a largo plazo o para el resto de los desfavorecidos suele ser la opuesta a la prevista. La segunda: no hay tal cosa como una cantidad fija de riqueza para repartir entre todos, que es producida por una cantidad fija de capital y una cantidad fija de trabajo. La economía es dinámica. No se trata, por tanto, de producir hasta que haya suficiente para todos. Se trata de dejar que cada cual produzca para sí. De permitir que el ánimo de lucro arraigue entre los pobres y les lleve a salir por sí mismos de la pobreza. Se trata de propiedad privada y libre mercado.

Lo que pasan por alto las teorías del crecimiento

Las teorías modernas del desarrollo y del crecimiento no son exactamente lo mismo. Se considera que las primeras son aplicables a las economías de mercado avanzadas, mientras que las segundas enfatizan el papel de los factores no-económicos y los "fallos del mercado" en los países menos avanzados. Ahora bien, muchos de los presupuestos de la teoría del desarrollo tienden a converger con las nuevas teorías del crecimiento, especialmente con los teóricos endogenistas. Precisamente, con el auge de estas nuevas teorías endogenistas del crecimiento han perdiendo fuelle paulatinamente las del desarrollo.

Los presupuestos en que se asienta la teoría del desarrollo son tres: competencia imperfecta, exceso de fuerza de trabajo y rendimientos crecientes, compartiendo con los endogenistas tanto la inferencia de que los rendimientos son crecientes como la existencia de externalidades tecnológicas fruto del "aprendizaje haciendo".

Peter Bauer comienza su libro Crítica de la teoría del desarrollo fijando la obra embrionaria de esta teoría en el "círculo vicioso de la pobreza", postulado por el profesor Ragnar Nurske. Esta tesis, la del círculo vicioso de la pobreza, pasa por ser una de las más destacadas dentro de la teoría del desarrollo.

El círculo vicioso de la pobreza (…) puede resumirse en la vulgar frase: "un país es pobre porque es pobre". Quizá las más importantes relaciones circulares de esta clase son las que afligen a la acumulación de capital en los países atrasados. La oferta de capital se halla regida por la capacidad y disposición de ahorrar; la demanda de capital depende de los incentivos para invertir. Existe una relación circular en ambos lados del problema de la formación e capital en las zonas del mundo dominadas por la pobreza.

Del lado de la oferta, hay una escasa capacidad de ahorro, debido al bajo nivel de la renta real. La baja renta real es el reflejo de la baja productividad, que a su vez se debe en gran parte a la falta de capital. La falta de capital es una consecuencia de la escasa capacidad de ahorro, y de esta forma se completa el círculo.

Del lado de la demanda, puede que la propensión a invertir sea baja debido al escaso poder de compra de la gente, debido a su baja renta real, que a su vez proviene de una baja productividad. El bajo nivel de productividad, sin embrago, es una consecuencia de la escasa cantidad de capital utilizada en la producción, que a su vez puede ser causada, o por lo menos en parte, por la escasa propensión a invertir.

Ragnar Nurske, Problems of capital Formation in Underdeveloped Countries, Oxford, 1953, pp. 4 ss.

Nurske concluía cuáles eran las consecuencias lógicas de este círculo vicioso: la "ampliación de la brecha", de tal forma que "se sigue de la tesis que estas diferencias de renta per capita tienen que aumentar, porque mientras los países desarrollados progresan los países subdesarrollados están estancados o incluso retroceden".

Bauer se mostraba muy crítico con esta teoría, pues de ser cierta, "innumerables individuos, grupos y comunidades no podrían haber pasado de la pobreza a ser ricos. (…) Pero la tesis también se refuta por la existencia de países desarrollados que empezaron siendo pobres, con rentas per capita bajas y bajos niveles de acumulación de capital, esto es, con las características que ahora definen a los países subdesarrollados".

Por su parte las teorías modernas del crecimiento surgen a partir del modelo de Harrod (1939) y Domar (1946) que suele enseñarse en la actualidad como un caso particular del de Solow, con el que se inauguró la teoría del crecimiento neoclásico. Para Solow, la inversión era, en el mejor de los casos, una "condición necesaria pero no suficiente" en el crecimiento económico, dado que la mayor contribución al crecimiento no son los factores de producción (que identificaba como capital y trabajo) sino el elemento de innovación tecnológica. Nunca antes de los trabajos empíricos de Solow se había medido la contribución de los factores de producción al producto total; con la particular conclusión, además, de que el elemento que en mayor medida hacía crecer la relación cantidad de producto obtenido por unidad de trabajo (Y/L) era precisamente el factor tecnológico. De ahí que en sus últimos trabajos, Solow resalte la importancia para el crecimiento económico de actividades como la investigación, la educación o la salud pública. Además de considerar el factor tecnológico como exógeno, admite la ley de rendimientos marginales decrecientes. De ahí que las tasas de crecimiento económico elevadas de manera permanente no se conseguirán si no es con innovaciones tecnológicas continuas, pues los rendimientos marginales del capital tienden a ser decrecientes.

El modelo de Solow siguió predominando hasta el surgimiento de la teoría endogenista, "nueva teoría del crecimiento" o "nuevo paradigma". Se considera como precursores de este nuevo enfoque a Paul M. Romer y a Robert E. Lucas. En la actualidad, esta representa la corriente principal en las teorías de crecimiento económico a largo plazo. Sostienen, como indica el propio nombre de la escuela, que el crecimiento es un resultado endógeno del sistema económico y no al revés.

Para endogenistas como Romer, es vital en el crecimiento a largo plazo la acumulación de conocimientos. El conocimiento, cuando se internaliza en el proceso productivo (como insumo), tiene productividad marginal creciente y efectos positivos externos (externalidades positivas). Por el contrario, la "producción" de conocimientos tiene rendimientos decrecientes. Romer se basará en Smith y su fábrica de alfileres (con la que se ejemplificaban la especialización y división del trabajo) para ilustrar las posiciones de los rendimientos crecientes, echando así abajo uno de los supuestos de Solow. Otras diferencias con este modelo son que no hay competencia perfecta sino monopolística, se supone libre comercio internacional y una participación activa del gobierno para garantizar el crecimiento.

El modelo alternativo al de Solow, propuesto entre otros por Romer, destaca que las tasas de rendimiento no decrecen, sino que aumentan. Además, el antiguo modelo de Solow presuponía que las tasas salariales y la relación capital-trabajo tendían a converger entre los países. Para los endogenistas, la productividad del trabajo (Y/L) crece sin límites, a una tasa creciente en el tiempo. No se produce, por ello mismo, necesariamente convergencia entre países, siendo así que el crecimiento puede perfectamente ser elevado de forma consistente en los países más ricos, y bajo o nulo en países menos desarrollados.

Romer publica un segundo estudio en 1990 que complementa al primero, en el que introduce el factor del capital humano (H) a los inputs del modelo de Solow (A, K, L). De ello colige que sus implicaciones en la convergencia pueden esquematizarse del siguiente modo: los países o economías con un stock de capital humano más grande "experimentarán un crecimiento más rápido". Así pues, las economías con mayor capital humano son más susceptibles de producir crecimientos más elevados que aquellas que simplemente tienen más población. La población no es la clave.

Este argumento se basa en tres premisas: el cambio tecnológico es la base del crecimiento económico; el cambio tecnológico proporciona un incentivo para una continua acumulación de capital, y la suma de ambos muestra el incremento de producción por hora trabajada. Dado que el cambio tecnológico genera incentivos en la acumulación de capital y las personas actúan en respuesta a estos incentivos, el modelo es endógeno y no exógeno.

Interesantes como son todos estos estudios llama la atención el defectuoso instrumental que utilizan todos estos nuevos modelos del crecimiento que hemos presentado, especialmente en lo que se refiere a los conceptos de capital humano y "capital". Lo primero que hay que subrayar es que el trabajo se hace productivo liberando la capacidad empresarial. Es por ello que "capital humano" y educación formal no pueden ser dos conceptos ni remotamente equivalentes. Una educación formal demasiado extendida en el tiempo o alejada de la situación económica en la que se encuentra la población y la propia economía constituye un despilfarro de recursos, más aún en aquellas situaciones en que esta "educación formal" no pueda ser empleada con provecho a través de la actividad empresarial. Cuando además la fijación de contenidos y la administración de la educación formal se realiza en gran parte de forma monopolística por los poderes públicos, la divergencia entre ambos conceptos es si cabe aún mayor.

Por lo que se refiere a la utilización del término capital, los modelos antedichos tienen un marcado concepto orgánico del capital (bienes producidos que sirven para producir). Pero en la economía real, capital es, como señaló Carl Menger, el valor monetario de los factores puestos en una empresa a producir para obtener ganancia. Para que exista capital se necesita, pues, la existencia de empresas y toda la serie de instituciones que configuran un sistema de mercado (precios libres, propiedad privada de los factores, mercados de capitales…) Los bienes de equipo no producen riqueza por sí mismos. Tienen que estar integrados en proyectos empresariales y ser económica y eficientemente utilizados para producir riqueza. Es por ello que los factores que se incorporan como activos en las empresas no tienen que ser necesariamente "bienes producidos": capital pueden ser unos trabajadores investigando, un recurso natural cuya utilidad económica no había sido descubierta hasta entonces o, también, unos bienes de equipo dentro de uno o varios proyectos empresariales que lo demandan. Es en este contexto cuando se aprecia mejor el trabajo de Hernando de Soto o Peter Bauer y su constatación del gran volumen de "capital en potencia" que existe en las zonas subdesarrolladas y que sencillamente no es puesto en producción por el deficiente entorno institucional existente, situación de la cual tienen culpa tanto los gobernantes como los teóricos del desarrollo que tan alegremente abrazan la planificación socialista.

Manhattan

Tenía prácticamente todo lo que pudiera desear un transeúnte. Recuerdo los zumos sobre un manto de hielo. Había desde flores a la prensa del día, de todo a todas horas.

Si uno ha visitado la ciudad no puede pasarle desapercibido que hay miles de delis que, como este, abren todo el día o gran parte de él. Pero lo llamativo no es eso, sino que en cualquier manzana el viandante (es una ciudad para recorrerla a pie) verá que se suceden los portales y los comercios pequeños. No ya restaurantes y cafeterías, sino tiendas de todo tipo, no más grandes que las de cualquiera de nuestras ciudades, y que tienen horarios que se adaptan a las complejas necesidades de la gente. Allí hay libertad absoluta de horarios. ¿No debería estar la ciudad trufada de grandes centros comerciales? ¿No deberían los neoyorkinos conocer los pequeños comercios por los documentales del canal de historia?

Los delis compiten con los supermercados, hay grandes librerías junto a las pequeñas, papelerías de dos y tres plantas cabe a las más humildes y puestos callejeros sólo con los periódicos más comunes frente a kioskos que son el sueño de cualquier lector. Es más, para hacer la compra no hay ni que salir de casa. Yo tenía una cuenta FreshDirect, que me la traía a casa en el horario que más me conviniera, con una calidad notable y precios más que buenos. Y hay algún centro comercial. Con todo ello, Nueva York, en plena libertad de horarios, es el paraíso del pequeño comercio.

Se dirá que allí ese comercio de pequeña escala cuenta con una ventaja, frente al nuestro: un mercado laboral más libre y flexible, con horarios, también para los trabajadores, que se adaptan a su conveniencia. Y es verdad.

Cuando hay libertad para encontrarse con los clientes, el tamaño no importa.

La inmoralidad del proteccionismo

Cuando por diversos motivos bajan los precios de determinados bienes o servicios, se suelen oír voces que aconsejan proteger a los productores de los mismos. Asociaciones patronales se ponen en marcha para destacar la singularidad de su actividad, la situación especial por la que pasan y reivindican a la autoridad gubernamental la adopción de medidas extraordinarias que les permitan seguir obteniendo el beneficio que cosechaban hasta aquel entonces.

Una de las medidas extraordinarias que en ocasiones suelen demandarse es la adopción de normas que impida la entrada de productos extranjeros. Las excusas a las que suelen acogerse quienes piden este tipo de medidas son de lo más variado, pero al final siempre se basan en el mismo argumento, y es la inmoralidad de su forma de elaboración ya que sus costes son menores a los que tienen los productores nacionales. Suelen aducir que si sus costes son más bajos es porque tienen algún tipo de comportamiento anómalo y reprobable, ya que ellos no son capaces de igualarlos. Con frecuencia se señala a unos menores costes salariales como culpables de dicha situación, demonizando a los competidores extranjeros ya que “explotan” a sus trabajadores.

Tristemente, muchos miembros de la prensa y los llamados movimientos “sociales” suelen comulgar con estos argumentos, sin pensar en el daño que realmente están causando.

Si cualquier individuo realiza un análisis de su vida descubrirá que, a lo largo de la misma, debido a las distintas decisiones que ha ido tomando, se ha estado especializando en determinados conocimientos, lo que a su vez ha motivado el que tenga una mayor habilidad en ciertas áreas laborales y personales. Esto le da una ventaja competitiva frente a otras personas a la hora de desarrollarse laboralmente en dicho campo, y explica que al final esté trabajando en el área en que lo hace en la actualidad. Esta situación personal también se puede aplicar a determinadas áreas geográficas. Las condiciones naturales de determinadas regiones, conjuntamente con las inversiones realizadas por los habitantes de los mismos y las habilidades personales de sus ciudadanos, explican que determinadas regiones se hayan especializado en la producción de determinados bienes.

Todo esto motiva que en determinadas zonas geográficas se produzcan bienes con ciertas ventajas. En ciertas ocasiones lo determinante será las inversiones realizadas, en otras los costes salariales, en otras los conocimientos especializados de sus habitantes, y en la mayoría, una combinación de diversos factores.

Cuando se deja fluir libremente las mercancías de una zona a otra, los habitantes de ambas zonas se ven beneficiados ya que los habitantes de cada zona se especializan en realizar actividades para las que están especialmente cualificados, dejando de emplear su tiempo en aquellas en las que su rendimiento es menor. Como consecuencia de ello los costes disminuyen, y las funcionalidades de los bienes y servicios ofertados aumentan. El comprador adquiere un bien mejor de lo que lo hacía antes y a un precio inferior, y el vendedor dedica su tiempo a aquello a lo que está más cualificado, incrementando sus ventas y por tanto su beneficio.

El problema se plantea en aquellos vendedores que anteriormente producían bienes con una serie de características y que en la actualidad han dejado de ser percibidos como útiles por los compradores, ya que hay quien realiza dicha labor de manera más eficaz. Los productores cuyos bienes y servicios han dejado de gustar al público son los que demandan la intervención del Estado para proteger su antigua situación. No obstante, para volver a la que tenían antaño es necesario que los compradores paguen más por una serie de bienes y servicios de los que ahora pueden disfrutar por menor precio y que incluso tengan mejores características. A fin de retornar al pasado se suelen reclamar medidas de carácter arancelario e incluso a la prohibición absoluta de entrada en el mercado nacional de los bienes extranjeros.

Este tipo de medidas perjudica a todo el mundo, ya que de un lado, los compradores obtienen peores bienes a mayores precios. De otro lado los vendedores que producen aquellos bienes o servicios más demandados son penalizados por su eficacia, obteniendo menores beneficios e incluso teniendo que dedicar su tiempo a otra serie de actividades para la que están menos cualificados.

Pese a ello hay quien defiende este tipo de medidas a fin de proteger a los países y ciudadanos pobres, cuando lo que ocurre es lo opuesto, los únicos que se benefician de las medidas proteccionistas son las oligarquías más cercanas al poder político. En una situación de libre comercio el comprador ve aumentar su renta disponible para otros menesteres, ya que, como hemos visto, adquiere los bienes a menor precio. El vendedor por otro lado se dedica a las actividades que mayor beneficio le proporcionan, por lo que también ve incrementada su renta. No obstante, quien pide la adopción de medidas proteccionistas no sólo está impidiendo el desarrollo de estas personas, sino que intenta obtener un beneficio de una actividad en la que no es el más cualificado, apelando a la intervención gubernamental. A fin de poder reclamar estas medidas, el productor tiene que ser una persona o grupo con gran capacidad de movilización y grandes contactos en las distintas administraciones públicas, actividad para la que están especialmente preparadas las oligarquías locales de cada país, que no suelen ser las personas con menor renta.

Si los distintos movimientos sociales y políticos están preocupados por el bienestar de sus compatriotas y de las personas más pobres de otros países equivocan su diana al clamar contra el libre comercio, que es precisamente la herramienta que más puede contribuir al desarrollo humano.

Abuso de poder

La demanda de AMD contra Intel por supuesto abuso de posición dominante no ha caído en saco roto. La Comisión considera que "Intel ofreció ventajas a algunos clientes para que rechazasen productos de AMD con el fin de expulsar a esta empresa del mercado". Concretamente, según relata Libertad Digital, fue la cadena Media Markt a quien Intel trató de convencer de no "vender ordenadores con componentes electrónicos fabricados por AMD".

La primera cuestión que suscita el tema es si Intel puede ofrecer descuentos competitivos a sus clientes para que éstos compren productos que lleven incorporados sus procesadores en lugar de los que fabrica su competidor, AMD, la segunda fabricante mundial de estos bienes.

La comisión europea probablemente ataque implacablemente a Intel como ha hecho con Microsoft en el pasado. A la empresa de Gates, la castigó con una multa de 500 Millones de Euros por otro supuesto abuso de posición dominante. En aquella ocasión, Microsoft tuvo que pagar un peaje por añadir a su sistema operativo Windows un reproductor multimedia, Windows Media Player, porque la competidora Real Networks, propietaria del software Real Player, sintió que eso le hacía perder cuota de mercado. Pero el verdadero perjudicado será una vez más, como el lector se puede imaginar, el pobre consumidor. Ese consumidor que, aunque tenga el Windows Media Player pre-instalado en su ordenador, puede bajarse de la web el programa de Real Networks, debe ser protegido de la avaricia de Gates, el Scrooge de nuestro tiempo.

Ahora el peligro se llama Intel. Es una empresa como otra cualquiera, pero con un pequeño inconveniente que, a juicio de los responsables de su competidor, AMD, "perjudica la competencia y a los consumidores". El mantra de la competencia es una burda excusa de los artistas de la incompetencia, los estados, para intervenir en el mercado, impulsados por algunas empresas que no aceptan las reglas del juego. En nombre de la competencia deciden si el éxito de una compañía es un problema para la sociedad.

Con el tiempo se descubre que las predicciones monopolísticas de los gurús mediáticos y los eurócratas son totalmente infantiles. Lo vemos con el propio Microsoft. Debido a sistemas operativos como Linux o Mac y programas gratuitos como Google Docs y Open Office, así como navegadores como Firefox u Opera, el gigante de Redmond ve como su maldecido monopolio es amenazado hasta un grado preocupante.

El mercado es duro y premia la innovación y la adecuación a las preferencias de los consumidores. Por eso no hace falta ninguna legislación que ponga obstáculos a algunos corredores para que otros lleguen a la meta. Los únicos "abusones" suelen ser los estados, quienes determinan las condiciones de acceso a los mercados y, de esa forma, cierran el paso a muchas empresas. Aunque de esto no se suele hablar.

Si el objetivo es poner a Intel en su sitio y hacerle pagar por sus méritos, entonces la multa tendrá un claro efecto en los precios de los ordenadores porque la empresa norteamericana se verá obligada a subir sus precios y, por tanto, los fabricantes de ordenadores tendrán que hacer lo propio. Llegado el caso, los consumidores podremos demostrar nuestro agradecimiento a Neelie Kroes, guardiana de nuestra salud consumista.

Con mucha sorna, Wall Street Journal ha subrayado que si "Europa no puede ser un líder en tecnologías de la información, puede convertirse al menos en el regulador mundial de la industria. Si esto sucede, el mundo está destinado a ser menos competitivo e innovador, bueno, tal como Europa".

Las empresas pasan por malos tiempos cuando tienen que invertir más en abogados que en investigación y desarrollo, más en hacer lobby que en mejorar sus productos.

Sin duda, este es un claro ejemplo de cómo la ley se utiliza no para proteger los derechos de propiedad sino para conculcarlos en nombre del interés común…Y a esto le llaman competencia.

Manual del perfecto idiota

Hace más de una década que tres escritores latinoamericanos escribieron conjuntamente este manual al que alude el título de este comentario. Su repercusión fue grande al estar dirigido a sus conciudadanos americanos, pero podría perfectamente extenderse a todos nosotros (hay una edición posterior que abarcaba muy justamente también al idiota celtíbero).

El libro es una breve crítica en tono humorístico (a veces sarcástico) de aquellas ideologías que alimentan las mentes un tanto indolentes de topicazos izquierdistas, populistas, nacionalistas y demás supersticiones colectivistas, que persisten como si el comunismo no se hubiera desmoronado, como si todas las predicciones de Marx, del cepalismo, del sandinismo, del aprismo, de la teoría de la dependencia no hubieran chocado una y otra vez estrepitosamente contra la realidad y contra la teoría de la acción del hombre (praxeología).

El protagonista de este manual cree que quitando la riqueza a los ricos se conseguiría un mundo más justo, olvidando que las injusticias y distorsiones que crea el Estado al hacer de "nivelador" son mayores y mucho más graves que las que pretende resolver. Los resultados de dichas políticas llenas de "conciencia social" son siempre decepcionantes y fracasan en mayor o menor medida según el grado de intervención a que alcanza el poder sobre la sociedad civil. Son siempre tan predecibles…

El idiota es aquél que no ve que el problema es la propia estructura vampirizante del Estado y jamás desvanece en su esperanza de que el problema tan sólo se resolvería encontrando al político honesto, descubriendo al Robin Hood mesiánico al que espera sin desmayo. A veces cuando lo encuentra y el "mesías" acaba irremediablemente empobreciendo a la sociedad (y la gama abarca desde el fascismo de Perón al marxismo caribeño de Castro), la culpa es de sus enormes enemigos, nunca de las acciones del propio caudillo botarate.

Frente a la ausencia de instituciones sólidas, emerge la engañosa necesidad de un caudillo nacional. Ésta es una de las aportaciones políticas señeras del continente latinoamericano al mundo. Y también la desgracia del mismo. Ejemplos hay muchos: Vargas (Brasil), Velasco (Perú), Perón (Argentina), Arbenz (Guatemala), Torrijos (Panamá), Allende y luego Pinochet (Chile), Castro (Cuba) y un largo etcétera de caudillos que personifican o encarnan al Estado (hoy, Chávez, Evo, Correa…).

Se aterra el idiota sólo con pensar que la solución tal vez estaría en que el Estado se alejase de actividades que suele desempeñar mal y diera paso a la libre acción humana. Algo tan sencillo como eso no es visto por el querido protagonista descrito por los autores de este divertido manual. El problema, querido idiota, vienen a decirnos, no es el capital extranjero sino la falta del mismo.

Pero el ungido de utopías colectivistas o sociales no contrasta nunca sus ideas con los datos de la realidad. Sataniza a la empresa privada, a los flujos comerciales que vienen del primer mundo y, sobre todas las cosas, a los Estados Unidos, su juguete preferido. El país más próspero, vaya, es Chile, al ser el que menos se ha "latinoamericanizado" y el que más se ha internacionalizado y desregulado. Lo mismo vale para los pujantes tigres asiáticos (verdaderos contraejemplos de las fobias del idiota).

El idiota, por el contrario, cree sinceramente que la experiencia cubana es digna de admiración y que demasiado tiene con soportar y sobrevivir al vecino imperio (¿por qué las barreras a la libre circulación de personas son siempre para salir y nunca para entrar en el paraíso caribeño?). El idiota no lo ve así, piensa que la pobreza de Cuba es por el bloqueo decretado por los yanquis. ¿Acaso no se da cuenta que el bloqueo es sólo con Estados Unidos y que puede Cuba perfectamente comerciar con el resto del mundo mundial? Pero, qué contratiempo, la realidad nos dice que se comercia si se produce previamente para que se tenga algo que intercambiar…

América Latina no es un continente pobre, sino que lo han empobrecido políticas de toda laya del sempiterno Estado que interviene decididamente o ampara a empresas oligárquicas o clientelares que desconocen la competencia y el libre mercado; el único que les gusta es el mercado cautivo (su corral). El idiota es el que confunde el liberalismo con esa pantomima de capitalismo al que llama neoliberalismo.

El idiota cree en el activismo monetario como "dinamizador" de la economía y piensa que está obsoleto defender una moneda sana; sin importarle para nada su envilecimiento.

El manual también reserva un interesante capítulo a la teología de la liberación, por su falsa asimilación del socialismo con el cristianismo. Los teólogos de la "liberación" no quieren que la Iglesia tenga un mero papel de guía espiritual, sino que reclaman un papel (un poder) político en nombre de los pobres. Esta teocracia que santifica (o, al menos, justifica) la revolución en poco se diferenciaría de la de los fundamentalistas islámicos; tan sólo cambiarían de métodos y referencias bibliográficas.

Al final encontramos en este manual acertados comentarios de los diez libros más leídos en América Latina y que más han hecho por divulgar este tipo de supersticiones colectivistas que creen estar en la vanguardia social, cuando la verdad es que son retaguardia y de la peor. La guinda: las citas finales de personajes ilustres que difunden la idiotez. De Latinoamérica viene también un eficaz antídoto frente a esta batería de ilusiones ideológicas: el magnífico ensayo Del buen salvaje al buen revolucionario (1,2) del añorado Carlos Rangel del que este manual es deudor.

Esta progresía lanza furibundos ataques contra la masificación de los bienes, la apertura comercial, las innovaciones técnicas, la popularización del capitalismo, contra, en suma, el verdadero progreso. En cambio todo son parabienes con respecto a políticas igualitarias y humanitarias, a tutelas de la riqueza nacional y a las dádivas públicas, donde el más rico es siempre el gobierno.

En este cuento, me temo, el único que progresa es el idiota.

FG y CK

Lo único que ha evolucionado ha sido el tipo de sustancias administradas, que ahora permiten un mayor rendimiento sobre la bicicleta que el que permitía una simple dosis extra de cafeína.

El ciclismo profesional es una dura competición, hasta el límite de la resistencia humana, y si la mayoría aprovecha los avances médicos para ampliar esa frontera, los demás sólo pueden optar entre doparse también o quedar condenados a ganar dos o tres carreras de aficionados al año. Y con eso no se gana para vivir en exclusiva de este deporte.

La hipocresía de los medios de comunicación y de los dirigentes del ciclismo es, en este caso, proverbial. Cuando algún corredor da positivo en un control, lo crucifican por manchar el buen nombre del ciclismo, que, según nos cuentan, es ajeno a esas prácticas en su mayoría. Ya, ya. En realidad, como todo el mundo sabe, estos casos revelan únicamente la impericia de los servicios médicos del equipo al que pertenece el ciclista, incapaces de modular la administración del combinado dopante para que no aparezca en los análisis. Porque lo difícil no es adquirir este tipo de sustancias en el mercado más o menos negro, sino alcanzar el virtuosismo de proporcionarlas sin rebasar el límite de los reactivos de laboratorio que las detectan.

Lo más siniestro de todo este asunto es que el coqueteo con el doping comienza ya en las categorías tempranas, y, por supuesto, no sólo en el ciclismo. Cualquier deporte aeróbico que necesite el concurso de una gran fuerza y resistencia es candidato a que sus participantes intenten sacar ventaja ilegítima con estas sustancias. Yo he visto a deportistas de la categoría cadete con un maxilar inferior absolutamente desproporcionado, lo que indica que, además de los bocatas de morcilla de su mamá, los chavales se meten entre pecho y espalda más cositas. No sé si con el conocimiento paterno, lo que me parecería ya el colmo de la degeneración, pero lo que es evidente es que un chico de 14 años no tiene acceso a ciertos productos si no hay alguien dentro de ese mundo que se los facilite.

Y volvemos a lo mismo: si un grupo reducido de chavales prometedores empieza a jugar sucio, los demás tienen que seguir la estela para llegar algún día a profesionales, y en este juego cada cual arriesga lo que quiere, o lo que su organismo le permite.

Lo peor de todo es que no parece que la situación vaya a cambiar a corto plazo. Ya pueden sancionar a corredores de elite, despojarles de sus maillots de ganadores y expulsarlos de la competición: al año siguiente vuelve a ocurrir lo mismo.

La organización del Tour, por cierto, pulveriza continuamente todas las marcas de incongruencia. Por una parte hace firmar a los corredores un documento en el que acreditan estar limpios… y a continuación les pone a correr una carrera aún más dura que el año anterior. ¿Alguien cree de verdad que un ser humano, por más entrenado que esté, puede hacer una etapa de 200 kilómetros con cinco puertos rompepiernas y, veinticuatro horas después, otra de 250 en llano a una media de 40 km/h? ¿Saben ustedes lo que es rodar a esa velocidad durante cinco horas seguidas? Y eso después de dos semanas de esfuerzo brutal continuado, subiendo y bajando montañas.

No nos engañemos. Los ciclistas son aquí las víctimas. Sometidos a un estado de cosas que no han elegido, se ven obligados a participar en la estafa si quieren sobrevivir económicamente, a veces a costa de su propia vida.

Ninguna prohibición legal va a impedir que los más pillos se aprovechen de las ventajas de consumir este tipo de sustancias. Lo único sensato, por tanto, es abandonar la hipocresía de la limpieza de un deporte que es cualquier cosa menos limpio y dejar a cada cual que ejerza su responsabilidad individual metiéndose lo que estime oportuno. Los adalides de la honestidad deportiva se sentirán escandalizados, pero, amigos, el deporte de alta competición dejó hace mucho tiempo de ser una afición sana de gente amateur. Justo desde que se profesionalizó y empezó a mover ingentes montañas de dinero.

Esto ya no es deporte, sino espectáculo. Y como todos los espectáculos, tiene que ofrecer continuamente nuevos alicientes, para que el público siga acudiendo en masa a contemplar a sus héroes. Las prohibiciones y los fingimientos, como si todavía estuviéramos en los tiempos del Barón de Coubertin, sólo conducen a que las escenas bochornosas, como las del Tour de este año, se sigan repitiendo una y otra vez. La racionalidad se acabará imponiendo algún día, y si no, cada uno será responsable de lo que haga con su cuerpo. Lo demás es engañar a todos, empezando por el espectador.

El mercado libre es el único desarrollo sostenible posible

Según el popular informe Brundtland, de 1987, el desarrollo sostenible es el que "satisface las necesidades del presente sin comprometer las posibilidades de las generaciones del futuro de satisfacer las suyas". Suena muy bien, pero la misma definición es absurda, porque no quiere decir nada. El concepto de necesidad es completamente subjetivo, de modo que resulta imposible evaluar qué son las necesidades del presente y mucho menos aún las del futuro. Además, las necesidades humanas son infinitas, de modo que es imposible satisfacerlas, ni ahora ni en el futuro. Pero es que incluso el concepto de "comprometer" no pertenece a la lógica simple, de síes y noes. Todo compromete algo del futuro en cierto grado. ¿Dónde se pone el umbral?

Quizá haya sido esa indefinición lo que lo ha hecho popular. Cualquier político o comentarista puede mostrarle su adhesión sin que se le pueda echar nada en cara. Y los ecologistas pueden emplearlo para incluir en él sus mantras preferidos, sin que nadie pueda reprochárselo. La interpretación más dura del concepto implicaría la obligación de preservar los recursos naturales, usándolos sólo al mismo ritmo en que se regeneran, y eso sólo los que lo hacen. Como eso es impracticable y nadie les haría caso, han pasado a una concepción más suave, que admite el consumo de recursos sólo hasta el punto en que el bienestar humano no decaiga. Crecimiento cero, en suma, sería la traducción del concepto de "desarrollo sostenible". En palabras del informe Stern, "las generaciones futuras deberían tener derecho a un estándar de vida que no sea menor que el actual". Que no sea menor, ojo, no que sea mayor. De modo que, si todo consumo de recursos pone en riesgo el bienestar de los futuros habitantes del planeta, debe consumirse sólo lo necesario para quedarnos como estamos, para que éstos tengan un nivel de vida equivalente al nuestro. Los africanos, también. Y si son pobres, que se jodan. Que hubieran nacido antes de que se hiciera popular el ecologismo.

Otro problema es que ni siquiera esta última acepción tiene alguna lógica. Por ejemplo, en 1970 disponíamos de unas reservas conocidas de 1.170 millones de toneladas métricas de aluminio. Entre ese año y 1999 consumimos 430 millones. Un partidario del crecimiento cero nos diría inmediatamente: "¿Veis? Por vuestra culpa las generaciones futuras no dispondrán de suficiente aluminio para sus necesidades. ¡A la hoguera!" Sin embargo, lo cierto es que para 1999 las reservas conocidas de aluminio eran de unos 34.000 millones de toneladas métricas. ¿En qué hemos perjudicado, por tanto, a nuestros nietos? Como ven, si algo se puede decir del desarrollo sostenible es que no se sostiene por ningún lado. Y sí, ya sé que es un chiste fácil, no hace falta que me lo digan.

En realidad, la base sobre la que se asienta cualquier formulación de desarrollo sostenible es la costumbre, muy humana pero ridículamente errónea, de intentar adivinar el futuro viéndolo como una mera continuación de las tendencias del presente, sin considerar los posibles cambios radicales que con toda seguridad tendrán lugar. Es normal que hagamos eso, precisamente porque somos incapaces de predecir esas variaciones que se salen de lo acostumbrado. Pero nos lleva a conclusiones ridículas y arrogantes, como pretender saber qué necesidades tendrán los hombres del mañana y qué recursos necesitarán para satisfacerlas.

En realidad, lo único que podemos hacer por las generaciones del mañana es dejarlas en la mejor posición posible para que ellas mismas puedan seguir su propio camino. Y para cumplir con ese objetivo lo mejor es crecer a la mayor velocidad posible, pues toda nueva riqueza se crea a partir de la riqueza ya existente. De ese modo, nuestros nietos dispondrán de muchas más opciones que nosotros. Ese es el único desarrollo sostenible que, en realidad, responde con lógica a la definición del informe Brundtland, pues no requiere que se establezcan objetivamente necesidades subjetivas ni que se precise lo que se entiende por comprometer, pues es precisamente la satisfacción de las necesidades presentes la que deja en una posición inmejorable a las generaciones futuras para satisfacer las suyas. Y la única herramienta que nos puede permitir alcanzarlo es, como ha demostrado tanto la teoría como la historia, ese mercado libre que los teóricos ecologistas quieren suprimir.

Burócratas y Ryanair

Lo suyo es meterse con los curas, Aznar y Bush; en definitiva, chistes fáciles de y para izquierdistas contra quienes no van a hacer nada contra ellos. Habrá quien se alegre, por tanto, de que un juez les haya puesto freno. Yo no. Primero porque tengo principios que incluyen la defensa de la libertad de expresión, y segundo porque, si nos ponemos en plan utilitarista, esto ha dado nuevos bríos a una publicación que poco a poco iba declinando.

Y es que el secuestro el viernes pasado de esta revista, que llega a los quioscos los miércoles, ha puesto de manifiesto lo absurdas y contraproducentes que resultan algunas leyes con todo lo que han avanzado las telecomunicaciones y el uso que hacemos de ellas. En cuanto se supo que se había ordenado retirar todos los ejemplares de El Jueves, la gente se enteró por medio de la radio o Internet, lo contó a sus amigos con el móvil o el SMS y cuando llegaron los policías a los quioscos se encontraron con que, en muchos casos, ya no había nada que llevarse. La revista había sido "secuestrada" por la gente.

Poco después, empezaban a ofrecerse en eBay ejemplares a precios de entre 10 y 100 euros los que planean venderlos y hasta 2.500 los que terminarán quedándose con él. La portada era reproducida en decenas de blogs, incluyendo alguno que otro en inglés, lo que permitió que el caso saltara a la blogosfera internacional. La prensa de todo el mundo, incluyendo la de nuestras antípodas, dio cuenta del secuestro y, por tanto, de la causa que lo originó. Es decir, que de una revista cuya difusión según OJD supera por no mucho los 70.000 ejemplares hemos pasado a que prácticamente todo el mundo occidental haya sabido de la viñetita de marras.

Parece que ni Del Olmo ni Conde Pumpido saben en qué mundo vivimos, el salto que ha dado la comunicación y, sobre todo, las consecuencias en el modo que tenemos de relacionarnos entre nosotros. Claro que tampoco se han enterado de los cambios en la tecnología, sin más. Porque anda que no resultó ridícula la exigencia de Del Olmo de los moldes con que se imprimió la revista, cuando, como bien resaltó el dibujante de la viñeta ya famosa, hace ya lustros que eso no se usa. Claro que el juez no hacía sino obedecer el artículo 816 de la Ley de Enjuiciamiento Criminal, que a estas alturas resulta ya bastante anticuado.

No me entiendan mal. La ley está para cumplirla y aplicarla, que es precisamente la razón por la que es abominable vivir en un país con tantas normas, que nunca sabes si estás cumpliendo o no porque no las conoces. La ley que castiga los daños al prestigio de la Corona está también, por tanto, para hacerla cumplir. Ahora, parece claro que, en un mundo como el actual en que las consecuencias de intentar aplicar una ley son muchísimo más dañinas para el bien jurídico que dice defender ésta que mirar para otro lado, está claro que ha llegado el momento de derogarla.

Lo cierto es que conservo aún una duda. La incapacidad del juez Del Olmo ya ha quedado patente tras sus años con el sumario del 11-M. Pero si hay algo que no es Conde Pumpido es tonto, ni torpe. Me extraña mucho que hiciera esta petición sin que supiera lo que iba a ocurrir inmediatamente después.

La carga del desarrollo

El Gobierno socialista español gastó un 0,32 % del PIB en Ayuda Oficial al Desarrollo (AOD) en 2006 (descontada la cancelación de la deuda pendiente de 2005). La cifra llegará al 0,42 % este año, lo que significará que, en algo más de tres, los socialistas habrán gastado en este concepto tantos miles de millones de euros como los que gastó el gobierno del PP en dos legislaturas. No está mal. En esto Zapatero no defraudará a quienes le confiaron su voto, ya que, como parte del elenco intervencionista, la ayuda exterior goza de lugar preferente en el programa de cualquier partido político en Occidente. Incluso los republicanos de Bush se han gastado en ayuda internacional más dólares (ajenos) que el demócrata Clinton.

La primera pregunta, que difícilmente nos hacemos, es: ¿por qué hay que hacer tal cosa? La siguiente, soslayada la primera, es: ¿ha servido de algo el dinero gastado hasta ahora?

A Peter Bauer le parecía una auténtica jugarreta que se le llamará ayuda a semejantes transferencias de capital. Al fin y al cabo, ¿quién puede estar en contra de ayudar a los más desfavorecidos del mundo? La compasión y la primitiva letanía autoinculpatoria que ya esbozara Lenin en su famoso librito sobre el estadio supremo del capitalismo, esto es, el imperialismo, han servido de acicates para que Occidente haya gastado 2,3 trillones de dólares en ayuda exterior en 50 años. Una cantidad que, según sus defensores, nunca será suficiente, ya que a cada programa de ayuda siempre le sigue otro que invariablemente implica más presupuesto. Un ejemplo significativo a este respecto lo ofrece la presidencia de Robert McNamara en el Banco Mundial, cargo que ostentó desde 1968 hasta 1981. En esos 13 años logró que el volumen anual de los préstamos concedidos por el Banco se incrementara 12 veces, alcanzando la cifra de 12,3 billones de dólares para financiar apenas 300 proyectos. Cifras aparte, lo verdaderamente significativo es que el protagonismo en estos programas es para la cuantía de la ayuda y no, en líneas generales, para los resultados alcanzados en el uso de la misma. Resultados que, muy significativamente en el caso de África, se traducen en valiosas mejoras de la calidad de vida de ciertos grupos pero no en incrementos discernibles de los ratios de crecimiento, algo que ya señaló Fredrik Erixson del Timbro en un revelador artículo.

William Easterly apuntaba en The white man’s burden (2006) que las buenas intenciones que pretenden aliviar la pobreza desde arriba, es decir, mediante la planificación teledirigida por organismos internacionales, no sólo suelen terminar en un rotundo fracaso, en términos de crecimiento económico sostenido, como el señalado para Africa, sino que, además, pueden acarrear consecuencias trágicas no intencionadas. Frente a la planificación grandilocuente que practican los organismos internacionales desde las moquetas se debe propiciar la búsqueda "empresarial" en el terreno protagonizada por los que quieren solucionar sus propios problemas. Una búsqueda guiada por incentivos, por el "ensayo y el error", un feedback necesario con el que no suelen contar los burócratas del politburó del Desarrollo.

Y es que para Easterly, enzarzado con un duelo mucho más que académico con Jeffrey D. Sachs,

la ayuda externa nunca ha logrado escaparse de sus orígenes colectivistas. Las fantasías colectivistas contemporáneas, como el gran empujón para alcanzar los Objetivos de Desarrollo del Milenio, fracasarán con la misma contundencia con que lo hicieron las variedades del colectivismo en el pasado. En efecto, la misma ONU da cuenta del hecho de que ya están fracasando (creativamente ven esto como un motivo para solicitar incluso mayor financiación para el gran empujón).

El "Desarrollo" se ha convertido en una ideología, una amenaza a la libertad: la única respuesta a la reducción de la pobreza es tener libertad para no recibir consejos.

Ya que nuestros políticos están abonados a la filantropía vía presupuestos, deberíamos al menos exigirles resultados y no darles, con nuestro voto y nuestro silencio, un cheque en blanco con el que financiar esta nefasta ideología. Easterly utiliza un ejemplo que se puede traducir directamente a nuestras coordenadas cinematográficas: los productores españoles no pueden pretender que juzguemos sus películas por su presupuesto (que también pagamos, por cierto) sino por su calidad, que coincida con nuestros gustos. Es decir la ayuda no es buena por su cuantía, sino por sus resultados. Además, y aquí se rompe la analogía, quienes ven la película, en el caso de la ayuda, no son los mismos que pagan el ticket.