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Etiqueta: Comercio globalización y desarrollo

La cara oculta de El País: Ultra

Estefanía dice que Pinochet era ultraliberal para poder manchar moralmente al liberalismo las desapariciones en transitivo de centenares de chilenos, y los asesinatos; crímenes que se cuentan por tres millares. No nos hace falta hablar de socialismo y crímenes para dejar al periodista en su sitio. Dice que la libertad económica sólo se puede ensayar en una dictadura, porque en las democracias el pueblo tiene la capacidad de resistirse. En concreto ha escrito hoy que los Chicago boys "no pudieron experimentar con todo vigor en los países democráticos (por la resistencia de los ciudadanos, a través de los partidos políticos y de los sindicatos) lo ensayaron con éxito con Pinochet".

¿Es que la plena libertad de mercado no se ensayó en Alemania una vez se recuperó la democracia desde el socialismo? ¿Es que Nueva Zelanda estaba bajo una dictadura cuando realizó una de las reformas liberales más profundas, en los 80? ¿Es que tuvo que ir a Irlanda alguno de los dictadores adorados en su periódico, señor Estefanía, para liberalizar la economía irlandesa? Se acordará de que Pinochet convocó un referéndum, lo perdió (por poco) y abandonó el poder. Desde entonces Chile ha recuperado la democracia. ¿Han echado atrás los chilenos las reformas económicas de los 80? No, no lo han hecho.

Todo, para Estefanía es fruto de… ¿lo adivinan? Una conspiración chicaguense. Resulta que un grupo de economistas, en plena época de Allende, "convencidos de que (…) duraría poco, elaboraron un modelo económico para Chile, que Pinochet les compró después de bombardear el palacio de La Moneda". Sí. Después de que intentara llevar el ordeno y mando no sólo a la política sino a la economía, y de que fracasara miserablemente, como no podía ser de otra manera. Recaló en los Chicago Boys porque Chile estaba en una situación desesperada, le ofrecieron un plan y al régimen ya no le quedaba otro alternativo.

El deus ex machina de esta conspiranoia es Milton Friedman, que asesoró a Pinochet, pero "no ofreció sus teorías para apuntalar dictadura alguna como hizo John Maynard Keynes en el prólogo a la segunda edición alemana de la Teoría general", recuerda Manuel Jesús González. Fue a petición de Pinochet y lo único que le ofreció Friedman fueron consejos para hacer a los chilenos más libres, aunque fuera en la economía. Más elementos de la conspiración, según Estefanía: "Su libro Libertad de elegir (firmado a medias con su esposa, Rose) fue un best-seller en ese país". ¡Ajá! Editores, libreros y compradores de libros en una clara estrategia pinochetista.

Joaquín Estefanía pinta un cuadro fauvista con la paleta llena de tópicos cutreprogres. "El pueblo siempre pararía los retrógrados planes de la derechona económica", viene a ser el título del lienzo, que se queda en caricatura. Lo único que ocurrió en Chile, como en España en 1959, es que el dictador había intentado ejercer también en la economía y, al toparse con el fracaso y vislumbrar el descontento social, confía en los técnicos porque le ofrecen lo que parece un plan viable. Lo que ocurrió es que el plan funcionó y Chile salió de una crisis social enorme. Pero el liberal no era Pinochet, sino Friedman y los economistas que supieron conseguir lo inimaginable: ganar un espacio de libertad bajo una dictadura.

¿Multinacionales explotadoras?

Los movimientos anti-globalización acusan a las multinacionales de explotar a los trabajadores en los países pobres o en desarrollo y en buena medida las responsabilizan de los males que aquejan a esas naciones. Pese a la buena voluntad de muchos de sus integrantes, los movimientos anti-globalización o alter-globalización yerran en el grueso de sus críticas y hacen un flaco favor al progreso de los pueblos menos desarrollados cuando se oponen a la extensión y a la profundización del libre de comercio.

Lo primero que hay que entender es que la pobreza es el estado natural del hombre y que para salir de ella es preciso acumular capital, elevando así la productividad del trabajo. El trabajador francés o estadounidense es más productivo que el trabajador vietnamita no porque sea más trabajador o más inteligente, sino porque se sirve de multitud de bienes de capital (instalaciones e infraestructuras, equipamiento y tecnología, etc.) y tiene una formación más especializada. La productividad de los vietnamitas aumentará conforme vayan acumulando capital. Una mayor productividad resulta en una mayor producción, así como en la producción de bienes antes irrealizables, y de la mano de este fenómeno vienen las mejoras en las condiciones del trabajo, la reducción de la jornada laboral o la escolarización de los hijos. Los salarios altos, las buenas condiciones de trabajo, etc. son, por tanto, fruto del desarrollo. Sólo cuando una sociedad es lo suficientemente productiva puede permitirse tales cosas. De este modo no tiene sentido exigir el pago de salarios altos y el cumplimiento de estándares laborales occidentales en aquellos lugares donde la productividad es más baja. Ninguna multinacional va a trasladarse a China o a Vietnam para pagar a los trabajadores más de lo que producen, por mucho que los grupos anti-globalización insistan en que ése es el precio o el salario "justo".

La acumulación de capital es el antídoto contra la pobreza (lo cual presupone, naturalmente, un entorno institucional que no obstaculice este proceso). Así es como prosperó Europa durante la Revolución Industrial y, en tiempos más recientes, los llamados tigres asiáticos. La ventaja de los países en desarrollo contemporáneos es que pueden capitalizarlos desde fuera, no hace falta que creen ellos solos todo el capital como tuvo que hacer Europa durante la Revolución Industrial, produciendo y ahorrando "desde cero". Las empresas extranjeras, atraídas por los bajos salarios y las escasas regulaciones, pueden aportar el capital y acortar ese proceso, pueden acelerar la acumulación de capital y hacer que prosperen más deprisa de lo que prosperó Occidente en su momento.

Las multinacionales en los países pobres o en desarrollo, sobre todo las del sector textil, son acusadas de pagar salarios de miseria, ofrecer unas condiciones laborales pésimas o emplear mano de obra esclava. Lo cierto es, sin embargo, que los estudios realizados muestran que las multinacionales pagan salarios más elevados que las empresas autóctonas, a menudo mucho más elevados. También ofrecen mejores condiciones de trabajo y compensaciones no-monetarias. En un clarificador artículo publicado en The American Enterprise, el economista Jagdish Bhagwati destaca el estudio de Paul Glewwe sobre los ingresos de los trabajadores vietnamitas en 1997-98 en empresas autóctonas y en empresas extranjeras (estando la mitad de los trabajadores ubicados en el sector textil). El estudio revela que los trabajadores empleados en las empresas extranjeras y en las joint ventures obtienen casi el doble de ingresos que el empleado medio de una empresa vietnamita. Estudios de este tipo se han llevado a cabo en Bangladesh, Mexico, Shanghai, Indonesia y otros lugares, llegando a conclusiones similares.

Algunos detractores admiten que las multinacionales pagan salarios más altos, pero apuntan que la explotación se da en las empresas subcontratadas, concentrando su crítica en la industria textil. Benjamin Powell y David Skarbek, en un estudio que abarca a 10 países en desarrollo, han comparado los salarios pagados en la industria textil (donde supuestamente tiene lugar esta explotación) con el ingreso per cápita nacional, concluyendo que en 9 de los 10 países dicho salario excede el ingreso per cápita. En la República Dominicana, Haití, Honduras y Nicaragua los salarios de la industria textil son entre tres y siete veces superiores al ingreso per cápita nacional. Powell y Skarbek han estudiado también 43 casos de compañías particulares y sus empresas subcontratadas que han sido acusadas por los activistas, encontrando que la inmensa mayoría paga el salario medio del país o un salario superior (y que en cualquier caso 41 de ellas pagan más de un dólar al día y la mayoría pagan más de dos dólares al día, las cantidades consideradas como umbral de la pobreza). Ello sin tener en cuenta las compensaciones no-monetarias (los empleados de Nike en Indonesia, por ejemplo, reciben asistencia médica y comida además del salario).

El hecho de que las multinacionales paguen salarios más elevados (y ofrezcan mejores condiciones laborales, etc.) no es sino el corolario inexorable de la competencia entre empresarios y el aumento de la productividad. Las multinacionales que llegan deben ofrecer mejores salarios y condiciones laborales para captar a los trabajadores, de lo contrario estos permanecerían donde estaban. Al mismo tiempo, el aumento de la productividad es el que permite que haya un margen para elevar los salarios y mejorar las condiciones de trabajo. En China los salarios están aumentando un 14% al año, pero eso solo sucede porque la productividad aumenta un 20%, consecuencia de abrazar la globalización y empezar a acumular capital.

El caso a favor de la globalización y la capitalización desde fuera, a través del desembarco de multinacionales y capital foráneo, es evidente. Pero lo dicho tampoco debería llevarnos a desestimar cualquier acusación lanzada contra una multinacional, pues no olvidemos que vivimos en un mundo plagado de intervenciones estatales y no es extraño que haya empresas que busquen cobijo en ellas para lucrarse a costa de los demás.

La caridad de ZP se basa en el robo

El segundo desastre está relacionado con el reciente viaje del presidente del Gobierno, Rodríguez Zapatero, a Senegal. El presidente se ha horrorizado tanto –en un estudiado acto populista– que ha prometido más ayudas para el país africano.

Evidentemente este gesto será visto por muchos como un acto de solidaridad, pero no es así, ese es problema de ver las cosas en su mera superficialidad sin atender a las consecuencias lógicas. El Estado siempre es improductivo, por tanto, su fuente de financiación ha de ser la fuerza. Nos arrebata nuestro dinero y producción sin nuestro consentimiento para quedárselo él y, además, sin garantías de que repercuta en nosotros. Recuerde la definición de impuesto: "cantidad dineraria establecida por el Gobierno y pagada por individuos e instituciones a un organismo público sin contraprestación". Usted paga por el miedo a las represalias gubernamentales; con suerte, quizá le devuelvan algo. Como ve no es un acto de amor ni solidaridad, sino de miedo por el uso de la fuerza.

Que Zapatero nos haga más difícil aún llegar a final de mes para transferir nuestra producción y dinero a países africanos no tiene nada de loable, sino de mezquino. Además, el presidente ha desplegado la típica verborrea política para crear el sentimiento de grupo: "Senegal será objetivo prioritario de la ayuda por parte de España". No se deje engañar, esta decisión no la ha tomado España, sino un político en un calentón pancartista, y el presidente del Gobierno de España, triste es tener que recordarlo, está para servir a las personas que viven en España, no en Senegal ni en cualquier otro país.

Pero la hipocresía de ZP va más allá. Realmente sí que podría hacer algo para mejorar la situación senegalesa eliminando todas las barreras comerciales con el país africano, y cualquier otro, y eliminando también las subvenciones a la agricultura española para que los países africanos puedan empezar a competir con nosotros y ganarse un merecido nicho de mercado para el que son más aptos, pues nosotros estamos en otro escenario o fase económica. El trabajo duro bajo un sistema de libertad capitalista, y no la mendicidad a punta de pistola, es lo que hace a los países ricos y prósperos. Miren Hong Kong, Estados Unidos, Japón o Nueva Zelanda, países que en el S. XIX eran tan profundamente pobres como África; el capitalismo los transformó en los más ricos y prósperos del planeta.

Además, ¿realmente cree que el dinero de las transferencias de gobierno a gobierno tiene como destinatario la población civil? Este dinero sólo sirve para enriquecer a la oligarquía política de los países destinatarios y es usado para todo menos para socorrer a la población civil.

Resultado de la política zapateril: menos dinero en nuestros bolsillos (o más horas de trabajo para ganar lo mismo), regulaciones estatales españolas intactas que matan a la población civil africana y burócratas africanos más ricos y dotados de ejércitos mejor armados. Señor Zapatero, no se preocupe por el trabajo adicional de Solbes sino por los 44 millones de españoles que van a tener más difícil llegar a final de mes gracias a su "solidaridad".

Estonia y Adam Smith

Quizá no la haya nunca, pero sí hay ciertas cosas que parecemos saber. Nos las ha señalado, entre otras experiencias de éxito, la del pequeño país báltico de Estonia. Recientemente ha aprobado su adhesión a la Constitución Europea, sin duda una mala noticia. Mala, porque lo que le ha otorgado un éxito con pocos precedentes es exactamente lo contrario de lo que pretende el infumable texto de Giscard d’Estaing: una apuesta decidida y sin compromisos por la libertad económica.

El índice de la Heritage Foundation, que la mide, coloca a Estonia como el séptimo país que más libertad permite a sus ciudadanos. En 1992 eliminó los aranceles y prácticamente todas las barreras no arancelarias al comercio. Su primer ministro entonces, Mart Laar, abrazó el comercio como la vía a la prosperidad, y ha rechazado expresamente las ayudas al desarrollo. Sus empresas se han hecho más efectivas para poder competir en un mundo abierto, y ellas han convertido a la Estonia en una economía moderna y competitiva.

Dos años más tarde se introdujo un sistema fiscal con un tipo marginal único que se mantiene en el 26 por ciento (en Georgia es del 12); es fácil y barato de cumplimentar y recaudar; evita el fraude y es lo suficientemente moderado como para no desincentivar en exceso el trabajo, el ahorro y la producción. Además se ha recortado el gasto público y llevado a cabo un ambicioso programa de privatizaciones, que deja en manos privadas el 70 por ciento del PIB.

No podemos dejar a un lado el esfuerzo de Mart Laar por hacer funcionar lo más parecido a un reloj el sistema judicial, ya que a su juicio "no puede haber economía de mercado ni democracia sin leyes, derechos de propiedad claros y un sistema judicial que funcione". El resultado es una de las sociedades más progresivas y libres del mundo; espero que la UE no le atenace.

Los cárteles

Neelie Kroes, la comisaria europea de Competencia, ha declarado que los cárteles tienen un impacto negativo en la economía y aseguró que provocan como resultado el aumento de los precios. La ocasión ha sido el anuncio de la segunda multa más alta de la historia, 519 millones de euros, impuesta por la Comisión Europea en materia de Competencia. Se trata de una sanción a cinco empresas dedicadas a la producción del caucho sintético por formar un cártel entre 1996 y 2002 cuyo objetivo, según considera demostrado la Comisión, era pactar los precios.

El episodio no puede sino traer a la memoria el origen de las políticas antitrust. A finales del siglo XIX un furibundo detractor de las uniones y los acuerdos entre empresas lideró una campaña para aprobar una ley que regulara la competencia. Este enemigo de los cárteles y los trusts era un tal John Serman, senador por Ohio. Su principal argumento para establecer leyes que intervinieran en los libres acuerdos entre productores en el mercado era el mismo que el de Neelie: los cárteles buscan elevar los precios. Sin embargo, por más que John Sherman repitió este argumento, la realidad se empeñó en no darle la razón. En aquellos mercados donde se producían acuerdos empresariales de integración vertical u horizontal el resultado fue que la producción creció un 175% de media en diez años mientras que en el resto de los sectores lo hizo un 24%. De ahí que los precios le dieran sistemáticamente la espalda a las palabrerías de Sherman.

Desconozco si los precios del caucho le dan la razón a Neelie Kroes o no, pero debo reconocer que el dato no me resulta particularmente importante. Y es que las empresas deberían de tener todo el derecho del mundo a establecer los acuerdos empresariales que estimen oportuno sin que una Neelie Kroes o un John Sherman les impongan sanciones. Habitualmente este tipo de acuerdos suele consistir en gestionar los factores de las distintas empresas para reducir los costes de producción. Pero aun si los acuerdos tuviesen como finalidad elevar los precios no queda claro cuál es la legitimidad del Estado para multarles. Toda empresa y todo individuo pueden decidir no vender por debajo de un precio. Eso sí, con esta decisión perderá parte de su clientela. ¿Por qué debería tratarse de otra forma la renuncia a vender por debajo de un precio por parte de varias empresas si son legítimos dueños de lo que ofrecen? Lo importante en estos casos es observar si existe libertad de entrada y salida en ese mercado. Siempre que la haya, los acuerdos no pueden maltratar injustificadamente al consumidor sin que se fomente la aparición de competidor que traten de aprovechar el campo abandonado por las antiguas empresas que habrán quedado especialmente desprestigiadas ante su clientela.

El origen de los organismos de defensa de la competencia en Europa está relacionado con los cárteles auspiciados por los poderes públicos de los distintos países de la Comunidad Europea mediante licencias y tratos de favor a determinadas empresas. Ningún país veía con buenos ojos a los privilegiados cárteles de los países vecinos. Sin embargo, una cosa es luchar contra los privilegios que impiden la libre entrada y salida en el mercado y otra bien distinta es imponer multas por colusión.

Las sanciones sólo sirven para alimentar los deseos de intervención por parte de políticos con ansias de ascender en el escalafón estatal a base de multas record. Por otro lado, es significativo que ese dinero nunca se emplea en compensar a los consumidores que supuestamente "pagaron de más". El estudio de la correspondencia de Sherman ha demostrado recientemente que el senador nunca estuvo en contacto con los consumidores supuestamente afectados mientras que mantuvo un gran tráfico epistolar con las pequeñas e ineficientes empresas de la competencia. ¿Estará ocurriendo lo mismo con los modernos organismos de defensa de la competencia o simplemente no saben distinguir entre la defensa del mercado libre y el establecimiento de la estructura que a ellos les gustaría que existiese?

La 2 quiere que siga habiendo pobres

Le ha dado el altavoz más grande que tenía a mano a una colección de trogloditas dispuestos a cargarse las bases de la civilización occidental, decididos a impedir que avancemos hacia una sociedad en la que la libertad del individuo traiga prosperidad para todos. Menuda selección: Carlos Taibo, Manu Chao, José Bové, Susan George, Vittorio Agnoleto, Ignacio Ramonet, María José Fariñas, Federico Mayor Zaragoza, Ramón Fernández Durán, Giovanni Sartori o Jeremy Rifkin son algunos de los más destacados.

El programa está concebido como una lluvia de meteoritos que al caer sobre la mente del espectador lanzan el sencillo mensaje: el neoliberalismo y la globalización matan.

El primer tema fue la pobreza. Carlos Taibo cuenta que "no podemos permitir que la gente se muera de hambre en muchas partes del planeta por razones relacionadas con el egoísmo". Para Taibo ese egoísmo no es otro que las reglas del sistema liberal. Después, José Bové, el quemador de hamburgueserías (se rumorea que ha sido contratado por Elena Salgado para trabajar en Burger King), nos cuenta eso de que el 80% de la riqueza está en manos del 20% de la población. Estos dos lumbreras no se han planteado que a lo mejor resulta que la riqueza se produce allí donde existen relaciones libres, mientras que en los países en los que al ser humano no se le permite perseguir los fines que considera más urgentes, debido al intervencionismo social que ellos defienden, es imposible prosperar. La riqueza no está dada sino que se crea. Pero ellos siguen empeñados en hablar de ella como si de un pastel se tratara. Estos autoproclamados defensores de los pobres son en realidad defensores de la pobreza y del gran poder político, siempre que esté en sus manos, claro. Entre sus adoradas infamias se encuentra la vergonzosa política agraria de la Unión Europea, que impide a los habitantes de muchos países pobres salir adelante gracias al comercio libre. Y no ven la contradicción.

A partir de este punto se suceden las consignas. "El neoliberalismo construye gigantescos muros para detener la inmigración". Resulta curioso observar que los sistemas que defienden estos fanáticos liberticidas construían y siguen construyendo enormes muros para evitar que la gente pueda salir de sus países-cárcel. El hambre que sus políticas económicas ha regado por el mundo impulsa a millones de individuos a alcanzar países con mayores cotas de libertad. Sí, ante esta situación, algunos países erigen grandes barreras a la inmigración. Pero suelen ser precisamente los menos liberales y los más influidos por los lobbys sindicales.

La globalización se resume como un proceso injusto que expolia lo mejor de los países pobres y deja allí lo peor de nuestra sociedad. No entienden que la globalización sólo otorga oportunidades y que cada cual decide si las toma o las deja. Los intercambios se producen cuando todas las partes que intervienen salen beneficiadas. Por eso, la historia de la globalización, de ese proceso que multiplica las posibilidades de intercambio, es la historia del mayor incremento de la calidad de vida jamás experimentado sobre la tierra para aquellos que han participado en él.

Taibo participa en esta fase de la operación propagandística advirtiendo que si uno piensa que la deslocalización tiene un efecto positivo para los países pobres a los que se trasladan las empresas, no están viendo la realidad tal como un taibanés la debería ver. Donde la gente sensata y realista ve un beneficio para el país pobre, un taibanés ve un "designio descarnado de acumular más beneficios". A esta gente no hay quien la entienda. Dicen que las empresas que se van no crean riqueza en el lugar en el que se instalan pero montan grandes manifestaciones cada vez que una quiere irse de aquí. Por cierto, ¿dónde estaban estos especimenes cuando las multinacionales dejaban sus países de origen para instalarse en España?

Giovanni Sartori intentó convencer al telespectador de que China representa la catástrofe para Europa y que el modelo americano no funciona. Así que, ¡seamos felices en el Estado del Malestar! En cambio, Vittorio Agnoleto, del Foro Social, es algo menos sutil y anima a todos los televidentes a organizarse contra el capitalismo y las multinacionales.

Y son éstas, las multinacionales y las grandes empresas en general, las culpables de casi todos los males del planeta. A juzgar por los ataques de Ramonet a WalMart, ésta debe ser la peor de todas. ¿Será porque la cadena de supermercados ha incrementado sustancialmente el nivel de vida de millones de familias de clase media y baja en los Estados Unidos? A este hombre eso de que el mercado mejore las condiciones de vida de forma tan clara no le gusta. Lo que seguro que le gustaría sería verse en el cargo de superintendente general de miles de comedores obligatorios que, como ocurre con la sanidad pública, costarían un ojo de la cara y a cambio recibiríamos una comida de vergüenza. Mientras esta pesadilla no se haga realidad disfrutemos de los precios "siempre bajos" de las grandes cadenas de distribución como WalMart.

Lo cierto es que como reza el lema del programa, otro mundo es posible. Y es que no hay necesidad de avanzar por la senda totalitaria que se vislumbra en las recomendaciones de los expertos antiglobalización. Otro mundo es posible en el que los individuos sean libres y responsables de sus acciones. Un mundo donde el proceso de cooperación social del mercado libre promueva la prosperidad global, donde el único uso legal de la fuerza sea el defensivo y donde la justicia no sea un juego en mano bandas políticas sino un sistema que gire en torno al respeto de la propiedad privada y la vida de las personas. Ese mundo es posible y saludable, pero no lo anuncian en la televisión pública española.

Botswana, o el buen gobierno

Muchas de las explicaciones tradicionales (es decir, socialistas) sobre la pobreza en África, como basarla en la difícil herencia de la época colonial, han argüido motivos que hubieran explicado igualmente la pobreza en Asia. Desgraciadamente, el éxito de los tigres asiáticos primero y de China e India actualmente no ha llevado a muchos de sus defensores, entre los que se cuentan naturalmente los manifestantes antiglobalización y sus portavoces mediáticos, como TVE, a modificar sus posiciones. Así pues, aún contando con que los de siempre seguirán en su mundo feliz en el que los males del mundo se explican por las maldades del imperialismo yanqui y el capitalismo "salvaje", quería aportar otro contraejemplo: Botswana.

Este país sudafricano ha sido un ejemplo para toda África, ejemplo que las demás naciones del continente no han dudado en no seguir. Ocupa el puesto 31 en la clasificación de países más libres económicamente que edita la Heritage Foundation (justo por delante de España, y empatado con Noruega y Portugal) o el 35 en la del Fraser Institute (página 17), lo que lo convierte en el más libre del África subsahariana. Es un país pequeño en el que la mayor parte del territorio es desértico y que no cuenta con salida al mar, dependiendo de sus vecinos para efectuar muchas de sus exportaciones. Desde su independencia en 1966 ha conservado su sistema multipartidista de gobierno y, sobre todo, su respeto por instituciones como la propiedad privada y el Estado de Derecho. Durante los treinta años que siguieron a esa fecha, Botswana estuvo entre los países de más rápido crecimiento, un 7,7% anual de media.

Aunque los liberales tendamos a criticar principalmente la intromisión del Estado en la esfera de actividad individual y el tamaño elefantiásico que ha llegado a tener, lo cierto es que no es sólo eso lo que cuenta a la hora de impedir la prosperidad de un país. La calidad del gobierno puede ser un factor tanto o más importante, en algunos casos. Un buen gobierno busca la prosperidad de su gobernados creando un marco estable en el que las personas de a pie puedan buscarse la vida y prosperar. En África, la escasez de calidad es un problema que se extiende mucho más allá de tiranos conocidos como Mugabe. Muchos de los gobiernos son depredadores; sus ocupantes no tienen ninguna preocupación por sus gobernados y se dedican a robar y rapiñar mientras permanecen en el poder. A más bajo nivel, los súbditos encuentran en la corrupción policial un obstáculo casi insalvable para prosperar. Un ejemplo clásico son los "controles" en las carreteras, en los que los uniformados intentan buscar cualquier excusa para acusar a los viajeros, incluyendo a los transportes de mercancías, de violar la ley y poder cobrarles su parte.

Botswana supone un ejemplo de lo que debe hacer un gobierno si desea que su país prospere. No se gastaban el dinero que no tienen, y el que pudieron obtener, principalmente a través de la minería del diamante, no lo gastaron en costosas y superfluas suntuosidades sino en infraestructuras, sanidad y educación, evitando el riesgo de depender en exceso de ese recurso natural. Aprovecharon las costumbres y estructuras tribales tradicionales para crear un marco en el que se respetara la propiedad. Ha recibido relativamente poca ayuda exterior, incluyendo en esto al FMI y el Banco Mundial, de los que no depende como otras naciones. Y ha dado la bienvenida al capital extranjero, eliminando trabas y creando un ambiente favorable para la inversión.

El ejemplo de Botswana pone de relieve un hecho importante. Pese a que el proteccionismo europeo y estadounidense en materia agraria suponga de hecho un freno al desarrollo africano, el libre comercio no es suficiente para el desarrollo de un país. Lo más importante es siempre la política económica interna. El camino para África es abandonar coartadas como las políticas agrícolas occidentales o la "herencia del colonialismo" y asumir que si se hace lo adecuado, cualquier país africano puede prosperar. Los habitantes de estos países son tan capaces como cualquiera de actuar en el mercado libre con provecho para ellos y sus conciudadanos. Pero para que puedan hacerlo, los gobiernos fallidos de la zona deben dejar de impedírselo. Botswana es el ejemplo en que deberían basarse muchos de ellos.

Pobreza a todo gas

Sin embargo, al observar las propuestas concretas de los manifestantes podemos darnos cuenta de que en realidad la campaña por la "Pobreza Cero" tiene más que ver con el deliberado enriquecimiento de las oligarquías dictatoriales y las burocracias internacionales que con permitir el progreso y desarrollo de los africanos.

Las tres propuestas estrella para finiquitar la miseria del mundo son el incremento de la ayuda externa, la cancelación de la deuda y la regulación del comercio internacional. Si nos fijamos, en todas ellas adquiere un papel preponderante el Estado y el dirigismo económico; en ninguna se defiende el incremento de la libertad de los individuos para gestionar sus vidas y propiedades.

Muy al contrario, el remedio pasa siempre por que el Estado regule, controle y redistribuya mucho más que ahora. Queda claro que el altermundismo, junto con el ecologismo, ha sido una de las válvulas de escape del socialismo tras la caída del Muro. Si antes la excusa totalizadora era la liberación de los trabajadores, hoy pasa por la redención del pobre africano y la conservación del chinche verde.

La ayuda externa no es más que un invento para sablear con más contumacia a las clases medias de Occidente y volver a colonizar África, a través del pasteleo entre sus tiranos y los funcionarios de la ONU. La causa de la pobreza no puede encontrarse en la falta de riqueza, por cuanto la pobreza es esta falta de riqueza. Si la mayoría de los africanos son incapaces de prosperar debemos buscar la explicación, más bien, en la represión contra la propiedad privada que practican sus gobiernos.

Si obviamos que el ahorro, el crédito, la inversión, el capital y la función empresarial son imposibles allí donde no se respeta la liberad y la propiedad privada, inundar de ayuda externa a los africanos sólo parcheará los síntomas en lugar de remediar la enfermedad. De hecho, en tanto la ayuda externa conceda más poder y medios a los dictadores, agravará el proceso de pauperización y corrupción masiva del Tercer Mundo.

La cancelación de la deuda, por su parte, está basada en una idea bastante acertada: los individuos no pueden ser compelidos a saldar los compromisos crediticios que sus gobernantes les han impuesto sin su consentimiento. Sin embargo, uno no puede dejar de preguntarse de qué servirá sacar de la resaca a un beodo cuando está empecinado en seguir bebiendo cuando se recupere.

Las mismas burocracias que aumentaron hace décadas los montantes de deuda actuales subsisten, mutatis mutandis, hoy en día. Perdonarles la deuda sólo conseguirá que obtengan mayores facilidades de crédito, para que vuelvan a gastar en incrementar su pompa y, probablemente, su poderío militar.

El primer paso que hay que dar con respecto a la deuda externa es lograr que los propios tiranos la paguen total o parcialmente con cargo a sus fortunas personales. Cancelar la deuda supondría convalidar una situación de hecho inaceptable: el latrocinio de la clase política africana, sin lograr que ésta abandone el poder y deje de coaccionar a sus ciudadanos.

En todo caso, alegar que la deuda externa genera la pobreza en África supone confundir las consecuencias con las causas. Los africanos no pueden devolver hoy su deuda porque son pobres: no son pobres porque no puedan devolverla. Si la creación de riqueza no estuviera perseguida en el Tercer Mundo, el afluyente capital occidental generaría réditos suficientes para devolverla.

Por último, la regulación del comercio internacional (o, como suelen decir los movimientos antiglobalizacion: la transición desde un comercio libre a un comercio justo) consiste en una amalgama de propuestas de impronta mayoritariamente socialista. Por un lado se defiende la reducción o eliminación de los aranceles occidentales al Tercer Mundo, lo que sin duda permitiría unas mayores exportaciones africanas en aquellos sectores (como el alimenticio o los intensivos en trabajo) donde tienen ventajas comparativas; pero por otro se adopta una posición critica con respecto a la eliminación de los aranceles que los países africanos imponen a los productos occidentales. Parece que el altermundismo cree posible desarrollar la industria africana a través de la protección comercial.

Ahora bien, dentro de este esquema puramente neomercantilista (favorecer las exportaciones y restringir las importaciones para enriquecernos con el mayor numerario) destaca la propuesta de establecer la Tasa Tobin sobre los movimientos internacionales de capital, en concreto sobre los intercambios de divisas.

La enorme magnitud de este mercado (baste decir que los bancos suelen conformarse con unas rentabilidades del 0’0001%) dotaría de un enorme poder recaudatorio a la Tasa Tobin, que transferiría riqueza desde los sectores económicos a los políticos. Este incremento del dirigismo redundaría en una expansión de las burocracias y de la reglamentación del libre mercado. Los capitalistas occidentales que quieren invertir en África verán minorado su capital cuando paguen salarios o compren mercancías en la divisa local; esto es, el atractivo de la inversión extranjera se reduce con la tasa Tobin. Justamente lo contrario de lo que necesita África.

Por si fuera poco, la tasa Tobin es un impuesto regresivo que perjudica especialmente a los africanos. Si un europeo compra un ordenador japonés y paga en euros, al japonés le basta con comprar yenes con los euros obtenidos. En cambio, si un europeo compra tomates a un ghanés y le paga en euros, éste tendrá que comprar dólares con los euros y nuevos cedis con los dólares. Dada la debilidad de los nuevos cedis y las demás monedas africanas en los mercados de divisas, sólo se venden a cambio de dólares. Por tanto, el agricultor ghanés pagará dos veces la Tasa Tobin, debido a que hará un mayor número de transacciones que el japonés.

Sólo hay un camino para terminar con la pobreza, y es el capitalismo. Decenas de millones de asiáticos lo comprobaron durante los últimos 30 años, mientras África sólo se hundía más y más en la miseria del socialismo.

Si el colectivo Pobreza Cero quiere terminar realmente con esta lacra mejor sería que brindara por el libre mercado, en lugar de arremeter contra él en sus congregaciones. Mientras tanto, sus prescripciones colonialistas y paternalistas sólo servirán para perpetuar, extender y profundizar la miseria de los africanos, agasajar a sus tiranos y aumentar las redes de corrupción de la ONU. O dicho de un modo que a buen seguro entenderán: con su discurso "los ricos se vuelven más ricos y los pobres más pobres".

Macropremio a los microcréditos

La capacidad de ser empresario (empresarialidad) es una característica de todos nosotros, que tenemos más o menos desarrollada y de la que sacamos mayor o menor partido. No consiste ni siquiera en poner en marcha una empresa, sino en estar alerta ante las posibilidades de mejorar tu situación, de sacar un beneficio (que no tiene porqué ser monetario). Por ejemplo, hacemos uso de nuestra empresarialidad cuando nos cambiamos de un empleo a otro. Es cierto, nos movemos entre nubes de incertidumbre, pero nos hacemos una idea de cómo puede ser nuestro futuro si seguimos un camino u otro, y tomamos el que pensamos que más nos va a beneficiar. Somos, en fin, empresarios.

Si es una capacidad que tenemos todos, si es parte de nuestra forma de actuar, ¿No estará al alcance de quien no tiene prácticamente nada, aparte de a sí mismo? Peter Bauer, que estudió in situ la industria del caucho en Malasia y la del cacao y el cacahuete en el África Occidental, vio que había numerosos pequeños empresarios en el tercer mundo, que con poco capital eran capaces de seguir las señales que envía el mercado (los precios), hacer una gestión racional de los recursos, y crear riqueza. Hernando de Soto ha mostrado en sus libros que si el sistema legal diera cobertura a los activos de los más pobres, si eliminara las barreras a su empresarialidad, tendrían mucho que aportar, enriqueciéndose a sí mismos y de paso a los demás.

Yunus ha seguido el mismo camino que Bauer y De Soto, pero en la práctica. Su país, Bangladesh, no es un ejemplo de definición y protección legal de la propiedad. Pero él ha dado con una fórmula para suplir esa carencia institucional, aprovechándose de las solidaridades interpersonales. Quienes soliciten los créditos han de hacerlo en grupos de cinco, de tal modo que cuando uno de ellos falle, sean los otros cuatro quienes se hagan responsables de la deuda. El resultado es que apenas un dos por ciento de los créditos quedan sin pagar.

Con lo que reciben, los deudores hacen de sus casas un lugar más habitable, o ponen en marcha negocios, empresas, que les permite entrar en la red de división del trabajo con gran provecho para ellos y la sociedad en la que viven. Yunus quiere superar la idea de que hay que dar ayudas a los más pobres. Hay que darles los medios para que se valgan por sí mismos. Y lo hacen.

El ejemplo del banco de Mohammad Yunus, Grameen, ha sido tan exitoso, que otros empresarios han querido sacar también beneficio de la capacidad de los pobres de crear riqueza. Es el caso de Spandana, en la India, que emplea a 2.000 personas y una cartera de clientes de 800.000 pobres. Los buenos deudores, que cumplen con sus obligaciones, ganan crédito ante el banco y pueden acceder a cantidades mayores. Una de las ventajas del microcrédito es que permite descubrir a nuevos empresarios donde más necesarios son. Los pobres pueden acabar con su situación.

Windows “State” Vista

Pese a que la versión final deberá ser completada el 25 de octubre, según las fechas a las que se ha obligado el gigante de Redmond, la semana pasada Microsoft ha accedido a hacer algunos cambios para complacer a la Unión Europea o, para ser más exactos, a las compañías de software que se han quejado a la Unión Europea.

Es un hecho frecuentemente olvidado que, pese a la retórica sobre la defensa de los consumidores con que se suelen defender, las leyes de regulación de la competencia nacieron históricamente debido a la presión que empresarios poco eficientes ejercieron sobre políticos como el estadounidense John Sherman. Algo parecido sucede aquí. Empresas creadoras de software como Adobe, McAfee y Symantec han protestado por diversas tecnologías que Microsoft planea incorporar tanto a Vista como al próximo Office porque les dificultan la vida. Adobe, principalmente, porque el próximo Office permitirá guardar los documentos como PDF directamente, algo que los usuarios agradecerán. Pues no, al final Office no incorporará esa capacidad gracias a la labor de cabildeo en Bruselas. Sin duda, los usuarios estarán enormemente agradecidos a la Comisión de que les haya librado de esa característica tan molesta.

Lo de las empresas de antivirus es aún más escandaloso. Vista incorporará en sus versiones de 64 bits (que previsiblemente no vayan a ser las más vendidas ni mucho menos) una tecnología llamada Patch Guard, cuya misión es impedir que nadie, absolutamente nadie, Microsoft incluida, pueda cambiar el núcleo del sistema operativo mientras éste está funcionando. No creo que haya nadie con mínimos conocimientos de seguridad que piense que es algo perjudicial. Pero perjudica, parece ser, al negocio de estas empresas, de modo que tendrán que diluir esta mejora incorporando sistemas para que las aplicaciones de estas compañías puedan acceder al núcleo; esas empresas y cualquier otro con peores intenciones, claro.

En cuanto al sistema operativo en sí, he estado probando la última versión previa a la final. Lo cierto es que no me han funcionado demasiadas cosas; el Live Messenger de la propia Microsoft se cerraba cada dos por tres y ni siquiera funcionaba el instalador de Flash para Firefox, lo que le hace a uno dudar de la calidad de la versión final, demasiado cercana en el tiempo a ésta. Me ha parecido un sistema más cómodo que XP y mucho más espectacular visualmente, aún sin llegar a los extremos de Mac OS X o Linux empleando XGL/Compiz. Reconoció él sólo todo mi hardware y la configuración de red, lo que hizo mucho más cómoda la instalación comparada con la de XP. Quizá la mayor mejora de productividad sea la inclusión de buscador en prácticamente todos los sitios donde quepa imaginarse uno. Pero quizá sea mejor esperar a la versión final para hacer un juicio completo.

Muchos auguran el fracaso de este nuevo lanzamiento, que ha provocado el escepticismo en buena parte de su clientela natural. Puede ser, aunque también es cierto que con Windows XP sucedió lo mismo y ahora está instalado en la mayoría de los ordenadores personales de los escépticos de entonces, yo incluido. Lo cierto es que se dan algunos cambios con respecto a 2001. Primero, la importancia del sistema operativo es menor que entonces, debido a que casi todo lo hacemos en Internet. Segundo, ahora Microsoft tiene una mucho mayor competencia  por parte de Apple. Y tercero, Vista es mucho más caro e incorpora numerosas restricciones a lo que el usuario puede hacer de las que carecía XP, como las medidas antipiratería o la gestión de derechos digitales (DRM). Pero aún así me da que va a ser un éxito. Eso sí, puede que el último.