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Etiqueta: Comercio globalización y desarrollo

Culpable de vender demasiado

¿Y por qué le ha caído la última multa? Presuntamente por no regalar a su competencia la información necesaria para que sus programas sean compatibles con el sistema operativo de Windows. Y digo presuntamente porque Microsoft lo desmiente hasta el punto de recurrir la multa ante los tribunales. También, la Association for Competitive Technology ha denunciado que la “multa no tiene sentido ya que Microsoft ha entregado toda la documentación posible y ha facilitado a los competidores el acceso al código fuente de Windows así como soporte técnico ilimitado". Además, ha apuntado que si los equipos de Red Hat e IBM no lo han aplicado, es porque no han querido. Y por si fuera poco, la empresa tiene 300 personas dedicadas a tiempo completo para proveer de toda la información necesaria a su competencia. Está claro, la CE necesita dinero.

Dejando aparte la absurdidad y abuso que suponen las leyes antimonopolio, esto nos ha de suscitar varias cuestiones:

1. Uno de los principales motores del progreso empresarial es la innovación. ¿Qué tipo de innovación puede tener una empresa cuando son los burócratas quienes deciden cómo ha de ser un producto que no les pertenece? La mayoría de políticos no tienen, como muestran sus medidas, idea alguna del más elemental funcionamiento de la economía de mercado, y muchos jamás han trabajado en empresas privadas.

2. Que Microsoft no incluya en su Windows el reproductor Media Player o un visualizador de documentos PDF, ¿en qué le beneficia a usted como consumidor?

3. ¿Quién cree que va a pagar esos 777 millones de euros, más todos los costes adicionales que le está causando la CE a la empresa? Primero Microsoft, después usted al comprar un nuevo ordenador o un Windows.

4. ¿Realmente cree que este acoso a Microsoft va a incidir en lo más mínimo a que la competencia lo supere? Lo único que puede acabar con Microsoft es que sus adversarios hagan un producto más atractivo para el consumidor tecnológico, algo que hasta el momento han sido incapaces de hacer. Que casi el 95% de los ordenadores del mundo lleven como sistema operativo Windows no se debe a una casualidad, a un complot del Capitalismo, de los masones o a un truco de magia de David Copperfield. Guste o no, los usuarios quieren Microsoft, y así lo expresan comprando sus productos y no otros.

5. ¿En qué beneficia a una empresa tener 300 personas todo el día atendiendo las quejas y exigencias de rivales y burócratas? Si la empresa trabaja para la burocracia no puede trabajar para el consumidor por más Microsoft que sea. Si toda la competencia depende —según la CE— de Microsoft en lugar de su propio esfuerzo e ingenio, ¿no dejará esto al sector más desfasado que si la CE no hubiese intervenido?

En el mundo de los medios políticos la realidad no importa lo más mínimo. A los burócratas les molesta que las empresas ganen dinero sirviendo al consumidor, y más si son americanas. También, necesitan dinero para inflar sus sueldos y llevar a cabo sus absurdas políticas populistas y antimercado. La cruzada de la CE contra Microsoft no sólo nos muestra hasta dónde puede llegar la envidia y odio de los políticos por la iniciativa privada, sino que también es la evidencia de que quieren dirigir nuestros gustos tecnológicos y por extensión, nuestras vidas.

¡Que vienen los chinos!

El éxito, esto es seguro, ha sorprendido a los propios gobernantes. Milton Friedman cuenta que, cuando fue requerido por los planificadores chinos para que les diera algún consejo para mejorar la economía de ese país, le preguntaron cómo hacía los Estados Unidos para planificar los precios. La sorpresa del gran economista al oír la pregunta sólo se puede comparar a la del leal funcionario al escuchar la respuesta: en los Estados Unidos los precios no se planifican.

Y eso que, con todo lo desesperadamente compleja que puede ser la economía, hay procesos cuya lógica es extremadamente sencilla y que explican en gran parte este éxito. Hoy la proporción es mayor, pero en 1990 la del territorio cultivado en manos privadas apenas superaba el 5 por ciento y daba lugar a porcentajes en torno al 80 por ciento de la producción agrícola, según el cultivo de que se tratara. Habrá quien se sorprenda, pero cuando uno sabe que el resultado del propio trabajo revierte sobre uno mismo, el esfuerzo se hace más productivo. A partir de aquí, todo lo demás.

Leíamos ayer en estas páginas: "China rebasa al Reino Unido y es ya la cuarta potencia económica mundial". Año tras año el PIB crece, orden de magnitud, al 10 por ciento, duplicándose cada siete años. El rumor que nos llega de esa lejana sociedad se hace más y más resonante y hay quien se asusta. ¡Que vienen los chinos!, nos vienen a decir muchos. Con una reserva ilimitada de trabajo barato van a inundar nuestros mercados de productos baratos y nos van a dejar a todos en el paro. Incluso circulan leyendas urbanas sobre la extinción de los árboles sobre la Tierra si nuestros vecinos de ojos rasgados decidieran adoptar la costumbre de utilizar papel higiénico. Uno se pregunta, ¿hay esperanza en este mundo, con una amenaza de estas dimensiones?

Ya lo creo que la hay. Para empezar para las decenas de millones de chinos que han superado la barrera de un dólar de ingreso al día en que la ONU sitúa la marca de la pobreza. Y desde luego, también hay esperanza para nosotros. Tenemos la suerte de que, también en este terreno, ese conjunto de conocimientos que llamamos economía resulta sencilla y aprensible.

La riqueza ajena es también propia. Cuanto más tenga un vecino, más nos podrá dar por lo que nosotros podamos ofrecerle, de modo que su mayor prosperidad no sólo no nos empobrece, sino que nos hace también a nosotros más afortunados. Pero, ¿qué hay de nuestro trabajo, cuando hasta los servicios se externalizan a decenas de miles de kilómetros de casa? Pues que la condena de ganar el pan con el sudor de la frente es eterna. Siempre necesitamos más de lo que tenemos, lo que nos asegura demanda de trabajo hasta el fin de los tiempos.

La generosidad del capitalismo

Más extraordinario todavía ha sido su forma de hacerlo: con una primera cantidad de 602.500 acciones de su empresa, número que irá decreciendo anualmente al 5 por ciento. De este modo, el valor de cada aportación anual dependerá del precio de la acción, de tal modo que si se revaloriza un 6 por ciento o más, la aportación al patrimonio de la fundación podría ser mayor cada año.

Estoy seguro de que Buffet, que ha creado la segunda mayor fortuna personal del mundo, ha leído el artículo "Riqueza" de Andrew Carnegie, creador de U.S. Steel y quien ha sido modelo de otros multimillonarios filántropos; desde su coetáneo Rockefeller al propio Gates. En este texto, Carnegie expone su teoría fascista de la riqueza, que se resume en que "el único uso noble de un excedente de riqueza es el siguiente: ser considerado como un sagrado fideicomiso, para que sea administrado por sus poseedores para el bien superior del pueblo". Error tras error.

Primero porque jamás hay excedentes de riqueza; el azote de la escasez es permanente. Segundo porque ésta es fruto de una sucesión de actos de creación originaria, empresarialidad también llamada, que dan vida a lo que antes no existía: a esa disposición de medios a nuestro servicio que llamamos riqueza. Y tercero porque como todas las obras originales, pertenecen a su creador y no a la "sociedad". Carnegie fue un hombre culto, pero no llegó a comprender del todo lo que él supo generar como pocos. Buffet seguramente ha sabido escapar de las ingenuas ideas de Carnegie, como sugiere el hecho de que haya donado un valor que puede crecer año a año si su empresa sigue aportando valor al mundo.

La fundación a que van dirigidas sus aportaciones realizará labores muy necesarias y convenientes, de ello estoy seguro. Pero lo que no hay que perder de vista es el modo en que Warren Buffet ha estado ayudando a los demás con su genio. Con el arte de dirigir en cada momento el capital a él confiado a las empresas que más estaban haciendo por generar valor. Son millones los ahorradores que le han confiado parte de sus ahorros, que él ha sabido dirigir acertadamente a los sectores más creativos de la sociedad. También ha sido maestro de muchos de ese oficio.

La riqueza no está ahí, esperando que alguien se apropie de ella; es necesario hacerla aparecer, crearla ex novo, inventársela, descubriendo qué necesidades humanas podemos cubrir con los medios de que disponemos, dirigiéndolos a una u otra actividad, dándoles la forma adecuada, transformándolos hasta ponerlos a nuestro servicio. Buffet es un creador y ese es su verdadero valor. Como decía Carnegie, en este caso desbordante de razón, "sin riqueza no puede haber mecenas". La generosidad del capitalismo no está en estos actos de genuina filantropía de los grandes empresarios, sino en que nos abre potencialmente a todos la oportunidad de contribuir a nuestra riqueza y, con ella, a la de nuestros vecinos. Lo extraordinario es que hemos dado con una sociedad que, cuando se desenvuelve con libertad, hace que sea de nuestro interés aportar a los demás precisamente lo que ellos desean.

El mundial de México

A finales del año pasado el izquierdista Manuel Zelaya alcanzó la presidencia de Honduras, el gorila rojo logró mantener su supremacía tras las elecciones de Venezuela y el comunista Evo Morales logró hacerse con el poder político después de arrasar en las elecciones bolivianas para deleite de los parlamentarios europeos. Este año no ha comenzado mucho mejor. Nada más arrancar 2006 la socialdemócrata Michelle Bachelet ganó las elecciones a la presidencia de Chile. Luego vino la victoria de Oscar Arias en Costa Rica y hace apenas un mes el triunfo del infausto socialista y corrupto Alan García en Perú frente Ollanta Humala, un candidato aún más inquietante si cabe.

Fidel Castro, Hugo Chávez y Lula da Silva deben estar frotándose las manos. El proyecto que diseñaron hace años en el Foro de Sao Paulo se va cumpliendo sin prisas y sin pausas. En los próximos meses puede que hasta veamos como el ex dictador sandinista Daniel Ortega vuelve a ocupar la presidencia de Nicaragua y no sería de extrañar que en Ecuador asistamos a otra vuelta de tuerca socialista. Pero para lograr su objetivo, convertir a América Latina en la plataforma mundial desde la que relanzar el comunismo a nivel internacional, México debe unirse al club del socialismo real. Y eso es, por desgracia, lo que puede ocurrir si Andrés Manuel López Obrador gana las elecciones.

En efecto, en México se juega un "mundial" muy peculiar en el que, si las encuestas aciertan, la libertad individual de millones de seres humanos será la gran derrotada. López Obrador, el candidato del partido de la revolución democrática pertenece a esa generación de políticos autoritarios que aprendió de la caída del muro de Berlín una única lección: cómo hacer más eficiente el control económico del país; lo que a los ojos de los incautos les da un aire de socialistas moderados. Para ello espera contar con la colaboración del empresariado nacional e internacional. Y es que las nacionalizaciones ya no se llevan si luego hay que gestionar la empresa nacionalizada. Por eso se limitan a expropiar fuentes de energía como los hidrocarburos donde la generación de rentas es cosa de coser y cantar y donde las empresas privadas se apelotonan solicitando un pedacito de pastel a cambio de sus servicios. El resto de las industrias se reglamentan tan estrechamente que son dirigidas desde el poder político con unos gestores privados que viven en la ilusión de ser los dueños de la empresa.

Se trata de crear un pacto tácito a través cual el poder político dispone y los empresarios ponen la mano a fin de mes. Algo parecido a lo que ocurría en la Alemania del Nacional Socialismo. Por eso López Obrador ha dicho a los empresarios que no tienen que tener miedo y que, muy al contrario, van a ver como se encuentran en una situación mejor y más segura que en la que en la que se desenvuelven actualmente, siempre al albur de los caprichos del consumidor. Los que realmente tienen que tener miedo son los ciudadanos, que han sufrido durante años a unos políticos que llevaban a cabo privatizaciones sin entender ni saber explicar por qué lo hacían y ahora tienen que soportar a los que, como López Obrador, saben perfectamente por qué no quieren más propiedad privada que la meramente formal. ¿Dejaremos de tropezar algún día en la piedra del socialismo?

Network, la falsa globalización

"Network (Un mundo implacable)", película ganadora de cuatro Oscar en 1976 y dirigida por Sydney Lumet, es una muestra representativa del cine progresista del momento. "Network", más allá de su argumento principal sobre los entresijos de la televisión, adelantó al gran público una concepción errónea sobre la globalización que probablemente subsiste en la actualidad.

La historia es la siguiente: el presentador televisivo Howard Beale (interpretado por Peter Finch) cae en la agonía profesional y en la depresión. Ante su próximo despido, pretende desvelar las hipocresías del medio y anuncia su suicidio en directo. Los ejecutivos de la cadena, horrorizados al principio, descubren la función catártica de Beale entre los telespectadores, y la inversión publicitaria, junto con la audiencia, suben como la espuma. Beale insiste en sus jeremiadas hasta que un día denuncia la adquisición de la televisión para la que trabaja por parte de un consorcio árabe. Eso no gusta ni mucho menos en las alturas. Entonces llega el momento cumbre del film. El patético comunicador acude al despacho del líder de los accionistas, y éste le lanza una diatriba de dimensiones colosales. En un escenario terrorífico, le intimida con la subversión de las fuerzas de la naturaleza; compara falazmente el sistema de cálculo soviético con la economía de mercado, afirma que no existen pueblos ni personas sino la IBM y la ITT, y define al mundo como "un colegio de corporaciones dirigido por los estatutos inimitables de los negocios". Una especie de Gran Sistema de Sistemas domina a los hombres, concluye el mandamás corporativo.

Beale, anonadado, asume visionariamente la economía cosmológica de su superior y afirma ante los televidentes que el individuo está acabado, que el concepto de independencia está también finalizado y que los ciudadanos de Norteamérica deben convertirse en "una nación de cuerpos transistorizados". A sus numerosos seguidores les disgusta el nuevo mensaje sombrío y le dan la espalda. Los responsables de la programación, asustados por la caída en los anuncios, deciden el asesinato del presentador, por causa de su sobrevenido discurso para anestesiados, a pesar de que contaba con el beneplácito del líder accionarial.

"Network" –junto con otras películas que le han seguido– refleja una aceptación inasible, automatizada, casi esotérica de la globalización. O se está contra ella o se asumen descarnadamente sus postulados. Pocas voces del cine se han atrevido a reflejar que la globalización es simplemente un eficaz instrumento que redime de la miseria a millones de seres humanos en este preciso instante. El estilo "Network" permanece y su influencia es infinitamente superior a cualquiera de las melonadas a las que nos tienen acostumbrados los globafóbicos.

Informe Semanal y la mentira

Por supuesto, el documental de Norberg nunca se emitió en Televisión Española. Ya se sabe que, desde su misma creación, las televisiones públicas han estado destinadas a manipular y aborregar al pueblo en beneficio del estatismo; mucho pedir habría sido que difundieran algunas verdades económicas fundamentales y permitieran a los españoles saber por qué su Gobierno, merced a la misericordia plañidera, les roba su dinero para empobrecer aún más a África.

En cambio, nada impidió que, hace dos semanas, Informe Semanal emitiera un infame, tergiversador y obsceno reportaje, titulado Las causas del hambre, en el que Jean Ziegler, conocido activista antiglobalización, intenta relacionar la pobreza en el mundo con el libre mercado.

El video se divide en cinco secciones cortas, tituladas igual que los siguientes apartados.

Un crimen absurdo

Ziegler comienza contándonos que cada día 100.000 personas mueren de hambre en el mundo mientras que el Informe Mundial de la FAO asegura que la agricultura moderna puede alimentar con holgura una población de hasta 12.000 millones de personas. Dado que, aun así, la gente muere de hambre, para Ziegler cada muerte es equiparable a un asesinato.

La conclusión parece evidente: hay que dirigir y controlar la agricultura mundial para que produzca más alimentos, y redistribuirlos equitativamente entre todos los individuos.

El problema es que, allí donde se ha aplicado, el socialismo agrícola, lejos de acabar con el hambre, multiplicó los muertos por desnutrición. La colectivización de las tierras en Ucrania mató entre cinco y ocho millones de personas; en la China maoísta del Gran Salto Adelante murieron casi 40 millones; en la Etiopía de Mengistu más de un millón.

Cuando el Estado pretende controlar la producción sólo genera carestía y una mala asignación de recursos. La cuestión no es “cómo nacionalizamos la producción de alimentos”, sino “por qué los africanos no pueden comprar o producir alimentos por sí mismos”. Y la respuesta, como ya analizamos, es muy sencilla: porque los gobiernos socialistas africanos no respetan la propiedad privada de los individuos.

Si los africanos pudieran producir, ahorrar e invertir sin que sus políticos los oprimieran, explotaran, expoliaran o arrasaran, no tendrían dificultad alguna para adquirir los alimentos que requieren para subsistir; sólo el intervencionismo empobrecedor y asfixiante explica la situación de parálisis absoluta en que viven tantos africanos.

La mentira neoliberal

Obviamente, Ziegler no está de acuerdo en nuestra última afirmación y prefiere culpar al neoliberalismo y al “gran capital internacional” de la pobreza africana. Según el reportaje, existen “ideologías mentirosas pero muy poderosas, como el neoliberalismo (…), que supone la legitimación del gran capital financiero internacional”. Para Ziegler, los neoliberales defienden que la economía debe funcionar sin intervención alguna, a pesar de la pobreza que genera entre muchos pueblos, los cuales, en caso de ser improductivos, deben ser excluidos de la historia y morir.

En realidad, la construcción de ideologías mentirosas a que alude Ziegler arropa sus propias palabras: difunde una imagen falsa del liberalismo para implantar el socialismo asesino.

Desde luego, si de algo carece África es de la presencia de capital financiero internacional que permita a los individuos crear sus propias empresas, generar puestos de trabajo y producir masivamente bienes de consumo, como los alimentos; carencia que, de nuevo, se explica por la falta de seguridad en torno al derecho de propiedad. Si el Gobierno puede nacionalizar los patrimonios o dirigir las compañías, nadie en su sano juicio invertirá en el territorio que maneja.

De ahí que ningún economista liberal sostenga que la pobreza de África se deba a su “improductividad natural”, sino a la impuesta por el intervencionismo económico de sus gobiernos, que Ziegler sólo pretende expandir aún más.

La Bolsa, culpable

En esta parte, Ziegler trata de explicar que el precio de los alimentos se “fija” en la Bolsa de Chicago de acuerdo con “los criterios del capitalismo financiero”. Los países pobres dependen, así, de esta cuasimística fijación de precios: “La gente muere de hambre por culpa de las cotizaciones bursátiles, por eso los precios de la alimentación deberían negociarse contractualmente por los estados”. Para Ziegler, “la Bolsa no puede fijar el precio de los alimentos”, pues “no son una mercancía como cualquier otra”.

Lo primero que debemos recordar es que los precios no los “fija” nadie en el mercado, sino que son el resultado de las interacciones de los agentes. El capitalismo no es una versión privatizada del socialismo, donde el Comité de Planificación imponía unos precios que sólo el propio Comité, de manera unilateral y arbitraria, podía revisar. En el libre mercado, los empresarios capaces de ofrecer a los consumidores los precios más bajos o los productos de mayor calidad son los que triunfan.

El problema, no obstante, sigue siendo el de siempre. No son los países (los estados) los que tienen que alimentar a su población, arrebatándoles su riqueza para luego comprar alimentos en los mercados internacionales. Cada individuo debe ser responsable, con su propio dinero, de proveerse su sustento.

La concepción de que los alimentos no son una mercancía sino un derecho humano nos lleva a creer que los alimentos no tienen por qué ser producidos, pues caerán automáticamente del cielo, como si de maná se tratara. Aun cuando Ziegler lo niegue, la producción de alimentos se rige exactamente por las mismas leyes que la de coches u ordenadores: si queremos darle un trato diferencial, promoviendo iniciativas intervencionistas que controlen la producción y la distribución, lo que conseguiremos será una población hambrienta, anestesiada, sumisa al Estado y controlada por los políticos. Es decir, justo la situación vigente en África.

En este contexto de total dependencia, resulta casi imposible que emerja una clase empresarial capaz de generar riqueza y de desarrollarse.

El nuevo feudalismo

Ziegler nos informa de que las 500 multinacionales más grandes del mundo controlaron en 2005 el 54% de la producción mundial, lo cual, en su opinión, constituye un flagrante “monopolio sobre la riqueza” que asesina a los africanos, al no preocuparse por la redistribución y obsesionarse con la búsqueda de beneficios. Las multinacionales son “las principales responsables” del hambre en el mundo.

De nuevo, Ziegler tergiversa de manera grotesca. Las multinacionales no “controlan” el 54% de la producción mundial, más bien la han “creado”. La alternativa no es que ese 54% pase a manos de los gobiernos, sino que deje de existir.

Las multinacionales se han apropiado de unos bienes que antes no existían y, por tanto, no han perjudicado a nadie. No pueden ser las responsables del hambre porque no han quitado nada a nadie, sino que han generado ex novo. La nacionalización no supondría una transferencia de riqueza, sino su destrucción.

Las empresas pueden generar esa riqueza que favorece a sus trabajadores, accionistas y consumidores, precisamente, porque tratan de incrementar sus beneficios. Si no persiguieran incrementar sus ganancias, simplemente se estarían suicidando; sería equivalente a pedir a un agricultor que plantara semillas muertas o que quemara su cosecha.

Si las multinacionales renunciaran a los beneficios, todo el capital occidental perdería su valor y se consumiría. La base de nuestro crecimiento y bienestar desaparecería. La propuesta de Ziegler no permitiría que África alcanzara a Occidente en riqueza, pero sí que Occidente se equiparara con África en miseria.

La ayuda no basta

Por último, Ziegler trata de adoctrinarnos sobre los beneficios del socialismo. Dado que el fracaso de la ayuda pública internacional en lograr el desarrollo de África es patente, va más allá y pide utilizar la riqueza del mundo para construir las infraestructuras que necesitan los africanos. La ayuda internacional no basta, hace falta un paso más hacia el comunismo.

En realidad, no se trata de que la ayuda internacional no baste, sino de que sobra. Las transferencias estatales sólo sirven para consolidar y ampliar el poder de los sátrapas políticos que oprimen a los africanos y socavan su propiedad privada. Con las ayudas sólo lanzamos más gasolina al fuego de la pobreza.

Los efectos nocivos de la propuesta de Ziegler van más allá. Si los políticos son quienes deciden qué proyectos deben emprenderse o qué productos deben fabricarse, también deberán establecer dónde debe trabajar cada persona, cuánto debe cobrar o a qué precio deben venderse los productos. Además, dado que los recursos son escasos, también deberán fijar qué proyectos no deben emprenderse y qué productos no deben fabricarse.

En otras palabras, Ziegler somete a todas las personas al arbitrio de los políticos: los individuos pierden su capacidad para ejercer la función empresarial, crear riqueza y satisfacer sus necesidades. Y dado que el Gobierno sigue controlando la economía y que se ha quedado sin riquezas que expoliar y redistribuir, la miseria se extiende y se perpetúa.

El socialismo no sólo es un monumental fracaso, es el paradigma del crimen y la maldad. Su mentira sirve para justificar el cercenamiento de la libertad, la pobreza permanente y los asesinatos más atroces.

Algunos, como Ziegler, no han sido capaces de asumir la caída del Muro y siguen mintiendo y manipulando a la población con sus infectas proclamas. Lo lamentable del asunto es que la televisión pública de España, financiada con el dinero robado a los ciudadanos, se preste a difundir semejante vertedero ideológico.

Al igual que en el caso de los negacionistas del Holocausto, estos apologistas de la burocracia y del absolutismo no han cometido ningún delito, pero ello no hace su actitud moralmente intachable. No.

Hay que señalar con contundencia a esta tropa de sinvergüenzas bien alimentados que utiliza nuestro dinero para difundir un mensaje esclavizante que a su vez sirve para mantener a los africanos en la miseria.

Ziegler y los redactores de Informe Semanal no son más que los mamporreros del estatismo, los aliados de los bandidos, represores y criminales que controlan la vida de millones de africanos hasta el punto de matarlos de hambre.

Bush y los principios

Ellos tienen un mercado laboral más flexible que los europeos, en general, y su nivel de impuestos es algo menor. Si roban menos de lo que uno produce y el entorno en el que uno desarrolla su carrera profesional se parece más a un mercado libre allí que aquí, no nos debe extrañar que creen más empleo.

Bush dio ese dato en un discurso pronunciado el pasado sábado. En él lanzó dos ideas muy importantes y sugerentes, pero de las que el propio presidente poco tiene que presumir. Por un lado reconoció que si quiere mantener la prosperidad del país tiene que recortar los gastos públicos, y para ello propone que se otorguen nuevos poderes al presidente para poder paralizar las partidas que considere innecesarias, sin tener que recurrir al veto. Encomiable, pero la propuesta proviene del presidente con el que más ha aumentado el gasto público desde Johnson, y uno de los más generosos con lo ajeno de toda la historia de los Estados Unidos. Y no se ha estrenado en el uso del veto, una prerrogativa a la que Reagan recurrió muchas veces para poder recortar el gasto. La mera amenaza del veto le serviría para negociar con Congreso y Senado y poder así reducir lo que considere innecesario. La suya es una propuesta cara a la galería, no exenta de hipocresía, aunque si sale adelante habría que darle la bienvenida.

La otra idea ha sido una constante en toda su presidencia: para asegurar la paz hay que extender la prosperidad y los lazos comunes entre las naciones, creados por una malla de acuerdos voluntarios en el comercio internacional. Tampoco aquí tiene mucho de qué presumir. Ha dejado a un lado los acuerdos multilaterales. Prefiere multiplicar los bilaterales, en los que ha estampado su firma un número de veces sin precedentes. Quizá la estrategia sea correcta, los grandes acuerdos multilaterales son difíciles y avanzan muy lentamente, aunque cualquier mejora afecta a todos. Los firmados entre dos países, o un número limitado de ellos, son más fáciles de alcanzar. Pero Bush es mucho menos proclive al libre comercio que lo que dice ser. Cedió ante la presión de los grupos de presión en el acero, lo hizo de nuevo con la madera procedente de Canadá, y dio en 2001 un histórico paso atrás en el camino emprendido en 1996 hacia una mayor liberalización del comercio agrícola, aumentando las ayudas que se habían reducido cinco años antes. Su discurso es intachable. Sus realizaciones le desmienten.

Bush todavía puede presumir de los datos de empleo y crecimiento económico, que son buenos en parte por la creciente integración económica mundial y por su rebaja de impuestos. Pero su presidencia se le escapa sin haber sido un verdadero impulsor del libre comercio entre las sociedades de diversos países, sin su mil veces anunciada reforma de la seguridad social, sin la reforma fiscal, sin haber avanzado en lo que llamó sociedad de propietarios. Es pronto para ver el porqué de todo ello. Pero la explicación que me parece más convincente es que a él le faltan convicciones suficientes para llevar adelante las reformas que él mismo ha propuesto. Es verdad que se ha encontrado con una bancada demócrata excepcionalmente sectaria, hasta niveles difíciles de comparar con otros momentos históricos. Pero da la impresión de que su insistencia en los principios y su elocuencia para explicarlos no tienen el respaldo de la fuerza que sólo otorga el impulso de la convicción.

Los valores en el mercado

Pero ese avance, que es el de la civilización, el capitalismo, la riqueza, no ha colmado la tierra y son millones los que aún viven en la pobreza, aunque su número no deje de disminuir. Acostumbrados a la excepción, a vivir en sociedades capitalistas y ricas, nos duele que otras necesiten emplear a los niños, como nosotros en los siglos anteriores, para poder darles lo más básico. Es un sentimiento de desasosiego moral y estético, que nos crea una repulsa.

Las empresas luchan por ganarse el favor de los consumidores, y por eso rodean sus productos de un halo, de una imagen, y huyen de ciertos estigmas como los europeos del XIV de la peste. El trabajo infantil es uno de ellos, por el profundo rechazo que despierta en casi todos. Inditex ha descubierto por un semanario portugués que una empresa proveedora empleaba a unos niños de 11 y 14 años en el norte de Portugal, y ha reaccionado abriendo una investigación para ver si se cumple su "código de conducta", que "prohíbe el trabajo infantil en nuestras empresas externas". Este comportamiento demuestra que no es necesaria la regulación para que se impongan en las empresas valores que son compartidos por una mayoría; en su mismo interés está dejarse llevar por éstos, si es que quieren nuestro dinero a cambio de sus servicios.

Si pudiéramos exprimir nuestra mente para extraer todas las marcas que conocemos y lo que sabemos de ellas nos quedaríamos impresionados por la cantidad y variedad de información. Al fin, nos bombardea a diario por medio de la publicidad, los medios de comunicación, y nuestra propia experiencia en el consumo. Pero a lo mejor queremos saber de una marca desconocida cierto aspecto al que le damos mucha importancia. Por ejemplo, ¿Han trabajado niños en su fabricación? ¿Están estos productos tratados genéticamente según principios científicos (lo que algunos llaman manipulación genética)? Si de verdad nos importa como para modificar nuestros hábitos de compra, habrá empresas o grupos empresariales que crearán sellos de certificación que darán fe de lo que busca el consumidor.

Pero, ¿y los disidentes? ¿Qué hay de aquellos que piensan, por ejemplo, que las empresas tienen que dar una oportunidad de trabajo a quienes menos tienen? ¿O qué hay de quienes confían en la ciencia, quienes creen que el empeño de una empresa para atraer los conocimientos de la ciencia al servicio de la mayor calidad de una verdura, o su mayor resistencia a las plagas es para su propio bien? El mercado tiene también respuesta para ellos. Si algo hay característico de las sociedades libres es la multiplicidad de opciones; siempre hay una oferta para una pequeña parte de la sociedad, sin perjuicio de que conviva con muchas otras.

No necesitamos de la regulación pública para que las empresas hagan caso y respondan a los valores mayoritarios, y tampoco la necesitamos para asegurarnos de que quienes no los compartan se queden sin opciones. El terreno de la acción pública es otro, el de la imposición de determinadas valoraciones por encima de las preferencias de las de los demás.

Escenarios futuros

La mente humana tiene una inclinación natural a aprehender mucho mejor los crecimientos lineales que los exponenciales. El ejemplo de un estanque que puede rellenarse en un mes tanto en progresión aritmética como en geométrica nos ayudará a comprender mejor las enormes diferencias que ambos casos implican.

En caso de crecimiento lineal, al final de los quince primeros días tendremos la laguna ya rellena en un 50% y hacia la mitad de la cuarta semana (el día 25) en más de ocho décimas partes. Los datos contrapuestos de un segundo caso en el que el estanque se rellena duplicando cada día lo embalsado hasta la fecha nos sorprenden. ¡El día 26 tendremos todavía unas nueve décimas partes vacías y el penúltimo día apenas habremos alcanzado la mitad!

Los enemigos del mercado y del progreso económico históricamente han gustado de modelar escenarios apocalípticos disparando en forma de crecimiento exponencial algún dato preocupante. Robert Malthus habló de población creciendo en progresión geométrica y recursos haciéndolo en forma aritmética (curiosamente la progresión bajo el sistema capitalista parece ser la contraria). Karl Marx pintó un escenario de empresas crecientemente monopolísticas extrapolando hacia décadas y décadas futuras el impresionante crecimiento que las comparativamente escasas empresas devenidas en grandes multinacionales habían experimentado en una o dos décadas.

Paul Ehrlich, en su Population Bomb, y el Club de Roma, en Los límites del Crecimiento, resucitaron a Malthus y también hicieron pronósticos apocalípticos en los años 70. Para ello extrapolaron en progresión geométrica los niveles de demanda existentes por entonces al tiempo que presumían crecimientos mucho más modestos para la producción de alimentos y bienes y la innovación tecnológica. De igual naturaleza, tenemos el último espantajo del cambio climático súbito que ningún climatólogo solvente parece avalar.

Lo más notable del caso es que mientras todas esas extrapolaciones apocalípticas de crecimientos exponenciales han gozado de notable publicidad, sigue existiendo un mutismo casi absoluto con respecto a los auténticos casos de crecimiento exponencial a los que viene asistiendo la Humanidad en el último par de siglos y, más específicamente, coincidiendo con el desenvolvimiento del sistema capitalista.

Si extrapolamos un crecimiento real cercano al 4,7% anual acumulativo [(1,047)90=62], nos encontramos con que el PIB total se ha multiplicado por 60 en los últimos 90 años. Las cifras, para la mayor parte de los países que han ido incorporándose durante el siglo XX al sistema capitalista, desde Taiwan a Corea pasando por España, Portugal, Irlanda o Chile, son todavía más espectaculares.

Una parte de ese crecimiento se ha reflejado en la reducción de la semana laboral en el mundo desarrollado a 5 días y 40 horas, partiendo de los 6 días y cerca de 60 horas de principios de siglo. Otra parte ha sido absorbida por los impuestos estatales con los que financiar toda clase de gastos –infraestructuras, pensiones, sanidad, defensa, policía–. Por supuesto, despilfarro y subvenciones de todo tipo también. El gasto público absorbió probablemente más de la mitad de ese crecimiento.

Finalmente, otra parte ha ido a parar al bolsillo de asalariados y accionistas en forma de una mayor disponibilidad de bienes y servicios: el número de horas de trabajo necesarias para adquirir casi cualquier bien, desde una barra de pan a una lavadora, desde una semana de vacaciones a un juguete, sigue desplomándose año tras año. El abaratamiento de la luz, las telecomunicaciones o la computación es todavía más espectacular. El precio de la iluminación en dólares constantes representaba a finales del siglo XX una diezmilésima parte de lo que costaba dos siglos antes. El coste monetario de trasmitir 1.000 palabras pasó de los 10.000$ a principios de siglo XX a 1 centavo un siglo después. El coste físico de energía que gastaba por operación lógica en 1946 el ENIAC (que funcionaba con tubos de vacío) era de 10 watios. El coste de una operación lógica con los microprocesadores actuales es 10.000 veces inferior. Desde que Moore enunciase su ya famosa ley, la capacidad de computación viene duplicándose cada dieciocho meses. Se tardaron 90 años en alcanzar el millón de instrucciones por segundo (MIPS) en velocidad de computación de los procesadores. Hoy la velocidad de los procesadores añade un MIPS ¡cada día!

En los dos últimos siglos la esperanza de vida en el mundo capitalista ha pasado de estar en los 37 años a situarse por encima de los 80. Aquí de nuevo el crecimiento es exponencial pues actualmente se está acrecentando dicha cifra en más de tres meses por cada año que transcurre, mientras que en el siglo XIX la esperanza de vida sólo crecía en términos de semanas por año.

También tenemos crecimiento exponencial en la miniaturización a un ritmo de 5,4 veces por década, lo que nos augura un futuro pleno de nanotecnología en no más de dos o tres décadas.

Ray Kurzweil es un famoso futurólogo (además de inventor, empresario y un puñado de cosas más). Siendo muy consciente de las implicaciones del crecimiento exponencial, viene mostrando inusuales niveles de acierto en sus predicciones. Si nos atenemos a sus pronósticos, siempre y cuando la acumulación de capital y el desarrollo tecnológico del capitalismo logren imponer sus principios frente a las tentaciones totalitarias de neomarxistas, terroristas islámicos o ecologistas, es posible que dentro de tres décadas la inteligencia artificial haya alcanzado la capacidad del cerebro humano, momento en el cual seguramente empezaremos a fundirla de forma cada vez más indistinguible con nuestro sustrato biológico. Kurzweil también estima que dentro de poco más de una década la esperanza de vida se estará incrementando a un ritmo superior a un año por cada año que transcurra, lo que implica más o menos que para mediados del siglo XXI la muerte por vejez habrá dejado de ser algo inevitable. Si a ello le unimos, siendo muy conservadores (la proliferación de inteligencias artificiales autodidactas podría incrementar este número de forma dramática), un crecimiento económico real que seguirá duplicando la producción cada 15 años, con crecimientos de población total mucho más modestos, para el año 2065, nuestra productividad se habrá multiplicado seguramente por diez. Dicho de otra manera, será posible ganar cuatro veces nuestro sueldo actual trabajando menos de la mitad de días por año que en la actualidad. ¡Hay que ver qué perverso es el capitalismo!

España ante la relocalización

Los costes laborales son allí más bajos. Los impuestos, también, mientras que la protección de la propiedad privada no es necesariamente menor. El capital acude a países que todavía son pobres, con sueldos que no han alcanzado los del primer mundo. Ese capital hace el trabajo más productivo, y la diferencia entre productividad y coste laboral revierte en beneficios para la empresa.

Pero los salarios no pueden quedarse permanentemente relegados tras la productividad, porque están determinados por ella a largo plazo. No hay más que acercarse a la evolución de los costes laborales en Europa para darse cuenta: crecieron de 1996 a 2002 en la República Checa un 11,6 por ciento de media, un 11,7 por ciento en Estonia, un 14,3 por ciento en Lituania, un 10,2 en Rumania o un 9,9 en Polonia. La llegada de capital a esos países les está haciendo más ricos, y los trabajadores son capaces de generar mayores rentas. Además, los consumidores de todos los países pueden acceder a más bienes más baratos gracias a todo ello. Tan positivo es este proceso que la izquierda no deja de criticarlo. Embarrada en su discurso de que este mundo cada vez más abierto va a peor, toda buena noticia para los pobres es una mala noticia para la izquierda.

En el fondo, cómo se beneficien los pobres del mundo por la incorporación de sus sociedades al capitalismo global les trae el fresco. "¿Qué pasa con los trabajos que se destruyen aquí?", se preguntan. Es una pregunta legítima, todo hay que decirlo. La preocupación porque el cierre de determinadas fábricas o el desmantelamiento de sectores enteros cree un desempleo permanente es tan viejo como poco fundamentado. Parte de la idea de que la riqueza está fija, y que cualquier aumento en un punto del mundo creará una carencia en otro. Si tiras de la manta hacia un lado, el contrario quedará descubierto.

Pero esa idea es perfectamente absurda. La escasez nunca desaparece; siempre hay necesidades por cubrir. Y puesto que podemos llegar a ellas simplemente haciendo más productivo el trabajo, éste jamás será sobreabundante; nunca quedarán bolsas de trabajo permanentemente sobrantes, porque siempre nos quedarán necesidades que podremos satisfacer empleándolo. El capital es el que marca la frontera entre los deseos que podemos cumplir y los que aún no están a nuestro alcance.

¿Y qué tiene que ver eso con España? Que los países ricos tienden a perder los puestos de trabajo menos productivos, y se concentran en reorientar la fuerza laboral en aquellos empleos más elaborados, más complejos y en los que la tecnología es más moderna. España, por fortuna, no puede ya competir con salarios bajos, pero podría hacerlo, siguiendo el ejemplo de Irlanda, en la apuesta por la tecnología y el capital humano.