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Etiqueta: Comercio globalización y desarrollo

Pon a salvo tu Visa

Todo el mundo pudo escuchar como amenazaba a Microsoft, cual matón de barrio, en caso de que el sistema operativo Windows Vista no fuese como a ella se le antojaba. Pues bien, ahora le ha dado por molestar a quienes ofrecen sistemas de pago por tarjeta.

A Neelie y sus compañeros de comisión parece que lo único que les gusta de las tarjetas de crédito es usarlas. Le pasa lo que a mí, que me gusta hacer la compra en el mercado pero me cabrea que el tendero quiera que le pague. La mayoría de nosotros nos aguantamos y pagamos porque aceptamos la propiedad privada y el mercado. En mi caso el dueño de los tomates y las lechugas siempre me pide algo a cambio y a mi me suele convenir el intercambio. Si no me conviene me voy a otro tendero o planto tomates en mi terraza.

Sin embargo, Neelie y sus amigos ven las cosas de otra manera. A ellos les gusta el servicio que ofrecen las empresas de tarjetas de crédito pero no están de acuerdo con el éxito de Visa y Mastercard y no les gusta el precio que acuerdan en el mercado por el servicio que ofrecen. Y como las competencias que les han otorgado a estos comisarios son desmedidas, piensan que tienen derecho a multar, sancionar y exigir bajadas de precio como si se tratara de la poda de unos arbustos de su huerto.

El colmo de la desfachatez es que nos digan que acosan a Visa y a Mastercard porque las tarifas que pagamos por el servicio de usar esas tarjetas de crédito son en la práctica un impuesto sobre el consumo que encarece las compras una media del 2,5% en la Unión Europea. Equiparar el precio pactado libremente por el servicio de las tarjetas de crédito con las expropiaciones forzosas que llevan a cabo los gobiernos es una comparación obscena. Para colmo, eso nos lo cuenta la jefa de un grupo de privilegiados que cobran cada mes un sueldo estratosférico con cargo a las rentas arrebatadas a los ciudadanos europeos mediante todo tipo de impuestos confiscatorios.

Si tanto les preocupan los impuestos que afectan al consumo deberían trabajar gratis por la abolición de todas las tributaciones, porque lo cierto es que siempre los pagamos con cargo al consumo; unos consumiendo menos hoy y otros restringiendo el consumo de mañana. La incompetencia y arrogancia de quienes gobiernan el viejo continente no podría ser más palmaria.

Excusas para censurar

Los efectos de este tipo de legislación mercantil son tremendamente nocivos, tanto para el bienestar de la sociedad cuanto para su libertad.

La semana pasada el grupo de comunicación Vocento presentó una demanda contra la COPE y Federico Jiménez Losantos por un "acto de denigración de la competencia", ya que el presentador de ‘La Mañana’ pidió a los suscriptores de ABC que se dieran de baja.

Parece ser que Vocento no confía en la fidelidad de sus lectores y teme que escuchen a Jiménez Losantos. Ante la falta de calidad y de convicción, el silencio es su mejor arma; hay que impedir que otros pongan el dedo en la llaga. Las razones del comunicador tulorense las combaten con el poder coactivo que les proporciona el Estado; incapaces de convencer, prefieren censurar. Pero con esta demanda Vocento no sólo demuestra un escaso afecto a la libertad de expresión –algo que debería hacer reflexionar a sus suscriptores liberales–, también a la idea misma de competencia.

Antes de que el paradigma neoclásico corrompiera la mentalidad de los economistas universitarios, la competencia era entendida como un proceso de rivalidad entre las distintas empresas. Las compañías debían servir indeclinablemente al consumidor; su juicio y su opinión eran soberanos.

Había que ofrecer en todo momento los mejores productos para lograr el favor de los clientes. Para ello era necesario tanto proclamar las virtudes propias como destapar los defectos ajenos. El mercado era una garantía continua de que aquellas empresas que estuvieran engañando a los consumidores serían señaladas por las demás.

La vigilancia no era tanto un proceso fiscalizador y coactivo que sometiera las empresas a una inspección del Estado como un flujo informativo, procedente de las distintas compañías, a partir del cual cada consumidor formaba su opinión y elegía en consecuencia.

La mentira, de este modo, no puede un objeto de sanción. Primero, porque si tan evidente resulta que una empresa miente acerca de otra, ésta no tendrá ningún problema para desmontar las mentiras ante sus clientes, ganando así una dosis adicional de credibilidad frente a la competencia. Segundo, porque nadie dispone de un monopolio natural de la verdad, sino que ésta se alcanza a través de la discusión y el contraste de ideas y opiniones.

Las sociedades libres deben respetar la capacidad de elección de los individuos, no sólo en la adquisición de bienes y servicios, también en la formación de opiniones sobre la realidad circundante. El Estado no puede establecer cuál es la verdad por decreto ley, pues ello impide tanto que la verdad aflore a través de la discusión cuanto que los consumidores se formen libremente una opinión.

De ahí que el proceso competitivo y de rivalidad que hemos expuesto cobre especial relevancia en el caso de los medios de comunicación. Los medios deben poder exponer sus ideas y persuadir a la audiencia de que son correctas; la audiencia debe poder escuchar aquellos medios por los que sienta afinidad y, al mismo tiempo, no relacionarse con aquellos medios que les decepcionen o repelan.

Para ello, otra de las funciones cardinales de los medios de comunicación privados consiste en poder informar a sus oyentes de que la competencia está mintiendo, o manipulando, o que, simplemente, ha adoptado ideas erróneas.

Los consumidores no disponen de una información perfecta, tampoco para saber ipso facto que un determinado grupo de comunicación ha pervertido sus ideales. Esta es una información que las empresas de la competencia tienen derecho a destacar, repetir y publicitar al mismo nivel que cualquier otra información, para que, en su caso, los consumidores dejen de acudir al medio que ha dejado de servirles.

De hecho, el paradigma comunicativo de los totalitarismos consiste eliminar cualquier información distinta a la proporcionada por el Estado y obligar a que los individuos interioricen dicha información. Las personas no son libres para evitar que la información estatal entre en sus vidas; no consumen aquello que quieren, sino lo que el Estado quiere que quieran.

Los diversos medios de comunicación se contrabalancean entre sí ante el veredicto rector del consumidor. Al fin y al cabo, las democracias modernas y su tan cacareada separación de poderes (sus pesos y contrapesos) no son más que una mala copia de unas empresas que se vigilan constantemente entre sí para proteger y satisfacer al consumidor.

La demanda de Vocento constituye un auténtico ataque a la competencia y a la capacidad de elección de los individuos: trata de impedir que una parte relevante de la información llegue a sus oídos, no quiere que sean libres para juzgar y decidir, prefiere imponerles su decisión particular. El ataque se disfraza de protección, y la censura de libertad de expresión.

Y es que en el fondo la demanda es contradictoria en sus propios términos. Una de las más claras intenciones de Vocento es denigrar la imagen de la COPE por medio de llevarla a los tribunales, esto es, practicar una "denigración de la competencia" a través de los medios coactivos que le proporciona el Estado. ¿Deberá Vocento presentar una demanda contra sí mismo por practicar las tropelías que imputa a otros?

Sinceramente, no aconsejo tamaña esquizofrenia. La mejor decisión sería la de retirar la demanda y adoptar una posición liberal en contra de la legislación "en defensa de la competencia". Espero que, si Vocento no cambia, los lectores y suscriptores liberales de ABC sí lo hagan.

Pobreza Cero

El propósito de dicho concierto era "presionar a los líderes políticos para que cumplieran sus promesas de erradicar la pobreza en el mundo". Para el cantante del grupo La Unión, Rafa Sánchez, se trataba de pedir a los líderes mundiales que "trabajen para que no reine la injusticia ni el dinero por el dinero".

Entre las medidas de este proyecto contra la pobreza mundial se encuentran el incremento de los fondos de desarrollo hasta el archiconocido 0,7% del PIB, un impuesto a las transacciones financieras internacionales (Tasa Tobin), la condonación de la deuda del Tercer Mundo y el cese de las peticiones de reformas estructurales "que impiden a los países pobres ejercer el derecho a decidir sobre sus prioridades y políticas de desarrollo".

Al parecer, estas propuestas buscan avanzar en el plan liderado por Naciones Unidas de reducir la pobreza mundial "por debajo del 15% para el 2015". Sin embargo, de acuerdo con Johan Norberg, esta meta ya se ha alcanzado, incluso superado. Según el autor de En defensa del capitalismo global, "la pobreza absoluta ha caído de un nivel del 44 por ciento en 1980 a un 13 por ciento en el 2000", y "800 millones de personas han salido de la miseria absoluta en 20 años".

Entonces, si el programa ha sido alcanzado, ¿por qué resulta necesario presionar a los políticos y arrancarles medidas urgentes? Probablemente los datos reales no merezcan ser tenidos en cuenta porque la arrogancia eleva al progre sobre el mundo. Es tal su compromiso "social" (sic) que repudia la realidad en su totalidad. Nada está bien, luego todo tiene que cambiar hasta que lo existente sea una réplica exacta del ideal que adoran. Semejante prepotencia sólo puede conducir al más estrepitoso de los fracasos.

Uno de los casos más conocidos es el del comercio internacional. Según la izquierda, la globalización es injusta porque no se rige por "unas reglas justas que [garanticen] un reparto justo y equitativo de sus beneficios". Evidentemente, lo único que consiguen al frenar el avance del libre mercado es empobrecer aún más a los más necesitados.

Bajo un humanitarismo intachable y unas propuestas solidarias late la vieja doctrina marxista de la explotación: los ricos son ricos porque los pobres son pobres. Esta teoría permite explicar todo cuanto sucede en el mundo y, por supuesto, darles el poder en cuanto lo reclaman. Desde las guerras hasta las catástrofes naturales, cualquier hecho tiene una causa que, en último término, se llama capitalismo, carente de todo recurso para defenderse.

De ahí que toda reducción del intervencionismo resulte, a su juicio, errónea, dado que relacionan incremento de pobreza con reducción del proteccionismo.

Analizando este documento de la Alianza Española Contra la Pobreza podemos encontrar esta tesis cuando exigen "el fin inmediato de cualquier presión a los países empobrecidos dirigida a reducir sus aranceles de importación y de la desprotección de sus servicios frente a la inversión extranjera". En ambos casos consideran que la liberalización es causante de "un crecimiento notable de la pobreza". Sin embargo, a nadie se le escapa que, cuando se rompen las cadenas que atan a los seres humanos y se les deja libres, la creatividad se incrementa exponencialmente.

Al mismo tiempo, como ha advertido Cristina Losada, los antiglobalización sostienen otra de las falacias más letales para el desarrollo, a saber, que "la pobreza se combate con ayudas a los gobiernos". Eso sí, son incapaces de apreciar que "la corrupción de los gobiernos africanos les cuesta a sus países la mitad del monto de su deuda externa". ¿Por qué se desenfocan las causas de la pobreza y se ignoran las vías para erradicarla?

En este sentido, no se ha apreciado autocrítica por parte de los colectivos de ONG, quizás porque tienen que lanzar mensajes apocalípticos para seguir recabando fondos.

Una periodista keniata coincidía con dicha opinión al afirmar: "Estas organizaciones nunca mostrarán a la gente que está trabajando duramente en África, esto no son buenas noticias. Sólo interesan las imágenes angustiosas para conseguir que se done dinero. Al mismo tiempo que exponen una imagen de sufrimiento, te dirán: ‘Por dos dólares al día puedes salvar a esta persona durante este período de tiempo’".

Probablemente esto explique su silencio ante las escandalosas sumas que atesoran en paraísos fiscales, entre otros, Sadam Hussein o Fidel Castro.

En un interesante documental se han tomado la molestia de averiguar lo que piden los pobres, y han llegado a la conclusión de que los africanos sólo reclaman más libertad empresarial y menos trabas para trabajar o abrir sus propios negocios. ¿Será acaso porque no creen en que la demagogia les dé de comer?

En lugar de la condonación de la deuda, lo que continentes como África precisan es que no se les dé más ayuda al desarrollo. No sólo es inmoral, ya que los estados gastan de forma irresponsable el dinero de los ciudadanos, además crea dependencia: el país receptor de fondos decide no cambiar las cosas para que todo siga igual y el dinero siga entrando.

Atendamos a la keniata June Arunga: "La ayuda que ha recibido África durante demasiado tiempo representa más del 50% de su PIB. No ha habido una correlación positiva entre la ayuda externa y el desarrollo. La mayoría de los países que han recibido esta ayuda no han experimentado ningún tipo de crecimiento o incluso han padecido una reducción de su PIB".

A pesar del falaz tercermundismo, los anticapitalistas de Pobreza Cero han recibido el apoyo de los intelectuales de salón. Luis García Montero ha pedido públicamente el apoyo para este proyecto, "porque es el único camino para que la humanidad apruebe sus asignaturas más importantes". Por su parte, Javier Marías ha comentado que es un "trabajo de locos" pero imprescindible. "Si nadie lo hace, el mundo será aún más loco".

Dando cuenta de lo reseñado, la terca obstinación de la izquierda es tal que jamás reconocerá algo tan simple como que la defensa de la propiedad privada y de un orden legal que garantice la seguridad jurídica son los medios más eficaces para luchar contra la pobreza. En el fondo, cualquier país puede imitar a Taiwán o a Singapur y dejar la miseria a un lado.

Lo único que se precisa es que los bienhechores voluntarios dejen de organizar conciertos y pedir más dinero para los tiranos e incompetentes gobernantes del Tercer Mundo. Máxime cuando, como dijo P. J. O’Rourke, "dar dinero y poder a un Gobierno es como dar las llaves del coche y una botella de whisky a unos adolescentes". Si semejante idea jamás se nos pasaría por la cabeza, ¿por qué seguir concediendo cheques en blanco a los estados del Tercer Mundo?

¡Hipócritas!

¿Recuerda cuando salió elegido Zapatero? Dijo que quería "un gobierno que no intervenga en la economía". Desde entonces España ha sido uno de los países más intervencionistas de la Unión Europea. ¿Y cuando acusaban al PP (que menudo otro también) del excesivo control y amiguismo que ejercía sobre las grandes empresas? Llegaron los socialistas y lo primero que intentaron fue destituir al presidente del BBVA, Francisco González. Hacen una reforma del IRPF, según ellos para aliviar al sufrido y maltratado pagador de impuestos, y luego resulta que en conjunto salimos perdiendo. Cuánta razón tenía el escritor y periodista H. L. Mencken hace ya setenta años: todo hombre decente debe avergonzarse del gobierno bajo el que vive.

Apreciados políticos de todos los partidos, menos palabras contradictorias, menos humor sarcástico y más hechos. Déjense de tanto hablar, de tanta maniobra política, amiguismos y pragmatismo "social". España y Europa, ante la imparable globalización, necesitan de medidas radicales y valientes. Ahora competimos con niños que están creciendo (India y China principalmente), y miren los problemas que dan; pero en unos años estos niños van a volverse gigantes que nos van a poder despedazar con una sola mano. ¿Esto es lo que significa la "Europa social"? Y mientras otros países avanzan hacia el libre mercado y poco a poco van despojándose del socialismo, ustedes toman el camino contrario. Están pensando en crear campeones nacionales y europeos, hacen ridículas bajadas de impuestos que no nos van a servir de nada, crean artimañas para satisfacer a los amigos que les han facilitado el poder, piensan en cómo privatizar tal o cual sector pero manteniendo el poder estatal sobre él, conservan una economía gobernada por la burocracia y el dirigismo. Efectivamente, como han dejado intuir en la reunión del Ecofin, el problema son ustedes, no la globalización.

Devuelvan a la gente y al mercado su libertad. La libertad de escoger en una economía no intervenida, libertad para que cada individuo se pueda volver un empresario sin dejar la salud y su dinero, desregulen el mercado laboral para crear la libertad de cambiar y encontrar trabajo cuando a cada uno le plazca, libertad para invertir en cualquier parte y mercado sin que el inversor se sienta apuñalado por Hacienda al retirar su dinero, dejen crecer el ahorro que es el principal factor para la innovación y progreso, den libertad a la entrada de capital extranjero derogando leyes y barreras… En definitiva, dejen de defendernos porque nos están matando. Con libertad, nosotros nos protegeremos mucho mejor de lo que ustedes hayan hecho nunca.

El borrelillo que se muerde la cola

Es la construcción del "nuevo hombre socialista" que se intentó el pasado siglo, llevándose de por medio, nada, a decenas de millones de seres humanos. Los socialistas de todo pelaje guardan todavía esta ensoñación totalitaria, que en España ha tomado la forma de una nueva Ley de Educación: la LOE. El texto habla literalmente de "construcción de ciudadanos", siempre desde los valores de la izquierda.

Siguen la estela del gran teórico de la pedagogía progresista, John Dewey, para quien "la gente debería ser considerada por sus asociaciones, no por sus logros personales". No, nada de logros personales, responsabilidad personal, esfuerzo, superación, auto exigencia. La LOE dice que "la responsabilidad del éxito escolar de todo el alumnado no sólo recae sobre los alumnos y las alumnas individualmente considerados, sino también sobre sus familias, el profesorado, los centros docentes, las Administraciones educativas y, en última instancia, sobre la sociedad en su conjunto".

De nuevo John Dewey: "Cualquiera que haya comenzado a pensar, pone una parte del mundo en peligro". Es más, "la gente independiente y que actúa por sí misma eran un anacronismo para la sociedad colectivista del futuro". Para evitarlo, para "construir ciudadanos" progresistas, la nueva ley prevé una "Educación para la ciudadanía" desde la misma infancia hasta el bachillerato. Por un lado se expulsa en lo posible todo lo que pueda suponer la transmisión de nuestra civilización, con la Religión como primera candidata. Se empequeñece la geografía como se quieren empequeñecer el alma y la perspectiva vital. Y se sustituye por un programa de adoctrinamiento, "Educación para la ciudadanía", al margen y con desprecio de los valores de los padres.

Todo ello es más fácil si la elección de centro está severamente condicionada por el lugar en que vives, y si limitas el número de colegios privados concertados, que se acercarían más a lo que desean los padres. Así se les resta la capacidad de elección. Atados al colegio más cercano, les resulta más difícil escapar a una educación que no es la que quieren.

El problema viene de haber cedido al Estado la gestión de un derecho que pertenece en exclusiva a los ciudadanos. Son ellos quienes tienen el derecho a elegir. Y pueden hacerlo basándose en el "derecho a ignorar el Estado", del que habla Herbert Spencer, y en la "desobediencia civil" de Henry David Thoureau. El derecho es nuestro, y el deber de ejercerlo, también.

Formación del Espíritu Progresista

¿Recuerda cuando salió elegido Zapatero? Dijo que quería "un gobierno que no intervenga en la economía". Desde entonces España ha sido uno de los países más intervencionistas de la Unión Europea. ¿Y cuando acusaban al PP (que menudo otro también) del excesivo control y amiguismo que ejercía sobre las grandes empresas? Llegaron los socialistas y lo primero que intentaron fue destituir al presidente del BBVA, Francisco González. Hacen una reforma del IRPF, según ellos para aliviar al sufrido y maltratado pagador de impuestos, y luego resulta que en conjunto salimos perdiendo. Cuánta razón tenía el escritor y periodista H. L. Mencken hace ya setenta años: todo hombre decente debe avergonzarse del gobierno bajo el que vive.

Apreciados políticos de todos los partidos, menos palabras contradictorias, menos humor sarcástico y más hechos. Déjense de tanto hablar, de tanta maniobra política, amiguismos y pragmatismo "social". España y Europa, ante la imparable globalización, necesitan de medidas radicales y valientes. Ahora competimos con niños que están creciendo (India y China principalmente), y miren los problemas que dan; pero en unos años estos niños van a volverse gigantes que nos van a poder despedazar con una sola mano. ¿Esto es lo que significa la "Europa social"? Y mientras otros países avanzan hacia el libre mercado y poco a poco van despojándose del socialismo, ustedes toman el camino contrario. Están pensando en crear campeones nacionales y europeos, hacen ridículas bajadas de impuestos que no nos van a servir de nada, crean artimañas para satisfacer a los amigos que les han facilitado el poder, piensan en cómo privatizar tal o cual sector pero manteniendo el poder estatal sobre él, conservan una economía gobernada por la burocracia y el dirigismo. Efectivamente, como han dejado intuir en la reunión del Ecofin, el problema son ustedes, no la globalización.

Devuelvan a la gente y al mercado su libertad. La libertad de escoger en una economía no intervenida, libertad para que cada individuo se pueda volver un empresario sin dejar la salud y su dinero, desregulen el mercado laboral para crear la libertad de cambiar y encontrar trabajo cuando a cada uno le plazca, libertad para invertir en cualquier parte y mercado sin que el inversor se sienta apuñalado por Hacienda al retirar su dinero, dejen crecer el ahorro que es el principal factor para la innovación y progreso, den libertad a la entrada de capital extranjero derogando leyes y barreras… En definitiva, dejen de defendernos porque nos están matando. Con libertad, nosotros nos protegeremos mucho mejor de lo que ustedes hayan hecho nunca.

Pobreza y moral

En un anterior artículo intentaba explicar una idea sencilla, pero que se me antoja esencial para entender el fenómeno de la pobreza. En primer lugar, ésta no es más que ausencia de riqueza. Y la riqueza no está ahí, esperando a que la atrapemos, sino que tenemos que producirla. Hacerlo depende de nuestro comportamiento. En consecuencia, el aumento de la riqueza, o la reducción de la pobreza, depende básicamente del comportamiento individual. Los esquemas redistributivos, que parten de una idea equivocada de lo que es la riqueza y de dónde proviene, confían en la transferencia de rentas, centrándose en el aspecto más material, sin percatarse de que lo relevante, en última instancia, es el comportamiento.

Acción e incertidumbre son inseparables. Pero nosotros hemos dado con varias formas de reducir la incertidumbre y aumentar así las posibilidades de éxito de nuestras acciones, y una de ellas son las instituciones, comportamientos pautados que nos ayudan a actuar correctamente, como por ejemplo la moral. La forma tradicional de acercarse a la pobreza evitaba la simple ayuda económica inmediata, especialmente en su forma más abstracta y versátil, el dinero, y se centraba principalmente en la reforma del comportamiento individual, para que quien se encuentre en una situación económicamente comprometida pueda salir adelante por sus propios medios.

Por ejemplo, se favorecía el mantenimiento de la unidad de la familia, así como que se cultivaran las relaciones con partes más amplias de la familia y con los miembros de la sociedad en que vive. Estas redes de solidaridad natural son transmisoras de los valores morales comunes y favorecen la atención a quien lo necesita. Valga como ilustración que, según la Fundación Heritage, en Estados Unidos "casi dos de cada tres niños pobres vive en familias monoparentales… Si las madres pobre se casaran con los padres de los niños, casi tres cuartas partes saldrían inmediatamente de la pobreza", tal y como allí se define ésta.

Los programas de ayuda estaban generalmente condicionados a algún trabajo, como pudiera ser el cuidado de los bosques. No para que las personas atendidas pagaran con su esfuerzo la ayuda que recibían, sino con el fin de que adquirieran el hábito del esfuerzo personal o el cumplimiento de compromisos adquiridos, lo necesario para que la persona pueda insertarse en el mercado de trabajo y salir delante de forma autónoma. También se intentaba favorecer la frugalidad y el ahorro, o alejar a las personas atendidas de vicios como el alcohol o las drogas, que desordenan el comportamiento.

Ello no quiere decir que no se ayudara materialmente a los pobres. Pero las ayudas no solían ser meramente dinerarias, sino que las organizaciones de caridad, que tenían una relación cercana con los pobres, atendían sus necesidades con los bienes adecuados. Si una familia vivía en una casa sin calefacción, se le daba una, pero no el dinero para comprarla. También era muy común que la ayuda económica consistiera en bienes de producción con los que hacer productivo su trabajo.

Siguiendo unas normas de comportamiento sencillas y razonables, si la persona no está impedida o no tiene una carga especial, es fácil escapar a la miseria económica. Un artículo de Steven Malanga decía: "para permanecer fuera de la pobreza en Estados Unidos, es necesario hacer tres cosas muy sencillas, según han sabido los científicos sociales: terminar el instituto, no tener niños hasta haberse casado y esperar al menos hasta los 20 para casarse. Haz estas tres cosas, y las posibilidades de empobrecerte son menos de una entre diez. Sin embargo, cerca del 80% de quienes no logran hacer estas tres cosas terminan siendo pobres".

Si se asegura una renta o una cantidad de bienes y se le dice a la persona que constituyen un derecho suyo, pese a que no los ha producido ella, se desincentivan el esfuerzo personal, el trabajo y el ahorro. Si se siguiera el camino opuesto, los resultados se verían enseguida. Volvamos al caso de los Estados Unidos. La Fundación Heritage ha calculado que "en los buenos tiempos, como en los malos, la típica familia pobre se sostiene con solo 800 horas de trabajo al año; esto son 16 horas de trabajo a la semana. Si el trabajo de todas las familias se elevara a 2.000 por año –el equivalente a un adulto trabajando 40 horas a la semana a lo largo del año–, casi el 75 por ciento de los niños pobres saldrían de la pobreza" tal como se fija allí oficialmente.

Microsoft, Franziskaner y Mariah Carey

Al parecer, la tremenda angustia que sufren los burócratas de Bruselas –que ni los ansiolíticos parecen capaces de frenar– tiene su base en que "fabricantes de ordenadores y consumidores no elegirán realmente su software".

Es como decir que el pack en el que Franziskaner vende su cerveza con un vaso a juego no me permite elegir realmente cualquier otro recipiente en el que arrojar ese líquido delicioso antes de trasegármelo como merece. Windows Vista, como sus antecesores, incluirá diversas aplicaciones para las que existen numerosas alternativas, sin que impida que éstas puedan instalarse. Firefox, RealPlayer, Google Desktop o Winamp seguramente seguirán en los discos duros de los futuros usuarios de Windows Vista, si es que Microsoft logra terminar su nuevo sistema operativo algún día.

No está claro qué es lo que molesta a la Comisión de Windows Vista. Según algunos, la posibilidad de buscar en Internet desde Internet Explorer 7 en una caja dispuesta a tal efecto (y equivalente a la de Firefox incluso en el lugar donde está ubicada) impediría la competencia entre buscadores. Para otros, el problema estaría en la inclusión de Windows Defender, un sistema para evitar el spyware, ese incordio que envía información confidencial, nos cambia la página de inicio y hace saltar innumerables ventanas llenas de tetas y culos –en sus versiones más suaves–, con la desfachatez añadida de no estar traducidas al catalán, la nueva lengua del imperio de la pornografia subvencionada.

Pretender que incluir estas cosas limita la capacidad de elegir de los consumidores es bastante ridículo; yo seguiré empleando previsiblemente Firefox y Google, aunque también Windows Defender, por la simple razón de que me parecen mejores que sus competidores. Pero es que nada irrita más a un burócrata que el que empresas y particulares decidan elegir por sí mismos, ignorando sus sabios consejos. Ejemplos aún más ridículos los hay a montones. Las autoridades antimonopolio estadounidenses, por ejemplo, quieren obligar a Mariah Carey a incluir en sus discos una canción de un artista local de cada distrito en el que los venda. Parece ser que "el dominio de Carey en su mercado –mujeres de entre 12 y 32 años– presenta una barrera casi imposible de superar por cualquier aspirante en ese relevante mercado". De acuerdo, es una broma. Pero no dejaría de ser una aplicación estricta de la doctrina.

No me extrañaría que la elección de tarros de cristal para envasar Nocilla, que al menos en mi casa se han convertido en vasos de uso diario, sería considerada seguramente por la Unión Europea como una inadmisible competencia desleal. Son así de raros.

La Europa incompetente

Microsoft, por su parte, en vez de decir que está en su derecho de intentar hacer un producto más completo responde que su "prioridad es mantener informadas a las autoridades reguladoras y al sector", y que "está creando Windows Vista para ofrecer oportunidades sin precedentes a otras compañías del sector", es decir, a la competencia.

Si Jerónimo Castillo de Bobadilla levantara la cabeza le daría un soponcio mayúsculo. El escolástico español del siglo XVI fue la primera persona que definió competencia económica tal y como sólo es posible en un mercado libre y dinámico. Lo hizo en 1585 al afirmar que competencia consiste en emular al competidor. Además, estableció uno de los principales beneficios de la competencia: que los precios de los productos bajan con la emulación y con la concurrencia de vendedores así como con la abundancia.

Este concepto dinámico de la competencia empezó a ser torpedeado a finales del siglo XIX con las primeras legislaciones antitrust de los EE.UU. La Ley Sherman de 1890 surge en los estados centrales como resultado de la concesión de privilegios al lobby de los ineficientes agricultores y ganaderos de estos estados frente a los modernos y competitivos centros de producción que florecían cerca de Chicago. Desde entonces la legislación antimonopolio se ha convertido en el arma arrojadiza de los productores ineficientes frente a aquellos competidores que han servido mejor a los consumidores.

En Europa las leyes antitrust llegaron a mediados del siglo XX y en un principio se introdujeron por los recelos que los gobiernos de la Comunidad Europea tenían de los monopolios públicos de los otros países miembros. Sin embargo, no tardaron mucho en ser utilizadas por los empresarios que no conseguían el favor del consumidor y por los políticos empeñados en imponer sus visiones de lo que deberían ser los productos y los modelos empresariales del futuro. Desde entonces y hasta ahora los bruselócratas han ido combinando una idea de competencia estática en la que las empresas tienen que actuar en un mercado exento de competencia real donde tienen que vender el mismo producto que la competencia y al mismo precio, con leyes antitrust que les otorgan un poder arbitrario a la hora de penalizar o prohibir operaciones empresariales.

Microsoft se ha convertido en el rehén estrella de los políticos europeos. Primero fue acusada de haber conseguido una gran proporción del mercado, luego de integrar Media Player en su plataforma Windows y por último de no contar todos sus secretos a la competencia. Vamos, que los comisarios de competencia le persiguen por competir. Las nuevas amenazas contra el próximo sistema operativo de Microsoft muestran que son los políticos, y no los consumidores, quienes deciden cómo han de ser los productos en esta República Socialista Europea donde competir se ha convertido en un delito y la incompetencia política se ha erigido en freno del avance socio-económico.

Microsoft y la globalización

Para los economistas de la Escuela Austriaca los monopolios se alzan cuando el consumidor así lo quiere comprando sus productos y no otros; y acaban muriendo cuando la pequeña competencia que les rodea aprovecha los momentos bajos del "monopolio" para tomar la confianza del consumidor y desbancarlo con mejores productos. Así pues, toda empresa constituida siempre tiene tres ciclos: nacimiento, maduración y muerte. Los "monopolios" no son una excepción.

Aunque no domina el 100% del mercado, se ha acusado a Microsoft de monopolio, y directamente todos pensamos que esto es "malo". Pero en los últimos años Microsoft, tal y como se puede ver por su cotización, no da una. La última ha sido, una vez más, el aplazamiento de su nuevo sistema operativo Windows Vista.

Con todo, la competencia tradicional a los programas del gigante de Redmond no parece ser una amenaza real. Pero una de las características del libre mercado es la increíble explosión de innovación y bajos costes que crea. Esta semana supimos que una empresa china va a fabricar y comercializar ordenadores equivalentes a un Pentium III por unos 100 dólares. Su objetivo es desbancar a los principales fabricantes de hardware, Intel y AMD. Un reto nada fácil. Evidentemente si la empresa tiene éxito los burócratas de Europa y Estados Unidos le impondrán altos impuestos de entrada no vaya a ser que los consumidores nos ahorremos dinero y ellos no puedan inflar sus abultados sueldos, pero eso sí, será para nuestro "bien común".

Lo que inevitablemente nos sugiere este ejemplo es, ¿y por qué no puede otra empresa china fabricar productos ofimáticos a sesenta, cincuenta o cuarenta euros? En el terreno del hardware, China hace algún tiempo que está avanzando, y en el software empieza a introducirse ahora. En el estudio del libre mercado hay miles de ejemplos sorprendentes y positivos como este. El capitalismo está aflorando con mucha fuerza en algunos países de Asia y además tiene capacidad para fuertes mercados autónomos donde la creatividad occidental puede encontrar un refugio al estatismo europeo y americano. Pero, ¿cuál es la respuesta de Europa a esta "amenaza" de innovación, bajos costes, fuga de genios empresariales y capital? Los políticos, en lugar de abrir la mente (tal vez sea demasiado pedir), las fronteras, retirar impuestos… sólo discuten, restringen y regulan nuestra libertad haciéndonos perder dinero, oportunidades y un tiempo precioso.

No podemos hablar aún de la muerte de Microsoft, ni de Intel, ni del gran triunfo de China, pero sí podemos atisbar algo seguro. Si no abrimos nuestras puertas a la desregulación, a la liberalización sistemática de todos los sectores y sí, al capitalismo más "salvaje", Europa quedará en pocos años como África. Y es que las conclusiones del Dr. DiLorenzo no sólo son aplicables al monopolio natural, sino también a los países: predomina el mejor hasta que otro se adapta más a los cambios y gustos del consumidor, nada dura para siempre, y menos aún obstruyendo el libre comercio.