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Etiqueta: Comercio globalización y desarrollo

Solos frente al Estado

Sucede, sin embargo, que el saludable gobierno limitado decimonónico se ha transformado a lo largo del último siglo en el monstruo estatal que ahora conocemos. Actualmente los gobiernos esquilman nuestro bolsillo, no para ejercer las funciones básicas que les son propias, sino para transformar radicalmente a la sociedad, quiera ésta o no; por las buenas o por las malas. Los políticos no son ya los garantes de la supervivencia de una forma de ver el mundo, sino aplicados ingenieros sociales jugando a hacer su pequeña revolución que les lleve a la posteridad. Una sociedad sana rechazaría de inmediato las pretensiones manipuladoras de esta minoría tiranizante; por eso el paso previo, como en todo procedimiento totalitario, es embrutecer a la masa lo que sea menester hasta hacerla inmune a la más mínima tentación reflexiva. A estas alturas de la Historia, los propios afectados hemos acabado aceptando gustosos sobre nuestros hombros el peso de una culpa inmerecida. Nos tiranizan, pero lo celebramos por que es por nuestro bien.

Un solo ejemplo: el tabaco. El gobierno produce, comercializa y obtiene impuestos de un producto dañino, pero la culpa de todos los males que acarrea la tiene usted, insensato consumidor. Las campañas antitabaco llegan prácticamente al insulto directo, convirtiendo al adicto en un monstruo insolidario al que conviene aislar. Los propietarios de los restaurantes, aceptan resignados que los políticos que mantienen con sus impuestos, decidan por ellos lo que les queda o no permitido hacer a sus clientes dentro de su propiedad. Y nadie protesta.

En realidad, la única diferencia entre el Estado del Bienestar (¡!) y un delincuente común, es que éste último, consciente de su condición vil, no te endilga después de robarte una palinodia para crearte mala conciencia. Te roba y se larga. A un gobierno "de progreso" no le basta con asaltar tu bolsillo. Quiere que se lo agradezcas. Es la tiranía más perfecta jamás soñada; aquella que no necesita ejercerse por la fuerza, pues las víctimas aceptan gozosas las cadenas que se le imponen. Es usted un esclavo, ¿Lo sabía?

La rebelión contra la riqueza

Si todo se debe al azar, los desdichados sólo conseguirán sobrevivir a través de la redistribución forzosa. Como explicaba hace unos pocos días el Secretario General de Cáritas: "Para que haya menos pobres tiene que haber menos ricos".

Y, cómo no, nuestro fabuloso ZP, ese experto tras dos tardes en economía, se ha adscrito a esta frívola solución de la pobreza. Según el diario Expansión, el jefe del Gobierno propondrá ante la ONU subir el IVA 0’2 puntos porcentuales en todo el mundo desarrollado para eliminar la pobreza.

Desgraciadamente, nada hace más daño a ricos, y pobres, que estas simplistas explicaciones que no atienden a estudiar, respectivamente, las causas de la riqueza y de la pobreza.

Imaginemos que un grupo de gente, por la razón X, destruye sistemáticamente la riqueza; y que otro grupo, por la razón Z, la genera de manera continuada. El disparate de la solución altermundista para la pobreza es flagrante: si quitamos la riqueza a quienes la producen y se la damos a quienes la destruyen no reduciremos la pobreza, sino que la incrementaremos.

Despejando las incógnitas, si la gente es pobre por el excesivo intervencionismo del Estado no parece que la solución más adecuada para la pobreza sea incrementar el tamaño del Estado en Occidente y en África.

Después de la cruzada contra los viciosos, la Inquisición fiscal socialista comienza ahora su ofensiva contra el desarrollo y la prosperidad.

El fracaso de la redistribución

El guitarrista Jon Schaffer se quejaba de que la solución izquierdista a todos los problemas consistía en lanzar un fajo de dinero y esperar a que se arreglasen solos. Es curioso cómo la izquierda mantiene con el dinero una relación de amor-odio: por un lado lo considera la causa de todos los males pero; por otro, la fuente de todas las soluciones (hasta el punto de querer obtenerlo a través de la fuerza, esto es, los impuestos).

La izquierda aburguesada cree haber encontrado la solución perfecta: dado que los pobres no tienen "dinero", simplemente tenemos que proporcionárselo.

Sin embargo, las causas de la pobreza son mucho más profundas. La explicación de que los africanos son pobres porque no tienen dinero con que emprender negocios y crear riqueza no se sostiene. Por ese mismo argumento, Europa y EEUU nunca hubieran alcanzado cotas de bienestar tan elevadas. Si África no puede prosperar es porque "algo" o "alguien" se lo impide, y mientras ese "algo" o "alguien" siga bloqueando la creación de riqueza el efecto de dar dinero a los africanos será el mismo que si lo lanzáramos a un pozo sin fondo.

Como ya hemos explicado en varias ocasiones, los africanos no pueden crear riqueza porque el derecho a la propiedad privada se encuentra atacado y vilipendiado por sus gobiernos.

Es curioso que las únicas recetas del PSOE consistan en ampliar el grado de intervencionismo y de poder de los gobiernos africanos. Bajo la férula del progresismo y de la demagogia más descarnada, Zapatero se dispone a dotar de mayor poder a los principales verdugos de las libertades en África.

Pero supongamos que los tiranos africanos fueran a administrar los fondos recibidos de manera diligente (con o sin supervisión de la ONU), ¿significa esto que la subida del IVA en Occidente conseguirá eliminar la pobreza? En otras palabras, ¿la redistribución de fondos es inútil solamente porque los gobiernos africanos son corruptos y liberticidas?

La respuesta es un rotundo "no". Aun suponiendo una más que dudosa buena fe en los tiranos, la receta mágica de Zapatero para desarrollar África consistiría en volver al socialismo real, esto es, a la completa planificación de la economía por parte del Estado. ¿Es que acaso la ruina del comunismo no ha enseñado nada a los politicastros del PSOE?

Un Estado no puede planificar la estructura de capital de una sociedad, ya que carece de la información necesaria para ello. El empresario, a diferencia del Gobierno, invierte "su" dinero y ofrece a los consumidores una serie de productos; si la inversión ha sido correcta obtendrá beneficios, en caso contrario quebrará y otros empresarios reanudarán la inversión.

Los Estados, en cambio, no obtienen la financiación de sus proyectos a través de las compras voluntarias de los consumidores, sino del expolio de los ciudadanos. Si una "empresa" pública pierde dinero, al Gobierno le basta con subir los impuestos o pedir más ayuda extranjera. La propiedad privada es el punto de partida de toda la economía; sin ella no hay capital, ni división del trabajo ni cálculo económico.

Por ello, los políticos y planificadores son incapaces de planear la estructura productiva de una sociedad; por tanto, el nuevo impuesto solidario de ZP será, como poco, dañino para los occidentales (si bien hay fundados motivos para pensar que lo será también para los africanos, al ampliar el poder de sus estados).

Mientras África no garantice el derecho a la propiedad privada, sus sociedades seguirán sumergidas en la pobreza. Nadie –ni los extranjeros ni los propios africanos– puede estar dispuesto a invertir en una sociedad donde el Gobierno puede, en cualquier momento, nacionalizar la inversión o quedarse con sus rentas.

Por mucha ayuda económica que llegue a África, la sociedad seguirá anestesiada mientras los gobiernos no dejen de agredir la propiedad privada y el espíritu empresarial de sus ciudadanos. En caso de que esa agresión cesara, el crecimiento sería tan veloz y espectacular que la ayuda exterior sería innecesaria.

En realidad, detrás de las cándidas y populistas propuestas de ZP lo que encontramos es un movimiento estratégico dirigido a ampliar el peso del Estado a costa de la sociedad. Los gobiernos occidentales incrementarán su grado de intervencionismo a través de la subida del IVA; a su vez, los gobiernos africanos, gracias a los nuevos fondos, ampliarán su poder.

El círculo vicioso

Pero además este movimiento estratégico generará un círculo vicioso de mayor intervencionismo. Por un lado, como hemos visto, el mayor poder de las dictaduras africanas significará la perpetuación, incluso ampliación, del ataque a las libertades y a la propiedad privada. Por otro, hay que tener en cuenta que las exportaciones africanas a España también se verán gravadas por el incremento del IVA: no sólo pagaremos más por los productos españoles, también por los africanos. Esto significa un menor incentivo para importar productos del Continente Negro. No es que el impuesto lo vayan a pagar los empresarios africanos, sino que los consumidores españoles reducirán sus compras, entre ellas las de bienes africanos.

Con sus políticas socialistas y neoinquisitoriales, ZP no sólo castiga a los españoles, también a los pobres africanos a los que dice ayudar. El negocio izquierdista sale redondo: los gobiernos africanos incrementan su presencia y la sociedad civil sigue empobreciéndose.

La ecuación sólo puede desembocar en una mayor miseria en el futuro, argumento perfecto para volver a incrementar el IVA en Occidente. Vemos, pues, cómo el compadreo dirigista entre sus dictadores y los nuestros termina cercenando la libertad de todos. Eso sí, no duden de que los políticos actúan defendiendo nuestros intereses.

Conclusión

Pocas veces la célebre frase de P. T. Bauer acerca del intervencionismo ha sido tan certera: "La ayuda externa es un excelente método para transferir dinero de los pobres de los países ricos a los ricos de los países pobres".

Los españoles, todos, pagarán más por el hecho de consumir. El Gobierno, haciendo uso de su omnipotencia, ha decidido quedarse con una mayor porción de "nuestro" dinero. Pero, para más inri, el objetivo de tal robo no es otro que engordar las arcas de los tiranos africanos; esto es, consolidar los regímenes opresores, que son los principales culpables de la pobreza en África. A diferencia de lo que decía el secretario general de Cáritas –y parece suscribir el PSOE–, "para que haya menos pobres tiene que haber más ricos"; esto es, los pobres tienen que volverse ricos, y no los ricos pobres.

Pero ZP aprovecha el sentimentalismo contra el hambre para incrementar su poder. Los menesterosos no le importan; no pueden importarle, dado que sus políticas van dirigidas a utilizarlos como reclamo de caza, como justificación bananera a su progresivo control político y económico de la sociedad.

Los africanos no son libres; sus vidas y sus propiedades se encuentran sistemáticamente atacadas por los autócratas intervencionistas. La propuesta de ZP sólo conseguirá recortar aún más la libertad de los africanos y fortalecer los mecanismos represivos de sus estados. Sin embargo, no deberíamos olvidar que quien ha urdido semejante plan despótico es nuestro presidente del Gobierno. Los africanos no son libres, pero nosotros no deberíamos dormirnos en los laureles.

El caso Charleroi

Hace un par de años la pequeña localidad de Charleroi, cercana a Bruselas, se hizo famosa en toda Europa. Desafortunadamente el motivo de esta súbita notoriedad fue la supuesta concesión de subvenciones por parte del gobierno local a Ryanair, la compañía de vuelos de bajo coste que va camino de jubilar a varias aerolíneas del viejo continente. Bruselas exigió a Ryanair, acusada de deslealtad competitiva de altos vuelos, que pagase 4 millones de euros. El caso y la lectura que la Comisión hizo del mismo pusieron en entredicho la veracidad de la proclamada defensa que la compañía irlandesa ha venido haciendo de la libertad económica.

De repente el mundo se volvió del revés. La intervencionista Comisión, con Loyola de Palacio a la cabeza, se nos presentaba como defensora de la libre competencia y la libertad económica mientras que la empresa innovadora y en plena expansión resultaba ser una buscadora de rentas ajenas. La propaganda euroestatalista nos contaba que gracias a la Comisión –la misma que autorizó cientos de millones de euros en ayudas públicas a las compañías de bandera– la libre competencia quedaba restituida.

La verdad es bien distinta. Lo que la Comisión calificó como subvención no era tal. Ryanair no recibió solicitó ni un duro y nadie ha probado jamás que haya recibido dinero público. Las famosas subvenciones resultaron ser tasas de aeropuerto más bajas que la media. Es decir, Ryanair pagó por las tasas de aeropuerto de Charleroi menos de lo que otras compañías suelen pagar por usar instalaciones aeroportuarias. Las grandes compañías, que veían cómo la irlandesa les comía el terreno, clamaron al cielo y se agarraron al clavo ardiente de las bajas tasas. Fue entonces cuando la Comisión decidió poner freno al “escándalo” que suponía que una compañía no aceptara un coste como algo dado. Y es que en eso consistía el pecado de Ryanair: no aceptar los costes en los que alegremente incurría la competencia y negociarlos a la baja gracias al comodín que suponen los millones de pasajeros que la compañía aérea puede hacer pasar por un pequeño aeropuerto. Una vez que la aerolínea de bajo coste fue considerada culpable de recibir subvenciones por Loyola y compañía, Ryanair hizo públicos los precios que paga en otros aeropuertos similares, tanto públicos como privados, en un intento desesperado por demostrar que ellos negocian el precio a la baja de manera implacable con independencia del tipo de propiedad del aeródromo del que se trate.

Pero aquella prueba de nada les sirvió. Competir tratando de bajar los costes es considerado un pecado de suma arrogancia por parte de los políticos de Bruselas. Y si encima se trata de una empresa de la cual su presidente dice que no es convencional porque al contrario que las compañías tradicionales ganan dinero y no piden a ningún gobierno que les pague nunca nada o afirma que el negocio de la aviación comercial se ha basado hasta ahora “en el monopolio de los gobiernos estafando a los consumidores”, la sentencia de fusilamiento político queda dictada.

El caso Charleroi nos muestra una vez más cómo la Comisión Europea y sus departamentos antimonopolio se dedican a torpedear sistemáticamente a las empresas que revolucionan los mercados y reciben el apoyo masivo de los consumidores al tiempo que nos intenta encadenar a las empresas que no queremos seguir contratando. Si hay que hacer juegos de malabares o trucos de prestidigitación lingüística para que una buena negociación sea vista como una subvención criminal, se hacen y punto. Después de todo, es el dominio de lo político sobre económico lo que está en juego.

La conquista del espacio

El 25 de mayo de 1961 el presidente Kennedy emplazó a su nación a poner un hombre sobre la luna antes del final de esa década. La carrera espacial entre rusos y americanos entraba en una nueva fase. Varias empresas americanas se afanaron por conseguir que la NASA contratara sus proyectos. En la URSS, recelosos del despilfarro que suponía la competencia burguesa, aunaron esfuerzos bajo un planificador central.

Si la NASA encontraba algún problema técnico y presupuestario con alguno de los contratistas, le bastaba con recordarle que tenía competidores ansiosos por sustituirle. Y, llegado el caso, ¡podía hasta hacerlo! Y mientras tanto el programa nacional seguía su curso con otra empresa. Si la agencia soviética, en cambio, se encontraba con algún problema, tenía que apañárselas solita y todo el programa nacional quedaba resentido.

El resultado fue que mientras Armstrong, Aldrin y Collins volvían triunfales de la misión Apollo 11, su competidor soviético, el Luna 15, se estrellaba contra la superficie. Anquilosada en su ineficiente estatalismo, la agencia espacial soviética entendió que no podía aspirar a las aventuras espaciales tripuladas más allá de la atmósfera terrestre. Así que se ciñó a la exploración interplanetaria con sondas no tripuladas y al mantenimiento de estaciones espaciales en órbita terrestre.

La agencia americana, por su parte, embriagada con el triunfo del programa Apollo, fosilizó las relaciones con sus contratistas. Es decir, eliminó todo vestigio de competencia capitalista. Pensaron en la NASA que los transbordadores de los contratistas vitalicios iban a realizar centenares de vuelos al año hasta la Estación Espacial Freedom (libertad), que Reagan había propuesto en 1984 que se construyera en un plazo de diez años. Ocho años antes de que concluyera ese plazo, ocurrió el primer accidente mortal de los transbordadores. Desde entonces, la hoja de servicios de la NASA ha ido emponzoñándose paulatinamente.

En cambio, cuando el Imperio Soviético implosionó y los rusos se vieron en la bancarrota no dudaron en abrazar el capitalismo: grabaron anuncios de televisión para Pepsi Cola, Pizza Hut y Lego, entre otras empresas privadas y vendieron al mejor postor viajes espaciales para turistas.

Visto el contraste entre lo caro que le resultaba a los estados hacer el ridículo y lo vigoroso que era el mercado ofreciendo soluciones rentables, la recuperación de confianza en la libre empresa fue ganando adeptos. En enero de 1997, Spencer Reiss, sugería: “¿Qué pagaría, digamos, Ruper Murdoch por los derechos en exclusiva de la mayor épica en la historia moderna? Una tripulación telegénica. Un drama de vida o muerte. Imágenes en directo a 25 millones de millas de distancia. Y el primer aterrizaje en otro planeta; en fácil apostar que sería el acontecimiento más visto de la historia (…) Y ni siquiera hemos hablado de qué empresa de zapatos pondrá su logotipo en la primera huella sobre el suelo marciano. Just do it.” Simplemente, hazlo, sugería Reiss en diáfana referencia a la famosa marca de calzado deportivo.

Paralelamente, en Estados Unidos, mientras la NASA no levanta cabeza, han aparecido una multitud de empresas llamadas “no tradicionales”. Son empresas privadas, pequeñas y dinámicas que al estilo emprendedor de Silicon Valley, pretenden hacer fortuna con nuevos conceptos para rebajar costes y acercar el espacio a los consumidores. Véanse Scaled Composites, tSpace o Space Adventures. Esta última está preparando una serie de expediciones que empezarían dentro de cinco años con un viaje alrededor de la luna (sin alunizaje) para dos astronautas. El precio que tendrá que pagar cada uno será de unos cien millones de dólares. Teniendo en cuenta que cada viaje del trasbordador cuesta unos quinientos millones, parece que los de Space Adventures están fulminando los precios.

En junio de este año, el administrador de la NASA Mike Griffin dio un sorprendente golpe de timón con un discurso ante varios congresistas en el que no cesó de alabar la competencia. Y afirmó que le gustaría poder comprar billetes para sus astronautas en naves espaciales de propiedad privada. Puede ser un futuro muy interesante… y muy próximo.

Los fallos del político los pagamos todos

ecuente el suicidio entre los voluntarios para ir al frente que eran rechazados por no resultar aptos. En contraste, si se pregunta a la izquierda política de nuestro tiempo cuales son los ideales que debe defender occidente, la respuesta será tal brebaje de generalidades grandilocuentes sobre la humanidad, el diálogo entre civilizaciones, los derechos humanos, la legalidad internacional emanada de la ONU, la paz mundial o el desarrollo sostenible, que ni un insecto se dejaría matar por ellos.

Cuando se ha conseguido llevar a la mitad más próspera y libre del planeta a este estado de desfonde intelectual y moral, el terreno queda convenientemente abonado para que fructifiquen hasta las ideas más delirantes de la intelectualidad orgánica de izquierdas, siempre removiendo los cascotes del muro de Berlín, a la búsqueda de alguna idea que no ofenda en exceso la inteligencia humana. En este estado de postración intelectual, no resulta extraño el extraordinario florecimiento de la irracionalidad, el misticismo absurdo y las doctrinas descabelladas, de todo lo cual el movimiento de la Nueva Era es su principal expresión.

Si el progresismo es la quintaesencia de la ingravidez intelectual, la New Age es su trasunto oligofrénico, lo que la convierte, de inmediato, en una propuesta atractiva para el espíritu contemporáneo, pues ofrece una oportunidad para integrar todos aquellos elementos absurdos que la esquizofrenia postmoderna había dispersado.

El movimiento New Age es una corriente cultural (es decir contracultural), cuyo origen se localiza en la costa oeste de los EEUU durante la década de los sesenta, que se basa en una concepción mágica de la realidad, en la que los arcanos de las culturas más disparatadas (atlantes, rosacruces), las terapias más absurdas y una antropología irracional, se trufan con un mesianismo milenarista, un pacifismo ultramilitante y el inevitable toque OVNI, formando una grasienta empanada de imposible digestión. La renuncia intelectual de sus practicantes es tan severa, que dentro del movimiento de la Nueva Era no resulta extraño encontrar a cristianos que creen firmemente en la reencarnación, o estrellas de Hollywood, cuya evidente politoxicomanía y hedonismo no les impide declararse fervorosas seguidoras del ascético budismo zen.

En realidad, la New Age sirve perfectamente a los fines establecidos por los ideólogos de la guerra contracultural, pues su mística, al contrario que la judeocristiana no está basada en la comunión o el crecimiento personal, sino en la disolución total con un evanescente “todo cósmico”. Este carácter decadente de la ética y la estética New Age, que entroniza el relativismo moral y cultural como un valor a perseguir, convierte a esta corriente en un aliado virtuoso de la intelectualidad progresista, en su tarea de dejar a la sociedad sin recursos eficaces contra su propaganda anticapitalista.

Es hora de insistir en que el capitalismo es el único sistema que permite al individuo llegar tan lejos como su inteligencia, ambición o habilidad le lleven, recompensándole en consecuencia. Bajo el orden capitalista, el éxito no depende del dictado arbitrario de unos pocos sino de la aceptación de una mayoría libre. No nos engañemos. Nuestro sistema de vida capitalista no es atacado por este ejército de zombis morales por sus defectos (que los tiene como toda obra humana), sino precisamente por sus virtudes. La motivación real de los colectivistas hegeliano-marxistas que controlan nuestra cultura, no es su amor por el comunismo o su pasión por la “liberación del tercer mundo oprimido”, sino su odio visceral hacia el sistema de vida occidental capitalista. Su mediocridad les impide admitir que el éxito de los demás se debe a su superior talento o disciplina; por tanto insisten con empeño en que toda fortuna es fruto del robo y, por extensión, que la riqueza de los países prósperos procede de la explotación injusta de las zonas míseras del planeta. Por eso siguen repitiendo que los que defendemos la libertad civil y la propiedad privada somos peligrosos egoístas totalitarios, mientras que los apóstoles de mayores controles estatales o los que se declaran fascinados por el régimen castrista, son los auténticos adalides de la libertad y el progreso.

Ahora, más que nunca, es necesaria una rebelión intelectual y moral que desenmascare todo este veneno social y los agentes que lo inoculan. Aunque la tarea es ingente, es posible detectar algunos incipientes movimientos reactivos en amplias capas de la población. El éxito de iniciativas como Libertad Digital, o más coyunturalmente las masivas manifestaciones en defensa de cuestiones que afectan al orden social y a los principios en que se sustenta la unidad nacional, así lo demuestran a nuestro juicio. El nerviosismo de la izquierda lo corrobora. Es como si todos esperaran a que el vecino afirme públicamente que el “rey va desnudo” para sumarse con bravura a esta denuncia de lo evidente. Pues bien, proclamemos ya, ahora, que el rey no sólo va en pelotas, sino que además, estamos dispuestos a rebelarnos contra su tiranía con las herramientas que proporciona a todo hombre la razón, la moral y la inteligencia, para distinguir lo que la Historia ha demostrado que hace a las sociedades prósperas de lo que las esclaviza.

En última instancia, la única diferencia entre la conquista violenta del poder por una minoría totalitaria, como pretendía el leninismo, y la obtención del mismo por caminos difusos previa aniquilación del arsenal moral e intelectual de la sociedad, si finalmente sucede, sólo estribará en que la agonía habrá sido más larga y las víctimas mucho más numerosas. Es posible que estemos inmersos en una guerra perdida de antemano, pero aún así, nosotros estamos dispuestos a luchar en ella con todas sus consecuencias. ¿Y usted?

¿La liberalización económica perjudica al consumidor?

El uso abusivo de las encuestas se ha convertido en una medida de presión que utilizan los partidos políticos y los medios de comunicación para convencer a los gobernantes de las reformas que la “sociedad” estima más pertinentes. Una de las últimas encuestas que hemos podido conocer es sobre la opinión de los españoles acerca de la liberalización económica. Al parecer, un 46,2% considera que la liberalización mundial supone un “peligro para el empleo de los españoles” y que es más “positivo para las multinacionales” que para los consumidores.

La pregunta que podemos hacernos es por qué buena parte de los españoles desconoce los beneficios de la globalización. Quizá la influencia de los medios de comunicación tenga algo que ver en esto. ¿Se acuerdan, por ejemplo, de aquel programa infantil en el que se decía, “muera el mal, muera el capital”?

Aunque por todas partes se escucha que la globalización sólo conlleva explotación infantil, paro y miseria generalizada, este proceso no es más que la libertad de establecimiento de las empresas en cualquier parte del mundo. Esta libertad se puede apreciar no sólo en la constitución de filiales en distintos países, sino también en la posibilidad de vender productos por todo el planeta. Hoy en día, es frecuente que parte de la producción de una empresa se realice parcial o totalmente en Asia mientras que la matriz de la entidad se localiza, pongamos el caso, en Europa.

Parece que mucha gente considera que este proceso sólo beneficia a las empresas pero no a los consumidores. Sin embargo, esto es tanto como ver una parte de la película, como fijarse en los subtítulos y perderse los gestos y las miradas de los personajes. Evidentemente, en la medida en que existe capitalismo son los consumidores los que enriquecen o hacen arruinarse a un empresario o a una empresa.

Cuanto más baratos son los productos, los consumidores pueden consumirlos en mayor medida. Entonces, si analizamos la liberalización mundial desde el punto de vista de un consumidor, tendremos que alegrarnos de poder comprar, por poner un ejemplo, un DVD taiwanés por menos de 60 euros y no estar obligados a comprar un mismo reproductor español a un precio muy superior.

Puede que el hecho de que compremos DVDs asiáticos haga que algunas empresas españolas tengan que cerrar. Lo que no se ve es lo que sucede con el dinero que usted se ahorra en la compra de este producto. Ese dinero, lo puede destinar a ropa, a otros bienes de consumo o a ahorrar. Con esos euros que usted deja de gastar en la compra del DVD puede dar de comer a miles de personas. Desde la gente que trabaja para el supermercado, a los bancarios, a los empresarios que pueden obtener un préstamo gracias al dinero que usted ahorra, etc.

En términos generales, no se puede decir que la economía vaya peor sino que los recursos se han destinado de forma más eficiente. Usted ha comprado de forma inteligente, buscando el mejor precio, y los competidores ineficientes salen del mercado. Pero su “capital” vuelve a él bajo otras formas, empresas o productos buscando el sector y el producto más valorado por el consumidor. Si artificialmente, el Estado pusiera trabas, se desperdiciaría y sólo ganarían las empresas protegidas mientras, usted y yo, como consumidores vendríamos obligados a pagar más por algo que antes nos resultaba más barato.

Comprar en el mercado es mucho mejor que votar ya que no se trata de esperar a que nuestro candidato político baje los precios y mejore nuestras vidas. Un político sólo puede transferir dinero de los consumidores a empresas o a grupos de interés. Un empresario no tiene tal poder, su tarjeta de visita es su prestigio y los productos que ofrece. Usted puede darle la espalda en cualquier momento. Con un político se casa por lo menos cuatro años. Y no puede divorciarse inmediatamente.

En la vida real, usted decide, y gracias a eso, la sociedad prospera. Si considera que nadie mejor que usted sabe lo que le conviene, el mercado es el sistema que más le conviene porque no le obliga a comprar lo que usted no quiere. La política, en cambio, si que le fuerza a pagar por lo que no desea porque, de no hacerlo, le embargan lo que tiene o le encarcelan.

La liberalización económica, como hemos visto en los últimos años, no ha aumentado precisamente el número de desempleados sino todo lo contrario. Allá donde la liberalización se extiende, el bienestar llega a todas las clases sociales. Por el contrario, donde se limita, prosperan unos a costa de otros. Apostar por la globalización, mejora su vida. Defender el proteccionismo y el intervencionismo estatal, le costará dinero y trabajo porque hasta los DVDs serán un lujo que no podrá permitirse si no es a costa de restringir drásticamente su consumo.

Mercado Único: un yogur caducado

El debate sobre Google Print se ha vuelto a poner en el tapete por la paralización por parte de Google de la digitalización de obras protegidas por copyright y por la publicación de un artículo de Darío Villanueva tan socialista que parece europeo, más concretamente de la rama gabacha. El catedrático de Literatura asegura que prefiere un esfuerzo europeo estatal que cree verdaderas bibliotecas virtuales que ofrezcan un valor añadido en lugar de meros repositorios de libros, quizá sin darse cuenta de que la facilidad de uso y accesibilidad de un buscador de libros como Google supera a cualquiera de las patéticas prestaciones que se ofrecen en un proyecto pionero de los que le gustan, como es Cervantes Virtual.

En definitiva, estamos ante un ejemplo más de la lucha entre iniciativa privada y pública, entre liberalismo y socialismo, entre libertad y coacción. No apoyo el proyecto de Google porque sea bueno, que lo es, lo apoyo porque si es malo y no lo utiliza nadie sus creadores pagarán por haberse equivocado. Tampoco me opongo a Cervantes Virtual porque sea malo, que lo es, me opongo porque el fracaso de semejante bodrio innavegable lo pago yo y no sus creadores.

Por supuesto, en este caso como en otros es difícil separar el debate sobre derechos del de la utilidad. Milton Friedman explicó el problema en términos utilitaristas con una sencillez pasmosa. Existen cuatro posibles modalidades de gasto teniendo en cuenta dos parámetros: el origen del dinero y el destino de los fondos. Cuando el dinero lo gastamos nosotros en nosotros mismos es cuando normalmente está mejor empleado: no tiramos el dinero adquiriendo cosas inservibles y cuidamos muy mucho de gastar más de lo necesario. En cambio, cuando el dinero es nuestro y el destinatario es otro, aunque cuidemos la cantidad, no vigilamos tanto el valor real de aquello que compramos. Cuántos regalos nos habrán hecho y hemos pensado: “si no fuera porque es la intención lo que cuenta, lo tiraría mañana a la basura”. Es más, cuántos regalos hemos hecho pensando: “ahora el pobre lo tendrá que poner en la repisa cuando venga de visita”.

Las dos posibilidades que nos quedan son fáciles de deducir tras ver las dos primeras, pero les ahorraré el trabajo que les veo vagos con la modorra agosteña. Si el dinero no es nuestro pero invertimos en nosotros mismos tendremos cuidado en el buen destino de los fondos, pero no nos preocupará gastar mucho ni poco. ¿Qué más da? Si la empresa tiene a bien pagarme un hotel de cinco estrellas, no me voy a quejar. Eso sí, si fuese mi dinero, iría a uno más cutre, como hacemos los menos potentados en nuestras vacaciones. Por último, el desastre total tiene lugar cuando ni el dinero es nuestro ni lo vamos a invertir en nosotros mismos. En ese caso, da lo mismo cuanto gastemos y, encima, da lo mismo que sea invertido en algo útil.

El proyecto de Google es un ejemplo de la segunda posibilidad y las bibliotecas virtuales estatales del cuarto. Ambos incorporan un elemento de vigilancia extra: el mercado y la democracia. Sin embargo, mientras el mercado supone una vigilancia continua y personalizada, en el que la indiferencia supone un fracaso, la democracia es una vigilancia retardada y en pack, en el que la indiferencia permite eludir el fracaso. No hace falta ser un genio para ver cuál funcionará mejor, aspectos éticos aparte. El caso es que yo uso ya el ingenio de Google y no la biblioteca estatal española. Y es que el Estado mata la cultura.

Hambre en Níger

El PSOE presentará en septiembre su plan de competitividad para el comercio. El objetivo del plan es aumentar la transparencia, la competencia, fomentar la incorporación de nuevos operadores y modernizar los canales de distribución.

Qué gran contrasentido que sea el gobierno quien cree más competencia cuando sólo él con sus impuestos, reglas inútiles y sistema de multas es quien elimina sistemáticamente la competencia. Y qué gran contradicción, también, que sea el gobierno quien quiera imponer transparencia a todo aquel que no sea el mismo, cuando sus métodos de financiación son los menos transparentes de todos. ¿Sabe usted adonde, o a quién, van destinados sus impuestos? ¿Sabe en cuánto se beneficia de lo que el estado le usurpa? Ni lo sabe, ni nunca lo sabrá. Al gobierno no le interesa.

En la estructura del libre mercado la transparencia es sustituida por la eficiencia quedando expresada en los precios. Éstos son el reflejo de la importancia que damos a los bienes materiales, y a la vez, crean la estructura productiva de todos los escenarios entre oferta y demanda. Si todos queremos comprar pan, por ejemplo, legiones de pequeños, medianos y grandes empresarios competirán para darnos el mejor pan o el pan más barato. Lo mismo ocurrirá con los proveedores de esas panaderías, con los proveedores de los proveedores… y así hasta llegar a la materia prima. La libre competencia absoluta surgida del orden espontáneo de la gente, y no la planificación de un dictador de la producción, es el mejor plan para nosotros y la economía.

Es el consumidor, y no la empresa, el patrón que dirige el barco de la producción en el libre mercado. El estado, en cambio, es el iceberg que pone en peligro la estructura natural productiva generando el consiguiente hundimiento económico. No es un fallo de mercado, sino un fallo del estado.

Ningún gobernante tiene legitimidad alguna para imponer condiciones a nadie. El estado no tiene la capacidad, ni el interés para saber qué es lo que quieren los consumidores ni empresas. Ningún grupo de burócratas puede abarcar y gestionar toda la información, necesidades ni gustos de la sociedad.

Cada vez que el gobierno intenta regular nuestros asuntos privados el caos es la única garantía: leyes difíciles de aplicar para los comerciantes, aumento en los costes que castigan a un grupo de comerciantes en beneficio de otros, horarios incompatibles con el consumidor premiando al empresario ineficaz y castigando al emprendedor, gastos estatales de intermediación que pagamos todos tanto seamos consumidores como no, más funcionarios ociosos…

Los procesos de mercado no tienen porque ser caros ni complejos para beneficiarnos a todos. Más bien podemos aplicar el principio de la Navaja de Occam: la solución más sencilla es la correcta. Demos libertad tanto a oferta como demanda, eliminemos las leyes y regulaciones al sector del comercio, eliminemos la barbarie de los impuestos y que los grupos de presión pierdan su poder político de forma absoluta; y esto significa la total no intervención del estado.

Hagámoslo sencillo. Apartemos al estado y la competencia surgirá sola sin darnos ni cuenta: horarios libres, nuevos intermediarios, variedad de precios y calidad, más marcas para satisfacernos, menos burócratas, más innovación empresarial… Y todos estos beneficios serán sin haber gastado ni un solo céntimo de nuestro bolsillo, a diferencia del nuevo plan del PSOE. Sólo el Capitalismo libre nos puede dar más libertad y bienestar. En este proceso libre no hay árbitros, sólo oferta y demanda pactan el nivel de bienestar por medio de los precios, que a la vez han sido determinados por las preferencias del consumidor.

En un mundo de libertad capitalista y económica todos salimos ganando, y además nos desharemos de la imposición, arbitrariedad, extorsión y corrupción de los políticos que creen que sus mandatos están por encima de nuestra libertad.

Uno de socialistas

Diversos colectivos izquierdistas han propugnado que el único camino para combatir la pobreza en el mundo es reduciendo nuestro desbocado consumo. El Tercer Mundo es pobre porque nosotros somos ricos. Si consumiéramos menos, el Tercer Mundo podría consumir más.

Detrás de esta argumentación se esconde una supina ignorancia económica. Aparte del hecho fundamental de que la tarta no esté “dada”, sino que el ser humano, gracias a su ingenio y empresarialidad, consigue ampliarla continuamente (de manera que sólo consumimos aquella parte nueva que hemos creado), no se explica a través de qué mecanismos económicos adquirirán los productos sobrantes las personas pobres.

Los trabajadores occidentales consumen mucho porque antes han producido mucho y tienen algo que ofrecer a cambio. Comprender este hecho me parece fundamental para ver el absurdo de la propuesta altermundista.

Si decidimos reducir nuestro consumo, por ejemplo, a la mitad, puede que hoy dispongamos de abundantes excedentes de bienes de consumo. Pero, ¿cuál será el incentivo mañana para continuar produciendo el doble de cuanto queremos consumir? En este escenario, o bien la gente se dedicaría a mejorar las estructuras de capital para reducir el tiempo necesario para producir los bienes y servicios que quieren consumir o, simplemente, reduciría su jornada laboral, esto es, reduciría la producción a la mitad.

En otras palabras, el excedente productivo que obtendríamos hoy si súbitamente nos abstuviéramos de consumir tanto, se esfumaría mañana. La única manera de continuar produciendo el doble sería, precisamente, estableciendo una dictadura socialista que obligara a los trabajadores a seguir acudiendo 8 horas al trabajo cuando podrían satisfacer sus necesidades con cuatro.

El problema no es que Occidente consuma demasiado, sino que los africanos producen demasiado poco. En este sentido, la pregunta oportuna es: ¿por qué África es incapaz de producir tanto como Occidente? Y no: ¿por qué Occidente es tan insolidario consumiendo la porción del pastel africana?

El pastel no está dado, lo producimos nosotros. Pídanos que consumamos menos y produciremos menos. La única vía expedita será entonces la mano férrea y tiránica de los políticos.

África tiene que enriquecerse a través de la producción. Necesita empresarios y capitalistas, esto es, necesita de un marco jurídico e institucional en el que la propiedad privada sea protegida y reconocida. Bien poco podemos hacer los occidentales para que salgan de su pozo; salvo una cosa, no hundirlos más con este tipo de propuestas absurdas y lamentables.

¿Por qué es buena la importación?

Importar bienes y servicios es bueno para usted, bueno para la empresa en la que trabaja y bueno para la economía en su conjunto hasta tal punto que sigue siendo bueno cuando algunos negocios se ven obligados a echar el cierre. ¿Le sorprende? ¿No le cuadra la idea de que si compramos mucho al exterior nuestra economía pueda beneficiarse de ello? No se preocupe, es lo habitual. En asuntos como el comercio internacional sigue muy presente la mentalidad mercantilista en virtud de la cual la economía es un ejercicio de suma cero en el que unos ganan vendiendo y otros pierden comprando. Tal convencimiento hunde sus raíces en la noche de los tiempos, en el pasado más remoto de nuestra especie cuando ni se compraba ni vendía. Las “transacciones comerciales” eran por la fuerza y, efectivamente, implicaban que una parte se enriqueciese y la otra se empobreciese de manera súbita y, las más de las veces, inesperada.

En un entorno de libre mercado, respeto por los contratos y economía abierta comprarle cosas al vecino es bueno para las dos partes. Para el que vende y para el que compra. La experiencia nos dice que los países más abiertos, los que menos trabas ponen al comercio son los más adelantados, lo más competitivos y, naturalmente, los más prósperos. Holanda, por ejemplo, se desarrolló vertiginosamente en el siglo XVII cuando decidió organizar una vasta red comercial a escala mundial. Y eso que la Holanda de entonces apenas poseía bienes para exportar. En nuestros días el ejemplo lo han seguido algunas naciones con gran éxito. Singapur o Hong Kong llevan medio siglo dedicados, en esencia, a comerciar y no puede decirse que les vaya mal del todo. Otros países más grandes se han especializado en ciertos productos que ponen en el mercado a precios muy competitivos mientras compran el resto de bienes que necesitan. Taiwán, por ejemplo, es una inmensa factoría de aparatos electrónicos… y poco más. Los taiwaneses compran casi todo fuera de sus fronteras, que es mucho gracias a los suculentos rendimientos que les procura su actividad principal.

La bendición del comercio libre hace a las empresas más competitivas e impulsa siempre el precio de los productos hacia abajo. Si, por ejemplo, los burócratas de Bruselas prohibiesen en Europa importar automóviles, nuestros fabricantes, libres de la presión exterior encarecerían los coches y los harían peores porque, en definitiva, el mercado sería de su propiedad. Con el correr del tiempo las marcas europeas estarían desfasadas, no incorporarían avance alguno a sus vehículos y a los europeos no nos quedaría más remedio que conducir coches antiguos, caros y, probablemente, escasos. Lo mismo sucede con la ropa, las materias primas o la mano de obra. Si compramos pantalones hechos en la India porque son más baratos y de similar calidad que los tejidos en Barcelona ambos hemos ganado. Ellos porque han colocado un buen producto y nosotros porque hemos visto atendida nuestra demanda al precio que, subjetivamente, considerábamos adecuado. Es obvio que todo ese dinero obtenido gracias a la venta de pantalones no van a meterlo en un cesto de esos que emplean los encantadores de serpientes para servir de hogar a una letal cobra de anteojos. Una parte la invertirán en mejorar la maquinaria y otra en dotarse de bienes de consumo. Es probable que lo hagan fuera de sus fronteras. Cabe incluso la posibilidad de que satisfagan esa necesidad adquiriendo una tejedora hecha en Barcelona.

Los resultados prácticos del comercio en libertad son el mejor remedio contra la pobreza y el más eficaz acicate para propulsar la competitividad y la eficiencia de las empresas. Mejora las condiciones de vida en ambas partes y es un sólido cimiento para la paz y la concordia de todos los que poblamos este pequeño planeta. Porque dos individuos que cooperan e intercambian rara vez guerrean. La próxima que adquiera algo fabricado en el exterior no sienta cargo de conciencia, con ese pequeño gesto no sólo está atendiendo a una necesidad subjetiva sino que está contribuyendo decisivamente al bienestar de los muchos que han hecho posible que ese producto llegue hasta sus manos.