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Etiqueta: Consumo

La profesionalización de lo sencillo

Conducir un turismo es una actividad que podemos calificar de sencilla. La mayoría de la población aprueba el examen de conducir al llegar a la edad mínima legal, para dividirse en tres categorías: los profesionales (chóferes), los experimentados (personas que conducen todos los días) y los menos experimentados (los que popularmente se conoce como domingueros).

Como toda actividad ejercida por la mayoría de la población, la percepción social que impera es que los demás conducen mal, mientras que nosotros conducimos bien. Una serie de sesgos nos impiden ver nuestros propios errores, y percibir que la mayor parte del tráfico con el que nos cruzamos están circulando correctamente, lo que nos lleva a sobreestimar el número de incidentes que nos encontramos respecto al total de conductores con los que circulamos.

Profesionales de lo sencillo

Y allí donde el cerebro del ciudadano medio flojea, siempre hay un grupo de mentes despiertas intentando sacar provecho. En estos casos los he bautizado como los profesionales de lo sencillo.

En el último lustro, todos hemos notado algo al leer artículos en internet: hacemos todo mal. Desde comer una manzana a fregar los platos. No sabemos comer, vestir, ir de vacaciones o sacar un billete de tren. Al parecer llegamos a la vida adulta sin saber hacer casi nada, y eso es porque no hemos puesto un profesional en nuestra vida que nos (re)eduque para que alcancemos la profesionalización en todo lo que hacemos.

Una licencia

Soy de la opinión de que no hay que tomárselo muy mal. Somos una sociedad lo suficientemente próspera como para que un tipo de 30 años pueda pagar el alquiler compartido de su piso frente a Madrid Río, y algún Glovo que otro, investigando sobre la forma correcta de comprar calcetines. Lo curioso es que lo que hace unas décadas podría haber sido un artículo en la sección de consejos de una revista para amas de casa, ahora nos llega a la mayoría de la población en forma de reprimenda por no haber llegado a ese nivel de productividad por nosotros mismos.

Y es que en ese relato está el verdadero peligro. Si hacemos todo mal, necesitamos a profesionales que nos formen o que lo hagan bien por nosotros. ¿Y qué distingue a un profesional del común de los mortales en actividades sencillas? Una licencia estatal. La famosa formación que tanto gusta en nuestro mundo laboral, pero llevado a todas las facetas de la vida. Formar a los ciudadanos, formar a los formadores de los ciudadanos, formar a los formadores de los formadores. Una cadena infinita, con sus cursos, sus temarios y sus regulaciones. El paraíso del burócrata. Muy europeo; con lo complejo que lidien otros, nosotros estamos ocupados complicando lo sencillo: profesionalizando.

El lenguaje económico (XXI): Sobre el consumo local

Con bastante frecuencia escuchamos las bondades que supone consumir bienes producidos localmente y realizar compras en el pequeño comercio. Según sus promotores —políticos, empresarios, ecologistas, etc.— el consumo local beneficia a la economía de la zona y al medioambiente. Muchos eslóganes que fomentan este consumo son confusos, ilusorios o directamente falsos.

«Si compras local, tu dinero vuelve a ti».

Esta falsa creencia goza de gran popularidad debido a su simplicidad argumental. Sin embargo, comprar bienes locales de menor calidad o más caros que los foráneos reduce la calidad de vida del consumidor y empobrece la zona. ¿A dónde va nuestro dinero cuando compramos en Carrefour, Ikea o McDonald’s? El dinero siempre paga los factores productivos «allá donde estén»: los artículos, componentes y materias primas provienen de múltiples países, pero el trabajo—salarios— y la mayoría de servicios —limpieza, mantenimiento, seguridad— se contrata localmente. ¿Y qué ocurre con los beneficios? La mayor parte no acaba en Francia, Suecia o EE.UU., sino en el bolsillo de millones de pequeños propietarios (accionistas y partícipes de fondos de inversión y pensiones) repartidos por todo el mundo y que perciben rentas del capital.

Compremos localmente o no, el dinero que sale de nuestro ámbito geográfico (municipio, región, nación) siempre vuelve. Por ejemplo, los andaluces compran manzanas de Cataluña y los catalanes comprar aceitunas de Andalucía. El dinero va y viene. Es un error mercantilista interferir la «salida» de dinero (importaciones) y fomentar la «entrada» (exportaciones). Exportación e importación son cara y cruz de una misma moneda y ambas tienden a igualarse en el tiempo. Es necesario que el dinero «salga» para que luego «entre»; por ejemplo, si los españoles no compramos vehículos Mercedes y Toyota, los alemanes y japoneses no podrán hacer turismo en España.

El mito de la balanza comercial se derrumba cuando lo analizamos desde el individualismo metodológico: «Toda balanza es necesariamente favorable desde el punto de vista de la persona que realiza el intercambio» (Rothbard, 2013: 336); o como dice Mises (2011: 539) «La balanza (de pagos) cuadra siempre». El consumo sacrificial es antieconómico para el comprador: si un bien local cuesta el doble que otro foráneo, ceteris paribus, la compra del primero reducirá nuestro consumo a la mitad; siendo los productores locales los únicos beneficiados. Es falso que con el consumo local «todos ganamos», tal y como predican muchas campañas. Por último, el consumidor que asume una pérdida económica para mantener con vida a los productores submarginales[1] está haciendo un flaco favor al conjunto de la sociedad pues interfiere la adecuada asignación del capital. Cualquier medida proteccionista —ayudas, subvenciones, publicidad— ocasiona el mismo mal: ralentiza la innovación, obstaculiza las obligadas quiebras y, en definitiva, dificulta que el escaso capital disponible pase a manos más capaces.


Productos «km. 0»: El argumento medioambiental


El consumo de productos locales supuestamente beneficia al medio ambiente porque se reducen las emisiones de CO2 producidas por el transporte de mercancías. Una primera objeción es que el transporte solo es una parte del total de energía consumida. Por ejemplo, sería posible producir naranjas en los países nórdicos para evitar su transporte desde España, pero el coste energético de reproducir el clima mediterráneo —invernaderos, calefacción, luz— excedería con creces al producido por el transporte marítimo. Lo menos contaminante, sin duda, es que la producción se realice en aquellas regiones con climas más favorables y luego transportar la mercancía. Veamos un dilema energético: España y Sudáfrica producen naranjas en sus respectivos inviernos. Cuando el producto abunda en el hemisferio norte escasea en el hemisferio sur, y viceversa. ¿Es preferible mantener naranjas «km. 0» en cámaras frigoríficas durante varios meses o traerlas frescas desde Sudáfrica? Si deseamos consumir productos de temporada durante todo el año, el transporte es una buena solución económica y ambiental. En segundo lugar, el eslogan «km. 0» es una simplificación de la realidad: por ejemplo, las naranjas de Orihuela consumidas en Alicante capital son «km. 60». El único producto «km. 0» sería el producido en nuestro propio huerto, con el agua de nuestro pozo y con el estiércol de nuestros propios animales. Para lograr un genuino producto «km. 0» debemos ser completamente autárquicos. En tercer lugar, si el transporte es malo porque contamina, ¿por qué no extender la campaña a los servicios? Si los partidarios del «km. 0» fueran consecuentes con sus ideas (reducir la contaminación) deberían recomendar a los turistas que se quedaran en su casa pues, en términos relativos, el transporte aéreo es el más contaminante de todos. Nos escandaliza que un atún se transporte en avión desde España a Japón, pero nos encanta que los japoneses visiten España. Igualmente resulta contradictorio que el dueño de un hotel presuma de tener su propio huerto ecológico sin importarle demasiado que sus huéspedes hayan viajado en avión miles de kilómetros.

«El futuro es ahora»

 
Este es el confuso eslogan de una campaña para que los jóvenes identifiquen la calidad, la sostenibilidad y el apoyo a la industria con la marca «Elaborado en Canarias». Sus promotores —industriales y políticos— han establecido un objetivo de crecimiento de la cuota industrial del 6,2 % (actual) al 7,7 % (2027) del PIB en Canarias. Objeciones: a) Desde sus propios fines, no entendemos por qué la campaña se dirige exclusivamente a los jóvenes y no al conjunto de consumidores. b) El hecho que aumente la cuota industrial del PIB no significa que la producción aumente en términos absolutos, por ejemplo, la cuota industrial del PIB puede aumentar por una caída del turismo (pandemia). Estamos ante un sesgo igualitarista porque lo que interesa al industrial no es su situación relativa, sino aumentar sus ventas y su beneficio.

«Proteger al pequeño comercio»

¿Protegerlo de quién? La competencia mercantil es una actividad pacífica, exenta de agresión. Las grandes empresas no «atacan» a las pequeñas ni violan sus derechos. En un mercado no interferido, el «pez grande no se come al chico». Nadie se come a nadie. Son exclusivamente los consumidores quienes determinan (comprando o absteniéndose de comprar) el tamaño y la cuota de mercado de cada empresa. Es innecesario y detrimental «ayudar» a ciertos comerciantes con dinero público —publicidad, bonos o cupones de descuento— pero, sobre todo, es una inmoral transferencia de renta.

Bibliografía

Mises, L. (2011). La acción humana. Madrid: Unión Editorial.

Rothbard, M. (2013). El hombre, la economía y el Estado. Vol. II. Madrid: Unión Editorial.


[1] Submarginal: de no ser por la ayuda, la empresa quebraría

Serie ‘El lenguaje económico’

(XX) Sobre el poder

(XIX) El principio de Peter

(XVIII) Economía doméstica

(XVII) Producción

(XVI) Inflación

(XV) Empleo y desempleo

(XIV) Nacionalismo

(XIII) Política

(XII) Riqueza y pobreza

(XI) El comercio

(X) Capitalismo

(IX) Fiscalidad

(VIII) Sobre lo público

(VII) La falacia de la inversión pública

(VI) La sanidad

(V) La biología

(IV) La física

(III) La retórica bélica

(II) Las matemáticas

(I) Dinero, precio y valor

Comercio y consumismo desmedido

El columnista de «Canarias7» Rafael Álvarez Gil dice en un artículo lo siguiente: «Detesto la expresión marca España. Ningún país es una marca. Además, dicha denominación cobija ese afán por comercializarlo todo. Cualquier cosa se convierte en un producto».

El comercio es la base de la cooperación social y la prosperidad. Cuando las personas intercambian bienes y servicios libremente, es decir, comercian, no están haciendo otra cosa que cooperar. Aquellos que son contrarios al comercio son realmente enemigos de la libertad. Es fácil de comprobar. Si nos diéramos una vuelta por la tiranía comunista de Corea del Norte veríamos cómo el libre comercio está totalmente prohibido.

Desprecio de los consumidores…

Por ello, cuando el señor Álvarez Gil critica el «afán por comercializarlo todo», lo que realmente está mostrando es un desprecio absoluto a la libertad de las personas. Por si esto fuera poco, añade que nuestra patria está «malograda por los excesos, el consumismo desmedido y las bajas pasiones tras siglos endomingados haciendo gala de ser la cuna del virtuosismo y la puridad ignaciana».

El consumismo ni es desmedido ni irracional. El ser humano no es un salvaje consumidor, si fuera así, estaríamos todavía viviendo en las cavernas y no habríamos alcanzado el nivel de vida actual en muchos lugares del planeta. No existirían hospitales, carreteras, ordenadores… ni se hubiese creado nada, dado que todo se habría consumido. Pero la realidad es otra, las sociedades desarrolladas no son consumistas, sino que son creativas y capitalistas, y por eso son ricas.

… y de la libertad

Por ello, lo que, aparentemente, lamenta este columnista, al igual que muchos de la flor y nata de los ilustrados canarios, no es el consumo, sino la libertad y la riqueza, pues cuando habla en estos términos lo que está realmente diciendo es que somos unos insensatos y que él sabe qué nos conviene, es decir, el socialismo. Es en los países socialistas precisamente donde el consumo es casi inexistente, puesto que no hay nada que consumir porque son pobres. Qué casualidad que el libre comercio esté también prohibido en ellos.

Por cierto, la gente no sólo piensa en ir endomingado y se cree la cuna del virtuosismo y la puridad. No sé con qué tipo de personas se relaciona usted. Además, ¿qué tiene de malo ir bien vestido y arreglado? No obstante, en algo tiene razón, nuestro país ha pecado y peca de excesos, precisamente de los que suele defender en su columna: de gasto público.

Por último, tengo dos malas noticias que darle: sus artículos son un «producto» que se «comercializa y consume» y usted mismo es una marca que aspira previsiblemente a ser comercializada.