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Etiqueta: Control de armas

Los defensores del control de armas ignoran lo que pensaban los Padres Fundadores

Por Daniel Kowalski. Este artículo se ha publicado originalmente en FEE.

En todos mis años de existencia, la Segunda Enmienda de nuestra Constitución siempre se ha considerado controvertida. Sus detractores afirman que es la causa de la violencia armada. Los defensores afirman que ayuda a garantizar la libertad y la seguridad.

Siendo necesaria una Milicia bien regulada para la seguridad de un Estado libre, no se infringirá el derecho del pueblo a poseer y portar Armas.

Segunda Enmienda a la Constitución de los Estados Unidos.

Millones de palabras sobre 27 palabras

Estas veintisiete palabras han sido objeto de mucho debate durante los siglos XX y XXI. ¿Significa que los ciudadanos sólo tienen derecho a poseer armas si el Estado cuenta con una milicia bien regulada de la que formen parte? ¿O significa que, con rotundidad, no debe infringirse el derecho a portar armas? ¿Quizás significa que sólo se pueden usar armas para cazar? ¿O que no se permite tener nada más complicado que un mosquete del siglo XVIII porque eso es lo que tenían los fundadores cuando escribieron esto?

Las dos últimas preguntas no parecen tener sentido cuando se examina la redacción de la Segunda Enmienda. Pero de alguna manera los opositores han hecho de esto un pilar de sus argumentos porque no dejan de repetirlo, e insistir en ello con el argumento de que “no sabemos qué pretendían realmente los padres fundadores cuando escribieron esto”.

Pero eso no es cierto. Sí sabemos lo que pensaban los padres fundadores, porque escribieron una serie de setenta y ocho ensayos llamados The Federalist Papers para vender la Constitución al pueblo estadounidense a finales de la década de 1780. El estudio de estos escritos puede arrojar luz sobre las opiniones de los padres fundadores y, por tanto, sobre la interpretación correcta de la Segunda Enmienda.

El Federalista nº 46

En el período previo a la Guerra de la Independencia, los estadounidenses eran el pueblo más armado del planeta en lo que respecta a la posesión de armas de fuego por parte de los ciudadanos. Esto era una necesidad de la vida en la frontera porque era necesario para protegerse de los ataques de los nativos americanos y de los animales salvajes. En las zonas más pobladas de Nueva Inglaterra y las colonias centrales, los franceses se encontraban al norte y al oeste. Ello que suponía otra amenaza para la seguridad. Esencialmente, la gente estaba sola para protegerse y necesitaba tomar cartas en el asunto.

Durante la Guerra de la Independencia, el ejército británico cometió muchas atrocidades contra los colonos que luchaban por la independencia. Estas experiencias dejaron un sabor amargo a muchos respecto a un gobierno poderoso y un gran ejército permanente. El temor era que un tirano pudiera hacerse con el poder y luego utilizar el poder del ejército para oprimir al pueblo.

Al mismo tiempo, muchos ciudadanos estadounidenses identificaban su lealtad con su estado más que con el país, prefiriendo decir soy virginiano antes que soy estadounidense. Gran parte de la resistencia a la adopción de la Constitución provenía del temor a que un gobierno nacional centralizado se impusiera sobre los estados y oprimiera a sus ciudadanos.

James Madison

El Federalist Paper n.º 46, que se cree que fue escrito por el entonces futuro presidente James Madison, abordaba estas preocupaciones.

“El número máximo que, según los mejores cálculos, puede tener un ejército permanente en cualquier país, no excede de una centésima parte del número total de habitantes, o una vigésima quinta parte del número de personas capaces de portar armas. Esta proporción no daría, en los Estados Unidos, un ejército de más de veinticinco o treinta mil hombres. A éstos se opondría una milicia de cerca de medio millón de ciudadanos con armas en sus manos, dirigida por hombres elegidos entre ellos, luchando por sus libertades comunes, y unida y dirigida por gobiernos que poseen su afecto y confianza”.

Estas cifras que utiliza Madison se basan en la población durante el siglo XVIII, pero el concepto sigue siendo el mismo. Si el ejército estadounidense se utilizara para oprimir al pueblo estadounidense, la ciudadanía le superaría ampliamente en número. Continúa escribiendo:

“Además de la ventaja de estar armados, que los estadounidenses poseen sobre el pueblo de casi todas las demás naciones, la existencia de gobiernos subordinados, a los que el pueblo está vinculado, y por los que son nombrados los oficiales de la milicia, forma una barrera contra las empresas de la ambición, más insuperable que cualquiera que pueda admitir un simple gobierno de cualquier forma.”

El concepto de que la población supere en número a los militares como garantía contra el crecimiento de la tiranía sólo es efectivo si la ciudadanía está armada hasta el punto de que pueda marcar la diferencia si alguna vez estalla una lucha.

Milicias ciudadanas armadas durante la Guerra de la Independencia

Durante la Revolución Americana había esencialmente tres fuerzas combatientes en la tierra en América del Norte. Por un lado estaba el ejército británico, mientras que por el otro estaba el ejército estadounidense complementado por las milicias locales. Tanto el ejército británico como el estadounidense tenían en poca estima a las milicias, ya que eran poco profesionales y a menudo poco fiables.

Tras cinco años de combates indecisos en el Norte, los británicos idearon una estrategia consistente en conquistar el Sur. Consistía en avanzar hacia el Norte para aplastar a las colonias centrales y, por último, conquistar una Nueva Inglaterra hostil y aislada. En el peor de los casos, con el Sur asegurado, el alto mando británico pensó que al menos podrían conservar algunas de sus colonias, si perdían la guerra.

El general Cornwallis

El ejército británico al mando del general Cornwallis contaba con pocos efectivos. Así que su idea era aplastar al ejército estadounidense y luego instalar gobiernos locales leales con milicias que mantuvieran el orden público en su ausencia mientras se desplazaban por el continente.

Ese plan finalmente no funcionó porque las milicias locales de las Carolinas lucharon en lo que eran esencialmente campañas de guerrilla para impedir que los británicos pudieran retirarse de las zonas que habían tomado. Ello causó retrasos que impidieron al general Cornwallis una ejecución oportuna de sus planes. Para cuando llegó al norte de Virginia, el Ejército de Washington le emboscó y cortó el paso.

Y así es como algunos ciudadanos armados que no pertenecían al ejército contribuyeron a la derrota del ejército más poderoso del mundo en aquel momento.

Un AR-15 frente a un F-15

Llegados a este punto, debería quedar claro que los primeros estadounidenses consideraban el derecho a las armas como un importante freno al poder del gobierno. Pero, ¿quizás el armamento moderno hace que este punto sea discutible?

Un argumento extremo de los partidarios del control de armas es que los AR-15 y armas similares serían inútiles contra el avanzado arsenal armamentístico del gobierno, compuesto por armas como los cazas F-15. El propio presidente Biden dijo: “Si tienes que preocuparte por enfrentarte al gobierno federal, necesitas algunos F-15. No necesitas un AR-15. No necesitas un AR-15”.

Es realmente difícil imaginar por qué el Presidente en ejercicio de los Estados Unidos adoptaría este argumento. No hace nada para lograr que los partidarios de la Segunda Enmienda acepten las medidas de control de armas. Al contrario, sólo parece reforzar la opinión del ex presidente James Madison de que una ciudadanía armada es esencial como igualador de un gobierno corrupto.

Ver también

Una milicia bien regulada. (José Carlos Rodríguez).

La libertad de armas como defensa de los gays en los EE.UU. (Adolfo Lozano).

McDonald contra Chicago. (José Carlos Rodríguez).

Virginia Tech y el derecho a portar armas. (Gabriel Calzada).

La irracionalidad de las armas

Si hay un debate recurrente, este es el de las armas de fuego en mano de civiles. Con cada masacre que el sociópata de turno ejecuta en Estados Unidos, tenemos horas y horas de charlatanería sobre el tema en todo occidente.

Hay un parte de este debate que se intenta realizar de forma racional. Aquí aparecen cifras, argumentos legales, derechos, etc. Después de años de poner atención a todo, uno no puede más que afirmar que son meros intentos de racionalizar sentimientos.

Y hay cuatro tipos de sentimientos en la sociedad sobre las armas:

  • La desconfianza de los individuos, hasta el punto de que ninguno pueda tener ninguna herramienta que le permita escapar de la voluntad colectiva.
  • El que te hace concebir la defensa propia como algo que no está a tu alcance, y, por tanto, se la niegas al conjunto de la sociedad.
  • Aquel que te hace desconfiar del Estado, hasta el punto de que consideras ilegitimo que éste prive a un individuo de permanecer armado.
  • El que nace de la familiaridad con objetos, que no dejan de ser herramientas, y cuyo uso te permite desmitificarla y poner el foco en la persona que la utiliza.

En Europa, y concretamente en España, los dos primeros sentimientos son comunes en casi toda la izquierda, y una buena parte de la derecha. El tercero, solo es frecuente en la derecha liberal, y no en toda. Y por desgracia, el cuarto es cada vez menos común, según se van limitando las pocas actividades que permiten familiarizarse con las armas de fuego. A los que hay que sumar que la regulación de su uso es tan estricta, que desencadena una indefensión aprendida en sus usuarios.

Por lo tanto, estamos ante un escenario donde la defensa del derecho a la tenencia de armas, no ya a su porte, es un ejercicio fútil. Eso no quiere decir que se tenga que abandonar, pero sí que habría que intentar no abordarlo desde el punto de vista racional, algo que no va a llevar a ninguna parte.

Atendiendo a los sentimientos que hay en juego en este tema se puede tener una estrategia más inteligente para abordar este reto:

Aquellos que desconfían del individuo y solo quieren un ente que lo dirija todo son un caso perdido. No habría que perderse en sus racionalizaciones y apuntar a la causa de fondo que las provoca.

Para disminuir la percepción absurda de la incapacidad de defensa propia solo hay un camino: entrenar la capacidad de defenderse. Una sociedad que no lee porque otros, el Estado, ya lee por ellos, es obvio que está condenada. Pasa lo mismo con la defensa propia. Pero por algún motivo, son precisamente aquellos que pasan mucho tiempo leyendo los que más rechazan la idea de tener que entrenar ciertas destrezas físicas.

Difundir una sana desconfianza en el Estado. Tanto de sus intenciones, como de su eficacia. Aquí toda la filosofía liberal juega un papel fundamental, así que es un punto que ya estamos cumpliendo.

Y, por último, hay que mantener como sea la utilización civil actual de armas de fuego en España. La caza y el tiro deportivo son la única razón por la cual aún podemos escapar de la intención estatal de monopolizar totalmente las armas. Por lo tanto, son activades a defender y proteger.

Puede parecer una tarea titánica, pero por desgracia, vamos a tener un aliado en esta labor: el aumento de la inseguridad que nos va a acompañar en los próximos lustros. Lo que hace más necesario que nunca empezar a revertir la manipulación social que nos ha llevado a donde estamos. Y como toda manipulación, no va de razones, sino de sentimientos.