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Etiqueta: COVID

Libertas omnia vincit

Para celebrar las próximas Navidades, me he atrevido a usar el latín para dar título a mi artículo; algo que no recuerdo haber hecho nunca. Además, aunque pensaba que la frase era un lema existente, no parece ser el caso: sí existe (como lema) labor omnia vincit, pero no lo mismo con libertas. O sea que es un título inventado, no copiado, como si un servidor supiera hablar latín con soltura.

Me apresuro a traducirlo: la libertad puede con todo. ¿Por qué se me ocurre ahora este pensamiento? Pues por lo que estamos viendo en China en relación con nuestro ya casi olvidado COVID. Resulta que ya entrando en 2023, más de tres años desde que allí mismo comenzara la pandemia, en aquel país están básicamente como al principio, eso sí, con la gente bastante más cabreada con su gobierno.

Recuérdese la brillante idea del gobierno chino para combatir el virus: cerrar Wuhan contra viento y marea para impedir que de allí saliera el bicho. Y mientras estaba cerrada, asistir a sus habitantes desde fuera con todas sus necesidades. Básicamente, esa ha sido la estrategia seguida cada vez que el virus ha mostrado su fea corona (que no cabeza) en alguna ciudad o región china.

Confieso que, al principio, no me parecía mala idea, habida cuenta de que el resto de China permanecía económicamente activa, contrariamente a lo que sucedía en el resto de las economías en que el cierre era total. La incomodidad me venía de la enorme restricción de libertad que suponía para la gente en el área afectada, aunque asumía que era el precio a pagar para mantener libertad económica en el resto de China.

El paso del tiempo ha venido a demostrar que nunca son buenas las restricciones en la libertad. Y no es que en Occidente la solución haya sido precisamente libertaria. Que no se nos olviden confinamientos, limitaciones a los negocios, obligaciones absurdas de mascarillas y cierres de fronteras, que no se olvide nunca de lo que es capaz el Estado cuando se ve desbordado.

Pero el caso es que esas restricciones de libertad han resultado comparativamente muy inferiores a las chinas, tanto en tiempo como en alcance. Quieras que no, incluso en España, el país inicialmente más restrictivo de todo Occidente, se podía salir a comprar tu comida en los momentos de mayor opresión gubernamental.

Parece que esas escasas libertades de movimiento nos fueron acostumbrando en cierto grado al virus, permitiendo la obtención de resiliencia, que solo se adquiere exponiéndose a la adversidad en pequeñas cantidades. Lo mismo que hacían los emperadores romanos para inmunizarse contra venenos, según dice la leyenda.

Y justo eso es lo que no les han dejado a los chinos obtener. No es de extrañar que el virus reaparezca una y otra vez con fuerza, pues se enfrenta a poblaciones vírgenes en su exposición al bicho real, por muy vacunadas que estén.

Este análisis, meramente anecdótico, se puede completar con un caso contrario, el de la Comunidad Autónoma de Madrid, donde las restricciones se relajaron considerablemente antes que en prácticamente todo el resto de los países confinados. Esa libertad de movimientos anticipada habría permitido la exposición gradual de los madrileños al virus, otorgándoles así una mejor resistencia antes de que en otras áreas se les imitara. Así pues, es la libertad (en este caso de movimientos) o su carencia, la que hace que unas sociedades ya hayan olvidado el virus, mientras que otras no vean aún luz al final del túnel.

Nada de lo dicho debe de entenderse como que la gestión madrileña ha sido una gestión basada en la libertad. Ni de lejos. Lo que ha jugado a favor del resultado comparativo entre Madrid y China es que aquí las restricciones de libertad han sido menores: es ese diferencial de libertad lo que explica el diferencial de resultados.

Cierro con dos corolarios deducibles de lo anterior, si se acepta que es cierto[1]. El primero es que, en caso de no haberse practicado restricciones a la libertad, se hubiera superado mucho antes la pandemia. El segundo me parece el más relevante: pequeños diferenciales de libertad generan cuantiosas diferencias en bienestar.

En suma, la libertad puede con todo y, por eso, cualquier magro avance que se obtenga frente a la intervención gubernamental compensará con creces los esfuerzos para conseguirlo.

Que pasen unas felices Navidades.


[1] Supongo que a los lectores de este artículo les entrarán enormes tentaciones de discutir sobre si lo importante es la resiliencia o la vacunación, o lo contrario. Yo les pediría que eviten la discusión sobre el COVID y la centren en el tema que a mí me parece relevante: el diferencial de libertad y sus efectos sobre el bienestar.

Mascarillas: La incontrovertible evidencia (II)

“Si el adoctrinamiento está bien conducido, prácticamente todo el mundo puede ser convertido a lo que sea”.

Aldous Huxley, escritor

[Para esta serie de artículos se han empleado estudios publicados disponibles en PubMed, publicaciones de prensa referenciadas, documentos de la OMS o el CDC de EEUU, estadísticas oficiales publicadas por New York Times o OneWorldinData, o la información y gráficas del periodista Ian Miller en su obra “Unmasked”,  entre otras fuentes]

En el artículo anterior, pudimos comprobar cómo las guías pandémicas de los principales organismos sanitarios habían rechazado el uso de máscaras hasta -mediados de- 2020, y que ello se basaba en las mejores evidencias publicadas. Los estudios randomizados, los mejores posibles, no avalaban su uso. Vimos también cómo se intentó forzar una ciencia contraria a las evidencias, no sin con ello tirar por la borda la integridad científica. Hagamos un último intento suponiendo que esa literatura científica estaba equivocada y por tanto el uso de máscaras tuvo un beneficio en el escenario del covid. Dado que medio mundo se embarcó involuntariamente en un estudio sobre máscaras desde primavera de 2020, sólo tenemos que acudir a los datos generados. Veremos qué resultados obtuvieron regiones o países comparables con una alta a muy alta adherencia al uso de máscaras frente a otros con un uso entre bajo y nulo, así como si se observan cambios en las imposiciones y en las retiradas de las mismas. No sin antes revisitar una cuestión, y no una cualquiera sino esencial: los aerosoles y la física.

4.- Una cuestión de Física

“La ciencia es hermosa cuando realiza explicaciones sencillas” Stephen Hawking, físico

En el artículo anterior habíamos establecido cómo el covid se contagia también a partir de aerosoles, no sólo por gotas o microgotas. Esto no es nada controvertido, ya en 2020 reportajes científicos como éste de El País aceptaban los casi microscópicos aerosoles como la vía principal de contagio. No obstante, es más que chocante que la OMS tardara largo tiempo (¡casi 2 años!) en aceptarlo.

Sin ser ningunos expertos en Física, todos podemos entender matemáticas simples de primer grado. Veamos. ¿Cuál es el tamaño de las partículas -infecciosas- de covid? Si bien hay cierto debate científico, en realidad éste se ciñe a qué franja de tamaños exacta puede abarcar el covid. Pero hay un consenso especialmente en que hay una predominancia de partículas que no superan alguna décima de micrón. Quedémonos con esta medida: micrón.

Por ejemplo, la Universidad de British Columbia ha establecido que el tamaño más común del covid es de 0,1 micrones, o una décima de micrón (la franja más consensuada viene a hablar de 0,08 a 0,125 micrones) Una bacteria, por ejemplo, tiene 2 micrones mientras una partícula de polvo tiene hasta 10, un tamaño 20 y 100 veces superior respectivamente. Un simple pelo humano tiene un diámetro hasta más de mil veces superior.

Hablando de medidas, resulta por ejemplo chocante que el propio CDC de EEUU alerte expresamente de la inutilidad de las máscaras de tela para protegerse del humo de incendios o por combustión de cualquier material. Por la sencilla razón de que este humo tiene entre 0,4 y 0,7 micrones, es decir partículas hasta 7 veces más grandes que el covid. Esto es, en pura lógica el CDC debería alertar 7 veces más sobre la misma inutilidad de las máscaras de tela frente al covid. Aquí por ejemplo puede verse una fotografía microscópica de una máscara de tela comparada con el tamaño de una partícula de covid. Un perfecto coladero sería una fiel descripción gráfica. Una máscara quirúrgica homologada y nueva, por cierto, puede dejar pasar perfectamente una bacteria. Como hemos visto antes, una bacteria es unas 20 veces más grande que el covid.

A propósito de estos hechos, en primavera de 2022 se produjo un episodio incluso cómico. El Departamento de Salud del Gobierno de EEUU solicitó a los estados que le remitieran noticias falsas o fake news con las que tuvieron que lidiar en relación al covid. Y la respuesta de las autoridades oficiales del estado del medio Oeste americano de Indiana, con 7 millones de habitantes, no tiene desperdicio. Pues es una recopilación de fake news sobre el covid propagadas por las propias autoridades sanitarias del país, y en una de ellas comentan:

“Contrariamente a lo que dicen algunas autoridades públicas sanitarias, la obligación de máscaras no ha sido efectiva para proteger a la mayoría de la población. El covid se contagia por aerosoles [..] y los aerosoles escapan a las máscaras sin sellar, a las de tela en particular e incluso una N95/FPP2 tiene una capacidad reducida con la respiración al hidratarse. No es sorprendente que la mejor evidencia científica -los estudios randomizados- tanto antes como durante la pandemia hayan encontrado que las máscaras son inefectivas en impedir la transmisión viral”

¿Cuánto puede por cierto filtrar una máscara N95/FPP2 totalmente nueva, perfectamente sellada y sin haberla hidratado aún por respiración? Como máximo, el consenso establecido en esas condiciones serían 0,3 micrones. Los propios fabricantes de estas máscaras que declaran su capacidad de filtración en los etiquetados lo dicen claramente, pueden filtrar más del 95% (por esto se llaman N95 también las FPP2) sólo de partículas superiores a 0,3 micrones. Dado que el covid sólo tiene 0,1 micrones, es irrelevante en efecto aquel 95%. Es como querer parar moscas con una red que es un 95% eficaz en capturar langostas. Como dice el Doctor en Medicina, profesor visitante de la John Hopkins de EEUU, profesor emérito de Salud Pública en la Autómona de Madrid, licenciado con 22 matrículas de honor y Premio Extraordinario de Fin de Carrera, el Dr Juan Gervás: “el furor enmascarador es sólo parte del teatro de la seguridad. Como muestran las revisiones del Cochrane, se demuestra la inutilidad de las mascarillas en los ensayos clínicos sobre la gripe y otras enfermedades respiratorias del estilo del coronavirus. Se comprobó en 2007 y se actualizó en 2011 y en 2020. Su imposición es una confrontación a la ciencia, que la gente termina asumiendo como un talismán”

Sobre esta misma cuestión de física y máscaras, en enero de 2022 testificó como experto ante la Comisión de Salud del Senado del estado de New Hampshire en EEUU el ingeniero forense e higienista industrial y ambiental graduado con excelencia en su promoción Stephen Petty, durante 26 años especializado en la prevención de riesgos asociados con bacterias, humos, virus e infecciones y ataques biológicos y profesor de ciencias ambientales en la Universidad de Franklin.

Aparte de mencionar toda la evidencia científica y estudios publicados y hablar de los resultados de los mandatos de máscaras, Petty se centró en su especialización: el nivel micro y físico. Según estableció una publicación de febrero de 2021, el 99,99% de partículas covid se transmiten por aerosoles, no gotas ni microgotas.

Una parte francamente interesante de su exposición es la dedicada a las máscaras N95/FPP2, para algunos refugio salvavidas frente a las de tela o quirúrgicas que desde 2022 hasta las propias autoridades cuestionan para los virus (tras 2 años diciendo lo contrario, véase aquí el ex directivo de la FDA el Dr Scott Gotlieb diciendo ‘las máscaras de tela no protegen mucho’). Según expone Petty, al menos el 60% de máscaras N95/FPP2 disponibles durante 2020 ni siquiera cumplían los estándares esperados. Pero, como señala, aunque los cumplan éstas no pueden filtrar nada por debajo de 0,3 micrones. La parte más llamativa quizás de su exposición es cuando cita con imágenes las instrucciones oficiales de uso de 3M, el mejor fabricante del mundo de las mejores máscaras N95/FPP2, sobre estos productos. Expresamente indica “no usar para aerosoles o asbestos” (ver diapositiva 43 de la etiqueta del fabricante 3M). El asbesto es entre 2 y 200 veces más grande que el covid y ni siquiera para esto el mejor fabricante del mundo lo recomienda como una protección. En 2018 por cierto la periodista Laurie Garrett (premio Pulitzer por una investigación sobre el ébola) daba una charla en la Academia Nacional de Ciencias de EEUU donde hablaba de la inutilidad de máscaras contra los virus e incluso en febrero de 2020 decía exactamente lo mismo para “la más sofisticada máscara N95/FPP2”. Para su desgracia, estos vídeos y declaraciones son públicas y digo para su desgracia porque Garrie hoy sí cree en las máscaras y es realmente fascinante que no puede aportar más que hipótesis, pero no evidencias. La única clara razón por la que Garrie ha virado su opinión es porque Garrie es una devota seguidora del Partido Demócrata. Y como veremos, por alguna razón, el uso de máscaras sin evidencia se ha convertido en uno de los mantras ideológicos del progresismo actual.

Para Petty, si ningún mandato de máscaras en más de 2 años ha funcionado, ni ningún estudio publicado randomizado ha mostrado efectividad de las máscaras es porque no pueden funcionar para este uso. Es, según él, una imposibilidad física.

Citando de nuevo al Dr Juan Gervás: “Se enmascara a la población como forma de superstición, un poco reminiscencia de las teorías miasmáticas que atribuían las infecciones a los olores. Cuando las autoridades trabajan bien, se renuncia a la magia. Sirva de ejemplo Dinamarca, en cuyas escuelas ni alumnos ni profesores llevan mascarillas. Enmascarar a niños y maestros es una crueldad con la que se pretende ocultar la incapacidad de los expertos”.

Ahora sí, veamos sobre la vida real qué resultados arrojan más de dos años de mandatos e imposiciones de máscaras. La verdad última estaría ahí fuera.

4.-California, ‘un ejemplo para el mundo’

‘’Para mí es muy interesante que hombres perfectamente honestos pueden engañarse a sí mismos por completo” Irving Langmuir, ingeniero y físico

Dentro de EEUU, particularmente la progresista California ha sido el laboratorio donde se han implementado con fruición y sin dudarlo prácticamente todas y cada una de las medidas prometidas desde 2020 para conseguir los mejores resultados covid. Confinamientos, cierres de escuelas, cierres de negocios, draconianos toques de queda, mandatos de máscaras en cualquier lugar… No sólo en sus vertientes más extremas en la primavera de 2020 sino también en todo el invierno de 2020-21, con lo que California se erigió en un referente en Occidente de las restricciones más duras. Su gobernador demócrata Gavin Newsom proclamó que California mostraría al mundo los beneficios de “seguir la ciencia”. A comienzos de mayo de 2020 casi todos los condados de California ya tenían mandatos de máscaras, cuando los contagios aún eran bajos, y a mitad de junio la obligación de llevarla fue un decreto en todo el estado. Así pues, California impuso las máscaras obligatorias en todo el estado con los contagios aún bajos, por lo que se esperaba que evitara picos u olas. No obstante, esto no evitó un apreciable incremento de contagios en julio, con lo cual el gobernador Newsom pensó que había que ir aún más allá, y las máscaras obligatorias se mezclaron con toda suerte de limitaciones a las reuniones y capacidades de los negocios y tiendas cuando no directamente su cierre. El resultado del ‘ejemplo para el mundo’ de ‘seguir la ciencia’ de California ya es historia: el estado demócrata fue desde finales de ese otoño ejemplo para todo el país de un de las peores olas en EEUU. Visto el fracaso de las severas restricciones, la única ocurrencia de Newsom fue llegar hasta el final y en diciembre California prohibió incluso la apertura de cualquier negocio de hostelería incluso para comer uno solo al aire libre. Huelga decir que jamás ninguna autoridad justificó con ninguna evidencia cómo el cierre brutal de su economía iba a solucionar algo cuando las severas restricciones con máscaras y limitación de todo aforo o reunión no hicieron absolutamente nada.

Veremos enseguida que las comparaciones son odiosas y California es un caso perfecto. Si tomamos dos estados vecinos de California como Nevada y Arizona podemos ver cómo las curvas de estos 3 estados contiguos se desarrollan casi a la par sin importar cuán estrictas o laxas sean las restricciones o la adherencia a las máscaras, tanto que la eliminación de máscaras en Nevada y Arizona fue seguida en ambos casos de un consistente descenso de contagios. La prensa siempre ha intentado en todo tiempo y lugar ignorar el fracaso de lo evidente, y en febrero de 2021 el progresista Los Angeles Times celebró sin rubor que el cierre de la hostelería había funcionado, a pesar de la clamorosa evidencia en contra por simple comparación con los vecinos que no hicieron nada de eso.

Dentro del estado de California el condado de lejos más poblado es el condado de Los Angeles, el más poblado incluso de todo el país y una de las joyas de la corona del Partido Demócrata, el cual muchas veces fue aún más lejos que su estado de California en las prohibiciones. Los Angeles fue de las primeras zonas (si no la primera) de Occidente en obligar a usar máscara, a principios de abril 2020 incluso en exteriores. En julio cerraron toda la hostelería en exteriores y como nada de esto impidió una ola después del verano, sólo se les ocurrió añadir un toque de queda y decretar un confinamiento a final de otoño dos semanas antes que el resto de California. Nada, absolutamente nada de esto, previno la ola de contagios de aquel otoño-invierno en LA.

California en general y aun Los Angeles más en particular son un perfecto caso de estudio para ver el resultado de las medidas de mitigación y máscaras, pues pasaron casi todo el otoño invierno sin centros comerciales, sin parques temáticos, sin colegios ni eventos deportivos con público. El condado de Orange, cerca de Los Angeles, plantea otro contrapunto valioso. El primero optó por eliminar las máscaras durante todo el verano de 2020, Los Angeles las mantuvo a fuego. Y Los Angeles tuvo claramente peores datos tanto en verano como posteriormente.

Acumulando las cifras de mortalidad covid de 2020 y 2021, si Los Angeles se comparara con la media de los 52 estados de EEUU, lo que era un ‘ejemplo para el mundo’ que ‘anteponía la ciencia a la política’ acabó siendo el 5º estado/zona con mayor mortalidad covid de todo el país.

Nada del estrepitoso fracaso de California, tras haber asolado su economía durante meses, hizo a ninguno de los expertos mediáticos dudar un ápice de sus consejos. California era un ejemplo porque hacía lo que ellos decían que había que hacer. Los datos, la realidad misma, acabaron siendo una verdad demasiado incómoda que no podía desbaratar una teoría que parecía ‘plausible’.

Habíamos por completo entrado en todo el mundo en una nueva época:  la épica de la post-verdad. Y de una nueva ciencia: la ciencia sin ninguna evidencia.

En realidad (aunque lo trataremos posteriormente), la aceptación totalmente acrítica del teatro de las máscaras no es nada chocante a la luz de la psicología social. Nunca subestimemos el poder hipnótico del teatro.

5.-Florida: sol, playa y muchos fachas

Florida fue sin dudarlo desde 2020 el objeto de la ira y el más severo escrutinio y crítica de dichos expertos mediáticos. Todo tipo de horrores y vaticinios de devastación en los medios se cernieron sobre el estado del sol, una de las plazas fuertes en el país en este caso del Partido Republicano. Florida, de la mano de su gobernador conservador Ron deSantis, fue el contra ejemplo de California. Se convirtió en el estado que más claramente rechazó las recomendaciones tanto del CDC como de la OMS.

Florida, con 22 millones de habitantes, jamás tuvo una obligación de máscaras desde el final del verano de 2020 y las muy puntuales restricciones que llevó a cabo las eliminó ya en septiembre de ese año, prohibiendo incluso que los negocios obligaran a llevar máscaras a sus clientes. Y al menos desde finales de 2021, Florida y su departamento de Salud incluso alertaron contra la falsa sensación de protección de las máscaras. Su responsable de salud el Dr Ladapo de Harvard dijo a sus ciudadanos que ‘las máscaras no han salvado ninguna vida de acuerdo a la mejor evidencia científica’ y su popular gobernador DeSantis en varias ocasiones dijo que llevar máscara ‘es ridículo’. Como era de esperar, Fauci se sintió ‘muy preocupado’ por la decisión desde el comienzo de Florida, y Michael Osterholm, epidemiólogo del CDC, vaticinó que Florida se convertiría en ‘un infierno’.

¿En qué se tradujo ese infierno? No sólo en contagios sino en exceso de mortalidad Florida obtuvo unos muy superiores resultados a California de manera consistente todo ese otoño e invierno de 2020-21. Además, ambos estados son muy buenos para comparar dada su semejante demografía, clima templado, estilo de vida y latitud. Otros ejemplos de seguir a rajatabla toda la retahíla de prohibiciones y obligaciones empezando por el enmascaramiento universal como el estado de Nueva York tuvieron datos mucho peores que Florida todo aquel 2020. Pero de nuevo, los datos no importaron a los medios cuando éstos no decían lo que tenían que decir. La narrativa debía permanecer intocable al margen de los hechos. Por cierto, hubo 3 condados en Florida que extendieron al final del verano de 2020 y al margen del resto del estado las máscaras en interiores varias semanas más (Martin, Nassau y Manatee). Si volvemos a creer que las recomendaciones oficiales acertaron, estaremos de nuevo equivocados. Los condados que mantuvieron más tiempo las máscaras tuvieron de media peores resultados que otros incluso con la densidad poblacional de Miami.

En febrero de 2021, Florida se convirtió en la sede de uno de los principales eventos del año, la final de la Super Bowl en su ciudad de Tampa. Tras la victoria de los Bucs, grandes masas de aficionados abarrotaron sus calles casi en su totalidad sin máscaras. Rápidamente, la maquinaria mediática inició la carga implacable con sus peores augurios contra Florida. ¿Recuerdan el sempiterno ‘ya verás en 15 días’? Casi unánimemente todos los medios que cubrieron la noticia remarcaron en titulares que esos aficionados no llevaban máscaras (maskless), desde el Washington Post, New York Times, Forbes y docenas otros. El británico The Independent les llegó a llamar ‘salvajes’ por ir sin máscaras. La CBS cubrió la noticia en directo con un reportero asegurando con indignación que eso sería un ‘evento super contagiador’ y esas personas serían las culpables. La también progresista CNN informaba en directo diciendo no dar crédito a que “la policía lo permitiera”. Todos los medios y expertos tenían una indubitable evidencia: aquello sumiría a Florida en una ola mortal.

Pero aquel evento que habían prometido por doquier que sería ‘super contagiador’ fue seguido de un constante descenso de contagios en todo Florida. Como siempre que los pronósticos de la pachanga cientifista y mediática no se cumplían, éstos buscaban otra historia u otro evento con tal de evitar reconocer lo evidente: eran sólo expertos en equivocarse y persistir constantemente en el error, eso sí aterrorizando a la gente que osaba saltarse sus sacrosantas recomendaciones oficiales, sus máscaras, sus limitaciones de reuniones y sus tests masivos.

En julio de 2021, el International Research Journal of Public Health halló ausencia de toda asociación entre obligación de máscaras y propagación del covid analizando todas las zonas de EEUU. A estas alturas, negar toda posible evidencia se había convertido casi en norma, y el teatro de máscaras debía continuar.

6.- Texas: sureños, y también fachas

Texas, con casi 30 millones de habitantes, centros urbanos tan densos como Houston o Dallas y uno de los estados más económicamente pujantes gracias a su política de bajos impuestos, es también un caso de especial interés. Uno de los bastiones de los conservadores en EEUU, fue otro estado que optó en gran medida por mantenerse al margen de las muchas recomendaciones de la OMS y el CDC y tomar una postura donde primaba la responsabilidad y libertad personales de modo en general semejante a su hermano Florida. Comparado con Florida, Texas durante 2020 no practicó unas medidas tan laxas, pero pronto en 2021 y a la vista de los resultados el gobernador Greg Abbott decidió levantar las restricciones que aún quedaban, entre ellas máscaras en determinados lugares interiores. Fue al inicio de marzo de 2021 y de nuevo la maquinaria mediática prorrumpió con los peores augurios para Texas, tanto más cuanto Texas permitió ya entonces eventos multitudinarios y masivos sin distancia alguna en estadios abiertos o cerrados y sin máscaras. Vanity Fair lo llamó un plan ‘para matar americanos’ y el gobernador de California dijo que era ‘absolutamente sin sentido’. El político progresista Beto O´Rourke llamó ‘culto a la muerte’ eliminar por completo las máscaras en Texas.

Todos los pronósticos de muerte, destrucción y castigo divino contra Texas se materializaron en que un mes después Texas tenía una tasa de contagios entre los estados con mejores datos, concretamente estaba en el 30% en la parte baja de la estadística.

Texas en conjunto con su política laxa y su temprana eliminación de máscaras tuvo datos mejores que California en todo 2020 y 2021. De nuevo los medios ignoraron el éxito de Texas sin máscaras ni restricciones.

Hablando del medio Oeste americano, Arizona -vecino de Texas- fue el estado donde el CDC llevó a cabo un estudio que supuestamente demostraba que llevar máscaras en las escuelas reducía los contagios. Tan orgullosos estaban de tener los resultados que querían que su directora Rochelle Walenski lo citó en incontables ocasiones en los medios como otra prueba de su política de máscaras.  Si han seguido con anterioridad en esta serie de análisis el modo de usar la ciencia por las organizaciones públicas con las máscaras desde 2020, no les sorprenderá saber que se trataba de un estudio diseñado con una fuerte manipulación. No lo digo yo, la prestigiosa revista de análisis fundada en Boston en 1857 The Atlantic le dedicó un reportaje entero a este estudio en su sección de ciencia titulado: “El caso sesgado del CDC sobre las máscaras en las escuelas”. Noah Harber, nada menos que coautor de una revisión publicada de estrategias de mitigación del Covid19 dijo de este estudio: “es tan fraudulento que no debería haber visto la luz pública”. También merece la pena mencionar en esta región del medio Oeste el singular caso de Kansas, al Norte de Texas, por la sencilla razón de que en cada condado del estado se permitió decidir desde 2020 qué política de máscaras establecer y fue bastante semejante el número de condados que impuso la máscara en interiores y el número de condados que no lo hicieron. Exactamente desde verano de 2020, 105 condados de Kansas la impusieron en interiores, y 85 condados no. Los resultados de los 3 primeros meses de política opuesta de máscaras merecieron un análisis y publicación en Febrero de 2022 en la revista Medicine. En resumen, ¿cuál fue el resultado? Cito el propio estudio: “Los resultados de este estudio sugieren de modo potente que la imposición de máscaras causó 1,5 veces más muertes, eso es que aumentó un 50% la mortalidad frente a no imponer máscaras”. Por cierto, cuando en marzo de 2021 Texas se dispuso a eliminar las máscaras de todos los lugares, Biden dijo que eso era ‘pensamiento Neanderthal’. Curiosamente todos los que siguieron el pensamiento Neanderthal, junto con Florida y Texas entre otros, empezaron a tener menores contagios que sus avanzados y progresistas vecinos enmascarados.

Es tan imposible sostener un impacto favorable de las máscaras, que ni siquiera haciendo una estrategia sesgada de cherry-picking (coger sesgada y selectivamente datos de modo que al presentarlos parezcan respaldar una idea) con los datos generados de más de 2 años de experimentación global podríamos lograrlo. Por ejemplo, aquí vemos niveles de hospitalizaciones en EEUU versus uso de máscaras. No sólo el aumento del uso de máscaras no se correlaciona (en realidad la correlación es casi tan nula como entre nieve y hamburguesas) con menos hospitalizaciones, sino que el descenso en su uso va seguido de descenso de las mismas y a la inversa.

Los casos exitosos en EEUU de Texas y Florida como estandartes de ínfimas restricciones y rápida eliminación de máscaras son aún mayores cuando los comparamos con sus modelos opuestos en el país. Igual que hemos visto el fiasco sin paliativos de California, el también progresista Nueva York es una bofetada en la cara de la estadística y, sobre todo, de la narrativa oficial. De hecho, Nueva York siempre despuntó por su nivel récord en el país de uso de máscaras junto con su colindante Rhode Island. Con todo y con esto durante todo el comienzo de 2021 ambos encabezaron en el país los niveles de mortalidad covid. Es más, durante todo este período los 10 estados americanos con mayor uso de máscaras tuvieron los peores datos de mortalidad. Los peores, sí. Aquí vemos en la primavera de 2021 los 10 estados con más alto uso de máscaras qué mortalidad per capita tuvieron frente a los 10 estados en azul con más bajo uso de máscaras. Recordemos que aquí no se habla solamente de obligación de llevarla, sino de uso real de las mismas.

– El efecto Foegen

Si hemos visto las cifras hasta ahora, podremos advertir recopilando los datos que no sólo las imposiciones de máscaras no han producido ningún beneficio. Sino que incluso las imposiciones de máscaras han tendido a producir datos ligeramente peores.

En realidad, que las máscaras contribuyan a aumentar los contagios como las cifras parecen indicar es una hipótesis científica establecida bajo la denominación de ‘efecto Foegen’, por su principal postulante el alemán Dr Zacharias Foegen. Y es una hipótesis que concuerda con los datos. De hecho su autor propuso la explicación tras analizar la efectividad negativa de los mandatos de máscaras. Tras como él lo explica en la revista Medicine:

“Una razón para el aumento de infecciones al exigir el uso de mascarillas es probablemente que los viriones que ingresan o los que se expulsan al toser en gotitas se retienen en el tejido de la mascarilla y, después de la rápida evaporación de las gotitas, de gotas hipercondensadas o viriones puros sin estar dentro de gotas, éstos [los viriones, que son los agentes infecciosos] se vuelven a inhalar desde una distancia muy corta durante la inspiración. Este proceso se denominará ‘efecto Foegen’.

En el ‘efecto Foegen’, los viriones llegan más profundamente en el tracto respiratorio. Así, se inhalan profundamente hasta los alveolos en lugar de los bronquios y se puede generar neumonía en lugar de bronquitis.

Además, el ‘efecto Foegen’ podría aumentar la carga viral general porque se vuelven a respirar los virones que deberían haberse eliminado de las vías respiratorias. La reproducción viral in vivo, incluida la reproducción de los virones reinhalados, es exponencial en comparación con la reducción lineal de gotitas inducida por la máscara.”

Esto es, dado que las máscaras no pueden bloquear viriones pero sí podrían dejar atrapadas microgotas con virones en el tejido, al dejarlas atrapadas favorecerían que al descondensarse estemos respirando más y más profundamente carga viral.

Además, Foegen cita como ulterior evidencia de su razonamiento que desde 2020 con la implantación de máscaras obligatorias se registró un aumento de contagios por rinovirus: el resurgimiento del rinovirus titulaba un estudio de una revista de enfermedades respiratorios del británico The Lancet.

Foegen además cree que el uso de máscaras ‘mejores’ como las N95/FPP2 sólo agravarían el problema al aumentar lógicamente la posibilidad de retener microgotas cuyos virones nos quedaremos largo tiempo reinhalando y lleguen así más fácilmente a los alveolos, favoreciendo  un cuadro infeccioso potencialmente más grave.

Esto es, cuanto más ‘floja’ o menos filtrante sea una máscara tendremos menos probabilidades de estar reinhalando microgotas (algunas podrán tener viriones infecciosos), y por tanto al eliminar máscaras reduciríamos la probabilidad de infecciones más severas. Todo esto puede resultar casi herético en el mundo de post-verdad actual, pero el efecto Foegen concuerda con los datos que han producido dos años de mandatos de máscaras.

7.- Suecia: el país que dejó de existir. Un vistazo a Europa.

Adentrándonos en el continente europeo, y antes de abrir la caja de pandora sueca, veamos gráficamente qué curvas de contagios han generado los países europeos con sin o casi sin máscaras en rojo versus los que usaron masivamente mandatos de máscaras en negro.

Ahora sí, es el turno del caso de estudio europeo más fascinante, pues según todas las previsiones mediáticas estaba destinado de modo irremediable a ser el anti-ejemplo, el desastre irremediable. Suecia, desde el comienzo, fue un país diferente a la tónica dominante de ‘cuantas menos libertades, mejor’. En el fondo esto se explicaba fácilmente: su agencia de salud pública es por tradición en el sistema sueco una agencia desligada del Gobierno, completamente independiente. Tan independiente que no forma parte ni tiene que rendir cuenta alguna a la OMS ni participa directamente en la misma. Así que Suecia, por medio de sus decisores de expertos de salud pública, pensó que la respuesta el covid no pasaba por confinamientos, ni cierres de escuelas o negocios, ni controles de movilidad. Tampoco por máscaras. Particular fue la figura de Anders Tegnell, el anti-Fauci. Tegnell fue el máximo responsable de la agencia de salud pública de Suecia para la respuesta al covid. Ni que decir tiene que recibió toda suerte de furibundas críticas en los medios por su postura anti-restricciones. Pero Tegnell se mantuvo siempre firme citando evidencia científica para su postura.

Suecia siguió sosteniendo que toda la evidencia hasta 2020 sobre las máscaras seguía siendo válida y optó por nunca imponerlas en ningún lugar. Y ninguno significa ninguno (Suecia a lo máximo que llegó fue a una mera recomendación, durante unas solas semanas, sólo en el transporte público y circunscrito a las horas punta). Así pues, Suecia tuvo el menor uso registrado con diferencia en un país occidental de este artilugio o estrategia, pues las estadísticas mostraban un ínfimo 2% de uso en su población. Seamos conscientes de la situación: un 98% de suecos nunca o casi nunca uso una máscara en ningún lugar. Paseando por Estocolmo durante 2020 y 2021 uno podía identificar turistas por su uso de máscaras.

Y nadie puede decir que Suecia sea un país muy distinto de tantos otros occidentales, su capital Estocolmo tiene un millón de habitantes, es una de las capitales europeas del ocio nocturno y tiene una densa red de metro con 100 estaciones. La vida en Estocolmo es semejante a cualquier capital europea desde París a Londres. Además, la población del país se aglutina en el sur colindante con Dinamarca y Alemania.

Chequia, vecino de Alemania, ofrece un buen punto comparativo con Suecia. Son sociedades comparables pero que tomaron decisiones diametralmente opuestas respecto al covid. Chequia, quien no dudó en aplicar toda suerte de restricciones y una muy temprana imposición de máscaras, fue ampliamente elogiada. USA Today dijo que el país era un ejemplo para los norteamericanos sobre usar máscaras, y que eso les hacía posible conquistar la epidemia. Incluso Chequia desarrolló una iniciativa llamada Masks4All en la que se involucró la Universidad de Praga para universalizar su uso, con lo que su adherencia acabó siendo siempre superior al 80% de media nacional.

Aunque durante la primavera de 2020 parecía que Chequia tenía buenos datos, cuando llegó el otoño la situación cambió, y cambió dramáticamente. Cuando el país alcanzaba los mayores datos de adherencia al uso de máscaras, Chequia experimentaba su peor ola de contagios y un nivel de mortalidad creciendo en espiral. Suecia, que permaneció libre de máscaras y restricciones, tuvo un otoño e invierno con unos datos francamente mejores frente a los que palidecía Chequia. Cuando llegó la primavera de 2021 Chequia tenía la peor cifra de mortalidad covid del mundo, la peor del mundo, duplicando la de Suecia. Como bien ha reconocido en el caso español el catedrático de Parasitología de la Universidad de Valencia Rafael Toledo, las máscaras no han frenado ninguna ola en nuestro país. Igualmente, las máscaras en exteriores en España no se han correlacionado con menos contagios y mortalidad, sino con más.

No muy distinto escenario es el de Reino Unido. Éste empezó en julio de 2020 a imponer en escalada la máscara en más lugares y al final del verano ya estaba impuesta en cualquier lugar interior aún entonces con unas cifras de contagios muy bajas. Sin embargo, la llegada del otoño e invierno hizo sufrir a Reino Unido unas olas de contagio constantemente superiores a Suecia sin máscaras.

Alemania, vecino de los escandinavos, fue otro país ampliamente elogiado por su estricta respuesta al covid y con una casi universal adherencia a las máscaras y aun así con similares datos de mortalidad que Suecia toda la segunda mitad de 2020 y peores en todos los siete primeros meses de 2021. En este punto, las máscaras se habían convertido en una suerte de ‘nuevo comunismo’: no importaba cuantas veces fracasara su imposición usando cualquier métrica o comparación concebibles y en cualquier lugar del mundo, pues siempre se prometía que ‘esta vez’ iba a funcionar.

Suecia, por supuesto, se convirtió en esa verdad incómoda que había que ignorar. Realmente paradigmático fue que siempre toda suerte de horrores se le presagiaron a Suecia, y hasta tal punto se llegó a retorcer la realidad de los hechos que el país fue constantemente expuesto como ejemplo de lo que no había que hacer, ¡cuando sus resultados eran iguales o mejores! Para los anales de la desconexión con la realidad están por ejemplo las declaraciones del rey de Suecia en la Navidad de 2020 lamentando que su país no haya impuesto restricciones como las máscaras, ¡cuando el supuesto ejemplo alemán tenía la misma tasa de mortalidad entonces! ¿Qué beneficio que no obtienen los demás con una medida iban a obtener? Suecia se sacó del mapa, tanto así que raramente se hablaba de su caso en los medios, por no decir la televisión. Tan perturbador fue el buen desarrollo a largo plazo de Suecia que Tegnell, en vez de ser justamente reconocido, fue rechazado por la OMS cuando acabó su mandato sueco. Lo importante no eran pues los resultados, ni la mortalidad ni la salud, y la OMS demostró así que lo realmente importante para ella era el acatamiento acrítico. Recordemos que hoy la OMS es de facto una organización privada financiada principalmente no por los gobiernos sino por empresas privadas farmacéuticas y fundaciones como Gates Foundation del magnate Bill Gates.

Por cierto, en Suecia a través de su parlamento se estableció una comisión de respuesta al Covid alentada por quienes cuestionaron las medidas casi inexistentes del país. En sus conclusiones finales en 2022, esta comisión determinó: “La respuesta de Suecia fue en lo fundamental correcta”. Tanto que su modelo de mínimas restricciones, mínimas imposiciones y ausencia de máscaras lejos de producir la apoteosis predicha por los expertólogos en los tabloides se tradujo en la epidemia con menos exceso de mortalidad de toda la Edad contemporánea para Suecia.

Volviendo al escenario de su vecino Alemania, el de Baviera es un caso de análisis muy valioso. Por la sencilla razón de que éste fue un estado que obligó a usar máscaras N95/FPP2 o superiores, prohibiendo llevar cualquier otra supuestamente inferior incluso quirúrgicas, mientras que sus estados alemanes vecinos no hicieron tal cosa. El resultado comparativo de dos sociedades homogéneas bien con FPP2 bien cualquier otra de tela fue ni más ni menos como vemos: indistinguible, incluso con cifras ligeramente peores para el estado con FPP2 universal.

Austria, en enero de 2021, impuso también una obligación de portar N95/FPP2 o superior a nivel nacional y a final de aquel verano la endureció al máximo posible. Aun así, Austria llegó a los niveles más altos de contagios del mundo. Los más altos.

Otro caso comparativo europeo contundente de visualizar es el de dos regiones en Reino Unido con políticas de máscaras dispares. Inglaterra jugó varias veces desde el verano de 2020 a imponer y luego retirar máscaras de interiores. Su hermano británico Escocia nunca levantó su exigencia en este período. Como hemos estado constantemente viendo, Inglaterra no presenta cambios en correlación con que haya o no máscaras en interiores. Incluso más, en conjunto la progresista enmascarada Escocia tuvo mayores tasas de contagios sin el más mínimo levantamiento de las mismas.

En suma, Suecia fue un enorme grupo de control sin máscaras ni restricciones apenas, y al final de la historia Suecia tuvo una de las más bajas tasas de mortalidad covid europeas, por debajo de Grecia, Reino Unido, España, Italia, Portugal, Alemania. Es más, si buscamos la estadística, Suecia estuvo todo el 2020 y 2021 -exceptuando parte de la primavera del primer año- en niveles históricamente bajos de exceso de mortalidad, en 2020 redujo la mortalidad para todos los ciudadanos menores de 75 años, fue inferior a la de países comparables como Suiza, Holanda, Reino Unido, Francia o Austria que practicaron intensas restricciones, y ha ganado esperanza de vida cuando casi todos los demás países occidentales la han reducido.

Una sociedad sin máscaras no podía ser que tuviera menos mortalidad y contagios. El negacionismo, que fue constante, con las máscaras y las restricciones alcanzó aquí su epítome. Suecia, en resumen, había que expurgarla. En abril de 2022, el profesor de Microbiología Dr Beny Spira consiguió la publicación tras una revisión por pares de su estudio de todos los países europeos de más de 1 millón de habitantes entre octubre de 2020 y marzo de 2021 analizando tanto su política como su adherencia al uso de máscaras en relación con los niveles de contagios como de mortalidad covid. Spira llegó a dos conclusiones: 1) No se observa impacto en reducción de transmisión viral con mayor uso de máscaras y 2) Existe una moderada tendencia a mayor uso de máscaras y peores cifras de mortalidad covid por lo que ‘el uso de máscaras podría tener consecuencias no deseadas’. Recordemos el efecto Foegen de las máscaras que hemos mencionado anteriormente.

Hemos visto cómo no sólo la mejor evidencia publicada hasta 2020 y posteriormente no avaló nunca los mandatos de máscaras y sino cómo éstos han entrado de manera clara y rotunda en el libro Guiness de peores políticas globales de salud pública de la historia de la humanidad.

Nos quedan por comentar aspectos como el tremendamente doloroso de los niños tan severamente dañados en su desarrollo intelectual y emocional por unas políticas tan en el mejor de los casos totalmente inservibles para su propósito, intentaremos también comprender por qué el mundo tan acríticamente se ha sumido en el teatro de la obediencia hacia mandatos tan alejados de las evidencias y procuraremos descifrar cuáles pueden ser las razones de la imposición de políticas tan ineludiblemente fracasadas desde su comienzo.

Mascarillas, la incontrovertible evidencia (I)

Mascarillas: la incontrovertible evidencia (I)

[Para esta serie de artículos se han empleado estudios publicados disponibles en PubMed, publicaciones de prensa referenciadas, documentos de la OMS o el CDC de EEUU, estadísticas oficiales publicadas por New York Times o OneWorldinData, o la información y gráficas del periodista Ian Miller en su obra “Unmasked”, entre otras fuentes]

Desde la primavera de 2020 con la llegada de la pandemia covid, distintas estrategias fueron puestas sobre la mesa, recomendadas y aun impuestas al público. Confinamientos, tests masivos, cierres específicos de negocios, de escuelas… Pero por encima de todas las medidas rápidamente las máscaras aparecieron como un instrumento crítico.

Ni que decir tiene que la humanidad ha sufrido múltiples y aun innumerables epidemias y pandemias. Así pues, los principales organismos de salud pública como la OMS o el CDC (su equivalente estadounidense, el Centro de Control de Enfermedades de EEUU) tenían extensos documentos, guías y análisis para afrontar un escenario como el de 2020. ¿Qué decían dichos documentos y estudios?

1.- La ciencia hasta 2020, guías pandémicas y estudios

· Las guías pandémicas

Es muy importante ver la postura científica del CDC americano puesto que es el organismo de salud pública más influyente en el mundo y como miembro principal de la OMS. El 26 de febrero de 2020, el CDC de Estados Unidos celebró una videoconferencia con sus miembros para establecer una respuesta al covid. Su portavoz Benjamin Haynes abrió y moderó la conferencia tomando como referencia la “Guía de Mitigación Comunitaria para Prevenir una Pandemia de Gripe en EEUU, 2017”, un documento que recopilaba 200 estudios publicados en los anteriores dieciséis años, esto es, toda la mejor evidencia posible y reciente. En aquella reunión, todas las intervenciones no farmacológicas que se recomendaron fueron ‘la cuarentena voluntaria para aquéllos con miembros enfermos en el hogar’. De momento, las máscaras ni siquiera fueron consideradas como opción. Uno podría pensar que al fin y al cabo esto era para la gripe pero el covid sería algo superior, si bien lo cierto es que el CDC para 2019 se había embarcado en no uno sino en 2 ejercicios de respuesta pandémica para afrontar escenarios como el de 2020. Y allí las máscaras seguían de nuevo sin aparecer como una estrategia.

Curiosamente en otoño 2019 la OMS elaboró también un documento de ‘medidas de mitigación de gripes epidémicas y pandémicas’ donde planteaban casos como el que sucedería meses después. En el documento se lee en las conclusiones: “Ha habido un número de ensayos randomizados controlados demostrando que medidas personales como la higiene de manos o las máscaras faciales tienen, en el mejor de los casos, un beneficio pequeño en la transmisión” En el documento la OMS cita como autoridad 10 estudios de alta calidad de la última década. Ninguno de ellos encontró un beneficio apreciable en usar máscaras en epidemias o pandemias de gripe.

Otra de las más influyentes agencias de salud en el mundo, la de Reino Unido, elaboró en 2011 un documento de preparación para gripes pandémicas. En él se dice específicamente sobre las máscaras que, si bien pueden ser útiles para frenar gotas, no lo son para evitar el paso de aerosoles.

· La adherencia y el símbolo de los cirujanos y asiáticos

En verano de 2020, el CDC de EEUU llevó a cabo un estudio sobre contagios de covid y uso de máscaras. El 85% de las personas contagiadas declararon haber estado usando máscara ‘siempre’ o ‘casi siempre’. Comparado con el grupo no contagiado no hubo una diferencia estadística en el riesgo/probablidad de contagio. Un estudio en Europa publicado en abril de 2022 tampoco halló correlación discernible en nuestro continente entre uso de máscaras y contagios ni tampoco mortalidad covid.

Un caso interesante de por qué el público ha adoptado rápidamente la creencia en las máscaras es el de los cirujanos. Si ellos llevan máscaras, es que protegen, ésta es la idea. La realidad no es exactamente la que cree el común de las personas, pues los cirujanos no han llevado nunca máscaras para prevenir el contagio de virus sino para prevenir que gotas de su boca o nariz caigan en heridas de un paciente durante una operación y creen sepsis. Por eso los médicos nunca las han llevado en sus consultas o en las visitas a pacientes en hospitales sino básicamente en operaciones. No hay más que ver cualquier serie de televisión de hospitales. Por eso se llaman precisamente máscaras quirúrgicas, no máscaras para consultas ni de ningún otro modo. Es más, incluso este uso se basa en un beneficio teórico, pues los estudios al respecto no han encontrado beneficio medible del uso de máscaras para evitar infecciones operatorias. Ya en los años 80 un análisis del Colegio de Cirujanos de Inglaterra concluyó que no es apreciable en la vida real el beneficio del uso de máscaras durante las operaciones, se basa en la asunción de un beneficio teórico.

Otra idea simbólica que nos ha hecho asumir acríticamente la efectividad de las máscaras es el caso de los asiáticos que las usan con profusión en comparación con los occidentales. Pero no hay evidencia que respalde la idea de que los japoneses por ejemplo sufran apreciablemente menos la gripe por su uso, el año anterior al covid de hecho sufrieron la propagación de una epidemia de gripe a pesar de su uso casi universal.

2.- Fauci, la autoridad que se negaba a sí misma

“El antídoto del miedo es el conocimiento” Ralph Waldo Emerson, filósofo

Sin duda uno de los personajes y nombres más visibles a nivel mundial en la respuesta al covid fue Anthony Fauci, el responsable de la misma para todo Estados Unidos y la Casa Blanca. En marzo de 2020, Fauci apareció en el popular programa 60 Minutes en el que afirmó: “No hay razón para ir por la calle con máscaras”. Incluso fue más allá y mencionó una ‘falsa sensación de seguridad’ y los potenciales riesgos por estar tocándose la cara. Cuando en junio de 2020 algunos periodistas cuestionaron el viraje en las recomendaciones oficiales, responsables como Fauci y tantos otros en Occidente dijeron que de algún modo quisieron ocultar los beneficios de las máscaras para no interferir con la oferta entonces limitada. Lo cual es aún más extraño, ¿no era que había una nueva evidencia de contagio asintomático? En cualquier caso, ¿qué sentido tiene confiar en quien reconoce no haber no dicho toda la verdad en marzo de 2020?

La idea de ‘no dijimos cuán importantes eran las máscaras para proteger la escasa oferta’ a comienzos de 2020 tiene aún un problema mayor, y está en los emails privados de Anthony Fauci revelados al público gracias a la Freedom Information Act. El 4 de febrero de 2020 Fauci recibió un email de Sylvia Burwell, antigua secretaria de Salud con Obama y le preguntó si debería llevar una máscara en sus viajes para su protección personal. La respuesta de Fauci fue: “las máscaras son realmente para las personas contagiadas, no tanto para proteger a quien no lo está”. Fue incluso más allá dando razones científicas en su respuesta: “La típica máscara que compras en la droguería no evita que pase el virus, podría sólo evitar que expulses gotas cuando tosas o estornudes…no te recomiendo usar una máscara”.

Esto deja en evidencia que la justificación de la falta de oferta para no recomendar máscaras (la gente no puede comprarlas, no las recomendemos) no fue nunca cierta.

De nuevo serían los propios emails privados de Fauci los que desmentirían que hubo una nueva evidencia científica en primavera de 2020. El 31 de marzo de 2020, recibió un email de Andrea Lerner, empleada del Instituto Nacional de Salud de EEUU, donde resumía lo que la comunidad científica sabía. En dicho correo Lerner le adjuntaba a Fauci hasta 9 estudios randomizados (un tipo de estudio de alta calidad donde tienes un grupo de control ciego) donde no se hallaba diferencia entre usar o no usar máscara en un escenario de gripe. Sólo 3 días después el CDC, rechazando toda la evidencia científica disponible y sin una nueva capaz de contradecirla, precipitó una recomendación universal de máscaras. A partir de aquellas fechas, medio mundo se cubrió las bocas y se inició uno de los ensayos poblacionales de salud pública de mayores dimensiones.

Francamente interesante es revisitar aquellas nuevas guías que el CDC en EEUU hizo en abril de 2020 por las palabras empleadas para justificar las máscaras. “Aunque no existe evidencia de que sean efectivas en reducir la transmisión, existe una plausibilidad mecánica para la potencial efectividad de esta medida”. Repitamos y releamos: plausibilidad mecánica para la potencial efectividad. Esto es, la imposición de máscaras se basó en primavera de 2020 en una hipótesis teórica, en un deseo de que funcionara, ello a pesar de que los estudios que durante años habían recopilado las mejores agencias de salud de todo el mundo de las mejores revistas científicas no lo avalaran. Tan distante llegó a ser la ciencia de las medidas que incluso en mayo de 2020 el CDC volvió a publicar otro meta-estudio (recopilación de 14 estudios previos) sobre una gripe pandémica donde de nuevo no había evidencia sobre las máscaras para frenar la propagación.

Para primavera de 2020 no había aún solidez científica para la imposición de máscaras, así que se intentó precipitar una ‘nueva ciencia’.

3.- ¿Una nueva ciencia?

“El mayor enemigo del conocimiento no es la ignorancia, es la ilusión del conocimiento” Stephen Hawking, físico

A pesar de que durante febrero, marzo y gran parte de abril no se recomendó al público usar máscaras, en algún punto durante la primavera de 2020 la inmensa mayoría de agencias de salud empezaron de la noche a la mañana y al unísono a dar un giro de 180 grados. Con ello, todos los ‘expertos’ empezaron a modificar su discurso para alinearse. Ello teniendo que ignorar toda la enorme evidencia científica opuesta. Y de nuevo de la noche a la mañana, las máscaras pasaron de ser una recomendación a una obligación.

En este momento transicional, en abril de 2020, cuando aún los medios seguían sin problema las evidencias científicas en lugar de ser arrastrados a una nueva narrativa por decreto, el Washington Post publicó un interesante artículo basado en los estudios del historiador John M. Barry sobre cómo durante la gripe española de 1918 usar máscaras faciales fue ‘inútil’, a pesar de su uso masivo entonces en EEUU.

A partir de abril y mayo de 2020, millones de euros y dólares del contribuyente fueron gastados en promocionar el uso de máscaras. Por ejemplo, el estado California gastó 27 millones de dólares y el gobernador de Nueva York Andrew Cuomo desplegó una campaña llamada ‘Enmascarando América’ en colaboración con celebrities. Las expectativas fueron enormes y todos confiaron ciegamente en la ‘plausibilidad mecánica’ de la OMS.

La confianza en la medida fue tan grande que empezaron a ofrecer importantes promesas y resultados. Un artículo de la revista Time llegó a prometer en junio de 2020 una reducción de la transmisión entre un 50% y 85%. El propio Fauci expresamente mencionó en múltiples ocasiones que los estados que siguieran la implantación de máscaras tendrían mejores resultados y que podrían verse diferencias apreciables entre estados o condados según apliquen o no la medida. En julio de 2020 la Universidad de California fue aún más allá siendo de las primeras en prometer que las máscaras no sólo evitaban contagiar sino que evitaban que uno se contagie. No existían evidencias sólidas para ninguna de estas afirmaciones, eran simplemente hipótesis que el público por supuesto esperaba que se cumplieran.

Aparte de la ‘plausibilidad mecánica’, el CDC intentó citar evidencias para respaldar sus recomendaciones de máscaras. Y llama la atención la pobreza de esas evidencias. Por ejemplo, citan una historia anecdótica en una peluquería con 139 clientes durante 8 días, los 2 peluqueros estaban contagiados pero ninguno de 16 clientes cogidos al azar que usaron máscara lo estuvieron. Puede sonar grotesco, pero es cierto que nada menos que el CDC esto lo usó como una evidencia para respaldar una medida de salud pública universal en pleno siglo XXI.

· El contagiador asintomático, ¿realidad o muñeco de paja?

Tras revisarse cientos de estudios publicados, elaborarse extensos documentos y aun realizar ejercicios de preparación para una pandemia como la de 2020, ¿qué cambió en 2020? Entre las posibles y varias motivaciones de los organismos de salud pública para virar y prestar atención a una estrategia antes descartada destaca la idea del ‘contagiador asintomático’ a juzgar por las declaraciones que entonces hacían los reguladores. Pero esta motivación no deja de resultar extraña como supuestamente novedosa puesto que la transmisión asintomática había sido considerada por el CDC en escenarios de gripes epidémicas.

Uno entonces podría pensar que el contagio asintomático era mucho más común en el covid que en la gripe. Sobre esta cuestión en abril de 2021, la revista Emerging Infectious Diseases Journal publicó un análisis sobre un brote en Alemania en 2020, y llegó a esta conclusión: “No observamos transmisión desde pacientes asintomáticos”. Incluso los propios autores afirmaron que su hallazgo no era nada extraño pues “se alineaba con múltiples otros estudios”. Y finalizaban: “Es improbable la contribución de la transmisión asintomática a la propagación del covid”. Los autores del estudio eran del Centro Europeo de Prevención y Control de Enfermedades y la Universidad de Estocolmo. No obstante, aunque fuera totalmente válida la idea del asintomático contagiador y siguiendo abierto el debate científico sobre su alcance exacto, las máscaras seguían enfrentando su problema mayor: los aerosoles.

· Los aerosoles, el quid de la cuestión

Un aspecto fundamental, si no el más fundamental, que explica que las máscaras fallaran en los estudios sobre infecciones víricas que manejaban las agencias de salud es el problema de los aerosoles. La confianza en las mascarillas tenía sentido si se trata de parar las gotas y microgotas, pero el covid tal como se confirmó el virus de la gripe se transmite por aerosoles y las máscaras no pueden hacer prácticamente nada según la evidencia bloqueando los aerosoles. Sin embargo al público se le convenció de lo opuesto con visuales gráficos que o bien eran meramente teóricos o se basaban en microgotas, no realmente aerosoles que atraviesan las máscaras. Ésta es la eficacia -como muestra en este más elaborado vídeo con explicación científica el Dr Ted Noel– en la vida real frente a los aerosoles de llevar una máscara, sin importar que uno lleve 2 o 3 o un respirador equivalente a una N95/FPP2. Esto es, portando cualquier tipo de máscara, una habitación cerrada acaba llenándose de aerosoles por respiración con la misma rapidez e intensidad que no llevando ninguna. Habría que dejar de respirar.

· De Dinamarca a Bangladesh, la ciencia se corrompe

A finales de 2020 tuvo lugar en Dinamarca un estudio de alta calidad randomizado con 6000 participantes para revisar la efectividad del uso de máscaras quirúrgicas frente al contagio en el que fue el mayor estudio controlado hasta la fecha sobre esta cuestión, el DANMASK-19. Los participantes recibieron máscaras quirúrgicas de la más alta calidad y se les instruyó para su correcto uso y recambio. Era el mejor tipo de estudio que cabía concebir para medir dichos beneficios frente al covid. ¿Cuál fue el resultado? Los autores con los datos en la mano fueron incapaces de ver beneficios en el uso de máscaras frente a no usarlas incluso con el mejor uso posible. No sólo los medios ignoraron este estudio, sino que acabaron sucediendo prácticas de corrupción científica, empezando porque el estudio estuvo censurado en redes sociales cuando salieron los resultados. Sencillamente, no querían un estudio tan importante sin la conclusión predeterminada. Este caso lo comenta un artículo del British Medical Journal denunciando esa censura. Thomas Benfield de la Universidad de Copenhague y uno de los principales autores confesó al ex periodista del New York Times Alex Berenson que el estudio se publicaría ‘tan pronto como una revista fuera lo suficiente valiente’. ¡Había que ser valiente en 2020 para publicar lo que durante décadas habían dicho los estudios sobre máscaras! Otro de los autores y jefe médico del hospital New Zealand de Dinamarca, Christian Torp-Pedersen, denunció: “No podemos discutir si éstos son los resultados que a algunos les gustan o no”.

Así que había que encontrar algún estudio que presentar al mundo para apoyar las máscaras. Aquí llegó el famoso estudio de Bangladesh, que la revista Nature lo celebró como un “estudio riguroso”. ¿Cuán riguroso? Bueno, el matemático británico Normal Fenton demostró que usando la metodología del estudio, éste era equivalente a lanzar 34 monedas y tras tener 18 caras y 16 cruces asegurar que las caras son más probables. Es decir, el estudio no demostraba en verdad nada. El investigador científico Steve Kirsch retó al autor principal del estudio de Bangladesh, Jason Abaluck, a defender en un debate su estudio. Abaluck aceptó con tal de que hubiera sólo un debatiente enfrente y el 3 de abril de 2022 tuvo lugar el mismo. Abaluck fue tan incapaz de defender los resultados de su estudio que se negó a volver a debatir el estudio y uno de los expertos espectadores comentó: “este estudio bordea el fraude”. El estadístico Mike Devenich también comentó cómo el estudio de Bangladesh era un sinsentido.

Lamentablemente el esfuerzo por demostrar que las máscaras funcionaban desencadenó una corrupción científica de dimensiones importantes. Si no, prestemos atención a otros estudios que se usaron para sostener que las máscaras eran efectivas:

  • Un estudio norteamericano de mediados de 2020 aseguró hallar que los estados con máscaras tenían menos contagios. Entre lo trágico y lo cómico, los autores tuvieron que retirar este estudio cuando en otoño empezó a pasar lo opuesto: los contagios eran superiores en los estados con más máscaras per capita.
  • En Alemania se publicó un estudio que afirmaba que las máscaras obligatorias en las ciudades germanas se correlacionaban con menos contagios. El problema es que los datos no decían esto. Por ejemplo la ciudad de Jena que combinó durante el estudio máscaras con cuarentena estricta tuvo más contagios.
  • Otro estudio alemán quiso concluir la efectividad de las máscaras N95/FPP2, pero no hubo ningún ensayo sobre la vida real, era un mero modelo matemático.
  • El British Medical Journal aceptó la publicación de un meta-análisis que establecía la efectividad de las máscaras. Sin embargo, posteriormente la propia revista decidió cuestionar este mismo estudio en un editorial con el título ‘la falta de buenas investigaciones es una tragedia pandémica’

Un estudio del CDC que quiso demostrar al público que las máscaras funcionaban debe sin duda mencionarse como claro ejemplo de cómo se puede retorcer la estadística para sacar las conclusiones que uno desea. Por supuesto, publicaron un gráfico que parecía inequívoco. Llevar cualquier tipo de máscara reduciría la probabilidad de contagiarse en un grado muy elevado, aseguraban.

Dicho estudio fue realizado en California y se publicitó para promover su uso en todos los lugares, pero presenta un cúmulo de despropósitos que hacen dichas conclusiones una manipulación enorme.

  • En primer lugar, parte del engaño está admitido en la letra pequeña del gráfico. Especifica que hay ‘diferencias no significativas’ con el uso de máscaras de tela. Por tanto, lleva explícita una admisión de desinformación.
  • En segundo lugar, se basó simplemente en una encuesta telefónica y los entrevistados sabían el propósito del estudio, con lo que se favoreció sesgo en las respuestas.
  • Pero el principal fraude vino de la estadística, y que es algo más complejo de advertir. Se trata de la muestra, pues casi 1800 personas usaron máscara algún tiempo y 44 nunca. Esta distribución les pareció correcta y representativa; menos de 2000 personas en un estado de casi 40 millones de habitantes.
  • Otro error (en realidad es difícil penar que fue un error no premeditado) que sesgó enormemente el resultado desde el principio fue no excluir como debían hacer a personas que vivían en el mismo hogar de alguien contagiado. Imaginen que su pareja, hijo o conviviente se descubre que está contagiado un día X pero obviamente usted como mínimo hasta ese día no ha llevado máscara en su presencia en el hogar. Incluir a estas personas es un modo perfecto de sesgar el resultado hacia más contagios con menos máscaras. Sólo esto habría podido retractar una publicación científica, pero el CDC es lo que usó para convencer al público. Habían conseguido cocinar lo que ellos querían prometer. Para un análisis y refutación estadística más en detalle de este estudio, el periodista Ian Miller lo desmonta aquí.

Un claro ejemplo de cómo se puede retorcer una conclusión usando al gusto la estadística es que cogiendo los propios datos de ese mismo estudio podemos llegar a una conclusión rápidamente: un 93,3% de las personas contagiadas encuestadas llevaban siempre o casi siempre máscara.

· Censura, la ilusión de la integridad científica

Así, el retorcimiento de la máquina científica se hizo en dos sentidos, intentando generar a cualquier precio resultados a favor de las máscaras y por otro lado expurgando todos los bien hechos estudios que mantenían lo mismo que la ciencia del último siglo. Por supuesto, pues, los medios ignoraron en lo posible otro estudio con 8000 participantes a finales de 2020 que concluyó que las máscaras “no parecen ser efectivas contra infecciones respiratorias”, o una revisión de julio de 2020 del prestigioso Cochrane que determinaba que las máscaras no reducen transmisión viral ni en población general ni en trabajadores sanitarios. El Centro para la Medicina basada en la Evidencia de Oxford aseguraba que la imposición de máscaras era una cuestión política, no científica. Literalmente dice: “hay una considerable falta de certeza científica”. Y añade: “En el caso de que las máscaras funcionaran, según los datos de la agencia de salud noruega, harían falta 200.000 personas con máscara para prevenir un solo contagio por semana”. La inexistencia de cualquier evidencia sólida seguía siendo tan patente que en las propias recomendaciones de máscaras del Centro de Control de Enfermedades de la Unión Europea en febrero de 2021, éstas se basaban en un ‘principio de precaución’, esto es, seguía siendo una hipótesis indemostrada.

Volvemos a 2020 y con la llegada del otoño y a pesar del surgimiento de olas o repuntes de contagios sin importar el nivel de adherencia al uso de máscaras en una población dada, los expertos no dejaron de hacer aún mayores sus promesas. El Dr Robert Redfield, nada menos que antiguo director del CDC estadounidense, llegó a afirmar en septiembre de 2020 que usar máscaras era mejor que cualquier posible vacuna y los grandes medios entregaron rápidamente la promesa al público. Y realmente no fue el único experto que hizo tal comparación. Para muchos de éstos, las máscaras no sólo eran una importante, sino incluso la más importante posible de las medidas. Hubo un punto en que las máscaras podían prometer cualquier cosa desconectada de cualquier evidencia, se estaban convirtiendo realmente en una suerte de fe. El uso de máscaras se había acabado desligando de la honestidad y prueba científicas para llegar a ser un auténtico activismo político.

Uno podría pensar que el problema fue la falta de adherencia al uso de máscaras, pero lo cierto es que su uso llegó a ser forzoso y compulsivo en casi todas las regiones occidentales. En concreto, en EEUU el gobierno federal a través de YouGov y su sistema demoscópico ha evaluado la adherencia al uso de máscaras por sus ciudadanos. Todos los aumentos de contagios en noviembre y diciembre de 2020 fueron precedidas de los niveles más altos registrados en el uso de máscaras a nivel nacional, hasta por encima del 80% de media, y su ola mayor en enero 2021 se produjo con el nivel registrado más alto de uso. Tras aquella fecha y en parte debido al levantamiento de mandatos de máscaras en estados conservadores (lo veremos más adelante) la adherencia a nivel nacional empezó a descender, y los expertos en masa encabezados por Fauci o la directora del CDC Rochelle Walensky empezaron a predecir terribles olas para primavera 2021 en el país. Lo que acabó sucediendo es que los casos siguieron descendiendo toda aquella primavera.

Lo ilustraremos mejor más adelante, pero baste adelantar aquí este interesante ejercicio que nos propone el economista norteamericano Tom Woods. Si nos presentaran las gráficas de curvas de contagios covid de países donde se impusieron las máscaras, ¿seríamos capaces de identificar en el gráfico, incluso aproximadamente, cuándo se impusieron? Hagan apuestas.

Hasta 2020, la ciencia era inequívoca sobre que el uso de máscaras. en el mejor de los casos podía tener una utilidad potencial dentro de un mero marco teórico e hipotético. Incluso los estudios controlados hasta la fecha no pudieron nunca de manera sólida corroborar esa posible teoría y por ello en todas las pandemias víricas los más importantes organismos internacionales habían descartado una y otra vez las máscaras como algo de utilidad. A partir de la primavera 2020 surgieron nuevas recomendaciones sobre las que se intentó precipitar una nueva evidencia hasta entonces inexistente. Como hemos visto, se usó todo tipo de manipulación científica para intentar hacer encajar la realidad con el deseo.

Si aún creemos que esos estudios que pretendían defender las máscaras no estaban tan equivocados, no obstante desde 2020 tenemos el mejor banco de pruebas posible: millones de personas en docenas de regiones y países con máscaras obligatorias. ¿Qué datos reales podemos observar en esos países? ¿Qué resultados comparativamente hubo en las regiones, estados o países vecinos donde no se usó máscaras? ¿Se pueden observar efectos en la imposición y en la retirada de máscaras (desde otoño 2020 ya hay ejemplos estudiados de retiradas de las mismas en Occidente)? La verdad última, más allá de los laboratorios y grupos de ensayos vendría de allí, de allí fuera, de la realidad.

Cinco cuestiones sobre las vacunas covid

1.- El 95% de eficacia

Desde el comienzo de la administración de las vacunas covid, se repitió constantemente (es difícil no haberlo oído o leído menos de unas docenas de veces) un dato en este caso aplicado al producto de Biontech-Pfizer (en adelante, Pfizer): un 95% de eficacia. ¿Era cierto? Bien, depende de cómo usemos la estadística. De los algo más de 43mil sujetos usados en el estudio para aprobación recibiendo casi la mitad el producto y casi la otra mitad un placebo, hubo 162 personas con síntomas en el placebo y 8 en el grupo de tratamiento. Eludiendo aquí todo el cálculo matemático (que puede consultarse aquí y que no es más que un concepto elemental de epidemiología), resumiremos que el riesgo relativo reducido con Pfizer era exactamente del 94,66%.

Dicho cálculo se basa esencialmente en las personas con síntomas (162 vs 8) ignorando por completo cuán grande era la muestra original total. Estamos hablando de 43mil personas. Aquí es donde en epidemiología se usa un indicador mucho más conectado a la realidad, pues tiene en cuenta el total de personas de un estudio: el riesgo absoluto. Tomando los mismos datos de ese estudio de Pfizer, ¿cuánto reducía el riesgo absoluto de covid su producto? Un 0,71%. Es decir, el producto de Pfizer en términos absolutos tenía una probabilidad de 99,29% de producir el mismo beneficio que un placebo dado este virus. Éste es un dato incontrovertido, por ejemplo aquí el Servicio de Salud de Navarra referencia que esta reducción de riesgo absoluto (RAR) con este producto para este virus no llega al 1%.

Para muchos, el riesgo relativo no deja de ser cierto malabarismo estadístico. Al fin y al cabo, si hubieran anunciado en los medios menos de un 1% de eficacia en riesgo absoluto, ¿qué éxito comercial habría tenido el producto?

2.- Los reguladores

Los conflictos de intereses con la industria farmacéutica es un problema que siempre ha planeado sobre los reguladores, pues es un problema real. A pesar de haberse establecido supuestos controles, en la práctica estos controles dejan demasiado que desear. En el caso de los productos que nos ocupan, podemos por ejemplo mencionar a Scott Gottlieb que sin grandes problemas fue comisario del regulador FDA (Food and Drug Administration, el regulador y que aprueba fármacos en EEUU) básicamente entre 2003-07 y luego de 2017-19 saltando entre medias y después a puestos ejecutivos en farmacéuticas. Gottlieb, ahora en Pfizer, actuó como representante de la compañía instando al público sobre la necesidad de refuerzos de su producto. En medios de comunicación además ampliamente financiados por su empresa.

Desde junio 2019, Gottlieb es miembro de la dirección de Pfizer. En otros casos parecen ni siquiera tener problemas en compaginar posiciones que podrían resultar conflictivas. Es por ejemplo el caso de James C. Smith, del consejo de administración de Pfizer y presidente a su vez de una fundación de uno de los mayores conglomerados mediáticos de Occidente, el grupo Reuters, vinculado directamente con los llamadores verificadores de qué es oficialmente cierto o falso. Marc McClellan fue por ejemplo comisario de la FDA directamente involucrado en la aprobación de productos de Johnson&Johnson, y quizás no fuera tan casual que esta compañía acabara contratándole para su consejo de dirección. O Stephen Hahn, que pasó con rapidez de regulador en la FDA de los productos de Moderna a director de una firma de capital detrás de Moderna. También puede darse la trayectoria inversa, como le sucedió a Patricia Cavazzoni pasando de ostentar una vicepresidencia de departamento en Pfizer a miembro del regulador FDA. Ahora Patricia está directamente involucrada en la aprobación de productos fabricados por su antigua empresa, Pfizer. Aunque podríamos hablar de las concretas abultadas cifras con muchos ceros de las nóminas de estas personas en el sector farmacéutico, podemos fácilmente imaginarlo.

El propio Instituto Nacional de Salud de EEUU reconoce en su página web que parte de las personas que redactan las guías oficiales americanas sobre tratamientos de Covid han trabajado en Pfizer, Merck, Janssen, Astrazeneca…

En Europa, el 86% del presupuesto de la EMA o Agencia Europea del Medicamento que aprueba fármacos como éstos para el territorio europeo proviene de financiación de los propios fabricantes farmacéuticos. Emer Cooke, la actual directora ejecutiva de la EMA, trabajó durante años como lobby o agente de presión sobre reguladores para compañías como Pfizer o Astrazeneca.

3.- Promesas cambiantes

Desde el inicio de la administración de estos productos con su prometido 95% de eficacia hasta la actualidad, las propias autoridades han tenido que modificar sus promesas al público. Y de un modo muy llamativo. Hoy puede resultar para muchos difícil de creer que eliminar la transmisión fue una sólida promesa de reguladores y fabricantes con estos productos, pero lo cierto es que lo fue. Lo dijeron nítidamente la directora del Centro de Control de Enfermedades (CDC) Rochelle Walensky (“las personas vacunadas no pueden portar el virus”), el responsable de la respuesta al covid en EEUU Fauci, incluso Joe Biden lo prometió (en julio 2021 dijo “no vas a coger covid si estás vacunado”), así como Bill Gates curiosamente (o quizás no) involucrado en opiniones sanitarias.

Como ya todos sabemos, hubo que orquestar una marcha atrás en toda regla a la luz de los acontecimientos. ¿Alguien recuerda la inmunidad de grupo que España alcanzaría a mediados de agosto de 2021? Aquí tenemos la promesa para el 18 de agosto. Como justificación, se argumentó que España se había rezagado y no llegaba aún al 70% como receptores del producto. Aunque semanas después se superó este 70%, aquella inmunidad de grupo se olvidó porque era en realidad una promesa imposible de cumplir con estos productos.

Todo esto tiene relación directa con el “efecto menguante”. Durante la propia administración a la población acabaron viendo de modo irremediable que el efecto de esos productos no era muy duradero y de hecho era demasiado efímero. Así surgieron los ‘refuerzos’. A día de hoy ni siquiera el gobierno americano sabe con certeza cuantificar cuán duradero o no es uno de estos productos. ¿Duradero para qué? Pues muy buena pregunta. Durante toda la primavera de 2021 estos productos prometían evitar la muerte (“no vas a morir” dijo el presidente de EEUU), luego la promesa pasó a ser que tenias menos probabilidades de fallecer. Igual que entre verano e invierno de 2021 se pasó de asegurar que en caso de tener covid sería leve a simplemente reducirse la probabllidad de una enfermedad grave. Las promesas han sido cambiantes, tanto que a veces se ha dado la vuelta a la tortilla sin una disculpa o responsabilidad clara. El incesante torbellino constante durante meses sobre este tema y estos productos ha hecho imposible para el común de los ciudadanos llegar a ser totalmente conscientes de las promesas y desmentidos, pero si nos paramos con calma a revisar hemerotecas de 2021 difícilmente encontraremos parangón. Lo cual es aún más chocante (este nivel de incertidumbre) dada la enorme presión a la que se sometió a la población para recibir estos productos y que es innecesario recordar.

4.- Los contratos

Los contratos de compra de estos productos farmacéuticos han sido un tema desde el comienzo demasiado poco claro pesar de que los grandes medios han básicamente eludido la cuestión. Desde dicho principio se ha sabido que los contratos de los Gobiernos (EEUU, Reino Unido, la Unión Europea…) con los fabricantes farmacéuticos han sido en lo esencial secretos (básicamente porque no se tenía acceso a los mismos). Incluso el propio The Guardian británico (uno de los rotativos más leídos en el país) reconocía a finales de 2021 este hecho a propósito de una acusación legal a Pfizer por enriquecimiento poco lícito por parte de nada menos que el antiguo director del CDC con Barack Obama.

Zain Rizvi, director de la organización de derechos del consumidor americana Public Citizen dijo sobre dichos contratos que “hay un muro de secretismo sobre estos contratos que resulta inaceptable”. La filtración en internet en verano de 2021 de partes de los contratos de Pfizer con los gobiernos -en concreto con el gobierno de Albania- y bautizado como PfizerGate sacó a la luz lo que muchos sospechaban vista la nula transparencia de dichos documentos: por ejemplo, los fabricantes farmacéuticos eran exonerados legalmente de responsabilidades por posibles efectos perjudiciales para la salud de sus productos. A pesar que el PfizerGate fue censurado de todas las redes sociales con rapidez, aquí puede aún consultarse el contenido de dicha filtración. Esta exoneración de responsabilidad, o impunidad legal, ha por ejemplo generado demandas legales de diversos bufetes y abogados en el mundo.

En la Unión Europea la cuestión de opacidad es exactamente idéntica. Entre otros, el eurodiputado democristiano Christian Terhes ha en múltiples ocasiones y en sede parlamentaria de la UE denunciado esta opacidad. Gracias a su condición de eurodiputado y por inteligentemente usar el Parlamento europeo como foro, las redes sociales han tenido mucho más difícil censurar sus denuncias junto con las de otros eurodiputados que (pregúntate de nuevo por qué) no existen en los grandes medios de comunicación a los que accede el común de ciudadanos. Y es que ni siquiera un eurodiputado tiene acceso al contenido de dichos contratos en concreto con Pfizer.

Las acusaciones de estos eurodiputados han sido directamente a Ursula Von der Leyen como responsable máxima de la parte compradora. Y es que, aparte de los opacos contratos, los potenciales conflictos de intereses existen. Es el caso particularmente de su marido Heiko von der Leyen, quien desde finales de 2020 ocupa un puesto ejecutivo científico en la farmacéutica Orgenesis, que fabrica productos a base de ARN mensajero como los de Pfizer o Moderna contra el covid. El vicepresidente general de dicha compañía, Vincent Vandamme, previamente estuvo empleado por Pfizer.

Por el momento, la única reprobación institucional (recordemos el sempiterno problema de conflictos de intereses en los propios reguladores) ha venido del defensor del pueblo de la UE, Emilly O’reilly. Quizás poco sorprendentemente Von der Leyen argumenta que sus conversaciones directas de texto con nada menos que el CEO de Pfizer durante el proceso de contrataciones y compras las eliminó -casualidades que pasan- de su móvil. La noticia sí llegó a a medios españoles, pero pasó de soslayo sin grandes titulares. Cualquiera diría que el covid y sus corolarios no interesaron demasiado a los medios.

5.- Blowing the whistle

Ha habido una manipulación de la estadística para promover la eficacia de estos productos, conflictos de intereses en los reguladores, promesas exageradamente cambiantes o contratos excesivamente opacos. Pero no sólo eso: se han descubierto malas prácticas en los mismos ensayos que derivaron en la aprobación para uso de emergencia de estos productos. La denuncia no viene de cualquier medio, ni siquiera de un medio de comunicación, sino de una propia investigación del British Medical Journal, una de las más antiguas revistas de publicaciones médico-científicas del mundo (fundada en 1840) y una de las más prestigiosas del mundo anglosajón. Lo que a todas luces debía ser una bomba mediática (encendió alarmas de muchos científicos y médicos que empezaron a sospechar, con una publicación tan ‘oficial’, sobre la transparencia con estos productos) sin embargo pasó de puntillas en los grandes medios de comunicación. El British Medical Journal lo publicó el 2 de noviembre de 2021.

Covid-19: Researcher blows the whistle on data integrity issues in Pfizer’s vaccine trial fue el título, que se traduciría por Covid-19: Investigador denuncia problemas de integridad de datos en el ensayo de vacuna de Pfizer.

Un investigador de la publicación científica consiguió infiltrase en los grupos de trabajo de una de las subcontratas de Pfizer en Estados Unidos (llamada Ventavia) que llevaron a cabo los ensayos de Fase 3, los famosos ensayos que desembocaron en la aprobación vía emergencia del producto. Las conclusiones de la investigación, y cito textualmente, afirman que: “la compañía falsificó datos, no cegó a los pacientes, empleó vacunadores mal capacitados y tardó en hacer un seguimiento de los eventos adversos informados en el ensayo fundamental de fase III de Pfizer”. Esto es, viene a revelar que se administró a gran parte de la población mundial un producto que llegó a la fase de aprobación con datos ‘falsificados’.

A finales de septiembre de 2020, el investigador infiltrado denunció a la FDA (el regulador) la falsificación de datos. Al descubrirse su identidad, éste fue despedido de la compañía tras 25 años en la misma. La FDA no sólo no informó al investigador de sus procedimientos sobre Pfizer-Ventavia sino que en el listado final de laboratorios e instalaciones inspeccionados durante el proceso de desarrollo de estos productos nunca estuvo el denunciado por el investigador. Todos estos datos son públicos en el propio artículo del British Medical Journal y nadie hasta ahora ha podido desmentirlos.

No sólo problemas con contratos secretos, reguladores parciales, marketing sesgado o incluso datos falsificados. Las causas de preocupación sobre estos productos y asunto, que no son sino un reflejo del corrompido sistema de la industria farmacéutica, van incluso más allá. El caso de los niños, los documentos internos que empresas como Pfizer no querían publicar, o la fiscalización y reporte adecuado (o no) de los efectos no deseados de estos productos son (serán) otros de ellos.

Es difícil saber cuándo llegaremos a saber toda la verdad sobre estos productos, sus contratos, datos internos, actuaciones interesadas de parte o si llegaremos algún día a saberlo. Por el momento sabemos ya bastantes cosas para cuestionar la integridad de gran parte de los actores involucrados, con la añadida complejidad de separar el grano de la paja, los hechos verificables y las acusaciones infundadas. Negar al público el conocimiento de los primeros es desde luego lo más “negacionista” que se nos debe antojar.

El convoy de la libertad

“Si asustas a la gente lo suficiente, te demandarán que elimines las libertades. Éste es el camino a las tiranías” -Elon Musk

Las revoluciones y los cambios sociales se revelan muchas veces de modos imprevistos. El convoy de la libertad en Canadá no sólo ha hecho historia en el país americano por reunir más de 50.000 camiones a lo largo de más de 70 kilómetros, por ser aclamados y dados de comer por miles en su viaje a Ottawa, recibidos incluso por fuegos artificiales o acogidos por docenas de Iglesias y logrado bloquear la frontera con EEUU. Ha hecho historia en gran parte por ser una movilización de gente trabajadora, humilde, pero con arrojo y decisión que han dado de nuevo una lección a todos los que defienden sus filosofías de libertad de modo freudianamente ajeno por desgracia a la realidad en los últimos tiempos.

Un convoy del pueblo contra las élites dirigentes. Contra el relato oficial que, especialmente progresistas como el primer ministro Trudeau, machacan como verdad indiscutible. No en vano la prensa canadiense progresista ha intentado desacreditar a estos camioneros como fascistas. Ya puedes ser el trabajador más de clase obrera posible, si desafías los postulados de la élite progresista eres un fascista. Elon Musk, en apoyo a estos camioneros, lo expresó de modo semejante: ‘Todos los que no me agradan son Hitler’.

Un convoy de realidad frente al metaverso paralelo que han decidido propagar los grandes medios de comunicación y en el que no existen movilizaciones, rebeliones ni aun rechazo social al estado sempiterno de excepcionalidad desde 2020. Una censura que sin duda pasará a los anales del “periodismo”.

Canadá es claramente un ejemplo de lo intrusivas y extenuantes que han llegado a ser estas normativas supuestamente de excepcionalidad (supuestamente porque van peligrosamente camino muchas de ser norma). Quebec por ejemplo sufre desde el pasado diciembre un toque de queda desde las 10 de la noche. Ontario reimpuso cierres masivos y en casi todo el país es difícil poder incluso comer o beber en interiores.

Medidas con un más que dudoso balance beneficio-perjuicio aun sólo teniendo en cuenta que simplemente entre agosto y diciembre de 2020 las restricciones y el inevitable retraso en la atención médica causaron más de 4000 muertos directos en el país según un análisis del Colegio de Médicos de Canadá. Por ejemplo, según dicho análisis (ver gráfico inferior) una intervención de cadera tuvo durante los confinamientos canadienses un tiempo de espera adicional de más de 100 días. En muchos casos un retraso de semanas en una intervención es la diferencia entre la vida y la muerte.

Y es que un tema recurrente puesto crudamente de manifiesto durante este tiempo son las consecuencias no deseadas de una medida incluso con intenciones favorables, un asunto central de las enseñanzas del mejor economista francés del XIX, el liberal Frederic Bastiat.

Julie Ponesse era profesora de Ética de la Universidad Huron College de Ontario durante 20 años, se le prohibió dar clase e incluso acceder al campus por decidir no recibir una vacuna covid. Actualmente ocupa una posición en The Democracy Fund, una organización por los derechos civiles en Canadá como asesor de ética en pandemias. En su alocución a los presentes en Ottawa habló sobre la coacción, las amenazas y la división social que las autoridades de medio mundo han hecho parte inherente a sus políticas ‘de salud’: “Han despojado a los médicos de sus licencias, a la policía de sus placas y a los maestros de sus clases.

Nos han llamado marginados, sin educación, analfabetos científicos y moralmente repudiables. Han dicho que no hay que tener empatía hacia nosotros, que no merecemos atención médica, no merecemos una voz en la sociedad, ni siquiera merecemos un lugar en nuestra democracia.

Habéis sembrado las semillas de la desconfianza y avivado las llamas del odio”

  • Las cierres de escuelas

En la competición por la peor posible decisión de los burócratas, los cierres de escuelas ocupan un vergonzoso lugar. Un análisis del Britain’s Institute for Fiscal Studies concluyó que el cierre de escuelas en 2020 supuso un impacto de 50.000 euros de media en pérdida de ingresos en el futuro laboral de esos niños. En 2020 ya se observaron claramente no sólo las consecuencias psicológicas sino la merma en las capacidades intelectuales. Precisamente en Canadá hubo una correlación entre mayores restricciones y confinamientos y mayor maltrato a bebés. Entre las muchas falsas ideas con las que se ha infligido tantos perjuicios a los niños está la de que eran “super contagiadores”. Es terrible que desde 2020 había evidencias de que los niños no eran contagiadores eficientes.

En cualquiera de los casos, es moralmente demoledora la postura que se ha tomado hacia los niños, incluso en el caso de que fueran altamente contagiadores (es no obstante recurrente la evidencia de que no lo son: 1, 2, 3, 4) En vez de protegerlos, se les ha hecho sufrir nefastas y algunas irreversibles consecuencias para protegernos antes los adultos. ¿Qué clase de sociedad es ésta?

Los niños, con unas tasas de enfermedad covid grave más que ínfimas (deberían sobrar las referencias, pero volveré en otra ocasión sobre esto), han aumentado trágicamente su mortalidad sin ir más lejos por causas como el suicidio, en todos los países analizados, por culpa de los gobiernos y sus restricciones masivas. En 2021, el British Medical Journal publicó un claro editorial titulado “Cerrar las escuelas no se basa en la evidencia y perjudica a los niños”

Por su recientísima actualidad y relevancia, y a propósito de las restricciones en general, merece citarse un estudio de la John Hopkins University de 62 páginas sobre los confinamientos (la restricción “estrella”) titulado “Una revisión de la literatura y meta-análisis sobre los efectos de los confinamientos sobre la mortalidad covid”. El ABC se hizo eco del mismo y su conclusión se resumiría en la frase “los confinamientos han tenido entre muy pequeño o ningún efecto [favorable] sobre la salud pública”. Ahora sólo cabe sacar el interminable listado de daños sociales, económicos y sobre la salud que han tenido y tienen los confinamientos para hacer el balance.

Si bien merecen otros artículos (aunque bien podrían ocupar enciclopedias de datos), las evidencias sobre la futilidad de casi todas (¿o todas?, habrá que verlo) las restricciones y mandatos cobran actualidad este mes cuando en países nórdicos como Dinamarca (uno de otros ejemplos) dejan atrás dichas restricciones. Desde el 12 de noviembre y hasta comienzo de febrero se reimpuso el pasaporte covid para casi toda actividad de ocio y hostelería en el país escandinavo. A juzgar por los datos de contagios, nadie sabría decir para qué ha servido.

Sunetra Guptra, epidemióloga de Oxford, publicaba estos días en The Telegraph acerca de la pérdida de tiempo y dinero de los tests masivos. Otra por cierto de las vacas sagradas de las restricciones por nuestro bien. Y no sólo eso, sobre sus efectos no deseados. Guptra estima que al menos un tercio de las PCR positivas son en personas sin capacidad efectiva para contagiar. Según sus análisis, aislar o confinar a todos los positivos no contribuye apenas a frenar la propagación, magnifica el problema y tiene importantes costes sociales y económicos. Para la epidemióloga, especialmente en los últimos meses cuando es ineludiblemente un virus endémico, seguir con los test masivos es ahondar en el problema y la miseria.

Dicen que nunca es tarde para aprender, despertar y corregir si uno estaba equivocado. Cuanto más tiempo pasa es más abrumadoramente palpable cuán desastrosa ha sido y aún es la respuesta de los gobiernos y autoridades públicas. En lugar de atajar un problema no sólo éste se ha sobredimensionado sino que con ello cual bomba atómica el decisor público ha asolado en muchos otros sentidos la salud y vida de los ciudadanos.

Ya sabíamos de la ineficiencia del sector público y las decisiones centralizadas. Y cuanto más complejo es el problema, más debemos escapar de éstas. Lejos de reconocer sus errores, las autoridades públicas han desarrollado una huida hacia delante de negacionismo con la anuencia de unos medios de comunicación incapaces de establecer un debate abierto.

Confinamientos, tests masivos, cierres generalizados de economías, fronteras, evitación del prójimo, máscaras universales, tratamientos novedosos con administración global… ha sido mucha la artillería de medidas. ¿Han conseguido sus objetivos sin discusión? ¿Han tenido costes, y en tal caso cuáles? ¿Se ha transmitido a la población una información equilibrada? Es un debate tan extenso como se nos hacen todos estos largos meses previos. Para poder abordarlo habrá que tener en cuenta la sabiduría del psiquiatra estadounidense Robert Spitzer cuando afirmó que “las verdades de hoy son las mentiras del mañana”.

Lo que se ve y lo que no se ve del cierre de locales nocturnos contra el COVID

Ha pasado ya casi un año y medio del fatídico mes de marzo de 2020. Muchos piensan que ese mes nuestra vida cambió por un virus, el tan traído y llevado COVID-19. Pero lo cierto es que no fue por un virus sin voluntad por lo que cambiaron nuestra vidas, sino por la reacción de la gran mayoría de los Gobiernos ante la pandemia. 

Por primera vez, los ciudadanos de los países democráticos, que nos pensábamos libres, pudimos constatar los frágiles límites de nuestra cacareada libertad. Y tuvimos que quedarnos encerrados en casa, saliendo solo cuando el Gobierno nos autorizaba y a hacer las cosas que nos permitía. Cuando por fin nos dejaron salir de casa, lo hicieron con drásticas reducciones en nuestra libertad de movimientos, que en España tomaron la forma de confinamientos perimetrales de pueblos, ciudades y regiones. A ellas se pueden unir un sinfín de medidas restrictivas, empezando por la obligación de llevar mascarilla incluso en espacios abiertos, y otras muchasafectando a distintos sectores económicos

Prácticamente todas las medidas han demostrado hasta la saciedad su inutilidad en la lucha contra el COVID, sin por ello dejar de ser aplicadas contumazmente por los Gobiernos, con honrosas excepciones puntuales. Prueba de esta inutilidad son los largos periodos de aplicación, que no tienen correlación con los ciclos de aumento y reducción de afectados por el virus.

Pero da igual. Ya está aquí la “quinta ola”, pese a vacunaciones y confinamientos, y vuelve el burro a dar vueltas a la noria. Ahora el foco lo tenemos en los jóvenes y sus contagios explosivos. ¿Solución? Muchos de nuestros políticos lo tienen claro: toque de queda, limitación de aforos o, por qué no, cierre de locales nocturnos.

En este artículo me centraré en esta última medida, y propondré un análisis económico clásico sobre sus supuestas bondades. A ver si en él encuentran argumentos los empresarios de tan sufrido sector para oponerse a las medidas de nuestros políticos.

Como decía el gran economista Bastiat, el arte de la economía consiste en identificar los efectos de las medidas políticas, no solo en el corto plazo y en los grupos a los que se dirigen, sino en todos los plazos y en todos los grupos. Solo de esta forma se puede establecer el efecto “neto” de la medida; sin este análisis completo, todas las medidas parecen efectivas y positivas para la sociedad.

Así pues, empecemos por lo que se ve. Y para ello vamos a hacer una asunción muy fuerte y a lo mejor errónea, y es que, efectivamente, el cierre de locales nocturnos suponga una reducción de contagios por COVID-19 y que ello contribuya a la detención de la pandemia, con beneficio para la sociedad. Que esto sea o no así no lo puede decir un economista, por lo que no procede manifestarse en este análisis sobre ello.

Ya tenemos “lo que se ve” de esta medida. Se reduce el número de contagios en asistentes a estos locales, y por tanto la sociedad se beneficia de que la pandemia ralentice su expansión. En el lado negativo de “lo que se ve”tenemos a los propietarios de este tipo de negocio, que verán reducida su actividad económica hasta la inviabilidad, lo que afectará también a todos los individuos que aporten recursos a la actividad, como empleados, arrendatarios, suministradores de bebidas… o incluso taxistas/Uber/Cabify que verán reducida su actividad nocturna considerablemente.

Vayamos a “lo que no se ve”, lo cual normalmente exige un análisis dinámico de la situación. En un análisis estático, al individuo se le asume sin creatividad: se le prohíbe que vaya a locales nocturnos y deja de ir y se queda en su casa sin relacionarse. Pero ninguna persona corriente es así. Cuando no pueden resolver su necesidad de una forma, las personas normales empiezan a pensar en cómo resolverla de manera alternativa, no en olvidar su necesidad. Y aunque es cierto que a muchas no se les ocurre cómo hacerlo, con unas pocas que acierten, los demás las imitamos, y el problema se resuelve.

Las visitas a los locales nocturnos cubren la necesidad de un grupo de población (jóvenes, y no tan jóvenes) de relacionarse con otras personas. Esa necesidad no desaparece con la prohibición de abrir locales nocturnos; la necesidad se mantiene y la gente tratará de buscar alternativas dentro de la libertad que se les permita. Cuando el confinamiento era domiciliario, las telecomunicaciones cubrieron razonablemente bien el expediente, aunque la solución que nos dan es insatisfactoria desde muchos puntos de vista. 

Pero sin la confinamiento, los jóvenes se seguirán reuniendo, sea en la calle, sea en domicilios particulares, o en locales que desafíen la ley. Es por ello que hay que completar la prohibición con otras como el toque de quedao limitaciones en reuniones en casas particulares, en un proceso clásico de expansión de la regulación que tan bien describe Mises en su obra clásica “La teoría del control de precios”.

En suma, el análisis dinámico de la demanda nos muestra que las reuniones y los contactos que posibilitan la transmisión del virus se seguirán produciendo, y seguramente lo hagan en condiciones que faciliten más su propagación, como puedan ser de muchas personas en domicilios particulares.

Valgan estos como apunte de un inicio del análisis. Veamos ahora brevemente qué pasa con la oferta desde el punto de vista dinámico. Al prohibir de forma absoluta la apertura de locales nocturnos, desaparecen completamente los incentivos a innovar que estos emprendedores puedan tener. Si aceptamos, como hemos hecho, que la asistencia a estos locales supone un riesgo alto de contagiarse y expandir el virus, es obvio en que los primeros interesados en tomar medidas para que ello no ocurra serán los propios gestores de los locales.

Dada su motivación, en un contexto de libertad, serían ellos los que buscarían alternativas seguras para sus clientes, posiblemente cooperando con expertos en contagios (o sea, como dicen los políticos que hacen, pero aquí con el incentivo correcto). Quizá tengan que reducir el aforo, quizá la solución sean sistemas de circulación de aire, o ventilación periódica, o control de CO2. Yo no lo sé, no soy experto en epidemiología, pero sí sé que los empresarios terminarían encontrando una solución si se les dejara competir en libertad.

Por el contrario, la prohibición desincentiva, no solo directamente (al no poderse llevar a cabo la actividad, para qué pensar en cómo hacerla segura),  tal innovación. Imaginemos un emprendedor que se ha esforzado por buscar soluciones, ha invertido en implementarlas, y lo ha hecho con éxito. Ello le ha supuesto un mayor coste, y, por tanto, tendrá que cargar un mayor precio para recuperar su inversión a cambio de una interacción social segura (desde el punto de COVID). Sin embargo, con la prohibición absoluta que plantean los políticos, este empresario está exactamente en las mismas condiciones competitivas que sus rivales que no han hecho tal esfuerzo emprendedor e inversor. Sabiendo que estos cierres indiscriminados pueden volver a ocurrir, ¿qué empresario estará dispuesto a asumir el riesgo de esta búsqueda? Por tanto, para la sexta, la séptima y sucesivas oleadas, seguiremos sin tener locales nocturnos sin riesgo COVID.

Aun aceptando, que es mucho aceptar, que el cierre de locales nocturnos frena el contagio del COVID, se observa que tal prohibición tiene efectos dinámicos muy negativos para la sociedad, más allá de los estáticos de pérdida de trabajo y en general de actividad económica. En suma, dicha prohibición obstaculiza la búsqueda e implementación de soluciones seguras (frente al COVID) para la interacción de  nuestros jóvenes. Como esta necesidad no tiene visos de ir a desaparecer, más valdría a los Gobiernos abandonar la táctica de prohibición, que, en el fondo, es solo dar una patada para adelante al problema. 

Y esto nos llevaría al tema del funcionamiento de las vacunas. Pero a esto no podemos responder con el método de Bastiat, así que dejémoslo aquí.

Justicia a medias

Tras una dilación que no se compadecía con la trascendencia del asunto planteado, finalmente el Tribunal Constitucional dictó la Sentencia de 14 de julio de 2021, que, estimando parcialmente un recurso de VOX, declaró inconstitucionales, y por lo tanto nulos, los apartados 1, 3, 5 y 6 del artículo 7 del primer decreto de estado de alarma, de 14 de marzo de 2020 y de otros tres sucesivos que lo prorrogaron.

En resumen, el fundamento jurídico cinco de la sentencia ha entendido que las medidas adoptadas en esas disposiciones vulneraron los derechos fundamentales a la libre circulación y fijación de residencia (art. 19 CE), por un lado, y de reunión en relación con los derechos a la intimidad personal y familiar e inviolabilidad del domicilio (art. 21 y 18 CE) por otro. La suspensión de esos derechos está vedada durante un estado de alarma, según el artículo 55.1 CE, que reserva ese poder excepcional para los estados de excepción o sitio. Además, en relación con el apartado 6 del mencionado artículo 7 del Decreto, el fundamento nueve ha considerado que la autorización al Ministro de Sanidad para modificar y ampliar las medidas, lugares, establecimientos o actividades que se suspenderían después de decretar el estado de alarma, infringe las propias previsiones del artículo 116.2 CE, en relación con el 38, que reconoce la libertad de empresa.

Según se ha hecho evidente a la postre, el gobierno de Pedro Sánchez Pérez-Castejón desplegó todos sus resortes para presionar a los magistrados que tenían que resolver el juicio de constitucionalidad sobre las normas citadas para evitar que el fallo corrigiera un ápice de sus postulados. Sin embargo, pese a la lealtad sectaria de viejos conocidos como el magistrado Cándido Conde-Pumpido Tourón[1] sabemos ya que las cosas se empezaron a torcer para sus intereses desde que el primer ponente designado, el magistrado Fernando Valdés Dal-Ré[2], tuvo que dimitir por la denuncia de malos tratos formulada por su esposa en agosto de 2020. Desde ese momento quedarían solo once magistrados, por lo que el presidente del Tribunal no decidiría con su voto de calidad en caso de empate.

Por otro lado, incluso antes de este incidente aciago (para los intereses del gobierno), el jurista Manuel Aragón Reyes[3] había publicado un primer artículo germinal en abril del pasado año en el que expresaba en términos muy claros que “ordenar una especie de arresto domiciliario de la inmensa mayoría de los españoles, (…) no es limitar el derecho, sino suspenderlo, y esa conclusión resulta difícilmente rebatible desde un entendimiento jurídico correcto, y en tal sentido la medida adoptada creo que es bien distinta de la normativamente estipulada para el estado de alarma“.

Sea como fuere, los fundamentos jurídicos de la sentencia subrayan la distinción capital entre la restricción y suspensión de derechos y que el gobierno, en realidad, al dictar su primer decreto de estado de alarma y su inmediata reforma tres días después, suspendió los mencionados derechos fundamentales, en abierta contradicción con lo establecido en el artículo 55.1 de la Carta Magna[4], que solo permite hacerlo en el supuesto de declaración del estado de excepción o de sitio.

La sentencia entiende, por el contrario, que las detenciones de personas implícitas en las medidas de suspensión de la libertad de deambulación no infringieron el derecho a la libertad frente a detenciones arbitrarias (art 17 CE) o el resto de derechos fundamentales que los demandantes reputaron vulnerados por el resto de medidas, esto es, de reunión en lugares públicos (art. 21.2 CE), de participación política (art. 23 CE), a la educación (art. 27 CE) libertad de empresa (art. 38 CE) y libertad religiosa y de culto (art 16 CE) quedaron afectados, pero no fueron suspendidos. Apreciaciones sumamente criticables, que no puedo abordar en este análisis de urgencia.

Me interesa aclarar, no obstante, ante la campaña de intoxicación orquestada por el gobierno y los medios de comunicación a su servicio, cuáles son los efectos derivados de esta sentencia del Tribunal Constitucional. Están expuestos en los apartados a) b) y c) del fundamento jurídico once.

Así, aunque se declaran irrevisables los procesos conclusos mediante sentencia con fuerza de cosa juzgada o las situaciones decididas mediante actuaciones administrativas firmes y las demás situaciones jurídicas generadas por la aplicación de los preceptos anulados, se prevé la posibilidad de revisar los procesos penales o contencioso-administrativos derivados que impusieron penas o sanciones durante el estado de alarma. Esto es, sin duda, una buena noticia para todas las personas incursas en procedimientos sancionadores por incumplir el confinamiento domiciliario, caminaran o circularan en vehículo, puesto que podrán pedir la nulidad de las actuaciones o que se les devuelvan las multas impuestas. En procedimientos penales terminados con sentencias por hechos directamente relacionados con la desobediencia a las órdenes recibidas en virtud de los preceptos anulados, quedará abierta la vía de la del recurso de revisión o la nulidad de actuaciones.

Y, por último, determinados medios “informaron” que la declaración de inconstitucionalidad de algunos preceptos del decreto no generaría responsabilidad patrimonial del Estado por la paralización de la actividad de empresas y comercios, lo cual es una verdad a medias. Como señala el apartado c) del fundamento once de la sentencia, aunque la anulación no constituye por sí misma un título para fundar reclamaciones de responsabilidad patrimonial de las administraciones públicas,  esto no limita las indemnizaciones previstas expresamente en el artículo 3.2 de la Ley Orgánica 4/1981, de 1 de junio, de los estados de alarma, excepción y sitio, para aquellos que sufrieron de forma directa en su persona, o en sus bienes y derechos, daños o perjuicios por los actos y disposiciones adoptadas durante la vigencia del estado de alarma y sus sucesivas prórrogas.


[1] La larga trayectoria de este juez de carrera, uno de los fundadores de la asociación Jueces para la democracia – rebautizada con el hilarante y consabido desdoblamiento – merece un estudio aparte. Cuatro hitos resumen su aquilatado tesón hacia un lado:  1) Ponente del auto del Tribunal Supremo de 14 de noviembre de 1996, dictado en el caso del secuestro de Segundo Marey, que exculpó sin juicio, por estrecho margen de magistrados y con argumentos peregrinos, al ex presidente del gobierno y secretario general del PSOE, Felipe González Márquez, 2) Fiscal General del Estado, a propuesta del gobierno de José Luís Rodríguez Zapatero, que destacó por su adhesión a los planes políticos de quién le nombró, 3) Magistrado del Tribunal Constitucional, a propuesta del Senado, desde marzo de 2017, gracias a los buenos oficios del PSOE, y 4) Autor de una nota reciente en la que confiesa su poco celo por evitar la filtración, antes de su publicación, de un “borrador” de su voto particular contrario a la Sentencia que venimos comentando, en la que se vertían improperios contra sus compañeros de la mayoría coincidentes con los expresados por el gobierno y sus terminales.

[2] Para quienes sostienen que todos los políticos son cortoplacistas, apunten otro dato: este inicial inspector de Trabajo fue Director General del Servicio Jurídico del Estado entre 1986 y 1990, bajo la presidencia del gobierno de Felipe González Márquez.

[3] Catedrático de Derecho Constitucional emérito y magistrado del Tribunal Constitucional en el periodo 2004-2013, a propuesta del gobierno de José Luís Rodríguez Zapatero. Tiene la distinción de magistrado emérito.

[4] Artículo 55.1 Los derechos reconocidos en los artículos 17 (libertad y seguridad frente a detenciones arbitrarias), 18, apartados 2 y 3 (inviolabilidad del domicilio y secreto de las comunicaciones), artículos 19 (derecho a elegir la residencia y a circular por el territorio nacional), 20, apartados 1, a) y d) (libertad de expresión y de prensa), y 5 (prohibición del secuestro de publicaciones), artículos 21 (reunión y manifestación), 28, apartado 2 (huelga), y artículo 37, apartado 2 (medidas de conflicto colectivo en el ámbito laboral), podrán ser suspendidos cuando se acuerde la declaración del estado de excepción o de sitio en los términos previstos en la Constitución. Se exceptúa de lo establecido anteriormente el apartado 3 del artículo 17 para el supuesto de declaración de estado de excepción.

Pasaporte de vacunas, tiranía por tu bien

“De todas las tiranías, una tiranía ejercida sinceramente por el bien de sus víctimas puede ser la más opresiva. Sería mejor vivir bajo barones ladrones que bajo omnipotentes entrometidos morales. La crueldad del barón ladrón puede a veces dormir, su avidez puede en algún momento ser saciada; pero los que nos atormentan por nuestro propio bien nos atormentarán sin fin, pues lo hacen con la aprobación de su propia conciencia.” -C.S.Lewis

Hay una nueva medida despótica justificada en la defensa contra el coronavirus que ya lleva tiempo gestándose, tanto en España como fuera: el pasaporte de vacunación o cartilla Covid. Cuando fue propuesta por Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid, este verano, la medida recibió un gran número de críticas. Ahora que lo propone la Unión Europea, el gobierno parece apoyar la medida cuando fue una de las voces condenatorias de la propuesta de Díaz Ayuso. Curiosamente, algo similar ha sucedido con la compra de la vacuna Sputnik. En España se ha visto durante toda la pandemia que cualquier medida tomada por el gobierno será alabada por los medios de comunicación, sea esa una y su contraria al día siguiente, y aceptada sin apenas queja ni oposición.

Estimo que esto es realmente triste y que debería cambiar. El pueblo español y europeo debería empezar a emular al estadounidense en su desconfianza hacia el gobierno y oponer cierta resistencia a mandatos tiránicos como sería un pasaporte de vacunación. En Estados Unidos también se está hablando de la imposición de un pasaporte de vacunación, pero allí las voces disidentes ya se han empezado a alzar, empezando por secciones del Libertarian Party como la de Kentucky. El primero en tomar medida ha sido el gobernador de la Florida, Ron DeSantis, quien ha prohibido a las empresas solicitar un pasaporte de vacunación a sus trabajadores y clientes.

Tampoco estoy a favor de esta regulación. Creo que el estado debería desaparecer, pero a falta de algo mejor, al menos entrometerse lo menos posible en el quehacer de las empresas. No obstante, puestos a elegir, prefiero ver a las empresas prohibiéndoseles requerir la cartilla que forzándoles a hacerlo. En EE. UU. el gobierno está reuniéndose con empresas para desarrollar la aplicación, que consistiría en un registro digital de toda la información médica y ubicación en todo momento para poder entrar a tiendas, desplazarse, asistir a eventos y cualquier otra prohibición que se les ocurra. (Irónicamente es el mismo gobierno que se opone a requerir un documento de identificación para votar porque es racista, pero esto se supone que es completamente normal). Es una herramienta de espionaje que recuerda fácilmente al sistema de crédito chino, según el cual podrás contratar unos servicios o comprar unos bienes si tienes un buen crédito. Motivos para ver tu crédito reducido es hablar mal del Partido Comunista Chino. Al establecimiento con el que intentes comerciar le dará igual si tú has hablado mal o no del PCC, pero lo que buscan es su favor y, por tanto, no descontentarlos. Si eso incluye prohibir la entrada a quienes el PCC indique, así será.

En España o en EE. UU. nunca se ha pedido un pasaporte de vacunas a los ciudadanos para disfrutar de bienes o servicios. A más de un año de las ‘‘dos semanas para aplanar la curva’’—las dos semanas más largas de la vida de muchos—, no hemos visto empresas pidiéndolo porque no lo verían necesario. Lo que antes era motivo de teorías conspiranoicas, ahora cada vez se acerca más a una realidad a la que deberíamos enfrentarnos. Esta aplicación o cualquier tipo de aplicación similar, solo servirá para que el gobierno nos tenga aún más controlados, para olvidarnos de cualquier privacidad con respecto a nuestros datos médicos y, lo que es peor, una monitorización constante de nuestra ubicación por nuestro bien.

Este nuevo tipo de autoritarismo con corte chino, ya se ha impuesto en Israel y Nueva York, donde ya se tiene que demostrar que tienes un derecho de estar en público. En Israel se tiene que ir con una pulsera. En Israel los ciudadanos son marcados según si tienen derechos o no, según si pueden participar en la sociedad o no. Este sistema una vez en marcha crea una sociedad de castas, una donde una cierta parte de la población tiene derechos y otra no. Y esto no será el final de las políticas autoritarias. Se nos venderá como el único remedio para volver a la normalidad, pero luego aparecerá otra excusa para robarnos más libertad aún. Unos ciudadanos, los que el estado dicte, podrán disfrutar de unos bienes y servicios, los que el estado dicte. Y todo esto justificadamente. Stalin solo podría haber soñado con este poder.

Los políticos nos despojan de nuestras libertades paulatinamente, aumentando cada más la temperatura del agua hasta que hierva y así, como la rana, no saltemos. ¿Pero por qué deberíamos aceptar esta nueva medida? Si la vacuna funciona, entonces quien ya la tiene está a salvo y le debería de dar igual si yo me niego a que me la suministren. Si alguien dijese que es porque hay grupos de riesgo que pueden verse afectados por la vacuna, entonces si la vacuna no es 100% segura, o tiene un nivel de peligro superior al recomendado para otros individuos, ¿por qué me la tienen que inyectar a mí? ¿No puedo decidir yo también que no me fio del nivel de seguridad y que preferiría no vacunarme? Parece ser que no.

Antes de adscribirle cualquier intención a aquellos a cargo del estado, podemos realizar un ejercicio de ingeniería inversa y pensar dónde entra esta política. Esta medida en qué escenario con qué visión encaja mejor, ¿con la del estado como ente parasitario que busca terminar con nuestras libertades y poder mandarnos en cada acción o el estado como ente benefactor que buscar nuestro bien y darnos la mayor libertad posible para seguir nuestros deseos? Sin duda, el Estado como ente agresor. Encaja perfectamente dentro de los deseos del estado agresor, una nueva herramienta para poder encerrarnos en casa, acceder a los bienes y servicios que te permitan y controlar nuestro historial médico. Ninguna posible ventaja de este sistema supera a todo lo que perdemos por él.

El momento para impedir el pasaporte de vacunas es ahora. Lo aceptaremos porque lo decide el PSOE, pero si por ejemplo esta medida nos viniese impuesta porque un país como Rusia nos ha invadido y dictaminado que no podemos salir de nuestras casas salvo con la autorización del gobierno de Putin, nos rebelaríamos. Es uno de los problemas de la democracia, que puede legitimar cualquier atrocidad. Si no nos oponemos, se quedará para siempre. Aún después del Covid—si algún día nos cansamos de tragar con esta justificación para perder nuestras libertades—el gobierno no cederá tan fácilmente una herramienta como esta. Cuando sea ley y se forme una burocracia alrededor de la imposición de esta, será casi imposible de eliminar. Toda medida temporal termina siendo perpetua. Como decía Milton Friedman, ‘‘No hay nada más permanente que una medida temporal del gobierno’’.

Libertad y pasaporte COVID

El pasaporte COVID es un certificado europeo de vacunación que podría utilizarse para permitir o limitar la movilidad de los ciudadanos según hayan sido o no vacunados. Ha recibido algunas críticas, también desde filas liberales, a menudo exageradas o mal fundamentadas.

Los problemas y conflictos de interacción social se evitan, minimizan o resuelven con información, incentivos y reglas adecuadas. El estado de vacunación individual en una pandemia es información relevante sobre riesgo propio (vulnerabilidad, inmunidad) y riesgo para otros (ser o no contagioso). Parece razonable e inteligente obtener y utilizar estos datos para exigir confinamientos y permitir movilidad de forma selectiva y limitada en lugar de confinar de forma generalizada o prohibir totalmente la movilidad (o no confinar a nadie y permitir movilidad sin ninguna restricción).

La información acerca de las vacunas y las posibilidades de inmunidad y contagio propio o a otros (efectividad, duración) puede ser imperfecta, pero esta puede mejorarse, utilizarse con cuidado y conocimiento de sus limitaciones, y para tomar decisiones suele ser mejor algo de información que nada de información. Las decisiones pueden modificarse según avance el conocimiento. La información del pasaporte puede complementarse con otros datos relevantes además de la vacunación, como el hecho de haber pasado o no la enfermedad, el disponer o no de anticuerpos o inmunidad, el ser contagioso o no.

El pasaporte incluye información individual de carácter médico: algunos pueden argumentar que esta debería ser estrictamente privada, pero los contagios en una epidemia son externalidades negativas, y la información al respecto un bien público. Los diversos agentes (individuos y asociaciones privadas y públicas) pueden estar legitimados para utilizar esta información en sus decisiones de interacción con otros, por ejemplo al permitir o no ciertos desplazamientos o accesos.

Este pasaporte no es un ejemplo de actuación dictatorial del Estado ni un paso más en una pendiente resbaladiza hacia la dictadura o el totalitarismo. Los Estados ya exigen certificados de vacunación para ciertos movimientos internacionales a zonas problemáticas. Otros certificados restringen las libertades individuales, como por ejemplo el carnet de conducir o ciertas titulaciones para ejercer diversas profesiones.

Este pasaporte no supone la creación de dos castas, vacunados y no vacunados. Las castas son bastante inmutables: en este caso basta con vacunarse para obtener el certificado. Algunas castas clasifican por nacimiento de otro miembro de la casta: no es el caso. Las castas son grupos de interés organizados, suelen estar relacionadas con estatus social por dominación, y conllevan privilegios estamentales de por vida: aquí se trata simplemente de utilizar información sobre posibles riesgos de contagio.

Criticar la escasez de vacunas, la vacunación lenta e ineficiente, o que no hay libertad porque los individuos no pueden decidir vacunarse sino que deben esperar a que el Estado les asigne una vacuna, no es lo mismo que criticar el uso de la información sobre la vacunación. Algunos liberales parecen igualitaristas en el sentido de que quieren que todo el mundo resulte igualmente perjudicado por estos problemas en lugar de minimizar en lo posible los daños sobre la salud y la economía causados por la pandemia. La justicia entendida como tratar igual a todos no es muy acertada cuando existen diferencias relevantes, aunque estas diferencias resulten de otra posible injusticia en el acceso a las vacunas.

Algunos críticos han señalado que la información sobre la inmunidad podría utilizarse en otros asuntos como contrataciones laborales, y que esto sería peligroso porque algunos individuos podrían contagiarse intencionalmente para pasar la enfermedad, resultar inmunes y tener mejores oportunidades laborales. Sin embargo un individuo libre decide por sí mismo qué riesgos quiere asumir a cambio de algún beneficio, sin tutelas o intervenciones paternalistas. La responsabilidad o irresponsabilidad en una pandemia no está tanto en evitar ser contagiado, sino sobre todo en evitar contagiar a otros o suponer costes para otros (tratamientos en sanidad pública).

La pandemia como un nuevo fundamento para la expansión del Estado moderno

Diversos autores han estudiado los fundamentos históricos, políticos, ideológicos y económicos por las cuales se expande el tamaño del Estado a lo largo del siglo XX. Junto a Stefany Bolaños resumimos en un ensayo los hallazgos encontrados. Entre los argumentos más expuestos encontramos estos: 1) la riqueza de las naciones; 2) el estado de bienestar; 3) la democracia; 4) el abandono del patrón oro; 5) el keynesianismo; 6) el efecto trinquete, con las dos guerras mundiales y las grandes crisis económicas. (Bolaños y Ravier, 2013)

En este artículo pretendemos mostrar que una pandemia ofrece un nuevo fundamento para la expansión del estado moderno, aspecto que si bien no había sido caracterizado en el artículo comentado, sí puede tener relación con otros fundamentos señalados.

La riqueza de las naciones

Un prerrequisito para tener estados modernos que representen de un 30 a un 60 % del PIB es que las naciones hayan ampliado sus capacidades productivas. Sin economías de mercado que potencien la producción -como ocurrió en los últimos 200 años-, sería estéril cualquier discusión para aumentar el tamaño del estado. Ningún sindicalismo hubiera logrado “conquistas sociales” antes de la primera revolución industrial.

Aplicado a nuestro contexto, países más ricos como Alemania pudieron expandir más los paquetes de ayuda y los subsidios que los países más pobres.

El estado de bienestar y el paternalismo

Cierta cultura paternalista que observamos en diverso grado pero que está presente en todo el mundo, permitió identificar un estado de bienestar que extendió su mano visible sobre el mercado para intentar ofrecer alivio en un año complejo. Constituye un desafío para quienes trabajamos en las ideas la carga ideológica presente en elevados niveles en la sociedad pues no permite observar que se sobreestima la ayuda estatal y se subestima la reacción del mercado, presente en millones de acciones emprendedoras, con su características creatividad e innovación. Mayores grados de libertad y responsabilidad podrían haberse utilizado para enfrentar la pandemia con muchos menores costos que la cuarentena universal. Por el contrario, se ha permitido, y en muchos casos se ha pedido que el Estado se haga presente en formas no convencionales avanzando sobre libertades individuales y derechos constitucionales.

La democracia y la imagen de los mandatarios

Si bien las medidas sanitarias de cuarentena universal impactaron negativamente en la actividad económica y el empleo, sorprende que la imagen de los gobiernos en los primeros meses tras la covid haya incrementado los niveles de confianza sobre los mandatarios. Las mayorías piden a los gobiernos aplicar medidas duras frente al escenario de pandemia, obligando a la gente a permanecer guardada en su casa, para evitar contagios y muerte. Piden por más gasto, más subsidio, más paquetes de ayuda para empresas y personas. Los gobiernos responden en base a encuestas, pero claro que la economía pone un límite al que las mayorías jamás han prestado atención.

El abandono del patrón oro y el sistema monetario moderno

El sistema monetario moderno, basado en bancos centrales con capacidad “ilimitada” para monetizar desequilibrios fiscales han inundado el globo de crédito, dejando una situación de potenciales burbujas bursátiles, inmobiliarias y de commodities para el escenario poscovid.

El keynesianismo y la política fiscal y monetaria

Las ideas de John Maynard Keynes tan polémicas en los años 1970 por los procesos de estanflación que generó, vuelven ante la gran recesión de 2008 y en los años siguientes, pero más aun se potencian en un escenario de recursos ociosos como el que se visualiza en 2020. Todos los gobiernos sin excepción enfrentan este contexto de recesión global con políticas de demanda, combinando medidas fiscales y monetarias, que nos dejarán con mayor nivel de gasto y déficit, que claramente dejará un contexto de desequilibrios fiscales y monetarios complejos para el desafío de recuperación posterior.

El efecto trinquete y la pandemia

Robert Higgs precisamente mostró en su libro sobre la crisis del Leviatán que ante las dos guerras mundiales y la gran depresión de los años 1930 los gobiernos expandieron el tamaño del Estado, pero tras los acontecimientos no retornaron a los niveles previos. Esto es precisamente lo que temo ocurrirá ante la pandemia global. Una vez que la gente se prende a la teta del estado, cuesta mucho que dejen de mamar. Los derechos adquiridos se extienden y ya no es posible retornar el nivel de gasto anterior.

Reflexión final

Me temo que la cuarentena universal aplicada ante la covid-19 potenciará todos los fundamentos que explican la expansión del estado moderno. Desde el punto de vista académico, pienso que estamos ante una variante del “efecto trinquete” reseñado por Robert Higgs. Su aplicación incluía conflictos bélicos y depresiones. Hoy debemos sumar epidemias y pandemias.