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Etiqueta: Dalmacio Negro

Una gran luz se ha apagado

El gran teórico español Dalmacio Negro Pavón ha dejado este mundo para disfrutar de la eternidad. Su vida y obra son imperecederas, pues han sido muchos los estudiantes e intelectuales que disfrutaron de su amistad y compañía, y que disfrutarán de las enseñanzas que sus textos esconden. Una gran luz se ha apagado. Don Dalmacio era conocedor y muy consciente del valor del pensamiento occidental. Sus estudios han sido de gran valía para todos aquellos que como estudiantes de Ciencia Política deseamos en algún momento de nuestra vida sumergirnos en los textos de los gigantes del pensamiento político universal.

Conocí a Dalmacio Negro Pavón en el año 2022 con motivo de la entrega del Premio Juan de Mariana a toda una vida en defensa de la libertad. Y es que don Dalmacio fue ante todo un liberal. Una persona comprometida con la defensa de la libertad. Un ser humano siempre en alerta, sabedor de los peligros que la estatización de la vida social podía conllevar para la estructura de Derechos y Libertades de las personas. Esto fue lo que intentó explicar, siempre de manera brillante, mediante su trabajo en el campo de la Historia del Pensamiento Político a lo largo de su vida.

Dalmacio Negro: las raíces del pensamiento

Dalmacio Negro fue siempre consciente de que las ideas no surgen de la nada. Debemos estudiar y sumergirnos en las raíces civilizatorias que nos hacen ser como somos. Y por ello, además de un gran teórico, Dalmacio fue cristiano correcto y persona buena. Son muchos los trabajos de don Dalmacio que deberíamos destacar. Sin embargo, y en lo personal, tengo cinco de gran valía en mi mente. Como buen académico, Dalmacio trabajó el artículo de investigación y por supuesto la producción ensayística.

En relación con los primeros, debo señalar dos que son de gran estima para mí. Tengo que reconocer que mi acercamiento al pensamiento de Jean-Jacques Rousseau y también a Edmund Burke han sido gracias a dos magníficos trabajos firmados por don Dalmacio y publicados en la prestigiosa Revista de Estudios Políticos.

Pero quizás lo más interesante, lo que más agradezco de este magnífico profesor e investigador, son sus libros. Sobremanera, los que tienen que ver con el Estado como forma política y con la civilización cristiana como sustento cultural y moral de la sociedad libre. En relación con el primero, destaca Historia de las formas del Estado. En este trabajo, el brillante profesor Negro Pavón describía la evolución del Estado, siendo consciente del éxito que dicha forma política ha tenido a lo largo de la Historia. La clave se encuentra en la capacidad de mutar y adaptarse al espíritu de los tiempos. Primero, una forma político patrimonial; después, una máquina resultado de las revoluciones liberales y posteriormente, un proyecto totalitario y liberticida.

El Estado

En la actualidad, don Dalmacio pensaba que el Estado:

(…) no es más que una gran maquinaria técnica que, abandonada a sus propios impulsos, pugna por someter la política y el Derecho, la religión, la moral, la cultura, la misma vida, causa y raíz de todo lo demás, a sus exigencias técnicas desarrollistas.

En definitiva, y a pesar de habernos librado de los totalitarismos comunista y nazi, un aparato que pretende engullir a la sociedad, que desea someterla y hacerla dependiente. Una maquinaria que anula a la persona, reduciéndola estrictamente a ser productiva al servicio de la misma.

Por todo lo anterior, Dalmacio era un gran defensor del cristianismo. Un defensor a ultranza de la civilización que nos ha hecho ser lo que somos. En su trabajo Lo que Europa debe al cristianismo, el profesor se hacía una pregunta que entronca con lo analizado por pensadoras como Dreidre McCloskey:

¿Pueden la libertad, la igualdad, la democracia, la ciencia o la economía seguir siendo ideas básicas de nuestro entorno cultural sin las creencias sustantivas de origen cristiano sobre las que descansan y se edificaron?

La pregunta sigue vigente en los tiempos que corren, pues creo que son muchos los que tienen presentes, que vivimos en tiempos de incertidumbre e inseguridad. Necesitamos asideros que motiven una recuperación de lo nuestro. Volver al pasado con objeto de recordar aquello que hizo de Occidente la cuna de la libertad.

La tradición liberal y el Estado

Y en este sentido, es importante regresar a La tradición liberal y el Estado. Para don Dalmacio:

El objetivo de la política para el liberal consiste en hacer posible que pueda realizar cada uno su fin personal, buscar la felicidad (…) El objeto de la política liberal son, pues, los medios, y la política de los medios es un arte que, al presuponer la libertad, deja vivir a la gente naturalmente.

En pocas palabras, vive y deja vivir. No te entrometas en el modo de vida de las personas si el mismo no afecta a la vida, la libertad y la propiedad de las mismas. Lo contrario es el diktat, el deber ser, la imposición de un criterio moral y con ello la restricción de la libertad.

Hoy nos ha dejado uno de los grandes. Una persona que ha contribuido a defender lo que somos, un ser humano que amaba la libertad. Descanse en paz, don Dalmacio. Siempre en nuestra memoria.

Correspondencia entre Miguel Anxo Bastos y Álvaro D. María

El texto reproducido a continuación es fruto de una serie de correos enviados entre los dos entre el 24 y el 27 de agosto de 2018, editado para su mejor comprensión.

Álvaro D. María: La pregunta que le planteé era que cómo conjugaba sus creencias católicas, en concreto el dogma de la Trinidad, con su nominalismo ontológico. El origen de esta pregunta está en la condena por triteísmo a Juan Roscelino de Compiègne, considerado el padre del nominalismo, puesto que si sólo existe lo individual no se puede decir que Dios es uno y trino, sino que estaríamos ante tres dioses. Cuestión, la del dogma de la Trinidad, que también llevó a la confusión a los moros cuando se referían a los católicos como los politeístas.

Pues bien, lo que quería “denunciar” con esta pregunta es un supuesto error a la hora de hablar de la inexistencia “ontológica” del Estado. Esta afirmación sostiene, implícitamente, un error principal a mi juicio, que sería dar el salto del individualismo metodológico al individualismo ontológico. Un error similar a considerar que la duda cartesiana era una duda ontológica, cuando Descartes en ningún momento duda de la existencia, por ejemplo, del mundo que percibe, simplemente hace una ficción metodológica.

Puesto que considero que la afirmación en origen está basada en los planteamientos de Mises, creo que él mismo deja esa cuestión clara en La acción humana, Primera parte, Capítulo II, Epígrafe 4. El principio del individualismo metodológico:

“No menos infundada, por lo que respecta a nuestro tema, es la oposición entre el realismo y el nominalismo, según el significado que a tales vocablos dio la escolástica medieval. Nadie pone en duda que las entidades y agrupaciones sociales que aparecen en el mundo de la acción humana tengan existencia real. Nadie niega que las naciones, los estados, los municipios, los partidos y las comunidades religiosas constituyan realidades de indudable influjo en la evolución humana. El individualismo metodológico, lejos de cuestionar la importancia de tales entes colectivos, entiende que le compete describir y analizar la formación y disolución de los mismos, las mutaciones que experimentan y su mecánica, en fin. Por ello, porque aspira a resolver tales cuestiones de un método satisfactorio, recurre al único método realmente idóneo”. (von Mises, L., La acción humana, tratado de economía, Undécima edición, Unión Editorial, p. 51)

Pues bien, lo que pretendo señalar es que hay una ontología subyacente en su afirmación, que estaría por explicitar, puesto que decir que el Estado no tiene existencia ontológica depende de qué coordenadas ontológicas se den. Por ejemplo, en el materialismo filosófico de Gustavo Bueno no se pondría en cuestión tal existencia ontológica puesto que se consideran tres géneros de materialidad. Y esta ontología subyacente resultaría incompatible con los dogmas católicos, y, además, considero que va contra los principios filosóficos de la Escuela Austríaca por hacer de lo que sólo es un método una ontología.

Aprovechando que me pongo en contacto con usted para aclarar este tema, quisiera plantearle otra cuestión —que me consta que está también en debate por sus tierras— que es el hablar del Estado como lo político. Siguiendo corrientes de “derecha dura”, como Dalmacio Negro, o el tradicionalismo hispano —o incluso Carl Schmitt—, el Estado no es lo político, sino una de las formas de lo político. Si se es antiestatista —como es mi caso— habrá que señalar por qué se está en contra de esa forma política, y no multiplicar los Estados sin necesidad, aunque sea en muchos pequeñitos.

Muchas gracias de antemano por su atención.

Reciba un cordial saludo,

Álvaro D. María

Miguel Anxo Bastos: Estimado Alvaro: en primer muchas gracias por tomarse la molestia de discutir estos puntos. Es así como avanza el conocimiento. No soy filósofo y lo agradezco doblemente pues así me obliga a tener en cuenta estos aspectos. Probablemente mi manejo de los conceptos filosóficos sea muy primitivo y no haya matizado bien los distintos conceptos de ontología. Creo que Mises se contradice pues es también en la acción humana donde dice aquello de que no es el estado el que ejecuta, sino el verdugo, etc. La idea de estado sí que influye en la vida y la evolución humana, pero no es más que una idea al servicio de personas concretas, que son las que tienen existencia, intereses y voluntad. Pero influye a unas personas y no a otras (por ejemplo, a los pigmeos, pueblo sin estado, no), por lo tanto, no deja de ser a mi entender una idea, eso sí muy sofisticada, compartido por muchas personas. Para estas personas es un ente ontológicamente real y como tal opera, pero eso no quiere decir que usted me lo pueda presentar e irnos a cenar con él. Pero el estado no es más que un ente imaginario y si rastrea bien se puede descubrir quienes expresaron y racionalizaron tal contexto. Le adjunto un libro que me ha influido mucho y que igual es de su interés. [Imagining The State, Mark Neocleous]

En cuanto a lo de la Santísima Trinidad, entenderá que es cuestión de fe, y ahí está la gracia del asunto. Si fuese racional sería una evidencia y no tendría mérito, de ahí lo de creo porque es absurdo de Tertuliano.

En cuanto a su afirmación occaniana de no multiplicar los estados sin necesidad supongo que me refería a que la escala de esa organización política importa. Entiendo que la capacidad de hacer daño de una organización de ese tipo es menor cuanto más pequeña (p.e las Alemania del tiempo de Goethe y la de Bismarck no fueron exactamente las mismas en sus consecuencias). Y es cierto que el estado no es la única fuente de violencia.

Espero tener el honor de conocerlo en persona pronto.

Álvaro D. María: Estimado Miguel:

Muchas gracias por su amable respuesta y por el libro que me recomienda.

A mi juicio el Estado no es solamente una idea, también es una forma de organización política. Tampoco le puedo presentar a un campo electromagnético para irnos a cenar con él (no son ni corpóreos), lo que no implica que no existan.

Asimismo, no me parece que Mises se contradiga. Efectivamente, es el verdugo el que ejecuta, y no el Estado. De igual forma, son los futbolistas individuales los que marcan goles, pero reducir los clubs de fútbol a éstos, o negar la existencia de los clubs precisamente como organizaciones, es el salto que considero erróneo, justamente por considerar que se parte de una ontología nominalista que niega la existencia de las relaciones, pues sólo considera como realmente existente lo individual (lo que le comentaba en el anterior correo de un salto de la metodología a la ontología). Así, desde su punto de vista, habría que cargar contra las “sociedades” de responsabilidad limitada, puesto que serían una coartada por parte de los empresarios individuales para evadir ciertas responsabilidades.

Pero es que las morfologías también son operatorias, por supuesto, vinculadas a elementos físicos. Un paraguas sólo cumple su función con una determinada forma, si la manera de componer sus elementos dejase espacios entre las partes dejaría de cumplir su función y, por tanto, de ser un paraguas. Es más, la forma está tan presente a la hora de actuar que al hablar de individuos no decimos que el individuo es meramente una idea que carece de existencia real porque sólo existen órganos y tejidos conectados, y a su vez que éstos son ficciones porque sólo existen células, que a su vez sólo son ficciones… así hasta qué se yo. Precisamente, es por la incapacidad de dar cuenta de las funciones que cumplen los individuos a partir de los elementos que la componen por lo que se consideran como existentes.

Respecto a la cuestión del tamaño en las organizaciones políticas creo que parte usted directamente de considerar que son organizaciones para “hacer daño”. Yo prefiero a los EEUU antes que a Venezuela, y el tamaño ahí no es el problema. Es más, sabiendo que el poder está en el fusil, despedazar una potencia militar como EEUU en fragmentos chiquititos dejaría vía libre a otras potencias. Que sea capitalista y respete las tradiciones/instituciones (jurídicas, culturales, etc.) reducirá más la violencia que el tamaño, pienso yo. Pero tampoco considero que la violencia sea mala en todo caso, precisamente porque puede ser la salvaguarda de ambas (sin ser necesariamente estatal).

Muchas gracias de nuevo por su atención y un placer hablar con usted.

Espero poder ir a las Xuntanzas y conocerle, el honor sería mío.

Un abrazo

Miguel Anxo Bastos: Muy interesante debate señor D. María. Razona usted muy bien.

No niego la importancia de las relaciones, sólo digo que estas tienen que ser interiorizadas (por experiencia, educación aprendizaje…) por los individuos. Un pigmeo no entendería el significado del fútbol, como nosotros el de sus ritos ni le daría la misma importancia. Claro que estamos aculturados y compartimos valores. Uno de ellos es el de la pertenencia a un estado, pero si dejamos de creer en él desparece. Igual que antes existía el oráculo de Delfos, o el culto a Moloch (con sus cuerpos sacerdotales). Dejamos de creer en ellos y se desintegraron. Las personas que componen el estado también creen en él, pero se coordinan por valores, ritos o por intereses monetarios. En cuanto aparece una organización nueva en la que creer la vieja desaparece. Desaparecieron muchos estados en Europa e incluso hubo históricamente procesos de reversión del estado a la anarquía, y por siglos.

Es interesante lo de las sociedades limitadas (Neocleous les dedica un capítulo en el libro que le di). El estado se configuró históricamente como una corporación, para pretender ser inmortal y diferenciarse, al menos como ficción jurídica, de las personas que lo componen. Y después intentó moldear parte de la sociedad civil a su imagen y semejanza. Las sociedades anónimas o limitadas son creaciones jurídicas del estado, y cuando aparecieron fueron resistidas, hasta que se impusieron.

Estaría por ver si es más fácil derrotar a los estados unidos o fragmentados en partes. Keeley en War before Civilization explica que los pueblos anárquicos son más difíciles de conquistar que los árquicos, como probaría el caso de incas y aztecas (conquistados en semanas) o los apaches que no sólo no fueron conquistados por los españoles sino que llegaron a ganar terreno. ¿Si Hernán Cortés en vez de luchar con un imperio luchase contra 400 miniestados, ¿le sería más fácil o más difícil, que cree usted?

Ya tengo ganas de conocerlo. A ver si puede venir. Un abrazo y gracias

Álvaro D. María: Estimado Miguel:

Tengo que empezar dándole la razón, las relaciones tienen que ser “interiorizadas”. Sin embargo, es precisamente eso lo que hace que no sean meramente subjetivas, y si es necesario se “interiorizan” a base de porrazos. Si desaparecen las formas políticas no es porque se deje de creer (al modo en que se podría dejar de creer en un dios antiguo) en ellas, sino porque son destruidas o transformadas (insisto en limitar el término Estado a una forma de lo político concreta). ¿Acaso a fuerza de dejar de creer los venezolanos en el Estado desaparecerá éste? ¿Es el Estado una ilusión o son las relaciones que lo componen tan objetivas como pueden serlo las relaciones materno-filiales?

En cuanto a la cuestión militar, plantea usted, como posible tesis, que “los pueblos anárquicos son más difíciles de conquistar que los árquicos”, cuestión sobre la que carezco de conocimientos históricos y militares como para poder emitir un juicio. No obstante, lo que yo planteaba no era qué clase de pueblos son más difíciles de conquistar, sino que son los imperios los que imponen su orden y conquistan, y que renunciar a ser uno supone, ya de partida, adoptar una posición sobre “cómo es mejor defenderse”: “Imperium, quod inane est, nec datur umquam” (pretender el mando, que no es nada, sin conseguirlo nunca) Lucrecio, De rerum natura, III, 998). Si el comunismo ha sido desterrado, prácticamente, del mapa político no ha sido gracias a Luxemburgo o Liechtenstein, o a dejar de creer en él. Ha sido el imperialismo de EEUU el que lo ha puesto contra las cuerdas.

Estado e Imperio son categorías políticas, a mi juicio, distintas. El Imperio español carecía de Estado porque no había decisiones soberanas, jurídico-políticas, (la idea de soberanía es ajena a la hispanidad, como decía el propio Gaspar de Añastro Isunza al traducir Los seis libros de la República de Bodino) por parte de la monarquía, entre otras cosas. El propio Dalmacio Negro, en su Historia de las formas del Estado contrapone a las formas estatales la Monarquía Hispánica, los Gobiernos de Rule of Law y La República Federal Norteamericana. Si mal no recuerdo, d’Ors tiene un artículo, o algo parecido, sobre el no-estatismo de Roma. Sobre la idea de Imperio el mismo Dalmacio y Gustavo Bueno tienen aportaciones interesantes.

Interesantísimo debate. Espero que nos veamos en octubre y continuemos estos debates con una buena mesa.

Un abrazo,

Álvaro

Algunas cuestiones disputadas del anarcocapitalismo (LXXI): algunas lecturas para el verano de 2022

Como todos los veranos me gustaría sugerir algunas lecturas que me han resultado interesantes durante el año y que ahora que tenemos algo más de disponibilidad podemos afrontar. Como siempre también indico que no se trata de lecturas refrescantes, sino todo lo contrario; son profundas y llenas de ideas, pero no necesariamente difíciles de leer. Es una selección personal e incluye libros de diversas temáticas, pero referidas de una forma u otra a los temas que aquí se abordan habitualmente.

El primer libro que me gustaría recomendar, por su actualidad, es Timothy Snyder, Tierras de sangre, Galaxia Gutenberg, 2011. No es común que recomiende libros de historia contemporánea pues me gustan más épocas más remotas, pero este además de estar bellamente escrito y planteado desde parámetros ideológicos con los que me encuentro cómodo, hace aportaciones muy valiosas a la comprensión  del mundo contemporáneo. 

El autor describe  los horrores que sufrieron las que él llama tierras de sangre, pues son las de la actual Ucrania, Polonia, Bielorrusia y los Países Bálticos, a manos primero del stalinismo, luego del nazismo y de nuevo los últimos días del stalinismo. El libro nos muestra con detalle lo que la maquinaria de un estado fanatizado puede hacerle a las poblaciones de otros estados y también a sus propios connacionales.

El estado, en este caso el estalinista y el nacionasocialista, como protector de su pueblo frente a pueblos enemigos queda en estas páginas no sólo relativizado sino descrito como su principal agresor. Agresor no sólo en el sentido de eliminar vidas y libertades sino también en el de llevar a la ruina económica a sus connacionales y tratarlos sin misericordia. De hecho, el libro se centra más en las hambrunas deliberadamente causadas por los estados que en las violencias propias de la guerra. Un gran libro sin duda para ilustrar la cara de los estados que no suele aparecer en los tratados de teoría política, y que nos muestra que los estados siempre tienen dos caras, una amable y otra pétrea, como los acontecimientos actuales en las tierras de sangre nos ayudan a recordar.

Pero para mi el gran libro del año en nuestro campo es el de James Dale Davidson y Lord William Rees-Mogg, El individuo soberano, Bubok editorial, Madrid, 2022. Si bien ya contaba con unos años el esfuerzo de Adolfo Contreras y Javier Maestre nos permite disfrutar de esta excepcional obra ya por fin traducida. Sólo con ver el índice de capítulos, con títulos como la vida y muerte del estado-nación, los últimos días de la política o el crepúsculo de la democracia ya se nos hace ver que estamos delante de un libro de enorme interés.

La visión que se nos da en el libro del  origen del estado no es precisamente la de un contrato celebrado pacíficamente entre ciudadanos que quieren librarse de las maldades de un brutal estado de anarquía, sino la contraria de un grupo de predadores que conquista y extrae tributos por la fuerza. También describe realidades futuras del estado derivadas de la información y la tecnología, como las que ya hemos comentado en esta sección.

Pero no quisiera dejar de destacar un aspecto que pocas veces se aborda o discute en nuestros tiempo, el de los votos y el sacrificio cuya pérdida consideran los autores como un rasgo definitorio de nuestras sociedades contemporáneas y una de las causas de su declive. El voto es una promesa de cumplimiento de una determinada conducta por nosotros mismos hecha bien a nosotros mismos bien a algún ente divino o espiritual, como la patria, y que es difícil de hacer cumplir externamente. Los votos sacerdotales o de fidelidad matrimonial o las promesas que antes se hacían de cumplir un mandato, como por ejemplo una ofrenda a un santo en el caso de que este nos curase de una enfermedad, son algunos ejemplos. No requieren de vigilancia o sanción exterior sino de nuestra propia conformidad con la promesa. Hoy en día han caído en desuso y son casi merecedores de escarnio. Lo mismo acontecería con los sacrificios, esto es autoinfligirse algún tipo de penalidad física o espiritual en aras de algún bien superior, como es el caso del luto o de algunas conductas que aún se conservan en algunas iglesias rurales como el de caminar de rodillas en expiación de alguna falta delante de la efigie de algún santo o Virgen.

Nadie cumple hoy con estas aparentemente ridículas acciones. Pero nuestros autores inciden en que precisamente estos actos de autocontrol son los que favorecen instituciones sociales como las del valor de la palabra dada o que permiten superar situaciones apuradas como crisis económicas o calamidades de todo tipo. Y por supuesto son las que favorecieron en otros tiempos la aparición del capitalismo, que precisa de un sacrificio previo o ahorro para poder discurrir eficazmente. Pocos son hoy los teóricos que discurren sobre la funcionalidad de estas viejas costumbres y ya sólo por eso el libro merece ser leído, aunque es mucho más lo que aporta. Lo recomiendo sin ningún tipo de reservas.

En estos tiempos de catastrofismo de todo tipo, ambiental, económico y social, en los que se vuelven a predicar viejas profecías del fin del mundo, eso si actualizadas a los avances tecnológicos, es útil recordar que muchas ellas ellas carecen de fundamento. Para ello siempre es bueno recordar a los pioneros en la develación de los mitos de colapso.

Un buen libro para ello es el de John Maddox, El síndrome del fin del mundo, Seix Barral, Barcelona, 1974. El autor critica todos los llamamientos al apocalipsis que se daban en los años 70 con argumentos a los que hoy en día siguen empleándose contra nuestros actuales profetas de la catástrofe y denostadores de la prosperidad. Superpoblación, crisis alimentaria o contaminación son palabras que aún se escuchan con fuerza a día de hoy, sólo que esta vez asociadas a fenómenos de actualidad como el cambio climático. No sé si aprenderemos algo, pero mucho me temo que dentro de otros cincuenta años seguiremos oyendo letanías semejantes y también respuestas no muy diferentes a las que nos ofrece el gran John Maddox.

También quiero recomendar un pequeño libro del agasajado con el premio de la libertad del Instituto Juan de Mariana, el gran politólogo español Dalmacio Negro. Selecciono como recomendación su La ley de hierro de la oligarquía, Ediciones Encuentro, Madrid, 2015, no por ser la principal de sus obras que las tiene y muchas, en especial su La tradición liberal y el Estado, sino porque aborda un tema que me es muy caro, el de la oligarquía política. El profesor Negro estudia uno de los fenómenos más relevantes de las ciencias políticas, que es el de cómo un pequeño grupo de personas puede dominar a millones de ellas y como esto es una ley de hierro inevitable. Basándose en la obra política de uno de los discípulos predilectos de Max Weber, el fascista Robert Michels, don Dalmacio nos lleva a través de los procelosos pero sumamente sugestivos procesos de formación y consolidación de oligarquías y grupos dominantes. No se deja llevar por los cantos de sirena del pluralismo democrático y reclama la tradición de que uno sólo no puede gobernar, como tampoco los muchos. Sólo unos pocos que están cualificados y tienen la voluntad y las herramientas para ejercer el poder político.

Por último, quisiera hacer una breve referencia a la literatura infantil que puede ser asociada a nuestras ideas. Liberales y libertarios han descuidado mucho tiempo la difusión entre las jóvenes generaciones de sus principios a través de cuentos y relatos infantiles, dejando libre este ámbito para que literatos de otras ideologías ocupen ese espacio, como ocurre con la socialista Abeja Maya. Fue pensada por su autor, el socialista Waldemar Bonsels, para familiarizar a la infancia con algunos principios del socialismo. Es conveniente recordar por tanto a los viejos cuentos de hadas, denostados históricamente por progresistas y socialistas por transmitir valores conservadores como la monarquía, el deber o el honor entre otras antiguas virtudes, y recuperar los cuentos del monárquico conservador Hans Christian Andersen o de los liberales Hermanos Grimm.

Sin embargo es cierto que se comienza a dar un esfuerzo primero por divulgar los clásicos del pensamiento austrolibertario. Connor Boyack ha adaptado alguno de estos clásicos como Los gemelos y el lápiz maravilloso en referencia al clásico de Leonard Read o Los gemelos y la ley en relación al clásico de Bastiat. En Unión editorial también están haciendo un esfuerzo editorial con libros infantiles en su colección Value Kids con bonitos relatos sobre finanzas y ahorros para que la juventud aprenda ya desde pequeña los valores de un asociedad libre y próspera.

Pero no puedo dejar de recomendar a este respecto un  pequeño libro de Julio Verne, El conde de Chanteleine. Fue esta una obra del genial escritor de anticipación y precursor de la ciencia ficción olvidada o mejor dicho apartada durante mucho tiempo y redescubierta y traducida hace sólo unos pocos años. La razón es clara, es un libro que describe los excesos y crueldades de los revolucionarios franceses y se pone de parte de sus grandes adversarios, la chuanería y los campesinos de la Vendee. Es decir, es un libro de aventuras propio de la infancia en el que los valores se invierten y los revolucionarios son malos sin posibilidad de redención y dotados de todos los atributos de la vileza. Por su parte los buenos son campesinos y nobles que combaten con heroísmo y hasta sus últimas fuerzas a las fuerzas del Comité de Salvación Pública de Robespierre, Couthon y Saint Just, encarnadas en crueles generales como Carrier y sus columnas infernales. El libro defiende además a la religión católica como el aliento espiritual de la reacción. No me extraña que haya sido ocultado tanto tiempo y me extraña que no sea recuperado para el canon de la literatura infantil.

Bitcoin y la crisis de Autoridad del Estado (I): Introducción

Si por algo está teniendo tanto éxito La filosofía de Bitcoin es porque creo haber dado con la tecla de analizar Bitcoin como algo de dimensión muy superior a la de ser meramente un activo económico, al margen de consideraciones sobre su naturaleza económica.

Bitcoin, efectivamente, es un activo económico con unas características muy peculiares e interesantes para analizar bajo la lupa de los investigadores en esta materia, pero a mi juicio su importancia es muy superior en el ámbito político, jurídico y social. Al final, la economía no es un área cerrada, sino que siempre está atravesada por la política.

Bitcoin es una evolución superior en el ámbito de las transacciones económicas, lo cual no equivale de forma idéntica a decir que es un buen medio generalmente aceptado de pago, ni mucho menos. La mejor manera de entenderlo a mi modo de ver es comprender que es el primer activo escaso digital no dependiente de terceros.

Si atendemos a formas de intercambios económicos históricos vemos que las relaciones económicas mediadas por metales eran distintas a los intercambios monetarios. Los intercambios metálicos debían ser validados entre particulares, que debían comprobar la pureza y calidad de éstos; con el salto a la moneda se pasa a delegar esta validación en el poder político, pasando de ser una relación entre particulares a una relación mediada por el gobernante de turno. Y desde entonces no ha habido gran innovación en el ámbito monetario.

Friedrich A. Hayek adelantó muy bien en La desnacionalización del dinero que esto no se debía nada más que a una creencia ampliamente establecida de que debía ser el poder político el que llevase a cabo esta tarea, y se encargó de abrir la imaginación monetaria por la vía teórica para devolver a esa creencia su carácter de mera idea histórica, y por histórica transitoria, no necesaria.

Bitcoin, al no depender de terceros, permite precisamente superar eso y abrir un nuevo espacio no sólo económico, también político.

Por la parte del Estado, conviene incidir en los amplios estudios históricos y teóricos de Dalmacio Negro, que sigue a Carl Schmitt, en lo referente a la peculiar naturaleza del Estado. El Estado no es sinónimo de cualquier forma política. No toda organización política es un Estado. Gran parte de los teóricos liberales y las corrientes surgidas del mismo caen precisamente en el error de equiparar el Estado con el Gobierno o con cualquier otra forma política. Llevamos las gafas del estatismo para ver a la Grecia clásica y vemos “ciudades-estado”, cuando las polis son simplemente una forma política. Lo mismo sucede al mirar Roma o a la Monarquía hispánica. Vemos el pasado, el presente y el futuro con el virus del Estado.

El Estado surge en la segunda mitad del siglo XVI, a raíz de la idea de soberanía que fusiona las ideas clásicas de Potestad (poder socialmente reconocido), que históricamente recaía en la monarquía, y Autoridad (saber socialmente reconocido), que lo detentaba la Iglesia y sus juristas. De las guerras de religión aparecen las monarquías absolutas, un fenómeno moderno, y de su proceder bajo el principio de la soberanía crearían el Leviatán, que se independizaría de ellas. Con la Revolución francesa el usufructo de la soberanía pasó de los monarcas absolutos a la Nación, ahora política, y en los últimos coleteos de este tiempo histórico es donde creo que nos encontramos. Tanto la Potestad como la Autoridad del Estado-Nación están entrando en crisis.

No sólo Bitcoin incide en esta crisis, pero sin Bitcoin no imagino una transición a otras formas políticas, y Bitcoin le arrebata al Leviatán de forma radical el báculo de la Autoridad.

Ahora nos encontramos en una situación en la que la Autoridad del Estado tiene 5 fracturas principales:

1/ La seguridad patrimonial. El Estado ha dejado de ser el garante de la seguridad patrimonial en varios ámbitos, ya no garantiza la propiedad, su uso y disfrute a capas muy amplias de la Sociedad, y nada hace pensar que vaya a corregir su rumbo. En el sector inmobiliario se protege más al okupa que al propietario. En el resto de sectores se centra más en el control y el expolio fiscal que en su crecimiento y prosperidad. Esta forma de proceder está desplazando la percepción de seguridad del Estado a otros ámbitos, por ejemplo, los maximalistas depositan su percepción de seguridad patrimonial en Bitcoin, de ahí que tenga ciertos elementos religiosos al absorber parte del aura del Estado. Recordemos que las religiones duran más que los imperios.

2/ Su papel como administrador de justicia y legislador. El Estado monopoliza en gran medida los sistemas de aplicación de justicia, sin embargo, en el Ciberespacio no tiene soberanía, lo que limita tanto su capacidad de hacer justicia como el respeto a su legislación. Bitcoin bien custodiado es inconfiscable, y por ello no se puede hacer justicia en el sentido clásico del término de lo que se mantenga en este activo. Pensemos en aquellas situaciones en las que una de las partes se ha apropiado indebidamente de unos bienes y los liquida para pasarlo a Bitcoin, ¿qué hace un juez ante esta situación si no puede embargarlos? Si alguien tiene su patrimonio en Bitcoin, ¿cómo le obliga un juez a cumplir con una obligación de dar si éste se niega? Es más, si no depende de terceros, te permite mantener la privacidad, es inconfiscable y sus transacciones incensurables, ¿pueden hacer algo los Estados contra Bitcoin? ¿Sirve de algo que lo “prohíban”?

3/ Por si todo esto fuera poco, también produce un cambio en las relaciones de poder. Bitcoin te permite secesionarte patrimonialmente a nivel individual, colectivo y político. Se puede pasar el patrimonio a Bitcoin sin KYC —el Estado no tiene manera de enterarse de esto si el procedimiento se realiza adecuadamente— ello significa que se puede mantener un patrimonio al margen de las garras del Estado, y de cualquiera. Pero esto no es sólo a nivel individual, también se puede hacer a nivel colectivo para forzar al poder político a negociar, pensemos por ejemplo en una ciudadanía que mantiene gran parte de su patrimonio en Bitcoin sin KYC. Pero no sólo se da entre individuos y colectivos respecto del Estado, también entre Estados y el orden internacional, como demuestra El Salvador frente al FMI. Bitcoin permite hacer un opt-out a todos los niveles. Esto supone una pérdida de credibilidad, de autoridad, inmensa. El todopoderoso Estado —o las organizaciones interestatales que han creado— ya no tiene poder para expoliar a sus ciudadanos si éstos se quieren proteger, pero todavía más, puede ser presionado por esos ciudadanos si se organizan para presionar a los gobernantes al excluir sus patrimonios del expolio fiscal. Los Estados más débiles ya no se tienen que plegar ante chantajes de los más poderosos para conseguir financiación. Al producir ese cambio en las relaciones de poder tiene un efecto igualador que hace perder la autoridad al Estado —y sus organismos— de ser superior, porque hasta una persona corriente puede escapar de sus garras.

Menciono de forma frecuente la idea inspirada por @mu_muloko de que en periodos largos de tiempo no hacemos por norma general aquello que consideramos bueno, sino aquello que estamos incentivados a hacer. Bitcoin cambia los incentivos, por lo que también transformará nuestro comportamiento y con ello nuestras relaciones sociales y políticas.

Las otras dos fracturas las analizaré en el próximo artículo junto a las implicaciones políticas que podrían aparecer.