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Etiqueta: Donald Trump

Trump ha malinterpretado la historia de los EE.UU.: todos pagaremos las consecuencias

Por Daniel Freeman. El artículo Trump ha malinterpretado la historia de los EE.UU.: todos pagaremos las consecuencias fue publicado originalmente en CapX.

Estados Unidos ha impuesto un arancel del 10% a los productos chinos y dentro de un mes entrará en vigor un gravamen del 25% a los productos mexicanos y canadienses. También están en proyecto aranceles a la UE con un porcentaje aún por determinar. Los gobiernos de los países afectados están planeando aranceles de represalia contra EE.UU., que probablemente tendrán un efecto similar al de dar un puñetazo a un camión que acaba de atropellarte el pie: una breve satisfacción seguida rápidamente de un dolor considerable.

Independientemente de su política, los economistas dirán que las guerras comerciales empobrecen a todo el mundo; de hecho, es casi lo único en lo que se puede conseguir que los economistas estén de acuerdo, excepto quizá en que el control del alquiler es una idea estúpida. Los argumentos están bien ensayados: los aranceles aumentan los costes para los propios consumidores y las industrias que utilizan insumos extranjeros, inhiben la especialización y redistribuyen el trabajo, la tierra y el capital de usos más eficientes a otros menos eficientes.

Entonces, ¿por qué la nueva administración de Donald Trump está impulsando los aranceles de forma tan agresiva? Evidentemente, no es una reacción contra la política de la administración anterior, que era bastante proteccionista. El equipo de Joe Biden, por ejemplo, ignoró las resoluciones de la Organización Mundial del Comercio para mantener los aranceles sobre el acero, e incluso aumentó los aranceles sobre los productos madereros canadienses.

Donald Trump, historiador

Las declaraciones de Trump sobre el tema difieren de las de Biden en lo mucho que se apoya en su interpretación de la historia económica estadounidense, en particular durante el periodo comprendido entre el final de la Guerra Civil y el comienzo de la Primera Guerra Mundial. Los aranceles, afirma, permitieron a la industria estadounidense desarrollarse más rápidamente de lo que hubiera podido hacerlo de otro modo, al tiempo que proporcionaron una fuente de ingresos que financió en gran medida al Gobierno Federal hasta la introducción del impuesto sobre la renta.

En su entrevista con Joe Rogan en octubre del año pasado, incluso respondió positivamente a la idea de sustituir el impuesto sobre la renta por aranceles. Esto podría considerarse una bravata de campaña, pero una vez que Trump llegó a la Casa Blanca, quedó cada vez más claro hasta qué punto este análisis de la historia de Estados Unidos afectaría a su segundo mandato.

William McKinley

Uno de sus primeros actos como presidente fue rebautizar la montaña más alta de Norteamérica con el nombre de William McKinley, cuyo compromiso con los aranceles fue mencionado por Trump en la correspondiente orden ejecutiva:

Bajo su liderazgo, Estados Unidos disfrutó de un rápido crecimiento económico y prosperidad, incluyendo una expansión de las ganancias territoriales de la Nación. El presidente McKinley defendió los aranceles para proteger la fabricación estadounidense, impulsar la producción nacional y llevar la industrialización y el alcance mundial de Estados Unidos a nuevas cotas.

Por un lado, es agradable que los líderes mundiales se interesen por un periodo tan fascinante de la historia económica. Por otro, es una pena que Trump haya acabado con una versión tan tergiversada de lo que ocurrió, sobre todo en lo que se refiere a la relación entre aranceles y crecimiento. Para empezar, mientras McKinley era un ardiente proteccionista en el Congreso, como presidente se mostró cada vez más partidario de reducir el muro arancelario estadounidense a cambio de acuerdos recíprocos de otros países.

Pero a un nivel más fundamental, todo el argumento de que porque EE.UU. se industrializó en un contexto de aranceles elevados, lo hizo debido a los aranceles, es seriamente erróneo. En primer lugar, como ha señalado Douglas Irwin, a finales del siglo XIX, la productividad de la industria manufacturera protegida por aranceles creció mucho más lentamente que la de los sectores no comercializados, como los servicios y los servicios públicos, lo que sugiere que la fortaleza de la economía de la Edad Dorada no dependía principalmente de la protección de la industria naciente.

Sectores beneficiados por no estar “protegidos”

Pero incluso dentro del sector manufacturero, las industrias con menor protección arancelaria tendían a experimentar un crecimiento de la productividad más rápido que las más protegidas, como han señalado Alexander Klein y Christopher Meisner en su excelente análisis de la producción manufacturera estadounidense entre 1870 y 1909. Las industrias con aranceles más altos se enfrentaban a menos competencia y, por tanto, podían imponer precios más altos. Sin embargo, eran menos productivas y solían emplear a más trabajadores. Este último punto puede parecer positivo, pero en esencia equivalía a una reasignación de trabajadores desde industrias más competitivas hacia empresas que sólo podían sobrevivir en un contexto de precios artificialmente altos – el coste de todo esto lo soportaba el consumidor estadounidense.

A finales del siglo XIX, Estados Unidos tenía enormes ventajas económicas que le ayudaron a convertirse en un gigante industrial, pero éstas tenían poco que ver con los aranceles. Entre otros factores, la industria estadounidense tenía acceso a abundantes tierras, un suministro constante de mano de obra procedente de la inmigración del viejo mundo, recursos naturales de fácil acceso (por ejemplo, mineral de hierro cerca de los Grandes Lagos o petróleo en el oeste), una amplia y eficiente red de transportes que podía trasladarlos a bajo coste allí donde se necesitaban y crédito fácilmente disponible que los industriales podían invertir en bienes de capital.

Teniendo esto en cuenta, parece muy probable que si EE.UU. no hubiera forzado la mala asignación de mano de obra y capital mediante el uso de aranceles, se habría convertido antes en la primera economía mundial, como ha argumentado Klein en una entrevista reciente.

Es cierto que EE.UU. se industrializó en un contexto de aranceles elevados. También es cierto que algunos jóvenes de 16 años aprueban el bachillerato en un contexto de borracheras. Esto no significa que una cosa haya llevado a la otra y, desde luego, no significa que en la madurez debas pasar las tardes bebiendo grandes cantidades de sidra barata en un parque para mejorar tus perspectivas profesionales o que una economía avanzada como la estadounidense se beneficie de un resurgimiento del proteccionismo.

Desgraciadamente, parece que Estados Unidos va a tener que volver a aprender esta lección por las malas, y tanto él como el resto del mundo sufrirán las consecuencias económicas.

Guerra comercial: debacle económica y política asegurada

Si algo quedó claro tras el primer mandato de Donald Trump en la Casa Blanca es que hay que tomar su programa electoral de forma literal y, en especial, lo referente a política económica y comercial. Además, tras la elección de dirigentes para los diferentes departamentos, podemos observar como el Trump de 2025 va a ser un Trump mucho más reforzado en sus ideas y dispuesto a llevar a cabo las áreas más radicales de su programa.

Dentro de dicho programa, la política comercial siempre ha sido una de las áreas focales principales de Trump y el proteccionismo una de sus principales banderas, tal y como demostró durante su primer mandato. En este sentido, como bien sabrán la mayoría de los lectores de esta columna, la principal propuesta en política comercial de Trump para la nueva legislatura es la imposición de un arancel mínimo del 60% sobre todos los bienes y servicios procedentes de China y uno de entre el 10% y 20% para el resto de los países del mundo.

Con ello, Trump cree que logrará acabar con uno de sus mayores fantasmas: el déficit de la balanza comercial. Sin embargo, lo más probable es no solo que no consiga dicho cometido, sino que, además, dispare la inflación, comience un conflicto con la Fed e incluso pueda hacer que disminuya la confianza en el dólar como reserva de valor global.

Balanza comercial y ahorros

Vayamos por partes. Si algo está claro es que los productos que exporta EE.UU. requieren de multitud de insumos que, en la gran mayoría de los casos, proceden de terceros. Por lo tanto, unos aranceles masivos como los propuestos solo causarán que el primer efecto sea un encarecimiento de la producción norteamericana y la consecuente reducción de sus exportaciones que, al tener una demanda de carácter mucho más elástico que sus importaciones, contribuirá probablemente a un empeoramiento del déficit de la balanza comercial.

Más en profundidad, para entender de manera un poco más precisa los efectos que tendría sobre la balanza comercial, conviene conocer las dinámicas propias de esta. En cualquier curso de macroeconomía enseñan una básica que es que la balanza comercial es igual a los ingresos agregados de un país menos el gasto total, o lo que sería su equivalente matemático, el ahorro menos la inversión agregados de un país durante un determinado periodo de tiempo. Tomando estas ecuaciones como ciertas, cabe resaltar que, durante la mayor parte de las últimas décadas, EE.UU. ha registrado un gasto total mucho mayor que sus ingresos. La oferta agregada de ahorro extranjero durante los últimos 3 años ha promediado un 3.9% del PIB, lo que, tal y como muestra la ecuación de la balanza comercial, significa que la economía nacional debe haber registrado déficits muy significativos.

Más gastos, menos impuestos

Lo que llama la atención, llegados a este punto, es que si miramos los datos de empresas y familias, veremos que, en dicho periodo de tiempo, las familias registraron un superávit de ahorro sobre gasto/inversión del 2.3% del PIB y las empresas del 0.5%. Por lo tanto, la explicación del déficit comercial americano se encuentra en el gigante déficit público que, en ese mismo tiempo, promedió un 6.7% del PIB, siendo muy superior al superávit de ahorro de empresas y familias y siendo el factor principal de la situación actual de la balanza comercial norteamericana. Por lo tanto, si se desea mejorar la balanza comercial norteamericana, el primer paso que se debe dar es hacia la estabilización fiscal a través de un incremento del ahorro y una reducción significativa del gasto público.

La principal política fiscal de Trump se centra en una reducción significativa de impuestos (incremento de deducciones para impuestos estatales y locales, reducción del impuesto de sociedades, etc.) y un mantenimiento e incluso incremento de las principales partidas de gasto público, contribuyendo de manera clara y directa a un incremento del déficit público (como ya se demostró de hecho en su pasado mandato).

El incremento masivo de aranceles y déficit público será probablemente una bomba inflacionaria en EE.UU., ya que contribuirá a una reducción de la oferta agregada acompañada de un incremento similar de la demanda agregada. En este escenario, si la Fed se ve en necesidad de subir los tipos para frenar la tendencia inflacionaria, esto podría generar una gran tensión entre el gobierno americano y el banco central, algo nada bueno para la estabilidad económica global.

Efectos sobre la balanza comercial

Queda claro, por lo tanto, que la política de Trump de imponer un arancel mínimo del 60% sobre las importaciones chinas y de un 10-20% sobre el resto de países, unido a su política fiscal, no solo contribuiría a no eliminar el déficit de la balanza comercial, sino incluso a incrementarlo. De hecho, estos aranceles ni siquiera pararían las importaciones de China, ya que estos productos se exportarían desde otros países con barreras arancelarias menores o se modificarían las cadenas de ensamblaje para clasificar de otra manera.

Si bien es cierto, Trump y su equipo han propuesto introducir un mayor número de reglas de origen a la hora de imponer aranceles, pero diseñar tantas que aplicaran a todas las posibles casuísticas resultaría casi imposible, porque por algún agujero se terminarían colando las importaciones. Todo ello, sin contar con la retaliación asegurada por parte de muchos socios comerciales de EE.UU., contribuyendo a empeorar el tablero del comercio internacional.

Algunas principales estimaciones como la del NIESR de Reino Unido señalan que los efectos de la política comercial de Trump podrían dejar el PIB americano hasta un 4% por debajo del PIB potencial correspondiente al final de su mandato. Todo ello, además, sin contar con el resto de efectos posibles de la descrita política fiscal y sin ni siquiera lograr la reducción del déficit de la balanza comercial. Por lo tanto, lo único que posiblemente traiga sea una debacle económica y política.

Trump 2.0: la incertidumbre contraataca

El primer martes de noviembre del presente año, tuvo lugar una vez más la elección presidencial de la primera superpotencia del mundo. Y, por tercera vez, Donald Trump aparecía como nominado republicano. Son ya lejanos aquellos tiempos donde republicanos como John McCain, George Bush o Mitt Romney, debatían junto a los nominados demócratas sobre temas políticos; ahora vivimos en la Era Trump… y eso ha quedado muy lejos de ser así.

Contrario a las previsiones de muchos, el expresidente se pudo imponer sobre la vicepresidenta Kamala Harris de manera solvente, ganando los 7 estados bisagra (“swing states”), y recuperando el control del Senado mientras retenía por la mínima el de la Cámara de Representantes, logrando una trifecta perfecta. Dejaré para los amos del análisis político (una ciencia muchas veces menos fiable que la alquimia) el estudio de por qué ganó Trump y, por consiguiente, la razón de la pérdida demócrata.

Hay, sin embargo, dos cosas evidentes: en primer lugar, los ciudadanos sentían que la economía no les favorecía con Biden y por ende con Kamala y, en segundo, el presidente actual decidió retirarse de manera muy tardía, si su objetivo fundamental era derrotar a su antecesor (aunque ese tema da para otro debate). Lo importante ahora, como en cada nueva administración, es entender lo que se hereda y lo que se piensa hacer en un país que evidentemente está partido por la mitad (por más que algunos se empeñen en decir que Trump arrasó, eso es aritméticamente falso[1]).

¿Qué hereda Trump?

Biden deja la presidencia como un presidente relativamente impopular, al que se le achaca no recuperar la economía tras el COVID-19 de una manera rápida y efectiva. Deja un país totalmente recuperado de la pandemia (lo cual era su principal reto) … con unas inversiones en infraestructura muy grandes (cuyos frutos se verán en los próximos años) y unos números macroeconómicos a nivel de crecimiento de la economía, niveles de desempleo y valor de los índices bursátiles bastante buenos.

Así mismo, el todavía presidente demócrata deja una administración que vio el nacimiento de dos conflictos internacionales en Ucrania y Rusia y una desastrosa salida militar de Afganistán. En resumen: un mundo convulso, una economía pujante y una sociedad dividida en temas que van desde lo racial, hasta lo económico.

¿Qué hará Trump?

Para responder a la segunda cuestión, resulta útil echar mano de la respuesta que el presidente electo dio en un debate contra Hillary Clinton en 2016, cuando el moderador Chris Wallace le preguntó si aceptaría los resultados electorales. Su respuesta fue “no lo sé, te mantendré en suspenso”[2]. Pareciera una frase muy actual, puesto que, a pesar de la cantidad de programas electorales (el suyo propio, Project 2025 e intereses políticos de figuras cercanas como Elon Musk o Robert Kennedy Jr.), no pareciera que el presidente tenga muy claro lo que quiere hacer en distintos campos… es ya conocido su cambiante temperamento y opinión.

Es altamente probable, que se deshaga de cualquier investigación judicial a nivel federal que pese en su contra, y que utilice todo el poder del Estado para debilitar las causas a nivel estatal (las cuales no puede eliminar). También resulta factible ver un alto al fuego en Ucrania (con términos favorables a los rusos) y una arremetida más fuerte por parte de Israel contra Gaza, Cisjordania y Líbano. ¿No son entonces estas predicciones una contradicción contra el planteamiento de imprevisibilidad? No. Porque nada de esto es seguro, podría cambiar mañana o en un mes…

Designaciones

Prueba de lo anterior es el caos en el que el presidente está sumiendo al Senado al nominar a las personas más controvertidas y disímiles que existen en su órbita para puestos clave. Para secretario de Defensa, un antiguo marine transformado en host de un programa los fines de semana y sin ninguna experiencia en dirección militar. Para Seguridad Nacional, una excongresista demócrata, acusada de ser una agente rusa y apologista del régimen sirio de Bashar al-Ásad. Y Para Sanidad, pues… Robert Kennedy Jr… sólo hace falta buscar su nombre en Google y para la fiscalía general, el congresista menos popular de 435 miembros, acusado de violar a una joven menor de edad y de cometer varios actos de corrupción[3].

Incertidumbre a la vista

Con este escenario en mente, lo único intelectualmente sensato que se puede decir, es que no sabemos qué pasará ni por donde soplará el viento. A Trump lo han encumbrado a la presidencia una colación de intereses contrapuestos que oscilan entre cripto Bros, ultraconservadores, magnates multimillonarios y aislacionistas globales. Pero, este es su juego, es su mundo, él es el protagonista.

Alguien que elogia la imprevisibilidad como arma política, todoterreno es movedizo, desde la seguridad nacional hasta la economía. Queda, pues, simplemente ser testigos de los acontecimientos en meses y años venideros. Pero, aun así, algo es destacable: el hombre que acabó su mandato anterior con una crisis de estado por el asalto al Capitolio (a todas luces impulsado por él) y que ha sido condenado con más de 30 cargos en un juicio y encontrado como responsable de violación en otro, ha vuelto, y con él… su espectacular incertidumbre, lo cual muchas veces no ha sido un buen preámbulo para el devenir de los acontecimientos en la humanidad. Para verdades el tiempo.

Notas

[1] Siguiendo los criterios históricos para “arrasar” en una elección norteamericana, se requiere sacar una amplia mayoría del voto popular y volcar estados pertenecientes tradicionalmente al partido contrario. El último en hacerlo, fue Barack Obama en 2008 y antes Bill Clinton en 1996.  Ni las victorias de Trump o Biden se ajustan a esos criterios, prueba de la creciente polarización social.

[2] “Trump: ‘I’ll Keep You in Suspense’ About Accepting Election Outcome”https://abcnews.go.com/Politics/trump-ill-suspense-accepting-election-outcome/story?id=42928015

[3] “Matt Gaetz once faced a sex trafficking investigation by the Justice Department he could now lead” https://apnews.com/article/trump-attorney-general-matt-gaetz-justice-department-9d51501fb6ad5c04b5b4113d3a6a584b (AP News, 2024).

Las contradicciones de Trump (y su mejor escenario)

Es evidente que Donald Trump no es un ideólogo ni un hombre de ideas claras y consistentes. Más bien, es un estadounidense promedio con experiencia empresarial que, pese a ello, exhibe una visión política y económica llena de los típicos sesgos antimercado, antiextranjeros y proempleo.

Ya sea por la expectativa de mayores tensiones geopolíticas, un crecimiento económico acelerado o por anticipar las contradicciones inherentes de Donald Trump, el mercado de bonos prevé un repunte de la inflación en los próximos meses, sugiriendo que la actual tendencia de desaceleración no perdurará.

Su principal contradicción: el dólar y la inflación

Si el programa de Trump comienza con reducciones de impuestos, incrementos de aranceles, aislacionismo comercial y políticas antimigratorias que incluyen deportaciones y afectan negativamente a los empleos de baja cualificación y remuneración, entonces la economía estadounidense experimentará una subida de precios y un mayor endeudamiento.

Es difícil, por no decir imposible, que los aumentos de aranceles compensen las reducciones de impuestos, ni siquiera recortando el gasto público superficial o las partidas internacionales. Del mismo modo, es poco probable que una mayor inversión en el mercado nacional y un menor encarecimiento de la energía y el petróleo contrarresten el alza en los costos de los productos importados y de la mano de obra.

Además, debemos sumar la preferencia de Trump por tipos de interés bajos y un dólar débil en un período de temores inflacionarios, donde el mercado está escéptico y preparado para castigar con fuerza cualquier intento de crecimiento engañoso y deterioro del balance.

Otro factor que ha alimentado el engaño es la respuesta del S&P, el Russell, bitcoin y el dólar ante la victoria de Donald Trump. El relato inmediato es: “hay confianza en que Trump lo hará bien y los mercados se anticipan a un nuevo periodo de crecimiento”, y en paralelo, “es evidente que una victoria de Kamala y los demócratas habría castigado al mercado”.

Las reacciones del mercado a la victoria de Trump

Sin embargo, esto no es necesariamente cierto. El fortalecimiento del dólar y de las compañías norteamericanas puede deberse simplemente a un ajuste en las carteras de los inversores, quienes asumen la victoria de Trump como una señal de que es mejor estar invertido en EE. UU. que en el resto del mundo, el cual tendrá que pagar caro los ajustes de Trump.

El alza de bitcoin y el Russell podría ser una respuesta a una rotación temporal hacia activos de riesgo, algo que podría representar tanto el inicio de un nuevo ciclo alcista como los últimos estertores de uno que está por terminar. Esto se debe a que bitcoin parece funcionar en el corto plazo como activo de riesgo y, a largo plazo, como reserva de valor. Estas rotaciones hacia mayor riesgo al final de los ciclos alcistas ocurren también dentro del mercado cripto: cuando bitcoin alcanza nuevos máximos, se produce una rotación hacia las altcoins, que logran sus picos después de bitcoin, para luego caer ambos.

Si finalmente Trump inicia una reserva nacional de bitcoin, esto desencadenaría una competencia global por la acumulación temprana de este nuevo activo de reserva. La rivalidad entre bitcoin y el oro podría intensificarse si los bancos centrales buscan anticipar un ganador, o sus cotizaciones podrían converger si los bancos centrales a nivel global apuestan por ambos. En cualquier caso, el precio de bitcoin se dispararía enormemente. Sin embargo, no debemos descartar que, antes de iniciar una reserva en bitcoin, se orqueste una maniobra para inducir FUD (miedo, incertidumbre y duda) entre los inversores más vulnerables del mercado.        

Donald Trump y la natalidad

Elon Musk está muy interesado en aplicar políticas de desregulación y liberalización, pero ha dejado claro en sus redes sociales que uno de los temas que más le preocupa es el descenso de la natalidad. Sobre esto vale la pena mencionar que la natalidad es una variable particularmente difícil de manipular, especialmente de aumentar. Paradójicamente, el proyecto de Trump podría tener consecuencias negativas no deseadas sobre la natalidad que Musk tanto desea impulsar.

En primer lugar, la migración no solo compensa parcialmente las caídas en la natalidad, sino que los inmigrantes de regiones con altas tasas de natalidad pueden mantener esa tendencia en el corto plazo, lo que podría incentivar una mayor natalidad en la población local. Las razones para especular sobre un efecto de contagio desde los inmigrantes hacia la población autóctona aplican tanto para lo bueno como para lo malo. Si aumentan o mantienen la demanda de servicios para niños, la población local encontrará mayores facilidades y motivación para tener hijos.

En segundo lugar, el retraso de la maternidad, los elevados costos asociados a la crianza y las dificultades para conciliar la vida laboral y familiar podrían verse negativamente afectados por el encarecimiento de los salarios y la escasez de personal de baja remuneración o cualificación, que en Estados Unidos son mayormente inmigrantes. Los inmigrantes, en particular las mujeres, ofrecen servicios esenciales que facilitan la maternidad de la población local, especialmente de las clases medias, haciendo más accesibles los servicios de limpieza del hogar, cuidado de los niños y educación preescolar y básica. Sin este apoyo, las barreras para tener hijos podrían incrementarse aún más.

Las mejores opciones con Donald Trump

Alex Tabarrok, en su artículo, nos comparte cuál podría ser el mejor escenario para Trump: básicamente, que solo ejecute las partes “buenas” o más liberales de todo lo que ha prometido en su campaña. Por ejemplo, fortalecer las fronteras, pero limitar las deportaciones a los inmigrantes llegados en los últimos cuatro años.

Sería muy optimista asumir que Trump va a moderar su discurso o que mantendrá su retórica exagerada—caracterizada por frases como “aranceles a todo”—mientras en la práctica hace una selección estratégica, tanto económica como política, de los aranceles. Esto podría funcionar porque el votante es más manipulable por el discurso que por los hechos, pero requeriría de un político muy sabio y pragmático, un perfil que claramente no encaja con Trump.

Menos es mejor

Los problemas estructurales y reales de la economía estadounidense son el endeudamiento, la pérdida de valor de la moneda, la desaparición de la clase media y las regulaciones que aniquilan las soluciones de mercado en sectores como la salud, la educación, la vivienda o las infraestructuras. Pero entre las propuestas de Donald Trump, lo más cercano a una solución para estos problemas es el famoso Departamento de Desregulación (DOGE), que solo funciona como un departamento asesor en un gobierno que, a diferencia del de Milei, no cuenta con una cabeza que crea genuinamente en las soluciones liberales.

En este sentido, aunque también muy improbable, el mejor de todos los escenarios sería que Trump no pudiera hacer mucho; es decir, que sus acciones quedasen significativamente restringidas y eso mitigara sus políticas que presionarán el dólar a la baja y los precios al alza. Pero esto no es un fenómeno exclusivo del próximo gobierno de Trump; a excepción de gobiernos como el de Milei, lo mejor que podría pasar en la mayoría de los gobiernos actuales alrededor del mundo es que sus políticos no pudiesen aprobar presupuestos, nuevas leyes o hacer reformas radicales, porque la mayoría de los proyectos políticos van en la dirección contraria a la que realmente hace falta.

Conclusión

Donald Trump no es significativamente peor que los políticos del resto de América o Europa; sus contradicciones no son muy diferentes a las de los socialdemócratas europeos, quienes buscan imponer energías y políticas verdes que encarecen los precios, mientras afirman defender a las clases bajas que necesitan energía, productos, transporte y vivienda accesibles. Sin embargo, Trump está teniendo acercamientos con el liberalismo, y es imprescindible que expongamos constantemente que sus planes son inconsistentes y contraproducentes. Podemos apoyar su política exterior por ser relativamente mejor que la de sus aliados u opositores, pero el verdadero trabajo pendiente es superar, con propuestas y resultados concretos, los sesgos antimercado que persisten entre los políticos y los votantes.

Ver también

Es el mundo de Donald Trump y tenemos que vivir en él. (Steve Davies).

Trump: el antiliberal por excelencia. (Andrés Ureña Rodríguez).

Propuestas de Trump en favor de la libertad. (Daniel Morena Vitón).

Las consecuencias económicas de los aranceles de Trump. (Holly Jean Soto).

Es el mundo de Donald Trump y tenemos que vivir en él

Por Steve Davies. El artículo Es el mundo de Donald Trump y tenemos que vivir en él fue publicado originalmente en CapX.

La notable y decisiva segunda victoria electoral de Donald Trump demuestra que el realineamiento de la política estadounidense que él propició hace ocho años no ha desaparecido, sino que se ha afianzado aún más. Los demócratas salen claramente perjudicados.

Trump y los republicanos ganaron entre todos los grupos sociales y niveles de renta, salvo entre los mayores de 65 años, los ricos y las mujeres con estudios universitarios. También hubo ganancias significativas en más del 80% de los condados ahora declarados, en todas las regiones de EE.UU., con las mayores ganancias en varios condados urbanos en lugares como Pensilvania. Todo ello contribuyó a que se convirtiera en el segundo candidato republicano en 34 años en ganar el voto popular. Lo más llamativo fue su avance entre los hombres de las minorías: obtuvo el apoyo del 46% de los hispanos y del 24% de los afroamericanos. Todo esto deja a los demócratas en un lugar mucho peor que en 2016, sin ningún sitio donde esconderse.

Pero, ¿qué pasa con el resto del mundo? Esto tiene dos aspectos. El primero es el impacto de Donald Trump en la política electoral fuera de Estados Unidos, especialmente en Europa. El otro es lo que su regreso podría presagiar para las relaciones internacionales y el asediado sistema internacional. La primera es la más aparentemente sencilla, pero en realidad más compleja.

Otras políticas de la derecha

La conclusión obvia es que la victoria de Trump fomentará y envalentonará cierto tipo de política de derechas, la que normalmente se describe como «populista de derechas» o «extrema derecha». La otra cara de la moneda es que el éxito de los republicanos, no solo por la victoria de Trump, sino por haber ganado las dos cámaras del Congreso, no será bien recibido por la derecha dominante ni por sus homólogos más radicales, por razones que quedarán claras. Lo que Trump ha hecho en los últimos ocho años es transformar el Partido Republicano. Ya no es el partido de Reagan, al que ahora se recuerda con cariño, pero que ya no es una brújula ideológica. Tampoco es ya el partido del neoconservadurismo y su agenda de política exterior, como demostró el respaldo de Dick Cheney a Kamala Harris.

Los republicanos son ahora el partido del nacionalismo económico, el restriccionismo de la inmigración, un papel activo del gobierno en la política económica y un sistema de bienestar basado en la ciudadanía. Muchos partidos de derecha en Europa, incluidos algunos de los descritos como «derecha populista», siguen comprometidos con una combinación de nacionalismo en cuestiones de identidad y migración, con el apoyo al libre mercado y límites al papel del gobierno.

Esta combinación va a ser cada vez más difícil de mantener, entre otras cosas, por la contradicción entre el nacionalismo y la naturaleza global del capitalismo contemporáneo. Varios partidos populistas, como Vox en España y el Partido del Progreso en Noruega, están experimentando un creciente movimiento hacia la posición «conservadora nacional» y alejándose de lo que podríamos llamar «libertarismo en un solo país». El ejemplo y la influencia de un gobierno estadounidense unido va a fomentar este movimiento, ya completo en lugares como Francia y Polonia.

El fracaso de los neoconservadores

En las relaciones internacionales, el resultado de las elecciones es un claro repudio de los votantes y políticos republicanos a la política exterior globalista de los neoconservadores, que casi todos apoyaron a Kamala Harris. Veremos un cambio hacia un unilateralismo de «América primero». Esto significa que bajo Donald Trump, Estados Unidos se alejará de la noción de que es una «nación propositiva» con la misión de remodelar el mundo hacia la democracia liberal, el liberalismo social y el libre mercado. En su lugar, se reconocerá la realidad de un mundo multipolar. Esto plantea cuestiones difíciles, y para los europeos, en particular: sobre sus capacidades de defensa, la guerra de Ucrania y Oriente Medio. Ni la izquierda ni la derecha han pensado seriamente en ello.

Por último, ¿qué pasa con los liberales clásicos? Celebrarán la derrota de una agenda woke radical, pero estarán consternados por el resto. El proteccionismo de Trump, el nacionalismo económico y los intentos de controlar la migración (lo que inevitablemente significa autoritarismo doméstico) son contrarios a sus instintos. Lo que necesitan es una reflexión seria sobre el tipo de orden internacional que quieren ver, y el desarrollo y la articulación de argumentos positivos y sustantivos a favor de cosas como una economía y una sociedad globales cosmopolitas.

La gobernanza progresista tecnocrática

Éstos deben ir más allá de los argumentos económicos para llegar a una visión más completa del florecimiento individual y colectivo y de lo que se necesita para mantenerlo en el mundo. Lo que no deben hacer a cualquier precio es atarse al barco que se hunde de la gobernanza progresista tecnocrática, con su negación del debate político real y su afirmación de una agenda cultural que pocos comparten y que se impone, restringiendo la libertad de expresión. Sin embargo, también deben darse cuenta de que la alianza con los conservadores que marcó la época de la Guerra Fría ha terminado. Es una posición solitaria, pero potencialmente estimulante.

Ver también

Trump: el antiliberal por excelencia. (Andrés Ureña Rodríguez).

Propuestas de Trump en favor de la libertad. (Daniel Morena Vitón).

Las consecuencias económicas de los aranceles de Trump. (Holly Jean Soto).

Elecciones en los EE.UU. Pnut la ardilla, Joe Rogan, D.O.G.E y Bitcoin

En España ha pasado desapercibido porque tenemos problemas más importantes de los que ocuparnos, pero en las elecciones de Estados Unidos ha irrumpido un protagonista inesperado: una ardilla llamada Pnut. Este animal vivía tranquilamente con sus dueños, que lo rescataron cuando era una cría. Tenía su propia cuenta de Instagram con millones de seguidores, y cualquiera podía ver en sus miles de publicaciones que vivía bastante feliz. Y digo vivía porque a la ardilla la mataron este fin de semana. No fue un perro o un gato, ni unos desaprensivos, fue el Estado de Nueva York.

Las ardillas son animales silvestres. Parece lógico que no se deba tener en un domicilio un animal silvestre. El Estado legisla en ese sentido. Hasta aquí todo parece ir bien. El problema es que el Estado lo rigen los burócratas, y los burócratas son seres especiales que no se rigen por la lógica del resto de seres humanos. Lo explicó magistralmente Thomas Sowell:

Nunca entenderás las burocracias hasta que comprendas que para los burócratas el procedimiento lo es todo y los resultados no son nada.

Thomas Sowell

A los burócratas a los que llegó la denuncia sobre Pnut nunca se les pudo explicar nada. Ni que fue rescatada después de morir su madre atropellada, ni que era feliz con sus dueños, ni que tenía millones de seguidores a los que hacía feliz con sus vídeos. Dio igual. El procedimiento es claro. La burocracia dictaba que debía morir.

En nombre del medio ambiente

Otro aspecto que está llamando la atención son los recursos que se destinaron a este caso. Jueces y policías dedicaron horas a incautar una simple ardilla. Esto puede ser sorprendente en un Estado como el de Nueva York, con una delincuencia creciente. Pero lo cierto es que no lo es. El Department of Environmental Conservation de Nueva York tiene sus propios recursos, que no tienen nada que ver con los de los departamentos que deben atajar la criminalidad. Así, el Estado puede mantener diligencia sobre casos menores de política medioambiental, mientras que la seguridad ciudadana hace aguas. De hecho, es cada vez más evidente, sobre todo en España en estos aciagos días, que el Estado puede tener cada vez más recursos para invadir aspectos banales de la vida de sus ciudadanos, mientras que los temas urgentes son desatendidos negligentemente.

Pero no caigamos en el pesimismo. Las elecciones nos han traído algo de luz en la oscuridad. Por primera vez tenemos a un candidato a presidente saliendo de los corsés de los medios tradicionales. O como se les llama ahora en Estados Unidos, los legacy media.

Joe Rogan

Joe Rogan es el podcaster más importante del mundo. Es tan importante que su intento de cancelación fue el punto de inflexión del rodillo censor que la izquierda americana pasó durante la pandemia. Joe Rogan Is Too Big to Cancel, tituló el New York Times cuando fue evidente que Spotify no iba a renunciar a la principal estrella de su plataforma por la locura censora que desató la pandemia. Meses más tarde, Elon Musk compró Twitter y empezó el ciclo en el que estamos ahora.

Rogan hace algo que la televisión nunca ha podido hacer. Dejar que sus invitados hablen durante horas. Es un formato revolucionario que ha destrozado cualquier intento por parte de los medios tradicionales por competir por un público mínimamente formado. La mejor definición de su podcast la dio un usuario anónimo en Reddit, y vale la pena echarle un vistazo.

Que Trump se haya sometido a tres horas de podcast con Rogan no es algo menor. De hecho, es un hito sin precedentes. Tres horas de entrevista no guionizada con un político de ese nivel a pocos días de unas elecciones hubiera sido ciencia ficción hace diez años. Y una vez que se abre esa puerta ya es muy difícil volverla a cerrar. Si Trump gana este martes, ningún candidato podrá presentarse sin pasar por formatos similares.

Pero pase lo que pase hay un perdedor claro: la televisión. Es el fin de los formatos de 30 segundos para que alguien explique algo. El público está demandando otra cosa, y es algo que la televisión no puede dar. De hecho, empieza a ser tan evidente lo obsoleto del medio, que ya se empiezan a oír las primeras voces sobre algo que puede parecer chocante, pero que no deja de ser sentido común: la eliminación de la emisión en abierto de las televisiones.

Departamento de Eficiencia Gubernamental

Y hablando de eliminar cosas obsoletas, la victoria de Trump también puede traer un regalo que nadie esperaba hasta que la victoria de Javier Milei puso de moda la motosierra del recorte estatal. La nueva administración de Trump va a suponer la creación del Department Of Government Efficiency (D.O.G.E, no confundir con la altcoin Doge, de la que han cogido prestada las siglas). Este nuevo departamento va a estar liderado por Elon Musk, y podría contar con la colaboración de personajes tan importantes como Ron Paul.

Suena demasiado bien para ser verdad, y el tiempo dirá en qué queda esta promesa. Pero el debate ya existe. Elon lleva toda la campaña hablando de la importancia de reducir la burocracia y el impacto que este mensaje ha tenido es ya una victoria para todos.

Y no es el único tema en que las tesis liberales se están abriendo camino. Bitcoin ha tenido una importancia central en toda la campaña electoral. Con dos candidatos acudiendo a la convención de hace unos meses. Y con Trump felicitando el aniversario de la publicación del white paper de Satoshi.

Pase lo que pase el martes las tendencias son claras: la sobrerregulación estatal como un problema central de nuestras sociedades, los nuevos formatos a través de internet reclamando, al fin, el protagonismo central en el debate político nacional, y un nuevo dinero privado con potencial de cambiar el mundo que conocemos en pocas décadas. A Estado Unidos le esperan cuatro años fascinantes que marcaran su futuro como gran potencia mundial. Nos marcara el futuro a todos.

Ver también

Propuestas de Trump a favor de la libertad. (Daniel Morena Vitón).

Secuencia electoral alterada. (Andrés Ureña Rodríguez).

Trump, el antiliberal por excelencia. (Andrés Ureña Rodríguez).

Las consecuencias económicas de los aranceles de Trump

Por Holly Jean Soto. El artículo Las consecuencias económicas de los aranceles de Trump fue publicado originalmente en FEE.

Trump afirmó recientemente que «los aranceles son lo mejor que se ha inventado nunca», mientras hablaba de su propuesta de imponer un arancel del 60 por ciento a las importaciones chinas y aranceles generales del 10 al 20 por ciento. Sin embargo, los aranceles tendrán enormes costes económicos para el pueblo estadounidense.

El primer problema de la política arancelaria de Trump es que no entiende el principio económico básico de la ventaja comparativa. Contrariamente a la visión de Trump del comercio internacional como un juego de suma cero, no deberíamos intentar especializarnos en aquello en lo que otros países son mejores. Producir todo internamente en nombre de la protección de los empleos y la fabricación de Estados Unidos no es económicamente ventajoso. Eso es un mito económico.

La teoría económica básica nos muestra que si fuéramos autosuficientes en todas las cosas, el coste de oportunidad sería demasiado alto. Sin embargo, si nos especializamos en lo que hacemos mejor a un coste inferior al de nuestros competidores, estaremos mejor. La realidad es que el libre comercio permite a las personas acceder a una mayor variedad de bienes a un coste menor que si intentaran producirlo todo internamente. Entonces, ¿por qué Trump no entiende un principio económico básico que todos aprendimos en el instituto?

Un juego de suma cero

Un segundo problema es que Trump considera nuestro déficit comercial como un juego de suma cero, pero es un mito económico que importar más de lo que exportamos nos haga estar peor. En realidad significa que somos ricos. Antiguamente, se creía que la riqueza de una nación provenía de las reservas de oro y plata que poseía el país y, por tanto, los países debían potenciar las exportaciones y resistirse a las importaciones para maximizar esta riqueza metálica.

Adam Smith demostró que esto era erróneo en su Riqueza de las Naciones. Demostró que existe un problema cuando sólo se observa el déficit o el superávit de la balanza comercial internacional. En cambio, si los bienes y servicios disponibles para el pueblo estadounidense son mayores como resultado del comercio internacional, entonces los estadounidenses son más ricos, no más pobres.

La tercera cuestión es que las tácticas de castigo de Trump, como el arancel del 200% a John Deere, no consiguen resolver la raíz del problema del empleo y la fabricación en Estados Unidos. La realidad es que las empresas estadounidenses como John Deere están sufriendo los costes provocados por una mala política económica. Dichas políticas han incrementado los costes laborales y de fabricación en Estados Unidos. Los costes laborales suponen más de la mitad de los gastos generales de fabricación para empresas como John Deere, por lo que, naturalmente, tienen el incentivo de minimizar los costes trasladando los puestos de trabajo y la fabricación al extranjero. La pregunta no debería ser «¿Cómo puedo castigarles para que se queden?», sino «¿Cómo reducimos los costes de que hagan negocios aquí en EE.UU.?». El castigo y la intimidación no hacen nada para resolver la raíz del problema.

El “uso inteligente” de un arma de destrucción económica

Trump promete que su «uso inteligente de los aranceles» restaurará la fabricación estadounidense, pero la verdad es que estas políticas solo ofrecerán costes más altos a los fabricantes y consumidores estadounidenses y exacerbarán la inflación. La historia nos ha demostrado que han sido los consumidores estadounidenses, y no los países extranjeros, los que han pagado -y seguirán pagando- los aranceles. Las estimaciones muestran que los aranceles costarían al hogar estadounidense típico más de 2.600 dólares al año.

Aunque el plan de Trump de reducir el tipo del impuesto de sociedades del 21% al 15% empezará a resolver los problemas de la cadena de suministro estadounidense a los que nos hemos enfrentado y tendrá un impacto positivo en el crecimiento económico, los beneficios se verán contrarrestados, al menos en parte, por sus costosas políticas arancelarias, especialmente para la clase media y baja. La triste realidad es que sus propuestas políticas tienen un enfoque de «7 pasos adelante, 10 pasos atrás» para el crecimiento económico.

La realidad es que los países que están abiertos al comercio y la inversión tienden a experimentar un crecimiento económico sostenido a largo plazo y niveles de vida más altos, mientras que los países que aplican mayores restricciones y aranceles al comercio internacional tienen un crecimiento económico más débil.

En resumen, los aranceles nunca abaratan los productos. Sólo el libre comercio puede hacerlo.

Ver también

Donald Trump se define como el hombre-arancel. (María Blanco).

Con Trump nace el capitalismo de matones. (María Blanco).

Las guerras comerciales no son fáciles de ganar. (Juan Ramón Rallo).

Trump: el antiliberal por excelencia

El expresidente norteamericano, Donald J. Trump, no ha dejado de ser noticia desde mediados de 2015, cuando anunció por primera vez sus aspiraciones a la Casa Blanca. Desde ese momento, el magnate se ha dedicado, tanto en períodos electorales como en sus años al frente del Ejecutivo, a imponer una retórica y un estilo de liderazgo totalmente distintos a los vividos en Estados Unidos durante las últimas décadas. Fruto de un estilo estridente y polarizador, la sociedad norteamericana se ha dividido en dos campos sociopolíticos aparentemente irreconciliables. Adicionalmente, ha surgido una interrogante que cautiva a aficionados y expertos de la política por igual: ¿quién es Trump?, ¿cuál es su ideología?, ¿cómo se puede encajar a este líder dentro de los marcos políticos en la actualidad?

2016

Para dar respuesta a estas interrogantes, conviene superar los postulados tradicionales que señalan al político como “populista”, “racista”, o “defensor del pueblo”. En una democracia como la norteamericana, hay algo mucho más profundo e importante que una etiqueta superficial; y es: ¿es Trump un liberal?, ¿respeta la democracia? Aunque a muchos estas cuestiones les puedan suponer un bostezo y mucho aburrimiento antes que curiosidad, resulta imperioso ahondar en las mismas si se considera al Estado de derecho y la democracia liberal como el mejor (o menos malo) de los sistemas políticos, y por ende, algo que vale la pena preservar. Es precisamente el respeto a los resultados electorales y el sometimiento a las leyes e instituciones lo que se podría denominar como liberal en términos institucionales más que ideológicos; es decir, alguien que sigue las reglas del juego democrático.

Alejados de todo el ruido mediático propio de una campaña electoral y un estilo como el del personaje en cuestión, conviene sacar a relucir algo que no está tan de moda hoy en día: los hechos. Para responder si Trump es un liberal, con “L” mayúscula, habría que remontarse a octubre de 2016, cuando en el último debate entre la candidata demócrata, Hillary Clinton, y Donald Trump, él mismo declaró que no sabía si reconocería los resultados electorales, “os mantendré en suspenso”[1] fueron sus palabras. Claro está, a posteriori, que no le requirió muchos esfuerzos al candidato reconocerse como el vencedor.

2020

Un caso distinto fue en 2020, cuando tras una pandemia y una administración turbulenta, el entonces presidente se veía contra las cuerdas al situarse detrás del aspirante demócrata Joe Biden. Fue entonces cuando declaraciones que aludían a un posible fraude en el voto por correo, muertos que votaban y otro tipo de conspiraciones comenzaron a salir a la luz. En pocas palabras, “si no gano, es un fraude”.

Y así fue. El presidente no ganó y acusó de fraude a las autoridades electorales, muchas de ellas, afines a su propio partido. Donald Trump no bajó la tónica, aún cuando el colegio electoral certificó la victoria del binomio Biden/Harris, lo cual le llevó a congregar a sus seguidores en Washington el 6 de enero de 2021, bajo el lema “detengamos el robo”. Cabe desatacar que no hubo ni una sola prueba de fraude, el equipo legal del presidente perdió todos los casos en las cortes y la Corte Suprema de Justicia de los Estados Unidos rehusó siquiera analizar el caso, puesto que no existía el más mínimo indicio de una posible alteración a los comicios[2]. Aún así, la mencionada marcha tomó lugar y el desenlace posterior de un ataque al Capitolio ocurrió como consecuencia.

¿Es un demócrata?

¿Es entonces un hombre así, un demócrata convencido? La respuesta resulta evidente, no. Y esto, so riesgo de reiteración cacofónica es una obviedad y un peligro. Lo que pasa es que no por obvio debe dejar de mencionarse. Un hombre que no acepta la voluntad de las urnas y que está dispuesto a llegar hasta las últimas consecuencias con tal de mantenerse en el poder, es un antiliberal y sobre todo una amenaza latente para la institucionalidad del país más poderoso del mundo.

Lo anterior se sustenta en el hecho de que cuando no se respetan las leyes ni los procesos electorales, se genera una inseguridad jurídica significativa, pues todo el poder pasa a manos de una sola persona (si se le deja salirse con la suya, claro está). Ello es el camino al caos y a la pérdida paulatina de libertades tanto individuales como colectivas, pues se supedita la ley al antojo de una sola persona, lo cual es la definición del totalitarismo. Si no sigues la voluntad del líder, ¿quién te va a defender?

Ir a los orígenes

Ante este señalamiento, muchos defienden al expresidente diciendo que es “anti-woke”, “no provoca guerras”, “es provida”, etc. Todo ello puede ser cierto, sea bueno o malo, pero no debe prevalecer frente a los cimientos de una sociedad democrática que, con todos los fallos y penurias, ha resultado el sistema que otorga más prosperidad y seguridad a los individuos y sus proyectos vitales. Esta es la disyuntiva con la que se inaugura el ciclo electoral de 2024, es tan sencillo como si se quiere jugar ruleta rusa con la democracia más poderosa del mundo o no. Ello no quiere decir que la alternativa, el presidente Biden, sea perfecta o ideal (eso queda a gusto del elector), pero sí pone sobre la mesa algo muy relevante: de las malas políticas se puede salir, del caos antidemocrático, es mucho más difícil, como lo señaló la excongresista Liz Cheney[3].

En 2024, convendría entonces retornar a los orígenes del sistema liberal, a la libre elección y el mantenimiento de la misma. Una vez más, le toca a cualquier liberal convencido, ignorar los tentadores cantos retóricos de sirena y poner por encima la igualdad ante la ley y por ende la defensa del orden democrático. En unos meses se sabrá lo que respondió la sociedad norteamericana ante este reto, pero las consecuencias y elecciones ya son conocidas, o se elige la libertad o el caos.


[1] PBS: ‘I’ll Keep You in Suspense:’ Trump Refuses to Say He Will Accept Election Results‘.

[2] Associated Pres: Supreme Court rejects Trump election challenge cases.

[3] The Hill: Biden may get some help from Republicans against Trump.

Ver también

El genio político de Trump. (José Carlos Rodríguez).

Donald Trump, profeta de un mundo mejor. (José Augusto Domínguez).

Trump y sus enemigos republicanos. (Carlos Alberto Montaner).

La apresurada educación de Donald Trump. (Carlos Alberto Montaner).

Donald Trump todavía no es el gran hermano. (Antonio José Chinchetru).