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Etiqueta: educación

En rojo, no

Ayer estuve a punto de atropellar a una embarazada. Por suerte yo conducía a unos 20km/h porque era zona urbana y estaba llegando a mi destino así que pude frenar a tiempo, pero ella bajó a la calzada entre dos coches aparcados, de forma que era imposible que yo la hubiera visto antes de tenerla justo delante. Pocos días antes había visto a una mujer cruzando una amplia avenida en diagonal, lejos de cualquier semáforo y de cualquier paso de peatones, corriendo como alma que lleva el diablo mientras empujaba un carrito de bebé que estuvo a punto de volcar. No consigo imaginar qué debía ser tan urgente como para ponerse a si misma y al bebé en semejante peligro.

Leí que, en España, hay una media diaria de 20 niños atropellados y que cada quince días uno fallece. Es una barbaridad, pero fácilmente comprensible si uno ve cómo actúan muchos adultos. En general les damos muy mal ejemplo, por eso el blog La orquídea dichosa puso en marcha una campaña de concienciación que llamó “en rojo, no” para pedirle a la gente que no cruce con los semáforos en rojo, especialmente cuando haya niños a la vista. Porque los niños hacen lo que ven, y da igual cuántas veces les repitas que se cruza en verde y se mira a ambos lados, y cuántas fichas de semaforitos les hagas rellenar, y cuántos juegos “didácticos” les obligues a jugar, si luego salen a la calle y ven a la gente cruzando cuándo y por dónde les da la gana.

Todos esos que se cuelan en las rotondas, que hablan por teléfono mientras conducen, que no usan los intermitentes (o los usan tarde y mal), tal vez tengan un título universitario, pero no tienen educación. Se juegan su vida y las de los demás sólo por ganar un par de minutos o por ser incapaces de controlar sus nervios. Además, se lo ponen muy difícil a los padres que intentan darles una educación vial a sus hijos, porque les ponen en la tesitura de tener que dar explicaciones de unos hechos que no son defendibles.

Es otra de las asignaturas pendientes que tenemos en este país. Han querido hacernos creer que la educación en nuevas tecnologías consiste en darle un ordenador a cada dos niños y decirles lo que tienen que hacer, igual que nos han contado que la educación financiera consiste en conocer el funcionamiento del sistema impositivo. Y algo muy parecido sucede con la educación vial. Les han dado unas fichas a los niños para que digan de qué color tiene que ser la luz del semáforo para poder cruzar y hasta aquí hemos podido leer. Luego eso no tiene ninguna conexión con el mundo real, no les sirve para nada y además comprueban que es una mentira cada vez que salen a la calle.

Veinte niños atropellados cada día es demasiado. Un niño muerto cada dos semanas es demasiado. Podríamos enseñarles a cruzar como es debido y a conocer y a respetar las señales, pero eso no depende en exclusiva de los padres ni de los profesores, sino de todos los que estamos en las calles, caminando o conduciendo. Ése niño podría ser el suyo. El mundo sería un lugar mejor si cometiéramos menos imprudencias y diéramos mejor ejemplo.

Sin escuela – Presentación en Madrid

Después de recorrer gran parte del continente americano, por fin he recalado en Madrid para presentar “Sin escuela” mi nuevo libro sobre educación que está triunfando en Amazon. La presentación tuvo lugar en la sede del Instituto Juan de Mariana así que, lógicamente, el público era mayoritariamente liberal. No obstante, en cualquier lugar donde haya presentado mis libros (y éste es el cuarto) siempre distingo tres clases de personas entre los asistentes: en primer lugar, los padres que quieren desescolarizar (o no escolarizar) a sus hijos pero que están cargados de dudas y miedos. Ellos vienen con la esperanza de escuchar algo que les de ese empujón que les falta, con la necesidad de escuchar historias de éxito de sistemas alternativos de educación y con el deseo de salir de allí cambiados, lo que sucede muy a menudo. Es ya clásico el email que recibo una o dos semanas después de cualquier charla y que empieza con un sincero agradecimiento y un “mis hijos no han vuelto al colegio desde que fui a tu charla”.

En segundo lugar están los que, padres o no, consideran que el sistema escolar español es un absoluto despropósito y están dispuestos a escuchar a cualquiera que venga a cargar contra el Estado del Bienestar. A cualquiera que les cuente las historias negras del sistema escolar y del estatalismo imperante hoy en día en gran parte del mundo. Historias como la de Domenic, que le quitan el sueño a cualquiera. O teorías como la de Daniel Quinn, que explica cuándo y por qué se ha ampliado realmente el período de escolaridad obligatoria en el mundo “civilizado”.

Y en tercer lugar están los maestros, que ahora gustan de llamarse profesores, que no siempre lo son por vocación y que no siempre acuden con la mente abierta. Los maestros vocacionales que están realmente preocupados por lo que está sucediendo en el sistema aportan mucho valor al debate; son los que han analizado la situación y han extraído interesantes conclusiones, muy necesarias para proceder a la propuesta de reformas positivas; son los que están sinceramente comprometidos para con sus alumnos pero sienten que es muy poco lo que está en su mano, que la huella que puedan dejar es demasiado endeble como para ser útil. Éstos son los que felicitan a las madres educadoras en casa cada vez que conocen a una. Luego están los otros, los que vienen con la mente cerrada, que se sienten personalmente atacados y automáticamente se ponen a la defensiva. Los que son incapaces de comprender que la educación nos importa y nos preocupa a todos, a los que tenemos hijos y a los que no, a los que educamos en casa y a los que no, a los que son maestros y a los que no. Nos preocupa a todos menos a los que se están beneficiando del pútrido sistema heredado de Federico Guillermo I, segundo rey de Prusia. Es decir, a los que se llevan la mordida con los conciertos y el reparto de recursos, a las editoriales, a los maestros-burócratas y a los padres que sólo buscan en la escuela un parking razonablemente barato donde colocar a sus hijos largas horas al día.

Abro el libro al azar y leo esta frase: “A veces sucede que adoptamos una actitud defensiva cuando nos sentimos cuestionados”. Y pienso que me viene de perlas para terminar este artículo, porque eso nos pasa a todos: a los maestros, a los padres que escolarizan y a los padres que educamos en casa. Tomemos nota y actuemos en consecuencia.

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ps. en breve estará disponible el vídeo de la presentación en el canal de youtube del IJM

Devuelvan a Domenic

A final de mes se cumplirán cuatro años del secuestro de Domenic Johanson por parte del estado sueco. Cuando se lo llevaron sólo tenía ocho años. Ahora está a punto de cumplir doce y la única esperanza de sus padres es que, con esta edad, sea ya capaz de deshacerse del lavado de cerebro al que ha sido sometido. ¿Por qué? Porque las autoridades suecas únicamente permitirán las visitas familiares si el niño las pide. Pero, lógicamente, tras cuatro años separado de su familia biológica, integrado en una familia de acogida y en un colegio, con lo que le deben haber contado sobre sus padres y con el miedo que ha tenido que pasar, ¿a qué niño se le ocurriría pedir ver a su familia de origen? En junio de 2009 se llevaron a Domenic. En noviembre de 2010, en una de las escasas visitas permitidas, su padre se lo llevó, por lo que fue detenido y encarcelado. Annie pasó las Navidades sola. En agosto de 2011 me dijeron que tenían pensamientos suicidas. No es para menos. Annie ha sido hospitalizada en varias ocasiones. A mí también se me pararía el corazón si estuviera en su lugar. ¿Y a quién no? Domenic podría ser tu hijo. 

No hicieron nada ilegal: estaba bien cuidado, bien alimentado, bien educado y era feliz. Se iban a ir todos a vivir a la India, el país de origen de Annie, donde iban a desempeñar su nuevo trabajo como misioneros. Estaban en el avión a punto de iniciar el vuelo internacional. Suecia ya ni siquiera tenía jurisdicción sobre ellos. Suecia no respetó su propia legalidad y los detuvo por dos hechos que no eran ilegales en ese momento: no vacunar y no escolarizar. Dos cuestiones que atañían al ámbito estrictamente privado de la familia. Es como si ahora vinieran y le detuvieran a usted por estar leyendo este periódico. ¡Pero si no es ilegal leer el periódico! Tampoco era ilegal no vacunar y no escolarizar. ¿Qué sentido tiene? Es como estar viviendo el proceso de Kafka. 

Queda la esperanza de que, a punto de cumplir los doce años, Domenic tenga acceso a internet y, en algún momento, descubra que sus padres no le abandonaron, que sí están luchando por él, que sí quieren recuperarle. Tal vez, como tanta gente, buscará su propio nombre en Google y cuál será su sorpresa cuando vea que hasta tiene página propia en Wikipedia y que 7000 personas pedimos su devolución desde Facebook. Poco más podemos hacer. Los políticos no se dignan ni a responder. Los periodistas ignoran una historia que no es lo suficientemente jugosa, léase amarillista. Mucha gente prefiere mirar a otro lado y pensar que, si se lo han llevado, “por algo será”. Hasta que les toque a ellos y luego reclamen ayuda y comprensión. Que alguien les salve. 

Si les importa, ni que sea un poquito, únanse al grupo de Facebook, firmen la petición en Avaaz.org,cómprenles un cuadro a Euan y Kier (todo el dinero recaudado es para los Johansson), usen el hashtag #returndomenic cuando twiteen. Si tienen alguna otra idea, escríbannos a alllovingmothersassociation@gmail.com Y cuando alguien les venga a contar que el Estado del Bienestar es la panacea y que Suecia es el ejemplo que todos deberíamos seguir, acuérdense de Domenic y de la policía armada hasta los dientes entrando en el avión para llevárselo.

El exilio es una opción

Soy licenciada de La Sorbonne, hablo tres idiomas y gano sesenta euros a la semana limpiando una casa.” Lo escribe mi amiga Isabelle en su blog personal y lo escribe llorando, tal vez por humillación, tal vez por el dolor de recordar que hace pocos meses era a ella a quien le limpiaban la casa en España. Pero se quedó sin trabajo, se fue gastando sus ahorros para sobrevivir y mantener a sus hijos y, finalmente, decidió regresar a su país de origen, Francia, donde pensó que las cosas serían más fáciles.

A ella al menos le queda Francia. A muchos no les queda nada porque no encuentran la forma de irse del país; muchos que se han quedado sin trabajo, sin casa y con deudas y ni siquiera pueden salir de aquí. Otros lo han logrado: se han ido y han triunfado en el extranjero y, sin embargo, se sienten exiliados forzosos. En estos días hemos conocido el caso de Urbike, la empresa catalana de bicicletas que no consiguió financiación aquí y terminó recalando en Dinamarca, donde se encargará de todo el sistema de alquiler público de bicicletas de la capital. Después supimos que una bióloga madrileña ha participado en el equipo de trabajo que realizó la primera clonación de células madre humanas en los Estados Unidos tras haber sido despedida a causa de un ERE que afectó a la plantilla de un centro de investigación en Valencia. Pero fue el caso del que es considerado el mejor físico joven de Europa, quien ni siquiera llegó a ser contratado aquí y tuvo que irse a Holanda. 

Lo triste, sin embargo, es que pretendamos depender del Gobierno para colocar a nuestros jóvenes, científicos o no. Lo triste es que, en general, exista en España una actitud pasiva en cuanto a la búsqueda  y a la creación de empleo, que tanta gente tenga una mentalidad acreedora cuya única ocurrencia consiste en exigir que se les de un puesto de trabajo o, en su defecto, que se les de una prestación por desempleo, porque es su “derecho”. Estamos extrañamente apegados a la tierra, nos cuesta demasiado esfuerzo siquiera pensar en la posibilidad de hacer las maletas y marcharnos. Fue descorazonador leer el resultado final del proyecto solidario de Nicko Nogués, autor de una iniciativa que llamó “Vete. Yo te pago el billete” y que presentó así: “Me llamo Nicko Nogués, español desde hace 10 meses en México, y estoy un poco cansado de tanto negativismo entre mis conocidos de España. Por eso, si de verdad estás harto de tu situación allí, deja de decir que te irías y vete. Es más, te quito una excusa: yo te pago el billete. Aquí no hay truco ni cartón, pero sí tres condiciones NO negociables: 1) Un único billete para una única persona. Tú eliges el destino, pero la fecha de salida la pongo yo: 1 de Enero. 2) El billete no es para que te pegues unas vacaciones de un mes, sino para que te vayas. 3) Tienes tiempo de pensarlo desde hoy 14 de diciembre de 2012, que es el día en que publico esto, hasta el día 24 de Diciembre de 2012.

Nadie estaba obligado a participar, como es lógico, pero participaron más de 700 personas. Además, se creó una especie de reacción en cadena y otras personas se sumaron al proyecto aportando cosas como un ipad para la persona que se fuera o incluso los gastos de alojamiento y dietas para la primera semana. Aún así, la persona seleccionada renunció a su billete con una excusa peregrina. Nogués, visiblemente decepcionado, decidió saltarse su propia norma de “un solo sorteo, un solo ganador” y repitió el sorteo. Nuevamente, la persona seleccionada declinó la oferta, así que el proyecto Vete se cerró sin que nadie se fuera. Parece que ya no nos queda ni París ni ningún lugar del mundo, porque no nos vamos de aquí ni aunque nos paguen el billete. El proyecto Vete se va a reabrir el 14 de diciembre de 2013, así que la excusa de que 15 días eran insuficientes para preparar un viaje así queda invalidada. La incógnita es: ¿se irá alguien esta vez?

Sí, buana

Si le preguntas a una madre qué es lo que más quiere para su hijo, con toda probabilidad te va a responder “quiero que sea feliz”. Muy pocas te vamos a contestar “quiero que sea libre” pero la diferencia es grande. A menudo, las madres que quieren por encima de todo que sus hijos sean felices están convencidas de que sólo ellas saben mejor que nadie qué es lo que les dará la felicidad a sus hijos. Por eso se dedican a criar hijos obedientes sin darse cuenta de que el resultado será un adulto desorientado que va a necesitar que siempre haya alguien indicándole el camino a seguir.

La profesora Henseler definió a la generación X (nacidos entre 1960 y 1980) como la generación “cuya visión del mundo está basada en el cambio, en la necesidad de combatir a la corrupción, a las dictaduras, al abuso, al sida, una generación en búsqueda de la dignidad humana y la libertad individual, la necesidad de estabilidad, amor, tolerancia y derechos humanos para todos”. Y sin embargo la generación X está criando una generación de niños sumisos, que hoy les obedecen a ellos y a sus profesores pero que mañana buscarán a otros que les manden y les digan qué deben hacer y cómo deben hacerlo. Es como si hubieran encontrado el camino correcto y estuvieran andándolo en la dirección equivocada. Entremedias de la generación X y nuestros hijos, los Z, están los Y, nacidos entre 1980 y 2000, mandándonos claros mensajes que tal vez no queremos ver.

Es todo tan absurdo, en cuanto te fijas un poco. Papá y mamá pasan todo el día fuera de casa, trabajando para poder mantener unos caprichos que sólo poseen pero no disfrutan, porque no tienen tiempo. La casa, la tele y el home cinema, el coche, la segunda residencia con jardín y piscina, la ropa de marca y demás. Papá y mamá pertenecen a esa generación que, supuestamente, buscaba el cambio en el mundo y que, en cambio, ha terminado entrando en la “carrera de las ratas”. Para mantener el absurdo statu quo, necesitan que los niños pasen gran parte del día en la escuela, haciendo cosas que no les interesan, junto a otros niños que se aburren tanto como ellos. Algunos incluso lo pasan mal. Su existencia se limita a inclinarse, estar de acuerdo y obedecer.

Luego les soltamos el discurso de que las cosas han cambiado, de que no deben aspirar a que alguien les dé un trabajo para toda la vida sino que deben perseguir sus sueños y crear su propio trabajo. Hay que emprender, hay que trabajar en internet, hay que ser original y creativo y, sobre todo, hay que convertir la pasión en profesión. Pero ¿cómo van nuestros hijos a dedicarse a aquello que les apasiona si durante toda su infancia les impedimos experimentar libremente para descubrir qué es lo que realmente les gusta? Les entrenamos durante años para ser elogiados y recompensados cuando hacen lo que se espera de ellos y esperamos que después, por arte de magia, se desprogramen y sepan descubrir sus habilidades y sus pasiones y convertirlas en un modo de vida. Nunca antes una generación había sido tan esquizofrénica para con sus hijos. Predicamos una cosa mientras hacemos otra. Les cortamos las alas mientras les exigimos que vuelen. Hemos asumido la idea de la evolución mientras se ha tratado de nosotros superando a las generaciones anteriores. Cuando somos nosotros los que debemos ser superados, nos negamos. A nuestros hijos deberíamos decirles que sí más a menudo, confiando en ellos. Y también deberíamos permitirles decir que no más a menudo, abriendo la puerta a la argumentación y al diálogo y sabiendo que, algunas veces, serán ellos quienes tengan la razón.

Inflación académica

Entro en la web del Última Hora y un titular me llama la atención: “Sólo una de las 25 profesiones con más salida en Menorca requiere de estudios universitarios.” Y continúa: “Los empleos más cualificados escasean en la isla, mientras hay casi 500 universitarios sin trabajo”.

Las escuelas de primaria y secundaria están bastante desligadas de la vida real pero las universidades, directamente, le dan la espalda a la realidad. La sociedad española en general, y la menorquina en particular, lleva varias décadas fomentando los estudios de grado superior entre los jóvenes con la falsa promesa de una garantía de futuro, entendiendo por “futuro” el acceso a un empleo bien remunerado. No importa que la profesión con más salida en la isla sea la de camarero, aquí todo el mundo quiere que sus niños sean abogados, ingenieros o filólogos. Lo que sea, pero con título universitario. A casi nadie le importa el hecho de que sólo el 30% de los titulados universitarios españoles acabe trabajando en algo relacionado con sus estudios. Los que tienen mejores perspectivas, según datos oficiales, son los profesionales de la salud, tal vez porque es más difícil que se dé el intrusismo en este sector. Peor parados quedan todos los relacionados con las artes y las humanidades, además de la arquitectura y la biología.

Quienes desde sus despachos tienen el poder de reformar la educación y quienes desde las calles piden cambios deberían reflexionar seriamente sobre cuál es el objetivo de la escolarización en cualquiera de sus niveles. La educación universitaria no es un derecho universal que haya que garantizar a cualquier precio. Los impuestos que paga la gente trabajadora y honrada no deben servir para financiar los estudios de quienes no valen para ello, ni de quienes no se esfuerzan y repiten año tras año, máxime cuando el 60% de quienes los terminen ni siquiera van a dedicarse al mismo campo.
 

Hemos desprestigiado la formación profesional, que durante décadas ha sido el reducto adonde iban a parar los malos estudiantes, los del fracaso escolar. Hemos desprestigiado las profesiones denominadas “menos cualificadas” que, en realidad, son muy necesarias o más bien imprescindibles. Hemos querido igualarnos, supuestamente al alza, obligando a todo el mundo a escolarizarse hasta la vergonzosa edad de los 16 años y haciendo creer a los jóvenes que si no iban a la universidad no eran nadie. Pero lo cierto es que no todo el mundo sirve para estudiar y que no todo el mundo quiere estudiar, del mismo modo que no todo el mundo sirve para reparar coches o para servir cafés. Un niño de 12, 13 ó 14 años puede estar perfectamente capacitado no sólo para trabajar sino también para elegir a qué dedicarse. Pero después de inventarnos esa cosa llamada adolescencia, la estamos estirando artificialmente, infantilizando a la población y minando su capacidad de decisión y su libertad. Quien sale perdiendo, además de cada uno, es la sociedad española que tiene exceso de licenciados unviersitarios, exceso de desempleados de todas las edades, exceso de dependencia del Leviatán, exceso de condescendencia para con los parásitos de la Carrera de San Jerónimo y exceso de soluciones para todo en la barra del bar o, para el caso, en los muros del Facebook.

Educación financiera: la otra asignatura pendiente

No hay duda de que las nuevas tecnologías son la asignatura pendiente de este país. Se lo conté la semana pasada y les conté también por qué pienso que no se está abordando esta cuestión como es debido. Es obvio que no pueden solucionar un problema quienes son incapaces de diagnosticarlo adecuadamente, es decir, a tiempo y con corrección. Algunas de esas personas que adolecen de una absoluta incapacidad para el diagnóstico de los problemas son los miembros del gobierno. Por eso mienten, se contradicen y hacen filigranas lingüísticas para no llamar a las cosas por su nombre o, lo que es lo mismo, para hablar sin decir nada. Por eso creen que regalar ordenadores a niños de 10 años es darles una educación en nuevas tecnologías.

Hace algunos meses, además, se les ocurrió la brillante idea de incluir en el currículum escolar oficial una asignatura de educación financiera y tributaria porque, decían, “será positivo para el cumplimiento de sus obligaciones tributarias en la edad adulta y será un elemento para prevenir el fraude fiscal”. Pretendían enseñar conceptos como “el de cuenta bancaria, fondo de pensiones, instrumento financiero, préstamo, hipoteca y tener un conocimiento general sobre el funcionamiento del sistema impositivo”. O sea, que quieren empezar a domar a sus ciudadanos desde su más tierna infancia para que se conviertan en sumisos pagadores de impuestos. Pero de crear riqueza nadie dijo nada. Sólo hablaron de enseñarles a dejar sus ahorros en un depósito bancario y a pagar religiosamente sus impuestos.

Los conceptos que en realidad nuestros hijos necesitan conocer son otros, como el del dinero, el déficit, la inflación y la inversión y, créanme, invertir no es apalancar cuatro duros (el que los tenga) en un depósito bancario. La mayoría de las personas no saben cómo funciona el dinero, ni para qué sirve un banco central, ni cuántos impuestos paga y, mucho menos, qué se hace con ese dinero. La mayoría de las personas no saben que podrían pagar menos impuestos de forma legal, ni que hay más formas de ganar dinero que vendiendo su tiempo, ni que la economía es mucho más fácil de entender de lo que los políticos les han hecho creer.

La educación financiera que necesitan nuestros hijos no es el adoctrinamiento tributario que pretenden De Guindos y Wert pero por desgracia las finanzas todavía son un tabú en muchas familias. Hay niños que nunca han podido gestionar su propio dinero; jóvenes que nunca han entrado en un banco; y por supuesto, millones de personas de todas las edades que son incapaces de comprender los más básicos conceptos económicos. ¿Cómo podrán los padres y los profesores dar una educación financiera a los niños si ellos mismos no la tienen? No podrán. Y por eso Rajoy y compañía tienen vía libre para adoctrinarlos a su conveniencia. Por eso y porque tienen a su favor un excelente sistema escolar prusiano que poquísima gente se atreve a cuestionar. Asumamos la realidad: con un sistema escolar del siglo XIX y un sistema laboral del siglo XX es imposible que las cosas nos vayan bien en el siglo XXI.

Nuevas tecnologías. ¿La asignatura pendiente?

Dice el señor ministro que confía en que las escuelas se adapten a las nuevas tecnologías para evitar que se produzca una brecha digital en la sociedad. Señor Ministro: la brecha ya existe. Existe desde que la generación Z se convirtió en la primera generación de nativos digitales y comenzó a dejar en evidencia a las cuatro generaciones que la anteceden, entre ellas a la de los babyboomers como Wert y la de los jones como Zapatero.

Zapatero quería arreglar el sistema escolar creando una escuela 2.0 cuando la sociedad ya estaba entrando en la era 3.0. No sé si creyó que había inventado la rueda o si sólo pretendía vendernos la moto. En cualquier caso, su gobierno gastó 600 millones de euros para dar ordenadores portátiles a los alumnos de 5º y 6º de Primaria y a los de 2º de Secundaria de catorce Comunidades Autónomas. Tarde, tarde. La mayoría de ellos ya tienen ordenador, smartphone y tablet, eso como mínimo; y si no los tienen, probablemente los han usado alguna vez.

PISA incluyó el uso de los ordenadores en su informe del año 2006 y la conclusión fue que aquellos colegios donde más tiempo se dedicaba al uso del ordenador tenían peores resultados. ¿Por qué? Porque la competencia informática no consiste en el manido “nivel usuario” que en los años 90 le daba cierto caché a cualquier currículum profesional. Los niños en las escuelas deberían estar aprendiendo a programar, no a usar un procesador de textos. En PISA 2006 se afirmó que “las competencias básicas en ciencia se consideran generalmente importantes para la absorción de nuevas tecnologías, pero competencias de más elevado nivel son críticas para la creación de nuevas tecnologías y la innovación”. Entonces la cuestión es: ¿queremos un país de consumidores o de creadores de tecnología? En ese informe, más del 77% de los estudiantes españoles quedaron por debajo del nivel 4 en competencia en ciencias. Los creadores de nuevas tecnologías están en los niveles 5 y 6.

Lógicamente los profesores no pueden enseñar aquello que no saben y la generación Z lleva la avanzadilla. La brecha digital es un hecho y sólo puede cerrarse de abajo hacia arriba, nunca al revés. Hay que dejar a los niños en paz para permitir que el aprendizaje suceda.


La organización “One Laptop Per Child” (un ordenador para cada niño) decidió donar tablets a niños de regiones pobres (primero en Etiopía, después se extendió el programa a otros lugares) que no estaban escolarizados, no sabían leer y mucho menos usar un ordenador o una tablet. La LOPC dejó los dispositivos en cajas cerradas al alcance de los niños. En cuestión de semanas, habían abierto las cajas, habían conseguido encender las tablets, habían customizado el escritorio, estaban usando una media de 47 aplicaciones por niño e incluso habían hackeado el sistema. ¿La diferencia con los niños evaluados por la OCDE en PISA? No tenían ministros de educación ni profesores entorpeciendo el proceso, ni diciéndoles que tuvieran cuidado con esos aparatos tan delicados, ni haciéndoles creer que no serían capaces de usarlos sin ayuda.

Lo que se ve y lo que no se ve

El economista francés Frédéric Bastiat explicó en 1839, en su obra titulada «Lo que se ve y lo que no se ve», la paradoja de los cristales rotos. El argumento está dirigido, principalmente, a políticos, economistas y analistas miopes.

La historia es bien sencilla: un gamberro rompe un cristal de una tienda con una piedra. «Lo que se ve» es que el dueño de la tienda va a tener que gastar dinero en reparar el cristal y que esto va a traer un efecto positivo en el cristalero que lo repare.

Sin embargo, «lo que no se ve» es que el dinero que el tendero gastará en el cristal son sus ahorros para adquirir unos zapatos nuevos y, por lo tanto, el zapatero dejará de obtener el beneficio de ese trabajo.

El presidente del Gobierno de Canarias, Paulino Rivero, es sin duda uno de esos miopes que debería analizar mejor «lo que no se ve» cuando dice en su blog presidencial que «el decreto-ley aprobado por la Junta de Andalucía, que permite la expropiación temporal del uso de la vivienda, es un paso especialmente interesante, que conviene estudiar con detenimiento en todos sus términos» para evitar el «drama» de los desahucios.

Es evidente que la falta de vista del señor Rivero sólo le permite ver cómo «ayudar» de forma directa a las personas desahuciadas. Lo que no ve es a aquel trabajador que llevaba años ahorrando y pagando religiosamente su hipoteca hasta adquirir una vivienda y que ahora ha perdido la renta que pensaba recibir después de duros años de ahorro porque su inquilino le deja de pagar al perder su empleo, y el Gobierno le expropia su propiedad.

Lo que no ve es al trabajador que prefirió, en vez de comprar un piso, guardar su dinero ahorrado a base de sacrificios en un banco y que ahora lo pierde porque un gobierno impone la paralización de los desahucios y la dación en pago con efectos retroactivos, causando un enorme agujero extra en los balances de bancos y cajas que podría terminar provocando la insolvencia y la quiebra de las entidades financieras y la pérdida de la mayoría de los ahorros de los trabajadores.

Lo que no ve es que los contribuyentes, ahorradores o no, tendrían que pagar durante años elevadísimos impuestos para costear la inyección de aún más dinero público a la banca para evitar que los depositantes pierdan sus ahorros.

En definitiva, lo que Paulino Rivero y otros muchos políticos miopes como él no ven es que los embargos hipotecarios, el respeto a la propiedad privada y a los contratos son necesarios para garantizar la seguridad jurídica, y que si se llevaran a cabo medidas tan disparatadas como estas se acabaría con la mayoría de la clase media de las Islas y se daría paso a una sociedad aún más pobre.

Profecías autocumplidas. ¿Quién nos sacará de esta crisis?

Una de las frases más repetidas por las madres de niños pequeños en el parque es “cuidado, te vas a caer”. Al final, el niño se cae. “¿Lo ves? Te lo dije. Sabía que te ibas a caer”. En realidad la madre está programando la situación a través del lenguaje pero en vez de provocar un resultado positivo se está esforzando por conseguir uno negativo.

El efecto Pigmalión y la indefensión aprendida son dos caras de la misma moneda que nos muestran el poder de la mente y de las palabras. Si constantemente tratamos a un niño como si fuera un estúpido incapaz de aprender, lo que conseguimos es incapacitarle realmente, dificultar su proceso de desarrollo e impedir que el aprendizaje suceda en toda su magnitud. De igual forma, si lo tratamos como si estuviéramos convencidos de que es plenamente capaz, fortaleceremos su autoestima y le permitiremos desarrollar todo su potencial. Lo he visto muchas veces en niños desescolarizados que estuvieron cohibidos en el entorno escolar, que fueron convencidos de su inutilidad y que sólo comenzaron a florecer cuando fueron devueltos a un entorno que sentían seguro, donde se confiaba ciegamente en ellos, donde los errores eran una parte imprescindible del proceso de aprendizaje y no una prueba de su inutilidad, y donde el mensaje recibido era siempre positivo.

Lo mismo sucede en las comunidades. Ahora mismo en España sólo se oye hablar de crisis: del estallido de la burbuja inmobiliaria, de la corrupción política, de las tasas de desempleo, de la prima de riesgo, del colapso del estado del bienestar, de jóvenes que abandonan el país, de familias desahuciadas, de gente que busca comida entre la basura y hasta del fin inminente de la monarquía. Retroalimentamos el bucle de negatividad si sólo nos fijamos en lo que va mal sin preocuparnos de analizar su origen, sin abrirnos a la posibilidad de que realmente no haya mal que por bien no venga, sin ver la crisis como la necesaria destrucción de lo antiguo para la creación pacífica de lo nuevo.

Mientras algunos sólo buscan a quien culpar, es de agradecer que todavía haya quien sepa darle una vuelta de tuerca a la situación y lance un mensaje positivo. Como el del spot de la compañía Grant Thornton emitido en octubre de 2012 donde hace un repaso por todo lo que aún funciona en España. ¿Ejemplos? Somos líderes en donación de órganos; somos el tercer país del mundo en esperanza de vida según la OCDE, y el segundo para las mujeres; somos el primer país del mundo en energía solar instalada y el cuarto en eólica; tenemos dos de los mejores bancos del mundo según EuroMoney y empresas españolas están desarrollando una vacuna contra el Alzeimer, construyendo la estación meteorológica del Curiosity Mars Rover, construyendo plantas desalinizadoras en Adelaida y en el desierto de Atacama, construyendo parques eólicos en Escocia, gestionando los aeropuertos de ciudades como Londres, Orlando y Bogotá, construyendo el primer tren de alta velocidad de Oriente Medio entre La Meca y Medina y lideran la ampliación del canal de Panamá. En 2011 los ingresos del sector turístico crecieron un 14% convirtiéndonos en el segundo país del mundo en nivel de ingresos después de los Estados Unidos. Las exportaciones de bienes y servicios crecieron un 18% entre 2009 y 2011 y hemos reducido el déficit de nuestra balanza comercial.

Quizás vaya siendo hora de dejar de auto-compadecernos buscando culpables por doquier, de romper el bucle que retroalimenta nuestra negatividad y de usar esta crisis para hacer algo bueno cada uno de nosotros individualmente, sin esperar a que nos salven los demás.

http://blog.lauramascaro.com/