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Etiqueta: educación

Mire usted a Dinamarca

Allí todos los padres, independientemente de la renta que generen, reciben cheques con dinero público que sólo se puede gastar en colegios, privados y públicos. Desde que se instauró, la oferta de colegios privados es mejor y más variada y atiende de forma más cumplida los deseos de los padres. Y la educación pública ha mejorado tanto que hoy los colegios del Estado son una institución respetada.

El principio del cheque escolar es sencillo y parte de una distinción muy clara: una cosa es que el Estado pague la educación y otra que sea el propio Estado quien la gestione, e incluso elija qué educación deben recibir los niños, un derecho que corresponde en exclusiva a los padres. Para dar a esas ideas una salida práctica, Milton Friedman concibió en un artículo escrito en 1955 el cheque escolar: el Gobierno otorga a las familias unos bonos que sólo se pueden gastar en educación, y ellas deciden gastarlo en el colegio que les ofrezca mejores garantías para la formación intelectual y moral de sus hijos.

Se ha implantado en muchos sitios, y en todos con un éxito más que evidente. En Estados Unidos, donde hay un sistema educativo como el que querría Izquierda Unida para España, la lucha por la elección de centro fue un rumor creciente, pronunciado por gentes de toda raza y condición social, políticamente independiente o de los dos grandes partidos. Éstos no le hicieron caso hasta que el estruendo llegó a Estados como Milwaukee, Arizona, Nueva York y muchos otros en que se han impuesto reformas como el cheque escolar o los charter schools, con enorme éxito. En otros países, como Holanda, Dinamarca y Suecia, Canadá, Chile y Colombia, Japón, Nueva Zelanda y Gran Bretaña, la reforma adelantó a la reacción social, siempre favorable.

Los resultados son siempre los mismos. Mejoran el interés de los profesores por su trabajo y los resultados académicos de los alumnos. Los padres están más satisfechos. E incluso cuando los colegios públicos quedan fuera del cheque escolar, la competencia les obliga a mejorar.

La implantación del cheque escolar en España no es ya sólo una buena idea. Se ha convertido en una urgencia, en una necesidad irrenunciable. Nuestro sistema educativo cuenta con colegios públicos cada vez más degradados, más los privados y concertados. Estos últimos sienten la permanente presión de recibir dinero de un poder que no les es favorable en absoluto. Para ellos el cheque escolar supondría un cambio radical, una transformación liberadora, pues, aunque el dinero seguiría siendo público, dejarían de recibirlo del Estado. Las familias, los padres, serán su única preocupación. Y éstos recuperarían un poder de influencia sobre los centros que el Estado les ha usurpado con toda injusticia.

Mi propuesta es la siguiente. El Gobierno fija una cantidad única para las familias que no alcancen cierto nivel de renta. El cheque escolar se podrá utilizar en todos los colegios públicos sin excepción y en los privados que elijan mantenerse dentro del sistema. Si la cantidad no es suficiente para cubrir las tasas del colegio, la familia aportará el resto. Si lo supera, se podrá crear con el resto una cuenta ahorro-escolar en la que se acumula el dinero, que más tarde se podrá gastar, bien en colegios e institutos, bien en universidades públicas o en las privadas que acepten entrar en el sistema.

El cheque escolar se podría combinar con la libertad de gestión, recogiendo experiencia de los charter schools en Estados Unidos. Son estos colegios que llegan a un acuerdo con el Estado, en nuestro caso con la Comunidad Autónoma, por el cual quedan libres de toda regulación educativa (libertad de gestión), y a cambio se comprometen a cumplir unos objetivos de calidad. En España pasaría por superar la calidad de la enseñanza de los colegios públicos en cada Comunidad.

Se les otorgaría libertad por un período, digamos, de cinco años, y si sus alumnos superan en conocimientos a los de los centros públicos, se les renovaría automáticamente. Para ello, la Consejería de Educación impondría evaluaciones externas, iguales para todos los centros, y recabaría de este modo los conocimientos medios de los alumnos. Por otro lado, se reconocería a las familias su derecho natural a educar en casa.

Aunque no podamos despreciar el inmenso daño que es capaz de hacer en cuatro u ocho años, Zapatero pasará. Pero llegará otro con el mismo proyecto radical: eliminar una realidad social que no le gusta y sustituirla por la que imagina. Y para crear ese "nuevo hombre progresista" es necesario imponerse a la voluntad de los padres en la educación de nuestros hijos.

No basta con confiar en que el PP remedará en parte el daño en el sistema educativo, entre otras cosas porque no lo hará. Les falta el valor, es decir, la integridad moral, para hacerlo. Lo único que puede salvarnos del adoctrinamiento y de la ignorancia institucionalizada es recuperar, aunque sea en parte, la libertad de educar a nuestros hijos. Y el cheque escolar es un instrumento adecuado.

Educación nacional, educación irracional

Ahora que de nuevo sale a la palestra el tema de la educación en España, por la fantástica propuesta adoctrinadora del PSOE de introducir la materia Educación para la ciudadanía, un remedo de las asignaturas fascistoides del régimen de Franco pero en versión socialdemócrata, es preciso replantearse el sistema por entero y ver si realmente los parches pueden reparar la rueda.

Si las ruedas tienen un propósito, la educación tiene el suyo propio, formar. Sabiendo que la educación pública falla como todo lo público y, además, los resultados son objetivamente lamentables, por puro utilitarismo deberíamos dejarla de lado. De hecho, cuando se sabe que los propios políticos que impulsan con denuedo la educación pública llevan a sus hijos a colegios privados (ni siquiera concertados), como es el caso del señor Montilla, cuya progenie acude a uno de los centros más exclusivos de Barcelona, podemos empezar a dudar de las bondades de la enseñanza gratuita.

Mientras que la educación esté en manos de los políticos, estamos constreñidos por sus decisiones. El ejemplo más preclaro es el de Cataluña, donde los derechos lingüísticos son vulnerados constantemente. Al estar ante una competencia cedida a la Generalitat, este ente hace y deshace sin rubor hasta el punto de que estudiar en español es como ser libre en Cuba: una quimera.

La solución de la derecha es siempre la misma: recuperar el sentido común y prometer que si ellos gobiernan acabarán con semejantes tropelías, pero el problema sigue en el aire, como un nubarrón que amenaza tormenta. Y el problema, algo que nunca nos cansaremos de repetir, es el Gobierno.

El hecho de que haya lenguas oficiales, que exista el derecho y el deber de conocerlas, hace que por obra y gracia de la Constitución española todos los niños catalanes, vascos, valencianos o gallegos tengan que ser obligados a aprender las lenguas locales y el español.

El idioma es lo que, según los nacionalistas nos define como miembros de la comunidad nacional. Consecuentes con tal tesis, quieren desterrar el español como idioma, rememorando las "hazañas" (sic) de la dictadura del "generalísimo" cuando se propuso eliminar el vasco o el catalán de la faz de la tierra. La combinación de la educación como derecho positivo con la cooficialidad de los idiomas ha dado alas a los nacionalistas para implantar su ingeniería social. Entregarles la llave de las mentes de los niños ha permitido extender el número de acólitos que sucumben al nacionalismo.

Por eso, junto con la privatización total de la educación, la solución pasaría por dejar en manos de los padres el idioma en que quisieran educar a sus hijos y que cada cual se pagara dicho coste, eliminando de una vez por todas el monopolio educativo. La propuesta es ciertamente radical y conllevaría la educación "anacional", es decir, una educación donde la lengua no es óbice para la libre decisión de los padres ni vía libre para el lavado de cerebro de los políticos.

Treinta años después del comienzo de la democracia, los resultados demuestran que el nacionalismo ha conseguido expandir su influencia gracias a la educación y que, en términos generales, la enseñanza es lamentable en este país. Así que podemos seguir estudiando las propuestas de los políticos de turno pero ninguna medida podrá salvarnos de la opresión educativa, cuya destrucción que pasa por echar abajo el mito de que el Estado debe educar a los hijos. Aunque nos hayamos acostumbrado a ella, es una idea tan opresiva como aquella de Platón de imponer el amor de las madres por cualquier niño, quitándole su retoño nada más nacer para que así quisiera luego a todos los chicos de forma igualitaria. De nuevo, el igualitarismo y la igualdad de oportunidades que pretenden impulsar los gobiernos son la excusa para seguir descerebrando a los niños. Frente al axioma "educación nacional, educación irracional" conviene empezar a plantear el lema "educación anacional, educación racional". Liberarnos del nuevo espíritu nacional-socialista es lo verdaderamente progresista.

Miedo a competir

Hay profesores de la universidad pública (no tan pocos como se cree, es cierto) que nada tienen que objetar a que se impartan en centros privados las mismas carreras que ellos enseñan en los centros públicos; ahora bien, la lógica corporativa, a la que no escapa ninguno, explica que, cuando se trata de "declaraciones institucionales", lo normal es que la universidad estatal en bloque "apueste" por la enseñanza pública con carácter excluyente.

La Universidad de Murcia, por ejemplo, acaba de "pronunciarse" sobre la posibilidad de que una entidad privada ponga en marcha una nueva facultad de Medicina. No quiero cargar las tintas sobre esta universidad, ya casi centenaria y meritoria, pero los argumentos con que justifica su oposición no dejan de ser curiosos, y revelan un mal que ya no tiene que ver con ella, sino con la manera en que el Ministerio Cabrera y sus predecesores han venido arruinando la enseñanza superior en nuestro país.

El pronunciamiento o tejerazo de la Universidad de Murcia plantea sobre todo tres cuestiones:

1) Que la excelencia profesional y científica de su Facultad de Medicina hace innecesario que un centro privado ponga en marcha el mismo plan de estudios.

2) Que una nueva facultad de Medicina en Murcia es empresarialmente poco viable.

3) Que la universidad es una institución de interés público independiente de la dimensión mercantil del servicio prestado, sujeto a las leyes de la competencia.

Por lo que hace al primer punto, el hecho de que un empresario ponga en marcha un nuevo negocio no significa necesariamente que los que ya están en el sector lo hagan mal. Simplemente, se trata de alguien que está seguro de que puede prestar ese servicio de forma más satisfactoria. En todo caso, si el prestigio científico de la universidad pública es tan apabullante, no se entiende por qué se opone a que una entidad privada le haga competencia. El cliente no es tonto, y siempre aceptará el mejor servicio al menor coste, así que, de ser cierto lo que proclama el manifiesto universitario, nada ha de temer una universidad del Estado, pues los estudiantes seguirán acudiendo en masa a sus aulas, en detrimento de la nonata facultad privada.

En cuanto al segundo reparo, la opinión de la UM es irrelevante, pues son las entidades privadas que ponen en marcha estos nuevos estudios las que aportan la financiación necesaria para su creación y asumen los riesgos de la empresa. Sólo faltaría que las empresas tuvieran que pedir permiso a los funcionarios universitarios para decidir la ubicación de sus inversiones.

Finalmente, la UM muestra su rechazo a que la educación se considere un servicio más sujeto a las leyes del mercado. Haciendo suyos los típicos resabios de la jerga sindical, suponen que lo público es bueno y la competencia muy mala… sobre todo cuando uno está acostumbrado a vivir beneficiándose de una situación de monopolio. Lo peor de todo es que el principio director de las reformas universitarias de los últimos años es la adaptación de la universidad a… las necesidades del mercado. Desde luego, la Universidad de Murcia podía haberse ahorrado el número, pero ya digo que el mal viene de arriba.

El manifiesto de la UM ha encontrado, cómo no, la comprensión y el apoyo del Consejo Estudiantil. "Exigimos –escriben los representantes de los 30.000 alumnos de la institución, aunque sólo les vote una minoría del censo– el cese de cualquier preferencia que desde instituciones públicas se esté brindando a la universidad privada en detrimento de los intereses de los alumnos de las universidades públicas de la región". Por lo visto, a juicio de los estudiantes de la universidad estatal, sólo ellos pueden recibir dinero público. ¿No les ha explicado nadie que los alumnos de las universidades privadas son tan ciudadanos como ellos, y que sus familias también pagan impuestos? Por lo visto, no.

El miedo a la competencia revela una gran inseguridad en las propias posibilidades. Por otra parte, la ausencia de alternativas a la educación pública lastra el sistema educativo, que pasa de ser un lugar de excelencia académica a convertirse en una corporación endogámica celosa de sus privilegios injustos.

Cualquiera que haya visto cómo funciona la universidad pública sabe de lo que hablamos. Lo último que nos faltaba por ver es a la todopoderosa universidad pública impidiendo que los ciudadanos elijan qué tipo de educación superior quieren recibir con su dinero. Pues ya lo hemos visto.

Educación para la sodomía

Lo que no podíamos suponer es que la ministra cabrera (permítaseme omitir la mayúscula en el apellido, como le gusta a García Domínguez) iba a ser tan explícita sobre lo que va a hacer con nuestros chiquillos para convertirlos en votantes ejemplares del PSOE.

El material de apoyo de la asignatura es espléndido. Me refiero, claro, al magnífico estudio antropológico, de gran valor educativo, cuyo título reza Alí Baba y los cuarenta maricones (los progres y sus metáforas, siempre tan sutiles). Hojeando este documento esencial para la educación infantil veo a dos señores agachados junto a un burro especialmente bien dotado, haciendo cábalas sobre diámetros, longitudes y su proporción con ciertos orificios de llegada, cuyo estudio será sin duda de gran provecho para los niños que tengan el privilegio de trabajar con él en clase. No obstante lo anterior, los profesores deberán andar muy finos en sus explicaciones, pues hasta los niños saben que, a pesar de su complejidad, la anatomía humana es un sistema perfectamente estructurado, con unos orificios de entrada y otros de salida. El orto, precisamente, pertenece a este segundo grupo, así que a ver cómo logran hacer entender a las criaturas esta aparente contradicción en materia de tráfico rectal.

Cuando vea a su hijo jugando a cambiarle la ropa a los madelman o quedarse embobado viendo películas de gladiadores, puede usted estar completamente seguro de que la criatura va directa a la matrícula de honor en esta materia. La otra opción es declararse objetor a esta asignatura, haciendo constar que sólo arrancando a sus hijos de sus manos yertas podrá la autoridad educativa torturarles con semejantes cochinadas, que es lo que pienso hacer yo mismo llegado su momento. Porque una cosa es enseñar a los niños a respetar ciertas formas de vida, cosa que ya hacemos los padres normales, y otra muy distinta animarles a ponerlas en práctica a despecho de lo que opinen sus papás y mamás.

Por supuesto, los hijos de los altos cargos socialistas no van a "disfrutar" de las divertidas enseñanzas de esta novedosa asignatura, pues en su inmensa mayoría asisten a colegios privados de superlujo, preferentemente católicos. Allí, en lugar de las bondades de tomar por retambufa, los niños de los líderes de progreso aprenden álgebra, matemáticas, física o historia, que es la mejor educación para la ciudadanía que se ha inventado desde los griegos. Lo del multiculturalismo, la megatolerancia, el mestizaje y el mariquiteo está muy bien, pero para los niños de los obreros en los colegios públicos de los suburbios donde, precisamente, el PSOE tiene su mayor semillero de votos, cosa que, paradójicamente, parece preocuparme sólo a mí, que jamás he votado a la izquierda. Los hijos de las elites progresistas, a colegios de curas y después a una buena universidad privada de los Estados Unidos.

Pero no conviene sulfurarse demasiado con esas cuestiones. La LOGSE (y su siniestra secuela) ha sido una herramienta tan efectiva en la producción industrial de burricie académica que, por mucho que lo intente la ministra, ningún estudiante podrá repetir al terminar el bachillerato ni una sola línea de todo este material pedagógico con que ahora se les amenaza. Están tan inmunizados contra el conocimiento puro que lo más probable es que sientan un rechazo espontáneo cada vez que escuchen algún concepto de los que esmaltan el proyecto de ciudadanía que zapatero quiere grabar a fuego en sus alborotados cerebritos.

Y un apunte final acerca de la promoción festiva de la homosexualidad, en la que quizás no hayan caído los altos cargos del ministerio: la Iglesia Católica exige respeto para los homosexuales, el Islam los ahorca en una grúa y el comunismo los encarcela. ¿Incluirán también este pequeño detalle en el diseño curricular de la materia?

Hazte rico o muere en el intento

Es irónico que el Gobierno nos diga que no hemos de obsesionarnos con el dinero cuando son los políticos quienes mayor amor desenfrenado sienten por nuestros billetes. No tiene ningún escrúpulo para expropiar nuestra producción con impuestos y multas; crean inflación para aumentar sus beneficios y entran unilateralmente en déficits que tendrán que pagar nuestros hijos, es decir, aquellos a quienes ahora adoctrinan.

También es sumamente irónico que el Gobierno se crea autorizado a dar clases de cómo hacer un uso responsable del dinero. Ningún Gobierno ha destacado por su responsabilidad económica precisamente. Como dijo Ronald Reagan, el Gobierno gasta el dinero como un marinero borracho. Luego tuvo que pedir disculpas a los marineros borrachos porque ellos, al menos, se gastan su propio dinero. Y es que el Estado tiene tanta autoridad moral para impartir valores como la mafia.

Como se suele decir, el dinero no da la felicidad, pero ayuda mucho. Si queremos que nuestros hijos sean personas prósperas hemos de hacerles ver que las cosas cuesta ganarlas. Cuando antes aprendan los niños que los logros provienen del esfuerzo y trabajo personal, antes estarán preparados para enfrentarse al mundo real y ser así unos triunfadores. Cuando antes se den cuenta que sus habilidades y aptitudes tienen un precio, más se esforzarán en servir a los demás y conseguir su justa recompensa económica mediante el intercambio pacífico del libre mercado.

Por el contrario, si siguen los mandatos educativos de Zapatero, lo único que aprenderán es a vivir de la mendicidad del Estado y a costa del trabajo de los demás. El actual Gobierno socialista quiere un futuro de funcionarios mentalmente estériles que sirvan al Estado como robots. ¿Así quiere ver a su hijo?

Veamos el ejemplo de un triunfador y cuán diferente era su punto de vista. André Kostolany era estudiante de Filosofía e Historia del Arte. Su padre le dijo que dejara los estudios y se pusiera a trabajar como bróker en París. Así lo hizo y empezó ofreciendo sus servicios gratuitamente. Tardó años en aprender cómo funcionaba el mundo de la bolsa y las finanzas. Además, se arruinó en diversas ocasiones llegando a pensar en el suicidio, pero su trabajo constante, su vitalidad y amor por el dinero le mantuvieron a flote. Afirmó que "el que quiere ser rico ha de estar hipnotizado por el dinero como una serpiente por su encantador", una de las claves de su éxito. Los valores de su padre y no del Gobierno, junto con su pasión por el triunfo financiero-empresarial le convirtieron en un hombre increíblemente rico y en alguien adorado por millones de personas que aspiran hoy día incluso a ser como él.

Probablemente, Kostolany, de estar educado en los valores de Zapatero y haber desoído a su padre, no habría sido más que un chupatintas de tres al cuarto en alguna universidad de Budapest. ¿Quiere ver a su hijo como un súbdito más, como un robot programado por el Estado, o como un moderno Kostolany con millones de euros, dólares y acciones en algún paraíso fiscal bien lejos de las zarpas del Gobierno?

Zapatero te quiere adoctrinar

Aun así, una mayoría de la población sigue desconfiando de esta tesis. A sus ojos el Estado sigue siendo un altruista benefactor que trata de proporcionar al pueblo llano la escuelita que necesita para no quedarse rezagado frente a los ricos y poderosos. Por supuesto, quienes sostienen tales ideas deberían caer en la cuenta de que ellos mismos han sido educados en un sistema controlado firmemente por el Estado, y de que, por consiguiente, buena parte de sus ideas puede ser producto de esa manipulación originaria.

Entre los rufianes que se benefician del sistema y los cándidos serviles que se creen la cantinela de los anteriores, la educación pública sobrevive como el más prodigioso aparato de adoctrinamiento masivo que existe.

Las últimas maniobras del Gobierno socialista, con todo, deberían hacer caer de la parra a más de uno. La asignatura de Educación para la Ciudadanía que pretende implantar el Ejecutivo desvela con toda claridad el propósito primigenio de todo el sistema educativo español: crear entusiastas militantes del Estado.

Aun así, no dudo de que la mayoría de los españoles siga siendo tan pusilánime como para mirar hacia otro lado mientras le azotan la espalda, pero confío en que el descaro totalizador de la asignatura abra al menos algunas brechas entre las adormiladas conciencias patrias.

De hecho, la revolución educativa que ha planteado ZP ya ha tenido su particular reacción en el Gobierno de Esperanza Aguirre, que, en un alarde de magnanimidad y de liberalismo extremo, ha permitido convalidar la asignatura por labores de voluntariado. Vamos, como cuando Mao sustituyó la lectura de su Libro rojo en las escuelas y envió a los niños a las granjas rurales para reformar su espíritu mediante el trabajo.

Al Gobierno, obviamente, esta injerencia en su agenda interna le ha sentado como una patada en la espinilla, y se ha afanado en recordar que la asignatura es obligatoria. ¡Y tan obligatoria! Como que sustituyen el cerebro de los críos por una papeleta electoral del PSOE.

Basta pasarse por los contenidos de la asignatura para comprender el alcance ideologizador y emburrecedor de la materia.

Por ejemplo, en contenidos comunes encontramos

Reconocimiento de las injusticias y las desigualdades. Interés por la búsqueda y práctica de formas de vida más justas. Participación en proyectos que impliquen solidaridad dentro y fuera del centro.

Como toma de posición ética no está mal: desigualdad = injusticia. O, dicho de otro modo, cualquier orden social no igualitario es intrínsecamente injusto y maligno. Afortunadamente, el cirujano estatal estará siempre presto para realizar las oportunas operaciones, apelando siempre, eso sí, a los sentimientos de solidaridad "fuera del centro" que convenientemente se habrán encargado de insuflarnos.

¿Que un empresario gana dinero? Explotación. ¿Que un individuo se compra una segunda casa para veranear? Especulación. ¿Que un hombre accede a un puesto de responsabilidad en una compañía? Sexismo. ¿Que critico ciertos dogmas del islam? Xenofobia. ¿Que estoy en contra de las ayudas estatales al Tercer Mundo? Genocidio.

Lo importante no es que los individuos entablen relaciones libres y voluntarias, que cumplan de buena fe los acuerdos contractuales o que reparen los daños que causen. Todo esto no tiene nada que ver con la justicia; de hecho, la libertad puede generar injusticias si da paso a una distribución desigual de la renta. ¿Seguro que ZP no es un clon procedente de un gen tonto de Karl Marx?

Otro ejemplo de adoctrinamiento lo tenemos en el siguiente punto:

Ciudadanía global. Desarrollo humano sostenible. Cooperación. Los movimientos comprometidos en la defensa de los Derechos Humanos.

El multilatelarismo estatista de ZP metido de lleno en las aulas. Ahora resulta que somos ciudadanos del globo, esto es, que nos adscribimos a un Estado mundial cuya misión parece ser promover un desarrollo sostenible de la Humanidad; o, dicho de otro modo, planificar, controlar, dirigir y reprimir las vidas de 6.000 millones de personas para evitar la extinción del chinche verde.

Y como el Estado no produce nada sino que se nutre del expolio de la población, supongo que será necesario crear algún impuesto mundial, como la Tasa Tobin, para financiarlo. Al fin y al cabo, parece que el compromiso con la defensa de los Derechos Humanos debe consistir en vulnerar los derechos naturales más elementales de manera sistemática. Las personas tienen derechos en la medida y en la extensión en que el Estado los tolere, pues en todo caso están sometidos a que no den lugar a un orden social desigual. Hay que apretar las tuercas y mover las palancas intervencionistas conforme sople el viento de la libertad.

Pero si todo esto es escandaloso –y lo es mucho–, esperen a ver el método de evaluación:

Reconocer los Derechos Humanos como principal referencia ética de la conducta humana (…) Se trata asimismo de valorar si el alumnado entiende los derechos humanos como una conquista histórica inacabada y manifiesta una exigencia activa de su cumplimiento.

No se conforman con atiborrar de basura, mentiras y prejuicios socialistas a los escolares, además quieren que se crean esas falacias y que las asuman como la Verdad. La posición ideológica de cada alumno –y no el grado de conocimiento sobre una posición ideológica– es uno de los criterios de evaluación. Estamos ante los exámenes y las supervisiones de pensamiento: el objetivo auténtico, como en 1984, no es soportar estoicamente al Gran Hermano, es amarlo y adorarlo como al auténtico y único realizador de la Humanidad.

Con estos mimbres, no es de extrañar que el Gobierno se empeñe en que la asignatura sea obligatoria en toda España. ¡Si les garantiza el chiringuito por varias décadas!

Es momento de volver a reivindicar la muy necesaria separación de la escuela y el Estado. La solución no pasa por confiar en que otros políticos lleguen a salvarnos. El problema es inherente al sistema: la estabilización coactiva de los alumnos para que se les inculque un programa aprobado por los políticos y para los políticos.

La solución real consiste en que los padres caigan en la cuenta de que la educación de sus hijos les corresponde a ellos. Es hora de generalizar el homeschooling y la educación privada, de cerrar escuelas públicas y de enterrar los planes escolares obligatorios y centralistas. La libertad requiere de responsabilidad y desemboca en diversidad: si no quiere ser un peón de la burocracia y del poder político, saque a sus hijos de los centros de adoctrinamiento estatales.

Ciudadanos de segunda y proteccionismo lingüístico

El reportaje Ciudadanos de Segunda emitido por Telemadrid el pasado mes de abril relata la discriminación de que son objeto los castellano-hablantes en Cataluña por parte de la administración autonómica, desde padres que no pueden escolarizar a sus hijos en castellano a comerciantes multados por rotular solo en ese idioma. En su denuncia de las injusticias el documental es muy acertado, pero su tono excesivamente dramático y su desconexión con las verdaderas inquietudes de quienes apoyan esta discriminación no lo hacen apto para una audiencia catalana.

En Cataluña no se vive un conflicto lingüístico en la calle, la gente practica el bilingüismo con naturalidad. La insinuación de que existe un tenso conflicto social entre castellano-hablantes y catalano-parlantes sería interpretada por una audiencia catalana como una distorsión de la realidad y vendría a alimentar las suspicacias sobre las intenciones de "los de Madrid". Como señala Antonio Robles: "[El documental] expone una realidad que es incontestable (menos para los nacionalistas), pero deja de exponer otra que falsifica el conjunto. La exclusión de los derechos de los ciudadanos castellanohablantes se circunscribe a los organismos oficiales de la administración de la Generalitat de Cataluña (…) pero la sociedad civil en general no vive estos avatares con exclusión y mucho menos con angustia."

Por otro lado, la mayoría de partidarios de la normalización lingüística no quiere desterrar el castellano ni finiquitar el bilingüismo, sino proteger una lengua y una cultura que perciben amenazada. Sin duda algunos albergarán el deseo oculto (o no tan oculto) de catalanizarlo todo, pero por lo común las políticas lingüísticas son vistas como una ayuda a la lengua débil, una lengua que sin la protección del Estado temen que podría desaparecer. Si se tiene por finalidad convencer a los catalanes que no están convencidos es preciso dar respuesta a sus argumentos y a sus temores, en lugar de pasarlos por alto o atribuirles razones e intenciones que les son ajenas.

La idea de que el catalán compite en inferioridad de condiciones con el castellano está arraigada en Cataluña, y en mi opinión no es ningún disparate. La mitad de la población catalana es castellano-hablante, en los medios predomina el castellano con diferencia, en el cine, en la empresa, en la literatura o entre la comunidad inmigrante. Los catalano-hablantes suelen adoptar de forma automática el castellano cuando se dirigen a desconocidos o cuando algún miembro del grupo es castellano-hablante. Pocas veces sucede lo contrario, aunque los catalano-hablantes sean mayoría en el grupo, y esta situación tiende a multiplicar las interacciones en castellano. Yo mismo soy catalano-hablante y hablo en castellano con gente catalano-hablante porque cuando nos conocimos nos dirigimos mutuamente en castellano. Es raro encontrar ejemplos de castellano-hablantes que hablan entre ellos en catalán. En última instancia el castellano tiene una ventaja evidente sobre el catalán: es más útil.

El lenguaje posee lo que se denomina "efectos red": la utilidad que asigna un individuo a una determinada lengua depende del número de individuos que hacen uso de ella, y la incorporación de nuevos hablantes añade valor a la misma. De este modo, cuanto más individuos hablan una lengua, más atractivo resulta para los demás sumarse a ésta, y en la medida en que se incorporan nuevos hablantes, aún más atractivo es para el resto adherirse, y así sucesivamente en un flujo de retroalimentaciones positivas que a menudo fortalecen la posición de las lenguas más extendidas y debilitan la posición de las que lo están menos.

Es en este contexto en el que se enmarca la defensa de la discriminación positiva en favor del catalán. Albert Bastardas, por ejemplo, sostiene en su artículo De la normalització a la diversitat lingüística que "la tentación de los grandes grupos lingüísticos de ocupar el máximo de funciones y de dificultar el uso de las lenguas de los grupos menores o medios (…) crecerá y aumentará con fuerza. Es aquí donde el papel de los Estados (…) deviene crucial. En lugar de tener una relación de ignorancia o bien de hostilidad, deberán pasar a una de solidaridad y manifiesta ayuda (…) [Es necesaria] una actuación de carácter compensatorio y equilibrador favorable a los grupos lingüísticos proporcionalmente más débiles".

El problema es que Bastardas se refiere a estas fluctuaciones como si sucedieran al margen de las acciones y las preferencias de los individuos. Alude a la "tentación" de los grandes grupos lingüísticos de ocupar más funciones y dificultar el uso de las otras lenguas, pero son los individuos de las otras lenguas los que realmente se ven tentados, en razón de los efectos red mencionados, a incorporarse a los grandes grupos lingüísticos. En un escenario no-intervenido, el grupo lingüístico mayor sólo desplaza a las otras lenguas porque los hablantes de éstas últimas se trasladan voluntariamente al primero para beneficiarse de su mayor alcance. Bastardas y el resto de proponentes de las políticas lingüísticas, al invocar una actuación compensatoria y equilibradora por parte del Estado, están abogando por "compensar" y "equilibrar" las elecciones de los individuos. Están, y ese es el problema, apelando al Estado para imponer sus preferencias a todos.

La lengua debe emanciparse del Estado para que evolucione espontáneamente, hacia donde quieran llevarla sus hablantes. Para ello no basta con que el Estado sea "neutral" dentro de la Administración y los servicios públicos. Lo mismo que la religión sólo puede separarse del Estado si las iglesias son privadas, el Estado sólo puede separarse completamente de la cultura y la lengua si devuelve los espacios y servicios públicos a la sociedad civil. En el ínterin lo mejor será permitir la diversidad y libertad de elección en los espacios públicos (por ejemplo en la enseñanza), ajustándose al máximo a las preferencias de los contribuyentes intentando reproducir así el resultado que tendría lugar en el mercado.

Sinceramente, no sé si el catalán, sin la "protección" del Estado, tenderá a quedar arrinconado y acabará por extinguirse en el largo plazo. Es posible, y no es una visión que me agrade, pero si ocurriera sería porque sus hablantes no lo han promovido con el ímpetu necesario y han preferido adherirse a otras lenguas. Nada de esto justifica convertir a los hablantes de una u otra lengua en ciudadanos de segunda.

Progresismo verruguero

La LOGSE y sus secuelas normativas han realizado una imprescindible labor modificando las conciencias de las nuevas generaciones, pero entre la escuela y las listas del paro faltaba un eslabón formativo que campañas como la de la verruga Warren suplirán con creces.

Erradicadas de la enseñanza elemental cuestiones tan reaccionarias como el esfuerzo individual, el afán de superación y, sobre todo, la transmisión de los valores morales típicos de la cultura occidental, que tanto daño nos han hecho a las generaciones anteriores a la llegada de Rubalcaba y Maravall al Ministerio de Educación, era del todo punto necesario continuar esa labor de modelado espiritual en la fase postadolescente. En esa etapa tan crítica del ser humano es necesario cincelar la mente todavía inmadura del individuo con conceptos progresistas como interculturalidad, ciudadanía global, cooperación y paz, derecho a la emancipación y, por supuesto, el imprescindible desarrollo sostenible.

Hay que convencer a los jóvenes de que tienen derecho a una vivienda digna, es decir, a que el Gobierno les proporcione un picadero decente sin necesidad de recurrir al incómodo expediente de la okupación, a un empleo también digno (bien pagado y cerca de la casa de papá) y a que el mundo se convierta en un festival ecuménico de interculturalidad, mestizaje, tolerancia y buen rollito.

La campaña de la verruga Warren es extraordinaria, ya digo, sobre todo porque explica perfectamente la receta para conseguir todos estos derechos imprescindibles que tanto preocupan a nuestros jóvenes. Se trata de que la juventud abandone el egoísmo individualista y se lance en tromba a la defensa de los derechos colectivos a través de las múltiples asociaciones puestas en marcha por los acorazados de progreso.

Hay una escena en el anuncio de la verruga que esmalta admirablemente este concepto esencial. Una chica, en el colmo de la insolidaridad, acude a una entrevista de trabajo en lugar de implicarse en la lucha por un mundo más justo a través de movimientos sociales alternativos. Entonces, su egoísmo individualista es castigado por la verruga justiciera, que boicotea la entrevista con insultos hacia el empresario que pretende contratarla. ¿Qué deben los jóvenes aprender de esto? Pues que el involucrarse en la maquinaria capitalista a través del trabajo personal para disfrutar de comodidades burguesas es un grave pecado reaccionario, de ahí que la verruga del Consejo de la Juventud se vea en la obligación de putear a la insensata.

Debemos felicitar al Consejo de la Juventud, pues acciones como esta campaña de la verruga son absolutamente necesarias si queremos que nuestros jóvenes se conviertan en ciudadanos verdaderamente progresistas y, sobre todo, sepan lo que deben votar llegado su momento.

José Antonio Marina y la educación fracasada

Uno de los libros que recientemente he terminado y del que he disfrutado mucho es La Inteligencia Fracasada de José Antonio Marina. Desde hace un tiempo, este autor ha adquirido cierta relevancia a nivel popular, en especial por sus opiniones e iniciativas relativas a la educación en los colegios.

Sin embargo, el propio autor cae, como en la profecía auto cumplidora, en el mismo mal que señala. Apunta, en el libro citado, que hay personas con una inteligencia fracasada: son aquellos que, a pesar de tener una alta inteligencia computacional, padecen carencias en la capacidad de encaminar sus acciones. Las tres causas principales de este fracaso son, para Marina: la introducción de módulos mentales inadecuados, la ineficiencia de la inteligencia ejecutiva y una equivocada jerarquía de los marcos, es decir, de los ámbitos en los que nos movemos. Para él, la sublimación, el logro máximo de la inteligencia es la ética, que ha conseguido que de animales listos pasemos a ser animales con dignidad.

Pero al lado de estas ideas tan claramente expuestas, considera que los logros más notables de nuestra inteligencia son "la invención de los derechos humanos, los sistemas de protección social, la dignidad o la justicia". Tal cual, todo revuelto.

Además, cuando haciendo caso de su idea según la cual la suprema inteligencia te lleva a la acción, uno se asoma a su proyecto educativo, de nuevo, observa esta mezcolanza terrible de grano y paja que, en realidad, explica gran parte de su predicamento en nuestros días. Frases como "para educar a un niño hace falta la tribu entera" llevan a una terrible confusión. Porque es verdad que los niños son el futuro y que los miembros de cada sociedad deberían preocuparse por ellos. Y, en concreto, en la nuestra, es importante que nos demos cuenta de lo importante que es educar en valores, no desentenderse. Pero de ahí, no se sigue todo lo demás. Y todo lo demás es una propuesta para la futura asignatura "Educación para la ciudadanía" en la que se pretende enseñar los valores éticos y morales de todos a los niños. Y por si alguien piensa que no todos tenemos los mismos valores afirma:

Quienes defienden esa irresponsabilidad se centran en dos o tres temas, sin duda conflictivos, como si fueran los únicos que tienen relevancia ética: el aborto, la ingeniería genética, la homosexualidad y la familia. Durante muchos años los intelectuales de izquierda defendieron con la misma contundencia que los únicos problemas éticos afectaban a la propiedad y al reparto de bienes.

Como si los problemas éticos que cita, además de conflictivos, no estuvieran relacionados con el tema supremo de la propiedad. Como si detrás de la visión ética de la familia no hubiera implícito un modelo de sociedad, un sistema ético, los valores de los que habla.

La pregunta que flota en el aire es "Pero, ¿quién es la tribu?". Si somos todos, ya sabemos que, al menos desde Marx, "todos" somos el Estado… Si usted es marxista, ¡adelante!, como sus hijos según la ley, son de su propiedad, en cierta medida, ya que tiene la patria potestad sobre ellos, deje que los eduque la tribu estatal. Los míos no. Para mí, la tribu inicial del niño es la familia. Y ese es el punto de partida.

¿Cuál es el problema a mi entender? La jerarquía de los marcos es errónea. Primero está el individuo, y después la sociedad. No deciden todos sobre mis hijos, no decide el Estado, ni el colegio, ni mis parientes. Decido yo, que tengo la patria potestad. Señor Marina, me da que, diga lo que diga, esto va a ser un problema de propiedad…

Zapatero nos da lecciones de moral

Pues ahora hágase la siguiente pregunta: ¿confiaría a Zapatero la educación moral de su hijo? El simple planteamiento produce escalofríos. Pero eso es exactamente lo que va a ocurrir para millones de familias españolas, gracias a la Formación del Espíritu Progresista, también llamada Educación Para la Progresía.

El objetivo es convertir a sus hijos en los hombres y mujeres nuevos progresistas. Le llamarán "progenitor A" o "progenitor B", o una versión acortada para SMS. Sabrán que eso del género es algo cultural y por tanto arbitrario. Que uno es hombre o mujer no porque tenga lo que hay que tener, sino por oscuras imposiciones sociales, de las que cualquiera puede desembarazarse, sin necesidad ni de pasar por el quirófano. Que, por tanto, la distinción entre heterosexualidad y homosexualidad es arbitraria. Saldrán de la escuela sabiendo que hay una fuerza oscura, llamada religión, cuyo único objetivo es hacerles infelices y prohibirles todo a lo que tienen derecho: todos esos comportamientos que antes se llamaban inmorales.

Menos mal (ellos lo aprenderán así en la escuela) que existe la tolerancia. Es decir, la convicción de que no hay valores absolutos, de que cada uno es cada uno y tiene sus cadaunadas, y que es lo mismo una moral que otra, una cultura que otra. Siempre que no sea represora y retrógrada; es decir, occidental. Para todo lo que huela a transmisión de la cultura y los valores occidentales, "tolerancia cero". Es más, su hijo gozará de auténticas "sesiones de odio", como las de Goldstein en el 1984 de Orwell. Pero con protagonistas distintos, claro, como las sociedades abiertas (la globalización), la familia tradicional, la Iglesia…

Es lo que los redactores de la LOE llaman un "mínimo común ético", que es mínimo ético, pero en absoluto común. De hecho, cuando el Gobierno quiso consensuar la ley con las ONGs al echar mano del listín, a quien llamó es mayoritariamente a los firmantes del Manifiesto por una sociedad laica, es decir, una sociedad en la que el Gobierno logre expulsar la religión de la vida pública.

El vicepresidente de la Conferencia Episcopal Española, Antonio Cañizares, ha llamado a la objeción de conciencia ante la asignatura. Yo ya he recordado los derechos a la desobediencia civil y a ignorar al Estado. Pero es que, además, de puro progresista, la ley nos da el instrumento legal para evitarla, y es que ha "legalizado" los novillos, nada menos. Así que invite a sus hijos a saltarse la instrucción en antivalores, y que juegue o haga algo útil. Leer, pongo por caso.

Alguno dirá que eso no le toca, porque puede llevar a sus hijos a algún colegio suficientemente protegido de los estragos de la LOE. Suerte que tendrá. Se encontrará, además, en las reuniones de padres, a los ministros y dirigentes socialistas, que huyen (con buen criterio) de la educación pública. Pero le toca, ya lo creo que sí. Porque cuando crezcan tendrán que vivir en una sociedad de damnificados por la LOE. Mientras, luchemos por la libertad de enseñanza y resistámonos a tener a Zapatero como guía moral de nuestros hijos.