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Etiqueta: educación

Libertad de enseñanza

El artículo comienza con una cita del preámbulo del Plan de Instrucción Pública redactado en 1836, escrito por el Duque de Rivas, que dice así:

El pensamiento es de suyo lo más libre entre las facultades del hombre; y por lo mismo han tratado algunos gobiernos de esclavizarlo de mil modos; y como ningún medio hay más seguro para conseguirlo que el de apoderarse del origen de donde emana, es decir, de la educación, de aquí sus afanes por dirigirla siempre a su arbitrio, a fin de que los hombres salgan amoldados conforme conviene a sus miras e intereses. Mas si esto puede convenir a los gobiernos opresores, no es de manera alguna lo que exige el bien de la humanidad ni los progresos de la civilización. Para alcanzar estos fines es fuerza que la educación quede emancipada; en una palabra, es fuerza proclamar la libertad de enseñanza.

La libertad de enseñanza. ¿Existe hoy en España? El dueño de un colegio privado ¿De qué es dueño, aparte de las paredes que contienen las aulas, de las instalaciones, del material escolar? Pues lo que en ellas se enseñe no depende de su criterio, de su vocación educativa o de su deseo de cumplir con los deseos de los padres, sino de un programa oficial. En una sociedad libre, los colegios podrían elegir el suyo propio. Incluso habría programas elaborados por Reales Academias o por otras instituciones, a las que los colegios podrían adherirse, a voluntad. No habría limitaciones para la elección, en competencia, de nuevos y viejos métodos educativos. Los padres recuperarían en la práctica un derecho que solo a ellos pertenece, y es elegir lo que consideran más adecuado para la formación de sus hijos. Lo que entienden que les conviene para desarrollar su persona, para situarle en la sociedad, en el país y la cultura que les ha tocado.

Estamos tan acostumbrados al monopolio de la instrucción por el Estado y a la sustitución de ésta por la pura propaganda, al margen e incluso en contra de los deseos de los padres, que nos cuesta hacernos a la idea de que la educación fue libre en origen y que puede volver a serlo de nuevo, si hacemos algo para recuperar ese derecho robado, que es la libertad de enseñanza que reclamaba el Duque de Rivas.

Dar a los padres la oportunidad de otorgar a sus hijos una buena educación. Este es el objetivo de cualquier política de educación que merezca ese nombre. Pero quienes guardan en su alma sueños totalitarios, deseos de transformación social, de construcción nacional, han contaminado la educación con otros objetivos: la igualdad, el olvido de España, el odio a nuestra herencia cultural occidental… La única objeción seria que se ha pronunciado contra la libre educación es que los más pobres no podrían pagársela. Hoy sabemos que la iniciativa privada llega a los pobres de entre los pobres. Sabemos, además, que el Estado podría pagar la educación de quienes menos tienen sin necesidad de entrometerse en su gestión, gracias al cheque escolar.

No queda ninguna razón para que el Estado siga imponiéndonos la educación. Que yo sepa, el PP no está por levantar de la sociedad ese yugo. Pero es hora de exigírselo, a él como a los partidos que tengan algún interés en la libertad de los ciudadanos. Es nuestro deber hacerlo.

Euskaldunización y educación pública

No cabía esperar que este Foro pariese otra conclusión. Y no por su carácter independentista, sino por su adoración del estatismo y su alergia al autogobierno del individuo. El adoctrinamiento y la exterminación de lenguas han estado íntimamente relacionados con el origen de la educación pública obligatoria y no iba a ser una excepción el modelo que pariese un Foro de partidos estatistas hasta la médula.

Desde que en 1717 el estado totalitario prusiano legislara, por voluntad de Federico Guillermo I, la asistencia obligatoria de todos los niños a colegios estatales, el modelo se ha extendido por todo el continente y no ha habido político que se resistiese a la tentación de usar ese fabulosa arma de dominación política. "Educación del Estado, para el Estado y por el Estado"; así definió el modelo de público y obligatorio uno de los más destacados defensores prusianos de este esquema para abducir cerebros juveniles y disciplinarles para mayor gloria de la nación. La imposición del servicio militar obligatorio avanzó de la mano de la educación estatal y sería difícil imaginar que hubiese podido ponerse en práctica de otro modo. La Revolución Francesa es un buen botón de muestra. El caso francés es interesante porque los políticos revolucionarios franceses no sólo establecieron la educación obligatoria en 1793 sino que impusieron la lengua francesa como el único idioma de esa "República, una e indivisible".

Desde entonces y hasta ahora el sistema público de educación ha sido utilizado en todos los puntos del viejo continente, como bien explicó Murray Rothbard, "como una terrible arma en manos de los gobiernos para imponer ciertas lenguas y destruir las lenguas de diversos grupos lingüísticos y nacionales dentro de sus fronteras". Este fenómeno tampoco se le escapó a Ludwig von Mises para quien la educación pública es un "instrumento de opresión y tiranía lingüística que en los territorios europeos lingüísticamente mezclados se convirtió en un arma temible en manos de los gobiernos resueltos a cambiar la fidelidad lingüística de sus súbditos".

Durante años la educación coactiva estatal fue usada en nuestro país para aplastar las minorías lingüísticas. Ahora son las minorías nacional-socialistas las que tratan de someter al resto. Hoy son ellos y mañana serán otros los que traten de implantar en las mentes de los jóvenes sus sueños de dominación política y lingüística a través de la educación pública. Lo cierto es que a día de hoy no hay político que ame lo suficiente la libertad como para erradicar la fuente de este cáncer social que no es otro que la educación pública obligatoria. Y mucho menos se vislumbra una personalidad del mundo político que defienda permitir que la educación sea libre y voluntaria. Así nos va.

El Plan B

Los profesores universitarios españoles estamos de enhorabuena: ya tenemos nuestro Plan A. Y ha sido parto múltiple. Han bautizado a las criaturas con el bonito nombre de PERME. No, no es un diminutivo, significa Planes Específicos para la Renovación de las Metodologías Universitarias. Como buenos planes, y gracias a los dioses, no son una realidad… aún.

Los profesores que disfrutan de un "piloto de Bolonia" y estén leyendo pueden sacar el pañuelo y enjugarse las lágrimas en silencio, pero no lo dejen muy lejos. Un "piloto de Bolonia" es una asignatura en la que la universidad de turno ha decidido aplicar el proyecto de Bolonia, a ver qué tal va la cosa. Y la cosa va como era de esperar. Mal.

Cuando preguntas a cualquier afectado si funciona el experimento ves en sus ojos dolor, cansancio, desesperación, y sobre todo, desconcierto. Los que aún no han sido tocados por la mano de dios y no han vivido esa experiencia religiosa saben que, además de clases magistrales, habrá tutorías y talleres; que se harán encuestas de todo tipo que se sospecha serán manipuladas posteriormente para que las estadísticas cuadren. Ninguno tiene muy claro si alumnos y profesores están preparados para ello, nadie ha preguntado su opinión. Yo sí: "No hay horas en el día para los chicos… ¡ni para nosotros!". Y a partir de ahí, ya no son capaces de articular palabra y vuelven a meter la cabeza en sus papeles, encuestas, trabajos… de todo menos artículos científicos.

También se sabe que habrá asignaturas y en algún caso departamentos que desaparecerán en el proceso. Los candidatos no saben si serán "asimilados" o qué, y mientras tanto, siguen enseñando con los incentivos en proceso de extinción acelerada. La Historia del Pensamiento Económico sale gravemente herida, tal y como se recalcó en el último congreso de la European Society for the History of Economic Thought, que tuvo lugar en Oporto el pasado abril. Trato de imaginarme ilustres profesores como Adam Smith, Carl Menger, Lucas Beltrán y tantos otros aplicando Bolonia. No soy capaz.

Los profesores liberales que además de decirlo en determinados círculos o cuando conviene, ejercen de ello, y que actualmente, son discriminados y apartados en un despacho o en un departamento marginal de alguna universidad pública del sur o del norte de Madrid, por poner un par de ejemplos, van a tener que echarle imaginación para no serlo más aún. Si hoy en día ser simplemente liberal y anti-keynesiano te cierra puertas de departamentos en todas las universidades europeas, cuando la burocracia del proyecto de Bolonia pida cabezas está claro cuáles van a rodar primero.

Pero seamos positivos y dejemos los temas políticos a un lado. Nuestro Plan A, el PERME, va a constar de una oficina donde se va a concretar la política de liderazgo, concentración de esfuerzos y asunción de responsabilidades que se pretende promover y visualizar. Esto es lo que nos dice en la página 127 el documento "Propuestas para la Renovación de las Metodologías Educativas en la Universidad" publicado por el Ministerio este mismo año. Liderazgo, esfuerzos y responsabilidades… Entre nosotros, ¿serán capaces de ofrecer lo que exigen? Más adelante, como quien no quiere la cosa y sin avisar, llega el veneno: el presupuesto de la oficina debe permitirle actuar y son las actuaciones que realice y promueva las que dan sentido a su existencia y la justifican. ¡Estamos perdidos! Léanlo otra vez, ¿a que asusta?

De nuevo el Estado despliega su manto y esta vez hace desaparecer al profesor universitario del escenario. Es un verdadero drama que, de salir adelante, haremos pagar a las generaciones futuras. La labor del maestro en la universidad es básica, determinante, imprescindible. Lo saben los privilegiados que tienen uno. Ante esta situación ¿Cuál es nuestro Plan B?

Con permiso de los austriacos, cito a un maestro: En todas las zonas en las que hay mezcla de nacionalidades, la escuela es un premio político de la mayor importancia. No se le puede eliminar su carácter politico mientras siga siendo una institución pública y obligatoria. Hay, de hecho, una única solución: el estado, el gobierno, las leyes no deben de ninguna manera ocuparse de la educación o la escolarización. Los fondos públicos no deben ser empleados para esos propósitos. La instrucción y educación de la juventud debe ser dejada completamente a los padres y a instituciones y asociaciones privadas.

Y al mío, le dedico una frase de la canción "Plan B" de los ochenteros Dexys Midnight Runners:

Forget their plans / and their demands/ PLAN B/ They’re testing you – but don’t worry.

No llores por mí, argentino. Llora por todos.

El profesor Franz de Copenhague

Dicen que las cosas que se aprenden de niño "hacen madre", como el vinagre, y te influyen de una manera o de otra durante el resto de tu vida. A mí me pasa eso con el TBO. Entre otras cosas, recuerdo "Los inventos del TBO por el profesor Franz de Copenhague". Como apunta Joan Valls, este científico de reputación internacional nos enseñó que a partir de un resultado es posible crear un mecanismo. No hay más que echar una ojeada a sus inventos para entender la relevancia de esa afirmación.

Joan Valls defiende la idea de que el partido que nos gobierna padece el "síndrome del profesor Franz de Copenhague". Y con toda probabilidad acierta en su diagnóstico. Valls explica que, a partir del inesperado ascenso al poder después del atentado del 11-M, el PSOE ha desarrollado un complicado mecanismo para justificar sus actuaciones. Las regularizaciones de los inmigrantes, los contactos con bandas terroristas, el separatismo y la cesión frente a grupos de presión de cualquier pelaje, no son sino partes del fantástico artefacto creado por Zapatero para despistar a la ciudadanía y demostrar, si nada lo remedia, que hay un único sol en el firmamento, y está a la izquierda.

Mi única pega a Joan Valls es que se queda corto. En realidad, hay muchos hijos intelectuales del profesor Franz de Copenhague por ahí sueltos. La estructura del Estado progresista-reformista-socializante-solidario (me caso con todos y no estoy con ninguno) es un invento del profesor Franz de Copenhague. También lo es la Unión Europea, cada vez más grande y con menos identidad, si alguna vez la tuvo. Y por unir ambos ejemplos, ¿qué decir de nuestro sistema de enseñanza y de lo que va a ser de él después de la reforma de Bolonia?

Pero, si vamos un poco más allá, nos daremos cuenta de que, detrás de las gafas del profesor Franz de Copenhague, detrás de las cejas puntiagudas de Zapatero, más allá de Bolonia, no hay sino una masa de información invisible y estructurada que se comporta como un virus clonándose en las mentes de propios y ajenos sin pedir permiso. El mecanismo del profesor Franz de Copenhague no es absurdo, tiene una intención perversa que no es evidente.

La declaración de Bolonia se abre con la siguiente afirmación: "Gracias a los extraordinarios logros de los últimos años, el proceso Europeo se ha convertido en una realidad importante y concreta para la Unión y sus ciudadanos". Y sigue más adelante: "Puesto que la validez y eficacia de una civilización se puede medir a través del atractivo que tenga su cultura para otros países, necesitamos asegurarnos de que el sistema de educación superior Europeo adquiera un grado de atracción mundial igual al de nuestras extraordinarias tradiciones culturales y científicas."

¡Cualquiera dice que no! Una ojeada al lenguaje empleado nos da alguna clave: extraordinarios logros, realidad concreta y relevante, la Unión y sus ciudadanos (que, por lo visto, son cosas distintas). Pero lo mejor está en el segundo párrafo: validez, eficiencia, cultura y civilización. No está mal para vender una reforma del plan de estudios universitarios. Esas cuatro palabras representan el resultado del invento. El mecanismo es, no solamente complicado, sino también dañino e irreversible.

La Unión Europea, esta vez sin sus ciudadanos, reunida en Lisboa (2000) y Praga (2001), va diseñando el malévolo montaje y, en el año 2003, lo exhibe en Berlín, para ir abriendo boca. En el comunicado ministerial se afirma que el objetivo es hacer de Europa "la economía, basada en el conocimiento, más competitiva y dinámica del mundo capaz de sostener el crecimiento económico con más y mejores trabajos y mejor cohesión social".

Cambio de matiz: economía competitiva y dinámica, crecimiento económico sostenible, cohesión social. Esto ya lo conocemos por los periódicos, las ruedas de prensa, los programas políticos… nos sabemos la lección. En Bergen (2005) se afianza la dimensión social, y los demás conceptos que se transmiten tanto a las instituciones nacionales y locales como a los medios de comunicación: atractivo, calidad, movilidad, competitividad. Una monada.

Pero a la vez, como quien no quiere la cosa, se teje una red institucional tan cara como para que la única decisión racional sea mantenerla con la esperanza de que aquello finalmente funcione. Además de la Comisión Europea, están implicados la Asociación Europea de Universidades (EUA), la Asociación Europea de Garantía de Calidad de la Educación Superior (ENQA), la Asociación Europea de Estudiantes Universidades (ESIB), la Asociación Europea de Instituciones de Enseñanza Superior (EURASHE), el Consejo de Europa, la Estructura Pan-europea de Educación Internacional y las Confederaciones de Sindicatos de Industria, si bien algunos de ellos tan solo con funciones consultivas. ¡Y aún no se ha aprobado nada!

Demos una vuelta de tuerca más, por nuestros quinceañeros, los futuros universitarios de Bolonia. Una nueva red paralela se despliega reunión tras reunión, cada dos años: la Estructura de Reconocimiento de Cualificación, que trae de la mano agencias nacionales, oficinas de información, oficinas de expedición de certificados, todo por duplicado, porque además de reconocer la cualificación educativa, hay que reconocer la vocacional. Se trata de la Regulación de las Profesiones que pretende facilitar la movilidad laboral (el terrible Europass). Añádase a todo ello buenas dosis de proyectos europeos subvencionados y viértase en los presupuestos del Estado.

¡Cuánto amigo colocado! ¡Cuánto edificio oficial, gastos de representación y chiringuito montado! ¡Cuántos intereses creados en torno a la extraordinaria diversidad cultural y científica de Europa! ¡Qué ocasión tan estupenda para que el gobierno de turno intervenga las carteras de los ciudadanos! Pero no importa, la vitalidad y eficiencia de nuestra civilización merece este gasto y más.

Un mecanismo digno del profesor Franz de Copenhague. Sólo falta que suene la flauta y funcione. Me tiemblan las piernas.

Eduque a sus hijas con The Sims

Ya he comentado las posibilidades que tienen de enseñar a nuestros niños a resolver problemas. Últimamente me ha sorprendido ver que incluso hay quien opina que pueden enseñar valores morales.

Los juegos de ordenador, entre otras muchas cosas, ponen de relieve la diferencia entre niños y niñas, algo que quizá siente mal a los bienpensantes de la progresía, que continúan obedeciendo ese dogma de fe que dicta que ser iguales en derechos significa que hombres y mujeres somos iguales de hecho. A los hombres nos gustan más los juegos violentos y, en el caso de los que permiten varios jugadores, las relaciones sociales entre nosotros son más del tipo "pero mira que inútil eres", "caray que buena puntería", "te voy a dar pa’l pelo" y similares. Dado que los hombres hemos sido tradicionalmente los primeros en adaptarnos a la tecnología de los ordenadores –doy fe de la escasa presencia femenina en mi facultad de Informática, que ignoro si se ha corregido desde que la dejé–, los creadores de juegos han sido principalmente hombres, y sus productos dirigidos a ese mercado.

De vez en cuando, no obstante, un juego da la campanada y vende lo que no está en los escritos por haber logrado acceder al mercado femenino. El más exitoso entre ellos ha sido The Sims, que ha vendido unos 60 millones de copias, su secuela y sus expansiones. Este juego nació como una variación del simulador de ciudades SimCity, en el que se creaban unos ciudadanos virtuales (los sims) que vivían y trabajaban en la población que estábamos creando y evaluaban tu trabajo como alcalde perpetuo. The Sims acercó el foco a estas personas y nos permitió adoptar sus vidas, conseguir amigos y pareja, trabajar, tener hijos, etcétera. Vivir una vida virtual, en definitiva. Y en esa vida virtual, la clave del éxito son los valores tradicionales.

Glenn Reynolds, creador del popularísimo blog Instapundit, alaba por ello las virtudes educativas de The Sims en su libro An army of Davids, a raíz de escuchar un día a su hija de diez años decir a sus amigas que "tienes que tener un trabajo para comprar comida y cosas, y si no vas a trabajar te despiden, y si te gastas todo el dinero tienes que ganar más". Gracias a ese juego, su hija sabe hacer un presupuesto familiar y preocuparse cuando éste es negativo. The Sims enseña que las decisiones que tomamos tienen consecuencias y que éstas no son necesariamente buenas, y el mundo en que se desarrolla es un mundo donde las virtudes de la clase media, el trabajo duro, el ahorro y la planificación a largo plazo, ofrecen dividendos. Seguramente sea más de lo que enseñan en la escuela. Es más, como comenta medio en broma, medio en serio, "¿qué más puede desear un padre que un juego que enseñe a su hija que si te casas con un perdedor probablemente lo seguirá siendo toda su vida?". Y no es el único en pensar cosas parecidas.

No es que sea conveniente que dejen la escuela para jugar, claro. Pero sí al menos para que empecemos a ver la cara oculta de los juegos, que desgraciadamente no es la mala sino la buena. Jugar con muñecas nunca ha sido tan divertido y educativo desde que éstas son virtuales.

Adiós a la paga de la globalización

Uno, mientras lucha como puede por combatir el calor estival y disfrutar del verano, puede pensar que aquello le queda un poco lejos, pero con una economía mundial tan integrada ello ha dejado de ser cierto. Se lo demostraré. Un estudio del que se ha cumplido poco más de un año llamado The Payoff from Globalization (la paga de la globalización), de Gary Clyde Hufbauer y Paul L. E. Grieco, hacía un cálculo de lo que dejaban de ganar los estadounidenses por no abrir totalmente sus fronteras al comercio: en torno a 10.000 dólares por persona y año. ¿Cuánto dejamos de ganar los europeos? Habría que arremangarse y hacer el cálculo, pero no le andaría muy lejos. Cuente el número de comensales cuando la familia esté reunida frente a la mesa y hágase una idea de a qué estamos renunciando por no forzar a nuestros políticos a que abran las fronteras a más bienes y servicios.

El problema del proteccionismo es que su paraguas es corto y sólo tapa a los intereses mejor organizados; generalmente determinados sectores y grupos empresariales o sindicales con poder político y económico. Si no se siente identificado con ellos, es que las cosas no le han ido bien estos días en Ginebra y que, sea cual fuere su paga de la globalización, ya puede despedirse de ella hasta nuevo aviso. Ni bienes mejores y más baratos, ni mejores sueldos, ni bienes de capital que le hacen a usted más productivo… nada.

Gran parte del comercio, es cierto, está liberalizado, con bajos aranceles y escasas barreras no arancelarias. Pero hay núcleos de resistencia que siguen "captando" a los representantes políticos a nuestra costa: los agricultores estadounidenses y europeos ex equo y los gobiernos de los países en desarrollo con mención especial dentro de la categoría de manufacturas. Ellos son los que han tenido éxito. Ya decía Henry George que "el proteccionismo nos enseña a hacernos a nosotros mismos en tiempos de paz lo que los enemigos quieren hacernos en tiempos de guerra", solo que el enemigo lo tenemos en casa.

Pascal Lamy, director general de la Organización Mundial del Comercio (OMC) dijo al reconocer su fracaso que "hoy perdemos todos". Pero unos más que otros, claro. Entre los más perjudicados, los invitados más pobres a la mesa de negociación. Kamal Nath, ministro de comercio de la India, ha dicho que "los granjeros de mi país pueden competir con los estadounidenses, pero no con el Tesoro americano", que tiene dinero a espuertas, sacado de los ricos contribuyentes de aquél país para metérselo en el bolsillo de sus ricos agricultores. Parte de él se va en precios más competitivos que arruinan la competencia foránea ¿Qué sería de los países más pobres si se les permitiera vendernos en abierta y justa competencia sus mercancías? ¿Cuántos de sus ciudadanos no tendrían que cruzar las fronteras porque sus productos no pueden hacerlo? Ellos también han perdido su paga de la globalización.

Sed buenos

Decía Theodore Dalrymple que es un error suponer que todos los hombres quieran ser libres. Añadía que incluso aquellos que celebran su libertad con entusiasmo, lo demuestran mucho menos cuando toca responsabilizarse de las consecuencias de sus actos (libres, añado). Tan acostumbrados estamos a que el Estado tutele nuestra existencia que cedemos crecientes parcelas de intimidad sin darle prácticamente importancia. Más aún, esta cesión nos parece una consecuencia natural de nuestra pertenencia a un conglomerado ciudadano, conjunto de individuos prensados y mezclados en la épica de la justicia social, pleonasmo que Hayek señalo como remedo de la justicia distributiva aristotélica.

Consentir que el estado penetra en nuestras vidas, particularmente en las relaciones familiares, es incompatible con la libertad, toda vez que supone un menoscabo de la responsabilidad que le da sentido. Un ejemplo especialmente doloso es la obligatoriedad de la educación, que se traduce en su presunta gratuidad a cambio de la conversión del desarrollo moral e intelectual de nuestros hijos en un desarrollo curricular pleno en transversalidades ideológicas y vacío en contenidos. No deseo que se eduque a mis hijos en valores, cuando esos valores los deciden pedagogos a sueldo del Estado.

No es admisible que la educación de nuestros hijos esté inspirada en agendas políticas cocinadas en una supuesta neutralidad ideológica. Neutralidad que, en el caso español de la Educación para la Ciudadanía, hay que entender como una opción más ya que en la práctica supone que nuestros hijos deberán aprender a sentir y a relacionarse con los demás de acuerdo a la receta psicopedagógica impuesta por los políticos, cocineros que, tratándose de la educación, suelen ser de izquierdas. Una opción más y por lo tanto no autónoma sino inspirada en la muy heterónoma moral de sus redactores.

El filosofo José Antonio Marina ha defendido recientemente la necesidad de la Educación para la Ciudadanía, la necesidad de aprender a ser un buen ciudadano, concepto que califica como expansivo, práctico y creador. No es de extrañar el interés del filósofo en  dar al término “ciudadano” un empujón para apartarlo de las connotaciones estatistas que lo acechan sin remedio. Así, nos explica que si bien la persona es el centro de la ética, el fundamento de los derechos fundamentales (sic), “el acceso real a esos derechos se consigue en la ciudad, en la ciudad justa, por supuesto”. Será esta ciudad justa la que permita al ciudadano la posibilidad de disfrutar de sus derechos. Posiblemente Hayek estaría de acuerdo con Marina, al menos parcialmente, ya que el austriaco concedía al estado los mínimos necesarios para que facilitase la instrucción indispensable que permitiera que todos los ciudadanos compartiesen un “fondo cultural común”, en palabras de Paloma de la Nuez. En lo que Hayek no estaría de acuerdo, y no digo que Marina lo esté, lo malicio, es que, entre las propuestas a añadir a ese fondo, figurase la encaminada a conseguir buenos contribuyentes, que no son aquellos que no defraudan sino los que colaboran voluntaria y ciegamente en el endeudamiento del estado.

Marina se apoya en un ejemplo de atractivo innegable para los padres: la responsabilidad, esto es,  “que nuestros jóvenes sean responsables, es decir que sepan tomar las decisiones correctas, para que no tengamos que someterlos a una vigilancia agotadora que acaba produciendo efectos nefastos.”  Un ejemplo poco afortunado, a mi modo de ver, por dos motivos: en primer lugar porque acepto el papel tutelar que como padre me he comprometido a desarrollar (en otro momento comentaré por qué yo no creo en la familia anarcocap) y porque al constatar el lamentable estado en que ha quedado la “responsabilidad” durante estos años de LOGSE, se denuncia implícitamente la incapacidad de el Estado para afrontar un ámbito, la educación en valores de la persona, sobre el que se ha proyectado una y otra vez con animosidad política y con “efectos nefastos”.

Sin embargo, el mejor ejemplo, que es el peor espejo en el que reflejarse, nos lo ofrecen los políticos que cada día nos sorprenden menos con sus privilegios, corruptelas y violación del ámbito ciudadano, esa ciudad justa, que se comprometieron a defender.

Espera Marina que con la Educación para la Ciudadanía “los ciudadanos razonen bien en temas morales, tengan buenos sentimientos y se comporten justamente”.

Es curioso, mi hijo de tres años demuestra el despuntar de estas capacidades, eso sí, cuando no le perturba el sueño o el hambre o la varicela, al fin y al cabo es un niño. Espero que la educación obligatoria no haga buena la hipótesis del determinismo cultural y termine como tantos buenos ciudadanos dando por buena la libertad regalada por el estado.

 

Educación pública y adoctrinamiento

La decisión sobre la educación que ha de recibir un niño no la puede tomar él. Será de sus padres o de terceros, lo que principalmente tendrá lugar con el Estado como medio. El derecho, o la imposición, no hay tercera alternativa. Argumentos para sustituir los deseos de los padres por otros instrumentalizados por el Estado ha habido muchos. La necesidad de imponer una moral, por ejemplo, o la de borrar los orígenes de los inmigrantes para que no corrompan las costumbres locales o para que se integren. O restarle los derechos al padre, fideicomisario de la sociedad para la tutoría de los niños, para dársela nominalmente a éstos como excusa para otorgársela finalmente al Estado. Esta posición es quizá la más importante en la justificación de la educación pública en la actualidad. Disfraza el atropello de imposición en defensa del más débil, el niño, frente a sus padres.

Pero la verdadera clave está en el desnudo estatismo, en la adoración del propio Estado y en hacer del servilismo y de la postración ante el poder una virtud. John Dewey decía "la gente independiente y que actúa por sí misma son un anacronismo para la sociedad colectivista del futuro". Entre los intelectuales serviles que hicieron campaña por la educación pública revelando sus verdaderos objetivos está Archibald D. Murphey (1777-1832), quien concebía un sistema público de escuelas: "todos los niños habrán de ser educados en ellas. En estas escuelas se inculcarán los preceptos de la moral y de la religión, y los hábitos de subordinación y obediencia. El Estado, el la calidez de sus buenos deseos por el bienestar, ha de hacerse cargo de esos niños y emplazarles en escuelas sean ilustradas y sus corazones instruidos en la virtud".

Benjamin Rush (1745-1813), era muy crítico con ese "prejuicio" de que "es impropio llenar las mentes de los jóvenes con prejuicios religiosos de cualquier tipo y que deberían elegir sus propios principios". De eso nada. "Es necesario imponerles las doctrinas y la disciplina de una religión determinada. El hombre es un animal naturalmente ingobernable". Y él tiene para ello un remedio: "un sistema de educación general y uniforme dará lugar a una masa más homogénea, y en consecuencia que encajará más fácilmente en un gobierno uniforme y pacífico". ¿Y qué valores se deben inculcar? También tiene respuesta para ello: "ha de enseñársele cómo amasar riquezas, pero sólo para incrementar su poder de contribuir a los deseos y las demandas del Estado. Estoy satisfecho con que los ciudadanos más útiles han sido aquellos jóvenes que nunca conocieron o sintieron sus propios deseos hasta cumplir los 21; y siempre he pensado que la sociedad debe gran parte de su orden y felicidad a las deficiencias de la gestión de los padres, que es suplida con esos hábitos de obediencia y subordinación que se contraen en nuestras escuelas".

Robert Owen (1801-1877) y Frances Wright (1795-1852) fundaron una revista en la que hacían propaganda de su plan para un sistema público de educación. Querían "una educación nacional, racional; gratis para todos a expensas de todos; conducida bajo la salvaguardia del Estado y en honor, para la felicidad, para la salvación del Estado". Calvin Stowe (1802-1886) quería trasladar el sistema prusiano de educación, el primero basado en la compulsión del Estado, propio de aquella sociedad militarizada, a los Estados Unidos. Stowe era muy claro: "Un hombre no tiene más derecho de poner en peligro el Estado volcando sobre él una familia de niños viciosos e ignorantes que la que tiene de admitir a los espías de un ejército invasor".

Samuel Knox (1815-1905), Demócrata de Indiana, era un hombre de progreso. Un totalitario en el campo de la educación. Lo que deseaba era que en todos los colegios se estudiaran "tales libros de texto y otras publicaciones literarias que deberían ser recomendadas o dirigidas por una oficina de Educación". Esta serie de libros no prohibidos debe incluir "un catecismo moral conciso, bien digerible".

Ese ideal de educación pública, imposición de valores, forja de súbditos, inculcación de determinados esquemas morales es exactamente lo que tenemos en España. La plasmación más perfecta de ello es la asignatura de Educación para la Ciudadanía. Un documento del Ministerio en el que se basa el programa de la asignatura dice, en ese lenguaje colectivista y totalitario que "la sociedad democrática no puede eludir la tarea de socializar a los niños y jóvenes, proporcionándoles a través del sistema educativo las enseñanzas y la reflexión necesarias para que puedan convertirse en personas libres y honestas y en ciudadanos activos". Esos conocimientos son muy determinados. Y las conclusiones a las que "libremente" han de llegar, también: hay que "proporcionar a los alumnos un conocimiento suficiente acerca de los fundamentos y los modos de organización del Estado democrático", lo que "requiere ayudarles a desarrollar actitudes favorables a dichos valores y a ser críticos con aquellas situaciones en que se nota su ausencia".

El propio Estado es el que define qué se debe asimilar y qué criticar. En el bachillerato se les inculca "una conciencia cívica responsable" que fomente "la corresponsabilidad en la construcción de una sociedad justa y equitativa". Por supuesto, "sería imprescindible que la formación del profesorado recogiera este planteamiento sobre la ciudadanía, y cómo enseñarla".

Enseñanza media contra el mercado

Recuerdo aquellas clases como si fueran ahora mismo. A finales de los años 70 y comienzo de los 80, en el colegio donde estudié –cuyo ideario no era progre pero tampoco reaccionario– predominaba sin embargo un grupo de profesores del área social que vendían frecuentemente a sus alumnos dos embustes básicos. El primero de ellos consistía en que la solución a los presuntos males de España era nada menos que copiar ¡el modelo autogestionario de la Yugoslavia de Tito! Esto nos lo contaban sin asomo de crítica alguna, sin pestañear, en plena era de la guerra fría, comprobados los míseros resultados de los satélites de Moscú. La misma cantinela se repite de nuevo con los próximos estatutos: exclusión, autarquía y control de los ciudadanos. La segunda patraña de los dómines afirmaba que la economía occidental tenía también insondables agujeros negros al igual que el bloque soviético. Si los comunistas asumían en Albania un ejemplo de penuria insoslayable, el libre mercado fallaba en Portugal, el sempiterno enfermo de Europa. Comparaban la miseria decretada contra los albaneses por el tirano Enver Hoxha, con las tribulaciones políticas y financieras de la gran nación hermana. La intención era quizá introducir la duda más cercana en la mente de aquellos chavales. No obstante, surgieron momentos para la rebelión. Al cura que nos endilgó una soflama a favor de Gramsci, Althusser y demás príncipes del marxismo, unos compañeros le cambiaron el vino por vinagre antes de la misa, y el regocijo durante la celebración fue de los que causaron época.

El sesgo de la enseñanza media contra la libertad, el mercado y la globalización, desafortunadamente, continúa. Desconozco si los adolescentes de hoy están dispuestos a realizar alguna gamberrada para librarse de tales pestiños. En cualquier caso, la monografía de Manuel Jesús González, premio Libre Empresa 2004, publicada por el Círculo de Empresarios, vuelve a recordarnos que todavía queda mucho por hacer. En su trabajo, el profesor González señala que sólo el 29 por ciento de los manuales de enseñanza analizados exhiben cierta neutralidad respecto de la función empresarial, mientras que otro 31,4 por ciento la ignoran y cerca de un 40 por ciento la combaten abiertamente.

Es significativo que uno de esos textos propone la siguiente dinámica de grupo: parte de los alumnos representarán para el resto de la clase una reunión de sindicalistas de la Primera Internacional en la que se discute la preparación de una huelga en una empresa textil de Barcelona; de los participantes en la dinámica, unos aceptarían la subida salarial propuesta por el patrón y otros optarían por la vía revolucionaria. Cuando el profesor lo considere oportuno, dará por zanjado el debate. Lo más destacado de esta actividad se reflejará en un periódico mural expuesto en el aula. Así va el juego denominado Revisionismo o Revolución. ¿Lamentable, no?

Enseñar en España ha valido tradicionalmente muy poco. Educar en la piel de toro es llorar. Se sigue considerando a la formación en determinadas habilidades como una práctica blanda, casi irreal. A los formadores o se les menosprecia o se pretende de ellos cualidades taumatúrgicas, cuando probablemente no merecen ni una cosa ni otra. Al mismo tiempo los programadores gubernamentales, junto a los editores que les secundan, quieren hacer del estudiante, futuro trabajador, un revolucionario en potencia, para después mofarse de él. El ambiente no es propicio pero hay que ponerse las pilas en la pedagogía del liberalismo. El Instituto Juan de Mariana está en ello, para llegar más alto, más lejos y más fuerte en la defensa de lo que verdaderamente importa.

Generación T, de Tonto

Una de las excusas va a ser la de siempre, que "en países más avanzados ya se practica". En esta ocasión, el país avanzado resulta ser Canadá. Esperemos que, en su título de país avanzado, no imponga un impuesto del 80% sobre la renta.

El objetivo del gobierno, en realidad, sólo es convertir al estado en un ídolo aniquilando la libertad individual y la diversidad de pensamiento. Si revisamos la historia, eso es precisamente lo que siempre han intentado los grandes tiranos.

"Primero el bien común, después el bien individual". Esta sentencia, que puede parecer pronunciada por un gran altruista, fue escrita por un político que llevó a Europa a uno de los peores momentos de su historia: Adolf Hitler. La oración parafraseada no significa que el altruismo sea maligno, sino que cuando la política introduce en su lenguaje y programa la solidaridad, ésta siempre nos lleva al colectivismo estatista.

Esta idolatría hacia el estado ha creado situaciones absurdas. En nombre de la solidaridad y bien común se subvencionan películas que nunca serán estrenadas, se dan ayudas a países donde gobiernan tiranos y, mientras tanto, la familia media española ha de hacer auténticas proezas para llegar a final de mes. Evidentemente algo falla aquí.

Si el Estado se dedica a adoctrinar a nuestros hijos para que pierdan su personalidad en favor de la explotación estatal las cosas no mejorarán sino que empeorarán. Los valores a los más pequeños han de ser introducidos por sus padres y no por técnicos del gobierno que sólo diseñan estrategias para el bienestar de ellos mismos y no de la comunidad. Evidentemente, lobotomizar a las generaciones más jóvenes inculcándoles que pagar impuestos es bueno es el caso más ejemplar.

No necesitamos un futuro de personas mentalmente estériles con el único objetivo de servir al gobierno; sino personas que sepan que la única fuente de prosperidad, riqueza y libertad es el trabajo duro, la responsabilidad individual y la diversidad. Es indiscutible que cualquier política social del gobierno, como la creación artificial de la "Generación T", va en contra de estos valores y de la propia naturaleza del hombre libre.