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Etiqueta: El lenguaje económico

El lenguaje económico (XL): sobre el concepto de ‘modelo’

Un modelo es un «arquetipo o punto de referencia para imitarlo o reproducirlo». Que un modelo sea o no deseable es una cuestión subjetiva. Cada individuo emula específicos modelos como medio para alcanzar fines. El problema surge cuando alguien, mediante la fuerza, pretende imponer «su» modelo a los demás, aludiendo frecuentemente a un supuesto beneficio colectivo.

Platón, en «La República», fue pionero en caracterizar un modelo ideal de polis. En el S. XIX, el socialista utópico, Charles Fourier, también propuso un modelo de comunidad autárquica, llamada falansterio (o falange), de carácter agrícola y compuesta por 1.620 personas. Por su parte, el psicólogo conductista B. F. Skinner, en su novela «Walden Dos», describe el funcionamiento de una comunidad diseñada «científicamente» con el objetivo de hacer felices a sus 1.000 habitantes.

A pequeña escala, este tipo de experimentos sociales, siguiendo un modelo predefinido, han sido de carácter voluntario. Pero a gran escala solo pueden realizarse bajo el yugo de un autócrata. Tal vez, el «cambio de modelo» social más rápido, extenso y profundo fue el realizado en Turquía, entre 1924 y 1935, por Mustafá Kemal Atatürk. Este carismático líder, amante del modo de vida occidental, transformó manu militari un califato islámico en un Estado moderno, democrático y laico.

En una sociedad abierta, donde cada cuál persigue pacíficamente sus propios fines, el concepto constructivista de «modelo» es una grave amenaza a la libertad y propiedad del individuo. Todo modelo social y económico impuesto coactivamente es un acto contradictorio, porque lo bueno se acepta por sus propios méritos y cualidades, sin necesidad de recurrir a la fuerza. Esta última es la mejor crítica a la supuesta bondad del modelo.

El cambio de modelo económico

A excepción de los regímenes comunistas, la estructura productiva de un territorio —país, región, comarca— no ha sido diseñada deliberadamente. Por ejemplo, que Alicante produzca turrones en Jijona, juguetes en Ibi o turismo en Benidorm no es fruto de un plan rector, sino de factores antropológicos, geográficos, climáticos, culturales, etc.

Sin embargo, una mayoría (políticos, economistas, sociólogos, periodistas, etc.) cree ingenuamente que la estructura de capital se puede modificar ad libitum mediante la legislación. Son muchos quienes bajo el espejismo del «modelo» económico pretenden crear su particular Silicon Valley, a golpe de subvención o beneficio fiscal, sin reparar que el progreso económico exige un entorno institucional que respete la libertad, la propiedad y la justicia. Por ejemplo, el atractivo tipo reducido de 4% en el impuesto de sociedades que ofrece la Zona Especial Canaria (ZEC) queda eclipsado por la inseguridad jurídica del país y por una legislación hostil al empresario. Además, la realidad económica no es estática, sino que se transforma dinámica y eficazmente (Huerta de Soto, 2012).

No otra cosa que socialismo

El cambio deliberado de modelo económico es propio del socialismo, donde el órgano de planificación central decide qué (cantidad y calidad), quién, dónde, cuándo y cómo debe producirse algo. Por ejemplo, es frecuente oír el lamento de que España debería ser más industrial y menos turística, pero ¿por qué? Es cierto que (dentro de un mercado) la industria paga salarios superiores al turismo debido a su mayor tasa de capitalización; pero esta razón, por sí misma, no posibilita un cambio en la estructura productiva.

Mutatis mutandis, ¿por qué no imitar a Luxemburgo, cuyo PIB per cápita es 118.000 €? Es una ensoñación creer que un sistema productivo pueda cambiarse como quien cambia de traje. Un orden social espontáneo o «cosmos» no puede ser racionalmente construido a imagen y semejanza de un modelo. En cambio, a escala micro, el modelo cobra sentido porque se trata de un orden construido o «taxis» (Hayek, 2014: 57). Por ejemplo, cada empresario tiene su modelo de negocio y cada individuo su propio modelo de vida.

¿Es ético imponer un modelo?

La implantación colectiva de un modelo requiere necesariamente violar la libertad y la propiedad de ciertos individuos. Los estatistas camuflan este autoritarismo bajo sutiles metáforas: por ejemplo, afirman «defender»[1] la sanidad o la educación públicas cuando en realidad desean un monopolio estatal mediante la supresión del mercado privado. Y cuando dicen «apostar» por el vehículo eléctrico, en realidad buscan su absoluta implantación mediante el palo y la zanahoria: bien hostigando a los propietarios de vehículos de combustión[2], bien transfiriendo rentas desde el contribuyente al bolsillo de los productores y consumidores de coches eléctricos.

En definitiva, el error ético es el empleo injustificado de la violencia, es decir, imponer un único modelo cuando existe una diversidad de opciones que se adapta a las necesidades, deseos y preferencias de cada consumidor. La implantación política de modelos tiene también una base psicológica. El gobernante sufre la ilusión de creerse infalible y disfruta de imponer sus designios a los demás.

De esta forma, la libertad para que cada individuo o empresa utilice su propio modelo queda obstruida por el «café para todos». La democracia, así entendida, se convierte en el peor sistema totalitario. La reacción del mercado es inevitable porque todo ser humano, de forma natural, procura sustraerse a la coacción. Como decía Henry Thoreau (2008: 15): «Si el comercio y las industrias no tuvieran la elasticidad del caucho, no alcanzarían jamás a saltar por encima de los obstáculos que los legisladores les están poniendo de continuo por delante».

Bibliografía

Hayek, F. (2014). Derecho, legislación y libertad. Madrid: Unión Editorial.

Huerta de Soto, J. (2012). «La esencia de la Escuela Austriaca y su concepto de eficiencia dinámica». Revista de Economía ICE, marzo-abril 2012, No 865.

Skinner, B. F. (1984). Walden Dos. Barcelona: Martínez-Roca.

Thoreau, H. (2008). Del deber de la desobediencia civil. Colombia: Pi.

Notas

[1] La defensa se ve como un acto legítimo.

[2] Por ejemplo, prohibiendo su circulación y/o aparcamiento en determinadas zonas.

Serie ‘El lenguaje económico’

El lenguaje económico (XXXIX): ¿Tiene Canarias un límite?

El pasado 20 de abril, bajo el lema «Canarias tiene un límite», una masa heterogénea de manifestantes protestaba por diversos motivos. Los ecologistas se oponían a un «excesivo» crecimiento turístico y pedían al gobierno que lo paralizara con una moratoria (prohibir la construcción de nuevos hoteles) y lo gravara con nuevas tasas (pernoctaciones, visitas a sitios de interés).

Los anticapitalistas e igualitaristas —defensores de la «clase trabajadora»— afirmaban que el turismo solo beneficiaba a unos pocos y que era preciso mejorar el «reparto de la tarta». Los neomaltusianos declaraban que la actual «saturación poblacional» era incompatible con los recursos disponibles (agua potable, carreteras, hospitales, alimentos, etc.).

Algunos residentes se quejaban del elevado precio del alquiler o que los extranjeros (con mayor capacidad adquisitiva) se hicieran con las pocas viviendas disponibles. Unos y otros formulaban sus respectivas emergencias: ambiental, económica, habitacional, demográfica, etc. y pedían al gobierno la creación de un «nuevo modelo» turístico. Analicemos estos eslóganes entrecomillados.

Canarias tiene un límite

Una de las falacias informales es el empleo de términos equívocos o imprecisos (Vega, 2007: 196). Los promotores de la manifestación deberían clarificar los (supuestos) límites —residentes, turistas, hoteles, vehículos— del territorio, especificando las cantidades para cada uno de ellos y, sobre todo: ¿cómo han llegado a tales conclusiones? Un error frecuente en las ciencias sociales es analizar los fenómenos en clave física o mecánica; por ejemplo, quienes se oponen al crecimiento poblacional o al desarrollo turístico emplean la metáfora «capacidad de carga» del territorio; como si este tuviera un «aforo» determinado o soportara una específica «carga útil».

En cuestiones sociales no existen óptimos cuantitativos (habitantes, turistas, vehículos, hoteles) y cualquier cifra apuntada por los «expertos» es necesariamente arbitraria. El único óptimo social —de haberlo— sería aquél generado de forma espontánea y descentralizada en el seno del libre mercado, donde los consumidores determinan (indirectamente) la cantidad y calidad de todo lo que se produce.

El reparto de la tarta

También se acusa injustamente al turismo de generar externalidades negativas o perjuicios para la población local. Los turistas son vistos como gorrones o free riders porque no pagan (supuestamente) todos los servicios públicos que consumen. Los igualitaristas, por su parte, afirman que los beneficios del turismo no llegan a la población y que es preciso «repartir mejor la tarta».

Todo lo anterior es falso. Primero, los turistas pagan absolutamente todo aquello que consumen: pagan la compra de bienes privados a sus proveedores —transporte, alojamiento, alimentación, restauración, alquiler de vehículos, ocio, etc.— y pagan (indirectamente) los servicios públicos con los impuestos: ¿de dónde sale el dinero con que los hoteles pagan IBI, tasas (basura, vado), impuesto de sociedades e incluso las cotizaciones e IRPF de sus empleados? Añadir una tasa turística, subir el IVA o incrementar coactivamente el salario de los empleados turísticos —como proponen algunos— es un robo inadmisible. Segundo, el turismo enriquece a la población local, siempre y cuando las inversiones aumenten en mayor proporción que aquella; en tal caso, crece la tasa de capitalización y los salarios en términos reales.

Por último, la economía no es una metafórica «tarta» que haya que repartir, sino que cada cual ingresa lo que produce. «Redistribuir» la riqueza es un eufemismo porque implica robar la propiedad a sus legítimos dueños para luego repartir el botín. «Repartir la tarta» no solo es inmoral, sino que generaliza la pobreza: «Todos los planes para redistribuir o igualar rentas o riqueza deben socavar o destruir incentivos en ambos extremos de la escala económica» (Hazlitt, 2018). En otras palabras, el igualitarismo incentiva la pereza y el parasitismo, y desincentiva el esfuerzo productivo. 

La saturación poblacional

La «saturación» demográfica es otra mala metáfora procedente de la química. El territorio no es ninguna «solución», ni los habitantes el «soluto», ni sobra población en forma de «precipitado». Afirmar que un territorio está infrapoblado, correctamente poblado o superpoblado es un juicio de valor. Por ejemplo, la isla canaria de La Palma (708 km2) y Singapur (734 km2) tienen superficies parecidas, pero densidades de población muy dispares: 118 habitantes/km2 y 7.720 habitantes/km2, respectivamente. No sería exagerado afirmar que la primera está «desierta» en comparación con la segunda. En la última década, la población canaria ha crecido a un ritmo de 0,39 % anual.[1]

Otro error frecuente es tratar los problemas de forma holística porque los territorios presentan específicas problemáticas; por ejemplo, entre 2013 y 2023, la isla de Tenerife creció el doble (0,79 % anual) que la media de la región, mientras que La Palma decreció el 0,15% anual. Estas cifras no son precisamente «alarmantes» y no justifican, por sí mismas, las alarmas maltusianas. La llegada de inmigrantes procedentes de Hispanoamérica —Venezuela, Cuba, Bolivia, Colombia, etc.— es una bendición para Canarias, pues compensa nuestra baja tasa de natalidad. Los inmigrantes ilegales (africanos), por su parte, suponen un problema transitorio porque su intención no es permanecer en Canarias, sino dar el salto al continente europeo.

La escasez de vivienda

Si la saturación poblacional es un mito, la subida del precio del alquiler debe tener otras causas. El mes pasado (zonas tensionadas) apuntamos que la inseguridad jurídica que sufren los propietarios, unida a la mayor rentabilidad del alquiler vacacional, reducía la oferta de vivienda residencial. Imponer una moratoria turística, como proponen algunos, sería «pegarse un tiro en el pie» porque una mayor afluencia de turismo agravaría la situación. No debemos olvidar que la inflación también afecta al precio de los alquileres. Entre 2021 y 2024, el IPC en Canarias subió un 16,6% (5,5% anual).[2] Resulta extraño que nadie repare en este impuesto oculto, ni pida la abolición del Banco Central Europeo y de la banca con reserva fraccionaria, únicos causantes de la inflación.

Por último, está la cuestión de los extranjeros que compran viviendas en Canarias. Una mayor demanda, ceteris paribus, incrementa el precio de la vivienda, beneficiando a vendedores y perjudicando a compradores. En cualquier caso, los controles de precios u otra interferencia gubernamental en el mercado inmobiliario no aumentará la oferta de vivienda, única solución genuina ante su escasez.

El cambio de modelo

La variedad de lamentos expuestos se resume en otra quimera: el cambio de «modelo» económico y turístico. La sociedad es un orden muy complejo y no puede modelarse como si de un prototipo se tratara. El diseño social coactivo se denomina «constructivismo». Según Mises (2011: 234): «Existen dos diferentes formas de cooperación social: la cooperación en virtud de contrato y la coordinación voluntaria, y la cooperación en virtud de mando y subordinación, es decir, hegemónica». En la primera, cada persona es libre de elegir su propio modelo de vida y en la segunda, el tirano —autócrata o demócrata— impone a todos un único modelo.

Bibliografía

Hazlitt, H. (2018). «¿Puede el Estado reducir la pobreza?». Mises Institute.

Mises, L. (2011). La acción humana. Madrid: Unión Editorial.

Vega, L. (2007). Si de argumentar se trata. España: Montesinos.


[1] Fuente: Instituto Canario de Estadística (ISTAC).

[2] Fuente: Instituto Canario de Estadística (ISTAC).

Serie ‘El lenguaje económico’

El lenguaje económico (XXXVIII): Las ‘zonas tensionadas’

Cada vez es más frecuente el uso de la expresión “zona tensionada” para referirse al elevado precio de los alquileres en una determinada ciudad o barrio. Hoy criticaremos esta metáfora económica proveniente de la física. En primer lugar, de igual forma que la hipertensión arterial es mala para la salud, alguien podría pensar que los elevados precios del alquiler también causan una peligrosa tensión en el mercado.

Conspicuos economistas han utilizado la analogía del enfermo y el médico para justificar el intervencionismo; por supuesto, el enfermo es el libre mercado y el médico es el Estado, que “puede contribuir significativamente a curar la enfermedad” (Samuelson y Nordhaus, 2006: 34). Lo cierto es que en economía no hay “hipertensión”, no hay mercados “enfermos”, ni tampoco los gobiernos son curanderos milagrosos. Los elevados precios de ciertos bienes —alimentos, préstamos, alquileres, electricidad, etc.— produce en los consumidores una reducción material de su nivel de vida y, en consecuencia, un malestar.

Zona tensionada

¿Qué significa “zona tensionada”? Sencillamente, que los precios del alquiler se han incrementado marcadamente en comparación con otros precios tomados como referencia. El gobierno considera inadmisible que algunos precios —alquileres— sean “demasiado” altos y, al mismo tiempo, que otros —salarios— sean “demasiado” bajos, debiendo alterarlos mediante mandatos. Las principales señas del intervencionismo son la arbitrariedad y la coacción. La teoría económica predice que la interferencia del libre proceso de formación de precios conducirá al empeoramiento de la situación, especialmente la de aquellos a quienes el gobierno pretende favorecer. Analicemos los errores de esta falaz idea de “zona tensionada”.

Primero, los cambios (lentos o súbitos) en los precios constituye una circunstancia propia del mercado, debido a cambios de oferta y demanda. Un repunte de los precios del alquiler significa una mayor escasez relativa de vivienda. Algunas causas son: a) Aumento de la demanda por afluencia de inmigrantes, trasvases de población de unas zonas a otras (del campo a la ciudad), atomización de las familias, etc. b) Interferencia de la oferta por intervenciones previas (poco suelo disponible, regulaciones urbanísticas) y por falta de protección jurídica de la propiedad; por ejemplo, el aumento del alquiler vacacional (a expensas del residencial) se debe a esto último y también a su mayor rentabilidad.

Siempre habrá precios altos

Segundo, la (mal) llamada «tensión» o acusada diferencia de precios del alquiler entre ciudades, barrios o zonas es inevitable, siempre ha existido y seguirá existiendo porque la vivienda es un bien de consumo muy heterogéneo. Las casas de una misma zona, calle o incluso de un mismo edificio pueden tener significativas diferencias de precio, por lo que todo intento de uniformidad resulta una misión imposible. La dificultad práctica a la que se enfrenta el planificador económico es la falta de información para tomar decisiones (Huerta de Soto, 2010: 100) y cualquier criterio empleado: espacial (zona, altura, metros cuadrados construidos), temporal (antigüedad de la vivienda, duración de los contratos) o económico (ratios, topes de precios) es necesariamente arbitrario y producirá los efectos ya conocidos: disminución de la oferta de vivienda.

Tercero, intervenir el mercado del alquiler apelando al mítico “interés general” es otro sofisma. El interés nunca es “general”. Precios altos del alquiler beneficia a los arrendadores y perjudica a los arrendatarios. Todos los vendedores desean precios altos y todos los compradores desean precios bajos, pero nadie está obligado a intercambiar si considera que el precio es inconveniente. Considerar un precio “demasiado” alto (comprador) o bajo (vendedor) es una cuestión subjetiva que solo compete al individuo que rechaza el intercambio. Es un error intelectual arrogarse la facultad de conocer el precio “verdadero” o “justo” de las cosas (Hayek, 2015).

Control de precios

La situación descrita arriba es la que el gobierno pretende cambiar mediante el control de precios. Las formas de intervención varían. Si el gobierno fija topes máximos pretende transferir renta de los arrendadores a los arrendatarios y si ofrece ayudas directas a los primeros o deducciones fiscales a los segundos, traslada el coste de las medidas al resto de contribuyentes. De cualquier modo, el control de precios beneficia a unos a expensas de otros.    

Conclusión. Si el gobierno desea una reducción del precio del alquiler en las “zonas tensionadas”, en lugar de intervenir el mercado del alquiler, debería: A) Desregulación urbanística e inmobiliaria para aumentar el suelo disponible y la edificabilidad de las parcelas (alturas permitidas). B) Mejorar la protección jurídica de los arrendadores (impagos, okupas) para que un mayor número de viviendas vacías salgan al mercado. C) Facilitar la rehabilitación de vivienda removiendo las restricciones legales y la burocracia. El libre mercado no provoca tensión alguna. Es el gobierno quien ha “tensionado” los precios del alquiler de vivienda al haber restringido legalmente la oferta. Dice Mises (2018) que el intervencionismo o “tercera vía” es inestable y que el gobierno solo tiene dos opciones: abandonar su manía de regular y volver al capitalismo o extender su espiral intervencionista y progresar hacia el socialismo.  

Bibliografía

Hayek, F. (2015). La fatal arrogancia. Madrid: Unión Editorial.

Huerta de Soto, J. (2010). Socialismo, cálculo económico y función empresarial. Madrid: Unión Editorial.

Mises, L. (2018). “The middle of the road leads to socialism”. Alabama: Mises Institute.

Samuelson, P. y Nordhaus, W. (2006). Economía. Méjico: McGraw Hill (18.ª ed.).

Serie ‘El lenguaje económico’

El lenguaje económico (XXXVII): salario

El salario es un precio (información) y también la cantidad de dinero (y otros beneficios no monetarios) que se percibe por realizar un específico trabajo. El trabajo no es una mercancía, pero su precio “se determina en el mercado del mismo modo que se fijan los precios de las mercancías” (Mises, 2011: 701). Frecuentemente, los prejuicios y la ideología son la causa principal para adjetivar el salario, pero la economía no dice cómo «debe ser» el salario, sino cómo se forma realmente.

Brecha salarial y discriminación salarial

El término «brecha» ha adquirido connotaciones negativas y reivindicativas. Es una artimaña agrupar a los empleados en categorías para luego comparar el ingreso medio y concluir que existe una injusta «brecha salarial». La diferencia retributiva entre individuos es inevitable porque cada empleado contribuye desigualmente al ingreso económico de la empresa. Cualquier comparación —regiones, sectores económicos, edades, sexos, etc.— entre medias retributivas dará forzosamente una brecha o diferencia salarial. Las regiones o sectores económicos con mayores tasas de capitalización pagan salarios más altos; los empleados veteranos cobran más que los novatos y los varones cobran más que las mujeres. La estadística, per se, no es un criterio de justicia.

A igual trabajo, igual salario” es una de las falacias más perversas del igualitarismo. El ardid está en la premisa «igual trabajo» porque no hay dos empleados que sean igualmente productivos, ni siquiera un mismo individuo tiene igual rendimiento en el transcurso del tiempo. Paradójicamente, lo realmente justo es la desigualdad salarial, tal y como ocurre en el deporte profesional: cada jugador percibe un específico salario en función de su rendimiento. La discriminación salarial no solo es impecable desde una óptica económica (sistema de precios), sino desde la teoría ulpiana de la justicia: dar a cada uno lo suyo.

Salario “digno” y “justo”

“Proteger los salarios” es una expresión confusa porque nadie “ataca” los salarios. En el libre mercado, los salarios suben y bajan como sucede con cualquier otro precio de los factores de producción —insumos, energía, seguros, alquileres, etc.— o de los bienes de consumo. Impedir legalmente que los salarios bajen o subirlos por encima de la productividad marginal del trabajo provoca desempleo institucional.

“Salario digno”. Según los predicadores —sindicalistas, políticos, demagogos— de la justicia social, todo empleado «debería» tener un salario suficiente para vivir con dignidad, es decir, que le permita cubrir sus necesidades y las de su familia. Esta idea se enfrenta a tres problemas. El primero es intelectual: los deseos no pueden reemplazar a la realidad científica; el segundo es práctico: la dignidad es un concepto subjetivo y no puede medirse un salario mínimo; y el tercero es ético: la intervención del mercado laboral es una agresión a la libertad contractual de las partes.

“Salario justo”. La economía se limita a describir cómo se forman los precios, sin entrar en cuestiones morales o jurídicas. Éticamente, un salario es justo cuando ha sido acordado libremente por las partes. Jurídicamente, es justo cuando las partes cumplen lo pactado. Cualquier otra apreciación —ideológica, emotiva o sentimental— es arbitraria.

Salario “mínimo” y “precario”

“Salario mínimo”. A pesar de su popularidad, es un grave error económico y ético. Sus partidarios son ignorantes o malvados. Los primeros creen que, por decreto, se puede mejorar el nivel de vida del empleado a expensas del empresario. Los segundos —políticos— saben que el salario mínimo provoca desempleo (en los trabajadores marginales), pero proporciona réditos electorales dada la ignorancia económica de los votantes. El empresario no puede pagar a un empleado más de lo que produce, por lo que, en última instancia, el salario mínimo es cero euros: el despido.

“Salarios nominal y real”. El primero es la cantidad de dinero (unidades monetarias) que percibe el empleado por su trabajo. El segundo es el conjunto de bienes que pueden ser adquiridos con aquél. La capacidad adquisitiva del dinero es lo que determina nuestra prosperidad material, que siempre está amenazada por la inflación institucional (gobiernos y bancos). Ambos términos —nominal y real— son claros y no inducen a confusión.

“Salario precario”. Precario es sinónimo de bajo. Quejarse de un salario precario significa: “desearía cobrar más”. Sin embargo, estar “mal pagado” es una apreciación subjetiva: si ésta fuera acertada, el empleado no debería tener problemas para encontrar algo mejor; en caso contrario, cabe suponer que el trabajador se equivoca respecto de su valía o que se conforma con lo presente.

Bibliografía

Mises, L. (2011). La acción humana. Madrid: Unión Editorial.

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El lenguaje económico (XXXVI): Los colores

Economistas, políticos, periodistas y activistas variados se dedican a poner colores a la economía, cada cual, según su particular «enfoque». Este curioso hecho no se observa en ningún otro campo del saber: no oiremos hablar de una física «amarilla», una química «azul» o unas matemáticas «verdes». Esta adjetivación tiene una doble explicación: la primera, denomina metafóricamente ciertos sectores productivos; por ejemplo, la economía «azul» es aquella relacionada con el medio marino; análogamente, podríamos acuñar una economía «blanca» relacionada con las industrias lácteas. La segunda, es contraria a la ciencia económica, pues no describe leyes, sino que pretende una normatividad —política, jurídica, filosófica— proveniente de diversas ideologías: marxismo, ecologismo, igualitarismo, teoría de género, etc. Estas dos causas pueden solaparse.

Amarillo. Actividades productivas relacionadas con la ciencia y la tecnología. O sea, el capitalismo de toda la vida. ¿Y por qué este color? Según la psicología, el amarillo fomenta el pensamiento crítico, la creatividad y la inspiración (luego veremos que la creatividad artística es «naranja»). La economía amarilla hay que practicarla, pero poquito, no vaya a ser que cause desempleo. Algunos todavía no han entendido que una mayor tasa de capitalización hace subir los salarios reales y el nivel de vida de la población. Si el capitalismo es bueno, cuanto más mejor.

Azul. Aquí encontramos dos acepciones. La primera es la metáfora marina. La segunda, es ideológica y se atribuye al economista y emprendedor belga Gunter Pauli, que publicó, en 2010, su libro La Economía Azul: 10 años, 100 innovaciones, 100 millones de empleos. Pauli explora un enfoque sostenible para la resolución de problemas globales, inspirándose en los ecosistemas naturales, para encontrar soluciones eficientes y sostenibles. Sin embargo, la ciencia económica no nos dice como «debería» ser el mundo, sino cómo es realmente. El Sr. Pauli bien podría crear una empresa «azul» y demostrar que su teoría funciona en la práctica.

Blanco. Actividades o dinero legales. «Lavar» o «blanquear» el dinero negro es el proceso para que su origen parezca legal; por ejemplo, comprar secretamente un décimo de lotería premiado y luego cobrarlo.[1]

Gris. Actividades lícitas que incumplen la normativa legal y/o cuyos rendimientos no son declarados al fisco (i.e. facturar sin IVA). La economía informal o sumergida es fruto de la coacción estatal y crece con ella.

Naranja. Abarca sectores como la música, el cine, la moda, el diseño, los videojuegos, la publicidad, la literatura, la artesanía y otras formas de creaciones culturales y artísticas.

Negro. Cualquier actividad que el gobierno ha criminalizado mediante la legislación: producción y comercio de ciertas drogas y armas de fuego, contrabando de productos (tabaco), transporte fronterizo de personas, etc.

Rojo. Consumismo. Los defensores del planeta afirman que no deberíamos consumir aquello que no necesitamos porque merma la naturaleza, genera residuos y causa desigualdad social y económica. ¿Y qué es consumismo?: la subjetiva y arbitraria apreciación de que alguien consume más de lo debido. ¿Y cuánto es lo debido? Nadie puede saberlo. Por ejemplo, poseer más de un reloj de pulsera o más de 10 pares de zapatos podría ser «consumismo»; pero también hacer «demasiado» turismo, beber «demasiada» cerveza o comprar «demasiados» libros.

Rosa. La economía rosa reconoce que las personas LGBTQ+ (lesbianas, gais, bisexuales, transgénero y resto de identidades) son consumidores con preferencias y comportamientos económicos específicos. Esta etiqueta resulta innecesaria, pues el marketing, desde hace mucho tiempo, segmenta psicográficamente a los consumidores ofreciéndoles bienes acordes a su estilo de vida. Los empresarios, buscando el lucro, ofrecen todo aquello que los consumidores demandan sin importarles demasiado su vida personal. En el artículo (marzo, 2023) dedicado a la publicidad (I) vimos el peligro de pretender ganar clientes alineándose con la ideología de género.

Verde. Ecologismo. La economía verde ha sido reconocida por instituciones, gobiernos y «expertos» como una herramienta para lograr un desarrollo sostenible, social, económico y ambiental. Por ejemplo, la Comisión Europea presentó el «Pacto Verde», en diciembre de 2019, con el objetivo de transformar la UE en la primera región climáticamente neutra para el año 2050.

Conclusión. La economía de colores es un amasijo de ocurrencias ajeno a la ciencia económica. En el mejor de los casos, se trata de simples metáforas inventadas por diletantes y noveleros que buscan enfoques «originales». En el peor, se usa el lenguaje con intenciones normativas —políticas, jurídicas y éticas— cuyo último fin es la imposición espurias ideologías al conjunto de la sociedad.


[1] El ex-senador de Coalición Canaria, Miguel Zerolo, era un hombre muy «afortunado» en el juego: tuvo 145 papeletas de lotería premiadas.

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El lenguaje económico (XXXV): Lo social (III)

El «escudo social» es la legislación que ayuda económicamente a determinadas personas en dificultades coyunturales o en situación de pobreza. Siendo el fin loable, estamos ante un conjunto de medidas inmorales y lesivas del Derecho; por ejemplo, la suspensión de desahucios y lanzamientos o la prohibición de cortes por impago de ciertos suministros (agua, energía).

El «escudo social» es el mundo al revés: presenta al deudor como ser agredido por alguna fuerza misteriosa (inflación, guerra en Ucrania, avaricia) y al acreedor como su responsable económico. El gobierno «ayuda» al primero a expensas del segundo al más puro estilo marxista: «De cada cual según su capacidad, a cada cual según sus necesidades”. Se trata de un «escudo» perverso que erosiona los pilares del orden social y crea incentivos para incumplir los contratos.

Función social de la propiedad

El derecho de propiedad está limitado por su función social (CE, art. 33). ¿Y qué se entiende por función social? Depende. Cuando se apela a la «utilidad pública» significa que el interés de muchos individuos prevalece sobre el interés de uno solo. Por ejemplo, es legal y se admite generalmente como justo, derribar la casa de una persona para construir un puente y facilitar así que otras –digamos 1.000 personas— lleguen a su destino un minuto antes. Según esta aritmética utilitarista, la suma de 1.000 pequeñas utilidades justifica una gran desutilidad.

Otras veces, la función social se interpreta de forma cualitativa. Por ejemplo, la intervención del mercado inmobiliario, con frecuencia, vulnera los derechos del arrendador en favor del «débil e indefenso» arrendatario. Y las leyes de género violan los derechos de propiedad de los empresarios estableciendo cuotas y otras servidumbres en favor de las mujeres. La autoridad política, en cada momento, determina discrecionalmente si algo tiene o no, y en qué medida, una función social, quedando el individuo convertido en un animal de sacrificio ante un moderno dios denominado «mayoría» o «sociedad».

Presupuesto social

Algunos gobiernos se jactan de haber aprobado un presupuesto «muy social». Significa esto que aumentan las partidas denominadas sociales: pensiones no contributivas, vivienda pública, becas, guarderías, dependencia, sanidad, etc.; y disminuyen otras: obras públicas, investigación, defensa, seguridad, justicia, etc. Llamar social a un determinado gasto público resulta confuso. Si lo social es lo relativo a la sociedad, la mejora del sistema judicial, por ejemplo, sería un gasto muy social porque afecta a la sociedad en su conjunto. En el fondo, un mayor presupuesto social significa más dinero para ayudas directas cuyo fin es la captura de votos.

Desde una óptica económica, el presupuesto más social es el más exiguo de todos porque sería fruto de la menor confiscación. El (mal) llamado presupuesto social es antisocial porque destruye el orden espontáneo basado en la libertad y el respeto a la propiedad. Como dice el profesor Huerta de Soto (2004: 192): «el Estado social se ha convertido en el verdadero y más peligroso ‘opio del pueblo’ de nuestro siglo».

Responsabilidad Social Corporativa (RSC)

La RSC considera que las empresas tienen una serie de deberes morales respecto a sus accionistas, trabajadores, consumidores, medio ambiente, etc. Actuar moralmente es una cuestión de la máxima importancia; sin embargo, solo unas pocas normas morales —no matarás, no robarás, no mentirás— gozan de validez universal, el resto está sujeto a controversia. Por ejemplo, alguien podría tachar de inmorales a los productores y comercializadores de ciertos productos —armas, alcohol, tabaco— o ciertos servicios —casas de apuestas, prostíbulos— porque tienen un impacto social negativo. El empresario, por lo general, satisface los deseos de los consumidores sin inmiscuirse en cuestiones morales, filosóficas o ideológicas.

Otras veces, la RSC considera que las empresas, por el hecho de haber obtenido beneficios, están en «deuda» con la «sociedad» y que deben, de alguna forma, saldarla creando fundaciones filantrópicas. Esta deuda es falsa, pero muchos empresarios han interiorizado ese espurio «pecado original» llamado lucro. Las empresas no tienen obligación moral de sufragar, por ejemplo, comidas de empresa o cestas de Navidad, aunque existen sentencias judiciales que han considerado estas últimas como parte del paquete retributivo y, por tanto, un derecho de los empleados.[1]

Paradójicamente, es la obtención de beneficios el mejor indicador de que la empresa ya ha servido puntualmente a la sociedad, ofreciendo a sus clientes bienes mejores y más baratos. Las empresas no deben nada a nadie y mucho menos a ese Moloch llamado sociedad. Lo exigible ya está recogido en el código civil sin que sea preciso crear obligaciones espurias. Por supuesto, cualquier consideración subjetiva acerca de prácticas corporativas inadecuadas se sanciona automáticamente con la abstención del consumidor o incluso con el boicot.[2]

Seguridad Social (SS)

El profesor Bastos (2016) afirma que las cotizaciones a la SS constituye un impuesto al trabajo y no son, en modo alguno, un sistema de previsión social: «Los ingresos recaudados por el sistema de SS no se guardan en ninguna parte, de la misma manera que ocurre con cualquier otro impuesto, se ingresan como una partida más en los presupuestos generales del Estado y son gastados de forma indistinta de las demás partidas». La «Hucha» de las pensiones es otra mala metáfora porque no existe ahorro.

El profesor Huerta de Soto (2010: 45-63), por su parte, realiza una exhaustiva crítica a la SS. Técnicamente, el sistema financiero de reparto disminuye el ahorro global de cada país. Las cotizaciones que aportan las empresas al sistema son pagadas, en última instancia, por los propios trabajadores. Actuarialmente, el envejecimiento de la población impone una creciente carga fiscal a la población activa. No puede haber «solidaridad intergeneracional» cuando el sistema (de reparto) es coactivo y lo que provoca, en realidad, es un conflicto intergeneracional. Por último, la SS pretende a la vez ejercer funciones de «seguro» y de «asistencia social», que son incompatibles entre sí.

Desde el punto de vista ético, el sistema de reparto es perverso: el Estado tutela al individuo como si fuera un menor de edad, irresponsable e imprevisor. Según esta lógica, dice el profesor Benegas (h), el Estado debería poner un policía detrás de cada persona para asegurar que no se gaste la pensión el primer día de cobro. Cada individuo, en función de su preferencia temporal, debe ser libre para distribuir su ingreso entre gasto, ahorro e inversión y, en su caso, sufrir las consecuencias de su falta de previsión.

Bibliografía

Bastos, M. (2016). «Las pensiones españolas no son sostenibles y son un esquema

de Ponzi». www.juandemariana.org/ijmactualidad /analisisdiario/las-pensiones-espanoles-son-sostenibles-y-no-son-un-esquema -de-ponzi>

Benegas, A. (2014). «El rol de la desigualdad de ingresos y patrimonios». www.youtube.com/watch?v=ZZ-mfv9-Ohs&t=833s>.

Constitución española, 1978.

Huerta de Soto, J. (2004). Nuevos estudios de economía política. Madrid: Unión Editorial.

Huerta de Soto, J. (2010). Lecturas de economía política (III). Madrid: Unión Editorial.


[1] Tribunal Supremo. Sala de lo Social. Sentencia núm. 791/2019.

[2] Recordemos el fiasco de Gillette cuando lanzó, en 2019, un polémico anuncio condenando la «masculinidad tóxica». El intento de ganar clientes alineándose con el feminismo supuso para Gillette, solo en el segundo trimestre de 2019, pérdidas de 5.240 millones de dólares.

Serie ‘El lenguaje económico’

(XXXIV) Lo social (II)

(XXXIII) Lo social (I)

(XXXII) El free rider

(XXXI) La eficiencia

(XXX) Los fallos del mercado

(XXIX) Gasolineras

(XXVIII) Dad al César lo que es del César

(XXVII) Humanismo

(XXVI) Publicidad (II)

(XXV) Publicidad (I)

(XXIV) El juego

(XXIII) Los fenómenos naturales

(XXII) El turismo

(XXI) Sobre el consumo local

(XX) Sobre el poder

(XIX) El principio de Peter

(XVIII) Economía doméstica

(XVII) Producción

(XVI) Inflación

(XV) Empleo y desempleo

(XIV) Nacionalismo

(XIII) Política

(XII) Riqueza y pobreza

(XI) El comercio

(X) Capitalismo

(IX) Fiscalidad

(VIII) Sobre lo público

(VII) La falacia de la inversión pública

(VI) La sanidad

(V) La biología

(IV) La física

(III) La retórica bélica

(II) Las matemáticas

(I) Dinero, precio y valor

El lenguaje económico (XXXIV): Lo social (II)

El pasado mes vimos que el adjetivo social es espurio y que se utiliza principalmente para legitimar la acción redistributiva del Estado. La mayoría de la población ha aceptado como justo que el Estado (nunca los particulares) confisque la propiedad de unos —los más ricos— para entregársela a otros —los más pobres. De esta manera se crea una ética sui generis: un robo deja de serlo cuando: a) Lo perpetra el Estado, y b) El botín se emplea con fines sociales.

Bienestar social y conquista social

La acción intervencionista del Estado nunca produce un bienestar sobre el conjunto de la sociedad. La confiscación y su posterior redistribución no puede agradar a todos. Una parte de la sociedad —los consumidores netos de impuestos— aumenta su bienestar a expensas de la otra parte —los proveedores netos de impuestos—, que ve aumentar su malestar.

La expresión «conquista social» está asociada a la idea de progreso y mejora en diferentes aspectos de la vida social, conseguidos habitualmente mediante alguna forma de lucha: revoluciones, activismo, huelgas, etc. Por ejemplo, el sufragio universal puede ser entendido rectamente como una conquista social al haber promovido la igualdad jurídica para todos. En el ámbito económico la situación es distinta: las mejoras laborales, salariales o la erradicación del trabajo infantil (entre otras) no son fruto de la coacción gubernamental o sindical, sino de la mayor productividad del sistema capitalista.

Contrato Social

Para entender que el «contrato social» solo es una mala metáfora, podemos imaginar a un proveedor de seguridad que llamase a nuestra puerta y dijera: «Nuestra empresa no le garantiza protección en caso de una agresión criminal; si apresáramos al delincuente, tampoco le garantizamos que recupere lo perdido y además, le cobraremos un suplemento para mantenerlo entre rejas, bien alimentado y con todas las comodidades; por último, el precio lo fijaremos nosotros unilateralmente»; ¿firmaría alguien en su sano juicio un contrato de estas características? Una de las más prolijas refutaciones del mito de la Constitución como contrato social la realizó, en 1867, el anarquista y abogado estadounidense Lysander Spooner (2013) en su obra: No Treason: the constitution of no authority.

La relación entre el proveedor monopolista y el consumidor de protección no reúne la principal seña de identidad de un contrato: el consentimiento manifiesto de las partes. La presunción de que las cláusulas del contrato social, aunque «no hayan sido jamás formalmente enunciadas, son en todas partes las mismas y han sido en todas partes tácitamente reconocidas y admitidas» (Rousseau, 1998: 34) nos parece inverosímil. Todas las teorías contractualistas (Hobbes, Locke, Rousseau, Kant y Rawls) adolecen de los requisitos de un contrato genuino, a saber, que cualquiera de las partes —protector y protegido— puede unilateralmente denunciar el pacto. El mito del «contrato social» todavía persiste hasta el punto de que algunos políticos lo han plasmado «ante notario» en un claro ejercicio de trilerismo electoral.[1]

Economía Social de Mercado

Estamos ante un pleonasmo o un oxímoron. Primero, es una redundancia porque tanto la economía (ciencia) como el mercado (institución) son categorías sociales, pues se producen en el seno de la sociedad. Segundo, si por «economía social de mercado» entendemos un sistema económico que combine lo mejor del libre mercado con la acción «correctora» del Estado, estamos ante una profunda contradicción. La pacífica cooperación que caracteriza al mercado es incompatible con la coacción propia de la intervención gubernamental.

Sobre esta «tercera vía» o mezcla de sistemas (economía de mercado y planificación central) afirma Mises (2011: 845): «No es posible combinarlos ni entremezclarlos; ninguna transición gradual lleva de uno a otro; son mutuamente incompatibles». Nunca la violencia, aunque sea limitada, puede mejorar los resultados de la libre cooperación humana.

Justicia social

Dice Alberto Benegas Lynch (h) (2014) afirma que la «justicia social» tiene dos interpretaciones: o bien es una redundancia grotesca porque la justicia no puede ser animal, vegetal o mineral, es siempre social; o bien es una contradicción en los términos, pues resulta injusto robar a unos para entregar a otros. Algunos liberales critican la confiscación porque se produce una «redistribución negativa»: las clases medias y bajas —generalmente asalariados— soportan la mayor parte de los tributos. Este argumento resulta peligroso, dado que podría inferirse que existe otra «redistribución positiva»: confiscar a los ricos para entregar a los pobres.

Notables anarcocapitalistas —Benegas, Huerta de Soto, Rothbard, Hoppe— defienden los principios éticos de forma inequívoca: un robo es un robo, independientemente de quienes sean las víctimas, los victimarios o los receptores del botín. En definitiva, la justicia social es espuria porque la justicia genuina siempre es referida a específicos individuos y situaciones donde hay un conflicto de derechos. La justicia, según Ulpiano, es «dar a cada uno lo suyo», en singular.

Bibliografía

Benegas, A. (2014). «El rol de la desigualdad de ingresos y patrimonios». www.youtube.com/watch?v=ZZ-mfv9-Ohs&t=833s>.

Mises, L. (2011). La acción humana. Madrid: Unión Editorial

Rousseau, J. J. (1998) [1762]. El Contrato Social. Barcelona: Edicomunicación.

Spooner, L. (2013). Sin traición. La constitución sin autoridad. [V. Kindle] Editorial Innisfree.


[1] En 2006, el líder de Convergencia i Unió (CiU), Artur Mas, tuvo la ocurrencia de firmar, ante notario, un «contrato con los catalanes», donde se recogían 21 compromisos electorales; los firmantes fueron Artur Mas i Gavarró y el notario Joan Carles Ollé i Favaró; incomprensiblemente, ni uno solo de los 5,3 millones de catalanes acudió a la notaría para firmar lo que, sin duda, era puro teatro: una promesa electoral disfrazada de contrato.

Serie ‘El lenguaje económico’

(XXXIII) Lo social (I)

(XXXII) El free rider

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(XXVIII) Dad al César lo que es del César

(XXVII) Humanismo

(XXVI) Publicidad (II)

(XXV) Publicidad (I)

(XXIV) El juego

(XXIII) Los fenómenos naturales

(XXII) El turismo

(XXI) Sobre el consumo local

(XX) Sobre el poder

(XIX) El principio de Peter

(XVIII) Economía doméstica

(XVII) Producción

(XVI) Inflación

(XV) Empleo y desempleo

(XIV) Nacionalismo

(XIII) Política

(XII) Riqueza y pobreza

(XI) El comercio

(X) Capitalismo

(IX) Fiscalidad

(VIII) Sobre lo público

(VII) La falacia de la inversión pública

(VI) La sanidad

(V) La biología

(IV) La física

(III) La retórica bélica

(II) Las matemáticas

(I) Dinero, precio y valor

El lenguaje económico (XXXIII): lo social (I)

Muy probablemente, de todos los términos analizados hasta la fecha, el más pervertido sea «social». Actualmente, todo concepto —ayuda, bono, cohesión, comedor, demanda, derecho, diálogo, doctrina (Iglesia católica), economía, escudo, estado, función, gasto, institución, justicia, política, paz, presupuesto, responsabilidad corporativa, salario, seguridad, utilidad, vivienda, etc.— acuñado «social» adquiere automáticamente un estatus político y ético incuestionable. Hoy criticaremos el adjetivo más confuso del último siglo (Hayek, 2015: 188):

Aun cuando sea tan equívoco el sustantivo «sociedad», mucho más lo es el adjetivo «social», que probablemente se ha convertido en la principal fuente de confusión de nuestro vocabulario moral y político. La extensión de tal proceso ha tenido lugar a lo largo de los últimos cien años, periodo durante el cual, a partir de la Alemania de Bismarck, su poderosa influencia ha alcanzado a todas las regiones del orbe.

Los grupos de interés

Según el diccionario de la R.A.E., «social» es aquello «perteneciente o relativo a la sociedad» o a una «compañía» (sociedad mercantil). Este adjetivo puede emplearse de forma meramente descriptiva, es decir, cuando su significado es neutro y no infiere una connotación moral; por ejemplo: capital social, ciencia social, club social, domicilio social, graduado social, realidad social, red social, trabajador social, etc. En el segundo caso, el adjetivo confiere al sustantivo que le precede un halo de bondad y justicia.

Numerosas demandas ilegítimas son calificadas «sociales» para que sean respaldadas por la opinión pública y, pari passu, por las autoridades políticas. De ahí su empleo extensivo para legitimar cualquier pretensión por parte de grupos organizados. Lo «social», con frecuencia, se asocia a personas con bajos ingresos o con necesidades básicas no cubiertas; por ejemplo: comedor social, guardería social, salario social, etc. Otras veces, el adjetivo se añade a sustantivos —ayuda, rescate, responsabilidad, valor— que connotan positividad de tal forma que el tándem resulta irresistible.

“Debería tacharse de antisocial”

¿Puede haber alguien en contra de la «cohesión social»? La Universidad de Málaga concede «Becas de Comedor de Cohesión Social» y el Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria tiene un «Área de Gobierno de Cohesión Social e Igualdad». En definitiva, para que una idea, proyecto o medida tenga una acogida favorable, deberemos afirmar que es «social» y que su implantación mejorará la sociedad.

Por desgracia, detrás de lo «social», se esconden pretensiones espurias de minorías organizadas o “rent seekers”[1] que buscan apropiarse de fondos públicos o que se promulgue una legislación ad hoc que favorezca sus intereses. Decía Hayek (2015: 193): “Lo ‘social’ debería más bien tacharse de antisocial”. Si la sociedad es el conjunto de “todos” los individuos, lo único genuinamente social es aquello que siendo bueno para algunos no perjudica a nadie. Robar a unos para entregárselo a otros —da igual quien lo haga— es antisocial porque destruye los principios de libertad y propiedad privada que caracterizan un orden justo.

Ayuda social

El fin no justifica los medios. Una ayuda solo es lícita en ausencia de violencia. La ayuda genuina se realiza voluntariamente y con medios propios: servicios, productos, fondos, etc. Solo las organizaciones —religiosas, filantrópicas, mutualidades, fundaciones— que utilizan fondos privados y los particulares que hacen donativos son benefactores sociales genuinos. Tanto el donante como el receptor han mejorado su situación (utilidad psicológica y material, respectivamente) y ningún tercero ha sido perjudicado. Solo aquí podemos afirmar que la «sociedad» ha mejorado.

Así mismo, toda actividad económica (que no implique robo o fraude) es social porque beneficia a quienes intercambian sin perjudicar a nadie. En cambio, las ayudas otorgadas por el gobierno son antisociales porque benefician a unos a expensas de otros. Por ejemplo, una beca privada es social y otra pública es antisocial. Lo que llamamos «dinero público» es en realidad «dinero confiscado al público».

El dinero público nunca es de «todos». Antes de ser confiscado, pertenecía a específicos individuos, después pasa a manos del Estado y finalmente termina en los bolsillos de los receptores de la «ayuda». «Estado social» es un oxímoron porque su actuación origina dos clases socialmente antagónicas: los consumidores y los proveedores netos de impuestos (Calhoun, 1953).

Demanda y utilidad sociales

Eminentes economistas afirman que el Estado asume «proyectos socialmente útiles, como la exploración espacial o la investigación científica» (Samuelson y Nordhaus, 2006: 34). La «utilidad social» es una falacia colectivista que sirve principalmente a los fines del intervencionismo. En primer lugar, la utilidad es un fenómeno psicológico y subjetivo que no admite manejos aritméticos. Hayek (2014: 277) critica que los servicios tengan valor para la sociedad:

Aunque los economistas emplean a veces alegremente el concepto de «valor para la sociedad», se trata de un concepto que no existe en absoluto, y la expresión implica el mismo tipo de antropomorfismo o personificación de la sociedad que hallamos en la expresión «justicia social». Los servicios sólo pueden tener valor para unas personas en particular (o una organización), y todo servicio específico tendrá valores muy distintos para los diversos miembros de la misma sociedad.

¿Y cómo saber lo que demanda cada miembro de la sociedad? El mercado nos lo dice, a través del sistema de precios (no interferidos), que indica al empresario la cantidad y calidad de bienes que debe producir. La fidedigna «demanda» social es la expresada libremente por los individuos en un mercado libre. Según Mises (2011: 233): «La relación de intercambio es la relación social por excelencia». Si los consumidores, en su caso, no están dispuestos a financiar la exploración espacial porque tienen otras prioridades, el gobierno debería abstenerse de alterar violentamente sus preferencias. En un artículo anterior ya tratamos la falacia de la «inversión» pública.

Bibliografía

Hayek, F. (2014). Derecho, legislación y libertad. Madrid: Unión Editorial.

Hayek, F. (2015). La fatal arrogancia. Madrid: Unión Editorial.

Mises, L. (2011). La acción humana. Madrid: Unión Editorial.

Samuelson, P. y Nordhaus, W. (2006). Economía. Méjico: McGraw Hill (18ª ed.).


[1] Del inglés: buscadores de rentas

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(XX) Sobre el poder

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(XVIII) Economía doméstica

(XVII) Producción

(XVI) Inflación

(XV) Empleo y desempleo

(XIV) Nacionalismo

(XIII) Política

(XII) Riqueza y pobreza

(XI) El comercio

(X) Capitalismo

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(VII) La falacia de la inversión pública

(VI) La sanidad

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(III) La retórica bélica

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(I) Dinero, precio y valor

El lenguaje económico (XXXII): el free rider

La literatura económica define al free-rider como «polizón», «parásito», «oportunista», «gorrón», etc. Hoy analizaremos todos estos términos —normalmente acusatorios— para demostrar que el comportamiento del free-rider es impecable desde las ópticas económica, jurídica y ética.

Externalidades

En ocasiones, el productor de un bien anticipa que ciertas personas —los free-riders— pueden consumirlo sin pagarlo. Según Mises (2011: 777) caben dos posibilidades:

1. El interesado estima tan grande su ganancia personal que está dispuesto a soportar íntegramente los costes.

2. El coste resulta tan elevado que ninguno de los potenciales beneficiarios está dispuesto a soportarlo íntegramente por separado y la obra únicamente puede ejecutarse si un número suficiente de personas aúna sus esfuerzos.

“Polizón” y “parásito”

Llamar al free-rider «polizón» es incorrecto. El polizón embarca, clandestinamente, ilegalmente, en un medio de transporte. Para viajar «gratis», debe previamente invadir una propiedad privada, sin autorización del propietario. El free-rider, por el contrario, es un beneficiario no intencional: no invade la propiedad privada y no viola la ley. Solamente se aprovecha de una circunstancia sobrevenida sobre la que no tiene control. La conducta del free-rider, en definitiva, es jurídicamente correcta, pues no viola derecho alguno, en particular: la propiedad del productor o la de terceros que pagan.

Un parásito es un organismo que vive sobre otro organismo —huésped— o en su interior y del que se alimenta. Desde un punto de vista biológico, un parásito (al igual que un depredador) no es mejor ni peor que su huésped. En el ámbito humano, en cambio, la metáfora «parásito» introduce un juicio moral condenatorio. El parásito biológico vive a expensas de su huésped depauperándolo, enfermándolo e incluso matándolo; es decir, el parásito invade a su huésped perjudicándolo.

En cambio, el consumo del free-rider no se produce en detrimento de terceros que pagan. Cabalmente, solo podemos decir que A parasita a B cuando, de forma invasiva, el primero vive a expensas del segundo; ello implica un vínculo hegemónico, de fuerza entre A y B. Esta circunstancia no se da en el free-rider, en cambio, se produce cotidianamente cuando políticos, funcionarios y otros consumidores netos de impuestos viven a expensas de los productores del sector privado.

“Gorrón” y “oportunista”

Tal vez, «gorrón» sea la definición más aproximada al free-rider, pero un «aprovechado», en su caso, no invade, no ataca, ni sustrae la propiedad privada de terceros. El gorrón, eventualmente, puede tener un comportamiento egoísta y antisocial, pero no viola ninguna ley ni comete crimen alguno.

¿Es malo ser un oportunista? Una oportunidad es una situación que, debidamente identificada[1] y gestionada, proporciona al agente un gran beneficio en relación con el coste soportado. El oportunismo es propio de la función empresarial, pero también de la acción humana misma. Disfrutar los beneficios de una situación preexistente o sobrevenida no solo forma parte de la racionalidad económica, sino que es una causa no intencionada del progreso humano: «Heredamos de nuestros antepasados no solo bienes y productos diversos, de los que derivamos riquezas materiales, sino también ideas y pensamientos, teorías y técnicas, a las que nuestra inteligencia debe su fecundidad» (Mises, 2011: 214).

El mito de la «deseabilidad social»

Un grave error de la teoría de los bienes públicos es colectivizar el valor, ya que este es subjetivo. Solo el individuo puede saber si una determinada externalidad le beneficia o perjudica. Por ejemplo, conspicuos economistas afirman que los fuegos artificiales constituyen una externalidad positiva que debe sufragarse mediante la coacción fiscal, de otro modo, la cantidad producida sería menor a la «deseable socialmente»; pero sólo los individuos tienen deseos.

Los pirómanos seguramente desearían quemar más pólvora, mientras que otros sufren el ruido de las explosiones y desearían su prohibición. ¿Cuál es el estándar para determinar que la cantidad producida de un determinado bien sea «excesiva» o «insuficiente»? ¿Es posible conocer los deseos de todos los individuos? Y aún dándolos por sabidos, ¿es posible sumarlos y restarlos? Solo el libre mercado, mediante el sistema de precios, puede producir las cantidades y calidades de bienes que los consumidores demandan.

¿Debe el free-rider pagar por la externalidad?

En el supuesto de existir una externalidad positiva, el beneficio del free-rider no procede de una relación contractual, explícita o tácita, que obligue al pago de la utilidad recibida. Como dice Block (1983: 9): «Ciertamente, él no ha demandado esos beneficios y, en ningún caso, puede alegarse que los haya contratado».

Bibliografía

Block, W. (1983): «Public Goods and Externalities: The Case of Roads». Journal of Libertarian Studies, vol. VII, n.o 1, primavera, pp. 1-34.

Mises, L. (2011). La acción humana. Madrid: Unión Editorial.


[1] Las oportunidades no se crean, tal y como dice la publicidad del BBVA. Las oportunidades son preexistentes y solo pueden ser descubiertas.

Ver también

El paraíso de los free riders. (María Blanco).

El free rider y sus secuelas. (Joaquín Santiago).

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(XX) Sobre el poder

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(XVIII) Economía doméstica

(XVII) Producción

(XVI) Inflación

(XV) Empleo y desempleo

(XIV) Nacionalismo

(XIII) Política

(XII) Riqueza y pobreza

(XI) El comercio

(X) Capitalismo

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(IV) La física

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(I) Dinero, precio y valor

El lenguaje económico (XXXI): la eficiencia

La eficiencia es «la mejor combinación de medios para fines establecidos» (Rothbard, 2016: 1). Normalmente, decimos que una cosa es más eficiente que otra cuando su relación utilidad-coste es superior. Por ejemplo, la máquina «A» es más eficiente que «B» cuando, por unidad de input consumido, la primera obtiene mayor output que la segunda; o que «A» es más eficiente que «B» si, a igual rendimiento, la primera consume menos que la segunda.

En la técnica, eficiencia es sinónimo de rendimiento. En el ámbito social, sin embargo, la idea de eficiencia se torna problemática, pues tanto las utilidades como los costes son subjetivos y no son susceptibles de medida. Por extraño que pueda parecernos, «la economía cuantitativa no existe» (Huerta de Soto, 2004: 65). En las empresas, a través del cálculo económico, podemos averiguar si determinada acción ha resultado más o menos eficiente en términos monetarios, algo que llamamos «rentabilidad». Ya en el ámbito social «no puede haber ningún análisis válido o significativo sobre coste-beneficio en las decisiones legales o políticas» (Rothbard, 2016: 3) por las siguientes razones:

Fines diversos

a) Primero, tanto los individuos como los grupos tienen fines diversos y, a menudo, conflictivos entre sí. Por ejemplo, si la máquina «A» requiere la mitad de operarios que «B», sustituir una por otra será útil para la empresa y, tal vez, para ciertos empleados, pero nunca para quienes son despedidos. La «eficiencia social» una secuela del utilitarismo de Jeremy Bentham que ha desembocado en el espurio análisis de coste-beneficio: «En cualquier situación puede hacerse un cómputo de beneficios —unidades de placer—, compararlo con los costes —unidades de dolor—, y ver cuál de los dos supera al otro» (Rothbard, 2013a: 648).

Pero ni utilidad ni costes es mensurable y todo intento de matematizar un balance entre ambos es metodológicamente imposible. Volviendo al ejemplo anterior, ¿qué es socialmente más eficiente? ¿El aumento de la producción? ¿El (esperado) incremento salarial de los operarios? ¿O el desempleo temporal de los otros? La respuesta dependerá de quién sea preguntado.

Un concepto subjetivo de eficiencia

b) Segundo, ni siquiera las acciones individuales pueden ser definidas objetivamente como «eficientes»; por ejemplo, mediante la experiencia y la práctica, un trabajador va incrementando gradualmente su destreza y rendimiento de tal forma que hoy es más «eficiente» que ayer, pero las vicisitudes personales podrían invertir lo anterior. El concepto de eficiencia puede servirnos sólo cuando comparamos medios y procesos relativamente simples dentro de un sistema orientado hacia una misma finalidad. Una vez que abordamos los complejos e intrincados procesos sociales, resulta de todo punto estéril establecer juicios sobre la mayor o menor eficiencia de un sistema sobre otro; «la eficiencia es, por lo tanto, una quimera» (Rothbard, 2016: 1).

Dada la problemática apuntada, lo único razonable es permitir que cada individuo pueda expresar lo que subjetivamente considere más «eficiente» en cada circunstancia, momento y lugar, a través del proceso social del mercado (Huerta de Soto, 2012: 55). Solamente la libertad, en ausencia de coacción y fraude, puede aproximarnos a lo que habitualmente se entiende como «eficiencia o utilidad social», tal y como afirma Rothbard (2013b: 10):

Cuando la gente es libre de actuar, actúa siempre de una forma que cree que maximizará su utilidad (…) Si nos permitimos usar el término «sociedad» para describir el patrón de todos los intercambios individuales, podemos decir que el libre mercado «maximiza» la utilidad social, pues todos ganan en utilidad.

Murray N. Rothbard

Mercado y eficiencia

O como dice Huerta de Soto (2004: 57), refiriéndose explícitamente al vínculo entre libre mercado y eficiencia:

Tan sólo éste, y no otro, puede ser el criterio relevante de eficiencia económica. Un sistema será tanto más eficiente conforme más libremente actúe la función empresarial buscando oportunidades de beneficio (…) El fantasmagórico concepto paretiano de eficiencia es inútil e irrelevante, pues ha sido elaborado en el invernadero teórico de la escuela de los economistas del bienestar, y exige para su manejo operativo un entorno estático y de plena información que jamás se da en la vida real.

Jesús Huerta de Soto

El criterio de Pareto

Ilustremos nuestra crítica de la eficiencia social con un caso imaginario. Supongamos que mediante un trasplante de córnea una persona puede recuperar la vista. Si un vidente decide libremente donar (o vender) una de sus córneas a un ciego, ambos salen beneficiados del acto y no hay terceros perjudicados; en este caso, podríamos aseverar que la «sociedad» ha mejorado en su conjunto o que el resultado ha sido Pareto-eficiente.

Supongamos ahora que el gobierno, mediante un análisis de coste-beneficio, determina que es socialmente más eficiente que haya dos tuertos antes que un ciego y un vidente; ¿debería extirparse forzosamente (i.e. mediante sorteo) una córnea al número suficiente de videntes para erradicar la ceguera? Si entendemos por sociedad el conjunto de todos los individuos de una comunidad —y aquí la escala no es relevante— no es posible afirmar que la utilidad social aumenta cuando uno solo de sus miembros ha sido perjudicado.

Bibliografía

Huerta de Soto, J. (2004). Estudios de Economía Política. Madrid: Unión Editorial.

Huerta de Soto, J. (2012). “La esencia de la Escuela Austriaca y su concepto de eficiencia dinámica”. Revista de Economía ICE, marzo-abril 2012, Nº 865.

Rothbard, M. (2013a). Historia del Pensamiento Económico. Madrid: Unión Editorial.

Rothbard, M. (2013b). Poder y Mercado. [Versión Kindle]. Guatemala: UFM.

Rothbard, M. (2016). «El mito de la eficiencia». Recuperado de http://www.miseshispano.org/2016/04/el-mito-de-la-eficiencia/#_ftnref1

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(X) Capitalismo

(IX) Fiscalidad

(VIII) Sobre lo público

(VII) La falacia de la inversión pública

(VI) La sanidad

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(IV) La física

(III) La retórica bélica

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