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Etiqueta: Enemigos de la libertad

Sólo por ser mujer

El martes, 23 de junio, el Congreso de los Diputados aprobó por una abrumadora mayoría la proposición no de ley que insta al Gobierno a tomar medidas contra el negacionismo de la violencia de género. La petición, propuesta por el Grupo Parlamentario del PSOE, fue votada por los siguientes grupos parlamentarios, por orden de presencia en la Cámara:

  • PSOE 120 diputados
  • Partido Popular 89
  • Unidas Podemos 35
  • ERC 13
  • Ciudadanos 10
  • Junts per Catalunya 8
  • PNV 6
  • EH Bildu 5
  • Más País 3
  • CUP 2
  • Coalición Canaria 2
  • Navarra Suma 2
  • BNG 1
  • PRC 1
  • Teruel Existe 1

En total, 298 diputados, más del 85 por ciento de la Cámara, votó a favor de la PNL. ¿Qué motivó este inusual consenso para un asunto que puede resultar polémico?

La proposición establece que hay algo llamado violencia de género. Me distancio de lo que recoge la PNL no porque yo niegue violencia alguna, sino porque lo que dice que se produce en España es algo muy concreto, una realidad, la que estaría amparada por el sintagma “violencia de género”. En resumidas cuentas, esa “violencia de género” está definida por lo siguiente:

Es una “violencia específica que se produce contra las mujeres por el hecho de ser mujeres”. Además es una violencia “estructural contra las mujeres [que] tiene su origen en la desigualdad”, y “el machismo apuntala esta violencia”.

No da más pistas, pero sí recoge que esa “violencia de género” (VdG) es una idea que está incrustada en “el marco normativo” y está respaldada por “las investigaciones académicas”, unas, “científicas”, otras. Además, sobre la existencia de tal VdG existe, según indican, un “consenso social y político”.

Esto lo dice el preámbulo de la PNL. Ya llegaremos a ella, pero corramos a decir que es absurdo negar su existencia. Sólo podría hacerse conociendo todos los casos de violencia de hombres contra las mujeres y, sobre todo, su motivación específica. Sin ese conocimiento holístico, ¿quién podría negar que hay casos de una “violencia específica, estructural, contra las mujeres, por el simple hecho de serlo”?

Pondré un ejemplo: El otro día vi un vídeo en el que un transeúnte se cruzaba con una mujer, de 99 años, con la que no tenía ninguna relación previa. El joven la vio, y le propinó un empujón que la derribó. ¿Lo hizo porque ella era mujer? ¿O quizás fue porque ella era blanca, y él negro en pleno furor de ‘Black lives matter’? Eso sólo nos lo puede decir la intimidad del podrido cerebro de ese joven. Pero insisto en que negar que ese tipo de violencia se dé es un absurdo.

Otra cuestión es su relevancia. ¿Cuántos de los hechos violentos de hombres hacia mujeres en España se deben a esa motivación? Si los hombres agrediesen a las mujeres sólo por el hecho de serlo, las agresiones serían aleatorias, y casi ninguna en el ámbito familiar, donde es fácil que el agresor sea identificado. Pero no es así, en todos los casos, o casi todos, hay una relación previa a la violencia entre ambas personas, por lo que aquí se juntan infinidad de motivaciones. Muchas serán comunes, porque la naturaleza humana es limitada, pero las hay muy diversas.

Si lo que pretende el preámbulo de la PNL no es afirmar que existe lo que describe como VdG, sino que todas las actuaciones violentas de hombres contra mujeres son de esa índole, entonces el asunto entra ya dentro del ámbito de lo debatible. Hay varias consideraciones que se pueden hacer para defender que esa pretensión no es evidente. Por ejemplo, hay muchos más hombres víctima de la violencia de otros hombres que mujeres. Los hombres son más violentos que las mujeres, lo cual es fácil de explicar por la psicología evolucionista. Aunque pueda haber razones puramente culturales, y por tanto matizables en alguna medida, hay un sustrato biológico indudable. Se sabe, por ejemplo, que la testosterona mitiga la empatía.

Pero si queda acreditada la mayor violencia de los hombres, no hay que recurrir a una explicación secundaria, como que el que ejercen sobre las mujeres es por el simple hecho de serlo. Subjetivamente es una idea extraña, la verdad. Y, en cualquier caso, plantearía la cuestión de si el grupo sexual que es más objeto de violencia por parte de los hombres, que son otros hombres, reciben esa violencia también por ser hombres. El preámbulo de la PNL nada dice al respecto, y son cuestiones que se debería plantear.

Por otro lado, hay violencia de algunas mujeres hacia algunos hombres o hacia otras mujeres; porque la naturaleza, o si prefieren la evolución, nos ha hecho distintos a este respecto, pero no tanto. ¿Cuánta de esa violencia es la imagen especular de la VdG, como la describe el documento?

Y, sobre todo, ¿cuántos de los 298 diputados que han votado la PNL del PSOE se han planteado en serio lo que pone? No hará falta que responda a esta pregunta.

Esto incluye al propio PSOE que, sin embargo, dice que negar que toda violencia de un hombre contra una mujer encaja en este estereotipo ideológico de VdG (estructural por el simple hecho de ser mujer) atenta contra el consenso político (lo cual, vista la votación, es innegable), contra el veredicto de la ciencia (no han visto un debate científico ni por asomo), y contra las propias víctimas. Sobre ellas sólo diré que un mal diagnóstico sobre la violencia, adoptado por la clase política como dogma, nunca puede ser una ayuda.

Pero llegamos a la propia proposición no de ley, y ya era hora. La voy a citar letra por letra: “El Congreso de los Diputados, reconociendo la existencia de una violencia específica contra las mujeres que se produce por el hecho de ser mujeres, insta al Gobierno de España a combatir discursos machistas y negacionistas de la violencia de género y seguir impulsando el Pacto de Estado contra la Violencia de Género”.

No es una PNL, es un bodrio sobre el que se agolpan infinidad de consideraciones. La primera es, ¿cómo se puede llamar a la opinión contraria a que toda violencia hombre-mujer encaje en una definición tan estrecha, “negacionismo”? La palabra “negacionismo” tiene un significado preciso: la negación del hecho histórico del holocausto, el genocidio específico del pueblo judío llevado a cabo por los nacionalsocialistas. Por ejemplo, Irán, socio estratégico de Podemos, que ha apoyado esta PNL, organiza simposios negacionistas. Y, por cierto, asume un discurso hacia el pueblo judío y en particular hacia Israel que suena, como en un sombrío eco, en los discursos del propio Podemos.

Pero estar en desacuerdo con que esa definición de violencia encaje en todos los casos no se parece ni por asomo. Afirmar que las motivaciones de la violencia son complejas y que no todas se ajustan a una definición puramente ideológica, creada como ariete contra la sociedad actual, no es lo mismo que negar que esta violencia se produzca. Por cierto, que hay otras violencias, las que no son del hombre hacia la mujer, que las feministas sí niegan u ocultan.

Es más, la propia PNL hace referencia, ¡Ay!, a la ciencia. La ciencia tiene por misión entender la realidad y ello le lleva a poner en duda, y en ocasiones a enfrentarse abiertamente, a todo tipo de consensos. Especialmente a los consensos lysenko-políticos.

Pero hay más efectos estupefacientes de esta proposición. ¿Qué medidas puede adoptar el Gobierno? Aún reconociendo sin reservas toda su voluntad censora, ¿qué instrumentos puede utilizar el Gobierno para prohibir que otros expresen su opinión distinta a la proclamada como verdad oficial?

Y ¿Qué hacen Partido Popular y Ciudadanos votando este dislate? ¿También se suman a esta estrechísima definición de violencia para hacer pasar por ella a toda manifestación de la misma? ¿Será cierto que desean que el Gobierno ponga todos los medios a su alcance en contra de quienes sospechan que no todos los casos son como pretende esta posición ideológica? Este atentado al debate, este ataque desmedido contra la misma ciencia, ¿les parece a estos partidos algo merecedor de apoyo? Se ve que Pablo Casado, desde que ha elogiado públicamente la figura de Mariano Rajoy, ha dado por buena la expulsión de los liberales del partido. Pero ¿Y Ciudadanos? Aquel partido de dos almas, socialdemócrata una y liberal la otra, pero ambas ancladas a un (endeble) fondo ilustrado, ¿dónde ha quedado? El único partido que ha levantado la voz (literalmente) contra esta proposición no de ley ha sido Vox. Tengo muchas reservas hacia esta formación, pero aquí ha aportado todo el sentido común que le ha faltado al resto de la Cámara.

Black lives (don’t really) matter

Las vidas de los negros (realmente no) importan. Es el reverso del reclamo de Black Lives Matter, pero parece acercarse más a la realidad de sus objetivos. No es esa su prioridad, sino la policía. La institución armada, cuya misión es hacer cumplir las leyes y desarticular las estructuras criminales, es el objetivo inmediato del movimiento Black Lives Matter.

El discurso político se ha ido sinplificando, de los tratados de filosofía a los panfletos políticos (y en ocasiones eran lo mismo) a los discursos parlamentarios, y de ahí a las intervenciones en televisión, para acabar siendo reducidos a un ‘hastag’, a una etiqueta. Y #BlackLivesMatter ha apadrinado otra etiqueta: #DefundThePolice, que es llevar los recortes de gasto público al extremo, pero con un objetivo específico: acabar con las policías del país.

No es que yo esté diametralmente en contra de una idea como esa. La vieja y olvidada tradición republicana (en España olvidada especialmente por los que dicen ser republicanos), se fundamenta en el concepto de ‘virtú’, que es la predisposición de los ciudadanos a participar directamente en los asuntos públicos. Y, entre ellos, está la seguridad. Un pueblo republicano es un pueblo en armas. Esta idea se puede combinar con el principio que hace posible cualquier sociedad, que es la división del trabajo: al igual que los ciudadanos pueden defenderse por sí mismos, solos u organizados con otros, también pueden contratar ese servicio a cualquier empresa.

Pero no es eso lo que tienen en mente, aunque no han precisado qué quieren que sustituya a la Policía, si el crimen irrestricto o un grupo armado comandado por grupos radicales, y al margen tanto del Estado como de los ciudadanos de a pie organizando su defensa. La cuestión es de la máxima importancia, porque la Policía es sólo la primera línea de defensa del Estado de Derecho, que es el siguiente objetivo por derribar. Ese es el objetivo mediato.

No tenemos que imaginarnos cómo sería una ciudad sin Policía. Nos basta con echar la vida sólo unos días atrás. El 31 de mayo murieron en la ciudad de Chicago 18 personas por causas violentas. Según informó el Chicago Sunday Times, esto le convierte en “el día más violento en Chicago en seis décadas”. El fin de semana supuso la muerte de 25 personas, con un saldo añadido de 85 heridos, todos ellos por armas de fuego. En esos días, la Policía tuvo que olvidarse de controlar el crimen, porque todos sus recursos estaban destinados a controlar las violentas protestas que se estaban produciendo en la ciudad. Luego, para el crimen, es como si el lema #DefundThePolice hubiera sido un completo éxito. Liberado el crimen de la fuerza represiva que lo controlaba, los cadáveres de los afroamericanos caían a un ritmo sin parangón desde 1961.

Otro ejemplo tiene que ver con un éxito indudable del movimiento BLM: cuando en 2016 el alcalde de la ciudad, Rahm Emmanuel, impuso a la policía local una política de “brazos caídos”; esa fue su expresión. El efecto fue clarísimo: en 2015, el número de homicidios fue de 480. En 2016 fue de 754, un aumento del 58 por ciento.

Quizá lo que tenga sentido no es acabar con la Policía, sino mejorar su actuación por medio de la reforma. Pero aún así hay datos que no podemos dejar de lado. Según recoge Rafael A. Mangual en un artículo publicado en el diario The Wall Street Journal, “Un estudio de 2018, publicado en el Journal of Trauma and Acute Care Surgery, analizó más de 100.000 arrestos, y se encontró que más del 99 por ciento se llevaron a cabo sin el uso de fuerza física. En los casos en que se usó la fuerza, el 98 por ciento de los sujetos sufrieron lesiones leves o nulas”. Y para situar al lector: “A nivel nacional, la policía descargó sus armas de fuego aproximadamente 3.043 veces en 2018, con el resultado de 992 muertes. El mismo año, casi 700.000 oficiales de tiempo completo hicieron más de 10 millones de arrestos”. Esto puede sorprender al consumidor habitual de medios de comunicación españoles.

Como le sorprenderá saber que la situación no ha empeorado, sino que ha ido claramente a mejor en los últimos años. Si entra el lector en Mapping Police Violence, puede comprobar que en 2019 murieron 259 personas de raza negra en enfrentamientos con la Policía, por 291 en 2013. Es una pena que la web no vaya más atrás en el tiempo, porque esta tendencia a la baja lleva produciéndose desde comienzos de los años 90’. También se ha reducido el número de blancos muertos en las mismas circunstancias: 665 en 2019 por 717 en 2013, aunque el progreso ha sido más lento.

Ha habido un verdadero esfuerzo por lograr que la Policía sea más efectiva en su desempeño, sin que sus encuentros con la población civil desemboquen en muertes; especialmente en muertes injustas, como la de George Floyd. Pero no siempre esos esfuerzos se ven recompensados.

Un caso claro es el que ofrece detalladamente The Marshall Project, una institución a medio camino entre medio de comunicación y think tank, especializado en el funcionamiento de la justicia en los Estados Unidos. En 2012, la jefa de Policía de Minneapolis, Janeé Harteau, invitó al Departamento de Justicia de los Estados Unidos a trabajar conjuntamente para reformar al cuerpo, identificar y expulsar a los policías que no estaban a la altura de la tarea, y mejorar la transparencia y la confianza de los ciudadanos de Minneapolis. Tres años de estudio desembocaron en un informe que recomendaba poner en marcha un sistema que alertase de los policías que podrían saltarse las normas, así como un programa de ‘coaching’ de los agentes. También acotó el protocolo para reducir las situaciones en las que un agente podía matar a un presunto criminal.

Pero una cosa es diseñar una política que zahiere el statu quo, y otra que éste se deje zaherir. El agente Chauvin, que presionó con su rodilla el cuello de George Floyd hasta quitarle la vida, había recibido una docena de denuncias, y ninguna acabó en una corrección disciplinaria. Tou Thao ha recibido seis quejas, pero tampoco han ido más allá. Pero tuvo que pagar 25.000 dólares a un ciudadano por golpearle los dientes durante una detención.

¿Por qué es difícil, incluso en una institución tan volcada sobre la reforma como el Ayuntamiento de Minneapolis, echar a los “malos” policías? Tenemos que mirar a los sindicatos, que frenan cualquier despido, aunque entre dentro de las políticas de mejora del cuerpo. Por eso, los demócratas han presentado un proyecto de reforma de las Policías que evite que las reformas como la de Minneapolis se queden en nada. Y para ello han reconocido que tienen que limitar el peso de los intereses creados dentro del cuerpo, fieramente defendidos por los sindicatos policiales.

Ese tipo de esfuerzos sí tienen al menos el objetivo de mejorar la situación, no de subvertir el orden legal y social para sustituirlo por algo muy distinto. Algo inconfesado, quizás por inconfesable.

CHAZ, a un paso de la barbarie

“You are leaving the U.S.A.”. Un cartel improvisado advierte al transeúnte de que, lo que hasta ayer era Seattle, la ciudad más importante del Estado de Washington de los Estados Unidos, hoy es CHAZ, el acrónimo de Capitol Hill Autonomous Zone. Son seis bloques tomados por unas fuerzas anarquistas que han logrado echar a la policía local.

La ciudad llegó a esta situación tras una de las incontables manifestaciones pacíficas que se repiten por todo el país, ciudad tras ciudad. El pacifismo, claro, lo ponen los titulares. Porque los líderes locales del movimiento Black Lives Matter se presentaron en el ayuntamiento de Seattle, una de las ciudades más izquierdistas de todo los Estados Unidos, advirtiéndole a la alcaldesa que o retiraba de forma inmediata los fondos a la Policía local o se hacían con el control de una parte de la ciudad. Y eso hicieron. Entraron en el Ayuntamiento porque les abrió la puerta la concejal socialista de Seattle Kshama Sawant.

El lunes, 8 de junio, en un movimiento sorprendente, la alcaldesa de la ciudad retiró la Policía de Capitol Hill. Ante la retirada de la primera línea de defensa del Estado de Derecho, se ha creado allí un área gestionada por los impulsores de Black Lives Matter. “La primera noche de la llamada Capitol Hill Autonomous Zone que se creó tras el levantamiento del asedio de una semana de la Policía del departamento Este fue lluviosa y pacífica, y se llenó de discursos pronunciados por activistas, agitadores, poetas y concejales socialistas”, relata un blog.

Uno de los organizadores del movimiento, autodenominado Magik, dice altavoz en mano: “Espero que lo que cojones que estemos haciendo sea efectivo”. Imagino que por eso eligió su sobrenombre. A la mañana siguiente, los organizadores crearon una barricada en zig zag para evitar el paso de vehículos por las calles que pasaban por CHAZ. Sobre alguno de ellos está pintado Kill the police.

El mismo 9 de junio que decayó la Policía de Seattle, el rapero Raz Simone creó un cuerpo propio, una fuerza que responde sólo ante sí, y que ejecuta los juicios sumarísmos que ella misma hace. Por ejemplo, en un vídeo se puede ver cómo el rapero-policía golpeaba a un súbdito de CHAZ, por haber rociado con spray un graffiti. Para saldar la recién creada deuda con la sociedad de CHAZ, Raz le requisó su teléfono móvil.

Pero no es la única actividad que ha realizado la policía anarquista de CHAZ en este tiempo. Según recogen varios informes de la todavía Policía de Seattle, con información aportada por las víctimas, Raz se dedica a ir negocio tras negocio vendiendo protección contra su propia violencia. Como Don Fanucci en El Padrino II.

Mientras, la concejal socialista Sawant suelta una arenga a quienes le rodean en el cruce de la avenida 12 con la calle Pine, donde está la comisaría de Policía, ya abandonada. Se queja de que otros concejales, “de color, como yo”, no votasen de acuerdo con los criterios raciales.

Kshama Sawant llama a sus compañeros “concejales de empresa” y “vendidos”, y dice que, si bien se sienta a su lado en las juntas del ayuntamiento, “ellos no son mi gente. Vosotros sois mi gente”. En otro discurso, pronunciado al día siguiente, dice que su objetivo es imponer un gravamen a Amazon, la empresa informática y de distribución. “No puedes tener cero policía y eliminar el racismo y la opresión sobre una base capitalista”, advierte al público. Todavía el día 10, la activista Nikkita Oliver advierte: “No podemos tener un movimiento pacífico”.

Pero hay cuestiones urgentes que tratar en CHAZ. La organización de la celebración del día del orgullo, por ejemplo. Egan Orion, director ejecutivo de SeattlePrideFest, ha pospuesto la celebración de la fiesta: “Nuestro anuncio se ha retrasado porque ahora nos solidarizamos con los manifestantes, por lo que no queremos pisar ninguna de las protestas y de las acciones que están teniendo lugar”.

Sawant hace carrera política en Seattle, pero no es ella quien ha creado el movimiento. El grupo anónimo que lo dirige ha creado un documento en el que exponen una lista de 30 exigencias. Es un documento importante, porque refleja algunas de las ideas que animan las protestas que estallan por todo el país bajo el falsario lema “Black lives matter”. El primero es el más significativo de todos: “El Departamento de Policía de Seattle y su correspondiente sistema judicial son irreformables. No pedimos su reforma; exigimos su abolición”. Acabar con la Policía incluye dejar sin fondos el sistema de pensiones de los agentes, afirman. Exigen una investigación sobre la brutalidad policial realizada desde el Gobierno federal. Y exigen que todas las personas de color salgan de la cárcel y vuelvan a ser juzgadas por “sus pares en su comunidad”.

Sus exigencias alcanzan también la reforma social. Quieren acabar con la gentrificación de Seattle. Es ese proceso por el que los centros de las ciudades, degradados durante mucho tiempo, se ocupan por una parte activa de la sociedad, lo que hace que se eleven los alquileres. Para lograr ese proceso, exigen la imposición de una renta máxima; un instrumento ideal para degradar la ciudad y evitar su gentrificación, ciertamente.

En el ámbito estrictamente racista, exigen que Seattle contrate médicos y enfermeras negros para atender a la población negra de la ciudad. Y quieren imponer un certificado de pureza ideológica (anti-bias) para poder ejercer el magisterio, la medicina o el periodismo.

De hecho, la organización ha mutado, y ahora exige que se le llame por otro acrónimo: CHOP; Capitol Hill Organized Protest. El término inglés “chop” se traduce por talar, cortar, o trocear, pero sus intenciones parecen ser otras. Las expresa Maurice Cola con estas palabras: “No estamos intentando secesionarnos de los Estados Unidos”. Sería incongruente hacerlo y exigir, al mismo tiempo, que el Gobierno Federal investigue a la Policía de Seattle.

Este cambio se produjo el viernes pasado, con un importante cambio de estrategia: Hay que implicar a la gente “blanca y rica” de la ciudad en los cambios para favorecer a la población negra. El activista Jason Beverly dice: “La rica gente blanca está en una posición en la que puede actuar. Podéis hablar con los consejos de accionistas, podéis pedir fondos o donaciones, podéis actuar en favor de las comunidades afroamericanas”. Pero añade: “Todavía no ha habido una respuesta”, sin que el propio Beverly pueda sospechar los motivos.

Dejemos a Jason Beverly absorto ante la timidez de los ricosblancos ante un movimiento que quiere acabar con la Policía y el sistema judicial, y vayamos a la alcaldesa de la ciudad, Jenny Durkan. ¿Cuál es su visión de la toma de control de una parte de la ciudad por un conjunto de activistas, más la banda de Raz Simone? “Capitol Hill Autonomous Zone #CHAZ no es un páramo sin ley (ocupado por) una insurrección anarquista. Es una expresión pacífica de la pena colectiva de nuestra comunidad y de su deseo de construir un mundo mejor”.

En mi anterior artículo decía que esta revuelta iba contra la Policía como primera línea de defensa de nuestra sociedad. Derrumbada la Policía, la revolución iría contra todo lo demás. “El capitalismo, la moral, las leyes, todo lo que nos permite vivir en común, todo eso debe ir a la hoguera. Con todos nosotros, todos, en ella”. La hoguera aviva su fuego, que se alimenta de nuestra cobardía, y devora el entramado social. A pesar de todos los logros de la civilización, estamos a sólo  aun paso de la barbarie. Hoy, esa barbarie se presenta ante nuestros ojos como si fuese nuestra última esperanza.

El racismo no cura el racismo

El 25 de mayo, George Floyd entra en Cup Foods, un restaurante independiente de comida rápida que da a la Avenida Chicago de Minneapolis. Un hombre cualquiera, en un sitio cualquiera de los Estados Unidos. Compra un tentempié y se va a tomárselo a su coche, que está en la calle 38, que cruza la avenida. El dependiente se da cuenta de que Floyd le ha pagado con un billete falso de 20 dólares, y llama a la Policía.

Acuden los agentes Alexander Kueng y Thomas Lane. Preguntan al dependiente y éste les dice que el hombre que les ha entregado el trozo de papel está en su coche, a la vuelta de la esquina. Y ahí estaba, en su coche, en compañía de otras dos personas. Lane se acercó al coche por el lado del conductor, que ocupaba Floyd, y Kueng por el del copiloto. Al llegar a la altura de la puerta del coche, Lane blande su pistola y apunta a Floyd. Éste acata las órdenes del agente y pone sus manos sobre el volante. Lane enfunda su pistola, y ordena al hombre que salga del coche. Una vez fuera, se resiste a que Lane le espose, pero el policía se vale de su experiencia para imponerse.

Una vez esposado, Floyd no ofrece ya ninguna resistencia. El policía le aleja del coche, y el vecino de Minneapolis sigue sus indicaciones sin atisbo de oposición. En un momento, se sienta y se recuesta contra la pared. Entonces, mantienen una conversación los dos, en las que Floyd se identifica, y el policía le informa de que está detenido por utilizar dinero falso. La cámara del local capta la conversación, y el momento en que el policía le conmina a levantarse. Floyd lo hace, con la ayuda del agente.

Entonces, los dos uniformados le acompañan al coche de Policía. Camino del vehículo, el detenido empieza a ponerse nervioso. Cae al suelo, alterado y rígido, y advierte a los policías de que tiene claustrofobia. En ese momento llegan otros dos agentes, en otro coche de policía. Son Tou Thao y Derek Chauvin.

Los agentes intentan que Floyd entre en el coche, pero él se resiste. Es un hombre corpulento. Forcejea con los agentes, se niega a incorporarse, y no hay forma de entrarle en el coche policial. “No puedo respirar”, dice repetidamente el detenido. El pánico hace que le falte el aire. Pero tiene el vigor suficiente para evitar que lo introduzcan en el vehículo.

A las 8:19, el detenido está con el pecho sobre el suelo, y Chauvin le tiene controlado, pues ha colocado su rodilla sobre el cuello de Floyd. Los policías dudan sobre cómo proceder. “¿Deberíamos ponerlo de lado”, pregunta Lane. Chauvin se opone: “No, le dejamos donde le tenemos”. Lane ve el estado de ánimo que tiene George Floyd: “Estoy preocupado por que tenga un delirio, o algo”. “Por eso le tenemos contra su estómago”, replica Chauvin.

La sociedad de millones de ojos y memoria digital en que vivimos ha hecho posible que podamos ver los últimos minutos de George Floyd. Son los que transcurren desde las ocho de la tarde, diecinueve minutos y treinta y ochos segundos, hasta casi cinco minutos después. En el vídeo se oye a los ciudadanos que contemplan la escena. “Su nariz está sangrando”, se oye. Otro vecino advierte: “Hermano, ya lo has reducido, déjale al menos respirar”. Floyd había advertido de su situación con angustiosa insistencia: “¡Por favor, no puedo respirar!”.

Chauvin, Thao, Kueng y Lane, y con ellos un coro de ciudadanos, ven cómo la vida se le escapa a George Floyd. La declaración del fiscal del distrito recoge escuetamente: “A las 8:24:24, Mr. Floyd deja de moverse. A las 8:25:31, el vídeo parece mostrar que Mr. Floyd ha dejado de respirar”. Pero el agente Chauvin mantiene su posición, y sigue oprimiendo el cuello del detenido hasta las 8:27:24.

Esto es todo lo que sabemos de sobre las circunstancias de la muerte de George Floyd. Completan el cuadro una primera autopsia concluía que la muerte se debió a una parada cardiorespiratoria, mientras que una segunda, realizada a instancias de la familia, recoge como causa una “asfixia mecánica”. La primera autopsia despertó las dudas sobre si el agente podría librarse de la condena por homicidio si la causa de la muerte del detenido estuviese en el corazón, pero los primeros análisis jurídicos apuntan a que ello no afectaría a su responsabilidad penal.

Y esto es todo. Una detención con un exceso de violencia, ejercida con saña y desprecio por la vida de un ciudadano, durante casi ocho minutos, contra las mejores prácticas policiales, y con un resultado fatal. Todo ello, además, por un delito presunto del cual George Floyd podría ser tan víctima como el hombre que recibió los 20 dólares falsos.

Este hecho, luctuoso, cruel, ha despertado un movimiento que se ha extendido por todo el país, y más tarde por todo el mundo. Y cabe preguntarse por qué. Como cabe preguntarse por qué muchos arquearán sus cejas al leer esta pregunta, porque entienden que la respuesta es obvia. Ciertamente, lo parece. Cualquier televisión, cualquier radio, casi cualquier artículo de periódico, todas las declaraciones tomadas a pie de manifestación, apuntan a lo mismo: La rodilla de Chauvin es la de todos los blancos, y el cuello de Floyd el de todos los negros. El ciudadano George Floyd murió por todos los negros del país, a manos de todos los blancos.

Y, entonces, todas las circunstancias sobre la muerte, recogidas en el arranque de este artículo, no tienen ya tanta importancia. Y al duelo le ha sustituido un sentimiento de indignación y denuncia de un determinado racismo (el de la raza blanca toda hacia la negra) que, a diferencia de otros, se considera intolerable. Y los edificios ardiendo son el símbolo de lo que se quiere hacer con todo el país, con sus instituciones, y con una mitad de la población que ha permitido que Donald Trump esté en la presidencia. El mito del cambio en política, el mito de la injusticia estructural, el mito problema-solución, y el mito del fuego, se dan vida el uno al otro y justifican la violencia.

Estamos ante una olla que ha estallado, en la que había ideas muy distintas, que se esconden unas a otras, y que es preciso desenmarañar, una a una, para que podamos entender todo este espectáculo. Y, en última instancia, para que entendamos la enorme amenaza a la democracia y las libertades que se cierne sobre nosotros. No es fácil, pero el esfuerzo vale la pena porque están en juego las instituciones que nos permiten vivir en común.

La sostenida violencia del agente Derek Chauvin sobre el detenido, ¿estaba motivada por racismo? Para responder a esta pregunta, necesitamos saber dos cosas. La primera, qué es el racismo. La RAE lo define como “exacerbación del sentido racial de un grupo étnico que suele motivar la discriminación o persecución de otro u otros con los que convive”. Pero esa es en realidad una segunda derivada de lo que es en realidad el racismo, que define perfectamente el diccionario Merriam-Webster: “La creencia de que la raza es el principal determinante de los atributos y capacidades humanos, y que las diferencias raciales producen una superioridad de una raza particular”. Y, como segunda definición “Una doctrina o programa político basado en la asunción del racismo y diseñado para ejecutar sus principios”. Lo segundo que necesitamos saber para dar respuesta a la pregunta de si Chauvin actuó por racismo es su propio pensamiento. Pero eso, por el momento, se nos escapa.

El racismo es una idea, y las ideas sólo las pueden albergar las personas. Lo que debería dilucidarse es si el agente las tenía, y si ellas han podido condicionar su actuación. Pero cuando se habla de racismo en las protestas, en las declaraciones públicas, en los medios de comunicación, parece que se habla de otra cosa: del racismo como atributo de la estructura social, como algo que supera la capacidad de los los individuos para pensar de una u otra manera. En última instancia, se habla del racismo como una cualidad adherida a la piel: como un atributo de la raza.

Así, este antirracismo es racista. Denuncia a toda una raza, la blanca, como poseedora de un conjunto de atributos de los cuales ninguno de sus miembros puede escapar. Es el viejo y acendrado racismo, la atávica llamada a definirnos por nuestras cualidades genéticas comunes. Es la forma de pensar que en algún momento soñamos que el descubrimiento del individuo podía haber dejado para la historia; materia para la coprología de las ideas. Hoy, el racismo se viste de su contrario para sobrevivir. Y emerge con una fuerza desconocida desde comienzos del pasado siglo.

Por poner un solo ejemplo, voy a rescatar un artículo de un periódico tan progresista, y en consecuencia tan proclive al racismo, como es el diario El País. El pasado 6 de junio publicó un artículo muy preciso, tanto por su titular como por su contenido, adherido sin burbujas al canon del racismo.

El título, Yo soy racista, tú eres racista, todos somos racistas, es inapelable en sus tres primeras palabras, y está firmado por Nuria Labari y Quan Zhou. Labari lo explica con su cuerpo de escritora: “Es importante que se escuchen voces fuera de la mirada blanca cuando hablamos de racismo”. Su problema consiste en responder a la cuestión: “¿Qué puede hacer una mujer blanca española por la lucha contra el racismo en el mundo?”. Se vale de su amiga Quan Zhou como sujeto de desdoblamiento que le permite expresar sus ideas a ella, cuya raza anula el valor ético de sus ideas: “Me gustaría que ayudaras a dar voz a los racializados, me gustaría que no fuera otra española blanca hablando de raza”, le confiesa. Nuria no puede porque es blanca. Pero quizás Quan, racializada, pueda dar un contenido ético a este racismo. Que el nuevo racismo pueda curar el antiguo es una de las ideas más estúpidas y más peligrosas del momento.

Cada uno de los blancos, como miembros de esa raza, poseen todas esas características despreciables. Y deben pedir perdón por su condición, y humillarse poniéndose de rodillas. Han de pedir perdón por pertenecer a un grupo humano del que, eso sí, no pueden escapar. Al menos pueden redimirse hundiendo sus rodillas en el suelo, como Chauvin lo hizo sobre el cuello de Floyd. Algunos, que no somos racistas, que nos vemos a nosotros mismos como individuos, con toda la dignidad de ser únicos e irrepetibles, nos negamos a asumir nuestra cualidad racial, y a humillarnos de ese modo.

Puesto que el racismo no es un conjunto de ideas que cualquiera puede asumir o rechazar, no se puede luchar contra ellas con el viejo y desacreditado apero del racionalismo. Es estructural, y es toda la estructura lo que hay que derribar. Y en esa estructura está la Policía. Una manifestante negra, y en consecuencia con el derecho de hacer interpelaciones al poder, le preguntaba al alcalde de Minneapolis si iba a desmantelar la Policía. Con un gran pensar, y sin nada que ofrecer para justificar su posición, tuvo que decirle que no iba a hacer eso.

Es estructura la ley que defiende, o debería defender, la Policía. Es estructura la democracia que codifica las leyes y las reforma. Todo es estructura y todo está impregnado de ese racismo del que no podemos escapar. El capitalismo, la moral, las leyes, todo lo que nos permite vivir en común, todo eso debe ir a la hoguera. Con todos nosotros, todos, en ella.