Ir al contenido principal

Etiqueta: Enemigos de la libertad

Ciclos, también en política

El capitalismo de Estado en el que vivimos alimenta la crisis con la expansión crediticia y todo tipo de intervenciones que distorsionan la información que recibimos, facilitando que se tomen malas decisiones y se lleven a cabo desastrosas inversiones. Las consecuencias las sufrimos todos cuando se pinchan las burbujas y los hechos tozudos terminan por amargar las ideas felices de los burócratas que se depuran en forma de destrucción de empleo y desinversión en sectores o empresas que en un mercado libre jamás habrían existido.

Son las malas decisiones políticas las que agravan las crisis y dificultan la recuperación. El problema es que no existen buenas decisiones políticas, todas se toman de espaldas al mercado sin tener en cuenta las necesidades particulares que cada uno conoce mejor que nadie. Toda política pública necesita un presupuesto y que haya dinero en la caja para poder hacerla realidad. En los momentos históricos en los que la sociedad crea riqueza los políticos pujan por el voto con promesas inasumibles para la contabilidad pública sin que los contribuyentes se preocupen demasiado por su dinero ya que parece que al ser público no es de nadie y cualquier compromiso político, por descabellado que sea, puede llegar a cumplirse confundiendo los deseos con la realidad. La irresponsabilidad no es solo de los políticos sino compartida con los votantes que se dejan embaucar.

No obstante, la propia naturaleza del Estado que busca perpetuarse y la voluntad de sus gentes de vivir sin penurias coinciden actuando como contrapeso y escapatoria de la trampa democrática. El propio Leviatán es capaz de desprenderse de su estructura más superflua para proteger los monopolios esenciales con el fin de conservar el poder (el de la violencia, el legal y de la moneda) mientras que el votante se aferra a los políticos más realistas para llevar a cabo las políticas que el sistema necesita para mantenerse. Los ciclos se imponen así en la política superando la dialéctica que los marxistas aplican a todas las materias, incluido el cambio social. No hay superación de la tesis y su antítesis por una síntesis superior, sino una tensión en equilibrio entre opuestos a menos que se vuelen los pilares sobre los que se asientan. Mientras tanto, pendulamos entre momentos políticos en los que la expansión crediticia permitirá que aliviemos nuestras conciencias ayudando al prójimo con los ahorros de un tercero hasta que esa situación se torne inviable y volvamos a replegarnos sobre proyectos asumibles por las necesidad del mercado. Así, hasta que la riqueza generada permita de nuevo que los caprichos de nuestra opulencia nos lleven a la quiebra otra vez.

En los momentos de lucidez de los votantes y de necesidad del Estado de autolimitarse para asegurar su supervivencia, es cuando deberíamos aprovechar para ingeniar controles y garantías que limiten la futura y previsible irresponsabilidad en la que volveremos a caer. Por desgracia, la visión ilimitada y sentimental de la política terminará por sortear y superar todos los controles y volveremos a tropezar con la misma piedra.

La imprevisbilidad de la acción humana nos lleva a la incapacidad de descartar otros escenarios. No sería la primera vez que ante la cercanía de un barranco una colectividad decide acelerar el paso en lugar de corregir la marcha. No hay soluciones ideales pero siempre estamos a tiempo de empeorar.

De mis impuestos, a los ‘anti-papa’ cero

Thomas Jefferson no es uno de mis preferidos entre los Padres Fundadores, pero tengo que reconocerle que pocos pensadores en el mundo occidental en los últimos tres siglos han sido capaces de crear mejores frases que él: brillantes, emotivas, directas y contundentes. El otro día me acordaba de una de ellas mientras veía las noticias sobre la visita del Papa a Madrid y sobre las manifestaciones de los denominados anti-papa.

El tercer presidente de EEUU justificó la estricta separación entre iglesia y Estado que consagraba la Carta Magna de su país con una de esas impecables sentencias suyas: “Obligar a un hombre a pagar contribuciones para la propagación de opiniones en las que no cree es pecaminoso y tiránico; incluso forzar a este hombre a apoyar este o aquel maestro religioso es privarle de la confortable libertad de entregar sus contribuciones a las particulares pasiones que siente son más correctas”. No tengo absolutamente nada que añadir, ni como liberal ni como católico. Como explicaba hace unos meses, creo que cuanto más alejada esté la Iglesia del poder público (también en el apartado económico) mejor le irá y más fuerza tendrá su mensaje.

Pensaba en todo esto mientras observaba el lema con el que los anti-papa encabezaron su convocatoria: “De mis impuestos, al Papa cero”. Poco tengo que decir a esta frase. Me parece completamente lógico que aquellos que no sean católicos y que, incluso, puede que detesten a la Iglesia y a Benedicto XVI pidan que no se financie con su dinero la visita a Madrid del Santo Padre. Lo que ocurre es que no acabo de ver claro todo lo demás que rodeaba a estos nuevos indignados.

En primer lugar, es muy cuestionable el cálculo del coste de la visita del Papa a Madrid. Como explica muy bien Manuel Llamas, ni siquiera queda muy claro cuánto ha supuesto la JMJ para las arcas públicas. Parece evidente, incluso leyendo las informaciones de los medios más furibundamente anti-católicos, que el montaje de los escenarios, la infraestructura, los viajes de los peregrinos y el coste de su alojamiento ha sido sufragado por los fieles y las empresas colaboradoras. Es decir, individuos y compañías privadas han decidido hacer uso de su libertad para colaborar económicamente con este acto pastoral.

Vamos, que el coste para el Estado se ha limitado a los servicios públicos que ha sido necesario poner en marcha para que todo transcurriera con normalidad (policía, limpieza, etc…), algo que ocurre en cualquier concentración ciudadana (ya sea por un partido de fútbol, un concierto, una carrera ciclista o ¡cielos! una manifestación anti-papa). Resulta curioso poner en el debe de la JMJ el coste de unos servicios que los intervencionistas siempre han defendido que tiene que cubrir el Estado porque nadie más que él tiene la legitimidad para hacerlo.

Pero lo más fastidioso no es la mezcla de manipulación y mentiras que ha rodeado a las cifras sobre el coste de la visita papal; lo más molesto es que detrás de aquel eslogan no hay una reivindicación hacia una rebaja en el nivel tributario español, que permita a los ciudadanos quedarse con más dinero del que legítimamente han ganado para gastarlo en lo que estimen más oportuno (incluyendo contribuciones a su confesión religiosa). Lo que piden los anti-papa es lisa y llanamente que el Estado no dé un duro a la Iglesia Católica (¡y sólo a ella!).

Casi un centenar de asociaciones se sumaron a la convocatoria de la marcha: desde formaciones políticas como Izquierda Unida a grupos ecologistas, asociaciones por la defensa de la memoria histórica, republicanos, laicos o colectivos gays. Todos ellos tienen perfecto derecho a defender sus planteamientos.

Pero la pregunta que se hace cualquiera es ¿de dónde sacan los fondos para mantenerse todas estas organizaciones tan indignadas con la financiación pública de la Iglesia Católica? Porque la sensación que da es que mientras con una mano sujetan la pancarta, con la otra piden la subvención correspondiente. Y no parecen muy preocupados por el hecho de que yo les pague con mis impuestos su supervivencia, a pesar de que detesto muchas de sus ideas.

Creo que todas las subvenciones y ayudas públicas deberían retirarse mañana: ya sea a partidos políticos, sindicatos, patronales, grupos ecologistas, de cineastas, federaciones deportivas, festivales culturales, ONG,… o confesiones religiosas. Todos ellos sostienen ideologías o formas de vida con las que muchos ciudadanos no están de acuerdo. Deben ser sus seguidores, fieles, simpatizantes y miembros los que los financien voluntariamente. No creo que sea papel del Estado contribuir a su supervivencia, ni siquiera de aquellos con los que yo me identifique.

Como decía Jefferson, nadie debe verse obligado a contribuir “para la propagación de opiniones en las que no cree”. Por eso, desde aquí, lo quiero dejar bien claro: “De mis impuestos, a los anti-papa cero”.

Encadenados al Estado del Bienestar

Hasta hace un par de años, el españolito medio soñaba con su jubilación, que el Gobierno le había dicho que tendría lugar a los 65 años, momento a partir del cual cobraría una pensión que le permitiría vivir sin trabajar hasta el fin de sus días: El justo premio a todos sus años de trabajo y cotización a las arcas del Estado.

Entonces llegó la crisis económica, y el sueño comenzó a hacerse añicos. Resulta que, a las primeras de cambio, todos esos importes cotizados no son suficientes para sostener el sistema. El feliz momento se postergó, de momento hasta los 67 años, y se descremó, endureciendo la forma de cálculo de la cuantía a recibir. E imagino que muchos españoles (y europeos), viendo el guindo desde abajo, serán conscientes de que tampoco está claro que se vayan a poder jubilar a los 67, ni a los 70, ni a los 75, si es que alguna vez pueden (entendiendo jubilarse como dejar de trabajar para recibir una pensión del Estado).

Y eso de retrasar la edad de jubilación, ¿es lo normal? ¿Es lo que debería ocurrir? Veamos qué ocurriría en un mercado no intervenido.

En este mercado, los emprendedores acometen proyectos en los que creen que van a acrecentar el valor de los recursos. Si aciertan en sus previsiones, se crea riqueza, una parte de la cual la retiene el emprendedor, y la restante se transmite a los demás individuos. Si se equivocan, destruyen riqueza, la suya propia, y son forzados a abandonar el proyecto. Por tanto, una sociedad libre tiende a generar riqueza, por la sencilla razón de que los proyectos que la crean sobreviven, y los que la destruyen, desaparecen.

Este aumento de valor se transmite hacia los recursos involucrados en el proyecto, siempre que, como ocurre en el libre mercado, no haya barreras legales de entrada. El mecanismo es muy sencillo: al observar los beneficios del emprendedor exitoso, otros emprendedores comienzan a imitarle, y hacen así que suban los precios de los recursos necesarios para acometer el proyecto.

Sea cual sea la actividad económica, hay una cosa segura: necesita el concurso del factor trabajo. Por tanto, esa creación de riqueza que ocurre en la sociedad libre supone una revalorización del factor trabajo, lo que se traduce, ceteris paribus, en una subida real de los salarios.

Desde otro punto de vista, los activos que añade el emprendedor exitoso a la estructura productiva hacen que aumente la productividad de los trabajadores. Ello, a su vez, posibilita que tienda a incrementare su sueldo.

Si se produce una subida en términos reales de los salarios, automáticamente resulta posible para los trabajadores incrementar la parte de su renta que dedican al ahorro, aunque lo que hagan o no dependerá de sus preferencias temporales. En todo caso, en general, el ahorro de los trabajadores se incrementa.

Este incremento en el ahorro es paralelo con el aumento de ahorro que también tendrán los emprendedores (por la riqueza generada con su idea), así como otros propietarios de recursos, cuya revalorización también se produce. En suma, aparece un mayor ahorro, que posibilita nuevos proyectos de inversión a los emprendedores, que tendrá de nuevo el efecto benéfico explicado más arriba.

De esta forma, en el mercado no intervenido se produce un círculo virtuoso que, desde el punto de vista del trabajador, se materializa en una capacidad creciente de ahorro.

Siendo así, es claro que los trabajadores que opten por hacerlo conseguirán acumular la cantidad que creen necesaria para sobrevivir sin trabajar, antes que si no se produjera este círculo virtuoso. Por tanto, en el mercado libre, la edad de jubilación tendería a anticiparse.

Compárese con lo que ha ocurrido en la actualidad. Esas maravillosas pensiones que el Estado pretende garantizarnos ya solo las podremos cobrar a partir de los 67 años. Por tanto, en lugar de anticiparse el momento en que el trabajador puede liberarse de sus "cadenas", se retrasa. Simplemente por el análisis teórico expuesto, deberíamos ser conscientes de en qué tipo de manos hemos depositado nuestro futuro. ¿Es acaso posible que el Estado del Bienestar nos trate peor que el mercado libre?

La respuesta es simple: ese Estado depende de los ingresos de los trabajadores para su supervivencia. Y, como a todo el mundo en sus transacciones comerciales, le interesa obtener lo máximo a cambio de lo mínimo: que los trabajadores paguen el máximo (trabajen cuanto más tiempo generando materia sujeta a impuestos y cotizaciones) y cobren el mínimo (disfruten el menor tiempo posible de su retiro, y con la pensión más reducida posible).

En este contexto sí podemos entender el término "cadenas" asociado al trabajo: nos obligan a trabajar y cotizar con el caramelo de la exigua jubilación. En cambio, en el mercado libre, el trabajo no supone ninguna cadena, pues cada individuo puede anticipar tanto como quiera (y pueda) su jubilación.

¿Será la crisis actual el fin de nuestro encadenamiento al Estado del Bienestar?

¿Hay que hacer sacrificios para salir de la crisis?

Desde el 7 de mayo de 2010, donde ZP y los suyos aprendieron que el Estado, como cualquier otro organismo, no puede pedir prestado más dinero del que puede devolver, se nos está bombardeando con una idea bastante peculiar: tenemos que hacer sacrificios.

¿Y en qué consisten esos sacrificios? De momento se ha bajado ligeramente el sueldo a los funcionarios, se han congelado las pensiones, se nos ha subido el IVA, el IRPF y los impuestos sobre rendimientos del capital, y por último se han suprimido ciertas subvenciones concretas (cheque bebe y paga a parados de larga duración). Pero es un simple anticipo, ya que, dada la cuantía de la deuda, todo parece indicar que en los próximos meses el dinero que el Estado recaudará tendrá que ser mayor (subiendo aún más los impuestos) y los servicios y subvenciones se reducirán.

¿Pero se pueden considerar sacrificios todas estas medidas? Evidentemente no. Uno puede comer un día en un restaurante de lujo, pero si al pagar la factura se da cuenta de que está fuera de su alcance, renunciar a volver a comer allí no se puede considerar un sacrificio, sino simple sentido común. Como tampoco se puede considerar un sacrificio tener que poner la parte del alquiler de tu compañero de piso para evitar que os desahucien a los dos; a eso se le llama comerse un marrón.

Por lo tanto para salir de la crisis no hay que hacer sacrificios. Hay que renunciar a todo aquello que no podamos permitirnos y hay que apechugar con la desgracia de compartir país con unos irresponsables que nos han colocado entre la espada y la pared. Pero claro, una cosa es apechugar y otra muy distinta ser el primo que siempre termina pagando las copas. El Estado recauda alrededor de 300 mil millones de euros al año, de los cuales 20 mil millones se destinan a pagar los gastos esenciales (ejército, policía, justicia y exterior) y otros 30 mil millones van a parar a nuestros acreedores. Por lo tanto quedan 250 mil millones que nos gastamos en distintas cosas que, por mucho que le cueste asumir a buena parte de la población, en buena medida no nos podemos permitir.

Siguiendo con el ejemplo del compañero de piso caradura, se puede pagar su parte de alquiler un mes, pero a cambio de que renuncie a la tele por cable que solo ve él, al aire acondicionado que tiene en la habitación y cuando deje de irse de cañas con el dinero para la comida.

Aquí aplica el famoso refrán de que mejor una vez colorado que cien amarillo. A los socialistas de todos los partidos no les va a gustar escuchar que se ha acabado la fiesta, pero en nuestra mano está dejarles claro que el que paga decide aunque haya que aguantar su pataleta en forma de movimientos del 15M, huelgas y demás desmanes.

No hay que hacer sacrificios, hay que enfrentarse a la realidad, por muy desagradable que sea.

Democracia económica, imperio y opinión pública

Pese a la degeneración semántica del término, democracia equivale, a grandes rasgos, a aquel régimen político que se caracteriza por un sometimiento de la formación y la acción del gobierno al control y refrendo popular. Un gobierno democrático no conlleva que todos y cada uno de los miembros de la comunidad política sean partícipes activos y persistentes en las decisiones que afectan a lo común. Democracia no significa un predominio absoluto de lo general sobre lo particular, la extensión de lo político sobre el resto de órdenes o la colectivización del patrimonio y la cultura.

La opinión pública, liberado el dogma moral y religioso del monopolio eclesiástico, alcanzó su apogeo de forma paralela a la consolidación de la prensa libre. Cualquier régimen desde entonces ha quedado sometido a un tipo de opinión que establece tendencias y consolida cambios que han sido imposibles de contener por la autoridad pública. El contenido que se desprenda de dicha creencia compartida hará oscilar el sentido común en una u otra dirección.

No obstante, el apogeo de las ideologías, en plena decadencia del proceso liberal de la opinión pública, ayudó a reforzar, extender y dotar de un inmerecido halo científico a opiniones y meras creencias. En el orbe económico este fenómeno se tradujo en que el estudio y comprensión de los fenómenos sociales, en sentido amplio, quedara, por siempre, supeditado a la voluntariedad política. Esta tendencia, aunando fuerzas con el cientismo imperante y la ética constructivista que introduce el estatismo, hizo más fuerte la creencia general sobre la necesidad, e incluso la deseabilidad, de que el Estado interfiriera en la forma de vida del individuo, así como en sus intereses particulares. El imperio (político) pasó a sustituir al dominio (jurídico/económico).

Veamos las contradicciones que encierra el concepto de “democracia económica”. El socialismo ha unido estos dos términos, utilizando “democracia” como sinónimo de igualdad material, compensación intersubjetiva, redistribución de la renta… Lo cierto es que la única democracia económica que no resulta contradictoria con el significado y el sentido que encierran estas palabras es aquella en la que el Estado se abstiene de intervenir, permitiendo que sean los propios individuos, fundamentalmente adoptando la posición de consumidores, quienes determinen el éxito empresarial y el destino de la producción. Los agentes que intervienen en el mercado intercambiando bienes, persiguiendo fines particulares y definiendo las instituciones sociales de forma no deliberada y a través de las consecuencias no queridas que se derivan de sus acciones racionales, no actúan gracias al principio político de la imposición, sino al estrictamente jurídico-económico del dominio plural, real, limitado y competitivo sobre aquello que resulta apropiable.

El imperio, como poder inapelable, excluyente y absoluto, es una manifestación genuina del poder político, ahora en manos del pueblo, que es quien en situaciones de excepcionalidad respalda el liderazgo y la opinión (consenso social como hecho prepolítico) que termina por definir el estado político, moral y económico finalmente constituido (poder constituyente).

En el mercado, las relaciones sociales se definen en función de otro elemento, el dominio, que no es absoluto, tampoco inapelable y mucho menos exclusivo. La propiedad, partiendo de una esencia relativamente clara y definida, evoluciona como institución garante del interés particular, la libertad individual y el orden jurídico. No lo hace de forma dogmática e imperturbable, sino como una institución dinámica y flexible, pero consistente, que se fundamenta en la exclusión integradora, al contrario que la soberanía política.

Hablar de la vigencia de una “democracia económica”, excluyendo por completo la “soberanía del consumidor”, subvierte el orden económico. Se trata, como ya se ha visto, de enfrentar dos tipos de poder (N. Matteucci): por una parte, la soberanía política, que es exclusiva, absoluta y no derivada, y se ejerce a través del Estado de manera imperativa (real y personal), y por otra, la soberanía de los consumidores, que es un poder descentralizado, plural, y así, limitado, competitivo y dinámico, traducido en forma de dominios parciales sobre bienes ciertos y determinados.

En la teoría de órdenes (D. Negro), sólo el Derecho, u orden jurídico, somete al económico, y nunca a la inversa, como también lo hace con el político, convirtiendo el gobierno de las leyes frente al gobierno de los hombres en requisito indispensable para que un régimen pueda ser considerado “liberal”. En esta situación, la legislación no pretenderá (ni tendrá competencia para ello) suplantar la esfera de lo jurídico (el Derecho), quedando relegada a las normas que sean internas y funcionales de la administración de lo común.

La alternativa, sencillamente, nos devuelve a un estadio similar a la expresión más oscura y regresiva del Medievo: la unidad de la opinión y la persecución inquisitorial del discrepante. De alguna manera, la revolución protestante termina cuando en el interior de la opinión pública afloran hasta dominarla prejuicios y supersticiones morales y económicas que germinan en forma de “pensamiento único”.

Si entendemos democracia económica como la posibilidad de que la política interfiera en lo económico a través del ejercicio del Imperio, el dominio plural, bien desaparece, o, en el mejor de los casos, queda desnaturalizado y sometido. Empero, esto no implica que la soberanía económica pase de manos de todos a manos de uno (un reverenciado Estado social que representa cierta racionalización del interés general). En realidad, el Estado industrial es orgánicamente complejo, múltiple y un instrumento al servicio de intereses particulares organizados en grupos de presión. El mito del interés general se desvanece sin más (N. Matteucci).

La ingenuidad pseudocientífica que se desprende de toda construcción teórica monista y perfeccionista, que atribuye a la centralidad política, con mayor o menor intensidad, la capacidad de coordinar, armonizar y mejorar la eficacia de todos los órdenes (Hayek), se ha convertido en dogma de fe para la inmensa mayoría de los ciudadanos, que variando en sus opiniones, comparten este núcleo fundamental. Se unen, de este modo, una mala ciencia, o una ciencia deficiente e incontrolable (Popper), que teoriza sobre la capacidad del Estado para mejorar la coordinación social, y una opinión pública idiotizada, que se cierra en banda ante las propuestas que apoyan la devolución institucional a una dinámica espontánea de formación y definición: libre mercado y dominio plural frente a una organización estatizada soportada por la soberanía política.

España sí es Grecia y no es Suecia

Grecia adeuda ahora mismo más de 350.000 millones de euros. Casi un 160% de su PIB. Y aunque la cifra tendría que dejar sin aliento a cualquiera, su mayor problema es que no puede devolver ni los intereses de esta deuda. La UE lo puede disimular tanto como quiera, y el FMI le puede “obligar” a hacer las medidas correctivas que desee, pero el país está en quiebra. La nefasta gestión de sus gobernantes y el fraude que estos cometieron (entró en la UE falseando sus cuentas entre muchas otras mentiras), han provocado que el país heleno haya entrado en un punto de no retorno.

Su problema se agrava cuando vemos el bochornoso espectáculo de sus ciudadanos. Han sido complacientes durante décadas con el sistema que ahora repudian. Creen que no estamos en crisis, sino ante un robo. Pero a un pobre no se le puede robar porque no tiene nada de valor. Grecia nunca ha sido rica, solo vivía una ilusión de riqueza fundamentado en la deuda y dinero barato a la que ahora no quiere renunciar. Tal sistema de vida es insostenible ya sea a nivel particular, empresarial o de una nación entera.

España es Grecia en este sentido. Los movimientos vistos últimamente del 15-M y Democracia Real Ya, entre otros, muestran el mismo sentir que el de los ciudadanos griegos. El victimismo, las ideas trasnochadas ligadas al hedonismo e irresponsabilidad, y los nulos conocimientos de cómo funciona nuestro sistema fundamentado en el dinero barato y el nefasto sistema de gestión centralizado llamado Estado del Bienestar, nos dan soluciones absurdas para mejorar nuestro presente y futuro.

Suecia pasó por una crisis fiscal en los años 90. Se enfrentaba a la bancarrota o a hacer algo para solucionarlo. Modificó su Estado del Bienestar con privatizaciones, liberalizó su mercado interior y adoptó un sistema donde incluyó la iniciativa privada en la sanidad (el sistema de un solo pagador) y educación (cheque escolar). Está muy lejos de ser un sistema libre, pero tales cambios permitieron al país salir de la crisis.

España se enfrenta a un futuro negro. Por una parte, tenemos a la casta política que es incapaz de tomar medidas realistas y aún piensa en comprar votos para mantener sus privilegios a costa del ciudadano. Por otra parte, tenemos movimientos civiles irresponsables que no saben muy bien lo quieren excepto pedir más socialismo y más Estado Omnipotente. A esto se ha añadido otro actor: la figura fiscalizadora de los mercados internacionales que ya no se fían de ningún país y son extremadamente cautelosos a la hora de colocar sus inversiones. Ya no les sale gratis a los Gobiernos mentir y comprar votos irresponsablemente como hacían antes, pero tampoco saben manejar la situación actual. Todos los políticos del establishment son clientes cautivos de un ciudadano socialmente mal criado y de los exigentes mercados internacionales. Evidentemente los burócratas han tomado la única solución que se podía esperar de ellos: no hacer nada y exprimir las últimas gotas de riqueza que tiene el obseso Estado del Bienestar con más impuestos, multas y creación de funcionarios.

Solo hay una solución real para evitar el desastre, y es hacer una toma de conciencia. El sistema está mal. En Suecia se dieron cuenta a tiempo y eso les salvó momentáneamente. Nuestro estilo de vida va a cambiar de una forma u otra. Téngalo por seguro. Ahora tenemos la oportunidad de decidir si queremos que cambie a peor con más intromisión estatal (estilo Democracia Real Ya y modelo griego) u otorgando más libertad a la sociedad civil con un papel más proactivo en el manejo de la economía. El camino que tomó Suecia solo ha de ser el principio de una larga carrera a la independencia y a la responsabilidad económica y personal. Nuestro bienestar es demasiado importante como para que lo manejen los gobiernos, ya sean del estilo español, griego o sueco.

Un fantasma recorre Europa

Pero esta libertad se ve cada vez más amenazada por los más acérrimos de sus enemigos, los Estados.

En los últimos días, hemos constatado como el ataque se recrudece, y han quedado bastante delimitados los tres frentes en que ahora se libra la batalla.

El primero de ellos es el relacionado con la propiedad intelectual. Los Estados, liderados aquí por los Unidos de América, están empeñados en cercenar la libertad de internet para garantizar los privilegios de los artistas y creadores. En un lado del ring, los todopoderosos y bastante adinerados estudios de Hollywood y sellos musicales y editoriales, que no contentos con haber explotado a los ciudadanos durante todos estos años, casi siglo, en que no había soportes digitales, siguen queriendo ordeñar la vaca. Por supuesto, los políticos no tienen dudas de con quien asociarse en esta batalla, y no es con el internauta claro.

Es en este contexto en el que hay que ver la reciente invitación de Sarkozy para que participaran en el G-8 los emprendedores líderes de internet, personificados en los creadores de Facebook, Google y Amazon. Seguro estoy que el presidente galo transmitió a estos señores su "preocupación" por la protección de los derechos de autor. Lo malo es que cuando estos tipos, que tienen el monopolio de la violencia, transmiten estas preocupaciones, gente como Microsoft diseña el Windows Vista.

El segundo frente es el de la neutralidad de red, del que tantas veces hemos hablado en esta columna, por ejemplo aquí, aquí o aquí. En este caso, se pretende controlar internet a partir de la figura interpuesta de los operadores de telecomunicaciones, lo que es bastante práctico pues estos son un número reducido y además con tradicional mala imagen. La idea es que estos operadores no puedan realizar la gestión de los recursos que les son propios, y se limiten a cursar el tráfico de la forma que los Estados les digan, bloqueando y despriorizando lo que los funcionarios quieran.

Pues bien, resulta que el Gobierno holandés, que no es precisamente de los más intervencionistas de Europa, ha decidido incorporar en su proyecto de ley la prohibición de determinadas prácticas por los operadores, para supuestamente defender la neutralidad de red. Lo que, como no puede ser de otra forma, ha sido celebrado por Skype, ante la general indiferencia de los ciudadanos.

El tercer frente es de rancia tradición, y tiene que ver con la ciber-seguridad en internet. Es la típica excusa de los Estados para hacerse con poderes a costa de la sociedad, consistente en gritar "qué viene el lobo". Aunque muchos ciudadanos europeos lo desconocen, resulta que en la isla griega de Creta hay una agencia dedicada a protegernos de ciber-ataques en Internet y garantizar la seguridad de la misma. El ente responde al nombre de ENISA, y su fundación se remonta a 2006, donde se le otorgó un mandato transitorio de cinco años.

También ha habido movimiento en este frente en las últimas semanas: el Europarlamento ha acordado, sorprendentemente, prorrogar en 18 meses la existencia de tan imprescindible Agencia, mientras le busca otro mandato. Mientras tanto, ENISA ha publicado un informe sobre los peligros que acechan en internet, no recomendado para internautas débiles de corazón. Ah, por supuesto, su recomendación es crear una agencia independiente para defendernos de tanto espanto.

Y así se cierra este parte de guerra. Como se observa, internet dista de tener garantizada la libertad ni siquiera en el corto plazo. La batalla por la libertad sigue su curso, ahora en terreno virtual.

Acerca del principio de subsidiariedad

Desde la primera encíclica social Rerum novarum hasta la Caritas in veritate se ha ido perfilando una doctrina social de la Iglesia que pretende servir de guía moral para los católicos en asuntos relacionados con la organización de la sociedad.

De los diversos principios que destacan en dicho cuerpo doctrinal -dignidad de la persona humana, solidaridad, primacía del bien común, etc.-, quisiera detenerme en el principio de subsidiariedad. Partiendo de que el hombre, la familia y la comunidad doméstica es anterior a cualquier forma de comunidad política (RN, 6-10), este principio queda definido así: "una estructura de orden superior no debe interferir en la vida interna de un grupo social de orden inferior, privándole de sus competencias, sino más bien debe sostenerle en caso de necesidad…" (CA, 48). La responsabilidad individual precedería siempre a la global.

Si de verdad se cree en la dignidad de las personas humanas, se ha de proteger y respetar al individuo, a la familia, a las asociaciones y corporaciones creadas voluntariamente por aquéllas. Toda persona o cuerpo intermedio tiene algo original y valioso que ofrecer a la comunidad. Arrebatar a éstos las funciones que les competen, es decir, lo que pueden hacer "por su propio esfuerzo e industria" para confiárselo a comunidades (políticas) mayores sería un "grave perjuicio y perturbación del recto orden" (QA, 79).

La iniciativa privada tiene, por tanto, una función pública y su inadecuado reconocimiento daña seriamente el principio de subsidiariedad. Éste impondría a los poderes públicos una obligación moral de no entorpecer el espacio vital de las células menores y esenciales de la sociedad para evitar suplantar su libertad o creatividad y "privarlos de su legítima y constructiva acción" (GS, 75). Sólo excepcionalmente (y de forma temporal) el Estado debiera ejercer una función de suplencia en los casos en que el individuo o las asociaciones espontáneas sean incapaces de dar una respuesta satisfactoria a un problema concreto. El Estado subsidiario es algo muy distinto al Estado asistencial.

Lo que pueda hacer la sociedad civil no lo haga la Administración pública y que ésta haga exclusivamente lo que no puedan hacer los ciudadanos. Se podría resumir así en pocas palabras el llamado principio de subsidiariedad horizontal o funcional que pone límite a la actuación excesiva o injustificada del Estado y del aparato público en la sociedad. Sin embargo, dentro de la característica ambivalencia que existe en la doctrina social de la Iglesia en su relación con el Estado, a pesar de apelar a la subsidiariedad, se encomiendan al mismo tiempo innumerables misiones al poder político exhortándole a intervenir e incluso a planificar y proponer objetivos al conjunto de la sociedad (véase si no como ejemplo PP, 33; MM, 150, 20 y 21). Explícitamente se reconoce también el principio de subsidiariedad de los Estados con respecto a las organizaciones internacionales (PT, 140).

A los teóricos del Estado les faltó tiempo para dar con otra formulación de este principio conocido como subsidiariedad vertical o territorial que legitima la injerencia estatal para intervenir en cualquier área de la vida social. Con la coartada de impedir un centralismo del poder se promueve otra forma de estatismo al abogar que lo que no hace el Estado central lo debieran hacer subsidiariamente otras entidades públicas inferiores (regionales o locales). Se pervierte el principio esencial de la iniciativa particular que fomenta la libertad responsable de las personas -y que es una constante en todas las encíclicas sociales- para dar entrada a la acción paternalista e indiscriminada de los poderes públicos y sus mandatos. "Los males comienzan cuando en lugar de apelar a las energías y a las iniciativas de individuos o asociaciones, el gobierno los sustituye", nos recordaba el filósofo, jurista y teólogo insigne Antonio Rosmini (condenado y rehabilitado por la misma Iglesia).

Por su parte, desde que el socialista y cristiano Jacques Delors redescubriera el principio de subsidiariedad a principios de los años 90, las élites políticas de la construcción europea se apropiaron descaradamente del mismo como si fuera propio y lo integraron en su acervo comunitario. Obviaron el enfoque horizontal esencial de este interesante principio originalmente enunciado en las encíclicas papales y recalcaron su formulación vertical para establecer un reparto de competencias entre los diferentes gobiernos territoriales y legitimar de esta manera su propia acción. Les sirvió, además, de anzuelo edulcorado para que los diversos políticos nacionales aceptasen ese constructo burocrático supranacional.

Así, apelando al principio de subsidiariedad (vertical), las labores legislativas y las decisiones ejecutivas no se tomarán en Bruselas cuando puedan hacerse en instancias políticas inferiores. Un diseño fetén de la gobernanza europea basado en el gobierno multinivel. No puedo sino unirme a la denuncia acertada en esta materia que hizo el profesor Schwartz al analizar la constitución europea: "siempre poderes y nunca individuos".

Los falsos gerentes del bien común mediante la coacción –que son legión- participan activamente en demasiadas actividades que corresponde realizar a los particulares.

Parece claro que si el ciudadano dimite de su soberanía, el intervencionismo político intentará inmiscuirse en todos los asuntos sociales privados o públicos, transformando así al ciudadano-activo en sujeto-pasivo dentro de una sociedad tutelada e ineficiente en la que apenas se deja oportunidad a que maduren los frutos de una sociedad libre.

Los estatistas de todos los niveles debieran contemplar "horizontalmente" la sociedad, al menos alguna vez en su vida, y tratar de entender que los asuntos públicos no se limitan a los del gobierno (en cualquiera de sus manifestaciones) y que tal vez sería bueno cultivar también desde la política la virtud de la paciencia para dejar crecer y prosperar organizaciones voluntarias para alcanzar los legítimos fines que sus actores consideren importantes siempre que sean respetuosos con los derechos de los demás.

Democracia y Estado de Bienestar

La democracia es incompatible con la unificación del poder económico. La redistribución patrimonial, así como la interferencia pública en los negocios privados que representa el Estado de Bienestar, provocan la descomposición del régimen democrático. No es casualidad que los países más socialistas acaben siendo gobernados de forma totalitaria (Mises).

La democracia no sólo exige representatividad y participación en la formación de los órganos de gobierno de una nación, sino que, además, se define por garantizar principios como el respeto de la libertad individual, el imperio de la ley frente al gobierno arbitrario, y la alternancia pacífica en el ejercicio del poder político (Acton). La gobernabilidad exige que tanto las diferentes potestades como la estructura del poder y su administración sean consideradas elementos pre-constituidos en unos términos que resulten inalterables por quien ejerce de manera contingente dicha autoridad.

La representatividad no equivale al gobierno asambleario. La extensión del orden político hace imposible que la mayoría de las decisiones sean adoptadas con el apoyo o la desaprobación directos provenientes de los ciudadanos. La representación se vuelve inevitable. También, a medida que el orden se hace más extenso, la representación se desliga del mandato imperativo, e incluso de la proporcionalidad estricta en relación con el apoyo explícito concitado. Los sistemas democráticos amplios aspiran a un tipo de gobernabilidad que impide aplicar mecanismos que son propios del concejo abierto. No obstante, la acción política queda sometida a la presión de la opinión pública (Weber, Mises, Hayek).

El Estado de Bienestar representa la última forma histórica conocida de esa expresión moderna de asociación de dominación que es el Estado (D. Negro). La socialdemocracia ha hecho suyo el artefacto, venciendo en la contienda disputada entre totalitarismos durante gran parte del siglo XX (Jouvenel). El Estado de Bienestar no se limita a excluir del legítimo uso de la violencia a otro tipo de organizaciones o individuos existentes dentro o fuera del territorio que aspira a dominar (Bastiat). Personifica además la clase de fuerza social que ha logrado extirpar del orden espontáneo instituciones primordiales como son el Derecho y el Dinero (Hayek).

La tesis que considera incompatible cualquier tipo de organización democrática del poder político con la existencia del Estado de Bienestar se explica en Burocracia, de L. von Mises. La centralización de las decisiones y su inclusión en un sistema de mandatos específicos convierten al individuo en una pieza determinada dentro del engranaje del Estado. Asimismo, la complejidad de las decisiones que debe afrontar el gobernante requiere de la formación de una estructura burocrática que acabará convirtiendo a los representantes políticos en simples "asambleas de hombres-sí". La pretendida omnisciencia del Estado hace que una tropa de funcionarios tenga reconocida la facultad de influir directa y meticulosamente en la vida y expectativas de los ciudadanos. A través del Derecho administrativo se pretende constreñir la arbitrariedad de estos pequeños tiranos, suplantando progresivamente al Derecho civil en ámbitos que habían sido tradicionalmente privados. Los funcionarios (fijos y políticos), a pesar de las limitaciones predispuestas, son quienes impulsan la necesidad presupuestaria, el grado de persecución del infractor, el contenido específico del mandato… A medida que crece la necesidad de burocratizar el Estado, éste se aleja más y más de la democracia efectiva.

Sin embargo, no sólo la burocracia representa un obstáculo que cercena los principios de libertad individual, gobernabilidad y representatividad, que constituyen el fundamento de la democracia. El político, a través de su ejercicio de adhesión organizativa e ideológica, degenera en un tipo de agente profesionalizado que deja de vivir para la política, para empezar a vivir de ella (Weber). Los partidos quedan integrados dentro del Estado de Bienestar como una pieza básica de su engranaje, reproduciendo dentro de su propia estructura la necesidad burocrática que tiene la administración pública. Los políticos profesionales admiten, e incluso abrazan, su divorcio del resto del cuerpo social, formando así una élite gobernante (Pareto). Desde ahí, pasan a convertirse en funcionarios del Estado, pero no en su sentido convencional (tampoco de manera directa y permanente), ya que adoptan con facilidad la categoría de activos reclamados por la empresa privada en orden de incorporarse dentro de sus cuadros directivos. El objetivo de aquellas es lograr unas relaciones satisfactorias con los órganos de intervención y las autoridades que más perturben su ámbito de actividad empresarial. Existe incluso el "político" que permanece siempre afecto a esta situación, sin ejercer nunca cargo o magistratura formalmente interna del Estado.

El Estado de Bienestar genera burocracia, destruye con sutileza el sistema democrático, y junto a él, los principios de libertad y participación que se le presuponen. Al mismo tiempo, el Estado de Bienestar genera una élite de agentes que ejercen sus funciones también en el sector privado a modo de conexión entre mercado, partidos políticos, sindicatos y administración pública. La estructura de dominación representada por este tipo de Estado hace inevitables tanto el retroceso de las libertades como la impracticabilidad democrática.

Es ilógico y contradictorio considerar que el Estado de Bienestar resulta compatible con el régimen democrático. El uso de la palabra democracia dentro de un programa político que aspire a incrementar la intervención del Estado será, en el mejor de los casos, un gravísimo error intelectual. Desgraciadamente, la historia nos proporciona ejemplos de cómo la bandera democrática ha servido de coartada para ocultar la ferocidad del discurso totalitario.

A los jóvenes nadie les debe nada

Decía el gran Mark Twain: "No ande por ahí diciendo que el mundo le debe su sustento. El mundo no le debe nada. Estaba aquí antes".

Los tiempos cambian y actualmente la gente no sólo cree que el mundo le debe su sustento sino que además añaden a la factura el piso, el trabajo y la pensión. Eso al menos es lo que parece que pide el nuevo movimiento de extrema izquierda, colaborador en la preparación del 15M y la famosa "acampada" de Sol, que trata de sacar provecho al descontento de la juventud por la situación actual (40% de paro en este colectivo) para el fin de siempre: más socialismo.

Una lectura del manifiesto (firmado por profesores y otros profesionales de vivir de lo público que no creo que estén muy afectados por la crisis) deja bastante claro que en realidad lo que quieren estos revolucionarios es que todo se quede exactamente igual que está ahora. A saber, la educación debe quedarse tal como está porque son la generación mejor preparada de la historia, las condiciones laborales ni tocarlas que gracias a los sindicatos y a la negociación colectiva los trabajadores tienen derechos, y por supuesto que los pisos no los vendan los malvados especuladores y que se encargue el Estado de repartirlos socialmente.

Dicen que señalan a los culpables de la crisis, pero aparte de la socorrida alusión al capitalismo no se ve por ninguna parte a quiénes acusan. Se nota que no hay un chivo expiatorio claro y, puestos a movilizar a las masas, cuanto menos tengan que pensar, mejor.

Aunque entre todo este maremágnum revolucionario/conservador hay algo que sí moviliza a la juventud: la idea de que la sociedad les debe bastante y no está cumpliendo con su obligación. Pues bien, es una demanda que merece una respuesta muy clara por parte de la sociedad y voy a intentar darla en su nombre:

Cuando las personas nacemos, no servimos para mucho: comemos, dormimos y lloramos cuando no podemos hacer alguna de estas dos cosas. Nuestros padres u otras personas se encargan de nosotros durante esta etapa y nos cuidan hasta que nos desarrollamos y aprendemos a valernos por nosotros mismos. En otra especie ese aprendizaje constaría en saber cazar, recolectar frutos y huir de los depredadores. En cambio, como somos seres humanos que viven en un entorno social, para poder sobrevivir necesitamos aprender algo mucho más complicado y productivo: servir a otros miembros de la sociedad. 

A nadie le gustar servir a otros. Todo sería mucho mejor si cada persona se pudiera dedicar a lo que quisiera y recibiera lo necesario para vivir por ello. Pero, mira por dónde, vivimos en el mundo real, un mundo donde los recursos son limitados y para hacerte con una porción de ellos tienes dos opciones: robar o intercambiar tus servicios por ellos. Y para poder intercambiar tus servicios por algo tan valioso como una casa o un salario no te queda más remedio que adecuar éstos a algo que la sociedad valore lo suficiente.

Por lo tanto, antes de afirmar que la sociedad te debe algo, pregúntate qué has dado para merecer ese pago. Si la respuesta es nada, es que estás intentado quitarle a la sociedad algo por lo que no has pagado. En otras palabras: la estás intentado robar. Y la sociedad no son sólo los banqueros o las multinacionales; la sociedad son tus tíos, el vecino de enfrente, el padre de tu mejor amigo y el panadero que se levanta a las 4 de la madrugada para hacer el pan que tanto te gusta.

¿Esto quiere decir que la juventud no tiene derecho a protestar? Todo lo contrario, porque de la misma manera que la sociedad no les debe nada, ellos tampoco deben nada a la sociedad. Por lo tanto, no tienen por qué pagar las pensiones de gente que contribuyó a un sistema piramidal, ni tolerar leyes que privilegian a los trabajadores en activo por encima de los que se incorporan al mercado laboral, ni que se les hipoteque para sostener a cajas y promotoras que no quieren vender sus activos (pisos) a precio de mercado.

En definitiva, en vez de intentar robar a la sociedad, deberían intentar que cierta parte de la sociedad deje de robarles a ellos. Aunque, claro, para eso que no cuenten con los abajo firmantes habituales, es lo que tiene ser un revolucionario financiado por el Estado.