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Etiqueta: Enemigos de la libertad

¡¡Acelera Fernando!!

"Estoy feliz de volver a vivir en mi país y pagaré ese dinero a gusto porque no soy pobre. Solo seré un poco menos rico que ahora".

Impecable. Para sentirse orgulloso. Todo un campeón de Fórmula 1 como Fernando Alonso decide volver a fijar su residencia en Asturias y, en un ejercicio de solidaridad, se apresta a que el fisco español se quede con casi un tercio del dinero que ingresa cada año… 57 millones de eurazos que irán a engrosar las arcas del Estado.

Todo un ejemplo para los indignados, que desde sus chiringuitos de la Puerta del Sol seguro que estarán ahora mismo planteándose montar un asamblea de cara a organizar una asamblea que designe otra asamblea, que, de forma asamblearia, reconozca el gesto del piloto asturiano… Eso sí, con una ponencia que le exija el uso de biocombustibles en vez de gasolina de alto octanaje.

Porque ¡qué bien! De esos 57 millones de euros que Fernando Alonso se ha ganado jugándose la vida en cada frenada, algo nos caerá. Después de que los políticos y los funcionarios que hacen posible todo este engranaje recaudatorio-solidario-redistribuidor se hayan quedado con la parte que les corresponda, quedará algún dinerillo que podrá gastarse en atender las necesidades, deseos e ilusiones de todos aquellos que no son capaces de generar sus propios recursos.

Así, gracias a la solidaridad del de Ferrari, y de otros como él, muchas instituciones muy importantes para España podrán cumplir sus objetivos.

Así, esos sindicatos de clase que con los ingresos de sus afiliados no consiguen cubrir los costes de la lucha obrera y los gastos de representación que esta conlleva podrán seguir con su defensa del proletariado.

Y, por supuesto, los partidos políticos, eje sobre el que gira nuestra democracia, disfrutarán de unos ingresos que complementarán a sus tradicionales vías de extor… perdón, de financiación.

Pero al ciudadano de a pie también le caerá algo. Más sanidad, más educación, más transportes públicos, pues nunca hay suficiente… Más cultura. Más viviendas para jóvenes. Más gasto social. Más monumentos en las rotondas, más cine español, más pistas de pádel públicas… Más de todo lo que los políticos tengan a bien darnos… ¡Qué ilusión!

Porque, ¿qué hubiera sido de nosotros si el bravo piloto asturiano decidiese quedarse en la insolidaria Suiza y meter su dinerito en un banco?

Pues nada, que dicho dinero estaría disponible para invertir, para crear empresas, riqueza y puestos de trabajo reales, allí donde se dieran las condiciones para poder sacar adelante proyectos empresariales viables… Es decir, que en España no hubiésemos visto un duro, excepto si Fernando Alonso decidiese comprar deuda pública.

Por ello, no cabe más que congratularnos de la decisión del Premio Príncipe de Asturias y, cada mañana de domingo, ataviados con la bufanda oficial de la marca del Cavallino Rampante, conectar con La Sexta para animar a nuestro compatriota a que frene en las curvas más tarde que el resto, sabiendo que una parte de su triunfo es nuestra… Bueno, del Estado.

¡Acelera, Fernando!

Endeudamiento mórbido

La deuda, anticipar la satisfacción de nuestras necesidades, es adictiva: proporciona un placer inmediato muy por encima del que podríamos (y deberíamos) permitirnos; el ahorro, retrasar la satisfacción de nuestras necesidades, es doloroso: requiere de la espartana disciplina de la austeridad, impropia en estos tiempos modernos donde todos tenemos "derecho" a todo por obra y gracia del Estado providente y benefactor.

Podemos fijarnos en Estados Unidos, pero semejante tendencia está bastante más acusada en Europa. Lo mismo da. Una sociedad que premia el endeudamiento y castiga el ahorro es una sociedad que lógicamente tendrá progresivamente más deuda y menos ahorro: es decir, más obligaciones a devolver una renta futura para cuya generación se cuenta con menores medios.

Mas, ¿qué esperar? Al endeudamiento se lo premia con inflación, tipos de interés artificialmente bajos, rescates indiscriminados y tributación amigable. Idénticos clavos con los que se sepulta al ahorro: la inflación erosiona el valor de nuestros patrimonios, los tipos de interés bajos castran su rendimiento, los rescates o las amnistías de los deudores se ceban con el expolio de los acreedores y la sangrante tributación de plusvalías, dividendos, riqueza o beneficios afean su recompensa.

A riesgo de simplificar, pocos elementos ilustran mejor esa desatada ofensiva contra el ahorro y esa desacomplejada promoción del endeudamiento que el definitivo abandono del patrón oro por parte de Estados Unidos. Vean, si no, qué ha sucedido con la tasa de ahorro neta sobre el PIB desde que en 1973 Nixon decidiera enterrar definitivamente Bretton Woods: la capacidad de la economía estadounidense para generar nuevos bienes de capital tras reponer los ya existentes se ha ido desplomando, hasta el punto de que durante esta crisis se ha vuelto negativa (es decir, el ahorro nacional es insuficiente para conservar todas las inversiones ya realizadas bajo el paraguas del brioso endeudamiento previo).

Tendencia paralela a esa explosión del endeudamiento de las últimas tres décadas, coincidente con el fin de los altísimos tipos de interés que Paul Volcker tuvo que colocar a finales de los 70 y principios de los 80 para evitar la desmonetización del dólar en favor del oro:

El sueño de todo keynesiano –la eutanasia de facto del rentista– y la pesadilla de todo economista con dos dedos de frente. A la vista de la evolución del ahorro y del endeudamiento durante las últimas cuatro décadas, ya puede suponer qué grupo ha predominado en la academia y, sobre todo, en el Gobierno.

El Estado del Bienestar ha de ser abolido

No le basta con los impuestos al automóvil, a la gasolina, a las concesionarias, las multas, el impuesto de matriculación. Si sigue así robando al ciudadano y manipulando sus estadísticas, le harán ministro de Economía y Hacienda.

Este es el último ejemplo de la abominación del Estado del Bienestar. ¿Se lo ha cuestionado nunca? Todos los servicios públicos, es decir, estatales, salen de sus impuestos y están orquestados por la organización más ineficiente y corrupta del planeta, el Estado, los funcionarios, los políticos. El Estado del Bienestar es una máquina de quemar dinero que no produce nada, al revés, resta producción y recursos a la economía privada. Tan ineficiente y costosa es, que no se puede mantenerse ni con altos impuestos y déficits. Opciones como las multas, el aumento de la deuda y las pseudoprivatizaciones que va a hacer el Gobierno no dan para mantenerlo.

Esta semana un colegio de Lleida eliminó el comedor a algunos de sus alumnos porque la administración no paga. Un 25% de las quiebras empresariales se deben a que la administración no paga. Esto provoca que en Europa se produzcan 500.000 desempleados anuales. Solo los grandes empresarios con un banco detrás siguen adelante. El enemigo número uno de las pymes es el Gobierno y sus burócratas.

El apego del hombre a las falsas promesas del Gobierno supera toda lógica. Me contaba un amigo argentino que cuando ocurrió el corralito en su país natal la gente no salió a la calle pidiendo más libertad para el ciudadano y menos intromisión estatal, sino "políticos honrados". ¿Pero qué es eso? La mayor de las contradicciones. La casta política no tiene ni un solo incentivo para que le guie hacia el camino de la bondad humana. Viven en un estado de anarquía donde hacen lo que quieren. Son niños mimados con el poder de un emperador absoluto, lo que convierte al Gobierno en una oligarquía.

El ciudadano no ve que la libertad no se gana cada cuatro años en las elecciones, sino cada día. Esta dejadez, apatía y conformismo ha convertido el poder de la sociedad civil en un mercado de esclavos con voto. Podemos elegir cada cuatro años a un amo llamado PSOE y otro idéntico llamado PP.

Contaba Llewellyn H. Rockwell que la socialización de la ontología en Reino Unido ha provocado que "muchos ingleses no tienen más remedio que sacarse ellos mismos las muelas" porque aunque el Gobierno ofrece el servicio, las colas pueden durar años. La conclusión del autor no podía ser más certera: "si acabamos con el capitalismo, pronto estaremos de vuelta a la Edad de Piedra".

Y es que en España nos está pasando lo mismo. La medicina estatal ha conseguido, por ejemplo, que en Canarias el tiempo medio de esperar para que le atienda un especialista sea de 277 días (9 meses). Desde que vamos al médico para explicar nuestras dolencias hasta conocer el diagnóstico pueden transcurrir 134 días para unas pruebas de alergia, 131 días para una resonancia o 128 días para una mamografía. ¿Esto es Estado del Bienestar? Sabe que con lo que le roba la seguridad social tendría usted un seguro de calidad infinitamente mejor, y no hablemos del trato. Volver a los médicos funcionarios no mejora la sanidad, la mata.

Muy probablemente después de las elecciones de mayo habrá otro apretón de tuercas por parte del Gobierno y administraciones locales, ya sean del PSOE o del PP. Las arcas están vacías. Los impuestos, las tasas y las multas han de subir para cubrir "nuestro bien social". La solución no son absurdidades como un "Gobierno inteligente" o un gobernante honrado. Es una cuestión de incentivos humanos. Puede ocurrir que por vocación haya un político honesto, pero en el momento que tiene dinero y poder ilimitado desaparece tal humanismo. Solo hay una solución para combatir la era negra a la estamos abocados, menos Gobierno y más libertad individual. Entre nosotros y el bienestar sobran intermediarios. Es hora de poner fin al Estado del Bienestar y al Gobierno omnipotente.

Esto merece una subvención

Probablemente sea que el Gran Arquitecto en Su sabiduría, aunque corriendo un cierto riesgo, decidió que la aparición de un enviado como nuestro presidente iba a ser más conveniente en nuestra época para trabajar por la paz perpetua, la fraternidad universal, el mejoramiento social de los más débiles, la igualdad de género, el aborto libre y las subvenciones a las energías renovables, objetivos todos muy necesarios para conseguir una sociedad igualitaria y progresista.

Algo así es lo que debe pensar de sí mismo ZP para actuar de la forma que lo hace sin caer fulminado por un ataque agudo de sentido del ridículo, porque nadie que no tenga una idea hipertrofiada de sus méritos, por lo demás inexistentes, es capaz de decir las cosas que suelta este hombre sin el menor rubor en cuanto lo ponen ante un auditorio propicio.

Y este es el problema, que todavía a estas alturas hay mujeres con la falta de autoestima necesaria para rendir honores al personaje más dañino para la sociedad española en general, mujeres incluidas, que hemos tenido la desgracia de padecer en los últimos tiempos.

Zapatero puede encabalgar con la solemnidad que le caracteriza varias decenas de chorradas conceptuales entresacadas de la escatología feminista, pero el resultado de su mandato es que todos somos mucho menos libres y prósperos que cuando él llegó al poder. También las mujeres, claro, salvo las que forman parte de las asociaciones que defienden la agenda socialista a cambio de trincar subvenciones cada vez más jugosas, que ellas sí pueden decir a boca llena que les ha ido muy bien con ZP.

Como las camaradas de la organización "Women Deliver", que acaba de incluir al feministo circunflejo en su lista de las cien personalidades que más han hecho por el bienestar de las mujeres, motivo por el cual les ha endilgado a sus miembras una homilía feminista de las que hacen época. A ver si alguien de la junta directiva, con la alegría del momento, sufre un arrebato de locuacidad y nos enteramos también nosotros de lo que nos ha costado a todos los españoles el galardón.

Un ejemplo real de Justicia Social

Según wikipedia, la justicia social "es un concepto que define la búsqueda de equilibrio entre partes desiguales, por medio de la creación de protecciones o desigualdades de signo contrario, a favor de los más débiles (…) Para graficar el concepto suele decirse que, mientras la justicia tradicional es ciega, la justicia social debe quitarse la venda para poder ver la realidad y compensar las desigualdades que en ella se producen".

Para poder juzgar si dicha justicia de verdad cumple con su objetivo, nosotros también deberemos quitarnos la venda de los ojos y observar la realidad que provocan las acciones llevadas a cabo en su nombre.

Cojamos por caso una historia real, similar a tantas otras que cualquier persona pueda conocer o haber vivido; nos encontramos en la España de 2001, tres compañeros de clase terminan su último curso de bachillerato y empiezan caminos distintos. Tenían notas parecidas, jugaban igual de mal al fútbol, intentaban ligar con las mismas chicas y sus padres eran del mismo nivel económico. No había, por tanto, ninguna razón para intervenir en sus vidas, ya que estaban igualadas de partida.

El primero de los amigos, llamado Juan, decidió empezar a trabajar en el sector de las tecnologías de la información, ya que le gustaban los ordenadores y consideraba absurdo estudiar la carrera de informática (atestada de gente por aquella época), siendo un sector con unos avances espectaculares donde se podía aprender sobre la marcha. Su decisión tuvo un coste alto, ya que después del pinchazo de la burbuja de las puntocom el trabajo no sobraba y se tuvo que conformar con puestos mal pagados donde se trabajaban muchas horas.

Durante un par de años no pasó de ser un mileurista que tenía que aguantar a jefes bastante incompetentes (contratados durante la burbuja) y compañeros que no sabían manejar un ratón. Pero se fue formando, sus conocimientos crecieron y parte de los pocos ahorros que tenía los destinaba a certificarse en las tecnologías que él pensó que tendrían mayor demanda en el futuro.

Su esfuerzo empezó a dar frutos y fue aumentando su sueldo según cambiaba de empresa. Seguía trabajando muchas horas, pero ya tenía un sueldo decente (disminuido por grandes impuestos) que le permitió comprar su primera vivienda. Corría el año 2004 y los precios eran bastantes altos, así que se tuvo que conformar con un piso de dos habitaciones en la periferia de Madrid.

Para poder hacer frente a los gastos del piso, trabajó aún más duro y siguió formándose, aumentando con ello su sueldo (y sus responsabilidades). 

En la actualidad, Juan cobra cerca de 36 mil euros y es muy apreciado en su empresa (una multinacional puntera), le quedan apenas 10 años de hipoteca y tiene unos suculentos ahorros bien invertidos. Hay quien afirma que es un privilegiado y pide que le aumenten los impuestos por ello –"hay que arrimar el hombro", dicen–, pero a Juan nadie le ha regalado nada y en cambio él ha tenido que regalar muchas cosas. Haciendo cálculos, hasta ahora, casi cerca de 200.000 euros en impuestos de la renta, seguridad social e IVA, y escrituración del piso. Su patrimonio (con el actual precio de los pisos) no se acerca a esa cantidad.

En cambio, sí hay dos privilegiados en esta historia. Uno es Luis, otro de los amigos. Decidió estudiar filología e idiomas. Vivió en un piso de alquiler, subvencionado por la comunidad de Madrid, muy cerca de la universidad pública, hasta que se fue a vivir a Alemania, hará tres años, con una beca de la Unión Europea. Desde hace dos años por fin trabaja, y tiene un no despreciable sueldo de 40 mil euros y ninguna intención de volver a España para devolver en impuestos lo recibido en educación y alquiler durante sus años de estudiante.

El último personaje de esta historia es Óscar. Éste estudió física durante seis años (también en la universidad pública), trabajó de administrativo durante dos, época en la que, gracias a su exiguo sueldo, consiguió un piso de protección oficial en un barrio nuevo de Madrid (por el mismo precio que le costó a Juan el suyo 30 Km. más lejos), y al que se fue a vivir con su novia, la cual cobraba tres veces más que él… Actualmente, está en el paro y cobra (o cobraba) un subsidio de 400 euros, mientras se saca otros 600 en dinero negro trabajando en la hostelería los fines de semana.

Con ocasión del 10º aniversario de su salida del instituto, los tres ex compañeros se volvieron a ver. Una vez que se habían puesto al día sobre sus respectivas vidas, pasó algo curioso: Luis y Óscar no sólo no agradecían a Juan su aportación de miles de euros en impuestos para financiar sus estudios y vivienda, sino que, muy al contrario, se asombraban sobre qué clase de país era España, donde dos licenciados como ellos no recibían un sueldo superior al de una persona que había abandonado los estudios a los 18 años. En el caso de Óscar, los lamentos eran mayores al constatar que un físico como él estaba en el paro, malviviendo con 400 míseros euros, mientras que a Juan nunca le había faltado trabajo en aquellos años. "No era socialmente justo –sentenciaron los dos–; el gobierno debería hacer algo".

Por supuesto ese algo sería volver a intervenir en la vida de Juan para quitarle más dinero y dárselo a unos licenciados cuya licenciatura él había contribuido a pagar.

Recordemos que Juan no era más listo que sus compañeros, no era más guapo, no se le daban mejor los deportes ni su familia tenía más dinero. Simplemente escogió, cuando solo tenía 18 años, buscarse la vida por su cuenta. Ese fue su error, ya que la justicia social no es ciega, pero tiene una vista muy particular; es incapaz de ver a nadie que no se acerque a ella y le pida limosna rellenando impresos, esperando colas y demás trámites burocráticos. En cambio, ha desarrollado una visión sobrenatural a la hora de detectar a un contribuyente, hasta el punto de que sustrae el dinero a la mayoría sin que ésta pueda llegar a verlo.

Arbitrariedad social es su verdadero nombre, y seguirá sembrando injusticia y desigualdad mientras que a la mayoría de la sociedad le cieguen los privilegios, la ignorancia o ambas a la vez.

Estonia, paradigma de cómo capear la crisis

Estonia, un pequeño país a orillas del mar Báltico que apenas alcanza el millón y medio de habitantes entrará en la zona euro el próximo 1 de enero. Será la primera ex república soviética en hacerlo después de haber culminado con éxito dos décadas de prodigioso desarrollo económico que han catapultado al país del tercer al primer mundo en sólo una generación.

Llegar a la soñada meta de pertenecer a la primera división europea les ha costado varios años y tres intentonas. Estonia entró a formar parte de la Unión Europea en 2004con el compromiso de adoptar la moneda única tan pronto como fuese posible. El plan era integrarse en la eurozona en 2007 junto a Eslovenia. Llegado el momento el Gobierno se echó para atrás y retrasó la integración hasta el año siguiente para hacerlo coincidir con la entrada de Eslovaquia. Pero Estonia seguía sin cumplir los requisitos de inflación, que rondaba el 7%. Su economía, recalentada por un crecimiento rapidísimo (un promedio del 9,5% de incremento anual del PIB entre 2000 y 2007), un no estaba aún preparada. Se dio entonces un último plazo, 2011, fecha en la que no había prevista ningún ingreso más.

A mediados de año el Gobierno estonio se fue con sus números a Bruselas para que el Ecofin los supervisase y aprobase el ingreso. Nadie se podía creer lo que veía. Estonia, ese remoto e ignorado país del Báltico, era lanación menos endeudada de Europa y la que podía presumir de un déficit público. La inflación, por su parte, había remitido hasta colocarse en niveles aceptables. Para contener este indicador contribuyó el hecho de que el PIB estonio se despeñó, literalmente, un 14% durante el año 2009, lo que enfrío el sistema lo suficiente para controlar la inflación, que pasó del 10,4% en 2009 a una deflación de 10 décimas durante este año.

Ajuste titánico

La clave del éxito estonio ha sido el ajuste titánico que ha llevado a cabo. El Gobierno del liberal Andrus Ansip, reaccionó rápido a la crisis financiera y ya en 2008 aprobó un plan de ajuste que recogía un amplio recorte de gasto público y el aumento de ciertos impuestos como el IVA y los que gravan el tabaco, el alcohol o la gasolina. Ya puesto, Ansip, aprobó una reforma laboral que facilitó el despido. Los ajustes llegaron al mismo Gobierno, los ministros se bajaron el sueldo un 20%, justo el doble de lo que de promedio estaban bajando en las empresas privadas. El resultado fue una depresión inmediata y muy dolorosa, pero corta. Estonia ha pagado los excesos crediticios cometidos en la etapa expansiva de un golpe durante un solo año.

¿Estímulos al estilo de los planes E?, ninguno, Ansip no cree en ellos. De hecho, cuando la crisis arreciaba la oposición le acusó de ser el responsable de ella por reducir el gasto, a lo que el primer ministro respondió que la crisis sería aún peor si se hubiesen puesto a imprimir moneda o a gastar a lo loco. El tributo que ha tenido que pagar ha sido el reajuste del mercado interno, inflado durante las vacas gordas, y una tasa de desempleo del 19%, que empieza a remitir conforme la economía se purga de las malas inversiones.

Brotes realmente verdes

En 2010 el país ha emprendido el camino de la recuperación. Estonia se ha ganado de nuevo la calificación A de las agencias de rating y goza de crédito pleno en los mercados. Las cuentas públicas vuelven a estar saneadas, el mercado interior ha retomado su tamaño natural y pocos se acuerdan de las exuberancias irracionales de los años del crecimiento vertiginoso que precedieron a la crisis.

La recuperación está siendo tan sorprendente -y para muchos inesperada- que los indicadores handejado con la boca abierta a más de un economista. Tal y como puede apreciarse en la gráfica inferior, la producción industrial ha crecido un 31% en el último año y las exportaciones se han disparado un 54%. Brotes realmente verdes, y nos los que, hace año y medio, vendía a la prensa cierta ministra de Economía de un país del sur de Europa.
 

Y todo sin necesidad de devaluar la moneda como ha venido haciendo el Reino Unido o la vecina Polonia, cuyo zloty flota libremente, lo que está permitiendo a los polacos ganar cierta (y falsa) competitividad a cambio de empobrecerse. La corona estonia está vinculada al euro en un tipo de cambio fijo por lo que el banco central que la emite asume como propia la política monetaria del BCE. 

Ahora viene la pregunta. Si Irlanda actuó rápido, acometió un severo recorte de gasto y, al estar dentro del euro, no pudo devaluar la moneda, ¿por qué no ha seguido el mismo camino que Estonia. Por el sistema bancario, que en Irlanda estaba quebrado y fue rescatado in extremis por el Estado. En Estonia los principales bancos son subsidiarios de la banca sueca.

El mayor banco del país es el Swedbank, seguido del SEB y de Nordea, todos suecos con sede en Estocolmo. La banca sueca es tan hegemónica que muchos estonios se quejan de que tiene más poder que el mismo Banco Central de Estonia. Con o sin poder, el hecho es que el Gobierno de Ansip no ha tenido que emplear un solo céntimo del erario público para salvar bancos de la bancarrota. Y eso, al final, se ha notado.

Lecciones que vienen del Báltico 

Estonia es un país pequeño, pero eso no significa que la receta que ha utilizado para enfrentar la crisis no sea válida. Los números cantan. Ante un excesivo endeudamiento, amortización y ajuste, y no, como se ha pretendido en otros países, mantener el ciclo expansivo a costa de nueva deuda y malabarismos con la moneda.

El premio los estonios lo recogerán el próximo 1 de enero cuando se incorporen a la divisa única con un cuadro macroeconómico que haría entrar en trance a todos los ministros de economía de la Unión Europea, especialmente a los de los países derrochones como España, Grecia o Portugal.

Pocos se quejan, a fin de cuentas, los estonios nunca antes se habían visto en mejor posición. Son independientes, el nivel de vida ha crecido exponencialmente en sólo un par de décadas y, como los negros años del comunismo aún están cerca, muchos recuerdan lo que de verdad es una crisis estructural con escasez de todo y cortes de electricidad. La diferencia está clara.      

De la locura antieconómica a la derrota política

Para quienes Obama es algo así como el Mesías redivivo, el ejecutor de la magna obra de convertir a los Estados Unidos en una democracia "de verdad" equiparable a los megaestados europeos, el barrido republicano en las elecciones estadounidenses sólo cabe atribuirlo a la fatalidad. Es imposible que el socialdemócrata e ilustrado Obama haya salido derrotado por deméritos propios frente a una panda de reaccionarios ultraconservadores y algún pirado libertario; la responsabilidad, cómo no, la tiene el agitprop del Tea Party, la subversiva propaganda republicana y, sobre todo, una recuperación económica que no llega pese a los denodados esfuerzos del presidente.

Obama, argumenta el discurso canónico, ha tenido la desgracia de estar gobernando en medio de la mayor crisis de los últimos 80 años y los ciudadanos, cortoplacistas por excelencia, no han sido capaces de valorar las sensatas políticas de los demócratas destinadas a pavimentar la recuperación. El ciudadano estadounidense ha sucumbido a los cantos de sirena del extremismo –como en los años 30 sucumbió Alemania– por una depresión que, en última instancia, es achacable a Bush y al neoliberalismo reaganiano.

Pero lo cierto es que Obama probablemente jamás hubiese resultado elegido de no ser por esa grave crisis económica que ahora deplora electoralmente, y ni mucho menos hubiese sido capaz de aprobar toda su sectaria legislación intervencionista sin el impacto psicológico que tuvo la caída de Wall Street. Ni multimillonarios planes de des-estímulo, ni nacionalizaciones encubiertas como rescates a la industria automovilística, ni socialización sanitaria, ni nueva y mala regulación de los mercados financieros. Todas estas patadas al sentido común económico fueron posibles sólo por los poderes excepcionales que hace dos años los estadounidenses le entregaron embriagados a su dictator (¿se me permitirá criticar, como ahora hacen los demócratas, el cortoplacismo y la catástrofe política que supuso la unción absolutista de Obama por parte del pueblo americano?).

Obama y su equipo lo comprendieron rápidamente. La crisis era una oportunidad única para hacer avanzar la secular agenda liberticida de la izquierda. El cesado Rahm Emanuel –antiguo jefe de Gabinete de Obama– lo resumió a la perfección: "Nunca has de dejar pasar una crisis sin haberte aprovechado antes de ella". En ese sentido, nadie podrá negar que el progresismo estadounidense ha sacado una enorme tajada ideológica de esta crisis, llevando al Estado al borde de la omnipotencia económica; pero, a renglón seguido, habrá que reconocer que esa megalomanía izquierdista de liquidar el modelo político, económico y social del país no ha beneficiado en nada a unos ciudadanos cuyas perspectivas sólo han ido decayendo desde la ascensión obamita en medio de un persistente desempleo y de una marabunta de deuda. En su éxito han encontrado las semillas de su propio fracaso.

Si la implosión en menos de dos años de todo su equipo económico no acreditara el rotundo fiasco de su desempeño, la huida hacia adelante pidiendo más gasto y más déficit para salir del atolladero en el que ese gasto y ese déficit nos han atascado debería ser lo suficientemente ilustrativo. Porque onanismos ucrónicos al margen, Obama aprobó su mastodóntico programa de des-estímulo prometiendo una reducción drástica del desempleo que no se ha visto por ningún lado: según las propias proyecciones demócratas que sirvieron para justificar su particular Plan E, hoy la tasa de paro debería estar en el 7% y no en el 9,6%, cifra incluso por encima del apocalíptico escenario que pintaban los demócratas para el caso de que no pudieran tirar a la basura 700.000 millones de dólares (más de la mitad del PIB español, ahí es nada).

Tan absurdo es afirmar que Obama no tiene ninguna responsabilidad en esta derrota, que todo es la inexorable consecuencia de una población que no entiende sus audaces políticas anticrisis, como lo sería afirmar en España que Zapatero tampoco tiene ninguna responsabilidad en una eventual debacle socialista. La crisis perdura no a pesar de Obama, sino como consecuencia de su desnortada, manirrota y distorsionadora gestión. Y es que no siendo el keynesianismo del que ambos gobernantes han hecho gala más que pura superstición ideologizada en bancarrota, es plausible y deseable que la población se rebele contra su política antieconómica. Cierto es que habría sido más plausible y deseable que nunca los hubiese colocado más allá de la presidencia de una comunidad de vecinos, pero en la capacidad de reacción y corrección de sus propios errores también se nota el temple de los pueblos.

"Mi nombre no está en las papeletas, pero mi mensaje sí lo está", se atrevió a afirmar ayer el iluminado de la Casa Blanca. Ojalá tenga razón y sea cierto que los estadounidenses –tan proclives siempre, como cualquier otra nación, a caer en las garras del populismo keynesiano-rooseveltiano– han aprendido una valiosa lección para al menos una generación: el Gran Gobierno no es la solución a ningún problema. De momento, el bloqueo de ambas Cámaras nos asegura que no habrá más planes de des-estímulo hasta el final de la legislatura ni previsiblemente un mayor crecimiento del Estado. Habrá que ver si este no empeoramiento de las cosas basta para limpiar todos los escombros que Obama se ha dedicado a apilar durante estos dos años; al fin y al cabo, la factura de sus destrozos todavía está pendiente de pago.

¿El Increíble Hombre Normal? No, DerrochaMan

14 millones de euros en una pista cubierta. Destinó 4,5 millones de euros en el centro Thyssen. 31 millones de euros en 2009 para acallar los sindicatos. Regaló 625.000 euros a la Academia del Cine Catalán. En fin, un no parar. Eso, sin contar sus empresas y organizaciones bien gestionadas que suman una deuda superior a los 7.400 millones de euros, casi un 4% del PIB catalán. ¿Alguna medida para frenar el gasto? Ni de lejos. Lo último ha sido regalar 633 euros mensuales a todo aquel que no haga nada. Corrupción y compra de votos a plena luz. La capacidad de sorprendernos del Estado Omnipotente no tiene límites.

Las consecuencias de tanta generosidad han obligado a la Generalitat ha subir los impuestos. Los catalanes tienen el dudoso honor de pagar uno de los impuestos más elevados, no de España, sino del mundo. En estas subidas no han tenido sus contraprestaciones equivalentes. La situación parece empeorar día a día. El sector privado de la sanidad catalana (pequeños hospitales, farmacias…) no está recibiendo el dinero que le debe Montilla, ese hombre tan "normal". Más bien, lo "normal" sería que estuviese en todas las lista de morosos del país si no fuera por el cargo que tiene. Hasta finalizar el año, el Gobierno de Montilla necesita 4.000 millones de euros que no tiene.

Vemos que el asfixiante nivel contributivo y las diversas multas lingüísticas, viales y "cívicas" no son suficientes para pagar los caprichos de los políticos catalanes. Así que la administración catalana ha anunciado la emisión de unos bonos al nada despreciable tipo de interés del 4,75% (la emisión es de 1.000 millones ampliable a 2.000 millones, lo que parece insuficiente para cubrir gastos). Los bancos percibirán el 3%, un chollo. Entre 30 y 60 millones de euros. El tipo final, por eso, depende de los bancos que podrían restar hasta un 1% según si trasladan las comisiones al cliente.

La alta rentabilidad ha creado ya el efecto crowding out (efecto expulsión) entre el mercado privado. Catalunya Caixa (uno de los engendros del FROB que une Caixa Catalunya, Tarragona y Manresa) ha tenido que retirar su depósito estrella que tenía al mismo tipo que los bonos de la administración. La oferta le duró sólo cuatro días.

Según el diario Expansión, la razón por la cual el Tripartito ha emitido los bonos se debe a que el Santander no quiso ofrecerle un préstamo sindicado (préstamo que se crea con varias entidades financieras). La negativa del mayor grupo bancario de España trajeron las amenazas de Castells, consejero de Economía: "Tenga la ocasión de darse cuenta de su error y de rectificar, porque este país tiene memoria y las instituciones también". Cualquier otra persona estaría en los juzgados por una amenaza así.

Por otra parte, la emisión no le ha parecido muy sana a Moody’s. Ha rebajado el rating de A1 a A2 con perspectiva "negativa" debido a que la Generalitat puede cerrar 2011 con un endeudamiento del 170% respecto a sus ingresos de explotación frente al 117% actual. Hay razones para considerar la emisión como peligrosa. Lo mismo debe pensar la gran banca (Grupo Santander, BBVA y Caja Madrid) que se ha negado a asegurarla.

La financiación normal de un Gobierno son los impuestos. En realidad, es lo más transparente para el ciudadano. Cuando un Gobierno recurre a la emisión de deuda significa que no tiene suficiente valor para subir los impuestos, que no sabe gestionar el dinero que posee, o ambas cosas a la vez. Éste es el evidente caso del Tripartito que tiene las elecciones en breve y no se atreve a tocar nada para no perder votos.

¿Y cómo devuelve la administración el capital e intereses de sus emisiones? Con más impuestos en el futuro. La deuda de la administración no sólo son impuestos, son impuestos presentes más intereses con el riesgo que esto comporta. Los gobernantes reclaman dinero futuro que ahora no tienen. La emisión está diseñada para el inversor retail catalán. Es decir, el inversor de esta emisión va a ser el mismo que la acabe pagando con más impuestos futuros. ¿No le resulta algo absurdo? Lo es, por eso es un acto poco transparente y cobarde. Más teniendo en cuenta que los van a vender de forma sentimentaloide y con emotivismo patriótico.

Ningún catalán se debería dejar engañar. Yo no lo hago y soy catalán. Tras la anunciada emisión "para afrontar los retos del futuro", la Generalitat blindó 66 cargos públicos y en seis meses ha cubierto más de 600 plazas indefinidas. Desde que el Tripartito se impuso en Cataluña, los empleados públicos han pasado de 140.000 a 226.000. El número de empresas, consorcios y fundaciones públicas ha crecido en este tiempo casi un 320%. ¿Realmente cree que todo este gasto inútil e insostenible es para el bien de Cataluña y los catalanes? A los políticos catalanes todo esto les importa un carajo. Sólo les quieren vaciar la cartera aunque sea matando, a base de mentiras, la gallina de los huevos de oro.

Los ricos ya pagan más

Así, el Consejo de Ministros ha aprobado para 2011 una subida del IRPF: los ingresos superiores a 120.000 euros tributarán a un tipo del 44% (antes 43%) y los superiores a 175.000 euros a un tipo del 45% (antes 43%). Pan y circo para complacer a las bases socialistas.

Los que confunden la envidia con el afán de justicia repiten la consigna de que quien gana más debe pagar más. La factura del Estado discrimina según la renta, una práctica virtualmente inexistente en el mercado, donde empresas e instituciones privadas cobran el mismo precio por sus servicios con independencia de raza, religión, orientación sexual y poder adquisitivo. En el caso de los servicios públicos, en cambio, se acepta el principio discriminatorio de que los que obtienen más ingresos deben pagar un precio distinto.

Sin embargo, ni siquiera la discriminación se hace respetando un mínimo de proporcionalidad. Conforme uno obtiene más ingresos no paga una parte alícuota mayor (por los mismos servicios que antes, no lo olvidemos), sino que la excede. Si un individuo incrementa su renta de 20.000 euros al año a 40.000 euros al año, un aumento del 100%, no paga un 100% más de impuestos sino un 230% más. De 2.746 euros anuales pasa a pagar a Hacienda 9.033 euros.

Nuestro sistema fiscal no es proporcional sino "progresivo", eufemismo de "desproporcional". Los que reclaman que los ricos contribuyan "acorde con sus mayores ingresos" o "asuman el coste de la crisis como el resto" parecen no haberse enterado de que ya se les confisca una proporción mucho mayorde sus ingresos que a los demás.

¿Qué han hecho las rentas altas para merecer esta confiscación? ¿Cuál es su fundamento ético? Puesto que el fin no justifica los medios, pasemos por alto la presunta finalidad de la redistribución ("ayudar a los menos favorecidos", "garantizar oportunidades básicas a todos") y centrémonos en los medios: quitar a alguien parte de sus ingresos bajo coacción.

Ricos los hay y los habrá bajo cualquier sistema político, porque los individuos tienen distintas capacidades, ambición y escrúpulos. La diferencia entre un sistema de mercado puro y un sistema socialista puro es que en el primero los ricos son los más productivos, los que obtienen mayores ganancias del hecho de ofrecer servicios que los consumidores valoran, y en el segundo los ricos son los que ostentan el poder, los que detentan el privilegio de dictar a los demás lo que deben hacer.

En un sistema mixto como el que vivimos encontramos, lógicamente, ejemplos de ambos: gente que se ha enriquecido produciendo bienes y servicios útiles para los demás, y gente que se ha enriquecido gracias a las prebendas estatales (subvenciones, restricciones a la competencia, contratos públicos, rescates y socialización de pérdidas, corruptelas varias). También los hay que se han enriquecido de las dos maneras. Reduzcamos el presupuesto y las prerrogativas del Estado a su mínima expresión y las élites y grupos de interés no tendrán de quien conseguir privilegios.

En la medida en que las rentas altas obtienen ingresos de mercado, sin que medie la intervención del Estado, los impuestos desproporcionales penalizan el ingenio y la productividad. Castigan la acción de servir a la sociedad de la forma más eficiente posible, pues solo así es posible generar más beneficios e ingresos en el mercado. ¿No tendría más sentido, aunque fuera igualmente injusto, castigar con un impuesto la vagancia y la baja productividad? ¿Por qué no se penaliza con trabajos comunitarios a parados que rechazan empleos?

El prejuicio contra los ricos es una lacra social en una economía de mercado. Solo está justificado en países íntegramente socialistas.

Nueva ronda de ajustes

 "El mayor riesgo de desviaciones está en las administraciones territoriales" y, por ello, el Gobierno debe idear "medidas" adicionales ante tal escenario. ¿Qué ha dicho Miguel Ángel Fernández Ordóñez? Simplemente, que el desbocado gasto público de comunidades autónomas y ayuntamientos impedirá cumplir con el compromiso de reducir el déficit público al 6% del PIB el próximo año. Es decir, los recortes anunciados no serán suficientes y, por lo tanto, augura nuevas medidas de ajuste fiscal para alcanzar el objetivo previsto.

De este modo, el organismo monetario acaba de desmontar el último gran mensaje de Salgado, consistente en que el déficit del Estado había caído cerca de un 42% interanual hasta agosto. En realidad, la ejecución presupuestaria apenas muestra variaciones significativas en el primer semestre respecto al mismo período de 2009, y gran parte del desequilibrio se está trasladando ahora a la administración territorial. Los números rojos crecen a marchas forzadas en las cuentas autonómicas y municipales, muy acostumbradas al chorro interminable de recursos propio de épocas ya pasadas, en donde la recaudación de impuestos llegaba cual maná caído del cielo.

Los ayuntamientos acumulan pagos por valor de miles de millones de euros a los que ahora no pueden hacer frente, hasta el punto de que un tercio corre el riesgo de entrar en bancarrota este mismo año (2.700 consistorios). La situación de los gobiernos autonómicos no es muy diferente. El Gobierno central está cerrando el grifo de las transferencias como resultado de la menor recaudación, al tiempo que la austeridad brilla por su ausencia en la mayoría de las regiones.

Se trata, pues, de un peligroso cóctel que, unido al insuficiente recorte presupuestario del Gobierno central, convertirá el objetivo de déficit público en papel mojado. De ahí, precisamente, que el Banco de España recomiende al Ejecutivo un Plan B, consistente en nuevas medidas de ajuste, más allá de las anunciadas por Zapatero. Es decir, más subidas de impuestos, recortes adicionales de gasto o bien una combinación de ambas.

Por el momento, Ordóñez se ha limitado a señalar la necesidad de revisar la actual Ley de Estabilidad Presupuestaria para incluir un "límite de gasto" en las administraciones territoriales, al igual que ya existe un techo de gasto para la Administración Central del Estado. Y el Gobierno parece haber recogido el guante. El secretario de Estado de Hacienda, Carlos Ocaña, ha señalado que se trata de "una buena idea", aunque ha recordado que eso depende de cada comunidad. ¿Solución? Zapatero está dispuesto a negociar con el PP un nuevo modelo de financiación local y de "sostenibilidad" sobre las cuentas autonómicas.

Por desgracia, servirá de poco. La clave no radica en imponer techos de gasto, cuyo incumplimiento será frecuente y arbitrario, o en evitar duplicidades administrativas que podrían ser derogadas de forma unilateral en cualquier momento, sino en reformar el actual sistema de reparto territorial de fondos por parte del Estado. El Gobierno central anticipa a autonomías y municipios la parte transferible de ingresos fiscales que prevé recaudar en ese ejercicio. La crisis y unas estimaciones presupuestarias irreales, basadas en un crecimiento económico inexistente, permitieron a ambas administraciones gastar mucho más de lo que les correspondía, algo más de 30.000 millones de euros entre 2008 y 2009 –casi el 3% del PIB. Un dinero que ahora no pueden devolver.

Es imprescindible clarificar el esquema de ingresos y gastos para que cada administración tan sólo pueda gastar lo que recauda, y en caso de pasarse responder ante sus contribuyentes. Más allá del regreso a un gobierno central único, poco probable en el caso de España, el federalismo o el foralismo son las únicas recetas posibles para poner fin a la actual locura de la financiación autonómica y local. Centralizar ingresos y descentralizar gastos es un modelo insostenible, ambas partidas deben ser unificadas.