Ir al contenido principal

Etiqueta: Enemigos de la libertad

El romance con el Estado

La sociedad es tan víctima como cómplice del Estado intervencionista. Es verdad que numerosos programas estatales medran al abrigo de grupos de presión que, en connivencia con el gobierno, buscan beneficiarse a costa de los demás. Pero al final del día el Estado del Bienestar goza de buena salud porque la mayoría de gente cree, equivocadamente o no, que es justo y beneficioso. Las economías mixtas occidentales, mitad mercado y mitad Estado, son el reflejo de la popularidad relativa de las distintas corrientes ideológicas en la sociedad.

Según un reciente estudio de GlobeScan llevado a cabo antes de la crisis, mayorías en casi todos los países analizados opinan que la economía de mercado es el mejor sistema. Eso explicaría por qué no vivimos en una economía socialista. Pero la imagen que mucha gente tiene de la "economía de mercado" seguramente ya es la de una economía mixta, como sugiere el hecho de que mayorías aún más importantes apoyen fuertes regulaciones estatales. Eso, y minorías sustanciales tajantemente en contra del mercado, explica por qué vivimos en una economía mixta y no en una economía libre.

La gente simpatiza con el Estado por diversos motivos: desea formar parte de una facción gobernante, busca un sistema de validación o legitimación "oficial", prefiere conformarse a esforzarse por justificar una posición disidente, persigue y racionaliza la obtención de privilegios, etc. Daniel Klein propone una hipótesis adicional más ambiciosa: el romance de la gente. Los individuos se sienten atraídos por la idea de un proyecto colectivo que trascienda sus humildes acciones y los coordine a todos en pos de un fin común. Este "romance" puede tomar distintas formas, pero en el ámbito político quien mejor lo representa es el Estado.

Los individuos, en relación con el Estado, experimentan un sentimiento de coordinación mutua, poseen una percepción común de la naturaleza, el funcionamiento y la finalidad del proyecto colectivo. En el mercado, este sentimiento de percepción compartida está ausente. La coordinación es indirecta, cada individuo persigue su propio interés, lo que resulta en intercambios que traen prosperidad y armonía social. Pero a primera vista el mercado son individuos corriendo en distintas direcciones, con intereses enfrentados, sin que sea su intención hacer una sociedad más justa y próspera. No en vano Adam Smith se refería a la mano invisible del mercado. La imagen que transmite el Estado, por el contrario, es la de un épico proyecto colectivo con la misión expresa de crear una sociedad mejor. Esta visión es mucho más romántica. El Gobierno establece instituciones permanentes que nos aportan una experiencia compartida, y las dramáticas pugnas electorales refuerzan la percepción de que nos hallamos ante una empresa heroica.

Klein destaca las siguientes razones como posible fundamento del romance de la gente con el Estado. En primer lugar, puede ser el resultado de la evolución primate y humana. En los pequeños colectivos de cazadores las experiencias eran compartidas, los líderes proporcionaban un punto focal a los integrantes del grupo y las desviaciones no eran habitualmente toleradas. En segundo lugar, las personas pueden proyectar en la sociedad y en el Estado el patrón de comportamiento que han observado en el núcleo de la propia familia. Durante su etapa formativa las personas viven en un entorno de relaciones comunales y altruistas, "planificado centralizadamente" por los padres. Ellos deciden y los hijos obedecen, en especial antes de la adolescencia. La autoridad paternal también valida la interpretación y la justificación de las conductas ("eso está mal porque lo digo yo"). En tercer lugar, nuestra naturaleza también es, en un sentido metafórico, centralizada. Nos damos órdenes para actuar coherentemente en una determinada dirección, reprimimos emociones y sentimientos, nos procuramos paz interior desterrando pensamientos o emociones "disidentes" que nos perturban. Quizás también extrapolamos este patrón de conducta al ámbito social. En cuarto lugar, las organizaciones intencionales, deliberadamente creadas y jerarquizadas para un determinado fin (iglesias, empresas, escuelas etc.), nos proporcionan otro modelo mental de relaciones centralizadas desde el que entender la sociedad y el Estado. Los miembros de una organización intencional comparten experiencias, objetivos y un sentimiento de pertenencia o identidad. Bajo el prisma de este modelo, la sociedad puede verse como una organización o empresa y el Estado como su líder o director.

Si la hipótesis de Klein es cierta, ¿qué futuro le espera al liberalismo? Según Klein, el liberalismo raramente puede apelar a los instintos románticos de la gente porque la libertad es una ética de mínimos ("haz lo que quieras siempre y cuando respetes la libertad de los demás"), no un proyecto positivo. Solo en ocasiones especiales, como en la revolución americana, el liberalismo ha sido una empresa genuinamente romántica. Por tanto, el estatismo juega con ventaja, parece conectar mejor con las aspiraciones románticas de la gente. Una opción es redefinir el conflicto ideológico de un modo tal que la defensa de la libertad sea percibida como una lucha épica en contra de un enemigo opresor y no como una mera disputa académica. Otra opción es recurrir a la crítica racional y a la persuasión. "Explicar a la gente que tiene una afición por los dulces que no es saludable forma parte del proceso que lleva a repudiar esa afición."

Klein cree que los avances en la comunicación y el transporte que el mercado ha introducido, así como la prosperidad a que ha dado lugar, están minando los cimientos del romance de la gente. Ya no estamos vinculados a un solo grupo, que monopoliza nuestro sentimiento de pertenencia y actúa como único punto focal. Nuestra experiencia común disminuye, tenemos varios puntos focales y experimentamos estructuras menos jerarquizadas y más espontáneas o en forma de red. Esta dislocación no ocurre solo con respecto a la experiencia, también ocurre con respecto a la interpretación de la realidad social. La cultura política oficial está perdiendo protagonismo. La gente recurre a internet, a programas de radio o a la televisión por cable para obtener la interpretación que quiere. El intento de hacer del Estado un proyecto colectivo romántico es recibido con creciente escepticismo.

Los socialistas arguyen que un Estado grande es necesario para corregir las carencias del mercado o compensar las flaquezas de la naturaleza humana. Los liberales responden convincentemente que no, y que lo único que requiere el triunfo de la libertad es que la gente abrace las ideas liberales. Pero este planteamiento elude una cuestión interesante: ¿qué ocurre si las personas, románticas empedernidas, somos proclives a asimilar ideas estatistas pero no ideas liberales?

¿Cuántos impuestos pagamos?

Viene un señor que quiere aprender un lenguaje de programación nuevo para implementar un proyecto que tiene en mente y crea una web bien sencilla que provoca un tremendo escándalo entre la progresía y la pobre gente que no sabe en qué país vivimos. Es una calculadora de impuestos online, que evalúa no sólo el impuesto sobre la renta, sino las cuotas a la Seguridad Social y el IVA. Y aún le faltan impuestos, como el de actos jurídicos documentados que pagamos al comprar una casa, el de hidrocarburos, el de bienes inmuebles y otro buen montón de tributos menos cuantiosos pero que aún así pagamos religiosamente. Pero claro, es una estimación, no un estudio preciso.

Sin embargo, pese a sus limitaciones, ya muestra unos resultados curiosos dignos de ser estudiados. Para empezar, que la supuesta progresividad de nuestro sistema impositivo es una filfa. Entre los impuestos indirectos y la cuota a la seguridad social, que tiene un límite máximo, al final si ganas 100.000 euros al año el Estado se lleva, según el simulador, el 51%; mientras que si ganas 50.000 se lleva el 50%. El peso del Estado recae, oh sorpresa inesperada, sobre las clases medias, no sobre los ricos.

Pero quizá lo más notable es estudiar cómo el sistema fiscal incentiva el llamado mileurismo. Y lo hace porque a las empresas les resulta mucho más caro subir el sueldo a un trabajador que cobra poco que a otro que cobra bastante más. Si se lleva uno 14 pagas de 1.000 euros cada una a la buchaca, la empresa paga por ti, en realidad, 22.270 euros. El problema es que si quisiera que te llevaras 500 euros más en cada paga, 7.000 al año, debería pagar por ti 36.680. La diferencia es de 14.410 euros.

En cambio, si quisieran aumentarte otros 500 por paga, les costaría 13.420, unos 1.000 euros menos al año. Y si quisieran llegar ya a los 2.500, sumando 500 más, les costaría 11.000. En decir, que a las empresas les sale más barato subir los sueldos altos que los bajos gracias a la intervención del Estado.

El simulador ha recibido críticas, muchas de ellas acertadas, como considerar que todos consumimos el 80% del sueldo, aunque probablemente, de hacer un estudio más serio, se reduciría aún más la progresividad, porque resulta razonable suponer que quienes más tienen menos porcentaje dedican al consumo. Pero también ha recibido una que resulta sumamente injusta: la consideración de que es la empresa quien paga la "cuota empresarial a la Seguridad Social" y no el trabajador y que, por tanto, esa cuota debería estar fuera de los cálculos de lo que pagamos en impuestos.

Es una crítica absurda. Una empresa estima lo que le cuesta un trabajador en total considerando lo que se lleva el trabajador y todos los impuestos que hay por medio, igual que nosotros estimamos lo que nos cuestan las judías verdes o las revistas en total, no descontando el IVA.

¿Qué significa eso? Pues que si de repente una ley impusiera que, sin cambiar el total lo que pagan las empresas por los trabajadores, la cuota empresarial pasara a estar incluida en la cuota del trabajador y, por tanto, saliese en la nómina, la empresa seguiría pagando exactamente lo mismo por cada trabajador y éste seguiría cobrando exactamente lo mismo, pero al parecer, por algún misterio, algunos lo considerarían ahora como un impuesto que paga el trabajador y no la empresa. Sin embargo, no es más que un cambio contable.

Pero sería un cambio muy importante. La gente sería mucho más consciente de lo que paga al Estado y sería mucho más crítica con el sistema vigente. Pienso que ésta debería ser la primera medida que tomara un Gobierno verdaderamente liberal nada más llegar al poder. Porque lo principal es librar es la batalla de las ideas, y que todos supiéramos cuál es la realidad fiscal sería un triunfo importante, que permitiría crear el caldo de cultivo necesario para avanzar por la senda liberal.

¡Yo también quiero una subvención!

Es para estar orgullosa, desde luego, sobre todo tratándose del Gobierno de la región con la mayor tasa de paro y la economía más subdesarrollada de todo el continente europeo. Los parados andaluces que no llegan a final de mes son ahora mucho más felices, sabiendo que sus políticos, a quienes votan con rigor estajanovista desde hace veinticinco años, se preocupan de solucionar sus problemas de esa forma tan efectiva, por ejemplo subvencionando el cine basura.

No entraré a valorar los méritos cinematográficos de una película que no pienso ver, pues desde hace lustros sigo una dieta estricta que me impide contemplar ninguna producción del cine español, régimen que recomiendo vivamente por sus saludables efectos espirituales.

No obstante, dado que las instituciones progresistas se muestran tan proclives a regalar el dinero ganado honradamente por los ciudadanos, voy a escribir un guión para una película de temática gay, cuyas líneas maestras me permito esbozar a continuación.

El protagonista es alto cargo del Gobierno de progreso de un país imaginario, cuyo principal mérito es su condición homosexual. Gracias a las prebendas de su cargo regala puestos de trabajo en las oficinas de la administración a numerosos homosexuales a cambio de favores de todo tipo que incluyen las actividades más depravadas, quiero decir, imaginativas. Al mismo tiempo desvía los fondos públicos hacia un entramado de empresas de la que es titular junto a su novio y para acallar las críticas alimenta también con profusión todos los circuitos económicos del lobby gay. Será una película "arriesgada", en la que habrá sexo explícito, historias sentimentales autodestructivas, abundante consumo de estupefacientes y muchas escenas incomprensibles desarrolladas en medio del más absoluto silencio, es decir, una película española cien por cien.

En cuanto lo tenga listo intentaré encontrar un director "comprometido" que lo quiera llevar a la gran pantalla. Vayan preparando la faltriquera, señores consejeros de cultura de todas las comunidades autónomas, socialistas o populares. A veinticinco mil napos por consejería esto es un negocio redondo. Creo que al fin he encontrado mi vocación.

¿Quieres libertad? ¡Pues a pagar!

Los impuestos son la base de la libertad y, ya puestos, la base de nuestros derechos. Y para rematar la faena nos dice que "no hay propiedad privada sin impuestos, ni contratos sin impuestos, ni préstamos sin impuestos".

Laporta, que acusa a los liberales de utilizar una "estúpida lógica", no se ha parado a pensar que si no existe la propiedad privada sin impuestos, ¿sobre qué iban a recaer los impuestos? ¿Había impuestos antes de la propiedad privada? Este catedrático de Filosofía del Derecho se ha ganado el puesto con una idea absolutamente revolucionaria: existían las cargas fiscales sobre la nada. En el origen fue el Estado y creó las libertades y los derechos, cabe pensar que en siete días. Y los demás utilizamos una "estúpida lógica".

Pero es que defender que la libertad, que es ausencia de coacción, depende de los impuestos, que son la esencia de la coacción, exige sin duda un gran esfuerzo. ¿De veras no tenemos derecho a la vida, a la libertad de expresión, a la creación de riqueza, al intercambio, si antes no ha venido el Estado a sacarnos los cuartos? Los impuestos ¿son anteriores a los derechos de la persona? No lo son y no hay Laporta que pueda negarlo.

Pero luego están los "derechos positivos", es decir, los "derechos" a recibir una serie de servicios (educación, sanidad…) provistos por el Estado. Es claro que si no hay impuestos no hay colegios u hospitales pagados por el Estado, porque éste no crea riqueza: nos la quita primero y luego la gestiona. Pero es obvio que aunque no hubiese ingresos públicos siempre habrá colegios u hospitales, como demuestra el hecho de que muchos españoles, incluso después de haber cumplido con Hacienda, desprecien los colegios y hospitales públicos y estén dispuestos a pagar una segunda vez buscando lo que ofrecen los empresarios privados.

Es cierto que el mercado necesita al Derecho como base, pero el Derecho no lo inventó el Estado ni lo necesita para desarrollarse, como demuestra el origen consuetudinario del derecho mercantil. O del Derecho Romano. Pero hay más: cualquiera que esté en el mundo sabrá que los gastos públicos dedicados a mantener el Estado de Derecho (jueces, policía y demás) son una pequeña fracción del total. Está claro que podemos rebajar los impuestos hasta dejarlos en la décima parte, o menos, si sólo se dedican a proteger la propiedad y la vida en libertad. Y cada rebaja de impuestos es una mejora en nuestra libertad.

¿De verdad es tan complicado de entender?

Tyler Cowen en Madrid

¿Que te aburre un libro en la página 50? Ciérralo. No le dediques más tiempo. El que emplees en ese libro aburrido lo estás dejando de utilizar en otras actividades potencialmente más provechosas o más entretenidas. Sé honesto contigo mismo también cuando te aburres en un museo, y sal.

El mercado es un complejo sistema de signos. Los precios lo son, como explicó Friedrich Hayek en su seminal The use of knowledge in society. Y es, también, un orden de cooperación humana voluntaria. Si es así, enviemos el signo de que somos sociables, de que se puede confiar en uno. "Be a nice guy", fue uno de los consejos que Cowen ha extraído de la economía para llevarlo al comportamiento personal.

Hay cierta contradicción en utilizar una ciencia que aspira a comprender el comportamiento humano como instrumento para ese actuar. Es como la confusión entre el "ser" y el "deber ser" que denunció Hume. Pero ello no quiere decir que de la economía no podamos extraer enseñanzas valiosas para la vida. Al contrario. Más allá de los ejemplos que plantea Cowen en su libro y más allá también de las finanzas personales.

Quizá la más importante de todas sea que la sociedad está basada en la oferta. No se te valora por lo que tienes, como dicen quienes renuncian a pensar, sino en función de lo que tú puedas ofrecer a los demás. De modo que, en una sociedad libre y abierta, lo que tú recibas depende de lo que seas capaz de ofrecer que los demás estimen valioso. Pensar en lo que puedes recibir te lleva a la moral del ladrón, y pensar en lo que puedes ofrecer en la moral del ciudadano. Por desgracia la política fomenta la primera por medio de las promesas electorales. El resultado es que recibir sin aportar ya no ofende a la mayoría. Hemos perdido la moral de la sociedad libre.

Por qué no pagamos impuestos

Merkel debe estar escandalizada porque en su país la economía sumergida representa el 6% del PIB, pero si fuese presidenta del Gobierno español, donde el 23% de la economía está sumergida y circula una cuarta parte de los billetes de 500 euros de toda Europa, le daría un ataque al corazón.

¿Es que están en España los hombres más ricos del mundo? No, pero sí que es uno de los lugares donde los impuestos más daño hacen y más ahora con una crisis que todo el mundo reconoce, menos el Gobierno. Los amantes de la confiscación fiscal aducen que pagamos menos impuestos que nuestros vecinos europeos como Francia, Reino Unido o Finlandia. Estos socialistas olvidan mencionar que las rentas salariales en esos países llegan a duplicar y triplicar el mismo puesto de trabajo que aquí se produce debido a la diferencia existe en la propia estructura de producción, grado de productividad laboral donde España está a la cola de Europa, y esta semana ha sido criticada por Bruselas otra vez (y ya van cincuenta mil); sin olvidar el daño que provocan a nuestra riqueza las fuertes barreras gubernamentales a la creación de empresas o el desfasado modelo laboral.

Cuantitativamente no es lo mismo una presión fiscal del 38% en Reino Unido, donde el salario medio está por encima de los 3.500 euros mensuales, que la presión fiscal del 36% de España, donde a duras penas supera los 1.600 euros; dicho sea de paso, es el mismo que hace 10 años. No olvidemos tampoco que España es el país de la OCDE donde más ha aumentado la presión fiscal en los últimos 30 años. En concreto, los gobernantes nos han llegado a doblar la carga impositiva.

Y todo esto viene a raíz de las palabras de José María Mollinedo, secretario general del colectivo de técnicos del Ministerio de Hacienda (Gestha), que aprovechando el caso de Alemania contra Liechtenstein ha hecho una llamada al Gobierno para que nos estruje un poco más. El señor Mollinedo se ha justificado exponiendo los topicazos de siempre, como que el 86% de las grandes fortunas españolas no pagan el Impuesto sobre Patrimonio, lo que demuestra lo absurdo de tal tributo. Al secretario general de Gestha se le olvida mencionar casos como el de Juan Plaxats, un pobre pulidor de suelos que se vio obligado a hacer huelga de hambre porque Hacienda le reclamaba más de 100.000 euros que ni podía ni le tocaba pagar.

Los gritos de crisis que lanzan voces afines al poder estatal nunca tienen como fin salvar al mundo, sino servir de excusa para que el Gobierno tome un mayor control sobre nuestras vidas. Cuando el Estado consigue un poder tan enorme como el que tienen las democracias occidentales, las injusticias como la del pulidor de suelos son inevitables y casi siempre imposibles de solucionar. Esto es lo que ocurre cuando damos a otro más poder del que nosotros mismos tenemos o nos queremos conceder.

La presión impositiva en España es demasiado alta. Si los gobernantes no se quieren enterar incluso ante signos evidentes como los datos de economía sumergida es porque les gusta costearse sus lujos y caprichos a costa de nuestro dinero. Ante semejante injusticia tenemos derecho a defendernos de forma pacífica. Como dijo el profesor Pierre Lemieux, "debería levantarse una estatua en honor al evasor desconocido". Gran verdad, especialmente en el caso español.

Circunflejos por la alegría (presupuestaria)

Son luchadores por la libertad y la democracia y eso se nota a la legua. El ejemplo de Concha Velasco participando en el videoclip ad maiorem ZP gloriam como una especie de madrina del evento, es un dato particularmente interesante.

Conchita Velasco fue siempre, como es bien sabido, una luchadora por las libertades de este país. Su pasado como aguerrida luchadora antifranquista queda suficientemente esmaltado en su trayectoria fílmica de finales de los sesenta, en los que compartió plano con Manolo Escobar, otro peligroso revolucionario. Al socaire de unas comedietas románticas aparentemente insustanciales, la Velasco puso en cuestión las bases ideológicas del franquismo y dio aliento a la lucha revolucionaria que los camaradas progresistas llevaban a cabo desde el exterior.

La Historia de la democracia en España se hubiera escrito de otra forma completamente distinta de no haber sido por títulos como Juicio de faldas o la más arriesgada En un lugar de la Manga. Hombre, no son El padre coplillas, pero una atenta lectura entre líneas de cualquiera de estos guiones saca a relucir un contenido ideológico devastador para las estructuras del régimen.

Conchita Velasco luchó contra el franquismo desde dentro, que era el puesto más arriesgado en la batalla por las libertades destepaís. Tuvo que ser muy duro forrarse el riñón haciendo aparentes españoladas, siendo Conchita una persona de firmes convicciones socialistas, como hemos descubierto recientemente.

Y es que a Concha Velasco el aznarismo la trató fatal. Por ejemplo, después de quedarse arruinada por culpa de ciertos problemillas con la hacienda pública, a los que no fue ajeno su entonces marido Paco Marsó, la Televisión Española del señor Aznar tan sólo le concedió presentar semanalmente un espacio en horario estelar titulado Tiempo al tiempo, gracias al cual la Velasco comenzó a recomponer sus maltrechas finanzas. En aquel programa televisivo Conchita protagonizó escenas de elevado progresismo, como aquella vez en que pasaba revista a los aspectos más escabrosos de la biografía de una tonadillera, y la pobre entrevistada decía con voz trémula: "Lo siento Concha, es que no quiero llorar". En ese momento la Velasco le espetó un progresista "Llora, llora, ¡llora!" mientras ambas se fundían en un abrazo lleno de emoción, hipidos y mocos.

Junto a ella otros actores de los sesenta, cantantes que sobrepasan la cincuentena y algún director de cine multimillonario, abandonaron por un día sus mansiones de la sierra madrileña y sus lujosos lofts del barrio de Salamanca para apoyar al candidato del partido de Pablo Iglesias. En fin, un grupo de abueletes revolucionarios a quienes "el sistema" les oprime de forma insoportable, como lo demuestra su tren de vida.

Lo más sorprendente es que muchos jóvenes, que se hipotecan a cuarenta años para comprar una solución habitacional por la mitad de lo que Bermejinsky se gasta en amueblar un ático, aplaudan entusiastas y les reconozcan como referentes intelectuales del progreso. ¿Hay algo más absurdo que ser mileurista y babear con las performances de estos depredadores presupuestarios? Lo hay: votar a Z.

Pepiño el bárbaro

¿Es que usted está en contra de que los jubilados perciban sus pensiones, que los jóvenes tengan un mejor nivel de vida o de que puedan estudiar? Es la clásica pregunta retórica que durante años han formulado los socialistas a sus adversarios para deslegitimarlos moralmente. ¿Quién podría ser tan vil como para estar en contra de los desfavorecidos? Efectivamente, sólo alguien de derechas. A propósito, si es por esto, el PP no hace falta que se dé por aludido ya que en el arco ideológico está al ladito mismo, por no decir encima, del PSOE.

Pero ah, qué perversas se vuelven las ideologías cuando, como hace José Blanco en su nota, nos da por supuesto que los fines justifican los medios. El teleologismo (moral de los fines) es la piedra angular del socialismo. Se justifica por ella misma independientemente de cómo llegue a esos fines. ¿A nadie se le ocurre preguntar qué medios usará el jerarca para establecer el paraíso terrenal? El Gobierno no es una ONG que se financie con contribuciones voluntarias, es el monopolio de la fuerza, el Gobierno ordena y el resto obedecemos. La moral del socialista y Gobierno se apoyan en la solidaridad a punta de pistola. En su razonamiento, como la gente es mala y egoísta, la oligarquía política ha de impartir justicia de todo tipo: social, moral, cívica y económica.

Como los medios no son más que un formalismo sin importancia, el burócrata se ve obligado a robar a la gente honrada financiándose con impuestos. Recuerde que los impuestos se pagan por la amenaza real del Gobierno, de lo contrario nadie los pagaría. Algo que jamás ocurre en el libre mercado, si usted compra o vende algo, es porque quiere. Si usted trabaja en una empresa, es porque quiere, nadie le obliga a que se dedique a otra cosa. Si la precariedad laboral es alta en España, el socialista no dudará en afirmar que se han de aprobar leyes obligando al empresario a hacer los trabajos perennes. No cae en la cuenta el bienintencionado que no hay trabajo más precario que el de empresario y que si carga costes adicionales a su labor, lo único que conseguirá es que acabe cerrando dejando una estela de desempleados por el camino.

En el terreno social, el socialista también apuesta por el uso de la fuerza contra el hombre libre. La moral del socialista dicta que si algún niño es enseñado por sus padres, esquivando así la ideología que impone el Gobierno en los colegios, esta familia ha de ser denunciada, investigada y desposeída de sus niños si es necesario por no obrar conforme al “bien común”. Otro de los principales dogmas de la religión socialista. El caso más reciente se produjo esta misma semana, cuando unos guardias civiles a las diez de la noche se presentaron en casa de una familia por practicar la “escuela en casa” (caso similar al de la familia Branson-Sánchez). Ni se molestaron en informar a la desdichada familia de qué se les acusa.

Pero es que ni con el uso constante de la fuerza y “brutalidad”, el socialista consigue sus fines. Señor Blanco, cuatro años de su Gobierno socialista han dado uno de los índices más altos de desempleo juvenil comparados con Europa. Salario mínimo significa que menos jóvenes serán contratados, y más ante una economía incierta como la que se nos avecina. Ahora también el Gobierno quiere convertir a los jóvenes en rentistas para que adquieran una vivienda. No son rentistas a la vieja usanza, es decir, aquellos que obtienen beneficios de sus inversiones exponiendo su dinero al riesgo, sino que Blanco en su blog habla de rentas obtenidas mediante el robo que el Gobierno practica sobre todos los individuos de la sociedad. Quién iba a decir que el socialismo apoyase el “rentismo”.

Señor Blanco, ni su Gobierno ni ningún otro que pueda haber va a garantizar las pensiones de nadie. El fondo que acumulan no da ni para ocho meses y tendría que cubrir la vida de cada uno de los trabajadores que por la fuerza han visto marchar su dinero a las arcas del Estado. ¿Dónde está ese dinero nuestro, en qué se lo gastaron ustedes los políticos?

Señor Blanco, no hay nada más absurdo que un político nos dé lecciones de moralidad. La principal amenaza para el ciudadano en este país es el Gobierno y toda su corte de burócratas y vividores que incapaces de defender sus intereses personales con hechos, siempre han de recurrir a falsos tópicos socialistas y “humanitarios”.

Cupones para alimentos y propuestas relacionadas

Tras leer un interesante artículo de Albert Esplugas en este foro, así como los certeros comentarios suyos y los de otros lectores que le siguieron, me han dado pie a reflexionar sobre ciertas ayudas del Estado, siempre polémicas para posiciones liberales.

En los Estados Unidos, supuesta encarnación del libre mercado y del capitalismo desenfrenado, existe un programa federal de ayuda a las personas de rentas muy bajas para comprar comida en caso de extrema necesidad mediante cupones de alimentos (tarjetas electrónicas llamadas EBT). Los pasos necesarios para obtenerlos son relativamente sencillos: una solicitud a la oficina local del Departamento de Agricultura (USDA), la aportación de ciertos justificantes de ingresos y de gastos domésticos y una entrevista con el burócrata de turno pueden dar como resultado ser merecedor de unos cupones (food stamps) para comprar alimentos en cualquier supermercado del país durante algún tiempo.

El Estado benefactor es mero agente pasivo en estas ayudas. No produce los alimentos, no los transporta, no mantiene la cadena de frío en su caso, no realiza exhaustivos controles de calidad, tampoco los distribuye ni los comercializa. El Estado se limita a exigir un registro de productores y que se cumplan unas reglas de higiene y seguridad alimenticia sin alterar gravemente la producción del vasto volumen de alimentos que se comercializan y se consumen en dicha sociedad extensa. Es la libre función empresarial, la competencia, la libertad de precios y de mercado (a pesar de los aranceles, las barreras técnico-sanitarias impuestas por la FDA y las subvenciones agrarias) las que permiten –y garantizan– a los consumidores tener acceso a casi cualquier tipo de alimento de calidad en todo momento.

Si uno se para a pensar cómo los alimentos llegan a nuestra mesa de forma recurrente o cómo los estantes de los supermercados están permanentemente llenos de muy variados alimentos a precios asequibles y no se queda maravillado, es que ha dado por sentado demasiadas cosas de un proceso que es realmente sorprendente.

En ese mercado todo el mundo (productores, intermediarios y consumidores), a la hora de hacer sus intercambios voluntarios, se mueve por su exclusivo interés y, quitando a sus allegados o a sus competidores más directos, le importa más bien poco lo que hagan o dejen de hacer los demás. No obstante, ese mecanismo egocéntrico, sin que ningún Gobierno intrusivo o concurrente haya metido apenas las narices en él, es muy capaz de alimentar satisfactoriamente y sin interrupción a la gran mayoría de sus intervinientes; además, sin apenas conflictos sociales. No se sabe muy bien cómo, pero funciona.

Pocos procesos humanos cumplen para mí un servicio público tan evidente como éste. Pensemos, por el contrario, en las grandes colas de las pésimas y escasamente surtidas tiendas de la economía planificada de la extinta URSS.

Es urgente que el poder decisor de ciertos servicios secuestrados o monopolizados por el moderno Estado asistencial pasen a manos privadas. No obstante, siempre quedará en las sociedades libres una minoría que no tenga fácil acceso a los alimentos, a la asistencia sanitaria, a la educación, a la vivienda o al ahorro. Los que desconfían de la efectividad de la solidaridad humana verdadera (la voluntaria), se les podría persuadir de las ventajas de un verdadero mercado libre junto con la distribución de cupones o cheques estatales (tipo las EBT electrónicas) que respeten la imprescindible función empresarial en todas esas áreas.

¿Por qué no favorecer un completo mercado libre de prestación educativa, sanitaria, farmacéutica, aseguradora o de suelo y limitarse el Estado a gestionar unos cupones sólo y exclusivamente para una minoría, los impedidos por una u otra razón, con el fin de que puedan ser atendidos o cubiertos por un libre mercado desplegándose continuamente? Si los poderes públicos pasan a ser así meros compradores de servicios (y encima no mayoritarios) y dejan de ser productores o planificadores de sectores enteros de la economía, los escenarios futuros podrían de verdad sorprendernos.

Si el Estado se empeña en perseguir quiméricas ilusiones tipo justicia social o igualdad de oportunidades seguirán produciéndose despilfarro de recursos y empobrecimiento general. ¿Qué tal si los poderes públicos se limitaran a producir justicia a secas y permitir la libertad de oportunidades? Es más, las sociedades abiertas, tal y como proponía Hayek, pueden perfectamente darse el lujo de mantener un sistema de asistencia pública de mínimos (a costa del mercado) en beneficio de los incapacitados, sin afectarlo gravemente como sucede ahora con las masivas medidas del Estado social del malestar.

Por supuesto que con estos mecanismos no desaparecerían los impuestos, pero de seguro que la presión fiscal y la descapitalización de las empresas serían menores y, por tanto, mejoraría la productividad general. ¿Por qué no pensar en un tipo único verdaderamente reducido?

A pesar de las condiciones que traen consigo toda ayuda estatal, creo que si son pasivas podrían ser un medio válido para revertir la actual tendencia expansiva del poder público. Ante la insostenibilidad del actual Estado providencia, es necesario pensar en alternativas atractivas para una mayoría frente a la calamidad de gestión socialista/intervencionista que padecemos en la actualidad con la producción estatal de educación, salud, pensiones o viviendas. Aunque sólo sea para desviarnos del certero y atroz camino de servidumbre que se nos avecina.

Brindemos esta Navidad por la próspera sociedad civil y por la libertad y no por los menguados restos ofrecidos "graciosamente" por la obsequiosa y trilera casta política.

Los socialistas y la distribución de la riqueza

A los socialistas no les gusta esta desigualdad (suelen calificarla como insoportable o inaceptable), pero quedarían en evidencia si aclararan que simplemente están manifestando una preferencia personal, tan legítima como cualquier otra. Así que en lugar de referirse a distribuciones más o menos uniformes de la riqueza, hablan de distribuciones mejores o peores: introducen de tapadillo una valoración subjetiva y la confunden con hechos objetivos. Si aplicaran con consistencia sus gustos por lo uniforme a otros ámbitos, todo el mundo tendría que tener el mismo aspecto, vestir igual, y hacer las mismas cosas de la misma manera; la pintura sólo estaría óptimamente distribuida en un cuadro totalmente blanco, y la música debería ser ruido aleatorio.

Un mercado libre ya distribuye la riqueza de forma legítima, pero los ingenieros sociales colectivistas creen que hay que corregir coactivamente las desigualdades que resultan del proceso espontáneo de creación e intercambio como si fueran un error: los productivos han de entregar buena parte de su propiedad a los improductivos, las leyes estatales inventan falsos derechos contrarios al único derecho ético, el de propiedad, y además se pretende que el proceso de pillaje institucionalizado no perjudica a la actividad económica. Sólo hay que discutir cómo confiscar la riqueza de forma astuta para que las víctimas del robo no se harten y dejen de trabajar: ver si es mejor el impuesto proporcional o el progresivo para financiar el siempre creciente gasto público (o sea, el que controlan los políticos demagógicos y populistas para comprar los votos de los electores); extender el gasto público a todos los ciudadanos para que los contribuyentes netos no puedan denunciar el expolio al que son sometidos.

Miguel Sebastián ha defendido recientemente el tipo fiscal único como "más justo y eficiente". Celebra que "en los últimos 30 años se ha producido una notable redistribución de la renta en España", pero que esta "mejor distribución" no se debe a nuestro sistema fiscal porque no es progresivo (no pagan una mayor proporción de su renta los que más ganan). En realidad es "gracias, sin duda, al gasto público, y fundamentalmente a la construcción del Estado de bienestar en los años ochenta, algo que debe ser reconocido como mérito del Partido Socialista y su líder de entonces, Felipe González". "Los derechos universales (sanidad, educación) mejoran tanto la igualdad de oportunidades como la movilidad social, sin perjuicio para la eficiencia económica y el crecimiento. Las pensiones y el subsidio de desempleo mejoran la equidad". "Los impuestos deben garantizar la suficiencia recaudatoria y la equidad horizontal y vertical".

Luis de Sebastián le ha replicado que Dejen en paz los impuestos, que lo que hay que hacer es combatir la evasión fiscal y que "la fiscalidad es un instrumento de progreso económico y desarrollo social". Asegura que "lo que garantiza el éxito de la actividad empresarial es el aumento de los bienes públicos: la ley y el orden, la educación en todos sus niveles, las comunicaciones, el buen funcionamiento de los tribunales de justicia". Ley, orden, justicia, educación, comunicaciones: todo suena muy bien. El problema es engañarse pretendiendo que todos estos servicios deben ser proporcionados de forma monopólica y coercitiva por el Estado: por políticos sin escrúpulos morales y funcionarios opositores deseosos de trabajos seguros que no dependen de la satisfacción de aquellos a quienes presuntamente sirven.

"La cuestión (dentro de un marco de justicia, que se supone en una democracia madura) no es el nivel de los impuestos sino cómo se gastan. Los empresarios ilustrados prefieren que el Estado cree externalidades a que se les rebajen más impuestos, cuyos beneficios se pierden luego por mala administración y las dificultades que encuentra la nueva inversión". Aparte de no explicar su concepto de justicia, que seguramente deje mucho que desear, no entiende que el nivel de los impuestos y cómo se gastan no son hechos independientes: los ciudadanos son quienes mejor saben cómo gastar su propio dinero, y las personas no son tan cuidadosas cuando se trata de dinero ajeno. Y con mucha desvergüenza habla en nombre de los empresarios, no cualesquiera sino sólo los ilustrados que están de acuerdo con él.

Un argumento intelectualmente ridículo pero muy repetido es mostrar cómo los países más eficientes y competitivos incluyen a muchos con gran carga fiscal: se pretende que el gasto público "contribuye a elevar la productividad de las empresas y el bienestar de los ciudadanos", cuando lo que en realidad sucede es que los países ricos pueden permitirse altos niveles de parasitismo estatal.

Y ya para rizar el rizo del ridículo, Joaquín Estefanía: "Debemos celebrar el hecho de que los impuestos existan: sin impuestos no podemos tener libertad y seguridad contra la violencia; sin impuestos no cobrarían su sueldo público los catedráticos que exigen su reducción o desaparición. Lejos de ser una obstrucción a la libertad, los impuestos son una condición necesaria de su existencia". No sólo es obligatorio pagar impuestos: ahora también hay que celebrarlos.