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Etiqueta: Familia

¿Debemos defender el derecho al matrimonio entre personas del mismo sexo?

Cuando se trata del matrimonio entre personas del mismo sexo, muchos libertarios lo consideran un derecho incuestionable. Desde que el PSOE lo aprobó en España en 2005, y el Tribunal Constitucional lo confirmó en 2012, prácticamente no ha habido oposición liberal ni libertaria. ¿Pero tienen razón o se equivocan? ¿La mayoría de las naciones que no lo han aprobado están violando sistemáticamente los derechos de las personas con tendencias homosexuales? La respuesta no es sencilla.

Libertarios a favor del matrimonio entre personas del mismo sexo

Stephan Kinsella es uno de los libertarios que se han pronunciado a favor del matrimonio igualitario. Sus argumentos se basan en la idea de que, en un orden jurídico privado, las uniones con derechos y obligaciones, incluidas las entre personas del mismo sexo, serían reconocidas de manera gradual. Esto es cierto. Sin embargo, también sostiene que, mientras el Estado monopolice el matrimonio y controle asuntos como la copropiedad, la tutela de menores o la custodia, debe permitir también los matrimonios entre personas del mismo sexo. Según él: “¿Viola el matrimonio gay los derechos de alguien? No. No es un acto de agresión. ¿Viola los derechos de las personas homosexuales al impedirles que, debido al monopolio estatal del sistema legal, sus relaciones tengan efecto jurídico? Sí.”

El orden espontáneo y el matrimonio entre personas del mismo sexo

El principal problema del matrimonio entre personas del mismo sexo no es que viole derechos, sino que las élites están promoviendo la distorsión de la institución del matrimonio. ¿Por qué esto debería sonar problemático para aquel que defienda el principio de no agresión?

Según César Martínez Meseguer, la ley surge mediante un proceso de evolución a través de larguísimos periodos de acumulación inconsciente de conocimiento, a través de procesos de prueba y error. Esto no quiere indicar que toda ley surgida bajo este proceso (lo contrario sería un mandato) sea buena por definición y no se deba revisar racionalmente. Pero sí es un argumento a favor de cierta prudencia en el momento de aceptar nuevas leyes. Friedrich Hayek argumenta que la carga de la prueba se sitúa en quienes surgieren revisar una norma arraigada que ha sido generalmente considerada como positiva.

El matrimonio como institución representa la perfección del individuo, uniendo al hombre y a la mujer en su complementariedad natural, dando lugar a la familia, donde se conciben y educan nuevas generaciones. ¿Y qué ocurre cuando se acepta el matrimonio entre personas del mismo sexo? Sin entrar ahora en si es una verdadera ley o un mandato impuesto desde las élites, pasa a indicar que el matrimonio que da apertura a la vida está al mismo nivel de parejas que, sin entrar en su validez moral, no pueden contribuir de la misma manera a la civilización, es decir, disuelve el matrimonio tradicional. No cabe concebir por este motivo un rechazo al matrimonio entre personas de diferente sexo que sean estériles, debido a que la ley se caracteriza por su generalidad y no es lo mismo excluir a B y C de una acción que solo B y C pueden realizar por definición que excluir a C y C de realizar esa acción.

Por tanto, Kinsella y otros libertarios tienen razón en afirmar que no viola ningún derecho, pero olvidan que disuelve el significado de una institución (el matrimonio tradicional, entendido como el matrimonio entre personas de diferente sexo) fundamental para la civilización.

El libertarismo y el matrimonio entre personas del mismo sexo

Personalmente, creo que muchos libertarios no escribieron sobre el matrimonio entre personas del mismo sexo en los años 70 simplemente porque era un tema inaceptable en aquella época. No formaba parte del debate público. En realidad, es un concepto nuevo promovido por élites progresistas e igualitarias en las naciones occidentales.

Kinsella, continuando con su argumento, admite que podría aceptar llamar al matrimonio entre personas del mismo sexo unión civil: “Ahora, si el Estado simplemente dijera: ‘llámalo una ‘unión civil’ y lo reconoceremos,’ (…) Si ‘matrimonio’ es la única clasificación legal para la cual el Estado reconocerá efectos civiles de una relación, entonces el Estado debe permitir que las relaciones homosexuales (o cualquier tipo de relación: amigos, hermanas solteras, lo que sea) califiquen también para ‘matrimonio.’”

Personalmente, considero que la cuestión etimológica es fundamental. En primer lugar, la cuestión aquí no trata sobre derechos individuales, como dice Thomas Sowell: “Lo que los activistas buscan es la aprobación social oficial de su estilo de vida… La retórica de los ‘derechos iguales’ se ha convertido en el camino para obtener privilegios especiales para todo tipo de grupos.”

Como continúa explicando sobre los activistas a favor del matrimonio entre personas del mismo sexo: “Algunos se conforman con desviar parte del dinero de los contribuyentes hacia sí mismos. Otros, sin embargo, quieren desmantelar parte de la estructura de valores que hace viable a una sociedad.”

Curiosamente, cuando Zapatero aprobó el matrimonio entre personas del mismo sexo en España en 2005, Rajoy propuso llamarlo unión civil y votar a favor, con exactamente los mismos privilegios legales, pero Zapatero se opuso. ¿Por qué? Porque hay una clara intencionalidad ideológica. La realidad es que no había en esa época una demanda social, ya que, la mayoría de las parejas homosexuales no pretendían casarse. Esto deja entrever que quizá no sea una ley en el sentido hayekiano, que busque la generalidad y la abstracción, sino un mandato impuesto por ingenieros sociales con la intención de modificar el comportamiento humano.

No obstante, ¿debería un libertario abogar por la existencia de una unión civil para garantizar derechos civiles equivalentes al matrimonio para las parejas del mismo sexo? No necesariamente, aunque la gravedad no sea la misma. Como explica Lew Rockwell:

A veces se argumenta que, dado que los libertarios quieren que el Estado salga del negocio del matrimonio —como debería salir de todos los negocios—, el Estado debería ser neutral entre el matrimonio convencional y el matrimonio entre personas del mismo sexo. Es decir, si el Estado otorga licencias de matrimonio, que no debería, entonces debería concederlas indiscriminadamente a todos los que las soliciten. De manera similar, mientras exista un ejército nacional, se argumenta, las mujeres y los homosexuales deberían ser admitidos en el servicio en los mismos términos que los hombres. El Estado, se dice, no puede discriminar. Pero esto no se deduce en absoluto. El libertarismo es una teoría sobre cómo deberían ser los derechos de las personas. Excluye al Estado; y, en la desafortunada medida en que el Estado exista, los libertarios sostienen que el Estado debe, en la mayor medida posible, abstenerse de violar los derechos de las personas. Más allá de esto, el libertarismo no le impone nada al Estado. Los libertarios no tienen por qué sostener que el Estado debe otorgar licencias de matrimonio a parejas del mismo sexo.

Conclusión

Los argumentos libertarios a favor del matrimonio entre personas del mismo sexo en la situación actual se dividen en dos puntos: el primero es que no viola ningún derecho. Esto es cierto. Sin embargo, el problema, como he explicado anteriormente, es que dilapida el matrimonio entre personas de diferente sexo y su importancia social. Esta nueva definición de matrimonio es promovida por élites igualitarias y relativistas que buscan modificar el comportamiento humano para sus intereses.

El segundo argumento es que no permitir el matrimonio entre personas del mismo sexo viola la adquisición de derechos civiles relacionados con el matrimonio por parte de los homosexuales. Sin embargo, esto no implica que el Estado deba reconocer repentinamente cualquier tipo de unión. Esto no se deduce de ninguna manera. Sowell lo deja claro al señalar que las leyes distinguen entre diferentes tipos de comportamientos. La analogía que utiliza es la siguiente: “Las leyes que prohíben a las bicicletas circular por autopistas obviamente tienen un efecto diferente en las personas que tienen bicicletas, pero no coches. Pero esto no es discriminación contra una persona. El ciclista que sube a un coche es tan libre de conducir por la autopista como cualquier otra persona.”

Como reconoce Rockwell, mientras el Estado exista, debería violar los derechos de sus ciudadanos lo menos posible. Pero esto no significa que deba emitir licencias de matrimonio para todo tipo de parejas bajo una lógica igualitaria, ¿también habría que permitir la poligamia que deshumaniza a la mujer?

Cuando Murray Rothbard comenzó a escribir sobre ideas libertarias en los años 70, el matrimonio entre personas del mismo sexo no era una lucha libertaria ni un tema de debate público. ¿Por qué debería convertirse ahora en una lucha libertaria, especialmente después de haber sido promovido por las élites estatales con las que queremos acabar durante los últimos 30 años?

Soluciones Rothbardianas al problema de la natalidad

Los subsidios o incentivos económicos no contrarrestan la caída de la natalidad; las políticas públicas y los discursos políticos en favor de tener más hijos no suelen tener un efecto significativo o sostenido sobre el aumento de la natalidad. Además, los países menos ricos y en desarrollo pueden presentar una natalidad más alta que los países ricos o desarrollados. Estos hechos parecen indicar que el problema de la natalidad no es un problema económico, sino cultural, subjetivo y cognitivo (creencias).

Las asociaciones más comunes que encuentro en las personas cuando hablo del problema de la natalidad son: bajo poder adquisitivo y, a nivel cognitivo, hedonismo, miedo al compromiso, individualismo y corto plazo en los adultos jóvenes. Es decir, la mayoría de las personas me dice que cree que estamos teniendo pocos niños porque los jóvenes no tienen suficientes recursos y, aunque los tuvieran, temen al compromiso de pareja, priorizan su carrera, viajar, tener el nuevo iPhone, etc.

Si partimos de que se pueden tener hijos con bajo poder adquisitivo, porque así lo demuestra la historia de la humanidad, queda claro que el factor cognitivo es determinante. ¿Por qué, cuando se compara tener hijos con otras alternativas, tener hijos pierde? Ahora bien, esto no implica que no podamos analizar cómo el factor económico y político puede moldear el elemento cognitivo y cultural en favor de la natalidad.

La política pública en detrimento de la natalidad

En Poder y Mercado, Rothbard nos enseña que el escenario de libre mercado es un contrafactual muy difícil de estimar. No sabemos qué sería de la educación, la sanidad o la seguridad si fuesen privadas; las pequeñas ofertas privadas de esos servicios dentro de un sistema público no nos sirven para hacer esas estimaciones. Por ello, preguntarnos: ¿Qué sería de la natalidad sin tanto intervencionismo? Es algo que solo podemos especular. Sin embargo, Rothbard nos enseña a usar la praxeología para describir de forma lógica cursos de acción en escenarios de mayor libertad, es decir, estimar dicho contrafactual a partir de entender las distorsiones que generan las políticas públicas sobre la economía.

El Estado de bienestar y las pensiones públicas

Rothbard nos explica cómo la intervención se caracteriza por la apropiación y redistribución de recursos ajenos, lo que lleva a conflictos entre grupos sociales. En el caso de la natalidad, es particularmente relevante el conflicto intergeneracional a corto plazo: el Estado redistribuye recursos desde la población productiva hacia la improductiva. Esta última puede incluir parásitos sociales, niños o ancianos. Por lo tanto, los sistemas públicos de pensiones y el estado de bienestar en general ponen en competencia a estos grupos por los escasos recursos extraídos de la población productiva.

Dado que los niños no votan, es evidente que los ancianos y los grupos o personas parasitarias (quienes toman más de lo que aportan al sistema) van ganando esta competencia.

Las fronteras abiertas y la flexibilidad laboral en favor de la natalidad

Las políticas migratorias y las regulaciones sobre contrataciones y despidos de los trabajadores, nacionales o internacionales, forman parte de lo que Rothbard denomina intervenciones triangulares, ya que “el invasor puede obligar o prohibir un intercambio entre un par de sujetos (…) se crea una relación hegemónica entre el invasor y un par de intercambiantes o futuros intercambiantes”. Este tipo de intervenciones restringe la asignación efectiva del capital humano, es decir, que las personas puedan ir a trabajar allí donde son más necesarias. Además, estas regulaciones, al igual que los impuestos al salario, incentivan el “hágalo usted mismo”.

Estas consecuencias desincentivan la natalidad porque la crianza de los humanos es cooperativa y se puede facilitar incorporando a más personas en la labor. La política más popular suele ser ampliar las bajas por maternidad/paternidad, pero eso solo ayuda a los padres en los primeros meses. Por el contrario, poder contratar niñeras o ayudantes del hogar, a bajos precios, de forma flexible, sean extranjeras o locales, constituye una ayuda constante durante todo el proceso de crianza.

La liberalización del suelo en favor de la natalidad

Rothbard desarrolló en detalle los mecanismos libres para la asignación de la propiedad sobre el suelo. Según él, la propiedad podría adquirirse por apropiación originaria o por transferencia legítima a través del mercado. Además, defendía que el Estado debía vender las tierras que tenía en su control o que los individuos podían apropiarse legítimamente de ellas para vivir.

Sin lugar a duda, la dominación del territorio por parte del Estado responde únicamente a su naturaleza mafiosa y confiscatoria. El Estado acapara el suelo y regula su uso, limitando artificialmente la oferta de vivienda.

La liberalización del mercado de vivienda tiene tantas consecuencias positivas que Bryan Caplan ha dedicado su último libro, “Build, Baby, Build: The Science and Ethics of Housing Regulation”, a exponer por qué esta sería una medida clave para generar una cadena de resultados positivos para la economía norteamericana. Un menor gasto en vivienda permite iniciar el proyecto familiar de forma temprana y libera una gran parte del presupuesto familiar, que puede destinarse a tener más hijos.

Además, de la combinación entre libertad de construcción, educación y contratación, podrían surgir urbanizaciones privadas con servicios de bajo costo adaptados a las familias con hijos. Estas familias, en caso de no contar con el apoyo directo de la familia extendida, necesitan recurrir diariamente a servicios como guarderías, cuidados en el hogar, transporte privado, entre otros.

Libre mercado y natalidad

Por un hecho, diría yo, de pura aversión intuitiva y deseabilidad social, hablar de la transferencia libre y voluntaria de derechos sobre la tutela de los niños es un tema excesivamente controversial, porque ya existe la transferencia pública de tutelas. Rothbard aclara que el mercado posee un humanismo elevado, lo cual se evidencia en la forma en que la mayoría de los individuos cuidan de la propiedad que han adquirido pacífica y voluntariamente.

En su famoso capítulo sobre la adopción en La ética de la libertad, Rothbard plantea que la demanda por tutelas de niños supera por mucho a la oferta. Esto es algo cierto, especialmente en el caso de niños a edad temprana y con buena calidad genética. La heterogeneidad humana es una fuente de riqueza, y algunas mujeres tienen capacidades extraordinarias para dar a luz niños sanos sin complicaciones, mientras otras enfrentan enormes dificultades. El mercado podría aprovechar las ventajas relativas de estas mujeres, permitiéndoles recibir ingresos o una compensación adecuada por sus talentos y esfuerzos, al tiempo que contribuiría a ayudar a aquellas familias con dificultades, cubriendo así la demanda excesiva existente.

Lamentablemente, debido a la controversia, los intercambios de tutela seguirán siendo monopolio estatal y solo serán sustituidos por soluciones de mercado que incorporen tecnología en el desarrollo de embriones y bebés sanos. El monopolio estatal y la imposibilidad del mercado de atender el asunto de la adopción posiblemente dejarán a los niños adoptados del futuro en una mayor vulnerabilidad.       

El egoísmo altruista en favor de la natalidad

Finalmente, creo que existe una parte de la batalla cultural que hemos perdido y que está teniendo efectos negativos sobre la natalidad. El estatismo promueve una ética fundamentada en el altruismo forzado, y para sostenerla construye la asociación: “virtuoso = todo aquello que hacemos por los demás o el bien común” y “no virtuoso = todo aquello que hacemos priorizándonos a nosotros mismos”. Es cierto que aquellos que toman en consideración a los demás pueden ser mejores agentes cooperadores, pero la ética del libre mercado nos muestra que existen muchas externalidades positivas que surgen de motivos egoístas. Una de ellas es la natalidad.

Ser padres se considera actualmente un sacrificio en toda regla, un acto de dar sin esperar nada a cambio. Las redes sociales bombardean a los padres con lecciones sobre todo aquello que deben hacer en la crianza para evitar tener un impacto negativo sobre sus hijos. Esto solo hace que la idea de tener hijos se presente como excesivamente abrumadora, costosa y poco gratificante. Es por ello que la virtud del egoísmo debe resurgir: ser padres debe basarse en motivos egoístas acerca del estatus, el placer o la trascendencia que nos da ser padres, y no en lo sacrificado que es. Las acciones egoístas se incentivan de manera más fácil y sostenida que las acciones altruistas, las cuales suelen depender de la expectativa inespecífica de retribuciones sociales.

Conclusión

En conclusión, las aportaciones de Murray Rothbard nos dotan de las herramientas para determinar el tipo de regulaciones e intervenciones que tienen un mayor impacto negativo sobre la natalidad. Sin embargo, el juego real consiste en cambiar las condiciones económicas y políticas para impactar sobre las creencias o factores culturales que impactan la decisión de tener hijos. Para hacer esta decisión más atractiva, hay que promover que sea una decisión abiertamente egoísta e incentivar que tener muchos hijos vuelva a ser un señalizador de estatus, riqueza y buena vida; donde, en el cine, la publicidad y las redes sociales, resurja la imagen de hombres y mujeres que se esfuerzan por construir familias numerosas a su alrededor para ser más felices y vivir con mayor plenitud.

Ver también

Natalidad, alternativas y economía: la milonga de las guarderías. (Domingo Soriano).

De la apología de la natalidad y la libertad a la guerra cultural y la política pop. (María José Calderón).

‘Feria’ de Ana Iris Simón, y la baja natalidad. (Fernando Parrilla).

Invierno demográfico en Europa. (Francisco Moreno).

‘Feria’ de Ana Iris Simón, y la baja natalidad

El autor liberal de mi juventud fue Jean-François Revel. Su libro Conocimiento inútil seguramente sea la mejor iniciación para una persona joven que aspira a entender la sociedad, ya que imprime una sana desconfianza por todo lo que rodea a la política. La mentira es la primera fuerza que rige el mundo, saberlo no te convierte en inmune a la manipulación, pero ayuda bastante.

Izquierda y antiamericanismo

Aunque no todo era aprender de Revel. También tenía frases que me dejaban confuso. Por ejemplo, esta:

La certeza de ser de izquierdas descansa en un criterio muy simple, al alcance de cualquier retrasado mental: ser, en todas las circunstancias, de oficio, pase lo que pase y se trate de lo que se trate, antiamericano.

Para mí era raro escuchar que la izquierda se basa en ser antiamericano porque la mitad de las personas con fobia a los EEUU que conocía en ese momento no eran de izquierda. ¿Esto significa que esas personas, que tenían ideas conservadoras que los encuadran en la derecha, eran en realidad izquierdistas? Con el tiempo aprendes que las cosas son algo más complicadas y que hay ideas que pueden convivir en ambos lados. De hecho, hay ideas que pueden habitar en casi todas las ideologías, y el antiamericanismo casi lo ha conseguido.

Los rojipardos y su mundo

Todo esto viene a propósito de un artículo que leí el mes pasado: Los ‘rojipardos’ y su mundo de Javier Benegas. Es una crítica acertada al culto que cierta derecha está haciendo de una periodista de izquierdas: Ana Iris Simón. El libro de Simón tiene una virtud: retrata fielmente lo que era una familia manchega de izquierdas en los noventa, dejando testimonios como esta frase de su abuelo:

Antes todo esto era un secarral, luego lo dejaron más apañao, plantaron los pinos y pusieron los merenderos. Fue el PSOE.

Ana Iris Simón

Las obras públicas no las hace el ayuntamiento, ni la diputación, ni la Junta, ni el Estado; las hace el PSOE. Ese partido omnipresente desde la transición, al que hay que votar cuando se pone un lazo negro por la muerte de Miguel Ángel Blanco, y cuando negocia con sus asesinos. Cuando financia la corrida de toros del pueblo, y cuando vota en el Congreso junto con los animalistas. Cuando va en la cabeza en la procesión de la Virgen, y cuando organiza la exposición de arte moderno donde se la ridiculiza.

Modernidad mala y modernidad fetén

Siempre es bueno que esa España tan nuestra, y que, por suerte, va quedando atrás, sea inmortalizada para que los historiadores del futuro puedan entender muchas cosas que hemos vivido estas décadas. Pero hasta ahí llega el valor de Feria. No hay por donde coger el resto del libro, dejando aparte el respeto que nos pueda merecer los recuerdos que cada uno tenga de su infancia y familia.

Al final, las críticas sociales que se pueden leer no dejan de retratar las contradicciones en las que vive la izquierda en el siglo XXI. Los parques de bolas y el Burger King son partes de la modernidad que hay que rechazar, ya que son imposiciones del liberalismo. En cambio, estudiar periodismo y emparejarte con un politólogo que se llama París debe ser la modernidad buena, que nos viene de otro lado. Pero lo importante no es lo que nos cuenta esta autora, sino la influencia que pueda tener en la derecha y de la que trata Javier en su artículo. Y aquí voy a intentar complementar su reflexión.

Tres tipos de simonitas

Yo distingo tres tipos de derecha en aquellos que se ven atraídos por las ideas de Simón:

Los rojipardos, que voy a limitar a las personas que genuinamente tienen una ideología que los lleva a rechazar el libre mercado y la globalización. Se llega al núcleo de este grupo por dos vías: conservadores que se han estudiado, quizá en exceso, la historia española y han llegado a la conclusión que nuestra decadencia llegó por la aparición de liberalismo (anglófilo y/o masónico). Y progresistas que con los años han derivado en una visión moral más conservadora y nacionalista española.

Luego están los enfadados con el mundo. Personas de derechas desencantadas con la sociedad, que quieren estar enfadados y muestran su enfado públicamente porque les permite ganar notoriedad entre otra gente enfadada. Lo que provoca más enfado. Y así sucesivamente hasta que se rompa la cadena.

Por último, tenemos a la derecha junior. Son las personas que, bien por edad o porque se habían dedicado a vivir su vida, tienen poca experiencia en el mundo político y al iniciarse nace en ellos un anhelo, casi enfermizo, por compartir espacios en común con personas de izquierda que puedan ver como razonables. Este último grupo es interesante, porque, a diferencia de los otros dos que se encuadran en un extremo, existe en todas las variantes de la derecha. Desde el centrista que comparte las últimas declaraciones de Alfonso Guerra, hasta el liberal que no se pierde un artículo de Juan Soto Ivars.

La influencia de Ana Iris Simón

Algunas personas pueden que se ofendan al dar estos ejemplos. Nada más lejos de mi intención. Leer a personas razonables de izquierda es algo muy recomendable. El problema es hacerlo porque son de izquierda y contar con que ello les da más autoridad. Es una fase por la que se pasa y, con suerte, se suele superar rápido. Aceptar que la izquierda no es la fuente de todo mal, a la vez de que no necesitas pagarle vasallaje intelectual alguno, es señal de madurez, y esa llega con el tiempo y la reflexión.

Una vez listadas las tres categorías nos podemos hacer una idea de la influencia real de Ana Iris Simón en la derecha. El rojipardismo es algo que siempre va a existir, pero por sus propias características suele tener poco recorrido. Es un club que, una vez dentro, se tiende a competir en quién añora épocas más lejanas y tiene como referentes a personajes más peregrinos. Lo digo desde el cariño, ya que tengo buenos amigos en ese mundillo con los me río bastante sacando ejemplos del extremo al que conservadores y liberales pura sangre llevan a veces nuestras respectivas ideas.

La suerte de aprender los principios

Por otro lado, tanto los enfadados con el mundo como la derecha junior son personas que normalmente están atravesando una fase de su vida, y, por tanto, sí pueden ser fácilmente influenciables. O, dicho de otro modo, pueden enraizar en ellos ideas bastante erróneas que les cueste años superar.

No todo el mundo ha tenido la suerte de leer a Revel (o a Hayek o a Thomas Sowell) en su juventud, así que desde el liberalismo se debe hacer un esfuerzo por facilitar la introducción a nuestras ideas a las personas que llegan en circunstancias peculiares a cuestiones filosóficas y políticas. Lo que ahora desde el mundo empresarial se llama hacer mentoring.

Javier Benegas

Voy a utilizar como ejemplo una parte del artículo de Javier que me parece que merece una ampliación enfocada para un público no liberal:

Los integrantes de esta generación recurrirían a la idealización del pasado, su tradicionalismo y convenciones, para condenar el presente, olvidando que el pasado dista mucho de ser idílico, y que antes, por ejemplo, se tenían hijos, más que por devoción cristiana, por pura necesidad: porque hacían falta brazos que ayudaran en el campo. Por eso, según los hijos podían valerse por sí mismos y levantaban dos palmos del suelo, se les llevaba a la faena.

No digo que no existieran vínculos afectivos entre padres e hijos, sino que la procreación no tenía como fin principal satisfacer deseos emocionales u obligaciones morales. Era una necesidad bastante más material de lo que se reconoce. Esta idea de necesidad sobrevivió por inercia en nuestros padres, que habían sido educados en un mundo antiguo, hasta acabar agotándose en nosotros, porque nosotros ya no trabajamos de sol a sol, sino que gozamos del privilegio del ocio.

Javier Benegas. Los ‘rojipardos’ y su mundo. The Objective.

Natalidad

Efectivamente, hay mucho romanticismo cuando se habla de la paternidad. No deja de ser lógico, ya que los sentimientos están vinculados a este proceso en los humanos, dado el dilatado periodo que se necesita para criar a un hijo. Pero en vez de llevarlo al lado contrario y hablar del materialismo, de traer hijos para que ayuden en el campo, voy a ir un poco más lejos y sentar una base que podría ayudarnos a enfocar mejor el problema: el estado natural del ser humano fértil es procrear siempre que sea posible.

¿Qué quiere decir eso? Que no tiene que existir una cultura, ni un proceso racional, que fomente la natalidad. Ya venimos equipados de serie con eso. Solo unas condiciones extremadamente malas (desnutrición o estrés) pueden llevar a las mujeres a perder su fertilidad. Que la cultura o la economía hayan fomentado hasta hace poco tener hijos es lógico. También ha fomentado la producción de alimentos calóricos y vivir lejos de letrinas. Nuestra forma de vivir suele ir de la mano de lo que le conviene a nuestros genes, no al contrario.

Las causas

Así que la clave no es por qué nuestros antepasados han tenido hijos, sino por qué hemos dejado de tenerlos. Javier da una buena razón: el aumento del ocio y la propagación de ideas estúpidas que éste provoca. En mi opinión hay algunas razones más: la percepción de falta de recursos (tenemos muchos más recursos que nuestros antepasados para criar a nuestros hijos, pero percibimos lo contrario), la profesionalización de las mujeres (años de mayor fertilidad ocupados en formación e inicio de carrera profesional) y perdida de familias amplias (abuelos demasiado mayores y dispersión geográfica).

Se puede discutir cada una de estas razones y dar más motivos. Lo importante aquí es entender que mitigar un instinto como el reproductor no es algo que pase por aprobar una ley en el BOE o porque Mercadona saque un nuevo producto. Es algo extremadamente complejo, y que está sucediendo a nivel global según se enriquecen las sociedades.

Como este argumento no habrá convencido a los escépticos, vamos a hacer el ejercicio de culpar al capitalismo, ya que en su afán de maximizar la producción provoca todos estos desbalances. En este escenario imaginario tenemos dos soluciones: la intervencionista y la liberal.

Las soluciones

La primera pasa por usar el Estado para externalizar el coste que tiene sacar de la producción económica a la mitad de la población durante parte de su edad fértil (que coincide con su edad más productiva). El resto de población tendrá que subvencionar vía impuestos esta merma en la productividad, creando descontento, emigración y todos los efectos que acompañan a una fiscalidad alta en país económicamente estancado.

La segunda pasa por persuadir a la población joven, mediante un cambio cultural, de que la paternidad es lo suficientemente valiosa como para renunciar, individualmente, a parte de sus ingresos. A cambio, sus hijos podrían ser excluidos en sus impuestos futuros del mantenimiento de las pensiones de aquellos que hayan optado por no tener descendencia.

Se puede optar por un híbrido entre las dos vías, mitigando con ello los efectos perversos de la primera opción. Pero al final la apuesta tiene que ir principalmente por uno de los dos caminos. En mi opinión ninguna de estas vías va a tener éxito, por pecar de simplistas. Pero mientras que la primera llevaría a una situación económica que la haría contraproducente, la segunda no le haría daño a nadie.

Es fácil: harás lo que yo te diga

Y es que al final con el problema de la natalidad nos encontramos con el mismo fenómeno que con el resto de los problemas sociales: unos tipos a los que se les da bien vender crecepelos prometiendo que la solución es sencilla y pasa por darles un poco de nuestra libertad. La nostalgia, el enfado y la frustración son vías de acceso a nuestra mente que saben usar bien. No solo no notamos el intento de engaño, sino que hasta elogiamos lo bien que comunican sus ideas.

Hay que aceptar que esto forma parte del juego, y simplemente estar alerta. Especialmente cuando los sentimientos que nacen en nosotros al leerlos es el pesimismo y autoflagelación. Ya que, como nos advirtió el maestro Revel, eso no conduce a nada bueno:

Clearly, a civilization that feels guilty of everything it is and does will lack the energy and conviction to defend itself

¿Existen antinomias entre el Capitalismo y el Amor?

La cuestión de la defensa del Capitalismo se ha abordado desde muchas perspectivas. Pero la que aquí propongo es una enfocada al ámbito cultural, y por extensión, al farragoso tema del amor. El objetivo es dar una vuelta de tuerca a lo que los antagonistas del modelo productivo le atribuyen: atomismo social, egoísmo, interés, lucro, etc.

El matrimonio antes del capitalismo…

Se le atribuye al Capitalismo hacer despertar en las personas el egoísmo más atroz que pueda uno imaginarse. De ahí se deduce que acabe repercutiendo negativamente en las relaciones de pareja. Por una suerte de maldad intrínseca al sistema, tanto hombres como mujeres buscan el interés personal, por encima del altruismo que algunos idealistas creen connatural a eso que llamamos “amor”.

Esto es de lo más paradójico que pueden plantear los detractores del sistema. Leyendo a Lipovetsky, uno se da cuenta de que, hasta bien entrado el s.XIX, todos los matrimonios eran por conveniencia o, dicho de otra forma, representaban la norma general en cualquier parte del globo. Normalmente, se desarrollaba bajo la tutela de los padres y, ni el consentimiento, ni mucho menos el amor, tenían cabida. Huelga decir que el mundo interior de los amantes, la atracción física o la belleza, tampoco eran relevantes. Según Lipovetsky, bajo el Antiguo Régimen, la mayoría era de la cuerda de Montaigne “que un buen matrimonio, si es que existe, rechaza la compañía y las condiciones del amor” (Lipovetsky, 2020, pág. 59).

… y después de su llegada

A saber, antes de la consolidación del Capitalismo[1] con la I Revolución Industrial (circa mitad del s.XVIII), el matrimonio se basaba en el cálculo económico, el interés financiero, la preservación del patrimonio y de la posición social. Quienes culpan al modelo productivo deberían mirar hacia países en los que no existen sistemas de mercado, en donde la revolución que supuso el liberalismo político del s.XVII y s.XVIII nunca llegó a desarrollarse.

Siguiendo los datos de Jeni Klugman y su equipo [2], es fácil darse cuenta de que, precisamente, allí donde imperan regímenes contrarios a los principios fundamentales que han vertebrado a Occidente y en los que, evidentemente, no existe tal cosa como “economía de mercado” es donde hay una prevalencia mayor (abismal) de matrimonios forzosos con niñas (véase Figura 1), por poner un ejemplo.

Capitalismo y tolerancia

Así, en las zonas en las que no rige el principio de libertad de elección es donde se dan los peores casos de abusos que uno puede llegarse a imaginar. En estos países (y en Occidente hace dos siglos), al obligarse a tomar como esposa a quien imponía la familia, comunidad, reino o dinastía, la belleza pasaba a ser superflua, se eliminaba la libertad de escoger y se permitía una repartición igualitaria del matrimonio.

Literalmente, hubo restricciones a la competencia entre individuos, a la libre cooperación, al interés personal (supeditado a los designios de terceros), a lo que Lipovetsky llama “la regulación social de la belleza”. Esto producía una equivalencia entre hombres y mujeres que garantizaba la igualdad de resultados. En el fondo se trataba de combatir la belleza desigual, la lotería genética es caprichosa, así como las tendencias en los cánones de belleza; lo que hoy puede parecernos poco agraciado, antaño, quizás, era sinónimo de lindeza, y viceversa.

Literalmente, hubo restricciones a la competencia entre individuos, a la libre cooperación, al interés personal (supeditado a los designios de terceros), a lo que Lipovetsky llama “la regulación social de la belleza”. Esto producía una equivalencia entre hombres y mujeres que garantizaba la igualdad de resultados. En el fondo se trataba de combatir la belleza desigual, la lotería genética es caprichosa, así como las tendencias en los cánones de belleza; lo que hoy puede parecernos poco agraciado, antaño, quizás, era sinónimo de lindeza, y viceversa.

En cierto sentido, la domesticación de la belleza por medio de la alianza objetiva permitía a los menos agraciados evitar vivir sin pareja sexual (requisito sine qua non para la reproducción). Aun así, siempre ha habido todo tipo de rituales para mejorar la atracción sexual (cosa que parece contradictoria al limitar la oferta y la competencia entre individuos). Esta libertad se extrapola incluso hacia los diferentes tipos de matrimonios que se dan entre personas del mismo sexo, sorprendentemente (nótese el tono irónico), allí donde el Capitalismo triunfó es donde ha nacido la tolerancia respecto a la diversidad sexual.

Capitalismo y emancipación

Es lugar común escuchar que el modelo perpetúa una suerte de patriarcado que oprime sistemáticamente a las mujeres, esto daría para un artículo, libro o tesis doctoral aparte, pero de soslayo hay que señalarles a quienes sostienen dicha premisa que, precisamente, donde ha surgido la economía de mercado es donde han aparecido los movimientos emancipadores que, en origen, buscaban la isonomía entre sexos, es decir, la igualdad ante la ley. Otrora del advenimiento de la sociedad de mercado, a las mujeres se les confiscaba el poder de rechazar la relación sexual. Esta decisión venía decidida por individuos ajenos a las mismas.

Las primeras voces críticas con el matrimonio basado en el interés familiar o grupal datan de la segunda mitad del s.XVIII y se fundamentaban en el rechazo a la libre elección de los cónyuges. Fue precisamente la sociedad burguesa, esto es, la élite social, la que elogió a lo largo del s.XIX el matrimonio por inclinación, en contraposición al matrimonio por conveniencia.

La privatización del matrimonio

Este largo proceso histórico culmina con la Gran Guerra, en la cual, los matrimonios por mero interés de terceros empezaron a considerarse vergonzantes y tenderían, ulteriormente, a esconder su naturaleza. Tanto es así que lo que se empezó a considerar como relevante era encontrar, por uno mismo, sin intervención de un deus ex machina, a tu cónyuge. Este contexto es relativamente nuevo: la unión de dos personas por atracción genuina. Curiosamente, también se ha dado en los lugares donde se ha consolidado la economía de mercado. Correlación no implica causalidad, pero tampoco casualidad.

Por ende, la unión solía ser una cuestión de grupo-social, a partir de la consolidación de la libertad de elección, pasó a ser un asunto privado. La seducción se convirtió en un imperativo subjetivo para unirse, no así la objetividad (y el economicismo) que caracterizaban a todo lo precedente. La regulación exterior empezó a estar mal vista. De ahí que, el matrimonio forzado, a ojos de un occidental, sea sinónimo de barbarie. Representa una antinomia que no puede aceptarse en una sociedad individualista y humanista.

Banalización

No obstante, no debe deducirse que todo lo que envuelve a los cambios en materia sexual sean positivos en su conjunto y que no existan externalidades negativas que bien merecen ser atendidas con la debida diligencia. Por ejemplo, en los últimos 20 años, con la consolidación de Internet en la mayoría de los hogares del mundo, se ha producido una sobreestimulación y banalización del sexo. En un solo clic, un hombre y una mujer pueden tener acceso visual a millones de cuerpos desnudos, pornografía y en algunas aplicaciones, incluso conocer a potenciales partners sexuales. No hay precedente alguno a esto y pensar que no tendrá consecuencias es un planteamiento naive. Todo ello ha facilitado algo que durante milenios tenía un aura de privacidad, que estaba altamente regulado por el colectivo y que incorporaba toda una serie de rituales de apareamiento.

En la actualidad, todo está abierto, casi nada está prohibido[3], se puede dar rienda suelta a cualquier tipo de fetichismos sin demasiado estigma social. Esto es fruto de la desregularización en este ámbito. Por un lado, es encomiable que hoy las parejas elijan libremente a sus potenciales compañeros de vida, haciéndose cargo del peso de esa libertad, que, siempre, en todo lugar y en todo momento, va asociada a la responsabilidad individual. Desde luego que, viendo la tasa de divorcios en España (7/10 matrimonios acaban en ruptura[4]) y en la mayoría de los países occidentales, es fácil darse cuenta de que el paradigma implica riesgos y la asunción de costes considerables, pero, como decía Hayek, hay que ser dogmáticos en la defensa del valor supremo que debe regir la vida de los individuos: la libertad. Y esto lo afirmo con una congoja superlativa viendo cómo están las cosas.

¿Cuál es la alternativa?

Sea como fuere, las contradicciones culturales del Capitalismo, planteadas de forma brillante por Daniel Bell, se muestran más fieras que nunca, vivimos en la modernidad líquida, en el arquetipo del amor de usar y tirar[5], hipertrófico y banalizado. Pero, por más problemas que le veamos a las externalidades del modelo económico en materia de amor, vivimos en el mejor momento de la Historia humana. La época del flirteo, fenómeno datado en el s.XIX en los países anglosajones, es indisociable de la libertad de palabra, de la libertad de apariencia, movimiento, gesto y relación.

Si bien es cierto que todos estos fenómenos modifican la moral tradicional, otorgan una libertad que, ninguna mente, por muy anticapitalista que sea, es capaz de repudiar, ¿cuál es la alternativa?, ¿que el Politburó decida con quién vas a pasar el resto de tu vida?, ¿que tu familia decida quién es el mejor candidato para formalizar un matrimonio?, ¿o que tu religión te encadene a alguien per saecula saeculorum?, ni los más liberticidas gozarían, a día de hoy, oponerse a la libertad de elección. Entonces, presuponiendo que hay alguna moraleja en el artículo, esta sería que: si bien el sistema económico determina cómo nos relacionamos, el egoísmo y la hipergamia no es fruto de este, sino que ha sido un axioma indisociable da che mondo è mondo.

Bibliografía

Lipovetsky, G. (2020). Gustar y emocionar. Ensayo sobre la sociedad de seducción. Barcelona: Anagrama.

[1] Siempre es problemático establecer una fecha para su nacimiento.

[2] https://www.worldbank.org/en/topic/gender/publication/voice-and-agency-empowering-women-and-girls-for-shared-prosperity.

[3] Estoy pensando en la pedofilia, que afortunadamente conlleva repercusiones legales nada desdeñables, aunque algunos intelectuales del “Mayo francés” la vieran como una opción sexual más.

[4] El panorama no es muy halagüeño, consultando la serie de datos que el INE pone a nuestra disposición desde el 2009, el peor año fue 2012 con un total de 110.764 divorcios, nulidades y separaciones; https://www.ine.es/dyngs/INEbase/es/operacion.htm?c=estadistica_C&cid=1254736176798&menu=ultiDatos&idp=1254735573206.

[5] Ver: https://diario16.com/amor-de-usar-y-tirar-2/.