Ir al contenido principal

Etiqueta: Fiscalidad

La falsa panacea del default

En otros artículos ya hemos tenido la ocasión de explicar la imposibilidad de acotar el concepto de “deuda odiosa” así como el alto coste que acarrea el impago para la viabilidad económica de un país. Sin embargo, todas estas consideraciones suelen verse opacadas por los beneficios que suelen atribuirse al default.

Y es que, según se nos ha dicho, los recortes del gasto y las brutales subidas de impuestos que hemos venido experimentando en los últimos años han tenido la única finalidad de hacer frente a los intereses de la deuda: presuntamente, pues, si pudiéramos librarnos de esos dichosos intereses, volveríamos a disfrutar de las mieles del sobregasto estatal con impuestos mucho más reducidos. La solución se antoja sencilla por muchos perversos efectos secundarios que pueda acarrear: muerto el perro (impagada la deuda) se acabó la rabia (los intereses asfixiantes).

Acaso convenga no dejarse engañar por este omnipresente discurso populista y tratar de dilucidar si semejantes aspiraciones tienen algún fundamento.

El peso de los intereses de la deuda                    

A finales de 2013, los intereses de la deuda pública española ascendían a 34.200 millones de euros (tipo de interés medio del 3,5%), lo que equivale al 3,3% del PIB y al 7,3% de todo el gasto público. En el año 2007, con superávit presupuestario, los intereses totalizaban 16.900 millones de euros (tipo de interés medio del 4,4%), siendo equivalentes al 1,6% del PIB y 4% de todo el gasto público. Dado que el déficit público de 2013 ascendió al 6,33% del PIB, la totalidad del déficit público actual no puede explicarse por la necesidad de pagar los intereses de la deuda: aun cuando los intereses se redujeran a cero (lo que técnicamente se conoce como “saldo presupuestario primario”), nuestro déficit público superaría el 3% del PIB, esto es, el límite fijado por el Pacto de Estabilidad y Crecimiento.

La primera lección, por tanto, es sencilla: aunque no pagáramos ni un solo euro en intereses, no sólo no podríamos revertir los recortes del gasto y las brutales subidas de impuestos, sino que deberíamos ahondarlas para eliminar nuestro déficit primario. Así pues, atribuir los recortes a la necesidad de pagar los intereses de la deuda es falaz: aún sin intereses, deberíamos haber acometido al menos la misma magnitud de ajuste presupuestario (aunque no necesariamente del mismo modo: mi apuesta siempre ha sido recortar mucho más el gasto público y no subir los impuestos).

El ahorro de una auditoría de la deuda

Descrito el contexto presupuestario, podemos proceder a pronosticar qué alivio presupuestario acarrearía una auditoría de la deuda y el consiguiente default de los pasivos odiosos. A la postre, auditar la deuda no significa repudiar la totalidad de la deuda sino, según se nos ha dicho, sólo aquella que tiene un origen ilícito: por tanto, el ahorro de gastos financieros derivado de un default no se corresponde con la totalidad de los intereses, sino sólo con una porción. ¿Qué porción?

Tal como ya he indicado, no resulta posible acotar qué deuda pública es odiosa y cuál no lo es: el concepto es una mera coartada doctrinal para legitimar la arbitrariedad de los gobiernos a la hora de no cumplir con sus compromisos asumidos. Pero dejemos de lado esta dificultad y asumamos que sí podemos cuantificar objetivamente qué parte de la deuda pública española es odiosa.

En general, se nos ha dicho que los pasivos públicos odiosos se corresponden con buena parte de la deuda emitida durante la crisis. Entre 2008 y 2013, se han emitido unos 600.000 millones de euros en deuda pública: si la mitad de la misma fuera declarada odiosa, dejaríamos de pagar intereses sobre 300.000 millones de euros; si el 75% fuera declarado odioso, nos ahorraríamos los intereses sobre 450.000 millones. Conviene remarcar que los porcentajes que estamos manejando son extraordinariamente elevados y convertirían la reestructuración de deuda de nuestro país en la mayor de la historia: es decir, no estamos racaneando con su cuantía, sino más bien asumiendo porcentajes irrealmente elevados.

Pues bien, si España impagara 300.000 millones de euros, su deuda pública total quedaría reducida al 70% del PIB frente al 100% actual; si impagara 450.000 millones, al 55% del PIB. Dado que abonamos casi 35.000 millones de euros en intereses, el primer impago nos permitiría reducir su cuantía en 10.000 millones de euros y el segundo en 15.000 millones. Por consiguiente, si el Gobierno español optara por sacudir la economía mundial con el mayor impago de la historia —lo que muy probablemente acarrearía la descomposición de la zona euro y la expulsión de España de los mercados de capitales—, lograríamos un ahorro de entre el 1% y el 1,5% del PIB. Recordemos: el déficit a finales de 2013, tras todos los molestos ajustes aprobados, todavía ascendía al 6,5% del PIB. ¿Hacen falta tantas alforjas para este viaje?

Un déficit infinanciable

Pero la historia no termina aquí. Que el mega-impago de deuda sólo consiga rebajar el déficit público hasta el 4,5%-5% del PIB significa que el gobierno español seguiría teniendo un desequilibrio anual entre ingresos y gastos de alrededor de 50.000 millones de euros. Para gastar cada año 50.000 millones más de lo que ingresamos, la alternativa más común es justamente la de emitir deuda: ¿pero cómo vamos a lograr emitir deuda después de haber impagado la deuda? El default nos excluiría de los mercados de capitales, lo que significaría que no podríamos captar voluntariamente ahorro ajeno para gastar más de lo que ingresamos.

¿Cuáles serían entonces las alternativas? Muchos más ajustes de los aprobados hasta la fecha. O bien el Gobierno equilibra el presupuesto ante la imposibilidad de financiar su déficit (es decir, se recortan mucho más los gastos y se incrementan los impuestos) o bien sufragamos el déficit imprimiendo moneda a mansalva. Dado que con el impago de la deuda habríamos finiquitado la zona euro, la impresión de moneda significaría estampillar gigantescas cantidades de neopesetas (si siguiéramos en el euro, la mayor parte de nuestros socios comunitarios se opondrían a que el BCE monetizara nuestros déficits, así que la vía de imprimir euros no la tendríamos disponible en cualquier caso). Siendo la neopeseta una moneda débil (una moneda que ningún ahorrador nacional o extranjero demandaría en grandes cantidades), el incremento desproporcionado de su oferta generaría una elevada inflación interna que sufrirían en sus propias carnes los españoles: el Estado gastaría más a costa de que los españoles gastaran menos (es decir, los españoles sufrirían recortes reales en su poder adquisitivo).

En definitiva, el default de la indefinible deuda odiosa no sólo proporcionaría un escasísimo alivio presupuestario que no permitiría en absoluto revertir los recortes aprobados hasta la fecha, sino que nos abocaría a decretar muchísimos más recortes ante la imposibilidad de seguir financiando el déficit. Como tantas otras recetas populistas, el default es un caramelo envenenado.

¿Ha renunciado Pablo Iglesias a la renta básica universal?

Este sábado por la noche Pablo Iglesias acudió a La Sexta Noche. En un momento del debate (a partir del minuto 1:32:35), el periodista Eduardo Inda le interpeló sobre la viabilidad de su propuesta estrella, la renta básica universal, en tanto en cuanto los propios economistas de Podemos estiman su coste en el 15% del PIB; coste que aumentaría hasta el 20% si se pretende otorgar a cada ciudadano una remuneración que cubra el umbral de la pobreza.

Pablo Iglesias consiguió escaquearse del fuego de preguntas comprometidas negando la mayor: el derecho a la renta básica sí es universal, dijo, pero la percepción de la renta básica no. Dicho de otro modo: no todos los españoles cobrarán una renta básica, sino sólo aquellos que la necesiten. El líder de Podemos, de hecho, llegó a echarse las manos a la cabeza denunciando la ridiculez de que alguien hubiese planteado alguna vez pagar una renta básica a todo el mundo: nadie ha tenido nunca una idea tan disparatada, y desde luego Podemos, afirmó, no se plantea pagar una renta básica a Ana Botín, a Inda o a Marhuenda, ya que no la necesitan.

Acaso la inmensa mayoría de la audiencia no lo supiera, pero en apariencia Pablo Iglesias estaba incumpliendo una de sus principales promesas electorales antes incluso de llegar al poder. La renta básica universal es universal porque se paga a todos, no porque el derecho sea universal. Justamente en eso se diferencia de otros esquemas de renta de inserción o de renta garantizada: las de inserción solo se pagan a quienes las necesitan y normalmente bajo ciertas condiciones (por ejemplo, que el perceptor esté incapacitado para trabajar o que, estando capacitado, no encuentre trabajo). Las rentas básicas universales, en cambio, se caracterizan por ser universales e incondicionales. 

Y universalidad implica que se paga a todo el mundo, incluso a aquellos que no la necesitan. Esto no es una ocurrencia que jamás haya defendido nadie, sino que se halla en la misma base de todos los desarrollos doctrinales de la renta básica universal. Por ejemplo, el principal teórico mundial de la renta básica universal, el belga Philippe van Parijs, la resume así:

Una renta básica es una renta abonada por la comunidad política a todos sus miembros individuales, con independencia de su situación económica o de su predisposición a trabajar.

Su principal defensor en España, Daniel Raventós, también es diáfano:

La definición de la renta básica es clara y sencilla: es un ingreso pagado por el Estado a cada miembro de pleno derecho de la sociedad incluso si no quiere trabajar de forma remunerada, sin tomar en consideración si es rico o pobre; o, dicho de otra forma, independientemente de cuáles puedan ser las otras posibles fuentes de renta, y sin importar con quién conviva.

Es más, esta propia semana Daniel Raventós fue invitado a La Tuerka justamente para aclarar (a partir del minuto 8:15) a la audiencia esa diferencia entre renta básica universal y rentas mínimas de inserción. Y, como decíamos, los propios economistas de Podemos destacaron hace unos meses que la renta básica debía pagarse a todos y estimaron su coste en función de ese parámetro.

Por consiguiente, Pablo Iglesias conoce perfectamente la diferencia entre renta básica universal y renta mínima de inserción: es plenamente consciente de que Podemos ha estado prometiendo una renta básica para todos (renta básica universal), pero este sábado afirmó que la renta básica sólo sería para algunos (renta mínima de inserción). Aparentemente, pues, Pablo Iglesias ha enterrado su proyecto de renta básica universal sustituyéndolo por un ambiguo programa de rentas mínimas de inserción para aquellos que lo necesiten (algo similar, aunque probablemente más amplio, a lo que ya existe): una rectificación que deberían lamentar todos aquellos seguidores ideologizados y agradecer todos aquellos que no deseen una quiebra social y económica de España.

Sin embargo, y tras reflexionar sobre las palabras de Iglesias, no creo que el líder de Podemos haya enterrado verdaderamente su proyecto de renta básica universal; más bien hizo un quiebro dialéctico a Eduardo Inda para evitar entrar en el fondo de un debate que a buen seguro perdería (por su manifiesta irrealidad) ante los espectadores.

Me explico: aunque la renta básica universal se pague a todos los individuos, no todos llegarán a cobrarla en términos efectivos. La razón es sencilla de comprender: para pagar la renta básica a todos, algunos individuos deberán abonar muchísimos más impuestos que antes, de modo que su saldo post renta básica será negativo. Por ejemplo, supongamos que un país está compuesto por dos individuos: el individuo A gana 20.000 euros y el individuo B cero euros. Si en ese país se reconoce un derecho a cobrar 5.000 euros del Estado, existen dos opciones: 1) el individuo A paga un 25% de impuestos sobre sus 20.000 euros de renta; 2) el individuo A paga un 50% de impuestos sobre sus 20.000 euros de renta y acto seguido cobra los 5.000 de renta básica a los que tiene derecho. En ambos casos el saldo final es el mismo: A tiene 15.000 y B tiene 5.000. Por tanto, el segundo caso (donde sí se paga la renta básica a todo el mundo) bien puede asimilarse al primero (donde solo se paga una renta básica al individuo B) para decir que el individuo A jamás percibe la renta básica en términos netos (aunque sí lo hace en términos brutos). Por expresarlo en un lenguaje algo más técnico: la renta básica universal puede asimilarse e instrumentarse a través de un impuesto negativo sobre la renta con una muy generosa deducción en cuota (a diferencia de, por ejemplo, la propuesta de impuestos negativos de Milton Friedman, que operaba a través de reducciones de la base liquidable); así es, verbigracia, como la articula Daniel Raventós en su conocida propuesta de financiación.

A mi entender, Pablo Iglesias se refugió ayer en ese tecnicismo —el saldo de la implantación de la renta básica universal sería negativo para los ricos, de modo que a efectos prácticos no la cobrarían— para evitar entrar en el debate de fondo: la insostenibilidad financiera de la renta básica universal. A la postre, el coste y las implicaciones fiscales de la renta básica universal siguen siendo las mismas aun cuando se articule como un impuesto negativo con una amplia deducción en cuota. Como decíamos, los propios economistas de Podemos cifraron ese coste en 145.000 millones de euros, casi el 15% del PIB: una cuantía que equivale a duplicar los tipos efectivos del IRPF para la mayor parte de la población, llegando incluso a tipos efectivos del 60% para las rentas más altas (algo no implementado en ninguna parte del planeta, ya que el tipo de Hollande del 75% para los superricos era un tipo nominal, no efectivo).

Por tanto, Podemos no ha rectificado su programa, pero sí lo está ocultando astutamente para alcanzar el poder. Lejos de promover un debate abierto y democrático de sus ideas —tal como sus líderes proclaman con orgullo—, están anestesiando y camuflando el debate para maximizar sus probabilidades de ascenso al poder. Los mismos tics de propaganda y manipulación política que con acierto le critican a la casta: el politiqués como escudo dialéctico ante la legítima y necesaria fiscalización ciudadana. Parece, sí, que de momento el único recambio posible a la casta viene de la neocasta.

La era Rajoy: más gasto y más impuestos

Los Presupuestos Generales del Estado (PGE) de 2015 serán los últimos que elabore Rajoy con mayoría absoluta. En tal caso, pueden servirnos para enjuiciar la austeridad practicada por un Gobierno del PP "sin ataduras" durante la presente legislatura. Y a este respecto, el titular resulta obvio: la deuda está devorando al Gobierno de España. No ya porque, según el propio Ejecutivo, en 2015 la ratio de deuda sobre el PIB vaya a superar el 100% (sin trucar el PIB con drogas y prostitución sería el 103%), convirtiendo a Rajoy en el gobernante que más habrá incrementado la deuda pública en toda nuestra historia (sí, más que Zapatero), sino por algo mucho más elemental: el aumento de los pasivos gubernamentales acaecido durante la era Rajoy habrá contrarrestado totalmente los moderados recortes aprobados en el resto de partidas de gasto del Gobierno central.

Podemos observarlo fácilmente con la siguiente tabla: el gasto total presupuestado por el Gobierno de Rajoy para 2015 será básicamente el mismo que el presupuestado por Zapatero para 2011, a saber, 161.992 millones de euros frente a 162.980,7 (un recorte de apenas el 0,7%). La razón, empero, no es que no se hayan producido recortes en los gastos ministeriales: entre 2011 y 2015, el gasto agregado de los Ministerios se habrá reducido un 20%, esto es, 16.200 millones de euros.

La razón, por el contrario, es que los intereses de la deuda pública aumentan en 8.100 millones de euros, las pensiones de los empleados públicos (clases pasivas) en 2.700 millones y las transferencias a ayuntamientos, autonomías y la Unión Europea en 4.500 millones.

ADVERTISEMENT

Gasto público presupuestado en 2011 y 2015 (en millones de euros)

 

2011

2015

Casa Real

8,4

7,8

Cortes Generales

216,4

202,1

Tribunal de Cuentas

62,2

60,9

Tribunal Constitucional

26,4

23,0

Consejo de Estado

10,5

9,9

Deuda pública

27.400,0

35.490,0

Clases pasivas

10.489,3

13.184,9

Consejo General del Poder Judicial

74,2

54,8

Mº de Asuntos Exteriores y Cooperación

2.645,7

1.043,3

Mº de Justicia

1.680,5

1.475,0

Mº de Defensa

6.928,9

5.764,9

Mº de Hacienda y AAPP

3.473,2

2.184,8

Mº del Interior

7.821,9

7.421,3

Mº de Fomento

8.937,0

4.979,6

Mº de Educación, Cultura y Deporte

3.918,3

2.759,6

Mº de Empleo y Seguridad Social

22.592,7

22.421,4

Mº de Industria, Energía y Turismo

5.514,6

5.740,6

Mº de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente

2.807,5

1.839,5

Mº de la Presidencia

449,0

442,1

Mº de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad

2.674,3

1.919,5

Mº de Economía y Competitividad

7.480,8

2.314,7

Gastos diversos de Ministerios

2.248,8

2.640,3

Otros gastos: autonomía y UE

45.520,1

50.012,4

TOTAL GOBIERNO CENTRAL

162.980,7

161.992,3

Seguridad Social

124.418,6

136.117,0

TOTAL GOBIERNO CENTRAL + SEGURIDAD SOCIAL

287.399,3

298.109,3

En conjunto, pues, lo comido por lo servido: las obligaciones financieras (intereses de la deuda), las obligaciones previsionales hacia los empleados públicos (clases pasivas) y las obligaciones derivadas de los acuerdos de financiación con otras administraciones (ayuntamientos, autonomías y UE) han aumentado tanto como se ha reducido el gasto ministerial.

Como resultado, todo el ajuste del déficit del Gobierno central que se programa experimentar entre 2011 y 2015 (cerca de 25.000 millones de euros) habrá procedido de un aumento de los impuestos a los españoles (no entro a valorar ahora mismo la verosimilitud de las previsiones de ese ajuste: tan sólo constato que el objetivo del Gobierno central es cargar todo el ajuste vivido durante esta legislatura sobre las espaldas de los contribuyentes).

Es más, si añadimos el presupuesto de la Seguridad Social al presupuesto del Gobierno central, nos encontramos no sólo con que el gasto total del sistema no decrece, sino que aumenta de manera muy sustancial: en concreto, en 10.700 millones de euros (un 3,7% más que en 2011).

Por consiguiente, tan sólo el aumento del gasto derivado de las obligaciones previsionales hacia empleados públicos y trabajadores en el sector privado (que creció en 14.400 millones entre 2015 y 2011) prácticamente arrambló con toda la "austeridad" del gasto ministerial: esto es, la partida presupuestaria que más se sobredimensionó no fueron ni los intereses de la deuda, ni la financiación territorial, sino las pensiones públicas (de hecho, aunque el gasto en intereses y en financiación territorial no hubiera aumentado, el gasto total de 2015 superaría al de 2011 por la sola influencia de las pensiones).

La lección a aprender de estas cifras debería ser obvia: el brutal desequilibrio presupuestario que vivía España en 2011 (y que en su mayor parte sigue viviendo a día de hoy) sólo podía solventarse por el lado del gasto afrontando una revisión inmediata y omnicomprensiva del modelo de Estado y, en particular, del modelo de Estado de Bienestar (tal como propusimos algunos en su momento).

En 2012 resultaba urgente revisar el modelo de financiación autonómica y municipal y, sobre todo, recortar las pensiones públicas. Rajoy, como socialdemócrata que es, se negó a hacerlo: en su lugar, optó por parchear las cuentas públicas recortando moderadamente el gasto ministerial para así venderles a los ciudadanos un profundo ejercicio de austeridad que, en realidad, jamás practicó.

Como consecuencia, los desembolsos en intereses, en pensiones y en transferencias territoriales siguieron aumentando hasta absorber cualquier tímido recorte ejecutado en otras partidas del presupuesto. Y si el gasto total del sistema no baja sino que sube, la única forma de cuadrar las cuentas es una: machacar con muchos más impuestos a los ciudadanos.

Ése, la numantina resistencia a reducir profundamente el gasto y la desenfrenada voracidad por multiplicar los impuestos a los ciudadanos, es el verdadero resumen de la primera legislatura de Mariano Rajoy. Nula austeridad por el lado del gasto; brutal parasitismo por el lado de los ingresos.

Las grandes empresas no pagaron el 5,3% en 2012

Como ya sucediera en el ejercicio fiscal de 2011, año en el que se nos dijo que las grandes empresas españolas apenas pagaron en impuestos el equivalente al 3,5% de sus beneficios, la desinformada y desinformadora milonga ha vuelto a golpearnos con fuerza en el ejercicio fiscal de 2012: según se nos ha contado, las megaempresas españolas apenas pagaron en impuestos el 5,3% de sus beneficios. A la luz de estas cifras, algunos reputados economistas incluso se han lanzado a una piscina sin agua para calificar a España de paraíso fiscal.

La realidad, sin embargo, sigue siendo tan tozuda como lo fue en 2011: las grandes empresas españolas no pagaron el 5,3% sino mucho más. Concretamente, el 22,9%. Vamos a explicarlo.

¿De dónde sale la cifra del 5,3%?

La impactante cifra de que las grandes empresas españolas apenas pagan el 5,3% de impuestos deriva del Informe Anual de Recaudación Tributaria del año 2013: según la Agencia Tributaria, los holdings de empresas radicados en España obtuvieron en 2012 unas ganancias contables de 77.106 millones de euros por los que apenas abonaron unos impuestos de 4.110 millones de euros. Esos 4.110 millones de euros sobre los 77.106 millones de ganancias son el famoso 5,3% de marras.

Sin embargo, como ya explicamos para el caso de 2011, estas cifras se malinterpretan en dos sentidos. El primero es que los 4.110 millones de euros se refieren al Impuesto de Sociedades pagado por estas compañías en España, mientras que los 77.106 millones son los beneficios que han obtenido en España y en el resto del mundo: esto es, los impuestos que estas empresas abonen en el extranjero por sus ganancias cosechadas en el extranjero no figuran en los 4.110 millones. Pero ello no significa que estas compañías no paguen Impuestos de Sociedades en el extranjero: de hecho, justamente por esta razón, el Impuesto de Sociedades español incluye deducciones y exenciones por doble tributación internacional que, en consecuencia, minoran la base imponible sobre la que se paga el tributo en España.

El segundo elemento que suele malinterpretarse es que los 77.106 millones son los resultados contables positivos no consolidados. Un holding es un grupo de empresas que consolida sus pérdidas y ganancias y que, por tanto, paga impuestos sobre el resultado consolidado. Por ejemplo, si un holding está compuesto por dos compañías y una de ellas gana 100 millones de euros mientras que la otra pierde 60 millones, el holding pagará impuestos sobre 40 millones: si el tipo de Sociedades es del 25%, pagará 10 millones al fisco; en cambio, en el informe de la Agencia Tributaria los resultados positivos son previos a la consolidación: es decir, al holding de nuestro ejemplo se le imputarían unos beneficios de 100 millones… y como sólo paga 10 millones de impuestos se concluiría que el tipo medio sobre Sociedades es del 10% (cuando en realidad es del 25%). Por tanto, la cifra de 77.106 millones también debe corregirse mediante los llamados “ajustes por consolidación”.

¿Cuál es el auténtico tipo efectivo?

Efectuadas estas matizaciones, ¿cuántos impuestos pagan realmente las grandes empresas españolas por sus ganancias mundiales? Podemos estimarlo para el caso de las compañías del Ibex 35 acudiendo a sus cuentas anuales consolidadas. De este modo, en la siguiente tabla recogemos los beneficios antes de impuestos así como el Impuesto de Sociedades abonado por cada una de estas empresas. Es fácil observar que el tipo soportado por la mayoría de empresas con beneficios supera el 20%: no en vano, el tipo medio efectivo de aquellas empresas con beneficios es del 22,9%… más de cuatro veces la cifra que se recoge en el informe de la Agencia Tributaria y que la mayoría de medios de comunicación no se cansan de repetir (si calculáramos el tipo medio de todas las empresas del Ibex, incluyendo a aquellas que tienen pérdidas, alcanzaríamos la tenebrosa cifra del 37,8%). De hecho, la única compañía que verdaderamente pagó el 5,3% de impuestos en 2012 fue Mediaset: uno de esos conglomerados de medios de comunicación dedicados a divulgar la falsedad de que las grandes empresas apenas soportan carga fiscal alguna.

Compañía

Beneficio antes de impuestos en 2012

(millones de euros)

Impuesto de Sociedades en 2012

(millones de euros)

Tipo efectivo

Abengoa

48,9

-122,6

 

Abertis

1.176,3

93

7,9%

Acciona

246

61

24,8%

Acerinox

-18,7

13,2

 

ACS

-2.515

-1.003

 

Amadeus

668,6

213,4

31,9%

ArcelorMittal

2.030

668,1

32,9%

BBVA

1.659

-275

 

Banco Sabadell

-302

-398

 

Banco Popular

-3.491,7

-1.030,7

 

Banco Santander

3.549

575

16,2%

Bankia

-21.545,1

-3.238,7

 

Bankinter

154,1

29,5

19,1%

BME

191,6

56,1

29,3%

Caixabank

-62

-291

 

DIA

255,6

101,8

39,8%

Ebro Foods

247,9

89,4

36,1%

Enagas

542,7

163,2

30,1%

Endesa

3.824

1.053

27,5%

Ferrovial

754

108

14,3%

FCC

1.039,4

164,2

15,8%

Gamesa

589,2

87,8

14,9%

Gas Natural

2.963

838

28,3%

Grifols

387,9

132,5

34,2%

Iberdrola

3.075

206,5

6,7%

Inditex

3.130,9

763,9

24,4%

Indra

163,3

35,7

21,9%

IAG

-997

-112

 

Mapfre

1.372

396,5

28,9%

Mediaset

52,3

2,8

5,3%

OHL

396,8

180,3

45,4%

Red Eléctrica

680,5

188,3

27,7%

Repsol

3.546

1.581

44,6%

Sacyr Vallehermoso

-1.365,8

385,7

-28,2%

Técnicas Reunidas

157,7

21,4

13,6%

Telefónica

5.864

1.461

24,9%

Un 22,9% de Impuesto de Sociedades sobre beneficio contable es, por cierto, más de lo que, según la propia Agencia Tributaria, pagaron las pymes en el año 2012: el 16%. También son 3,5 puntos más de lo que esas mismas empresas pagaron como media en el año 2011. Por consiguiente, lejos de vivir en un paraíso fiscal donde las grandes empresas cada vez contribuyen menos al fisco, nos hallamos inmersos en un infierno fiscal que Montoro no ha hecho más que avivar con el cómplice silencio de muchos periodistas y economistas.

Ojalá las empresas y las familias españolas pagaran solamente un 5% de impuestos. Lejos de ser una utopía, se trata de un marco de convivencia perfectamente asequible. Pero España, por desgracia, se encuentra muy alejada de ese escenario: tanto más cuantas mayores mentiras sobre nuestra verdadera situación tributaria se sigan divulgando.

Krugman se retrata: “Las burbujas económicas no son necesariamente malas”

En el año 2012, durante su visita a España, Paul Krugman declaró a Libre Mercado que "bromeaba cuando pidió que se crease una burbuja inmobiliaria en Estados Unidos".

La hemeroteca parecía apuntar lo contrario, como vemos en sus artículos para el New York Times y otros medios de comunicación. Sin embargo, Krugman negó la mayor y declaró que esta polémica informativa reflejaba "el bajo nivel intelectual del debate económico actual".

Dos años después, Krugman vuelve a las andadas. Más concretamente, ha hecho las siguientes declaraciones a la revista de la Universidad de Princeton:

Las burbujas son malas en una economía que roza el pleno empleo, pues llevan a un mal uso de los recursos y alimentan la inestabilidad financiera. Sin embargo, en una economía en depresión, hasta un gasto poco calculado puede ayudar a crear empleo. Por eso, las burbujas no son necesariamente malas.

Krugman fue más allá y apuntó lo siguiente:

Hay razones para pensar que estamos viviendo en una era de persistente flaqueza económica. Esto significa que solamente sentiremos la prosperidad en periodos de burbujas.

La entrevista también deja algunas reflexiones llamativas. Así, en opinión del economista estadounidense, "aunque en los 90 existía un consenso en torno a la conveniencia de mantener la inflación en niveles del 2%, hoy yo defiendo que se sitúe en el umbral del 4%".

En este sentido, apuntó además que los tipos de interés "no están en niveles artificialmente bajos" y, de hecho, señaló que "ya que no hay pleno empleo, podríamos decir que los tipos son demasiado altos", algo curioso en un contexto cercano al 0%.

Duplicar el salario mínimo

Krugman también ha afirmado recientemente que "duplicar el salario mínimo, pasando de $8 a $15 dólares por hora, no tendría un efecto negativo en términos de empleo". En este sentido, llama la atención que allá por 1998, el Premio Nobel de Economía afirmaba tajante lo siguiente:

Cualquier estudiante de Primero de Economía sabe que subir los sueldos reduce la demanda de trabajadores, por lo que esto conlleva un aumento del desempleo. Es curioso que mucha gente de izquierdas lo ignora y pide grandes aumentos del salario mínimo.

Parece obvio que estos activistas quieren creer que el precio del trabajo puede fijarse según consideraciones de justicia y no de oferta y demanda. Ignoran los efectos secundarios que tienen estas recetas.

Juncker y la derecha

En las crónicas sobre la elección del político luxemburgués Jean-Claude Juncker como presidente de la Comisión Europea hubo un calificativo unánime: "De derechas".

El señor Juncker se opuso radicalmente a la austeridad, y afirmó que en Europa los gobiernos habían pecado por haberla practicado en exceso. Ahora ha llegado el momento de "impulsar el crecimiento y el empleo". ¿Cómo se hace eso? Pues muy sencillo: con más gasto público. Y Juncker, que es un señor de derechas, como nos insistían los medios de comunicación, propuso gastar en grandes cantidades, y esos medios se entusiasmaron con la idea de "movilizar" –que es como se dice ahora gastar, pero en plan guay– 300.000 millones de euros, nada menos. Asimismo, el nuevo presidente electo, de derechas, sugirió que habíamos ido demasiado lejos en el frenesí liberal y que había que intervenir más, por ejemplo, subiendo el salario mínimo.

Una forma de analizar este asunto es, naturalmente, subrayar su naturaleza disparatada. Los gobiernos no han sido los protagonistas de la austeridad, sino que se han lanzado a imponer la austeridad sobre sus súbditos, subiendo los impuestos. En ese proceso profundizaron la crisis y retrasaron la recuperación. No se impulsa el crecimiento y el empleo aumentando el gasto público, es decir, la presión fiscal, sino más bien al contrario.

Otra manera de verlo es comprender lo insensatas que resultan las etiquetas políticas cuando lo que prevalece, como diría Hayek, es el socialismo de todos los partidos. Lo comprobamos en nuestro país cuando Barbie subió los impuestos para defender el Estado del Bienestar, copiando punto por punto la barbaridad perpetrada antes por Smiley.

No tiene sentido, en efecto, insistir en que Juncker es de derechas cuando todas sus recomendaciones podrían ser perfectamente asumidas por la izquierda. Y los socialistas europeos hicieron efectivamente el ridículo negándose a apoyarlo cuando decía lo mismo que ellos.

El Señor No

Fue hace dos años y medio. Era mi primer debate televisado en horario de máxima audiencia y la cuenta atrás para el directo se me hizo eterna. Repasé cien datos para estar a la altura de las circunstancias, saludé a los demás invitados y me dispuse a ocupar mi asiento. En ese momento entró en el estudio el profesor José Barea, cuya participación en el programa se había cerrado en el último minuto. Todos los allí presentes se levantaron casi al instante y acudieron a saludarle con admiración.

Comenzó el debate y Barea no tardó en sentar cátedra. A sus 89 años sufría ya un grave problema de movilidad… pero se convertía en un gigante de la divulgación en cuanto la luz roja de la cámara se encendía. Durante dos horas pude ver cómo aquel hombre de tan avanzada edad brillaba con luz propia a la hora de rebatir los argumentos de la irresponsabilidad fiscal, esos que siempre le irritaron.

Muchos recordarán a Barea como el artífice de la estabilidad fiscal alcanzada por el Gobierno de José María Aznar. Desde la Dirección de la Oficina Presupuestaria de La Moncloa, Barea promovió medidas de austeridad que, desplegadas a lo largo de dos legislaturas, redujeron el gasto público de más del 44 a menos del 38% del PIB. Estas decisiones, que en ocasiones le generaron roces con el equipo del ministro Rodrigo Rato, fueron sin duda esenciales para que España entrase en el la Moneda Única y también para que los españoles se ahorrasen cientos de euros al año en sus pagos a Hacienda.

Dentro y fuera del aznarismo se recordó al veterano profesor como un especialista en el diseño de políticas de ahorro fiscal. Algunos le llamaban "profesor manostijeras", aunque en el círculo más cercano al Gobierno también era habitual escuchar a quienes se referían a él como el "Señor No", por las recurrentes negativas que daba la Oficina Presupuestaria cada vez que se proponía una expansión del gasto público o una medida incoherente con los objetivos de responsabilidad fiscal.

En 2012, coincidiendo con aquel debate en el que participamos, fue el Gobierno de Esperanza Aguirre el que quiso contar con su consejo para configurar los presupuestos autonómicos. En una entrevista que mantuvimos tras su salida del Ejecutivo regional, el ya exconsejero Percival Manglano me habló de las reuniones en las que el profesor Barea se unió al equipo de gobierno y, como había hecho antaño, volvió a identificar nuevas vías de ahorro.

Más recientemente, el profesor pidió al Gobierno de Rajoy que hiciese lo propio y apostase por menos impuestos y más recortes del gasto. Advirtió además de que el "excesivo uso de la imposición fiscal" es "contraproducente" y genera “asfixia” al sector privado. Esto mismo defendía por aquel entonces David Taguas, quien también nos dejó este año, sin duda demasiado pronto.

Nunca faltarán los que critican la "inflexibilidad" de hombres coherentes y serios como Barea. Pues bien, como en su día afirmó el columnista conservador George F. Will, debemos darle un enfático sí a quienes, como Barea, no dudaron en decir no ante el tipo de recetas que, cuando han sido aplicadas, han llevado a España a la crisis y el empobrecimiento.

Descanse en paz, profesor. Fue un honor debatir con usted.

Emigración fiscal: las empresas huyen

"You gave me nothing at all, now let me give it to you. You taught me how to be cruel, now let me try it on you” Jim Steinman.

Cada vez que leo esas estimaciones de cuento de la lechera sobre ingresos fiscales futuros si subimos los impuestos a los ‘ricos’ o a las grandes empresas, me sorprende la ingenuidad de pensar que se va a quedar aquí alguien a esperar el expolio. Nunca he visto una sola estimación de esas que refleje una posible pérdida de actividad económica. Todas parten de la base de que nada cambiaría. Y me consterna lo poco que miramos al exterior. Porque a los aristócratas del gasto público siempre les parece que usted gana mucho y que ellos gastan poco. Y que “aquí no va a pasar”.

Pues bien, desde hace años, el fenómeno de emigración fiscal, los inversion deals de Estados Unidos, es algo que deberíamos analizar, y con preocupación, en esta Unión Europea que ya sufre el goteo de empresas fuera de su territorio –lo que yo llamo el “Depardieu silencioso”-. Por favor, ténganlo en cuenta porque corre el peligro de acelerarse.

¿QUÉ ES UN ‘INVERSION DEAL’?

Imagine que tiene usted una empresa y le cobran unos impuestos muy altos. Adquiere o se fusiona con otra en un país más amigable fiscalmente y traslada la sede corporativa a dicha nación. Así, el nuevo grupo, además de todas las razones estratégicas para unirse, se beneficia de un mejor trato fiscal. Lo acaba de hacer Burger King.

No es fácil de conseguir. La empresa fusionada debe tener menos del 80% de su accionariado dentro de los Estados Unidos, y al menos un 25% de la actividad del nuevo grupo debe generarse en la nueva sede social.

¿SE HACEN SÓLO POR NO PAGAR IMPUESTOS?

Este es un gran error mediático. El problema, en gran parte de los casos, no son sólo los impuestos que se pagan, sino la burocracia y trabas para generar actividad económica. Gran parte de las empresas que han dejado Estados Unidos por Canadá o Irlanda también lo hacen porque las condiciones para su actividad son más atractivas.

Dada la complejidad de hacer el cambio de domicilio social, estas transacciones suelen tener una lógica estratégica muy clara. Las fusiones ‘criticadas’ por el gobierno de Estados Unidos desde 2004 han creado más de 6 millones de puestos de trabajo en todo el mundo y a nivel global generan mayores ingresos fiscales en los países donde operan, según UBS (“A New Wave of Tax Inversions”).

Por lo tanto, una gran parte de la queja de la administración Obama no es justificable desde el punto de vista social, sólo desde la perspectiva recaudatoria de su país. Según el Congreso, entre 2015 y 2024 se podrían perder unos 19.500 millones de dólares de ingresos fiscales. No hablan de cuánto se podría ganar bajando cinco puntos el impuesto de sociedades. Una cantidad equivalente si asumimos los mismos márgenes y beneficios generados en 2014 y un 1,6% anual de crecimiento del Producto Interior Bruto (PIB).

Esa preocupación “por ingresos perdidos” no existiría si bajasen los impuestos. Pero eso no se les ‘ocurre’. ¿Es una carrera a cero? Pues claro que no, ya que las empresas funcionan con muchos baremos de riesgo y oportunidad. Si la fiscalidad es competitiva, no se van por pequeñas diferencias. Hay muchos factores relevantes.

¿SE PUEDEN EVITAR LEGISLANDO?

En Estados Unidos el impuesto sobre sociedades es uno de los más altos de la OCDE. En vez de reducirlo, se implementaron leyes para evitar las fusiones emigratorias, una en 1983 y otra, muy dura, en 2004. El congreso impuso su “Acta de Creación de Empleo Americano” de 2004 (American Jobs Creation Act). Por supuesto, en poco tiempo se dispararon los inversion deals. Entre 2007 y 2014 se han llevado a cabo más ‘emigraciones’ de empresas saliendo de Estados Unidos que en todo el periodo 1981-2003, según elCongressional Research Service.

La represión legislativa y las llamadas al patriotismo, incluso proclamas inflamatorias de “boicot” a las empresas, no han funcionado. Sin embargo, en vez de facilitar una transición a un entorno fiscal y legislativo más competitivo, y sólo una mejora de 5 puntos habría bastado, la solución que propone la Administración Obama es legislar de nuevo. Y no va a funcionar.

¿Por qué debemos temerlo en Europa?

Cuando contamos con el dinero de los demás para mantener el gasto hipertrofiado, al menos deberíamos cuidar a nuestra gallina ponedora. Y el riesgo en Europa de una oleada de emigraciones es alto.

Primero, nos engañan con mensajes recaudatorios hablando de “la baja tributación de las grandes empresas”. Es falso que las grandes empresas tributen un 6%. Más del 89% tributa por encima del 27% tras excluir las minoraciones por doble imposición, según los datos del Informe Anual de Recaudación 2013 de la Agencia Tributaria.

Además, en el Eurostoxx 50 la enorme mayoría de las grandes empresas se han comportado como “seguridades sociales encubiertas”. Superan en un 17-20% en media a sus comparables norteamericanas en número de empleados. De hecho, si se analiza con respecto a ingresos, en algunos sectores, como telecomunicaciones, infraestructura o energía, las empresas europeas cuentan con una media de hasta un 30% más de empleados que sus competidoras estadounidenses o británicas. Las empresas del S&P 500 (Estados Unidos) se encuentran en una situación de caja y deuda mucho más sólida que sus comparables europeas

Adicionalmente, y si consideramos todas las cargas –verdes, regionales, locales, tarifas sociales, etc- las mayores empresas europeas pagan en impuestos hasta un 40% de su beneficio operativo nacional. Por darles un ejemplo, la segunda mayor empresa industrial española paga en nuestro país el equivalente al 51% de su Ebitda generado en el territorio nacional.

Esa combinación explosiva de menor productividad y fiscalidad creciente no ha generado aún un gran número de ‘emigraciones’ como en Estados Unidos por tres razones:

  • En Europa, las grandes empresas mantienen una nada desdeñable simbiosis con los estados. Y esa es, en parte, la razón por la que tienen más empleados y tienen objetivos menos exigentes de rentabilidad y retorno al accionista.
  • Muchas grandes empresas europeas suelen tener ‘activos cautivos’. Es decir, es difícil trasladarse a otro país cuando se tienen enormes activos regulados o concesiones.
  • Una cuestión ‘cultural’. Gestores que llevan muchos años, incluso décadas, desarrollando una carrera entre una y otra empresa local. Por ello tienen un incentivo personal ‘nacional’. No tienen nada más que ver las rarísimas ocasiones en las que los consejeros delegados y directivos de las empresas son extranjeros.

Pues bien, si contando todas esas ‘barreras’ el goteo de externalización de actividades es inexorable, piensen lo que puede ocurrir si se imponen las propuestas de aumentos de impuestos del cuento de la lechera. Veremos, igual que ocurrió en Estados Unidos en 2004, un éxodo empresarial sin precedentes. Obama contaba con una fidelidad al recaudador nacional eterna, y además creciente. Se equivocó. Europa, que parte de una situación fiscal –incluyendo todos los tributos- mucho más onerosa, no puede hacer lo mismo.

No podemos poner puertas al campo. Pensar que vamos a evitar la internacionalización y optimización fiscal con represión es un enorme error. Los ingresos fiscales crecen con la actividad económica, no por decisión de un comité.

Los impuestos, queridos amigos, son el pago de un servicio, no el rescate de un secuestro. Algún día lo recordaremos.  

Casi toda la izquierda europea gira hacia el liberalismo

El cambio de tendencia comenzó en los países nórdicos, entre finales de los años 80 y comienzos de la década de los 90. La crisis económica que atravesaban las economías escandinavas obligaba a replantear elmodelo socialdemócrata desarrollado con intensidad en décadas anteriores. Suecia es el caso de estudio más interesante de todos, pues, desde entonces, ha desarrollado reformas de mercado orientadas a bajar impuestos, reducir gasto público, liberalizar sectores y flexibilizar mercados.

En la Suecia de aquellos años, el Estado controlaba directamente el 70% del PIB, el número de funcionarios duplicaba la media de la OCDE, el paro llegaba al 14%, la deuda de las Administraciones se había duplicado y el déficit sobrepasaba el 11% del PIB. El desorden monetario era tal que su corrección implicó subir los tipos de interés por encima del 500%. En resumen, el mito sueco y su avanzado modelo de Estado del Bienestar se vino abajo.

Comenzó entonces un proceso de cambios en el que los partidos de centro-derecha llevaron la voz cantante, si bien la izquierda pactó el desarrollo de estas reformas y, en algunos casos, las profundizó. Sectores intervenidos fueron desregulados, los impuestos se redujeron legislatura tras legislatura, el sistema de pensiones incorporó cuentas de ahorro individual (fórmulas de capitalización parcial), empresas y fundaciones privadas entraron a competir con el sector público en los servicios de educación y la sanidad -el contribuyente decide libremente el centro al que acudir-.

En suma, se desmontó buena parte del modelo socialdemócrata previo y se apostó por consolidar uno de los marcos económicos más liberales del mundo, como acreditan los índices de apertura de la Fundación Heritage o el Instituto Fraser.

El trío Blair, Schröder y Clinton

Para la izquierda europea, el giro de sus socios escandinavos supuso el primer paso en un progresivo cambio hacia ideas más favorables al libre mercado y cada vez más alejadas del socialismo tradicional. En Gran Bretaña, por ejemplo, buena parte del mandato de Tony Blair estuvo marcado por la continuación de las recetas liberales implantadas por Margaret Thatcher y John Major.

El siguiente componente en esta historia llegó por la vía alemana, con el canciller Gerhard Schröder como protagonista. Bajo su mandato, el país teutón abordó sus problemas de competitividad a principios de la pasada década a través de un programa centrado en liberalizar el mercado laboral y reformar los programas de gasto público que afectan negativamente a la creación de empleo.

Desde Estados Unidos, el ejemplo de Bill Clinton también alentaba a la izquierda europea en su giro centrista. El presidente norteamericano impulsó el libre comercio con Canadá y México, bajó algunos impuestos, congeló el crecimiento del gasto público, aprobó medidas de liberalización en sectores cerrados a la competencia, etc.

La era Clinton se caracterizó, en gran medida, por menos Estado y más mercado, si bien es cierto que parte de estos cambios tienen mucho que ver con la presión de los legisladores republicanos, que, entonces, actuaron de manera similar a los parlamentarios del Tea Party, quienes, desde 2010 hasta hoy, han obligado a Obama a olvidarse de muchas de sus pretensiones económicas más intervencionistas.

Valls, Macron y el inesperado giro de Hollande

Hasta ahora, la izquierda política en los países del sur de Europa se mantenían al margen de este giro pro mercado protagonizado por sus colegas del norte, resistiéndose a abandonar sus viejos postulados. Sin embargo, la Gran Recesión ha planteado un interesante reto a este particular inmovilismo, ya que la respuesta a la crisis ha ido cambiando de perfil conforme han pasado los años y el euro ha actuado como una camisa de fuerza que, de una u otra forma, impone el necesario reformismo.

La prueba más evidente es Francia. El país galo eligió como presidente a François Hollande con ánimo de plantear un giro hacia políticas económicas más socialistas. El mandatario francés cumplió sus primeros años en el cargo rodeado de entusiastas de este tipo de políticas, por lo que tanto la agenda regulatoria como las decisiones fiscales se caracterizaron por la hostilidad hacia la economía de mercado. La punta de lanza de esta estrategia inicial era el polémico gravamen del 75% que Hollande defendía para las rentas altas.

Sin embargo, los malos resultados cosechados han obligado al dirigente galo a replantearse el rumbo económico de su país. El principio del cambio llegó con el nombramiento de Manuel Valls como primer ministro. Este giro inauguró una fase reformista marcada por el compromiso de reducir el gasto público en 50.000 millones de euros. Para unas Administraciones que acumulan cuarenta años de déficits presupuestarios, esta poda supone, sin duda, un cambio de tercio y una ruptura con las propuestas de gurús socialistas como Thomas Piketty.

La consolidación del progresivo movimiento de Hollande hacia ideas más liberales llegó en agosto de 2014, con el nombramiento del segundo gobierno de Manuel Valls. En este nuevo gabinete se prescindió de aquellos ministros que se oponían a las medidas de austeridad y liberalización planteados, incorporándose en su lugar técnicos que sí abogan por aplicar este tipo de recetas.

El caso más ilustrativo es el de Emmanuel Macron, que sustituye al díscolo Arnaud Montebourg al frente del Ministerio de Economía. Desde el primer momento, Macron ha dejado claro que pretende establecer una alianza firme con el ministro de Finanzas, Michel Sapin, para "recuperar la confianza de los inversores y de los franceses".

Al hilo de nombramientos como el de Macron, diarios como Les Echos y Le Parisien hablan ya abiertamente de un cambio de Hollande hacia postulados favorables a la economía de mercado. Desde el periódico Libération se apunta que la llegada de Macron servirá para fortalecer "el rigor presupuestario y los lazos con el sector privado". Le Figaro, por su parte, entiende que el nuevo "hombre fuerte" del Ejecutivo "simboliza el giro de Hollande hacia el socio-liberalismo", mientras que Le Monde ve en su desembarco "la llegada al poder del ala derechista del Elíseo".

El tiempo demostrará la profundidad de las reformas que se esperan de Macron. De momento, ya sabemos que fue este joven banquero quien, desde su rol como asesor, convenció al presidente francés de la necesidad de aprobar el programa de austeridad anunciado por Manuel Valls tras su nombramiento como primer ministro.

Esta ronda de recortes también incorpora una importante rebaja de impuestos para empresas y familias, algo que ha fortalecido la imagen de Macron como un ideólogo liberal capaz de tumbar la resistencia al cambio de los sectores más izquierdistas del socialismo galo.

Renzi anuncia rebajas fiscales

Asimismo, el primer ministro transalpino, Matteo Renzi, también parece enmarcarse en una tendencia más favorable a la economía de mercado, por lo que tanto Francia como Italia acaban de iniciar una senda que, hasta ahora, tan sólo había pisado la izquierda del norte de Europa.

Renzi se ha propuesto bajar impuestos a las rentas bajasreformar el mercado laboral para abaratar y facilitar la contrataciónreducir el gasto de las Administracionescontinuar el plan de privatizaciones aprobado por el gobierno anterior, acabar con los privilegios sindicales

Desde círculos anti-capitalistas, estas medidas han sido recibidas con gran hostilidad. Esto vendría confirmando que, efectivamente, el nuevo Ejecutivo transalpino apuesta por abandonar las posiciones sostenidas hasta ahora por la izquierda italiana, abrazando en su lugar una agenda de reformas basada en promover la libertad económica desde diferentes frentes. El tiempo dirá si esta voluntad se traduce en cambios significativos.

Mientras, desde los partidos de izquierda de España, Grecia y Portugal se observan estos cambios con una mezcla de escepticismo y hostilidad. Al fin y al cabo, el revés que supone el giro liberal de sus homólogos en el resto de Europa, convierte a los socialistas del sur en un anacronismo exótico, anclado en viejas ideas que poco o nada aportan al debate económico en el siglo XX.

Las alarmantes cifras del ‘infierno fiscal’ español

Esta semana hemos conocido que las Comunidades Autónomas han aprobado 84 subidas de impuestos entre 2012 y 2013, pero semejante aumento no fue suficiente para evitar un desplome de la recaudación derivada de los tributos regionales.

Semejante tsunami fiscal no cogerá por sorpresa a quienes siguen desde hace años este tipo de informaciones. De hecho, si ampliamos el campo de estudio para considerar también el año 2011, llegamos a una cifra aún más escalofriante, ya que las autonomías han subido más de 120 veces los impuestos desde entonces hasta 2014.

La creatividad de los legisladores regionales para generar nuevos ingresos fiscales es arrolladora. No en vano, en 2013 conocimos que las Comunidades Autónomas han creado 42 nuevos tributos a lo largo de la crisis, lanzando nuevos gravámenes que se aplican a todo tipo de actividades económicas. En total, la CEOE calcula que hay 100 gravámenes propios ligados a las Haciendas autonómicas, si bien la recaudación que generan no llega al 2% de los ingresos tributarios regionales. 

Sin embargo, el Gobierno central no se ha comportado de forma muy distinta. En círculos empresariales se habla ya de las "50 Sombras de Brey" para referirse al medio centenar de medidas con las que, directa e indirectamente, el Ejecutivo de Mariano Rajoy ha revisado al alza la factura tributaria que pagan las sociedades españolas. A esto se unen las múltiples subidas de impuestos aprobadas bajo Gobierno de Rodríguez Zapatero: IRPF, Impuesto de Sociedades, IVA, Impuestos Especiales…

A nivel local, el escenario tampoco es mucho más favorable para los contribuyentes. El caso más sangrante es el Impuesto de Bienes Inmuebles, un tributo cuya recaudación no ha caído en ninguno de los años de la crisis.

De hecho, el esfuerzo de los contribuyentes para el pago de este gravamen no ha parado de crecer: si en 2008 suponía 8.352 millones, los últimos datos disponibles (2012) elevan esta cifra hasta casi 12.000 millones. Hablamos de un aumento del 53% en apenas un lustro.

Hay regiones en las que las alzas del IBI han sido especialmente drásticas. Los municipios andaluces están a la cabeza, ya que ingresan por este concepto una cantidad equivalente al 1,49% del PIB regional, o lo que es lo mismo 2.100 millones de euros. El segundo lugar lo ocupa la Comunidad Valenciana, con un podio completado por Murcia, donde las subidas del IBI en los Ayuntamientos suponen, de media, un crecimiento del 66%.

Presión fiscal y esfuerzo fiscal

Cuando se analiza la recaudación total de las Administraciones Españolas en comparación con el PIB, vemos que la presión fiscal española se coloca por debajo de la media europea. Esto no significa necesariamente que España sea un país de impuestos bajos, ya que el resto del Viejo Continente se caracteriza precisamente por extraer un alto nivel de rentas del bolsillo de los ciudadanos.

No obstante, la variable clave para analizar la incidencia de los impuestos en el bolsillo de los españoles no es la presión fiscal (recaudación sobre PIB), sino el esfuerzo fiscal (pago efectivo de impuestos sobre la renta de las personas físicas o los beneficios empresariales). Es aquí donde comprobamos que España se coloca a la cabeza de Europasuperando la media continental en un 20%.

¿Cómo se explica entonces que la recaudación total, medida por la presión fiscal, suponga un porcentaje más bajo sobre el PIB? La razón estriba en la estrechez de la base de contribuyentes. Con un paro superior al 25% y miles de empresas quebradas, el esfuerzo fiscal crece enormemente porque quienes cargan con el grueso de la recaudación son cada vez menos personas, mientras que el gasto público que se quiere financiar vía impuestos o deuda no se ha reducido durante la crisis, sino que ha aumentado.

Por tanto, el particular infierno fiscal de España se caracteriza porque un número cada vez más pequeño de contribuyentes (empresas y trabajadores) soporta un nivel de imposición cada vez más alto.