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Etiqueta: Fiscalidad

Sánchez = Gónzalez + Zapatero

España tiene un problema de oferta, no de demanda. Nuestra crisis no viene de que gastemos poco, sino de que producimos mal. Y producimos mal no por haber gastado poco, sino porque durante años nos emborrachamos en una orgía de gasto financiada por el hiperendeudamiento. La prueba más evidente de que no estamos ante un problema de demanda sino de oferta es que, tan pronto como ha vuelto a aumentar el gasto interno, las importaciones se han disparado: como no producimos en casa lo que necesitamos, hemos de traerlo de fuera.

Así las cosas, la solución a nuestras dificultades no pasa por regresar a la economía del pelotazo y de la burbuja, sino por cambiar nuestro modelo productivo: menos ladrillo y menos bancos a cambio de más servicios profesionales, más industria, más manufacturas, más tecnología de la información, más turismo o incluso más agricultura. Dejar de gastar lo que no producimos y pasar a producir lo que queremos gastar.

Claro que las políticas de oferta suelen requerir de una actitud más pasiva del Gobierno: sabiendo como ya sabemos que el modelo productivo no lo crean los políticos sino que lo descubren los empresarios en un entorno de libre competencia, la actitud de un Ejecutivo que aplicara políticas de oferta debería limitarse a liberalizar la economía y a estabilizar las finanzas públicas bajando impuestos. Demasiado para el cuerpo de quienes aspiran a regresar a la España del burbujón a golpe de talonario. De ahí que el nuevo PSOE de Pedro Sánchez no haya podido contenerse a la hora de proponer, dentro de un decálogo de supuestos remedios para la crisis, dos medidas novedosas y de probada eficacia: depreciar el euro y un plan de estímulo europeo para los países del Sur. 

Ideas frescas consistentes en rescatar los planes de choque anticrisis de Felipe González (depreciar la peseta) y de José Luis Rodríguez Zapatero (Plan E). Es decir, tratar de sostener el agrietado modelo productivo del burbujón mediante el estímulo pauperizador del gasto: abaratar indiscriminadamente producción, activos y mano de obra interna para que algún extranjero tenga a bien comprar (depreciación), o sustituir la extinta demanda burbujística privada por una incipiente demanda burbujística pública (plan de estímulo). Dopar la demanda para intentar conservar la misma oferta deficiente.

Depreciar la moneda es un error, ya que hace pagar a justos por pecadores. Todos los precios de venta al exterior se ajustan a la baja en la misma medida; todos los precios de compra desde el exterior se ajustan al alza en la misma medida. Las empresas competitivas con excelentes modelos de negocio pueden entrar en pérdidas y las empresas no competitivas con pésimos modelos de negocio pueden volverse rentables: revigorizar el ladrillo (no importa sus factores productivos) a costa de empobrecer a las Apple Stores (sí importan sus mercancías). Tres cuartos de lo mismo sucede con los salarios: la depreciación rebaja las remuneraciones a los trabajadores ocupados para intentar (con escaso éxito) que los parados encuentren empleo sin tener que minorar sus salarios nominales. La medida, como decíamos, ya la puso en práctica Felipe González a lo largo de los 80 y comienzos de los 90: desde 1982 la peseta se depreció un 50% frente al marco y su éxito fue tan atronador que el paro no bajó ni un solo año del 16% (y durante la mitad del felipato estuvo por encima del 20%). Tampoco cosechamos ni un solo superávit exterior desde 1987: señal de la portentosa competitividad que logró nuestra economía merced a las sucesivas rondas de depreciaciones.

Aprobar planes de estímulo es otro error, pues equivale a rescatar a los sectores económicos que destruyen valor a costa de los que lo crean. Endeudar y subir los impuestos a Inditex para salvar a las constructoras a través de obra pública. La medida ya la puso en marcha Zapatero en 2009, con los magníficos resultados por todos conocidos: el paro aumentó en 1,5 millones de personas en apenas un año y el déficit público se disparó por encima del 11% del PIB, por lo que se vio forzado a aprobar, apenas doce meses después, el famoso tijeretazo.

Sí, sé que me pondrán como ejemplo de plan de estímulo exitoso las experiencias de EEUU y el Reino Unido, pero tengan presente un detalle a propósito de sus modelos productivos: en 2007 la construcción pesaba el 5,5% del PIB en EEUU, el 7% en el Reino Unido y el 12,5% en España. Desde entonces, la construcción en EEUU ha caído al 4,5%, en el Reino Unido al 6% y en España al 7%. ¿Entienden quién necesita un cambio de modelo productivo? ¿Quién necesita reemplazar intensamente sectores enteros de sus economías? Sólo si nuestro objetivo fuera que la construcción regresara al 12,5% del PIB tendría sentido tirar de la demanda sin cambiar el modelo productivo.

Justo ésa ha sido la pauperizadora estrategia que ha seguido Japón desde el colapso de su economía a principios de los 90: los distintos gobiernos nipones recurrieron a intensos y recurrentes déficits públicos que elevaron la deuda pública desde el 70 al 240% del PIB, con el maravilloso resultado de que su renta per cápita apenas ha crecido de media un 0,6% al año (en EEUU, a más del doble de velocidad) y sus salarios reales han caído más de un 10% (sí, Japón tiene pleno empleo a costa de dos décadas de deflación salarial).

España no necesita perseverar con las políticas de demanda sino dar una oportunidad a las políticas de oferta: menos impuestos, menos gasto público y más libertad económica. Pedro Sánchez sólo nos propone resucitar a Felipe González y a José Luis Rodríguez Zapatero para rescatar un modelo productivo mortecino socializando sus pérdidas entre todos los españoles. Éxito asegurado.

El sector público se aúpa como el mayor deudor de España en 2014

En 2008, la inmensa mayoría de la deuda española era deuda privada: veníamos de una burbuja de endeudamiento barato financiada por ese monopolio público llamado BCE y los pasivos de las Administraciones Públicas apenas suponían el 18% del total, mientras que los pasivos de familias y empresas no financieras ascendían al 82%.

Fruto de aquellos polvos, los distorsionados lodos actuales. Tras cinco años de crisis, el sector privado ha ido desapalancándose con fuerza (382.000 millones de euros de menor deuda, desde finales de 2008), y el sector público ha pasado a hiperendeudarse (560.000 millones de mayor deuda desde entonces), con lo que la radiografía del endeudamiento en España debe cambiar. 

A junio de 2014, y a partir de los datos del Banco de España, la deuda privada familiar es de 772.000 millones de euros, la deuda privada empresarial es de 0,98 billones de euros y la deuda pública de 1,058 billones de euros. Conviene aclarar que los algo más de 50.000 millones de pasivos de empresas públicas los he incluido, a diferencia de lo que hace el Banco de España, entre la deuda pública y no entre la deuda privada empresarial.

De este modo, los porcentajes cambian un poco: la deuda pública ya no es el 18% del total, sino el 37,5%, y el peso de la deuda empresarial cae del 48% al 35%. A partir de enero de 2014, el sector público pasó a ser el sector institucional con más deuda en España, superando no sólo al sector de las familias, sino también al de las empresas no financieras.

Tal vez deberíamos pensárnoslo dos veces antes de afirmar que el problema de España es la deuda privada y no la deuda pública. Evidentemente, la deuda privada es un problema, pero la deuda pública también es un problema. Diría más, la deuda privada va siendo cada vez un problema menor, mientras que la deuda pública se está convirtiendo en un problema expansivamente mayor. Confío en que el último gráfico termine de aclarar el muy peligroso camino que estamos siguiendo.

España debería imitar a Gibraltar

Gibraltar se ha convertido en una auténtica tradición veraniega. Es llegar agosto y el Peñón pasa a ocupar las portadas de los principales periódicos. En 2013 el protagonismo recayó en los polémicos bloques de hormigón lanzados por el Gobierno gibraltareño en la bahía de Algeciras, pero en 2014 la atención se centra en el increíble descubrimiento realizado por la Oficina Europea de la Lucha contra el Fraude (OLAF).

Resulta que el citado organismo comunitario sospecha ahora que en Gibraltar podrían desarrollarse actividades relacionadas con el contrabando de tabaco y el blanqueo de capitales. ¡Oh, sorpresa! Los investigadores… bien merecido tienen su sueldo ante tamaña revelación, sin duda. Sin embargo, lo interesante no radica en la veracidad o no de tales acusaciones, sino en la absurda y retrógrada reacción que ha suscitado entre las autoridades políticas españolas. El PP, en un nueva muestra de la liberticida y profundamente estatista ideología que profesa, se ha apresurado a aplaudir el citado dictamen porque, de este modo, puede justificar los rígidos controles policiales aplicados en la Verja a lo largo de los últimos meses, pese a los graves inconvenientes causados a la población de La Línea. Pero lo más triste es que los dirigentes populares se han agarrado al informe de la OLAF para culpar a Gibraltar del bochornoso drama económico que padece la provincia de Cádiz y del dinero que deja de recaudar Hacienda a causa del contrabando de tabaco. Es decir, los políticos patrios vuelven a usar el Peñón como excusa para esconder sus propias vergüenzas.

No en vano, más allá del histórico conflicto que mantienen España y Reino Unido sobre la soberanía del territorio, si en algo coinciden PP, PSOE y hasta IU es, precisamente, en criticar su baja fiscalidad, acusando a Gibraltar de "competencia desleal" y, por tanto, de dañar la economía situada a este lado de la Verja, incluso de restar recursos a las arcas públicas, sin pararse a reflexionar mínimamente en el origen real del problema, a saber: que el atraso de Andalucía, especialmente en Cádiz, y la menor riqueza de España frente a Gibraltar radican en la elevada fiscalidad y el intenso intervencionismo que ejercen tanto PP como PSOE. Además, el espectacular aumento que ha registrado el contrabando de tabaco en los últimos años –protagonizado, en todo caso, por españoles– no se debe a la existencia del Peñón, sino a la brutal subida de impuestosaplicada por los distintos Gobiernos nacionales, hasta el punto de duplicar el precio de la cajetilla.

¿Cómo es posible que la renta media de los gibraltareños ronde los 50.000 euros al año y en Cádiz, cien metros más allá, apenas supere los 17.000? ¿Por qué la tasa de paro en Gibraltar es del 3% y, sin embargo, los gaditanos sufren un desempleo superior al 40%? ¿Qué explica tales divergencias? La respuesta no es otra que el marco institucional. El Peñón, con una población de apenas 30.000 habitantes, ha sabido aprovechar sus ventajas competitivas respecto a España ofreciendo una tributación mucho más atractiva y simple a empresas e inversores, al tiempo que garantiza la seguridad jurídica y facilita el desarrollo de la actividad empresarial. Todo lo contrario de lo que sucede aquí.

Su marco legal y jurídico se rige por la legislación británica (Common Law), la principal referencia mundial en el ámbito de los negocios debido a su certidumbre y agilidad, lo cual permite proteger eficazmente los derechos de propiedad privada y dirimir de forma rápida los posibles conflictos que surjan entre los agentes; su sistema monetario, basado en la libra esterlina, es estable, con una inflación baja, y libre circulación de divisas, sin restricción alguna en los tipos de cambio; su mercado laboral es muy flexible y libre; con grandes facilidades a la hora de crear empresas y poder desarrollar libremente su actividad; pero su principal punto fuerte es su baja fiscalidad, ya que ofrece un entorno muy atractivo para empresas e inversores: su Gobierno no aplica IVA ni tasas indirectas sobre la compraventa de bienes y servicios, las plusvalías están exentas de impuestos, al igual que el patrimonio o las herencias, el Impuesto de Sociedades es del 10%, sólo se tributa por los ingresos obtenidos en el Peñón, y, bajo ciertas condiciones, los trabajadores altamente cualificados desplazados a Gibraltar se pueden beneficiar de un pago máximo en IRPF, con independencia de lo que ganen, además de ofrecer grandes ventajas a los fondos de inversión para poder competir con la poderosa e influyente City londinense.

Por último, es cierto que Gibraltar es un centro financiero internacional de primer orden, pero, a diferencia de lo que se aduce habitualmente, no está calificado oficialmente como paraíso fiscal -entendido como un centro para lavar dinero procedente de delitos-, ya que cuenta con acuerdos de colaboración con los principales países desarrollados. De hecho, figura en la lista blanca de la OCDE en cuanto a transparencia tributaria. Así pues, culpar a Gibraltar de los males que padece Cádiz o del contrabando de tabaco es tan absurdo como acusar a los empresarios de explotar a sus trabajadores, a los países ricos de la desdicha que sufren los pobres, a Andorra del elefantiásico Estado francés o a España del progresivo deterioro económico que padece Cataluña.

Dicho de otro modo, Cádiz no es pobre porque Gibraltar sea rica, al igual que la miseria de Corea del Norte no se debe al progreso de Corea del Sur ni la extrema pobreza que padece Cuba responde al imperialismo norteamericano, tal y como sostienen las teorías socialistas de la explotación y la redistribución. Más bien al contrario, puesto que muchos gaditanos dependen, de una u otra forma, de Gibraltar. Su economía generó el 18% de los empleos y más del 12% del PIB del Campo de Gibraltar en 2007, así como el 0,42% del PIB de Andalucía, según loestudios realizados al respecto. La solución, por tanto, no estriba en que el Peñón dispare los impuestos hasta equipararlos al confiscatorio nivel de España, tal y como defienden los comunistas del Sindicato Andaluz de Trabajadores (SAT) de Diego Cañamero y Sánchez Gordillo, sino en imitar las políticas que han llevado a Gibraltar y a otros muchos países hacia la senda de la riqueza y el empleo. El enemigo de la prosperidad de España no está fuera, sino aquí, muy cerca, entre nosotros…

Puro placebo fiscal

El Gobierno lleva semanas anunciando a bombo y platillo una rebaja de impuestos que, en realidad, no es tal, y cuyo único fin, lejos de aligerar la pesada carga tributaria que soportan los contribuyentes, no es otro que el de frenar la ingente sangría de votos perdidos en los últimos dos años de cara a las próximas elecciones municipales, autonómicas y, en última instancia, generales.

La mal llamada "reforma fiscal" que acaba de aprobar el Consejo de Ministros blinda, de una u otra forma, el insostenible y confiscatorio esfuerzo tributario que impone Hacienda al conjunto de familias, trabajadores y empresas españolas. No en vano, el propio Ejecutivo de Mariano Rajoy reconoce abiertamente que su principal objetivo es mantener la presión fiscal por encima del 38% del PIB.

Es decir, su verdadera intención no es, en ningún caso, recaudar menos dinero, sino lo mismo o incluso más que en la actualidad para sostener en pie el mastodóntico sector público. Para ello, si bien es cierto que se reducen ligeramente los tipos del IRPF y Sociedades, Hacienda confía en que la recuperación económica se traduzca en un progresivo incremento de los ingresos fiscales como consecuencia del repunte de la actividad empresarial y del consumo.

En este sentido, lo primero que cabe destacar es la arriesgada estrategia del Gobierno, puesto que la recaudación es, por definición, un indicador incierto, dependiente de múltiples variables que escapan al control directo del Estado, a diferencia de lo que sucede con el gasto público. De este modo, si las previsiones oficiales de crecimiento y recaudación fallan, la reforma fiscal se podría traducir en un mayor déficit público o, como mínimo, el incumplimiento, una vez más, del objetivo de déficit marcado por Bruselas. De ahí, precisamente, que la fórmula más eficaz, a la par que beneficiosa, para eliminar dicho agujero consista en recortar los gastos.

Pero es que, además, la anunciada rebaja de impuestos deja mucho que desear. Hacienda habla de un ahorro potencial de hasta 9.000 millones de euros para los contribuyentes, pero éste se producirá de forma escalonada, entre 2015 y 2016, de modo que su total ejecución dependerá, en gran medida, del resultado que arrojen las urnas en las próximas generales. Y lo más grave es que esos 9.000 millones sólo servirán para compensar parcialmente las históricas subidas de impuestos aprobadas por Cristóbal Montoro, y la inmensa mayoría de comunidades autónomas y municipios bajo el actual mandato del PP.

Hacienda reducirá los tramos del IRPF de siete a cinco y rebajará levemente los tipos marginales de este tributo para revertir la histórica subida que aprobaron los populares nada más llegar al poder a finales de 2011. Sin embargo, este tímido alivio no compensará, ni de lejos, las subidas previas acometidas durante la crisis. Además, mantiene incólume la elevada fiscalidad sobre el trabajo (cotizaciones sociales), una de las grandes rémoras para la creación de empleo, elimina buena parte de las deducciones fiscales a las empresas, anulando así la limitada reducción de tipos en el Impuesto de Sociedades, y deja intacto el IVA, subiendo incluso el tipo aplicable en ciertos productos sanitarios en base a lo que estipula la Comisión Europea. Si se analiza en perspectiva, el nuevo plan de Montoro no tiene nada de reforma y, más que rebaja, consiste en un mero placebo fiscal para tratar de contentar a la opinión pública.

Basta señalar dos datos para percatarse del engaño. Los españoles trabajaron de media hasta el pasado 3 de julio, exclusivamente, para pagar impuestos, lo cual supone un récord histórico. Dicho de otro modo, los trabajadores dedicaron un total de 184 días al cumplimiento de sus obligaciones tributarias, con lo que el Estado se embolsa algo más de la mitad de la renta global que generan los españoles a lo largo del año, según el think tank Civismo. En concreto, un trabajador con un sueldo medio de 24.400 euros brutos destinaría 102 días a pagar las cotizaciones a la Seguridad Social, 41 días a pagar el IRPF, 25 el IVA, 11 a impuestos especiales y 5 a otros impuestos.

La cuestión es que, tras la rebaja aprobada este viernes, el Día de la Liberación Fiscal apenas se adelantaría en 9 días, hasta el 24 de junio, trabajando un total de 175 días al año para el Estado. En 2009, cuando el anterior Gobierno socialista comenzó a subir de forma sustancial los impuestos, la citada fecha caía el 9 de mayo129 días de trabajo para pagar impuestos, 55 menos que en la actualidad y hasta 46 menos una vez aplicada la particular reforma de Montoro. El esfuerzo fiscal en España se ha disparado entre un máximo del 43% y un mínimo del 36% durante la crisis, protagonizando así una de las cargas tributarias más onerosas de la UE y la OCDE.

Por otro lado, y a pesar de la fuerte caída que ha registrado la recaudación como consecuencia del pinchazo de la burbuja crediticia, el contribuyente ha sido expoliado sin contemplación alguna por la clase gobernante tanto a nivel nacional, como autonómico y local. En concreto, los ingresos del conjunto del sector público han bajado algo más de un 10% durante la crisis, desde los 433.000 millones de euros recaudados en 2007 (41,1% del PIB) a los 386.000 millones de 2013 (37,8%), pero cabe recordar que han desaparecido más de 3 millones de puestos de trabajo y decenas de miles de empresas.

El gran problema que presenta la estrategia fiscal del PP, al igual que la del PSOE, es su profundo error de diagnóstico: pensar que el desplome recaudatorio es coyuntural y no estructural. Así, en lugar de reducir el excesivo gasto público y el sobredimensionado tamaño que alcanzó el Estado al calor de la insostenible burbuja inmobiliaria, ambos partidos apostaron por sangrar a la población, cual sanguijuelas, con tal de minimizar el coste electoral de los impopulares recortes y, de este modo, mantener su privilegiado estatus.

Como consecuencia, las brutales subidas de impuestos sufridas hasta el momento no sólo dificultan el crecimiento y la creación de empleo, sino que tampoco garantizan unos servicios públicos eficaces y de calidad, sin que ello, además, haya eximido al Gobierno de experimentar un fuerte deterioro electoral. En definitiva, un fracaso absoluto que, por desgracia, no se solventará con los ridículos placebos fiscales de Montoro.

El default no sale gratis

Dicen que la confianza es algo que cuesta mucho ganar y muy poco perder. Una lección básica de civilidad que parecen no haber interiorizado quienes insistentemente reclaman desde España una auditoría de la deuda para proceder al repudio de la deuda odiosa. Un caro camelo, ése, que aísla al país del endeudamiento exterior y que, por tanto, lo margina dentro de la división internacional del trabajo. A la postre, cuando un país impaga su deuda ha de pasar a vivir con lo puesto: tanto el conjunto del sistema económico como el propio Gobierno.

Así, por un lado, el crédito internacional al conjunto de la economía desaparece, de modo que el valor de sus importaciones ha de pasar a coincidir con el de sus exportaciones (el valor de lo que compra fuera ha de coincidir con el valor de lo que vende fuera): aquellos años de malas exportaciones son también años de reducciones forzadas en sus importaciones, por esenciales que éstas puedan resultar (alimentos, medicamentos, papel higiénico, combustible…). La carestía de divisa exterior, de hecho, suele empujar al Gobierno a imponer un severo control cambiario por el cual no se permite a todo ciudadano que demanda del exterior tanto como desea o necesita. Es el Gobierno quien reparte la divisa y las licencias de importación entre su casta de amiguetes, condenando a los díscolos a la extinción económica.

Por otro, el Gobierno tampoco puede colocar sus emisiones de deuda en el exterior, de modo que sólo tiene tres remedios: o colocarlas entre los ahorradores internos a tipos de interés crecientes, o colocárselas al sistema financiero interno a costa de generar inflación, o cuadrar el presupuesto subiendo los impuestos y bajando los gastos. Evidentemente, la opción preferida por todo gobierno populista y manirroto suele ser la inflacionaria, lo cual no sólo supone un atraco encubierto a su población, sino que deteriora la credibilidad internacional de su divisa y, por ende, dificulta más si cabe el acceso a la financiación exterior.

Al final, a los gobiernos manirrotos y bandidos les quedan pocas opciones después de imponer penurias a su población y cargarse su sistema monetario. Todos terminan prometiendo que no lo volverán a hacer renegociando un cierto repago de las obligaciones originalmente impagadas. El default no sale gratis. Tres ejemplos históricos bastarán brevemente para comprenderlo.

Rusia: el default más duradero de la historia

La llegada al poder de los bolcheviques en 1917 conllevó el repudio de toda la deuda contraída por el anterior régimen zarista. Hasta ese momento, el mayor default de la historia. La consecuencia más obvia e inmediata fue que la URSS dejó de poder endeudarse con el exterior. La economía planificada soviética, sedienta de importaciones con las que compensar las carestías de su aparato productivo interno, no podía hacer otra cosa que ajustar sus compras exteriores a las divisas que era capaz de captar vendiendo al exterior: de ahí que si el Politburó decía caprichosamente aumentar las importaciones, tenían simultáneamente que incrementar de manera forzosa sus exportaciones a partir de la producción interna disponible para el consumo de sus ciudadanos.

Las consecuencias de la combinación de esta arbitrariedad planificadora con la limitación del crédito exterior fueron verdaderamente dramáticas. Según los archivos soviéticos, en medio del Holodomor, la hambruna ucraniana que mató a cuatro millones de personas a comienzos de la década de los 30, Stalin apostó por incrementar las exportaciones de alimentos para continuar con su política de importación de maquinaria extranjera: "La importación de cereales ahora mismo, cuando los extranjeros están hablando sobre su escasez dentro de la URSS, sólo deterioraría nuestra imagen política. Aconsejo paralizar la importación de cereales. Al contrario: la cebada y la avena se deben exportar, porque necesitamos urgentemente divisas". La falta de crédito exterior impidió la importación de maquinaria y, al mismo tiempo, de los tan vitales alimentos.

El imperialismo soviético y la ulterior la creación del Comecon consiguieron proporcionar a la URSS un cierto espacio vital y crediticio, dándole un respiro que, en todo caso, sólo fue transitorio. Con el desmembramiento de la Unión Soviética, Rusia buscó regresar a los mercados financieros internacionales y en 1996 no le quedó otro remedio que repagar, aun simbólicamente, 400 millones de dólares por los bonos zaristas impagados 81 años antes. El default no sale gratis.

Argentina: década y media impagando

En diciembre de 2001, el Parlamento argentino declaró la suspensión de pagos sobre sus más de cien mil millones de deuda externa. El país dejó de tener acceso al crédito internacional, generándose una crónica carestía de dólares que no sólo exponía a sus ciudadanos a las veleidades inflacionistas de su Gobierno (la inflación oficialmente reconocida entre 2002 y 2013 es del 167%) sino que, vía depreciación, encarecía su acceso al comercio internacional. Tal fue la carestía que en 2011 el Ejecutivo tuvo que imponer un cepo cambiario, merced al cual repartía arbitrariamente la divisa entre los distintos grupos de presión y limitaba la importación de numerosos productos (entre ellos los libros, dando nuevamente la razón a Hayek cuando denunciaba que la restricción de las libertades económicas es la antesala de la restricción de las libertades civiles).

La situación, evidentemente, dista de ser idílica, de ahí que los distintos ejecutivos argentinos hayan tratado en reiteradas ocasiones de entenderse con los acreedores extranjeros para restablecer parcialmente los pagos y, poco a poco, recuperar el acceso al crédito internacional. Así las cosas, en 2005 se suscribió un primer canje de deuda por importe de 82.000 millones de dólares que llevaba aparejado una quita del 65%. Un lustro después, en 2010, se alcanzó un segundo canje de deuda por importe de 12.000 millones y una quita del 66%. De los 102.000 millones, Argentina se comprometió a devolver 33.000: no para recuperar ipso facto su crédito internacional, sino para ir reconstruyéndolo poco a poco.

Sucede que parte de los acreedores que no entraron en ninguno de sendos canjes optaron por acudir a la justicia americana para reclamar el repago íntegro de sus obligaciones y el juez Thomas Griesa les dio la razón, abocando al Ejecutivo argentino a un “default selectivo” en 2014 que sólo contribuirá a minar aún más su ya marchita credibilidad. Quien creyera que los coletazos financieros y judiciales de un default se evaporan rápidamente sólo necesita estar atento a los acontecimientos actuales de Argentina: casi quince años después, el país sigue empantanado en el impago de 2001. El default no sale gratis.

Ecuador: en manos de China

Mas si hay un país que suele ponerse como ejemplo de impago exitoso de la deuda odiosa, éste es Ecuador. Al poco de llegar al poder, Rafael Correa anunció su intención de repudiar parte de la deuda externa de Ecuador por considerarla “ilegítima”. En concreto, en 2008 Correa anunció que dejaría de afrontar el pago de 3.200 millones de dólares de deuda externa para, un año después, ofertar una recompra voluntaria de esos bonos con un 65% de descuento. En apariencia, se trataba de una valiente decisión que reafirmaba la soberanía del país frente a los codiciosos mercados financieros internacionales.

Pero claro, Ecuador, y muy en particular su Gobierno, seguía necesitando de crédito, por lo que, después de ese impago parcial y con los mercados crediticios cerrados, se vendió al único y mejor postor internacional que desde 2009 se mostró dispuesto a pujar por sus pasivos: el Gobierno chino. Desde 2009, China ha adquirido 11.000 millones de dólares en deuda ecuatoriana (comparen esa cifra con los 3.200 millones que bravuconamente impagó Correa), lo que ha situado al país en una situación de subordinación financiera del gigante asiático; subordinación financiera que le ha permitido a China asegurarse en condiciones anticompetitivas el 90% de las exportaciones anuales de petróleo de Ecuador. En otras palabras: China ha opado al sector petrolero ecuatoriano y Ecuador ha aceptado porque necesitaba la financiación que ésta podía proporcionarle en un contexto de cerrazón post-impago de los mercados de capitales. El default no sale gratis.

Conclusión

Ciertamente, la chiquillada de enfurruñarse y no cumplir con la palabra dada parece la solución más sencilla para un problema de deuda como el de España. Si adeudamos elevadas sumas de capital y tenemos dificultades en devolverlas, nada más sencillo que no pagarlas. Pero la irresponsabilidad manifiesta no sale gratis: el país se ve excluido de los mercados internacionales y o bien sufre un notable desplome en su calidad de vida (como la URSS) o bien se subordina, con garantías redobladas, al mejor postor (como Ecuador con China o Grecia con la Troika).

La solución a nuestros problemas de deuda no pasa por impagar una parte de la misma para poder seguir emitiendo nuevas obligaciones con las que cubrir nuestro gigantesco déficit. Al contrario, la solución consiste en equilibrar el presupuesto minorando nuestros gastos y en ir amortizando nuestra deuda. Pagar, no impagar. Desapalancarse, no endeudarse sin fin. 

Argentina como pésimo ejemplo

Al grito de "¡Argentina, Argentina!", en diciembre de 2001 el Congreso de la República Austral decretó la suspensión de pagos. Más de cien mil millones de deuda exterior impagada. Hasta ese momento, el mayor default de la historia. Excluida de los mercados de capitales internacionales, Buenos Aires se vio forzada a renegociar con sus acreedores para intentar recuperar una diminuta parte de su maltrecha credibilidad: en 2005 ofertó a los bonistas impagados un primer canje de obligaciones que llevaba implícito una quita del 65% y que fue aceptada por el 80% de los inversores; en 2010 realizó una nueva oferta de canje con una quita del 66%, y en ella entraron alrededor del 12% de los afectados.

Al final, pues, apenas el 7% de los acreedores se negó a pasar por las horcas caudinas del Gobierno argentino: son los holdouts (técnicamente:los que se quedan fuera del acuerdo). En su lugar, optaron por recurrir a la justicia, esperando obtener una resolución favorable, o por vender sus bonos a otros inversores con más tiempo, estómago y dinero para seguir la larguísima y complicadísima vía judicial. Ahí es donde entran los famosos fondos buitre: inversores de algo riesgo que adquieren pasivos de deudores insolventes con la esperanza de recuperar una parte del capital adeudado. En este caso, compraron los títulos de algunos holdoutscon la esperanza de cobrarlos denunciando al Gobierno argentino ante los tribunales de medio mundo: la justicia belga falló en contra de losfondos buitre, también la alemana; pero la estadounidense, de la mano del juez Thomas Griesa, les dio la razón en 2012, permitiéndoles resarcirse mediante la apropiación de los activos del Estado argentino en suelo estadounidense.

Buenos Aires recurrió la sentencia ante la Corte Suprema de los EEUU, logrando paralizar cautelarmente su aplicabilidad (stay); pero el pasado 16 de junio la Corte rechazó la apelación argentina, permitiendo así a los fondos demandantes acudir a cualquier juzgado estadounidense a reclamar la congelación de los activos del Estado argentino con el objetivo de cobrarse los 1.500 millones de dólares adeudados. 

Sucede que entre los activos congelados se halla el dinero que el Gobierno argentino debe abonar a los bonistas que sí entraron en los canjes de 2005 y 2010 y que se hallan bajo jurisdicción estadounidense (en concreto, 539 millones de dólares): mientras ese capital esté congelado (y sujeto al resarcimiento de los fondos buitres), el Gobierno argentino no puede cumplir con sus obligaciones frente a los bonistas del canje. Este 30 de julio expiraba el plazo para pagarles 539 millones de dólares, y Argentina no pagó. Es decir, Argentina ya ha entrado endefault selectivo (selectivo porque sólo afecta a los bonistas bajo legislación estadounidense).

La cuestión, claro, es por qué el Gobierno argentino se niega a desbloquear todo este embrollo abonando a los fondos buitre los mentados 1.500 millones de dólares que se les adeudan. Y aquí las interpretaciones son variadas. Por un lado, Buenos Aires alega que si paga esos 1.500 millones de dólares se activarán las cláusulas RUFO (Rights Upon Future Offers) contenidas en los acuerdos de canje de 2005 y 2010: estas cláusulas implican que si el Gobierno mejora las condiciones del canje para los holdouts, todos los que participaron en el canje pueden beneficiarse de esas mejores condiciones. En la práctica, pues, la activación de las cláusulas RUFO implicaría revertir el default de 2001, lo que forzaría a Argentina a pagar íntegramente toda su deuda exterior vigente en aquel momento, más los correspondientes intereses (más de 100.000 millones de dólares). Las cláusulas RUFO expiran el 1 de enero de 2015, y por eso el Gabinete Kirchner pide prolongar la suspensión cautelar de la sentencia (el stay) hasta entonces (momento en el que ya podría renegociar con los fondos buitre sin que se activen las cláusulas RUFO).

Por otro lado, las excusas del Gobierno argentino adolecen de un problema fundamental: las cláusulas RUFO sólo se activan en caso de que la oferta de mejora a los holdouts sea una oferta voluntaria por parte de Buenos Aires. En este caso no estamos hablando de una oferta voluntaria, sino de un cumplimiento coercitivo de una sentencia judicial, por lo que las cláusulas RUFO no se activarían.

¿Por qué entonces el Ejecutivo argentino no se limita a cumplir la sentencia? Porque, en tal caso, todos los otros holdouts que no le han demandado procederían a hacerlo, con lo que Buenos Aires se vería obligado a abonar no 1.500 millones de dólares, sino alrededor de 15.000 (dicho de otro modo: todos los que no entraron en los canjes de 2005 y 2010 recuperarían la totalidad del dinero invertido más los correspondientes intereses). De ahí que, en contra de lo afirmado, el Gobierno argentino muy probablemente tampoco tenga intención alguna de pagar en 2015: el nuevo stay que está reclamando es sólo una estratagema para ganar tiempo y trampear algún tipo de solución.

¿Qué solución? Pues no está muy claro. Por un lado, el Gobierno Kirchner está intentando convencer a los bancos argentinos de que compren los bonos a los fondos buitre por 1.500 millones de dólares, para después renegociar voluntariamente con sus bancos a partir de 2015 (momento en el que habrán expirado las cláusulas RUFO). Por otro, podría intentar forzar un cambio de jurisdicción (desde EEUU a Argentina) por parte de todos los bonistas que participaron en el canje, pues una vez bajo la jurisdicción argentina podría incumplir la sentencia de Griesa sin demasiadas consecuencias (el problema es que el cambio involuntario de jurisdicción sería entendido como un default por las agencias de calificación). Y, por último, sigue negociando y amenazando bajo cuerda a los fondos buitre para que acepten sumarse a las condiciones del canje de 2005 y 2010: si os sumáis al canje, ganaréis algo de dinero; si no os sumáis, no cobraréis nunca. Veremos qué artimaña ingenia finalmente el Ejecutivo argentino para no pagar y minimizar los destrozos en su credibilidad exterior.

En todo caso, hay dos asuntos que sí deberían quedar claros. Primero, cuanto más tiempo se prolongue la situación de impago selectivo, tanto más se desmoronará la credibilidad de Argentina y tanto más tardará en regresar a los mercados internacionales. Ahora mismo, la imagen que está transmitiendo Buenos Aires es la de un Ejecutivo bandido que prefiere llevar su país al default antes que cumplir con las resoluciones de unos tribunales a los que voluntariamente se sometió (pues la deuda en cuestión la emitieron bajo la jurisdicción estadounidense).

Segundo, en contra de lo que se nos suele prometer desde los distintos partidos populistas españoles, el default de deuda no es un proceso sencillo, de inmediata resolución y libre de perjuicios. El impago de 2001 todavía sigue coleando y socavando la credibilidad de Argentina. Repudiar la deuda no es un mal trago que dure unos meses, sino un calvario económico y jurídico que se extiende durante décadas. Si no queremos ser como Argentina… no sigamos los pasos de Argentina.

País Vasco y Navarra disponen de un 80% más de financiación por habitante que el resto de regiones

En su tradicional mensaje de los sábados, el presidente estadounidense Barak Obama ha acusado a las empresas de su país de trasladar su residencia fiscal a otros países para no pagar impuestos. ¿Su argumento? La madre de todos los argumentos: el patriotismo económico.

Una de cal y otra de arena, pero en distintas unidades de medida

Mientras que, al comienzo de la regañina, el presidente Obama ha apuntado que las empresas de su país han creado casi diez millones de nuevos empleos en los últimos dos años y cuatro meses, y que gracias a eso el desempleo está tan bajo como en el año 2008, ha sido después, cuando ha sacado el espinoso tema de la residencia fiscal, cuando ha puesto en duda el patriotismo de las mismas. ¿En qué quedamos? ¿Son muy patriotas cuando crean empleo y a la vez muy anti patriotas cuando trasladan la residencia por razones fiscales? ¿O solamente lo segundo? ¿Y cómo se mide el grado de patriotismo? Porque las mismas razones que llevan a una empresa a despedir gente, explican que contraten personal y también que intenten beneficiarse de las rendijas legales para pagar menos impuestos: el afán de lucro.

Podemos considerar que el afán de lucro en sí mismo implica ser menos patriota, atributo que a mí me cuesta definir, pero eso de que a veces sí y a veces no, en función de mis necesidades como gobernante, es como poco, un disparate. No hay que olvidar el varapalo que el coste sanitario y su eficiencia está suponiendo para el prestigio presidencial. Según la empresa Rasmussen, hay un 53% de la población que desaprueba su actuación, y el descrédito está a un nivel muy alto. El presidente Obama contaba con un fuerte apoyo allá por el año 2008, u su peor momento lo vivió en septiembre del 2010 cuando un 58% de la población desaprobaba su gestión. Desde entonces se ha mantenido en torno a ese 53% que marca hoy el Rasmussen Report.

El patriotismo económico presidencial

Lo que más me llama la atención es que, reconociendo la labor generadora de empleo, y que son pocas las grandes empresas que tratan de pagar menos en lugar de pagar más, Obama les amenaza con algo que ya sucede y por razones que podrían volverse contra él.

Si, por un lado, reconoce que hay empresas dispuestas a renunciar a la ciudadanía “made in USA” para establecer la residencia de sus empresas en países con una fiscalidad más amable, por otro lado, considera que hay que negar esa ciudadanía, a la que ya están renunciando. ¿Cómo va a impedir que esas empresas residentes en el extranjero tengan menos volumen de negocio en Estados Unidos? No quiero ni pensarlo.

Y luego está el tema ético-legal. Si un presidente está decidido a “hacer algo” porque “aunque sea legal, está mal” (palabras de Obama) respecto a la decisión libre de dónde establecer una empresa privada, ¿en qué más casos va a considerar que la ley permite inmoralidades y va a actuar por encima de la ley? Si no queda claro este punto, uno puede imaginarse que no es Barak Obama quien afirma sino Nicolás Maduro o Bin Laden. Da miedo ¿no?

Para él, el patriotismo económico incluye actuaciones tendentes a “reducir el derroche generado por las lagunas fiscales para invertir en educación o en capacitación laboral, que beneficia a todo el mundo”. Genial: ¿qué decir del presupuesto militar? ¿del déficit presupuestario? ¿del derroche gubernamental?

Y en términos más generales ¿qué hacemos con los políticos anti patriotas en el sentido de Obama? Me refiero a los nuestros. Porque ya imagino las caras compasivas con los ojos emocionados de la progresía española pensando: “Esto sí que es un presidente progresista, ¡hombre ya!”. A esos, les preguntaría cómo de anti patriota es el presidente, los ministros, asesores, directores generales y demás, que han generado un 26% de parados. Y lo mismo respecto a quienes han construido paso a paso un monstruo de deuda pública que vamos a arrastrar por generaciones.

No conteste ahora, cuando la cercanía de las elecciones nos sitúa en el mundo feliz de las hadas y los elfos, hágalo después del 2015 cuando aterrizaremos de mejor o peor manera, en la realidad.

Obama: patriotismo económico a la vista

Ni Cataluña, ni Madrid, ni Andalucía. Si alguna región tiene derecho a reclamar los titulares tras la publicación de las balanzas fiscales, ésas son Valencia y Baleares. Según los cálculos del equipo de Ángel de la Fuentepresentados este miércoles en el Ministerio de Hacienda, esta dos comunidades son las que sale más malparadas con el actual modelo de financiación autonómica y con el reparto de ingresos y gastos de los últimos años.

De acuerdo a sus datos, la "financiación media a competencias homogéneas" entre las quince comunidades del régimen común ascendió en 2011 a 2.077 euros per cápita. Sin embargo, para Baleares esta cifra caía hsata los 1.790 euros y para Valencia a los 1.804 euros. ¿Y quiénes salían más beneficiadas? Pues curiosamente, quitando el excepcional caso de Ceuta y Melilla, hablamos dos de las regiones más ricas de España. Aquellas que no pertenecen al régimen común: País Vasco (3.868 euros) y Navarra (3.414 euros). El privilegio de la foralidad, que defienden con tanto ardor las dos comunidades, parece que sigue dando réditos.

En realidad, como apuntamos el miércoles, los resultados de las balanzas fiscales del Ministerio de Hacienda eran bastante previsibles. En general, existe una fuerte correlación entre la renta per cápita de las regiones y su saldo positivo o negativo. Así, Madrid y Cataluña están entre las que más aportan a la caja común, algo lógico teniendo en cuenta que también son dos de las autonomías más ricas.

 

 

Balanzas fiscales

Sin embargo, dentro de este panorama, esta correlación no se cumple en todos los casos. Como puede verse en el anterior gráfico, existen regiones que están bastante alejadas de la línea que marca la relación entre financiación y renta. Sobre todo, llama la atención la situación de País Vasco y Navarra. Dos de las autonomías con una renta per cápita más elevada están también entre aquellas con un saldo positivo (reciben más de lo que aportan). El regimen fiscal de las provincias vascas y de Navarra siempre ha sido polémico. Y con estos datos encima de la mesa no sería extraño que se reabriese el debate sobre su excepcionalidad.

Financiación y saldos

Los datos de las que más se ha hablado estos días probablemente son los 16.723 millones de euros de saldo negativo de Madrid y los 8.455 de Cataluña. Sin embargo, al final esto son sólo las cifras totales del sistema y no dicen demasiado sobre el diseño del sistema de financiación o su justicia. Como ya hemos dicho, en prácticamente cualquier país del mundo, lo normal es que las regiones más ricas paguen algo más.

Por eso, para ir un paso más allá de la mera exposición de los grandes números, Ángel de la Fuente ha publicado en Fedea, el organismo del que es director, una segunda parte del estudio de las balanzas fiscales, junto a Ezequiel Uriel (de la Universidad de Valencia) y Ramón Barberán (Universidad de Zaragoza). Los autores han preferido mantener al margen este informe del oficial que puede consultarse en la web del Ministerio de Hacienda, entre otras cosas porque contiene algunos elementos de opinión y análisis de los datos que no parecía conveniente mezclar con las cifras oficiales. Sin embargo, en realidad buena parte de la miga de las famosas balanzas fiscales, que tanto tiempo se llevaban esperando, se encuentra en esta segunda parte y en los cuadros finales del informe oficial, los que incluyen los datos del gasto territorializable.

Quizás lo más sencillo sea comenzar con la tabla correspondiente a la "Financiación regional a competencias homogéneas per cápita". Es decir, cuánto recibe cada región suponiendo que todas ellas tuvieran las mismas obligaciones para con sus ciudadanos. Como puede verse, destaca una cifra por encima de todas, los 4.231 euros de Ceuta y Melilla. Pero más allá de estos dos casos, que cualquiera puede entender que son excepcionales, son muy llamativas las cifras de las dos regiones forales. Mientras la media nacional es de 2.077 euros, País Vasco alcanza los 3.868 euros y Navarra los 3.414 euros.

Financiación a competencias homogéneas

La siguiente tabla va un paso más allá y ajusta estos datos a las diferencias en el coste de los servicios públicos entre las diferentes regiones. También tiene en cuenta el esfuerzo fiscal y la financiación observada tras el ejercicio por parte de las comunidades autónomas de sus competencias normativas. En este caso, la media de las regiones de régimen común se ha establecido en 100. Mientras, las dos regiones forales alcanzan un nivel de 180 (160 para Navara y 185,9 para el País Vasco). Es decir, que estas dos autonomías tienen un 80% más de recursos por habitante que las demás para hacer frente a sus servicios públicos.

Financiación a competencias homogéneas ajustada

En lo que tiene que ver con la financiación autonómica (una cuestión que no equivale a las balanzas fiscales) las cuentas son las que pueden verse en la siguiente tabla. Los cálculos se han hecho simulando cómo habría quedado cada autonomía si hubiese recibido la misma cantidad de recursos por habitante ajustado. Así, en esta clasificación Valencia y Andalucía, con 1.893 millones y 1.687 millones negativos, son las más perjudicadas en términos absolutos. Como puede verse en la última columna, para el caso de la comunidad levantina, los autores creen que se podría eliminar el 93,8% de su déficit fiscal sólo con que recibiese lo que le corresponde.

Sobrefinanciación autonómica

11.365 millones

Sin embargo, a pesar de todos estos datos, los propios autores apuntan en la parte final de su trabajo que estamos hablando de un problema relativamente acotado. Así, en el epígrafe de conclusiones, aseguran que "aproximadamente dos tercios de tales saldos se deben simplemente a que en los territorios más ricos se pagan más impuestos por habitante que en los pobres. El tercio restante proviene de la distribución del gasto público y aquí sí que hemos encontrado indicios claros de cosas preocupantes, aunque de una escala en principio manejable".

Aquí es donde debería centrarse el esfuerzo. Es el llamado gasto territorializable, aquellos programas cuyos costes y beneficios sí se distribuyen con una lógica territorial. Hablamos del "gasto territorializable en sentido estricto, esto es, la financiación regional y local, el gasto en infraestructuras y transporte, las ayudas regionales y el gasto en servicios colectivos o de ámbito local como la sanidad, la educación o la seguridad ciudadana" y también de aquellas "peculiaridades regionales en la normativa tributaria que permiten a ciertos territorios disfrutar de sustanciosas rebajas fiscales que, a los efectos que aquí nos interesan, habría que considerar como ayudas regionales".

Componente ‘problemático’ saldos fiscales

El resumen de este gasto territorializable "potencialmente problemático" puede encontrarse en el anterior cuadro. Como vemos, hablamos de unos 11.365 millones de euros, poco más del 1% del PIB, una cantidad relativamente sencilla de afrontar. De esta cantidad, 8.811 millones corresponde a gasto ejecutado de forma poco equitativa entre las regiones y 3.475 a los regímenes fiscales especiales de los que disfrutan las dos comunidades forales, Canarias, Ceuta y Melilla. El resultado final en términos per cápita apunta a una infrafinanciación de Valencia de más de 800 euros por habitante y de 638 euros para el caso de Murcia. En el lado positivo, aparecen País Vasco (2.070 euros por habitante de sobrefinanciación), Navarra (1.479 euros por habitante) y Canarias (1.289 euros), junto al caso previsible de Ceuta y Melilla. La conclusión de los autores es que

"una mayor igualdad en la distribución de las partidas de gasto e ingreso de carácter territorializable sería sin duda deseable desde el punto de vista de la equidad. Un buen sitio para empezar sería con una reforma en esta dirección de los sistemas de financiación territorial, con especial atención al caso foral. Tampoco estaría de más una evaluación crítica de los programas existentes de ayudas regionales, tanto por el lado del ingreso como por el del gasto, con el fin de determinar si estos están alcanzando sus objetivos y si lo están haciendo a un coste razonable".

El cálculo del cupo

En lo que hace referencia a los regímenes forales, existen dos cuestiones diferentes que en ocasiones se solapan. Por una parte está la discusión acerca de si este sistema diferenciado está justificado o no. Pero más allá de ese debate, lo primero que deberíamos preguntarnos es si, ya que existe, al menos está bien calculado. Es decir, si lo que aportan estas regiones al conjunto es lo que debería ser o si además del régimen legal especial tienen ventajas derivadas de concesiones políticas durante la renegociación de las cantidades que cada año se transfieren.

Éste no era el objeto del informe sobre balanzas fiscales. Pero el profesor De la Fuente ha tratado la cuestión en numerosas ocasiones a lo largo de los años. Y su conclusión es que no estamos sólo ante un problema de diseño del modelo, sino también de aplicación práctica del mismo. Por ejemplo, en 2011, en su intervención ante la Comisión que el Parlamento catalán formó para el estudio de un nuevo modelo de financiación, denunció que no sólo el cupo vasco sería imposible de ampliar a otras regiones, sino que uno de sus problemas era que no estaba bien calculado. Es decir, que como recoge Mikel Buesa en su blog, "se está aplicando de forma incorrecta y enormemente ventajosa, por tres razones":

  • "El sistema ha eximido a las regiones forales de contribuir al sistema de nivelación interregional a través del que el Estado aporta recursos a las regiones de menor renta con el fin de que éstas puedan prestar servicios similares a los de territorios más ricos. Esta exención ha reducido la aportación del País Vasco a las arcas estatales en 1.790 millones de euros anuales, según datos de 2007".
  • "La valoración del resto de las competencias estatales no transferidas al País Vasco está enormemente sesgada a la baja. Las cifras que se ofrecen sin explicación alguna en un anexo de una página a la última Ley quinquenal del Cupo suponen, en mi estimación, una reducción adicional del cupo de otros 1.740 millones de euros".
  • "El tercer problema tiene que ver con un ajuste en principio técnico que se realiza para conseguir que cada administración se quede con la parte del IVA que en última instancia soportan sus ciudadanos (y no con la que se ingresa físicamente en su territorio, que puede ser muy distinta). Los cálculos necesarios para realizar el ajuste se realizan utilizando valores desfasados de los coeficientes que recogen el peso del País Vasco en el consumo nacional y en la base del impuesto. Según mis cálculos, esto supone otra rebaja de la aportación vasca a las arcas estatales por importe de 950 millones de euros".

En opinión de este experto, "si la ley del Concierto se aplicase de una forma razonable y la aportación vasca se incrementase en las cantidades previamente señaladas, el País Vasco pasaría a tener un déficit fiscal casi acorde con su renta y su financiación por habitante estaría en 102 con la presión fiscal observada, lo que posiblemente habría que elevar hasta el entorno de 110 si el cálculo se hiciese a igual normativa fiscal. En cualquier caso, la financiación vasca estaría dentro del rango observado para las comunidades de régimen común en vez de muy por encima del mismo, como es el caso actualmente. Una cosa es el sistema foral per se, y otra muy distinta la forma específica en la que este se ha aplicado, con resultados escandalosamente favorables para el País Vasco y Navarra. El sistema foral en sí no es un buen sistema, aunque podría ser soportable como una anomalía restringida a una pequeña parte del territorio español".

Talento e impuestos: una apuesta perdedora

Cristóbal Montoro era un hombre feliz el pasado 20 de junio, cuando presentó su esperadísima reforma fiscal. El ministro de Hacienda apareció ante los medios con un puñado de cuadros en los que se iban desgranando los detalles del proyecto. Y de todas las tablas con las que adornó su exposición, probablemente en ninguna se detuvo tanto tiempo como en la que mostraba el ahorro en los rendimientos del trabajo que conseguiría cada contribuyente según su nivel de renta.

Según las cuentas de su departamento, todos los trabajadores españoles pagarán menos IRPF en 2016 que en 2011, cuando Mariano Rajoy llegó a La Moncloa. ¿Todos? Bueno, todos no. El ministro repitió en varias ocasiones (con cierto tono de orgullo) que sí habrá un pequeño grupo de asalariados que saldrá de la legislatura pagando más que cuatro años antes.

Como puede verse en la siguiente tabla, aquellos que ganen más de 100.000 euros tendrán una factura fiscal en el IRPF de 2016 superior a la de 2011. No es mucho (del 0,5% al 1,5% aproximadamente), pero Montoro asegura que es la demostración de que las medidas del impuesto han sido siempre "equitativas", para que el que más gane no sólo pague más, sino que cada vez soporte una parte mayor de la recaudación. La retórica de castigar al rico no es privativa de Podemos o IU.  

El problema es que cuando uno toma decisiones fiscales desde el Gobierno, los ciudadanos también responden. Del mismo modo que una subida en los impuestos al tabaco reduce el consumo de cigarrillos, un incremento en la tributación al trabajo perjudicará a la creación de empleo. Y si se trata de impuestos a los grandes sueldos, pues serán este tipo de profesionales los que se alejarán, un poquito más, de España.

En este sentido, resulta curioso que, los mismos políticos que se pasan el día hablando de nuevas tecnologías, inversión en I+D+i, innovación, emprendedores o atracción del talento, mantengan luego, sin mover un músculo, un argumentario sobre los impuestos que penaliza exactamente a los más brillantes trabajadores de esos sectores.

No nos engañemos: los mejores investigadores, científicos, ejecutivos o empresarios también son los que más cobran. Su trabajo, capacidad y talento les proporciona un sueldo elevado y quieren quedarse con el mayor porcentaje posible del dinero que legítimamente han obtenido. Si España quiere competir con otros países para atraer ese talento, con todos los benéficos efectos que eso generaría en términos de riqueza o productividad, no hay duda de que la política fiscal será determinante.

Talento, deporte y fiscalidad

No es fácil medir exactamente cómo afecta una subida en los tipos marginales del IRPF a los mejores ingenieros, abogados o informáticos. Estas profesiones agrupan a cientos de miles de personas con diferentes categorías salariales, remuneración fija y variable, beneficios empresariales, etc… Además, un trabajador normal tiene muchos otros motivos además de los impuestos para elegir uno u otro lugar de residencia (cercanía a grandes centros de negocios, cuestiones familiares, idiomas,…)

Sin embargo, sí existe un grupo de profesionales de alto nivel adquisitivo que puede servir, al menos de forma aproximada, para un análisis estadístico de cómo reaccionan los grandes sueldos a las subidas de impuestos: los deportistas. Para empezar, su número es relativamente manejable, hablamos de cientos de personas, no decenas de miles. Además, de nuestros grandes atletas, especialmente los que juegan en deportes de equipo, conocemos bien sus sueldos y su trayectoria profesional año a año. Son trabajadores con mucho talento y cada poco tiempo son tentados por diversas empresas de su sector. Normalmente, tienen que tomar decisiones en uno u otro sentido varias veces a lo largo de su carrera. A primera vista, parece una muestra estadística casi perfecta.

En EEUU, además, lo tienen aún más fácil, puesto que allí existe la figura del agente libre: ese jugador de las grandes ligas (NBA, NFL, MLB, NHL) que cuando acaba su contrato con una franquicia tiene absoluta libertad para elegir destino. El español Pau Gasol, por ejemplo, ha estado en esta situación este verano.

Con este planteamiento, es factible analizar cómo afecta la tributación del Estado en el que esté radicado el equipo elegido. Evidentemente, no sólo los impuestos determinarán la decisión final. Cualquier deportista valorará el proyecto del equipo, sus posibilidades de ganar títulos y también, por qué no decirlo, el impacto publicitario de la ciudad o la franquicia. Vamos, que no es lo mismo para las marcas que sus jugadores vistan la camiseta de los New York Knicks que la de Minnesota Timberwolves.

En cualquier caso, sí pueden extraerse algunas conclusiones. Por ejemplo, este artículo de The New York Times recoge dos estudios muy esclarecedores sobre el tema. En el primero, de James Alm, Bill Kaempfer y Edward Batte Sennoga, se analizan las decisiones de los agentes libres de las grandes ligas de béisbol. La conclusión es que, manteniendo el resto de variables constantes, una subida de un punto en el impuesto sobre la renta provoca que el equipo de ese Estado tenga que pagar a su fichaje entre 21.000 y 24.000 dólares más al año. Puede parecer una cantidad pequeña en comparación con los presupuestos de las grandes franquicias, pero hay que recordar que puede haber varios puntos de diferencia entre los IRPF de dos estados (en España, por ejemplo, hay hasta siete puntos entre las autonomías con los tipos marginales más altos y los más bajos). Y además este incremento de salario lo lógico es que se extienda a buena parte de la plantilla (al menos todos los que lleguen como agentes libres).

En la NBA, se produce una situación algo distinta según un estudio de la Universidad de Cornell. Allí, el límite salarial impide que los propietarios actúen con tanta alegría. Por eso, los impuestos altos se traducen en una pérdida de talento. O por decirlo de otro modo, a los equipos en estados con altos impuestos les resulta más complicado fichar grandes jugadores (de nuevo, manteniendo el resto de condiciones estables).

En resumen, los dos estudios muestran que los equipos de estados con un castigo fiscal más elevado lo acaban pagando. O lo hacen con sueldos más altos (lo que afecta a medio plazo a su competitividad) o lo hacen perdiendo opciones de fichar talento (caída de la productividad). ¿Podrían extrapolarse estas conclusiones al resto de industrias?

Además, no es una cuestión puntual de estos deportes. Los grandes medios norteamericanos informan con frecuencia de cómo los tributos afectan a las decisiones de sus grandes estrellas. Por ejemplo, aquí Business Insider clasifica a los equipos en función de sus impuestos sobre la renta. Por cierto, los equipos de Texas y Florida salen muy bien parados, algo que no extrañará al aficionado español a la NBA: algunos de los movimientos más interesantes de las últimas temporadas han beneficiado a las franquicias de dichos estados.

Incluso, ha habido propuestas para introducir un límite salarial flexible, que sea más alto para los equipos que tengan que pagar impuestos más altos, para así mantener el equilibrio competitivo en el que se basan las grandes ligas estadounidenses. Muchos economistas son conscientes de que las diferencias tributarias acabarán generando diferencias deportivas. Es más, ya hay noticias de jugadores que incluyen cláusulas en sus contratos por las que, si son traspasados a un Estado con impuestos más altos, deberán ser indemnizados en la cuantía correspondiente.

De hecho, ni siquiera es una cuestión que afecte sólo a los deportes de equipo. Hace unos meses se montó un fuerte escándalo en EEUU cuando Phil Mickelson, el segundo jugador de golf más conocido y rico del mundo tras Tiger Woods, declaró que su factura tributaria era excesiva y aseguró que se estaba planteando cambios en su vida (quizás irse de California, su Estado) para pagar menos impuestos. Las voces de la corrección política salieron rápidamente a criticar a Mickelson, con el manido argumento de que un privilegiado millonario nunca paga demasiados impuestos. Claro, luego se encontraron con la realidad, cuando el propio Tigre reconoció que su cambio de residencia de California a Florida, al comienzo de su carrera profesional, tuvo mucho que ver con esta cuestión.

Al final, habrá quién diga que tampoco hay tantos deportistas profesionales y que no es éste el sector que nos sacará de la crisis. Pero como apuntamos antes, su importancia radica más en su condición de ejemplo. Probablemente, otros profesionales talentosos se comporten de la misma manera que estos atletas y, ante dos ofertas de dos grandes empresas, midan muy mucho el tema impositivo a la hora de tomar una decisión. Hablamos de miles de ingenieros, matemáticos, empresarios innovadores, inventores, médicos o ejecutivos. ¿Cuánto pierde un país por no ser capaz de atraerlos? ¿Cuánta riqueza generan a su alrededor? ¿Cuál es el multiplicador del talento? ¿Cuántos puestos de trabajo crearía el gasto derivado de sus enormes sueldos? ¿Qué nivel de productividad pierde su economía? La realidad es que Tiger Woods lleva 20 años siendo el deportista mejor pagado del mundo. No sólo se dedica al golf. También tiene empresas y fundaciones. Realiza cientos de actos publicitarios al año. Incluso, es más probable que juegue un torneo si tiene lugar cerca de casa. En California, ya ni se acuerdan. Pero hace dos décadas, todo eso estaba en sus manos.

Una fiscalidad no balanceada

La reciente publicación de las balanzas fiscales entre autonomías no ha satisfecho a prácticamente ninguno de nuestros políticos regionales. Pero más allá de las refriegas electoralistas, el documento elaborado por Ángel de la Fuente sí debería llevarnos a un muy hondo replanteamiento del modelo de financiación autonómica.

¿Sirven de algo las balanzas fiscales?

La primera cuestión a resolver es si las balanzas fiscales proporcionan algún tipo de información útil. A la postre, hemos escuchado en reiteradas ocasiones que “los impuestos los pagan los individuos, no los territorios”, por lo que supuestamente carecería de importancia conocer el saldo fiscal de un territorio (esto es, cuántos impuestos se pagan en relación con el gasto público recibido).

La crítica puede parecer lógica, pero tiene problemas serios. Al cabo, la manera que tiene un contribuyente de recuperar parte de sus impuestos abonados es disfrutando del gasto público en el que esos impuestos se materializan. Si paga muchos impuestos y disfruta de muy poco gasto, el contribuyente está tanto más explotado fiscalmente.

En este sentido, las balanzas fiscales ponen de manifiesto la diferencia entre los impuestos pagados por los residentes de una región y el gasto público recibido por esos mismos residentes: a mayor diferencia, más explotación fiscal media dentro de esa región.  De ahí que, aunque sea verdad que los impuestos los pagan los individuos y no los territorios, como esos individuos sólo tienen opción de recuperar los impuestos abonados a través de los servicios estatales que se presten en su territorio, las balanzas fiscales sí nos indican cuán maltratados fiscalmente están sus habitantes.

Es verdad que no se trata de un indicador perfecto: por ejemplo, si a un madrileño le arrebatan 20.000 euros en impuestos para entregárselos en forma de subvención a un getafense, el saldo fiscal de la Comunidad de Madrid por esta operación será cero y difícilmente podrá decirse que el madrileño ha recuperado parte de sus impuestos porque éstos se reinviertan en Madrid.

Es verdad, también, que dentro de cualquier región arbitrariamente definida podríamos encontrar subbalanzas fiscales  (entre la capital madrileña y el resto de ciudades de la comunidad o incluso entre barrios de la comunidad madrileña) hasta llegar a calcular una balanza fiscal individual. Pero que el indicador tenga sus limitaciones (como todo indicador) no invalida su utilidad: sólo implica que los cálculos tendrán un cierto margen de error y, sobre todo, que estamos valiéndonos de magnitudes medias (los residentes en un territorio pueden estar maltratados fiscalmente como media sin que todos ellos lo estén).

¿El método carga-beneficio es el adecuado?

La siguiente cuestión a dilucidar es si el modo en el que se han calculado las balanzas fiscales es el más adecuado. Grosso modo, existen dos métodos para imputar ingresos y gastos: el método carga-beneficio (que es el empleado en el informe) y el método flujo monetario. El primero imputa el gasto público a aquel territorio donde residen los ciudadanos que se benefician de los servicios provistos por ese gasto público; a su vez, los impuestos se imputan a aquel territorio donde residen quienes en última instancia soportan su carga. El segundo método, en cambio, imputa los gastos allí donde se materializa y los impuestos a aquellos que los abonan en primera instancia.

Por ejemplo, supongamos que en toda España sólo existe un hospital de maternidad en Madrid y que, por los motivos que sea, en la región madrileña nadie tiene hijos. ¿Quiénes serían los beneficiarios de ese servicio hospitalario? Según el método carga-beneficio, todas las madres del resto de España que acudan a él; según el método flujo monetario, los trabajadores del hospital madrileño Otro ejemplo: las cotizaciones sociales que pague una empresa catalana por disponer de una sede con trabajadores en Extremadura se imputan a los trabajadores extremeños, pues son ellos los que en última instancia lo pagan. De ahí que, aunque ambos métodos son útiles y tienen su relevancia, el método carga-beneficio es el más correcto y relevante.

Acaso la única salvedad que pueda efectuarse en este punto se refiere a aquellos gastos generales que presuntamente benefician por igual a todos los españoles: por ejemplo, la alta dirección del Estado, la representación exterior, la defensa o la I+D. Estos gastos, que ascendieron a 17.400 millones de euros en 2011, se imputan equitativamente a todos los españoles a través del método carga-beneficio. Y aunque sea correcto hacerlo así, también es cierto que, en este caso, aquella región que concentre las entidades encargadas de la provisión de estos servicios generales obtiene un beneficio sobre el resto. En este sentido, suele aducirse que esa región privilegiada es Madrid, donde se ubican todas los Ministerios y demás burocracia estatal; motivo por el cual el método carga-beneficio sobreestimaría el déficit fiscal de esta región.

La crítica tiene parte de razón, pero tampoco debemos exagerarla: de los 17.400 millones de servicios generales, sólo 1.000 se corresponden con gastos indudablemente concentrados en Madrid. De los otros 16.400, alguna parte recaerá en Madrid, pero ni mucho menos su totalidad: por ejemplo, la acción exterior del Estado (2.200 millones) afluye al exterior; la defensa (8.500 millones) no está concentrada en Madrid, que sólo tiene un cuarto de todas las bases militares; el gasto en gestión tributaria (1.600 millones) se difumina, en un 90%, hacia los servicios territoriales; el gasto en I+D (2.600 millones) se asigna a centros investigadores y universidades de toda España, etc.

¿Qué nos dicen las balanzas fiscales de 2011?

Sentado lo anterior con sus pertinentes matices, uno puede utilizar los datos de las balanzas fiscales con una razonable confianza. ¿Y qué nos dicen estos datos? Pues, básicamente, que los ciudadanos de cuatro comunidades autónomas —Madrid, Cataluña, Baleares y Comunidad Valenciana— están costeando las sobredimensionadas burocracias del resto de autonomías, muy en especial de Andalucía, Canarias, Castilla y León, Galicia y Extremadura. Cada madrileño paga 2.700 euros extraordinarios en impuestos —y cada catalán y balear alrededor de 1.500— para financiar las transferencias de 2.700 euros anuales que recibe cada extremeño, las de 1.900 que recibe cada canario o las de 1.500 que recibe cada asturiano.

Los incentivos perversos que tal organización hacendística provoca son gigantescos. Primero, destruye la corresponsabilidad fiscal: los ciudadanos residentes en comunidades netamente receptoras demandarán más gasto público aunque ello implique pagar mayores impuestos (pues no son ellos quienes, en última instancia, los están pagando) y, a su vez, tenderán a ser más condescendientes con el despilfarro del que no es su dinero. Segundo, elimina todo incentivo a la competencia fiscal entre autonomías en la medida en que gran parte de los ingresos termina redistribuyéndose dentro del sistema. Tercero, atrofia el desarrollo de las regiones dependientes de las transferencias externas, las cuales pasan a convertirse en rentistas del resto de España: el caso más paradigmático es el de Extremadura, que obtiene el 17% de su PIB (¡el 17%!) del resto de españoles (o dicho de otra forma: la principal industria de Extremadura es el cabildeo político para sacar tajada presupuestaria). Y cuarto, se gesta una comprensible tensión entre los ciudadanos de aquellas regiones que contribuyen netamente y los de aquellas otras que son receptoras netas: la reciente explosión del independentismo catalán es difícilmente entendible sin toda esta fortísima redistribución interna de la renta mal calificada de “solidaridad interterritorial”.

Los resultados de las balanzas fiscales deberían llevarnos a una revisión en profundidad del modelo de financiación autonómica: si hemos descentralizado la mayor parte de los gastos del Estado, deberíamos hacer lo propio con los ingresos. No es de recibo que una familia media madrileña esté pagando más de 7.500 euros anuales en impuestos para transferirlos al resto de España.

Por supuesto, una mayor descentralización fiscal implicará que las autonomías que hoy son receptoras netas de fondos deberán replantearse de raíz sus presupuestos. Pero no confundamos ese necesario replanteamiento presupuestario con la típica demagogia de dejar a las regiones “pobres” sin servicios educativos o sanitarios “de calidad”. Primero, porque el gasto sanitario y educativo representa el 60% del gasto autonómico total (y el gasto autonómico ni siquiera es la totalidad del gasto desplegado en una región), de modo que podrían recortarse otras partidas presuntamente menos relevantes. Segundo, porque hay formas de recortar el gasto educativo y sanitario sin merma en la calidad de sus servicios (por ejemplo, recortar los salarios de su personal, adecuándolos al poder adquisitivo medio de esas regiones: ¿por qué el sueldo base de un profesor extremeño ha de ser el mismo que el de un madrileño?). Y, tercero, porque las regiones receptoras siempre cuentan con una simple alternativa a recortar el gasto: subir impuestos a sus ciudadanos.

Ahora mismo, son los impuestos extraordinarios soportados por los ciudadanos de otras regiones los que costean parte de los gasto de las receptoras netas: por ejemplo, los andaluces reciben como media unas transferencias netas de 880 euros por ciudadano (el 5,5% de la renta per cápita andaluza) mientras que los catalanes abonan como media unos impuestos extraordinarios de 1.100 euros (algo más del 4% de su renta per cápita)… ¿por qué no invertir los términos? En tal caso, las transferencias interterritoriales se reducirían sin merma del gasto en ambas regiones.

En suma, las balanzas fiscales, con todos sus defectos y limitaciones, ponen de manifiesto hasta qué punto el Estado controla y abusa de la renta que arrebata a sus ciudadanos. Cuantos más altos sean los tributos y más gasto distribuya el sector público, mayores tensiones entre ciudadanos tenderán a aparecer. Lejos de crear instituciones cuyo fundamento último sea la pugna política por el reparto del botín deberíamos avanzar hacia instituciones que promuevan la cooperación voluntaria y pacífica entre todos los ciudadanos. Y, para eso, necesitamos una reducción muy considerable de la carga fiscal que vaya de la mano de una profunda descentralización administrativa.