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Etiqueta: Fiscalidad

El “impuesto negativo”

Cristóbal Montoro, ministro de Hacienda, catedrático de Hacienda Pública, no sabe lo que es un impuesto negativo. Propuso que se estudiase para España, pero lo asimiló a un programa que no es exactamente, casi ni siquiera aproximadamente, un impuesto negativo. Y que, además, ya está en marcha en España. Más allá de que Montoro, como él dice, no tenga remedio o sí, la mención al impuesto negativo es interesante, y por eso la traigo aquí.

Milton Friedman es su apóstol más afamado, aunque ni el primero ni el último. Su planteamiento consiste en que “la pobreza es en parte una cuestión relativa”. Y señala que incluso en los países más capitalistas, “claramente hay mucha gente viviendo en unas condiciones que la mayoría de nosotros consideramos pobreza”.

Para aquellas situaciones hay un recurso, que es el “más deseable”: el de la caridad privada. Esa caridad, en las sociedades actuales, se mina por el Estado de Bienestar. Si el Estado se ocupa y me quita un buen dinero para ello, también me quita recursos, incentivos y responsabilidad para hacerlo.

Por otro lado, la caridad ha funcionado muy bien históricamente. Pero ese éxito estaba ligado a una comunidad pequeña, en la que la gente se conocía, o se sentía parte de una comunidad política, social, con grandes lazos interpersonales. Pero en las sociedades desenlazadas actuales, en las que las relaciones se traban con personas más lejanas, en las que el individuo se siente parte de una comunidad mucho más amplia, esa atención al pobre de al lado ya no te concierne. Sólo estarías dispuesto a poner algo de tu bolsillo si los demás lo hiciesen. Ese argumento lo compra Friedman de cabo a rabo.

De este modo, Friedman comete varios errores. Supone que la pulsión que hay en el alma humana de ayudar a los ciudadanos en una situación de dificultad queda superada por la modernidad. Y tiene una visión de esa compasión muy pobre. No le da una oportunidad a que esa iniciativa privada sea de nuevo eficaz si se dan las circunstancias adecuadas. Que no son, como señala Friedman, la existencia de un Estado de Bienestar. Y comete un error típico de los socialistas, que es pensar que el origen de la pobreza es la carencia de dinero. Si prevalece la libertad, si no hay frenos institucionales al comportamiento legítimo, la clave para salir de la pobreza es el comportamiento.

Una sucesión de errores que le conducen a un resultado fatal. Milton Friedman, en una obra llamada Capitalismo y libertad, dice: “Si el objetivo es aliviar la pobreza, deberíamos tener un programa dirigido a ayudar a los pobres”. Una proposición que, a su vez, encierra en pocas palabras graves errores. ¿Ha de haber objetivos asumidos conjuntamente? ¿Cómo se forman? ¿Cómo se eligen? ¿Hay objetivos significativos más allá de los individuales? Friedman asume que sí. Por otro lado el pudor le impide señalar de quién es el “programa para ayudar a los pobres”. Ese “quién” es el Estado. Pero por un lado no ha demostrado que el Estado deba ayudar a los pobres, y por otro tampoco ha demostrado que la iniciativa privada sea insuficiente o peor. Apenas llevamos una página del capítulo Aliviar la pobreza, y no es muy prometedor.

Con este punto de partida es difícil que mejore. Pero sigamos. Dice que si lo importante es la pobreza, es sobre los ingresos donde se debe actuar, y no sobre los orígenes de éstos. Y debe distorsionar el mercado en la menor medida posible. Y es aquí donde hace su propuesta de un impuesto negativo. Ya se había planteado anteriormente, y James Tobin recogió la idea de Friedman y la llevó hasta donde supo. Consiste en lo siguiente:

Hay un nivel de ingresos por debajo del cual los individuos están exentos de pagar impuestos. Pongamos que se decreta en los 12.000 euros al año (cualquier elección es arbitraria). Si fijamos un tipo sobre todos los ingresos a partir de esa cantidad, obtenemos lo que se obliga a pagar al individuo. Si esa tasa es del 20 por ciento y gana 18.000 euros, pagará el 20 por ciento de 6.000 euros, que son 1.200 euros.

Pero si no llega a generar 12.000 euros, según el esquema del “impuesto negativo”, en lugar de pagar impuestos, cobrará un dinero. Y lo hará en una proporción de los ingresos que le falten para alcanzar los 12.000 euros. Si, por ejemplo, ha generado 8.000 euros y se mantiene el tipo del 20 por ciento, recibirá el 20 por ciento de 4.000 euros, que son 800. También se puede imponer un tipo distinto al “impuesto negativo” que al “positivo”. Si, en el caso anterior, utilizásemos una tasa del 50 por ciento, lo que recibiría serían 2.000 euros.

Aquí vienen las ventajas de este sistema, expuestas por Friedman: “Ayuda en la forma más útil al individuo, es decir, en dinero. Es general y no se puede sustituir por el conjunto de medidas específicas que están funcionando. Hace explícito el coste soportado por la sociedad. Opera al margen del mercado. Como otras medidas para aliviar la pobreza, reduce los incentivos de quienes reciben la ayuda a salir por sus propios medios, pero no los elimina por completo, como ocurriría con un sistema con una cantidad fija de ingresos. Un dólar más ganado siempre significa más dinero disponible para gastar”.

Lo más atractivo del “impuesto negativo” propuesto por Milton Friedman es que se propone como una alternativa al Estado de Bienestar. Esto es característico de Friedman. Toma los objetivos declarados por los socialistas como válidos, y ofrece una solución pública también, menos invasiva, y válida (o que parece válida) para ese objetivo declarado. No debemos despreciar esta propuesta en este sentido. El objetivo, el planteamiento y la solución que ofrece Milton Friedman son socialistas; es una solución más racional, menos distorsionadora e invasiva. Y, al no servir a intereses sectoriales o sociales particulares, no está tan sujeta al juego político, que consiste en la distribución de renta y riqueza de una parte de la sociedad (generalmente menos organizada) a otra parte de la sociedad (más) y al Estado. Friedman, como socialista racional, probablemente no tenga rival en el valor de sus aportaciones. Esta es una de ellas.

Podemos hablar de este esquema con total tranquilidad, en la confianza de que nunca se llevará a cabo. Es una amenaza para numerosos y poderosos intereses detrás del Estado de Bienestar.

El sistema propuesto por Friedman tiene al menos dos efectos negativos en la práctica. Uno de ellos es que desincentiva la obtención de mayores ingresos. Es decir, la generación de nuevos ingresos. Pero esto no es diferente a lo que ya ocurre. Y, en segundo lugar, es un llamamiento eficaz a un fraude masivo. En los Estados Unidos se puso en marcha un sistema parecido (muy parcial, ya que no se eliminó el Estado de Bienestar), y la Oficina General de Cuentas observó un fraude del entorno del 45 por ciento.

En definitiva, aunque es mejor que lo que tenemos, la propuesta de Milton Friedman de un impuesto negativo para aliviar la pobreza es otro esquema socialista fallido.

Engullidos por la burbuja estatal

Durante toda la crisis hemos venido escuchando un mantra que no por falaz resultaba menos convincente para muchos: el problema de España no es la deuda pública, sino su gigantesca deuda privada. En realidad, el problema de España siempre fue su deuda total, y el hiperendeudamiento público promovido primero por Zapatero y después por Rajoy no ayudaba en absoluto a reducir esa deuda total.

Pero, ciertamente, a finales de 2008 la mayor parte de la deuda española se concentraba en el sector privado: en concreto, la deuda empresarial representaba el 48% de la deuda total, los pasivos familiares el 34%, y la deuda pública apenas el 18%. No era casualidad: desde 2002, el Banco Central Europeo había mantenido los tipos de interés artificialmente bajos para así incentivar el sobreendeudamiento de familias y empresas con el que impulsar un (burbujístico) crecimiento económico. Normal, pues, que el sector privado se sobreapalancara tras la decidida intervención de este monopolio estatal.

Sucede que, desde comienzos de 2009, el sector privado comenzó a hacer sus deberes: su gigantesca losa de deuda le resultaba inmanejable y por ello se esforzó en ahorrar, vender activos y renegociar con sus acreedores, esto es, se esforzó en reestructurar y sanear su deuda. Cinco años después, los resultados han sido muy notables: las familias han reducido sus pasivos en unos 125.000 millones de euros y las empresas, en 255.000 millones. En total, por tanto, el sector privado español ha recortado su apalancamiento en el equivalente a cerca de 40 puntos del PIB de 2013. ¿Qué ha hecho mientras tanto el sector público? Lo ha incrementado en más 55 puntos, esto es, en unos 557.000 millones de euros.

Así las cosas, a enero de 2014 el porcentaje de la deuda empresarial sobre el total se había reducido del 48% al 36%, el de las familias del 34% al 27,5% y el del sector público (incluyendo la deuda de las empresas públicas) se había duplicado desde el 18% al 36,5%. Quizá más relevante todavía sea constatar que, mientras en 2008 la deuda empresarial superaba a la pública en más de 800.000 millones de euros (el 80% del PIB), a comienzos de 2014 era la deuda pública la que superaba a la empresarial en casi 12.000 millones de euros (1,2% del PIB). Es decir, en enero de 2014 hemos asistido a un fenómeno insólito en España desde el año 2000: la deuda del sector público ya ha superado en monto a la deuda empresarial privada, convirtiéndose así en el sector económico más endeudado de España.

Pero el abismo entre la deuda pública y privada no es sólo cuantitativo, sino cualitativo: la deuda empresarial se constituye para sufragar inversiones productivas que con el tiempo generarán la riqueza adicional suficiente como para amortizar esa deuda facilitando además la creación complementaria de riqueza en el resto de la economía; en caso contrario, si fracasa el proyecto empresarial financiado con deuda, su acreedor sabe que se expone a un concurso, esto es, a tomar el control de la empresa para reflotarla o liquidarla resarciéndose así de parte de lo adeudado. Las obligaciones financieras del sector público, empero, no funcionan de este modo: su cometido no es el de sufragar inversiones productivas de ningún tipo (al contrario: la deuda pública suele justificarse aduciendo la necesidad de sufragar gastos que el sector privado, por su falta de rentabilidad, jamás habría acometido por sí solo), por lo que su repago no queda vinculado a la (nula) riqueza adicional que generan, sino al expolio de unas familias y empresas que sí han sido capaces de generar riqueza por su cuenta y riesgo. De esta manera, y salvo repudio gubernamental de su deuda, la acumulación de pasivos estatales implica la rapiña futura de los sectores productivos de una sociedad, minando y socavando sus bases de crecimiento futuro.

Por eso, Zapatero y Rajoy costearon su supervivencia política —y la de la burbuja estatal que tanto veneran—a costa de hipotecar el futuro de los españoles: en su segunda legislatura, ZP incrementó el endeudamiento público a una media de 8.200 millones de euros mensuales; Mariano, hasta el momento, lo ha hecho a un ritmo de 9.900 millones de euros mensuales. Comparen tamaño despropósito con la diligencia exhibida por el sector privado: en los últimos cinco años, las familias se han desendeudado a una media de 2.100 millones mensuales y las empresas a una de 4.700. No busquen causalidad entre la correlación porque no la ha habido: es verdad que el endeudamiento público ha insuflado renta disponible en el sector privado, pero no es menos cierto que la mayor parte de ese endeudamiento estatal ha sido financiado por ahorro privado interno que, alternativamente, podría haber acelerado el sano proceso de desapalancamiento (y tampoco es menos cierto que el sector público ha saqueado a impuestos al sector privado, dificultando gravemente su ritmo de desapalancamiento).

En ésas estamos: una burbuja estatal que los políticos se obstinan en no pinchar y que, con tal de mantenerla a flote, optan por expoliar a las generaciones presentes (mordidas fiscales) y a las futuras (endeudamiento público desproporcionado). Afortunadamente hay alternativas liberales: la más inminente pasa por pinchar y sanear la burbuja estatal; la más largoplacista, por desarticularla por entero.

El mapa de España de los ingresos familiares

MadridPaís VascoCataluñaBaleares y algunos municipios de la cornisa cantábrica son las localidades los que concentran las familias con una media de ingresos más alta de España, por encima de los 23.240 € al año de acuerdo con la última actualización de las tipologías Habits de perfiles de consumo, elaboradas por AIS . Entre las localidades de más de 10.000 habitantes, Boadilla del Monte (Madrid) es el municipio con la media de ingresos familiares más elevada de España: 34.965 € anuales.

Los ingresos medios de los españoles apenas superan los 23.000€ anuales. Los madrileños, vascos, navarros, catalanes, baleares y muchos municipios de la cornisa cantábrica son los que concentran las familias con una media de ingresos más alta, con un nivel de renta de entre 25.000 € y 35.000 € al año. Entre las localidades de más de 10.000 habitantes, Boadilla del Monte (Madrid) es el municipio con la mayor media de ingresos familiares de España: 2.910€ mensuales. Le siguen de cerca Las RozasPozuelo de AlarcónTres Cantos y Villaciosa de Odón. De los 10 municipios con la media de rentas más altas sólo dos no pertenecen a la Comunidad de MadridGetxo (Vizcaya), donde la media de ingresos es la quinta más alta del Estado superando los 33.400 € anuales, y San Quirze del Vallés (Barcelona), la octava, donde los ingresos medios rondan los 32.800€.

En el otro extremo quedan las familias de las localidades de la mitad sur de España. La Puebla de Cazalla (Sevilla) es el municipio de más de 10.000 habitantes con la media de ingresos más baja del país. Apenas superan los 1.340€ de ingresos mensuales, es decir, unos 16.110€ al año por hogar. Cerca, en una cola del ranking copada por municipios andaluces, quedan también Navalmoral de la Mata (Cáceres), Guadix (Granada) y Plasencia (Cáceres).

Volviendo a la parte alta de la clasificación, San Sebastián es la mejor situada de las capitales de provincia. La media de ingresos de sus familias se sitúa en los 2.545€ mensuales. Tras Donostia se encuentran Vitoria-Gasteiz, con una media de ingresos entre sus familias superior a 2.350€ mensuales, Bilbao (2.330€/mes) y Tarragona (2.310€/mes).

En Madrid capital, la media de ingresos de las familias supera los 25.720€ anuales, lo que se traduce en algo más de 2.140€ al mes. Estas cifras la sitúan en el puesto 179 de la lista de los 760 municipios de más de 10.000 habitantes que hay en España. Madrid se ve así superada por ciudades como LéridaOviedoPalmaBurgos o Pamplona, que presentan una media de ingresos más elevada.

En Barcelona, la media de renta es también algo superior a la de Madrid. Los ingresos medios de los hogares de la capital catalana se sitúan alrededor de los 2.200€ mensuales (26.550€/año).

Los hogares extremeños son de los que más se han empobrecido desde 2010. La media mensual de ingresos ha descendido desde entonces en unos 520 euros cada mes. Sin embargo, es Almería la provincia cuyas familias se han llevado la peor parte. Su renta ha caído de media en más de 660€ mensuales desde 2010. Si hace cuatro años el volumen medio de renta de las familias almerienses era de unos 27.700€ al año, ahora no llega a 19.800€.

Una reforma fiscal equivocada

“The real goal should be reduced government spending, rather than balanced budgets achieved by ever rising tax rates to cover ever rising spending". Thomas Sowell

“Una reforma que parte del principio de suma cero (lo que te doy por un lado te lo quito por otro) y no rebaja ingresos del estado no es reforma”. Juan Manuel Lopez-Zafra

Se ha discutido mucho sobre las recomendaciones del comité de expertos de cara a la reforma fiscal. Yo mismo comentaba algunos de los puntos principales ayer en la radio. Mi mayor problema con las recomendaciones es que las reformas fiscales orientadas a aumentar la base imponible no dejan de ser aumentos de impuestos, y ponen en peligro el crecimiento potencial de una economía en frágil recuperación.

Sinceramente, espero que el Gobierno tenga en cuenta varios elementos que pueden afectar a la principal apuesta del Ejecutivo de cara a las elecciones, la recuperación económica y el empleo.

Considerar la primera vivienda o el coche como renta en el IRPF mientras se baja el tipo del mismo equivale a un aumento neto de lo que paga el ciudadano en impuestos y, de nuevo, ataca la renta disponible y el consumo. Utilizar el concepto de “vivienda improductiva” además es contraproducente para un país con centenares de miles de viviendas sin vender.

Subir el IVA de los productos en el tipo reducido (que ya ha subido al 10%) y super reducido afecta a nuestra industria más importante, el turismo, a la débil recuperación del consumo y a los márgenes de empresas con enormes dificultades. Con ello sufre el empleo y los consumidores con menos recursos al suponer subidas en carne, pescado, productos sanitarios, transporte de viajeros, servicios de hostelería o libros.

Eliminar deducciones en I+D o inversión en el extranjero es un peligro en un país donde esos conceptos se necesitan cada día más. Decir, como he oído en alguna ocasión “las inversiones las hacen sobre todo las grandes empresas, y si quitas las deducciones no van a dejar de hacerlas” es incorrecto y peligroso.

Con un tipo del 25% en Impuesto de Sociedades no se atrae suficiente inversión extranjera para lo que el país necesita. Reino Unido tiene un 23% y para las pymes con beneficios menores a 300.000 libras, un 20%. Irlanda tiene un tipo del 12,5%, y gracias a ello las mayores empresas se instalan en ese país.

La armonización fiscal no puede hacerse para igualarse al malo e ineficiente, sino a los mejores. Competencia fiscal y gestión eficiente de recursos. Si armonizamos al alza no sólo no atraemos capital, sino que lo echamos de las comunidades con ventajas fiscales.

Adicionalmente, hay varios elementos que no aparecen en el debate y que me parecen esenciales:

  • Una reforma fiscal que parte de justificar el gasto y sólo busca aumentar la recaudación sin atender a la razón por la que han caído los ingresos nace con riesgo de entorpecer la recuperación. Los ingresos han caído por el pinchazo de la burbuja inmobiliaria y de obra civil, que generaba ingresos de 50.000 millones de euros, según los ministros De Guindos y Solbes, la caída de los beneficios empresariales, superior al 60%, y la devaluación interna, que ha cercenado la recaudación en los dos impuestos que más capacidad recaudatoria tienen: el IVA –al caer el consumo- y el IRPF –al aumentar el paro y bajar los salarios a niveles de 2001 en muchos casos.
  • Una reforma fiscal que busca compensar ingresos de burbuja inmobiliaria con recursos de “lo que ha quedado vivo”, no sólo no soluciona el problema del déficit estructural de la economía, que se sitúa por encima del 4%, según AFI, sino que vuelve a poner en los hombros de las empresas y ciudadanos que han sobrevivido a la crisis el peso de un Estado que se niega a reducir su peso. El gasto público ha pasado en seis años de 412.000 millones de euros a 492.000 millones y alcanza el 50% del Producto Interior Bruto (PIB) incluyendo las empresas públicas. Incluso si consiguen arrancar – y lo dudo- 30.000 millones de recaudación adicional, España seguiría gastando más de 60.000 millones de lo que ingresa.

  • Cuando se acepta como mantra que tenemos “un problema de ingresos y no de gastos”, el diagnostico nace erróneo y la recaudación se convierte en confiscatoria. España nunca ha recaudado más del 41% del PIB, y no va a aumentar los ingresos fiscales en casi nueve puntos de PIB rascando de lo que ha quedado del desastre económico de 2007-2012. Analizar el gasto público quitando los costes de la deuda, la protección social y los extraordinarios como si estos no se pagaran o no fueran parte de lo que un gestor público debe tener en cuenta en su escandallo es tremendamente dañino, porque parte de la base de que todo lo demás es inamovible. Lo extraordinario se convierte en ordinario

  • El cuento de la lechera del fraude fiscal no puede servir de excusa para subir los impuestos a quienes no lo cometen o gestionan su contribución dentro de la legalidad, ni mucho menos para asumir que esos supuestos ingresos perdidos se van a recuperar. El historial de error en el cálculo de ingresos estimados por nuevas acciones tributarias de nuestros gobiernos es haberse equivocado entre un 50 y un 70% entre la cifra real y la esperada. Si además en España la economía sumergida se estima en un 24% del PIB -y es mucho estimar- y en los países más avanzados cercana al 15%, la “cántara de leche recaudatoria” que nos están vendiendo es muy inferior a lo que realmente se conseguiría. Hay que luchar contra el fraude, claro, pero caer en el error de gastar hoy esperando unos ingresos a futuro es lo que nos lleva a estos lodos.

Recuerden el caso de Francia y el error de pensar que con gasto público y déficit se sale del agujero (como comentábamos aquí).  

No se puede decir que no se haya hecho nada en cuanto al gasto, pero sí se puede afirmar que se ha hecho menos de lo necesario comparado con el ajuste de toda la economía.

El Gobierno cifra en 7.384 millones de euros lo ahorrado con la reforma de las administraciones públicas, y pronostica un ahorro a finales de 2015 de 28.898 millones de euros. Es decir, si damos por válidas las cifras, el ahorro conseguido con los mal llamados recortes –ya que el gasto no ha bajado- no llega a un 21% de todo lo que aumentaron los gastos desde 2005 a 2012 (143.000 millones de euros).

Argumentar que se ha recortado el gasto social es incorrecto cuando en 2012 superaba en 3.000 millones lo gastado en 2010 (según IGAE) y se ha disparado en 56.000 millones desde 2006.

Mientras tanto, la economía española privada ha visto ajustes del 40-60%, y las administraciones públicas exigen que el esfuerzo vuelva a recaer sobre empresas y familias.

Se ha creado la aristocracia del gasto político, que rechaza cualquier ajuste adicional y siempre exige el esfuerzo a los demás.

Pero además, no se puede hablar de ahorro cuando han aumentado los gastos. Y repito, los gastos extraordinarios cuentan, cuestan y se pagan, no son aire. ¿Ha escuchado usted alguna vez a alguien decir “si quito los costes de la obra de casa, la hipoteca, los intereses de la tarjeta, el seguro, el dentista y el taller del coche mis gastos son muy bajos”?

La deuda del conjunto de las administraciones públicas españolas ha alcanzado los 960.640 millones de euros. Se ha reducido el coste, pero la cantidad sigue aumentando, a un ritmo del 8%.

Incluso si eliminamos los gastos extraordinarios de los rescates autonómicos, el de las cajas -todas públicas, recordémoslo- y de facturas sin pagar –ese que siempre olvidan los que dejan los impagos-, las administraciones publicas siguen siendo muy deficitarias. Eso suponiendo, y es mucho suponer, que el Estado no consuma aún más al calor de “lo que vamos a ingresar”.

La fiscalidad debe orientarse hacia dos objetivos: atraer capital y crear empleo. Y ante todo, debe evitar hacer el cálculo desde un gasto inamovible para alcanzar una cifra de ingresos de pasado burbujero, como comentábamos aquí.

En mi libro “Viaje a la Libertad Económica” hablo de la enorme cantidad de gasto político que sigue entorpeciendo la recuperación, hasta 80.000 millones de euros anuales. Juan Rallo en su libro “Una Revolución Liberal” muestra que el coste del estado español es de 22.100 euros por trabajador anualmente, 8.275 anuales por habitante.

El esfuerzo fiscal (lo que los ciudadanos pagan respecto a su renta) en España es de los más altos de la Unión Europea, mientras que la presión fiscal es aparentemente baja. ¿Por qué? Porque la presión fiscal es un ratio recaudatorio, se calcula en base al PIB, y cuando el 50% del PIB lo controla el Estado y se ha aumentado a base de burbuja de obra civil e inmobiliaria, la trampa de la ratio nace en toda su gloria.

Entendamos la diferencia entre una fiscalidad orientada al crecimiento y otra recaudatoria a corto plazo, que frena el desarrollo potencial.

Hay que bajar impuestos y cortar gasto político. Efectivamente, sin lo segundo ninguna reforma fiscal va a funcionar, porque el déficit estructural creado por dicho gasto es demasiado alto. Lo comentaba en esta columna hace más de un año: “Un tipo fijo por el que todas las compañías comerciales paguen una tasa del 12,5% real, simple, igual para todos. El principal problema de nuestro sistema impositivo -además de ser muy oneroso- es su altísima complejidad. Un tipo real del 12.5% reduciría la administración del impuesto, sus costes asociados y no requeriría de una legión de fiscalistas en busca de deducciones. Un régimen de autónomos donde se pague una cuota de 25 euros –todos, no solamente los jóvenes- y se deduzcan impuestos si se crea empleo estable, como se ha prometido. Un entorno impositivo atractivo y bajo, tanto a nivel corporativo como personal, predecible a largo plazo, es esencial para ayudar al país a recuperarse”.

Sólo pido que el Gobierno tenga en cuenta el riesgo de que la reforma ataque al consumo y retrase la inversión productiva que tanto necesitamos mientras las empresas analizan y se aclaran sobre el impacto y aplicación de las nuevas normas. España puede crecer al 3% y crear millones de puestos de trabajo si no volvemos a ponerle la zancadilla con gasto improductivo. No para garantizar el Estado del Bienestar, sino para justificar el bienestar del Estado.

La contrarreforma fiscal del rajoyismo

Alguna vez he contado que comencé a leer a los grandes liberales tras escuchar al gigante francés Jean-François Revel en el programa nocturno que dirigía Losantos en la COPE. Hablaba un español bastante mejor que el mío y me decidí a leer el libro que estaba promocionando en ese entonces, La gran mascarada. Pero el que leí a continuación fue el célebre Camino de servidumbre, que el pasado 10 de marzo cumplió 70 años. Quizá no sea el primer libro que deba leer un liberal o alguien que quiera entender el liberalismo, porque es de prosa un poco farragosa; pero sí, desde luego, uno de los primeros.

En plena segunda guerra mundial, Hayek observó que la lucha contra el nazismo no estaría completa si no se combatía la raíz intelectual de los fenómenos totalitarios que arrasaban Europa. Por esta razón, a modo de advertencia, se puso a escribir un libro pequeño, en el que pensaba que sólo ponía de manifiesto una serie de obviedades sobre las consecuencias inevitables de la planificación central de la economía. Pese a que el austriaco nunca estuvo del todo satisfecho de ella, esta obra se convertiría en la más leída de entre las suyas, y en uno de los ensayos políticos más importantes del siglo XX.

Hayek conocía perfectamente los problemas económicos que inevitablemente trae consigo el comunismo, después de su papel central (junto a su maestro Mises) en el debate sobre la imposibilidad del cálculo económico en el socialismo. Sabía, pues, que ninguna de las formas totalitarias que entonces gobernaban en Europa (nazismo, fascismo y comunismo) traería ningún bien, sino una mayor miseria. Pero quedaba por aclarar que los horrores provocados por este tipo de regímenes –las matanzas masivas, la destrucción absoluta de la libertad– eran también una consecuencia inevitable del colectivismo. 

La tesis principal de este libro es que los fines no importan si el medio empleado es la planificación económica centralizada. Todos los regímenes políticos que la enarbolan como solución terminan pareciéndose como gotas de agua, llevan a la destrucción de la democracia y obligan a los ciudadanos a recorrer el camino de su servidumbre al poder político. Muchos aducían, y aducen aún hoy, que la planificación sólo afecta a la libertad económica, olvidando que sin propiedad privada estamos siempre a merced de los demás. Y cuando el propietario único es el Estado la dependencia del mismo difiere muy poco de la esclavitud.

Asombra el rigor y sentido común de muchos de los razonamientos por los que llega Hayek a dicha conclusión. Por ejemplo, muchos creen que el totalitarismo puede ser bueno si sus dirigentes también lo son. Sin embargo, Hayek aduce que los dirigentes serán siempre lo peor entre lo peor. Y no porque la historia lo haya corroborado en innumerables ocasiones, sino porque el mismo proceso de selección de líderes en un Estado totalitario excluye a los buenos. Para imponer los fines colectivos a los individuales, los dirigentes deberán coaccionar a un enorme porcentaje de sus súbditos, que se resistirán, en ocasiones violentamente, a ceder sus propiedades o cantar las loas al régimen. Para imponerse, esa coacción tomará las repulsivas formas del encarcelamiento, la tortura y el asesinato. Sólo podrán dirigir, por tanto, aquellos que estén dispuestos a tomar esas medidas para imponer sus tesis, es decir, los peores elementos de la sociedad.

Es común malinterpretar a Hayek y pensar que su tesis consiste en que cualquier tipo de intervención y regulación termina llevando por una pendiente resbaladiza hasta el totalitarismo y el horror; que ese es el camino de servidumbre que describe. Es cierto que algunos de los razonamientos y situaciones que describe son fácilmente adaptables a variantes más benignas y socialdemócratas de coacción. Pero Hayek se refería exclusivamente a la planificación central de la economía.

Desgraciadamente, sigue siendo necesario hoy día explicar estas cosas que al austriaco le parecían obvias. Quizá siempre lo sea. El movimiento 15-M, por ejemplo, lo deja claro. Algunas de las mejores páginas del libro parecen destinadas a él, como las que describen la frustración cuando los planes económicos centralizados no colman las expectativas de los ciudadanos que los apoyaron, porque es imposible que lo hagan, pero éstos lo que reclamarán entonces será un cambio en la dirección del país y una ampliación y mejora de dichos planes para que abarquen aún más ámbitos. No cabe mejor descripción de la frustración de nuestros indignados contra los políticos y su curiosa solución de ampliar aún más su poder. Bastaría con que esta vez gobernaran los buenos. Ya.

El camino hacia el totalitarismo

Si es propietario, prepárese. El Estado va a por usted. En los próximos meses, escuchará hablar mucho sobre la reforma fiscal que prepara el Gobierno y las recomendaciones de los expertos para mejorar el actual sistema tributario. Pero, más allá de los cambios que se avecinan, que serán muchos, aunque en ningún caso se traducirán en una bajada real de impuestos, hay un elemento, una sinuosa tendencia que, si bien pasará desapercibida para la mayoría, tendrá un impacto muy sustancial sobre su bolsillo.

"Fiscalidad patrimonial" lo llaman. ¿Traducción? Confiscación parcial de su propiedad, expoliación indiscrimnada de su riqueza, incautación forzosa de su capital. En resumen, un nuevo robo a mano armada. La idea no es nueva, pero, poco a poco, va tomando forma. La deuda pública ha alcanzado cifras récord en los países desarrollados y, entre las múltiples estrategias que barajan los gobiernos para amortizar sus créditos, la opción de expropiar parte de la riqueza de sus ciudadanos se va haciendo un hueco cada vez mayor. Sin ir más lejos, el Fondo Monetario Internacional (FMI) ya avanzó esta posibilidad a finales del pasado año, sugiriendo una quita de hasta el 10% sobre el patrimonio de las familias para reducir deuda pública. Idea que, posteriormente, fue apoyada de forma explícita por el ex economista jefe del FMI Kenneth S. Rogoff.

No es el único. El todopoderoso banco central de Alemania (Bundesbank) avala la citada confiscación. Los halcones monetarios consideran que los gobiernos periféricos de la zona euro deberían recurrir a la riqueza privada de sus familias y empresas mediante un impuesto extraordinario sobre el capital antes de pedir ayuda a otros estados, como ha sucedido hasta ahora, para evitar el riesgo de quiebra soberana. "[Un impuesto sobre el capital] se corresponde con el principio de responsabilidad nacional, según el cual los contribuyentes son responsables de las obligaciones de sus gobiernos antes de requerir la solidaridad de otros estados", advierte el Bundesbank. Dicho en román paladino, esquilmen primero a sus contribuyentes antes de intentar sablear a los nuestros.

Los asesores de Angela Merkel recomendaron algo similar hace un año. En concreto, apuntaban que la forma más eficaz, rápida y sencilla de obtener dinero para solventar los problemas de solvencia estatal y financiera en el sur de Europa consistía en gravar de forma muy sustancial la propiedad inmobiliaria. No en vano, la vivienda es un bien cautivo, cuya evasión es harto complicada, a diferencia del capital financiero, como los depósitos o los fondos de inversión, y, además, constituye el principal activo de las familias, sobre todo, las españolas.

Ante tal atropello, muchos utilizarán como excusa este tipo de propuestas para recalcar, una vez más, la maldad y egoísmo de los alemanes con los pobres y maltratados países del sur. No se equivoquen. Lo único que pretenden, y con razón, es recuperar su dinero y salvaguardar a sus contribuyentes de los despilfarros acometidos por las economías periféricas durante la época de burbuja, pero, en última instancia, la aplicación o no de tal atraco no depende de Berlín ni de Washington -sede del FMI- sino, única y exclusivamente, de nuestra particular casta parasitaria. Recuerden sino la presión ejercida por Alemania y Francia para que Irlanda, entonces en situación de quiebra, elevara su Impuesto de Sociedades a cambio del rescate, y el muy acertado corte de mangas que recibieron en respuesta por parte de Dublín.

No, señores. Al acreedor lo que le importa es cobrar, da igual que sea subiendo impuestos -como hace España- o bajando de forma drástica el gasto -como han hecho los bálticos-. La responsabilidad última, por tanto, es de los políticos patrios, y éstos están encantados de expoliar a sus contribuyentes con tal de mantener en pie una estructura estatal mastodóntica con la que poder alimentar bocas y comprar votos a costa del trabajo de los demás. El problema para el Estado español, hoy por hoy, es que su capacidad para confiscar rentas (IRPF) y beneficios (Sociedades) se ha reducido de forma muy intensa, al tiempo que la tributación sobre el consumo (IVA) también se ha visto limitada durante la crisis.

¿Solución? Vayamos a por los propietarios. Dicho y hecho. Los dueños de viviendas bien saben el expolio al que han sido sometidos en los últimos años por los ayuntamientos. Y es que, en lugar de reducir gastos, la Administración Local ha disparado el Impuesto sobre los Bienes Inmuebles (IBI) para compensar el desplome de los ingresos urbanísticos con un resultado ciertamente exitoso para las arcas munipales, ya que la recaudación de este tributo ha aumentado un 46% desde 2007 vaciando el bolsillo de los titulares.

Pero, por desgracia, este particular atentado impositivo no acaba aquí. Prueba de ello es la reforma fiscal que la "Comisión de Expertos" acaba de presentar al Ministerio de Hacienda. Así, entre otras medidas, proponen incluir en el IRPF una renta artificial e inexistente del 1,1% sobre el valor catastral de la vivienda habitual, que, hasta ahora, tan sólo se aplicaba a las segundas y ulteriores residencias. Asimismo, los sabios hacendísticos también apuestan por eliminar la deducción por compra de vivienda con carácter retroactivo, lo cual supondría un hachazo de 731 euros a los 5,8 millones de contribuyentes que se ahorran algo del IRPF a través de la amortización de hipoteca. Es muy posible que el Gobierno rechace ambas recomendaciones dado el negativo impacto que tendría para el PP de cara a las elecciones de 2015, pero en ningún caso se debería descartar su aprobación para más adelante.

Y dado que la vivienda se ha convertido en objetivo número uno de la Administración, las comunidades autónomas no van a ser menos. Es probable que la cuasi eliminación del Impuesto Sucesiones y Donaciones quede pronto en el olvido. Los expertos y, en este caso, también Hacienda consideran que es necesario armonizar estos tributos autonómicos, empleando como excusa la siempre manida "unidad de mercado". Por tanto, prepárense para una subida generalizada de ambos impuestos. Siendo la vivienda el principal activo de las familias es evidente que la recaudación por Sucesiones y Donaciones engordará a costa del patrimonio que recibirán los herederos, sin importar un ápice a nuestros queridos políticos el hecho de que tales bienes ya hayan tributado en el pasado.

Por último, recuerden que todo este tipo de ataques a la propiedad privada por parte de las hambrientas Haciendas españolas podría constituir tan sólo un adelanto del futuro expolio patrimonial, ya que la gran apuesta del PSOE es establecer un nuevo impuesto sobre la "riqueza" que, en el fondo, consiste, pura y llanamente, en imputar una rentabilidad artificial de hasta el 3% anual a todos y cada uno de los bienes que posee el contribuyente -desde rentas hasta acciones, depósitos e inmuebles-, con independencia de que tales excedentes se hayan o no producido en realidad.

La vivienda, que ayer era paradigma de riqueza [irreal], se ha convertido hoy en una trampa inevitable para el contribuyente debido al rechazo del Gobierno a reducir el gasto público para acabar con el déficit.

Rajan contra Wolf: el problema no es la demanda

Sabido es que la interpretación dominante de la crisis de España, y de la Eurozona en general, sigue las directrices canónicas del keynesianismo: dado que el sector privado no gasta lo suficiente, la producción y el empleo se hallan bajo mínimos, lo que queda plasmado en una baja inflación. Quienes más padecen esta carestía de demanda son los países periféricos, cuyas empresas deberían ganar competitividad vía precios frente a las del Norte de Europa para así conseguir que la demanda exterior los saque del atolladero y estimule su aparato productivo.

Lo repetía hace unos días Martin Wolf: la demanda real de la Eurozona en el cuarto trimestre de 2013 aún era un 5% inferior a la de 2008 y la de países como España lo era en un 16%. Normal, piensa Wolf, que la Eurozona esté sumida en una incipiente deflación que el Banco Central Europeo debería estar combatiendo con decisión, aunque sólo fuera para que los precios de los países ricos del Norte de Europa aumentaran más rápido que los de los países pobres del Sur, logrando así que éstos últimos recuperaran su competitividad.

La narrativa es de sobras conocida y ya hemos tenido ocasión de criticarla en otras ocasiones. En particular: España —y el mundo en general— no adolece de un problema de demanda, sino de oferta. No se trata de que no gastemos lo suficiente, sino de que durante años hemos malgastado difiriendo el momento del pago (endeudándonos) y ahora toca pagar no sólo los malgastos pasados sino los más racionales gastos presentes, para lo cual no nos queda otro remedio que reconvertir una estructura productiva que esos malgastos pasados descompusieron y que no está, en consecuencia, capacitada para generar la riqueza con la que pagar sus deudas (malas inversiones). La tesis tampoco es novedosa, ya que constituye la esencia de la Teoría Austriaca del Ciclo Económico.

Acaso lo novedoso sí esté en quién suscriba la esencia de esta tesis y les explique a Wolf, y a tantos otros keynesianos, por qué yerran:nada menos que el gobernador del banco central de la India, Raghuram Rajan. El artículo de Rajan, publicado hace poco más de un año, resume perfectamente el problema de fondo de los planes de estímulo fiscales y monetarios: la demanda inducida por los planes gubernamentales de estímulo no es la misma demanda que se indujo por el sobreendeudamiento privado años atrás, no sólo porque los nuevos demandantes no son los mismos que los antiguos demandantes, sino porque los antiguos demandantes no tienen ningún interés en seguir gastando en los mismos burbujísticos bienes que gastaban otrora: "Es fácil darse cuenta de por qué un estímulo a la demanda, como puede ser el de recortar el impuesto sobre la renta, no tiene por qué resultar eficaz para lograr el pleno empleo. El estímulo general va a parar a todo el mundo, no sólo a los antiguos prestatarios. Y los patrones de gasto de cada persona son distintos —la familia rica y anciana compra joyas en Tiffany y no un coche en General Motors–. E incluso los antiguos prestatarios es dudoso que usen el dinero obtenido del plan de estímulo para seguir comprando más casas".

Pero si los planes de estímulo no consiguen restablecer los antiguos patrones de demanda, es evidente que no lograrán relanzar un aparato productivo moribundo especializado en atenderesos antiguos patrones de demanda. Tenemos una economía mal adaptada a las necesidades de trabajadores, capitalistas y acreedores y sólo reconstruyéndola podremos volver a generar riqueza de manera sostenible: aquellos sectores hipertrofiados con respecto a la demanda deben ser cercenados y aquellos sectores atrofiados con respecto a la demanda deben florecer. Es decir, la armonía y el equilibrio deben restablecerse.

En este sentido, la solución de Rajan tampoco sorprenderá, pues es la misma que vienen repitiendo los economistas austriacos desde hace años: libertad de mercado para favorecer la recolocación de factores productivos entre industrias y ahorro para financiar la inversión en esas nuevas industrias y el repago de la deuda. Lo que en ningún caso deberíamos estar haciendo es permitir que el Estado, con la excusa de suavizar la transición, esté en realidad obstaculizándola y manteniendo a flote empresas zombie: "La única solución sostenible es permitir que la oferta se ajuste a las fuentes de demanda normales y sostenibles —facilitar que los trabajadores de la construcción y de la industria automovilística se recoloquen en las industrias que muestren un perfil de crecimiento más acelerado—. Lo peor que pueden hacer los gobiernos es entorpecer y apoyar empresas inviables o sustentar la demanda de industrias inviables mediante el crédito barato". Es de celebrar que, por fin, un banquero central haya comprendido en toda su profundidad La Ley de Say.

Claro que, para nuestra desgracia, sólo ha sido uno el que la ha comprendido: los gobiernos y el resto de bancos centrales han estado desde el comienzo de la crisis siguiendo un camino opuesto al aconsejado por Rajan. El no querer afrontar que las reestructuraciones de la oferta son costosas y lentas (como suelo decir: una cementera no puede reconvertirse ipso facto en unresort turístico o en un laboratorio de I+D) les ha llevado a dopar al enfermo, una irresponsabilidad cuyas consecuencias se dejarán sentir durante muchos años: "El mal diagnóstico tendrá efectos duraderos. Los países desarrollados tardarán décadas en amortizar sus excesos de deuda pública mientras sus bancos centrales tendrán que vaciar sus sobredimensionados balances y dar marcha atrás en su promesa de apoyar a unos mercados que se han vuelto dependientes de esas promesas".

La obsesión de buscar, por el lado de la hinchazón de la demanda, una inexistente alternativa a la sana y flexible reestructuración de la oferta no nos conducirá a una más pronta recuperación, sino a japonizarnos. Fue la demanda desproporcionada, financiada por el endeudamiento insostenible, lo que nos condujo desde un comienzo al caos actual: no será esa misma demanda desproporcionada y financiada por la deuda lo que nos saque de él, sino el reajuste de la oferta hacia nuevos sectores que no necesiten vivir del endeudamiento insostenible. O dicho de otra forma más llana: la forma de restablecer el crecimiento de la economía española no es logrando que la gama alta de coches alemanes se encarezca este año un 2% para así abaratar relativamente los pisos de Seseña ante el comprador internacional con la esperanza de que, tras venderlos todos, podamos volver a relanzar la industria de la construcción recolocando en ella varios millones de parados. No, la forma de salir de la crisis no es regresar a la burbuja, sino reparando los ingentes daños que ésta causó: ahorro y libre mercado. Oferta equilibrada y no demanda desequilibrada: riqueza y no despilfarro.

Falacias tributarias, inversión y donación

"I’m saying it bluntly, that this administration is the greatest wet blanket to business, progress and job creation in my lifetime” Steve Wynn (Julio 2011)

Me preocupa mucho la deriva populista de algunos grupos políticos, que se ha intensificado con el debate sobre el estado de la Nación. No debería extrañarme, cuando en un país en el que se ha disparado el gasto público en 180.000 millones desde 2003 se escuchan cosas tan alarmantes como “usted y yo estamos de acuerdo, no tenemos un problema de gastos sino de ingresos” sin que se revolucione el congreso. 

Por supuesto, es falso. España jamás ha ingresado más de 413.000 millones de euros en el pico de la burbuja inmobiliaria y de obra civil, a pesar de la mayor expansión de crédito después de China y Taiwán. Sin embargo, gastamos más de 60.000 millones por encima de esos ingresos fiscales burbujerosEl gasto se adaptó rápidamente a la fiesta, pero luego los gobiernos se niegan a reducirlo cuando el ciclo cambia. Y hay que recaudar.

Nuestros representantes se lanzan a la represión fiscal sin reconocer el más mínimo error en la gestión ni en el gasto. Cada vez que se comentaba en el debate el agujero dejado por el despilfarro y las facturas sin pagar por las administraciones públicas –total, entre 20.000 y 30.000 millones de euros- que han costado la ruina a miles de empresarios y centenares de miles de empleos, el silencio se tornaba en excusa y se sacaba el nuevo cuento, la demonización de las grandes empresas.

La primera falacia es el mantra de que “España es un paraíso fiscal para las grandes empresas”. En mi libro “Viaje a la Libertad Económica” lo rebato, y Diego Sánchez de la Cruz lo comenta también aquí. Basta con analizar los datos comunicados por las empresas del Ibex 35 para determinar que su tipo efectivo en el Impuesto de Sociedades asciende al 20% de las ganancias anuales. Pero además, en el caso de las grandes compañías industriales, la factura en impuestos alcanza hasta el 50% del beneficio neto generado en España y más de la mitad de los impuestos que pagan en todo el mundo, a pesar de contar con más ingresos fuera que en nuestro país.

Las empresas que registran beneficios en España, de hecho, se encuentran con una importante cantidad de impuestos que se deducen tanto a nivel nacional como local y regional, desde gravámenes sobre la actividad económica, verdes, sociales, de bienes inmuebles,etc. Esos factores, en el caso de las diez grandes empresas industriales, son casi equivalentes a su factura por impuesto de sociedades.

Si analizamos la totalidad de obligaciones tributarias que enfrentan las compañías españolas, el tipo es mucho mayor. De hecho, usando datos del informe Paying Taxes de Price Waterhouse Cooper, la presión fiscal total sobre los beneficios empresariales es del 59% en España frente al 41% de Europa.

Sin embargo queremos más, sin entender que es menos, a pesar de la evidencia. Demonizar a InditexMercadona o cualquiera de los grandes grupos es hambre para hoy y hambruna para mañana. Necesitamos muchos más de ellos, no atacarlos para confiscar unos euros más.

En vez de enorgullecernos de que nuestro país haya creado multinacionales con capacidad de superar la crisis del euro, la latinoamericana y seguir creando empleo y creciendo, las tratamos como el Sheriff de Nottingham en Robin Hood. Cállese y acepte, que puede ser peor. Hasta que se vayan, una a una, y recaudemos en cromos de Pocoyó

Imagínense por un segundo lo que hubiera ocurrido con las grandes empresas españolas si no hubieran podido deducir el fondo de comercio de su inversión internacional y cambiar su estructura a multinacional. Tendríamos un 12% del Ibex en quiebra por su exposición a construcción, concesiones en España y cambios regulatorios.

No nos importa la quiebra de mañana si ayer se recaudaron un par de miles de millones para pagar mayor gasto político. Además de confiscar y mantener la política del avestruz, queremos que se inviertan miles de millones en nuestro país. Donación.

Imagínense mi sorpresa estos días cuando leo unas declaraciones de Ignacio Sánchez Galán, presidente de Iberdrola, comentando su decisión de invertir menos en España ante la inseguridad jurídica creada por los eternos cambios regulatorios, similar a otras declaraciones de ejecutivos nacionales, y se genera una polémica casi de caza de brujas.

En Estados Unidos y Reino Unido he escuchado en multitud de ocasiones a los presidentes de las grandes empresas, energéticas, reguladas o de cualquier sector, criticar al gobierno abiertamente y tomar las decisiones que mejor defienden, en su criterio, a los accionistas. Recuerden a Rex Tillerson (Exxon) decir “no, thanks” a las sugerencias de Obama.

En el sector energético europeo, empresas alemanas como RWE E.On, incluso empresas semi-estatales como EnelGDF-Suez EDF, han tomado enormes decisiones de recorte de inversiones ante actuaciones gubernamentales que destruían valor, y han criticado abiertamente decisiones como el mal llamado impuesto de Robin Hood en Italia, los cambios en política nuclear en Alemania, o la congelación de tarifas en Francia. Pero solo en España he visto un revuelo y demonización mediática como el percibido esta semana con empresas privadas –y ojo, no privatizadas- como Iberdrola.

Tras sufrir un zarpazo regulatorio de 2.000 millones de euros en dos años, decidir no invertir más no solo es prudente, es imperativo.

Cuando España tiene una capacidad instalada de 104.000 megawatios para una demanda en punta de capacidad de 40.000 megawatios, pensar que deben invertir más no sólo es delirante, sino innecesario. Y no olvidemos que las inversiones reguladas eran obligatorias y dictadas por la planificación del estado, como comentaba en mi artículo “Oligopolios o planificación de burbuja”.

Cuando después de invertir 20.000 millones de euros en España se genera el mismo beneficio en 2013 que en 2002 en el territorio nacional debido a los constantes recortes, no invertir más en España es normal. Para los que dicen que las eléctricas “se forran”: tienen la peor rentabilidad sobre el capital empleado de todo el sector eléctrico europeo.  Aun así, el 15% de su plan de inversiones a 2016 se concentra en el territorio nacional en actividades reguladas y distribución.

Cuando sobra capacidad y las inversiones en distribución están limitadas ¡por ley!, invertir más en España es algo que ni el Estado quiere, como han dicho en muchas ocasiones tanto ministros como secretarios de estado. Amenazar con expropiar o cambiar a los gestores de empresas privadas es cuando menos intolerable.

Otras grandes empresas del sector, como Acciona, han tenido que hacer provisiones por pérdidas relacionadas con los cambios regulatorios de 2.200 millones de euros, equivalentes al 65% de su capitalización bursátil y se concentran en reforzar su crecimiento internacional y reestructurar sus actividades. Fuera de España, RWE anunciaba 3.300 millones de provisiones y E.On, tras tres años de ajustes, anunciaba en sus resultados que el 80% de su crecimiento sería fuera de Europa. La propia GDF-Suez, semi-estatal, llevaba a cabo 15.000 millones de euros de provisiones por pérdidas  y anunciaba que el 70% de sus inversiones hasta 2016 se centrarían fuera de Europa y un porcentaje mínimo, el 15%, en Francia.

El ataque a las empresas no es una casualidad, ni es nuevo. La tentación de pensar que confiscando e interviniendo nos vamos a forrar todos y no pasa nada viene desde hace siglos. Y siempre falla. Pero se lleva a cabo desde el conocimiento de que es un mensaje que vende muy bien en un país donde no parece interesarnos crear empresas y riqueza, sino sacar el último euro de las que sobrevivan al intervencionismo e ir juntos, como el coro de Nabucco, a la igualdad en la miseria. Y cuando las empresas a las que confiscamos “por el pueblo” caen, le echamos la culpa a los socorridos mercados o a Merkel y a correr.

Esperemos que los españoles despierten, porque convertirnos en “Argentina sin petróleo” puede parecer un objetivo muy goloso para algunos, pero es muy doloroso para todos. 

Se duplica el número de herencias que se queda el Estado

La elevada carga fiscal que soportan las herencias en España dispara el número de casos en los que este patrimonio se queda en manos del Estado. Según el Centro de Información Estadística del Consejo General del Notariado, los procesos de renuncia han crecido un 110% entre 2007 y 2012.

Esta tendencia se ha acelerado en el último año estudiado (2012). Concretamente, se produjo un aumento interanual del 20%. Sin embargo, como muestra el siguiente mapa, el comportamiento es diferente dependiendo de la región que analicemos.

Renuncia de herencias

A la cabeza de la tabla está La Rioja, donde el aumento es del 197%. Los datos del Consejo General del Notariado apuntan también que el crecimiento de las renuncias a herencias entre 2007 y 2012 es especialmente alto en la Región de Murcia, las Islas Baleares, Andalucía, Cataluña, Galicia y la Comunidad Valenciana. El aumento observado llega al 178% en el caso murciano y al 147% en las Baleares. Para las otras regiones mencionadas, el crecimiento es superior al 130%. 

A continuación, encontramos a las Islas Canarias y a Castilla y León, donde el aumento de las renuncias ha sido del 111% y del 101%. Los datos son algo mejores en Cantabria, Extremadura, Aragón o Asturias, que registran aumentos del 96%, 84% y 80%, respectivamente. Las Comunidades con mejores resultados son Madrid (71%), Castilla-La Mancha (65%), País Vasco (47%) y Navarra (44%).

Los datos del Consejo General del Notariado no muestran el peso relativo de las renuncias sobre el total de herencias registradas en cada uno de los territorios autonómicos. A falta de esos datos, se puede hacer una primera aproximación comparando las renuncias totales con la población de cada región. De acuerdo con esta variable, los niveles registrados en Madrid son la mitad que en Cataluña (0,04% vs 0,08%).

La fiscalidad de las herencias fue revisada a la baja en los años previos a la crisis. Así, Canarias, Cantabria, Castilla-La Mancha, Cataluña, La Rioja y Madrid aprobaron bonificaciones superiores al 99% en el Impuesto de Sucesiones. Sin embargo, el estallido de la Gran Recesión ha llevado a muchos gobiernos regionales a aplicar una fiscalidad más alta para las herencias. Un ejemplo es el de Cataluña, que aprobó esta medida en octubre de 2013 de cara a los presupuestos autonómicos de 2014.

Las diferencias en la presión fiscal a las herencias son notables entre ciertas autonomías. Por ejemplo, una herencia de 400.000 euros (quizás un piso) pagaría 80.000 euros al Fisco andaluz pero apenas tributaría en la Comunidad de Madrid.

Luis Garicano propone abolir este impuesto

El profesor de la London School of Economics ha sugerido "eliminar el Impuesto de Sucesiones y Donaciones a aquellas personas que se muden a España. El coste de esta medida sería trivial, ya que este gravamen recauda apenas unas décimas del PIB".

Garicano ha complementado esta propuesta hablando de "eliminar la imposición directa a los mayores de 65 años: que ni siquiera tengan que hacer la declaración de la renta una vez acrediten su edad. La medida se aplicaría a todos, españoles o extranjeros. ¿Cómo lo aprobamos? Muy fácil: reducimos las pensiones brutas que paga la Seguridad Social de forma proporcional y dejamos constante la pensión neta".

¿Qué pasa con el Impuesto de Donaciones?

El Impuesto de Donaciones tiende a mantener estructuras fiscales similares al de Sucesiones. En este caso, Madrid vuelve a llamar la atención por su bonificación del 99%, vigente desde los años de gobierno de Esperanza Aguirre. Esta desfiscalización casi plena del tributo de Donaciones no se ha traducido en una pérdida de recaudación, de acuerdo con los datos oficiales.

Así, tal y como confirmó José María Rotellar en 2012, este impuesto recaudó más en 2012 que en 2004, año en que dicho gravamen se aplicaba plenamente. Incluso comparando con 2007, año previo al estallido de la crisis, la recaudación actual es prácticamente la misma. Además, la tendencia es ascendente, ya que los ingresos crecieron casi un 50% entre 2011 y 2012.

En suma, el número de contribuyentes que pagan este gravamen ha crecido de 5.000 a 30.000 entre 2004 y 2012, facilitando este efecto "lafferiano" en la recaudación. No es de extrañar que Madrid experimente este fenómeno: para un padre andaluz, donar 180.000 euros a su hijo implica un pago fiscal de casi 30.000 euros, mientras que en Madrid no llega a los 300 euros, cien veces menos.

Pueden seguir a Diego Sánchez de la Cruz en su página web, su blog de Libre Mercado, su cuenta de Twitter y su página de Facebook. El 5 de marzo se publica su libro Sin Medias Tintas (Unión Editorial).

En recuerdo de David Taguas

David Taguas no dejaba indiferente a nadie, ni a extraños ni, especialmente, a propios. Los propios no entendían sus ideas y muchos de los extraños las rechazaban por esa simple filiación sectaria de oponerte a todo aquello que no venga de dentro de tu grupo. A mí, no adscribiéndome ni a unos ni a otros pero sí hallándome muy alejado ideológicamente, siempre me cautivó su capacidad, habilidad y acierto a la hora de defender durante esta crisis la verdad. Una verdad tan sencilla como generalmente ignorada, a saber: que el ahorro es la base de toda prosperidad, especialmente para una economía que, como la española, tiene completamente abierto el grifo del déficit a la vez que la bañera de nuestra deuda se halla a punto de rebosar (por emplear una de sus más felices expresiones).

Taguas jamás se cansó de reclamar al sector público que cambiara radicalmente de rumbo e hiciera lo poco bueno que podía hacer para no entorpecer nuestra recuperación: dejar de deglutir y de machacar fiscalmente el magro ahorro que conseguíamos amasar. A la postre, nuestra economía sigue adoleciendo de dos problemas fundamentales que están lejos de haberse solucionado y que, mientras sigan enquistados, nos mantendrán colgando del filo de la navaja japonesa: un excesivo endeudamiento público y privado, y un esclerótico modelo productivo que, pese a su mejorada competitividad, es completamente incapaz de reabsorber a varios millones de parados.

Para ambos problemas –para amortizar nuestra deuda y para incrementar nuestra inversión– necesitamos de ahorro. Taguas fue de los pocos que se atrevió a cuantificar la magnitud del capital requerido: 11 puntos adicionales del PIB, hasta lograr que el ahorro nacional represente el 30% de toda nuestra producción anual. No era una cifra que se sacara de la chistera, sino del cráneo de su sentido común: su propósito era amortizar unos 4 puntos anuales de deuda exterior (para dejarla dentro de una década en un nivel todavía alto pero manejable: el 50% del PIB) y aumentar la inversión interna desde el 18% actual al 25%. Sólo de ese modo, amortizando deuda e invirtiendo, tendría España margen de maniobra para despejar definitivamente las dudas sobre su solvencia y para transformar su hoy colapsado aparato productivo.

Mas el objetivo, por razonable que suene, no resulta nada fácil de alcanzar. España no ha conseguido ahorrar desde 1980 más del 23% del PIB y Taguas pedía que, en medio de esta profunda depresión, llegáramos al 30%. ¿Cómo? Por un lado, reduciendo el gasto público en 5 puntos del PIB (de manera que el Estado dejara de dilapidar esa parte de nuestro ahorro privado); por otro, mejorando la tributación sobre el ahorro con el objetivo de que las familias dispusieran de incentivos para ahorrar el equivalente a 6 puntos más del PIB.

Imprescindible y razonable programa de saneamiento el de Taguas, pero tremendamente impopular para una sociedad que, como la española, ha caído presa de la poligámica adicción a la sopa boba del gasto público, a la preferencia cortoplacista del consumo sobre el ahorro, a la oposición visceral a cualquier ajuste salarial y, en general, a vivir de prestado enchufados al crédito barato. Cuatro bodas que no sólo nos han conducido al inexorable funeral del hiperendeudamiento y del desempleo masivo, sino que amenazan con complicarnos un divorcio que, en el fondo, seguimos convencidos de no precisar.

Por eso la rota y apasionada voz de Taguas era tan necesaria: porque para vencer primero hay que convencer. Y Taguas convencía, y convencía para bien. Esta semana no sólo hemos lamentado lo esencial –la pérdida personal– sino lo no menos esencial en una coyuntura tan crítica como la actual —la pérdida de un intelectual que remaba en la dirección correcta: a contracorriente—. Descanse en paz.