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Etiqueta: Fiscalidad

La revolución del tipo único

Mientras la Unión Europea se prepara para imponer, sin proceso constituyente, una mal llamada Constitución que apuntala el despotismo buroilustrado, algo se transforma en su puerta trasera. Los países europeos que han sufrido los más brutales ataques a los derechos humanos bajo el comunismo son hoy los que más desconfían del gobierno y más sed tienen de libertad. Es así como se ha llegado, incluso, a que Estonia ocupe el cuarto puesto en el ranking del Índice de Libertad Económica de la Heritage Foundation y el WSJ. Es precisamente este país el que ha revolucionado el debate en política fiscal, adoptando hace ya once años el tipo marginal único.

El modelo es muy sencillo, característica que le otorga precisamente la clave del éxito: se fija un mínimo exento por encima del cual se aplica un único tipo. Para beneficiarse por completo de la sencillez del sistema fiscal se eliminan o restringen enormemente las deducciones. El resultado es que desde la casa más humilde a la compañía más grande rellenan los impuestos en un formulario de media hoja.

Los complicados sistemas de impuestos actuales son una amalgama de ineficacias e injusticias. Sus tramos más altos desincentivan el trabajo y la inversión, y serían asfixiantes si no se compensaran en parte con deducciones, que dan juego a la compraventa de favores políticos. Ni el intelectual más dispuesto a cantar las beldades del manejo público es capaz de dar con una justificación de este apaño, que por otro lado desincentiva la creación de riqueza y dirige los esfuerzos a las actividades menos gravadas, que no necesariamente las más productivas. También desvía la atención de las empresas de la atención al consumidor al amistoso acuerdo con los políticos, que tienen el inmenso poder de elegir el grupo beneficiado por las exenciones, deducciones, rebajas, etc. En definitiva, el nuestro es un sistema fiscal que favorece a los políticos y a los grupos de presión más eficaces y que perjudica al conjunto de la sociedad.

Con el desprecio que sólo se permite la ignorancia, los medios de comunicación se burlaban de la propuesta de tipo único del 17% por el empresario Steve Forbes, cuando fue candidato al liderato republicano en 1996. Dos años antes el gobierno reformista de Estonia había optado por eliminar todos los tramos menos uno. Su éxito, y la mera competencia institucional, hicieron que sus vecinas Lituania y Letonia siguieran su camino. El gigante ruso observaba con atención la experiencia báltica, que estaba permitiendo crecimientos económicos acelerados y aumentos en la recaudación pese a la rebaja de tipos, por lo que adoptó también el tipo único, que más tarde rebajaría hasta el 13% para los impuestos personales, el 15% para las empresas. Esta lista se ha engrosado con Serbia (14% con planes de nuevas rebajas), Ucrania (13%), y más recientemente Eslovaquia (19%). Georgia y Rumanía (16%) han comenzado el año con el nuevo sistema. El éxito ha sido tal que la pionera Estonia se ha quedado atrás, con un tipo del 24% que podría rebajar en breve al 20%. Polonia y la República Checa se sumarían si la oposición alcanzara el poder.

Hasta ahora la doble presión del éxito y de la competencia fiscal entre los países ha extendido el sistema en la misma área geográfica. Pero el debate se está extendiendo a Alemania y Austria. Incluso a España. Aquí el programa económico del PSOE se planteaba algo parecido, quizás en la confianza de que no llegarían al poder. Finalmente se quedará en bastante poco. Los políticos de los países europeos más ricos quieren cortocircuitar el debate, llamando armonización fiscal a la prohibición (en la práctica a los países más pobres) de competir con impuestos más bajos y eficaces. Pero George W. Bush va a echar ese esfuerzo al garete, porque su pensada reforma fiscal se parecerá bastante al tipo marginal único, quizás hasta identificarse con esta propuesta. El propio Bush elogiaba en Eslovaquia el tipo único recientemente adoptado por el gobierno de Mikulas Dzurinda. Todavía Bush no ha concretado su propuesta, pero cuando llegue ese día, que está al caer, ni los políticos europeos van a poder obviar el debate.

Pobreza en América

La maldad, la distorsión ideológica, el fanatismo. Es difícil dar con el porqué, con infalible insistencia, hay quien describe a los Estados Unidos como un país anegado de grandes bolsas de pobreza, que atenaza y paraliza a una parte importante de su población, como una excepción entre los países desarrollados. Y todo, se sugiere, por no seguir el opresivo y fracasado socialismo tamizado de los países europeos. Cabría pensar que la explicación de la insistencia en el mensaje es la necedad, dada la contumacia en el error. Pero como incluso esta tiene límites, cabe pensar en otras opciones. Es hora ya de contrastar el discurso antiamericano con algo de información sobre cómo son "los pobres" en los Estados Unidos.

La Oficina del Censo acaba de actualizar los datos de pobreza en los Estados Unidos, según los cuales 2003 es el tercer año consecutivo de aumento de la pobreza, que ahora se sitúa en el 12,5%, 35,9 millones de personas, desde el 12,1% de 2002. También ha aumentado ligeramente el número de personas sin cobertura médica, dato que ha variado muy poco en los últimos años. Habrá quien se sorprenda, pero es un resultado absolutamente predecible en plena recesión. El desplome del castillo de naipes de la nueva economía, alimentado artificialmente con una política expansionista en el crédito, no podía tener otra consecuencia. Cuando se dio en 2002 la noticia en de que el año anterior había aumentado la pobreza, busqué sin éxito el redactor que contara que era el primer año en que no disminuía, después de diez de hacerlo de forma consecutiva. En este año el dato oculto es el de que si bien han empeorado las rentas más bajas, la situación ha sido la misma para las medias y altas. Parece más conveniente sugerir que en el malvado país neoliberal siempre son los mismos quienes salen perdiendo.

La palabra pobreza nos sugiere una condición que en absoluto corresponde con la realidad de quienes están en el octavo de la población estadounidense incluido en esa categoría. De éstos, el 46% posee su propia casa, el 66% tiene aire acondicionado, casi tres cuartas partes de ellos tienen al menos un coche, y el 30% dos o más. El 97% tiene televisor a color y más de la mitad dos o más; el 78% tiene vídeo o DVD y el 73% microondas. Solo el 6% de éstos viven en casas con más de una persona por habitación. En los Estados Unidos hay apenas evidencia de malnutrición y menos de uno de cada 200 estadounidenses han pasado alguna vez en su vida por esa experiencia por motivos económicos. Luego solo una pequeña franja de los estadounidenses están verdaderamente en la pobreza. Si lleváramos el mismo criterio de pobreza a los países europeos resultaría que la Vieja Europa habla mucho pero da menos trigo que los norteamericanos. Por ejemplo, si comparamos a los pobres estadounidenses con las familias medias europeas, la ventaja es para los primeros en espacio medio de la vivienda.

A ello hay que añadir varias cosas. El Censo no incluye los beneficios que ofrece el Estado a los que tienen menos recursos, como Medicare y Medicaid (el sistema sanitario público), bonos de comida o vivienda pública. Es más, los datos se refieren a la renta, pero no tienen en cuenta la riqueza; es el caso de muchos jubilados, que no tienen los ingresos de cuando estaban en activo, pero han acumulado cierta riqueza. Pero si algo hay que tener en cuenta de los datos de pobreza, es la movilidad. Un informe ha estudiado la evolución de un grupo de personas de 1975 a 1991. Los datos son contundentes. De quienes en 1975 estaban en el quinto más pobre, en 1991 solo el 5,1% seguían en el primero, el 14,6% habían pasado al segundo, el 21,0% al tercero, el 30,3% al tercero y el 29,0% al más rico. Todo ello en solo 16 años. En resumen, es mayor la indigencia intelectual de nuestra progresía que la real de los pobres en los Estados Unidos.

ZP ante sí mismo

El entonces líder José Luis Rodríguez Zapatero en la Sesión de Control al Gobierno el 4 de octubre de 2000 exclamó con respecto a la subida del precio del petróleo: 

" Le vuelvo a insistir: no haga parches, tome medidas de fondo, dé respuesta a lo que es un clamor de la ciudadanía, no castigue sólo los bolsillos de los ciudadanos como consecuencia de la subida del crudo. En nombre de esas reivindicaciones justas, de las que hay hoy y de las que van a venir mañana, le exijo, le reclamo que baje los impuestos de los hidrocarburos, es una reclamación justa que responde al objetivo de hacer que la carga de la subida del petróleo se reparta equitativa y socialmente y no haya beneficio sólo para las compañías petrolíferas y para los impuestos y su recaudación. Rectifique ahora, que será peor mañana, se lo aseguro, señor Aznar".

Estando en la oposición, ZP tomó la iniciativa liberal de demandar una rebaja en la exacción fiscal por parte del Estado; ahora en el gobierno, por boca de su Ministra de Medio Ambiente, sólo se le ocurre restringir la libertad ciudadana sugiriendo la reducción de la velocidad máxima y la imposición de nuevas tasas para acceder a las grandes ciudades. El poder, a su pesar, sí le ha cambiado.

Conviene recordar que, aproximadamente, el 60% del precio de gasolinas son impuestos. La sed confiscatoria del Estado lo ha llevado a gravar los combustibles con cuatro tipos de impuestos: sobre Hidrocarburos, sobre ventas minoristas de determinados hidrocarburos, IVA y, en algunas comunidades autónomas, el céntimo sanitario.

En otras palabras, eliminando estos múltiples impuestos, el precio de la gasolina súper pasaría de los 95 céntimos por litro actuales a menos de 40 y el precio de la sin plomo de 90 a 36. ¡El Estado encarece la gasolina en casi dos tercios! A su lado, cualquier movimiento del precio del crudo en los mercados internacionales resulta casi irrelevante.

Compete, pues, al gobierno de ZP solucionar esta situación -como él mismo exigía a Aznar en el año 2000- rebajando los impuestos. “No castigue sólo los bolsillos de los ciudadanos como consecuencia de la subida del crudo. Rectifique ahora, que será peor mañana, se lo aseguro, señor Zapatero