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Etiqueta: Friedrich A. Hayek

Legado y vigencia de Friedrich A. Hayek a los 50 años del Nobel

A lo largo de los años, una y otra vez les he preguntado a otros adeptos de una sociedad libre cómo lograron escapar del contagio de su ambiente intelectual colectivista. Ningún otro nombre ha sido más mencionado como fuente de inspiración que Friedrich Hayek.

Milton Friedman

Ante todo, y por respeto a los lectores que tal vez desconozcan quién fue Friedrich August von Hayek, haremos una breve y concisa reseña biográfica del mismo. Hayek fue uno de los grandes exponentes de la Escuela Austriaca de economía, junto con su gran mentor Ludwig von Mises, nació en la localidad de Viena, 8 de mayo de 1899, en aquel entonces capital del antiguo Imperio Austro Húngaro, y murió en la ciudad Friburgo de Brisgovia en Alemania el 23 de marzo de 1992, a los 92 años.  Fue un economista, jurista y filósofo austriaco, que recibió el premio Novel de Economía en el año 1974, junto con Gunnar Myrdal, “por su trabajo pionero en la teoría del dinero y las fluctuaciones económicas”, y los análisis de la interdependencia de la economía, la sociedad y las instituciones.

Valdría la pena hacer mención a algunos aspectos de lo que fue la vida temprana de Hayek y su entorno familiar y formación intelectual, pues muchas de estas experiencias al igual que otros pensadores de alcance universal, vieron influidos sus planteamientos, tanto por su entorno familiar, intelectual e histórico coyuntural, en menor o mayor grado.  Algo que el brillante y reconocido profesor inglés, Quentin Skinner de la “Escuela de historia de Cambridge” con su enfoque metodológico llamado el contextualismo, ha utilizado como herramienta de análisis en el estudio de la historia de las ideas, la filosofía política y la teoría social, haciendo hincapié en la importancia de entender el contexto histórico en el cual surgieron estas corrientes de pensamiento y como este influyo en el desarrollo de las mismas.  

Hayek nació en una familia de intelectuales de Viena. Participó en la Primera Guerra Mundial y, según afirmó él mismo, la experiencia de la guerra fue la que le llevó a interesarle por las ciencias sociales, y al volver a su ciudad natal, inició sus estudios de ciencias jurídicas y sociales en la Universidad de Viena. Se doctoró en los años 1921 y 1923 en leyes y en economía, respectivamente.

A lo largo de esos años, Hayek, como la gran parte de sus compañeros, se identificó con el socialismo fabiano, creía en la intervención del Estado para mejorar el orden social y no le gustaban las posiciones antisocialistas y liberales de su profesor Ludwig von Mises, destacado economista de la Escuela Austríaca.  Paradógicamente, Mises se convertiría posteriormente en su principal mentor de Hayek, después de que este leyera su libro El socialismo, lo que le llevó a ser su discípulo. Hayek trabajó durante cinco años, bajo su dirección, en la Abrechnungsamt (Oficina de Cuentas) encargada de cobrar las deudas que otros estados tenían con el gobierno de la recién nacida nación austriaca. Se convirtió en el año 1927 en el director del Instituto para el Análisis del Ciclo Económico, creado por ambos.

En el año 1931 se fue a Londres bajos los auspicios de Lionel Robbins también pupilo de Mises, donde ocupó una cátedra en la London School of Economics hasta el año 1950. Es importante resaltar este hecho, pues, como lo trataremos posteriormente con mayor nivel de detalle, fue en este marco académico, donde se produjo una fuerte rivalidad entre Hayek y Keynes.

Principales obras de Hayek y su polifacetismo

El legado de obras dejado por Hayek está conformado por 25 libros y 130 artículos, que van desde la ciencia económica hasta la filosofía, pasando por la antropología, la ciencia jurídica, la historia y la epistemología. Lo que lo convirtió tal vez en el más polifacético de los pensadores no solo económicos, sino político y filosófico del pasado siglo.

Entre sus principales obras podemos destacar publicaciones como:   La Teoría Monetaria y el Ciclo Económico (1929), Precios y Producción, (1931), La teoria Pura del Capital, (1941), Camino de Servidumbre, (1944), Derecho, Legislación y Libertad, (1978), Nuevos Estudios de Filosofía, Política, Economía e Historia de las Ideas, (1966-1978), Principios de un Orden Social Liberal (1982) y La Fatal Arrogancia, (1988), entre otras grandes obras. Este conjunto de obras que a titulo enunciativo hemos señalado son un singular ejemplo del polifacetismo distintivo de la figura de Hayek y a su alcance universal en diferentes áreas de las ciencias sociales.

La teoría sobre el ciclo económico

Los aportes de Hayek con su teoría que explicó los ciclos económicos es considerado como la más relevante contribución de este al campo de la ciencia económica, su teoría sobre los ciclos económicos, que ha sido conocida como teoría austriaca del ciclo económico (TACE) fue condensada en las dos primeras obras arriba mencionadas como los son   La Teoría Monetaria y el Ciclo Económico, y Precios y Producción.

Los tres postulados claves de la (TCE)

El primer postulado: la tasa de interés natural. Hayek sostiene que existe una tasa de interés que podría denominarse «natural», y que es la que permitiría igualar la oferta y la demanda de ahorro.

El segundo postulado es el referente a la expansión del crédito. Hayek argumentó que la manipulación artificial de los tipos de interés por parte de los bancos centrales introduce graves distorsiones en el comportamiento de los mercados, como consecuencia de la misma.

El tercer postulado de la (TCE) de Hayek es el referente a la estructura de producción o de capital, la cual desempeña un papel esencial en el proceso económico, de modo que los desajustes entre bienes de producción y bienes de consumo suele incidir en las etapas de crisis del ciclo económico, más cuando la misma es el producto de una fuerte intervención estatal.

Hayek no explica los ciclos económicos con su teoría, partiendo sólo a partir de causas reales, dado que según él habría que indicar por qué no se retorna al estado de equilibrio después del choque; y tampoco puede comprenderse solamente a partir de factores monetarios como una variación del nivel general de precios. Pues según este, los ciclos se deben al deficientemente funcionamiento de los precios relativos y, en este sentido, su teoría de ciclos es a la vez real y monetaria. Es real, porque según Hayek, no es equivalente alargar el proceso de producción que acortarlo, ya que existen rigideces que lo impiden; y es monetaria porque para los bancos es muy difícil ajustar, rápidamente, la tasa de interés a las variaciones de la tasa natural, produciéndose una diferencia entre las tasas de interés.

Para Hayek, el dilema se presenta cuando los bancos están en la situación de aumentar el crédito más allá del respectivo crecimiento del ahorro, lo que lleva a los bancos a otorgar capital financiero más allá del capital real disponible. En consecuencia, éstos podían ofrecer capital financiero más caro, creando inversiones en capital económicamente injustificadas, y fuentes de pérdidas futuras.

Siguiendo con este mismo orden de ideas, Hayek sostuvo que para garantizar el funcionamiento el estado debería de dejar de intervenir en la economía, lo que disminuiría (aunque no desaparecería  completamente) los efectos del ciclo. A pesar de que, en la práctica, lo que origina los desajustes en el orden cataláctico  del mercado es la mala gestión monetaria por parte de los gobiernos, según este.

Pues básicamente debido a que para la (TCE) todo gira alrededor de los mercados libres y de los precios que éstos generan. Por ende, en los precios de los productos y servicios está toda la información, con la cual los empresarios, consiguen un crecimiento equilibrado. Pues, según Hayek, las crisis sobrevienen cuando la intervención estatal distorsiona dichos precios, e información, lo que acaba generando inflación y recesión (burbujas y desempleo).

El orden espontáneo

Hayek basó su teoría sobre el orden espontáneo en Adam Smith (La riqueza de las naciones de Smith) y en los filósofos escoceses del derecho natural, los cuales sustentaban que la sociedad se desarrollaba a partir de un orden espontáneo que era el resultado de la acción humana, pero no del diseño humano.  Hayek amplió los argumentos esbozados por los escoceses, y sostuvo que la sociedad se desarrollaba, a través, de la tradición y la razón, al mismo tiempo.

No obstante, a esto, Hayek sostenía que el uso de la razón no era ilimitado, ya que estaba limitado por los prejuicios de un individuo o un grupo. Esto significaba que la sociedad era demasiado compleja para ser creada pieza por pieza de una manera estrictamente racional y lógica.

Las implicaciones políticas de la teoría del orden espontáneo fueron sorprendentemente evidentes con la caída del otrora imperio soviético. De hecho, el libro de Hayek, titulado Camino de servidumbre de 1944, prefiguró lo que ocurriría en el imperio soviético y en el fascismo. Pues ningún sistema político, según Hayek, podría asumir, como lo hizo el comunismo a la izquierda y ulteriormente el fascismo a la derecha, que los hombres eran como una pieza de engranajes que debían “encajar” en la máquina del Estado. Siendo la tiranía y la pobreza el resultado de los intentos del gobierno de planificar el funcionamiento de la vida diaria de sus respectivas sociedades.

En consecuencia, para Hayek, cualquier política estatal tendiente a regular los precios, imponer tarifas de cualquier género, o imponer normas regulatorias envía mensajes contradictorios e inexactos a los mercados, ya que los descoordina.

Por último, Hayek argumenta que las instituciones dirigidas centralmente no tienen la capacidad para mantenerse al tanto de todas las condiciones económicas principales “de cualquier escenario específico” ni para entender enteramente la información que reciben de los mismos. Esto significa que los responsables de las políticas económicas no estarían en condiciones de conocer toda la información relevante para tomar decisiones o podrían fundamentar sus decisiones en datos imprecisos o antiguos, que ya no serían aplicables.  

Hayek versus Keynes

No pretendemos adentrarnos en profundidad sobre todos los aspectos sobre los cuales verso este debate, no obstante, expondremos los dos principales aspectos que a nuestro juicio lo determinaron.

Primero expondremos los postulados más importantes de lo que hasta hoy en día se conoce como el keynesianismo, según la corriente de pensamiento que lideró John Maynard Keynes, economista británico, y lo que algunos han etiquetado como el hayekismo.

No obstante, antes de adentrarnos en el referido debate, valdría la pena hacer una pequeña digresión y retomar el método contextualista antes mencionado del historiador británico Quentin Skinner, el cual nos permite comprender mejor el porqué de la aparición y vigencia de las más importantes corrientes del pensamiento político, social y económico en la historia de la humanidad. ¿O es que acaso? Estas teorías no han respondido a los cambios históricos que la humanidad ha sufrido a lo largo de su evolución.

Por ende, tener claro el contexto en el cual surgieron estas corrientes de pensamiento económico y la influencia que el contexto económico, social y político tuvieron sobre la aparición y evolución de las mismas, es de vital importancia para su entendimiento

Retomando el análisis del referido enfrentamiento entre ambos intelectuales y teóricos económicos, es importante resaltar que este fue  uno de los más famosos en la historia del pensamiento económico contemporáneo. El referido debate tuvo lugar durante la Gran Depresión de la década de 1930, y verso principalmente sobre las causas y los remedios de las caídas del ciclo económico en las economías de mercado de aquel entonces

Los comienzos de esta disputa se remontan al libro Tratado sobre el dinero (1930) escrito por Keynes, un libro, que fue reemplazado posteriormente por su obra maestra Teoría general del empleo, el interés y el dinero (1936). Como Keynes y Hayek estaban construyendo sus modelos económicos al mismo tiempo, sus debates estuvieron dominados inicialmente por definiciones terminológicas referidas a lo que se entendía por ahorro e inversión.

Sin embargo, estas diferencias iniciales de tipo termológica fueron solo de forma y no de fondo, estando la esencia de este enfrentamiento en el rol que el estado debería de tener en la economía de las naciones. Para el keynesianismo, en su perspectiva económica, sostiene que las decisiones del sector privado a veces conducen a resultados macroeconómicos ineficientes. Lo que deberían ser corregido por políticas activas por parte del sector público, incluidas las medidas de política monetaria por parte del banco central, y las intervenciones de política fiscal por parte del gobierno, con el fin de estabilizar la producción a lo largo de un ciclo económico. Enfoque diametralmente opuesto a lo que Hayek sostuvo en su teoría sobre los ciclos económicos.

Para Hayek, la causa de las crisis son el producto precisamente de la excesiva y distorsionante política monetaria y fiscal, como ya lo hemos mencionado. Sostenía que los mercados eran altamente orgánicos y que cualquier interferencia con el orden espontáneo de los mismos deformaría su eficiente desempeño. Pues este pensaba que los mercados libres, impulsados por las decisiones de la gente, tendían a ajustarse al equilibrio si se los dejaba solos y libres de la intervención gubernamental.

Otra diferencia relevante que valdría la pena mencionar es la referente a la concepción mecanicista y determinista de Keynes respecto al funcionamiento de la economía, pues para este las economías podían ser manipuladas de manera similar a una máquina para comportarse de acuerdo con los designios de los planificadores económicos estatales. Algo que Hayek siempre refutó tanto en tu teoría sobre los ciclos económicos como en sus estudios sobre el comportamiento racional del hombre.

La vigencia de Hayek en el actual escenario geoeconómico y político global

En nuestros dos anteriores consecutivos artículos, titulado el primero La escuela austriaca ante el actual escenario económico global, y el segundo La visión austríaca de los sistemas complejos y el estatismo económico global, analizamos desde la perspectiva de la Escuela Austriaca la realidad del actual escenario geoeconómico y político global que está dando nacimiento a un nuevo orden mundial. En los cuales destacamos como la visión de los sistemas complejos sustentadas por Hayek nos brindan un enfoque de análisis adecuado para entender el peligro que representa para el libre mercado mundial toda esta conflictividad de carácter geopolítico y económico, de alcance global que ha estado dando como resultado el resurgimiento de fuertes corrientes proteccionistas e intervencionistas de carácter gubernamental en la dinámica de los mercados globales.

Igualmente, la teoría de los ciclos económicos de Hayek nos brinda una herramienta válida para entender de paralelamente las actuales y futuras distorsiones a las que se han estado sometiendo los mercados mundiales, dentro del ya referido escenario.

De igual forma, es relevante mencionar como el pensamiento de Hayek siendo uno de los principales exponentes de la Escuela Austriaca de economía, ha estado jugando un rol fundamental en las políticas de reformas económicas que el presidente Javier Milei de Argentina ha estado tratando de aplicar en la nación sureña desde su llegada al poder.

Todos estos hechos son un ejemplo irrefutable de la vigencia tanto como marco de análisis como de sustento de políticas económicas del pensamiento económico de Hayek

Conclusiones

Hoy en día hay un consenso creciente en que Hayek, aunque controvertido y muchas veces cuestionado en sus múltiples planteamientos, fue uno de los economistas más influyentes y polifacéticos del siglo XX.  Pues este hizo aportes fundamentales a la economía con su   teoría de los ciclos económicos, la teoría del capital y la teoría monetaria. De igual forma, realizó grandes aportaciones intelectuales en el campo de la teoría política, la psicología y la metodología, como lo demuestran sus amplias y polifacéticas obras.

No obstante, a nuestro juicio el signo más distintivo que ha dejado Hayek ha sido su consigna según la cual, los auges y las caídas de las economías, son resultado de las malas inversiones creadas por la interferencia del gobierno en el funcionamiento del libre mercado, resultado de las mismas políticas defendidas por los socialistas y keynesianos. Y no por el mal desempeño de los agentes económicos privados y del libre mercado, tal cual como Hayek concibió que tenían que funcionar y evolucionar, como quedó demostrado con  la crisis financiera del año 2008.

Por qué Méjico va por el camino de servidumbre

Por Sergio Martínez. El artículo Por qué Méjico va por el camino de servidumbre fue publicado originalmente por FEE.

Hace ochenta años, Friedrich Hayek observaba con angustia cómo las democracias liberales occidentales parecían abrazar las tendencias autoritarias que habían dado origen al nazismo en Alemania. En Camino de servidumbre (1944), dedicó su obra «a los socialistas de todos los partidos», advirtiendo que tanto el socialismo de izquierdas como el nacionalsocialismo eran ramas del mismo árbol. Hayek temía que Inglaterra repitiera la historia que había presenciado en Alemania cuando escribió lo siguiente

Cuando uno escucha por segunda vez opiniones expresadas o medidas defendidas que ha conocido por primera vez hace veinte o veinticinco años, asumen un nuevo significado como síntomas de una tendencia definida. Sugieren, si no la necesidad, al menos la probabilidad, de que los acontecimientos sigan un curso similar.

Friedrich A. Hayek. Camino de servidumbre.

Paralelismos en Hispanoamérica

Hispanoamérica ha experimentado numerosas manifestaciones de gobiernos totalitarios, por lo que es fácil para los de la región, como yo, simpatizar con las advertencias de Hayek. Desde que el presidente Andrés Manuel López Obrador (AMLO) asumió el cargo en 2018 en México, mis amigos venezolanos han advertido repetidamente sobre las similitudes autoritarias entre el gobierno de Obrador y los de Chávez y Maduro. Obrador, un político de fuertes convicciones socialistas, publicó en 2018 un libro en el que denunciaba la corrupción como el principal problema de México. Lo que parecía una declaración inofensiva enmascaraba una creencia peligrosa: para Obrador, la corrupción era sinónimo de privatización y propiedad privada.

El gobierno de Obrador prometió inicialmente un alto crecimiento económico; sin embargo, durante su sexenio, el crecimiento del PIB per cápita de México apenas se movió, manteniéndose cercano a cero. A pesar de estos mediocres resultados, su partido obtuvo una aplastante victoria en las recientes elecciones presidenciales, en las que Claudia Sheinbaum, una leal aliada, se aseguró la presidencia. No sólo eso, sino que Morena, el partido de Obrador y Sheinbaum, se aseguró una mayoría legislativa capaz de realizar profundos cambios constitucionales.

Su éxito radica en una estrategia de aumentar las transferencias gubernamentales a los jóvenes y los ancianos, comprando eficazmente su apoyo electoral. Políticos como Obrador prosperan cuando la cultura económica de un país es débil, donde los beneficios a corto plazo ocultan los sacrificios a largo plazo necesarios para financiar estos programas.

Amenazas al poder judicial

Con una mayoría legislativa en la mano, uno de los últimos actos autoritarios de Obrador fue proponer una reforma constitucional al poder judicial. Durante el mandato de Obrador, el poder judicial mexicano bloqueó varias propuestas del gobierno, incluida una reforma del sector eléctrico que pretendía beneficiar a la empresa estatal Comisión Federal de Electricidad (CFE). Sin embargo, el 11 de septiembre, a pesar de la oposición civil generalizada, el Senado aprobó la reforma.

Esta reforma obliga a los mexicanos a votar por cientos de candidatos judiciales seleccionados por el poder ejecutivo, amañando el proceso desde el principio. El expresidente Ernesto Zedillo criticó la reforma diciendo: «Habrá jueces y magistrados que no obedezcan a la ley, sino al poder político dominante». El gobierno tendrá el poder de perseguir, censurar o castigar a los jueces que desafíen sus intereses.

Con la reforma, la próxima presidenta de México, Claudia Sheinbaum, tendrá la capacidad de impulsar una amplia gama de leyes que promuevan la visión estatista de Obrador: mayor control sobre el sector energético, mayor centralización del poder político, medidas proteccionistas y una regulación más estricta de la actividad privada. Obrador cree en las falacias de las políticas económicas que históricamente han conducido al empobrecimiento, como la sustitución de importaciones, la redistribución y la confiscación de la riqueza. Las reformas corren el riesgo de tensar las relaciones comerciales de México con Estados Unidos y Canadá, ya que los inversores temen que sus inversiones estén mal protegidas.

¿Retorno al aislacionismo económico?

México depende de unas relaciones comerciales sanas con sus vecinos para cosechar los beneficios de la especialización y el intercambio. Sin embargo, las políticas de Obrador complican estas relaciones. Como mexicano, economista y libertario, no puedo evitar sentirme descorazonado por la dirección que está tomando mi país. El colectivismo gana terreno y el gobierno ha convencido a millones de mexicanos de que los críticos de sus reformas son enemigos del pueblo.

México ha realizado importantes esfuerzos institucionales desde la década de 1990 para abrirse al comercio, desnacionalizar empresas, proteger los derechos de propiedad y garantizar una democracia participativa con controles más estrictos. La autonomía del banco central ha protegido al país de una grave inflación, y la integración económica internacional ha mejorado el nivel de vida. Sin embargo, el gobierno actual ha hecho más por empeorar los problemas más acuciantes de la nación (es decir, la violencia de las bandas criminales y un mercado laboral hiperregulado) que por resolverlos.

Las condiciones institucionales necesarias para el crecimiento económico de México y la reducción de la pobreza requieren un gobierno que respete los derechos de propiedad y evite las acciones arbitrarias. Con la reciente reforma judicial, México parece estar retrocediendo, adoptando las mismas políticas que durante mucho tiempo han obstaculizado su desarrollo.

Mi esperanza es que los esfuerzos educativos que hacemos en organizaciones como la FEE alerten a la población sobre los peligros de un gobierno que concentra demasiado poder. Es crucial que los ciudadanos reconozcan los riesgos y aboguen por políticas que fomenten la libertad económica. México está a punto de convertirse en un régimen colectivista. Pero no todo estará perdido si hay suficiente valor en mis compatriotas mexicanos para seguir luchando por la libertad individual.

Ver también

Ponerse la soga al cuello. (Santos Mercado).

Los frutos podridos de López Obrador. (José Carlos Rodríguez).

El concepto de capital en los ‘Principios de economía’ de Carl Menger

El punto de partida típico del análisis del concepto de capital de Carl Menger en Principios de Economía (1871) es que el concepto de capital de Menger es la combinación de bienes de capital al servicio del hombre economizador con el fin de llevar a cabo un proceso de transformación de bienes de orden superior en bienes de orden inferior. Esta concepción llevó a la conclusión de que, para Carl Menger, el capital significaba bienes físicos (Braun-Lewin-Cachanovsky 2016). Sin embargo, en 1888, en un crítico artículo sobre la teoría de Eugen von Böhm-Bawerk, Menger cambió su concepto de capital y esta vez argumentó que el capital es, ante todo, sumas de dinero dedicadas a la adquisición de ingresos (Braun 2020). En este ensayo, sostengo que esta descripción es una imagen unilateral del concepto de capital de Menger en Principios de Economía.

El punto de partida de Menger para formular su visión de lo que podría considerarse capital fue el concepto de Adam Smith. El capital es un bien económico escaso que puede utilizarse para satisfacer necesidades humanas al servicio de la persona que desea utilizarlo y que produce ingresos (1871, p. 157). Sin embargo, Menger distinguía entre la concepción del capital desde un punto de vista “técnico” y desde un punto de vista “económico”.

Bien de capital desde los puntos de vista ‘técnico’ y ‘económico’

Desde el punto de vista técnico, todos los bienes económicos que se emplean para producir ingresos pueden tratarse como capital. No obstante, según Carl Menger, hay que distinguir entre un bien, como un terreno o un edificio, que se presta o se alquila para producir una renta permanente y fija, y un bien que se utiliza en un proceso de producción para producir un nuevo bien de orden inferior. Este último caso es lo que él denomina capital desde punto de visto económico. Así, el capital, en este sentido, es la cantidad de bienes económicos que se dispone en la actualidad para unos periodos de tiempos futuros.

La productividad del uso del capital es el concepto fundamental para el punto de vista económico del capital (1871, pp. 303-05). La productividad del capital significa que el uso del capital está asociado al éxito o fracaso de los esfuerzos empresariales por descubrir la oportunidad de empleo del capital para producir un bien económico de orden inferior con la esperanza de alcanzar el valor prospectivo estimado mediante la satisfacción de las necesidades humanas (1871, pp. 157-159).

Capital en forma de dinero

Carl Menger sostuvo que el capital monetario es una forma especial y cómoda de capital que está disponible para adquirir bienes de capital dedicados. Esta forma de capital es singularmente adecuada a las situaciones de alta evolución comercial (1871, pp. 303-4). Así, desde un estricto punto de vista económico, el capital consiste en dinero o en factores de producción a disposición del capitalista-empresario, con el propósito de producir un nuevo bien económico con perspectivas de venta con ganancias en el mercado. Esta inversión también podría acarrear pérdidas.

Es importante destacar que Menger, ya en Principios de Economía, dejó claro que el concepto de capital incluye aquellas sumas de dinero que se destinan a adquirir bienes de capital dedicados necesarios a la producción de un bien en particular. Menger sostenía que los bienes de capital solo producen ingresos en combinación con otros bienes económicos, como el trabajo y la actividad empresarial. La rentabilidad del capital, en sentido económico, depende del cálculo empresarial; de las perspectivas de éxito y del precio del producto final. 

El papel de la productividad

Sin embargo, Menger se concentró en el proceso de producción para descubrir los vínculos de causa y efecto de la acción económica en el mercado. Así, al hacer especial énfasis en la producción, parece que solo los bienes de capital físico son los componentes del capital al servicio del hombre economizador y que el dinero es un factor ausente. No obstante, el concepto de productividad, que él consideraba factor clave en la diferenciación entre capital en sentido técnico y económico, ya señalaba que para Carl Menger el concepto del capital, en el sentido económico, es el valor de la riqueza expresada en dinero que debe ser invertido para obtener ganancias (véase Hayek 1935).

Como ya hemos analizado, el concepto de capital de Carl Menger también tiene un alcance más amplio si incluimos su concepto de capital en sentido técnico. En este sentido, el término capital se refiere a todos los activos que producen rentas. Menger subrayó que los bienes duraderos, como la tierra o los edificios, son aquellos activos que pueden utilizarse para generar rentas o interés.

La principal diferencia entre los elementos de riqueza alquilados para producir renta o interés y los bienes de capital en el sentido económico es que la naturaleza de los rendimientos producidos es diferente (1871, p.304). Los elementos de riqueza que se alquilan en el mercado para obtener ingresos suelen producir un rendimiento más estable en forma de renta y el interés en el caso del dinero prestado como crédito. Por otro lado, Adam Smith consideraba la renta o tipo de interés como un rendimiento algo inferior a la tasa natural de ganancia. Esta última incluye la compensación de los esfuerzos de gestión y el riesgo.

Los servicios laborales como capital

Philip Wicksteed (1906), que estudió economía en Viena y estuvo muy influido por Menger y Eugen von Böhm-Bawerk, sostenía que el nivel relativamente estable del tipo de interés es el principal punto de referencia para evaluar la rentabilidad de un negocio arriesgado de producción de bienes para un mercado incierto.

En este sentido técnico más amplio, el concepto de capital puede ampliarse para incluir las prestaciones de trabajo o servicios laborales. Menger se refirió en Principios de Economía a una lista de distinguidos economistas alemanes de su época que incluían los servicios laborales en sus conceptos de capital. El propio Menger sostenía también que la categoría de bienes económicos incluye no solo los bienes materiales, sino también los inmateriales. Entre los bienes intangibles, los servicios laborales era la categoría más importante (1871, p. 55).

Así pues, los servicios laborales pueden clasificarse como capital humano cuya prestación tiene un valor y, en consecuencia, un precio en el mercado que produce rendimientos. De hecho, Adam Smith (1776) ya trataba la destreza y la habilidad de los trabajadores como capital y la literatura económica moderna discute ampliamente la importancia del capital humano (Becker, 1964)

Carl Menger trató la actividad empresarial como una forma especial de servicio laboral (1871, p. 172). Sostuvo que la actividad empresarial es un factor de producción tan necesario como los bienes de capital o los servicios laborales (1871, p. 161).

El papel del empresario

Así, en el concepto de capital de Menger se pueden distinguir dos tipos principales de capital: capital desde el punto de vista económico y capital desde el punto de vista técnico.

  1. El capital desde el punto de vista económico consiste en los bienes de orden superior o en el dinero al servicio de un emprendedor para producir un bien económico de orden inferior. La rentabilidad del capital en sentido económico depende del cálculo empresarial, de las perspectivas de éxito y del precio del producto final.
  2. El capital desde el punto de vista técnico tiene tres subcategorías:
    • Bienes económicos, incluido el dinero, utilizados para producir un rendimiento relativamente estable en forma de renta o interés.
    • El capital humano, que incluye la destreza en el trabajo, las habilidades y la competencia que pueden adquirirse invirtiendo en las capacidades humanas mediante el aprendizaje y la adquisición de nuevas habilidades. Parte de este proceso de «inversión» es el buen desempeño laboral que crea prestigio social y conexiones en el mundo del trabajo (Tóth 2017).
    • Actividad empresarial o rasgos empresariales, que son versiones especiales del capital humano.

Una sociedad que aspire a alcanzar el máximo nivel de riqueza y que quiera garantizar la mejor satisfacción posible de las necesidades humanas debería preocuparse por disponer de todas las formas de capital, ya que la falta de cualquiera de ellas es perjudicial para el bienestar económico.

Es importante señalar que la necesidad de alcanzar un nivel adecuado de bienes de capital y de capital humano bien formado es una premisa aceptada por todos. Sin embargo, a pesar de esta opinión generalizada, la actividad empresarial es vista por muchos como una actividad sospechosa. Es esencial entender que la actividad empresarial es una forma de capital humano y que una sociedad necesita ese tipo de capital para garantizar la productividad del capital físico.

Bibliografía

Becker, Gery. 1964. Human Capital : A Theoretical and Empirical Analysis, with Special Reference to Education. The University of Chicago Press.

Braun, Eduard. 2020. “Carl Menger: Contribution to the Theory of Capital (1888).” Journal of Institutional Economics 16 (4): 557–68. https://doi.org/10.1017/S1744137420000132.

Braun, Eduard, Peter Lewin, and Nicolas Cachanosky. 2016. “Ludwig Von Mises’s Approach to Capital as a Bridge between Austrian and Institutional Economics.” SSRN Electronic Journal. https://doi.org/10.2139/ssrn.2748937.

Hayek, Friedrich A. von. 1935. “Introduction.” In Menger, Carl: Principles of Economics, 2007th ed., 11–37. Auburn (Alabama): Mises Institute.

Menger, Carl. 1871. Principles of Economics. 2007th ed. Auburn, Ala.: Ludwig von Mises Institute.

Smith, Adam. 1776. An Inquiry into the Nature and Causes of the Wealth of Nations. Elecbook Classics.

Tóth, András. 2017. “Workers as Life-Entrepreneurs.” Intersections 3 (1). https://doi.org/10.17356/ieejsp.v3i1.245.

Wicksell, Knut. 1906. “The Influence of the Rate of Interest on Prices.” Economic Journal XVII:213–20.

De nuevo, Mises no comprendió a Menger (II): tampoco Hayek

Continuando con el artículo anterior de esta serie, en primer lugar quisiera recordar la importancia política y social de este análisis. Tener una buena teoría del valor que explique los precios es crucial para minimizar las injerencias políticas que dificulten la cooperación social. Una teoría que sea difícil de demostrar o que no explique bien la realidad no será lo suficientemente contundente y dejará vía libre a que otras teorías se utilicen para justificar intervenciones dañinas y así puedan imponerse legislativamente.  

En este sentido, la teoría del valor defendida por los autores austriacos más modernos como Ludwig von Mises, Friedrich A. Hayek o Murray Rothbard, tiene muy serios problemas al sostener tajantemente que la naturaleza del valor es ordinal. Pues en la “batalla” científica creo que este enfoque es atarse las manos a la espalda y ponerse grilletes en los pies al oscurecer innecesariamente la teoría afirmando que es imposible medir el valor. Y además no explica bien la realidad al negar, por ejemplo, que podamos hacer operaciones aritméticas relativas al valor. 

Afortunadamente no todos los autores austriacos tenían una visión ordinal del valor. Es el caso clarísimo de Eugene von Böhm-Bawerk a quien Mises le reprocha defender que el valor es cardinal y medible. Y aunque en este reproche Mises no incluye expresamente a Menger, también apunta a los “fundadores de la teoría subjetiva del valor”. Y por esta razón me he tomado la libertad de volver a utilizar el provocador título de “Mises no comprendió a Menger”. 

La crítica de Mises a Böhm-Bawerk

A continuación citamos la crítica que realiza Mises a los pioneros de la teoría del valor subjetivo y más específicamente a Eugene von Böhm-Bawerk:

No es raro que aquellos auténticos pioneros que no dudaron en abrir nuevos caminos para ellos mismos y para sus seguidores, rechazando decididamente anticuadas tradiciones y modos de pensar, retrocedieran ante las implicaciones de la rígida aplicación de sus propios principios. Cuando esto ocurre, los que vienen después tienen que emprender la labor de poner las cosas en su punto. Tal es el caso que nos ocupa.

Sobre el tema de la medida del valor, así como sobre otros varios estrechamente relacionados con él, los fundadores de la teoría subjetiva del valor se abstuvieron de desarrollar coherentemente sus propias doctrinas. Esto es especialmente aplicable a Bóhm-Bawerk. Por lo menos es particularmente sorprendente en él, ya que sus argumentos, de los que vamos a ocuparnos, pertenecen a un sistema que tiene todos los elementos de otra solución del problema, en mi opinión, más acertada, con tal de que su autor hubiera sacado de él las últimas consecuencias. (Mises, 1997)

Teoría del valor de Böhm-Bawerk

Uno de los objetivos de mi crítica a Mises y sus seguidores en esta serie, es dejar claro que las ideas de Mises no son necesariamente las de sus predecesores. Percibo muy a menudo que dentro de la escuela austriaca se tiende a asumir que Mises no contradice a sus antecesores, sino que los desarrolla siguiendo su misma línea sin contradicción alguna. Y no, esto no es así.

Y dice muy bien Mises que los que vienen después tienen que emprender la labor de poner las cosas en su punto. Si Mises cree que sus maestros estaban equivocados, la honestidad intelectual le debe llevar a cuestionarlos y ofrecer otra solución alternativa. Impecable actitud por su parte. Ahora bien, siguiendo ese razonamiento es labor de los que vienen detrás de Mises cuestionarlo a él también, ya sea para retomar el camino señalado por los pioneros anteriores a Mises, o para proponer otras alternativas distintas.

Como el cardinalismo de Böhm-Bawerk ya lo expone Mises claramente, aunque sea para criticarlo, no me voy a detener ahí. Böhm-Bawerk era sin ninguna duda cardinalista, así que en esta entrega vamos a centrarnos en demostrar que también Menger utilizó un enfoque indudablemente cardinalista en su obra principal Principios de Economía Política. Otros autores como Carlos Bondone, Ivan Moscati o anteriormente J. H. McCulloch ya señalaron la cardinalidad de Menger.

J. H. McCulloch sobre Menger

Dice McCulloch:

Un pasaje muy citado en Menger a menudo se utiliza como evidencia de que él era ordinalista, pero su significado es claramente cardinalista si lo leemos en contexto. Solo los economistas de la escuela austríaca posterior, como Mises, Bilimovic y Rothbard, pueden ser considerados como defensores firmes de una posición ordinal. (Traducción libre. McCulloch, 1977)

(Traducción libre. McCulloch, 1977)

Comencemos precisamente con ese tan citado pasaje de Menger, al que el mismísimo Hayek hace referencia en la introducción a Principios de Economía Política como prueba de que Menger era ordinalista:

No es necesario insistir en que las anteriores cifras no persiguen la finalidad de expresar numéricamente la magnitud absoluta, sino sólo la relativa de las correspondientes satisfacciones de necesidades. Si, por ejemplo, designamos con las cifras 40 y 20, respectivamente, la significación de la satisfacción de dos necesidades diferentes, con ello queremos decir simplemente que la primera tiene para el sujeto económico de referencia, doble significación que la segunda.

(Énfasis nuestro, Menger 2012)

Friedrich A. Hayek

Y esta es la interpretación de Hayek de este pasaje:

Aunque algunas veces habla de que el valor es mensurable, de sus explicaciones sedesprende claramente que lo único que pretende decir es que el valor de una mercancía cualquiera puede expresarse poniendo en su lugar otra mercancía del mismo valor. A propósito de las cifras que utiliza para mostrarnos la escala de utilidad, dice expresamente que no sirven para marcar la significación absoluta, sino sólo la relativa de las necesidades (Capítulo V – 3). Los ejemplos que pone permiten ver, ya desde el primer momento, que no está pensando en números cardinales, sino en ordinales (Capítulo III – 2) (Menger 2012)

Friedrich A. Hayek. Introducción a Principios de Economía de Carl Menger.

En primer lugar, no tiene ningún sentido afirmar que Menger no mide porque sólo pretende expresar el valor de una mercancía en términos de otra, cuando medir consiste precisamente en eso: en expresar la magnitud de una cosa en términos de otra. Y en segundo lugar, que una magnitud no sea absoluta no implica que no sea cardinal. Cuando Menger se refiere a las cifras 40 y 20 no se refiere a su orden relativo, es decir, que 40 es ordinalmente más importante que 20. Lo que dice, ¡literalmente!, es que 40 es el doble que 20. Es una relación proporcional y cardinal de magnitud, no de orden.  Lo que aquí trata de aclarar Menger es que la cifra 40 en sí misma no mide nada, que su propósito es únicamente representativo para poder compararla aritméticamente con otra cifra.

Vacas y caballos

Por si el lector pensara que se trata de un lapsus o una mera informalidad aislada a la hora de expresarse por parte de Menger, el anterior no es el único pasaje donde Menger utiliza la aritmética cardinal. En el ejemplo de las vacas y los caballos también dice lo siguiente:

Para mayor claridad, daremos una expresión numérica a la anterior relación. Podremos entonces expresar la significación escalonada de la satisfacción de las necesidades antes mencionadas mediante una serie de cifras, que van descendiendo en proporción aritmética, por ejemplo, según la serie: 50, 40, 30, 20, 10, 0

[..]

En efecto, para A un caballo sigue teniendo menor valor que la posesión de una nueva vaca (10 el caballo, 30 la vaca), mientras que para B la situación es la opuesta: una vaca valdría 10, un caballo 30 (es decir, tres veces más).

(Énfasis nuestro. Menger, 2012)

Aritmética cardinal

Como muy bien reitera Mises, en lo ordinal no cabe la aritmética cardinal. No tiene sentido hablar ni de proporción aritmética, ni del triple, ni de sumar ni de multiplicar (la aritmética ordinal también existe, pero no tiene nada que ver con la cardinal). Y vemos cómo Menger si que trabaja claramente con aritmética cardinal, véase también este otro pasaje donde Menger suma los incrementos de valor que obtienen las partes al intercambiar:

Llamemos A y B a las personas de referencia y designemos por 10a la cantidad del primer bien de que dispone A y 10b a la cantidad del segundo bien, de que dispone B. Llamemos W al valor que la cantidad 1a tiene para A. El valor que tendría 1b para A, caso de que pudiera disponer de él, equivaldría a W + x; llamaremos w al valor que 1b tiene para B y designaremos por w + y al valor que tendría 1a para B. Se ve entonces claro que mediante el traspaso de 1a de la disposición de A a la de B, y a inversa, de 1b de la disposición de B a la de A, éste ganaría el valor x, en tanto que B ganaría el valor y.

(Énfasis nuestro. Menger, 2012)

Quisiera resaltar que en absoluto cabe interpretar que cuando Menger habla de valorar un bien en términos de otro bien, es decir, que un caballo vale 3 vacas, esté hablando de precios. De ninguna manera. Cuando los granjeros valoran el triple el caballo que la vaca (o viceversa), no proceden a intercambiar tres a uno, sino uno a uno. El precio al que intercambian es un caballo por una vaca, que surge de las valoraciones totalmente distintas de tres a uno. No corresponde concluir que por el simple hecho de valorar un bien en términos de otro bien, sea alguno de los bienes dinero o no, estemos hablando de precios y no de valor.

No hay magnitudes absolutas 

Que las magnitudes de valor a las que se refiere Menger en el primer pasaje que hemos citado sean relativas y no absolutas no es nada distinto, por cierto, a lo que sucede en las ciencias naturales. Si por ejemplo la primera unidad de medida que se le ocurre utilizar al ser humano para medir distancias es un codo o un pie, ¿cuál es la magnitud absoluta de un pie? Ninguna. Podríamos cuantificar el pie en pulgadas, si, pero no salimos del problema ¿cuál es la magnitud absoluta de una pulgada? De nuevo, ninguna. 

Es muy cierto que en economía no existen las magnitudes absolutas de valor, pero es que tampoco existen las magnitudes absolutas en las ciencias naturales. Todo acto de medición es relativo por definición. La medición es una relación entre dos magnitudes: La magnitud a medir y la unidad de medida, y esta última puede ser cualquiera que consideremos conveniente. Cuestión diferente es la constancia de la unidad de medida, que si bien es indudablemente muy conveniente, no es un requisito necesario para poder medir.  El problema de la inconstancia de la unidad de medida lo abordaremos detalladamente en la siguiente entrega.

Una ilustración cardinal

Menger quiere aclarar que eligió, y vuelvo a citar literalmente: “por ejemplo, según la serie: 50, 40, 30, 20, 10, 0 ”, como podía haber elegido 0, 2, 4, 6, 8 y 10.  Advierte que no pretende afirmar que existan esas cifras en las mentes de los granjeros que intercambian vacas y caballos, de la misma forma que no existe ningún número absoluto en nuestra mente que represente la magnitud absoluta de un metro, lo que manejamos en nuestras mentes son vacas, caballos o metros. Menger solo pretende ilustrar proporciones cardinales relativas. Un caballo puede valer el doble que una vaca igual que una persona puede tener una altura del doble de un metro. Ni en el caso de la altura ni en el caso del valor manejamos magnitudes absolutas, la medida es siempre relativa de una cosa respecto a otra.

Esto lo aclara perfectamente Menger en otro pasaje donde nos explica que la medida del valor, y de cualquier otra magnitud, no es algo que pertenezca a la esencia de la cosa que queremos medir. La medida es un acto humano externo a las cosas, no está en las cosas. De la misma forma que un campo de fútbol no contiene metros ni yardas, el caballo tampoco contiene una utilidad de 2 vacas, sino que nosotros estimamos que en un momento concreto tiene para nosotros un valor relativo del doble con respecto a una vaca. Que lo expresemos a meros efectos ilustrativos como 2 a 1, 40 a 20, o 100 a 50 es, eso, una manera de ilustrar esta relación cardinal.

Determinación cuantitativa

Dice así el pasaje:

Knies reconoce —al igual que muchos de sus predecesores–  que el valor es el grado de utilidad de un bien para alcanzar los fines humanos. No puedo aceptar esta opinión tal como se la plantea, porque aunque es cierto que el valor es una magnitud que puede medirse, la medida no pertenece a su esencia, como tampoco forma parte de la esencia del tiempo o del espacio la circunstancia de que se les pueda medir

(Énfasis nuestro. Menger, 2012)

Y en el siguiente pasaje Menger nos explica que la medida de la significación de la satisfacción de nuestras necesidades es la importancia de dicha significación, y que dicha importancia se determina ¡cuantitativamente!  ¿Se puede ser más cardinal que esto?

En principio, y de forma directa, la satisfacción de nuestras necesidades sólo tiene para nosotros una significación que, en cada caso concreto, encuentra su medida en la importancia que para nuestra vida o nuestro bienestar tiene la correspondiente necesidad satisfecha. En un momento posterior trasladamos esta importancia —dentro de su determinación cuantitativa— a aquellos bienes concretos de los que sabemos que dependemos inmediatamente para la satisfacción de las necesidades de referencia, es decir, a los económicos del primer orden, a tenor de los principios expuestos en la sección anterior.

(Énfasis nuestro. Menger, 2012)

Lo cardinal incluye lo ordinal

Con respecto a todo lo anterior es importante tener en cuenta que lo cardinal incluye, lógicamente, a lo ordinal. Es decir, los números cardinales son un conjunto ordenado. Es evidente que de una valoración cardinal de distintos bienes podemos deducir  automáticamente un orden. De más importante a menos importante, y esto es lo que hace Menger en su famosa tabla. Pero de ahí no procede concluir que su exposición es estrictamente ordinal. Más bien todo lo contrario: La exposición es ordinal ¡porque es cardinal!  

Nótese además, que la implicación cardinal -> ordinal es de una sola dirección. Todo lo cardinal es ordinal por definición, pero no necesariamente al revés. En el turno de la cola de la pescadería no hay relación cardinal entre los ordinales “1º” y “2º”, solo hay orden. No cabe medir la diferencia de ninguna magnitud entre estos ordinales. Ni siquiera la diferencia de tiempo de llegada de los clientes, o la distancia física entre ellos, o que la intensidad de la prisa del segundo sea superior al del primero. Esta diferencias son nociones totalmente ajenas al concepto ordinal del turno. Al pescadero le dan exactamente igual esas diferencias, simplemente atenderá antes al primero que al segundo, nada más. En lo ordinal no hay magnitud ni intensidad, y si no hay magnitud no puede haber diferencia entre las magnitudes.

Magnitud intensiva

De hecho cabe decir que incluso Mises, que aboga radicalmente por el valor ordinal, reconoce claramente que el valor sí es una magnitud. Una magnitud intensiva no cuantitativa, pero magnitud al fin y al cabo. Cuando Mises dice magnitud intensiva se refiere a que dicha magnitud es una cualidad de la cosa, no una cantidad. Pero admite sin ningún problema que puedan existir diferencias de intensidad entre las valoraciones, y que son esas diferencias las que determinan su clasificación ordinal.

Lo que Mises niega es que dicha diferencia de intensidad pueda medirse y que por tanto sólo puede manifestarse al exterior de manera ordinal (prefiero el bien A al bien B). Por tanto, incluso Mises admite cierta cardinalidad “inmedible”, cardinalidad que simplemente no existe en el caso del primer y segundo turno de la cola de la pescadería, donde de ninguna manera cabe hablar de magnitud o intensidad, ni cardinal, ni medible, ni inmedible, ni cuantitativa, ni intensiva.

Dicho en otras palabras, para Mises es totalmente válido afirmar que un bien se valora muchísimo más que otro, aunque no pueda determinarse la diferencia. Que por ejemplo la diferencia de valoración entre el oro y la plata es menor que la diferencia de valoración entre el oro y el plomo. El plomo sería “mucho más Segundo” con respecto al oro que la plata, y estas diferencias de valor son relevantes e influyen a la hora de determinar los precios.

No hay magnitud ordinal

Pero insisto en que en lo estrictamente ordinal no cabe hablar de magnitud o intensidad alguna. No importa que quien te precede en el turno de la pescadería llegue un minuto o una hora antes que tú, o que tenga una prisa más intensa que la tuya. Tu segunda posición en la cola no guarda proporción o relación con ninguna magnitud ni intensidad, una vez eres segundo, eres segundo y ya está. Sin embargo, Mises sí contempla magnitudes de distinta intensidad, por tanto fracasa en su defensa de una estricta ordinalidad del valor y es incoherente al negar tajantemente la cardinalidad, porque en el marco de lo ordinal es totalmente improcedente hablar de magnitudes. Insisto de nuevo:  No existen las “magnitudes ordinales”, ni intensivas ni cuantitativas. 

Quisiera destacar que en la segunda edición de Principios de Economía Política que Menger estuvo revisando cuidadosamente durante décadas, los anteriores pasajes que hemos citado quedan inalterados. Es decir, después de presenciar aún en vida el debate entre Bohm-Bawerk y Cuhel, no modificó ni puntualizó ninguno de todas estos pasajes claramente cardinalistas. Incluso incorpora una nueva nota para aclarar el doble significado que en casi todos los idiomas atribuimos a la palabra valor. Utilizamos este término indistintamente tanto para referirnos al valor (subjetivo) como para referirnos al precio de un bien. Esta nota, es, en mi opinión un clarísimo apoyo a la postura de Bohm-Bawerk en el debate con Franz Cuhel sobre la medición cardinal del valor de un bien en términos de otros bienes.

Teoría del valor: comparación con otros bienes

Dicha nota dice así:

No podríamos entendernos con otros tratando cuestiones económicas si no pudiéramos distinguir la importancia a la que llamamos valor según su extensión y especificar su medida de una manera comprensible para los demás. Un medio inmediato (un tipo de medida) para medir el valor presupone un alto grado de abstracción, aunque el valor sea un fenómeno muy familiar; dado su carácter subjetivo, esta medida no sería absoluta y válida para todas las manifestaciones del valor y, por lo tanto, no serviría al propósito práctico que hemos definido.

Es natural, por lo tanto, que los seres humanos hayan intentado hacer comprender a los demás la significación de la importancia que ciertos bienes tienen para ellos, no a través de unidades de medida, sino mediante el valor que otros bienes tienen para ellos. Por lo tanto, en lugar de describir a una tercera persona la magnitud de la importancia que un bien tiene para nosotros, preferimos indicar otros bienes que ellos conocen y cuyo valor es igual, para nosotros, al de los bienes mencionados. De esta manera, los demás pueden entender la magnitud de la importancia que tiene para nosotros el bien del cual se quiere establecer el valor. Decimos así que un bien determinado vale para nosotros tanto como diez fanegas de trigo o treinta táleros.

(Traducción libre. Menger, 2013)

Unos bienes comparados con otros

Menger nos explica que cuando nos referimos al valor subjetivo, no al precio, lo hacemos también en términos de otros bienes. Esta cuestión la analizaremos con detalle en la siguiente entrega. Pero es importante darse cuenta que cuando pensamos que un bien vale para nosotros treinta táleros (“vale” en un sentido de valor subjetivo) no se trataría de un precio porque a igualdad de valor no hay ganancia en el intercambio. No tiene sentido económico intercambiar y por tanto nunca se llegaría a dar ese precio. En todo caso, si yo soy el dueño de ese bien, el precio resultante que podría resultar de esa valoración sería 31 táleros o más, pero nunca 30.

Hemos demostrado que la teoría del valor de Menger es cardinalista, y que para Menger el valor es medible. Así lo expone a lo largo de su obra, y además así lo afirma explícitamente. En la siguiente entrega abordaremos el problema de la inconstancia de la unidad de medida y trataremos de demostrar que el enfoque cardinalista explica mejor la realidad y que en lugar de arrinconar la magnitud del valor como algo oscuro e incognoscible, nos aporta luz a la hora de explicar la causalidad de los precios desde un punto de vista totalmente subjetivista y siguiendo fielmente el camino iniciado por Carl Menger.

Con este enfoque podremos superar el modelo dominante de oferta y demanda basado en costes para explicar los precios y abrimos además la posibilidad de corroborar matemáticamente la teoría del valor subjetivo, corroboración que en mi opinión lleva a cabo con gran éxito Carlos Bondone en su trabajo Teoría Económica Subjetiva Solidaria.

Bibliografía
Ver también

El lenguaje económico (II): las matemáticas. (José Hernández Cabrera).

Ordinalidad, cardinalidad, e intensidad de las preferencias. (Fernando Herrera).

Serie De nuevo, Mises no comprendió a Menger

(I) Ordinal vs. cardinal

Serie Mises no comprendió a Menger

IIIIII, IV

Cómo ‘Camino de servidumbre’ se hizo de nuevo relevante

Por Kristian Niemietz. El artículo Cómo ‘Camino de servidumbre’ se hizo de nuevo relevante fue publicado originalmente en FEE.

Voy a hablar de cómo Camino de servidumbre de Hayek ha vuelto a ser -lamentablemente- mucho más relevante en los últimos diez años aproximadamente. Digo «lamentablemente» porque preferiría vivir en un mundo en el que Camino de servidumbre ya no fuera relevante. Donde pudiéramos tratarlo como un libro del siglo XX sobre un conflicto ideológico del siglo XX, quizá interesante históricamente, pero sin implicaciones obvias para la actualidad.

Ni siquiera tendría que ser un mundo en el que los liberales clásicos hubieran ganado la discusión. El propósito de Camino de servidumbre no era defender el mejor tipo de sociedad posible. Era simplemente argumentar en contra del tipo de sociedad más infernal. Ganar en ese frente no significaría que el trabajo de los liberales clásicos esté hecho; sólo significaría que estamos fuera de peligro.

Y hubo un tiempo en que eso parecía. Durante aproximadamente un cuarto de siglo, tras el final de la Guerra Fría, parecía que había un amplio consenso, en la mayor parte del espectro político dominante, de que una economía moderna exitosa tenía que ser, en su mayor parte, una economía de mercado.

El socialismo millenial

Nunca hubo una «hegemonía neoliberal»; eso siempre fue un mito. Pero hubo un tiempo en que las personas que rechazaban de plano el capitalismo, y que defendían abiertamente una alternativa no mercantil, estaban en la cuerda floja. Sin embargo, durante la segunda mitad de la década pasada asistimos a un renacimiento del socialismo. The Economist, New Statesman y otras publicaciones hablan del «auge del socialismo milenario». Este fenómeno destruyó por completo la ilusión de que «ahora todos somos capitalistas». Un aluvión de encuestas demostró que millones de personas no lo son en absoluto.

En la década de 2010, el socialismo millennial se vio envuelto en proyectos electorales, a saber, el corbynismo en el Reino Unido y la candidatura de Bernie Sanders en Estados Unidos. Estos proyectos finalmente no fructificaron. Pero los movimientos socialistas más amplios que habían surgido a su alrededor no desaparecieron después. Simplemente se dispersaron y tomaron el relevo de otros movimientos. Por ejemplo, Black Lives Matter, Extinction Rebellion, Just Stop Oil, etc. pueden describirse justificadamente como movimientos socialistas. No tienen por qué serlo. No hay nada intrínsecamente socialista en las causas que defienden. Pero en la práctica, simplemente lo son.

Aprecio por el socialismo

¿Hasta qué punto están extendidas las opiniones socialistas hoy en día? El año pasado, la AIE publicó conjuntamente con el Instituto Fraser una encuesta que mostraba que más de la mitad de los Millennials y de los Zoomers (adultos) en Gran Bretaña creen que el socialismo es «el sistema económico ideal». ¿Y qué?, se podría pensar. Probablemente estas personas estén confundidas sobre lo que significa «socialismo». Creen que significa gastar más dinero en el NHS, y ser amables. No están hablando de marxismo-leninismo.

Ahí es donde el estudio de Fraser es interesante, porque también intentan desentrañar qué quiere decir la gente cuando utiliza esa palabra. Lo hacen de dos maneras. En primer lugar, simplemente repiten la misma pregunta, pero sustituyen la palabra «comunismo», que suena más radical, por la palabra «socialismo», más ambigua, para comprobar si el apoyo disminuye cuando se hace eso. Y así es, pero uno de cada cuatro «zoomers» y uno de cada tres «millennials» siguen diciendo que el comunismo es «el sistema económico ideal». No es una mayoría, pero son millones de personas. Es una opinión mayoritaria.

En segundo lugar, preguntan directamente a la gente. Presentan tres posibles descripciones del socialismo y preguntan a los encuestados si describen con precisión el socialismo. Una de ellas es una descripción simplificada de una economía dirigida por el Estado, en la que el Estado es propietario de los medios de producción: la definición clásica de socialismo.

Éxito capitalista de la literatura anticapitalista

Entre el conjunto de la población, los resultados no son claros. Cuatro de cada diez personas están de acuerdo en que, sí, ésta es una descripción exacta de lo que significa el socialismo, pero tres de cada diez no están de acuerdo. Pero si nos fijamos específicamente en los autodenominados partidarios del socialismo, obtenemos una imagen muy diferente. Más de la mitad de ellos están de acuerdo con la definición clásica de socialismo, y sólo uno de cada cinco está en desacuerdo.

En resumen: ¿todos los que se declaran partidarios del «socialismo» quieren una economía totalmente dirigida y planificada por el Estado? No. Pero un número suficiente de ellos sí.

Ninguno de los resultados de la encuesta es sorprendente si has estado recientemente en una librería. Se habrá dado cuenta de que la sección de «Política» está llena de libros prosocialistas: Cómo el comunismo del decrecimiento puede salvar la Tierra, Hacia la idea del comunismo del decrecimiento, El ecosocialismo de Karl Marx, El capitalismo buitre, Está bien estar enfadado con el capitalismo, Comprender el socialismo, La hora del socialismo, etcétera, etcétera. Parece haber una demanda infinita. Ninguno de esos libros va a convertirse en el próximo Código Da Vinci, pero lo están haciendo mucho, mucho mejor que cualquier libro pro-capitalista. Estamos perdiendo la batalla de las ideas.

¿Por qué sucedió esto? ¿Qué ha cambiado?

Yo diría que, hasta mediados de la década pasada, la idea socialista seguía algo empañada por su asociación con el socialismo realmente existente. La idea de que los sistemas del antiguo bloque del Este no eran socialismo «propiamente dicho» no es nueva. Eso es lo que me enseñaron en la escuela, en la década de 1990. Marx tenía todas esas ideas maravillosas sobre una sociedad igualitaria y democrática, y luego llegaron personas malas como Lenin, Stalin y, más tarde, Walter Ulbricht y Erich Honecker, y lo pervirtieron todo. Esa idea siempre estuvo ahí. No es nada nuevo.

Pero la cosa es: suena un poco hueca cuando el fracaso del Socialismo Realmente Existente sigue estando tan presente. Y así fue en los años 90 y 2000. Pero durante la última década, se ha desvanecido de la memoria popular. Se ha convertido en historia. Con este telón de fondo, la afirmación de que los regímenes socialistas anteriores simplemente no hicieron el socialismo «correctamente», y que deberíamos intentarlo de nuevo, suena más plausible para mucha gente.

Y es esta afirmación la que está realmente en el corazón del renacimiento del socialismo.

Apoyo el socialismo, y cuando fracasa digo que no es socialismo

Por ejemplo, en su libro Why You Should Be A Socialist, Nathan Robinson, editor fundador de la revista socialista Current Affairs, dice:

[L]os regímenes «socialistas» autoritarios del siglo XX no merecían llamarse socialistas en absoluto. […] El socialismo no significa control por parte del gobierno, significa control por parte del pueblo».

Así que ahí lo tienen. Nunca ha habido regímenes socialistas, sólo regímenes que fraudulentamente se llamaban a sí mismos socialistas. Y cualquiera puede llamarse a sí mismo cualquier cosa, ¿verdad? Hablar es barato. Del mismo modo, en su libro El Manifiesto Socialista, Bhaskar Sunkara, uno de los fundadores de la revista socialista Jacobin, también dice:

[E]l socialismo en el siglo XX […] fue una salida en falso.

que, supongo, es una forma de decirlo. Y en otra parte:

[E]l socialismo significaba esencialmente democracia radical. […] No era […] una dictadura autoritaria; Marx describió una democracia igualitaria y participativa.

Se pueden encontrar fácilmente cientos de citas de este tipo, pero no voy a aburrirles. La cuestión es que los Socialistas Milenarios ven la naturaleza totalitaria, verticalista, de ordeno y mando del Socialismo Realmente Existente como una perversión de la idea socialista original. No hay ninguna razón en particular por la que el socialismo siempre haya resultado así, aparte de que la gente al mando quería que fuera así. Fue simplemente una elección.

La intención (no) es lo que cuenta

Esto es, por supuesto, lo contrario del argumento de Hayek en Camino de servidumbre, que era que los aspectos totalitarios, verticalistas y de mando y control del socialismo realmente existente eran una característica, no un error. Los sistemas socialistas siempre acaban así, aunque no sea lo que quieren sus defensores. Las intenciones de sus defensores son completamente irrelevantes. Podrían ser las personas más adorables del mundo, pero el sistema que quieren seguirá produciendo resultados terribles.

Esta es la parte que los Socialistas Milenarios todavía no entienden. Creen que todo es cuestión de intenciones. Piensan que «su» versión del socialismo no podría producir malos resultados, porque no tienen malas intenciones. Consideran que una crítica al socialismo es una crítica a sus intenciones.

Pero no es así. Hayek dijo en Camino de servidumbre:

Para alcanzar sus fines, los planificadores deben crear un poder -un poder sobre los hombres ejercido por otros hombres- de una magnitud nunca antes conocida.

Y también dijo sobre la URSS:

No hay otro gobierno en el mundo en cuyas manos se concentre hasta tal punto el destino de todo el país. […] [E]l gobierno soviético ocupa en relación con todo el sistema económico la posición que ocupa un capitalista en relación con una sola empresa».

O en realidad – no lo hizo. Esta última cita es de La revolución traicionada (1936) de Trotsky. Pero es correcta, y podría haber sido fácilmente de Camino de servidumbre.

Socialismo democrático

Sobre la posibilidad del socialismo democrático, Hayek dijo:

Elaborar un plan económico de esta manera es aún menos posible que, por ejemplo, planificar con éxito una campaña militar por el procedimiento democrático. [Sería inevitable delegar la tarea en los expertos. Sin embargo, la diferencia es que, mientras que al general que se pone al mando de una campaña se le asigna un único fin […], al planificador económico no se le puede asignar ese único fin.

En otras palabras, incluso en el sistema actual, no tenemos una democracia «pura», en la que todo lo deciden los representantes elegidos democráticamente. Incluso en el sistema actual, delegamos tareas altamente especializadas en lo que ahora llamaríamos Quangos y tecnócratas. En algunos ámbitos, eso no es un problema. En el caso de una campaña militar, casi todos estamos de acuerdo en el resultado que queremos ver, y no nos preocupa tanto cómo se consigue exactamente ese resultado. Así que podemos dejar los detalles a los tecnócratas. Sigue siendo democrático de una manera indirecta, porque los tecnócratas siguen siendo responsables en última instancia ante los políticos elegidos democráticamente.

Sin embargo, la planificación económica no es así en absoluto. No estamos de acuerdo en los resultados. Y no podemos separar la visión de conjunto de los detalles. Sólo las personas que dominan los detalles técnicos pueden tomar decisiones significativas sobre el panorama general.

Hemos visto mucho socialismo

Hayek también dijo sobre el sistema de gobierno británico:

[L]a actual maquinaria parlamentaria es bastante inadecuada para aprobar rápidamente un gran cuerpo de legislación complicada. El Gobierno nacional […] lo ha […] admitido al aplicar sus medidas económicas […] no mediante un debate detallado en la Cámara de los Comunes, sino mediante un sistema general de legislación delegada.

O en realidad, de nuevo, no lo hizo. Fue el socialista Harold Laski en 1932. Pero es correcto, y por eso Hayek lo cita con aprobación en Camino de servidumbre. Incluso los más socialistas estaban de acuerdo con partes importantes del análisis de Hayek. Simplemente no supieron unir los puntos y sacar las conclusiones correctas.

Cuando Hayek escribió Camino de servidumbre, no había muchos ejemplos de economías socialistas. Habría muchos más, en años posteriores: Albania, Vietnam del Norte, Bulgaria, Polonia, Rumanía, Corea del Norte, Hungría, Checoslovaquia, Alemania del Este, China, Cuba, Yemen del Sur, Somalia, Camboya, Mozambique, Angola…

Todos acabaron como Hayek dijo que acabarían. Como lo hará la próxima. Y el siguiente.

No recuerdo cuándo leí por primera vez Camino de servidumbre. Recuerdo vagamente que no me gustó mucho al principio: no es una lectura divertida. Pero es una buena inversión. Como todavía no se han aprendido las lecciones, el libro no va a perder su relevancia a corto plazo.

Ver también

Camino de servidumbre. (José Carlos Rodríguez).

Venezuela: camino de servidumbre. (Venezolano anónimo).

‘Road to freedom’ Stiglitz contra Hayek y Friedman. (Celto Veljanovski).

Stiglitz, un Nobel polemista. (Samuel Gregg).

Javier Milei ante el Cato Institute

En primer lugar quiero agradecer al queridísimo amigo Agustín Etchebarne, director de la Fundación Libertad y Progreso y a Peter Gotler, presidente del Cato Institute, por permitirme hablar en este encuentro hoy, compartiendo programa con intelectuales de renombre en el medio académico liberal, a quienes he estudiado y admirado durante años. Quiero comenzar refiriéndome un poco al momento que enfrenta la Argentina y a la titánica tarea política, económica y cultural que estamos emprendiendo desde el gobierno nacional.

Un reto fabuloso

Habiéndose cumplido hace pocos días seis meses del inicio de nuestro mandato, quiero detenerme un momento en remarcar el tamaño de la hazaña que estamos llevando adelante el ministro Caputo y su equipo, porque a veces uno escucha algunos políticos o analistas económicos y por lo que dicen, parece idea que vivieran en otro país: parecería que viven en Narnia.

Así que vamos a poner brevemente en perspectiva el trabajo de nuestro equipo económico. En diciembre recibimos como herencia déficit gemelos por 17 puntos del PBI; una brecha cambiaria de 3 a 1 entre el dólar paralelo y el oficial y un sobrante monetario similar al de la previa del Rodrigazo; un estado endeudado casi al borde del default; precios que viajaban ya al 1,5% diario y que conjugados con la deuda del Banco Central nos llevaba camino una hiperinflación, con el agravante contar con indicadores de pobreza mucho peores que en la antesala de cualquier otra crisis de nuestra historia.

O sea, en buen romance recibimos un cuadro de situación peor a la previa de la herencia del Rodrigazo, en términos de desequilibrio monetario, una situación en el Banco Central muchísimo peor que la que había en los inicios del 89, previo a la hiperinflación de Alfonsín, y con indicadores sociales que eran aún peores que los que teníamos en el 2001. Estábamos frente a lo que iba a ser la peor crisis de toda la historia Argentina.

Esperando a que estalle la inflación en manos del gobierno libertario

Y vale la pena también decirlo, que el gobierno que se iba tenía conciencia de ello. Especulaba con que nuestra posición libertaria decidiera abrir todo de manera instantánea. Y esto es interesante porque habían pasado todos los pasivos remunerados a un día, con un desequilibrio de stocks fenomenales, la deuda de las SIRAS por 50 mil millones de dólares, la deuda por los dividendos, deuda en pesos venciendo por el equivalente a 90 mil millones de dólares, 25 mil millones de dólares de deuda externa por vencer con organismos multilaterales, con el acuerdo con el Fondo caído.

Un gobierno que, además, a lo largo de los cuatro años emitió por el equivalente 28 puntos del PBI, pero de esos 28, 13 los emitió durante el último año. Y hay que decírselos en la cara, ellos esperaban que nosotros liberáramos todo, ignorando la dinámica de los stocks y que todo estallara tal que nos tiraran la gente a la calle, no descarten la metodología de ellos de tirar muertos en la calle, ir por los saqueos. Cosa que algunos periodistas promueven desde sus espacios. Claman por libertad de expresión pero están llamando a cometer delitos, lo cual también es un delito. Y en ese contexto, que toda la crisis hiciera el trabajo, el ajuste sucio y ellos volver como redentores a inicios de 2024.

Un gran ajuste

En solo 6 meses de gestión frenamos en seco el financiamiento del Tesoro con emisión monetaria, hicimos el ajuste del gasto público más grande de la historia de la humanidad y logramos el primer trimestre con superávit fiscal y financiero en el sector público nacional, luego de 20 años. En ese contexto además bajamos sistemáticamente las tasas del Central y estamos desactivando la bomba de deuda en pesos. Incluso en un contexto de alta inflación, a pesar de lo que muchos decían que no se podía.

Quiero también ahí mencionar, porque esto es importante: cuando nosotros hablábamos del ajuste que íbamos a hacer decían que era imposible. Algunos caraduras que decían que no se podía ajustar más que un punto del PBI, cuando nosotros hicimos el ajuste del Tesoro, nosotros esperábamos alcanzar el equilibrio financiero a lo largo del 2024 y lo logramos en el primer mes de gestión. Entonces dijeron que lo habíamos hecho de manera con cosmética contable, digo cosmética contable para ajustar cinco puntos del PBI es bastante difícil. Pero esos mismos que decían que no podíamos ajustar más que un punto, después se encontraron con que no solo tuvimos superávit financiero en enero, tuvimos superávit financiero en febrero, tuvimos superávit financiero en marzo, tuvimos superávit financiero en abril, en mayo y vamos a terminar el primer semestre con superávit.

Déficit cuasifiscal

Y no solo eso, sino que, en paralelo, teníamos un déficit cuasifical de 10 puntos del PBI y hoy lo hemos bajado 9 puntos del PBI. Llevamos ajustado hasta este momento el equivalente de 15 puntos del PBI. Y todo eso lo hicimos en menos de 6 meses. Muchas veces me causa como gracia también cuando dicen “dijo que iba a bajar los impuestos y lo subió” y la pregunta es la pregunta es, ¿qué creen que es el señoreaje? El señoreaje es una estafa. Estamos achicando el señoreaje 15 puntos del PBI. Le estamos devolviendo a la gente 15 puntos del PBI.

Por eso, mientras que en el mes de diciembre discutíamos la hiperinflación, cosa que también muchos deshonestos intelectuales tratan de dejar de lado informando solamente lo que pasaba con el IPC y no lo que pasaba con el índice de precios mayoristas, que dio 54%. Y ese número anualizado da 17.000. La inflación mayorista de abril fue del 3,4%, lo cual anualizado da 50%. Entiendo que 50% es una aberración, es una aberración. Pero en el escenario alternativo, veníamos viajando al 17.000%. Sería bueno que sean más honestos intelectualmente.

El papel de la tasa de interés

Otra discusión que también me parece muy interesante, y que tiene un gran valor académico desde mi punto de vista, es la discusión de la tasa de interés. De utilizarla como instrumento de política económica para controlar la inflación. No es nuevo mi desagrado con esto de manosear la tasa de interés. No es nuevo mi desagrado con esa perspectiva keynesiana de que la tasa interés se determina en el mercado monetario. Porque la tasa de interés existe, porque existe el tiempo, no porque existe el dinero. Existe porque existe el tiempo. Y existe con individuos que están dispuestos a pasar consumo del presente al futuro, ahorrar; y hay individuos que están dispuestos a pasar la producción del presente al futuro, o sea, invertir. Y por ende, la tasa de interés es un mecanismo de coordinación intertemporal, no el resultado de andar imprimiendo papelitos de colores.

En ese contexto nosotros consideramos que la inflación es siempre, en todo lugar, un fenómeno monetario que se genera por un exceso de oferta de dinero, ya sea o porque aumentó la oferta o porque cayó la demanda, o pasó las dos cosas a la vez, que hace que caiga el poder adquisitivo del dinero y eso implica que todos los precios expresados en unidades monetarias suban.

Cómo frenar la emisión de dinero

Por lo tanto nuestra apuesta era frenar con la emisión de dinero. Teníamos la convicción y estábamos logrando cerrar la emisión para financiar al fisco, pero teníamos otro problema que era la emisión endógena de dinero: si ustedes se fijan la mayoría de los analistas en esos momentos nos recomendaban poner la tasa de interés en niveles reales positivos. Si le hubiéramos hecho caso, hoy la relación entre pasivos remunerados y base monetaria estaría arriba de 8, estaríamos discutiendo el problema del carry trade, estaríamos discutiendo la bomba de las Leliqs y bajar la inflación sería literalmente imposible.

Sin embargo, nosotros decidimos arbitrar la tasa de interés en dólares. Implicaba una tasa de interés real negativa en pesos y eso fue permitiendo poner en orden la hoja de balance del Banco Central. En simultáneo, con el superávit fiscal eso también nos permitió una sustancial caída del riesgo país y nos permitió recrear un mercado de deuda para la deuda del gobierno, en una tarea monumental llevada a cabo por el secretario de finanzas Pablo Quirno y que en conjunción con el presidente del Banco Central, empezaron a mutar la deuda que estaba en el Banco Central, a llevarla a donde originalmente debería haber estado, frente al financiamiento del desequilibrio fiscal, que era en las cuentas del Tesoro.

Pasivos remunerados

Eso hace que hoy la relación de pasivos remunerados respecto a la base monetaria se encuentre en 1,2 veces. Es decir que lo redujimos a un tercio. Pero es importante tener idea de las nociones cuantitativas de eso. Nosotros hoy tenemos una base monetaria de 15 billones de pesos y tenemos pasivos remunerados por 18 billones de pesos. Ahora, lo interesante es que esos 18 billones de pesos, 12 billones están en manos de los bancos públicos. De esos 12 billones, siete están en el Banco Nación, donde además la contrapartida es que hay 3.5 billones de depósitos del Tesoro dentro del Banco Nación, por lo tanto, hay siete que no son un problema. Hay tres que están en manos del Banco Provincia Buenos Aires.

Digo, si bien el enano comunista es un enemigo de la libertad y en especial de este gobierno, el hecho de que tenga déficit fiscal hace que use al Banco Provincia como mecanismo de financiamiento y tiene la posición tan exigida en liquidez que no la puede mover de ahí. Y lo que queda, gran parte está con el gobierno de la Ciudad. Por lo tanto, el problema verdadero que enfrentamos son 6 billones de pesos. Y piensen que hemos tenido, en alguna de las colocaciones, ofertas por 18 billones de pesos. Es decir, que el problema de los pasivos remunerados, ese problema de emisión endógena lo tenemos prácticamente acorralado.

El problema de los puts

Sin embargo, también quiero manifestar que una vez que terminemos con eso, todavía queda una etapa final para resolver el problema del cepo, que es resolver el problema de los puts. Probablemente sea una de las mayores perversiones que cometió el gobierno anterior. Frente a la no voluntad de los bancos de financiar al tesoro, utilizaron de manera indirecta al Banco Central. Y una forma que además tuvo la complicidad del Fondo Monetario Internacional, lo financiaron con instrumentos que son puts. Entonces, ¿cuál es el problema? Dentro del balance del Banco Central lo que figura es el monto del put y no los pasivos contingentes que están abiertos.

Para que tengan un orden de magnitudes esos pasivos contingentes representan cuatro puntos del PBI, cuando hoy la base monetaria es de 2.8. Imagínense lo que sería tirar toda esa cantidad de dinero a la calle. Imagínense que además y tomen conciencia de esto que no son ni siquiera puts europeos, donde ustedes tienen definido el plazo donde vencen; son puts americanos y se pueden ejecutar en cualquier momento. Por lo tanto, una vez que terminemos con los remunerados, lo que estamos haciendo es trabajar sobre la solución del problema de los puts para definitivamente ahí sí abrir el cepo.

El programa resulta efectivo

En ese contexto, también estamos confiados porque hoy entre lo que tenemos de base monetaria y pasivos remunerados eso ya llega a seis puntos del PBI, cuando históricamente la demanda de base en el siglo XXI, osciló entre 8 y 9 puntos del PBI. Por lo tanto, una vez que terminemos de resolver el problema de los puts yo me comprometo a que vamos a abrir definitivamente el cepo. Entonces, dichas estas referencias tanto en el plano fiscal como en el plano monetario, producto del ancla fiscal y el ancla monetaria, la inflación está bajando de forma contundente desde hace 5 meses. Es más, en pocos días se conocerá el dato de inflación correspondiente a mayo y todo indica que estará por debajo de los cinco puntos.

En definitiva, nuestro programa de estabilización está demostrando su efectividad. Ahí también quiero mencionar la deshonestidad intelectual de muchos de nuestros colegas, porque puedo ser Presidente pero no dejo de ser economista, ni lo voy a dejar de ser. Además, después de esto me tengo que seguir ganando la vida como conferencista, por eso renuncié a mi jubilación de privilegio para que quede claro.

Entonces, bueno, me sacaron del discurso. Estoy fuera del discurso hace rato. Pero bueno, nada, voy a seguir. A mí lo que me parece es el tema de la deshonestidad intelectual de nuestros colegas, y uno tiene que entender las características también de quién toma las decisiones. Un programa de estabilización básicamente tiene tres partes: tiene una política fiscal, de ajuste, tiene una política monetaria y una política cambiaria.

Los políticos no son dioses

Obviamente que, fruto de que nos lavaron el cerebro durante más de 100 años con políticas socialistas y dirigistas, creen que tiene que haber cosas sectoriales, que hay que controlar los precios, que hay que manejar la dinámica de tal precio, que hay que controlar el otro. Muchachos, soy liberal libertario, yo no voy a hacer ese tipo de porquería. Yo creo en la libertad, no creo que los políticos son dioses.

Es más, otra cosa que también me parece profundamente deshonesta intelectualmente, porque aparte no es que baja… “uy, por arte de magia baja la inflación”, hay un programa que es lo que hace bajar la inflación. Y en ese sentido a mí me sorprende porque si uno tiene la evidencia, debería ser por lo menos más sincero. Pero además lo estamos haciendo en un contexto donde estamos recomponiendo precios relativos. Por lo tanto, cuando uno quiere mirar la inflación, ok, no les gusta mirar los mayoristas porque prueba que se equivocaron y que las cosas están funcionando mucho mejor de lo que esperaban.

Ok, lo entiendo, pero cuando van a mirar la inflación, digo lo más honesto intelectualmente sería mirar la núcleo, la core. Pero no, no importa, que sigan negando los logros, obvio que no la ven. Entonces, me parece que habría que estar mirando la núcleo. Igual, ¿saben qué? No hay problema, porque no solo vamos a estar batiendo a la núcleo sino que también vamos a batir a la general. Vamos a llevar aplastada la inflación.

Las ideas de la libertad son más fuertes

Y, como si esto fuera poco, hemos gobernado estos primeros seis meses del año cuesta arriba, gestionando la peor herencia de la historia y sin el Poder Legislativo ni los instrumentos con los que todos los gobiernos antes que el nuestro han contado. Esto no es un tema menor. No es que a nosotros la política no nos acompañó. La política, desde antes de asumir, nos ha puesto palos en la rueda. Nos pusieron palos en la rueda terminando de romper la hoja de balance del Banco Central. Y nos ponen palos en la rueda cada uno de los días que intentamos gobernar.

Pero, ¿saben qué? Todo esto está probando que las ideas de la libertad son más fuertes, porque a pesar de la casta inmunda política, lo estamos logrando. Estamos venciendo la inflación. Pero el país necesita cambios profundos, reformas económicas de base que excedan las decisiones de política económica inmediata que puede tomar un presidente. Y hoy, mientras se discute en el senado de la nación el proyecto de reforma económica, social, tributaria y fiscal más ambicioso desde el retorno de la Democracia, no pueden quedar dudas que la Argentina está ante un punto de inflexión.

Podemos insistir por el camino que nos trajo hasta acá, insistir con el modelo del estado presente, pero que realmente solo está presente para algunos y hunden la miseria al resto. Podemos insistir con el modelo del gasto desbocado, del interior productivo drenado y ultrajado por la política desde Buenos Aires, de la presión impositiva asfixiante, de la deuda, de la emisión monetaria, del desaliento de la actividad económica y de la burocracia que entorpece todo.

Retomar el camino abandonado

O alternativamente podemos retornar la senda a la libertad de la que nunca nos deberíamos haber extraviado: retomar las ideas y valores que alguna vez hicieron de la Argentina una potencia mundial, retomar la defensa de la vida la libertad y la propiedad privada. Y aspirar a ser un país a la altura de nuestra identidad y nuestra historia una vez más.

Lo malo es que hemos perdido mucho tiempo. Perdimos el tiempo de un siglo. Hace 100 años que dilapidamos el stock de recursos, riquezas y ventajas que nuestra edad dorado nos legó. Lo dilapidamos al servicio de la nada, al servicio de quimeras. Pasamos de ser potencia, a ser un país de resultados mediocres. A pesar de que nuestro pueblo no es mediocre, es excepcional. El modelo de la justicia social y del Estado presente ató de manos y sumió en la miseria un pueblo excepcional y este tiempo lamentablemente nunca lo vamos a poder recuperar. Lo bueno, es que la sociedad argentina, por primera vez en años, se movilizó para exigir un vuelco en una dirección radicalmente distinta.

Eligió como presidente a alguien que en campaña se asumió y se animó a decir verdades que cualquier otro político hubiera ocultado con pudor. La sociedad eligió el camino de la libertad, a sabiendas de todos los costosos y sacrificios que eso conllevaba en el corto plazo y lo eligió con la mayor cantidad de votos individuales de la historia de la democracia argentina.

Un siglo perdido

Sin embargo, para algunos políticos el mandato popular de cerca de 15 millones de argentinos no significó nada. Porque su prioridad no es la sociedad que demanda a viva voz un cambio, no es el país que necesita ser reencauzado para prosperar, sino su interés personal y rastrero de la casta política que se resiste a hacer las reformas porque saben que si se las hacen esto va a funcionar y no vuelve más.

Por eso, a 6 meses de haber asumido nuestro gobierno, aún hacen lo imposible para que nuestro programa no prospere. Por sobre los 100 años que ya perdimos ellos nos hacen seguir perdiendo tiempo, porque saben que nuestro programa pone en riesgo el sistema injusto del que ellos se alimentan. No es la primera vez que digo esto: la historia de los últimos 100 años de nuestra patria permite un vistazo, una pequeña ventana a lo que podría pasar con el resto del mundo libre si baja la guardia y se deja seducir por el socialismo.

Porque son las mismas ideas que hoy están en boga entre las élites de occidente las que en Argentina destruyeron la libertad y nos condenaron a la pobreza. Ideas que posiblemente en algunos casos salen de una causa noble, que es darle asistencia al más débil o al que menos tiene. Pero que tiene un vicio en la raíz que es la intervención estatal como instrumento para impartir justicia social. Tienen que entender que la caridad es buena, pero si se hace con el bolsillo propio, como decía Rothbard: es increíble lo infinitamente caritativa que puede ser la gente, cuando el bolsillo que paga es de otro.

La (in)justicia social

En este contexto, el Estado ni está en su derecho, ni es capaz de impartir justicia a través de la distribución de la riqueza, porque la justicia social es un concepto equivocado a nivel moral, a nivel teórico y a nivel empírico. En el plano moral porque todo acto de distribución supone el acto de coacción previa, que es confiscarle sus bienes a un privado que son suyos por derecho natural. Lo cual significa que el Estado es una organización criminal y violenta, en tanto se financia con una fuente coactiva de ingresos llamada impuestos.

En el plano teórico, porque por definición a mayor intervención estatal menos libres son los mercados y peor funcionan, produciendo miseria en vez de riqueza. Como decía Hayek “cada vez que el Estado interviene genera un resultado peor a que si no se hubiera entrometido”. ¿Por qué? Porque la intervención estatal introduce distorsiones en el sistema de precios, impide el correcto cálculo económico y, en consecuencia, anula lo que Hayek llamaba “el correcto funcionamiento del mercado como proceso de descubrimiento”. Esto es, en la búsqueda constante por competir en el mercado, el capitalista encuentra el rumbo correcto.

Pero esto solo puede ocurrir en un sistema de precios libres que extraigan y transmitan mejor la información acerca de las cantidades de qué bien o de qué servicios son demandados y a qué precio. El colectivismo, al inhibir este proceso de descubrimiento y al dificultar la apropiación de lo descubierto, ata al emprendedor de las manos y le imposibilita producir mejores bienes y ofrecer mejores servicios a un mejor precio.

La inferioridad del socialismo

Y por último, como si todo esto no alcanzara, también está a la vista la evidencia empírica de la inferioridad del socialismo. Si miramos los índices de libertad económica, los países más libres tienen un PBI per cápita 12 veces más grandes que los reprimidos. E incluso los habitantes del decil más bajo del sistema libre, viven mejor que el 90% de la población de los países reprimidos. O sea que el capitalismo de libre empresa es superior al socialismo incluso en la principal tarea que presumen el socialismo hace mejor, que es ayudar a los relegados.

Lo que está en la base de todo esto es que hay una relación directa y probada entre represión y miseria, por un lado; y por el contrario hay una relación probada entre libertad y prosperidad. Y las ideas socialistas son fundamentalmente incompatibles con la prosperidad, precisamente porque son incompatibles con la libertad. Son incompatibles la anulación de la competencia con la defensa del mérito y el esfuerzo; son incompatibles el control burocrático con la creatividad y la innovación; son incompatibles la distribución dirigida con la generación de riqueza; y en el fondo son incompatibles un estado grande con atribuciones amplias que se mete en cada uno de los asuntos privados de la gente, con tener una sociedad libre, creativa y pujante, que pueda generar la riqueza para sí y para las futuras generaciones.

El reencuentro con las ideas de libertad

Hoy parece que la Argentina y buena parte del mundo libre giran en direcciones contrarias. Mientras algunas potencias de Occidente se olvidan las normas básicas que trajeron la prosperidad de la que gozaron en las últimas décadas, la Argentina se reencuentra con esas ideas y valores y vuelve a apostar por el modelo de la libertad. Mientras los países desarrollados se vuelven pesados en regulaciones, en imposiciones injustificadas, nosotros quitamos las regulaciones que desde hace década atan de las manos a nuestro pueblo e invitamos a los capitales del mundo a cooperar con la Argentina; porque entendemos la actividad económica libre como el acto de cooperación más natural que tiene la especie humana.

Esto es, en Argentina nos estamos reencontrando con las ideas que hicieron del occidente moderno la hazaña civilizatoria y de desarrollo económico más grande de la historia humana. Y queremos ser un refugio para quienes defienden y viven estas ideas a lo largo y a lo ancho del planeta. Siempre hubo una puja entre quienes innovan y quienes regulan; entre quienes generan y quiénes confiscan; entre quienes exploran el territorio y quienes luego dibujan los mapas y trazan los límites.

Siempre hubo y habrá una puja entre el privado y el estado. Hoy en el sector tecnológico, que es el sector más dinámico de la economía global, esa puja es palpable. Los grandes visionarios del sector huyen de las regulaciones que les buscan imponer la dirigencia política global infectada de socialismo. Yo les digo hoy a ustedes lo que ya le he dicho a estos actores en persona: esta Argentina está del lado del sector privado, no del Estado; está del lado de los que trabajan, de los que comercian, de los que se esfuerzan, está del lado de quienes arriesgan, invierten, innovan.

La convergencia

Como decía, está del lado de quienes arriesgan, invierten e innovan, que son por naturaleza benefactores sociales y va a defender con uñas y dientes las ideas de la libertad, porque sabemos que en ellas está la fórmula para la prosperidad. Pero no se trata solo de tener las ideas correctas, también hay que tener condiciones materiales que nos acompañan. Porque después de décadas de estancamiento, la Argentina tiene todo dado para emprender un proceso de convergencia económica que nos coloque a la par de las grandes potencias del mundo en pocas décadas. En el fondo, la pregunta es ¿Qué es el proceso de convergencia?

Acá también vale la pena hacer una nota metodológica sobre lo que hacemos los economistas, ¿no? Porque la convergencia es algo que cuando ustedes miran la historia de la humanidad, aquellos que abrazan las ideas de la libertad la logran, pero nuestros modelos de crecimiento están simplificado detrás de determinado formatos de la función de producción. Y que en realidad no tenemos ni el fundamento de por qué se termina convergiendo. En el fondo, surge en función de la concavidad que tenga la función de producción y cuán lejos estemos del equilibrio del stock de capital per cápita del Estado estacionario. En definitiva, de lo único que estamos hablando es de una relación matemática y está vacía de contenido. La convergencia no se da porque sí, porque entonces si no todo país que estuviera rezagado, sin lugar a dudas, podría crecer sin hacer nada y eso es falso.

Libertad: descubrimiento y apropiación

Por eso yo enfatizo tanto en dos trabajos: en el trabajo de Hayek y en el trabajo de Locke, que es sintetizado por Israel Kirzner: esta idea del mercado como proceso de descubrimiento y el principio de apropiación de Locke, en un contexto donde se respeten los derechos de propiedad. Si ustedes hacen eso, la convergencia se va a dar, porque hay un montón de cosas que había que descubrir y ya las descubrieron otros.

Y es por eso que a lo largo de la historia de la humanidad cada vez se necesita menos años para duplicar el PBI per cápita: el primero en lograrlo fue Inglaterra que tardó 58 años, pero el último en hacerlo fue China y lo hizo en 7 años. Es más, en 14 años multiplicó por cuatro su PBI per cápita, porque lo duplicó una vez y lo volvió a duplicar y lo hizo a partir del impulso de las zonas liberadas al mercado. Entonces no es que la convergencia es algo que se va a dar de modo tautológico, por la forma que tiene la función de producción, que además no tiene contrapartida empírica. Porque la contrapartida empírica son los rendimientos crecientes, no los rendimientos marginales decrecientes.”

Más que Carlos Menem

Y ahí, la clave justamente es que lo que está de fondo y lo que está de fondo son las ideas de la libertad. Yo en algunas de las filminas que vi pasar de esta conferencia, por ejemplo, mostraba la relación entre el PBI per cápita entre los países libres y los reprimidos. Es más no solo eso, los países libres crecen más que el doble que los reprimidos. Entonces, la clave pasa por ahí, en el entramado institucional que permite la convergencia. Y si ustedes a eso le suman las mejoras que estamos viendo en términos tecnológicos, en especial con inteligencia artificial, esa convergencia puede ser acelerada.

Entonces, la Argentina tiene hoy, de prosperar nuestra reforma, la oportunidad de iniciar este proceso de convergencia para alcanzar niveles de vida similares a los países más desarrollado en la Tierra. Más o menos para que se den una idea, la reforma estructural más grande que se hizo en Argentina en la historia fue la de Menem, en los 90. La reforma que nosotros estamos enviando en la Ley Bases, es cinco veces más grande que esa. Y si ustedes le suman el DNU, el cual aún sigue en pie, estamos haciendo reformas estructurales ocho veces más grandes que lo que fue la reforma más grande de la historia Argentina. Y después vienen los caradura a decir que no hay plan.

90 puestos en el índice de libertad económica

Es más, de prosperar esta primera fase, nosotros escalaríamos 90 puestos en libertad económica y nos empezaríamos a parecer a países como Alemania, como Francia, como Italia. Pero eso a mí no me alcanza. Uno podría pensar en Irlanda, salvo lo que está haciendo en este momento. Digo, que hizo que con las reformas pro mercado de ser el país más miserable de Europa hoy tiene un pedido per cápita 50% mayor que el de Estados Unidos, y ese podría ser un modelo. También se queda corto respecto a nuestras ambiciones. Nosotros tenemos todavía 3.200 reformas estructurales pendientes. Nosotros las vamos a llevar a cabo quiera o no quiera la política. Y vamos a hacer de Argentina el país más libre del mundo Y después están las cuestiones de la coyuntura también.

Porque somos desde hace década una olla presión hirviendo con la tapa cerrada, lo único que hay que hacer es destaparla y reanudar la tarea del mercado como proceso de descubrimiento. Donde la baja capitalización de la economía, fruto de 20 años de populismo empecinado en destruir el capital, ya eso mismo genera oportunidad de inversión enormes para aquellos que apuesten por el país. Así, reduciendo el déficit, reduciendo la carga impositiva sobre la actividad económica, defendiendo a rajatabla los derechos de propiedad, habremos de alcanzar el desarrollo deje de ser un sueño para volverse una realidad.

El socialismo inhibe la apropación del descubrimiento

Pero no solo que tomamos las decisiones correctas en materia de libertad económica y respeto de los derechos de propiedad, podemos converger en un plazo relativamente corto a niveles de riqueza de los que gozan los principales potencia del mundo hoy, sino que la convergencia económica para nosotros está simplificada, porque no debemos pasar por este trabajoso proceso de descubrimiento del que Hayek hablaba, ya que otros lo han hecho por nosotros, que era lo que estaba explicando sobre los fundamentos de la convergencia.

No hay nada que inventar para alcanzar los niveles de riqueza de los principales países del Mundo. Solamente hay que generar las condiciones de respeto a la propiedad privada para que los actores del mundo privado puedan tomar el conocimiento de aquellas que ya hicieron el proceso de descubrimiento económico y reproducirlo.

Eso facilita el proceso de generación de riqueza y crecimiento económico. Es decir, ya han hecho el trabajo por nosotros. El arduo proceso de descubrimiento en el que un actor encuentra una necesidad y desarrolla un producto o servicio para satisfacerla ya ocurrió y ocurre todos los días allí donde sí se respetan los derechos de propiedad.

Porque sin apropiación no hay proceso de descubrimiento posible. Por eso fracasó y va a fracasar siempre el socialismo. Porque inhibe el proceso de apropiación de lo descubierto, destruyendo la innovación y, en consecuencia, la generación de riqueza. Por esta razón, por el hecho de que el privado aprende del proceso de descubrimiento de terceros, es que el crecimiento económico a nivel global se viene acelerando hace más de 100 años y cada vez se acelera más.

La nueva Meca de Occidente

Si a esto le sumamos las herramientas tecnológicas con las que contamos hoy, como por ejemplo la inteligencia artificial ese proceso de convergencia económica para alcanzar los niveles de vida de los países desarrollados puede ser incluso mucho más corto de lo que creemos. Todo esto implica que, en una sola generación, la Argentina podría pasar de ser un país pobre a un país de los países más importantes del mundo. Lo único que necesitamos es volver a abrazar las ideas de la libertad, defender la vida y defender la propiedad.

Entonces, quiero retomar algo que manifesté en las últimas semanas ante los empresarios más poderosos del Mundo, en los sectores tecnológicos que son las fronteras de la actividad económica. Argentina alguna vez fue una tierra de promesas, que capturaba la imaginación de aventureros y emprendedores porque estaba todo por ser hecho, porque sabían que podían hundir su esfuerzo y capital y les iba a ir bien, porque había un Estado que protegía los derechos de propiedad y protegía la libertad de asociación entre privados.

Hoy tenemos todo para volver a recorrer ese camino y convertirnos en la nueva Meca de Occidente. Tenemos los recursos naturales que el mundo necesita, prestos a ser aprovechados. Tenemos el mejor capital humano de la región, curioso y formado para afrontar los desafíos del presente. Y por primera vez, en 150 años, nos convertimos cada día en un país más libre.

Crecimiento económico con gasto público plano

Con estas condiciones tenemos la oportunidad de estar a la vanguardia del desarrollo tecnológico y energético, como ya lo somos en el sector agrícola. Por ejemplo, podemos ser un hub global de desarrollo en Inteligencia artificial, que es un mercado de alta exigencia y alta remuneración, que va a facilitar un salto en productividad a una cantidad inmensa de cadenas de valor de la economía y que también va a permitir reformar el estado para que funcione mejor y deje de dilapidar los recursos de los contribuyentes. Ustedes ya saben que en la medida que la economía crezca, el gasto yo lo voy a mantener pisado. ¿Para qué? Para devolverle el dinero a los que lo generaron genuinamente y originalmente: al sector privado.

En este sentido, tenemos la obligación de aprovechar esta oportunidad. Se lo debemos a los argentinos de bien demostrarle que su esfuerzo es para algo, que al trabajo y al sacrificio le corresponde una mejora en su calidad de vida. Quiero recordarle a los argentinos lo que después de acumular fracaso tras fracaso nos olvidamos pero que el resto del mundo conoció durante los últimos 100 años: que la libertad económica trae prosperidad y trae prosperidad para todos, no solo para algunos. Por todo esto, volviendo a mi idea inicial, hoy como sociedad, como país y como dirigencia política estamos ante una bifurcación: o persistimos en el camino de la decadencia o nos animamos a recorrer el camino de la Libertad. Hasta se está dando en la calle esa batalla. Afortunadamente, tenemos una gran ministra de Seguridad y que está poniendo la calle en orden, como prometimos en campaña.

Beneficios de la libertad

La sociedad ya eligió cuál de los dos caminos se abren y quiere emprender. Ya tomó el riesgo que implica elegir la libertad. Y, desde la presidencia, estamos emprendiendo ese rumbo con las herramientas con las que contamos. Ahora le toca el turno al resto de la política de decidir si acompaña o si le da la espalda al mandato popular de vivir en un país más libre y con una economía más dinámica, o si insiste en persistir en el camino de la servidumbre, condenándonos a todos a la miseria.

Todavía están a tiempo de trabajar juntos y demostrarle a la sociedad que la dirigencia política puede estar a la altura de sus demandas. Nosotros no tenemos otra ambición que generar las condiciones materiales y espirituales para que la Argentina vuelva a ser un país próspero. No nos interesa el poder político como fin en sí mismo, no nos interesa ganar nada a título personal.

Retirar al Estado

Estamos acá dispuestos a dejarlo todo al servicio de nuestra causa, incluso si nos costara nuestro propio bienestar personal. Si logramos generar la estabilidad necesaria para reactivar la actividad económica, si logramos abrirle paso a la libertad, si logramos retirar el Estado lo necesario para que la sociedad pueda florecer, habremos tenido éxito.

Porque la actividad económica libre redundará en beneficios para el común de la sociedad. Si logramos esto, no será un triunfo nuestro, sino de la sociedad en su conjunto, que habrá logrado dejar atrás 100 años de estatismo y decadencia. Por eso, mientras transitamos el camino a aquella nueva Argentina, les agradezco a todos ustedes por estar aquí. ¡Dios bendiga a los argentinos y que la fuerza del cielo nos acompañe! ¡Viva la libertad, carajo!

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‘Road to freedom’: Stiglitz contra Hayek y Friedman

Por Celto Veljanovski. El artículo ‘Road to freedom’: Stiglitz contra Hayek y Friedman fue publicado originalmente en el IEA.

El nuevo libro de Joseph Stiglitz, The road to freedom, se suma a la cola que sostiene que el capitalismo se basa en explotar a los débiles y causar estragos en los trabajadores, el medio ambiente y nuestro sistema ético. Sorprendentemente, se dice que los problemas de las «democracias liberales occidentales» provienen de las ideas de F.A. Hayek y Milton Friedman, “los más notables defensores a mediados del siglo XX del capitalismo sin trabas […] sin normas ni regulaciones”.

Su ideología progre se agrupa con los denominados “derechistas”, neoliberales, fundamentalistas del mercado, libertarios y conservadores. Según Stiglitz, todos ellos afirman que los mercados se autorregulan, ofrecen la mejor protección a consumidores y trabajadores y maximizan el crecimiento económico per cápita. La realidad, dice Stiglitz, es lo contrario. Su ideología ha legitimado la libertad para unos pocos a expensas de la mayoría, basándose en mitos que Stiglitz ha demostrado matemáticamente, a través de sus artículos académicos, que son “sencillamente erróneos”. La mayoría de los mercados son ineficientes, explotan a trabajadores y clientes, y se basan en leyes de propiedad que favorecen a las grandes empresas.

Stiglitz no ha leído a Hayek

A pesar del reconocimiento de Stiglitz como economista, su ataque al liberalismo es exagerado y está mal informado. Y su propuesta de una nueva era de “capitalismo progresista” es poco original y poco convincente.

Permítanme comenzar refiriéndome a las afirmaciones de Stiglitz de que F.A. Hayek es el culpable de los males del capitalismo. El título del libro de Stiglitz The road to freedom rinde homenaje al influyente libro de Hayek, Camino de servidumbre, publicado hace 80 años, justo antes de que naciera Stiglitz. Stiglitz afirma que la afirmación “ideológica” de Hayek de que los mercados sin trabas preservan las libertades políticas y económicas es un engaño: socavan esas libertades, y esto “nos pone en el camino hacia el fascismo del siglo XXI”. Para quienes conozcan algo a Hayek, se trata de un escandaloso insulto personal e intelectual en el libro salpicado de una retórica similar, poco agraciada.

Resulta vergonzosamente claro que Stiglitz no ha leído mucho a Hayek. La afirmación de que Hayek basó su economía política en la competencia perfecta entre seres humanos racionales que se supone que lo saben todo sobre cualquier cosa es un disparate. Hayek ganó el Premio Nobel de Economía por demostrar lo contrario: que los mercados funcionaban mejor cuando estos supuestos no se cumplían. El liberalismo de Hayek se basa en la «ignorancia irremediable» de los individuos y en su limitada capacidad cognitiva para enfrentarse a un mundo complejo. Incluso la referencia de moda de Stiglitz a la economía del comportamiento como crítica al liberalismo de Hayek no tiene en cuenta que Hayek llegó allí primero haciendo tempranas contribuciones originales a la teoría de la mente (ciencia cognitiva).

Dice que Hayek defendía los mercados ¡sin leyes!

Luego viene la afirmación de Stiglitz de que Hayek defendía los mercados sin ley y un gobierno pequeño. Esto es ridículamente absurdo. El liberalismo de Hayek se distingue por centrarse en el marco legal necesario para garantizar que los mercados competitivos funcionen bien. Contrariamente a las afirmaciones de Stiglitz, Hayek dedicó los últimos cuarenta años de su vida a establecer los fundamentos jurídicos de una sociedad liberal. No crees en mercados sin ley si te pasas una década escribiendo una obra importante con el título Derecho, Legislación y Libertad, como hizo Hayek. El “liberalismo competitivo” de Hayek surgió, entre otras cosas, de una crítica al capitalismo del laissez faire. La ironía es que muchas de las críticas que Stiglitz hace al capitalismo del laissez faire son las que Hayek hizo con más elegancia hace décadas.

Hayek nunca dijo que el mercado lo resolviera todo. En Camino de servidumbre (1944), expuso los argumentos liberales a favor del Estado de derecho (algo que Stiglitz no menciona) y de un gobierno fuerte y activo que pudiera imponer impuestos legítimamente para financiar una amplia gama de bienes públicos, ingresos mínimos garantizados y regímenes de seguridad social, regulación sanitaria y de seguridad, gestión de crisis y mucho más. Hayek, al igual que Stiglitz, atacó el sistema de patentes y el derecho de sociedades por fomentar los monopolios. Por lo tanto, la afirmación de que Hayek era un anarco-libertario, que asumía que los mercados existen sin leyes y era ajeno a la necesidad de hacer frente a las desigualdades es simplemente una tergiversación atroz que no debería haber cometido un académico de la reputación de Stiglitz.

La crítica al sistema estadounidense no es la crítica al liberalismo

No se trata de estar en desacuerdo con algunas, quizá muchas, de las críticas de Stiglitz al capitalismo. Sin embargo, la crítica al capitalismo estadounidense no es una crítica al liberalismo. Ni la frase «mercados sin trabas» se acerca lo más mínimo a la descripción de los sistemas capitalistas actuales. Todas las democracias occidentales tienen gobiernos grandes, impuestos elevados, grandes deudas públicas y una amplia regulación. Y se han ido apartando de los mercados adoptando políticas industriales, proteccionistas, de cambio climático y sociales.

Podemos estar de acuerdo en que el mercado tiene defectos, pero el análisis y las críticas de Stiglitz son unilaterales aunque válidas. Se pueden hacer muchas de las mismas críticas, e incluso más duras, a otros sistemas económicos y gobiernos. Stiglitz dice que no es ingenuo, y que sabe que los gobiernos fracasan y pueden hacer mucho daño. Pero no dice casi nada sobre la contribución de los gobiernos a los supuestos males del capitalismo o cuánto costarían sus políticas de Gran Gobierno. Desde un punto de vista crítico, Stiglitz no establece ningún contrafactual que pueda servir como punto de referencia práctico con el que comparar y evaluar las políticas actuales o las alternativas que propone.

¿Cuál es entonces la alternativa de Stiglitz? Se llama «capitalismo progresista». Sería más justo, protegería a los pobres, fomentaría las libertades económicas positivas y controlaría el poder empresarial. Se basaría en un nuevo “contrato social” inspirado en la Teoría de la Justicia de John Rawls (1971). La justicia económica vendría determinada por lo que la gente acordaría bajo el «velo de la ignorancia», donde se supone que no tienen pasado ni idea de lo que les depara el futuro. Stiglitz supone que optarían por algún tipo de igualdad.

Un John Rawls también ausente

Sin embargo, la moralidad y la viabilidad de este enfoque rawlsiano, que sólo se discute en varios párrafos, queda en el aire sin explicación ni aplicación a las políticas propuestas por Stiglitz. Es pura fachada. No obstante, no puedo resistirme a señalar que mientras la ignorancia en el mercado socava el capitalismo, parece esencial en el mercado político de Stiglitz.

Cuando Stiglitz no está atacando a “la derecha” y a las empresas, establece una agenda para su capitalismo progresista. Éste abordaría los males del neoliberalismo. Quiere más acción colectiva, cooperación y descentralización, una política de competencia eficaz, un mejor sistema de patentes, políticas que aborden los costes sociales de externalidades como el cambio climático, más políticas industriales y mejores políticas públicas. Es decir, más gobierno y regulación. Stiglitz dice que todas las acciones tienen compensaciones, pero dice poco sobre los costes de las compensaciones que su capitalismo progresista tendría que hacer.

Stiglitz está enfadado por el mundo en el que vive. Su propuesta central de que unos pocos economistas políticos ya muertos han causado el caos que ve a su alrededor es tan improbable como fantástica. Sí, se creó un orden liberal a partir del caos de la Segunda Guerra Mundial. Y sí, el liberalismo ha decaído, pero estos ciclos son reacciones políticas a los fracasos económicos y políticos percibidos que tienen orígenes más complejos. Para mí, el diagnóstico que hace Camino de la libertad de estos acontecimientos y las soluciones que propone son poco convincentes.

Ver también

Stiglitz, un Nobel polemista. (Samuel Gregg).

¡Menos mal que tenemos a Stiglitz! (María Blanco).

Paradojas stiglitzianas. (José Carlos Rodríguez).

Stiglitz. (Carlos Rodríguez Braun).

Por qué Hitler adoraba la justicia social

Por Jon Miltimore. El artículo Por qué Hitler adoraba la justicia social fue publicado originalmente en FEE.

En agosto de 1920, en Munich, un joven Adolf Hitler pronunció uno de sus primeros discursos públicos ante una multitud de unas 2.000 personas. Durante su discurso, que duró casi dos horas y fue interrumpido casi 60 veces por vítores, Hitler tocó un tema que repetiría en futuros discursos, afirmando que no creía que “jamás en la tierra pudiera sobrevivir un Estado con una salud interior continuada, si no se basaba en la justicia social interior”. Esta fue una de las primeras veces que Hitler habló públicamente de justicia social, quizá la primera.

En su reciente libro El nacionalsocialismo de Hitler, Rainer Zitelmann deja claro que la “justicia social” (soziale Gerechtigkeit) era fundamental para los objetivos sociales de Hitler. Lo que Hitler quería decir con “justicia social” no es fácil de entender, así que quizá sea mejor entender primero lo que Hitler no quería decir. A Hitler no le interesaba un Estado o una sociedad que simplemente tratara a las personas por igual, o un Estado que simplemente dejara en paz a los individuos.

“Justicia social” según Adolf Hitler

Esto no lograría el cambio social que él buscaba. Al igual que Karl Marx, Hitler veía el mundo a través de las estructuras de poder, y las estructuras de poder imperantes dificultaban demasiado, en su opinión, el ascenso de todos los alemanes.

Zitelmann deja claro que Hitler hablaba mucho de conceptos como movilidad social y meritocracia. Sus discursos contienen frases que hablan de un Estado alemán “en el que el nacimiento no es nada y los logros y la capacidad lo son todo”. Otto Dietrich, jefe de prensa de Hitler durante mucho tiempo, señaló que Hitler apoyaba “la abolición de todos los privilegios” y un estado “sin clases”.

Con este fin, Hitler expresó su deseo de “derribar todas las barreras sociales en Alemania sin reparos”, como explicó en una conversación de 1942 con el líder nacionalsocialista holandés Anton Mussert. En otras palabras, el privilegio estaba tan omnipresente en Alemania que Hitler lo erradicaría destruyendo toda la estructura de clases.

Si algo de esto le suena familiar, es porque debería ser así. La justicia social es una idea que los estadounidenses escuchan prácticamente a diario. Se alaba en las universidades y se defiende durante los partidos de la NFL. Oímos las palabras “justicia social” en boca de los políticos y en los anuncios de televisión.

Para que quede claro, no estoy sugiriendo que los defensores actuales de la justicia social sean nazis. No me cabe duda de que desprecian a Hitler y sus ideas, como deberíamos hacer todos. Pero estoy diciendo que los defensores de la justicia social de hoy comparten un rasgo importante con Hitler: una obsesión con la clase. Esto no debería sorprendernos. La clase es algo instrumental en prácticamente todas las diferentes corrientes del socialismo: comunismo, nacionalsocialismo, socialismo democrático, peronismo, etc.

“¡Derribad los muros que separan las clases!”

En la teoría marxista tradicional, la etapa capitalista de la historia consta principalmente de dos clases: la burguesía (los capitalistas, que poseen “los medios de producción”) y el proletariado (los trabajadores). Para Marx, el antagonismo de clases era la fuerza motriz de la historia, y sus discípulos comparten este punto de vista.

Definir la justicia social es un poco complicado, pero se puede ver en ella la noción de que hay que desarraigar las clases. Se explica en Wikipedia:

La justicia social es la justicia en relación con un equilibrio justo en la distribución de la riqueza, las oportunidades y los privilegios dentro de una sociedad en la que se reconocen y protegen los derechos de los individuos.

Parece razonable. Apela a nuestra creencia instintiva de que la sociedad debe ser justa. Después de todo, ¿a quién le gustan los “privilegios”? ¿Quién no quiere una sociedad más igualitaria? De hecho, esto es precisamente lo que Hitler enfatizaba en sus discursos: la creación de la “igualdad de oportunidades” en la sociedad. Consideremos estos comentarios del Führer de febrero de 1942:

Tres cosas son vitales en cualquier levantamiento: derribar los muros que separan a las clases entre sí para abrir el camino del progreso para todos; crear un nivel general de vida de tal manera que incluso los más pobres tengan el mínimo seguro para existir; finalmente, alcanzar el punto en el que todos puedan compartir las bendiciones de la cultura.

Un problema de medios y fines

En cierto sentido, no hay nada intrínsecamente malo en muchos de los fines que persiguen los defensores de la justicia social. No hay nada intrínsecamente bueno en el “privilegio” o en la concentración de riqueza. El principal problema son los medios. Los defensores de la justicia social -entonces y ahora- tienden a tratar de resolver lo que consideran desigualdades estructurales en la sociedad a través de medios no liberales y coercitivos. En su forma más básica, significa quitar a los que más tienen (los privilegiados) para dárselo a los que menos tienen.

Para Hitler, esto significaba confiscar la propiedad de los miembros más ricos (más privilegiados) de su sociedad: los judíos. La confiscación de la riqueza comenzó en serio después de que Hitler emitiera una orden (Decreto para la declaración de la propiedad judía) en abril de 1938 que exigía a los judíos registrar su riqueza ante el Estado. Los derechos de propiedad podían ser la base de la prosperidad humana, pero resultaron ser de poca utilidad para los judíos, que se encontraban con obstáculos en la búsqueda del Führer de lograr la justicia social en Alemania.

Esa política sería ilegal en Estados Unidos, por supuesto, y algo que pocos defensores de la justicia social apoyarían hoy en día. Sin embargo, muchos han mostrado su interés por utilizar el gobierno para “nivelar el terreno de juego” de formas más sutiles, incluida la asignación ilegal de subvenciones federales en función de la raza.

Friedrich A. Hayek

De hecho, quizá la característica más notable de la justicia social actual sean los medios antiliberales utilizados para promoverla. Hace más de medio siglo, el Premio Nobel de Economía F.A. Hayek observó la paradoja de la justicia social, que pretende crear una sociedad más igualitaria, tratando a las personas de forma desigual:

La exigencia clásica es que el Estado debe tratar a todas las personas por igual, a pesar de que son muy desiguales. No se puede deducir de ello que, como las personas son desiguales, haya que tratarlas de forma desigual para igualarlas. Y en eso consiste la justicia social. Es una exigencia de que el Estado trate a las personas de forma diferente para colocarlas en la misma posición…. Hacer de la igualdad de las personas un objetivo de la política gubernamental obligaría al gobierno a tratar a las personas de forma muy desigual.

F. A. Hayek, 1977.

Hitler: a la nación por la justicia social

Hayek creía que tratar a la gente de forma desigual era parte del pastel de la justicia social. Y los recientes acontecimientos históricos le han dado la razón. Dado que la justicia social era fundamental para los objetivos de Hitler, no podía tratar a los judíos, la burguesía y otras clases privilegiadas como a los demás. Sólo aboliendo los “privilegios” podría liberar al pueblo alemán y avanzar en el progreso social.

Si queremos construir una verdadera comunidad nacional, sólo podremos hacerlo sobre la base de la justicia social

Adolf Hitler, 1925.

Del mismo modo, los defensores de la justicia social del siglo XXI no pueden lograr el cambio social promoviendo la idea de que todas las personas deben recibir el mismo trato independientemente de su raza o sexo. Si leemos a Robin DiAngelo (autora de Fragilidad blanca) y también a Özlem Sensoy, coautores del libro Is Everyone Really Equal? An Introduction to Key Concepts in Social Justice Education, está claro que no les interesa tratar a la gente por igual.

A la justicia social por medio del racismo (y no es Hiter)

Para DiAngelo, la clase privilegiada en Estados Unidos son los blancos. Todos ellos han nacido “en una jerarquía racializada”; un sistema socioeconómico que es racista y debe ser desmantelado.

Este sistema de poder estructural privilegia, centraliza y eleva a los blancos como grupo.

Robin DiAngelo.

No está claro cómo se logrará la igualdad social. Pero es seguro que DiAngelo no cree que la marcha hacia la equidad se logre abrazando la idea de que todos los seres humanos son individuos únicos que merecen el mismo trato, o sin utilizar el poder del Estado.

El error que cometen DiAngelo y muchos otros defensores de la justicia social es común en los tiempos modernos. Dan prioridad a los fines que persiguen sobre los medios que utilizan.

Fines y medios

El filósofo y fundador de la FEE Leonard Read comprendió la insensatez de este planteamiento. Por eso, en su libro de 1969 Let Freedom Reign (Que reine la libertad), Read sostenía que una “mirada dura” a los medios que utilizamos es mucho más importante que los fines que buscamos:

Los fines, las metas, los objetivos no son más que la esperanza de lo que está por venir… no… la realidad… de la que se pueden extraer con seguridad las normas para una conducta correcta… Muchos de los actos más monstruosos de la historia de la humanidad se han perpetrado en nombre de hacer el bien, en pos de algún objetivo “noble”. Ilustran la falacia de que el fin justifica los medios.

Hitler, por supuesto, estaba en desacuerdo.

A él no le preocupaban los medios; estaban totalmente justificados (en su mente) por los fines que perseguía. Y su grandiosa visión de la “justicia social” en Alemania tenía una ventaja: le permitía utilizar el inmenso poder del Estado para “corregir” las desigualdades de la sociedad alemana, que se había convertido en un hervidero de resentimiento y decadencia tras la Primera Guerra Mundial y años de hiperinflación.

Ver también

Nacional socialistas de ayer y hoy. (José Carlos Rodríguez).

Cuando un liberal clásico se enfrentó al terror nazi. (Samuel Gregg).

Cinco razones por las que el nazifascismo es socialista. (David Lozano).

Hitler, líder de la izquierda. (José Carlos Rodríguez).

Hitler y Che Guevara, dos caras de la misma moneda. (Manuel Llamas).

Stiglitz, un Nobel polemista

Por Samuel Gregg. El artículo Stiglitz, un Nobel polemista fue publicado originalmente por Law & Liberty.

No es frecuente que un distinguido académico aconseje a sus oyentes que sean cautos antes de asignar un peso excesivo a sus palabras. Sin embargo, eso es precisamente lo que hizo el economista F. A. Hayek en su discurso en el banquete de entrega del Premio Nobel de 1974. “El Premio Nobel”, informó Hayek a su audiencia, “confiere a un individuo una autoridad que en economía ningún hombre debería poseer”. Y añadió: “No hay ninguna razón por la que un hombre que ha hecho una contribución distintiva a la ciencia económica deba ser omnicompetente en todos los problemas de la sociedad, como la prensa tiende a tratarle hasta que al final él mismo puede convencerse de ello”.

Estas palabras me vinieron a la mente recientemente mientras leía un nuevo libro de otro economista galardonado con el Premio Nobel. En The Road to Freedom: Economics and the Good Society, Joseph E. Stiglitz, Premio Nobel 2001 y antiguo economista jefe del Banco Mundial, identifica a Hayek y a otro economista Nobel, Milton Friedman, como los principales proveedores intelectuales de las políticas neoliberales que, según Stiglitz, han pervertido la idea de libertad y generado profundas desigualdades y multitud de injusticias.

El mundo según Stiglitz

La palabra “neoliberal” tiene su propio pedigrí. Hoy, sin embargo, funciona como un epíteto utilizado por la izquierda -y ahora por la Nueva Derecha que puebla muchas instituciones conservadoras- para estigmatizar a personas e ideas. El uso de epítetos es habitual en las polémicas, y las polémicas no tienen que ver con el debate razonado o la discusión. Tampoco lo es el libro de Stiglitz, a pesar de las protestas en sentido contrario. De principio a fin, es una hipérbole.

“La libertad”, afirma Stiglitz al principio, “está en peligro”. El declive global de la libertad reflejado en el auge de los regímenes autoritarios, argumenta, también se ha manifestado en las sociedades democráticas liberales. Según Stiglitz, esto refleja fallos en las políticas económicas que reflejan “la concepción incorrecta de la libertad por parte de la derecha”.

“La derecha” como motor de la historia

La “derecha” funciona a lo largo de este libro como un cajón de sastre. Abarca grupos como el Partido Republicano y compañeros de cama tan improbables como los libertarios y Donald Trump. Detalles importantes, como la declaración de Trump de que “no es un conservador” o la innegable y profunda división en el movimiento conservador estadounidense entre nacionalistas económicos y librecambistas, quedan oscurecidos por la visión maniquea de la política de Stiglitz. La luz está del lado de los liberales modernos, los neokeynesianos y los socialdemócratas. La oscuridad envuelve todo lo demás.

Parte de esa oscuridad, según Stiglitz, se extiende a la fundación estadounidense. Sostiene, por ejemplo, que “la libertad que defendían los patriotas del país no era la libertad para todos, sino la libertad para sí mismos”. Stiglitz señala el mantenimiento posterior a la independencia de la institución de la esclavitud como prueba de su afirmación de que la Constitución fue producto de “las personas que la redactaron (en su inmensa mayoría, hombres blancos ricos, muchos de ellos esclavistas)”.

Hayek y Friedman

Esa afirmación contradice las pruebas meticulosamente reunidas por historiadores como Forrest McDonald en su We The People: The Economic Origins of the Constitution. Este demostró, en contra de Charles A. Beard y sus discípulos, que la mayoría de esos hombres blancos ricos que redactaron la Constitución apoyaron en realidad medidas constitucionales que no servían a sus intereses personales. Stiglitz tampoco comprende que las semillas de la caída de la esclavitud en Estados Unidos fueron puestas por la promesa de los Fundadores de “libertad y justicia para todos”. En ausencia de esa lógica interna y, para la época, radical, es más difícil entender por qué las furiosas disputas sobre la legitimidad básica de la esclavitud caracterizaron cada vez más el discurso político estadounidense a partir de la década de 1770.

Pero los culpables más inmediatos de las miserias infligidas por el neoliberalismo, sostiene Stiglitz, son los economistas del libre mercado como Hayek y Friedman. La libertad, dice, depende de normas y reglamentos que preserven cierto grado de igualdad, promuevan la justicia social y reflejen la realidad de las compensaciones en la vida. Estas cosas no tienen cabida, sostiene Stiglitz, en el nirvana del libre mercado de Hayek y Friedman. En el mundo de Stiglitz, “fueron los defensores más notables del capitalismo sin restricciones a mediados del siglo XX”. Y, como “sirvientes intelectuales de los capitalistas”, lideraron “una manada de economistas conservadores que han tratado de impedir debates significativos con el propio vocabulario que utilizan”. En opinión de Stiglitz, su concepción del “libre mercado” considera que “las normas y la regulación” dan lugar a “mercados no libres” y, por tanto, a enormes ineficiencias.

Pero ¿los ha leído?

Llegados a este punto, me pregunto cuánto ha leído realmente Stiglitz de Hayek y Friedman. No conozco ningún texto en el que aboguen por mercados sin reglas ni regulaciones. Significativamente, sólo hay una referencia en las notas a pie de página de Stiglitz a algo escrito por Hayek.

Sin embargo, basta con abrir libros como Los fundamentos de la libertad para encontrar a Hayek, por ejemplo, señalando que “una economía de mercado que funcione presupone ciertas actividades por parte del Estado”. En Camino de servidumbre, Hayek dice incluso que la “insistencia de Mill en… los principios del laissez-faire” hizo un daño inmenso a la causa liberal de mercado. Hasta aquí, pues, los mercados sin trabas.

En términos más generales, cualquiera que haya leído el corpus de la obra de Hayek sabe que escribió extensamente sobre las leyes y la legislación más adecuadas para las sociedades que se toman en serio la justicia y el Estado de derecho. Ese es el objetivo de la gigantesca obra de Hayek Derecho, legislación y libertad. El propio Stiglitz admite que libros como Camino de servidumbre demuestran que Hayek era “consciente de las externalidades” y de “la necesidad de la intervención gubernamental cuando hay externalidades”. Pero, ¿cómo puede Stiglitz cuadrar esta concesión con sus declaraciones de que Hayek estaba comprometido con los “mercados sin trabas”? La respuesta es: no puede.

De hecho, el debate entre liberales e intervencionistas no es sobre si debe haber regulación. La discusión es realmente sobre cuál es la mejor manera de regular los mercados.

Duda sobre Joseph Stiglitz: ¿sabe lo que está diciendo?

¿Es mediante una combinación de políticas macroeconómicas, intervenciones específicas en determinados sectores económicos, la aplicación de códigos reguladores de amplio alcance a las transacciones económicas y la redistribución continua de la riqueza a través de grandes Estados del bienestar y una fiscalidad progresiva? O bien: ¿están mejor regulados los mercados mediante la protección de los derechos de propiedad, la adhesión al Estado de Derecho, el cumplimiento de los contratos, unas normas sanitarias y de seguridad con sentido común, una red de seguridad básica, un dinero estable y la competencia dinámica que promueve la soberanía del consumidor frente a intereses creados como las empresas establecidas y sus aliados políticos? Esta es una disputa clave entre los dirigistas como Stiglitz y los que creen en los mercados, y la presentación que hace Stiglitz de la posición de estos últimos es una caricatura.

Esto, sin embargo, queda empequeñecido por la asombrosa afirmación de Stiglitz de que los “mercados libres y sin trabas defendidos por Hayek y Friedman y tantos en la derecha nos han puesto en el camino del fascismo”. Me cuesta creer que Stiglitz no sepa que los regímenes fascistas se han caracterizado históricamente por una regulación generalizada, un intervencionismo sin fin y el corporativismo: en resumen, lo contrario de las economías de libre mercado.

Fascista, pero no lo suficiente como para que lo apruebe Stiglitz

Como demostró el economista liberal de mercado alemán Wilhelm Röpke en su artículo en Economica del año 1934 Fascist Economics, las economías de regímenes fascistas reales como la Italia de Mussolini se distinguían por un “sistema monopolístico-intervencionista” aplicado por ejércitos de burócratas uniformados. Stiglitz, sin embargo, afirma que las condiciones económicas que precedieron a regímenes como la Alemania nazi se caracterizaron por una intervención demasiado escasa.

En realidad, la historia económica de la Alemania imperial y de la Alemania de Weimar es mucho más complicada. La Alemania imperial fue, después de todo, la cuna del moderno Estado del bienestar. En la década de 1890, los sectores clave de la economía alemana estaban muy cartelizados. También se utilizaron aranceles para intentar proteger de la competencia extranjera a determinados sectores, como la agricultura. Durante la Primera Guerra Mundial, esa misma economía fue objeto de una planificación masiva.

En cuanto a la Alemania de Weimar, la Sección V de la Parte 2 de su Constitución contenía catorce artículos que identificaban muchos derechos económicos que nadie describiría como reflejo de una visión liberal clásica de la vida. Muchos de esos derechos se plasmaron posteriormente en políticas que iban desde la ampliación de la seguridad social hasta la legislación de acuerdos de cogestión de los trabajadores.

Sin duda, algunos conservadores y liberales alemanes intentaron limitar el alcance de estas medidas. No obstante, entre 1870 y 1933 nunca reinó en Alemania el “mercado sin trabas”. La verdad es simplemente mucho más compleja que el retrato pintado por Stiglitz.

La vieja izquierda se encuentra con la nueva derecha

¿Qué quiere sustituir Stiglitz al neoliberalismo? Aquí, Stiglitz no es ambiguo. Quiere “algo en la línea de una socialdemocracia europea rejuvenecida o un nuevo capitalismo progresista estadounidense, una versión del siglo XXI de la socialdemocracia o del Estado del bienestar escandinavo”. Sin embargo, cuando nos fijamos en las medidas preferidas de Stiglitz, es difícil distinguirlas de las propuestas de la vieja izquierda.

La larga lista de Stiglitz de “políticas de capitalismo progresista” incluye lo siguiente: “regulación”, “impuestos correctivos”, “inversión gubernamental”, “políticas industriales”, “regulaciones financieras, tanto macro y micro”, “inversiones públicas”, “requisitos de divulgación”, “regulaciones (del consumidor, financieras, laborales)”, “leyes de responsabilidad que obliguen a las empresas a rendir cuentas”, “seguridad/protección social”, “programas de redes de seguridad”, “seguro de desempleo”, “programas de jubilación”, “seguro médico”, “préstamos contingentes en función de los ingresos”, “préstamos a pequeñas empresas”, “préstamos a empresas”, “, “préstamos a pequeñas empresas”, “financiación de bancos verdes”, “políticas antimonopolio” que “restrinjan las fusiones”, “restricciones a las prácticas abusivas”, “salarios mínimos”, “legislación laboral de apoyo”, “redistribución a través de los impuestos” y “programas de gasto público” en ámbitos como la educación y la sanidad. Todas estas medidas irán acompañadas de políticas fiscales y monetarias diseñadas para hacer frente a las fluctuaciones macroeconómicas.

Tres inorías

Cabe señalar aquí tres ironías. En primer lugar, la economía estadounidense ya cuenta con casi todas estas cosas, aunque en diversos grados. La vida económica estadounidense está plagada de los grandes programas gubernamentales legados por los progresistas, los New Dealers y los defensores de la Gran Sociedad, por no hablar de las burocracias arraigadas que los administran. Es posible que Stiglitz desee una mayor dotación de recursos gubernamentales y una codificación jurídica más profunda de estas políticas. Los intervencionistas convencidos no suelen creer que podamos tener suficiente de esas cosas. Sin embargo, Estados Unidos está mucho más cerca del modelo capitalista progresista de Stiglitz de lo que él admite.

Una segunda ironía se refiere a la repetida insistencia de Stiglitz en que quiere una economía más descentralizada. Sin embargo, todas las políticas enumeradas anteriormente requieren un gran gobierno que intervenga constantemente en la economía y desplace a las asociaciones de la sociedad civil que Stiglitz dice valorar.

La tercera ironía es que muchas de las propuestas del capitalismo progresista de Stiglitz reflejan las de destacados pensadores de la Nueva Derecha. No sólo apoyan muchas de las mismas políticas, sino que también se hacen eco de la retórica antineoliberal de Stiglitz y de su visión crítica de Hayek y Friedman. Ahí radica la fractura que caracteriza cada vez más a la política estadounidense: las preferencias económicas de la vieja izquierda de Stiglitz coinciden con las de algunos miembros de la derecha contra los que su libro arremete.

Libertad y arrogancia

A pesar de estos problemas con el libro de Stiglitz, hay un punto en el que estoy de acuerdo con él. La libertad se encuentra en un estado frágil. El verdadero debate gira en torno a la naturaleza de las amenazas.

Un elemento central del capitalismo progresista de Stiglitz es lo que él llama “su enfoque en la igualdad, la justicia social y la democracia”. Stiglitz entiende todo esto en términos inequívocamente socialdemócratas. En su opinión, en su conjunto dan a las personas la libertad de desarrollar su potencial.

La dificultad estriba en que la socialdemocracia socava invariablemente la libertad en aspectos importantes. Los mercados no facilitan la dependencia intergeneracional del bienestar, sino los amplios programas de bienestar. La socialdemocracia también crea una enorme diferencia de poder entre los ciudadanos de a pie y los tecnócratas que administran una plétora de programas y normativas estatales. Y si hay algo que hemos aprendido del incesante crecimiento del Estado administrativo, regulador y de bienestar en Estados Unidos, es que estos organismos se resisten notablemente a las exigencias de responsabilidad y transparencia democráticas.

Libertad virtuosa vs. moral burocratizada

Del mismo modo, la concepción redistribucionista de la justicia social de la socialdemocracia corroe constantemente algunas de las salvaguardias más seguras de la libertad, sobre todo la propiedad privada. Y lo que es igual de importante, daña el Estado de Derecho. Como observó Hayek en Camino de servidumbre, “para producir el mismo resultado para diferentes personas, es necesario tratarlas de forma diferente”. Si se utiliza el Estado para perseguir la igualdad sustancial, se compromete inevitablemente el Estado de Derecho, porque los gobiernos que tratan de lograr la igualdad sustancial renuncian necesariamente a su posición de imparcialidad hacia todos los ciudadanos.

Sobre todo, los socialdemócratas han socavado a menudo los medios por los que las sociedades cultivan los hábitos morales necesarios para sostener lo que John Adams llamaba “libertad virtuosa”. A lo largo de su libro, Stiglitz se refiere regularmente a la importancia de hábitos como la honestidad, la confianza y el comportamiento respetuoso con los demás para la cooperación social. Tiene razón al hacerlo. Pero los socialdemócratas han confiado tradicionalmente en el gobierno para configurar el orden social, no en la sociedad civil. El consiguiente aumento del poder del Estado y la burocratización de la sociedad subvierten la rica ecología de las familias y las comunidades y asociaciones ascendentes, en las que esos hábitos se enseñan e interiorizan mejor.

Una fe inquebrantable en el Estado

Ahí radica el problema más profundo del libro de Stiglitz. Al igual que muchos de sus compañeros de viaje de la izquierda y la nueva derecha, Stiglitz no cree que podamos confiar en que la gente corriente que opera en un contexto de Estado de derecho, gobierno constitucionalmente limitado, normas probadas y una sociedad civil rica tome sus propias decisiones como mejor le parezca. A pesar del deseo de Stiglitz de trazar un nuevo camino hacia la libertad, la agenda política que subyace en este libro no es la de la renovación o el rejuvenecimiento. Por el contrario, refleja una fe keynesiana anticuada en el Estado: una fe que siempre ha encajado mal en el experimento estadounidense de libertad del que Stiglitz es claramente escéptico.

Sí, las personas libres cometerán errores. Pero sus errores no serán tan devastadores para la sociedad como los cometidos por los dirigistas, desde Keynes a Stiglitz, que creen que pueden rediseñar un mundo mejor desde arriba y quieren el poder para hacerlo. Estos “hombres de sistema”, como los llamaba Adam Smith, tampoco están dispuestos a admitir el fracaso de sus ideas y políticas, y mucho menos a corregirlas. Ahí reside el significado eterno de la advertencia de Hayek sobre las tentaciones asociadas a los elogios, incluso por un trabajo realmente sobresaliente. Son el camino hacia la arrogancia, y las consecuencias para la libertad y la justicia de la falta de humildad son siempre nefastas.

Ver también

Joseph stiglitz. (Carlos Rodríguez Braun).

¡Menos mal que tenemos a Stiglitz! (María Blanco).

Paradojas Stiglitzianas. (José Carlos Rodríguez).

Viviendo en Ancapia

Este pequeño ensayo, trata de aclarar de forma resumida como una sociedad anarcocapitalista ofrecería los servicios que actualmente monopoliza el Estado.

Primero, se va a tratar de hacer una revisión rápida sobre qué es el anarcocapitalismo. El anarcocapitalismo es un sistema de organización social que se basa en la propiedad privada y el principio de no agresión. Dicha utopía no trata de evitar los problemas como el robo o la violencia, que por desgracia son algo intrínseco al ser humano, sino que busca formas de lidiar con ello en ausencia del Estado.

Como su propio nombre indica, anarcocapitalismo, es la ausencia de un Estado como ente regulador de la vida en sociedad. Al basarse en la propiedad privada, cada individuo es libre de hacer lo que quiera con su vida y con su cuerpo, siempre que dichas acciones que el individuo quiera realizar no atenten contra la propiedad privada de otros individuos.

Parece apropiado en este momento, decir que dentro de la propiedad privada se encuentra la propiedad del cuerpo de cada uno. Por lo que agredir a una persona físicamente significa agredir su propiedad, o, forzarla mediante la fuerza y la coacción a hacer algo que no desea también atenta contra su propiedad privada. Sin embargo, surge la pregunta de ¿Quién prestaría los servicios que actualmente presta el Estado?

El Estado no puede controlar la vida de las personas

Primero se realizará un inciso para explicar por qué el Estado no puede controlar la vida de las personas que viven en un territorio.

El principal argumento contra esto, lo da el premio Nobel de economía F.A. Hayek, con lo que se conoce como el problema de la información. Hayek, sostenía que ningún individuo o grupo de individuos posee toda la información económica necesaria para planificar centralmente un sistema económico (o potencialmente cualquier sistema social). Asumir esta pretensión de conocimientos, cometer la fatal arrogancia del constructivismo racionalista. Para funcionar de forma eficiente, los sistemas requieren de descentralización, en términos económicos, esto significa que los individuos tomen decisiones por si mimos y por su propio interés, intercambiando entre si productos y servicios para obtener un beneficio mutuo, en palabras de Adam Smith:

No es de la benevolencia del carnicero, el cervecero o el panadero de quien esperamos nuestra cena, sino porque atienden a su propio interés. Nos dirigimos, no a su humanidad, sino al amor de sí mismos, y nunca les hablamos de nuestra necesidad, sino de sus ganancias.

Y dicho intercambio da lugar a los precios de mercado, que son una de las cosas que permiten el cálculo económico.

¿Servicios propios o exclusivos del Estado?

Bien, dichos servicios serían prestados por empresas privadas o particulares. Y se contratarían mediante la firma de contratos, contratos que se tendrían que firmar de manera voluntaria en ausencia de fuerza y coacción. Pues como se ha indicado previamente, el uso de la fuerza y la coacción van en contra de la propiedad privada y el principio de no agresión.

Ahora, se procederá a mostrar algunos ejemplos de cómo el libre mercado, mediante empresarios que utilizan su función empresarial creativa, podrían sustituir al Estado en la prestación de los servicios públicos.

Los servicios por los que se piensa que el Estado es imprescindible, y que no puede ser sustituido por el mercado son los siguientes: Seguridad, defensa del país, sanidad, justicia e infraestructuras.

Seguridad…

Vamos con el servicio de seguridad, con seguridad, se hace referencia a la policía. Actualmente, este servicio lo proporciona el Estado, y lo proporciona mediante las rentas que obtiene de los impuestos. Sin embargo, la seguridad que proporciona el Estado es arbitraria y deficiente. Para demostrar esto, véase el ejemplo que da Rothbard [Extraído de los capítulos 11 y 12 de For A New Liberty]:

Parte de la respuesta se hace evidente si consideramos un mundo en el que la propiedad de la tierra y de las calles es totalmente privada. Pensemos en la zona de Times Square, en Nueva York, una zona con mucha delincuencia en la que la protección policial de las autoridades municipales es escasa. Todo neoyorquino sabe que vive y camina por las calles, y no solo por Times Square, casi en un estado de «anarquía», dependiendo de la normalidad pacífica y la buena voluntad de sus conciudadanos. La protección policial en Nueva York es mínima, un hecho dramáticamente revelado en una reciente huelga policial de una semana cuando, ¡he aquí!, la delincuencia no aumentó en absoluto con respecto a su estado normal cuando la policía está supuestamente alerta y trabajando.

… privada

Ahora veamos que solución privada nos plantea Rothbard [Extraído de los capítulos 11 y 12 de For A New Liberty]:

Los comerciantes sabrían muy bien, por supuesto, que, si la delincuencia fuera galopante en su zona, si abundaran los atracos y los asaltos, entonces sus clientes se desvanecerían y frecuentarían zonas y barrios de la competencia. Por lo tanto, a la asociación de comerciantes le interesaría económicamente ofrecer una protección policial eficaz y abundante, para que los clientes se sientan atraídos por su barrio, en lugar de ser repelidos. Los negocios privados, después de todo, siempre intentan atraer y mantener a sus clientes.

Como vemos, el propio interés de los comerciantes o de las personas que viven en una zona es que dicha zona sea segura, para así poder desarrollar su vida con normalidad. Obviamente, surge la pregunta de quién proporcionaría este servicio. La respuesta a la pregunta es simple, una empresa de seguridad privada contratada por la asociación de vendedores, en el ejemplo de Rothbard, o los habitantes de una zona en concreto.

Con esto podemos concluir el apartado dedicado al servicio de seguridad.

Defensa nacional

El siguiente servicio que monopoliza el Estado y suele pensarse que no se podría suministrar de forma privada es la defensa del país. Actualmente la defensa del país está en manos del Estado. Estos servicios los proporciona, al igual que todos, gracias a las rentas que extrae a los ciudadanos mediante los impuestos. El tema de la defensa nacional es algo que se nos plantea desde el Estado como algo fundamental. Pero como todos los servicios que proporciona el Estado puede ser sustituido y suministrado por el mercado. Además, como dice el profesor Bastos, la defensa es un bien subjetivo. Es decir, para algunos puede haber mucha provisión de defensa y para otras personas hay muy poca. Por lo que en cuanto a la cantidad no es un bien público.

Por otra parte, no es un bien público en el sentido de que no todos los ciudadanos están igual de defendidos. Esto se debe a que la defensa es un bien geográfico. Por ejemplo, una persona que viva en primera línea del frente está peor defendida que una que viva más alejada del frente. Cuando se habla de frente, se habla de las zonas fronterizas del país.

De qué vale que el Estado provea defensa si hay sujetos que no están satisfechos con la cantidad de defensa que reciben. El mercado podría suministrar este servicio mediante mercenarios, que si hay conflicto bélico con un país que no es anarcocapitalista podría servir para la defensa del territorio anarcocapitalista.

Invadir un territorio anarquista

Sin embargo, conquistar militarmente un territorio anarquista es imposible, véase el ejemplo de Polonia en el siglo XVII (Tibor Machan, “anarchism minarchism”), cuando se encontraba en anarquía. Los suecos invadieron Polonia, cuando había aquella especie de anarquía, y no tuvieron nada que conquistar, simplemente vagaban por el país, nadie se les enfrentaba.

Un ejército entero no puede ocupar un país, lo que puede hacer es derrotar una cabeza. Por ejemplo, los nazis conquistaron Francia, conquistaron la cabeza y ellos se pusieron a la cabeza y ya dominan el país. Porque los Estados tienen una estructura muy jerárquica, por lo que basta con poner la cabeza, conservar a los funcionarios. Porque los funcionarios rápidamente cambian de bando. Solo depuran la cabeza y, policía, jueces, etc. Se mantienen los mismos.

Pero qué pasó en Polonia, que no pudieron conquistarla, daban vueltas por el país porque no había nada que conquistar. Y los civiles armados en guerrillas los iba hostigando.

Cuando se trata de conquistar un territorio anarquista por parte de un Estado, éste tiene que ir uno por uno, por lo que la conquista es larga y muy agonizante, en cambio cuando un Estado conquista a otro solo tiene que quitarle la cabeza y sustituirla por una nueva, la del invasor.

Como se ha mostrado, la defensa nacional de un territorio anarquista puede ser hecha por entidades privadas, ya sea mediante el contrato de mercenarios o por medio de la organización de guerrillas. Además, se ha dejado claro, que no se puede conquistar un territorio anarquista de otra manera que no sea yendo uno por uno, pues no hay nada que conquistar, no hay ningún poder que se robar u obtener.

Sanidad

El servicio de sanidad, generalmente se encuentra monopolizado por el Estado hoy en día. Y en los casos en los que no lo está, está muy regulado y controlado por el Estado. Al igual que todos los demás servicios esté es financiado mediante impuestos. Como todos los servicios públicos, se prestan de forma desigual y arbitraria, normalmente coincidiendo con los intereses de políticos o de lobbies que ejercen presión sobre los políticos para obtener ciertos privilegios, esto es lo que se conoce como captura de rentas.

Estos servicios podrían ser prestado por entidades privadas perfectamente, es más, sería prestado de una forma más eficiente y se adaptaría a las demandas subjetivas de los individuos. En un mundo sin Estado, este servicio se obtendría mediante la contratación de seguros de salud privados, en los cuales, el individuo contratante elegiría la póliza que más se adapte a sus necesidades y valoraciones subjetiva.

¿Y quienes no pueden pagarlo?

Pero ahora es cuando surge la pregunta; ¿Y qué pasa con las personas que no pueden permitírselo?

Pues en el caso de estas personas, podrían recurrir a sociedades de ayuda mutua. Dichas sociedades obtienen financiación de sus miembros y de donantes privados. Su función es la de ayudar económicamente a todos sus miembros en caso de necesidad. Un ejemplo sería el de dar subsidios por desempleo durante un tiempo limitado hasta que el beneficiario del subsidio encontrase trabajo, otro ejemplo podría ser el de pagar una cirugía necesaria a uno de sus miembros.

Se ha dicho que esto sería más eficiente que el servicio prestado por el Estado. Esto se debe a que al ser empresas privadas buscan su propio beneficio y para obtener dicho beneficio lo que tienen que hacer es ofrecer a los clientes un buen servicio. Además, debido a la competencia que se da en el libre mercado, los precios de los seguros y de los servicios sanitarios tenderían a bajar.

Justicia

La provisión del servicio de justica es otro de los tantos monopolios que capará el Estado. Y lo hace con la excusa de que es una justicia equitativa, pero la verdad es que hay personas que obtienen tratos de favor en los juicios, por ejemplo, los políticos y grandes empresarios. En muchos países, los políticos no son juzgados por tribunales civiles, sino que son juzgados por tribunales especiales. Lo cual ya rompe la equidad que se hablaba anteriormente. La justicia en un territorio sin Estado se aplicaría de forma privada, como ya se hizo en el mal denominado salvaje oeste. Allí se establecieron policía y jueces privados. (Para más información sobre el Oeste, véase el libro “El no tan salvaje oeste” de Anderson & Hill”).

La policía privada defiende unas leyes, detienen al delincuente y le aplican el castigo o sanción pertinente. Normalmente los castigos que se ponían era la expulsión del criminal del sitio y no permitirle la entrada en ese lugar. Actualmente, nuestra sociedad se basa en dos tipos de pena, la prisión o la multa. Pero el abanico de penas de estas sociedades es mucho más amplio.

El control por parte de la sociedad

Por ejemplo, la idea de la vergüenza, todos los escritos que hay sobre el orden en sociedades tipo favela, donde las leyes del Estado no rigen, aunque se esté dentro de un Estado. Para los delincuentes emplean la vergüenza. Por ejemplo, se empluma al delincuente y se le pasea en burro por la calle, con el objetivo de que éste sea avergonzado.

La figura del juez privado existió en muchas sociedades, en el islam, por ejemplo, tenían la figura del cadí. El cadí no es un juez que tenga el monopolio territorial como ocurre hoy en día. En estas sociedades había hombres santos, basados en leyes, que, en el caso de un conflicto entre dos partes, las partes escogían al cadí. Es decir, las dos partes escogerían de común acuerdo al juez que tenga mejor reputación. Por lo que hay un incentivo al juez a ser santo o a no ser corrupto.

Obviamente el juez puede ser corrupto, pero si el juez es corrupto, pierde fama, pierde el negocio ya que no lo quieren contratar después. Básicamente, en una sociedad sin Estado el papel de un juez sería el de arbitro, y dictaría la sentencia de acuerdo con la ley. Y la sentencia es acatada por la comunidad bajo pena de exclusión del que no cumpla con esa norma.

Infraestructuras

El primer punto que hay que platear es que la planificación central del transporte, al igual que todo tipo de planificación central, se encuentra con el problema de la información descrito al principio.

Las personas directamente responsables y afectadas por los proyectos deberían ser quienes los planificarán, no una entidad burocrática vertical y distante. Los costes de adquirir toda la información local necesaria para calcular una empresa tan complicada son insuperables. Tampoco debería permitirse que quienes invierten en el desarrollo de infraestructuras obliguen a todos los habitantes de una zona geográfica arbitraria (como Estados Unidos) a subvencionar su construcción y mantenimiento. ¿Por qué tienes que pagar por una carretera que nunca verás en San Agustín, Florida? ¿Un puerto en Galveston, Texas? Las personas que desean tal desarrollo deberían asumir el coste total de sus acciones y permitir a los consumidores apoyar o no sus planes en el punto de consumo (es decir, votar con el propio dinero).

Un ejemplo de construcción y financiación de las infraestructuras como las carreteras con inversión privada son las corporaciones de peajes que hubo en Estados Unidos. Los inversores siempre estaban dispuestos a invertir en ellas, aunque no recibiesen beneficios directos, pues recibían gran cantidad de beneficios indirectos como el aumento del valor de su propiedad.

John Majewski

Véase el siguiente ejemplo del historiador John Majewski:

Los accionistas esperaban obtener recompensas por su inversión no tanto a través de los rendimientos directos (como los dividendos y la revalorización de las acciones), sino de los beneficios indirectos (el aumento del comercio y el mayor valor de la tierra)”. Lo que es crucial señalar aquí es que la teoría moderna de los bienes públicos sugiere que sólo el Estado, en su obligación de proporcionar el “bien público” (la piedra angular de la teoría de la primera república de la que se deriva la teoría económica moderna), tiene algún motivo para construir cualquier cosa que proporcione sólo “beneficios indirectos” a una comunidad. El grueso de los economistas ignora abrumadoramente los hechos de la historia, que sugieren lo contrario.

La teoría misesiana de la razón

Sin embargo, el interés propio no era el único motivador detrás de la inversión privada en corporaciones de peajes no rentables. La gente también estaba incentivada por un interés en su comunidad. Es lo que Alexis de Tocqueville denominó “interés propio correctamente entendido”. La racionalidad económica perfecta puede exigir a los inversores que eviten suscribir corporaciones no rentables (como hicieron cada vez más los gobiernos estatales y locales, independientemente del “bien público” que proporcionaban las carreteras). Pero la visión de Mises de la racionalidad explica lo que la racionalidad neoclásica no puede. Para Mises, la “racionalidad” se refería al uso de la razón —o “raciocinio”— para decidir los medios más adecuados para un fin deseado, y el “fin deseado” no tiene por qué ser el beneficio económico.

Si el propósito de la teoría es explicar los fenómenos observables, la teoría misesiana de la racionalidad parece muy superior a la que se enseña en los cursos estándar de economía. A la pregunta de “¿Por qué la gente invirtió en empresas de peajes no rentables?” podemos deducir la respuesta que daría Mises: valoraban más los beneficios personales y comunales que proporcionaban las carreteras que los dividendos de una empresa rentable.

Conclusión

En resumen, el anarcocapitalismo propone una sociedad sin un Estado centralizado, donde la propiedad privada y el principio de no agresión son fundamentales. En esta sociedad, los servicios actualmente provistos por el Estado, como seguridad, defensa nacional, sanidad, justicia e infraestructuras, serían proporcionados por entidades privadas de manera voluntaria y competitiva en el libre mercado.

La seguridad se gestionaría mediante empresas privadas contratadas por asociaciones de individuos o comunidades. La defensa nacional podría realizarse a través de mercenarios o la organización de guerrillas, siendo más difícil conquistar un territorio anarquista. La sanidad se basaría en seguros de salud privados y sociedades de ayuda mutua para aquellos que no puedan pagarlos. La justicia sería administrada por jueces privados y las infraestructuras serían planificadas y financiadas por quienes se benefician de ellas, evitando la imposición de costos a quienes no las utilizan. En una sociedad anarcocapitalista, se buscaría la eficiencia y la adaptación a las necesidades individuales a través de la libre competencia y la cooperación voluntaria, sin la intervención coercitiva del Estado.

Ver también

Anarcocapitalismo y anarcocomunismo, las diferencias fundamentales. (Juan Navarrete).

Anarcocapitalismo, minarquismo y evolucionismo. (Francisco Capella).

Más problemas del anarcocapitalismo. (Francisco Capella).

El anarcocapitalismo de Miguel Anxo Bastos. (José Augusto Domínguez).

El anarcocapitalismo pragmático: por qué Rallo y Capella tampoco tienen razón. (Eladio García).