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Etiqueta: Geopolítica

El fin de una época

La nueva presidencia de Donald Trump es un acontecimiento significativo en la historia de la democracia de Estados Unidos y un giro importante en el plano de las relaciones internacionales para los países que conforman el espacio Occidental y para aquellos que pretenden desplazarlo. En este enrevesado y desordenado momento en el que se encuentra la reconfiguración del orden global, más allá de las cercanías o antípodas ideológicas, cabe una verdad que no es baladí: con este hito se escenifica de manera más directa e indubitable el fin de una época.

La realidad supera a la ficción. El mundo basado en reglas, en un orden orientado a la democracia liberal, que decidió después del fin de la II Guerra Mundial ser la alternativa al trauma histórico y sus posteriores efectos, está en franco detrimento. Con Trump en la presidencia no solo Europa queda al margen como socio estratégico (Hispanoamérica siempre lo estuvo), el mundo en sí ha dejado de ser una prioridad, a excepción de China, que ya tiene hace tiempo sus inexpugnables redes desplegadas en todo el mundo y al que Estados Unidos observa como la única amenaza seria a sus intereses (la DeepSeek es el caso reciente más evidente de la nueva pugna en el plano de la innovación y la tecnología).

El hastío hacia las élites

Los conservadores en otras partes del mundo que piensan que esta situación –American way of life– beneficiará su agenda ideológica en términos globales. Se equivocan. Los estadounidenses que creen en los principios anti-woke a nivel doméstico pueden expresar con gratitud que este es, en definitiva, su momento. El resto del mundo mirará de palco.

Donald Trump es, en esencia, la representación corpórea de un hastío significativo con el establishment que desembocó en una suerte de crisis existencial de Estados Unidos como nación, es decir, como realidad nacional y faro mundial. Lo que muchos ciudadanos americanos vienen expresando desde hace tiempo en los medios de comunicación, las redes sociales y las urnas es su padecimiento y malestar con los efectos no deseados de la globalización. Síntoma que en mayor o menor medida es común a todos los países que componen lo que se puede denominar como ‘familia occidental’.

La minoría de edad histórica de los europeos

Los europeos han venido haciendo en estos últimos años un esfuerzo significativo por no enterarse. En una actitud propia, tanto de la infancia como de la senectud, pensaban que era la mejor manera de garantizar el que todo siguiera igual. Hacer como que ‘no pasaba nada’, intentando resolver por la fuerza su melancólico sentimiento de culpabilidad convertido en complejo, decidieron hace tiempo dar un paso al costado. Hoy no tienen ninguna capacidad de hacer frente a cualquier amenaza global por sí solos en términos políticos, sociales o económicos. Los fragmentados están más preocupados por resolver sus problemas internos –que no son pocos– que ellos mismos se encargaron de crear. En definitiva, Europa es por decisión propia un continente en decadencia.

Sin la intervención de Estados Unidos, el III Reich no hubiese sido derrotado y el mundo hoy seria otro. El Plan Marshall fue una iniciativa promovida por el país americano para la reconstrucción de Europa occidental y garantizar su seguridad. Las Naciones Unidas, la Alianza Atlántica o la Unión Europea no pueden entenderse sin su intervención. Gracias a ella se produjo un acuerdo global fundamentado en la lógica de los consensos. Unos que han durado hasta ahora, confrontando el régimen antitético, abriendo la puerta a la posibilidad explícita de favorecer la democracia y el orden liberal, incluso ahí donde no existiese. Esos consensos que fueron la base de nuestra vida en comunidad durante décadas se han roto. De hecho, se vienen rompiendo desde los años de la administración Obama. Los nuevos están por llegar. Darán nueva forma a la percepción que las nuevas generaciones y las próximas tendrán sobre las cuestiones más sensibles que atañen a su vida personal y colectiva, como la familia, el trabajo, la seguridad o el medio ambiente.

Hispanoamérica

Al otro lado, la región hispanoamericana se encuentra sumida en sus propias contradicciones. Frente al espejo de la historia, los países hispanoamericanos ven que el inevitable paso del tiempo no ha servido de nada. Continúa envejeciendo en el polvo la agenda para resolver los viejos traumas y problemas que surgieron de forma natural después de la ola democratizadora en los años 80’ y 90’.

Igualdad ante la ley, independencia de poderes, pobreza y desigualdad, sistema de partidos, inseguridad y violencia. Se trata de los mismos desafíos que conocieron nuestros antepasados, con la diferencia de que parte del tejido social actual, que tiene un componente generacional importante, tiene otra percepción respecto al sistema democrático. Según el Latinobarómetro, en 2023 solo el 48% de los ciudadanos apoyaba el sistema democrático, una disminución de 15 puntos desde el 63% de 2010. El autoritarismo se ha validado, poco a poco, en la medida en que no se le condena, ni se sabe bien el umbral donde un país deja de ser democrático.

Falta de cohesión

En el mismo período aumenta la percepción de quienes les da lo mismo el tipo de régimen, lo que implica que un populismo o un autoritarismo les son indiferentes. Las demandas insatisfechas, la crisis económica o la percepción opuesta de una gran parte de las nuevas generaciones que piensa que en el futuro no vivirá mejor que sus padres, son algunos de los elementos que se agregan al contexto de inestabilidad que vive actualmente la región.

La difusa posición de una región fragmentada que pierde protagonismo en el plano internacional se ve reflejada en la decisión que asume cada uno de los países respecto del contexto más controversial en el escenario global actual (el reciente ridículo del colombiano o la mexicana los pone en franca evidencia), aunque los clivajes no son radicalmente opuestos en cada caso o son notorias las excepciones que se observan.

Lo que sí se concluye es que Hispanoamérica carece de cohesión a la hora de plantear una posición común a nivel internacional, expone su profunda división interna (aunque es la región del mundo que más valores comparte y entre quienes mayores sintonías culturales e históricas existe) y su permanente heterogeneidad sobre situaciones que emergen en el orden global.

Un orden global en retroceso

Cuando se analiza el estado de las relaciones internacionales y la geopolítica en general, es inevitable plantearse horizontes basados en la experiencia histórica y el presente. La realidad global a la que hoy asiste el mundo es muy distinta a la que vivió las décadas anteriores y, más aún, el siglo XX. Para situarnos en este nuevo proceso, es importante entender cómo se están configurando las fuerzas en el nuevo orden global.

Tradicionalmente, han sido los Estados Unidos y Europa quienes abanderaron la estrategia y ejecución para la defensa de lo que se entendió como ‘orden liberal’. Un orden que partía de una idea de generación de riqueza, incentivos y de una ampliación de una clase media sólida para la construcción de un estado de bienestar frente a los radicalismos. La democracia juega un papel trascendental en todo este proceso. Es el sistema que pone a la persona en el centro del debate, tanto desde la representación como desde la participación. Y le acerca a sus dinámicas donde el Estado es subsidiario, en el que todos los individuos son iguales ante la ley, y en cuya lógica estructural priman los Derechos Humanos y la libertad de las personas frente a las premisas antagonistas.

Un orden global en retroceso

Este orden global está retroceso. La política de ‘retraimiento’ asumida por Estados Unidos desde la presidencia de Obama ha marcado de forma determinante un nuevo ciclo en las relaciones de poder existentes hasta entonces. Esta política significó un aislamiento del país americano de las dinámicas globales y afectado su campo de influencia y acción en todo el mundo. A ello hay que sumar el deplorable papel desempeñado en las sucesivas crisis en Oriente Medio y Próximo: Siria, Irán y Afganistán significaron el fracaso de la política exterior de Estados Unidos.

Pero no solamente los hechos endógenos fueron un motivo para asimilar el papel de Estados Unidos en el panorama global. El asalto al Capitolio en 2021 significó un punto de inflexión en la imagen internacional de la mejor democracia del mundo, y la todavía mayor potencia económica y militar. Fue la evidencia de que sufría del mal que aqueja a gran parte de las democracias del mundo. El cúmulo de insatisfacciones, la incapacidad de articular una estrategia global sobre la base de los principios creadores, la globalización y sus resultados inesperados y la falta de competitividad en términos generales son algunos de los síntomas que padece el orden liberal, Occidente y sus democracias.

Falta de liderazgo

A ello hay que sumar la ausencia de una estrategia común con Europa respecto al avance del frente contrapuesto que no concibe los estímulos en la configuración de las sociedades occidentales tal y como hoy las conocemos. China tiene en abundancia lo que Estados Unidos y Europa carecen, una estrategia formal, conjunta y definida a largo plazo.

Para poder ejercer liderazgo es importante saber quién se es y a dónde se quiere ir. Y tanto los Estados Unidos como las potencias occidentales que pertenecen a este bloque de poder, incluidas las europeas, atraviesan una profunda crisis cultural y social que conlleva inevitablemente a una división a la hora de hacer política.

El bloque formado por aquellos que cuestionan abiertamente el orden liberal sabe lo que quiere y asume el liderazgo de China. El ‘bloque occidental’ carece de cohesión y de liderazgo. Su incoherencia asusta a potenciales aliados, que tratan de refugiarse en una complicada equidistancia. Distancia y aislamiento del que padecen los países de la región iberoamericana o el área indo-pacífica en el contexto de las dinámicas globales.

El proceso de reconfiguración de las fuerzas a nivel internacional está en marcha y parece ser que no se detendrá ni sufrirá cambios abruptos los próximos años, sino que seguirá el camino iniciado hace décadas atrás, en un contexto en el que la crisis cultural de Occidente se agudiza cada vez más y donde la polarización política surte efectos, sobre todo, en las democracias que atraviesan esta misma crisis existencial.

Ver también

La interdependencia y el libre mercado, ¿amortiguan los conflictos internacionales? (George Youkhadar).

Expansionismo: China en el nuevo orden geopolítico. (Mateo Rosales).

Un nuevo marco necesario de política económica. (Álvaro Martín).

Un necesario nuevo marco de política económica

De unos años a esta parte venimos viviendo una serie de cambios políticos, sociológicos y geoeconómicos de gran calado. Desde la pandemia, estos han conducido a una serie de importantes transformaciones que han acelerado a su vez determinadas tendencias económicas y revertido otras por completo. Como, por ejemplo, la tendencia a la baja de los tipos de interés previa a la invasión de Ucrania.

En el plano geopolítico -con las implicaciones económicas que ello conlleva-, podemos afirmar que nos hemos instalado en una especie de Segunda Guerra Fría que confronta a las democracias liberales frente al bloque liderado por China y Rusia (que incluiría a países como Irán, Venezuela y Corea del Norte). Este segundo bloque no solo es que trate de romper el orden liberal internacional en el plano político, sino asimismo las estructuras institucionales de la economía de mercado a escala global.

Reducir el riesgo geopolítico

Frente un escenario de elevada inestabilidad que, entre otras cosas incluye: el estancamiento y prolongación de la guerra en Ucrania, elevada inestabilidad en Oriente Medio, confrontación de Rusia con las democracias liberales, graves tensiones entre China y Taiwán, etc., muchas potencias están diseñando un nuevo marco de política económica para enfrentar dicho escenario.

Para ello, EE.UU., la UE y el G7 principalmente están optando por implementar medidas de reducción de exposición al riesgo geopolítico y de reindustrialización nacional (impulsada en su mayor parte por ayudas públicas). Mientras, invierten masivamente en sistemas de seguridad y defensa a nivel nacional. Todo ello -a excepción de la reindustrialización- supone un ligero cambio de rumbo con respecto a los planes de recuperación económica diseñados a escala supranacional tras la pandemia (por ejemplo, Next Generation EU y Repower EU), ya que estos estaban centrados principalmente en la transición energética, la digitalización y el reshoring.

Además, conviene recordar que la mayoría de ellos se financiaban a través de planes de emisión de deuda conjunta de los estados miembros. Una diferencia relevante es el foco que se ha puesto desde la invasión de Ucrania en garantizar el suministro de materias primas y una mayor visión defensiva de la alianza atlántica, con la consiguiente adhesión de Suecia y Finlandia a la OTAN.

Mayor gasto en Defensa

En este nuevo marco de política económica, el destino del gasto público ha variado sensiblemente, con un incremento notable del gasto en defensa. Por ejemplo, en Europa durante el año 2023, dicho gastó aumentó un 16% en términos interanuales, alcanzando el nivel más alto desde el año 1990 (SIPRI, 2024), con Ucrania lógicamente representando la mayor proporción sobre PIB, de un 37%/PIB.

Además, si analizamos dicha tendencia a nivel global, la suma de inversión en defensa alcanzó los 2,3 billones de euros, siendo este el mayor registro desde 1992, y representando un 2,3% del PIB global (mayor que el objetivo mínimo nacional de la OTAN). Para más inri, alcanzar esta cifra a escala mundial supuso en 2023 el mayor crecimiento del gasto en defensa de los últimos 15 años, con un 6,8% interanual, impulsado sobre todo por EE.UU. y el gigante asiático, que suman el 53% del gasto total en defensa a nivel mundial.

Por otro lado, conviene remarcar que, aunque el proteccionismo no haya abandonado en absoluto la política económica americana con Biden, esta idea sí podría recobrar más protagonismo a nivel discursivo ante una reelección de Trump a la Casa Blanca. Por ello, no son pocas las voces dentro de la UE que piden reforzar el proyecto europeo en el plano económico para adaptarse a este nuevo orden geoeconómico, por ejemplo, a través de una ampliación del mercado único o el diseño de una unión fiscal comunitaria. A través de ello se buscaría, principalmente, una mayor integración europea para competir en los mercados globales y un reforzamiento de los proyectos paneuropeos en el plano económico, permitiendo reforzar la productividad y competitividad de los mercados europeos.

Envejecimiento

Todos los cambios descritos, tal y como cabe esperar, tendrán efectos e implicaciones directas sobre la política fiscal y monetaria. Para el caso de los EE.UU., en un contexto de elevados niveles de deuda pública, el gobierno se verá obligado a buscar nuevas vías de financiación para el nuevo marco de política fiscal. Además, esto puede presentarse más complicado en algunos países como Italia o España, con elevadísimos niveles de deuda, pero no tan elevada capacidad de financiación como los norteamericanos.

Todo ello se verá además acrecentado por la tendencia de envejecimiento poblacional vivida en la actualidad en Occidente y que persistirá durante las próximas décadas, incrementando exponencialmente el gasto asistencial y en pensiones. Dichas dinámicas probablemente requerirán un rediseño del Estado del Bienestar que hasta el momento la mayoría de los países han tratado de evitar.

En el plano de la política monetaria, muchos bancos centrales deberán recalibrar su marco de política implementado a lo largo de los últimos años, probablemente teniendo que mantener los tipos de interés en niveles elevados durante varios años. A nivel financiero, esto podría suponer un grave problema para España por su irresponsabilidad fiscal durante las últimas décadas, ya que elevaría el coste de la deuda y el pago anual de intereses de esta.

Todo ello lleva a la necesidad de asumir que es necesario un plan de estabilización fiscal y monetaria a medio plazo, a la par que una expansión de los mercados en Occidente y una facilitación del comercio entre socios geopolíticos, devolviendo así un poco de necesaria estabilidad a la región.

Ver también

La innegable dominancia atlántica (demos gracias). (Álvaro Martín).

Expansionismo: China en el nuevo orden geopolítico. (Mateo Rosales).

La innegable dominancia atlántica (demos gracias)

Aunque el título haga referencia a la dominancia atlántica, en este artículo pretendo poner el foco en su director de orquesta, EEUU, y tratar de desmentir algunos de los cantos de sirena geopolíticos que venimos escuchando en los últimos tiempos sobre la pérdida de dominio global de EEUU y su -supuestamente- inevitable remplazo por China y su esfera de poder.

Desde luego, el poder que EEUU y la Alianza Atlántica pueda ostentar hoy en día no es ni de lejos el de comienzos del milenio, pero esto no quiere decir que EEUU se haya convertido en un jugador menor en la esfera global ni que la pérdida de dominancia atlántica sea ya un fenómeno firme. Lo que sí es muy cierto, sin embargo, es que muchas cosas han cambiado, partiendo de la visión de muchos gobiernos sobre lo que es deseable en la organización de las relaciones internacionales y lo que no.

Ejemplo de ello es que a comienzos del presente milenio la mayoría de los gobiernos defendía avanzar de manera acelerada en la integración económica global a través de instituciones creadas para ello como el Banco Mundial (BM), la Organización Mundial del Comercio (OMC) o el Fondo Monetario Internacional (FMI). Sin embargo, hoy en día se es una rara avis por defender dichas posturas y muchos de esos gobiernos han virado hacia una visión incrementalmente proteccionista en la cual la globalización e integración multilateral se ve como una fuente de riesgo e inseguridad.

Cinco grupos geopolíticos

Dicho cambio de cosmovisión política lo es también económica y geográfica, ya que resulta imposible e incluso incorrecto hablar de geopolítica sin introducir la economía, las relaciones internacionales y la historia en el debate. Tal y como nos recordaba Martin Wolf hace unas semanas, actualmente el mundo se puede dividir principalmente en cinco grupos. El primero de ellos estaría compuesto por EEUU y sus aliados más cercanos, es decir, EEUU, Canadá, la Unión Europea, Japón, Australia y Nueva Zelanda. En un segundo lugar encontraríamos a aquellos países más cercanos a EEUU que al eje chino, pero que tampoco son aliados en firme del gobierno norteamericano. Entre ellos podríamos encuadrar a la India, Colombia, México, Turquía, etc., a modo de ejemplo.

Un tercer grupo, que históricamente siempre ha existido, pero que nunca han sido los mismos, sería aquel conformado por países no alineados. Hoy en día en la disputa entre EEUU y China estaría conformado por Brasil, Indonesia, Nigeria, etc. Un cuarto grupo, el de los más cercanos a China sin ser firmes aliados, estaría probablemente formado por la mayoría del continente africano, Iraq, Kazajistán o algunos países árabes, como es el caso de Arabia Saudí. Y finalmente, un grupo bien conocido por todo sería el de los aliados directos del gobierno chino, siendo, entre otros, Rusia, Irán y Pakistán.

Territorio y población

Analizando dicha clasificación -que en cierta parte puede resultar subjetiva- encontramos dos factores que delimitan claramente a los aliados directos de EEUU de todos los demás países, siendo estos el nivel de renta per cápita y su relación con la democracia y lo valores adyacentes a esta. Los demás países, en su gran mayoría, en lugar de posicionarse geopolíticamente en defensa de unos determinados valores, más bien se posicionan contra EEUU (eso sí, en diferentes grados) y los intereses del gigante norteamericano. Con esto no quiero decir que los aliados directos de EEUU no lo sean también por conveniencia, sino que existe un mayor volumen de valores y visiones compartidas entre, por ejemplo, Alemania y EEUU que entre Pakistán y China.

Una vez el tablero geopolítico ha quedado correctamente delimitado, podemos entrar a analizar el peso que cada bloque tiene en un número de áreas de elevada importancia a la hora de medir el poder geopolítico que ostentaría cada uno de los bloques. Por simplificación, dividiendo entre China y sus acólitos y EEUU y sus respectivos, hoy en día el bloque de China suma cerca del 50% de la superficie terrestre frente al 35% del bloque de EEUU, excluyendo todo el territorio correspondiente a la Antártica. En términos de población, el bloque chino alberga al 46% frente al 43% del bloque pro-norteamericano.

China, poco más de un cuarto del PIB mundial

Sin embargo, teniendo estos números en cuenta llama aún más la atención el hecho de que el bloque chino genere tan solo el 27% del PIB mundial frente al 67% del bloque de EEUU, siendo este un claro signo de la gran dominancia atlántica en el plano económico, cuya causa sería el hecho de que la gran mayoría de países de altos ingresos se situarían dentro del bloque del gigante americano. Además, cabe destacar que la tendencia a la baja del crecimiento chino y graves problemas estructurales que padecen a nivel económico ralentizarán aún más e incluso podrían anular el cierre de esta brecha, que antes veíamos como algo inminente a ocurrir en los próximos años.

Aunque esta comparativa tan directa nos sirve para tener una imagen de los equilibrios de poder económico a escala mundial, conviene realizar un análisis algo más minucioso de determinados factores. En primer lugar, ya que el principal motor de la economía china sigue siendo la industria -a pesar de la reducción de su peso proporcional en los últimos años- no es de extrañar que el bloque chino tenga más peso sobre la industria mundial que sobre el PIB, con un peso industrial del 38% frente al 55% del bloque de EEUU. No sorprendería que esta brecha se cerrase en las próximas dos décadas, a falta de introducir en la ecuación la variabilidad de la capacidad industrial de la India frente a competidores con menores costes.

Inversión Extranjera Directa (IED)

En términos de comercio global, sin embargo, China sigue siendo muy superior a EEUU en términos cuantos países son dependientes de cada uno de los dos gigantes. Por poner una cifra sobre la mesa, cabe destacar que el pasado año China mantuvo relaciones comerciales con 144 países más que EEUU. Por otra parte, en términos de flujos de capital, EEUU sigue siendo el rey mundial sin lugar a dudas.

En este sentido, en términos de Inversión Extranjera Directa (IED), el bloque de EEUU todavía representa el 84% del total de la IED por país inversor y el 87% por país receptor, debido a que las empresas que más capital mueven del mundo se encuentran en países localizados dentro del bloque de aliados de EEUU. De hecho, hay un dato que llama mucho la atención. La IED entre los bloques de EEUU y China es el triple que dentro del propio bloque de China. Países como Rusia e Irán, aliados de China, tienen una capacidad de inversión internacional extremadamente reducida y tampoco disponen de proyectos atractivos para los inversores chinos.

Reservas de divisa

Como último factor por destacar para mostrar la persistencia de la dominancia del bloque de aliados de EEUU encontramos el hecho de que las reservas mundiales de divisa se siguen manteniendo de manera aplastante en dólares y las divisas de algunos de los principales aliados de EEUU, como pueden ser el euro o el yen. Concretamente, el 87% de reservas de divisas a nivel global se encuentran hoy en día en dólares o monedas de aliados del gigante norteamericano. Ello es principalmente debido a que la mayoría de estos países copan el mercado de activos financieros líquidos a largo plazo debido a su mayor calidad crediticia y menor riesgo-país. A este respecto, China tiene poco que hacer, ya que para poder ser mínimamente competitiva en esta área requeriría abrir sus mercados financieros, incluyendo el de deuda pública china, algo a lo que el gobierno de Xi Jinping no está dispuesto.

En conclusión, tal y como hemos visto a lo largo de este artículo, por mucho que a lo largo de los últimos años se haya implantado la creencia de que China tenía ocasión de convertirse en potencia hegemónica, la realidad muestra una imagen bien distinta. Tanto a nivel geopolítico como socioeconómico, EEUU y sus aliados siguen presentando claros signos de dominancia frente al bloque de China, siendo esta una situación que no tienen visos de revertirse en los próximos años a causa de la desaceleración china y la multitud de crisis estructurales que están afectando al gigante asiático en la actualidad.

Ver también

Expansionismo: China en el nuevo orden geopolítico. (Mateo Rosales).

Mucho más que una guerra comercial. (Daniel Lacalle).

Expansionismo: China en el nuevo orden geopolítico

El crecimiento de la economía china y la reformulación de su estrategia a nivel geopolítico ha producido un cambio en el modelo de sus relaciones comerciales con otros países y también con organismos internacionales. China se incorpora en el Consejo de Seguridad de la Organización de Naciones Unidas (ONU) el año 1971, a partir de entonces su grado de posicionamiento en diferentes organizaciones multilaterales ha ido en aumento. En 1980 China ingresó al Fondo Monetario Internacional (FMI) y en 2001 a la Organización Mundial del Comercio (OMC). Hoy también forma parte de los principales foros económicos mundiales como el G20.

Es también en este periodo en el que China adopta iniciativas que cambian el desarrollo de su economía que, hasta la muerte de Mao Zedong, había estado marcada por la planificación y el intervencionismo. A partir de la primera década de los ochenta, su economía sufre una transformación y pasa de ser una eminentemente agrícola a que la industria sea el sector que más aporta al Producto Interno Bruto (PIB). Un proceso acompañado por la liberalización de la economía y la extensión de la propiedad privada.

Expansionismo: ahorro y apertura al mundo

Esta explosión económica en China, su economía ha estado impulsada fundamentalmente por el capital, la inversión y la productividad, que explican casi el 90% del crecimiento actual. Siguiendo esta estrategia de apertura del mercado y mejora en sus infraestructuras y del capital humano, en la década de los 90’ este rendimiento se sustentó principalmente en dos pilares: la intensa acumulación de capital, que explicó un tercio del crecimiento (alrededor de 10% anual) y la mejora de la productividad con tecnología avanzada, gracias a las inversiones extrajeras que permitían y facilitaban el intercambio de conocimiento en este campo.

Pero es a principios de los años 2000 que China consolida su crecimiento sostenido al incorporar nuevos elementos en su estrategia de expansión, como los diferentes acuerdos comerciales firmados y el fortalecimiento de sus relaciones diplomáticas en el plano internacional, lo que sustenta la teoría del expansionismo chino como nueva fórmula de posicionamiento estratégico del país asiático.

Quítate tú para ponerme yo

El crecimiento sostenido de la economía china, los logros conseguidos del país en materia de comercio internacional y su expansionismo han modificado la relación de poder existente a nivel global. Una relación caracterizada desde la segunda mitad del siglo XX por el posicionamiento como potencia mundial de Estados Unidos y su influencia en todo el mundo. Hoy China juega un papel primordial en las dinámicas de reorganización global del capitalismo y las relaciones de poder. Lo hace bajo el principio por el cual se establece que una potencia mundial tiende a expandir su marco de influencia, a costa de la disminución de poder de la potencia rival. Es la táctica fundamentada en la idea de ‘cesión de posiciones’.

Desde de que China entiende su nuevo papel en la economía mundial y su posterior crecimiento en términos de influencia, empieza a penetrar espacios de poder geopolíticos y geográficos (hoy no se entendería una Organización Mundial del Comercio sin la presencia de China), en sitios donde Estados Unidos arrastraba un cierto grado de desprestigio o de degradación de su influencia respaldado, sobre todo, por las sucesivas crisis económicas y la errática labor política a la que tendió la potencia americana en países de América Latina o Medio Oriente (recuérdese los fracasos en Libia, Irak o Afganistán)

La tela de araña de China

Sumado a ello, cabe en el análisis la valoración del retroceso de Estados Unidos y Occidente; especialmente de Europa como eje de poder al lado de Estados Unidos. Ambos retroceden como potencia mundial frente a una expansión china que tenderá al crecimiento y se acentuará las próximas décadas. Tengamos en cuenta, además, el grado de dependencia ya existente de otras económicas, por ejemplo, en América Latina o África, a la potencia asiática. Y la influencia que ejerce este país en otros mercados, como el europeo.

Entonces, China empieza a ocupar estos espacios de poder, en primer lugar para tener núcleos de abastecimiento de materias primas, indispensables para mantener su crecimiento y demanda. En segundo lugar, para establecer puntos de influencia y apoyo comercial a largo plazo con otros Estados a lo largo y ancho del mundo, y en tercer lugar, para generar dependencias de países que se ven en la necesidad de acompasar las directrices de China en el plano comercial y económico, lo que produce inevitablemente una dependencia hacia el país asiático.

A ello se añade el retroceso de potencias occidentales como las europeas y Estados Unidos en el plano internacional. Desde el punto de vista económico. Desde el de la influencia ejercida en otras instancias de orden global. Y también en relación con los mecanismos de acceso a los mercados en cuanto a la competencia o los parámetros existentes en lo que respecta al desarrollo tecnológico.

Larga decadencia de los Estados Unidos

Se puede establecer que la vocación de China en el plano internacional no descansa en una teoría sobre un expansionismo político bajo el cual se pretenda suplantar un sistema en beneficio de otro. Su iniciativa recae, en esencia, en el funcionamiento de los poderes fácticos y económicos a su disposición, en detrimento de otras potencias. Esto es, suministros a largo plazo, generación de dependencias económicas o estabilidad comercial para seguir creciendo. En cambio, Estados Unidos tradicionalmente ha tenido una política internacional –cuando estaba guiada por el expansionismo y no por el retraimiento, como ocurre actualmente– impulsada por una vocación de transmisión de sus instituciones, esto es, la democracia liberal, con los resultados hoy se conocen.

Es evidente que este proceso continuará su curso, que tenderá a consolidarse en favor de la potencia asiática como eje de poder económico y político, con todo lo que ello implica para los desafíos del orden global y el mundo de las ideas.

Ver también

La vía china va hacia el fracaso. (Carlos Alberto Montaner).

El coste económico de ‘desvincularse’ de China. (Kerry Liu).

China desde Tiananmen: no es un sueño, sino una pesadilla. (Teng Biao).

China da marcha atrás en la planificación demográfica. (Peter Jacobsen).

La interdependencia y el libre mercado, ¿amortiguan los conflictos internacionales?

Los académicos suelen conceptualizar a un orden internacional, como un conjunto de reglas e instituciones que guían el comportamiento de los estados-naciones, principalmente. También al resto de actores no gubernamentales, sean empresas multinacionales, grupos ecológicos o actores políticos, entre otros, que gravitan sobre la dinámica misma del orden en cuestión. En este orden, ¿amortigua el comercio los conflictos internacionales?

Interdependencia y conflictos

Definido lo que grosso modo entenderemos como un orden internacional, valdría la pena destacar, lo que ha sido una suposición teórica e histórica de algunos defensores del libre mercado global de bienes y servicios. Según ésta, los altos niveles de interdependencia económica en sus vertientes comerciales y financieras, conllevan indefectiblemente a los Estados-naciones a reducir sus niveles de conflictividad. Esto puede ser a través de las negociaciones o resolución de sus conflictos por medio de instituciones previamente establecidas o acordadas entre el conjunto de países en cuestión, o a través de negociaciones directas.

Sobre estas premisas han sido, a grandes rasgos, los fundamentos sobre lo que se ha sustentado el Orden Liberal Internacional. La caída del muro de Berlín ha reforzado esas premisas. Hecho históricamente emblemático, que marcó “el fin de la guerra fría y el inicio de una nueva era para la humanidad”. Y Según las cuales el mundo iba a converger de manera casi inevitable a un orden internacional más democrático, donde los principios del libre mercado, fundamentados en la creciente globalización económica, y la democratización de las naciones, iban a hacer sus bases fundamentales.

Crear intereses comunes

Una de las presuposiciones básicas de estas visiones ha sido que la interdependencia, más allá de crear ciertos niveles de vulnerabilidad o exposición a los vaivenes de los mercados globales, había conformado un entramado de intereses y beneficios comunes de índole económica y principalmente comercial, donde el juego ha sido en mayor o menor grado de ganar-ganar y no, de suma-cero, entre los principales actores políticos y económicos globales.  

Es indudable que los fundamento teóricos y hasta empíricos en los cuales se ha sustentado los principios del libre mercado mundial, y sus consiguientes aportes al crecimiento económico global de los últimos 40 años, de los cuales hemos sido defensores, han servido dentro de algunos contextos históricos y políticos como un factor amortiguador de ciertos conflictos de orden geopolíticos principalmente.

Desorden global

No obstante, cuando el juego de equilibrio de poder geopolítico y económico se produce entre estados-naciones con regímenes políticos de diferente naturaleza, con valores y pretensiones políticas disímiles, aunque los mismos compartan ciertos intereses económicos comunes, como lo ha sido el caso de los Estados Unidos y sus aliados europeos y asiáticos, frente al creciente poderío económico de la China comunista principalmente. 

Los imperativos de orden geopolíticos y geoeconómicos, sustentados en principios de lo que las élites político-militares empiezan a percibir como un problema de seguridad nacional, son los que han solido imperar a la hora de comenzar a delinear las decisiones frente al surgimiento de un nuevo orden económico global. Para los efectos de lo antes expuestos, es pertinente citar al hoy en día ex-secretario de Defensa de los EEUU, James Mattis y el cual aseveró:

Nos enfrentamos a un creciente desorden global, caracterizado por el declive del antiguo orden internacional basado en normas. Donde la competencia estratégica interestatal, y no el terrorismo, es ahora la principal preocupación en la seguridad nacional de EE.UU.

Secretary of Defense James Mattis, “Summary of the 2018 National Defense Strategy of the United States of America” (Washington, D.C.: Department of Defense, 2018), p. 1.

Un nuevo orden

De la cita del hoy ex-secretario de Defensa estadounidense, se puede fácilmente inferir, que la interdependencia económica global no ha tenido el efecto amortiguador frente a los conflictos internacionales actuales, sino que demuestra que son los imperativos de índole estratégicos basados en lo que serían las nuevas amenazas a la seguridad nacional de los actores en cuestión y sus pretensiones geopolíticas y geoeconómicas los que marcaran la transfiguración del actual orden económico y político global.

Mas cuando se ha comenzado a emplear en el actual contexto internacional, la geoeconomía como un arma de lucha geopolítica, (véanse las guerras tarifarías y de políticas de nearshoring entre los Estados Unidos, y la Unión Europea, principalmente, frente a China, y la guerra de Ucrania y Rusia), pues al margen del alto grado de interdependencia económica existente entre estos Estados, han comenzado a percibirse, en mayor o menor medida, como enemigos existenciales.

Lo que ha colocado en entredicho la tesis antes expuesta, sobre el hipotético rol de amortiguación que la interdependencia económica como efecto subyacente de la libre movilidad de los factores de producción y servicios a escala global dentro del marco de la globalización económica, ha debido de tener en el actual escenario económico y político mundial. El cual está marcando un punto de inflexión en el nacimiento de un nuevo orden geopolítico y económico internacional, con sus consiguientes costos económicos para la población mundial.

Rusia-Ucrania: Realpolitik y libertad real

Cuando un liberal se encuentra en la tesitura de posicionarse al respecto de un conflicto internacional en el que el uso de la fuerza se empieza a percibir en el imaginario colectivo como la única salida viable del mismo, es incuestionable que el ‘no’ rotundo a la guerra debiera de convertirse en su santo y seña en la gran mayoría de ocasiones. Sin embargo, siendo esto irrefutable, lo que no está tan claro- pese a la obcecación de una OTAN encabezada por la Angloesfera- es que la actual crisis entre Rusia y Ucrania esté condenada a solucionarse por cauces militares. En este sentido, las constantes amenazas en forma de sanciones económicas por parte de Occidente no solo harían levantarse de su tumba a Bastiat- “si las mercancías no pueden cruzar las fronteras, lo harán los soldados”- sino que están, de manera absolutamente contraproducente, empujando a Putin a seguir apretando la tuerca ucraniana.

Es por ello por lo que desde el liberalismo se debería recordar a nuestros gobernantes, tantas veces autoconvencidos de estar en posesión de una habilidad cuasi divina para solucionar todo tipo de problemas, desde las pensiones a la pobreza energética, que la geopolítica no debe estar sujeta a nociones ideológicas preconcebidas- según las cuáles Rusia no tendría otra opción que ceder ante la presión de las sanciones. En definitiva, cuanto antes nos demos cuenta de que lo menos pernicioso para la libertad individual- si es que acaso Occidente la sigue queriendo salvaguardar- es desarrollar en el campo de las relaciones internacionales lo que Bismarck calificaría como Realpolitik (política realista), menos probable será que seamos testigos de más enfrentamientos armados entre rusos y ucranianos. A fin de cuentas, la Rusia de Putin nunca será la democracia liberal que la UE pretende que sea y Ucrania no entrará en la OTAN mientras la cuenca del Donets siga en guerra. Taparse los ojos y no reconocer esta incontestable realidad exclusivamente responde al utópico objetivo de nuestros gobernantes de autoproclamarse los adalides de la democracia liberal mientras la libertad real se tambalea.

En esta línea están actuando tanto los EEUU como el Reino Unido, que lejos de aminorar la espiral de tensión han echado más leña al fuego al autorizar- en el caso de los EEUU- y pedir- en el caso del Reino Unido- a los trabajadores no esenciales de sus respectivas embajadas en Kiev que abandonen Ucrania. Puesto que la situación real del conflicto- como veremos en el siguiente párrafo- no hace pensar que una invasión rusa sea irremediable, lo único que puede conseguir semejante alarmismo es incentivar una invasión rusa, que siempre podrá resguardarse bajo el paraguas de que la vía diplomática había fracasado. En cuanto a las ya mencionadas sanciones económicas de las que Occidente pretende volver a echar mano para disuadir a Rusia, no sólo son, como ya expuse en su día, tanto moralmente condenables desde un punto de vista liberal como ineficaces y contraproducentes en la gran mayoría de las ocasiones, sino que, en este caso en particular, pueden arrinconar a Putin hasta el punto en el que se vea obligado a intervenir en Ucrania con tal de no dar la impresión a su población de que capitula ante Occidente.

Llegados a este punto me parece importante recalcar que lavar la imagen de Rusia no es en absoluto el objetivo de este artículo, que sólo pretende promover en Occidente una Realpolitik en las relaciones internacionales que tenga como objetivo coartar las menos libertades individuales posibles. La única realidad respecto al conflicto ruso-ucraniano es que Rusia es la primera interesada en evitar un conflicto bélico con la OTAN y en no formalizar la anexión del Donbás. A fin de cuentas, Moscú necesita inestabilidad dentro de Ucrania para poner freno a su posible entrada en la OTAN y el mismo Peskov, portavoz del Kremlin, ha criticado recientemente la iniciativa del Partido Comunista Ruso de reconocer la independencia de las repúblicas populares de Donetsk y Lugansk.

En consecuencia, es sumamente importante que desde Occidente no se prosiga con una política del ‘borde del abismo’ (lo que en inglés se conoce como brinkmanship) que lo único que está consiguiendo es llevar a Rusia en volandas hacia el conflicto militar. Reconocer que la Rusia de Putin nunca será la democracia liberal que la UE pretende que sea y que Ucrania no va a entrar en la OTAN son pasos necesarios para calmar el ambiente bélico que estamos presenciando y proteger a un pueblo ucraniano que vería peligrar su libertad individual más fundamental en el improbable caso de que estalle una nueva guerra en Ucrania. La libertad real (la posible, no la utópica) debe estar por encima de las medallitas que se quieran colgar desde la Angloesfera los burócratas empecinados en extender nuestras democracias liberales por el mundo- si es que acaso eso es lo que pretenden.

El Mar Negro (II): el impacto soviético

Uno de los principales problemas que suelen afectar a los ecosistemas, o al menos uno de los más publicitados, es la proliferación de especies invasoras. Hay que decir que este argumento es un poco tramposo, pues da la sensación de que los sistemas ecológicos son cerrados, aislados de otros, que las especies que los habitan son eternas y únicas y apenas sufren variaciones en su calidad genética, en la cantidad de individuos y especies distintas que los componen, y que las condiciones se mantienen para siempre. Los ecosistemas son sistemas dinámicos que tienen sus propios mecanismos de defensa y adaptación y que cambian con el tiempo, soportando desde luego la invasión de especies, de modo que una multitud de pequeños cambios a lo largo del tiempo termina dando lugar a uno lo suficientemente profundo como para considerar que estamos ante un nuevo ecosistema. Es cierto que, antes del hombre, estas invasiones eran posiblemente más pausadas y el ecosistema tenía más tiempo para adaptarse a los cambios. El ser humano, como especie dentro del ecosistema global que forma la Tierra, ha creado e introducido en ella la tecnología que le permite hacer mucho más rápidos los intercambios de materiales, energía o información, además de cambiar las condiciones del entorno para su comodidad[1] y esto, obviamente, termina impactando sobre los ecosistemas, más acostumbrados a cambios más suaves y prolongados en el tiempo.

En los años 80 apareció en el Mar Negro una nueva especie, la Mnemiopsis leidyi, un cetanóforo (una especie de medusa) proveniente de la costa americana del Atlántico. Esta especie invasora, que también arraigó en toda Europa y en la parte occidental de Asia y que seguramente se introdujo de manera accidental en buques mercantes provenientes de Estados Unidos, se alimenta de zooplancton -en el que se incluyen las larvas de pescado y crustáceos-, así como de otras medusas. Al ser hermafrodita, es capaz de fecundarse a sí mismo, por lo que su proliferación no está condicionada a la aparición de otro espécimen de género contrario. Además, en su nuevo entorno del Mar Negro no tenía ninguna especie que lo depredara, por lo que su población se disparó sin apenas problemas, alimentándose del zooplancton que en unos pocos años empezó a escasear, afectando a las especies que sí dependen de él, entre ellas, algunas de las especies que se pescaban y que fueron escaseando.

Sin embargo, siendo la situación preocupante, hubo un elemento que vino a alterar aún más el estado del Mar Negro durante los años 80: la ineficacia de la agricultura soviética a la hora de satisfacer las necesidades alimentarias de su población. Su agricultura era una parte más de la planificación económica y no estaba sujeta a una investigación de la mejora del rendimiento, al menos no cómo lo estaba en otros países. A ello se unió la megalomanía del régimen que se embarcó en la construcción de infraestructuras sin el debido estudio de su viabilidad, siendo más importante el hecho de mostrar estas inútiles obras de ingeniería como grandes logros de su poder. La economía soviética de los años 80 estaba en crisis, pese a que en Occidente se la tenía como una potencia, no sólo en el aspecto militar, sino también en el económico.

La URSS llevaba muchos años teniendo dificultades para alimentar a su población, pues tenía una agricultura demasiado anticuada comparada con la de su enemigo occidental. Ello le obligó a hacer dos cosas. La primera fue endeudarse, comprando trigo a su gran enemigo americano y a sus aliados. La segunda fue optar por una explotación sin sentido de sus recursos hídricos y el abuso de abonos químicos, con la esperanza de que sus cosechas tuvieran un mayor rendimiento. En el entorno del Mar Negro, las fértiles -hasta hacía relativamente pocas décadas- llanuras cerealistas empezaron a recibir dosis excesivas de abonos de nitrógeno, fósforo y otros productos químicos. Por otra parte, con la intención de aprovechar mejor los recursos hídricos, se realizaron presas a lo largo de los ríos que desembocaban en sus aguas, como la de Stalin en el Dniéper o la de Tsimlyansk en el Don; presas que no tenían en cuenta cosas tan básicas como el proceso de colmatación en el transcurso de los años[2]. Esta necesidad megalómana también afectaba a sus países satélites. El dictador rumano Chauchescu planeó drenar el delta del Danubio, talar la vegetación y poner arrozales. Afortunadamente, semejante salvajada no se llevó a cabo.

En los 80, un exceso de contaminantes empezó a verterse hacia el Mar Negro, el nitrógeno y el fósforo de los abonos ayudaban al fitoplancton a desarrollarse de manera descontrolada, a la vez que la Mnemiopsis leidyi depredaba el zooplancton que se alimentaba de él. Esta dinámica propició la eutrofización del mar, fenómeno que ocurre cuando hay un aporte excesivo de nutrientes que favorece una proliferación excesiva del fitoplancton que, a su vez, termina con el oxígeno libre que hay disuelto en las aguas, del que vive la mayoría de las especies acuáticas, provocando la muerte de estas o su migración a zonas aún adecuadas para su vida.

La contaminación del agua fue la gran aportación del régimen soviético y otros países comunistas al medioambiente del Mar Negro, y no sólo de fósforo o nitrógeno. La agricultura soviética también usaba de manera masiva los pesticidas que, a diferencia de Occidente, no tenían un control para impedir daños colaterales. A eso había que añadir la contaminación radiactiva proveniente del accidente de Chernóbil y otras fuentes, así como los habituales vertidos de aguas fecales o contaminadas por la industria, que tampoco tenían los sistemas de limpieza que se estaban desarrollando con mayor o menor acierto en Occidente. La proliferación de presas también estaba afectando al agua que llegaba al mar, con una fauna piscícola especialmente afectada, sobre todo, la migrante. Un ejemplo de este desgobierno ocurrió en 1983, cuando una presa industrial en la ciudad de Stebniki estalló liberando en el mar 400 toneladas de compuestos potásicos, que contaminaron las aguas durante décadas.

La solución chocó con unas circunstancias difíciles. Los institutos científicos de la URSS ya habían avisado de que se debía hacer algo y su análisis de la situación, pese a haber sido ignorado por el régimen, era certero y proporcionó datos a los investigadores posteriores. La desaparición de la URSS afectó al proceso de investigación que, de la noche a la mañana, se vio sin fondos ni medios. El caos político pareció acrecentar el problema o, al menos, paró el planteamiento de soluciones.

La introducción de un depredador natural para el Mnemiopsis leidyi no era una buena solución, pues no habría dejado de ser otra nueva especie invasora que podría afectar a las existentes, así que el único recurso factible era reducir los vertidos y eso era, literalmente, cambiar la política agrícola de varios regímenes comunistas o en breve excomunistas. En este sentido, puede que la desaparición de la URSS y la democratización de sus países satélites fuera una ayuda inesperada.

En unos años, la presión sobre la ecología del Mar Negro se redujo significativamente con la introducción de sistemas más adecuados en la agricultura, tras la apertura del bloque del Este a Occidente. Por otra parte, una de las cosas que más llamó la atención a los científicos fue la relativa y rápida recuperación de los ecosistemas cuando los vertidos se redujeron. El grado de eutrofización disminuyó y algunas especies empezaron a prosperar de nuevo, aunque otras desaparecieron. En la actualidad, otros peligros amenazan al Mar Negro desde lo que fue la URSS. Los problemas militares y políticos entre la Federación Rusa y Ucrania, por una parte, y Georgia por otra, impiden hacer frente a este y otros muchos asuntos y se está volviendo a viejos escenarios.

Resulta sorprendente ver cómo la izquierda comunista se ha hecho con el monopolio de la lucha por el medio ambiente y cómo es el capitalismo el que, desde el punto de vista popular, agrede al planeta Tierra, al equilibrio ecológico y a la biodiversidad. Un repaso a la historia muestra que los principales desastres naturales a manos del hombre han venido de sistemas políticos de carácter totalitario o autoritario, aunque no únicamente. Sólo hay que ver actualmente cómo afronta la República Popular China la lucha contra la contaminación: de ninguna manera práctica que la rebaje y sí mediante un gran plan de propaganda que endosa a sus enemigos occidentales sus propios desastres.

Al contrario, si de algún lugar surgen las denuncias y las soluciones a estas catástrofes, es de aquellas sociedades donde se es más libre a la hora de criticar o denunciar las agresiones y de buscar las soluciones. El socialismo/comunismo y el ecologismo tienen una coincidencia muy evidente: ambos defienden una solución basada en la regulación, la intervención económica y la ingeniería social. Ambos se complementan muy bien y uno, el ecologismo, le sirve como base moral al otro, el comunismo/socialismo. Desde un punto de vista más político, la excusa del daño medioambiental ha sido usada para instalar políticas mucho más restrictivas, con o sin razones científicas, sobre las actividades humanas. Las instituciones favorables a la intervención y las personas o grupos que las dirigen se han congratulado en encontrar una razón moral que justifique su existencia. El problema en Occidente es que el resto del espectro político ha aprendido esta estrategia de colaboración entre ideologías y, hoy por hoy, conservadores, cristianodemócratas y populistas de diversas familias incluyen en sus programas ciertas políticas que, no hace mucho, sólo se podían leer en los programas de los partidos verdes.

Por último, quiero incidir en la capacidad que tienen los ecosistemas para reparar las heridas que las circunstancias, entre las que se encuentra la acción del hombre, pueden infligir y que está basada en su dinamismo y capacidad de adaptación. No estoy diciendo con esto que se pueda hacer cualquier cosa porque al final se ‘curan’, pero sí observo que en los mensajes mediáticos se ignora esta resiliencia (sí, en este caso está bien usado el término) de los ecosistemas, que se muestran habitualmente como sistemas frágiles que hay que mimar.

En el siguiente artículo analizaré la explotación comercial pesquera y cómo, desde la otra orilla del Mar Negro, la costa turca, se actuó de manera insensata en nombre de la intervención estatal.


[1] Hay que tener en cuenta que, de alguna manera, esta capacidad la tienen todas las especies, siendo más marcada en las especies animales sociales.

[2] No es raro que los regímenes totalitarios cometan este tipo de errores. La presa de las Tres Gargantas en China lo está experimentando en la actualidad o, si nos vamos a casos más antiguos, la de Asuán en Egipto, es otro ejemplo de mal diseño. La sobreexplotación de los acuíferos, que son sobreexplotados sin esperar a que las lluvias los recarguen, terminan provocando la desertificación de la zona, como ocurrió con el Mar de Aral.

El Mar Negro (I): Un acercamiento

El Mar Negro (I): un acercamiento

Durante siglos, el Mediterráneo, el Mare Nostrum, nuestro mar, como lo denominaban los romanos, fue el centro alrededor del cual se desarrolló la historia occidental. Si desde las costas griegas navegamos hacia el este, hacia la península anatólica, recorremos un estrecho, el Bósforo, una pequeña extensión de agua conocida como el Mar de Mármara y, de nuevo, otro estrecho, el de Dardanelos, dejando a babor la histórica ciudad de Estambul, antes Constantinopla y mucho antes, Bizancio; así, desembocamos en el Mar Negro, un gran mar interior que ha ayudado a formar y conformar buena parte de la historia europea y asiática.

Del trigo y otros cereales que se cultivaron en los campos que se extienden hacia las estepas euroasiáticas se alimentaron griegos, romanos, bizantinos, turcos, mongoles, rusos y el resto de Europa, cuando la guerra no lo impedía. Al mar Negro fue Jasón buscando el Vellocino de Oro, que halló donde hoy está Georgia. En sus costas se aposentaron temporalmente tribus o, mejor dicho, confederaciones de tribus que, al principio de manera infructuosa y al final exitosamente, invadieron el temido y poderoso Imperio romano (el de Occidente, pues el de Oriente aguantó mil años más). Escitas, sármatas, hunos, godos, mongoles y otros pueblos tuvieron relación con este gran mar a lo largo de los siglos y los descendientes de los que quedaron allí la siguen teniendo. Con el tiempo, el Mar Negro terminó formando parte de algunas de las muchas rutas que conformaron la más genérica Ruta de la Seda, que fue esencial para que comerciantes bizantinos, genoveses, venecianos, aragoneses, turcos, etc. adquirieran las preciadas mercancías que provenían de Extremo Oriente, de la lejana China, incluso del remoto Japón.

Cuando se abrieron las rutas atlánticas, ésta declinó, pero los principales productos de la zona -grano, pieles, esclavos (sí, esclavos)- siguieron llenando mercados, tanto orientales como occidentales. Cuenta la leyenda que la letal Peste Negra del siglo XIV vino en una galera genovesa desde la ciudad de Caffa (que sigue existiendo en la península de Crimea, pero con el nombre de Fedosia). Caffa era sitiada por los mongoles, que decidieron invocar la guerra bioquímica contra los sitiados, lanzando las cabezas a medio pudrir de los enemigos muertos, con la intención de propagar enfermedades y que la ciudad terminara rindiéndose. Mercaderes genoveses huyeron espantados de la ciudad en sus barcos y se llevaron la peste consigo. Seguramente, la letal enfermedad llegaría de una manera algo más compleja, pero como leyenda, que tiene cierta moraleja en su final, es bastante pintoresca. A partir del siglo XVI, se convirtió en el sitio donde convergían distintos pueblos, reinos e imperios con intereses contrapuestos, componiendo una geopolítica compleja y cambiante. Mientras que el turco pretendía mantener sus posesiones en la zona, el ruso buscaba su salida hacia el Mediterráneo, desplazando a otras monarquías y anexionándose territorios. Según la política europea se fue haciendo más global en el XVII, XVIII y, sobre todo, XIX, el resto de los imperios occidentales, con presencia en todo el globo, convergieron en la zona para apoyar a unos u otros, en función de sus intereses particulares, con estallidos extremadamente violentos como la Guerra de Crimea. El Mar Negro nunca perdió esa función de zona de contacto entre Oriente y Occidente, incluso durante la Revolución Rusa, en ambas guerras mundiales y durante la Guerra Fría.

En la actualidad, el mar Negro sigue siendo fuente de interés y, por tanto, de conflictos. La descomposición de la URSS ha dado paso a una Federación Rusa, dirigida por Vladimir Putin, ex del KGB, que ha optado por un Estado autoritario, quizá el más fascista de todos los regímenes que hay en el mundo, que ha desenterrado el expansionismo ruso y pretende recuperar sus zonas de influencia, cuando no dominarlas territorialmente otra vez. Sus guerras con Georgia y Ucrania, la ocupación de la Península de Crimea y de zonas nominalmente ucranianas son algunos ejemplos de tal actitud. Según escribo estas líneas, ha vuelto a surgir el rumor de una posible invasión rusa de dicho país. En cuanto a recursos económicos, además de que el norte sigue siendo cerealista, la gran presencia de petróleo y gas natural en la zona y, sobre todo, la construcción de oleoductos y gasoductos a través de sus aguas hacia la necesitada Europa, muestran que su control no es una cuestión baladí o de mero honor, sino una parte importante de la estrategia de las potencias regionales.

El mar Negro es un mar extraño a ojos del que lo analiza con detalle. Con una longitud de 1.175 kilómetros de oeste a este, una profundidad máxima de 2.212 metros y una extensión de 436.000 Km2, tiene un volumen medio de agua de unos 547.000 km3, alimentado por cuatro grandes ríos, el Danubio, Dniéper, Dniéster y el Kubán y por un flujo de intercambio de agua desde el Mediterráneo por el Bósforo y el Dardanelos, consecuencia de la distinta salinidad de ambos mares, que genera esta dinámica. Digo que es extraño porque, a ojos de un humano, el Mar Negro está más muerto que vivo. Las nueve décimas partes de su agua carecen de vida; al menos de la vida que nos gustaría que tuviera. Durante eones, las cuencas fluviales que lo han alimentado han dejado, además de agua, gran cantidad de materia orgánica que, poco a poco, a través de procesos químicos y bioquímicos, han ido gastando el oxígeno disuelto en el agua. Con el tiempo, el agua se ha convertido en anóxica, perfecta para la vida de especies como ciertas bacterias, cuyo metabolismo segrega ácido sulfhídrico como producto de desecho, acidificando el mar y haciéndolo inviable para la vida que depende del oxígeno. Este es un proceso natural, en el que nada ha tenido que ver el hombre y se da con cierta frecuencia en la naturaleza. Hay lagos que tienen una zona oxigenada en la superficie y otra anóxica en la profundidad, y ocurre con cierta frecuencia que ambas capas se intercambian, matando toda la vida que pudiera haber en la superficie y dejando un característico olor a huevos podridos en la zona durante varios días. Afortunadamente, esta situación no se ha dado en el mar y la décima parte de la superficie toma el oxígeno del aire y mantiene una rica fauna. O mantenía.

Recalco que es natural, que el hombre no ha tenido nada que ver, pues no es extraño que los grupos ecologistas, organismos institucionales como la ONU, departamentos políticos de temática medioambiental y económica, así como la prensa, tan dados al alarmismo (cada uno por razones de génesis diferente, pero con un mismo resultado), eviten mencionar este origen cuando hacen una exposición de los males que afectan a determinados ecosistemas, siempre complejos, siempre activos y, desde luego, cambiantes. Este es un buen ejemplo para reflexionar sobre la carga que asignamos al ser humano en los cambios catastróficos de los ecosistemas. Da la sensación de que, por defecto, asignamos el cargo de la culpa a la actividad humana (que, desde luego, no podemos negar), aportando no pocas veces informes hechos ad hoc, sin la rigurosidad debida y sin el tiempo adecuado, jugando al alarmismo por el principio de precaución. En los años 80, precisamente en el Mar Negro se detectó una subida de la capa anóxica de unos 30 metros por parte de científicos americanos, que rápidamente encontró eco en la prensa americana y mundial. Tuvieron que ser -paradójicamente- los soviéticos los que aportaran datos sobre los cambios en esta capa, descartando que una subida de 30 metros fuera extraordinaria y apuntara a un peligro inminente, ya que estos cambios formaban parte de la dinámica del mar. Un ecosistema es un sistema dinámico que también ha desarrollado sistemas para recuperarse de posibles daños que puedan ocurrir. El ser humano no es la única y letal causa que lo afecta, pues se pueden dar circunstancias, desde geológicas hasta biológicas, que dañen el sistema. Hace unos días, aparecía en la prensa, sin bombo y platillo, que se había detectado un flujo desconocido de CO2 hacia la atmósfera, fruto de la acción de ciertas bacterias marinas sobre las piedras calizas. Los mismos descubridores se animaban a decir que este impacto no es tan grande como el de los humanos, poniendo la venda antes que la herida.

Sin embargo, en el caso del Mar Negro, sí que ha habido una actividad humana que ha afectado a la vida y a la estabilidad del ecosistema. En el mundo actual, cuando abordamos este tipo de hechos, estamos acostumbrados a ver cómo se llevan al plano de las ideologías, además de una manera bastante maniquea, de buenos y malos. Hoy por hoy, la izquierda se ha adueñado del discurso ecologista y la derecha, sobre todo la conservadora, le ha comprado la mercancía y sigue a pies juntillas muchas de las ‘soluciones’ (por llamarlas de alguna manera) que proponen sus adversarios. Las políticas medioambientales menos extremas de los partidos de la izquierda y de la derecha no se diferencian en tanto, pero en lo que se refiere al discurso y la filosofía que las aguantan no está tan claro. Basta con darnos un paseo en internet por blogs, webs o seguir las redes sociales de ciertas organizaciones para encontrar expresiones del tipo ‘el capitalismo mata el planeta’, ‘las empresas lo envenenan’ o cualquier lindeza similar, cuando no es el ser humano un virus maligno que hay que parar (o eliminar). Desde esta perspectiva, el daño siempre lo hace el capitalismo más ramplón e irresponsable. Y puede que en algo tengan razón y se hagan daños, pero si ha habido algo que no ha respetado los ecosistemas han sido los sistemas totalitarios.

El gran desastre ecológico que supuso la desaparición del mar Aral no es, desgraciadamente, uno de los más conocidos en Occidente. El de Chernóbil puede que sí, porque nos afectó más y tiene una serie de televisión francamente buena. Menos conocidos son los innumerables ‘chernobilitos’ que se han producido por la dejadez del sistema soviético (y luego el ruso) y los muchísimos vehículos de propulsión nuclear (submarinos y barcos de guerra) que ahora están abandonados en cementerios en medio de la nada, creando zonas contaminadas radiactivamente. No hay mucha información sobre ello, pero de vez en cuando, se descubren nuevas pruebas de estos desastres. Y no podemos esperar algo bueno de ellos. Si un grupo social, nación, Estado o país, sujeto a un destino manifiesto, desprecia al individuo, al ser humano, que es desechable y prescindible, qué se puede esperar de lo que le pase a un ecosistema o a una especie. El comunismo y, en general cualquier totalitarismo no va a tener ningún problema en sacrificarlo por la causa, dándole una “función” en aras de la revolución final. Pues bien, el Estado soviético y sus satélites comunistas han sido algunos de los agresores del Mar Negro, de la misma manera que por el sur lo ha sido la -llamémosla- sospechosa democracia turca. Ambos casos serán analizados en los siguientes artículos.