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Etiqueta: Guerra cultural

La guerra cultural se está convirtiendo en el Vietnam de los conservadores

Tom Jones. Este artículo fue originalmente publicado por CapX.

Siempre he pensado que la guerra cultural es el Vietnam de la derecha. Con los conservadores en el poder, se suponía que los conservadores tenían una potencia de fuego decididamente superior; sin embargo, desde que comenzó el great awokening en 2011, la guerra más que progresar, se ha estancado. Y tiene cada vez menos de lo que enorgullecerse.

De hecho, a pesar de una interminable guerra aérea de ministros de Cultura, varios columnistas del Telegraph y Mike Graham prometiendo librar “una guerra contra el woke”, cada vez está más claro que los progresistas no solo están resistiendo, sino que están ganando este conflicto de desgaste.

¿Por qué han fracasado los conservadores? El error Westmoreland

Lo que me hizo darme cuenta de esto fue una reciente visita a la Galería de Arte de Manchester, una institución ahora totalmente invadida por la ideología progresista. Salí de su lluvia de palabras de moda progresistas y obras de arte criticando a Priti Patel (y la aplicación ocasional de las fronteras británicas). Me preguntaba cómo, desde 2010, los sucesivos gobiernos conservadores han fracasado tan rotundamente a la hora de evitar una toma de control de la vida pública por parte de la izquierda.

La respuesta es que, al igual que William Westmoreland, el general que perdió Vietnam, los conservadores han estado “luchando en un conflicto para el que [están] no sólo intelectualmente mal preparados, sino que por experiencia no están preparados”. Westmoreland fracasó porque no entendía la guerra que estaba librando. Su liderazgo nunca cambió la situación allí donde importaba; en las aldeas y pueblos de Vietnam del Sur, donde la infraestructura encubierta del Viet Cong quedó libre para ejercer el control mediante la coerción y el terror.

El campo de batalla son las instituciones

El campo de batalla de la guerra cultural no son las aldeas ni los pueblos, sino las instituciones. La Galería de Arte de Manchester no es un caso aislado. Como escribe Matt Goodwin, “las instituciones políticas, culturales y de los medios de comunicación han sido tomadas por una minoría de graduados de élite que tienden a compartir los mismos antecedentes, fueron a las mismas escuelas, a las mismas universidades, comparten los mismos valores”. Esos valores son, en gran medida, progresistas y de izquierdas.

Este punto de vista está muy arraigado dentro de las poderosas instituciones que dominan las artes y la cultura; de hecho, es difícil pensar en una sola institución en Gran Bretaña que no haya pivotado hacia una ideología progresista de un tipo u otro. Muchas eran antes políticamente neutrales, pero ahora se han convertido en armas para promover una agenda “liberal” concreta”.

El gran éxodo

Esto ha provocado un gran éxodo de conservadores de la vida pública. Enfrentados a un entorno hostil, la mayoría opta por trabajar en sectores más rentables. Los conservadores están demasiado interesados en el dinero”, como escribe Janan Ganesh, “para ganar la guerra cultural”. Incluso los que sirven no duran mucho; Sir Roger Scruton, Katharine Birbalsingh y Toby Young son sólo algunos ejemplos de conservadores de alto perfil que se han visto obligados a retirarse de los nombramientos públicos.

Sorprendentemente, los ministros conservadores han vuelto contra sí mismos una de las armas más eficaces de su arsenal. Una gran parte de las instituciones que luchan contra las fuerzas conservadoras están, de hecho, financiadas por el Gobierno.

Por ejemplo, la Galería de Arte de Manchester -junto con The Whitworth y el Museo de Manchester- se embolsará la friolera de 4.881.168 libras en los próximos tres años por cortesía del Arts Council England. Es decir, un Secretario de Cultura conservador que permite que el dinero de los contribuyentes se utilice en arte criticando a un Ministro del Interior conservador.

Financiando los movimientos progresistas

Pero eso palidece en comparación con la ambición del propio Consejo de las Artes, con diferencia el mayor receptor de fondos para las artes en el Reino Unido. El 80% de los 1.340 millones de libras en subvenciones que tiene previsto conceder de aquí a 2026 procede de los contribuyentes, y sin embargo también ha sido “capturado y degradado por activistas”, cuyas prioridades son políticas y no artísticas.

Al margen de las artes, el gobierno financia a Stonewall, la organización en el centro del debate trans, con más de un millón de libras al año. El UKRI ha gastado 27 millones de libras en proyectos “despilfarradores”, entre los que se incluyen “una investigación que pretende descolonizar colecciones de música y esculturas y un proyecto que explorará la representación del género y de las personas LGBTQI+ en las historias de los castillos”. El NHS gasta más de 8 millones de libras al año en trabajos de diversidad e inclusión; Whitehall gasta 12 millones. Eso por no hablar del millón de días laborables al año que pierde la administración pública en formación sobre igualdad y diversidad que no funciona.

7.000 millones de libras al año

El informe del Partido Conservador Defunding Politically Motivated Campaigns (Desfinanciación de las campañas de motivación política) calculó que el gasto total de todo el gobierno en actividades de motivación política ascendía a la asombrosa cifra de 7.000 millones de libras al año. Que un gobierno conservador financie cada día con casi 20 millones de libras a todo un sector armado contra los valores conservadores no es sólo una mala táctica, es una fragilidad.

Cualquier futuro gobierno conservador que esté realmente interesado en arrebatar el control de la esfera pública a los progresistas va a tener que aprender de los errores de Westmoreland y luchar donde importa. Eso significa desafiar el consenso político que ha permitido que el “artivismo” prospere con fondos gubernamentales.

Desde que llegaron al poder, los conservadores se han ceñido rígidamente a la estrategia del Nuevo Laborismo que Peter Burnham denomina “la política de la despolitización”. La describe como “el proceso de alejar el carácter político de la toma de decisiones”, en el que “los gestores estatales conservan el control de los procesos económicos y sociales cruciales, al tiempo que se benefician de los efectos distanciadores de la despolitización”. Pero con organizaciones como el Consejo de las Artes en manos de los opositores, ésta ya no es una estrategia viable. Los conservadores van a tener que hacer lo que Westmoreland no pudo: adaptarse.

El señuelo de la cultura

El artista Alexander Adams, entre otros, ha recomendado simplemente abolir el Consejo de las Artes, conservando la financiación central para “instituciones y prácticas culturales heredadas en las que las donaciones benéficas, el patrocinio y los ingresos no sean suficientes o lo bastante consistentes para su mantenimiento”. Estos Fondos del Patrimonio Nacional servirían para proteger y apoyar los cimientos de la tradición cultural británica, sin que la financiación se utilizara también para impulsar agendas políticas.

Este planteamiento tiene mucho de encomiable. La preservación de las instituciones culturales tradicionales y heredadas debería ser importante para cualquier conservador, pero eso no es excusa para un programa de propaganda política patrocinado por el gobierno: los conservadores no pueden permitir que se les obligue a pagar por una cosa para proteger la otra. Hay que separar la infraestructura encubierta de las aldeas y pueblos; de lo contrario, como Westmoreland, habremos entregado el único campo de batalla que importa. Y antes de que nos demos cuenta, estaremos cogiendo el último helicóptero que salga de Saigón.

El momento idóneo para dar la batalla cultural

La política española ha dado un giro inesperado en apenas unos días. La convocatoria electoral en la Comunidad de Madrid trae consigo un efecto ineludible: la posibilidad de ampliar el campo de la razón desde la ‘derecha ausente’ e impulsar, del lado de la coherencia, la batalla cultural. Todo esto a partir de la comprensión lógica del debate y la política bien entendida. Aquella política como instrumento que alcanza un determinado fin, como la herramienta capaz de cambiar o mejorar las cosas. Porque, precisamente, éstas no se modifican desde la arena social, que es desde donde la radicalidad demostrada encuentra su cómodo asidero.

Más allá de las torpezas y las traiciones explotadas como espectáculo desmañando, impera el resultado: una convocatoria que obliga a marcar posiciones, sobre todo, para aquellos que quieren o pretenden sobrevivir a la vorágine de los acontecimientos y, por su puesto, a sus propios actos. Uno de ellos es Pablo Iglesias, el líder de masas insatisfechas que busca reactivar a sus votantes y salvar su partido de la debacle que parece previsible.

Pero esa es la escena superficial y, probablemente, el verdadero impulso de su decisión cuyo efecto, por supuesto, no es menor. Pero Pablo Iglesias entiende los hechos, calcula, discierne y actúa en consecuencia, por él y su aliento político. Esto es, su ideología, aunque nefasta sea. Es lo que le diferencia de Pedro Sánchez, que tiene por ideología él mismo y su espejo. Nadie puede restar importancia al aparente papel de caudillo que interpreta Iglesias en cada situación, especialmente cuando se trata de dar la batalla desde las trincheras. Ahí es donde le gusta estar porque es, sin duda ni reparo, lo que mejor sabe hacer. Cuestiones como cuadrar los presupuestos, cumplir las reglas que impone Europa o ampliar los consensos con otros actores sociales y políticos no son parte de su acerbo dogmático y, por lo tanto, de su forma de ver la realidad y entender la política como aquel, reitero, instrumento noble.

Porque la izquierda que ahora gobierna España entiende bien acerca del problema: la limpieza de la historia a partir del blanqueamiento de sus propias culpas; la apropiación del lenguaje y la moral sobre lo que es bueno y bello; el modelado de la realidad desde el engaño y la radicalidad sincera; y la movilización entendida como el enfrentamiento directo en base a la lógica amigo/enemigo.

Por esa razón, el líder de Podemos aterriza en la arena cual de gladiador se tratase, amparándose de la falaz responsabilidad que le debe a su pueblo, para intentar disputarle la presidencia de la Comunidad de Madrid a Isabel Díaz Ayuso o, al menos, el liderazgo al aletargado Partido Socialista de la capital. Es ahí donde Iglesias se siente más cómodo aún, porque interioriza conscientemente la relación entre la violencia y la política. Porque su proyecto encarna la vieja idea de ruptura del orden constitucional que se ve en desventaja y en inminente riego frente al racionalismo que refleja la posición de la presidenta en funciones.

Y es a partir de ese contexto y con la claridad suficiente donde se debe enfrentar sin miedo ni complejos al proyecto de hegemonía y ruptura de la izquierda española en defensa de una idea que es lo suficientemente poderosa para arriesgar lo avanzado: la libertad. Con la firmeza suficiente para enfrentar la doble moral de la que se ha apropiado la izquierda y con mensajes claros y contundentes se puede poner en evidencia la realidad que no quieren asumir los más irresponsables ¿Por qué la izquierda decide qué es lo moderado y quien representa a los radicales? ¿Por qué se tiene que asumir que España es un país de izquierda donde la derecha solo gobierna cuando aquella se lo permite?

Y bajo dos importantes premisas para mantener el poder. Por un lado, ensanchar el campo de la derecha racional aludiendo a los resultados de la gestión de la presidente en la Comunidad de Madrid -la izquierda nunca lo reconocerá, pero los votantes de centroderecha, sí- y, por otro, procurar una unidad posible del centro y la derecha bajo un mensaje común, acreditado por ideas también comunes, por propuestas y sus resultados.