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Etiqueta: Guerra

¿Recibieron Turquía y Siria un impulso económico con el terremoto?

Lawrence W. Reed. Este artículo ha sido publicado originalmente en FEE.

Tras el terrible terremoto que asoló Turquía y Siria en febrero, un mito recurrente reclama la sabiduría de Frédéric Bastiat. ¿Quién puede olvidar las impresionantes escenas de devastación: edificios reducidos a montones de escombros, carreteras levantadas y retorcidas, casas arrasadas por el fuego, decenas de miles de muertos y heridos?

¿La destrucción es la creación?

Siempre que ocurren cosas tan malas, alguien afirma que, desde el punto de vista económico, las cosas malas pueden ser realmente buenas. La destrucción, argumentan, requerirá reparaciones y eso significa la creación de nuevos puestos de trabajo. Las catástrofes estimulan la actividad económica, convirtiendo al menos parte del dolor de las pérdidas iniciales en una bendición nacional. O eso nos dicen.

Tras el terrible terremoto que sacudió Kobe (Japón) en enero de 1995, Nicholas D. Kristof publicó lo siguiente en el New York Times: “A pesar de la devastación, algunos expertos dijeron que en cierto modo el terremoto podría dar un impulso a una economía que lucha por recuperarse de una larga recesión”. El gasto necesario para reconstruir el puerto de Kobe, escribió, “puede dar un estímulo a la economía de Japón”. Espero que el Sr. Kristof haya leído algo de Bastiat en los años transcurridos desde entonces.

Una mala idea antigua

Esta noción de que la destrucción es un estímulo económico no es nueva. Después de la Segunda Guerra Mundial, algunos de los que examinaron los restos de Europa Occidental argumentaron que el esfuerzo de reconstrucción levantaría la economía continental. Reflexionando sobre aquellos años, el Primer Ministro británico Harold Wilson explicó una vez el rápido ascenso de Alemania y el estancamiento de Gran Bretaña en estos términos: Alemania tuvo la suerte de que su capacidad manufacturera quedara totalmente aniquilada, mientras que Gran Bretaña seguía utilizando plantas que habían sobrevivido a la guerra. La implicación era que Gran Bretaña estaría mejor hoy si tan sólo Alemania hubiera lanzado muchas más bombas sobre ella en la década de 1940.

Cuando las inundaciones del Medio Oeste de Estados Unidos dejaron tras de sí miles de millones de dólares en pérdidas materiales en 1993, el entonces Secretario del Tesoro de Estados Unidos, Lloyd Bentsen, declaró abiertamente que la economía del país recibiría un saludable estímulo como consecuencia de ello. Pero es difícil imaginar que los supervivientes de estos terribles sucesos se consuelen con tales garantías. “Me alegro mucho de que mi casa fuera arrasada porque ahora tengo la oportunidad de reconstruirla y estimular la economía”, no es una opinión muy extendida, estoy seguro.

Frédéric Bastiat

Hace casi dos siglos, el economista y estadista francés Frédéric Bastiat enterró este error al contar la historia de una ventana rota. Un joven lanza un ladrillo a través del escaparate de una panadería. Una multitud se reúne alrededor del cristal roto, enfadada por el crimen del delincuente y apenada por la pérdida del panadero, hasta que un extraño pasa por allí y declara: “¡Esto es una bendición! Ahora el panadero comprará una ventana nueva, lo que significará más negocio para el cristalero, que a su vez extenderá la prosperidad en todos los círculos”. Si la multitud creyera realmente al forastero, iría a romper otras ventanas de la ciudad para crear aún más prosperidad.

En palabras del propio gran francés,

Lo que no se ve es que si él [el panadero] no hubiera tenido una ventana que sustituir, podría haber reemplazado sus zapatos gastados o añadido un libro a su biblioteca. En resumen, habría utilizado sus seis francos para un fin que ya no podrá.

Frédéric Bastiat

Bastiat enterró el error pero, como Drácula, siempre hay alguien que lo vuelve a desenterrar.

Lo que es perjudicial o desastroso para un individuo, demostró Bastiat, también lo es para el conjunto de individuos que forman una nación. Nadie podría pensar que una catástrofe natural es una ventaja económica si piensa en primer lugar en las personas cuyos bienes han sido arrasados. El problema de todo esto es que algunas personas no utilizan la cabeza para pensar. Se fijan en un árbol o dos e ignoran el bosque.

Usos alternativos

Pensemos en un ladrón que va casa por casa robando todo el botín que encuentra y luego se lo gasta en el centro comercial local. El hecho de que los propietarios de las tiendas aprecien su negocio no significa que haya ayudado a toda la economía. Cada dólar que el ladrón gasta en el centro comercial es un dólar que no pueden gastar las personas a las que realmente pertenece el dinero.

Si a los ciudadanos de Turquía y Siria les cuesta cien mil millones de dólares reconstruir, son cien mil millones que no tendrán para otras cosas. Mucho se perdió para siempre porque era sencillamente insustituible a cualquier precio. Cualquiera que se limite a observar el aumento de la actividad en el sector de la construcción a medida que la gente gasta para reconstruir y concluya que un terremoto es una especie de bendición económica, no está viendo el panorama completo.

El hecho de que algunas personas que deberían saberlo mejor sigan viendo bendiciones en la destrucción es un indicio de que tenemos mucho que aprender sobre economía. Si Bastiat pudiera hablarnos hoy, probablemente suspiraría, frunciría el ceño y declararía: “¡Ya os lo expliqué hace mucho tiempo!”.

Los retos que plantea bitcoin a la defensa: ¿software o softwar?

Este texto se corresponde con la ponencia pronunciada el 15/11/2022 en la Cátedra Extraordinaria de Derecho Militar de la Universidad Complutense de Madrid junto al Ministerio de Defensa: “Los retos que plantea Bitcoin para la Defensa: incensurabilidad en las transacciones, interés estratégico, relevancia geopolítica. ¿software o softwar?”

Imaginemos un General de Caballería medieval sentado en su despacho el cual es interrumpido por un joven que ha viajado a Asia, donde quedó impresionado por el empleo de un polvo negro. El joven considera que aquello que tiene que transmitirle al General es de vital importancia no solo para el ámbito militar, sino para toda la sociedad en su conjunto. El General, tras décadas de hacer la guerra, dirigir a sus hombres, y lidiar con todo tipo de adversidades, al ver a aquel joven tan preocupado y entusiasmado con un polvo negro seguramente se echaría a reír, lo menospreciaría y pensaría que el joven está bajo los efectos de alguna droga. Pero lo que vio en Asia era el empleo de la pólvora, que no era más que un polvo negruzco, pero que terminó por transformar la forma en la que se hacía la guerra, se organizaban los ejércitos y las ciudades. Las murallas que defendían las ciudades durante siglos serían derribadas en poco tiempo. Las órdenes de caballeros que gozaban de inmenso poder serían barridas por el uso de infantería con mosquetes y arcabuces. El honor en la guerra se acabó.

La pólvora provocó en gran medida el paso a la Era Industrial, al cambiar la forma de proporcionar seguridad a las industrias emergentes, de forma centralizada y por eficacia. Ahora nos encontramos en el fin de la Era Industrial y en la transición a la Era de la Información. En el Ciberespacio, un nuevo dominio como la tierra, el mar, el aire y el espacio exterior, el Estado no tiene soberanía. En él es un agente más, no el Señor que impone su criterio. Es un dominio crucial para la nueva estrategia militar de guerra multidominio, sin control del Ciberespacio nos quedamos ciegos en todos los demás ámbitos.

Los primeros conquistadores del Ciberespacio fueron los Cypherpunks, un grupo de criptólogos, matemáticos, informáticos y especialistas en diversas áreas. Uno de ellos, John Perry Barlow, escribió la Declaración de Independencia del Ciberespacio en 1996:

“Gobiernos del Mundo Industrial, vosotros, cansados gigantes de carne y acero, vengo del Ciberespacio, el nuevo hogar de la Mente. En nombre del futuro, os pido en el pasado que nos dejéis en paz. No sois bienvenidos entre nosotros. No ejercéis ninguna soberanía sobre el lugar donde nos reunimos. […] El Ciberespacio está formado por transacciones, relaciones, y pensamiento en sí mismo, que se extiende como una quieta ola en la telaraña de nuestras comunicaciones. Nuestro mundo está a la vez en todas partes y en ninguna parte.”

La OTAN tardó 14 años desde la Declaración en constituir una estrategia de ciberdefensa con la División de Desafíos Emergentes de Seguridad. En España hasta 2013 no se desarrolló el Mando Conjunto de Ciberdefensa, que desde 2020 se conoce como el Mando Conjunto del Ciberespacio.

Los Cypherpunks querían recuperar la privacidad en el ámbito digital, en el cual era problemático pues entendían la privacidad como revelarse selectivamente, y en Internet al haber normalmente un proveedor del servicio siempre hay un tercero observando mínimo: el proveedor del servicio. Si en una habitación hablamos en privado, nadie más tiene por qué conocer este mensaje si no lo revelamos selectivamente. Si pagamos en una tienda con efectivo, el tendero no tiene por qué saber nuestra identidad, ni el emisor del efectivo saber qué hemos comprado, a quién ni cuándo. Sin embargo, si enviamos un correo o un mensaje a través de un servicio de comunicaciones digital, o pagamos con nuestra tarjeta de débito, suprimimos nuestra capacidad de revelarnos selectivamente, acabamos con la privacidad.

También ellos fueron los primeros en percatarse de ello, y por eso se pusieron a trabajar en conseguir tanto mensajes cifrados como efectivo electrónico, algo distinto al dinero digital. Para lo primero emplearon un remailer anónimo, conocido como La Lista de Correos Cypherpunk. El primer correo enviado a la Lista fue una ponencia de Chuck Hammill en la Conferencia del Futuro de la Libertad de 1987, De las Ballestas a la Criptografía:

“La tecnología representa una de las vías disponibles más prometedoras para recuperar nuestras libertades de aquellos que las han robado. Por su propia naturaleza, favorece a los brillantes (aquellos que pueden ponerla en práctica) frente a los aburridos y con poco interés (aquellos que no pueden). Favorece a los que se adaptan (que son rápidos para ver lo nuevo) frente a los perezosos (que se aferran a los métodos probados por el tiempo)

Y… ¿Qué dos palabras pueden describir mejor la burocracia gubernamental que aburrida y lenta?

[…]

Uno de los triunfos más claros y clásicos de la tecnología sobre la tiranía, es la invención de la ballesta portátil. Con ella, un campesino no entrenado podía atacar un objetivo a cincuenta metros, de forma totalmente fiable y letal incluso si ese objetivo fuera un caballero montado con su cota de malla. […] Además, dado que los únicos caballeros montados a caballo que visitarían al campesino medio serían los soldados del gobierno y los recaudadores de impuestos, la utilidad del dispositivo era clara: Con él, la plebe podía defenderse a sí misma de tanto de otros atacantes como de sus amos gubernamentales. […] Si observamos la evolución posterior, vemos cómo la tecnología, por ejemplo como el arma de fuego, en particular el rifle de repetición y el revólver, seguidos más tarde por la ametralladora Gatling y otras armas de fuego sofisticadas, alteró radicalmente el equilibrio del poder interpersonal e intergrupal. No sin razón el Colt  del 45 fue llamado «el igualador».”

Los Cypherpunks vieron muy rápido cómo la criptografía fuerte era una herramienta que permitía cambiar la lógica de la violencia, el coste de defendernos y atacar, y los rendimientos o retornos de emplear la violencia.

No obstante, no todos se consideraban “criptoanarquistas”, ni “punks”. En 1993, Perry E. Metzger dejaba clara su aversión al empleo del nombre porque a su juicio provocaba las connotaciones equivocadas, dando a entender que son criminales y no gente preocupada por la privacidad como herramienta para preservar mejor la libertad personal. Contó con el apoyo de Nick Szabo: “Estoy de acuerdo con Perry en que “cypherpunks” es una mala etiqueta cuando este tipo de cuestiones se plantean en público, y también añadiría “cripto-anarquía”. Nuestro principal “tema de conversación” es la privacidad, y otras cosas menos populares es mejor mantenerlas en privado”. En 2008 Perry creó la Lista de Correo de Criptografía. En junio de ese mismo año, Nick Szabo publicaba en su blog su artículo Estado vs. Anarquía, la falsa dicotomía, en la que incidía en su crítica: “Aquellos de nosotros que nos gustaría reducir en gran medida los poderes brutales y derrochadores de los gobiernos modernos nos hacemos un gran perjuicio al adoptar el término estatista “anarquista”. La anarquía es el coco de los estatistas. Un libertario que se hace llamar “anarquista” es como un agnóstico o un ateo que se hace llamar “satanista”. No busque opuestos imaginarios, sino alternativas reales”.

Una vez conseguidas formas de comunicarse de manera privada, se hacía necesario conseguir formas de transaccionar de manera privada: el efectivo electrónico.

Varios fueron los intentos: eCash, b-money, BitGold; finalmente, y tras décadas de trabajo por su parte, el 31 de octubre de 2008 Satoshi Nakamoto dejó en la Lista de Correo de Criptografía el Whitepaper de Bitcoin: “He estado trabajando en un nuevo sistema de efectivo electrónico que es totalmente peer-to-peer, sin un tercero de confianza. Las principales propiedades: se evita el doble gasto con una red peer-to-peer. Sin terceras partes de confianza. Los participantes pueden ser anónimos.”

Con Bitcoin no se consigue solo efectivo electrónico, sino que, al conseguir una forma de transaccionar y atesorar valor en el Ciberespacio sin el tercero de confianza, se crea el primer y único activo real digital, hasta el momento, y se redefine el derecho de propiedad, haciéndolo absoluto al depender del conocimiento de las claves privadas.  Bitcoin resuelve los problemas históricos del doble gasto y del tercero de confianza (problema de los generales Bizantinos), y con ello se consigue el primer activo digital incensurable y el primer activo inconfiscable.

Un cambio de tal magnitud necesariamente provocará cambios en la Defensa y en la forma de organizarnos socialmente, al igual que lo hizo la pólvora en su momento. El uso armamentístico de la pólvora tardó siglos en desarrollarse, y las primeras armas eran pájaros con una bolsa de pólvora atada al cuello que se lanzaban como proyectiles a las estructuras de madera de los enemigos para incendiarlas. Seguramente, a día de hoy no sepamos exactamente el impacto que tendrá Bitcoin en la Defensa, la geopolítica y su relevancia estratégica. Sin embargo, al igual que aquel joven que iba a visitar al General, me veo obligado a llamar la atención sobre Bitcoin para que reflexionemos sobre los cambios que puede producir la incensurabilidad e inconfiscabilidad de un activo diseñado para preservar valor en periodos largos de tiempo, y analicemos sus posibles implicaciones en todos los ámbitos.

De forma similar a especular desde la propia Edad Media sobre los cambios que produciría la pólvora, considero que debemos especular sobre los cambios que producirá Bitcoin para prepararnos mejor para ellos. Sin tratar de hacer un numerus clausus, pensemos en las posibilidades de financiar el terrorismo, en la facilidad para realizar sobornos privados a funcionarios, la venta de secretos de Estado, inducir a falta de diligencia debida, extorsiones que pidan rescates en Bitcoin, la posibilidad de comerciar de países con embargos como Corea del Norte, Irán o Cuba; las ventajas que proporciona a los ciudadanos para salirse del sistema, para tener mayor poder de negociación con el Estado y tener riqueza fuera de sus manos; su posible revalorización dará mucho más poder a aquellos Estados que lo atesoren frente a aquellos que lo persigan y “prohíban”.

Con la pólvora la moralina sobre la pérdida del honor en la guerra y los argumentos de que afectaba al poder constituido y a la jerarquía social fueron rápidamente desplazados por su éxito. Aquellos que atrajeron a los especialistas en su uso, a los diseñadores de armas, a los comerciantes, prosperaron; los que la persiguieron y prohibieron perdieron su hegemonía. Con Bitcoin veremos lo mismo. Por ello lo más inteligente es promover el desarrollo de la industria, atraer inversiones, aprender a utilizar las herramientas que posibilita, los desarrolladores, las empresas de minería, en definitiva, ser un país Bitcoin-friendly. Con todo ello, además, vendrán especialistas en ciberseguridad, lo cual es una prioridad nacional.

En Estados Unidos, la Space Force tiene entre sus filas a un investigador que está realizando su tesis en el MIT sobre las implicaciones para la Defensa de Bitcoin, Jason Lowery:

“Pero, ¿qué pasa con las cosas que la sociedad puede cambiar? ¿Tiene la sociedad la sabiduría para reconocer la diferencia entre las cosas que pueden y no pueden cambiar? Suponiendo que tengan esa sabiduría, ¿podemos esperar que la sociedad reúna el coraje para hacer el cambio? Soy optimista sobre esto; creo que podemos. Este optimismo es la razón por la que dediqué mi tiempo a desarrollar una teoría fundamentada sobre Bitcoin. Creo que comprender la importancia sociotécnica de los activos digitales de prueba de trabajo y la importancia estratégica nacional de Bitcoin es fundamental para desarrollar la sabiduría que necesitamos para ver la diferencia entre lo que podemos y no podemos cambiar, y reunir el coraje que necesitamos para cambiarlo.

[…] Hay importantes implicaciones de seguridad estratégica nacional de Bitcoin, el protocolo de defensa de activos digitales de prueba de trabajo más adoptado del mundo. Las superpotencias cinéticas de hoy deberían tomar Bitcoin extremadamente en serio y reunir toda su capacidad para producir una política estratégica responsable que realmente entienda esta tecnología por lo que es, y posicione a su nación para prosperar en esta nueva era de competencia de poder estratégico. Como todos los ejemplos de cuándo surgió la nueva tecnología de proyección de poder en la historia, el futuro de la guerra digital dependerá en gran medida del camino; las primeras naciones en adoptarlo serán recompensadas asimétricamente, y probablemente no habrá segundas oportunidades”. Jason Lowery, Preservación Mutua Asegurada)

Nuestras sociedades se deben preparar para estar mejor posicionadas ante las ventajas y riesgos y realizar una adecuada estrategia nacional. La OTAN tardó 14 años en prestarle atención al Ciberespacio, justo los años que acaba de cumplir Bitcoin. Trabajemos juntos por un futuro mejor para nuestras sociedades, con las nuevas tecnologías que se nos presentan.

No es solo Putin: las tres decisiones de Sánchez que han disparado el precio de la energía.

Impagos al sector renovable, apuntalamiento de la moratoria nuclear, rechazo frontal al petróleo y al fracking…

El coste energético se ha disparado y se prevé un duro invierno en hogares y en el sector productivo.

Con los precios de la energía por las nubes, la estrategia del gobierno de España ha quedado en evidencia. Sin embargo, la respuesta del Ejecutivo ha sido centrarse en el efecto que está teniendo la invasión rusa de Ucrania. El problema es que, ligando todo el debate al conflicto desatado por Vladimir Putin, el debate público se empobrece notablemente y se ignoran los factores de fondo que explican lo que está pasando.

No en vano, por mucho que el “chantaje” energético de Putin esté haciendo mucho daño, es evidente que el encarecimiento de la energía no es cosa reciente, sino una tendencia que viene desarrollándose desde hace muchos años y que está golpeando de forma directa a la competitividad de las empresas y el poder adquisitivo de las familias.

Así, el gobierno de Pedro Sánchez ha cometido al menos tres ‘pecados capitales’ en materia energética. Son los siguientes.

1. Incertidumbre regulatoria en las energías renovables

A priori, la única apuesta firme del gobierno de Pedro Sánchez en lo tocante a la energía es la referida a las energías renovables. Sin embargo, aunque PSOE y Podemos insisten en presentarse como defensores de una “agenda verde” que potencia estas formas de producción más sostenibles, lo cierto es que el clima regulatorio en el que opera este subsector está marcado por una incertidumbre muy preocupante.

De sobra es sabido que, antes de la Gran Recesión, el gobierno español ofreció un generoso sistema de incentivos a quienes invirtiesen en estas tecnologías. Sin embargo, tras el estallido de la crisis, nuestro país retiró las primas de forma retroactiva, desatando una oleada de denuncias que han derivado en decenas de arbitrajes internacionales que se han resuelto a favor de los inversores denunciantes y en contra de los presupuestos que venía manteniendo el Ejecutivo.

Al conocerse estas sentencias, el gobierno de Pedro Sánchez se ha puesto de perfil y se ha negado a cumplir con los pagos que tiene pendientes. Esta incomprensible postura ha hecho que el crecimiento de las renovables en España se sitúe ahora cuatro veces por debajo del promedio mundial, con la inversión extranjera por los suelos.

De modo que, si el gobierno de España quiere expiar el primero de sus pecados, debe tomarse en serio su propio discurso en materia de energías renovables, cumplir los pagos que determinan los arbitrajes internacionales y garantizar un marco regulatorio que blinde y proteja la inversión en el sector.

2. Frenazo al desarrollo del sector nuclear

Que la tecnología nuclear es fundamental para el futuro es algo que ya no discute prácticamente nadie. La taxonomía elaborada por la Unión Europea va más allá y reconoce que esta tecnología de producción energética debe ser considerada como una fórmula “verde” totalmente compatible con los objetivos medioambientales que viene fijando Bruselas.

La nuclear ofrece un suministro estable a un precio competitivo, motivo por el cual son muchos los gobiernos de Europa y el resto del mundo que están avanzando en esta dirección, abriendo nuevas plantas e invirtiendo en nuevos reactores. Ahora mismo, hay 485 nuevas centrales proyectadas a lo largo y ancho del globo, de modo que la capacidad de producción nuclear se va a duplicar.

Sin embargo, el gobierno de Pedro Sánchez no ha movido ficha y sigue instalado en su “no es no” a la nuclear. Incluso el partido ecologista que forma parte del gobierno alemán se ha abierto a la necesidad de extender este tipo de operaciones, en línea con lo que han hecho otros líderes de izquierdas como Joe Biden, presidente de Estados Unidos, o Alberto Fernández, jefe de gobierno en Argentina.

Por tanto, parece lógico seguir la senda que están explorando la inmensa mayoría de países de nuestro entorno y plantear dos líneas de trabajo, que serían por un lado la prórroga de la operativa de las centrales que siguen operando y, por otro lado, la instalación de nuevas plantas de producción.

3. Veto al petróleo y al fracking

Por si no fuese suficiente, el Ejecutivo no ha querido saber nada de los yacimientos petroleros cercanos a Canarias. Como es sabido, la Ley 7/2021 de Cambio Climático y de Transición Energética, aprobada por el gobierno socialista del archipiélago, establece la prohibición de realizar prospecciones petrolíferas y obliga a cerrar las instalaciones del sector antes de 2042. Conviene recordar que las últimas exploraciones realizadas por Marruecos han encontrado yacimientos de crudo valorados en 110.000 millones de euros frente a las costas de Lanzarote y Fuerteventura.

Pero Pedro Sánchez no solo se cierra al petróleo: tampoco quiere saber nada de gas natural generado vía fracking. Con este planteamiento, el Ejecutivo sigue a renglón seguido el plan de Vladimir Putin, que se ha cuidado de financiar las campañas de oposición a este tipo de producción energética, puesto que su desarrollo reduciría enormemente la influencia rusa en Europa. El veto al fracking tiene un coste notable, puesto que los yacimientos existentes en nuestro país cubrirían 70 años de demanda, con los actuales niveles de consumo.

El desarrollo de la fracturación hidráulica en Estados Unidos fue especialmente intenso bajo la presidencia de Barack Obama y sigue desarrollándose con Joe Biden en la Casa Blanca. Lo mismo ha ocurrido en Canadá con Justin Trudeau al frente de su gobierno. De modo que, más allá de nuestras fronteras, los líderes de la izquierda política adoptan posturas pragmáticas en relación con esta técnica de extracción. En el caso de Estados Unidos, el crudo producido en Estados Unidos aumentó su cuota de mercado entre 2008 y 2013, pasando del 40% al 65%. En ese mismo periodo, las emisiones de CO2 per cápita revirtieron a niveles propios de los años 60. Por tanto, los objetivos climáticos que Sánchez esgrime como argumento para rechazar el fracking no solo no son incompatibles con dicha técnica, sino que pueden encajarse a la perfección.

Guerra sobre Taiwán: ¿Fatalismo o realidad?

Tras los acontecimientos vividos en la última semana con la visita de Nancy Pelosi a Taiwán, la relación entre las dos superpotencias que representan China y EEUU se ha recrudecido hasta extremos insospechados. Los movimientos militares del gigante asiático sobre Taiwán a lo largo de los últimos días han activado las alarmas de multitud de analistas geopolíticos internacionales y de algunas de las principales instituciones encargadas de salvaguardar la paz a nivel global. Aun así, como suele suceder con asuntos tan complejos, no existe un consenso en torno a la cuestión de la posibilidad de una guerra entre ambos países e incluso sobre el ritmo de desacoplamiento en el plano de las relaciones internacionales entre ambas potencias. Mientras hay analistas que tildan a otros de fatalistas por plantear que la posibilidad de una guerra entre China y EEUU es muy real, otros creen que Occidente sigue sin querer afrontar la realidad del nuevo escenario de relaciones geopolíticas que, cada vez de manera más clara, se deja entrever a escala mundial.

Es normal tener la sensación de la existencia permanente de una guerra fría entre China y EEUU a lo largo de las más recientes décadas, ya que desde la incorporación del gigante asiático a la Organización Mundial del Comercio (OMC) en 2001, las relaciones entre este país y las principales potencias occidentales no ha sido nada fácil. De hecho, el asunto de Taiwán no es en absoluto nuevo, como tampoco lo es el choque de posturas entre EEUU y China sobre el asunto desde, al menos, la década de 1950. Todo ello no significa que la agresividad de la confrontación sobre el asunto no haya variado ni la intensidad de las posturas de ambas potencias se haya acrecentado.

En primer lugar, todos coincidiremos en que no es normal que China prolongue los ejercicios militares sobre Taiwán cerca de una semana y, por ello, no se debe tratar el escenario actual como la mera continuación de una disputa geopolítica cuyo escenario y posturas se encontrarán previamente establecidos. Esta vez hay multitud de elementos que tornan el escenario actual en algo distinto a lo que hemos vivido durante las últimas décadas.

Una guerra entre China y EEUU hoy en día no es sólo posible, sino probable. Esto no quiere decir que sea inminente, sino que la situación se ha vuelto mucho más inestable que hace meses y que eventos que antes podían ser controlados, en caso de suceder ahora mismo podrían ser la chispa para la mecha que conduzca al enfrentamiento armado entre ambos países.

Desde luego, la retórica y la narrativa del gobierno chino durante los últimos días no ayuda en absoluto a calmar los ánimos sobre la posibilidad de una guerra entre ambos países. Mientras que los predecesores de Xi Jinping trataron el asunto de manera menos directa, desde la llegada del actual Presidente chino al poder el nacionalismo belicista ha marcado el ritmo de las confrontaciones con EEUU sobre Taiwán. Un ejemplo muy claro al respecto, sucedido la pasada semana tras la visita de Nancy Pelosi a Taiwán, fue la reacción del embajador chino en EEUU, quien subió un vídeo a Twitter en el que el Ejército Popular de Liberación (EPL) aparecía rodeado de misiles balísticos, mientras de fondo se escuchaban sirenas y cánticos de guerra típicos de las tropas chinas. No hace falta ser un analista demasiado perspicaz para percatarse del claro mensaje del embajador chino: China está dispuesta y preparada para defender lo que considera su integridad territorial a través de la fuerza.

La intensificación de las posturas de unos y otros ha sido lo que ha conducido a la brecha que en la actualidad existe entre ambas potencias y que podría llegar a un escenario de confrontación armada. Ejemplo de ello es, tal y como comentábamos en párrafos anteriores, la intensificación de la postura de China con respecto a Taiwán y la mayor agresividad de sus mensajes y acciones desde la llegada de Xi Jinping al poder. Desde 2012 China ha establecido multitud de nuevas bases en el mar del sur e incluso algunos enfrentamientos armados han terminado con multitud de muertos de tropas chinas e indias. La escalada militar de China durante los últimos años y en la actualidad es imparable, hasta el punto de que ya supera a EEUU en unidades de buques de guerra.

Algunos predecesores del actual Presidente chino incluso llegaron a calificar la potencial reunificación con Taiwán como un evento a largo plazo y que debía forjarse lentamente. El escenario desde entonces ha cambiado de manera notoria, con Xi Jinping diciendo públicamente que la reunificación con Taiwán es una misión histórica que no puede transferirse de generación en generación, remarcando claramente la necesidad de que esta sea parte de su legado.

Por otro lado, cabe mencionar que la intensidad de la confrontación no solo ha acrecentado por parte de China, sino asimismo de EEUU. Biden ha sido el primer presidente americano en afirmar en mucho tiempo que EEUU estaría dispuesto a defender militarmente Taiwán en caso de que este sea invadido por tropas del EPL.

De hecho, esta ha sido una afirmación repetida en multitud de ocasiones, insistiendo en que a EEUU no le temblaría el pulso a la hora de ir a la guerra con China por defender a Taiwán. Para muchos contrasta esta postura con aquella más medida y moderada en el caso de la invasión rusa de Ucrania, sobre la cual Biden insistió en no intervenir directamente sobre el terreno por el riesgo que esto supondría para el desencadenamiento de una potencial Tercera Guerra Mundial. Multitud de analistas consideran que el duro posicionamiento y potencial respuesta bélica de EEUU con respecto a la cuestión de Taiwán se debe a que el gigante americano considera esta confrontación geopolítica como esencial en lo respectivo al escenario estratégico e ideológico en lo que resta de siglo XXI.

Taiwán por su parte ha reforzado su apoyo político a la independencia de la región, reeligiendo en 2020 como Presidente a Tsai Ing-Wen, líder pro-independencia de Taiwán y del principal partido. Este movimiento político está cogiendo fuerza de generación en generación, debido a que los jóvenes son progresivamente aquellos que más apoyan la independencia de Taiwán, lo cual proyecta a futuro una relación bilateral aún más conflictiva entre la región y el gobierno central chino.

Desde una perspectiva internacional, el apoyo a Taiwán es cada vez mayor, no solo por sus propias reivindicaciones, sino también por la opresión que se ha visto intensificada a lo largo de los últimos años en Hong Kong, y que justifica en gran parte los deseos de desconexión de Taiwán. Los taiwaneses no desean formar parte de una dictadura y así quieren hacérselo saber a Xi a través de altavoces internacionales como es EEUU.

A pesar de que el apoyo a Taiwán debe ser inquebrantable, en todo momento se ha de tratar de evitar un enfrentamiento armado en EEUU y China. Una guerra abierta entre ambos países por la cuestión de Taiwán no sería únicamente devastadora para esta región, sino asimismo para China y la economía mundial. Los muertos se contarían probablemente por cientos de miles y los refugiados por millones, provocando una ruptura de la paz y la estabilidad social a escala global, en un entorno ya de por sí complicado. La intervención armada de EEUU en este conflicto supondría, de facto, ni más ni menos que el comienzo de la Tercera Guerra Mundial. Es por ello por lo que es deber y responsabilidad de todos los agentes geopolíticos globales evitar a toda costa que este escenario se consolide.

Algunas cuestiones disputadas del anarcocapitalismo (LXIX): Sobre la guerra en Ucrania (III)

He leído un supuesto documento estratégico del gobierno ruso en el que se describen los objetivos que pretenden alcanzar con la invasión de Ucrania. Dado que parecen haber renunciado a sus objetivos originarios, “desnazificar” Ucrania e impedir la occidentalización de la misma impidiendo su entrada en la OTAN, parece que sus aspiraciones máximas pasan a ser las de controlar la costa del Mar Negro hasta conseguir la unión con el territorio no reconocido de Trandsnistria (algún día habrá que detenerse un poco en esta forma de estatalidad). Esto es. el objetivo ruso parece ser el de integrar a la Federación Rusa territorios poblados por hablantes de ruso o por gentes de cultura rusa. Este tipo de objetivos parecía algo totalmente natural a finales del siglo XIX y buena parte del siglo XX. Debido a las doctrinas de la geopolítica tan en boga en aquellos años, en el imaginario político se producía una suerte de identificación entre poderío político y económico y la cantidad de espacio que un determinado Estado podía controlar.

Si esto ha sido lo natural hasta ahora ¿en que consistiría el problema? Básicamente en que la posesión de tierra en poco afecta al buen desempeño de los estados modernos. El territorio es, en efecto, unos de los rasgos definidores del Estado moderno, tanto en lo que se refiere los recursos que posee como en la capacidad de proyectar poder en el ámbito de las relaciones internacionales, de tal forma que disponer de grandes extensiones territoriales era visto como uno de los rasgos que podrían garantizar la supervivencia de los Estados modernos.

Por ejemplo a Rusia se le presume fuerza simplemente porque es muy grande y cuenta con grandes cantidades de recursos energéticos y mineros, mientras que a muchos Estados europeos se les presume debilidad, simplemente porque son de pequeñas dimensiones y a pesar de que algunos de ellos, Andorra, por ejemplo, se cuentan entre los más antiguos del mundo.  Pero Rusia, a pesar de su gran extensión, sólo cuenta con un PIB global poco superior al español e inferior al Italiano y su debilidad se está poniendo cada vez más de manifiesto en la actual guerra con Ucrania, lo que parece mostrar más debilidad que fortaleza. Analicemos pues los nuevos escenarios espaciales y su relevancia a la hora de explicar el éxito o el fracaso económico de las naciones .

Lo primero es recordar que el concepto de espacio de control de los Estados se ha alterado sustancialmente en los últimos decenios. A los tradicionales dominios de tierra, mar y aire habría que sumar la capacidad de dominio primero del espacio exterior y segundo la del ciberespacio, que si bien tiene cierta base física ya opera al margen del tradicional territorio estatal, como bien saben los usuarios de criptomonedas y otros artefactos de los tiempos modernos en los que vivimos. Incluso para la seguridad y defensa estatal o privada son nuevos dominios en los que operar. Países como Estonia, además de sus ejércitos convencionales, fían cada vez más su defensa a herramientas de ataque y defensa en el ciberespacio. Estas modificaciones en el espacio están afectando sustancialmente a la propia definición de estatalidad y relativizando, por tanto, el papel que el territorio físico juega a la hora de entender el fenómeno estatal.

Putin no parece haberlo entendido bien. Quizás porque es de otra generación o quizás porque los modelos espaciales en los que se apoya siguen anclados en visiones antiguas de la geografía política al estilo de los grandes espacios de Carl Schmitt. Y como no lo ha entendido bien, actúa en consecuencia con los viejos parámetros. Busca proyectar fuerza a través del espacio y parece que ahogar geográficamente a la maltrecha Ucrania. Quiere, al viejo estilo, controlar los territorios que entiende tradicionalmente rusos y cerrar el Mar Negro a las exportaciones ucranianas. También, como buen geopolítico decimonónico, aborrece el enclave y busca unir bajo el estado ruso todas las poblaciones emparentadas, y recupera conceptos como los de corredor para integrar a la Tradsnistria. La imaginación espacial de los mapas sigue a jugar un papel relevante por desgracia en la política espacial, y más si se le suma que uno de los principales mentores de Putin (desconozco cual es su relación actual) no es otro que Alexander Dugin, con sus teorías euroasiáticas y sus cuartas teorías políticas. Este autor es uno de los geopolíticos clásicos más destacados de la actualidad centra sus doctrinas en el control del espacio físico, haciendo uso de determinismos geográficos tanto del espacio ruso como del europeo. El problema es que no entra o no quiere entrar en los nuevos dominios espaciales y esto lastra la visión estratégica del estado ruso y conduce a desastres como los actuales.

Analizaremos en primer lugar los cambios que se perciben en el espacio geográfico actual derivados de la globalización, que aunque maltrecha sigue a operar en buena medida. El fenómeno de la mundialización económica, esto es, la libre circulación de mercancías, capitales y personas, ha permitido a muchos Estados modernos florecer y prosperar económicamente sin necesidad de contar con grandes territorios sometidos a su jurisdicción. Es decir muchos estados pueden permanecer pequeños y aún así disponer de todos los recursos del mundo a cambio de los bienes y servicios que estos producen.

El fenómeno de las ciudades globales podría ser un buen ejemplo. Teorizadas por geógrafos como Parag Khanna  en su Conectografía o Christophe Guilluy  en No society (es su título en castellano), son grandes ciudades que viven en buena medida al margen delos territorios que las rodean. Las relaciones entre estas grandes urbes son más frecuentes y dinámicas entre sí que entre ellas y sus hinterlands. También las comunicaciones y las telecomunicaciones son muchas veces más fáciles. Pensemos por ejemplo en un habitante de Madrid o París que quiera visitar una pequeña localidad en el Bierzo o en el Bearn. Les es mucho más fácil y a veces más barato ir de una metrópolis a otra que viajar a su propio país. Y muchas veces lleva también menos tiempo. Estas grandes urbes consumen recursos de sus territorios, claro está, pero muchas veces sus importaciones lo son a nivel mundial. Un habitante de Londres no recurre para la mayoría de sus consumos a los recursos de la campiña inglesa y uno de Singapur, ni eso. El habitante de esta ciudad-estado adquiere prácticamente todo lo que necesita en los mercados mundiales. En definitiva, no requiere de un espacio propio bajo su soberanía para subsistir. Mucho me temo también que estas metrópolis consideran a sus espacios estatales casi como una especie de carga que tienen que soportar, en el sentido de que los valores políticos, culturales y económicos de ambos espacios difieren. Elecciones como el Brexit o la elección de Trump resultaron sorprendentes porque muchos urbanitas se dieron cuenta de que las poblaciones de sus estados no comparten sus mismos valores.

Con esto, lo que pretendemos transmitir es que la idea del territorio o el gran territorio como clave de la “fuerza económica” de un estado ha perdido mucha virtualidad. Disponer de grandes espacios, por muy dotados de recursos que estén, no garantiza casi nada a día de hoy si no hay una adecuada dotación de capital humano o físico para explotarlos.  Por consiguiente, integrar más tierras a un Estado no precisamente falto de ellas intuyo que tampoco aportará gran cosa, y mucho más si sus infraestructuras están derruidas y buena parte de la población no es afecta al nuevo estado, algo que incrementa los costes de ocupación y conquista.

Se dirá que se pueden explotar las minas u otros recursos naturales en beneficio de Rusia. Esto sólo podría tener cierta lógica si la producción con el nuevo régimen fuese más eficiente y a menor coste; algo que para nada está garantizado y que muy probablemente no se dé. De seguir la pauta habitual, la concesión de minas y recursos se ofrecería a oligarcas amigos del régimen. Pero como éstos no temen la competencia, no creo que realizasen una explotación provechosa de los mismos. Los costes de seguridad y la baja moral de trabajo de una población ocupada tampoco creo que contribuyan mucho a una buena gestión. Esos recursos, se nos dirá, podrían contribuir a reforzar el poder de negociación con potencias extranjeras de la nación rusa, algo que en principio es correcto, pero que en la práctica se concreta en tener que vender el petróleo y el gas mucho más barato a China y a la India. Intuyo que no van a ser compradores tan de confianza como los occidentales y le pondrán a Rusia unas condiciones mucho más onerosas.

Además, el concepto de controlar territorio basándose en criterios geográficos como salidas al mar, ríos o cordilleras bien podía valer para otros tiempos, pero hoy es más bien obsoleto. Esas dificultades en las comunicaciones sí que eran barreras importantes al comercio o a las comunicaciones, pero hoy día puede salir más a cuenta contar con buenas conexiones por internet que controlar el este del Dnieper. Esas antiguas barreras hoy pueden salvarse con mucha facilidad con medios de transporte masivos y baratos y ya no son un obstáculo o una línea defensiva como lo eran antes sino, salvo alguna escasa excepción, un accidente más del paisaje.

¿Qué beneficio puede obtener Rusia entonces de la conquista de esas zonas de Ucrania? Muy poco en el mejor de los casos, si es que llega a obtener beneficios y no pérdidas en el intento, que es lo más probable. Habría que comparar primero si los costes en en vidas, materiales y sanciones son dignos del beneficio, algo que ya adelanto que no. Primero porque es indigno moralmente usar vidas humanas para obtener beneficios materiales y segundo y dejando aparte, si se pude que no se puede, lo primero porque ni aunque no costase vidas no compensaría. Lo que obtendrían los rusos en una hipotética victoria sería un conjunto de ciudades arrasadas y una población que, por lo que se ve, no parece especialmente partidaria.

En el caso de explotar recursos habría antes que reconstruir muchas de las infraestructuras dañadas y conseguir que la población ocupada colaborase, tanto en la reconstrucción como en el funcionamiento diario de la economía y todo eso sin tener que usar una excesiva y costosa coerción que sólo complicaría la tarea. Cómo vemos Rusia y los rusos obtendría bien poco con la operación. Cómo siempre la explicación de esta conducta agresiva nos va a llevar como siempre a la misma conclusión, esto es quien ganaría no son los rusos  sino el estado ruso (Putin y sus oligarcas principalmente) que verían incrementados tanto la tierra para explotar en su beneficio como la base fiscal, pues serían varios millones de personas a las que cobrar impuestos. Mientras no interioricemos la diferencia entre estado y sociedad  y veamos que la primera tiende  a extraer rentas de la segunda mucho me temo que estas conductas seguirán  existiendo y con este grado de brutalidad. Eso sí bien defendidas por las teorías económicas, políticas o geográficas que están a su servicio y que no parecen decaer.

Algunas cuestiones sobre las armas en Ucrania

Desde el principio* de la guerra entre Ucrania y Rusia, incluso antes de que empezara el conflicto, Estados Unidos, Gran Bretaña y, en menor medida, otros países occidentales han pertrechado a los ucranianos, no sólo de armas, sino que además les han enseñado tácticas y operativa que podían serles útiles ante las tropas rusas y sus predecibles movimientos. Y lo han hecho con relativo éxito. Aunque los rusos tienen en su poder muchos más soldados y armas que los ucranianos, la manera de usarlos no ha sido la adecuada para los objetivos marcados, mientras que los ucranianos, que han optado por una estrategia defensiva junto a contraataques localizados y contundentes, sí que han aprendido a hacer daño a los rusos, ralentizando su avance o haciéndoles retroceder, provocando innumerables bajas tanto en material como en soldados. Para ello han usado una variedad de material que va desde armas casi obsoletas, procedentes de su etapa soviética, hasta armas inteligentes y tecnologías avanzadas proporcionadas por occidente. Tal es el gasto de este último material que, el pasado 6 de mayo, el subsecretario de Defensa para Adquisiciones y Sostenimiento de los Estados Unidos, William A. LaPlante, planteaba que la necesidad de armas, municiones y otros pertrechos para los ucranianos está siendo mucho mayor de lo que se esperaba, “algo nunca antes visto” llegaba a decir, y que les está pasando lo mismo con otros aliados occidentales.

El material recibido no siempre ha sido el más adecuado; otras veces, era un excedente que estaba a punto de ser retirado, pero del que, de pronto, se podía sacar algo a cambio, aunque sólo fuera rédito político. Varios países de la OTAN o cercanos a ella han decidido venderlo y poner en marcha programas para sustituir aquello que está o empieza a estar obsoleto. Tal es el caso del carro alemán Gepard, muy elogiado en los medios de comunicación occidentales, pero bastante vetusto, ya que su diseño es de finales de los años 60 y que los alemanes tenían fuera de servicio y guardado en almacenes. Supongo que el ejército ucraniano se habrá sentido agradecido por una de las pocas medidas alemanas que no le perjudica.

No todo son gangas, lógicamente. Las necesidades de una guerra son muy variadas y Ucrania también está recibiendo material bélico de primera línea, material que proviene de las reservas que los países tienen para hacer frente a sus potenciales enemigos, reservas que se pueden adelgazar, pero sin traspasar ciertas líneas rojas, como parece que está ocurriendo con el misil Javelin. Este misil tiene una guía activa con sistema “dispara y olvídate”, capaz de atacar desde arriba a los tanques, la parte más débil. Otro misil de gran calidad es el NLAW, proporcionado por los británicos, no tan versátil como el estadounidense, pero con capacidad para atacar con ángulo descendente. Estos misiles tienen poca comparación con lanzacohetes, como el germano Panzerfaust 3 o el español Instalaza C-90, que tienen escaso alcance y penetración, una trayectoria recta y plana y que deja al lanzador en evidencia, pudiendo ser abatido.

El caso del armamento pesado es otro cantar. Para usar un lanzacohetes o un misil se necesita, relativamente, poca instrucción; a veces, basta con apuntar y apretar el gatillo, pero el material pesado requiere meses de formación y de experiencia para usar esos sistemas y sacarles algo de provecho, algo que se hace mucho más evidente para los tecnificados sistemas occidentales y no tanto para los rusos o soviéticos, más rudimentarios1. Es por ello por lo que se está poniendo énfasis en que los antiguos países miembros del Pacto de Varsovia entreguen sus armas a los ucranianos a cambio de material occidental más moderno, versátil y potente.

El “negocio” es redondo en varias facetas. Los ucranianos, los más necesitados en este asunto, logran sistemas que ya saben utilizar, ya que las armas de su ejército son mayoritariamente de este tipo, tras su secesión de la URSS, y no necesitan aprender a usarlos, además de lograr aumentar su parque de armas de manera casi inmediata. Para los donantes, es un gran negocio, ya que se deshacen de armas obsoletas y bastante deficientes a cambio de armas más modernas y eficientes gratis o a precio de ganga, que recibirían de Estados Unidos, Gran Bretaña y otros países. Por poner un par de ejemplos, Polonia, República Checa, Bulgaria y otros países están entregando cazas Mig-29 a los ucranianos a cambio de F-16 y, en algunos casos, F-35; también sus obsoletos carros T-64 y T-72 están siendo sustituidos por modernos y potentes carros M-1A2 o Challenger 22.

Por último, en el caso de las potencias occidentales, sobre todo Estados Unidos y Reino Unido -que, una vez más, están siendo más listos que los europeos continentales-, logran un doble beneficio: desde el comienzo del conflicto, ambos países han sido decididos y rápidos en la ayuda3, aportando rápidamente material letal y de alta calidad, lo que les ha reportado el reconocimiento de Ucrania y de los países del Este, que los ven como socios más fiables y hacia los que se decantan en materia de seguridad. Por otra parte, al proporcionar armas a los vecinos de Ucrania a cambio de sus obsoletos tanques y aviones, ambos países se garantizan el futuro negocio de proporcionar piezas, mantenimiento y entrenamiento a las fuerzas armadas de dichos países, en detrimento de la industria armamentística europea y sus sueños de independencia en materia de seguridad.

Ucrania está aguantando en una guerra desigual gracias al sacrificio de sus soldados y civiles y al material que está recibiendo. Rusia es consciente de este último hecho y ya ha amenazado con atacar los envíos de material. El problema al que se enfrentaría Ucrania es que este flujo de armamento cesara, tanto el más avanzado tecnológicamente como el más sencillo, bien por una cuestión de carencia, aunque por suerte ya se están anunciado recompras y planes para incrementar la producción, bien porque las amenazas rusas se tornen en realidad.

La cuestión que se plantea es quién paga todo esto. Aunque Occidente pueda tener un deber moral apoyando a los ucranianos, no menos cierto es que donar o financiar las armas que usan los segundos a cargo de los impuestos que pagan los habitantes de los países occidentales es algo que puede empezar a cuestionarse cuando los efectos de la guerra se hagan más molestos y pase la primera fase de “entusiasmo” ciudadano4. Las guerras destruyen economías, sociedades y vidas humanas. Cuando termina una, el resultado es, en conjunto, mucho más pobre de lo que había antes. Es cierto que habrá gente que se haya enriquecido, pero será mucha más la que se haya empobrecido. Ucrania está recibiendo esta ayuda, pero no es gratis y cuando acabe este infierno y sus ciudadanos tengan que levantar un país en ruinas, también tendrán que pagar estas armas que están usando, por mucho que los occidentales lo quieran suavizar. Un peso que les lastrará. Por el contrario, si son los rusos los que terminan venciendo, serán los ciudadanos occidentales los que, con sus impuestos, hayan pagado este esfuerzo que no habrá servido para los objetivos marcados. Guste o no, un conflicto bélico afecta a muchas personas de distintas maneras y en sitios no necesariamente cercanos. Es por este efecto tan poderoso por lo que es bueno analizar y entender qué hay detrás de un conflicto bélico, su génesis, su desarrollo y su verdadero final y por qué no hay que caer en tópicos, prejuicios y mentiras que rondan en torno a él. Como vemos, esta guerra ya está cambiando los equilibrios de poder en la zona, está cambiando la confianza que algunos países han puesto en otros, está mostrando quién es un verdadero aliado y quién no, y esto también nos afectará, sobre todo a la vieja Europa, que está quedando para parque temático de turistas asiáticos.

[*El presente artículo ha sido escrito en colaboración con Rafael Illán Oviedo]

1 Estos sistemas más rudimentarios tienen, lógicamente, su mercado y no es precisamente escaso. En países en vías en desarrollo y del Tercer Mundo, donde formar a un soldado es demasiado caro para sus economías, interesa tener más material de este tipo, relativamente fácil de manejar, que el tecnológicamente avanzado occidental.

2 Si alguien duda aún de la superioridad de los carros occidentales pese a lo que se está viendo en Ucrania, vale la pena recordar la batalla de 73 Easting y sus resultados.

3 A diferencia de los timoratos germanos, tan dependientes del Osos ruso y, en general, de los europeos, tan dependientes de su Estado de Bienestar.

4 Resulta paradójico que las necesidades energéticas europeas sean las que financian al ejército ruso y que esta particularidad no sea tan evidente para los ciudadanos.

Algunas cuestiones disputadas del anarcocapitalismo (LXVIII): Sobre la guerra en Ucrania (II)

En este artículo me gustaría hacer unas pequeñas reflexiones sobre la actual guerra, desde el punto de vista que defendemos en esta sección. En primer lugar, hablaremos un poco sobre el comercio y las sanciones y después abordaremos algunos otros temas, como el fracaso relativo de los ejércitos y una breve mención a la logística militar. 

La lectura del clásico de Edmund Silberner, La guerra en el pensamiento económico, es siempre una lectura muy interesante, especialmente por el tratamiento que hacen los clásicos liberales del comercio entre potencias en guerra entre sí. En su momento me desconcertó mucho el hecho de que algunos de ellos recomendasen no interrumpir el comercio incluso en situación de conflicto. Decían que impedir tal comercio implicaría tener que recurrir a alternativas peores o más caras debilitando el propio esfuerzo de guerra y generando aún más sufrimiento a la población. Esto puede parecer a primera vista extraño, pero una vez visto con calma no deja de tener su lógica y viene muy a cuento en relación al debate que se está manteniendo sobre si se debe o no interrumpir el comercio de las potencias occidentales con Rusia.

Se dice que estamos pagando un cheque a Putin todos los meses a cuenta del gas y petróleo que suministra a la Unión Europea y que sería conveniente imponerle sanciones, que consistirían en el cese de las relaciones comerciales con tal potencia agresora o la exclusión del sistema bancario. Esta afirmación es cierta, pero no lo es menos que Rusia está vendiendo combustible a quien arma a su enemigo y que de no hacerlo los países occidentales también sufrirían, primero por no disponer de carburante para alimentar sus máquinas y sistemas de calefacción y segundo por tener que adquirirlos después mucho más caros en otras localizaciones. De buena gana dejarían de vender, pero tampoco pueden. Si quisieran vender su petróleo en otro sitio tendrían que hacerlo con sustanciales descuentos, como están ahora haciendo con la India, que aprovecha la ocasión para negociar con ventaja sus suministros. Esto es porque como decían los viejos liberales cuando hay un intercambio es porque ambas partes ganan y cualquier otra alternativa es peor, aún en caso de conflicto bélico.

El hecho de que ambos sigan comerciando a regañadientes prueba lo fútil de la guerra y reafirma las teorías de Angell. Además, deja abiertas algunas vías de negociación permitiendo mantener lazos para cuando los rusos derrotados quieran volver al escenario mundial y mitiga algo, aunque por desgracia poco, el encono de los rivales. Es más, obliga a tomar medidas que en otras situaciones no se darían, como el parcial abandono occidental de sus programas de transición energética o la sorprendente vuelta al oro de la economía rusa, a iniciativa de su banquera central. Sé bien que la rabia nos mueve a desear lo peor al enemigo, que en este caso tengo bien claro quién es, pero las duras leyes de la economía ponen a cada uno en su sitio e incluso obligan al cruel Putin a no cesar en sus suministros. Conociendo la lógica de los estados no es de extrañar que una vez terminado el conflicto se volviese a negociar con él y a integrarlo de nuevo en todos esos grupos como el G20 en los que nadie con algo que aportar es excluido. Ya se ve con China y se ha visto antes en otros casos.

También me ha llamado la atención los análisis de numerosos especialistas militares, muchos de ellos militares de alta graduación retirados, en lo que se refiere al desarrollo del conflicto. En un principio parecían desdeñar la capacidad de defensa ucraniana y daban por hecho que el muy superior ejército convencional ruso daría buena cuenta en poco tiempo de los ucranianos. Es normal, porque muchos de hechos han servido en ejércitos estatales convencionales y sólo se centraron en la fuerza relativa de cada uno de ellos. Parecen ignorar la existencia de formas de combate no convencionales y la importancia de la resistencia popular. Simplemente compararon el número de soldados y la cantidad y calidad del armamento de cada uno de los contendientes.

Están acostumbrados a ejércitos estatales burocratizados, con sus rangos y armas bien establecidos y no pueden ni siquiera imaginar el potencial de formas de guerra descentralizadas, en combinación o no con ejércitos regulares. Tampoco la industria militar o el establishment intelectual asociado a las fuerzas armadas estatales parece compartir la necesidad de innovar en armamentos más adecuados o en formas de organización en las cuales los staffs de estado mayor jueguen un papel menor.

Van Creveld, como expusimos en el artículo anterior, expuso hace algunos años la necesidad de adoptar armamentos baratos y versátiles antes que armamentos caros y tecnológicamente desarrollados, algo que no creo que a los complejos militar-industriales de nuestros países les guste mucho. También incidía en la necesidad de involucrar a la población civil en la defensa del territorio, de tal forma que se haga muy difícil y costoso la ocupación del territorio por una potencia enemiga. También parecen compartir cierta admiración por el ejército ruso, que no parece ser más que el viejo ejército soviético, reformado en parte, pero conservando buena parte de sus estructuras y rutinas de funcionamiento. Es normal que así lo hagan pues buena parte de su formación y de su ejercicio profesional se centró, al menos teóricamente, en confrontar tal tipo de fuerza. No podían pensar que todos sus esfuerzos se centraban en resistir y combatir a un tigre de papel, como se está viendo.

Recuerdo, hace años, conversar con un economista austríaco centroeuropeo al respecto, y cómo este me informaba de que el antes temido ejército rojo no tendría la capacidad de librar una guerra convencional contra las desarrolladas democracias occidentales. Aplicando a los ejércitos comunistas el viejo principio de la imposibilidad del cálculo económico en una economía socialista, afirmaba que su falta de coordinación derivada de lo que no dejaba de ser una organización armada planificada centralmente y que por tanto una operación militar de este tipo estaba condenada al fracaso por su propia ineficiencia.

Fue Rothbard quien primero desarrolló la cuestión del cálculo económico dentro de las organizaciones, que después fue desarrollado por otros economistas austríacos como Klein o Foss. Estos economistas advierten que en ausencia de precios de mercado tampoco es posible organizar de forma racional una organización más allá de un determinado tamaño.

Es más, según esta teoría cuanto más grande es la organización peor calcula y además existiría un tope más allá del cual la organización no es viable económicamente. Al ejército ruso le sucede algo semejante. Es una enorme mole de centenares de miles de soldados y miles de oficiales y generales (ahora algunos menos) dirigidos de forma centralizada desde la presidencia de la Federación Rusa.

El presidente Putin y su estado mayor por mucha capacidad que tengan no pueden tener toda la información necesaria para dirigir todas las operaciones, esto es decidir cuantos soldados mandar, de que clase hacerlo (profesionales, reclutas, mercenarios, tropas de élite) y cuál es el número de bajas tolerable para garantizar el adecuado desempeño. Tampoco sabe con exactitud a dónde mandarlos. Esto es, determinar de forma correcta cuáles son los objetivos militares a conseguir y durante cuánto tiempo. Tampoco cuenta con la información precisa del tipo de material que debe ser asignado a cada operación y que coste económico puede ser soportado.

Por último y a diferencia de un sistema socialista de planificación social puro aquí si existe competencia. Digo esto porque supuestamente en un sistema socialista puro los planificadores toman las decisiones y la población y la industria simplemente acata el plan, idealmente sin resistencia, aunque de hecho las haya. La guerra es un juego estratégico en el que la otra parte también juega. Tampoco en un sistema de este tipo contamos con buena información en relación con los recursos del enemigo: su voluntad de resistencia, sin conocimiento de las tácticas y estrategias que estos van a seguir o los recursos que sus aliados le pudiesen suministrar.

Las consecuencias las estamos viendo. Ejércitos sin combustibles ni repuestos y tanques y camiones obsoletos abandonados por no adecuarse al terreno o por un deficiente mantenimiento. Tropas de reemplazo sin experiencia en batalla asignadas a conquistar objetivos bien defendidos y asignados en número insuficiente en unos sitios y excesivo en otros. Excesiva ambición en los objetivos sin tener en cuenta el tipo de oposición que se podrían encontrar en cada uno de ellos.

Todo ello sin contar con que la defensa se está realizando de forma híbrida, combinado ejércitos regulares con partisanos o batallones de choque paramilitares, que conocen mejor el terreno y están más motivados a la lucha que los invasores. La consecuencia es la que me predijo hace años este profesor, la derrota militar por pura incompetencia.

Si a esto se le suma que las guerras modernas se dan también en el marco de la opinión pública y la propaganda no es de extrañar de que también aquí fracasen los ejércitos al estilo del ruso. A pesar de las proclamas de desinformación rusa, que obviamente existen, quien mejor lleva a cabo este tipo de luchas son las sociedades comerciales, acostumbradas al uso eficaz de la publicidad y de darse el caso de la desinformación. RT o la cadena Sputnik son pobres aficionados al lado de nuestros poderosos y capitalistas medios de comunicación de masas, que puestos a la tarea desinforman mucho mejor de lo que pudiera hacerlo la mejor de las emisoras rusas. Por eso creo que fue un error prohibir la difusión de los medios de comunicación del Kremlin. Parece como si hubiese algo que temer en ellos cuando simplemente con dejarlos actuar reforzarían aún más las virtudes de la democracia. Poco pueden hacer los pobres en este terreno.

Por último, quisiera hacer una breve mención a los fallos de logística detectados en el ejército ruso, tanto de munición, y repuestos como de combustible. Las sociedades comerciales están acostumbradas a mover grandes cantidades de bienes a larga distancia. Las grandes empresas de distribución como Inditex o Amazon cuentan con una capacidad logística nunca vista en la historia para desplazar grandes cantidades de mercancías con rapidez y precisión. Pudo verse perfectamente cuando se trató de conseguir mascarillas, pues en cuanto se les dejo cierto margen de actuación estas fluyeron sin problemas a los mercados y a un precio asequible.

Estas capacidades logísticas con el tiempo son compartidas por gran número de empresas que se adaptan y aprenden las nuevas tecnologías de transporte y no es de extrañar que lleguen tarde o temprano a conocimiento de los expertos en logística de los ejércitos. Las sociedades con restos de economía planificada no cuentan aún con estas ventajas y siguen operando con sistemas planificados y centralizados de distribución, tanto en el comercio como en sus ejércitos. Las consecuencias se pueden ver en los desastres en materia de logística del ejército ruso. El viejo Boris Brutkus, contemporáneo de la revolución rusa, cuando describió el fracaso del comunismo de guerra una de las cosas que más le llamaron la atención es la descoordinación en materia de transportes y suministros que sufría la economía soviética. Creo que no han cambiado mucho y de ahí que no les pronostique un buen futuro en el ámbito militar en esta guerra. Pronto lo sabremos.

La doctrina de guerra y la guerra de Putin

En su monografíaLa doctrina militar: del pensamiento estratégico a las operaciones militares”, el general de brigada Enrique Silvela Díaz-Criado describe la doctrina de guerra como una ‘teoría de la victoria’:

Un desarrollo escrito de cómo se puede y se debe conseguir. Qué factores son necesarios, qué principios gobiernan la guerra, qué acciones hay que emprender, qué actitudes y procedimientos llevan a la victoria. La victoria que hay que conseguir en cada combate, cada batalla, cada operación, victoria final en la guerra”.

Cada país, cada nación, cada Estado, cada grupo beligerante tiene su doctrina de guerra y, aunque con el tiempo puede variar, hay cierta inercia a mantenerla más o menos estable:

Se fundamenta en la sociedad a la que se pertenece, con su cultura, sus valores, su legislación y su estilo, que son los que han recibido los militares en su educación antes de ingresar en los ejércitos. De forma inconsciente, refleja esa filosofía y el pensamiento predominante en su época”.

Las filosofías políticas que inspiran a Estados, naciones, sociedades y grupos tienen su presencia en estas doctrinas de guerra, de la misma manera que estructuran sus organizaciones e instituciones políticas. Así, en Occidente, el respeto a los individuos, a la propiedad, a los derechos humanos hace que estos factores sean tenidos en cuenta, al menos sobre el papel, frente a sociedades, grupos, Estados o naciones que no tienen tal respeto. Eso no quiere decir que, en algún momento del conflicto, estas restricciones (porque suelen expresarse en forma de restricciones a la extrema violencia) puedan ser transgredidas, temporal o definitivamente, entrando en una fase más dura y cruda del conflicto. Téngase en cuenta que el objetivo de un conflicto bélico es la victoria (sea como sea entendido ese término). No se pelea para empatar, o para perder un poquito, se pelea para vencer, para desactivar al enemigo como amenaza bélica. Cuando, por razones coyunturales, políticas, incluso por razones de carácter humanitario, se para una guerra, no se obtiene necesariamente la paz, sino una tregua en la que las partes enfrentadas se rearman y preparan para un, no pocas veces, recrudecimiento del conflicto, que adquiere tintes incluso más dramáticos. Entiéndase que la paz sólo se consigue cuando las dos partes están dispuestas a ella, no porque alguien ajeno se sienta mal por la muerte y la destrucción generada. Las doctrinas de guerra son los cimientos sobre los que se construyen las estrategias, tácticas, doctrinas operacionales, políticas bélicas y el tipo de ejército que se quiere, incluyendo en él la formación de los soldados y los mandos y la adquisición o desarrollo de las tecnologías adecuadas1.

Las doctrinas de guerra de los sistemas autoritarios tienen poco en cuenta las necesidades de sus propios soldados2. En estas doctrinas, impera la supervivencia del grupo a costa del individuo y, sobre todo, la supervivencia del sistema político que lo sostiene, incluso a costa del propio grupo (la utopía es más valiosa que la realidad). Si nos fijamos en cómo los rusos, chinos, vietnamitas y otros países donde el comunismo ha tenido o tiene asentamiento, se han enfrentado a sus enemigos en el último siglo, vemos que su poder se ha manifestado en forma de grandes masas de soldados, con una formación y un armamento como poco mejorable, lanzadas contra el enemigo al que se enfrentaba. Cuando esta cantidad y esta mejorable calidad eran suficientes, la victoria se alcanzaba a costa de muchas bajas (siempre que fueran asumibles) o se provocaban tantas bajas al contrincante que éste abandonaba el conflicto ante la presión de sus ciudadanos, como sucedió en Vietnam o Corea.

Muchos defensores de la URSS aseguran que fue ésta la que realmente venció a la Alemania nazi en la Segunda Guerra Mundial y presentan como argumento el gran número de víctimas soviéticas. Sin embargo, buena parte de este número se puede explicar en estas doctrinas en las que no importa sacrificar a millones de soldados y civiles propios. Llegado a este punto, diría que es injusto por mi parte asumir que esta estrategia es únicamente comunista, ya que los mismos rusos, cuando conformaban el imperio zarista, la usaron. Quizá el ejemplo más evidente haya sido la respuesta a la invasión de Napoleón a principios del siglo XIX, cuando se destruyeron los recursos que podían usar los invasores, a costa de entrar en un periodo de hambruna después del conflicto.

Por el contrario, los ejércitos donde se valora al soldado como individuo formado, que está arriesgando su vida por su país, nación, Estado o gobierno (más allá de lo justa o injusta que sea la guerra desde otras perspectivas) tienden a establecer una serie de medidas que protegen a los propios soldados, dándoles una mejor formación de cómo desenvolverse en combate, dotándoles de la mejor tecnología posible para conseguir los objetivos previstos y protegerlos de posibles daños, llegando a diseñar específicamente sus armas para preservar a las tripulaciones, como es el caso del carro israelí Merkava, e incluso apoyándoles con misiones de rescate (con la creación de unidades especiales y específicas para el rescate de aviadores, como el 56º Escuadrón de Rescate Aéreo estadounidense). Se puede llegar a la paradoja de que, en términos de vidas y material destruido, pueda ser contraproducente en el balance final, pero todos los soldados saben que hay una intención positiva de velar por ellos. Además, estos países dan un mejor trato a los soldados capturados y, en la medida de lo posible y según las circunstancias de la contienda, se evitan los daños innecesarios para la población civil del enemigo, evitando la destrucción de infraestructuras. En definitiva, se defiende el grupo defendiendo al individuo y controlando los daños, en la medida de lo posible.

Tampoco quiero ser hipócrita, estamos ante una guerra, una situación límite donde los códigos morales, la ética, tanto social como individual, experimenta cambios drásticos y lo que hasta ese momento nos parece inaceptable se puede volver aceptable en virtud de la victoria. Estados Unidos metió en campos de concentración a los ciudadanos americanos de origen japonés durante la Segunda Guerra Mundial y, en esta misma guerra, se empezó limitando los bombardeos ingleses en el puerto alemán de Wihelmshaven para no dañar los edificios civiles y matar inocentes, y se terminó lanzando las dos bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki.

El ejército ruso que ha invadido Ucrania por orden de Vladimir Putin adolece de problemas ligados a su doctrina bélica, que a diferencia de, por ejemplo, la estadounidense, no está diseñada para hacer una operación quirúrgica, rápida y victoriosa. El sueño de Putin entró en conflicto con la realidad de su país, de su ejército y de su tradición y se ha tornado en una pesadilla que, como una sombra siniestra, se extiende por toda Ucrania y amenaza al resto de Europa y el mundo. Cabe pensar que Putin esperaba una victoria rápida, en unos pocos días, que tomaría las principales ciudades del país, ocuparía el territorio y absorbería todo o parte de él, dejando el resto, si esta última hubiera sido la decisión, bajo un gobierno títere de Moscú. Además, habría amedrentado a otros países de integrarse en la OTAN o cualquier otra organización política o militar occidental y habría asegurado, invocando al paneslavismo y la dependencia energética, la influencia política en muchos países de la UE, incluida Alemania; sobre todo, Alemania. Sin embargo, la mala dirección de la empresa bélica y las deficiencias de sus fuerzas armadas han malogrado este sueño, pasando de una guerra relámpago con una victoria decisiva a una guerra de desgaste de final incierto.

Rusia se encontró desde el principio (cuando entró desde cuatro3 frentes distintos que estaban destinados a juntarse en el hipotético final ‘putiniano’ de la guerra) una oposición muy fuerte por parte del ejército ucraniano que, durante un tiempo había estado siendo abastecido y formado por occidentales de una manera no oficial. Esta oposición paró en unos días lo que los medios de comunicación occidentales, al menos los españoles, estaban vendiendo como una guerra corta y apabullante. Las columnas de tanques, vehículos blindados y su bagaje se vieron detenidos, cuando no retrocedieron respecto de sus posiciones más avanzadas. Es cierto que llegaron cerca de Kiev, pero no fue el grueso del ejército, sino algunas avanzadillas que tuvieron que replegarse para realizar un avance más acorde a su naturaleza. El cielo fue rápidamente dominado por los rusos, pero las técnicas de combate ucranianas, meramente defensivas, y la tecnología proporcionada por Occidente más la que ya poseían, produjeron muchas bajas entre los vehículos aéreos rusos, mientras que éstos no podían ser contundentes con los ucranianos de tierra. La frustración de los soldados terminó por cebarse con la población civil con la que entraban en contacto. Las noticias de matanzas de población indefensa, las violaciones masivas a las mujeres ucranianas, la destrucción de edificios, infraestructuras, llegando a arrasar poblaciones enteras, son ejemplos de cómo la guerra se ceba con los no combatientes.

La brutalidad es, como vemos, un arma de guerra, aunque también la podemos achacar a la maldad del humano que la ejerce, pero no podemos olvidar que su uso también es fruto de las circunstancias y éstas pasan por un ejército, el de los rusos, mal preparado y pertrechado y cuya formación no está preparada para este tipo de guerra (como el de los estadounidenses no estaba preparado para la ocupación de Irak o Afganistán, pero sí para una invasión rápida y poco cruenta de estos países), con reclutas poco competentes para este tipo de resistencia y violencia. No hay que olvidar que la propaganda rusa ha vendido, tanto a su población como a sus soldados (y a los que la quieran creer en Occidente), que el esfuerzo bélico ruso pretendía liberar a los rusos que ahí vivían, oprimidos por los ucranianos, que eran poco menos que nazis. Esta situación propicia que la respuesta del ejército ucraniano a la ‘invasión supuestamente salvadora’ de los rusos se entienda como una muestra de desagradecimiento por su esfuerzo y genere una respuesta violenta y criminal. El miedo y la falta de experiencia también invita a una sobrerreacción violenta, aunque sólo sea para evitar riesgos. No es la primera vez que esto ocurre en la historia de las guerras y estos crímenes contra la población civil, incluso otros más brutales, no van a terminar porque sean denunciados desde Occidente, sino que seguirán hasta que la guerra termine. Nada nuevo, si tenemos en cuenta lo sucedido en la batalla de Grozni de 1994-95.

El ejército ruso se ha manifestado como un ejército menos eficiente de lo esperado, al menos en lo que hemos visto. Su soldadesca no está en la línea de los ejércitos profesionales de los países occidentales, que gastan más recursos en formar y adiestrar a los soldados (al menos en los principales países de Occidente). Su tecnología militar permanece lejana a los estándares occidentales y esto se muestra en diferentes aspectos. Uno de ellos sería que los vehículos militares occidentales están mucho más interesados en la protección de las tripulaciones, como el ya comentado caso del carro Merkava israelí, aunque este es sólo un caso extremo; en general, los carros occidentales son más pesados y grandes, al incluir mayor protección frente a los rusos, más pequeños y fáciles de mantener y manejar, pero también más débiles y con diseños que exponen a la tripulación a resultados catastróficos. Y tiene cierta coherencia este ahorro de recursos ruso. Si no se le da valor a la vida del soldado (aunque sólo sea por lo que sabe y puede aportar al esfuerzo bélico) y su formación es limitada, es mucho más rentable formar a otro soldado, aunque sea apresuradamente, y mandarlo al frente, que gastar tiempo y recursos en su protección o, si fuera necesario, en su recuperación en caso de quedar atrapado, que no capturado, en territorio enemigo. Su deficiente blindaje ha dejado un reguero de vehículos destrozados o averiados que ha permitido al enemigo capturarlos y usarlos como repuestos para los suyos o, una vez arreglados, para añadirlos a su ejército. La aviación está preparada para, como ocurrió en Siria, bombardeos masivos e indiscriminados contra objetivos extensos. Sin embargo, este tipo de guerra requiere bombardeos quirúrgicos y limitados contra efectivos concretos, con munición inteligente que permita ataques desde gran altura, a salvo de misiles de corto alcance como los Stinger que poseen los ucranianos. El uso de la llamada munición inteligente ha sido limitada, al carecer de ella, lo que ha provocado demasiadas víctimas y destrozos.

Un evento interesante ha sido el hundimiento del crucero Moskva, alcanzado por dos misiles Neptune, de origen soviético, que impactaron en el buque insignia ruso, lo que provocó un incendio que se extendió por todo el barco y terminó por hundirlo. Esta situación implica deficiencias importantes en los sistemas de contención de daños y eliminación del fuego, que por lo visto no se habían actualizado correctamente desde la época soviética, lo que demuestra un desprecio importante por la vida de la marinería. No es el primer evento en el que se ve este desprecio; por poner un ejemplo relativamente cercano, en el hundimiento del submarino nuclear Kursk, cuya avería fue negada en un principio, no se procedió al rescate de la tripulación y se “vendió” como un acto de heroísmo innecesario para salvar la imagen del régimen. Esto muestra hasta dónde está dispuesto el gobierno ruso a llegar para salvarse a sí mismo, inmolando a sus súbditos. Qué decir, si se confirman las informaciones del rescate de los supervivientes, que corrió a cargo de la marina turca.

Pero quizá el hecho más disparatado del ejército ahora ruso y antes soviético es la manera de convencer a los propios soldados de ir deficientemente preparados a la lucha contra el enemigo. A diferencia de los soldados formados profesionalmente, los reclutas y milicianos son más propensos a desertar por el lógico miedo a resultar muertos, heridos o capturados por el enemigo. En el caso soviético, a lo largo de decenios, diferentes cuerpos especiales se dedicaban a ejecutar a aquellos que huían o lo intentaban (la famosa e infame orden 227 de Stalin), de forma que la única manera posible de sobrevivir era atacar y esperar un ataque de suerte. En el caso de Ucrania, hay indicios de que veteranos de la guerra en Chechenia están ejerciendo este tipo de ejecución, que vulnera cualquier ética, moral o derecho fundamental.

Por último, quiero referirme al ejército ucraniano, a la propia Ucrania. Cada país es soberano de pertenecer a la organización internacional que desee, si ésta lo acepta. Es decir, Ucrania, igual que Letonia, Lituania y Estonia, que pertenecieron a la URSS, tiene el derecho de ingresar en la OTAN o en la UE. Esto no es un acto de agresión a la Federación Rusa, que es una de las razones por las cuales Putin ha ordenado la invasión, sino un acto que debería hacer preguntarse a Rusia por qué sus vecinos (ahora Finlandia y Suecia, adalides en el pasado de la neutralidad y que actualmente han solicitado su entrada en la OTAN) quieren defenderse de una potencia intervencionista, expansionista y violenta. Una posición mucho más pacífica, limitada al comercio y relaciones de buena vecindad sería mucho más beneficiosa para todos.

Ucrania viene de una defensa que sigue la doctrina rusa de guerra4, pero quizá por el desastre de 2014, en el que perdió la península de Crimea y el apoyo de Occidente, en especial de Estados Unidos y Gran Bretaña, ha ido cambiando esta doctrina para acercarse más a las occidentales. Eso no quiere decir que el ejército ucraniano no esté cometiendo actos delictivos y criminales contra los invasores rusos. No hay ninguna guerra en la que los bandos enfrentados no hayan cometido este tipo de crímenes (existen acusaciones de ejecución de soldados rusos por tropas ucranianas), pero, sin justificarlas, no podemos olvidar el contexto, siendo Ucrania la víctima y no la Federación Rusa. Cuando estoy escribiendo estas palabras, Ucrania se prepara para una fase mucho más móvil y no está claro que su ejército esté preparado para ello. Su presidente Volodímir Zelenski, sabedor seguro de tales carencias, ha solicitado a Occidente carros de combate y blindados y no armas ligeras, más propias de una resistencia. Rusia todavía tiene mucho ejército que poder arrojar contra el enemigo y puede ser mucho más brutal de lo que ha sido hasta ahora, incluso planteándose el uso del armamento nuclear táctico. Vladimir Putin ha usado mucho la amenaza nuclear contra Occidente y sus enemigos, quizá porque sabe que funciona y que la OTAN no se va a inmiscuir directamente en la guerra por temor a una tercera guerra mundial. Dadas las carencias de su ejército, quizá es lo único que le queda a Rusia para seguir siendo potencia: el matonismo nuclear.

[*Este artículo ha sido escrito en colaboración con Rafael Illán Oviedo]

1 Como buen ejemplo de todo lo dicho y para el caso concreto alemán, se puede leer el libro del historiador Robert M. Citino “El modo alemán de ver la guerra”. Grosso modo, en los países occidentales donde el valor del individuo sigue pesando, durante las guerras se le cuida, pero en los sistemas colectivistas, sean nacionalistas o internacionalistas, sean fascistas o comunistas, lo que prima es el colectivo y el individuo es prescindible.

2 En un conflicto bélico, las necesidades que se satisfacen en los combatientes o sus apoyos no son para su propia comodidad, sino para que sean más eficientes ejerciendo su labor.

3 Por el norte hacia Kiev, por el noreste hacia Jharkov, por el este en el Dombass y por el sur desde Crimea hacia Kherson.

4 Adolecieron de los mismos problemas que los rusos cuando, en septiembre de 2014, uno de sus contraataques fue aplastado por las fuerzas rebeldes prorrusas.

Algunas cuestiones disputadas del anarcocapitalismo (LXVII): Sobre la guerra en Ucrania (I)

Raro es que en esta columna se comenten eventos de actualidad, pero creo que no se puede dejar pasar la oportunidad de comentar una guerra entre estados vecinos. La mayor parte de las guerras de este siglo han sido bien guerras civiles, esto entre facciones dentro de un mismo Estado que aspiran al dominio del mismo, bien intervenciones de alguna superpotencia o poder regional sobre otro Estado mucho más débil o en apoyo de alguno de los bandos en lucha en algún conflicto civil.

De hecho, hace mucho tiempo que no se puede observar una guerra convencional entre dos estados modernos con ejércitos organizados.  Aún con evidentes asimetrías entre los mismos, el conflicto sigue las pautas de los viejos conflictos que ya creíamos olvidados. Ambos cuentan con representación en la ONU, co cuerpo diplomático y con estructuras de Estado avanzadas. También cuentan con ejércitos regulares y en principio parece que ambos acatan más o menos las convenciones en cuanto al tratamiento de prisioneros y combaten con uniforme y bandera y salvo excepciones parece que no buscan deliberadamente (o por lo menos no lo reconocen abiertamente) el ataque a la población civil.

No estamos acostumbrados a estos conflictos porque la famosa anarquía internacional a la que se refieren los teóricos de las relaciones internacionales ha permitido durante mucho tiempo que estos conflictos no hayan tenido lugar. En efecto el incremento de las relaciones comerciales y culturales parecía haber conseguido que las guerras directas entre estados pasasen a mejor vida. Norman Angell nos había advertido de que la densidad de relaciones económicas implicaba que una guerra implicase pérdidas económicas tan grandes en un mundo interrelacionado que la mera posibilidad de la misma quedase descartada. Empresas multinacionales, flujos migratorios o el turismo habían conseguido que los diferentes pueblos de la tierra hubiesen reducido sustancialmente sus tensiones y que la guerra causase daños severos a los países en conflicto.

Algo de eso hay. Si nos fijamos aparte del daño militar, podemos observar cómo la guerra está causando daños terribles a la economía de la potencia atacante, Rusia. Es la primera vez que puedo observar como una potencia atacante, presumiblemente poderosa, comienza una guerra con un corralito bancario y con amenaza clara de impago de deuda. Esos fenómenos antes se daban, pero al finalizar la guerra y con una derrota, no antes. Aunque Angell parece equivocado en su valoración de que la interconexión comercial y la globalización económica imposibilitarían las guerras futuras si que acierta en las consecuencias de la misma en un mundo económico interconectado. Las pérdidas con mucha probabilidad van a ser superiores a cualquier beneficio que pudiese obtener la economía rusa con la anexión de territorios ucranianos, por muchas minas o recursos con los que puedan contar.

En efecto, los beneficios de cualquier posible conquista ya no son los mismos que antes (en el caos improbable de que antes los hubiese). Más allá del prestigio político que Putin y sus oligarcas pudiesen obtener, no acabo de ver claro qué es lo que pueden ganar u ofrecer a su población como recompensa por los costes y sacrificios de la invasión. En teoría pueden obtener recursos naturales como el carbón, o tierras de cultivo, pero sin una población capacitada y cooperativa de poco les van a valer. Los costes de la ocupación y la coerción superarían con creces los hipotéticos beneficios de la conquista. La propia Rusia es un ejemplo de país que cuenta con enormes depósitos de metales y materias primas y grandes extensiones de tierras de cultivo, sin que la hayan reportado más que un mediocre provecho.

Putin y su oligarquía parecen estar anclados en las viejas doctrinas geopolíticas que lo fían todo a la posesión del espacio, sin darse cuenta de que lo relevante a día de hoy es el capital, sea físico o humano, bien insertado en un mercado capitalista mundial. Algún teórico ha estudiado el caso de una hipotética invasión de Silicon Valley, una de las zonas más ricas del mundo, por una potencia extranjera. Su conclusión es que bien poco se llevarían más allá de edificios y tierras, lo que para nada compensaría los costes de la conquista, pues la riqueza de ese territorio se basa en la capacidad creativa e industrial de su gente y para casi nada en los recursos con que esta cuente. Y a esa gente no se le puede obligar a trabajar creativamente par aun invasor, dado que la creatividad y el ingenio no pueden ser impuestos. Algo semejante ocurriría con la invasión de Japón o Singapur, por poner otros ejemplos.

A esto hay que sumar que una hipotética anexión de esos territorios implicaría asumir espacios devastados físicamente por la guerra y una población poco cooperativa, a la que habría que forzar, si es que se puede, a cooperar con el invasor. Esto último también puede sorprender a los habituados a pensar con marcos antiguo de pensamiento, pues se nos dirá que muchos de ellos son ética o culturalmente rusos. En siglos pasados, imbuidos de ideas nacionalistas clásicas la composición étnica o lingüística de un territorio tenía mucho que ver con las guerras de invasión. Sólo hay que recordar los intentos de la Alemania nacional-socialista de reunificar a todos los pueblos de cultura germana en un sólo Estado, lo que dio lugar a reclamaciones y conflictos sin fin. Otros estados europeos llevaron, a menor escala, tentativas semejantes con mayor o menor éxito. Pero a día de hoy el nacionalismo, erosionado por ideologías de la posmodernidad, no es más que uno entre muchos de los factores de identificación de la población. Y probablemente no el principal. Muchos habitantes del sudoeste de los Estados Unidos, por ejemplo, son mexicanos étnica o culturalmente, pero dudo mucho de que se apuntasen a la idea del gran Aztlan y de reunificarse políticamente con sus vecinos del sur. O muchos marroquís de Melilla, también por poner ejemplos próximos.

Pues en la Ucrania rusófona parece acontecer tres cuartos de los mismos. Muchos rusos de Ucrania, en la disyuntiva de volver a la Gran Rusia, con todo lo que ello conlleva, o permanecer en una Ucrania con mejores perspectivas de alcanzar un mejor nivel de vida o de disfrutar de mayores libertades en el ámbito político o personal no parecen tener dudas. Optan por unas mejores expectativas antes que por la unificación con tan poco amorosos hermanos y presentan por lo tanto fiera resistencia a la agresión. De ahí que sorprenda a muchos que sea en estas zonas aparentemente más proclives donde se esté dando una mayor resistencia y donde los avances rusos sean menores. Quizás porque saben lo que les espera y no le apetezca mucho.

También esta guerra parece hacer buenas las previsiones de transformación de la guerra y del Estado planteadas por el genial analista militar israelí Martin van Creveld, muy admirado en círculos anarcocapitalistas, a pesar de que él no lo es. Este en una serie de libros, especialmente “Rise and fall of the state” y “Transformation of war” planteó hace unos años la posibilidad de que los ejércitos estatales convencionales no fuesen la mejor opción de defensa en nuestros tiempos. La tesis de este autor es que los Estados están concebidos para la guerra y sus mecanismos de defensa y ataque estarían, por tanto, pensados para confrontar a otros Estados. Los cambios en la forma de operar la guerra tendrían su correlato en el cambio en las formas del Estado. Grandes ejércitos requerirían grandes ejércitos para confrontarlos y por tanto grandes estados que los puedan sustentar. Pero van Creveld afirma que la nuestra ya no es una época de luchas entre grandes unidades militares, sino de grandes unidades contra pequeñas, muchas de ellas extraestatales, como guerrillas, mafias, maras, piratas o redes terroristas sin continuidad territorial, como pueda ser Al Qaeda, por ejemplo. Frente a estas nuevas realidades los viejos ejércitos están desproporcionados e incurren en unos costes enormes en relación a los desafíos. Pensemos en el coste de enviar grandes buques de guerra al Índico para combatir a los piratas de Somalia. No compensa enviar una fragata para combatir lanchas rápidas armadas con armamento ligero, y de hecho la solución que se propuso fue la de modular la defensa al ataque y se optó por embarcar mercenarios en buques comerciales, bien armados pero adaptadas a la dimensión de la amenaza. Su tesis relativa al Estado es que si la forma y el espacio de la defensa cambia también lo hará la forma y el espacio del Estado.

Cuando acabe la guerra de Ucrania, esperemos que pronto, podría servir perfectamente para contrastar esta tesis. En principio, como antes apuntamos, parece una guerra convencional entre dos Estados con sendos ejércitos, aparatos de inteligencia y servicios diplomáticos. Por lo tanto, debería ganar aquel que cuente con una mayor destreza en el arte de la guerra y una mejor capacidad operativa, algo que en principio parece favorecer al ejército ruso. Pero la guerra no se está desarrollando (por lo menos a día de hoy) como una guerra típica entre Estados, sino como lo que se acostumbra a denominar como conflicto asimétrico.

Una de las partes, la rusa, cuenta con abrumadora superioridad militar. Su ejército tiene más armamento y más sofisticado y cuenta con un número mayor de hombres entrenados para la guerra. La otra parte, la ucraniana, en cambio parece enfrentar el conflicto al estilo de lo que aconteció en la guerra española contra el francés de comienzos del siglo XIX. Esto es: combina un debilitado ejército regular con la acción de partisanos y grupos paramilitares (al estilo del tan denostado batallón de Azov), que emboscan a las unidades rusas e impiden o dificultan con éxito su avance. Armados con armas ligeras y de relativamente bajo coste como Stingers, anticarros Javelin o drones baratos de fabricación turca, parecen ser sumamente eficaces en su objetivo de encarecer los costes de la conquista rusa.

Los rusos, por su parte, operan principalmente con su ejército regular, compuesto de reclutas y soldados profesionales y con la colaboración de contingentes de mercenarios y voluntarios de las repúblicas fantasma reconocidas por Rusia (quizás también sean conscientes de la necesidad de operar con fuerzas con algún grado de autonomía. Pero por la propia dinámica de la guerra parece que estos últimos operan como un ejército estatal convencional a la hora de seguir una estrategia marcada por el mando central (que según parece está siendo purgado por incompetente). Esta forma más o menos centralizada de combate tiene la ventaja de concentrar fuerzas pero el inconveniente de que si se da una equivocación estratégica quien yerra es todo el ejército. Y esto es lo que parece que está ocurriendo. La aparente estrategia rusa de guerra relámpago ha fracasado y ahora viene una guerra de desgaste. Veremos pronto si las profecías de Van Creveld y los nuevos teóricos de la guerra se cumplen y si se van dando cambios en la forma del Estado. De momento alguna innovación si hay, pequeña, pero la hay, como la aparición de las nuevas repúblicas títere del Dombás, la posible entrada en guerra de la Transnistria y la pintoresca aparición de soldados osetios y abjasios. Pero continuaremos con este análisis en ulteriores artículos.

Los putinejos

A raíz de la invasión de Rusia a Ucrania y sus consecuencias han surgido posiciones distintas alrededor de este problema que se debería analizar desde una premisa irrefutable: Rusia es un país invasor a un Estado soberano e independiente.

Dejando de lado la visión maniquea que tienen los grupos políticos y sociales que siempre han sido afines al régimen de corte imperialista y autoritario de Vladimir Putin, cabe un espacio para aquellos a los que Javier Rubio ha denominado como ‘putinejos’ y cuyo concepto sirvió para que Fernando Díaz Villanueva publicará hace poco una cápsula en su canal sobre ese fenómeno social, hasta cierto punto inexplicable desde la lógica de los hechos y las pruebas que la guerra pone delante de nosotros y de las que somos testigos todos los días.

Por un lado, se ha demostrado una vez más la fragilidad de los sistemas de información y su potente influencia sobre los ciudadanos. En las guerras como en los conflictos sociales o políticos de gran magnitud (recordemos nuestra experiencia con la pandemia), las fake news proliferan como si de otra epidemia se tratase y la intervención y las presiones sobre los medios de comunicación son más evidentes que nunca.

La campaña de Putin para poner en el tablero del debate la posición de Rusia en el conflicto ha sido demostrada por noticias como: “La Ucrania moderna fue creada por Rusia”, “Se debe frenar un genocidio al este de Ucrania”, “Existe la necesidad de erradica el nazismo de Ucrania”.

Además, recordemos que el régimen ruso tiene mucha experiencia en las políticas intervencionistas, incluso, cuando se trata de acontecimientos ajenos a su marco fronterizo: se ha demostrado el interés de Vladimir Putin de desestabilizar o promover procesos sociales y políticos en occidente tales como las elecciones presidenciales de Estados Unidos en 2016, el Brexit e, incluso, el proceso de referéndum ilegal en Cataluña el año 2017.

Bajo esa marea de volátil información se suma un debate entre un grupo de ciudadanos indulgentes con el régimen ruso por una serie de cuestiones que refuerzan un argumentario que, aunque tiene un asidero ideológico asumible desde el punto de vista político, se contrapone con las referencias que se usan para defender lo indefendible, cayendo en consecuencia en la confusión y el descarrío.

Entonces se exponen argumentos como que un conglomerado de orden mundial está en contra de Rusia y por ello los acontecimientos están escritos entre un villano (Rusia) y un salvador. No hay término medio. Para ello utilizan cuestiones relacionadas, entre otras cosas, con la ideología de género, el globalismo, el retroceso de occidente o los complejos alrededor de la sostenibilidad o el ambientalismo.

Dependiendo de la ideología que se materialice en la visión del mundo de cada individuo no es equivocado defender o denostar este tipo de ideas, que suelen generar ampollas en los extremos del contexto político, toda vez que hay más radicalismo y más centrismos alrededor de las medidas o políticas públicas que se impulsan en un sentido y otro.

El problema radica en la disposición de estas ideas justificando una invasión ilegal e ilegítima o, al menos, cuando se asume una posición timorata y templada sobre una situación que, a los ojos del mundo, se manifiesta como una invasión que puede desencadenar consecuencias que la humanidad nunca ha vivido y que en este momento no es capaz de predecir, porque así lo pone en evidencia la realidad misma.

A ellos se les llama ‘putinejos’, a aquellos que bajo un paraguas de defensa ideológica defienden o no asumen una posición concreta en relación con el conflicto, confundiendo conceptos, momentos y circunstancias. Una invasión o una guerra global en la actualidad traería peores consecuencias para la humanidad entera que los debates alrededor del ecologismo o el feminismo.