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Etiqueta: Historia monetaria

La banca central y el mito de la eliminación del riesgo


Agradecimientos a los participantes en el Club de Lecturas Financieras que organiza la UFM, y en especial a su organizador, Eduardo Blasco. Este artículo es fruto de las reflexiones que se compartieron en una de las sesiones de dicho club.

La revisión de los orígenes de la banca central que propone Perry Mehrling en su libro The New Lombard Street, invita a pensar en el papel de estas instituciones desde otro punto de vista, complementario al tradicional de “creadores de dinero”, por muy sofisticada en que sea lo forma que lo hacen. Este enfoque tiene que ver con los riesgos de iliquidez o de insolvencia, y en sus intentos de reducirlo.

Antes de seguir, conviene recordar algo trivial: no se puede saber el futuro y, por tanto, toda acción humana está sujeta a incertidumbre, puesto que los resultados de la misma siempre tienen lugar en el futuro. De ello se deduce que es imposible eliminar el riesgo a nivel de sociedad, aunque sí pueda eliminarse o reducirse a nivel de individuo a base de pagar a terceros para traspasárselo.

Períodos de iliquidez

Mehrling justifica el papel original del Banco Central de Inglaterra precisamente por estas razones. En una economía eminentemente de comerciantes, el instrumento fundamental era la letra de cambio o pagaré, por el que receptor de las mercancías se comprometía a pagar la misma al vendedor a un plazo determinado. Con estas letras, el vendedor podía ir al banco y obtener liquidez descontándola, esto es, pagando un precio al banco por anticipar su cobro, traspasándole así el riesgo de impago.

Para mercados estacionales, típicamente relacionados con las cosechas, este negocio del descuento se concentraba en determinados periodos, durante los cuales los bancos se volvían muy ilíquidos y se incrementaba el riesgo de que no pudieran hacer frente a sus obligaciones con los depositantes. Toda esa liquidez se recuperaría en el momento en que se produjeran los pagos por las letras, pero había unos momentos críticos en que los bancos eran muy frágiles.

Descrito así, parece muy razonable que en un mercado libre los bancos acordaran soportarse unos a otros, en lo que sería una especie de mutualidad. En cualquier caso, esa cobertura no sería infinita y además los propios bancos vigilarían el comportamiento de sus pares para impedir que obtuvieran un beneficio mayor a costa de pasar el riesgo al grupo. Dicho de otra forma, los bancos bien gestionados no tendrían problema en dejar caer al que lo hiciera mal: una cosa es cubrirse mutuamente ante riesgos, otra tapar los agujeros de los listillos.

La tentación de un monopolio legal

Mehrling nos cuenta que las estructuras productivas en los EEUU tenían características muy diferentes de las que existían en Reino Unido en la misma época. En los EEUU se trataba de inversiones a mayor plazo que iban dando rentas en el tiempo (por ejemplo, las ferroviarias). En este caso, el problema no era tanto cíclico, como del riesgo intrínseco que tuviera cada negocio.

La solución que se plantea para afrontar problemas puntuales de liquidez no puede ser la inglesa, de un descuento por unas letras que se cobrarían al cabo de unos meses en condiciones normales. Allí el mercado[1] optó por lo que Mehrling llama “shiftability”, esto es, colocar la deuda empresarial a otro banco a cambio de un descuento.

Ambos esquemas se corrompen en el momento en que se introduce en el sistema un agente con apariencia de vidas infinitas. La tentación es muy grande para el Estado que se hace con el monopolio legal de la emisión de moneda: hagamos una última instancia que siempre tenga líquido, sea para los descuentos cíclicos, sea para aceptar activos financieros “shiftables”. De esta forma, se eliminará el riesgo de la iliquidez de los bancos y estos podrán aguantar más, incluso indefinidamente, hasta que los negocios en que se ha invertido vuelvan a la senda de la rentabilidad y puedan devolver sus deudas.

Es por la seguridad

Así las cosas, se da la apariencia de que no existe ningún riesgo en la economía. Pero es evidente que el riesgo sigue existiendo: el mercado es esencialmente incierto porque depende de las preferencias de los individuos, que no son previsibles y varían con el paso del tiempo. Además, los resultados de la actividad empresarial siempre tienen lugar en el futuro, y las propias acciones de los emprendedores alteran el contexto en que tal resultado se produce. Por tanto, siempre la actividad empresarial va a estar sujeta a incertidumbre, siempre se van a correr riesgos.

Y es siempre la propaganda del Estado: darnos seguridad y certidumbre. ¿No nos dicen que nuestro futuro está asegurado con las pensiones? ¿No es lo más seguro invertir en Deuda Pública? Este no es el momento de desmontar estos mitos, basta recordar que es la bandera con que tradicionalmente el Estado captura a los individuos.

El riesgo no desaparece, se traslada

Con el funcionamiento de los Bancos Centrales, se hace creer a los bancos, y sobre todo a sus depositantes, que el riesgo ha desaparecido. Pero ese riesgo sigue existiendo, no puede desaparecer: se puede mover, se puede esconder, se puede reducir en algún caso obteniendo más información (a un coste), pero no eliminar. Es más, la percepción de ausencia de riesgo altera también el comportamiento de los individuos, en este caso los bancos: recuérdese, cuanto más letras o deudas descuenten, más pasta ganarán si la situación vuelve a la normalidad. Así pues, hay una situación clara de “riesgo moral” que va a hacer que el riesgo global de la sociedad se incremente.

Lo que está ocurriendo es que el riesgo se va trasladando de las empresas a los bancos (y otras entidades financieras, claro), y de estas a la Banca Central, con lo que éste va acumulando todo el riesgo de la economía. El camino por el que esto ocurre no es nada obvio, por lo intrincado de productos y regulaciones. Mehrling habla de los momentos previos a la crisis de 2008, en que todo el mundo era consciente de que alguien estaba asumiendo riesgos gratuitamente, pero nadie sabía quién era (luego se descubrió que eras las aseguradoras tipo AIG, ver el libro de Mehrling para más detalle).

Y se incrementa

En cualquier caso, no es una mera acumulación del riesgo preexistente, pues ya se ha visto que el riesgo también se incrementa como consecuencia de la actuación del banco central. O sea, se hace una bola más gorda que todas las bolitas que había por separado si las hubiéramos juntado. Claro, la bola tarda más en estallar, pero cuando estalla, sus efectos son más demoledores, las crisis económicas son más profundas y dañinas.

En resumen, no hay que engañarse: mientras las personas sean personas y no robots, el futuro no estará escrito y la acción humana estará sujeta a incertidumbre. A nivel individual, podremos tratar de protegernos, pero la sociedad a nivel global no se puede proteger. Tiene que haber quiebras de las empresas que se han equivocado en sus apreciaciones sobre las preferencias de los individuos. Que los Gobiernos, por la vía de la intervención de los Bancos Centrales, nos quieran hacer creer que tal riesgo se puede eliminar, no es más que otro de los mitos que nos insuflan, y con idénticos o mayores efectos destructivos.


[1] Sin embargo, la FED implementó un mecanismo similar al del Banco de Inglaterra, sin tener en cuenta la peculiaridad norteamericana. Esto es lo que dice Mehrling, si no le he entendido mal, y dio lugar a numerosas distorsiones que el autor explica en el libro.

Ver también

Los terceros agentes confiables, ¿son un agujero en el sistema bitcoin? (Eduardo Blasco).

La banca Simons y la estabilidad monetaria y económica. (César Táboas).

Bitcoin en perspectiva histórica

Cavilando sobre qué tema tocar en mi artículo mensual, he reparado en un hecho que a los humanistas nos pilla bastante lejos: las criptomonedas. Había pensado que era oportuno tratar la última polémica de Disney, la cultura de la cancelación, la revocación de la infausta Roe vs Wade o Israel, tema al cual me he dedicado largo y tendido en estos últimos meses. Sea como fuere, el caveat que lanzo al lector es: no he invertido en Bitcoin, de hecho, no sé ni cómo hacerlo. No soy un especialista en el tema y, a lo sumo, aquello que puedo ofrecer es una perspectiva histórica del dinero. Ergo, lo que busca este escrito no es más que un análisis desapasionado del “fenómeno cripto” alejado de los aspavientos de detractores y halagadores.

Sin más preámbulo, la primera pregunta que podría hacerse el interesado en el tema es si Bitcoin, per se, constituye una moneda o no. Basándome en el manual de “Principios de la Economía” (1997) de Gregory Mankiw, hay un notorio consenso entre los especialistas en que para que un ente sea considerado dinero debe de tener tres funciones: medio de cambio, unidad de cuenta y depósito de valor (podría añadirse una cuarta, patrón de pagos diferido). A lo largo de la historia ha habido activos que en un principio no eran dinero pero que se convirtieron en elementos monetarios.

Partiendo de ahí, se me antoja complicado afirmar, en la actualidad, cuál de las funciones cumple Bitcoin. Si su valor se hubiera mantenido estable y con un crecimiento exponencial como el que experimentó desde septiembre del 2020 (10.764$ por Bitcoin llegando a los 58.734$ – su valor más alto -, en apenas cuatro meses), podría considerarse un depósito de valor. El problema es evidente, dada la volatilidad que atesora, su valor desde marzo del 2021 hasta hoy ha sido más un electrocardiograma que un activo seguro. Esta subyugación a las fluctuaciones de precio relativos a la oferta y demanda que experimenta, hacen difícil que pueda cumplir el requisito mencionado.

Aun así, su precio ha ido manteniendo valores alcistas a lo largo del tiempo, excepto en la semana en la que escribo esto, hoy 26 de junio, su valor está en 20,494$. La historia muestra que, a la larga, las monedas tienden a devaluarse, un ejemplo es el dólar, puesto que en 100 años se ha devaluado (respecto a él mismo) en un 99%, en buena medida por la emisión a mansalva de la FED a lo largo del siglo. Es de menester postular que actualmente hay monedas que tampoco cumplen esta función, como podría ser el bolívar, el peso argentino o el rial iraní.

En cuanto a unidad de cuenta, esta característica está muy vinculada a la volatilidad mencionada y para identificarla en Bitcoin, sería necesario una unidad de cuenta estable. Por último, el medio de cambio tampoco lo cumpliría en la mayoría de bienes y servicios (exceptuando algunas empresas bohemias como Tesla – la cual no tardó en renunciar a él como método de pago-, escasas tiendas digitales e informáticas y ciertos lugares de ocio). Aún no es aceptado como medio para adquirir todo tipo de bienes, ergo difícilmente puede tener esta función.

Para identificar las propiedades de Bitcoin, se debe postular el marco de referencia económico del cual se parte, es decir, qué escuela de pensamiento o teoría monetaria se usa para analizarlo, puesto que, el chartalism (y el MMT) lo rechazaría como dinero porque el estado no acepta la criptomoneda como pago de impuestos. Menger y los austríacos pondrían en foco en la estabilidad relativa del valor (que podría derivar en considerarlo como moneda). Otros como el Nobel de economía, Robert Shiller, postulan la narrativa económica que subyace en las “criptos”, la cual no deja de ser un ataque frontal contra el estado. Desde su perspectiva, una criptodivisa puede funcionar como dinero siempre que las personas valoren los intercambios realizados a través de ella y la consideren válida para la compraventa o el ahorro (Shiller, 2019, pág. 3).

Otro punto serían las analogías históricas respecto a las innovaciones monetarias. Por ejemplo, las letras de cambio. Estos documentos provenían de la Baja Edad Media y estaban impulsados los por las vicisitudes del comercio a larga distancia. Se trataba de datos mercantiles (activos-pasivos financieros) muy vinculados a las transacciones comerciales puesto que, con ellas se proporcionaban medios de pago que superaban las rémoras físicas, temporales y se disminuían riesgos. Habría que destacar también que, esta innovación financiera era una promesa de pago entre los distintos agentes que operaban en los mercados, naciendo así de acciones privadas, en cambio, no hay endoso ni promesas de pago relativos al bitcoin.

Cuando un inversor en la actualidad vende un Bitcoin, no necesariamente debe haber un deudor, sin embargo, la letra de cambio plasmaba las distintas posiciones en el mercado financiero con indiferencia del número de endosos que se produjeran. Entonces, la letra de cambio permitió que se pudieran adquirir muchos bienes y servicios (especialmente en el comercio), sin embargo, esto por lo pronto no ha sucedido con el tema que nos incumbe, ya que se usa ínfimamente como medio de pago.

La relación directa este las letras de cambio y el Bitcoin podría ser en lo relativo a la innovación, puesto que las letras de cambio fueron innovaciones importantes que permitieron la expansión del comercio. Así podría suceder con la tecnología que hay detrás de las criptomonedas, como apuntan Massimo Amato y Luca Fantacci en un apartado del libro “Handbook of the history of money and currency” (2018), en el cual se postula que la novedad de las criptodivisas no recae en la lógica detrás de estas, sino en el hecho de la tecnología que usan. Las operaciones algorítmicas sustituyen a las de los bancos centrales, creando “competición” entre los “mineros”, etc. De ahí se deduce que su sistema de “blockchain” podría ser tan revolucionario como los descubrimientos matemáticos que han tenido lugar a lo largo de la historia (Amato & Fantacci, 2018, págs. 517-518).

Para ir cerrando el tema quisiera señalar que una de las grandes diferencias es la construcción de la narrativa económica que se ha hecho de la aparición de Bitcoin. Este se concibió como un activo real virtual. La moneda fiat como es obvio, no lo fue en sus inicios. Asimismo, Bitcoin se articula en contra de las instituciones financieras, no nace de ellas[1]. Los bancos emisores de los primeros billetes, generalmente, eran bancos centrales avant la lettre, y es precisamente ese, uno de los factores que provocó el surgimiento de las criptomonedas.

Cabe mencionar que, las criptomonedas, tienen tintes antiestatistas. En cambio, los billetes fueron emitidos por motivaciones bélicas y muy vinculadas al estado. También se ha planteado la posibilidad de evadir impuestos mediante esta tecnología, cosa que reforzaría la tesis de ir contra el aparato estatal. Bitcoin fue creado a priori por un ciudadano desconocido (Satoshi Nakamoto) que rompió con los burócratas sin imaginación de los propios bancos centrales que se dedican a emitir moneda, por lo tanto, si la masa monetaria producida por estas instituciones son la cumbre económica del sistema, Bitcoin se articula con premisas completamente distintas, puesto que, en el dinero virtual, todo el mundo puede comprar y vender (de ahí el pier-to-pier), sin embargo, en el dinero emitido desde dichas entidades, no.

Entonces, Bitcoin se articula en contra de esos principios inflacionarios de emisión de masa monetaria, de ahí sus escasas 21 millones de monedas, configurando un potencial patrón oro virtual que confrontaría directamente con la idea de instituciones que emiten billetes. Así pues, mientras que el dinero de papel puede causar inflación, a priori, Bitcoin, no (otra cosa es la fluctuación de su valor). Además, el fiat se impone de forma vertical, es decir, de arriba hacia abajo gracias al sistema monetario. Bitcoin justo lo contrario. Quién sabe qué deparará el futuro, pero, si hemos aceptado billetes hechos con papel transgénico como medio de pago, reserva de valor y unidad de cuenta, ¿por qué no podría aceptarse, a medio y largo plazo, Bitcoin como moneda?

Bibliografía

Amato, M., & Fantacci, L. (2018). Handbook of the History of Money and Currency. New York: Springer.

Mankiw, G. (2012). Principles of Economics. Harvard: Harvard University.

Shiller, R. (2019). Narrative Economics. Princeton: Princeton University Press.


[1] Shiller hace referencia al anarquismo del s.XIX (Shiller, 2019, pág. 6). Personalmente, veo más concomitancias con el libertarismo del s.XX articulado de la mano de Von Mises, Hayek y demás autores. Básicamente por las premisas y puentes que trazan con el patrón oro y el bitcoin.