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Etiqueta: Inflación

Inflación, crisis bancaria… ¿qué pasará con los tipos de interés?

El retorno de una inflación tan notoria tras la crisis de la Covid-19 sorprendió a muchos, entre los que me incluyo. Y está teniendo una duración mucho mayor de la inicialmente estimada por los bancos centrales. Además, muy poca gente creía que, ante un escenario como el actual, la Fed o el BCE fueran actuar con tanta contundencia. Con esto no quiero decir, como otros han comentado, que la Fed o el BCE se estén comportando como “halcones”. Pero a muchos les pilló por sorpresa la reacción de la política monetaria. A todo ello ha de sumarse la crisis bancaria vivida a lo largo del último par de meses. Esta ha contribuido a incrementar la incertidumbre económica y financiera a escala mundial.

En este escenario, no es extraño preguntarse cuál será la senda de los tipos de interés en la segunda mitad del año e incluso en el próximo ejercicio. Como no podía ser de otra manera, todo ello depende de multitud de factores, como si la inflación se estabiliza o se entronca como en los años 70. O si sufrimos alguna otra quiebra bancaria, o finalmente el sistema financiero logra volver a estabilizarse.

Inflación resistente

Respecto al primer punto, y tal y como hemos insistido en muchas ocasiones, es esencial analizar el comportamiento de las expectativas de inflación. Si estas se desanclaran por algún tipo de shock adicional, esto podría ocasionar que se consolidasen en las dinámicas macroeconómicas. Así, la presente inflación sería mucho más compleja de combatir. Un factor adicional importante es si los bancos centrales aún tienen credibilidad para devolver la inflación a niveles similares a los anteriores a la pandemia. En caso contrario, debemos plantearnos que los niveles de inflación se vayan a mantener por encima del objetivo del 2% durante algunos años.

Personalmente, creo que el objetivo del 2% de inflación no es demasiado realista en el corto-medio plazo. Muchos de los shocks duales que han causado el alza del nivel de precios durante los últimos dos años siguen presentes, aunque con menor intensidad. Algunas estimaciones, como las propias de la Fed de Cleveland, ya sitúan las expectativas de inflación en el 2,1%. Y la prima de riesgo de la inflación en el 0,5%, en línea tanto con el objetivo como con la tendencia de la serie histórica.

Cadenas de valor, deuda pública, consumo

A pesar de que la inflación se haya ralentizado algo durante los últimos meses, la estimación me parece excesivamente optimista. Sigue habiendo multitud de factores presentes que podrían impedir un descenso tan rápido de la tasa de inflación. El principal sería la tendencia desglobalizadora y el acortamiento de las cadenas de valor globales. Esto reduce la elasticidad de oferta de multitud de bienes en todo el mundo. Así, los ajustes de precios globales sean mucho más lentos.

Además, los gobiernos de estados altamente endeudados no tienen ningún interés en reducir la inflación hasta el 2%. Una tasa de inflación moderadamente elevada les beneficia al contribuir a erosionar la montaña de deuda pública sin necesidad de esforzarse en realizar ajustes presupuestarios que contribuyan a disminuir el déficit público.

Por otra parte, las estimaciones de consumo e inversión para EE. UU. y Europa muestran un crecimiento futuro de la demanda agregada en línea con el potencial productivo de la economía. Ello seguirá manteniendo la presión sobre los precios por ese lado. A este respecto, podemos ver que las subidas de tipos recientes de los bancos centrales no están afectando de momento a los niveles de demanda agregada, al menos en el corto-medio plazo.

Tipo de interés natural

Aquí conviene analizar cuál ha sido y puede ser el comportamiento de los tipos de interés reales y el tipo de interés “natural”. Los tipos de interés reales han pasado de ser ligeramente negativos en los años previos a la pandemia a entrar notablemente en terreno positivo desde el inicio del crecimiento de la tasa de inflación al salir de la pandemia.

El tipo de interés natural es ese al cual el crecimiento económico y el nivel de precios ni se expanden ni se contraen (descontando shocks). Al menos, es así como lo define el Fondo Monetario Internacional.

Una tendencia que creo que sí se mantendrá es que el tipo de interés real permanecerá por encima de la tasa de crecimiento real. Esto es esencial para que las dinámicas de deuda pública sean sostenibles y no explosivas. Además de por unos niveles de inflación más elevados, creo, los tipos nominales se mantendrán relativamente más altos que anteriormente. Entre las razones están una mayor inversión en determinados sectores (por ejemplo, energía verde) o la consolidación de mayores niveles de gasto público sobre PIB en los países occidentales.

Previsión

Por todo ello, no sería de extrañar que la tasa de inflación pueda regresar a niveles ligeramente superiores al 3% para final de año. Y ello con un tipo de interés natural o de equilibrio cercano al 2%. Esto probablemente iría acompañado de unos tipos de interés nominales de entre el 2 y el 5% (puede variar enormemente de EE. UU. a Europa, sobre todo dependiendo de las dinámicas de crecimiento salarial), y unos tipos reales proporcionales. Aunque este escenario se encuentra plenamente bañado de incertidumbre y el reciente episodio de crisis bancaria no permite despejar dudas, si la economía occidental no sufre grandes shocks exógenos hasta final de año, el descrito no sería un escenario descartable.

La inflación es, una vez más, un fenómeno monetario

John Greenwood. Este artículo fue originalmente publicado por el IEA.

La inflación de 2021-22 fue el resultado de errores en la política monetaria, y no -como a menudo afirman el Gobierno y los funcionarios de los bancos centrales- el resultado de una serie de perturbaciones externas fuera del control de las autoridades británicas. Las explicaciones oficiales atribuyen el repunte de la inflación durante y después de la pandemia a factores como el desplazamiento de la demanda de servicios a bienes y la consiguiente escasez de artículos como chips electrónicos o automóviles; problemas generalizados con las cadenas de suministro; o la guerra de Ucrania, que desencadenó un aumento de los precios de la energía y los alimentos.

¿Crecimiento monetario bajo control?

Este análisis oficial es erróneo, ya que países como China, Japón y Suiza -que sufrieron alteraciones similares en sus cadenas de suministro y cambios similares en los precios relativos- han evitado en general la inflación, experimentando posteriormente sólo pequeños aumentos en su nivel general de precios. El rasgo distintivo de la política en estas economías, en contraste con el Reino Unido y otras economías plagadas de inflación, es que el crecimiento monetario se mantuvo bajo control.

Existen sólidos argumentos para afirmar que la inflación debe atribuirse principalmente al Banco de Inglaterra y al excesivo crecimiento monetario que su Comité de Política Monetaria (MPC) inició a partir de marzo de 2020.

En primer lugar, sostengo que el enfoque actual del Banco de Inglaterra no garantiza que la política siga siendo coherente con la evitación de condiciones inflacionistas o deflacionistas. En segundo lugar, propongo un marco monetarista alternativo que garantice que en el futuro no se permita un crecimiento excesivo (o inadecuado) del dinero.

Un marco de política monetaria no cuantificable

El fracaso de la política monetaria durante la pandemia puede relacionarse con el marco de demanda agregada/oferta agregada (AD/AS) del Banco de Inglaterra, junto con el descuido del crecimiento monetario amplio por parte del Comité de Política Monetaria.

Uno de los principales problemas del marco AD/AS es que no es lo suficientemente cuantificable como para ser manejable. Lo ideal sería disponer de un marco que permitiera a los miembros del Comité del Mercado Monetario ver claramente si la política monetaria es demasiado restrictiva o demasiado flexible. En cambio, las estimaciones de la demanda agregada o de la oferta agregada son simplemente demasiado vagas para ofrecer una buena orientación para las decisiones políticas.

Algunas herramientas teóricas que sustentan el enfoque AD/AS sufren problemas similares de precisión inadecuada. Dos ejemplos notables son la brecha de producción y la curva de Phillips. El resultado es que los miembros del Comité de Política Monetaria votan a favor de subir, bajar o mantener sin cambios el tipo de interés del Banco sin una información cuantitativa adecuada sobre la eficacia probable de su decisión.

Los límites de los tipos de interés como instrumento de política monetaria

Estos problemas se ven agravados por el hecho de que el CPM se centre en los tipos de interés como medida clave de la orientación de la política monetaria del CPM. Los tipos de interés no son fiables como medida de la orientación de la política monetaria. Yo diría, al igual que Irving Fisher y Milton Friedman, que los tipos de interés actuales son el resultado o síntoma del crecimiento monetario pasado, y no el único motor de las condiciones monetarias futuras, excepto a muy corto plazo.

Una forma alternativa de operar la política monetaria se basaría en la teoría cuantitativa del dinero. Puede demostrarse que existe una relación estable a medio plazo entre el crecimiento del dinero en sentido amplio (M4 hasta 1997 y M4x a partir de entonces) y el crecimiento del PIB nominal, y que la velocidad de circulación de la renta para M4x (es decir, la relación entre el PIB nominal y el dinero en sentido amplio) tiene una tendencia estable a la baja.

Una política monetaria diferente

Los resultados en materia de inflación podrían mejorar significativamente si se pasara de intentar dirigir la economía utilizando los tipos de interés y episodios ocasionales de Quantitative Easing/Tightening a confiar en la estabilidad relativa de la velocidad de circulación de la renta como medio de gestionar la demanda agregada. Dado que la demanda agregada equivale al PIB nominal, que a su vez es el producto del dinero en sentido amplio y el valor de la velocidad de la renta, el crecimiento del dinero en sentido amplio podría gestionarse de forma que se alcanzara el objetivo de inflación generando un nivel adecuado de PIB nominal.

Para gestionar el dinero en sentido amplio habría que tener en cuenta tres factores: la tasa media anual prevista de crecimiento del PIB real, el valor tendencial de la velocidad de la renta (que se calcula fácilmente a partir de registros anteriores) y el objetivo de inflación.

Sobre la base de los datos anteriores del Reino Unido, lo óptimo sería mantener el crecimiento del dinero en sentido amplio entre el 4% y el 6% anual, pero podrían tolerarse desviaciones a corto plazo en un intervalo más amplio, del 2% al 8% anual. Dado que la relación entre dinero e inflación es a medio plazo, sería un error intentar alcanzar un objetivo de crecimiento monetario mes a mes.

Condenados a la estanflación

De un tiempo a esta parte en determinados círculos, se ha empezado a escuchar, entre susurros, el término “estanflación”. Entendemos la estanflación como la coincidencia en un mismo periodo, de inflación y, bien estancamiento económico, bien recesión. Es algo raro de ver, puesto que las medidas de política monetaria que crean inflación (políticas expansivas), también generan crecimiento económico y las que reducen el crecimiento (políticas monetarias restrictivas), disminuyen también la inflación.

Cuando se dio a conocer al público por primera vez este fenómeno, fue con la crisis del petróleo de 1973, que provocó por un lado una profunda recesión económica y por otro, al aumentar el precio del petróleo, aumentaron los costes de producción y con ello los precios. Ante aquello, la tradicional política de medidas expansionistas para salir de las crisis dejó de funcionar, al aumentar estas, aún más, la inflación existente. Por lo que las viejas ideas keynesianas quedaron desfasadas y empezó a ponerse de moda otra corriente totalmente distinta, que venía de la escuela de Chicago.

La solución que propuso dicha escuela, y que funcionó, fue primero estabilizar los precios con una adecuada política monetaria, aunque esto agravase momentáneamente la recesión. Y una vez esto estuviese controlado, se empezaría, mediante bajadas impositivas y una disminución del peso del Estado, a conseguir crecimiento económico. El mejor ejemplo de todo este fenómeno lo tuvimos en Reino Unido, con una fuerte estanflación en los años 70, y la aplicación de todas estas medidas en los años 80, por parte del gobierno de Margaret Thatcher, que aunque muy al principio fueron dolorosas, acabaron trayendo una década entera de un fuerte crecimiento económico.

Hoy en día es innegable que caminamos hacia la estanflación, con inflaciones cercanas a los dos dígitos y estancamiento, cuando no recesión (EE.UU. está ya oficialmente en recesión). Sin embargo, tenemos un problema adicional, que dificulta aún más el enfrentarse a la estanflación, y es la deuda, que nos impide llevar a cabo una correcta política monetaria que en esta situación. Conllevaría una fuerte subida de tipos de interés, y muchas economías quebrarían al no poder hacer frente a sus costes de la deuda. Además por si fue poco, los últimos años de crecimiento que han vivido nuestros países, en buena medida no se han debido a mejoras en la productividad o eficiencia, sino a unos estímulos sin precedentes de los bancos centrales; nuestra economía estaba dopada.

Todo esto nos lleva a un dilema con difícil solución. Nuestras economías llevan años sin crecer si no son dopadas mediante estímulos monetarios, estímulos que ya tampoco podemos soportar, puesto que crean una gigantesca inflación como estamos viviendo, pero a la cual no nos podemos enfrentar como se debe, puesto que hundiríamos la economía y por los tipos de interés, muchos gobiernos quebrarían.

Viendo los últimos movimientos de los organismos económicos, parece que como el menor de los males, aceptarán un término medio. Es decir, una política monetaria un poco restrictiva, insuficiente para acabar con la inflación, pero al menos que la mantenga algún punto porcentual por debajo de la actual y lo suficientemente laxa, como para que no quiebren los estados híper-endeudados.

El objetivo fundamental de los bancos centrales es mantener la estabilidad de precios y el de los gobiernos, el mantener una situación político-económica estable y segura, que permita el crecimiento económico y con ello la mejora del resto de variables como el paro, la pobreza… Podemos decir sin ningún atisbo de duda, que ambos han fracasado estrepitosamente.

Deflactar o morir

Durante estos últimos meses, vivimos con preocupación la subida continuada y generalizada de los precios. Dicha inflación ya se sitúa en el 10,2% anual (dato del IPC a junio del 2022). Pero hay otro fenómeno que está pasando inadvertido, para alegría de sus beneficiarios, que también está erosionando sin lugar a dudas, la renta disponible de las familias españolas. Una subida de impuestos en cubierta; el no deflactar los impuestos.

Pero contextualicemos antes de entrar en meollo de la cuestión. Debemos tener claro, que con una inflación del 10,2%, para no perder poder adquisitivo, nuestro salario debería “incrementarse” al menos un 10,2%. Marco las comillas, porque son importantes, ya que con esta “subida” en realidad no nos están subiendo el salario, simplemente nos lo están manteniendo, para que nuestra renta no varíe. Esto es clave, porque en los próximos meses veremos al gobierno y empresarios llenarse la boca con “subidas de salarios” de un 3%-5%, que en otros años podría haber estado muy bien, pero con la inflación de este año todo lo contrario. Es decir, si a usted este año le “suben” el salario un 5%, realmente no se lo están subiendo, se lo están bajando. Todo lo que no sea una subida del 10,2% o superior, será una baja de salario en términos reales.

Teniendo ya esto claro, podemos pasar al tema de los impuestos. Como saben, son progresivos, van por tramos. Es decir, cuanto más gane uno, estará en un tramo superior y le tocará pagar un porcentaje mayor de tributos. Bien, ¿Qué sucede? Que estos tramos no se han actualizado con la inflación, no han sido deflactados.

¿Y qué provoca esto? Una subida encubierta de impuestos. Pongamos el ejemplo optimista que veíamos antes, nos aumentan el sueldo un 10,2%. Como hemos visto, nuestro poder adquisitivo, con esto, no habría cambiado en absoluto de un año a otro. Seguiríamos siendo igual de ricos o de pobres. Pues bien, de cara al gobierno y sus tramos de impuestos, según ellos, ahora somos más rico, ganamos más (aunque realmente no). Y como no han subido dichos tramos con la inflación, por tanto, entraremos en tramos impositivos superiores, pagando un porcentaje mayor de impuestos, pese a que no hemos ganado renta real.

Este hecho, que el gobierno, conscientemente evita mencionar, está provocando una disminución, aún mayor, del poder adquisitivo de las familias españolas. En favor de una recaudación récord de la agencia tributaria (un 16,4% más que el año pasado). He aquí el porqué de este silencio. Tan solo el gobierno regional de Madrid, siempre alumno aventajado a la hora de defender el bolsillo de las familias, ha hablado de este tema y de la necesidad imperiosa de deflactar los impuestos en base a la inflación.

El contribuyente español, los trabajadores, las familias, las empresas… No pueden pagar más. Subidas de precios, malversación de fondos públicos, impuestos abusivos… Es deflactar o morir.

Gasto público y reformas monetarias en el Imperio romano (II): s. III d.C.

Desde la reordenación de Augusto entre los años 23 y 18 a.C., el Estado romano fue manipulando, durante los dos primeros siglos del Imperio, el valor intrínseco del denarius argenteus, eje principal del sistema monetario imperial, desde los 3,892 g. teóricos y 97-98% de plata, hasta los 3,22 g. y 56,5% de ley en el 196 d.C. El aumento del gasto militar, de las ayudas sociales, de los pagos a grupos concretos de presión, de las nuevas obras públicas e infraestructuras o de diversos tipos de excesos, entre otros, tensaron enormemente la capacidad de endeudamiento del Estado romano. En estos dos primeros siglos, la inflación fue moderada, del 0,7% ca. de media anual, pero el exceso de gasto público amenazaba, seriamente, con descontrolar los precios globales y la estabilidad del sistema económico imperial.

Caracalla, el “nuevo Alejandro”, continuó y expandió la política bélica de su padre, Septimio Severo: incrementó la paga militar a 2400 sestercios anuales, para poder emprender nuevas campañas contras los Alamanes y los Partos, a quienes sobornó para lograr la paz, y, para poder costearlo todo, aumentó otra vez los impuestos y llevó a cabo una nueva política monetaria expansiva. Entre los años 214 y 215 devaluó las 3 monedas principales: el áureo pasó de 7,2 a 6,6 g. de oro, el denario del 56,5% al 51,5% de plata y el sestercio de 25,5 a 24,8 g. de latón. Pero su principal invención fue la creación del argenteus antoninianus o antoniniano, con un peso de 1,5 denarios o 5,11 g. y un título entre el 46 y el 51% de plata, pero con el valor nominal de 2 denarios, que se convirtió en la moneda de referencia durante el siglo III. Por aquel entonces, la inflación aun se situaba por debajo del 1% anual y los precios generales eran 2,67 veces los de época augustea. Su sucesor, el prefecto del pretorio Opilio Macrino, intentó nuevamente elevar el título del denario al 58% de plata y abandonar el proyecto del antoniniano, pero, tras su efímero reinado, otra vez Heliogábalo volvió a los excesos en el gasto público. A partir del año 219, el excéntrico emperador-sacerdote rebajó el peso del áureo a 6,35 g. de oro, el título del denario a 46,5% de plata y el peso del sestercio a 22,5 g. de latón, además de reanudar la acuñación de antoninianos con un título de 43% de plata. El as de cobre de Augusto comenzó a desaparecer.

Con la caída en desgracia de la dinastía severa en el año 235 comenzó un período de profunda inestabilidad política y de crisis económica en todo el Imperio romano: hasta 26 emperadores reinaron en los siguientes 50 años, un emperador cada 2 años de media. Gordiano III, apoyado por los pretorianos, rebajó ulteriormente de peso el áureo en el año 238 hasta los 4,85 g., el antoniniano hasta los 4,35 g. y el sestercio hasta los 20,5 g., con el fin de costear su desastrosa campaña contra Sapor I de Persia. Pero el Imperio tocaría fondo a mediados de siglo con Galieno, quien, en sus 15 años de reinado, tuvo que hacer frente a más de 10 invasiones bárbaras distintas y a otros 15 usurpadores del trono imperial por todo el orbe. La devaluación de la moneda se disparó hasta niveles nunca vistos antes: rebajó el peso del áureo hasta los 3,4 g. y del sestercio hasta los 16,9 g. El grueso de la devaluación, sin embargo, fue a parar a los numerales de plata: el antoniniano pasó de los 3,5 g. y 36% de plata del año 253 a los 2,4 g. y 2,4% de plata del año 268, mientras que el denario hizo lo propio pasando del 41% al 6% de plata.

Denarios, sestercios y dupondios desaparecieron virtualmente de la circulación y, en consecuencia, la población romana volvió al trueque y a la economía de subsistencia. Si bien los precios generales eran sólo 3 veces los de época augustea, esto cambiaría drásticamente a partir del reinado de Aureliano. El representante del Sol Invicto en la Tierra derrotó a los imperios de Galia y Palmira y fue, por ello, nombrado restitutor orbis. Sin embargo, en el año 271, Aureliano intervino en la Moneta Caesaris, la sede central de la ceca romana de época imperial, para frenar una revuelta masiva de sus trabajadores, que demandaban el restablecimiento de la confianza de las monedas emitidas por el Estado romano. Por ello, en el 274, puso en marcha su particular reforma monetaria: el áureo recuperó los 6,6 g. de época de Caracalla y se creó el argenteus aurelianianus o radiado grande, de 3,89 g. y 4-5% de plata, en sustitución del depreciado antoniniano. No obstante, el Estado romano requisó numerosos bienes, como trigo, carne, vino, aceite, textiles o cuero, necesarios para alimentar y vestir a las tropas, a la vez que seguía empeorando el estado de la industria y el comercio. Estos fenómenos agravaron aún más la creciente inflación: cada vez menos bienes estaban disponibles en el mercado y cada vez la masa de moneda depreciada era mayor y circulaba en mayor proporción.

A finales de siglo, Diocleciano quiso poner freno a la desintegración de la economía romana con políticas públicas “keynesianas” que no solucionaron nada. Así, el ejército se amplió notablemente, añadiendo 35 nuevas legiones a las 42 o 43 que existían en el año 284; se llevaron a cabo multitud de obras públicas, como fábricas, cecas, fortalezas, carreteras y puentes, además de unas lujosas termas en Roma y de su propio palacio en Split; y, por último, se llevó a cabo un importante programa de ampliación de la burocracia provincial, tan desmesurado que hasta Lactancio reconoció que el número de trabajadores públicos había comenzado a superar al de contribuyentes privados. Al mismo tiempo, puso en marcha un renovado sistema monetario, más complejo y articulado que el de sus predecesores: el áureo, transformado en solidus a partir del año 301, pasó de 4,86 g. antes del 286 a 5,45 g. después, con un renovado título de 99,26% de oro; se creó el argenteus en el año 294 para sustituir al aurelianiano, con un peso de 3,38-3,40 g. y un título sorprendentemente alto del 92-98% de plata; y, por último, se crearon 3 nuevas monedas de cobre y bronce, el follis, laureatus maior o nummus, de 10,52 g. de cobre, plomo, estaño y 3-4% de plata, el radiatus, de 3 g. de bronce y 0,1% de plata, y el laureatus minor, de 1,27 g. de bronce. Para garantizar la aplicación práctica de este nuevo sistema monetario, Diocleciano llevó a cabo confiscaciones sistemáticas de plata, imposiciones de guerra, nuevas tasas, expropiaciones de metal a precio tasado y recargos por terrenos y propiedades mediante la aplicación de censos y de presupuestos anuales. En consecuencia, la economía romana se desequilibró de manera irreparable: por la Ley de Gresham, poco después del año 293 el argenteus fue rápidamente tesaurizado y desapareció de la circulación. Asimismo, la inflación se convirtió en hiperinflación: si en el año 284 la inflación general anual era del 5%, en el año 294 los precios generales eran 14 veces los de época augustea y la inflación había subido al 10%; para el año 301, en cambio, los precios generales subieron a 70 veces y la inflación se disparó al 35%.

A finales del siglo III, las expansivas políticas monetarias que los emperadores romanos habían estado usando continuamente para mantenerse en el poder, con el fin de adquirir apoyos políticos, militares y sociales, habían extenuado el sistema económico romano en todo el Imperio. Al efecto Cantillon, que favorecía a amigos y colegas del emperador, generales y senadores afines a su figura, se sumaba ahora la ley de Gresham, que cronificaba en el mercado la presencia de las acuñaciones de escaso valor intrínseco. Las cada vez más frecuentes confiscaciones, imposiciones, tasas y expropiaciones de oro y plata disminuyeron la confianza de los romanos, que empezaron a esconder sus propiedades bajo tierra: conservamos 1724 y 1985 tesorillos de los siglos I y II, respectivamente, cifra que se dobla en el siglo III, con 3937 tesorillos. El desenfrenado aumento de la masa monetaria total, junto con el generalizado descenso de la población y de la mano de obra debido a guerras, pestilencias y otros fenómenos, generaron una hiperinflación anual del 35% a finales del siglo III y comienzos del IV: la economía romana ya no estaba en condiciones de absorber todo el dinero de nueva creación y los precios de todos los bienes se vieron profundamente alterados.

El rechazo de la moneda de baja calidad provocó el aumento del trueque, que redujo las posibilidades del comercio de larga distancia y de las economías de escala, condenando a los distintos habitantes del Imperio a una producción local y de subsistencia. Los grandes productores industriales y agrícolas especializados menguaron, así como los diferentes gremios de artesanos y comerciantes en las diferentes ciudades del Mediterráneo, lo que obligó a los emperadores a crear empresas públicas para abastecer a sus ejércitos, volviendo el sistema más ineficiente y costoso. La crisis económica provocada con todo ello agravó la recaudación de impuestos estatales: los emperadores se vieron forzados, cada vez más, a pagar al ejército y a recaudar tributos en gran parte en especie, mediante indictiones extraordinariae, que se convirtieron en la forma más importante de ingresos durante la segunda mitad del siglo III. El resultado final fue pobreza generalizada y destrucción de gran parte del tejido económico romano.

Ver: Gasto público y reformas monetarias en el Imperio romano (I): Siglos I y II.

El lenguaje económico (XVI): Inflación

El común de hablantes entiende por inflación la subida generalizada de los precios en el mercado. Sin embargo, la inflación genuina es el aumento de la oferta monetaria, que a su vez es la causante de la subida de los precios. ¿Y por qué suben los precios? Si mantenemos la producción inalterada, al haber una mayor cantidad de dinero pugnando por comprar los mismos bienes, estos últimos se encarecen. En definitiva, la subida generalizada de los precios es el efecto (no la causa) de la inflación. Estamos ante un primer error conceptual cuyo fin es ocultar la naturaleza inmoral de la inflación, entendida como robo que perpetra el gobierno contra las personas productivas. Para ello, algunas agencias gubernamentales (INE, Eurostat) registran y analizan los cambios temporales de los precios para una cesta «estándar» de productos y servicios.

Periodistas y diletantes que confunden a la opinión pública tampoco faltan. Por ejemplo, John Lanchester, novelista, reseñista de libros, periodista futbolístico, escritor de necrológicas y crítico de restaurantes; se permite el lujo de afirmar en su libro Cómo hablar de dinero que la inflación es el «aumento de los precios a lo largo del tiempo» y que «no hay consenso en torno a sus causas» (Lanchester, 2015: 195). La literatura producida siempre alude a la inflación de los precios, siendo escasos los autores que denuncian el verdadero origen del mal.

Inflación desbocada

La inflación no se «desboca» como los caballos. Una metáfora ecuestre más acertada sería afirmar que los políticos se «van de caña» (en singular) imprimiendo billetes. La inflación no es un fenómeno misterioso e incontrolable, sino que obedece a causas precisas y conocidas. La inflación es el aumento de la oferta monetaria y se produce de dos formas: a) El Banco Central imprime billetes y los entrega al gobierno que lo gasta en nóminas, obras públicas, pensiones, subsidios, etc. b) La segunda forma, más sibilina si cabe, es provocada por la banca comercial. Los bancos prestan a terceros la mayor parte del dinero depositado a la vista (cuentas corrientes) por sus clientes, un fraude legalizado llamado «reserva fraccionaria». En España, el coeficiente de reserva es 2%, es decir, el gobierno permite que un banco preste a terceros hasta el 98% del dinero depositado a la vista. De igual forma que un banco central imprime billetes (expansión monetaria), la banca privada imprime cheques y pagarés que se intercambian como si fuera dinero (expansión crediticia). El profesor Huerta de Soto (2011: 126) encuentra 7 razones jurídicas para repudiar el depósito bancario con reserva fraccionaria.

Los chivos expiatorios

El segundo engaño consiste en buscar chivos expiatorios de la inflación: guerras, pandemias, subida del precio de las materias primas o de la electricidad, avaricia de los empresarios, consumismo, etc. Sin embargo, la inflación es un fenómeno exclusivamente monetario. Por ejemplo, es falso que el encarecimiento del petróleo cause una subida «generalizada» de los precios. Si la producción y la oferta de dinero se mantienen inalteradas, cuando unos precios suben otros bajan. Supongamos que cada mes usted gasta 100€ en gasolina. Si el precio de ésta sube 50% y usted recorre los mismos km., para equilibrar su presupuesto, deberá abstenerse de consumir una cantidad equivalente de otros bienes. La menor demanda de estos últimos provocará una bajada de sus precios y el nivel «general» queda inalterado. Si la oferta monetaria no aumenta, no hay inflación posible pues el sistema de precios funciona como un circuito de vasos comunicantes. En ausencia de un banco central que imprime dinero y de la banca con reserva fraccionaria, la inflación sólo podría venir por alguna causa sociológica (i.e. milenarismo) que indujera un súbito aumento de la preferencia temporal de los consumidores y un gasto masivo de sus saldos en efectivo. Por tanto, también se puede culpar de la inflación al consumismo desaforado de las masas. Según Daniel Lacalle (2022), el gobierno es el más beneficiado por la inflación, pero puede echarle la culpa a los demás y, encima presentarse como solución al problema.

La falacia keynesiana del gasto público

La palabra «estímulo» es engañosa. Imprimir más dinero (expansión monetaria) o prestar dinero que no se tiene (expansión crediticia) no es una pócima que mejore la salud económica. La riqueza no consiste en tener más dinero, que al fin y al cabo es un medio de intercambio, sino en tener a disposición una mayor cantidad de bienes de consumo. A tal efecto, cualquier cantidad de dinero (fraccionable) sirve cabalmente a las necesidades comerciales. Solamente mejorando la productividad, incrementando la tasa de capitalización, puede mejorar la economía. Si la ciencia económica, desde los escolásticos hasta los austriacos, ha advertido los efectos nocivos de la inflación, ¿cómo pudo Keynes vender su falaz Teoría General? Cuando ésta se publicó, en 1936, el clima intelectual era favorable a las ideologías colectivistas —comunismo, fascismo— y a la intervención económica de los gobiernos. Además, las ideas de Keynes eran un pretexto «científico» al anhelo de todo gobernante: gastar, gastar y gastar. En palabras de Rothbard (2010: 37): «La Teoría General no era verdaderamente revolucionaria, sino una frecuentemente refutada falacia mercantilista e inflacionista, vestida con un brillante ropaje y construida con una nueva jerga incomprensible».

Serie ‘El lenguaje económico’

(XV) Empleo y desempleo

(XIV) Nacionalismo

(XIII) Política

(XII) Riqueza y pobreza

(XI) El comercio

(X) Capitalismo

(IX) Fiscalidad

(VIII) Sobre lo público

(VII) La falacia de la inversión pública

(VI) La sanidad

(V) La biología

(IV) La física

(III) La retórica bélica

(II) Las matemáticas

(I) Dinero, precio y valor

Bibliografía

Huerta de Soto, J. (2011). Dinero, crédito bancario y ciclos económicos. Madrid: Unión Editorial.

Lacalle, D. (2022). «Inflación persistente, fenómeno monetario».

Lanchester, J. (2015). Cómo hablar de dinero. Barcelona: Anagrama.

Rothbard, M. (2010). Keynes, the man. Alabama: Ludwig von Mises Institute.

Gasto público y reformas monetarias en el Imperio Romano (I): Siglos I y II

El fenómeno de la devaluación monetaria y sus consecuencias es un proceso que no solo se verifica en la Modernidad, sino que tiene raíces mucho más profundas, que llegan hasta la Antigüedad. Con la descomposición de la República romana en el siglo I a.C. y el ascenso al poder del sobrino-nieto de César, Cayo Octavio, rebautizado como Augusto en el 27 a.C., el nuevo emperador puso en marcha una reforma monetaria de profundo calado al poco de llegar al poder, entre los años 23 y 18 a.C.

El viejo sistema republicano trimetálico de 9 numerales distintos de plata, latón y bronce se convirtió en un nuevo sistema cuatrimetálico de 9 numerales de oro (áureo y quinario áureo), plata (denario y quinario), latón (sestercio y dupondio) y cobre (as, semis y cuadrante). El denarius aureus o nummus aureus era la base estable de todo el sistema: de los 8,175 g. teóricos del áureo cesariano pasó a los 7,785 g. teóricos a partir del año 2 a.C., con un alto contenido de metal precioso del 98%. El denarius argenteus, en cambio, era el eje principal del nuevo sistema monetario imperial: de los 4,54 g. teóricos del denario republicano pasó a los 3,892 g. teóricos con Augusto, también con un alto contenido de metal precioso del 97-98%. El sestercio y el as, por su parte, funcionaron como monedas de uso habitual y como unidades de cuentas: el sestercio pasó de los 1,13 g. de plata en época republicana a los 27 g. de latón en época de Augusto, mientras que el as cambió de los 54,5 g. de bronce durante la República a los 11 g. de cobre en época augustea.

Estas rebajas de peso, de los numerales de oro y plata, y cambios de metal por unos más económicos, en el caso de las denominaciones de latón y cobre, unidos a la conquista de Egipto y a la pacificación de todo el Imperio romano, permitieron a Augusto unos niveles de gasto público “keynesiano” sin precedentes: se reformaron en profundidad la administración, la justicia, las finanzas, los cultos y el ejército imperiales, se llevaron a cabo nuevas y costosas conquistas por todo el orbe romano y se completó un nunca antes visto programa de obras públicas por todo el Imperio, tan ambicioso que Suetonio recuerda que “pudo con justicia jactarse de dejar Roma de mármol, habiéndola recibido de ladrillo” (Suet. Aug. 28.3.2-4). Su presupuesto anual medio ascendió a ca. 440 millones de sestercios, de los cuales ca. 273 millones (62,5%) financiaban al ejército y a los pretorianos, 55 millones (12,1%) iban a parar a la administración imperial, 60 millones (13,6%) a la subvención gratuita mensual de trigo a los romanos más desfavorecidos (annona), y tan sólo ca. 7 millones (1,7%) se destinaban a obras y juegos públicos.

Siguiendo el mismo esquema augusteo de devaluación o bajada de peso de la moneda y posterior inyección de gasto público en el mercado romano, sus sucesores en el trono imperial durante los siglos I y II d.C. llevaron a cabo hasta 12 devaluaciones de la cantidad de plata del denario en diferentes momentos históricos. El primer emperador en devaluar el denario tras Augusto fue Nerón, que lo rebajó a ca. 3,18 g. y 93,5% de plata entre los años 64 y 68 d.C. El excéntrico emperador, amante del arte, los viajes y los conciertos, necesitaba una notable inyección de moneda estatal para sus políticas de empleo público, de redistribución de grano, de celebración de nuevos espectáculos y, sobre todo, para sus faraónicos proyectos en Roma tras el incendio del año 64, que arrasó buena parte del centro de la capital: su más grandioso proyecto fue la Domus Aurea, un complejo palaciego de exacerbado lujo de casi 220 hectáreas en el corazón la Urbs.

En el 70 d.C. nuevamente Vespasiano redujo el denario al 90% de plata, para hacer frente a la crisis financiera que había devastado la economía romana tras la guerra civil del año de los 4 emperadores (69 d.C.). Y Domiciano, tras reestablecer temporalmente la ley del denario hasta el 98% en el 82 d.C., volvió a devaluarlo al 93,5% de plata en el año 85 d.C.: el aumento del stipendium militar, la construcción de la línea defensiva de los agri decumates y, sobre todo, las guerras en Britania y en el Danubio contra germanos y dacios, a los que tuvo que sobornar, vaciaron el erario imperial y le obligaron a volver a devaluar la moneda. Lejos de frenarse, en el siglo II d.C. continuaron las devaluaciones.

En el 107 d.C. el hispano Trajano rebajó nuevamente el denario hasta el 89,5% de plata para costear el aumento de las legiones y las victorias en Dacia y Arabia, entre los años 101 y 107, y para financiar las nuevas campañas en Armenia y Mesopotamia. Ni siquiera los inmensos botines de todas estas campañas consiguieron aliviar los, cada vez más grandes, costes del Estado romano: Trajano, de hecho, estableció ayudas públicas para los más necesitados (alimenta), condonaciones masivas de deuda en el año 102 d.C. y desmesurados nuevos proyectos en el centro de Roma, el más famoso de ellos, el Foro de Trajano, con su famosa columna historiada.

En el 148 d.C. Antonino Pío volvió a devaluar el denario hasta el 83,5% de plata, seguido en el 161 d.C. por Lucio Vero, que lo dejó en el 79% de ley. La paulatina ralentización y disgregación de la economía romana durante el siglo II d.C., comprobable sobre todo en las provincias, y el aumento cada vez más crónico del gasto público, no hicieron más que agravar la situación de las finanzas del Imperio: el presupuesto anual del Estado romano había pasado de 440 millones de sestercios del período augusteo a los 830-900 millones a mediados del siglo II d.C.

El último cuarto del siglo vio como el denarius argenteus cayó hasta casi la mitad de su valor original. Primero Cómodo lo devaluó adicionalmente hasta el 76% de plata en el 180 d.C. y luego, nuevamente hasta el 74% en el 186 d.C.: la caída de los ingresos por las pestilencias del 180 d.C., primero, y del 187-188 d.C., después, se sumaron a las continuas ayudas públicas, a los costes crecientes del ejército y al derroche en las fiestas y juegos públicos del estrafalario emperador, que se identificó a sí mismo como nuevo Hércules.

Estas continuas devaluaciones no fueron suficientes, pues el emperador se enfrascó también en constantes confiscaciones a privados y ventas de los cargos políticos, llegando a nombrar hasta 25 cónsules en el año 189 d.C. Su asesinato en el año 192 d.C. mejoró fugazmente las cosas. Pertinax, hombre de confianza de Marco Aurelio, trató de poner orden en la moneda romana revalorizando el denario hasta el 87% de ley en el 193 d.C., pero su negativa a aumentar el donativo de los pretorianos hizo que éstos lo asesinaran, sólo 87 días después de su nombramiento como emperador, y subastasen su posición entre Flavio Sulpiciano y Didio Juliano, quién ganó finalmente la subasta, volviendo a devaluar el denario hasta el 81,5% de plata.

La guerra civil que sucedió a su brevísimo reinado de 66 días, durante el año de los 5 emperadores (193 d.C.), vio como Septimio Severo, al mando de las legiones danubianas, se alzaba con el poder. Con este emperador comenzó el dominio casi absoluto del ejército romano en las finanzas del Imperio: el emperador africano aumentó el número de las legiones para sus campañas en Mesopotamia y Britania, incrementó la paga de los soldados de 1200 a 1600-2000 sestercios anuales y, sobre todo, instituyó la annona militaris, un impuesto especial para las necesidades del ejército.

Además, en campo social, estableció nuevas distribuciones gratuitas de grano y aceite de oliva en Roma, además de nuevas ayudas por valor de 880 millones de sestercios, entre ellas, medicinas gratuitas para los más necesitados, organizó nuevos y extravagantes juegos públicos, y, por último, emprendió nuevos programas urbanísticos en Roma y provincias: en la capital construyó un nuevo palacio imperial en el Palatino, adornó el extremo oeste del Foro romano con su arco e inició la construcción de un vasto conjunto de termas; en las provincias, por su parte, ejecutó un enorme programa de obras públicas en su ciudad natal, Leptis Magna, y gastó grandes cantidades en la reparación de carreteras, asumiendo también los costes del servicio postal. Para hacer frente a este exorbitado gasto público, devaluó hasta 3 veces seguidas el denario: primero hasta el 78,5% de plata nada más llegar al poder, en el 193 d.C.; después hasta el 64,5% un año después, en el 194 d.C. y, finalmente, hasta el 56,5% de ley en el 196 d.C.

El áureo, por su parte, aguantó mejor las devaluaciones a lo largo de los dos primeros siglos del Imperio: de los 7,8 g. de época augustea pasó a los 7,2 g. con Septimio Severo, con una reducción de la cantidad de oro del 98% hasta el 88-90% a finales del siglo II d.C. Así pues, constatamos como, en el Imperio romano, todas las devaluaciones se enmarcan en contextos de elevado gasto público: por motivos bélicos, por aumentos de las ayudas sociales, por entregas de efectivo a grupos concretos de presión con motivo de adhesiones o aniversarios imperiales, por nuevos proyectos públicos o para diversos tipos de extravagancias, según los caprichos del dirigente en cuestión. Las devaluaciones tendían a ir acompañadas de aumentos considerables de la actividad de la ceca, cuando había presiones por producir más monedas y financiar los diversos proyectos públicos.

Este exceso de liquidez producía un inmediato efecto Cantillon: del mismo modo que la miel de Hayek, los primeros que recibían esta nueva moneda devaluada, generalmente amigos y colegas del emperador, senadores, altos cargos o bien generales de alto rango o pretorianos, eran los más beneficiados en la cadena monetaria, a costa del resto de la población.

El aumento de la masa monetaria total generó inflación, que, si bien durante los dos primeros siglos del Imperio fue moderada, del 0,7% ca. de media anual, a partir de mediados del siglo III se convirtió en hiperinflación. Tales prácticas hicieron aumentar los pagos en especie y produjeron una ralentización y un deterioro crónico de las redes comerciales, que acabarían por desintegrarse totalmente en los siglos venideros.

¿Llega tarde la Fed?

El pasado 30 de enero, el presidente de la Reserva Federal (Fed), Jerome Powell, declaraba que quizá fuese un buen momento para retirar la pablara “transitoria” de la descripción de la inflación actual y tratar, por lo tanto, de dar una explicación más acertada de la situación. Hasta ahora, la supuesta transitoriedad de la inflación había sido el principal argumento esgrimido por la Fed a la hora de defender la continuación de su hoja de ruta de política monetaria expansiva y la persistencia de la misma en un momento de notable recuperación económica y elevada inflación, especialmente en el caso de EEUU.

A lo largo de la Historia hemos podido observar cómo la pérdida de control sobre la inflación por parte de los bancos centrales (no es el caso de momento) produce daños tanto políticos como económicos, ya que una vez se desanclan las expectativas de inflación y se entra en una espiral de salarios-precios, la dureza de la política monetaria contractiva necesaria para devolver las tasas de inflación a cifras cercanas al objetivo suele generar una recesión, con el consecuente coste político de la misma. No son pocos los economistas que consideran que hoy en día la Fed está actuando tarde y que esto podría derivar en una pérdida de control sobre las expectativas de inflación que llevasen al desanclaje de las mismas.

Por otro lado, muchos otros economistas (como es el caso de Krugman frente a Larry Summers) consideran que la inflación en EEUU aún se puede considerar transitoria y que, por lo tanto, no hay motivos suficientes para reclamar un viraje de rumbo radical de la política monetaria, sobre todo en un momento en el cual podría truncar la recuperación económica -según Krugman-. El hecho de que la inflación sea o no transitoria no depende exclusivamente de la evolución de los precios en determinados mercados o del agregado de estos, sino de las políticas que se estén desarrollando y planeando aplicar en un futuro cercano, considerando el efecto que estas podrían tener sobre la evolución del nivel de precios, junto a shocks que puedan surgir por el lado de la oferta.

Uno de los riesgos que personalmente observo es que, hoy en día, y en el entorno de política monetaria actual, cualquier shock adicional que afectase a los precios encontraría un mecanismo de transmisión rapidísimo, al no estar activado en este momento ningún cortafuegos frente a la inflación. En el caso de EEUU, además, con la situación presente de su mercado laboral, sería más fácil que nunca que un shock de oferta negativo adicional redundara en un desanclaje de las expectativas de inflación y activara la espiral de salarios-precios anteriormente mencionada.

Una situación como la descrita no sería de extrañar, sobre todo en un momento en el que los niveles de consumo real en EEUU han vuelto a la tendencia pre-pandémica, según datos del Institute for International Finance (2022), debido principalmente a los programas de estimulo fiscal masivos llevados a cabo por el Gobierno. Además, la inversión, tanto corporativa como residencial se halla en niveles muy altos, sosteniendo una tendencia de crecimiento fuerte y constante, lo que hace que la recuperación del gigante norteamericano sea sin duda la más fuerte de entre los países desarrollados.

Tal y como he comentado anteriormente, la situación de tensión del mercado laboral norteamericano es también uno de los principales factores a estudiar a la hora de extraer cualquier conclusión acerca del futuro cercano de la inflación. Variables como la tasa de actividad, la tasa de empleo o el número de desempleados por puesto de trabajo disponible están registrando las mejores cifras desde hace muchos años, superando la media desde el año 2001. De hecho, la propia Fed es consciente de ello, ya que reconoció hace relativamente poco que se estaba cumpliendo con el objetivo de maximización del empleo, dando lugar ahora a centrarse más en la tarea de estabilización de la inflación.

Al inicio del presente artículo comentaba que uno de los principales temores de los bancos centrales en todo mundo y especialmente en EEUU es que un rápido incremento de la tasa de inflación cause un desanclaje de las expectativas de los agentes económicos y de lugar a una espiral salarios-precios. Pues bien, a este respecto podemos observar que el incremento en ingresos nominales en EEUU para los trabajadores sitúa la compensación total a los mismos en niveles previos al año 2020, aunque si bien es cierto, en términos reales dichas ganancias se situaban en diciembre de 2021 más de un 3,5% por debajo de los niveles previos a 2020.

El factor que está causando que un incremento tan elevado de los salarios no esté generando suficientes ganancias en términos reales para los trabajadores no es nada más que la inflación. Esta llegó a alcanzar el 7% anual en EEUU, siendo la cifra más alta en más de 40 años, con la inflación subyacente alcanzando cifras nada despreciables como es el 5,5%. Además, si analizamos por componentes, tal y como muestran los datos del Institute for International Finance, la inflación supera el 2% en más del 70% de los productos de la cesta del índice.

En este sentido, es posible que a lo largo de los próximos meses veamos una ralentización del crecimiento de la inflación de ciertos bienes, debido a incrementos de oferta en determinadas industrias que ayuden a resolver la tensión actual en muchas cadenas de valor. Aún así, con los presentes niveles de inflación y siendo esta una tendencia cada más generalizada y extendida a casi todos los sectores de la economía, podría no ser suficiente para que la inflación volviera a sus niveles de objetivo medio.

Aunque la Fed ya haya anunciado una finalización escalonada de su programa extraordinario de compra masiva de deuda a causa de la pandemia, aún mantienen activos otros programas de compra de activos y los tipos al 0,25%. En otros países se puede argumentar que las causas de la inflación actual son puramente de oferta, pero este no es el caso de EEUU donde los niveles de consumo se hallan en máximos desde 2019. Por ello, la Fed debe recalibrar su política monetaria y situar el control de la inflación como su principal prioridad durante los próximos meses.

No cabe duda de que la senda marcada por la Fed para los próximos meses es definitivamente contractiva en lo referente a la política monetaria, pero cabe preguntarnos si está llegando a tiempo o si, en cambio, esto ya no hará nada por controlar las expectativas de inflación, teniendo que promover una política monetaria mucho más contractiva para mantenerlas bajo control. Si la situación fuera esta última, el crecimiento económico del gigante norteamericano se podría ver seriamente dañado, con los consecuentes efectos sobre el mercado laboral.

De momento, se esperan varias subidas de tipos a lo largo del presente año y el siguiente. La media de los analistas espera que los tipos terminen entre el 0,6% y el 0,9% este año, para elevarse hasta entre el 1,4% y 1,9% en 2023, lo cual seguiría manteniendo los tipos de interés reales en terreno negativo.

Por lo tanto, debemos plantearnos si la política monetaria que se diseñó para los primeros meses de irrupción del Covid es la misma que necesitamos ahora. Seguramente no. Si deseamos mantener el crecimiento económico en el tiempo a la par que mantenemos la inflación bajo control, la Fed debe plantear una sensata ruta de estabilización de la inflación.

Drácula, Frankenstein y la inflación

Con los datos del IPC de Octubre ya en la mano, pasada la festividad de Halloween (todos los santos para los más tradicionales), podemos confirmar que los muertos se han levantado, concretamente en este caso, el fantasma de la inflación. Un viejo enemigo, muy celebre en épocas pasadas.

Podemos definir la inflación como una subida sostenida y generalizada de los precios. Y el mejor indicador para estudiarla es el IPC (índice de precios al consumo), que es un índice de precios, de una lista de bienes y servicios consumidos estadísticamente típica de una familia. Teniendo en cuenta que la subida de precios anual, este Octubre se ha previsto en un 5,5% (la cifra más alta en 29 años), ya no hay duda: Nuestra economía está sufriendo una inflación cada vez más galopante. En septiembre era del 4%, y en agosto del 3,3%.

La primera pregunta que habría que hacerse sería: ¿Por qué ocurre esto? Y la explicación la tenemos en la cantidad de planes de estímulos de todos los organismos, para relanzar la economía. Planes por otra parte, que lo único que consiguen es zombificar la economía con deuda y tipos de interés ridículos. Planes de “recuperación y resiliencia”, “escudos sociales”, “fondos Next Gent”… Todo un sistema que se basa en la capacidad de los bancos centrales de imprimir e imprimir dinero, para que los gobiernos gasten a espuertas.

La otra pregunta que nos viene a la mente es: ¿Cómo nos afecta esto? Fácil: Que los precios no paran de subir; es decir el dinero existente cada vez vale menos, ya que con los mismos euros ahora vas a poder comprar menos. Y, sobre todo, tus ahorros empiezan a perder valor. En un país con una inflación de este nivel y tipos de interés bajísimos, hacer que los ahorros no se deprecien se convierte en una hazaña si no se quiere prácticamente jugar a la ruleta con ellos. Este tipo de políticas, no solo llaman al sobreendeudamiento sino también a la sobreexposición al riesgo.

La deuda a la que hacemos mención, tiene mucho que ver con que ocurra esto. No es casualidad que los responsables de los programas de estímulos que provocan dicha inflación sean los únicos beneficiados por esta, al ser los más endeudados. Porque al igual que los ahorros valen menos con el aumento de precios, este fenómeno también afecta a las deudas. ¿Y cuáles son las instituciones más endeudadas de todas? Los Estados. La inflación es la medida más usada a lo largo de la historia, para reducir la deuda gubernamental. Además de que como es un fenómeno que ellos no aprueben como podría ser un nuevo impuesto, la opinión pública no les afea esta situación. Pr ello, la inflación es también conocida como el impuesto silencioso, beneficia a los endeudados (los estados) y perjudica a los ahorradores, comiéndose sus ahorros, sin que estos localicen al culpable.

Para frenar este fenómeno, solo hay un camino, apagar la máquina de hacer dinero, frenar los estímulos y el gasto masivo, sea con el apoyo de los distintos gobiernos o sin él. Para eso existe la sagrada independencia de los bancos centrales frente a los gobiernos. Recordando que, según los estatutos fundacionales del nuestro, el Banco Central Europeo, su objetivo primordial por encima de cualquier otro, incluido el crecimiento económico, es la estabilidad de precios.

Cómo la inflación podría terminar descontrolándose

La inflación en EEUU se disparó en abril hasta el 4,2%: máximos desde el año 2008. Y aunque es verdad que semejante estallido se ha debido fundamentalmente al encarecimiento de la energía con respecto a los mínimos del año anterior (solo esta rúbrica ha aumentado un 25,1% en los últimos 12 meses), hay tres razones por las que no deberíamos despachar lo ocurrido como un fenómeno anecdótico e irrelevante.

La primera es que la subida fue mayor de lo que esperaban la mayoría de analistas: si bien el mercado ya anticipaba un alza del 3,6%, finalmente ha sido del 4,2%. Por tanto, la mayoría de agentes económicos habrá tenido que revisar al alza sus expectativas después de esta ‘sorpresa’ hacia arriba. La segunda es que el IPC interanual descontando la energía y los alimentos (la inflación subyacente) se encuentra en el 2,95%, lo que constituye la tasa de variación más elevada no desde 2008, sino desde 1995. Y tercera, aun cuando estemos ante un episodio de inflación transitoria como consecuencia del rebote de la actividad tras la pandemia, tampoco habría que despreciar el riesgo de que este movimiento al alza de los precios se enquiste en la economía a través de dos vías.

Por un lado, elevaciones en los precios pueden alimentar negociaciones al alza de los salarios que, a su vez, alimenten elevaciones empresariales de los precios para mantener los márgenes. La posibilidad de una espiral inflacionista precios-salarios en EEUU es hoy mucho mayor que en cualquier otro momento durante la última década, porque, en 2019, el mercado laboral se hallaba en pleno empleo y, en la medida en que tras la pandemia volvamos a andar hacia esa situación, el poder de negociación de los trabajadores se verá incrementado.

Por otro, las expectativas de inflación podrían llevar a una caída en la demanda de dinero que, a su vez, alimentara todavía más inflación. Recordemos, en este sentido, que la pandemia ha legado unas políticas fiscales y monetarias muy expansivas que se han traducido en un incremento muy sustancial de los pasivos en dólares: tal como recordábamos en un artículo de hace algunas semanas, en que ya alertábamos del incipiente riesgo de inflación, la M2 se ha incrementado en un 25% durante el último año, de modo que, para estabilizar el valor de toda esa moneda, será necesario mantener la demanda de dólares estructuralmente elevada. Sin embargo, si se extiende la expectativa de inflación entre los agentes económicos, podría terminar sucediendo lo opuesto: los tenedores de dinero podrían acabar buscando refugio en otros activos (bienes de consumo, activos financieros de renta variable denominados en dólares o activos en moneda extranjera) para así evadir el (esperado) impuesto inflacionista. Y esa menor demanda de dinero (motivada por la expectativa de mayor inflación) cebaría la propia elevación de los precios a modo de profecía autocumplida.

Existe, además, otro modo en que las expectativas podrían terminar consolidando una inflación elevada: las expectativas sobre cuál vaya a ser la reacción de la Reserva Federal ante la misma. En la actualidad, los inversores en dólares mantienen la confianza en que el banco central seguirá tratando a medio plazo de estabilizar el valor del dólar: es decir, que si la inflación se desvía significativamente de los objetivos de la Fed (promedio del 2% a largo plazo), la política monetaria adoptará un tono contractivo en forma de reducción de la oferta de pasivos de la Fed y de mayores tipos de interés. Se espera, además, que la Reserva Federal actúe de ese modo con independencia de cuáles sean las necesidades financieras del Tesoro: si los tipos de interés se disparan, serán Biden y Yellen quienes tendrán que apretarse el cinturón con políticas de austeridad fiscal. Pero ¿y si no es así? ¿Y si los inversores empiezan a temer que la Reserva Federal no subirá los tipos de interés para no perjudicar al Tesoro aun en el caso de que la inflación se dispare? En tal caso, la creencia generalizada pasaría a ser que hemos pasado a un régimen de dominancia fiscal, en el que el banco central queda, ‘de iure’ o ‘de facto’, subordinado a la política fiscal del Tesoro: de manera que la calidad del dólar como reserva de valor se vería perjudicada y la consecuente caída de su demanda alimentaría la inflación.

En definitiva, todavía es pronto para saber si los nuevos bríos inflacionistas han llegado para quedarse: de momento, estamos sobre todo ante una elevación de precios como reacción a unos mayores costes energéticos pospandemia. No obstante, la economía estadounidense ha sido estimulantemente abonada durante el último año para que esa chispa inflacionista pueda prender en un incendio de mayores dimensiones, sobre todo según cuál sea la reacción de las autoridades apagafuegos.