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Etiqueta: Innovaciones y nuevas tecnologías

Get on your knees

Tenía –y supongo que sigue teniendo– una buena voz y entre otras cosas produjo los primeros discos de Leño, que para un admirador del Rosendo es un gran plus. Pero es que tantos años de llamarnos "pendejos electrónicos" y denunciar a cualquiera que dijera una palabra más alta que la otra al referirse a la SGAE y sus directivos han hecho su mella.

Así, tras años de leer noticias de cómo la SGAE cobra hasta por representar Fuenteovejuna en Fuenteovejuna vemos ahora a buena parte de su cúpula acusada de robar por la Audiencia Nacional. Julio Alonso, a buen seguro, apreciará la ironía. Condenado porque algunos comentaristas de su blog insultaron a la SGAE, presentó un recurso, otro más, justo el mismo día en que la Guardia Civil registraba sedes y domicilios particulares de quienes lo denunciaron.

Desde 1993, la recaudación de la SGAE se multiplicó por tres. Sin embargo, el dinero que no se repartía por no haberse localizado a su autor lo hizo por 12,5. Pasados cinco años, si se sigue sin identificar a quien debería percibir esos derechos, el dinero pasa a engrosar las arcas de la SGAE. Y con ese dinero se montaron proyectos elefantiásicos como Arteria y se pagó a SDAE y Microgénesis. Y mientras que la Sociedad General de Autores y Editores no puede tener ánimo de lucro, estas compañías en las que también trabajaba parte de la directiva de la SGAE sí que tuvieron todo el ánimo de lucro del mundo. Huele un poco mal, ¿verdad? Veremos qué peste echa después de que el juez Ruz le eche un vistazo.

Lo mínimo que podría hacer la SGAE, pocos días después de unas elecciones en las que la oposición logró el 43% de los votos pero ningún representante en la junta, es prescindir de los implicados. Tratándose de la agencia tributaria de los derechos de autor, un estatus concedido por los políticos, el estándar de responsabilidad debería ser el mismo que exigimos a éstos, por más que no hayamos tenido mucha suerte últimamente con Chaves, Camps y compañía. Si te meten en el calabozo y sales en libertad con cargos por haber robado a la entidad que diriges, lo mínimo es apartarte mientras se dirime el caso. Si un auto judicial pone en sospecha el proceso electoral por el que has sido elegido pocos días después de ganarlo, lo mínimo sería celebrar elecciones de nuevo con las garantías que antes incumpliste.

Pero no. La junta directiva de la SGAE ha decidido que se va a investigar a sí misma. Será gobernada por una junta rectora presidida por alguien independiente y de prestigio… y ambos serán seleccionados de forma sumamente imparcial por la junta directiva de la SGAE. Y se supone que nos tenemos que fiar del trabajo fino que Víctor Manuel y Caco Senante van a hacer para limpiar la institución, con el amigo Teddy, que se va pero no se va, mirando por encima del hombro.

¿Se puede hacer más el ridículo y tomar más por tontos a los españoles? Seguro. Lo veremos en los próximos días. Mientras tanto, seremos elegantes y concederemos a Teddy la presunción de inocencia que niegan a los millones de españoles que apoquinamos el canon.

Sigue el canon ilegal

Una de las principales excusas que se nos vendieron como justificación es que se incorporaba una disposición que obligaba, je, al Gobierno a modificar la regulación del canon digital contra el que tanto nos habíamos movido los internautas.

El plazo era de tres meses. La ley se publicó en el BOE el 5 de marzo. Echen cuentas. Como denuncia la Asociación de Internautas, el plazo ha expirado. No soy, en cambio, tan optimista en su conclusión de que el Gobierno está delinquiendo al no obedecer la ley. Creo que a estas alturas todos sabemos que la en España la Ley está hecha para la Casta, y no la Casta para la Ley. Aquello de Kant de que existe libertad cuando gobiernan las leyes y no los hombres, ¿lo recuerdan? Pues eso.

El canon sigue vigente, sigue vigente tras ser declarado ilegal en su formulación actual, y el Gobierno no ha movido un dedo. No es que sorprenda: la economía española se está yendo por el desagüe y tampoco es que se muevan mucho. Y ETA ha vuelto a las instituciones también, con el aplauso progre unánime, que argumenta que lo democrático es meter a los verdugos a gobernar a las víctimas. Así que esto no es deja de ser un tema menor. Sinde está muy ocupada ampliando el déficit para dar dinero a sus colegas del cine, así que no es cuestión de molestarla con temas menores, como ese diezmo impuesto a la tecnología para pagarle la pensión al menesteroso Teddy Bautista.

Lassalle ya se quejó a la ministra en el Parlamento y ésta le respondió que era mejor "una buena ley retrasada que una mala ley puntual". Sinde es incapaz de lograr ninguna de las dos cosas, por lo que se ve. Cabe suponer que el portavoz de Cultura considera que con esa pregunta ha cumplido. Pero nos debería dar alguna explicación a los internautas. No pretenderá que nos creamos que fue tan tonto como para fiarse de la palabra del Gobierno de Zapatero, Rubalcaba y Sinde, ¿no?

Navegar con el DNI tatuado en la frente

…luchar contra el terrorismo, combatir la pornografía infantil o (por algún motivo, tratan de hacernos creer que se trata de una lacra tan peligrosa como las anteriores) terminar con las "descargas ilegales".

En cualquier caso, los políticos de todo el mundo suelen hacer referencia a la lucha contra el crimen para justificar alguna nueva medida destinada a controlar qué hacemos los ciudadanos en internet.

El último ejemplo de esto viene de tierras nórdicas, en concreto, de la patria de La Sirenita (la estatua, no la de Disney). El Ministerio de Justicia de Dinamarca pretende crear un sistema de identificación obligatorio para poder navegar en internet, de manera que se pueda identificar de forma exacta a un internauta sin tener que recurrir a la menos precisa IP (que permite localizar el ordenador, pero no al usuario que lo ha manejado). Por supuesto, y como señalábamos más arriba, la excusa es poder determinar quién ha cometido un delito utilizando internet. En concreto, dicen, la idea es utilizarlo para perseguir a los implicados en actos de terrorismo.

El problema de este tipo de medidas es que permiten ejercer un mayor control de la población, no sólo de los posibles implicados en acciones delictivas. Por muchos controles que se traten de imponer para evitar abusos, como la obligación de una orden judicial para rastrear el comportamiento de un usuario concreto, las autoridades siempre pueden encontrar modos de saltárselos. Si no, que les pregunten a los responsables de los servicios secretos de todo el mundo. Y, aunque no fuera sencillo, este tipo de medidas suponen una vigilancia excesiva sobre los ciudadanos.

Veamos un equivalente fuera de la red. Lo que quiere imponer el Gobierno danés es el equivalente en internet a obligar a los ciudadanos a vivir con el documento de identidad tatuado en la frente, de manera que en todo momento las autoridades puedan saber quiénes son, con independencia de que estén atracando a alguien, besando a su pareja o comprando un libro. Se trata de una medida de control más propia de un Estado policial que de una democracia asentada y respetuosa con la intimidad y la libertad de los ciudadanos.

Como dijera Hamlet en la obra de Shakespeare: "algo huele a podrido en Dinamarca". Y, lo que es peor, es el tipo de podredumbre que le gusta imitar a todos los gobiernos. Por nuestra seguridad, eso sí. O al menos eso dicen.

Ya era hora

En rueda de prensa posterior aclararon que en dicha organización había dos niveles de usuarios: los que se limitaban a apuntarse a echar abajo los sitios web y quizá comentar en foros y chats y quienes montaban esos chats, preparaban las web donde se hacían los llamamientos, etc. Los tres detenidos formaban parte de este segundo grupo, al que han calificado de cúpula a falta de un nombre mejor.

Pero fuera de esta anécdota, que muchos fanáticos del vandalismo digital han querido elevar a categoría, lo relevante es que son las primeras detenciones desde que el Código Penal incluyera en su tipificación el delito de ataque informático que incluye penas de seis meses a tres años para quienes "obstaculicen o interrumpan" el funcionamiento de un servicio informático ajeno. Dado que el sentido de la ley es protegernos del daño que nos puedan provocar terceros, parece increíble que hayamos tenido que esperar tanto para que se persiga un comportamiento que tan claramente entra en este concepto.

Sin embargo, se está popularizando en exceso la idea de que, mientras no se emplee la violencia, actos como los que comete Anonymous contra diversos sitios web o los protagonizados por los acampados de Sol y otras plazas son legítimos. Es más, como con sus actos parecen haber logrado más atención que la acaparada por quienes se han manifestado estos últimos años respetando los derechos de los demás, como las víctimas de terrorismo, sería la forma recomendable de protestar.

La violencia es sólo una forma de atacar nuestros derechos, especialmente grave, pero no la única. Si siguiéramos el razonamiento de estos iluminados, los carteristas y timadores en general podrían hacer su encomiable labor, que tantas buenas películas y series ha provocado, ya que no pegan a nadie cuando le roban. De hecho, los partidarios de los perroflautas y okupas de Sol ni siquiera podrían quejarse contra los políticos corruptos, que tampoco es que vayan por la calle con el bate de béisbol atizando a diestra y siniestra. El Código Penal está repleto de delitos en los que la violencia física no juega ningún papel. Es el caso del ataque informático, que ya tardaba en estar tipificado.

Ni tomar las plazas, ni las calles, ni montar algaradas callejeras ni reventar sitios web son medios aceptables, sean cuales sean los fines. Poner silicona en las vías de acceso a la web no puede estar permitido en un Estado de Derecho. Esperemos que los jueces, si las pruebas demuestran lo que la Policía dice que demuestran, nos confirmen que España está un poco más cerca de ese ideal.

Tres eran tres los acosos a internet

Si exceptuamos las dos mayorías absolutas que obtuvo Aníbal Cavaco Silva hace ya dos décadas, la victoria que este domingo cosechó Pedro Passos Coelho en las elecciones legislativas portuguesas es la mayor en la historia del centro-derechista Partido Social Demócrata (PSD). Passos ha sacado más de 10 puntos de diferencia y 32 escaños a su más directo rival, el socialista José Sócrates, que está al frente del Gobierno luso desde hace más de seis años.

En poco más de un lustro el Partido Socialista portugués ha pasado de dominar sin contemplaciones la Asamblea de la República a hundirse, literalmente, en la más negra miseria electoral. Cuando Sócrates llegó al poder en el año 2005 Portugal ya estaba en crisis, de hecho, la agenda de aquellos comicios fue básicamente económica. El país vecino se encontraba ya entonces fuertemente endeudado y su economía era absolutamente incapaz de crecer a pesar de las vacas gordas que entonces se enseñoreaban del continente, especialmente de España.     

En aquel entonces Portugal ya necesitaba reformas y el debate electoral de 2005 se centró en torno a ellas. Se sabía, por ejemplo, que más tarde o más temprano el tamaño del Estado debería reducirse dramáticamente, o que la orgía de crédito barato propiciada desde el BCE traería funestas consecuencias. El PIB portugués se mantuvo plano durante toda la primera década “prodigiosa” del siglo, al tiempo que crecía desmesuradamente el déficit exterior y se empinaba la curva del gasto público.

Pero los portugueses prefirieron mirar hacia otro lado entregando el poder a los socialistas, que incidieron en todos los males pasados e incurrieron en nuevos pecados que han llevado al país a la bancarrota. Tarde y de muy mala manera nuestros vecinos han despertado votando masivamente al otro partido, el de Cavaco y Durao Barroso, que en otros tiempos les trajo tranquilidad materializada en una bonanza económica todavía hoy añorada por los que recuerdan los felices años ochenta.

Como en el caso de España, el vuelco electoral se ha debido más a deméritos del gobernante que a méritos del aspirante. El PSD se ha beneficiado del hartazgo de los portugueses con el Gobierno socialista, que se ha demostrado durante varios años su incompetencia para lidiar con la peor crisis económica del último medio siglo. Poco a poco –en la elecciones de 2009 todavía ganaba con autoridad el PS– los portugueses se han ido percatando que los oficiales que gobiernan el barco son unos ineptos y que ha llegado la hora de probar con otros.

Un fenómeno similar está ocurriendo por toda Europa, especialmente por los países más castigados por la crisis económica. En Irlanda el pasado mes de febrero el populista Fianna Fáil perdió el poder tras 14 años de Gobierno. El taoiseach (primer ministro) Brian Cowen, que gobernaba en coalición con los Verdes, se retiró dejando a su partido hundido en las elecciones generales. Desde la fundación de la República de Irlanda en 1921 nunca un partido en el Gobierno había perdido tantos votos de una tacada. El heredero del desastre fue, una vez más, el partido de la derecha, en este caso el liberal-conservador Fine Gael liderado por Enda Kenny, vicepresidente del Partido Popular Europeo.

El programa que defendió Kenny en los comicios era esencialmente liberal en lo económico. Apostó en plena tempestad de los rescates financieros por la rectitud fiscal y la reforma en profundidad de una economía gravemente herida como la irlandesa. A Kenda Kenny, como próximamente a Pedro Passos y tal vez el año que viene a Mariano Rajoy, le está tocando bailar con la más fea. El necesario ajuste, que debiera haberse llevado a cabo hace tres años, tiene que hacerse ahora con el tejido económico seriamente debilitado. Una mayoría de portugueses e irlandeses se han terminado por dar cuenta de que no existe otra receta para salir de la crisis que poner fin al despilfarro público y acometer las imprescindibles reformas.

Algo similar, aunque fuera de la zona euro y, por lo tanto, con características diferentes, sucedió en el Reino Unido hace poco más de un año. Tras unas elecciones en las que el Partido Laborista de Gordon Brown se derrumbó, el conservador David Cameron formó gobierno con los liberal-demócratas de Nick Clegg. La receta que está aplicando Cameron es la única posible en las circunstancias actuales: rigor presupuestario y estímulo a la creación de riqueza. Exactamente lo contrario de lo que venían haciendo los laboristas desde que estalló una crisis que se ha cebado sobremanera con Gran Bretaña.

El nuevo fantasma que recorre las viejas tierras de Europa no es el comunismo que vaticinaba Karl Marx hace siglo y medio, sino el liberalismo clásico de toda la vida, aquel que propugna un tamaño comedido del Estado, bajos impuestos y la devolución a la sociedad civil de las prerrogativas económicas que le son propias. Una política de brutal realismo no exenta de cierta heroicidad para quien pretenda ponerla en práctica.

La otra opción, la del Estado omnipotente y derrochón que nos sumerge en la sima de la deuda y nos lleva directos a la quiebra, ya la hemos probado. Tan sólo quedan España y Grecia por salir del ciclo socialista. En la primera la victoria sin paliativos del Partido Popular en las municipales es un preludio esperanzador de lo que puede suceder en las próximas elecciones generales. En la segunda el panorama es mucho más negro. Los griegos han diagnosticado mal su enfermedad y, no contentos con eso, quieren remediarla con la medicina equivocada. Sólo el tiempo dirá si consiguen salir de esta.

El fin de Jauja en Spotify

Desde el inicio de mayo, Spotify decidió poner límites al uso gratuito de su servicio. Hasta ese momento, unos cuantos millones de usuarios privilegiados, invitados en la primera época del lanzamiento, podíamos disfrutar sin pagar nada de ilimitadas audiciones de su fondo de canciones, aunque con algún anuncio de vez en cuando. Desde entonces, dicho disfrute queda restringido a diez horas mensuales y un cierto número máximo de veces de cada canción.

Y así, nos hemos visto expulsados de la tierra de Jauja, en la que, como es bien sabido, abundan los ríos de leche y requesón, y los árboles de tocino y buñuelos. ¿Es esto una desgracia? Sí, para quien solo vea el aquí y el ahora.

Pero el que comprende que Jauja es solo una leyenda, también sabe que no hay almuerzo gratis, y que también el excelente servicio que proporciona Spotify (alabado en previas columnas por un servidor) tiene sus costes. Y que si los dueños de Spotify no recuperan el dinero que meten en él, se verán obligados tarde o temprano a cerrar el servicio. Cierre que sí sería perjudicial para todos los que, de una forma u otra, disfrutamos del servicio. Porque, si eso ocurre, entonces ni siquiera los que estén dispuestos a pagar tendrían el servicio a su disposición.

Spotify se enfrenta al reto a que tarde o temprano se enfrenta todo negocio: ¿vale lo que suministro más de lo que me cuesta? Esta ley inmutable para la economía sostenible (esta sí es una ley de verdad, no las que hacen los políticos, aunque le pongan el mismo nombre) ha encontrado su mayor afrenta en el mundo internet y con especial virulencia a principios del siglo XXI, donde muchos ilusos pensaron que en la nueva economía nada tendría coste.

Florecían (y florecen) "negocios" en que su viabilidad se medía por el número de visitas o el de usuarios únicos, sin atender para nada a los ingresos que estas visitas o clientes generaban. En estos modelos de negocio, se extrapolaba la conducta de los individuos en una situación atípica, la gratuidad de la satisfacción obtenida, a la que tendrían cuando empezaran a pagar, asumiendo que se mantendría hasta cierto punto.

Sin embargo, la verdadera prueba de satisfacción del individuo no es cuando se le da una cosa gratis, sino cuando se mide si la valora por encima de lo que cuesta. Servicios que parecen maravillosos cuando no suponen pagos para el individuo, se convierten en perfectamente prescindibles cuando toca soltar la pasta, aunque sea a un precio tan barato que ni siquiera cubra los recursos invertidos. Esta fue la prueba que no pudieron superar muchísimos supuestos negocios en la primera época de internet.

Y es la prueba a la que ahora se somete Spotify, y a la que tampoco han de ser ajenos servicios tan ilustres como Facebook o Twitter. También ellos se enfrentarán tarde o temprano a la maldición de validar si el servicio tan demandado por millones de clientes les es realmente útil o se queda en un mero capricho pasajero.

Qué pena que la Asamblea de Sol no pueda abolir la Ley de los Costes. Tendríamos Spotify gratis de por vida.

El lío de Microsoft y Skype

La discrepancia es muy llamativa, tanto como para que muchos andemos preguntándonos qué ha visto el señor Ballmer en el futuro para dar tal valoración a una empresa de llamadas telefónicas por internet. Por centrar más la cifra, los analistas financieros cifran el valor de cada cliente adquirido en unos 1000 dólares, cuando cada uno de esos clientes, según los mismos cálculos, da una media de 30 dólares de beneficios.

Lejos de nuestra intención poner en duda la capacidad emprendedora de una empresa con el registro histórico de Microsoft: algo estarán viendo que los demás mortales no alcanzamos. Por algo Microsoft es una de las empresas más grandes del mundo, posición lograda sin ningún favor gubernamental.

Sin embargo, sí existen algunos aspectos que merecen particular reflexión. Por ejemplo, esta fusión nos trae ecos de la burbuja tecnológica de principios de siglo. En concreto, recuerda enormemente a la fusión Time Warner–America On Line (AOL). Aquella operación, como ésta, suponía la integración entre dos mundos hasta ese momento separados: los contenidos y la informática. Como ésta, fue saludada como el heraldo del nuevo mundo que nos esperaba, y generalmente poco comprendida. Esperemos, por el bien de Microsoft, que no pasen de aquí los parecidos, porque la historia no termina bien: ¿alguien sabe qué ha sido de AOL?

Tampoco se quiere poner en duda la capacidad de innovación de Skype. Sin embargo, desde hace algún tiempo el nombre de Skype se ha visto asociado al debate sobre la neutralidad de red, y no tanto al lanzamiento de servicios revolucionarios. La preocupación principal de Skype es en estos momentos conseguir que los reguladores impidan a los operadores móviles el bloqueo de los servicios de voz sobre IP.

Lo que nos lleva a una paradoja que puede ser letal para la operación. Por un lado, Skype está centrado en que los operadores de telecomunicaciones, por su condición de dominantes, no limiten el acceso a sus servicios. Por otro, resulta que Microsoft es la empresa que mayor persecución ha sufrido por la misma condición.

Ítem más: resulta que Microsoft afirma que los principales beneficiarios de la integración con Skype van a ser sus usuarios de Xbox y Kinect. Pero ocurre que esta plataforma es cerrada y bajo el control absoluto de Microsoft. Las aplicaciones aquí son coto vedado, y solo están accesibles a los clientes de Microsoft, y solo quién decide Microsoft suministra aplicaciones.

Así que a ver quién le ata el cascabel al gato. ¿Seguirá Microsoft la estrategia regulatoria de Skype de acusar de dominantes a las telecos? ¿O serán las telecos las que recuerden al regulador que Microsoft es dominante en aplicaciones informáticas y Xbox?

Y digo yo, ¿no sería mejor que no hubiera reguladores enredando y que Microsoft-Skype y las telecos dedicaran todos sus esfuerzos a dar el mejor servicio posible a los usuarios?

Agenda digital quinquenal

Es un documento digno de los mejores tiempos de las repúblicas soviéticas. Sin duda, es por los éxitos de aquel sistema económico que se vuelve al uso de este tipo de herramientas para mejorar la sociedad.

En el enternecedor documento, la Comisión fija objetivos tan deseables como "aumentar la utilización regular de Internet de un 60% a un 75% en 2015" o "disminuir a la mitad la parte de población que nunca ha usado internet" para la misma fecha.

En la misma línea de buenos propósitos, "un 50% de la población deberá efectuar compras en línea para 2015" con un 20% de dicho comercio electrónico que habrá de ser transfronterizo. El sector empresarial también debe alinearse, y "un 33% de las PYME deberán efectuar compras o ventas en línea" en la fecha talismán.

Entonces es cuando nos damos cuenta de que el documento, lejos de ser enternecedor, es más bien estremecedor. En efecto, se están en él fijando una serie de objetivos que afectan directamente a nuestras vidas. Unos cuantos tipos se arrogan el papel de sabios y pretenden conocer lo que resulta mejor para sus congéneres. Si esto quedara así, no pasaría de un ejercicio interesante sobre la forma que puede tener nuestro futuro; pero el tema va más allá, ya que la Agenda Digital no se limita al ejercicio prospectivo, sino que pretende definir, en 2010, cómo ha de ser nuestra vida para 2015 y para 2020.

¿Y qué pasa si la gente deja de usar internet porque ya no le atraen los servicios que se prestan por ella? ¿Y qué ocurre si la gente que no ha accedido a internet en 2010 es sencillamente porque no le da la real gana? ¿Y por qué oscura razón tiene que comprar la gente a través de internet si prefiere bajar a la tienda de su barrio? En fin, estamos ante un ejercicio de ingeniería social de los que tanto gustan a muchos políticos.

Pero, aparte de estas pretensiones sobre los individuos, existe otro colectivo especialmente involucrado en la planificación central que ha aprobado la Comisión: los operadores de telecomunicaciones. ¿En quién, si no, cabe pensar para conseguir un 100% de cobertura de banda ancha básica en el año 2013, y de banda ancha superior a 30 Mbps para 2020?

Lo gracioso es que este objetivo se lo pone a sí misma la Comisión Europea. Vamos, es como si yo me pongo de objetivo que el Real Madrid gane las tres próximas Copas de Europa. Algo aparentemente absurdo.

¿O no? Si dispongo de los fondos suficientes, entonces tal vez sí me pueda plantear ese objetivo, e incluso conseguirlo a base de gastar mi pasta. Esa es la gracia y el drama de la Agenda Digital. Que sí se puede conseguir. Se puede conseguir a base de los fondos públicos que se obtienen mediante los impuestos a los ciudadanos europeos.

O sea, contra voluntad de los supuestos beneficiarios. Terminaremos odiando internet.

Sentencia pírrica

Una vez más, caía el gozo del ciudadano en el pozo de la arbitrariedad.

Porque tras la alharaca de los titulares se esconde la cruda realidad de una sentencia que se puede calificar como pírrica, y que nos deja moralmente satisfechos, pero de nuevo a los pies de lo que quieran hacer con nosotros los políticos.

Vayamos por partes. Empecemos por lo más obvio: los jueces han decidido que, aún siendo un canon ilegal, el dinero indebidamente cobrado mientras los jueces deliberaban no se devuelve. O sea que si este canon era un robo, ahora ya ha dejado de serlo. Se consolida gracias a esta sentencia el expolio realizado a cada individuo y a la sociedad. Mal vamos.

Pero no ha de terminar aquí la desilusión. Si no vamos a poder recuperar lo que nos quitaron, podríamos consolarnos pensando que al menos no nos quitarán más. Pero tampoco parece que vaya a ser así.

En efecto, la sentencia de la Audiencia en realidad no anula ni declara ilegal el canon. Se limita a anular la Orden Ministerial donde se listan los soportes y aparatos a los que hay que cargar el canon, y cual ha de ser su importe. Y ni siquiera lo hace por cuestiones de fondo, simplemente la anula por aspectos formales, esto es, porque no se cumplieron determinados trámites antes de aprobar la citada Orden.

En concreto, la tramitación de esta Orden requería un informe del Consejo de Estado, y sendas memorias justificativa y económica. Los jueces de la Audiencia no han encontrado ninguno de estos documentos en el expediente asociado, tras una infructuosa búsqueda que les ha llevado dos años y medio, ni más ni menos. Y es esta ausencia la que les lleva a anular la Orden, que no el canon.

Así pues, el panorama no es nada halagüeño. En primer lugar, porque a los jueces les ha llevado 30 meses (¡30 meses!) percatarse de que estos documentos no existían, periodo durante el cual los ciudadanos hemos pagado religiosamente un dinero que no tendríamos que haber pagado y que nadie nos va a devolver. Y digo yo que cómo puede llevar tanto tiempo juzgar y decidir sobre la inexistencia de unos informes.

Y en segundo lugar, porque la redacción de dichos documentos no supone ningún obstáculo relevante para la aprobación una nueva Orden en lugar de la anulada. La elaboración de las pomposas memorias no le llevará a un buen funcionario más de un par de tardes, aunque el informe del Consejo de Estado requerirá más fárrago administrativo y retrasará un algo la aprobación.

Por supuesto que la nueva Orden podrá ser llevada de nuevo ante la Audiencia, y forzar a los magistrados a resolver sobre el fondo de la cuestión. Pero para cuando hagan esto ya habrán pasado otros cuantos añitos en que los ciudadanos habremos seguido sufriendo el expolio de un canon eventualmente ilegal, y en todo caso no restituible.

Con todo, lo más divertido es que hay gente que, gracias a sentencias como ésta, se cree que el Estado de Derecho funciona en nuestro país. Y, sin embargo, lo que demuestran es justo lo contrario: son la prueba evidente de que el Estado puede hacer lo que quiere en nuestro país.

Irresponsables

Pero todavía no tenemos constancia de ninguna dimisión, ninguna reprimenda, ni siquiera una disculpa. Sinde ha anunciado… que seguirá con sus planes inalterados. Ni que fuera la sentencia del antenicidio.

La política es el reino de la irresponsabilidad. Nadie paga por nada. Incluso normas como la Ley de Protección de Datos tienen excepciones para las administraciones públicas. Ni el Estado ni quienes forman parte de él, sea como funcionarios o políticos, padecen en sus carnes las consecuencias de sus malas acciones. No hay más que ver el Faisán.

El canon digital ha sido protestado con una rara unanimidad por opinadores profesionales y ciudadanos anónimos de todo el espectro político; aunque seguramente a mucha izquierda le haya molestado más que lo recaude una organización privada que el canon en sí. Los votantes de los partidos que han votado a favor lo aborrecen. Incluso ha surgido una iniciativa llamada #nolesvotes que pide que no se apoye en las urnas a PP, PSOE y CiU, responsables de la aprobación de la Ley Sinde. Pero no servirá de nada. Aunque les voten menos, ganará el PP, o el PSOE. No existe alternativa real en un sistema político organizado de tal modo que hay garantía de que no exista competencia a los partidos ya asentados. Rajoy y Zapatero podrán ser despreciados a modo, pero ningún tercer candidato puede aspirar a gobernar, a no ser que antes se convierta en califa del partido en lugar del califa actual.

No existe puesto más seguro que el de político o funcionario. Tienes que ser un delincuente para perderlo, y a veces ni eso. Evidentemente, un asuntillo de poca monta como que la Audiencia Nacional declare ilegal la regulación del canon es lo de menos. Hacemos otra norma, y punto. Y los súbditos afectados, que se aguanten y, a poder ser, no hagan mucho ruido.