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Etiqueta: Karl Marx

El fraude Karl Marx (IV): preparación de la escena

Antes de dirigir nuestra atención al modo en que Marx aplicó la teoría del valor-trabajo en el entorno del capitalismo industrial, tenemos que analizar cómo las opciones de diseño de Marx ya configuraron la imagen del mundo hacia una ficción en la que Marx esperaba poder injertar su teoría de la explotación.

I Marx y la teoría del valor-trabajo Marx sabía que Smith había abandonado la teoría de valor-trabajo, que utilizaba para explicar la actuación económica en un entorno precapitalista y optó por la teoría de coste de producción para explicar los procesos del capitalismo. Marx no sólo elogió a Smith por este cambio en su manuscrito de 1861-63 (Vol. 30, p. 393), sino que aplicó la teoría del coste de producción en el Tercer Libro de El Capital (C3), escrito entre 1864 y 1865, que nunca llegó a publicar en su vida.

La teoría del valor-trabajo como instrumento para el engaño

Pero Marx en el primer volumen de El Capital (C1), escrito en 1867, optó por guardar silencio sobre el valor de coste de producción y aplicó la teoría del valor-trabajo puro a las condiciones del capitalismo industrial como una teoría apta. Como somos plenamente conscientes del hecho de que Marx, al menos en 1861, sabía lo que es apto para el capitalismo industrial, y en 1865 utilizó esa teoría del coste de producción para explicar el capitalismo industrial, tenemos que concluir que engañó deliberadamente a sus lectores mediante la aplicación de la teoría valor-trabajo puro para explicar la explotación. Solo la defectuosa teoría del valor-trabajo puro podía servirle para hacer creíble que los trabajadores son explotados inherentemente y que el capitalista no tiene ningún papel en la creación de valor.

II Un mundo sin Estado ni comunidades. Marx creó la teoría del valor-trabajo en un mundo puramente económico. No se concedía ningún papel al Estado o a las comunidades en su gran diseño. Diseñó el mismo mundo económico puro para desarrollar su teoría económica, como hicieron economistas neoclásicos; como Carl Menger. La literatura marxista, no obstante, sólo culpa a los economistas neoclásicos de esta elección de diseño y no menciona que Marx hizo lo mismo en su libro clave.

Un mundo sin escasez, riesgo ni incertidumbre

III Sin escasez ni incertidumbre. En este mundo económico puro, Marx omitió tres características claves que forman parte del mundo económico de Adam Smith y Carl Menger: la escasez, la incertidumbre y el riesgo. Se trata de una importante elección de diseño, ya que permite suprimir el papel de la acción y del cálculo empresarial, que es imprescindible en un entorno siempre cambiante e inseguro.

IV Un mundo estable. En consecuencia, los productores de Marx actúan en un entorno de simple circulación, en un mundo estable, que produce bienes bien establecidos con patrones de producción conocidos. Ello permite que la tradición solidifique los precios. Este mundo está muy lejos del siempre cambiante mundo del capitalismo dinámico, elogiado vivamente por Marx en el Manifiesto Comunista (1848) o en C1 (p.451-470). Este diseño permitió a Marx eliminar el papel de invención e innovación empresarial.

V El Robinson Crusoe de Marx. El agente humano actuante de Marx es un productor individual que no cuenta con inversión de capital. El Robinson Crusoe de Marx sólo calcula con el tiempo de trabajo para dividir su esfuerzo de producción entre varias actividades (p.93-4). Este diseño permitió a Marx legitimar la teoría del valor-trabajo como una reconstrucción pseudohistórica del cálculo económico en la economía simple y quitar la importancia de cálculo con la inversión de capital en la acción económica.

Maximizar la utilidad

VI Un homo economicus que maximiza la utilidad. El lema de productor individual de Marx es la maximización de utilidad. Produce bienes para la mejor satisfacción posible de sus necesidades o para intercambiarlos por otros bienes que satisfagan mejor sus necesidades. Su capitalista solo se mueve por una codicia sin límites. Marx no menciona ni la cultura, ni la comunidad, ni el honor, ni ningún otro motivo non-económico. El agente económico de Marx es afín al agente económico típico del pensamiento económico neoclásico.

VII El hombre-máquina de Marx. Sin embargo, hay un importante contraste entre Marx y Menger al respecto de sus agentes humanos. Los agentes humanos de Menger tienen, por un lado, iniciativa humana, capacidad de inventar, capacidad de ampliar sus conocimientos y aprender de sus propios errores y, por otra parte, necesidades crecientes. Estas dos características son los claves del dinamismo en el mundo económico de Menger. El agente humano de Marx es solo una máquina de maximización de utilidad y no tiene otra característica. Su agente económico en realidad no es un humano. Es un agente representativo de las funciones económicas que actúa predestinado según sus supuestas funciones económicas. Por ejemplo, la figura de capitalista sólo consume, no tiene ninguna función empresarial y solo se interesa en acumular capital.

Una teoría para una economía precapitalista

VIII La competencia no existe. El mundo económico en el que dedujo su teoría del valor-trabajo carecía de competencia y todos los productos de la misma categoría se consideraban como ejemplar medio de su clase (p. 49). Así, a pesar de que la frase inicial de C1 hacía creer que examinaría el capitalismo industrial, en realidad Marx estableció la validez de la teoría valor-trabajo en una economía pseudohistórica y precapitalista carente de invenciones y acciones empresariales hacia la reducción de los costes de producción, y a proporcionar una mejor calidad por el mismo o mejor precio.

IX Erradicar el elemento creativo. Al limitar su teoría del valor a las mercancías producidas con fines de intercambio (p.43), Marx logró dos objetivos:

  • Esta caracterización del capitalismo le permitió reducir el ámbito de su análisis a las mercancías reproducidas y no desarrollar una teoría del valor más amplia que incluya todas las variedades de bienes. Esta limitación es propicia para llegar de forma creíble a la conclusión de que solo el trabajo crea valor porque solo cuenta con los bienes producidos con trabajo.
  • Al hacer hincapié en que su mundo económico consiste en la fabricación de productos ya inventados y diseñados, preparó la erradicación de la creación de valor por el agente económico inventivo-innovativo y empresarial y, creíblemente, podía concentrar su atención en el trabajador que solo reproduce los diseños creados por un mano invisible en el sistema Marxista.

Una economía sin consumidores

X Sustitución de la demanda individual por la necesidad social. Una vez que el producto se vende, el consumidor desaparece en el momento de la compra y es sustituido por la necesidad social y por la sociedad. “Para producir una mercancía, no solo debe producir valor de uso, sino valores de uso para otros, valores de uso sociales.” (p.50) La sustitución de la demanda individual por el uso social le permitió a Marx dejar de preocuparse por la evolución y cambios de las necesidades de los consumidores individuales y diseñar un mundo en que la demanda es dada. Eliminar el consumidor ha preparado el terreno para su concentración unilateral en la producción y la eliminación del papel de los empresarios para ajustar la producción a las cambiantes necesidades de los consumidores.

Marx tenía todos los elementos para forjar una teoría marginal subjetiva del valor

XI Todos los elementos en su mano. Marx finalizó el C1 en 1867, unos años antes de que la teoría marginal del valor subjetivo fuera descubierta por sus contemporáneos, Carl Menger, William Stanley Jevons y Leon Walras, alrededor 1871-1874. La descripción del valor de uso de Marx contiene cinco elementos claves para una teoría de valor marginal subjetivo:

  • La mercancía satisface necesidades humanas y “la utilidad de una cosa hace de ella un valor de uso” (p. 44).
  • Valor de uso de una mercancía aplicable únicamente a una cantidad determinada de mercancía.
  • El valor de uso de una cantidad de mercancía es independiente de la magnitud de esfuerzo de trabajo necesario para producirla (p. 44).
  • Los productores producen mercancías por su valor de cambio, pero para ellos no tiene valor de uso. Los productores esperan que signifiquen un valor de uso para sus futuros consumidores. En consecuencia, el vendedor valora menos la mercancía que piensa vender que la mercancía que podría obtener a cambio de ella (p. 98).
  • Solo con la venta se aclara que una mercancía ya producida tiene valor de uso (p.46).

A Marx sólo le faltó unir estas cinco observaciones en una teoría para ser el descubridor de la teoría del valor marginal subjetivo. Pero descartó el valor subjetivo (p. 45) y optó por la teoría valor-trabajo, ya que esta le permitió desarrollar su teoría de explotación.

Marx: descripción de un capitalismo sin capitalismo

XII Sustitución de la figura del empresario. Marx descartó el impacto de la valoración de los consumidores. También, como hemos visto, eliminó la invención empresarial al hacer hincapié en la reproducción circular de productos ya conocidos. Así mismo, excluyó el impacto de incertidumbre y riesgo. Como consecuencia, erradicó tres características claves que especialmente caracteriza las economías de mercado o capitalistas. Estas erradicaciones fueron hechas creíbles en su retrato pseudohistórico de la economía circular, simple y precapitalista de Robinson Crusoe, en las que los productos y los precios se estabilizaban debido a la existencia de un patrón tradicional de comportamientos.

Pero Marx tenía que abrir puertas al mundo dinámico del capitalismo industrial. Marx optó por abrir una puerta trasera para explicar los cambios de los precios relativos en el capitalismo. Su puerta trasera fue dar una oportunidad para la reevaluación retroactiva del valor del tiempo de trabajo consumido para producir una mercancía. Marx, estipula que el valor del tiempo de trabajo socialmente necesario solo se fija cuando el producto producido se vende. Con esta reevaluación retroactiva dio un papel central a la consecuencia. Porque el éxito de venta según el precio calculado es consecuencia de que el productor ha estimado bien el mercado y que ha tenido en cuenta el posible impacto de innovación empresarial, las mejoras en la eficiencia de producción, o la demanda cambiante de los consumidores. Esta solución ofrecía a Marx la posibilidad de prescindir del papel empresarial.

Bibliografía

Marx, K. and Engels, F. (1861-63) Economic Manuscript of 1861-63. MECW vol. 30. 2010th edn. London: Lawrence & Wishart Electric Book (Marx Engels Collected Works).

Marx, K. (1867) El Capital. Libro I. 2009th edn. Madrid: Siglo XXI.

Serie ‘El fraude Karl Marx’

(I) Un revolucionario revestido de científico

(II) El secreto de ‘El Capital’

(III) Origen del engaño de la teoría de la explotación

Un profesor marxista no puede explicar cómo el socialismo crearía una PS5

Por Jon Miltimore. El artículo Un profesor marxista no puede explicar cómo el socialismo cearía una PS5 fue publicado originalmente por FEE.

Mi familia compró una PlayStation 5 hace unos años. Es una decisión de la que a veces me arrepiento porque a mi hijo pequeño, de 7 años, le gusta demasiado jugar con ella. (Y entonces es cuando la desenchufa y la guarda). Pero es fácil olvidar la maravilla moderna que es la PS5.

Cuando empecé a jugar a videojuegos a principios o mediados de los 80, Galaga era el juego más popular en el salón recreativo local, que consistía básicamente en unas cuantas máquinas recreativas en la caseta de calentamiento de la pista de patinaje sobre hielo. Gasté bolsillos llenos de monedas de 25 centavos para jugar a un juego que tenía este aspecto.

Cuando nos regalaron un sistema de juego Atari en 1984, pensé que era lo más asombroso del mundo, aunque mi juego favorito, Jungle Hunt, tenía mucho peor aspecto que Galaga. Atari sólo utilizaba 128 bytes de RAM y tenía una resolución máxima de 160 píxeles de alto y 192 píxeles de ancho. Si comparamos estos juegos con la experiencia que tienen hoy en día los usuarios de la PS5, que se puede comprar por menos de 500 euros (juego incluido), nos damos cuenta de lo bien que lo pasan los jugadores de hoy en día. (Las PS5 tienen 16 gigabytes de RAM, es decir, 16.000 millones de bytes).

La perplejidad de un profesor marxista

Traigo todo esto a colación en parte porque un vídeo que se está haciendo viral en las redes sociales revela que este maravilloso invento sólo podría producirse en un sistema capitalista. El clip, que ha acumulado cinco millones de visitas en X tras ser compartido por Dylan Allman, presenta al economista marxista Richard Wolff, que fue entrevistado por la cadena estadounidense Destiny en 2022.

En la entrevista, un oyente hace una pregunta provocadora a Wolff: “Con su sistema de cooperativas de trabajo asociado, ¿seguiría teniendo mi PlayStation 5?”.

Wolff, profesor emérito de Economía en la Universidad de Massachusetts Amherst, ofreció esta respuesta:

Por supuesto. Tendrías que luchar un poco para conseguirla. Tendrías que hablar con tus compañeros. Hablar de la distribución de los ingresos. Tendrías que comparar tu deseo de PlayStation con todos los demás intereses de todas las demás personas. No sería algo que resolvieras por tu cuenta con tu jefe particular, de ninguna manera. Tendría que ser una decisión democrática. Tendrías que aceptarlo de la misma manera que lo haces ahora con las decisiones democráticas en nuestra sociedad, en la medida en que las tenemos.

Richard Wolff

Es una respuesta larga, serpenteante y prácticamente incoherente. Wolff responde que sí, que habría un PS5, y luego procede a ilustrar todas las razones por las que no se crearía un PS5 en un sistema socialista.

https://www.youtube.com/watch?v=lg5nmkDKrZI&t=2s

De precios y consumidores

Cuando Wolff dice “Tendrías que comparar tu deseo de PlayStation con todos los demás intereses de todas las demás personas”, está pidiendo lo imposible. No hay forma de medir el deseo, como tampoco la hay de determinar el valor innato de algo.

El valor es subjetivo. A algunas personas les da igual tener una PS5, mientras que otras rompen a llorar de alegría cuando reciben una PS5 por Navidad. Y luego está la cuestión del contexto. Actualmente valoro mi PS5 mucho más que mis zapatos y el filete de 20 onzas que tengo en el congelador. Pero si no tuviera zapatos o apenas hubiera comido en días, eso podría cambiar muy rápido.

Por eso tenemos precios. En un mercado libre, los empresarios demuestran su demanda de recursos -capital, mano de obra, espacio, etc.- mediante el precio que están dispuestos a pagar por ellos, del mismo modo que los consumidores deciden si compran un producto a un precio determinado o emplean su dinero en otra cosa.

Los precios son un pilar de la economía de libre mercado. Son señales que indican la oferta y la demanda a compradores y vendedores por igual, y la mejor herramienta del universo para asignar eficientemente unos recursos escasos.

Wolff no menciona en absoluto los precios cuando habla de la construcción de una PS5, pero se nos deja creer que el oyente tendrá su videoconsola siempre que pueda convencer a sus compañeros de trabajo de que su deseo de tener una lo justifica cuando se compara con los intereses de “todas las demás personas”.

El consumidor es el soberano

Este es un pensamiento económico retrógrado, y llega a un punto importante que separa un sistema socialista de uno capitalista. Tradicionalmente, en el socialismo no han sido los empresarios y los consumidores quienes dictan lo que se produce, sino los planificadores centrales. Esto es lo contrario del capitalismo, donde los consumidores deciden en última instancia qué productos fracasan y cuáles tienen éxito. El economista Ludwig von Mises lo describió como soberanía del consumidor:

Los capitalistas, los empresarios y los agricultores tienen un papel decisivo en la dirección de los asuntos económicos. Están al timón y dirigen el barco. Pero no son libres de determinar su rumbo. No son supremos, son sólo timoneles, obligados a obedecer incondicionalmente las órdenes del capitán. El capitán es el consumidor.

Si lo dudan, basta con echar un vistazo a la historia de Atari.

Atari: Una breve historia

La videoconsola Atari 2600 apareció en escena a finales de los 70 y principios de los 80 como un monstruo. En pocos años, sus ingresos anuales pasaron de 75 millones de dólares a 2.000 millones. Atari fue fundada en 1972 por Nolan Bushnell y Ted Dabney, que vieron el potencial de mercado de la tecnología emergente de los videojuegos. En 1979, Atari, que había sido adquirida por Warner Communications en 1976 por 28 millones de dólares, vendió un millón de consolas domésticas. En 1982, ya vendía 10 millones.

Warner Communications, que había invertido grandes cantidades de capital en el desarrollo y la promoción de la nueva videoconsola de Atari, estaba recogiendo los frutos. “Los ingresos de Atari representaban un enorme 70% de los ingresos de Warner”, afirma Dagogo Altraide en un documental sobre Atari en ColdFusion.

Sin embargo, todo este éxito invitaba a la competencia. Todo el mundo quería entrar en el negocio de los videojuegos. Pronto, la Atari 2600 no sólo compitió con viejos rivales como la Magnavox Odyssey, la Intellivision de Mattel y la Bally Astrocade, sino también con otras videoconsolas de nuevo desarrollo como la ColecoVision, lanzada en agosto de 1982.

Las empresas estaban invirtiendo grandes cantidades de capital en sus propias consolas de videojuegos en un intento de destronar a Atari. Lo que siguió fue un acontecimiento que ha sido etiquetado como el Crash de los Videojuegos de 1983, “una recesión a gran escala en la industria de los videojuegos que se produjo entre 1983 y 1985”.

Muchos argumentarían que el crack fue el resultado de un “fallo del mercado”, pero esto pasa por alto el siguiente capítulo de la historia de los videojuegos. La “recesión” terminó con la llegada de una nueva y legendaria consola de videojuegos: la Nintendo Entertainment System (NES).

Destruir sin cesar lo viejo, crear sin cesar lo nuevo

El auge de la NES marcó el fin de la hegemonía de Atari en el sector de los videojuegos. Las estadísticas del sector muestran que, en 1987, la cuota de mercado de Atari en las consolas de videojuegos cayó del 80% al 24%.

Nintendo, por su parte, se enfrentó a la incesante presión de sus competidores. Se defendía de otros competidores, como Sega Genesis, lanzando consolas nuevas y mejoradas, como la Super Nintendo y la Nintendo 64. Con el tiempo, la Xbox de Microsoft y la Nintendo 64 de Sony se convirtieron en las nuevas consolas de Nintendo. Con el tiempo, la Xbox de Microsoft y la PlayStation de Sony destronarían a Nintendo, aunque la compañía regresaría en 2017 con su Nintendo Switch (en la que ahora se pueden jugar juegos clásicos de Sega Genesis).

Es este proceso continuo de creación, innovación y destrucción en la búsqueda de beneficios lo que el socialismo nunca podrá rivalizar. No es que los países socialistas no puedan producir videojuegos o videoconsolas. Pueden y han podido.

Consola soviética de videojuegos

Muchos olvidarán que los videojuegos eran bastante populares en la Unión Soviética a finales de los años setenta y ochenta, y que los soviéticos incluso vendían su propia consola de videojuegos. La Turnir fue una consola lanzada en 1978 por el Ministerio de la Industria Electrónica de la URSS. Su precio era de 150 rublos (unos 750 dólares de 2024) y se fabricó hasta 1982. La Turnir fue una de las pocas videoconsolas que surgieron en la URSS, pero lo que llama la atención es la ausencia de mejoras en estos modelos.

De hecho, la falta de innovación fue tan grave que, inmediatamente después de la caída de la Unión Soviética, la videoconsola más popular en Rusia y los antiguos estados soviéticos era la Dendy, una versión barata de imitación de la popular NES de Nintendo.

Las décadas de competición por la primacía de los videojuegos, en las que la NES sustituyó a Atari, la Xbox a Nintendo y la PS5 acabó sustituyéndolas a todas, aunque no definitivamente (lo siento, fans de la Xbox), no son una característica del socialismo. Es una característica del capitalismo.

La innovación persistente de los sistemas de juego para satisfacer los deseos de los consumidores es un ejemplo de libro de texto de lo que el economista Joseph Schumpeter describió como destrucción creativa, en la que la estructura económica se “revoluciona incesantemente… desde dentro, destruyendo incesantemente la antigua, creando incesantemente una nueva”.

Destrucción creativa

Este proceso de destrucción creativa, que Schumpeter veía con razón como el motor de la prosperidad y la innovación comercial, está notablemente ausente en los sistemas socialistas. Y por una buena razón: Marx y sus discípulos lo detestaban. Mientras que Schumpeter celebraba la destrucción creativa, Marx la veía como “aniquilación”:

La destrucción del capital a través de las crisis significa la depreciación de los valores que les impide renovar más tarde su proceso de reproducción como capital en la misma escala.

Karl Marx. El Capital.

Y continuaba:

Lo que uno pierde, lo gana el otro. A los valores utilizados como capital se les impide volver a actuar como capital en manos de la misma persona. Los viejos capitalistas quiebran. … Una gran parte del capital nominal de la sociedad, es decir, del valor de cambio del capital existente, se destruye de una vez por todas, aunque esta misma destrucción, al no afectar al valor de uso, puede acelerar mucho la nueva reproducción. Este es también el período durante el cual el interés monetario se enriquece a costa del interés industrial.

Karl Marx. El Capital.

Virtud para Schumpeter, defecto para Marx

De estas palabras (y de otras) se desprende que el mismo proceso que Schumpeter reconocía como el motor de la innovación y el dinamismo en una economía de mercado, Marx lo veía como un defecto inherente.

Wolff, al igual que Marx, parece desconocer por completo lo que impulsa la innovación en el mercado. Creer que una PS5 surgiría de un proceso en el que varios individuos que hablan entre sí sobre cuánto se les debería pagar y sopesan el interés propio por un sistema de juego frente a los intereses de compañeros de trabajo que lo que desean es otra cosa es ignorar tanto la historia como los fundamentos de la economía.

Pero quizás esto no debería sorprendernos. “Si los socialistas entendieran de economía”, bromeó una vez el Premio Nobel de Economía F. A. Hayek, “no serían socialistas”.

El fraude Karl Marx (II): el secreto de ‘El capital’

En el primer artículo de esta serie hemos postulado, que El Capital de Karl Marx es una operación fraudulenta. En este articuló vamos a examinar porque solo fue publicado solo el primer libro de El Capital.

Las ideas revolucionarias de la Ilustración y la Revolución francesa y mentalidad milenarista estaban profundamente arraigadas en la constitución psicológica de Marx. Durante sus estudios universitarios en Berlín se unió al grupo de jóvenes filósofos radicales que seguían a Hegel. La dialéctica hegeliana le proporcionó las herramientas “científicas” para crear su teoría, que tenía como fin buscar una solución de carácter milenarista y apocalíptica que acabase con los problemas de la humanidad.

El joven Marx

Al terminar la universidad, el joven Karl Marx, como periodista, profesaba ideas liberales radicales, revolucionarias, y luchaba contra las tendencias conservadoras de Reino Prusiano. La visión prusiana de lo que significaba ser alemán era diametralmente opuesta a la visión liberal alemana, que estaba inspirada por las ideas de Ilustración francesa.

Marx apoyaba dicha visión que estaba fuertemente presente en la parte occidental de Alemania. Más adelante, a principios de los años cuarenta se interesó cada vez más por la cuestión social. En 1843 emigró a París, donde se convirtió en un socialista radical. En 1844 entabló amistad con Friedrich Engels, vástago de una familia de fabricantes de textiles. Engels, dos años más joven, ya estaba versado en la literatura socialista ricardiana y owenista. Karl Marx, por su parte, era un filósofo, que había profundizado en la literatura socialista francesa. Rápidamente se hicieron compañeros.

La explotación del obrero y el conflicto de clases y la idea de que el trabajo es la fuente de toda la riqueza, eran conceptos conocidos en la literatura socialista mucho antes de que Marx se uniera al movimiento.

Plusvalía y explotación, la aportación de Karl Marx

En cambio, la vinculación de la creación de la plusvalía al concepto de la explotación fue la aportación clave e innovadora de Marx. Engels remonta este descubrimiento a finales de los años cuarenta. Probablemente, Karl Marx desarrolló su idea mientras escribía su libro, La miseria de la filosofía, en el que criticaba a Proudhon, quien era uno de los principales socialistas franceses. En este libro, Marx analizaba las aportaciones de los socialistas ricardianos ingleses. Y durante este análisis dio la idea de cómo se produce la explotación en el capitalismo a través de la expropiación de la plusvalía.

Tras las revoluciones de 1848, Karl Marx y Friedrich Engels se trasladaron a Inglaterra. Engels vivió la lujosa e intensa vida de un director de fábrica en Manchester, mientras que Marx se dedicaba a desarrollar el proyecto común de ambos a analizar científicamente el capitalismo. Engels se convirtió en el financiero de la vida de Marx, lo que le permitió a Marx a dedicar sus energías a desarrollar su visión sobre el mecanismo de explotación en el capitalismo y sus consecuencias en un importante tratado a partir de finales de la década de 1850.

Reforma o revolución

Desarrollar su concepto de explotación se convirtió en una necesidad acuciante en los años sesenta, cuando Karl Marx libró una batalla campal por el liderazgo y la dirección del movimiento socialista en la Primera Internacional. Sus principales adversarios eran los sindicalistas británicos reformistas y los proudhonistas franceses, que sostenían que la mejora moral y las reformas podían superar las peores características del capitalismo.

Karl Marx, por su parte, pensaba que las reformas no podían resolver el problema de la explotación y la pobreza de los trabajadores porque el capitalismo es un sistema de carácter explotador de forma inherente. Por esta misma razón opinaba que el colapso del capitalismo y la revolución de la clase obrera eran inevitables. La revolución crearía una nueva sociedad, libre de la explotación y permitiría por fin al ser humano no ser un engranaje en una maquinaria alienada.

El Capital fue escrito para demostrar la validez de su teoría de explotación. La clave conceptual de El Capital es la teoría de la explotación de Marx. La expropiación de la plusvalía. Engels en sus críticas sobre El Capital también argumentó que el logro supremo de Karl Marx fue explicar el origen de la ganancia, utilizando las categorías de plusvalía, plustrabajo y compra de fuerza de trabajo. Engels comparó su importancia científica con la de Darwin. Sin embargo, había un problema.

Con Smith, contra Smith

La idea original de Karl Marx, concebida a finales de la década de 1840, muy probablemente fue vista por él y Engels como un descubrimiento extraordinario. Parecía ser un golpe de genio, que daba solución a un problema que ni Adam Smith ni David Ricardo pudieron resolver, mientras que fundamentaba al socialismo revolucionario.

Tanto Adam Smith como David Ricardo emplearon la teoría del valor-trabajo para analizar el intercambio en una economía precapitalista y simple, en un estado temprano y rudo de la sociedad. Según sus argumentos pseudohistóricos, en aquella época remota, en la que la inversión de capital era casi inexistente, la gente contabilizaba el valor de sus bienes en función del trabajo que tenían que realizar para adquirirlos o producirlos.

Marx, con buen ojo, también detectó varias frases en La Riqueza de las Naciones en las que Smith sugería que el beneficio y el salario de los trabajadores están en relación inversa entre sí.

Al mismo tiempo, Marx rechazó el cambio teórico de Smith, en el que, se descartó la posibilidad de que la teoría del valor del trabajo sea aplicable al sistema económico capitalista, y que los capitalistas desempeñan un papel clave en la organización de la producción y asumen riesgos, por lo que, tienen derecho legítimo a obtener ganancias.

La base es la teoría del valor-trabajo

Marx apostó por desarrollar la teoría del valor-trabajo a través del concepto de plusvalía para poder aplicarla a las condiciones del capitalismo industrial.  De esta manera podría demostrar que la explotación es una característica inherente al capitalismo industrial y que los capitalistas son vampiros que chupan la sangre de los trabajadores.

Su construcción teórica parecía útil para demostrar que existe un choque antagónico de intereses entre el proletariado industrial moderno y los capitalistas. Esta idea tiene como consecuencia en su narrativa, que la explotación sólo podía terminar con el derrocamiento del sistema capitalista, con el establecimiento del socialismo basado en la expropiación de los propietarios y la sustitución de los mercados por la planificación central.

Su idea fue respaldada con dos experiencias históricas muy importantes. Por una parte, las cosas de la naturaleza adquieren valor a través del trabajo de los humanos. Los humanos trabajan porque esperan que su trabajo productivo cree más valor del necesario para la mera recuperación de la energía y el esfuerzo invertidos. Por otra parte, la experiencia histórica era que, desde tiempos inmemoriales, los señores, sean esclavistas o feudales, se enriquecieron explotando por la fuerza bruta a los esclavos y productores.

El problema irresoluble de la transformación

Sin embargo, se encontró con el mismo problema que Adam Smith y David Ricardo. En la era del capitalismo industrial, la teoría de valor-trabajo ya no era útil para explicar el proceso de creación de valor. Smith y Ricardo se dieron cuenta y la descartaron. Marx tuvo que enfrentarse al mismo problema cien años más tarde, cuando el capitalismo industrial se hizo aún más dependiente de los desembolsos de capital para construir grandes fábricas o comprar las costosas máquinas. Al mismo tiempo, el papel de los capitalistas, como organizadores de los procesos de producción era más que evidente.

Marx, por supuesto, se dio cuenta de que se topaba con un problema irresoluble. Probablemente se dio cuenta de esta imposibilidad, cuando empezó a escribir su gran tratado sobre el mecanismo de explotación en el capitalismo industrial en 1857. Después de escribir cientos de páginas, abandonó el manuscrito sin terminar en 1859. Este primera versión de su libro solo fue publicado con el nombre de Grundrisse, mucho después de su muerte, entre 1939 y 1941. 

En 1861 se embarcó de nuevo en la redacción de su gran tratado. Uno de sus problemas clave, que se conoce gracias a una de sus cartas dedicada a Engels en 1862, era, encontrar solución al llamado problema de la transformación. Es decir, cómo aplicar la teoría del valor-trabajo en el capitalismo industrial, teniendo en cuenta, los grandes desembolsos de capital. Por supuesto, no pudo encontrar una solución y en 1863, abandonó de nuevo este manuscrito sin terminar y publicar. Una parte de este largo manuscrito se publicó entre 1905-10 bajo el título de Teorías sobra la plusvalía.

La tortuosa escritura de El Capital

Entre 1864 y 1865 comenzó a escribir la tercera versión de su tratado. Su proyecto consistía en escribir una serie de libros en tres volúmenes.

Al mismo tiempo, Engels le presionaba cada vez más para terminar el trabajo y publicar los tres volúmenes. Marx, sin embargo, en varias cartas se quejaba de que, todavía no era capaz de resolver algunos de los problemas, y por lo tanto el manuscrito aún no estaba listo para publicar. Por supuesto, su trabajo, estaba lleno de contradicciones internas, causadas por el hecho de que quería emplear una teoría no adecuada para explicar el capitalismo industrial. 

Engels, sin embargo, estaba cada vez más impaciente e insistía a Marx para que acabase su gran obra de tres tomos.

Finalmente, Engels consiguió que Marx se pusiese a escribir por lo menos el primero libro de la planeada serie de tres libros. El libro primero era crucial, ya que este tomo iba a revelar el origen de la ganancia y el mecanismo de explotación en el capitalismo, que era el mensaje clave de Marx. Este libro estaba basado en los manuscritos que ya había escrito.

Marx no se podía permitir dar marcha atrás, pero tampoco podía retrasar más la publicación de su obra prometida debido a las presiones de Engels.

El Capital como bomba de relojería

Karl Marx se embarcó en una tarea imposible. Escribir un libro de forma científica sobre la naturaleza explotadora inherente al capitalismo, a pesar de que no podía demostrar su visión utilizando una metodología científicamente correcta y sólida. Muy posiblemente, también creía firmemente que era el guardián de una verdad más profunda, aunque no pudiera demostrarla. Al fin y al cabo, era un ardiente revolucionario, que odiaba de todo corazón el mundo existente y creía en la posibilidad de una redención milenaria. El odio y la visión, dos sentimientos humanos extremadamente fuertes, impulsaron su pluma al escribir el primer libro de El Capital, y relegaron a un segundo plano todas las demás consideraciones.

Así pues, el primer libro, publicado en 1867, trataba a dar la impresión de ser una propuesta científicamente sólida a sus lectores, mientras que trataba de ocultar la imposibilidad de su argumento.

Para tener éxito a convencer sus lectores, Marx tuvo que manipular las condiciones del capitalismo para justificar tu teoría, porque sólo a través de manipulación de la realidad pudo llegar a la conclusión de que la ganancia de los capitalistas es solo consecuencia del explotación de los trabajadores, y que no existe ninguna otra fuente de ganancia.

Esto explica por qué abandonó la terminación y publicación de los libros II y III de El Capital, a pesar del hecho de que los manuscritos de estos libros estaban ya, casi listos, escritos entre 1864-65, dos años antes de publicar el libro I.

Kark Marx, el socialista, prometió la solución de los problemas, que nunca llegó

Marx tuvo que suprimir su publicación, para evitar el colapso de su marco teórico presentado en el primer libro. La ocultación de los manuscritos fue esencial para Marx, porque en el libro I prometió varias veces que las contradicciones de su teoría se resolverían en el libro III. Pero él, que ya había escrito el libro III, sabía que no había solución alguna en el mismo.No es de extrañar, que la publicación del manuscrito del libro III, después de la muerte de Marx, provocara el ataque de Böhm-Bawerk. La publicación por Engels de lo que Marx suprimió dejó claro que Marx era consciente del hecho de que su teoría clave era inaplicable a las condiciones del capitalismo industrial.  

Karl Marx llegó a la misma conclusión que Smith y Ricardo; Se pasó a la teoría del valor del coste de producción y no pudo evitar otorgarle cierto papel a los capitalistas. Las contradicciones son tan obvias, que incluso los marxistas más devotos, como David Harvey admitió que los tres volúmenes de Da Kapital se contradicen entre sí.

Los manuscritos abandonados e inéditos son las pruebas de que Marx sabía que había creado un retrato artificial e inexistente del capitalismo en el tomo I.

En el próximo artículo, se analizará cómo Karl Marx manipuló, distorsionó y suprimió rasgos del capitalismo para crear un mundo artificial, en el que pudo argumentar de forma creíble y convincente que la explotación es una característica inherente del capitalismo y que la fuente de la ganancia es el plustrabajo de los trabajadores.

Serie ‘El fraude Karl Marx’

(I) Un revolucionario revestido de científico

El fraude Karl Marx (I): un revolucionario revestido de científico

En 2022 publiqué cuatro artículos (1, 2, 3, 4) sobre los conceptos de plusvalía de Karl Marx. En estos artículos demostré que Marx tenía dos teorías diametralmente opuestas sobre cómo el capitalista obtenía sus beneficios: la plusvalía absoluta y la plusvalía relativa.

Creo que es un descubrimiento importante porque la mayor parte de la literatura marxista solo retrata la malvada explotación capitalista basada en la creación de plusvalía absoluta por parte de los trabajadores, y no menciona en absoluto la segunda versión; la adquisición de plusvalía relativa. Y en el caso de que se mencione la plusvalía relativa, se le dedica mucho menos espacio y es presentada como una forma secundaria de obtener beneficios o como un nuevo círculo del infierno de Dante.

Según esta literatura, el capitalista no sólo roba parte del producto (plus producto) fabricado por los trabajadores en su tiempo excedente no remunerado obteniendo así una plusvalía (o ganancia), sino que el capitalista incluso adopta todo tipo de medidas para aumentar la eficiencia del trabajo, con lo que también aumenta sus ganancias. Por lo tanto, la ganancia es el resultado de un doble crimen: una parte es el excedente del plusvalor robado y otra es el endurecimiento del trabajo.

Las contradicciones de Marx sobre la plusvalía

En los artículos mencionados, demostré que se trata de una lectura errónea de Karl Marx. En realidad, los dos métodos de adquisición de plusvalía son opuestos entre sí por las siguientes razones:

  1. La adquisición absoluta de plusvalía procede del trabajo de los obreros, quienes crean la plusvalía, mientras que el capitalista es una bolsa de dinero ociosa. Las máquinas no contribuyen a la creación de valor, únicamente transfieren su valor de cambio (precio) a la nueva mercancía. El beneficio es claramente la consecuencia del robo.
  2. Por el contrario, la obtención de beneficios a través de la plusvalía relativa depende de que el capitalista (empresario o emprendedor) organice el trabajo de forma más eficiente e introduzca máquinas cada vez más eficaces en un mercado competitivo. Claramente, esta vez el capitalista y las maquinas crean nuevo valor, y no se puede mantener que la ganancia solo es fruto del robo de los obreros.
  3. Además, el robo de plusvalía absoluta es un juego de suma cero. Pero, en el caso de la plusvalía relativa, la invención constante de nuevos productos y la producción masiva de bienes cada vez más baratos y mejores es beneficiosa para todos, incluso o especialmente para los trabajadores. Por eso, hoy un trabajador tiene una vida más confortable que en el pasado. Además, es conocido que, hasta la aparición del capitalismo no había mejorado prácticamente en nada la vida de los trabajadores. El socialista Eduard Bernstein y Karl Polanyi han descartado la teoría de la explotación marxista justo por la mejora de la vida de los obreros. Pero no quiero repetir los muy conocidos argumentos sobre los falsos argumentos marxistas.

¿Marx tenía razón pese a estar equivocado?

Con este nuevo análisis de las plusvalías, he añadido una nueva contradicción a una amplia lista de contradicciones que ya habían descubierto pensadores como Böhm-Bawerk, Friedrich von Wieser, Ludwig von Mises, Joseph Schumpeter, Jesús Huerta de Soto o Juan Ramón Rallo.

Con motivo de la redacción de un artículo para una publicación académica en la revista Procesos de Mercados, he vuelto a releer El Capital y varios análisis promarxistas y antimarxistas, y me he dado cuenta de que es un error y un trabajo superfluo leer el libro como un trabajo científico.

Desde la obra pionera y extremadamente sabia de Böhm-Bawerk se sabe que El Capital es un libro fracasado porque Karl Marx llegó a un callejón sin salida. Incluso socialdemócratas, como Eduard Bernstein, se dieron cuenta de ello y se apartaron del marxismo revolucionario, bajo la influencia de Böhm-Bawerk.

Sin embargo, Marx sigue siendo uno de los pensadores más influyentes. A pesar de las conocidas contradicciones de su obra, incluso hoy, destacados académicos de las mejores universidades repiten las ideas defectuosas de Marx en artículos de revistas de alta calidad, en libros publicados por editoriales muy aclamadas, en vídeos de youtube o podcasts muy populares.  Sin tener en cuenta o sin mencionar las críticas de Böhm-Bawerk, Schumpeter y los demás.

La verdad “profunda” del capitalismo

Y en el caso de que haya quien admita las contradicciones, como hace David Harvey en una lectura en el youtube, explican que hay que concentrarse en el mensaje de Marx y solo los antimarxistas ponen énfasis en los fallos de argumentación de Marx. La razón de la popularidad de Marx es que sus seguidores piensan que expresó una verdad tan profunda sobre el capitalismo que sobrepasa con mucho los posibles defectos de la obra. ¿Qué hay contradicciones en la obra de Marx? ¡Qué más da! Muchos trabajos científicos sufren de este tipo de problemas en las ciencias sociales.

Por consecuencia, encontrar una nueva contradicción no es importante para aquellos que creen en el mensaje de El Capital; el ser humano es capaz de argumentar racionalmente a favor de lo irracional y convencerse a sí mismo de que existe una verdad más profunda a pesar de las contradicciones superficiales y de algunas cuestiones sin resolver. ¿No es la explotación y la desigualdad el principal problema de nuestros días?  Esto demuestra que Marx describió la verdad profunda sobre el capitalismo, una verdad que silencia los defectos de su teoría.

Marx siempre supo que su teoría era errónea

El propio Marx consideraba que su novedoso y más importante descubrimiento era que relacionaba la explotación y la plusvalía con la doble naturaleza del trabajo (Marx 1867b, p. 407). Pero, cuando Karl Marx empezó a escribir la primera letra del tomo I de El Capital en 1866, ya sabía que el concepto de plusvalía es erróneo y que no se puede usar como base de una explicación lógica de las leyes del explotación y capitalismo. Mi serie sobre la contradicción entre los dos tipos de plusvalía es prueba de este fallo.

Una carta a Engels, escrito en 1862, es el testigo que Marx ya conocía los problemas de su teoría sobre el valor. A pesar de esto, publicó el primer tomo de El Capital prometiendo que solucionaría las contradicciones que planteaba su teoría en el tercer tomo. Pero, en este tiempo, el manuscrito del segundo y del tercer tomo ya estaba casi preparado. Así, y ante la imposibilidad de solucionar las contradicciones existentes en su teoría, no es de extrañar que nunca llegar a publicar el segundo y tercer tomo. Cuando tres décadas más tarde Engels publicó el tercer tomo, quedó claro que Marx no había dado soluciones a las contradicciones del primer tomo. Pero ya era demasiado tarde. Según Böhm-Bawerk, en estas tres décadas Marx fue aceptado de tal manera, que la fe en su enseñanza ya no podía ser derrumbada.

Un profeta revestido de científico

Releyendo El Capital, me he dado cuenta de que es una obra que no pretende ser científica. No pretende descubrir, usando la lógica, unas leyes validas que expliquen el capitalismo. En realidad, Karl Marx elaboró y publicó el primer tomo de El CapitaI para ocultar su fracaso, ya que sus leyes, por ser contradictorias, no son válidas para explicar el capitalismo. Sin embargo, y, a pesar de saberlo, trató de convencer a sus lectores de la eficacia de esas leyes fallidas.

El primer tomo de El Capital es un engaño magistralmente orquestado por uno de los mejores pensadores de su época, por un filósofo muy bien formado, un pensador culto, y un escritor de talento.

Ahora, al observar el engaño, veo a Marx más como un ingeniero de sonido experimentado, que como un científico que cometió errores. Un ingeniero de sonido cuya tarea consiste en recrear una canción descolorida, llena de ruidos e insulsa, en un refinado tema de estudio. Marx subió y bajó los potenciómetros de su mesa de mezclas haciendo desaparecer todos los ruidos, convirtiendo el sonido cansado en una canción afinada.

Un gran éxito

El éxito fue innegable. Como he escrito más arriba, una simple búsqueda en Internet encuentra millones de artículos, vídeos de YouTube, podcasts y notas de investigación en los que académicos de gran prestigio de prestigiosas universidades repiten sin cesar las ideas marxistas.

El análisis que me ha ayudado a descubrir la falsedad de El Capital ha sido examinar la metodología usada por Marx y no el estudio de los fallos de su argumentación. Me ha interesado descubrir cómo ha hecho las configuraciones de las condiciones para crear un mundo irreal en el que su teoría de la explotación parece lógica y veraz.

Mi nueva serie de artículos versará sobre Marx, el ingeniero de sonido. Mostraré cómo se elaboró la operación fraudulenta más grandiosa y con mayores consecuencias del siglo XIX. Cómo nació el libro más famoso de la racionalidad de lo irracional.

En esta serie vamos a detectar cómo Marx torturó y distorsionó la realidad para conseguir lo que quería. Vamos a revelar la realidad virtual, irreal, creada por Marx que le permitió ofrecer una apariencia de argumentación racional y lógica. Finalmente, vamos a averiguar que, a pesar de sus hábiles distorsiones, incluso en marco de su irreal mundo, se ha encontrado con contradicciones irresolubles. Ha llegado a utilizar el chantaje y la mentira para evitar que se desvele su fracaso. Por favor, sintonice y siga la serie.

Bibliografía
  • Bernstein, E. (1899) Preconditions of Socialism. Cambridge: Cambridge University Press.
  • Böhm-Bawerk, Eugen (1896) Karl Marx and the Close of his System. 1949th edn. New York: Augustus M. Kelley.
  • Harvey, D. (2012) ‘Marx’s Method in Capital – David Harvey and Alex Callinocos’ (2012). SWP TV. Available at: https://youtu.be/yhnvlPxkuKs?si=YIJ8LUownfjyk8Nf (Accessed: 19 February 2024).
  • Huerta de Soto, J.H. (2010) Socialism, Economic Calculation and Entrepreneurship. Edward Elgar.
  • Marx, K. (1867) El Capital. Libro I. 2009th edn. Madrid: Siglo XXI.
  • Marx, K. (1867B) ‘Marx to Engels. 24. August 1867’, in Marx and Engels Collected Works. Vol. 42. 2010th edn. Electric Book: Lawrence & Wishart, pp. 407–8.
  • Menger, C. (1871) Principios De Economía Política. Available at: https://archive.org/details/carl-menger-principios-de-economia-politica.
  • Mises, L. (1951) Socialism An Economic and Sociological Analyses. New Haven: Yale University Press.
  • Rallo, J.R. (2022) Anti-Marx. Barcelona: Deusto.
  • Schumpeter, Joseph (1954) History of Economic Analysis. 2006th edn. Routledge Taylor & Francis e-Library.
  • Sowell, T. (2002) The quest for cosmic justice. New York: Simon & Schuster.
  • Sperber, J. (2013) Karl Marx A Nineteenth Century Life. London and New York: Liveright Publishing Corporation.
  • Wieser, Friedrich (1914) Social Economics. 1927th edn. New York: Adelphi.

Rallo contra Marx: la demolición definitiva del edificio marxista

En el debate de las ideas, cada vez es más rara la honestidad intelectual. Lo habitual es lo contrario: la falacia, la manipulación y la trampa; la deformación deshonesta de las ideas del oponente para criticarlas con el mínimo esfuerzo intelectual. Pero, de vez en cuando, aparecen notables excepciones. Es el caso del último libro de Juan Ramón Rallo: Anti-Marx: Crítica a la economía política marxista (Deusto).

Como indica su título, esta obra desarrolla una crítica sistemática de la doctrina de uno de los pensadores más influyentes y perniciosos de la historia de la humanidad: Karl Marx. Una figura que solo rivaliza en influencia y veneración con líderes de grandes religiones, y cuya obra ha adquirido, para muchos, estatus de libro sagrado.

Para tamaña empresa, Anti-Marx no toma atajos ni recurre a hombres de paja. A lo largo de sus casi 1.800 páginas, Rallo realiza un meticuloso trabajo de reconstrucción del edificio marxista, piedra a piedra, para luego demolerlo con la misma precisión, pero sin piedad ni concesiones.

El test de Touring ideológico

El primer tomo de Anti-Marx consiste en una reconstrucción objetiva y ordenada de la teoría económica de Marx. Hasta tal punto es una exposición honesta, que superaría con suficiencia lo que el economista Bryan Caplan denominó el «test de Touring ideológico»: pasaría por ser una explicación del marxismo escrita por un marxista convencido.

Superar el test de Touring ideológico, según Caplan, es siempre «un síntoma genuino de objetividad y sabiduría». Pero este caso tiene aún más mérito. Primero, porque sintetiza una teoría extensa, dispersa en medio centenar de libros, artículos y cartas, que evolucionó y se fue corrigiendo a sí misma durante cuatro décadas. Y segundo, porque incluso cuando Marx se contradice o se vuelve incoherente, Rallo rescata de entre sus seguidores la versión que mejor encaja con el resto del sistema marxista.

La reconstrucción del marxismo

Así, iniciamos la reconstrucción de la teoría económica marxista, partiendo del poco controvertido hecho de que el ser humano necesita consumir determinados bienes para vivir y, para ello, mezcla su trabajo con los frutos de la naturaleza.

Antiguamente, trabajábamos para nosotros mismos, pero en el capitalismo lo hacemos bajo la división del trabajo: trabajamos para producir mercancías, productos que otros desean usar, para luego intercambiarlas por aquello que necesitamos consumir. Marx afirma que las mercancías tienden a intercambiarse a un ratio determinado: a aquel al que se igualan las horas de trabajo incorporadas en las mercancías intercambiadas. Con independencia del valor de uso final de cada mercancía, su valor en el mercado se determinará solo por el tiempo de trabajo que incorporen.

Pero Marx encuentra una única, pero gigantesca excepción a esta igualación de valor-trabajo en el intercambio: la propia contratación de trabajadores. Los capitalistas, la clase que se ha apoderado de todos los medios de producción, pueden contratar trabajadores pagándoles solo una fracción de sus horas de trabajo, apropiándose injustamente de la diferencia al vender las mercancías que producen.

La necesaria muerte del capitalismo

Así, los capitalistas se hacen cada vez más ricos, reinvirtiendo la plusvalía expropiada al trabajador para adquirir más medios de producción; mientras, mantienen a los trabajadores en la subsistencia, pagándoles lo mínimo imprescindible para que puedan sobrevivir y seguir acudiendo al puesto de trabajo.

Pero, para Marx, esta rueda no puede girar eternamente. Como cada vez hay que remunerar más medios de producción con la misma plusvalía extraída al trabajador, la tasa de ganancia del capital está condenada a descender hasta llegar al colapso final del capitalismo, que morirá, inexorablemente, víctima de sus propias contradicciones.

Entonces emergerá inevitable el comunismo, que comenzará con una revolución proletaria que expropiará los medios de producción de las sucias manos de la clase capitalista, los colectivizará e instaurará un sistema sin clases en el que el hombre ya no vivirá alienado, trabajando para los demás en aquello que no desea, sino que podrá alcanzar sus más profundos anhelos en el paraíso de la abundancia material y la libertad colectiva.

O eso, al menos, es lo que asegura Marx.

La demolición del marxismo

Tal vez al lector no marxista, terminado el primer tomo de Anti-Marx, le asalten las dudas y el desasosiego. ¿Tendrá razón Marx? ¿He estado todo este tiempo equivocado? Por eso es importante empezar rápido con el segundo tomo. Pues el mismo autor que ha reconstruido el marxismo ante nuestros ojos, pasa a analizar con precisión de relojero, pieza a pieza, engranaje a engranaje, todo el mecanismo marxista. Y pronto comprobamos, aliviados, como todo es un mecanismo fallido montado con piezas defectuosas.

Las mercancías no tienden a intercambiarse según el trabajo incorporado, sino en función de la subjetiva utilidad marginal de dichas mercancías (demanda), y de las que podrían producirse con los mismos factores productivos (oferta).

Esto aplica a todo intercambio de bienes y servicios, incluido el de fuerza de trabajo. Los capitalistas pujan por los trabajadores según su productividad marginal, fijando salarios que no tienen por qué ser de subsistencia, como aseguraba Marx. De hecho, desde que Marx comenzó a escribir El capital hasta nuestros días, los salarios reales han vivido un espectacular aumento, el mayor de la historia, sobre todo en los países capitalistas. Merced a este salario creciente, una inmensa masa de trabajadores ha ido ahorrando e invirtiendo en diversos activos, incluidas las propias empresas del sistema capitalista, complementando sus salarios con rentas del capital.

La tasa de ganancia

A su vez, los capitalistas no tienen su rentabilidad garantizada: se la tienen que ganar día a día, sacrificando la preferencia temporal, asumiendo riesgos y acertando con planes de negocio que sirvan de la forma más eficiente posible las demandas de los consumidores. Estos son los valiosos servicios que generan la plusvalía, y no una expropiación injusta de fantasmagóricas horas de trabajo no remuneradas de sus empleados.

Esta dinámica es perfectamente sostenible en el tiempo. La tasa de ganancia no está condenada a caer. Dependerá de cómo evolucionen los salarios reales, el progreso técnico o la preferencia temporal y aversión al riesgo de los capitalistas. La tasa de ganancia podría caer, mantenerse o incluso aumentar, sin que ninguna inevitabilidad la condene al colapso.

El comunismo, en ruinas

Por último, Rallo demuestra en detalle cómo la llegada del comunismo no solo no es inevitable; también es indeseable. El comunismo no pone fin a la escasez, como predicaba Marx, sino que la promueve. No acaba con la explotación, sino que la consagra, arrebatando al trabajador el fruto de su trabajo («de cada cual según sus capacidades») y repartiéndolo al dictado de la comuna («a cada cual según sus necesidades»). No acaba con las clases sociales, sino que divide la sociedad entre una nueva clase gobernante y una masa de gobernados. Ni acaba con la alienación, sino que la exacerba, subyugando al individuo y su proyecto de vida a la voluntad de la comuna. Y no libera al ser humano, sino que lo esclaviza: el comunismo necesita suprimir de raíz, a cualquier coste, la libertad individual. Así se ha demostrado siempre que se ha puesto en práctica.

En definitiva, Rallo desarrolla punto por punto, sin dejar cabos sueltos, una crítica sistemática y exhaustiva al pensamiento de Marx, hasta dejarlo en ruinas. El largo viaje que propone Anti-Marx queda más que recompensado al brindar el inmenso placer intelectual de contemplar esta demolición definitiva del edificio marxista.

Ver también

Marx y el fin del capitalismo. (Raquél Merino).

Marx fue un precursor del antisemitismo nazi. (Antonio José Chinchetru).

Marx y el dinero (I). (Eduardo Blasco).

Marx y el dinero (II). (Eduardo Blasco).

Serie de Andras Toth sobre Marx

Algunas cuestiones disputadas del anarcocapitalismo (LXXXV): ¿Puede colapsar el capitalismo? (I)

Desde la aparición del Colapso de Jared Diamond se han publicado numerosos estudios sobre la posibilidad de un colapso del capitalismo por varios factores. Entre ellos destacarían las consecuencias derivadas de un cambio climático extremo o las de rebasar (usando la metáfora de Catton en su libro Rebasados) los límites ambientales y materiales del planeta. Son, en última instancia, los que sustentan el funcionamiento de todo la gigantesca maquinaria de producción que sería el capitalismo. También se alegan factores de tipo político, como guerras o conflictos que bloqueen el comercio. O hay factores biológicos, como una pandemia mucho más virulenta que la del COVID, que podrían lograr efectos análogos.

Las profecías del colapso del capitalismo no son nuevas, pues están plenamente integradas en el pensamiento marxista. Pero no sólo en él, como bien documenta Boldizzoni en su libro Imaginando la muerte del capitalismo. Pretendemos en este breve escrito discutir la posibilidad de un colapso del capitalismo, al estilo del descrito por Ugo Bardi en varios de sus libros. Esto es, de una forma rápida, inesperada y definitiva. A Bardi le gusta mucho citar a Séneca cuando este afirma que las civilizaciones tardan siglos en consolidarse, pero desaparecen en muy poco tiempo. De ahí que denomine efecto Séneca a su propia visión del colapso del capitalismo.

Colapso o extinción

Convendría de todos modos distinguir el colapso de la extinción. La última implica la desaparición de la especie humana de la faz de la tierra en compañía o no de toda forma de vida. El colapso implica el fin de una forma de vida. Si bien afecta a la forma y la calidad de vida de la población, no implica su desaparición. Así nos referimos normalmente a un colapso cuando es una civilización la que se extingue por no poder sostener su nivel de vida y extinción a la desaparición de especies. Ésta puede ser masiva, como las cinco grandes extinciones en la historia de la tierra narradas por Elizabeth Kolbert en La sexta extinción (la sexta sería la que nos amenaza en la actualidad).

La discusión sobre las posibilidades de extinción de la especie humana también ha disfrutado del interés de los académicos y existe una gran variedad de obras, desde las ya clásicas de Isaac Asimov o Martin Rees hasta las más recientes de Nouriel Roubini o Alexei Turchin. En estas obras se debaten desde las amenazas cósmicas o las biológicas hasta las amenazas creadas por un mal uso de la inventiva humana. Desde amenazas nucleares o químicas hasta perversas inteligencias artificiales que a través del control de las claves de las bombas nucleares acaben con la especie. O sofisticados robots programados para acabar con los humanos.

Ciancia ficción vs. Complejidad

La mayoría de estas posibles mega amenazas, por usar el concepto de Roubini, son aún ciencia ficción. Pero nos muestran la capacidad de inventiva de los expertos a la hora de prever posibles daños existenciales para la especie. Y, sobre todo, para poder evitarlos en caso de que se pudiesen dar. La cuestión es que la extinción afectaría, cómo no, al capitalismo. Pero también al socialismo o al mercantilismo o a cualquier otro sistema económico concebido o por concebir al quedar extinta la acción humana. De ahí que en este texto lo que se analizará será el colapso de la civilización actual. Esto es, el de la civilización capitalista occidental.

Normalmente, los estudios sobre colapsos se refieren al fin abrupto de civilizaciones muy complejas. Es esa complejidad, en opinión de Joseph Tainter estudioso de la complejidad social y sus riesgos existenciales, la misma causa de su repentina desaparición. Algo semejante propone Jared Diamond en el que quizás es el libro más célebre sobre el tema, un grueso volumen titulado como Colapso. Mantener un sistema político o social es más costoso cuanto más sofisticado es. Y, por tanto, de faltar la energía o la vitalidad económica para sostenerlo, el derrumbe es inevitable, y aparentemente muchos tipos de eventos pueden causarlo.

Popper contra Spengler

Estos eventos pueden ser una peste, como las que azotaron el imperio romano tardío, enfriamientos o calentamientos climáticos. Por ejemplo, volcanes que afecten el ciclo de las cosechas. También puede tratarse de crisis económicas o de abastecimientos. Y, por supuesto, guerras o conquistas por otros pueblos más belicosos o mejor dotados para la guerra.

Muchos han sido los autores que han indagado sobre el auge, la caída de las civilizaciones. Desde los primeros estudios de Gibbon sobre la decadencia de Roma hasta autores contemporáneos como Carroll Quiguel a Shepard Clough . Han llegado a elaborar teorías sobre los ciclos de las civilizaciones. Es el caso de Pitirim Sorokin en su Dinámica social y cultural u Oswald Spengler en La decadencia de Occidente. Pero un buen lector de Popper no se dejará llevar por el atractivo de las teorías deterministas de la historia. Y comenzará a indagar sobre las causas del éxito o fracaso de cada una de ellas.

Imperialismo vs. Capitalismo

En cualquier caso, si bien declive de una civilización puede tener también causas económicas, no son estas las únicas que explican su fracaso. Por eso conviene distinguir entre el declive de civilizaciones o imperios con base económica capitalista y el colapso del capitalismo como sistema. Se puede discutir si el declive de los imperios europeos puede considerarse o no un colapso. Yo creo que no, pues precisamente fue el capitalismo el que salvo del colapso a las potencias europeas al perder sus imperios.

Si bien perdieron poder civilizador e influencia política mundial, no vieron alterada sustancialmente su forma de vida. Es más, en los que se refiere a prosperidad y producción mejoraron con respecto a la época anterior a la caída. Capitalismo e imperialismo son conceptos que no se llevan especialmente bien, aunque nos hagan creer lo contrario. Ni una sola potencia europea de los siglos XIX y XX se derrumbó económica o socialmente tras la pérdida de sus colonias. Es más, comenzaron periodos de gran prosperidad que duran hasta hoy.

El capitalismo no puede colapsar

Son varias las razones que permiten explicar por qué el capitalismo como sistema económico no puede colapsar. La primera es que lo que se entiende como capitalismo no es más que la expresión de una idea, una tecnología mental. Igual que no podemos acabar con la ciencia, que es otra tecnología mental que consiste en observar los fenómenos naturales, usando un método, destruyendo los laboratorios, no podemos acabar con la idea de capitalismo. Es una idea que consiste en abordar los fenómenos económicos siguiendo una serie de cálculos y reinversiones sistemáticas del ahorro siguiendo principios de beneficio y pérdida, con la mera destrucción de sus instituciones.

Bastaría con que sobreviviese en alguna parte o se conservasen sus principios para que con el tiempo volviese a aparecer. Habría que destruir toda la memora humana del funcionamiento, incluidos libros y material audiovisual de este sistema, para poder erradicarlo. Y eso no sólo es prácticamente imposible, sino indeseable. Sería necesario un control totalitario de las mentes y la memoria. Sería una forma política totalitaria hasta extremos desconocidos y sobre todo a nivel mundial. Ni la URSS o la China de Mao pudieron hacerlo en su momento. Ni siquiera en su propio país, como se vió por su resurgir al suavizarse o caer el régimen comunista.

Un sistema descentralizado

Además, el capitalismo no es un sistema centralizado. Muchos anticapitalistas, quizás por aceptar su propia propaganda, piensan que el capitalismo es un sistema controlado por un pequeño grupo de banqueros y oligarcas. La idea es que gracias a su dominio de las políticas de los grandes estados imperiales pueden decidir el funcionamiento económico del mundo. Si se consiguiese de alguna forma acabar con el poder de estos plutócratas, el capitalismo se derrumbaría sólo. Aquí radica otros de los factores que hacen al capitalismo tan resiliente, el hecho de que no cuenta con una sola cabeza que colapse y derrumbe el sistema.

Un imperio o una civilización imperial, al ser entes políticos, sí que acostumbran a estar dirigidos por una pequeña élite política. De ahí que cualquier circunstancia que afecte a esta élite puede ser causa de colapso. Los conquistadores españoles de los imperios americanos los sabían bien y por eso pudieron destruir y conquistar en pocos meses gigantescas civilizaciones. No pudieron con pueblos anarquistas como mapuches o apaches.

Policentrismo vs. Centralismo

Podrían darse por circunstancias particulares un colapso capitalista en algunos territorios concretos. Pueden sucumbir por alguna guerra, catástrofe natural o por un cambio de régimen político. Pero es muy difícil que se dé en todos los territorios del mundo a la vez. Recordemos que el capitalismo no nació a nivel mundial y de forma sincrónica en todo el mundo. Se desarrolló en algunas regiones concretas de Europa occidental y luego se expandió al resto del mundo por imitación una vez constatadas sus ventajas. De hecho, no se puede decir, frente a lo que también muchos piensan, que el capitalismo abarca a día de hoy todo el planeta tierra. Existen muchos territorios a los que esta forma de entender la producción y la inversión aún no ha llegado. O, si lo ha hecho, es de muy forma aún muy incipiente.

El problema es que muchos críticos contemporáneos del capitalismo parecen pensar, o eso se deduce de sus escritos, que todo lo que no es socialismo, sea marxista o del siglo XXI, está dominado por las horribles fuerzas del capitalismo. Si el capitalismo nació y se desarrolló en sus inicios en pequeños espacios europeos, es precisamente porque este continente debido a su fragmentación política permitía este tipo de ensayos de nuevas formas económicas. Hoy día Europa está dominada por la centralista Unión Europea. Este tipo de ensayo de nuevas formas no sería posible.

Quiere decirse que el capitalismo es capaz de sobrevivir perfectamente en un sólo país y de ahí extenderse. Un colapso del capitalismo tendría que ser, como en el argumento anterior, también mundial, sin que quedase un sólo espacio para que pudiese sobrevivir y desde ahí volver a extenderse.

En la segunda parte de este ensayo abordaré otras razones de corte político y económico que explican la supervivencia del sistema capitalista frente a las recurrentes advertencias de su final inmediato.

Ver también

Marx y el fin del capitalismo. (Raquél Merino).

Los nuevos Moai. (Fernando Herrera)

Necedades contra el capitalismo. (Francisco Capella).

Marx y el dinero (y III)

La teoría general monetaria de Marx se completa con la tercera función que este le da al dinero. Anteriormente me he referido a esta como la función de atesoramiento del dinero, pero sería más correcto referirse a esta como la función de dinero como dinero: dinero que vuelve a actuar en su naturaleza de mercancía. Este uso del dinero se da no solo en el atesoramiento, sino también en la instrumentalización del dinero como medio de pago y como dinero mundial. Veremos estas tres implicaciones de la función del dinero como dinero por partes.

En primer lugar, los individuos atesoran dinero por los servicios de liquidez que este les genera. Al ser el dinero el activo real más líquido de una economía, los agentes eligen atesorar este entre el resto de las mercancías. Por lo tanto, según Marx, para que la mercancía que actúa como dinero sea atesorada, esta primero tiene que cumplir las otras dos funciones, ser unidad de valor y medio de circulación. Marx en su Crítica a la Economía Política (1859) afirmaba que el oro y la plata:

“Permanecen líquidos como la cristalización del proceso de circulación. Pero el oro y la plata se establecen como dinero sólo en la medida en que no funcionan como medios de circulación. Se convierten en dinero en tanto que no son medios de circulación. La retirada de las mercancías de la circulación en forma de oro es, pues, el único medio de mantenerlas continuamente en circulación.”

No obstante, como ya he defendido en otras ocasiones (Blasco 2021), dudo que esta sea el orden en el que el dinero va adoptando sus diferentes funciones. El dinero primero deberá ser un buen depósito de valor antes de ser usado como medio de intercambio generalmente aceptado. La mercancía que se vaya a convertir en dinero deberá de ser fácil de atesorar y desatesorar, para lo que necesitará una demanda estable. Esta demanda se compondrá de la demanda no monetaria del bien, de tener, y de la monetaria. Pero la demanda monetaria no siempre es la demanda de dinero en sí, por lo que es mejor referirse a esta como demanda de liquidez. Por lo que habrá una mercancía que aún no es dinero como tal, pero sí un instrumento que sirve para facilitar los intercambios indirectos por lo que provee liquidez a sus tenedores. Cuando la demanda de este bien se solidifique, también lo hará su liquidez temporal—función como depósito de valor—y posteriormente se extenderá y convergirá a su uso como medio de intercambio generalmente aceptado en la economía. Ser unidad de cuenta es la consecuencia de que una mercancía sea dinero: los individuos fijan los precios en ese bien porque quieren que se les pague en el bien más líquido.

Para Marx el atesoramiento tenía la función de cubrir la oferta monetaria que excediese la demanda de liquidez por motivos de transacción. Es decir, el atesoramiento de dinero sirve para cubrir la demanda de liquidez por motivos de seguridad y de especulación de los agentes. Para Marx “el acaparador de dinero desprecia los goces terrenales, temporales y efímeros para perseguir el tesoro eterno que no puede ser tocado ni por las polillas ni por el óxido, y que es totalmente celestial y totalmente mundano.”

Aunque Marx estaba en gran medida en lo cierto, no llegó a exponer correctamente cómo el atesoramiento podía absorber el exceso de oferta monetaria, por lo que su explicación queda incompleta. Por un lado, la demanda monetaria por motivos distintos a la transacción es una demanda de primer orden que los oferentes de liquidez buscan saciar igual que la otra. Es decir, los bancos al emitir activos financieros líquidos tienen estas demandas monetarias—seguridad y especulación—en mente. Bien, alguien podría decir que estos activos financieros no satisfacen la demanda de liquidez y que Marx se refería a cuando la oferta monetaria de oro excedía la demanda de este por motivos de transacción. Pero el mismo Marx en la Crítica a la Economía Política dice que la demanda de liquidez por motivos de seguridad y especulación—la que incurre en el atesoramiento del dinero—puede ser satisfecha no solo por el oro en sí sino también por cualquier otra moneda que dé derecho a esta. Esta matización nos puede recordar a la categorización de Carlos Bondone en su Teoría de la Moneda según la cual considera moneda a todo activo real o financiero que sirva para satisfacer la demanda de liquidez. Por otro lado, Marx dice el deseo de atesorar dinero es insaciable por su naturaleza especial: el dinero sirve para intercambiarlo por cualquier otra mercancía. Y por otro lado, si tanto el oro como activos financieros sirven para saciar la demanda de liquidez y los activos financieros se pueden producir a un coste prácticamente nulo, ¿qué impide a los bancos emitir tantos activos financieros como quieran dado que estos siempre encontrarán demanda y esto hará que los bancos aumenten infinitamente sus beneficios?

Pues bien, no es tanto que alguien se lo impida sino un mecanismo que se da en la banca libre: el reflujo de Fullarton. En la banca libre, los bancos compiten entre ellos fijando distintos tipos de interés por sus operaciones de intermediación financiera. Como explica David Glasner (1989, 65):

Aunque los costes de las transacciones probablemente hacían que el pago de intereses sobre los billetes fuera prohibitivo, el pago de intereses sobre los depósitos no lo era. Dado que los billetes podían convertirse fácilmente en depósitos, los tenedores de billetes tendrían que soportar el coste de mantener o utilizar los billetes en lugar de los depósitos. El aparente margen de beneficio que los bancos podrían obtener con los billetes que no devengan intereses no llevaría a los bancos a emitir billetes en exceso porque cualquier exceso de billetes se convertiría en depósitos que devengan intereses. En lugar de provocar un gasto excesivo, un exceso de emisión de billetes simplemente se convertiría en depósitos con intereses.

Es la ley del reflujo la que explica cómo este atesoramiento puede hacer frente al posible exceso de oferta monetaria.

El último paso para que el dinero cumpla sus otros usos de dinero como dinero, ser un medio de pago y el dinero mundial, sucede cuando este se utiliza para liquidar transacciones originalmente hechas mediante crédito. Marx dice que:

El oro se convierte en dinero, a diferencia de la moneda, primero al ser retirado de la circulación y atesorado, luego al entrar en la circulación como medio no circulante, y finalmente, sin embargo, al traspasar las barreras de la circulación nacional para funcionar como equivalente universal en el mundo de las mercancías. Se convierte así en dinero mundial.

Marx también hablaba del dinero como una fuente de poder social al ser “poder social y relaciones sociales en general: la substancia de la sociedad.”

Serie Marx y el dinero: I, II.

Referencias:

Blasco, Eduardo. 2021. “El dinero como tecnología y el Bitcoin como mejora.” Instituto Juan de Mariana. Disponible en:

https://ijmpre2.katarsisdigital.com/ijm-actualidad/analisis-diario/el-dinero-como-tecnologia-y-el-bitcoin-como-mejora-i/

Glasner, David. 1989. Free Banking and Monetary Reform. Cambridge, Reino Unido: Cambridge University Press.

Marx, Karl. 1859. A Contribution to the Critique of Political Economy. Moscú, Rusia: Progress Publishers. Disponible en:

https://www.marxists.org/archive/marx/works/1859/critique-pol-economy/

El impacto práctico de las dos teorías de Marx

Marx escribió dos teorías para explicar la manera en que los capitalistas obtienen beneficios. La principal teoría es la explotación del trabajador según la cual, el trabajador gana en media jornada laboral el salario que asegura su supervivencia dedicando la otra mitad del tiempo de trabajo a producir los beneficios para el capitalista. Es una explotación invisible, tan invisible que ni siquiera los propios capitalistas saben lo que produce sus riquezas. Aunque esta teoría sólo funcione en condiciones irreales basadas en las suposiciones de Marx, como hemos mostrado en el primer artículo y analizado en el tercero de esta serie, ha llegado ser el lema de los movimientos socialistas y la causa de la lucha de clases.

Marx ya había insinuado en El Capital que su teoría no era aplicable a las condiciones del capitalismo industrial, algo que más tarde fue abiertamente reconocido por Engels. Por eso, como hemos analizado en el segundo artículo, Marx desarrolló una segunda teoría que explica cómo los capitalistas obtienen beneficios al intensificar la producción y al invertir en maquinaria para las fábricas. Aunque las dos teorías se contradicen entre sí, Marx encubrió su contradicción con una hábil tapadera.

Marx escribió El Capital con la intención de construir “del más terrible misil que se ha disparado jamás contra las cabezas de la burguesía (terratenientes incluidos).”[1] La carga emocional de El Capital es unos de más importantes mensajes de metacomunicación del libro, lo que ayuda a los lectores simpatizantes a identificarse con el texto evitando así que encontraran las posibles contradicciones. Por eso, El Capital llegó a ser una fuente de ideas para la interpretación del mundo capitalista y la construcción del posterior socialismo.

La primera teoría: revolución

Para los seguidores de Marx que creen en su primera teoría sobre la explotación, la única vía de escape del capitalismo es la revolución socialista llevada a cabo por los obreros y la creación del estado socialista. El mercado sólo produce miseria. La eliminación del mercado y los capitalistas solucionaría todos los problemas del mundo porque no tienen ninguna función útil. Así, tal y como imaginó Lenin en El Estado y Revolución[2], la economía funcionaría como un reloj o como una oficina de correos.

Así, no sorprende que todos los intentos por establecer el socialismo hayan resultado un fracaso. Como sabemos, la economía no funciona como un reloj ni como una oficina de correos: el sistema económico planificado por los estados socialistas no ha podido cumplir los sueños de Marx, crear más abundancia para los obreros que en los países capitalistas. La comparación de la Alemania socialista con Alemania occidental, Corea Norte con Corea Sur, Austria con Chequia (que antes de 1918 era la parte más desarrollada de imperio austriaco) muestra muy claramente que el socialismo no ha conseguido crear ningún paraíso terrestre porque se ha levantado sobre una tesis científica mal construida.

Incluso es muy claro que entre las economías socialistas los países que tuvieron más éxito relativo fueron los que abandonaron el plan original marxista y dejaron, por lo menos, algún espacio al mercado. El “socialismo goulash” de János Kádár en Hungría y las reformas de Deng Xiaoping en China fueron los programas más exitosos dentro del marco socialista porque estas reformas pro-mercados hicieron crecer el nivel de vida del trabajador. La transición hacia las reformas pro-mercados tuvo consecuencias incluso más importantes, como la disminución de la política del terror de Estado provocada por la necesidad de alcanzar determinadas metas económicas.

La segunda teoría: socialdemocracia

La segunda teoría del Marx habla de la explotación a través de la intensificación de la producción. Esta teoría acepta, entre líneas y de mala gana, la importancia de los capitalistas para hacer una producción más eficiente y los efectos positivos que el aumento de la productividad tiene en el trabajador. [3]

Es esta segunda teoría la que anima a los partidos socialdemócratas de la actualidad. El giro copernicano de la socialdemocracia moderna, que renuncia al programa revolucionario marxista (comunista), tiene su origen en la obra de Eduard Bernstein, un socialdemócrata alemán moderado que formuló su programa político reformista para la socialdemocracia a finales del siglo XIX.

Eduard Bernstein argumentaba en 1893[4] que la profecía de Marx no se había cumplido: no sólo había aumentado el peso de la clase media, sino que una parte de los obreros había podido incorporarse a la clase media. La democracia permitía hacer políticas que favorecen a los obreros. El programa revolucionario de Marx no había resultado apto en los tiempos de creciente abundancia del capitalismo del siglo XIX. Bernstein predijo que el llamamiento de Marx a la dictatura del proletariado sería un fracaso.

La socialdemocracia que sigue las pautas de Bernstein ha abogado por una economía mixta dentro del marco democrático; acepta la necesidad de la economía del mercado y acepta el papel de los capitalistas, pero aboga por dar un papel importante al Estado para balancear el poder de los capitalistas y crear más igualdad. El arte de gobernar es encontrar el difícil camino entre competitividad e intervención estatal.

Para nosotros, con la experiencia del fracaso del socialismo, es vital ver el lado positivo del funcionamiento de los mercados y apreciar el poder innovador de los empresarios y capitalistas. Tenemos que apreciar el poder de la innovación incluso más de lo que la segunda teoría de Marx nos permite apreciar.

El Capital de Marx se publicó casi simultáneamente con Los Principios de la Economía de Menger (1871).[5] Marx y Menger leyeron a los mismos autores, pero Menger, a diferencia de Marx, reconoció las deficiencias del pensamiento de Smith y fue capaz de situar el pensamiento económico sobre una nueva base con la ayuda de las ideas de Condillac, que había sido rechazado por Marx. De esta manera, evitó la laboriosa tarea del engaño y subterfugio que encubría las contradicciones de una teoría mal fundamentada. A cambio, podría dedicar todas sus energías a construir una teoría que funcionara realmente bien, libre de contradicciones.

La teoría de Menger puso de relieve la característica más importante del capitalismo o del libre mercado que Marx se había negado a ver[6]: la posibilidad de innovación, de que personas con ideas y tendencias emprendedoras descubran y pongan en práctica sus ideas para mejorar sus vidas y, por ende, el mundo. Como resultado, los países que han aplicado las ideas de Adam Smith sobre el libre comercio y la libertad personal han alcanzado niveles de vida antes inimaginables.

Así, la lectura más importante no es Marx ni El Capital. Las obras imprescindibles son las de Menger y sus discípulos, Mises, Hayek y Schumpeter, que proporcionan el verdadero apoyo para que la humanidad alcance el resultado que Marx imaginó: el mejor nivel de vida posible y la libertad personal para todos, también para los trabajadores y no sólo para la élite, ya sea económica o política.


[1] Marx, K. (1867) ‘Letter to Johann Philip Becker, 1867. 04. 17.’, in MECW vol. 42. 2010th edn. Electric Book: Lawrence & Wishart, p. 358.

[2] V.I. Lenin: El Estado y el revolución. Fundacion Federico Engels, 1997. pag. 72-3.

[3] “Del propio plusproducto creciente de éstos (los capitalistas – TA), crecientemente transformado a pluscapital, fluye hacia ellos (a los trabajadores – TA) una parte mayor bajo la forma de medios de pago, de manera que pueden ampliar el circulo de sus disfrutes, dotar mejor su fondo de consumo de vestimenta, mobiliario, etc, y formar una pequena fondo de reserva en dinero” (Marx, K. (1867) El Capital. Libro I. 2009 ed. Madrid: Siglo XXI., p. 766-7).

[4] Bernstein, E. (1899) Preconditions of Socialism. Cambridge: Cambridge University Press.

[5] Menger, C. (1871) Principles of economics. 2007th edn. Auburn, Ala.: Ludwig von Mises Institute.

[6] „La lucha de la competencia se libra mediante el abaratamiento de las mercancías” (Marx, K. (1867) El Capital. Libro I. 2009 ed. Madrid: Siglo XXI., p. 778).

Marx y el dinero (II)

El mes pasado publicaba sobre la teoría monetaria de Marx hablando sobre su teoría general y la primera de las propiedades que atribuye al dinero, la de unidad de valor. Continuando con estas, en segundo lugar, tenemos la función del dinero como medio de circulación. Para Marx, el dinero tenía que operar primero como unidad de valor para luego ser puesto en la práctica en su papel como dinero. Esta es la materialización de que un bien se ha establecido como dinero. Fijar los precios permite comparar el valor de las mercancías que van a ser intercambiadas, pero no garantiza que lo vayan a ser. Solo cuando tras esa fijación del precio lo han sido, es cuando para Marx esa mercancía se puede considerar dinero. La primera función es una condición necesaria de la segunda, y la segunda un complemento de la primera. La primera función del dinero tiene como condición la variabilidad de su valor en comparación con las mercancías intercambiables; la segunda implica la variabilidad de la cantidad que circula y que puede comprar estas otras mercancías.

Marx distingue entre la demanda monetaria y no monetaria del oro. Para este, como el oro tiene una demanda no monetaria, circulará más allá de su uso como oro, pero la cantidad de oro que funcione como dinero dependerá de los precios y del volumen y velocidad de las transacciones.

A pesar de las críticas a la teoría cuantitativa del dinero, en un primer momento Marx concuerda con David Ricardo cuando habla del valor del papel moneda para indicar que el valor de este sí que viene determinado por el volumen del papel moneda en circulación y el volumen de las mercancías a las que da acceso, es decir, la ley de oferta y demanda. Marx afirma que:

Mientras se observe una cierta proporción entre las necesidades de circulación y la cantidad de dinero emitido, ya sea papel, oro, platino o cobre, no se puede hablar de una proporción a observar entre el valor intrínseco (coste de producción) y el valor nominal del dinero. […] Ricardo comprendió tan bien la verdad que, después de basar todo su sistema en el valor determinado por el tiempo de trabajo, y después de decir: “El oro y la plata, como todas las demás mercancías, sólo tienen valor en proporción a la cantidad de trabajo necesaria para producirlos y llevarlos al mercado”. Añade, sin embargo, que el valor del dinero no está determinado por el tiempo de trabajo que incorpora su sustancia, sino únicamente por la ley de la oferta y la demanda. (Marx 1910).

El valor del papel moneda, al carecer de un valor intrínseco (coste de producción), según Marx es inversamente proporcional a su cantidad. Esto se debe a que la emisión de este no viene sujeto a su producción y, por tanto, no adquiere el valor de las horas de trabajo necesarias para su producción, sino de la cantidad emitida que viene determinada por el gobierno independientemente de los requisitos de circulación de este. Por tanto, con el caso del dinero de papel las “leyes inherentes de circulación” parecerían ser abolidas y la refutación marxista del cuantitativismo propio de Ricardo perdería su carácter general si se excluyera de ella el papel moneda.

No obstante, Marx cambia de opinión en El Capital diciendo que el valor de ningún dinero viene determinado por su cantidad y critica a Ricardo por su obsesión cuantitativista. Siguiendo a Tooke y Fullarton, Marx dice que Ricardo se equivoca distinguiendo entre los diferentes tipos de dinero y sus diferentes formas como el crédito. De todos modos, la postura original de Marx no merece ser rechazada del todo. Es cierto que lo que defiende en The Poverty of Philosophy está equivocado porque con las consecuencias de los cambios de valor del dinero se explican con el enfoque monetario de la balanza de pagos (Blasco 2022); por ejemplo, si la oferta monetaria nacional crece más rápido que la demanda de dinero, las reservas internacionales se reducen y el oro sale del país. Pero hay escenarios en los que la ecuación cuantitativa sí que se comporta como la describen los teóricos cuantitativistas. Si hubiese un monopolista de dinero fiat inconvertible a oro, ahí vemos como explica George Selgin (1987, 439–40), que la ley de compensaciones adversas no se daría. La ley de compensaciones adversas dice que cualquier banco que cree pasivos a la vista en cualquier forma por encima de la demanda de mantener dichos pasivos a un nivel de precios determinado se enfrenta a compensaciones adversas y, por lo tanto, a una pérdida de reservas de dinero de productos básicos igual a su exceso de emisión (Selgin 1987, 438). Selgin lo explica así:

Por lo tanto, en un sistema monopolizado la demanda de dinero a menudo debe ajustarse a la oferta, y no a la inversa. Ninguna regla predeterminada para la gestión monetaria puede permitir a los bancos de un sistema monopolizado encontrar los límites adecuados de la expansión del crédito. La monopolización de la emisión de moneda destruye el mecanismo de compensación adversa y, al hacerlo, crea un vasto problema de cálculo que ninguna fórmula a priori puede resolver. (Selgin 1987, 449)

Para Marx, el papel moneda estaba condenado a permanecer en circulación, siguiendo con la idea de que la ley de compensaciones adversas defendida por Selgin o la ley del reflujo de Fullarton defendida por David Glasner (1992) no se darían. Con un patrón de papel moneda, el estado podría emitir tanto dinero como quisiera aunque no podría sacarlo de la circulación. Pero aquí se equivoca por dos motivos. El estado podría sacarlo de circulación deteniendo su contante emisión—aunque carezca de incentivos para hacer esto—y aumentando impuestos, y también porque este puede ser atesorado por las personas. Marx rechaza esta opción porque sería contraria a su teoría del valor trabajo. Nadie demandaría algo que no tuviese valor incorporado mediante las horas trabajo socialmente necesarias para su producción. El papel moneda por tanto no puede reemplazar el oro, solo circular junto a él en cuanto opere como un sustituto monetario del oro.

Para Marx, por tanto, el papel moneda funciona como dinero en tanto que es un símbolo del oro, pero es un dinero falso porque no puede ser otra cosa salvo un sustituto condenado a circular eternamente. Dicho de otra manera, siguiendo la clasificación de Bondone (2012), los activos financieros de los bancos circulan sirven como moneda—conjunto de activos que circula a valor facial y sirve para satisfacer la demanda de liquidez de un país—siempre que sea convertible en un activo real, en este caso el oro. Aquí Marx se equivoca y es fácil actualmente ver por qué: el dinero fiat tiene valor para la gente, no únicamente valor de cambio sino también de uso en tanto que este dinero se atesora, es decir, lo siguen demandando como moneda para satisfacer su demanda de liquidez no solo para atesorarlo sino para transacción también (para Marx, para que algo tuviese valor de uso primero tenía que tener valor de cambio).

Marx decía que el oro operaba en primer lugar como medida de valor y que luego cambiaba su denominación según su convertibilidad en el papel moneda, y como instrumento para atesorar (tercera función que veremos en el siguiente artículo), pero que era el papel moneda el que circulaba y, por tanto, funcionaba como medio de intercambio, obteniendo su valor del oro al que daba derecho. En el momento del intercambio inicial es cuando con el dinero, como medio de intercambio, se puede establecer una ecuación del precio: X cantidad de una mercancía equivale a Y cantidad de dinero. Por lo tanto, el dinero obtendrá su precio cuando se intercambie por otros bienes ya que finalmente será posible establecer la fórmula de circulación simple: M-D-M (mercancía-dinero-mercancía).

Referencias

Blasco, Eduardo. 2022. “Una Alternativa a La Explicación Cuantitativa Del Mecanismo de Ajuste Internacional Del Oro.” Instituto Juan de Mariana, Enero 12, 2022.

Bondone, Carlos A. 2012. Teoría de La Moneda. Buenos Aires, Argentina: Publicado independientemente.

Glasner, David. 1992. “The Real-Bills Doctrine in the Light of the Law of Reflux.” History of Political Economy 24 (4): 867–94. https://doi.org/10.1215/00182702-24-4-867.

Marx, Karl. 1910. The Poverty of Philosophy. Chicago, Estados Unidos: Charles H. Kerr & Company.

Selgin, George. 1987. “The Stability and Efficiency of Money Supply Under Free Banking.” Journal of Institutional and Theoretical Economics 143 (3): 435–56. http://www.jstor.org/stable/40751005.

Marx y el dinero (I)

El pensamiento monetario de Karl Marx es muy interesante y lleno de sorpresas. Para empezar, Marx seguía la teoría clásica del dinero (Glasner 2000) y era un gran crítico de la teoría cuantitativa del dinero, por lo que muchos teóricos monetarios todavía adheridos a esta incorrecta interpretación del dinero pueden aprender de Marx. Además, Marx era afín a la Escuela Bancaria, citando extensamente a Thomas Tooke y a John Fullarton, principalmente por su oposición a la teoría cuantitativa del dinero, aunque tenía ciertas discrepancias con estos (Lapavitsas 1994).

Marx analiza el dinero desde una visión general según su función y características. El interés del pensador sobre el área recae en que el dinero funciona como una parte esencial del sistema capitalista, es el engranaje que explica los procesos mediante los que los procesos productivos se ajustan y desacoplan entre el lado real de la economía y el lado monetario. Es decir, pensando en la ecuación cuantitativista del dinero, entre M (oferta monetaria) y V (velocidad de la circulación del dinero) con P (nivel de precios) y Q (nivel de producción). Estas relaciones sirven para explicar los cíclos económicos.

Marx inicia su estudio del dinero en la primera parte del primer volumen del capital donde realiza un análisis de este en términos generales, sin concretar cómo opera o qué papel tiene en una estructura capitalista de producción, para luego profundizar más sobre el dinero en un sistema capitalista. Marx decía que lo importante era en primer lugar entender el dinero en términos generales y la demanda de atesorarlo, para poder entender posteriormente el crédito, propio de un sistema capitalista. Marx (1978, 192) afirma que “este es el curso que ha tomado la historia: el dinero a crédito no jugó ningún papel, o al menos no uno significativo, en el período inicial de la producción capitalista.” Por esto Marx llega a criticar a Tooke y Fullarton, porque “ellos vacilan constantemente entre las formas abstractas del dinero que lo distinguen de la mercancía y aquellas formas bajo las que se ocultan relaciones concretas, como el capital, los ingresos, etc.” (Marx 1904, 191).

Marx explicando la circulación del dinero metálico como punto de parte de lo que es el origen de mercancías que funcionen como dinero. Marx enumera una serie de características físicas de los bienes, similares a las que menta Carl Menger (2009), como la divisibilidad y la homogeneidad de sus partes. Marx hace una reflexión muy cercana a la teoría orgánica mengeriana sobre el origen del dinero al afirmar que:

Los metales preciosos destacan por estas cualidades. Al no ser el dinero el resultado de un esquema o acuerdo, sino que se ha producido instintivamente en el proceso de intercambio, una gran variedad de mercancías más o menos más o menos inadecuadas han desempeñado sucesivamente sus funciones. (Marx 1904, 32)

De ahí que Marx considere que es el oro la mercancía que sirve para jugar el papel de dinero en relación con otras mercancías porque ya ha jugado el papel de mercancía en relación con estas.

Marx no solo en esto coincidía con Menger, sino también en su entendimiento del dinero en línea con la teoría clásica del dinero. Marx defendía que el movimiento de mercancías ocurre fuera de la esfera monetaria y que el movimiento de dinero en la mayoría de los casos venía determinado por los movimientos de las mercancías. Es decir, la demanda de dinero era un factor exógeno, determinado por los bienes en circulación, no endógeno y dependiente de la oferta de dinero como defiende la teoría cuantitativa del dinero. La oferta monetaria, para Marx, era un componente endógeno del sistema, porque esta se ajusta para satisfacer la ecuación cuantitativa. Además, Marx rechazaba la pretensión de los defensores de la neutralidad del dinero de que V sea constante. Que el dinero sea neutral implica que un aumento en la oferta monetaria altera los precios sin afectar a la economía real. No obstante, defender este concepto implica rechazar el funcionamiento de V como velocidad del dinero o, lo que es lo mismo, como la inversa de la demanda del dinero. Un aumento de M puede acarrear uno de V. Como vemos, Marx acepta y emplea la ecuación cuantitativa del dinero como una herramienta analítica, rechazando la teoría cuantitativa del dinero.

Otra semejanza entre Marx y los economistas de escuela austríaca es la manera que tiene de conectar la microeconomía y la macroeconomía. Por un lado, Marx conecta la microeconomía y la macroeconomía a través del comportamiento del dinero porque, según él, la existencia de dinero y la posibilidad de acaparamiento son condiciones previas para una crisis general de sobreproducción en una economía capitalista. Marx no hace distinciones entre los términos teóricos en los que discute la reproducción de bienes capitales particulares de los que discute la reproducción del sistema capitalista en su conjunto. Para Marx el análisis de cualquier nivel es fundamental estudiar cómo opera el dinero y qué movimiento sigue y resaltar la importancia de la calidad de este. Por otro lado, la escuela austríaca de economía también sigue un tratamiento similar de las distorsiones macroeconómicas que genera el dinero. Como dije Steven Horwitz:

Las perturbaciones de la oferta de dinero de dinero tendrán efectos sistemáticos de distorsión en todo el conjunto de los precios monetarios relativos, la “macroeconomía” puede entenderse como el intento de comprender las causas y las consecuencias de esos patrones sistemáticos, en toda la economía de distorsiones de precios y descoordinación microeconómica. […] Entender por qué las economías están están sujetas a fluctuaciones agregadas como las recesiones y la inflación requiere que busquemos un culpable sistemático de esos problemas “macroeconómicos” de toda la economía. Las explicaciones se encontrarán en la forma en que la picaresca monetaria distorsiona el proceso microeconómico de coordinación de precios. Este es el legítimo de la macroeconomía austriaca. (Horwitz 2020, 105)

Lo que hace que una mercancía llegue a ser dinero es que se considere socialmente válida como mercancía de equivalencia entre mercancías. Como para Marx el valor lo marca las horas de trabajo socialmente incorporadas en la producción de un bien, el dinero podría verse como un simple registro de los derechos adquiridos a cambio del tiempo de trabajo generado para la producción de otras mercancías. Para Marx, como para Menger, el dinero es una mercancía más, con la peculiaridad de que sus características le permiten cumplir mejor que otras las funciones del dinero. Por lo que será una mercancía más, pero una distinta del resto.

Estas funciones características del dinero según Marx son tres. En primer lugar, tenemos la función del dinero como una medida de valor. Siguiendo lo que se explica anteriormente de la relación del oro con el resto de las mercancías, Marx afirma que:

El oro se convierte en una medida del valor porque el valor de intercambio de todas las mercancías se mide en oro, expresada en la relación entre una cantidad de oro y una definida cantidad de una mercancía que incorpore las mismas horas de trabajo. (Marx 1904, 42)

Las mercancías entran en circulación con un precio y el dinero con un valor. El dinero se tiene que producir como una mercancía anteriormente. De tal forma, si el valor del oro (el tiempo socialmente incorporado en su producción) cambia mientras que el valor del resto de las mercancías se mantiene igual, entonces el nivel general de precios cambia. Si el tiempo de trabajo necesario para producir una cantidad de oro se dobla, el precio monetario de las cosas se reducirá a la mitad. Como medida de valor, el dinero tiene fines complementarios. Darle al oro un valor fijo sería igual a arrebatarle sus funciones monetarias como las de unidad de valor, su naturaleza como mercancía y especular ya que careceremos de la mercancía sobre la que todo el resto de las mercancías se miden. Si, por el contrario, tuviese precio en otra mercancía, el oro se convertiría en una mercancía más y perdería su carácter general como medio de valor. Marx critica a Ricardo porque para este es la invariabilidad del patrón monetario el que determina la naturaleza monetaria de una mercancía. Con esto y lo dicho anteriormente sobre la teoría marxiana del origen del dinero, podemos intuir que Marx sería también crítico con el cartalismo.

Cuando una mercancía funciona como unidad de valor, una específica cantidad determinada de esa mercancía o “precio monetario” empieza a funcionar como unidad de cuenta.

En el próximo artículo se analizará las dos otras funciones que cumple el dinero: el de ser un medio de circulación y un instrumento de atesoramiento.

Referencias

Glasner, David. 2000. “Classical Monetary Theory and the Quantity Theory.” History of Political Economy 32 (1): 39–59.

Horwitz, Steven. 2020. Austrian Economics: An Introduction. Cato Institute.

Lapavitsas, Costas. 1994. “The Banking School and the Monetary Thought of Karl Marx.” Cambridge Journal of Economics 18 (5): 447–61.

Marx, Karl. 1904. A Contribution to the Critique of Political Economy. Chicago, Estados Unidos: Charles H. Kerr & Company.

———. 1978. Capital: A Critique of Political Economy. Volume 2. Londres, Reino Unido: Penguin Books.

Menger, Carl. 2009. On The Origins of Money. Auburn, Estados Unidos: Ludwig von Mises Institute.