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Etiqueta: Karl Marx

Evaluando los argumentos de Friedrich Hayek en el debate del cálculo económico

Todo sistema económico tiene que resolver dos problemas: qué es lo que la gente desea y cuál es la mejor manera de producirlo. Para dar respuesta a estas cuestiones se debe recurrir al proceso de cálculo monetario, que consiste en calcular los ingresos y las pérdidas pasadas y esperadas. Aunque pudiéramos saber qué es lo que la gente quiere, eso solo resuelve parte del problema; nos quedaría saber cómo producirlo.

El hecho de que los bienes de capital—aquellos empleados en la producción de bienes de consumo—sean heterogéneos hace que según su combinación se puedan producir distintos bienes de consumo. Los mismos inputs pueden generar outputs distintos, y un output puede producirse con inputs diferentes, es decir, una combinación de madera, clavos, martillo y barniz puede fabricar una mesa o una silla y una silla puede producirse con madera, clavos, martillo y barniz o con acero, una sierra y un soldador. La esencia de la economía, pues, va más allá de conocer las preferencias de los consumidores porque éstas pueden satisfacerse de distintos modos.

Que el capital sea heterogéneo nos explica por qué hemos de decidir qué tenemos que producir y cómo ya que hay muchas cosas posibles para producir de muchas posibles maneras. Que las economías avanzadas se basen en una división del trabajo y de la información cada vez más profunda, nos plantea el problema de decidir el quién producirá qué y cómo. Si lo que queremos es un sistema económico que sea eficiente, tenemos que ver cuál es el que mejor resuelve ese problema, incluso cuando sepamos qué es lo que la gente quiere. Para eso se requiere comparar procesos de producción alternativo mediante el cálculo económico.

Karl Marx defiende que la anarquía de la producción propia del capitalismo en la que cada agente produce lo que considera como lo considera es un sistema poco eficiente, al incentivar la competencia entre proyectos y al frustrar unos planes por el éxito de otros. A diferencia de lo que se ha creído después, sí que dejó unos pequeños esbozos sobre cómo funcionaria el socialismo, siendo este el primer planteamiento formal de cómo se lograría esto como se puede observar en Marx (1891[1996]). Marx criticaba el sistema capitalista porque había un elemento de orden y otro de caos. Este elemento caótico se debe a que al competir los productores entre ellos algunos recursos sean desperdiciados porque estos solo se den cuenta de sus errores cuando es demasiado tarde, ya han hecho sus inversiones y están sufriendo por minimizar sus pérdidas. Marx (1867[1976], 667) afirmaba que:

“El modo de producción capitalista, aunque impone la economía en de cada empresa individual, también engendra, por su sistema anárquico de competencia, el despilfarro más escandaloso de la fuerza de trabajo y de los medios sociales de producción; por no hablar de la creación de un gran número de funciones actualmente indispensables, pero en pero en sí mismas superfluas”.

El capitalismo, según Marx, no permite que toda la producción social sea racionalmente planeada con antelación porque el capitalismo incluye diseños simultáneos de planes conflictivos de productores distintos. El resultado de este choque anárquico de muchos planes intencionales es un modo de producción social que produce conflicto y despilfarro de recursos. Por tanto, para Marx la idea de la planificación central requiere la unificación de planes sociales en uno único y consistente, una estructura compleja y coherente preparada por las mentes de los arquitectos socialistas antes de ser implementada. Para Marx el socialismo reemplaza estos productores capitalistas con una voluntad única y común de todos los productores. En el capitalismo hay una lucha constante entre los productores por beneficios. Estas relaciones antagonistas eran un desperdicio para la sociedad.

Marx creía que permitir que los propietarios privados de los medios de producción experimenten con alternativas y descubran sólo a posteriori cuáles son las mejores como hace el capitalismo era un despilfarro y que esta mecánica podía mejorarse decidiendo colectivamente antes del acto lo que debía producirse y cómo, y luego simplemente ejecutando ese plan, incluyendo quién debía recibir qué bienes al final. El socialismo, según este, sería más racional y eficiente, además de más justo.

En 1920 Ludwig von Mises publica “El cálculo económico en la comunidad socialista”, artículo en el cual critica la viabilidad de una economía socialista argumentando que, si todos los medios de producción son de propiedad estatal, esa viabilidad es imposible. El motivo es que no hay forma de realizar un cálculo económico objetivo y, por tanto, de asignar los recursos a sus usos más productivos. Mises defendía que reemplazando la propiedad privada por propiedad estatal se elimina el único mecanismo para distinguir entre los planes económicamente viables y los derrochadores, aunque se asumiese información perfecta. Esto es así, aunque se asumiese que no se cumple el dicho soviético de “ellos hacían como que nos pagaban y nosotros hacíamos como que trabajamos” y los trabajadores producirán bajo su máxima eficiencia; aunque se asumiese que Friedrich Hayek estaba equivocado cuando decía que los peores llegaban al poder; y aunque se asumiese que Lord Acton también lo estaba cuando decía que “el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente” y que el planificador central no terminaría corrompiéndose.

El argumento podemos presentarlo en forma de lo que llamo el silogismo miseano del cálculo económico, que afirma que sin propiedad privada de los medios de producción no se realizarán intercambios voluntarios de estos entre agentes y, por tanto, no se formará un mercado de estos. En segundo lugar, sin un mercado no podrán surgir precios que reflejen la escasez relativa de los bienes de capital. Y, por último, sin precios que reflejen la escasez relativa de los medios de producción, el planificador no podrá distribuir los recursos escasos entre los distintos fines. Por lo tanto, en un sistema socialista el cálculo económico racional es imposible.

Por otro lado, un sistema capitalista sí que permite un cálculo económico racional. En primer lugar, en el capitalismo se puede calcular en términos de precios que hacen posible hacer los cálculos según la valoración de todos los participantes en el intercambio. Como los precios reflejan las actividades económicas de todos los participantes, podemos saber si el gasto de dinero de un agente ha sido beneficioso y si la señal de beneficios y pérdidas que emite guía los recursos hacia usos mejor valorados. Un emprendedor que descubre un mejor uso de un recurso que sus rivales tenderá a desplazar recursos hacia usos más valorados. Los beneficios se logran dándose cuenta de lagunas en el sistema de preciso y tendiendo a eliminar estas lagunas con tu actividad empresarial. Aunque las estimaciones futuras de beneficios no garanticen el uso social óptimo de los recursos, esta al menos permite eliminar de la consideración las innumerables posibilidades de procesos tecnológicamente posibles, pero no económicamente rentables. Y, por último, este sistema permite reducir evaluaciones de producción a un común denominador, el dinero. El marxismo rechaza el uso del dinero, por lo que no habría una unidad de cuenta común requerida para los cálculos cuantitativos que requiere la coordinación descentralizada.

Mises inició uno de los debates más importantes del siglo pasado, que continúa hasta nuestros días. Los socialistas del momento tuvieron que modificar sus argumentos para poder contestar al economista austríaco. Los autores principales del lado socialista fueron Oscar Lange (1964), Abba Lerner (1934, 1936, 1944), Henry D. Dickinson (1933), Fred M. Taylor (1964) y Evan Frank Durbin (1936).

Los dos primeros son los principales desarrolladores del llamado socialismo de mercado. Estos concedieron a Mises, aunque fuese implícitamente, la crítica de que los precios eran esenciales para el cálculo racional de una economía por lo que idearon un sistema de planificación central con precios. Estos autores proponen un órgano de planificación central que se ocupase de seguir unas reglas como que tienen que poner los precios al coste marginal y producir bajo los costes medios mínimos. Para Mises y Hayek esto suponía aceptar haber perdido el debate por aceptar la importancia del mercado y un sistema de precios para coordinar la actividad económica y reflejaba la confusión causada por la preocupación entre economistas por estados de equilibrio en vez de por procesos de intercambio y producción que causa la coordinación de la actividad económica.

Varios socialistas de mercado, entre ellos Lange, proponían que la junta central de planificación estipulase un precio—algunos mantenían que el mismo que durante la producción capitalista ya que creían que esta se encontraba bajo una situación de equilibrio general (que, de ser así, ¿qué necesidad había de cambiar de sistema a uno más eficiente si en un equilibrio general ningún factor se puede mejorar?)—y posteriormente, mediante un método de ensayo y error, este precio podía modificarse para determinar la asignación óptima de los bienes de capital. Otros socialistas como Taylor (1964) y Dickinson (1933) proponían hacer estas modificaciones mediante fórmulas matemáticas que podían ir resolviéndose. Resulta curioso ver que, para poder funcionar, el socialismo tiene que asemejarse cada vez más al capitalismo e intentar adoptar algún mecanismo de competencia entre planes de producción, aunque diste mucho del ideal libre mercado.

Hayek continúa con la tarea miseana de demostrar el problema del cálculo económico en un sistema socialista (1948). Para ello, critica los posicionamientos de Lange y Lerner sobre el socialismo de mercado. Al igual que la crítica de Mises se centra en el socialismo puro que plantea Marx, la de Hayek lo hace en la versión adulterada de Lange. Lionel Robbins (1934, 150–54) también realiza una crítica del socialismo de mercado similar a la de Hayek, sólo que al no ser considerado este austríaco y al haber rechazado a la escuela austríaca en sus años más avanzados de carrera, no se ha generado una controversia sobre si sus argumentos son compatibles con los de Mises. Con respecto a Hayek, sí.

Joseph Salerno (1990), Hans-Hermann Hoppe (1996), Murray Rothbard (1991) y Jeffrey Herbener (1991), entre otros, critican los argumentos de Hayek respecto al debate del cálculo económico, por ser erróneos o por ser innecesarios al estar ya incluidos en los de Mises. El austrianismo de Hayek también es un tema debatido. Pero tanto si se le puede considerar como un economista austríaco, a pesar de no serlo (Blasco 2020), como si no, sólo explicaría por qué otros autores austríacos se han centrado en criticarle. Y aunque sus argumentos sí sean austríacos, eso sólo nos diría que Hayek, un economista o no austríaco, usa argumentos austríacos para criticar el socialismo, elemento el cual no es condición suficiente para ser considerado austríaco.

La crítica que se le hace a Hayek en este tema proviene de que Hayek plantea que el socialismo no es imposible de que funcione, sino altamente difícil. Hayek habla de la gran dificultad de obtener, procesar y transformar la información requerida en la creación de los precios por parte de un órgano de planificación central, por lo que concede a los socialistas de mercado que el socialismo no es imposible, o al menos según sus críticos. Pero esto no es del todo cierto. Hayek sí que critica a Mises por haber “utilizado ocasionalmente la afirmación un tanto imprecisa de que el socialismo era ‘imposible’, cuando lo que quería decir era que el socialismo hacía imposible el cálculo racional”. Porque “por supuesto, cualquier curso de acción propuesto es posible en el sentido estricto de la palabra, es decir, puede intentarse” (Hayek 1948, 145–46). Por lo tanto, vemos de sus propias palabras decir a efectos prácticos lo mismo que decía Mises cuando afirmaba que el socialismo era imposible: que el cálculo racional en este sistema lo es.

Hayek aceptaba los argumentos de Mises. El malentendido respecto a sus propios argumentos reside en ver qué contestaba cada uno. Mises (1920[1990], 21) decía que aún con información perfecta, una economía socialista sería imposible producir de una manera eficiente por la ausencia de precios. Los socialistas que le respondieron malinterpretaron el argumento de Mises, al no entender que la imposibilidad del cálculo racional que describía Mises se daba aún si hubiese información perfecta (Lavoie 1985[2015]). Por tanto, fueron varios los socialistas los que pretendieron darle una respuesta al problema planteado por Mises elaborando métodos como la respuesta matemática o la de prueba y error para alcanzar esta información perfecta de las demandas de los consumidores y poder saber así qué producir. Aquí es donde se encuadra la crítica de Hayek.

Este les responde explicando por qué esta información nunca sería perfecta. Es decir, Mises por un lado asume que ni con información perfecta el socialismo podría producir más eficientemente que el socialismo, a lo que Lange y otros le responden con formas de alcanzar un estado de información perfecta para así poder llevar a cabo el cálculo económico. Hayek intenta demostrarles por qué un órgano de planificación central no podría calcular de manera racional ni aún asumiendo información perfecta, como pretendían los socialistas a los que contestaba. Un órgano de planificación central nunca podría hacerse con la información tácita, subjetiva y dinámica que reside en las mentes de los productores y consumidores y procesarla para lograr unos objetivos de producción superiores a los del capitalismo. Hayek asume que Mises tiene razón y que el cálculo racional no sería imposible sin propiedad privada de los bienes de producción ni aún si el órgano de planificación central tuviese toda la información correcta, pero para dar respuesta a los críticos del momento baja al barro y explica por qué esa información nunca puede llegar a ser perfecta.

Hayek critica que se presuma la información como dada y que un órgano de planificación central solo necesitaría instrucciones. Esta información necesita ser generada y para eso se necesita competencia. Tiene que ser real, no puede ser ficticia en un marco donde la gente no puede quebrar realmente ni beneficiarse si triunfan. Los datos para hacer cálculos económicos sobre las propias preferencias de los consumidores y, por extensión, sobre las preferencias de los productores, residen en la mente de todo el mundo, una pequeña parte en cada una. Esta es una información dispersa. Cada persona tiene un orden con los bienes de consumo que puede desear en distintos grados en distintas circunstancias, según surjan distintas necesidades y oportunidades. Según las circunstancias, un bien de consumo puede encabezar nuestra lista y actuamos para adquirirlo. Cuando lo hacemos, surgen los precios. Pero esto son información histórica. Transmiten información valiosa a los empresarios, pero esta es imperfecta, por lo que cada empresario actúa según la misma asumiendo un riesgo.

No obstante, aunque no se le puedan achacar errores teóricos o cesión a Hayek, sí que se le puede criticar por errores estratégicos. Hayek podría haber pensado que se iba a malinterpretar su crítica y que los socialistas la retorcerían para hacer parecer que estaba reconociendo que ciertos postulados de Mises estaban incorrectos y que el socialismo no era imposible sino enormemente difícil. Quizá Hayek tendría que haberse mantenido firme en la postura miseana y no haber entrado a explicar por qué el órgano de planificación central no puede poseer información perfecta sino repetido que aun así el socialismo sería imposible.

Referencias

Blasco, Eduardo. 2020. “Friedrich Hayek Era Un Economista Austríaco En Tanto Que Nació En Viena.” Instituto Juan de Mariana, 2020. https://ijmpre2.katarsisdigital.com/ijm-actualidad/analisis-diario/friedrich-hayek-era-un-economista-austriaco-en-tanto-que-nacio-en-viena/.

Dickinson, Henry D. 1933. “Price Formation in a Socialist Community.” Economic Journal 43: 237–50.

Durbin, Evan Frank Mottram. 1936. “Ecollomic Calculus in a Planned Economy.” The Economic Journal 46 (184): 676–90.

Hayek, Friedrich A. 1948. Individualism and Economic Order. Chicago, Estados Unidos: The University of Chicago Press.

Herbener, Jeffrey M. 1991. “Ludwig von Mises and the Austrian School of Economics.” Review of Austrian Economics 5 (2): 33–50.

Hoppe, Hans-Hermann. 1996. “Socialism: A Property or Knowledge Problem?” Review of Austrian Economics 9 (1): 143–49.

Lange, Oskar. 1964. “On the Economic Theory of Socialism.” In On the Economic Theory of Socialism, edited by Benjamin E Lippincott, 55–143. Nueva York, Estados Unidos: McGraw-Hill.

Lavoie, Don. 1985[2015]. Rivalry and Central Planning. Arlington, Estados Unidos: Mercatus Center.

Lerner, Abba P. 1934. “Economic Theory and Socialist Economy.” Review of Economic Studies 2: 51–61.

———. 1936. “A Note on Socialist Economics.” Review of Economic Studies 4: 72–76.

———. 1944. The Economics of Control: Principles of Welfare Economics. Nueva York, Estados Unidos: Macmillan Publishers Limited.

Marx, Karl. 1867[1976]. Capital: A Critique of Political Economy, Volume 1. Londres, Reino Unido: Penguin Books.

———. 1891[1996]. “Critique of the Gotha Programme”. En Marx: Later Political Writings de T. Carver (ed.). 208-226.

Mises, Ludwig von. 1920[1990]. Economic Calculation in the Socialist Commonwealth. Auburn, United States: Ludwig von Mises Institute.

Robbins, Lionel. 1934. The Great Depression. Nueva York, Estados Unidos: Macmillan and Co.

Rothbard, Murray N. 1991. “The End of Socialism and the Calculation Debate Revisited.” Review of Austrian Economics 5 (2): 51–76.

Salerno, Joseph T. 1920[1990]. “Postcript.” En Economic Calculation in the Socialist Commonwealth de Ludwig von Mises, 49–60. Auburn, Estados Unidos: The Ludwig von Mises Institute.

Taylor, Fred M. 1964. “The Guidance of Production in a Socialist State.” In On the Economic Theory of Socialism, edited by Benjamin E Lippincott, 41–54. Nueva York, Estados Unidos: McGraw-Hill.

Una re-evaluación de la principal teoría de la explotación de Marx

En el primer artículo de esta serie hemos demostrado que la principal teoría sobre la ganancia de los capitalistas de Marx en El Capital1, era una propuesta irreal. ¡Marx buscaba la fuente de la ganancia en un capitalismo sin capital, sin capitalista y sin competencia! Era tan clara la diferencia entre el mundo irreal de Marx y el real que el mismo autor se vio forzado a proponer una segunda teoría sobre la ganancia. En el anterior artículo, ya analizamos esta segunda teoría, el plusvalor relativo presentado en la sección cuarta de El Capital. Nuestra conclusión era que, a la luz de esta segunda teoría, no es sostenible la idea de que la única y exclusiva fuente de ganancia es el trabajo de los trabajadores. Los ejemplos y comentarios de Marx ponen de manifiesto que el esfuerzo de los capitalistas por organizar de una manera más eficiente la producción también es importante y que las máquinas dan más valor al nuevo producto que sus valores de cambio. Este tercer artículo investiga la idea de si la explotación es sostenible o solo es otra teoría falsa de Marx.

La principal teoría de Marx es que el trabajador trabaja más horas durante la jornada laboral de lo que es necesario para su supervivencia, que es el cambio del valor de su trabajo. Durante las horas en las que el obrero trabaja de más, está produciendo la ganancia para las capitalistas sin recibir ninguna compensación a cambio. Como hemos visto en el primer artículo, Marx ha partido de unas premisas irreales para evitar hablar del importante papel del emprendedor/capitalista. La otra estratagema de Marx era, como ya hemos analizado, reducir a cero la importancia de la inversión en máquinas y fábricas. Con estas estratagemas Marx podía anular la importancia de las inversiones en máquinas y el trabajo de cálculo realizado por el capitalista.

Este proceso de reducción parece similar a la de un físico que se empeñara en convencer a todo el mundo de que el Sol gira alrededor de la Tierra ocultando la información fundamental de que el Sol es muchísimo más grande. Así, ¡claro que sería fácil llegar a la conclusión de que el Sol circunvala la Tierra! Siguiendo con la metáfora, nuestro físico, para dar un toque de realidad a su teoría, mencionaría en una o dos frases que es consciente de que en la vida real los tamaños de los dos objetos no son como se ven desde la Tierra,2 y prometería una solución en su próximo libro. 3 Y mientras tanto, hasta que llegara el libro prometido, nuestro físico continuaría analizando de una manera incorrecta la conexión entre el Sol y la Tierra. 4

Del mismo modo, Marx ha creado un mundo irreal. Pero él va un paso más allá porque en este mundo irreal construido a partir de premisas falsas, no tiene la evidencia de que la explotación del obrero sea la fuente de ganancia en el capitalismo.

Marx dibujaba su teoría de la explotación como una continuación de la explotación de tiempos anteriores, la esclavitud y la servidumbre. En el caso de esclavitud la explotación es muy visible. Lo mismo ocurre en el feudalismo, una parte del producto de los campesinos era expropiada por los señores feudales. Marx deduce que la explotación en el capitalismo funciona de la misma manera que en los tiempos pasados pero que dicha explotación es invisible. Aunque el obrero recibe su salario por su esfuerzo, Marx afirma que una parte del tiempo de trabajo de la jornada laboral es sacrificada por los trabajadores para producir la ganancia de los capitalistas sin compensación alguna.

Pero Marx no puede demostrar que sea esto lo que ocurre. El texto de El Capital así lo evidencia. Para llegar al resultado que Marx quiere sobre la invisible explotación del trabajo tiene que recurrir a los juegos de palabras. La clave de este engaño está en la página 210 en donde escribe: “Si suponemos que en esta masa de mercancías necesaria para un día medio se encierran 6 horas de trabajo social, tendremos que en la fuerza de trabajo se objetiva diariamente medio día de trabajo medio social, o que se requiere media jornada laboral para la producción diaria de la fuerza de trabajo”. Según su suposicion, solo la mitad del tiempo de trabajo es el tiempo necesario para producir el valor de cambio del esfuerzo del trabajador y, como consecuencia, la otra mitad del tiempo el trabajador trabaja para producir la ganancia para el capitalista. Suponemos, dice Marx, igual que hacía nuestro físico cuando partía del supuesto de que el Sol circula alrededor de la Tierra.

Así, la construcción de la teoría de explotación de Marx empieza con una suposición, sin ningún apoyo factual. ¡Sorpresa!, ¡Sorpresa! En la pagina 234, cuando Marx describe el proceso de la explotación, declara que es un hecho que solo la mitad de la jornada es necesaria para producir el valor de cambio del esfuerzo y que la otra mitad está dedicada a producir la ganancia: “El hecho de que sea necesaria media jornada laboral para mantenerlo vivo durante 24 horas, en modo alguno impide al obrero trabajar durante una jornada completa.” Lo que antes era una suposición, ahora aparece como un hecho. La teoría de la explotación de los trabajadores está basada en una suposición, aunque más tarde la considere un hecho. No hay, por tanto, más evidencia para la explotación, que la suposición de Marx.

Además, para poder llegar a la suposición de que solo el trabajo de los trabajadores manuales cuenta como trabajo que produce valor añadido comparado con el esfuerzo, Marx tenía que recurrir a otra estratagema más.

El concepto de trabajo es crucial para levantar el sistema económico que Marx construyó porque es la base de todo su sistema de valoración. En la pagina 203 de El Capital, define el concepto de trabajo: “Por fuerza de trabajo o capacidad de trabajo entendemos el conjunto de las facultades físicas y mentales que existen en la corporeidad, en la personalidad viva de un ser humano y que él pone en movimiento cuando produce valores de uso de cualquier índole”. Marx no solo define el trabajo como el conjunto de trabajo manual y mental sino que más adelante subraya la importancia del trabajo mental: “lo que distingue ventajosamente al peor maestro albañil de la mejor abeja es que el primero ha modelado la celdilla en su cabeza antes de construirla en la cera. Al consumarse el proceso de trabajo surge un resultado que antes del comienzo de aquel ya existía en la imaginación del obrero, o sea idealmente. El obrero no sólo efectúa un cambio de forma de lo natural; en lo natural, al mismo tiempo, efectiviza su propio objetivo, objetivo que él sabe que determina, como una ley, el modo y manera de su accionar y al que tiene que subordinar su voluntad.”

Hasta ahora todo bien. El trabajo mental incluye idear un producto, un proceso de trabajo, planificar, calcular, y adaptarse a las condiciones. Incluso podemos llegar a la conclusión de que, según Marx, el trabajo mental es incluso tal vez más importante que el trabajo físico porque es el que distingue al ser humano de los animales.

El problema para Marx empieza cuando emerge la producción en fábricas con alta mecanización. Piensa que, con la llegada de fábricas comienza una nueva distribución del trabajo con respecto a la era de artesano. El artesano, antes del siglo XVIII trabajaba solo en su taller y, por eso, reunía en su persona el trabajo mental y manual. Sin embargo, en el capitalismo industrial se separa el trabajo manual y trabajo mental. En las gigantes fabricas, los obreros ejercen el trabajo manual, mientras los capitalistas planifican y organizan el trabajo introduciendo soluciones más y más eficientes, innovaciones y cálculos sobre la rentabilidad de las inversiones realizadas en maquinas. 5

Según su concepto del trabajo, Marx tenía que reconocer que el capitalista también “trabaja”. Su tarea es el trabajo mental en el capitalismo industrial y, como una parte del trabajo, el trabajo mental también representa una contribución importante para crear nuevo valor.

Pero Marx evitaba esta conclusión que a todas luces resulta evidente partiendo del concepto de trabajo que él mismo había definido. Y lo evita porque su objetivo era lanzar el más terrible misil al sistema capitalista.6 Por eso declara que “Sólo es productivo el trabajador que produce plusvalor para el capitalista o que sirve para la autovalorización del capital.” (pag. 626). Con esto declaración, su intención era quitar cualquier legitimación a los capitalistas negándoles su papel positivo en la producción y, por tanto, quitándoles cualquier mérito para producir ganancias.

La triste realidad es que la más impactante teoría de la explotación, la principal teoría de Marx está basada en una suposición carente de cualquier evidencia y solo creíble porque Marx hábilmente creó un mundo irreal y descartó la posibilidad de que hubiera otros factores que también pudieran generar ganancia. Un engaño “científico” que, no obstante, fue asimilado y creído por millones de personas y pensadores porque los mensajes extra-científicos de Marx coinciden con sus emociones y experiencias, con la indignación que produce la inseguridad, la pobreza, las diferencias entre ricos y pobres, y por la creencia de que sobre la razón se puede construir un mundo mejor, más igualitario, un mundo que no solo prometa más riqueza, sino también más libertad al tener la posibilidad de escapar de la prisión de las necesidades.

Pero, las teorías, buenas o malas, tienen consecuencias en la vida real.

El último artículo de esta serie va a investigar el impacto de las dos teorías de Marx en el campo político, social y económico.

1 Vease: Karl Marx: El Capital. Libro Primero. Madrid: Siglo XXI, 2010.

2 „Esta ley contradice abiertamente toda la experiencia fundada en las apariencias. Todo el mundo sabe que el dueño de una hilandería de algodón que, si nos atenemos a los porcentajes del capital total empleado, utiliza proporcionalmente mucho capital constante y poco capital variable, no por ello obtiene una ganancia o plusvalor menor que un panadero, quien comparativamente pone en movimiento mucho capital variable y poco capital constante.” (pag. 372).

3 Es verdad que no sólo tiene su gran importancia económica la proporción entre el plusvalor y la parte del capital de la cual aquél surge directamente, y cuyo cambio de valor representa, sino también su proporción con el capital global adelantado. En el libro tercero examinamós circunstanciadamente esta proporción. (pag. 259)

4 „También es indiferente el valor de dicha materia. Debe existir en una masa suficiente como para poder absorber la cantidad de trabajo que habrá de gastarse en el proceso de producción. Una vez dada esa masa, por más que su valor aumente o disminuya o aquélla carezca de todo valor, como en el caso de la tierra y el mar, esas circunstancias no habrán de a fectar el proceso de creación y variación del valor.”(pag. 259).

5 „Un solista de violín se dirige a sí mismo; una orquesta necesita un director. Esta función directiva, vigilante y mediadora se convierte en función del capital no bien el trabajo que le está some­tido se vuelve cooperativo.” (pag. 402). … „Por lo demás, la cooperación entre los asalariados no es nada más que un efecto del capital que los emplea simultáneamente. La conexión entre sus funciones, su unidad como cuerpo produc­tivo global, radican fuera de ellos, en el capital, que los reúne y los mantiene cohesionados.” (pag. 403).

6 Marx, Carta a Johann Philip Becker, 1867. 04. 17. MECW vol. 42. p 358

Las dos teorías de Marx sobre los beneficios (II): ganancia en el capitalismo industrial (plusvalor relativo y extra)

En el primer artículo de esta serie hemos demostrado que la principal teoría sobre la ganancia de los capitalistas de Marx en El Capital I1 era una propuesta irreal. La teoría de explotación fue creada postulando unas condiciones irreales. Era tan clara la diferencia entre el mundo irreal de Marx y el mundo real, que incluso el propio Marx se vio forzado a admitir la contradicción en la que había incurrido. Es decir, en realidad la ganancia no está relacionada con el capital variante, lo que sería equivalente al capital gastado en mano de obra, sino con el capital invertido. Marx evitó el colapso inminente de su teoría prometiendo engañosamente la solución a este problema en el tercer libro del Capital. Engañosamente, porque sabía de antemano que no había solución ya que el manuscrito – en el que no resuelve el problema – ya había sido escrito entre 1863 y 1865, dos años antes de la publicación de El Capital I. Ahora se entiende por qué Marx no tenía muchos deseos de publicarlo.

Marx también sabía que la teoría de ganancia basada en la plusvalía del trabajo es tan incorrecta que si solo hubiese basado su teoría política, económica y social en esta hipótesis no podría haber dado una explicación al éxito del capitalismo industrial y tendría que haber terminado su obra después de las primeras trescientas paginas del Libro I. El mismo Marx insinúa en algunas frases que su famosa teoría principal sobre la explotación era apta solo en un periodo histórico anterior al capitalismo industrial. Así Marx ya presagiaba la conclusión2 3 que habría de sacar Engels en 1895 como respuesta a las críticas de Böhm-Bawerk en la que decía que la principal teoría de explotación de Marx era válida solo hasta el siglo XV, periodo en que la economía se basaba en el trabajo manual, pero no en el capitalismo industrial. 4

El problema de Marx era que no podría seguir escribiendo El Capital después de llegar a la conclusión de que la ganancia es la consecuencia de la explotación de los trabajadores porque su principal teoría no hubiese podido explicar por qué los capitalistas invierten en máquinas y fábricas. Según dicha teoría la ganancia es proporcional al capital invertido en la mano de obra. Por esta razón, la ganancia debería disminuir si el capitalista incrementa el capital invertido en máquinas reduciendo el capital invertido en mano de obra. Tampoco hubiese podido explicar por qué se empeñan los capitalistas en reducir el coste de mano de obra al hacer cada vez más eficiente la producción. Marx estaba seguro de que los capitalistas eran malevolentes, pero, por supuesto, sabía que no eran tontos y estaba seguro de que, al invertir dinero, no tenían la intención de ganar cada vez menos y menos. ¡Al contrario! El motor de los capitalistas era ganar cada vez más y más. 5 “¡Acumulad! ¡Acumulad!” es el himno de capitalista según Marx, con un toque antisemita,6 y no “¡Empobreced! ¡Empobreced!”

Para poder seguir escribiendo sobre capitalismo industrial, Marx tuvo que introducir una segunda teoría sobre ganancia, una que funcionase en las condiciones reales del capitalismo y no solo en el mundo inexistente, que era la fantasía de Marx.  Esta segunda teoría es la teoría del plusvalor relativo y el plusvalor extra,7 introducida en la cuarta sección de El Capital I. 8 El plusvalor relativo y extra nace cuando un capitalista obtiene beneficio a costa de otros capitalistas abaratando el producto invirtiendo en máquinas más eficientes y organizando mejor la producción. 9

La teoría de plusvalor relativo y extra intenta dar una explicación al aumento de las fábricas y a la inversión creciente en máquinas en el mundo real. En el mundo real nadie puede estar seguro de que está invirtiendo su dinero en una producción cuyo producto final va a poder ser vendido con seguridad al precio previsto, que va a cubrir todos los gastos y que obtendrá una ganancia adecuada.  Este mundo real del capitalismo es opuesta al mundo irreal de los primeros capítulos, donde Marx analizó una economía circular. En la economía circular de Marx el capitalista no tiene que preocuparse de nada, y esta segurísimo de que el producto se podrá vender por el precio previsto y no tiene que preocuparse por si hay otro capitalista en el ámbito económico que en cualquier momento podría inundar el mercado con un producto parecido, pero más barato.

 El nuevo mundo marxista que ya retrata una realidad más cercana al capitalismo es analizado desde la cuarta sección. En estas nuevas condiciones, el capitalista puede ganar plusvalía extra o relativa abaratando el producto respecto a los demás capitalistas gracias a una mejor y más eficiente organización de la producción o mediante la introducción de fábricas mecanizadas. 

El compromiso con la realidad fuerza a Marx a jugar con las palabras para evitar tener que confesar que no solo el trabajo de los trabajadores tiene el poder mágico de producir ganancia. 

El primer problema es que el argumento nuevo de Marx claramente contradice al texto anterior de El Capital. Anteriormente, Marx había sostenido que el único modo de obtener ganancia es la explotación de los trabajadores. Pero, desde el capítulo cuatro explica que un capitalista podría tener ganancia abaratando sus productos en comparación con el resto de los capitalistas. Las dos explicaciones no pueden ser válidas al mismo tiempo. Para un doctor en Filosofía tenía que estar clara esta contradicción de la lógica. Para evitar esta contradicción Marx crea un puente entre la teoría del plusvalor relativo y su principal teoría; con ella, podrá seguir reafirmando la existencia de la explotación de los trabajadores. El nuevo argumento plantea una dualidad en cuanto al sujeto de ganancia. Por una parte, existe un ingreso individual que se adquiere mediante la teoría del plusvalor relativo; por otra parte, según Marx, la clase capitalista obtiene una ganancia colectiva al abaratar los productos necesarios para la supervivencia de los obreros, ya que, de esta manera, en la jornada laboral se incrementaría el tiempo en que los obreros están produciendo beneficios. 10 No obstante, el nuevo argumento de Marx contradice los argumentos de las secciones anteriores de El Capital; anteriormente, Marx analizaba de una manera muy clara cómo un capitalista obtenía beneficios, pero no mencionó nunca la clase capitalista. Evidentemente, esta solución es un juego de palabras por parte de Marx para no admitir que ambas teorías eran contradictorias y excluyentes.

Más adelante el nuevo argumento de Marx fue debilitado por él mismo, cuando admite que la plusvalía extra puede ser ganada incluso por capitalistas que no producen productos comprados por los obreros. 11 Antes su argumento había sido que la clase de los capitalistas obtienen beneficios porque las innovaciones de las capitalistas abaratan la mano de obra al abaratar los productos consumidos por los obreros. Pero, si más tarde acepta que se puede obtener beneficios produciendo productos no consumido por los obreros, ya no puede afirmar que la única fuente de ganancia es el abaratamiento de la mano de obra. Según su nuevo argumento existe otra fuente de ganancia, que es independiente del abaratamiento del mano de obra. 

El próximo campo de minas en los nuevos argumentos de Marx, es el intento de explicación de cómo la instalación de máquinas puede ser una fuente de ganancias. Hasta este momento, confirmaba que las máquinas no pueden ser fuentes de ganancia porque solo trasladan sus valores de cambio, es decir, el precio de venta o construcción.12 En este punto tampoco puede negar directamente su postura anterior. Por eso, para evitar que no se descubra que su teoría anterior es insostenible a la luz de su nueva teoría, tiene que jugar con las palabras. En El Capital I, Marx ofrece tres explicaciones que contradicen su teoría principal. Marx parece haber jugado con las soluciones, pero no se atrevió a teorizar ninguna de las hipótesis, por lo que se trata más bien de un desfile de ideas con el fin de buscar una salida a la trampa que él mismo se había tendido.

El primero intento de dar una explicación al motivo por el que los capitalistas invierten en máquinas lo encontramos en la pagina 472. Marx propone que las máquinas, después de transmitir sus valores de cambio al producto, siguen produciendo valores gratuitamente. “cuanto mayor sea el ámbito de acción productivo de la maquinaria en comparación con el de la herramienta, tanto mayor será la entidad de su servicio gratuito”. Usando las categorías de Marx, el trabajo gratuito de una máquina es el mismo mecanismo que el trabajo gratuito del trabajador. Hubiese sido lógico que Marx aceptara que las máquinas también crean plusvalor produciendo gratuitamente tras trasladar su valor de cambio.  Pero Marx evitó esta conclusión, pues no le convenía, porque admitirlo hubiera minado su postulado según el cual únicamente el esfuerzo laboral tiene la peculiar característica de producir plusvalor. Marx no fue el primero en darse cuenta de que el uso de las máquinas produce más beneficios que su coste. J. B. Say, cincuemta años antes de Marx, ya se había dado cuenta de este fenómeno al explicar que la gratuita producción de las máquinas genera beneficios.  Marx refutó a Say con otro juego de palabras siguiendo las pautas de Ricardo: la gratuita producción de las máquinas hay que tratarla como un regalo de la naturaleza y por eso, no se trata ahora de hablar de ganancias, a pesar de que produzcan más valor que sus valores de cambio y que eso revolucione la economía. Un juego de palabras para evitar el hecho de que se trata del mismo fenómeno de la supuesta explotación del gratuito trabajo de los empleados. 

El segundo intento de Marx para explicar la inversión de los capitalistas en máquinas se halla en pagina 476-9; el uso de la maquinaria abarata el producto siempre y cuando haya costado menos trabajo producir la maquinaria que la cantidad de trabajo desplazado por el empleo de esa máquina. 13 Esta solución abre un espacio a nuevas contradicciones porque si realmente funcionase así, el capitalista tendría que calcular si el empleo de una máquina en concreto es rentable o no. Esto es contradictorio porque anteriormente Marx había presentado al capitalista como un saco de dinero, que no contribuye en nada al proceso de trabajo. Pero en este caso, el capitalista no solo sería un saco de dinero, sino que tendría un papel muy importante: pensar en las posibles innovaciones, calcular los efectos de la inversión y tomar decisiones sobre la inversión. Si calcula bien, estos cálculos podrían ser una fuente de ganancia. En términos de Marx esto significaría que el capitalista tiene un uso de valor: un trabajo que representa una importante contribución al proceso de producción y que puede ser fuente de ganancia. Claro, que Marx no llega a admitir estas conclusiones lógicas, que derribarían su principal teoría de ganancia según la cual solo el trabajo de los trabajadores es la fuente de ganancias que son fruto de una explotación injusta del trabajador sin ninguna contribución productiva por parte del capitalista.

Finalmente, su tercer intento se halla en pagina 495 de El Capital I en donde Marx propone que, mediante la introducción de una nueva maquinaria en el ámbito de producción, se puede otorgar un monopolio temporal al capitalista que primero la emplee.  El capitalista tiene una ganancia excepcional gracias a este monopolio temporal: “La máquina produce plusvalor relativo … porque en su primera introducción esporádica transforma el trabajo empleado por el poseedor de máquinas en trabajo potenciado, eleva el valor social del producto de la máquina por encima de su valor individualDe ahí que las ganancias sean extraordinarias durante este período de transición en que la industria fundada en la maquinaria sigue siendo una especie de monopolio, y el capitalista procura explotar de la manera más concienzuda ese “tiempo primero del amor juvenil” mediante la mayor prolongación posible de la jornada laboral. La magnitud de la ganancia acicatea el hambre canina de más ganancia.” Esta solución de Marx precede a la teoría de Carl Menger según el cual, la ganancia es una motivación de las innovaciones. Las innovaciones aseguran un monopolio temporal para el innovador hasta que la competencia no llegue a emplear la misma innovación o, en el caso, más fructífero a mejorarla. 14 Por parte de Marx, la admisión de que una innovación en forma de una máquina más eficiente pueda ser fuente de ganancia, mina de nuevo su posición teorética de que una máquina no puede dar más valor de uso que su valor de cambio. Esta solución también desacreditaría su posición respecto a la contribución de los capitalistas al proceso de producción.  Llegar a tener un monopolio temporal gracias a la innovación que significa el empleo de una nueva máquina no es un proceso automático. Para poder llegar a este punto de monopolio temporal exitoso es necesario el trabajo del capitalista o emprendedor que tiene la idea innovadora, hace los cálculos y toma la decisión arriesgada de invertir. Finalmente, el capitalista es quien maneja o supervisa la implantación de la innovación, que a menudo es un proceso muy complicado. Esto implica que el verdadero actor crucial es el capitalista o emprendedor y no la máquina. Claro, que Marx otra vez no ha llegado a re-pensar el papel del capitalista/emprendedor, porque una re-evaluación le hubiese forzado a admitir que el capitalista tiene una contribución importante y su esfuerzo puede ser fuente de ganancia. Marx niega categóricamente que los capitalistas trabajen y que sus intervenciones puedan ser fuente de la ganancia.  Para justificar su posición, vuelve a los juegos de palabras. En esta ocasión, habla como si fuera el capital el que actúa, organiza y decide y no el capitalista. 15

Marx escribió El Capital con el fin de demostrar que la fuente de los beneficios de los capitalistas es el trabajo de los trabajadores manuales sin remuneración, y que los capitalistas no tienen ningún papel más que embolsar el dinero ganado por la explotación invisible de los trabajadores al final de la jornada laboral, ignorando la contribución de los capitalistas en el proceso de trabajo. No es de extrañar, que Marx no hable de los emprendedores en el Capital I y siempre use la palabra capitalista.16 Marx siempre ha buscado el lado negro del capitalismo, poniendo especial énfasis en la supuesta explotación y vulnerabilidad de los trabajadores. Por eso su actor es el capitalista, retratado como un simple saco de dinero, que no hace nada, o todavía peor, que está presionando a los trabajadores para abaratar la producción y ganar más. El “capitalista” que nos retrata Marx es una diana fácil de envidia y odio.

Todo esto a pesar de que Marx sabía perfectamente que la vida es diferente y que los primeros emprendedores de la era de la revolución industrial eran obreros o artesanos con rasgos de emprendedor, quienes precisamente por tener ideas innovadoras llegaron a ser fabricantes.17 Ellos se convirtieron en capitalistas al poner en práctica sus ideas de mecanización y sus innovaciones iniciaron el proceso que ahora llamamos revolución industrial. A mi juicio, Marx cerró su mente y no quiso ver el lado positivo del capitalismo, un sistema abierto que abre las puertas a cualquier persona que tenga rasgo de emprendedor, con ideas innovadores para llegar a crear algo con valor y que, finalmente, tiene éxito en el mercado.

Finalmente, Marx no llega a hablar de una tercera posible fuente de la ganancia; los productos en el mercado no tienen el mismo uso de valor que describe Marx, sino que dependen de la demanda que exista ante el producto. Marx nunca hubiese podido explicar basándose en su teoría, el éxito de compañías como Apple, Zara, Microsoft, etc. frente a las marcas que producen productos parecidos. El éxito y las ganancias extraordinarias de estas compañías se debe al valor superior de uso de sus productos en relación con sus cualidades. El capitalismo industrial no solo abarata la producción con una organización de trabajo más eficiente y la mecanización de la producción. Con el capitalismo industrial ha empezado una nueva época en la historia de la humanidad en la que cada vez nuevos y mejores productos aparecen en el mercado día a día. Esta avalancha de productos ha mejorado considerablemente la vida de los obreros. No obstante, El Capital (pág. 193.) es el testigo de que Marx conocía la teoría de valor de Condillac, el celebre pensador francés de la Ilustración. Condillac sostuvo que el valor de las cosas está relacionado con nuestras necesidades. No obstante, Marx puso más energía en refutar a Condillac que en reelaborar su teoría del valor y buscar una solución a las graves contradicciones de su teoría. Fue Menger quien refutó la teoría de valor del trabajo de Smith y Ricardo con la ayuda de las teorías de pensadores franceses como Condillac y Say.  No obstante, el joven Marx, en 1848, cuando escribía el Manifestó Comunista ya sabía que la burguesía era „la que primero ha probado lo que puede realizar la actividad humana: ha creado maravillas muy superiores a las pirámides egipcias, a los acueductos romanos y a las catedrales góticas…”. 18 Pero, Marx cuando escribió El Capital ya no quería hablar del lado positivo del capitalismo para poder pintar su cuento negro basado en explotación y la miseria. Porque el objetivo de Marx era crear un argumento científico que subrayara su profecía política sin usar la lógica o buscar soluciones. Lo que era importante para él era llegar a una teoría creíble que demostrase que la fuente de ganancia de los capitalistas es solo el trabajo de los trabajadores injustamente expropiado y que los capitalistas solo son sacos de dinero y explotadoras sin ningún valor útil.

En la siguiente parte de la serie vamos a evaluar la principal teoría sobre la explotación de Marx en luz de la segunda sobre plusvalor relativo y extra.

1 Vease: Karl Marx: El Capital. Libro Primero. Madrid: Siglo XXI, 2010.

2 La transformación del modo de producción mismo por medio de la subordinación del trabajo al capital, sólo puede acontecer más tarde y es por ello que no habremos de analizarla sino más adelante. „ (pag. 224),

3 „Hasta aquí, a la parte de la jornada laboral que no produce más que un equivalente del valor de la fuerza de trabajo pagado por el capital, la hemos considerado como una magnitud constante, y lo es en efecto bajo determinadas condiciones de producción, en determinado estadio del desarrollo económico de la sociedad.” (pag. 379).

4 Engels, F. (1895). Supplement to Capital Volume Three. Law of Value and Rate of Profit. In Die Neue Zeit. 1895-9.Bd. 1. No.1. edition: Marx and Engels Collected Works. Vol. 37. (Vol. 37, pp. 873–900).

5 Frente al modo de operar de la vieja aristocracia … para la economía burguesa era decisivamente importante poner de relieve que el evangelio de la nueva sociedad, o sea la acumulación del capital” (pag. 726).

6 „¡Acumulad, acumulad! ¡He ahí a Moisés y los profe­tas!” (pag. 735).

7 Marx usa en el titulo de capitulo IV el termino plusvalor relativo, pero en algunas veces en el texto de El Capital usa el termino plusvalor extra con el mismo sentido. Por eso, yo voy a usar los dos términos como términos alternativos representando el mismo fenómeno.

8 Sección cuarta. La producción del plusvalor relativo (pag. 379).

9 „El capitalista que emplea el modo de pro­ducción perfeccionado, pues, anexa al plustrabajo una parte mayor de la jornada laboral que los demás capita­ listas en la misma industria” (pag. 387).

10 “Para abatir el valor de la fuerza de trabajo, el acrecen­tamiento de la fuerza productiva tiene que hacer presa en los ramos industriales cuyos productos determinan el valor de la fuerza de trabajo, y que por tanto pertenecen al ámbito de los medios de subsistencia habituales o pueden sustituirlos.” (pag. 383).

11 „Este incremento del plusvalor se operará para él (para el capitalista – AT), pertenezca ó no su mercancía al ámbito de los medios de subsistencia imprescindibles y, por tanto, forme parte determinante o no en el valor gene­ral de la fuerza de trabajo.” (pag. 385-6).

12 Por ejemplo en pag 471: „La maquinaria, al igual que cualquier otra parte componente del capital constante, no crea ningún valor, sino que transfiere su propio valor al producto para cuya fabricación ella sirve.”

13 „Considerada exclusivamente como medio para el aba­ ratamiento del producto, el límite para el uso de la maquinaria está dado por el hecho de que su propia pro­ ducción cueste menos trabajo que el trabajo sustituido por su empleo.” (pag. 478).

14 Vease: Menger, Carl, Principles de Economics, section 3a. The origin of competition, p. 216. Auburn: Ludwig Von Mises Institute, 2007. https://mises.org/library/principles-economics

15 „Por lo demás, la cooperación entre los asalariados no es nada más que un efecto del capital que los emplea simultáneamente. La conexión entre sus funciones, su unidad como cuerpo produc­tivo global, radican fuera de ellos, en el capital, que los reúne y los mantiene cohesionados.” (pag. 403).

16 El termino emprendedor aparece una vez en versión español de La Capital, en una nota, cuando Marx habla de los vendedores de opio (pag. 486).

17 „relojero Watt hubo inventado la má­quina de vapor, el barbero Arkwright el telar continuo, y el orfebre Fulton el barco de vapor” (pag, 595).

18 Carlos Marx y Federico Engels: Manifiesto Comunista, Ediciones elaleph.com, 2000. pag.30.

Las dos teorías sobre los mecanismos para obtener beneficios de Marx y sus consecuencias (I)

Este es el primer artículo de una tríada de textos en los que se analizarán las contradicciones existentes en el El Capital de Marx sobre la ganancia y sus consecuencias. El primer artículo trata la teoría principal de Marx, en el que explica que la ganancia es el fruto de la explotación de los trabajadores. Dado que en esta primera teoría Marx se tuvo que alejar de las condiciones reales socioeconómicas, más adelante escribe su segunda teoría de la ganancia, ya más ligada a la realidad. En el segundo artículo llevaré a cabo un análisis de esta segunda teoría de Marx y cómo esta contradice a la anterior. El tercer artículo de la tríada va a examinar la naturaleza de las dos teorías a la hora de la aplicación en el ámbito político y sus consecuencias en la sociedad, política y economía. En ese artículo se verá como las dos teorías de Marx presentan como consecuencia alternativas políticas no solo diferentes, sino que incluso opuestas.

  1. La teoría principal: La propuesta irreal en condiciones irreales

Böhm-Bawerk hace más de un siglo ya demostró que la teoría de Marx está alejada de la realidad. Gracias a su trabajo se sabe que la teoría de explotación y ganancia de Marx es falsa y, por ende, su libro más importante, El Capital, está lleno de graves contradicciones. De hecho, el mismo Marx era consciente de la contradicción más grave que más adelante recibió el nombre de problema de transformación. Muchos teóricos marxistas han intentado solventar el problema de transformación, pero sin ningún especial éxito. Otros pensadores marxistas evitan directamente las teorías de Marx que tratan en concreto la explotación y ganancia. Sin embargo, a pesar de esto, continúan trabajando con la noción de explotación y siguen manteniendo el odio de Marx hacia el capitalismo y la estructura social que crea.

En El Capital Marx desarrolla su teoría de ganancia.1 El primer libro publicado en 1867 tiene como fin explicar, desde un punto de vista científico, el mecanismo de explotación presente en el capitalismo, el cual ya había sido anunciado en el Manifiesto Comunista en 1848. Para Marx era fundamental demostrar científicamente la existencia de un mecanismo de explotación en el sistema capitalista, pues este hecho proporcionaba la base teórica para sus aspiraciones políticas y su profecía respecto al socialismo.2

La teoría de Marx dice que hay una explotación invisible en el proceso de producción capitalista, y que la ganancia es fruto de esta explotación invisible. La ganancia es la plusvalía que nace en el proceso de trabajo. La plusvalía es el fruto del trabajo del trabajador, que es adquirida por el capitalista sin compensación al trabajador. Esto es posible porque, según Marx, la fuerza de trabajo es una mercancía peculiar. El valor de uso del trabajo es que produce más valor que su valor de cambio durante el proceso de producción capitalista.3 El valor de cambio del trabajo es la suma necesaria para asegurarse la sobrevivencia del trabajador.4 El valor del uso de trabajo es que el trabajador trabaja más horas que el valor del cambio de su esfuerzo, y este trabajo extra produce la plusvalía, es decir, los frutos del trabajo sin compensación del trabajador son la ganancia de la capitalista.5

Según Marx, sólo el trabajo tiene esta mágica propiedad: su valor de uso es más grande que su valor de cambio. Todos los demás factores de producción no añaden más valor al nuevo producto, solo transmiten sus valores de cambio.6

Para Marx el valor de uso sólo significa que hay demanda por el producto. Por ejemplo, para Marx en el caso de la producción de botines, la única fuente de ganancia, que añade plusvalor es la plusvalía del trabajo de los trabajadores haciendo botines. La idea del botín o diseño especial del botín no añade más valor o valor nuevo al producto.7 En el análisis de Marx, las máquinas también solamente transmiten el mismo valor que costaba construirlas o comprarlas, lo que es el valor de cambio de una maquina.8 Finalmente, entonces, el capitalista no hace nada. El capitalista es solo un saco de dinero,9 que invierte el capital y después del proceso de producción se queda las ganancias, y no añade ningún valor al producto; llega a hacer una broma sobre cómo mientras el capitalista presume de su labor e importancia en el proceso de producción, la dirección de la empresa encoge sus hombros irónicamente.10

Pero, ¡ojo! pues la teoría de Marx se desarrolla en una realidad creada por él mismo, la cual no tiene en cuenta ciertos factores de la estructura económica que no le convenían. De esta forma escribe una realidad contradictoria a la vida real.

¿Cómo puede ser que las ideas innovadoras no añadan ningún valor a los productos y no sean fuente de ganancia? Siguiendo la lógica de la teoría de Marx las grandes ganancias de Apple y el colapso de sus competidores, como Blackberry y Nokia, quienes dominaban el mercado de los móviles antes de la aparición del Iphone, no fueron consecuencia de las ideas innovadoras de Apple que revolucionaban el concepto del teléfono. Del mismo modo, los grandes innovadores como Henry Ford, Thomas Alva Edison, o Steve Jobs no añadieron ningún valor adicional y, por tanto, no son fuentes de ganancia. Según la teoría del Marx, estos grandes innovadores serían solo sacos de dinero que no han contribuido al tremendo éxito de sus compañías, y sus riquezas son solo consecuencia del fruto del trabajo de los trabajadores trabajando en las cadenas de montaje.

Continuando con este razonamiento, ¿cómo se puede afirmar que las maquinas no añaden más valor del que cuesta comprarlas o producirlas? Según la teoría de Marx, todos los pescadores del mundo están locos por usar redes en vez de intentar pescar los peces con sus manos, al igual que los molineros que usan molinos en lugar de moler el trigo con dos piedras. ¿Cómo que no vale de nada inventar y emplear máquinas más eficientes porque afirmando que no añaden ningún valor adicional y que no pueden ser fuentes ganancia? Según el sentido común y la experiencia humana es una tontería y una idea falsa.

Por otra parte, la teoría sobre la ganancia de Marx fue creada en un ámbito teórico que se alejaba completamente de la realidad socioeconómica. Marx asume que todo lo que es producido es vendido, y siempre por su valor, al precio previsto y calculado, como si se tratase de una economía circular sin competencia en donde nada cambia y todo avanza según los planes previstos sin ningún problema. Así, al capitalista no tiene que preocuparle en qué invertir su dinero, ni cómo debe reaccionar su negocio ante los cambios que se producen en el mercado.11 Marx también admite que su análisis sobre la plusvalía no cuenta con la posibilidad de intensificar de producción.12

Marx crea este mundo irreal y contrario al sentido común para así poder demostrar que la única fuente de ganancia es la cantidad de trabajo de los trabajadores. Pero sabía que su teoría contradice la realidad pues por alguna razón, los capitalistas seguían invirtiendo dinero en la construcción de fábricas y máquinas a pesar de la gran revelación marxista.

Según la teoría de Marx, invertir en máquinas deteriora la rentabilidad del capital invertido, porque la ganancia sólo está relacionada con el capital usado para pagar los salarios de los trabajadores. Pero Marx sabía que su teoría no funciona en la realidad. En su libro habla de una fábrica textil que emplea muchas máquinas y poca fuerza humana. Luego, escribe sobre una panadería en la que se usan pocas máquinas, pero mucha fuerza de trabajo. Según su propia teoría el panadero debería tener muchos más beneficios que el dueño de la fábrica textil, pero, tal y como escribe el propio Marx, en la vida real esto no sería verdad.13

Aquí se halla el arte del engaño de Marx. Él mismo señala de El Capital I, que su teoría de ganancia no encaja en la realidad y la ganancia de los capitalistas no está relacionada con el capital variante, que es el capital invertido en emplear trabajadores y tratar el capital invertido en máquinas como si fuese inexistente.14 Marx prometió proporcionar una solución a esta contradicción en el tercer libro de El Capital y que se publicaría pronto en la página 259. El engaño es que, en realidad, Marx ya escrito los manuscritos de la tercera libro de El Capital entre 1863 y 1865, dos años antes de publicar El Capital I y era consciente de que no podía dar una solución. Por eso evitó publicar los manuscritos de este libro en vida y los encerró en el cajón de su mesa de trabajo. Su compañero de vida, Engels, después publicar el tercer libro, se vio obligado a admitir que la teoría de ganancia de Marx era apta en los tiempos históricos pre-capitalistas, en Mesopotamia, pero no era valida en el capitalismo.15 ¡Qué paradoja! La teoría que fue creada para quitarle el velo al capitalismo industrial resultó no ser apta para explicar el capitalismo industrial. Los dos grandes fundadores del socialismo moderno olvidaron decir a sus seguidores que la teoría por la que lucharon y luchan, no es más que una manipulación política camuflada como ciencia.

En el siguiente artículo se analizará cómo Marx hizo en El Capital I un compromiso parcial con la realidad para poder dar un toque de validez y credibilidad a su análisis.

1 Vease: Karl Marx: El Capital. Libro Primero. Madrid: Siglo XXI, 2010.

2 Marx como profeta, vease Schumpeter, Joseph Alois (1943): Capitalismo, socialismo, y democracia, Página Indómita: Barcelona. 2015.

3 “Una mercancia cuyo valor de uso poseyera la peculiar propiedad de ser fuente de valor, cuyo consumo efectivo mismo, pues, fuera objetivación de trabajo, y por tanto creación de valor” (pag. 203)

4 “El valor de los medios de subsistencia físicamente indispensables” (pag. 210).

5 “El proceso de consumo de la fuerza de trabajo es al mismo tiempo el proceso de producción de la mercancía y del plusvalor” (pag. 213). “El plusvalor surge únicamente en virtud de un excedente cuanatativo de trabajo, en virtud de haberse prolongado la duración del mismo proceso laboral” (pag. 239).

6 “El obrero incorpora al objeto de trabajo un nuevo valor mediante la adición de una cantidad determinada de trabajo, sin que interesen aquí el contenido concreto, el objetivo y la naturaleza técnica de su trabajo. Por otra parte, los valores de los medios de producción consumidos los reencontramos como partes constitutivas del valor del producto; por ejemplo, los valores del algodón y el huso en el valor del hilado. El valor del medio de producción, pues, se conserva por su transferencia al producto” (pag. 241).

7 “El poseedor de mercancías puede crear valores por medio de su trabajo, pero no valores que se autovaloricen. Puede aumentar el valor de una mercancía al agregar al valor existente nuevo valor por medio de un trabajo nuevo, por ejemplo haciendo botines con el cuero. El mismo material tiene ahora más valor, porque contiene una cantidad mayor de trabajo. El botín, pues, tiene más valor que el cuero, pero el valor del cuero se ha mantenido igual que antes. No se ha valorizado, durante la fabricación de los botines no se ha anexado un plusvalor.” (pag. 201)

8 “Es cierto que, como hemos visto, todo medio de trabajo o instrumento de producción verdadero ingresa siempre totalmente en el proceso de trabajo y sólo de un modo parcial, proporcionalmente a su desgaste diario me dio, en el proceso de valorización.” (pag 471)

9 El traducción Español usa una palabra más neutral: poseedor de dinero (pag. 203). Vease para Moneybags pag. 177 en Karl Marx: Capital I. in.: Marx Engels Collected Works. Vol. 35. Electric Book: Lawrence & Wishart. 2010.

10 „Nuestro amigo, pese a su altanero espíritu de capitalista, adopta súbitamente la actitud modesta de su propio obrero. ¿Acaso no ha trabajado él mismo?, ¿no ha efectuado el trabajo de vigilar, de dirigir al hilandero? ¿Este trabajo suyo no forma valor? Su propio overlooker [capataz] y su manager [gerente] se encogen de hombros.” (pag. 234).

11 Schumpeter, Joseph Alois (1943): Capitalismo, socialismo, y democracia, Página Indómita: Barcelona. 2015.

12 „Al analizar el plusvalor absoluto tomábamos en consideración, primordialmente, la magnitud del trabajo en cuanto a su extensión, mientras que el grado de su intensidad estaba presupuesto como dado.” (Pag. 498).

13 „Esta ley contradice abiertamente toda la experiencia fundada en las apariencias. Todo el mundo sabe que el dueño de una hilandería de algodón que, si nos atenemos a los porcentajes del capital total empleado, utiliza proporcionalmente mucho capital constante y poco capital variable, no por ello obtiene una ganancia o plusvalor menor que un panadero, quien comparativamente pone en movi- miento mucho capital variable y poco capital constante.” (pag. 372).

14 „También es indiferente el valor de dicha materia. Debe existir en una masa suficiente como para poder absorber la cantidad de trabajo que habrá de gastarse en el proceso de producción. Una vez dada esa masa, por más que su valor aumente o dismi- nuya o aquélla carezca de todo valor, como en el caso de la tierra y el mar, esas circunstancias no habrán de afectar el proceso de creación y variación del valor.”(pag. 259).

15 Engels, F. (1895). Supplement to Capital Volume Three. Law of Value and Rate of Profit. In Die Neue Zeit. 1895-9.Bd. 1. No.1. edition: Marx and Engels Collected Works. Vol. 37. (Vol. 37, pp. 873–900).

La teoría del cierre categorial y la economía V: Dialéctica de los Estados e historia económica

Estamos en un punto interesante de este estudio de la obra de Juan Carlos Martín El mito del capitalismo. La aplicación de la teoría del cierre categorial al ámbito de la economía exige al filósofo definir esas categorías. Como rechaza la posibilidad de encontrarlas en la acción del hombre, dado que serían categorías subjetivas, las busca en la historia. 

Aunque el origen de la filosofía de la ciencia de Gustavo Bueno está en el ámbito de las ciencias físicas, sus discípulos son feraces escritores en el de las ciencias sociales, con obras notables como El mito del capitalismo. El asidero del cierre categorial con el estudio de la sociedad es la historia. Para elaborarla, un camino es el que podríamos llamar metodología, que es la elaboración de un apero de instrumentos adecuados para la recuperación del pasado del hombre, y otro es la construcción de una filosofía de la historia. Podríamos definirla como el intento de ver en el transcurso de la humanidad o bien un sentido último, o bien un mecanismo que explique los grandes movimientos históricos. La metodología y la filosofía de la historia no son incompatibles.

Un ejemplo de filosofía de la historia es la del ciclo histórico. Tucídides, Polibio o Vico quisieron observar cómo la experiencia del hombre vuelve sobre pasos ya marcados, a pesar de la dirección unívoca del tiempo. El cristianismo introdujo tanto la idea de progreso en la historia, como la de providencialismo, dos nuevas filosofías del pasado humano. La Ilustración secularizó y renovó la idea de progreso. El idealismo, con J.G. Fichte y G.W. Hegel, concibió un método dialéctico para otorgar sentido a la historia. Karl Marx asume el método dialéctico, y le otorga una base materialista.

La dialéctica de la lucha de clases es útil para obtener plazas en las Universidades, pero no para explicarse la historia. Quizás sea este el motivo de que Gustavo Bueno la haya abandonado. Pero Bueno se aferra a la dialéctica como si fuera un método científico, y al concepto de motor de la Historia, y armado con estos dos errores, llega a un tercero que es el de la dialéctica de Estados como substituto de la de la lucha de clases. 

Es importante resaltar que, aunque el materialismo de Gustavo Bueno, tal como yo lo entiendo, es más elaborado que el de Marx. Creo que debemos sumarnos a las palabras de Carlos Valverde: “Marx no se interesa para nada por la materia como es en sí, como Naturaleza, como una realidad independiente del hombre, sino que la ve siempre en función y dependencia del hombre. Para Marx, el hombre es la realidad radical, el eje y el centro de todo su interés”. Es más, “la materia no humana sólo está considerada como el término intencional, al que se dirige el hombre mediante el trabajo para saciar sus necesidades naturales, y así realizarse (…). Por lo tanto, la Naturaleza se presenta siempre mediatizada por la praxis histórico-social; es la Historia (y en la base de ella su infraestructura dominante, la Economía), la única realidad radical” (1). En definitiva, la naturaleza está en función de la historia, y ésta en función de la economía.

Sobre esa base, Marx elabora una dialéctica de clases sociales. Gustavo Bueno observa que los Estados responden a la misma lógica de apropiación de los recursos naturales, de dominio de una clase extractiva sobre otras: “El enfrentamiento entre los Estados, según esto, habría de ser ya considerado (aunque el materialismo histórico tradicional no lo haya hecho así) como un momento de la misma dialéctica determinada por la apropiación de los medios de producción (originariamente el territorio, sus recursos mineros, sus aguas, su energía fósil…) por un grupo o sociedad de hombres, excluyendo a otras sociedades o grupos congéneres”. El “marxismo vulgar” se ha limitado al arado romano de la lucha de clases, y Bueno tiene una cosechadora para hacer más feraz el terreno de la historia.

Toda esta excursión nos sirve para decir que Luis Carlos Martín se suma a la dialéctica de Estados, pero hace algo más que me parece especialmente interesante. No son sólo las luchas de clases o los Estados, sino las categorías históricas las que basan todo el edificio de Martín. Así, dice en la página 65: “Llamaremos teoría de la esencia de la moneda a los modos en que se constituyen un tipo de relaciones cuyo campo de términos y operaciones adquieren un ‘cierre’ categorial económico, y cuya potencia ampliativa supone conflictos propios de la dialéctica histórico-política”. 

Martín crea una nueva teoría de la economía, vamos a llamarla así por el momento, desde las categorías históricas. De ahí la importancia de la etimología de las palabras. Luis Carlos Martín, y esto es común a otros discípulos de Bueno, se apoya en la etimología de las palabras. Me parece un recurso muy interesante. La propia escuela ha creado un rico apero de palabras que le permiten acuñar conceptos nuevos con precisión. Pero las palabras son viajeras en el tiempo, y la realidad que denotan cambia con los siglos. Por más que me interese la etimología, su utilidad en este contexto no puede ser más que relativa. 

Es un método, quizás una filosofía de la historia, muy inseguro. Hay al menos dos motivos para ello. El primero es que con el mismo término, por ejemplo “dinero”, nos referimos a realidades económicas muy complejas y que además cambian con el tiempo. 

El segundo es que Martín utiliza esas categorías para oponerlas entre sí, como si hacerlo tuviera algo que ver con la realidad histórica, y no todo con el prejuicio de la dialéctica. 

Luis Carlos Martín vuelve a la escuela histórica alemana, a crear economía desde la historia, aunque desde unos presupuestos menos ingenuos; mucho más sólidos. Lo veremos en el próximo artículo, cuando le hagamos hablar de dinero y moneda, mercado y comercio.

(1) Carlos Valverde. El materialismo dialéctico. El pensamiento de Marx y Engels. Espasa-Calpe, Madrid, 1979. p 93.

Serie La teoría del cierre categorial y la economía

(I) El cierre categorial

(II) Monismo, dualismo y pluralismo

(III) El liberalismo como atomismo

(IV) Del subjetivismo al materialismo, y de ahí a la historia

La teoría del valor-trabajo de Marx

Mi escrito de hoy está estrechamente vinculado a la XVI edición de la Universidad de Verano del IJM, en ella se trataron una retahíla de temas a cada cual más interesante. Los conferenciantes aportaron cuestiones sugerentes que sin duda no pasaron desapercibidas para la mayoría de los allí presentes. En mi caso, llevaba tiempo tanteando la posibilidad de escribir sobre Marx, especialmente sobre su teoría del valor. El casus belli fue la intervención de Francisco Capella. En un momento determinado dijo algo como “yo no he leído el Capital de Marx”, por ende, en este artículo se plantea la incipiente necesidad de conocer “al otro” habida cuenta de la importancia que ha tenido y que tiene la figura del pensador de Tréveris en países como China.

Sea como fuere, la cuestión de fondo es precisamente conocer los planteamientos marxianos que son conditio sine qua non para entender a sus émulos. Del pensador alemán se han escrito ríos de tinta tanto a favor como en contra, Lionel Robbins dijo lo siguiente sobre él, “Marx, I ought to say, whether you agree with him or disagree with him, was probably the best historian of economic thought of his time, although I personally think—and this is a value judgement—that Marx was frightfully unfair to some of the people he criticised” (Robbins 1998, 235). Robbins no es nada sospechoso de ser un recalcitrante bolchevique, todo lo contrario, aún así, de sus palabras se desprende un halo de admiración y espíritu crítico.

Para empezar a lidiar con autores que piensan diametralmente lo contrario que pensamos nosotros, es importante no subestimarlos. ¿Quién puede dudar de la erudición de Lenin, del carácter visionario de Keynes o del talento literario de Sartre? O del excelso conocimiento de Chomsky especialmente en cuanto a lingüística se refiere. Para extrapolarlo un poco con el presente y con el ascenso (y declive) de Podemos, el politólogo conservador Rubén Herrero de Castro dijo lo siguiente en una tertulia de 13TV, “os puedo decir que la formación Podemos […], son gente extremadamente bien preparada, que tienen un proyecto político y que saben lo que quieren y dónde van”. Ergo, es urgente dejar de caricaturizar “al otro” y articular un consenso de mínimos para dar la batalla cultural.

La atracción de la intelligentsia con el marxismo y sus diversas variantes colectivistas ha sido constante en las facultades de letras desde hace décadas. Aron a mitad de los años 50s, comentó que se trataba del “opio de los intelectuales” [1], y desgranó algunos de los mitos que aún a día de hoy restan presentes en la cosmovisión del marco teórico marxiano. En cualquier caso, si no se conoce la obra y legado de Marx, difícilmente podrá realizarse un análisis detallado de la escuela de pensadores que ha legado hasta la actualidad.

A mi juicio, para atacar al marxismo no hay que recurrir a la figura del fundador ni usar falacias ad hominem. Es aconsejable buscar el vídeo donde Escohotado habla sobre Marx. Por mucha razón que tenga sobre las cuestiones relativas a la plusvalía, se desprende un odio mesiánico contra su figura. Esto sería el equivalente de atacar a Locke por haber sido accionista de la Royal African Company, secretario del Council of Trade and Plantations (1673-74), por sus escritos sobre los indios americanos, y por cosas como las que postula Losurdo, “Locke è l’ultimo grande filosofo a cercare di giustificare la schiavitù assoluta e perpetua” (Losurdo 2005, 45), etc.

Siguiendo con el tema que nos atañe, veo con reticencias un espectro del liberalismo que me genera bastantes suspicacias: el desdén que hay sobre cuestiones culturales/históricas. El caso de Marx es paradigmático, ¿para qué leer a un autor en cuyo nombre han fracasado todos los regímenes políticos-económicos que se han implementado?, es más rápido y pragmático leer a Mises y su libro Socialismo. ¿Para qué preocuparse por cuestiones como la experiencia socialista de la URSS?, al fin y al cabo, cayó hace treinta años. Estos son algunos ejemplos, pero hay muchos otros. ¿Hay alguien que dentro del liberalismo español se dedique a analizar obras de arte con dicha perspectiva? Nuccio Ordine en su famoso manifiesto dice lo siguiente, “Sólo el saber puede desafiar una vez más las leyes del mercado” (Ordine 2013, 16). El liberal sumergido en cuestiones económicas (y utilitarias) no tiene tiempo para tales nimiedades, pero son precisamente estas las que provocan un antagonismo cada vez mayor entre el capitalismo y el mainstream intelectual y popular.

Así pues, la cuestión del marxismo y sus presuntas erratas económicas se nos abren como su talón de Aquiles. Sin duda, estos yerros se encuentran en su magnus opus, El Capital, Volumen I (1867), concretamente en su teoría del valor-trabajo. Grosso modo lo que postula el autor es que el valor de una mercancía está determinado por la cantidad de trabajo socialmente necesario[2] para producirla. Se deduce de aquí lo siguiente: de los factores de producción, Marx pone en el centro el trabajo humano. Ergo, el trabajador es el que crea el valor y el capitalista el que se lo queda mediante la plusvalía, todo esto lo vincula con su teoría de la explotación. Luego las mercancías se intercambian por equivalentes de valor, es decir, dos unidades que tengan intrínsecamente un tiempo de trabajo similar, podrán ser intercambiadas por el mismo valor de cambio (precio).

El enfoque de la teoría valor-trabajo es una apropiación de lo esencial del enfoque ricardiano en cuanto al trabajo incorporado, a pesar de que Marx refina el argumento. El de Tréveris introdujo, además, otra restricción a su análisis del valor: la producción para el cambio. Se trataba de un prerrequisito del propio valor, de acuerdo con Barber, “Las formas precapitalistas podían producir bienes, pero según las definiciones marxistas no podían producir ni mercancías ni valor” (Barber 1971, 139). Estos condicionantes mencionados, si eran añadidos, afectaban a los valores de cambio, los cuales, estaban determinados por el trabajo incorporado y socialmente necesario para la producción de los bienes.

A parte del historicismo que desprende la teoría de Marx, su concepción de la Historia es que cualquier estructura social requiere una forma de producción y distribución específica, según él, el valor en la forma de producción capitalista se expresa mediante la dimensión monetaria. En las economías capitalistas, las cosas no se intercambian en los mercados en términos de valor, sino que son producidas como valor en sí mismas.

El Capital es un texto clave para la crítica materialista. Se producen mercancías para vender (cosa característica del capitalismo), entonces, para el productor, el factor trabajo es secundario, sin embargo, el trabajo importa hasta el punto en que produce valor, lo que llama abstract labor y a lo que añade que es una pérdida de tiempo. Posteriormente, Marx desarrolla formas más complejas sobre el valor con el profit form, en el cual, las cosas no son producidas como utilidades, sino específicamente de acuerdo con la cantidad y el éxito del capital (beneficio y la tasa de ganancia).

El economista neerlandés Geert Reuten[3] postula que Marx tiene interpretaciones contrapuestas ya que, si leemos El Capital, nos damos cuenta de que, para el de Tréveris, el valor no solo está determinado por el tiempo de trabajo. Esto es debido a que la cambiante productividad e intensidad del factor trabajo en el Volumen I, problematiza esta noción. Una idea interesante es la de que con la teoría valor trabajo se rompe con la conjetura de la economía política clásica a pesar de que Marx mantiene vestigios de la misma, como la teoría del valor de Ricardo[4].

Uno de los que no podía faltar para tratar este tema es Rothbard, el cual reconoce que la teoría de la explotación y del valor trabajo sí que se aplican en una circunstancia, y que, ni Marx ni sus críticos habían reparado en ello: en la relación entre el esclavo y su amo bajo la esclavitud. Desde que los propietarios tenían esclavos, estos sólo recibían un salario de subsistencia, para vivir y reproducirse, y los beneficios de la producción marginal del esclavo recaían completamente en manos del dueño. Los planteamientos de Marx son expuestos como “One logical path for a radical Ricardian, clearly, was to call for the expropriation of surplus value, and the establishment of a system in which the labourers earn the full value of their product” (Rothbard, 2006, pág. 393).

El austríaco muestra que, en el Capital, Marx tenía que disponer de otros elementos subjetivos reclamantes para determinar el valor. Debía demostrar que el valor era algo objetivamente materializado en el producto. Intentó hacerlo en el I Volumen. Rothbard argumenta que Marx comete un error crucial en el principio de su sistema. El de Tréveris ponía el ejemplo de la mercancía con el maíz y el hierro[5] (M. Rothbard 2006, 409).

De ahí el comentario de que el error está en su fundamento, que dos mercancías sean intercambiables por ellas mismas en una cierta proporción, no significa que por lo tanto tengan el mismo valor y puedan ser representadas por una ecuación. La tradición de Rothbard tiene mucho que ver con los escolásticos salamantinos y por ello, al referirse a esta cuestión de Marx, dice explícitamente que dos cosas son intercambiables entre ellas solo porque son desiguales en el valor que otorgan los participantes en este intercambio, si valieran lo mismo, ¿por qué se hubieran molestado en cambiar los bienes?

Resumiendo, la obra más importante de Marx está minada de errores económicos, pero más allá de eso tiene un valor (¿subjetivo u objetivo?) en tanto en cuanto constituye una crítica de su sociedad y del modelo productivo del s.XIX. En general, los distintos manuales de pensamiento económico que se han consultado muestran una total consonancia en el hecho de que la teoría del valor-trabajo es fruto de los planteamientos de los economistas clásicos, especialmente de Ricardo. También que Marx consideró que el valor era algo objetivo y que sólo era producido por el trabajo humano, en la dificultad de reconciliar la tasa de beneficio con la concepción del plusvalor, etc. El lector atento podrá notar la falta de uno de sus críticos contemporáneos, como por ejemplo, Eugen Böhm von Bawerk y su libro La conclusión del sistema marxiano (1896). Dado que se trata de una crítica coetánea, creo que bien merecería un capítulo para ella sola.

En mi modesta opinión, toda teoría económica tiene sus debilidades, y el investigador, ya sea por motivos ideológicos o escrupulosamente relativos a la búsqueda de resultados académicos, debe exponerlos. La conceptualización marxiana de la economía es a mi juicio, un gigante con pies de barro, puesto que, si se desarticulan algunas de las premisas principales, el cuerpo entero se desmorona. Por ejemplo: si se cuestiona el denominador común que atribuye Marx a las mercancías que participan en un intercambio, es decir, el trabajo socialmente necesario, concepto vago y endógeno a la demanda, dado que no hay ninguna unidad homogénea de trabajo abstracto, se ven sus vacíos. Otro argumento sería que no sólo el trabajo humano es fuente de valor (¿no lo generarían los animales o las máquinas?). También que el valor de cambio de una mercancía depende del valor subjetivo que los individuos atribuyen a un bien mientras interactúan en el mercado.

Sin duda, más allá de lo que puedan decir los expertos, siempre es aconsejable redirigirse al propio autor y a su obra, siendo conscientes de las limitaciones lingüísticas y de los matices que pueden difuminarse a causa de las traducciones. A mi juicio, la contribución de Marx a la economía, debería estar más presente en las facultades puesto que, la aplicación práctica de esta constituyó el modelo económico imperante en buena parte del globo a lo largo del s.XX (y, en la actualidad, aún quedan residuos del mismo). En consecuencia, a pesar de no estar en boga, es necesario poner en el foco a las economías planificadas (especialmente para mostrar lo que no hay que hacer) y, en este caso, a uno de los máximos estandartes de la crítica al capitalismo.    

Bibliografía

Aron, Raymond. L’Opium des intellectuels. París: Calmann-Lévy, 2014.

Barber, William. Historia del pensamiento económico. Madrid: Alianza Editorial, 1971.

Losurdo, Domenico. Controstoria del liberalismo. Urbino: Laterza, 2005.

Marx, Karl. El Capital. Madrid: Akal, 2000.

—. El Capital. Libro Primero . Madrid: Siglo XXI, 2010.

Ordine, Nuccio. La Utilidad de lo inútil. Barcelona: Acantilado, 2013.

Reuten, Geert. «Value-form theory.» En A Companion to the History of Economic Thought, de Warren Samuels, Jeff Biddle y John Davis, 148-155. United Kingdom: Blackwel, 2003.

Robbins, Lionel. A History of Economic Thought. New Jersey: Princeton University Press, 1998.

Rothbard, Murrat. Classical Economics: an Austrian perspective on the History of Economic Thought (Vol. II). Alabama: Edward Elgar Publishing, 2006.

Rothbard, Murray N. Classical Economics: an Austrian perspective on the History of Economic Thought. Vol. II. Alabama: Edward Elgar Publishing, 2006.


[1] Dejó muchas joyas en su célebre ensayo, como por ejemplo la siguiente, “Ceux-ci jugent volontiers leur pays et ses institutions en confrontant les réalités actuelles à des idées plutôt qu’à d’autres réalités, la France d’aujourd’hui à l’idée qu’ils se font de la France plutôt qu’à la France d’hier. Nulle œuvre humaine ne supporte sans dommage une telle épreuve” (Aron 2014, 193). Ese análisis mantiene una vigencia rampante y es completamente extrapolable a la situación que vivimos actualmente.

[2] El énfasis en la cantidad de trabajo socialmente necesario es crucial para entender lo que escribió Marx. Hay un vídeo recortado del profesor Martin Krause titulado “Cómo responder a un comunista sobre el valor del trabajo”. El economista argentino aduce un ejemplo erróneo, postulando lo siguiente; si yo me dedico a hacer un coche, quizás en dos años tendré en la puerta de mi casa algo que se le parece. Cuando intento vendérselo al vecino, éste responde que para él no vale nada, a lo que respondo que le dediqué muchas horas de trabajo. En resumen, el investigador argentino intentaba demostrar la subjetividad del valor (la cual no estoy negando), pero el ejemplo es completamente erróneo. Cito literalmente al autor de Tréveris, “Sabemos que el valor de toda mercancía se determina por la cantidad de trabajo materializado en su valor de uso, por el tiempo de trabajo socialmente necesario para su producción” (Marx 2010, 226). Se menciona hasta cinco veces el mismo concepto.

[3] Reuten nada sospechoso de ser un greedy capitalist, puesto que estaba vinculado al partido socialista de su país, señala lo siguiente, “I think that the labor-time theory of value interpretation cannot be maintained because too many texts are inconsistent with it. The same applies, however, to a comprehensive monetary value-form interpretation. There are two lines of reasoning within Capital” (Reuten, 2003, pág. 154). Aun así, se reconoce el cambio de paradigma que supone su interpretación y que, deben ser los herederos intelectuales quienes completen estas aportaciones.

[4] Esto mismo es reconocido por el propio Marx en epílogo de la II edición alemana del libro. El profesor de economía política N. Ziber de la Universidad de Kiev, en una obra titulada “Teoría tsénnosti i Kapitala D. Ricardo” (Teoría del valor y del Capital de D. Ricardo) publicada en 1871, había demostrado que la teoría del valor (del capital y del dinero) “era en sus rasgos fundamentales la continuación necesaria de la doctrina de Smith y de Ricardo” (Marx, El Capital 2000, 26-27).

[5] “The proportions in which they are exchangeable, whatever these proportions may be, can always be represented by an equation in which a given quantity of corn is equated to some quantity of iron: e.g., 1 quarter corn  = x cwt.iron. What does this equation tell us? […] in 1 quarter of corn and x cwt.of iron, there exists in equal quantities something common of both. The two things must therefore be equal to a third, which in itself is neither the one nor the other. Each of them so far as it is exchange-value, must therefore be reducible to this third” (Rothbard, 2006, pág. 409). Para dejar clara el punto de Rothbard, citaré lo siguiente: “Marx’s concentration on ‘the commodity’ threw him off from the very start, for the focus should have been not on the thing, the material object, but in the individuals, the actors, doing the exchanging, and deciding whether or not to make the trade” (Rothbard, 2006, pág. 410).

La trampa marxista: La imposibilidad del socialismo y la falacia histórica de la izquierda

Marx era un hombre inmensamente inteligente y culto, pero su odio a la sociedad capitalista y sus utópicos sueños sobre el socialismo lo llevaron por el camino equivocado. Como economista poco hábil, se aferró a la contradictoria teoría del trabajo de Smith y Ricardo, y exageró sus errores en lugar de resolver las contradicciones que ellos mismos también habían identificado; construyó castillos de arena sobre los cimientos equivocados. Y desde entonces, el mayor problema de la izquierda es que permanece atrapada en la trampa creada por Marx.

Desde el punto de vista histórico, la explotación de esclavos y siervos ha sido una experiencia real y amarga en todas las civilizaciones pre-capitalistas. Pero Marx impuso el concepto de explotación a quienes se ganan el pan como trabajadores en el mercado libre, mientras oculta el hecho de que fue el avance de la economía de libre mercado lo que hizo posible que los trabajadores se liberaran y, finalmente, tomaran el control de su propio destino para poder así mejorar su nivel de vida. Para apoyar su teoría de la explotación, ocultó el hecho de que la teoría de la explotación elaborada en su principal obra científica, en primer tomo de El Capital, era una mentira que él mismo conocía. 

Marx, a lo largo del proceso de escritura de El capital, era consciente de que su concepto de explotación era incompatible con la realidad. Lo sabía, porque ante las evidencias de los hechos, abandonó en 1863 la escritura del manuscrito que sería publicado póstumamente por Engels como volumen III de El Capital en 1895. En estos manuscritos abandonados ya sabía que los beneficios no están relacionados con la supuesta explotación de los trabajadores, sino con el capital invertido. Años más tarde de haber abandonado el manuscrito, en 1867, Marx publicó el Volumen I de El Capital con el concepto de explotación, que sabía que no funcionaba.

Los manuscritos de El Capital III fueron escondidos en su escritorio para que no quedara rastro de su fiasco. Así, en lugar de admitir su fracaso, engañó a sus lectores y a su mejor amigo, Engels, con la promesa de que en futuros escritos el problema sería resuelto. Sin embargo, en lugar de buscar las soluciones, comenzó a estudiar química y matemáticas y aprendió algunos idiomas, con lo que la secuela de El Capital quedó inconclusa. Después de su muerte, Engels, ya en su vejez y antes de llevar los manuscritos a la imprenta, se vio obligado a admitir que la teoría de la explotación de Marx era verdadera para la era capitalista preindustrial, pero no para el capitalismo. Es cierto que solo lo hizo en una carta privada, continuando la tradición marxista del engaño y la mentira.

Marx también fue responsable de la idea de que la clase obrera sería la gran fuerza redentora de la humanidad. Después de lanzar públicamente bellas consignas, Marx despotricaba en sus cartas privadas a Engels, contra los obreros y explicaba que su supuesta fuerza redentora no era una acción revolucionaria, ya que solo pensaban en su mezquino bienestar y en sus deseos de integración en la sociedad burguesa en expansión.

Marx, mientras escribía el Manifiesto Comunista, sabía que la burguesía era la causa del dinámico desarrollo y del enorme crecimiento económico del siglo XIX. Pero en El Capital describía a los capitalistas como meros sacos de dinero ociosos. No dijo ni una palabra sobre el verdadero motor del desarrollo dinámico del capitalismo, del empresario que utiliza el capital. Sí mencionó en una frase que muchos capitalistas habían empezado en pequeños talleres y que los primeros capitalistas de la revolución industrial inglesa eran en realidad obreros, artesanos que se aprovecharon de la libertad burguesa y que, con su ingenio, habilidad y energía, se abrieron camino hasta las filas de los ricos y privilegiados. Nunca incorporó este hecho a su teoría.

En su mundo inhumano y falso, el desarrollo se debe a las fuerzas productivas impersonales, concepto que desplaza la fuerza del trabajo personal y del ingenio humano. De este modo, pudo abstraerse del hecho de que la libertad burguesa había creado la posibilidad de que un trabajador pudiera tener una idea y que pudiera ponerla en práctica y obvió el hecho de que si el producto (o servicio) basado en esa idea captaba la atención de los consumidores, entonces ese trabajador podría convertirse en capitalista y ascender a las filas de la élite más rica y respetada.

No es casualidad que su sueño, el socialismo existente, se convirtiera en una terrible dictadura, una máquina burocrática desalmada y cruel, a la que las manías de los altos dirigentes dieron vida a costa de la muerte de millones de personas y de la pobreza de los propios trabajadores a los que se les había prometido un cielo terrenal. ¡Ay de los súbditos si al líder supremo se le ocurría matar a miles de personas de la noche a la mañana, condenarlas a pasar hambre o encerrar a decenas de millones en campos de trabajo! En comparación con estos asombrosos crímenes, la destrucción de aldeas, de núcleos urbanos históricos, el despilfarro de recursos en la producción de productos como el mítico coche Trabant, que fue fabricado durante treinta años sin ninguna mejora del diseño original, no son más que tristes recuerdos de la destrucción del socialismo.

“No era socialismo”, declara la izquierda que no se atreve a admitir que el sueño marxista fue una auténtica pesadilla. Incluso algunos pensadores de izquierdas dicen que era el capitalismo de Estado. Identifican el sueño marxista con el objeto del odio marxista para salvar la esperanza del socialismo en ellos mismos y seguir odiando el capitalismo.

¿Pero ellos, qué entienden por capitalismo de Estado? Una sociedad industrial, nacionalizada y dirigida desde arriba por el líder político. Sí, en algunos aspectos el socialismo existente era similar al Occidente capitalista real: una sociedad industrial y urbana. Entre los líderes comunistas, solo Pol Pot fue lo suficientemente valiente como para emprender la liquidación de esa sociedad industrial y de las grandes ciudades para lograr el socialismo eco-social, lo que requirió el exterminio inmediato de la mitad de la población, la matanza de los intelectuales y de los ciudadanos a los que se consideraban no aptos para el trabajo rural.

Lenin, Stalin, Brezhnev y otros líderes socialistas en cambio, se mantuvieron fieles a la imagen del socialismo marxista modernizador-industrial: llevaron a cabo un proceso de industrialización, construyeron enormes fábricas y crearon nuevas ciudades industriales desde cero. Incluso intentaron convertir las aldeas en un asentamiento industrial, eliminando las odiadas explotaciones campesinas individuales. Aparentemente, el socialismo se asemejó al capitalismo en que también era una civilización industrial: ciudades impersonales, enormes fábricas llenas de trabajadores, dirigidos por los directores, como si fueran tornillos de producción necesarios pero reemplazables. Y, por supuesto, también tenían la necesidad de acumular de capital. Las sociedades socialistas satisfacían las enormes necesidades de maquinaria de la producción industrial a gran escala robando la riqueza de la población y manteniendo bajos los ingresos de los trabajadores. Solo Stalin y sus clientes podían tener dachas, palacetes rurales con sirvientes. Caucescu tenía un aseo de oro. El resto de la gente tenía que hacer colas interminables durante horas delante de las tiendas para comprar un simple trozo de pan.

Por ello, a mucha gente que vivió bajo el régimen socialista le parecía que el grado de explotación que padecía era incluso mayor que el de las sociedades capitalistas. El Estado torturaba a los trabajadores con mano de hierro y, para bien o para mal, azotaba a la gente para que trabajara como si fueran verdaderos esclavos, esta vez esclavos del Estado. Muchos trabajadores no tuvieron suerte, y su destino fueron las cárceles, los campos de trabajo o incluso las condenas a muerte.

Pero una sociedad capitalista no es equivalente a una sociedad industrial, aunque haya sido precisamente el capitalismo el que ha permitido una rápida sucesión de nuevos inventos y revoluciones industriales que han transformado el mundo feudal en una verdadera sociedad industrial. La población de los países en donde fue implantada una economía de más o menos libre mercado se ha librado de la miseria general. Hoy en día los trabajadores ya no tienen que temer el hambre y el frío. Y gracias a este verdadero desarrollo, los intelectuales de izquierda pueden permitirse el lujo de quejarse del consumo excesivo de los trabajadores, que amenaza al mundo y socava su conciencia de clase.

La esencia del capitalismo es la libertad, no el capital ni las fábricas. Es la libertad del individuo sobre su propio cuerpo y sus sueños, para aumentar su conocimiento y habilidades y utilizarlos según sus deseos e inclinaciones. Las civilizaciones de las épocas precapitalistas despreciaban a los trabajadores y limitaban su creatividad. Los trabajadores estaban esclavizados o sometidos a diversas formas de servidumbre. La servidumbre daba poco o ningún margen para utilizar su propio espíritu empresarial innovador.

El nacimiento del capitalismo industrial se debió a que, en el ambiente más libre de la Inglaterra de los siglos XVII y XVIII, cualquier trabajador, el artesano ingenioso, el comerciante emprendedor que sentía ante él una oportunidad, podía por fin hacer algo para mejorar su suerte. Esta libertad permitió por fin a los artesanos, a los hábiles trabajadores, innovar y apartarse de miles de años de métodos de trabajo tradicional e introducir nuevos productos. Al hacerlo, pudieron obtener beneficios y vivir mejor.

Carl Menger resolvió el enigma que Adam Smith había planteado pero que dejó sin resolver, explicando que la búsqueda del beneficio individual se convierte en un acto para el bien común como si la mano invisible del Cuidador guiara al hombre. Según la teoría de Menger, el valor de las mercancías llevadas al mercado está determinado por el juicio de valor de los compradores, no por el trabajo invertido por el productor, como pensaba Marx. Por ello, el empresario es, de hecho, metafóricamente hablando, el servidor del comprador: su beneficio depende de su capacidad para adivinar las necesidades y deseos del futuro comprador. Si pone en el mercado un producto para el que no hay demanda, por mucho trabajo y capital que haya invertido en él, el valor de ese producto es cero. Y si el empresario no puede recuperar al menos el valor del capital invertido, se verá obligado a abandonar la producción de ese producto y a buscar un nuevo medio de vida. Pero si el empresario introduce en el mercado un producto que tiene demanda, entonces todos se benefician: los compradores se van a casa contentos porque han podido comprar algo que necesitaban, y el productor obtiene un beneficio. Al reinvertir el beneficio, el empresario puede aumentar la producción para satisfacer otras posibles demandas y, al mismo tiempo, obtener aún más beneficios. Es como si la mano de la Providencia actuara de esta manera: tanto el empresario como los consumidores se benefician, y todos encuentran una mejor y más amplia satisfacción de sus necesidades.

Por esta razón, llamar al socialismo capitalismo de Estado es una mentira caricaturesca. La esencia misma del socialismo existente, el sueño marxista, es que ha privado a la gente creativa de su libertad, y ha bloqueado los mercados en los que los empresarios innovadores habrían podido satisfacer la demanda de los consumidores. En su lugar, ha creado corporaciones gigantescas centralizadas y cooperativas agrarias. Todo el mundo se convirtió en esclavo del Estado. Sólo una persona era libre: el planificador central, que era el jefe del partido totalitario del Estado. El líder adorado, cuyos deseos e ideas controlaban la vida de las personas que habían sido reducidas al papel de esclavos del Estado. El socialismo no era “capitalismo”, aunque fuera una sociedad industrial y urbana. Era más bien una extraña mezcla de sociedad feudal y esclavista centralizada e industrializada, sostenida por el terror de la policía secreta.

Desgraciadamente, muchísimos miembros de la izquierda actual no se atreven a enfrentarse a la bancarrota del marxismo. Incluso hoy siguen pronunciando etiquetas marxistas descaradamente falsas como “explotación”, “clase obrera”, “capitalistas”. Su tema principal es regular el “capitalismo”, reducir el grado de “explotación”, gravar a los “ricos” y a las empresas para destruir a los “capitalistas”. Estas medidas son usadas precisamente para limitar la posibilidad de que nuevos empresarios surjan de la nada y se conviertan en ‘capitalistas’ al ser capaces de atender las necesidades de los consumidores mejor que las empresas existentes. Impiden que los trabajadores se beneficien de una mayor demanda de su trabajo y de una mayor oferta de productos más baratos y mejores.

La esencia del mercado libre, el capitalismo es la libertad del hombre pensante, creativo y trabajador, no el capital. La existencia de los mercados y la competencia obliga a los empresarios a servir a los consumidores y crea incentivos que producen beneficios mutuos produciendo riqueza y una mejor vida para todos.